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Marzo comienza en Bilbao

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La fiesta de la música que supone el macroevento o Festival «Musika-Música» organizado por la Fundación Bilbao 700 en el Palacio Euskalduna durante cuatro días es cita obligada para todo melómano que se precie y siempre que puedo acudo, pasando previamente por esa taquilla virtual donde además de realizar las gestiones y poner nosotros tiempo y papel, se nos cobran 0,90 € por ello, independientemente del precio (ya grabado con el abusivo 21% de IVA), por lo que mis 10 entradas por duplicado (hay que viajar siempre en compañía) les han supuesto 18€ de ganancia extra. Mejor no enfadarme pero por lo menos lo reflejo aquí. Los precios iban este año de los 12€ (auditorio) a los 4€, aunque normalmente abundan los de 6€ en las salas pequeñas, pero siempre hay actividades gratuitas una vez dentro del Euskalduna. La cafetería tiene «precios vascos» si bien alrededor hay oferta para todos los gustos y bolsillos. Como suele ser habitual, abundante presencia de turistas franceses por cercanía y disponibilidad, pero también de distintos puntos de nuestra geografía además de la excelente tradición musical vasca en general y bilbaina en particular, moviendo cada espectáculo verdaderas riadas de aficionados y familias de los estudiantes que dieron la talla como verdaderos profesionales.

Este año la «maratón musical» estuvo dedicado a la Bohemia, con todo lo que me supondrá escribir correctamente los nombres, aunque seguro que elegiré la opción «occidentalizada», agrupando a cuatro compositores clave de esa zona: Gustav Mahler, Antonín Dvořák, Leoš Jánaček y Bedřich Smetana, participando  850 músicos en 75 conciertos y actividades como conferencias, encuentros con músicos o firmas de discos (este año «los del triángulo verde» pusieron su stand, supongo que con remordimiento al comprobar que en sus establecimientos la llamada música clásica sigue menguando en oferta), sin olvidar todo el personal del Euskalduna además de afinadores donde volví a encontrarme con mi querido Jesús Ángel Arévalo, habitual desde las primeras ediciones, al que veo más en Bilbao que en Oviedo.
Y si los números son de impacto, saber que hubo más de 30.000 espectadores, colocados carteles de completo en muchos conciertos (solo estaban numerados los del Auditorio) además de la oportunidad que tienen las formaciones de distintos conservatorios de actuar y asistir en vivo a muchos de los espectáculos ofertados, es toda una alegría y un oasis a tres horas de mi casa.
Para Bilbao supone seguir siendo capital cultural con todo el impacto económico que supone (hoteles llenos, bares, cafeterías, museos…) y el gasto revirtiendo en ingresos, pese a que los políticos solo vean números fríos y se plieguen a ¿órdenes europeas? de recortar, normalmente en cultura… No podemos esperar de nuestros dirigentes algo más de cultura pero podrían pasarse por estos eventos y comprobar en primera persona o a pie de escenario todo lo que se mueve, la vida fuera de los despachos, y especialmente sembrar para la gente joven pues el futuro para ellos no es precisamente halagüeño como sigan gobernando así… Pero mejor no sigo que me enfado y la fiesta continúa.

A la vista de semejante despliegue cuesta organizar nuestro «menú a la carta», que en mi caso siguió unos criterios: Mahler porque además de gustarme especialmente, escuchar en tan breve lapso de tiempo cuatro sinfonías (1ª, 2ª, 4ª -se ofertaba también en Oviedo- y 5ª) además de los Kindertotenlieder, la «Canción de la Tierra» o las «Canciones del Caminante» son de por sí un hito, teniendo que «rechazar» varios Dvorak de referencia pero también cercanos en la amplia oferta asturiana (toco madera porque los recortes se anuncian como ¡ahorro!). Mi apuesta suele ser sinfónica, no solo apoyando a la OSPA (que ofreció tres conciertos) sino viendo el estado de otras formaciones nacionales pero también de esa Bohemia en la llamada Europa del Este, pero busco siempre un hueco para la música de cámara porque resulta la mejor escuela de compositores y público antes de las obras sinfónicas, encontrando algunas joyas que iremos comentando desde aquí. Dejo mi particular planning para que se hagan una idea, sumando la novedad de solaparse conciertos cuando en otras ediciones no coincidían y uno podía desechar menos (el bolsillo también mandaba).

La rapidez de twitter me permitió ir comentando sobre la marcha mis conciertos y algunas fotos, con la etiqueta (hastag dicen los «nativos digitales») #MusikaMúsica2017, incluso interactuando con algunos de los intérpretes y hasta avanzando noticias de última hora. Todos los detalles los iré colocando en este blog con el título «Bohemia capital Bilbao» que dan más juego, si bien tuve el humor de cargar con una libreta e ir anotando detalles para las distintas entradas, que la memoria no es la de mis años mozos y hay mucho para contar.
Así que sin prisa pero sin pausa, subiremos detallados mis eventos de esta edición que básicamente puedo resumir en:
–Mahler, siempre un seguro aunque el listón esté inalcanzable, pero cuyas obras superan interpretaciones «simplemente» notables; Dvořák más allá de sus sinfonías, la conjunción del oficio y la tradición en todos los campos; y un poco de Jánaček que siempre es mucho, esperando deje de ser una «rareza» en las programaciones, tanto sinfónicas como camerísticas, verdaderas joyas para disfrutar.

-Festival vocal pero sobre todo de mezzos, lógico con tanto Mahler (también me gustan con barítono, sobre todo en recital) y además con la cancelación para la «Resurrección» de Mª José Montiel (había levantado expectativas entre el público tras la inauguración del festival el jueves) me permitió disfrutar por partida doble a la donostiarra Ainhoa Zubillaga (en principio solo «la tenía» para el Stabat Mater dominical con lo que supone afrontar La Segunda de Mahler en estas circunstancias), calidad en todas las voces, algunas jóvenes, otras todavía formándose, varias con la agenda no tan completa como quisieran en esta España nuestra cada vez más empobrecida musicalmente (aunque sigamos exportando talento), pero especialmente el «descubrimiento» de la austriaca Hermine Haselböck en los Lieder eines fahrenden Gesellen con una orquesta (la Jánaček Philharmonic Orchestra Ostrava) y director (Heiko Mathias Förster) ideales para ese concierto.

-La constatación del nivel de unos solistas de talla internacional como la violista pamplonica Isabel Villanueva y la pianista donostiarra Judith Jáuregui que además nos trajo la presentación en España de la cellista francosuiza Nadège Rochat con un «Ex-Vatican Stradivarius» de 1703 prestado por la Academia de las Artes de Florencia bello en presencia y sonido capaz de emocionarnos en las manos de esta joven intérprete que le hace realmente cantar.
-De los asturianos citar al barítono David Menéndez en el buen cuarteto solista del Stabat Mater de Dvořák, además con «nuestra» OSPA, más los «primos hermanos» de la Sociedad Coral de Bilbao y un Perry So al frente que marcó diferencias. Los tres conciertos fueron exigentes, duros y muy trabajados por el chino que transmite no solo alegría sino profesionalidad, seguridad y por tanto calidad a la Orquesta del Principado que brilló con luz propia.

Quedan muchas entregas con fotos, detalles, mis comentarios de la agenda (no es La libreta colorá pero hace las veces) más una semana con piano, orquestas, distintas épocas para seguir este mes de marzo bastante completo antes de la Semana Santa. Y como en los viejos seriales radiofónicos, continuará…

Laura Mota, juegos de piano

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Miércoles 22 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Año 109, concierto 1585: Laura Mota Pello, piano. Obras de Bach, Beethoven, Nielsen, Liszt, Debussy y Chopin.

PROGRAMA
Primera Parte:
J. S. Bach (1685-1750): Suite francesa nº 6 en mi mayor BWV 817 (Allemande, Courante, Zarabanda, Gavota, Polonesa, Bourre, Minuetto y Giga)
L. van Beethoven (1770-1827): Sonata para piano nº 23 en fa menor op. 57 “Appassionata” (1804-06): I. Allegro assai. II. Andante con moto. III. Allegro ma non troppo.
Segunda Parte:
Franz Liszt (1811-1886): Juegos de agua en la Villa de Este.
Claude Debussy (1862-1918): L’isle joyeuse (1904).
Frederic Chopin (1810-1849): Andante Spianato y Gran Polonesa op. 22.

Llevo tiempo siguiendo a Laura Mota, que aunque joven (nacida en 2003) tiene ya una larga carrera como concertista y prosigue sus estudios de Secundaria mientras el piano ocupa mucho de su tiempo con el maestro Francisco Jaime Pantín que ha sabido encauzar el talento de la pianista ovetense. Y es que sigue maravillándome su crecimiento en todos los sentidos, su talento y capacidad de trabajo para afrontar unos repertorios que músicos consagrados no se atreverían a tocar y menos en un mismo concierto. La centenaria filarmónica gijonesa apuesta por los jóvenes intérpretes y el Jovellanos es una pasarela de talento que abrirá la taquilla para los siguientes, además de la captación de socios sin los cuales la permanencia de estas sociedades viendo los tijeretazos de los regidores, está siempre pendiente de un hilo. De agradecer las notas al programa «Música para piano, de Bach al siglo XX» de Miguel Rodríguez Fernández-Bustillo para seguir culturizando desde el conocimiento.

Con echar un vistazo al programa que encabeza esta entrada, ya podemos darnos una idea de la complejidad no ya técnica sino de profundización en cada obra y autor sin ningún complejo. Abrir concierto con la sexta Suite francesa de Bach es todo un reto que superó con una claridad diáfana en los tiempos y el sonido, pureza teclística, brillantez y aplomo. Las ocho danzas contrapuestas lo fueron en fraseo, sentido del ritmo, limpieza melódica, contrapeso en ambas manos sacando siempre a la luz las notas precisas sin menoscabo de todo el ornamento que «el kantor de Leipzig» vuelva en estas composiciones alejado de la iglesia durante su feliz y corta etapa en Cöthen.
La segunda «B» de la música es Beethoven cuyas sonatas para piano suponen el «corpus» de todo intérprete y la conocida Appasionata uno de los pilares, pues el salto estilístico del clasicismo al romanticismo se aprecia sobremanera en los tres movimientos además del propio título. Laura Mota posee la frescura adolescente y el arrojo para dotar una obra de claroscuros en cuadros luminosos sin sacrificar sombras, nuevamente optando por la limpieza de trazo en vez de fuerza descontrolada. Con una gama dinámica suficiente, un pedal siempre en su sitio y digitaciones claras que no apuran los tempi nos dan la posibilidad de escuchar todas las notas nuevamente con el balance preciso incluso en el segundo movimiento mucho más denso y tortuoso para hacer sonar lo deseado, salvado no ya sin problemas sino aportando una madurez interpretativa que parece imposible al observar quién está tocando.
Para continuar esta barbaridad de repertorio, otros cuatro autores a cual más exigente, desde el danés Nielsen y el francés Debussy sin olvidarnos de los auténticos virtuosos románticos Liszt y Chopin. En castellano bagatela es una cosa de poca importancia y valor, por lo que la forma musical pueda parecer nimia, sinónimo de ágil y corta en duración con estructura ABA más coda final, pero las de Nielsen condensan mucho conocimiento técnico y cercanía con sus «compañeros de programa», el recorrido interior tras el físico, virtuosismo para un peregrinaje tan duro como el de Liszt, esos Juegos de agua del tercer año o el viaje secreto de Debussy a La isla feliz impresionista e impresionante en la interpretación de Laura Mota antes del adiós definitivo a la Varsovia querida por parte de Chopin.

Este viaje desde la etapa adolescente de la propia intérprete desde la aún cercana infancia hasta la plena madurez que parece todavía lejana, donde Nielsen resultó, pese a los aplausos interrumpiendo, pequeñas páginas sonoras distintas y unitarias, coloridas y sentidas, breves frescos sonoros antes del increíble Liszt que, como el título, resultó nuevamente cristalino, acuoso y se me permite, femenino por belleza, delicadeza e inteligencia, nada al azar, ambiente etéreo que salpica la inocencia del momento. Y el francés Debussy como perfecto complemento histórico, parisino adelantado a su época y conocedor de las anteriores, igualmente viajero como todos los grandes artistas que en su escritura trasciende la descripción para plasmar instantes breves. Laura Mota se mueve con seguridad y aplomo en un discurrir por el teclado casi mágico, indescriptible, brillante, concentrado a la par que bello.
Pero el remate por excelencia es Chopin, el virtuoso y tortuoso cuya Polonia le acompañaría incluso hasta el más allá, haciendo de sus polonesas la quintaesencia de todos los pianistas. El Andante spianato seguido de la Gran Polonesa op. 22 no es fuego de artificio sino poso vital de largas trayectorias, y Laura Mota con 14 años parece haber estado siempre en el piano, profundidad y emoción, sonido potente sin aparente esfuerzo, dinámicas recogidas plenamente románticas, otro acento para el idioma de los viajeros sin más descripciones, el Andante casi como un nocturno y la polonesa llena de vigor. Asombro del que nunca salgo ante cada concierto de esta joven ovetense que está excepcionalmente dotada para comunicar desde el piano en todos los repertorios. El público tendrá sus preferencias, ella supongo que también, pero afronta épocas y autores con desparpajo y aplomo desde una apertura de miras que le permite empaparse de todo, asistir a los conciertos de pianistas como Sokolov con devoción y hacer suyas las sabias enseñanzas de quienes tienen el privilegio de contar con ella como una alumna única e irrepetible.

Y si todo lo anterior parecía poco, la propina de Granados y su Allegro de Concierto, op. 46 que me recuerda siempre a la añorada Alicia de Larrocha en estas mismas edades, virtuosismo de aire francés como el Chopin anterior en un nuevo fogonazo de talento, frescura y música a raudales con poso adulto. Para quien no la haya escuchado en vivo busquen su agenda para no perderse el próximo concierto.

La Ortodoxia rusa

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Viernes 17 de febrero, 20:30 horas. San Isidoro el Real, Oviedo: XII Ciclo de Música Sacra Alfredo de la Roza. Doros: «Música Ortodoxa de la Catedral de San Basilio, Moscú».
Doros: Vruyr Ananikyan, tenor – Aleksandr Gorbatov, tenor – Aleksandr Kamyshintcev, barítono – Konstantin Senchenko, bajo-barítono – Bekseit Ryspaev, bajo.

El ciclo que homenajea a Don Alfredo de la Roza ha cambiado noviembre por febrero pero sigue contando con el apoyo popular volviendo a registrarse un lleno histórico ocupando totalmente el templo desde media hora antes del concierto del quinteto vocal Doros.

Dos partes de música coral rusa de distintas épocas y estilos pero cercanos al oído por tratarse de obras bien armonizadas diría que académicas, para mostrarnos la calidad de los componentes tanto individualmente, con solos de los cuatro, especialmente presente el barítono Aleksandr Kamyshintcev (mientras el bajo Ryspaev lo haría en la segunda de las propinas) bien situados en el programa, como del quinteto capaz de cantar imprimiendo emoción y calidad llena de excelencias, amplios reguladores, matices variados, emisión clara y cuantos calificativos vocales queramos añadir.

La gama de dinámicas bien trabajada según la partitura dejaba pianísimos impactantes perfectamente audibles en una iglesia de acústica apropiada y los fortísimos modulados sin perder nunca un sonido compacto, afinado, con un bajo profundo verdadero sustento de las variadas obras ofrecidas por los moscovitas, profesionales de la música y embajadores de sus compositores, muchos desconocidos pero con tanto oficio como sus intérpretes.

Armonizaciones para un quinteto de voces graves que destacaron la religiosidad de melodías y textos (sin traducir pero avanzados por los títulos de salmos y plegarias ortodoxas) salpicados por otras populares desde la sacralidad como los Doce ladrones, una balada rusa que aquí en Asturias se ha conocido por agrupaciones similares desde el Peregrino de la noche (Jaroff). Repaso histórico de obras anónimas junto a compositores desde el barroco de Deletsky, el clasicismo del italiano Sárti, Bortnyantsky o Degtyaréff, a la plenitud coral del XIX con Arkhangelski y el más cercano siglo XX con Khristov también famoso cantante búlgaro, o Tchesnokoff, el más presente dentro del programa, todos buenos conocedores de los recursos vocales al servicio del culto, la herencia europea con toques tradicionales rusos desde la tonalidad occidental para melodías que siguen sonando cercanas pese a la distancia geográfica.

Como decía, unos solistas de hermoso timbre y grandes recursos bien arropados por el cuarteto para obras de herencia occidental en cuanto a su composición, y quintetos de empaque que gustaron al respetable, sonido increíble que cerrando los ojos presumía mayor número de componentes, verdaderos profesionales del canto coral.

Tras agradecer la acogida, tres propinas con dos populares y una armonización del conocido Ave María de Schubert en latín, nuevamente permitieron disfrutar de la voz solista de Gorbatov, uno de los dos tenores, el más matizado y con timbre ideal para lo sacro, finalizando a las diez de la noche este segundo concierto del ciclo antes de la clausura el próximo viernes con la Escolanía San Salvador organizadora de esta cita imperdible con mucho apoyo popular, que este año incorpora conferencias y mesas redondas sobre la figura del querido y siempre recordado Don Alfredo.

PROGRAMA:
PRIMERA PARTE
El canto de los Querubines (Serbia)
Canto sobre la Natividad de Cristo
Aleksandr Arkhangelski (1846-1924)
Salmo 20
Dmitri Bortnyantsky (1751-1825)
Mi alma pecadora (Poesía sacra del norte de Rusia)
Glorificación de Dios (Salmo)
Nikolay Deletsky (1630-1681)
En tu Reino de la bienaventuranza
Bóris Khristov (1914-1993)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Señor, escucha mi plegaria
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
El Señor está elevado
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Amor santo
Georgy Svirìdoff
SEGUNDA PARTE
Concierto de Navidad
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Nuestro Padre
Nikolay Kèdroff, padre
¿Por qué me has abandonado?
Georgy Rùtoff
Canto consagrado al icono de la Virgen de Kazan
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
La cena
Aleksandr Lvoff
Canto de Pascua
Giuseppe Sárti (1729-1802)
Doce ladrones (Balada rusa sacra)
En memoria eterna del justo
Nikolay Kedróff, hijo
Veré los rápidos del río (Canción popular rusa)
arr, Victor Popov.

Planeta Sokolov

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Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, Rameau o Debussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
–Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
–Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febrero; Andrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

Hakim y su mundo sonoro

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Jueves 10 de noviembre, 21:00 horas. Catedral de León, concierto de clausura del XXXIII Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE), CNDM: Naji Hakim. Obras de J. S. Bach, C. Franck, J. B. Cabanilles y N. Hakim. Entrada libre.
Clausura ideal de la trigesimotercera edición del FIOCLE que ha vuelto a tener el respaldo del público, y por el que siguen pasando los mejores intérpretes del instrumento rey que en el caso del de «La Pulchra» por mi bautizado como «El Bicho Kleis» que en cada concierto sigue domándose, va sacando al aire catedralicio nuevos sonidos y combinaciones.

El organista, improvisador y compositor libanés Naji Hakim (31 de octubre de 1955, Beirut) afincado hace años en Francia al que descubrí en el 2007 dentro del defenestrado Festival de Órgano de Asturias, preparó un programa -actualizado por mí en el orden en que se ejecutó en León- que repetirá este sábado en el Auditorio Nacional de Madrid para conjugar pasiones y emociones. Primero Bach con su Passacaglia y fuga en do menor, BWV 582 en un avance de lo que vendría después, jugando en cada frase con los cinco teclados del Kleis más el pedalero sin perder detalle y ganando matices por los registros de cada uno, sin pausa antes de la fuga en pos de la mayor unidad antes de su propio homenaje en Bach’orama (2004) fantasía sobre temas del kantor y verdadero despliegue sonoro en la línea de los grandes organistas y compositores franceses. Melodías reconocibles de «Meine Gott» vestidas con el lenguaje propio de nuestro tiempo pero sobre todo por la búsqueda de timbres tan especiales que de nacimiento alemán pero ya con acento leonés nos trasladaron al París eterno (donde Langlais fue uno de sus maestros y sucedió a Messiaen en La Trinidad) en este órgano que asombra a público e intérpretes, silencios sonoros, arpegios celestiales, clusters dramáticos, disonancias rítmicas y tesituras extremas en «El Bicho» domado por Hakim.

Sin perder ambientación gala la Prière, op. 20, FWV 32 (César Franck) supuso el punto intermedio entre Bach y Hakim, todos ellos compositores y organistas dotados de una capacidad propia para conjugar tradición y modernidad en sus respectivas épocas aprovechando la evolución del instrumento para dotarlo de toda la expresividad posible, algo que el libanés entiende como pocos, verdadera oración sonora delimitando cada plano y protagonismo con rigor científico desde una profunda y sentida interpretación, flautados de cristal como las vidrieras de la Pulchra leonina.
El homenaje español en las manos de este excelente organista nada menos que Juan Bautista Cabanilles (1644-1712) y su Batalla imperial, escuela renacentista en un órgano atemporal que sonó histórico por los contrastes perfectos, ecos históricos en los coros norte y sur para contiendas trompetísticas capaces de reverberar contundentes a la vez que limpias. Encantados de ver nuestra música de oro entre tres grandes, el origen ibérico del mundo sonoro construido con tubos y fuelles.

Tras la guerra un remanso de paz como sólo Bach es capaz de crear, Liebster Jesu, wir sind hier, BWV 633/634, ahí estábamos todos meditando con este coral de Neumeister donde el sonido recrea la palabra y también la serenidad, oración musical breve del enorme libro de órgano del Kantor de Leipzig casi íntima, ornamentada en su punto para no descentrarnos de esa melodía profunda.

El Hakim compositor interpretado por él mismo es un lujo del que pudimos disfrutar por partida doble, pues Le bien-aimé (2001) es fiel reflejo de su lenguaje, creencias y búsqueda sonora, un mosaico variado que resulta casi la banda sonora de su vida, una suite sinfónica en siete movimientos, «Cantar de los cantares» con ecos mediterráneos de diferentes culturas y vivencias volcadas en el órgano, paráfrasis gregorianas como inspiración, pájaros en flautados, ocas en fagotes, clarinetes y cornos pasando por todo el abanico de registros del Klais que pasaban de una fachada a otra, contención y explosión sonora pero también visual, guerras y oasis, el Sena y vinos del Líbano con sabor en boca comercializado en Francia, cedros y palmeras de un paisaje auditivo muy personal.

El improvisador no podía faltar desde una melodía mariana que Samuel Rubio (quien presentó el concierto final y los respectivos agradecimientos) le entregó volviendo a demostrar su vocación sonora, registros por descubrir, melodía pasando por todos los teclados y pies incorporando un fragmento de Beethoven donde su «oda a la alegría» parecía cantar la grandeza del Kleis plenamente asentado en la capital leonesa con un sonido único del que Hakim y todos los presentes pudimos disfrutar. Llegar a casa para contarlo no podía esperar, la XXXIV edición arranca ya…

La grandiosa sencillez de Volodos

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Sábado 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos. Obras de Schumann, Brahms y Schubert.
Cada recital de Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es un placer para el oído y una lección de sencillez aunque el programa sea técnicamente endiablado además de profundo. El pianista ruso es un músico completo y haber estudiado también canto parece dotarle de un lirismo único que para los compositores y obras que trajo a Oviedo para inaugurar la temporada de plata de las Jornadas de Piano, resultó verdadera poesía musical o música poética permitiendo jugar con ese lirismo exento de palabras desde la pureza interior. El plantel de pianistas para estas jornadas que comenzaron en el Campoamor hace ya 25 años de la mano de nuestro añorado Luis G. Iberni es de primera, por lo que Arcadi Volodos tenía que volver a Oviedo y resultó el perfecto anfitrión.

Gestualidad contenida, humildad, sencillez hasta en el asiento, una silla austera casi como él mismo, que le frena cualquier ampulosidad, solamente algún giro de cabeza, un echarse hacia atrás para saborear cada pasaje, el pie izquierdo desplazado como en los conductores en tramos de autopista sin tráfico, pero siempre claro y rotundo, inmenso, íntimo, poderoso, grandioso y sobre todo plenamente romántico sin tics, con sonoridadades extremas graduando los volúmenes como nadie.
Las Papillons, op. 2 (R. Schumann) sonaron como doce microrrelatos (más la introducción), cada vals con identidad propia y tiempos variados sin perder ningún detalle, el balance entre manos y unos pedales expresivos pero también tímbricos, las dos Polonaise de clarividencia y premonición chopiniana por el pianismo de salón en que convirtió la pantalla acústica nuestro auditorio, incluso la luz tenue sumándose al intimismo, y de ese juego de mariposas de todos los colores y movimientos, carnavales literarios en el subsconsciente pero especialmente el Finale con las seis campanadas limpias mientras flotaban acordes y melodías que en el piano de Volodos hicieron de este joven Schumann un primer capítulo romántico (Daniel Moro Vallina en sus notas al programa titulaba «Tres generaciones del piano romántico»).

Con la misma pasión y aún más fuerza las 8 Kavierstücke, op. 76 de Brahms volvía la música sin palabras, el lied pleno de melodismo en cada capriccio e intermezzo, desgarradores y benevolentes, claros como un día de otoño, agitación y calma, claroscuros musicales que Volodos plantea con esa engañosa sencillez con que viste cada nota, cada acorde, cada frase, con unos desarrollos evocadores del «inalcanzable» Beethoven de Brahms y referencias al romanticismo vienés que tanto admiraría, pero con el lenguaje propio del hamburgués que este ruso grande en todos los sentidos, lleva a cotas inimanigables de belleza global. Con un respeto total a la partitura, las indicaciones de aire son el guión para plasmar su acercamiento a cada pieza y dotarlo de la unidad estética desde la diferencia en los caracteres, piezas habitualmente sueltas que por fin escuchamos juntas en una lección de música desde el piano cercano del ruso.

Y si con el joven Schumann más el maduro Brahms, ambos compositores para todas las formas de cámara o sinfónicas que parecían volcar su inspiración en el piano, tendría que ser el prolífico (pese a su prematura muerte) Schubert quien cerrase este trío romántico con su Sonata para piano nº 20 en la mayor, D. 959, el vienés siempre por descubrir, su idolatrado Beethoven o preparando el terreno a Chopin, ambos siempre presente en estas generaciones que hicieron del piano el instrumento romántico por excelencia, completa interpretación de un Volodos que domina este repertorio con el magisterio de la escuela rusa, la madurez del trabajo y la sencillez incluso en los pasajes más virtuosísticos. Cada uno de los cuatro movimientos sonaron increíbles, trabajando incluso el silencio como solo los grandes son capaces, un Allegro de clasicismo sonoro y pasión romántica, ligero y limpio pero también enérgico, un Andantino donde la emoción se conjuga a partir de un minimalismo que va tomando fuerza, recuerdo beethoviano del segundo movimiento de La Séptima desde el piano casi como un pianoforte por la búsqueda de sonoridades, igualmente de su «doncella muerta«, con un paso tranquilo nunca cansino gracias a esa pulsión única de Volodos antes del Scherzo, humor y alegría, la «broma» musical que incorporara el genio de Bonn a la forma y se quedaría con nosotros para siempre, también los constrastes extremos entre delicadeza y fuerza, pura inocencia con golpes de efecto, para finalizar con un Rondo. Allegretto. Presto rematando en este último movimiento una interpretación fabulosa, tres en uno por el catálogo de técnica al servicio de la música, limpieza siempre presente con un balance sonoro capaz de escuchar todo en el plano exacto con pedales siempre en su sitio, la claridad y hondura de los temas (casi «trucha» en el rondó), los cruces de manos para ampliar los contrastes melódicos y dinámicos, jugando con un rubato nunca exagerado que enriquece el discurso, y la explosión final virtuosa, poderosa pero siempre cristalina. Inenarrable Volodos romántico.

Además de la sencillez, innata en el ruso que nos ha «recuperado» un Mompou de referencia, no puedo dejar otros calificativos como agradecido y siempre espléndido porque tras el recital todavía nos dejó cuatro propinas. Primero el Minuet D. 600 de Schubert porque ya flotaba en el aire, delicadeza y sencillez en uno de sus regalos preferidos, después su inseparable Rachmaninov en una transcripción propia de la canción Zde’s khorosho, siguiendo esa música pura despojada del texto, para continuar con la Malagueña de Lecuona en versión propia del ruso que siempre hace las delicias del público (alguno me preguntaba por las elecciones más o menos conocidas de las obras y propinas en los conciertos) para finalizar con el «Siciliano» del Concierto en re menor, BWV 596 de Bach a partir del op. 3 nº 11 de Vivaldi, otra de sus propinas habituales, quintaesencia del sonido donde mucho es poco y con poco es posible la grandeza en manos de Volodos. Inolvidable.

Música y poesía para Juan Romero (in memoriam)

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El último fin de semana de octubre nos llevó hasta el pueblo natal de Juan Romero Rodríguez, Pipo para los amigos, Alcaraz bello y manchego que le honraba con una serie de actos donde no faltó la música, siempre presente en su vida, inculcada a sus hijas Alba y Juana que han estudiado cello y piano participando en cada momento del encuentro -y éste era uno de los imprescindibles, ni la poesía, por supuesto con buenas viandas y caldos de la tierra sobre la mesa alrededor de la cual todo fluye mejor, sin olvidarse de las tertulias, pues Pipo Romero junto a Gloria Aguinaga, su fiel esposa, amiga y colega, son personas a las que siempre les gustó hablar pero sobre todo escuchar, tal vez por «deformación profesional» de psicólogos.

Imposible glosar la trayectoria profesional de Juan Romero y aún menos la humana, todos lo intentaremos pero nos quedaremos cortos a pesar de habernos dejado tan pronto, pero su legado permanece y el recuerdo sigue vivo, de ahí estos encuentros que obligatoriamente deberían pasar por Alcaraz y su sierra, amantes de esa película de culto como «Amanece que no es poco» (1989) que tiene mucho del humor común a todos los que hemos conocido, admirado y querido a Pipo.

Ahí estuvieron muchos miembros de la psicología jurídica, ponencias de Juana Mª Azcárate o Josean Echauri, la «familia» de la AIPJ, pues así la sintió siempre Juan, con su presidenta en España Asunción Tejedor, la valenciana Elisa Alfaro, Ana Martínez Dorado directora de la editorial EOS que ha creado una colección con el nombre del eminente psicólogo alcaraceño (mucho más que «el psicólogo de la cárcel de Pamplona»), muchos amigos, representantes de la Asociación «Maestros de Pueblo», varios políticos del Ayuntamiento de Alcaraz, dedicándole un rincón en la Biblioteca Municipal con recuerdos donados por la familia Romero, también asistentes a todos los actos organizados en su memoria, debiendo destacar a su sobrino Joaquín Romero Tarazona que participó no ya como clarinetista junto a las hijas de Pipo, familia musical donde las haya, que se trajo a la Orquesta de pulso y púa «Celia Giner» de Alfafar (Valencia) que también dirige, y que el sábado 29 de octubre ofrecieron un espléndido concierto en la Iglesia de San Miguel donde no existió el descanso al regalarnos la palabra dos de los poetas del Ateneo Navarro, José Luis Allo Falces y Santiago Elso Torralba, con versos que también ponían lírica a la pintura.

Dejo aquí el programa del concierto con algunos comentarios sobre el mismo. Una excelente formación con muchos años de trabajo que se notan por el empaste, afinación y entendimiento con el director, trabajando un repertorio variado de arreglos ideales para estas agrupaciones orquestales de pulso y púa que van más allá de las rondallas folclóricas (alguna explicación hubo que dar), algo desequilibrada por la mayor presencia de bandurrias primeras y segundas que de mandolinas, mandolas o laúdes aunque compensadas por el mimo en los planos y las dinámicas ajustadas, así como una técnica y musicalidad en los solistas realmente plausibles.

Cual filosofía de la vida La vida es bella (N. Piovani) realmente de película, el conocido «Va pensiero» de Nabuco (Verdi) que casi animaba a corearse, la selección de La Canción del Olvido del maestro Serrano daba pie a participar aún más aunque fuera en voz baja, pero me quedo con la excelente interpretación del «Intermedio» de Goyescas (Granados) como homenaje doble, a su autor y a Pipo, especialmente Un viaje por España (J. Jarque) que repasó la procedencia de muchos viajeros que acudimos a Alcaraz para seguir recordando a nuestro querido y añorado Juan Romero.

Para mí todo una filosofía de la vida, gastronomía, viajes, poesía y música con Pipo siempre en el recuerdo tras casi cuatro años. De sábado a lunes hubo tiempo para conocer no ya Alcaraz y su sierra junto a la del Segura sino el nacimiento del río Mundo, los enclaves de la película de José Luis Cuerda como Molinicos, Lietor, Ayna… e incluso tocar tierras cervantinas en el regreso como Villanueva de los Infantes, Lagunas de Ruidera,  Argamasilla de Alba o Tomelloso, despidiéndonos en las distintas paradas de amigos que partieron para sus casas.

Nosotros todavía llegamos a dormir en Burgos y continuar el itinerario románico de Cantabria infinita con una visita ideal a la Colegiata de Cervatos o Reinosa antes de alcanzar la aldea para comenzar bien noviembre.

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

Con Durón de Brihuega a León

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Miércoles 5 de octubre, 21:00 horas. Catedral de León, XXXIII Festival Internacional de Órgano Catedral de León – Centro Nacional de Difusión de la Música «Músicas históricas«: La Galanía, Raquel Andueza (soprano): Ayrezillos suaves. Durón 300.
León estaba de celebración con el patrón San Froilán y la fiesta llegó hasta La Pulchra que volvió a llenarse para celebrar también el tricentenario de la muerte de Sebastián Durón (Brihuega, Guadalajara 19 abril 1660 – Cambo-les Bains, Francia, 3 de agosto de 1716) gracias a la colaboración del CNDM con el FIOCLE y un concierto muy esperado que congregó aficionados llegados de todas partes. No está de más seguir recuperando nuestro patrimonio musical y rendir tributo a figuras universales que no siempre tienen la consideración necesaria, pero si además los intérpretes son referentes de estos repertorios, es lógico el éxito de este concierto en mi capital vecina.
Excelente y buen programa desde el sugerente título hasta la organización del mismo, alternando al homenajeado (con tres recuperaciones históricas a cargo del musicólogo Raúl Angulo Díaz y Antoni Pons Seguí, con las ediciones de las obras vocales en su catálogo Ars Hispana de la Cátedra de Filosofía de la Música dirigida por el primero dentro de la Fundación Gustavo Bueno), con contemporáneos que ayudan a vivir y comprender todo el entorno musical de aquellos tiempos dorados.
La obra religiosa de Durón es hermosa en si misma y atemporal, junto a unos textos que la soprano pamplonica Raquel Andueza articula con la maestría que la caracteriza, por lo que vestirlos en diferentes combinaciones y colores instrumentales a cargo de La Galanía (en trío) agranda la belleza, juegos tímbricos tejidos por la tiorba de Jesús Fernández Baena, el arpa barroca de Manuel Vilas y el órgano positivo de Alberto Martínez Molina, para las distintas cantadas y tonadas sacras más la alegre jácara de Navidad que cerraría el concierto, alternando obras instrumentales que además de descansar la voz o enriquecer el repertorio sirven para lucimiento de unos reconocidos y prestigiosos instrumentistas.
Dejo arriba del todo el programa leonés íntegro con ligeras variantes, destacando algunas cosas. El Durón de Andueza y La Galanía tiene sello propio de intención, emoción, buen gusto, entendimiento, lo apuntado de melodías que realzan unos textos religiosos desde una globalidad interpretativa que pasa por el cuidado coprotagonismo instrumental, más que un complemento polifónico. El blando susurro, tono al nacimiento, resulta de un intimismo que cortaba el aire de la catedral leonesa por donde la voz de la soprano navarra corría con la misma naturalidad de su timbre, siendo el bis esperado y largamente aplaudido. Tomando cada título literalmente nos da el enfoque perfecto de estas formas religiosas, varias dedicadas (y recuperadas) al Santísimo Sacramento: «Atended, sonoras aves», «Si mirando las luces», «Impetuosas cristalinas fuentes», «Pajarillo que el viento peinando»… sentidas por este cuarteto que respira al unísono y visten de gala cada partitura, engrandeciendo las letras en la mejor tradición compositiva e interpretativa.
Ideales estos instrumentistas para el arreglo propio de las famosas Folías de Gaspar Sanz, permitiendo centrar nuestra escucha en esas combinaciones despojadas de la voz, con un arpa celestial (más rica que la guitarra), la tiorba virtuosa igualmente cantarina que contrapunstística o rítmica en sus rasgueos, más el órgano positivo capaz de silabear como buen aerófono pero también de dar la base sonora a cada dibujo, y con él pudimos disfrutar la Gaitilla de mano izquierda que preparaba el el penúltimo bloque de Durón, además de la Zarabanda (Martin i Coll) en versión cercana del nuevo órgano positivo leonés, suficiente en volúmenes y acorde con el intimismo que rodeó todo el concierto. Igualmente interesante Encarceladito está (Carlos Subías) o los anónimos del siglo XVII como La Nochebuena, zagales y Morenas, gitanas en el último bloque cantado por una Andueza que ya había cautivado a todos los presentes, rematando con dos obras del alcarreño, Ayrezillsos suaves (título del programa) y Vaya pues rompiendo el aire cuya letra final pide el aplauso, ganado mucho antes.
El excelente reportaje gráfico del concierto a cargo del músico y fotógrafo local Juan Luis García se puede ver en este enlace de flickr©, arte visual de un artista global.

Eloqventia danza en La Pulchra

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Viernes 23 de septiembre, 21:00 horas. Catedral de León, segundo concierto del FIOCLE: ELOQVENTIA (Alejandro Villar, flautas; David Mayoral, percusión): «Danzas imaginarias», música instrumental del medioevo europeo. Entrada libre.

Eloqventia en su formato original de dúo llegaba a la ciudad natal de Alejandro, su fundador allá por 2009, para presentar su reciente trabajo discográfico, «Danzas imaginarias», grabado en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo con una calidad y cercanía en la toma de sonido nada habituales en otros registros, y que en la catedral leonesa, con una leve amplificación, ideal para apreciar todos los detalles y amplia gama de matices de su repertorio, unida al directo siempre irrepetible, mejoraron aún más estas obras medievales fruto del trabajo de muchos años, entendimiento y química perfecta entre el madrileño David Mayoral, un genio de las percusiones al que se rifan muchas otras formaciones y que también nos dejó el dominio del dulcimer, dulcémele o tympanon, variante del salterio con cuerdas percutidas, más el leonés Alejandro Villar, verdadero virtuoso de todas las flautas de pico, incluida el aulos o doble pero también el cuerno o la sinfonia, organistrum, zanfona, zanfonía, zanfoña o gaita de rabil, que así se conoce este cordófono de cuerda frotada, en un tándem capaz de hacer crecer cada «danza» hasta límites insospechados desde el dominio y el rodaje de un programa que hizo las delicias del público, nuevamente llenando La Pulchra tras la cola de rigor, y la mejor promoción de su CD con el prestigioso sello Cantus que comienza a ser reconocido por especialistas y melómanos «omnívoros» como el que suscribe en una verdadera recreación sonora de muchas ilustraciones de las Cantigas de Alfonso X «El Sabio» o tantos pórticos catedralicios.

Más de una hora de programa donde fueron desfilando distintos anónimos medievales, piezas recogidas en las dos colecciones fundamentales de la época, el Chansonnier du Roi de Paris y el Códice italiano 29987 de la biblioteca del Museo Británico en Londres. Combinaciones de flautas y percusiones que vestían unas melodías ricas, llenas de vivacidad y frescura, juegos de pandero «tipo bodhram», panderetas y darbukas siempre asociadas a historias sonoras del viejo Al Andalus y la música sefardí, alternando con los trovadores franceses o los goliardos italianos.

Eloqventia arrancaron con el anónimo italiano Belicha y a continuación el andalusí Badri Ader Kasa antes de esa joya del «Llibre Vermell» como el Polorum regina con unas iniciales campanas delicadas que preparan la entrada de la zanfona en un engarce de riqueza tímbrica que la amplificación permitió degustar en toda su amplia gama dinámica, lo mismo que ese pandero universal, bodhram capaz de «afinar» y casi cantar.

La Tierche estampie roial fue una peregrinación sonora por las alas del aulos hasta el crucero más la darbuka con la pandereta esperando, generando emociones cercanas en ese tránsito musical antes de volver al escenario con el anónimo andalusí Lamma Bada de largo solo de salterio, intimismo y juegos tímbricos más la posterior aparición de la flauta grave, perfecta afinación y entendimiento, o la canción sefardí Los Bilbilicos que resultó otro placer de pandero y flauta capaz de hacernos viajar y danzar en el tiempo, multiculturalidad y convivencia añorada que solo la música mantiene, al igual que el anónimo italiano Tre fontane.
Volvería la estampie, una danza típica medieval y que el trovador Guiraut Riquier (ca.1230-1292) compone a partir de la «cansó» Mot me tenc ben per paguatz, obra de lucimiento para los dos intérpretes, donde la sonoridad del cuerno evoca intercambios musicales de ida y vuelta con el subrayado siempre acertado de unas percusiones increíbles.

El «fin de fiesta» tuvo sabor italiano, el Chominciamento di gioia en nuevo dúo de flauta aguda, ligerísima como la jugetona pandereta unida al grave de la darbuka, o La Manfredina con su correspondiente «rotta» de zanfona ornamentada y esas pinceladas de la percusión que arrancaron bravos de un público totalmente entregado.
Sinceras y emotivas palabras de gratitud a cargo del local que arrancaba de niño en esta misma catedral una andadura musical con un horizonte siempre inalcanzable pero lleno de alegrías como estas compartidas en el festival leonés, verdadero referente antes de la propina en «formato Eloqventia», saltarello de flauta y darbuka danzarinas para encaminarnos a la Plaza de Regla tras casi hora y media de música pura que también tiene su hueco en estos tiempos pluriculturales. Bravo por Eloqventia (nombre de la obra de Dante Alighieri De vulgari eloqventia vinculada a la música medieval y a la poesía trovadoresca) y a seguir escuchando estas «Danzas Imaginarias» que no tienen desperdicio porque nunca pasan de moda.

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