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Devia siempre diva

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Sábado 14 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Mariella Devia (soprano), Albert Casals (tenor), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Donizetti, Bizet, Gounod, Massenet, Rossini y Bellini.

Se dice que las mujeres no tienen edad y las divas son eternas. La soprano de la Liguria Mariella Devia, a quien algunas fuentes indican nacida un 12 de abril de 1948, es atemporal. Pocas voces pueden seguir cantando tantos años sin perder nada de sus características (en esto la comparo al irrepetible Alfredo Kraus con quien compartió muchos títulos), una de las reinas del bel canto que volvía tras décadas a Oviedo concitando la misma expectación y llenando un auditorio con público llegado de todas partes. Recital con sus mejores páginas, una orquesta que ha mamado mucho foso lírico y los años van dotando de entendimiento bien asentado, con un Conti siempre atento a su compatriota, más un tenor ya conocido, Albert Casals, que en la capital asturiana hiciese entre otros su Edgardo junto a un concierto extraordinario con la OSPA y los coros de la FPA, de voz valiente, poderosa, habitual de estos repertorios, de timbre propio y característico aunque me siga transmitiendo cierta tensión en los agudos, por otra parte sobrados aunque mejorables en dinámicas, pero buen «partenaire» para La Señora Devia, que este sábado fue la verdadera protagonista.

Las oberturas elegidas para completar el recital, siempre muy subjetivas con algunas de autores que luego escucharíamos arias y dúos, fueron bien llevadas por un Conti con oficio al frente de su OFil, plantilla apta para la ocasión con algunos jóvenes aprendiendo el duro oficio de músico en orquesta, aunque solo tres contrabajos que, como suele pasar demasiadas veces al no reforzarse, deben compensar volúmenes y conseguir el siempre necesario sustento en los graves.
Aseadas las oberturas de Donizetti (La hija del regimiento y sobre todo Roberto Devereux con el himno británico bien delineado, finalizando la segunda parte), decidido Rossini (Tancredi) siempre con marca propia que permite disfrutar a los músicos y público, jugoso además de en su punto, como las recetas del cisne de Pésaro.

Las arias francesas mayormente en la primera parte fueron sacando a escena a «La Devia«, sacerdotisa Leila de «Los pescadores de perlas» (Bizet) con una orquesta siempre en segundo plano incluyendo unas trompas aterciopeladas en su Comme autrefois, Manon de Massenet con Adieu, notre petite table, y sobre todo una magistral Julieta sin Romeo (Albert sin Julieta cantó anteriormente su aria Ah! lève-toi soleil) donde el Je veux vivre de Gounod mostró el magisterio de la italiana en técnica, emisión, dulzura, control del fiato, matices y todo lo que queramos añadir, antes del esperado dúo Lucia, perdona -de la escena quinta del primer acto- con un buen Edgardo Casals, potente, nada contenido y convencido para una ¿despistada? Lucía di Devia calando medio tono una frase completa avanzado el dúo, con cierto asombro incluso de Conti y la orquesta intentando reconducirla a la corrección desde unos pianissimi mayores de lo esperado, aunque remontase en el siguiente Da Capo. Buen empaste de ambas voces, el dúo claro y dibujado hasta en las respiraciones, más un excelente acompañamiento orquestal rico en matices y cambios de tempo, con especiales y destacadas intervenciones de arpa, flauta y fagot que recogieron los múltiples aplausos del respetable.

El descanso vino bien para volver con los platos fuertes, Donizetti y BelliniAl dolce guidami («Anna Bolena») pletórico en cada pasaje, agilidades, coloratura, limpieza, emisión, fluyendo una voz inigualable por encima de una orquesta y director plegados a la diva, pero sobre todo la irrepetible, magistral, emocionante «Norma» con Casta diva cantada casi al completo (pese a los «esperados» aplausos rompiendo todo el aria) que Devia cantó con el poso de los años cual Gran Reserva, totalmente metida en el rol, sintiéndolo y transmitiéndolo, respigándome como pocas veces en señal inequívoca de estar escuchando historia viva de la ópera y saboreando un caldo al alcance de pocos paladares.

La parte bufa de Donizetti vino de «L’elisir d’amore«, la conocida aria Una furtiva lagrima que Albert Casals interpretó un Nemorino más valiente que tímido, precisamente por lo antes apuntado del agudo, y el dúo Una parola, o Adina donde La Devia demostró la capacidad emocional para pasar de la tragedia al drama en tan poco tiempo, generosa y simpática, atemporal jovencita enamorando a todos.

Dos propinas bien distintas: «La tabernera del puerto» de Sorozábal para Leandro Casals No puede ser bravío más que sentido, y Mussetta Devia con el bellísimo vals Quando men vo que Puccini escribió en contraposición a Mimì de «La Bohème«, donde el maestro Conti llevó a la OFil totalmente de la mano al servicio de «La Diva Devia» que no pudo acabar mejor esta lección de belleza al canto.

El tiempo siempre ayuda

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Miércoles 11 de mayo, 20:00 horas, Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo, III Primavera Barroca, “Con affetto”: Il Giardino Armonico, Giovanni Antonini (flautas y director). Obras de Tarquinio Merula, Dario Castello, Francesco Rognoni, Jacob van Eyck, Andrea Falconieri, Giovan’ Pietro del Buono, Alessandro Scarlatti, Giovanni Legrenzi y Antonio Vivaldi.

La revista Scherzo de este mes de mayo dedica su sección «Con nombre propio» a la formación Il Giardino Armonico en su gira española celebrando los 30 años de su fundación, donde Eduardo Torrico nos recuerda que «Hubo un tiempo, superada aquella primera fase pionera, en el que quienes marcaban la pauta dentro del movimiento historicista eran los ingleses, los holandeses y, en menor medida, los alemanes», allá por los 70 y 80 del pasado siglo, sin olvidarse de los franceses que comenzaban a despuntar y convertirse en seria competencia aunque la revolución no había llegado al sur de Europa. El salto de calidad hacia el Mediterráneo, al cálido sur, lo darían nuestro Jordi Savall, a quien los franceses, como suelen hacer con los buenos, le consideren suyo, y especialmente los milaneses de Il Giardino Armonico con el entonces joven flautista Giovanni Antonini al frente.

Más de tres décadas en el candelero (que no candelabro como «La Mazagatos» pusiese de moda) es síntoma de buena salud, tanto para ellos como para la música barroca que sigue llenando estanterías y auditorios (la sala de cámara creo que registró la mejor entrada de un ciclo que todavía nos traerá a Xabier Sabata con Vespres D’Arnadí en un programa «Furioso»), ampliando repertorio y épocas donde aparece incluso Haydn del que grabarán su integral a razón de una entrega por año (ya llevan dos) tras constituir en Basilea, dónde si no, la Fundación Haydn con el «Proyecto Haydn2032” para el tercer centenario del nacimiento del «papá austriaco», al que espero llegar y poder completar con ellos siempre que el tiempo y los recortes políticos no lo impidan.

La gira española que pasa estos días por La Coruña, Oviedo y Madrid, trae una formación o «ensemble» ideal con un programa que sirve para corroborar la vigencia de la música veneciana con compositores que nos son conocidos gracias a ellos, alternando obras para lucimiento de un Antonini dominador de toda la familia de las llamadas flautas dulces o de pico (contralto, tenor, soprano y hasta la piccolo última) que perderían su preponderancia a costa de la «flauta traverso» (travesera) y que muchos siguen asociando a la flauta dulce de los colegios, nada que ver la práctica de nuestros querubines y adolescentes soplando un instrumento que las familias y algunos de ellos pueden llegar a odiar, pero en igual medida que un violín «serruchado» por un aspirante a Sarasate. Y hablando de violines, Stefano Barneschi y Marco Bianchi encabezan esta vez la formación (Enrico Onofri está también de gira) a la que se suman el violonchelo de Paolo Beschi, el clave de Riccardo Doni más la tiorba de la argentina Evangelina Mascardi, más que suficientes para afrontar tanto a Merula como a Castello, siendo perfecto complemento de las obras con flauta y verdaderas joyas incluso sin el director fundador, como pudimos comprobar con estos excelentes instrumentistas que siguen funcionando en conjunto al mismo nivel estratosférico que como solistas. El entendimiento de este quinteto es de admirar por empaste, dinámicas amplísimas, equilibrio y balance cuando los solos afloran, dominio total desde una técnica vertiginosa en todos ellos que cuando suenan las flautas de Antonini se convierten en la vestimenta ideal sin necesitar más tela que la presentada, tal es el armazón y ropaje que dan al concierto.

La música veneciana de Merula con la Canzon ‘la Pedrina’ y Castello con la Sonata XI a tre, de la Sonate Concertate in Stil Moderno nos transportó a «la Serenissima» en estado puro, un viaje al pasado de nuestra juventud con aquello que entonces nos parecía rompedor y drástico, como siempre sucede con lo nuevo que solo el tiempo pone, como siempre, en su sitio, plantilla de cinco virtuosos con especial mención a los violinistas sonando como uno en todo: dinámicas, ataques, arcos, intención y sentimiento, sin saber dónde empezaba uno y terminaba el otro, virtuosismo contagiado a cada instrumento antes de la aparición de la flauta de Antonini sentando a todos menos a chelo y tiorba, sin pausas, para las Variaciones sobre “Pulchra es amica mea” de Palestrina compuestas por el también milanés Rognoni y recordarnos el magisterio en la flauta dulce tenor dejándonos impresionados de nuevo con su técnica, su sonido y esa musicalidad infinita que todos estos intérpretes tienen en estas obras, alternando combinaciones y protagonismos donde no podía faltar el increíble solo de flauta de Van Goosen compuesto por el que he llamado “Paganini de la flauta barroca”, el holandés Jacob Van Eyck, obra hasta lógica por ser Antonini uno de los maestros del instrumento, una mínima incursión dentro del plantel italiano, y hasta homenaje a la flauta de pico, antes de volver con Merula y la Canzon ‘la Strada’ solamente con el ensemble.

Me gusta resaltar lo importante no ya de elegir un programa sino la organización y orden de sus obras, cosa que quiero comentar de nuevo pues la primera parte complementaba la segunda, como preparando estilos y formas, más los descansos del flautista para recuperar aliento que permitieron seguir deleitándonos con «su formación acompañante», de nuevo este quinteto que nos dejó unas excelentes Folias echa para mi Señora Doña Tarolilla de Carallenos de Falconieri (o Falconiero), la danza tan española que parece bailó Don Quijote, disfrutando de un perlado clave y una tiorba emergente preparando el ambiente musical de todo el grupo para un juego de contrastes donde la flauta se mezcla con el violín en una tímbrica mágica, uniéndose el empuje rítmico de un baile en Nápoles en tiempos donde este reino era español, como las siguientes dos maravillas que cerrarían la primera parte con la formación al completo: la Sonata VII sobre el ‘Ave Maris Stella’ de Del Buono, intimismo con paleta dinámica amplísima, a la que siempre ayuda el violonchelo unido a esa tiorba tan femenina, en el amplio sentido de la palabra, cortando la respiración y finalizando con una atronadora ovación antes de finalizar esta mitad con la Sonata en la menor para flauta, dos violines y continuo de A. Scarlatti, una colección de siete compuesta en los años finales como bien indican las notas al programa (colocadas aquí debajo), prescindiendo del clave pero igualmente rica de contrastes tímbricos a lo largo de sus cinco movimientos, alternando aires y dinámicas desde esa concepción del barroco que Il giardino armonico ha ayudado a tenerla como habitual, con Giovanni Antonini de solista y director perfectamente compenetrado con sus músicos.

La segunda parte nos hizo retroceder y recuperar años con muchos recuerdos de la mano del ahora maduro flautista y su “jardín armónico” con el repertorio que ellos dominan como pocos, gracias en parte al trabajo de tantos años. El “ensemble” nos llevó de vuelta a Venecia para maravillarnos con la Sonata XII de Castello que permitió disfrutar cada intervención solista (la tiorba emergió a la superficie poderosa, limpia y lucida, el clave ornamentando con ligereza y la cuerda frotada en permanente asombro para el que firma), y otro tanto con la Sonata I para dos violines, violonchelo y continuo “La cetra”, op. 10 nº 1 de Legrenzi con la magia de los dos violines citados.

Pero los concerti para flauta de Vivaldi que abrían y cerraban esta segunda mitad, siguen siendo referentes con “Il Giardino de Antonini”, barroco en estado puro para los dos conciertos elegidos, el Concierto para flauta, dos violines y continuo en sol menor “La notte” RV 104, de tiempos extremos, silencios subyugantes, ataques súbitos y casi violentos frente a los remansos paradisíacos, de flauta inacabada e inabarcable, cantando y jugando con floreos interminables, la descripción musical de los propios movimientos: Largo por las respiraciones, Fantasmi: Presto-Largo-Andante porque no parece humana tal capacidad de emitir sonidos tan bellos, Largo de plácida sensación de reposo contagiado por la lenta construcción de acordes entre cuerda y flauta (que nos recuerda mucho las estaciones entendidas por ellos mismos) y finalmente Il Sonno: Largo-Allegro donde hasta Freud podría argumentar desde la música con significado pese a ser «simplemente pura», el sueño profundo antes del despertar sobresaltado pero placentero y sin pesadillas.

El cierre del Concierto en re mayor para flautín, dos violines y continuo “Il gardellino” RV 90 continuó asombrando con el piccolo virtuoso y travestido del «ladrón traverso«, más increíble por tener de sustento unos músicos que convencen y contagian ímpetu, alegría, serenidad además de buen gusto y buen hacer desde la técnica al servicio de la música, creo que el ideal para cualquier melómano, compartiendo con la flauta de pico más pequeña los momentos álgidos de la historia del propio instrumento en unas partituras que siguen asombrando cada vez que vuelven a sonar, siempre únicas en vivo. Antonini sigue doblándose para dirigir y tocar, cargando los pulmones para sobrevolar sin respiro lo humano y divino, adornar los ornamentos y tocar hasta los silencios, y en número ideal por ser «de cámara», quién sabe si idéntica plantilla a la que podría utilizar «Il prete rosso» en el Ospedale della Pietà. Pájaros imaginarios en las calles venecianas del Allegro, primoroso el diálogo con el cello; el Largo cantabile sin los violines pero saboreando la tierra firme con chelo, clave y tiorba arropando la sopranino nunca hiriente, atentos a las respiraciones y ornamentos para seguir encajando todo, y la explosión de fuegos artificiales sobre el Gran Canal en Carnaval con el Allegro en tutti, asombrando el dúo de violines (los ecos no pueden sonar mejor) pero donde cada detalle seguía maravillando por las calidades.

Y lógicamente tenía que sonar también y tan bien Vivaldi en la propina: su Largo del Concierto en la menor, RV 108, abandonando el juguetón pícolo para retomar la contralto más humana en registro y poder así cantar sin palabras con la mejor vestimenta del quinteto, un «jardín» que sigue floreciendo 30 años después. Que duren por lo menos dieciséis años más, y no solo por Haydn

Un Bach honesto y sincero

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Jueves 5 de mayo, 20:30 horas. «Bach en la Catedral«, León: Bernard Winsemius, órgano. CNDM en coproducción con el XXXI FIOCLE. Entrada libre.

La integral de la obra para órgano de nuestro bien amado «Mein Gott» está llegando a su fin (quedan otros dos conciertos) entre el «bicho Klais» de León y el Grenzing del Auditorio Nacional de Madrid dentro del rompedor programa «Bach Vermut«, coordinado por joven organista vitoriano Daniel Oyarzábal (1972), uno de nuestros grandes intérpretes, durante dos años irrepetibles que con la inesperada muerte de Jacques Van Oortmerssen hubo de ser sustituido para este de mayo por el carrillonista y organista igualmente holandés Bernard Winsemius (1945).

Del programa comentar como siempre lo bien estructurado en cuanto a las obras, abriendo y cerrando con las grandes para órgano, sin olvidarse de los corales y el «obligado» número de El arte de la fuga, con otra obra intermedia buscando no ya la alternancia en tiempos sino en el espíritu de cada una de ellas que comienza desde la elección de los registros más adecuados, algo que en el caso de Winsemius se caracterizó por la sobriedad, optando por pedales contundentes siempre en el plano idóneo, algunos incluso con cierta ronquera disipada, solo atronando la tormenta exterior que restó público en la Pulchra Leonina.
Me gusta dejar las obras y su correspondientes enlaces al canal YouTube© para recrearlas si así gusta el lector, comentando someramente todas ellas.

Para abrir boca y «calentar dedos» la impresionante Fantasía y fuga en do menor, BWV 537 (d. 1723?) con un pedal sustentando una exposición tranquila, reposada y ornamentada con la maestría de un especialista como el músico holandés, fantasía de sobriedad sonora antes de la fuga precisa y clara, honesta con cada duración, entretejiendo con soltura las voces siempre bien dibujadas.
La partitura Wo Gott der Herr nicht bei uns hält, BWV 1128 (ca. 1705/10) fue descubierta el 15 de marzo de 2008 en una subasta de artículos de Wilhelm Rust, musicólogo del s. XIX y gran contribuidor a la edición integral de la Bach Gesellschaft, una fantasía coral rica en ornamentos con un pedal «cantabile» y jugando con la lengüetería melódica sin perder la meditación obligada. A continuación Meine Seele erhebt den Herren, BWV 648 (1748/49) de los Corales Schübler, intimismo desde el lento caminar del pedalero arrancando la construcción tan bachiana de la mano derecha en un registro ideal y la izquierda vistiendo además de compartiendo tejido. Un placer y reposo en la interpretación de Herr Winsemius.

Christ, der du bist der helle Tag (Partita), BWV 766 (ca. 1700) majestuosa y calmada, resonando los flautados en las piedras y vitrales góticos, visión desde la madurez y experiencia que parecía crecer en su desarrollo, manteniendo una pulsación juvenil de paso firme.
De los «Corales de Neumeister» (a. 1705?) un par de ellos bien contrastados en intenciones: Du Friedefürst, Herr Jesu Christ, BWV 1102 en si bemol mayor, nueva demostración de limpieza y buen gusto en los registros con un equilibrio en los planos, y Ach Gott, tu dich erbarmen, BWV 1109, juego sonoro emanando tranquilidad, sin prisas en desarrollar los temas ni las contestaciones, plenos sin pompas, libertad desde el conocimiento.

Majestuosa e imaginativa, como corresponde, la Fantasía en sol mayor, BWV 571 (a. 1720?) en sus tres movimientos Allegro – Adagio – Allegro, sin exagerar los aires de nuevo manteniendo la rítmica para que los dedos no corran en exceso, registros nada estridentes optando por la limpieza más que la velocidad que pudiese enturbiar el discurso musical, siempre «in crescendo» manteniendo teclado con los cambios precisos así como un pedal siempre en su sitio, nueva lección del maestro holandés.

De «El arte de la fuga» esta vez escuchamos el Contrapunctus XIII a 3, inversus, BWV 1080/13,2  (1742/49), la fuga a dos que exige la dinámica justa en cada mano sin perder presencia, algo difícil en el órgano frente a las versiones de clave, necesitando un equilibrio de registros que Winsemius encontró en el Klais, siempre con sonoridades por descubrir, saltarín como un gorrión pero cantarín cual jilguero de tubos, con la ciencia hecha arte al órgano.

Y cerrando un círculo virtuoso el Preludio y fuga en do mayor, BWV 547 (ca. 1725), ese ritmo ternario luminoso del preludio desde sonoridades poderosas y por momentos densas, verdaderos fuegos artificiales cual la vidrieras góticas leonesas, ímpetu en manos y pies, ligaduras ajustadas a la partitura para llegar a la impresionante fuga binaria, sembrada de semicorcheas como trampas que quieren y no pueden desviarnos del tema, el punto final ideal de este Bach para todos en la interpretación de Bernard Winsemius, honesto y sincero de principio a fin.

Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, «Jóvenes valores de la música»: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público «Arte» con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como «Miniaturas» y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, «Sonata de la lluvia» de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical «reducida» a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como «Conexión Moscú-Oviedo«.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la FundaciónGuillermo Basagoiti García-TuñónAlina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca «La Redonda».

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del «grazioso» Schön Rosmarin (Kreisler) de las «Tres viejas danzas vienesas«, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

El laúd con alma

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Miércoles 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara: III Primavera Barroca: José Miguel Moreno (laúd barroco), Ars Melancholiae. Obras de Sylvius Leopold Weiss (1686-1750), Charles Mouton (ca. 1626-ca. 1699), Johann Gottfried Conradi (?-1747) y David Kellner (1670-1748).

Un concierto distinto donde escuchar a José Miguel Moreno (Madrid, 1955) hablar de las obras y sus compositores es toda una lección (y eso que dio una conferencia previa) donde la música de laúd resulta perfecto complemento de la palabra. El apellido Moreno es sinónimo de magisterio y arranque en la recuperación de la llamada «música antigua» además de verdadero referente para una nueva generación de intérpretes españoles que están consolidados a nivel mundial, como los hermanos Zapico de Forma Antiqva que este viernes 29 de abril debutarán nada menos que en Canberra (Australia) tras pasar por este mismo escenario y ciclo el pasado domingo, a quienes José Miguel Moreno también recordó.

Personaje peculiar y especial, no muy dado a entrevistas aunque dejo enlazada la realizada por Mario Muñoz Carrasco para la Revista Sineris hace un par de años, pues refleja a la perfección su pasión y profesión. Citaba a Couperin (Lo que me sorprende está bien, pero prefiero lo que me conmueve) antes de abordar a Mouton diciendo que como él, prefería la música que conmueve a la que sorprende, y su recital tuvo mucho de melancolía (como en las notas al programa) más que de sorpresa, pues las obras las ha dejado para la historia en disco compacto, una época donde siendo con su hermano Emilio propietario del sello Glossa, podían permitirse grabar lo que querían sin imposiciones ni comercialismos. Algo que los melómanos agradecemos porque nos hubiésemos perdido obras tan bellas como las escuchadas en vivo, con un ambiente familiar, poco público donde no faltaron maleducados que se fueron en medio de una obra, apertura de caramelo que rompía una escucha casi terapéutica, toses «opinando» ¿inconscientemente? que una hora de música de laúd parecía demasiado (supongo que no pasarían por taquilla o desconocían el contenido), y donde todavía pudimos escuchar tres propinas del francés Ennemond Gaultier «El viejo» (c. 1575-1651), de la estirpe Gaultier como Jacques o Denis, tras una velada que el propio José Miguel calificó como «música del alma».

Puede que el músico madrileño no esté en su mejor momento interpretativo (pues el vital demostró seguir joven confesándonos su nueva paternidad hace dos años que parece haberle devuelto el ímpetu), tal vez falte limpieza en algunos ornamentos, puede que también más pulsación en pasajes concretos, aunque sus pianísimos sigan cortando el aire, incluso que la selección de obras careciese de danzas más movidas optando por las íntimas y tranquilas, cuando no excesivamente reposadas, en pos de esa intención de relajación y disfrute sin más.

Pero nadie puede negar que sobre todo en la Suite en la mayor de Conradi «el gran desconocido», nos contagió su entusiasmo por compartir vida y obra de alguien que hasta se planteó fuese músico o compositor de lo escuchado… Cosas curiosas que nos cuenta el Maestro.

Algo parecido con la Chaconne en la mayor de Kellner, donde cada final era engañoso por volver de nuevo al inicio (cual Da Capo ad eternum) con leves variantes como corresponde al estilo barroco, tal vez queriéndose recrear y alargar estos «descubrimientos».
Las cinco danzas de Weiss algo decepcionantes, siempre en relación a sus primeras interpretaciones en disco (en 1993 aunque reeditado) pero todo un placer sus fraseos tan interiorizados y elegantes, aunque «cortadas» por la necesaria afinación de las cuerdas que vibran por simpatía para adaptarse a la tonalidad, y la selección de Charles Mouton algo más variada en tiempos y danzas, aunque se nota la predilección por la gavota y la zarabanda, curioso para un laudista enamorado además de gran intérprete de la vihuela española típica y única, a la que reconoce ser el mejor instrumento de la época, más que su laúd francés aunque su lenguaje sea universalmente personal.

Escuchar contar historias a José Miguel Moreno siempre resulta gratificante por la sabiduría que los años y el conocimiento transmite, pero sobre todo por contagiarnos la alegría de vivir de, por y para la música. Tras las tres propinas comentadas aún se quedó para atender preguntas y seguir de tertulia…

Gracias Maestro

Steffani, afectos y efectos

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Domingo 24 de abril, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. III Primavera Barroca: Mª Eugenia Boix (soprano), Carlos Mena (contratenor), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). «Crudo amor: Pasiones y afectos en la voz de Agostino Steffani«.
No pudo ser el 3 de marzo pero por fin volvieron a casa Forma Antiqva este último domingo de abril para traernos a la «Primavera Barroca» su Crudo amor, un programa que presentaron en Gijón durante el Festival de Música Antigua el 15 julio de 2014 y festejando sus 15 años en el Conservatorio de La Felguera el pasado 11 de octubre de 2015 tras grabar en esta sala, donde trabajan regularmente como grupo residente, su último trabajo para el sello alemán Winter&Winter, por lo que los muros del antiguo depósito de agua aún conservaban parte de la memoria reciente de los mismos intérpretes que han dejado otra joya para nuestra historia musical.

Impresionante ver la agenda de todos y cada uno de estos músicos que alternan trabajo docente (cuando lo permiten las autoridades incompetentes), escenarios, repertorios, formaciones, pero que vuelven a reunirse para recrear ahora a un Steffani por el que han transitado otros muchos intérpretes pero que «los Zapico» han actualizado y adaptado a su ya amplio repertorio, volviendo a contar con la «hermana adoptada» Ruth Verona y las voces de la soprano aragonesa Eugenia Boix y el contratenor vitoriano Carlos Mena, repuesto de sus problemas, en un directo siempre único e irrepetible porque el barroco todavía permite la licencia del momento, los ornamentos nunca iguales, los tiempos sin ceñirse a marcas metronómicas, los matices extremados hasta el infinito, todo ello desde el dominio de un programa por parte de cada uno que les permite disfrutar y contagiar «pasiones y afectos» con todos los efectos de la época.

Y como en el disco, las seis cantatas del cantante, organista, compositor, obispo, diplomático y puede que hasta espía Agostino Steffani (Venecia, 1654-1728), todo un personaje con una vida de novela donde sus partituras fueron admiradas y conservadas por Händel, alternando en un discurso muy homogéneo con intervenciones solistas de los hermanos Zapico perfectamente elegidas para completar un idioma común desde distintos acentos, como el propio veneciano, variando ligeramente el orden de la grabación.
Para empezar «Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete» (1699) con sus seis números alternando dúos y solos y distintas combinaciones de acompañamiento instrumental: Begl’occhi, oh Dio, non piú piangete (dueto), el aria para alto Clori mia, s’il cor t’ingombra más recitativo Per te, mia vita, moro disfrutando de un continuo plegado a la expresividad del contratenor, manteniendo la estructura con una nueva aria de alto La tua troppo pietà ti fa crudele  seguidas del recitativo de soprano Se la tua gelosia  y el aria duetto Clori mia, deh, ferma alquanto.
Sin apenas pausa «Dimmi, dimmi, Cupido» (ca. 1688) en edición de los asturianos, que comienza con el recitativo para alto Dimmi, dimmi, Cupido, poderoso en el grave, afecto sin afectación al igual que el continuo, preparando el duetto: Son erede dei tormanti, una maravilla de empaste de las voces, líneas que se entrecruzan, contestan, contracantan, se «instrumentalizan» sin olvidar jugar con la melodía fundamentada en el acompañamiento exacto para realzar textos; el recitativo de soprano Ah, che quei piedi, oh Dio antes del último duetto Non bastava al Dio d’amore con el primoroso el trabajo instrumental donde las combinaciones de instrumentos están elegidas para jugar con las voces en registro y fraseo, además de la riqueza tímbrica que proporciona el cuarteto de cuerda junto a las agilidades vocales bien entretejidas para no perdernos los textos.
Y lo mismo cabría decir de los solos en los «intermedios», comenzando con Daniel Zapico a la tiorba que nos dejó la Toccata Terza del «Libro Terzo d’involatura di chitarrone» (Giovanni Girolamo Kapsberger) para disfrutar, reposada, llena de matices y sonido limpio.

Nueva edición propia de «Occhi, Perché piangete?» (ca. 1702) introducido por el clave cristalino antes de lento Occhi, Perché piangete? en juego vocal primoroso, sin necesidad de buscar dónde empieza y acaba una voz para unirse en color, engrosado por el cello de Ruth «Zapico» que enriquece aún más la paleta, al igual que el allegro Stolto è ben chi vi crede donde las agilidades vocales juegan con la cuerda frotada o el rasgueo de la guitarra, antes de retomar el lento Dal vostro pianto amaro.
La guitarra barroca de Pablo Zapico con la Passacaglia del libro cuarto de «Varii scherzi per la chitara spagnola» (Johann Caspar Ferdinand Fischer) hace de nexo entre cantatas recreándose en la rítmica sin olvidar lo lírico, casi un paseo entre cuadros, bocetos preparatorios del mismo trazo aunque distinta autoría.

Más extenso «Crudo Amor, morir mi sento» (ca. 1702) que da título a programa y grabación ahonda en pasión y efectos jugando con afectos bien ejecutados desde el primer aria duetto Crudo Amor, morir mi sento, el recitativo de Mena Come nel mar d’amore seguido por el arioso Egualmente mi nega deja paso y protagonismo a Boix con su recitativo La stella ch’a me splende casi operístico seguido del arioso Oh, toglimi la speme, de los momentos más emotivos del concierto, pausado, amoroso, rico en matices y templado, el clave completando con igual delicadeza las notas largas, respirando con la soprano, como el duetto, recitativo y nuevo duetto final È la speme un falso bene, Così seguendo le fallaci idee Mai non gode quel cor, explicación sin palabras del título del programa llevado al disco.
Aarón Zapico al clave deleitó con una primorosa Passachaglia de «Musikalischer Parnassus» (Francesco Corbetta), trinos claros para una mano izquierda cantante y cambio de roles para una derecha lírica, perlada, apoyada en unos graves poderosos, alcanzando la impensable continuidad de estilo y afecto entre cantatas.

«Sol negl’occhi» (ca. 1702) tiene cuatro números con los mismos ingredientes anteriores ordenados en duetto (Sol negl’occhi del mio bene), recitativos de soprano (Filli crudele, oh Dio!) y alto (Ma, se nel tuo bel viso) donde el virtuosismo del contratenor en las agilidades rivalizaba con el cello de Ruth Verona antes del duetto final (Chi vedesse la beltà) en un tutti matizado lleno de fuerza y empuje.
Placidissime catene (1699) fue la última cantata del concierto, también edición propia para demostrar las múltiples combinaciones posibles que dotan de colorido la previsible monotonía de autor, mantener figuras cambiando el paisaje, duetto Placidissime catene para jugar con color y calor en los tempi: Ha perduto ogni suo bene, Vivo in doglie, e moro in pene, Affani pene e guai voi non farete y Amor fa quanto sal da la prigion. Las voces como instrumentos de viento en agilidades, las cuerdas de ripieno y continuos diferenciados, asombrando los exactos finales de frase para mantener flotando el último acorde en el aire. Placidísimos momentos muy trabajados con las horas de ensayo que un disco requiere y aprovechados para el directo aún más exigente e irrepetible.

Monteverdi y L’incoronazione de Poppea fue el espaldarazo en el foso del Campoamor para Forma Antiqva, y como regalo, además de su aparición en la exitosa serie «El Ministerio del Tiempo» (este lunes 25 de abril), la oscense Boix-Poppea con el alavés Mena-Nerón nos interpretaron Pur ti miro, pur ti godo tras un preludio instrumental Made in Zapico’s preparando la aparición por los laterales del patio de butacas y llenando la sala con «el más bello dúo de amor jamás escrito» en unas voces nuevamente empastadas con un perfecto entendimiento que arrancó las másque  merecidas ovaciones para poner el punto y seguido de un «Crudo Amor» que seguirá sonando, al menos el grabado.

Crítica en La Nueva España del martes 26:

César Franck desde la humildad

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Jueves 21 de abril, 20:00 horas. Oviedo: Iglesia de San Tirso el Real, Las veladas de los Jueves: Samuel Maillo (órgano). Obras de César Augusto Franck (1822-1890).

 

Penúltimo concierto de este ciclo, hoy dedicado a «El Romanticismo y el órgano», de las veladas que arrancaron el 10 de diciembre del pasado año y último de órgano solo en el Acitores de la Plaza de la Catedral de Oviedo, feliz iniciativa de los dos conservatorios capitalinos, el Ayuntamiento local, la Escolanía San Salvador (que cerrará este ciclo el próximo jueves 28 en San Isidoro con música del archivo catedralicio ovetense no escuchada desde hace más de 200 años), más las parroquias que albergan los instrumentos que siguen sonando, a pesar de los recortes, y con toda la ilusión de «Un recorrido didáctico por la Historia de la Música a través del órgano» con el todavía estudiante bejarano afincado en Oviedo Samuel Pedro Maillo de Pablo (1983), que alternó su faceta de concertista en la que lleva muchos años a pesar de su juventud, incluyendo la proyección en pantalla, con la de docente, comentando la importancia de Francia en el Romanticismo para el rey de los instrumentos, con César Franck como el impulsor y punto de inflexión del órgano, equiparable en cierta medida a J. S. Bach por la influencia y literatura organística, adaptando pero también creando repertorio, especialmente con la aparición de los nuevos órganos Cavaillé-Coll que Franck podríamos decir fue estrenando en sus destinos profesionales, incorporando el pedal de expresión además de otras mejoras mecánicas. En España tenemos varios funcionando, especialmente en Euskadi, por la cercanía geográfica y hasta cultural con nuestros vecinos del norte, pero que llegan incluso a Sevilla y cruzando el charco hasta Chile.

Y es que el organista francés de origen belga no solo compuso música «para el rey» sino también para el «hermano pobre«, el armonio que tantas veces hemos escuchado en las pequeñas iglesias rurales, más barato pero haciendo accesible para el culto tanta música de tecla además de servir como protagonista indispensable de tantas ceremonias litúrgicas.
Además de «Cuarenta y cuatro pequeñas piezas» debemos recordar las casi sesenta que dejó Franck en «El organista«, de las que Maillo seleccionó cuatro, comenzando con la conocida número uno «Poco allegretto» seguida de una breve improvisación sobre «El canto de la cruz», recordando la fama que tenía el francés como improvisador continuando la tradición de los organistas barrocos, para continuar con Prière en mi menor (oración) y finalmente el magnífico Offertoire en Ut (Ofertorio en Do). No son obras menores, al contrario, exigen enorme destreza y técnica, y el armonio cual «órgano-acordeón» de San Tirso, con registros variados, sonó potente, rico en matices, con la dificultad de pedalear continuamente y trabajar la enorme expresividad de estas composiciones del gran César Franck, que habitualmente se ejecutan en el «hermano mayor«.

Para abrir y cerrar esta amena charla-concierto, dos de los tres corales compuestos en el verano de 1890 durante su estancia en Nemours, su auténtico testamento musical y espiritual, lo más representativo del organista de Notre Dame de Lorette y Sainte-Clotilde: el Coral nº 1 en mi mayor (dedicado a Mr. Eugenio Gigout) es desbordante de ideas pero con un orden estricto, grandes períodos modulantes con buen juego de registros, al final
de los cuales se confirma la tonalidad principal anunciando el tema principal que acabará por imponerse. La variación como recurso técnico también tuvo diversas combinaciones tímbricas como en la segunda parte cuando aparece un nuevo
tema melódico breve, seguido de la reexposición elaborada contrapuntísticamente aunque menos clara en su ejecución, hasta el tema coral principal poderoso dominando el conjunto que prepara la brillante
coda final.
El Coral nº 3 en la menor (dedicado a Mlle. Augusta Holmes, compositora y alumna de Franckcomienza «quasi
allegro» con la presentación de dos ideas yuxtapuestas, bien diferenciadas en los teclados, con una rítmica tipo tocatta, y otra coral, que se repiten con variaciones, algo más oscurecidas. En el «Adagio» que sigue y ocupa la parte central la interesante melodía sí sonó clara de registro pasando por distintas tesituras y texturas, continuando con un desarrollo
en el que alternan los dos temas secundarios que nos devuelven al «Allegro» inicial. La rexposición del tema coral sonó triunfalmente
por encima del primer tema, verdadera culminación del llamado «género sinfónico paraórgano» que César Franck había iniciado en su «Gran pieza sinfónica» de la colección de «Seis piezas para gran órgano«.

Para el «austero» instrumento de la fábrica de Federico Acitores SL en Torquemada, construido en 1993, los dos corales quedaron algo cortos en expresividad pero resultaron convincentes en la registración, con la inestimable colaboración de dos ayudantes que trabajaron rápido para lograr las mejores combinaciones posibles en los dos teclados más pedalero. Técnicamente se nota el arduo trabajo realizado por Maillo pero cuya base pianística y clavecinista le «impide» por momentos disfrutar más de los legatos y gastar menos energía. El último coral es muy exigente, casi virtuosístico, y faltó más limpieza para no perder las cascadas con que Franck vuela adornando y variando un coral que sí sonó preciso. Está clara la musicalidad y pasión del músico salmantino que compensa cualquier pega que pueda ponerle, por lo que los años acabarán dándole el poso para afrontar los grandes repertorios románticos y contemporáneos, siempre exigentes pero agradecidos para todos.

Pintando y esculpiendo sonidos

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Sábado 9 de abril, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Somió (Gijón). Recital de piano: Juan Barahona. Obras de Mozart, Schumann, Albéniz y Ginastera. Entrada: 10 €.

Volvía a esta maravilla de museo gijonés y a esa joya de Steinway© el pianista Juan Andrés Barahona Yepez (París, 1989), en una breve parada dentro de su actual formación londinense y tras su paso por el último Concurso Internacional de Piano de Santander o los recitales en la capital británica, y con un programa que continúa confirmándolo no ya como una promesa sino auténtica realidad interpretativa. Cada concierto suyo al que acudo es un paso de gigante, afrontando repertorios de enorme dificultad con los que no se arredra y aportando continuamente una musicalidad innata pero también heredada, aunque fruto de un enorme trabajo desde la pulcritud de su técnica, un sonido poderoso y un respeto hacia la partitura hasta el mínimo detalle, disfrutando en la distancia corta de lo riguroso que es con las duraciones, fraseos, pedales y sobre todo entrega en cada obra, sacándoles la esencia de su estilo y mostrándose igual de cómodo en todos los repertorios.
Si en este mismo museo y preparando el afamado concurso vecino le citaba como «escultor del piano«, este sábado primaveral lo reafirmaba como pianista total, pintor y escultor con cuatro autores genuinamente únicos y cuyo sello personal hace suyos nuestro intérprete ovetense al que «nacieron en París«.

La Sonata para piano en re mayor, KV. 311 de Mozart tiene en sus tres movimientos todo el universo del genio: un Allegro con spirito que retrata la necesaria limpieza con la que debe sonar el tema y la tensión por mantener claro y preciso el desarrollo con un empuje infatigable; el Andante con espressione es uno de los movimientos tranquilos tan mozartianos donde el lirismo y expresión flotan en cada nota, algo que Juan Barahona tiene asumido desde sus inicios, deleitándonos con un fraseo íntimo y cercano; finalmente el Rondó (Allegro) parece recordarnos el de los conciertos de piano por el impacto sonoro donde se dibuja el piano emergiendo de un lienzo ya preparado, incluyendo una cadenza meticulosa que nos hace esperar la entrada de una inexistente orquesta, sólo en la mente del prodigio salzburgués. Sonata limpia de trazo rápido para pintar un fresco impoluto de temática clásica.
Observando los cuadros las Escenas del Bosque (Waldszenen) op. 82 de R. Schumann ponían la banda sonora a un documento en primera persona, nueve imágenes claramente diferenciadas en ánimo y expresión con temática asturiana por la cercanía ambiental. Imposible detallar cada una e impresionante despliegue descriptivo desde el piano, desde la «Entrada» (Entritt) que nos pone en situación, la intriga de claroscuros en «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer), las casi impresionistas «Flores solitarias» (Einsame Blumen) o la cinegénita canción Jaglied donde el romanticismo puro de cámara saca del piano unas trompas alegres. La «Despedida» (Abschied) nos devolvió a la tranquilidad del museo tras viajar por una masa verde rota por manchas de color en unos paisajes con figuras dignos de los mejores lienzos.

La segunda parte presentada por el propio Juan tenía cierto trasfondo de homenajes y aniversarios, el de la muerte de Enrique Granados (1867-1916), quien completó en 1910 los póstumos e inacabados -solo 51 compases- Azulejos de Isaac Albéniz (1860-1909), y el nacimiento del argentino Alberto Ginastera (1916-1983) que cerraría recital.
De la amplia producción del músico de Campodrón, será la suite Iberia la obra de referencia para todo pianista, y las dos obras elegidas son en cierto modo preparación y conclusión de la misma, todo el lenguaje propio del catalán universal volcado en el piano. La Vega (h. 1887) podría figurar sin problemas como un número más, pero mantenerla independiente (la primera de una llamada Suite «La Alhambra») ayuda a comprender mejor la magnitud de los cuatro cuadernos de Iberia. Con toda la dificultad técnica y expresiva, Juan Barahona tradujo cada momento esculpiendo sonidos y difuminando contornos, dominando la masa sonora con un empleo de los pedales impoluto, unos ataques diferenciados desde la fuerza característica de dinámicas extremas que enriquecen aún más todo el universo de Albéniz. Y los Azulejos (1909) que son la reflexión póstuma a sus cantos españoles y su pasión ibérica desde el piano desde un mayor intimismo (recomiendo la lectura de Manuel Martínez Burgos en la revista del RCSMM). Ideal contraponer ambas páginas como obras acabadas, y no bocetos, miniaturas comparadas con sus compañeras de viaje pero tratadas magistralmente y dignas de exponerse independientes con el recuerdo de las demás en nuestra memoria auditiva. Si realmente no podemos encasillar a Barahona como intérprete de un autor, época o estilo, está claro que Albéniz le abrirá muchas puertas internacionales porque técnica para afrontarlo tiene y madurez solo la dan los años puesto que el trabajo no le asusta ni le detiene.

Las Tres Danzas Argentinas, op. 2 (Ginastera) confirmaron las impresiones anteriores, cómodo en cualquier repertorio, dotado de una fuerza no ya juvenil y lógica sino interior para comunicar desde el piano, los ritmos hermanos fueron el motor abstracto sobre el que plasmar un lenguaje orquestal en el «reducido al blanco y negro» del piano. Las extremas y vigorosas Danza del Viejo Boyero y Danza del Gaucho Matrero, ésta sobremanera por lo vertiginosa y virtuosística, flanquearon la cálida y milonguera Danza de la Moza Donosa, el lirismo que me recuerda La Rosa y el Sauce de su compatriota Guastavino sin palabras contrapuesto al Malambo desde las ochenta y ocho teclas, todo con el inconfundible «sello Ginastera» y la entrega del artista Juan Barahona, pintor y escultor de sonidos, dominador del color y moldeador de formas emocionales en un museo único.

Cuando el órgano es coreografía

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Viernes 18 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ana Belén García Perez y Ana Isabel Aguado Rojo (órgano). Obras de Mozart, Morandi, Saint-Saëns, Tchaikovski y Wagner.

Tomando las palabras de la organista donostiarra en la entrevista para el diario LNE (de la que dejo parte en la foto de la versión papel al final de esta entrada) «Convendría ir perdiéndole el respeto a la música de órgano» y todo desde el desparpajo juvenil que supone esta apuesta por repertorios conocidos en interpretación a cuatro manos con la palentina.

Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en San Hipólito (Córdoba) Foto ©Facebook Asociación «Luys Venegas de Henestrosa» de Amigos del órgano

Interesantes arreglos para dos organistas con todo lo que supone planificar registros, teclados y pedaleros, reparto de papeles sin problemas en cuanto a permutar posición en el asiento dependiendo de las obras, pero sobre todo un sentir la música a dúo como si fuese solo uno, dificultad máxima y pleno entendimiento desde el respeto a unas interpretaciones que más que arreglos o «reducciones» orquestales suponen una relectura de obras que todo melómano tiene en su memoria, con un público entregado que casi llena el templo avilesino este «Viernes de dolor», el último de los tres conciertos de órgano de esta semana de música religiosa a la que todavía restan dos días de música coral.

La proyección en pantalla gigante nos permitió admirar la coordinación y por momentos coreografía de las cuatro manos en el órgano de Acitores que va camino de los seis años y ya he bautizado, con permiso de las autoridades, como «El Tomasín», alcanzando momentos impensables en una ejecución al uso que poco a poco va ganando su espacio en los conciertos por la espectacularidad tímbrica que se alcanza con esta fórmula. Encomiable el trabajo de los organizadores de esta semana con solera en Asturias por mantener vivo el instrumento rey que hoy, más que nunca, volvió a coronarse como tal.

El Allegro y andante o  Fantasía para órgano mecánico en fa menor, K. 608 (Mozart) en su versión «habitual» es de por sí de una inmensidad de sonido y ejecución portentosa desde una escritura como sólo el genio de Salzburgo podía concebir, formando parte de una serie de cinco obras para instrumentos fuera de lo común respondiendo a distintos encargos; la versión a cuatro manos que realizase Busoni sube un escalón al cielo, por lo que disfrutarla a cuatro manos y dos pies ya alcanza límites insondables, dinámicas ayudadas por los registros casi celestes del tercer teclado (órgano recitativo expresivo).

 Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en Avilés, Foto ©Mara Villamuza para LNE

La Introducción, tema y variaciones de Giovanni Morandi (1777-1856) mantiene el sello italiano marcial, casi de himno, para el que el órgano a cuatro manos resulta vehículo o traje a medida. Así lo entendieron las dos organistas jugando con los registros de las distintas variaciones, en un amplio despliegue técnico y tímbrico de una partitura agradecida para intérpretes y escuchantes.

Aunque reciente y cercana en la memoria, la Danza macabra, op. 40 de Saint-Saëns (1835-1893) alcanzó en la versión a cuatro manos (de hecho la original fue escrita para dos pianos) una riqueza mayor que la del virtuoso Raúl Prieto (en transcripción del original orquestal hecha por Edwin H. Lemare y revisada por el propio organista), con un tempo más reposado y pasajes «casi imposibles» de ejecutar a dos manos se hacen ahora asequibles y luminosos con registros más ricos, así como un pedal que por momentos sonaba como los contrabajos orquestales, sustento sin oscurecer el ímpetu y clamor de los teclados, enriquecimiento pianístico elevado al órgano a cuatro manos.

Tchaikovsky (1840-1893) pasará a la historia de la música como el creador de las melodías más hermosas y populares, sobre todo las de sus ballets, y El cascanueces es uno de ellos. De él lo más interpretado son las suites orquestales, y en la versión a cuatro manos de «las dos Anas» pudimos disfrutar de tres números: la Marcha, contrapuntos ascendentes y descendentes bien dibujados en los teclados diferenciados en registros con un tempo lento, la casi etérea Danza del Hada de azúcar, con celesta o fagot de órgano en la línea de recrear más que versionear o reducir la orquesta, y el hermosísimo Vals de las flores, coreografía de manos para este ballet orgánico y organístico, cuento de hadas en el instrumento rey que es capaz de sumergirnos en las arpas y trompas de «El Tomasín» que nunca antes trabajó tanto, apostando nuevamente por un aire tranquilo que no entorpeciese la escucha dentro de una reverberación no muy grande del templo avilesino.

Y para finalizar un sentido «Coro de los peregrinos» del Tannhäuser de Wagner (1813-1883), capaz de volver instrumental una de las páginas corales eternas, buscando el lirismo y armonías vocales con el ropaje orquestal único del genio operístico. Amén de un acorde traicionero, el peregrinaje musical a cuatro manos y dos pies nos llevó a buen puerto, el crescendo sonoro y emocional en un barco sonoro avilesino que todavía seguirá asombrando, siendo las nuevas generaciones de intérpretes de órgano quienes mantendrán la singladura con timón seguro.

Hoy sábado volveremos y dejaremos constancia, como siempre, desde estas líneas.

Bach a pares

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Martes 15 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ángel Montero Herrero (órgano). Obras de Bach.
Segundo concierto y de nuevo el órgano de la factoría de Federico Acitores de protagonista, continuando con la generación de jóvenes intérpretes, bien formados, ambiciosos en sus programas y con medios para seguir trabajando. Este martes el organista de la Catedral de Segovia, Ángel Montero Herrero (Madrid, 1989), alumno de Roberto Fresco con quien prepara el Grado Superior, y ya con una amplia agenda de conciertos que le ha traído hasta la SMR avilesina.

Programa ambicioso el del músico madrileño íntegramente dedicado a Bach, con el Preludio y fuga para órgano plenoBWV 552 de eje, intercalando en medio seis corales del Dritter Theil der Clavierübung (1739, Misa Alemana para Órgano), verdadero catecismo musical, esta vez y curiosamente los pares, en (s)elección buscada para contrastar efectos y afectos, casi todas en tonalidad menor, con las distintas partes de la misa luterana, el texto como inspiración musical de «Mein Gott», registración recia adaptada a la época y estilo del instrumento, capaz de sonar «alemán» a la orilla de la ría de Avilés en las manos y pies de un español.

El Präludium pro órgano pleno en mi bemol mayor, BWV 552/1 arrancó el poderío del órgano castellano, con flautados redondos en teclado y pedales, buen fraseo respetando la figuración clara y precisa.

Los seis corales que pudimos escuchar fueron desgranándose desde registraciones no siempre claras desde abajo (siempre distintas a como se escuchan en la consola), sobre todo el pedalero que quedó en un segundo plano algo oscurecido especialmente en el acoplamiento teclado I-Pedal, pero con una claridad expositiva y un respeto a la escritura en cada compás digno de reseñar, las notas tenidas precisas, los cantos en la mano izquierda buscando la lengüetería predominante, siempre bien arropada por el resto.
Así fueron surgiendo las distintas partes, «Los Diez Mandamientos»: Dies sind die heil’gen zehn Gebot’ (en sol mayor), BWV 678, delineadas las voces y teclados; «Credo»: Wir glauben all’ an einen Gott (en re menor), BWV 680, casi fuga potente arrancada en flautados poderosos que fueron engordando la expresión desde la contención, pedalero sustento terrenal de las manos al cielo; «La Oración del Señor»: Vater unser im Himmelreich (en si menor), BWV 682, delicia y remanso en la derecha con la izquierda adornando y el coral al pie para no perder nunca referencias; «El Bautismo»: Christ, unser Herr, zum Jordan kam (en sol menor), BWV 684, donde las semicorcheas son gotas de agua del Río Santo, ligaduras variadas cual venera en la mano del Bautista, en un fluir permanente como sonó la interpretación de Ángel Montero; «La Penitencia»: Aus tiefer Not schrei ich zu dir (en mi menor), BWV 686, el tiempo lento que desde la desnudez va tomando cuerpo como inflingiendo dolor y breves aperturas de color, con la disonancia vertebrando un discurso inestable para alcanzar finalmente «La Comunión»: Jesus Christus, unser Heiland, der von uns den Zorn Gottes wandt (en re menor), BWV 688, el ritmo ternario donde bailan incansables las semicorcheas en ambas manos mientras el pedalero marca cada compás, registros trabajados para esta «casi toccata» de virtuosismo de estos «libros de estudio» que en Bach son siempre asombrosos, intrincados, complicados y tremendamente pedagógicos. Una verdadera lección bien aprendida del organista madrileño.

La Fuga pro organo pleno, BWV 552/2 no solo cerró el ciclo sino que vino a ser como la meditación de toda la «misa musical» anterior, catedral sonora que crece paulatinamente desde la seguridad que van dando los continuos ligados, ventanas con vidreras abriendo momentos del leve descanso antes de alcanzar las deseadas agujas pinchando el cielo bachiano, del estrecho y pedal final con corcheas como gárgolas inmensas y escultura intrincada con la propia arquitectura. Trabajo ímprobo (por excesivo y continuado) de Ángel Montero Herrero que se comportó cual maestro de obra en Avilés para defender las trazas y planos musicales del cantor siempre completo y difícil.

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