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Emociones al piano

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© Foto: Ricardo Solis para LNE

Viernes 27 de abril, 20:30 horas. Ciclo «Música Clásica», Sala Club del «Centro Cultural Internacional Avilés» (obra de Oscar Niemeyer): Carmen Yepes, piano. Obras de Haydn, Mozart y Schubert. Entrada: 5€ (6€ en Cajeros).

Siempre es motivo de alegría el reencuentro en su tierra con mi querida Carmen Yepes (Oviedo, 1979), quien sigue alternando docencia y conciertos, esta vez en la «caverna» del Niemeyer (del espacio elegido mejor no hablo) cerrando el ciclo de música clásica -que abriese Forma Antiqva el día de San José y por donde también pasó la mierense Penélope Aboli, otra alumna de Francisco Jaime Pantín– con un programa realmente exigente y bien armado como es la tónica de todas sus apariciones en solitario, demostrando nuevamente su capacidad de embelesarnos desde un rigor y honestidad hacia las obras interpretadas conjugado con su visión siempre clara y personal para un repertorio clásico y romántico en el que se desenvuelve como nadie.

Para «calentar» nada menos que el Andante con Variaciones en Fa m., Hob. XVII/6 (Haydn), un catálogo técnico donde Yepes no se limitó al despliegue virtuoso sino que desgranó todas las variaciones con la limpieza a la que nos tiene acostumbrados, un uso del pedal siempre en su sitio, y todos los contrastes y juegos melódicos de una obra muy exigente.

Mozart es siempre agradecido para el oyente y piedra angular en los programas de la pianista asturiana, habiendo participado el pasado mes de octubre dentro de la integral de las sonatas que la Fundación Juan March organizó (sin olvidar su grabación del Concierto de la «Coronación» para piano y orquesta K. 537 con la Filharmonie Hradec Králové con Frantisek Vajnar), eligiendo esta vez la Sonata nº 15 en FA M., KV. 533, mucho más que el paso del «menor» Haydn al «mayor» Mozart en el más puro estilo clásico. La presunta facilidad de la obra contrasta con la dificultad en lograr hacernos percibir lo importante sin renunciar al resto ¡que es mucho!, resaltar la plenitud emocional que esta sonata esconde con la que Carmen Yepes volvió a enamorar en cada uno de sus tres movimientos desde una lectura ajustada como siempre y volcada en sacar a flote todas y cada una de las notas: el Allegro brillante con el tiempo justo para saborear unos fraseos y articulaciones como perlas; un Andante sentido, escuchando la medida exacta de cada figura y de nuevo los pedales en el sitio exacto para subrayar esas emociones sentidas como propias; finalmente con el Rondo. Allegretto transmitirnos esa fuerza interior descomunal que brota cual volcán sonoro en este último movimiento, ligero, claro y arrebatador, «premonitorio» del Schubert posterior.

Preparados anímicamente llegaba el último Schubert de la Sonata Póstuma D. 959 en LA M., la evolución anterior, la admiración presente por Beethoven y la proyección quasi lisztiana, derroche técnico al servicio de una partitura exigente de principio a fin, capaz de pasar del lirismo enamoradizo al dolor romántico ante una vida que se esfumaba sin ver reconocido el esfuerzo. Ejecución completa y perfecta llena de sensaciones indescriptibles, honestidad hacia la obra sonando todo en un piano capaz de dinámicas increíbles y silencios majestuosamente sobrecogedores para un público respetuoso y rendido al pianismo de Carmen Yepes.

Comentaba tras el concierto lo bien que le ha venido trabajar el repertorio de danza para alcanzar una musicalidad exacta en ese «vals» del tercer tiempo, donde cerrando los ojos casi percibía una coreografía para la sonata póstuma del bueno de Franz. En el Allegro fue capaz de resaltar la expresividad y fuerza plenamente románticas, claridad expositiva con derroche dinámico; el Andantino delicadeza y homenaje subyacente a Beethoven, musicalidad desde el tempo elegido hasta los matices; para el Scherzo. Allegro vivace. Trio. Un poco piu lento desplegar la sabiduría y trabajo de años, un recorrido por lo más recóndito del espíritu schubertiano plasmado en el teclado, poso interpretativo con juguetones planos sonoros límpidos llenos de fuerza sin perder ligereza; aún quedaba el Rondo. Allegretto, hasta el último aliento de fuerza y contención, música a raudales y sonido muy trabajado para seguir compartiendo aún más emociones. Maravilla pianística de una «póstuma» para recordar.

Y si el esfuerzo resultó casi sobrehumano, todavía tuvo fuerzas para regalarnos el Impromptu Op. 90 nº 2 para reafirmar todo lo anterior y añadir a Schubert como otra referencia en su amplio repertorio: Música y emociones en el piano de una pletórica Carmen Yepes.

Cuando triunfa la música

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Viernes 20 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 10: OSPA, Cristina Ortiz (piano), Perry So (director). Obras de R. Schumann y A. Bruckner.

Cuando la calidad interpretativa es grande el disfrute musical resulta pleno, primando las obras y sus compositores sobre cualquier otra valoración. Claro que no siempre es así y hoy en día tendemos a recordar tal director o tal pianista independientemente de lo que ejecute, pero en Oviedo últimamente podemos presumir de unos niveles difíciles de conseguir, y este décimo de abono resultó todo un ejemplo del triunfo de la música.

Nuestra OSPA está atravesando su momento álgido -espero se mantenga mucho tiempo- que alcanza sonoridades propias del mayor nivel, sobre todo cuando al frente se pone un conductor (sigo prefiriendo el anglicismo) con las ideas claras de las obras a ejecutar y que además las transmita perfectamente para lograr trascenderlas recreando siempre de forma personal lo que una partitura esconde. Perry So, uno de los aspirantes a la titularidad  alcanzada por Milanov, volvió a demostrar que es un director perfecto en todos los sentidos con el que los músicos se sienten tan a gusto que contagian vitalidad, buen gusto y musicalidad a rabiar.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

El Concierto para piano en La m., Op. 54 (R. Schumann) fue el aperitivo de una velada redonda, con la brasileña Cristina Ortiz de solista (rememorando que fue Clara Schumann quien lo estrenó), afrontando esta maravilla del repertorio pianístico desde una óptica plenamente romántica y consensuada con la batuta china, imprescindible para paladear todos y cada uno de los detalles. El exceso de rubato hace difícil siempre concertar solista y orquesta, pero en el podio había toda la sabiduría para lograr el encaje perfecto desde el arranque decidido del Allegro affettuoso en un «tempo» perfecto y arriesgado, jugando con los planos sonoros en su sitio, compartiendo todas las secciones una misma visión de la obra. El Intermezzo: Andantino grazioso corroboró la línea emprendida de compartir, dialogar, disfrutar todos con esos juegos sonoros llenos de delicadezas y buen gusto, y para rematar el Allegro vivace donde la complicidad se hizo mayor contagiando vitalidad, alegría y excelencia interpretativa. Quiero resaltar la causa del merecidísimo primer aplauso para Andreas Weisgerber porque sus intervenciones junto al piano dejaron más que un diálogo la perfecta comunión melódica entre piano y clarinete, sin desmerecer en nada al resto de solistas, con una orquesta que empastó como nunca con un teclado siempre «obedientes» a la batuta china que consiguió una versión romántica del concierto de Schumann donde la limpieza cristalina de la pianista brasileña puso su técnica al servicio de la obra.

De regalo ese Chopin cuyos Estudios, esta vez el nº 1 del Op. 25, son además de duro trabajo técnico la condensación del romanticismo en blanco y negro del teclado con la elegancia y limpieza de Cristina Ortiz que nuevamente brilló serena más allá de los arpegios en pos de la música.

Como mahleriano confeso Bruckner es el peldaño anterior y la Sinfonía nº 6 en LA M. obra de referencia orquestal con la que disfruto siempre, mucho más en directo. La interpretación del maestro de Hong-Kong la recordaré y espero recuperarla en su momento por Radio Clásica que graba todos los conciertos de abono, aunque su difusión sea otra cosa y no siempre cercana en el tiempo. Nueva apuesta por las sonoridades compactas, potentes cuando así lo exige la partitura, recogidas igualmente, y equilibrios dinámicos bien llevados por todas las secciones donde no sólo la cuerda impacta sino que la madera ha logrado también la excelencia y los metales están a punto, tal vez falte un escalón para un mejor empaste (de color) entre las trompas y el resto de «bronces» que decía Max Valdés, auténtico valedor de una formación que tras su marcha a Puerto Rico acabó de dar el salto de calidad.

La Sexta de Bruckner es como «la prueba del algodón» de toda gran orquesta. El inicial Maestoso mostró por dónde iba a discurrir la interpretación: cuerda segura, agresivamente cálida o cálidamente agresiva compartiendo musicalidad con el viento, tanto metales como maderas, juegos dinámicos excelsos y me atrevo a calificar de religiosidad organísitica como todo el trasfondo de la obra del gran Anton, aún mayor según avanzaba este primer movimiento. Importantes hasta los silencios que también «suenan» (a ellos hace referencia Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa) y que el maestro So remarcó, nueva lección para un público que pareció «escarmentar» tras el bochorno anterior.

El Adagio: Muy solemne mantuvo la contención sin perder intención, cuerda de lirismos celestiales pero con «pegada» en los graves y los protagonismos bien llevados en cada intervención solista, plegaria melódica sin fin con emociones contenidas y compartidas.

Continuando el esquema sinfónico al que Bruckner se ciñe, el Scherzo: Moderato – Trío rezumó vitalidad por el tempo elegido y musicalidad en los temas, dinámicas extremas decididamente románticas, con unos metales bien compactos, el contrapunto de las maderas y nuevamente la cuerda subrayando todas las apariciones temáticas ajenas y propias, con unos pizzicatti limpios sumados a los arcos habituales de calidad y color. De lograr el equilibrio nuevamente el maestro Perry delineando a la perfección toda la música que fluía como nuestros ríos, sin remansos, vigorosa y clara. Podríamos haber terminado aquí ante el clímax alcanzado, pero había que esperar el Finale: Agitado, pero no demasiado rápido, tal cual este movimiento balsámico en el inicio cual penitencia tras los excesos sin apenas respiros emotivos para continuar viaje místico y musical. Cerraba los ojos e imaginaba una orquesta alemana pero era asturiana, nuestra OSPA y Perry So llevándola con guante de seda, transmitiendo serenidad y seguridad en una interpretación increíble por la calidad global de principio a fin y cediendo todo el protagonismo a la música, ejecutada desde la honestidad y el convencimiento.

Foto ©: Marta Barbón / OSPA

Nueva alegría y esperanza ante un futuro incierto en lo extramusical, pero como apuntaba nada más salir del concierto, recordaré el triunfo de la música: el Concierto de piano de Schumann y La Sexta de Bruckner gracias al consenso logrado por el joven conductor chino, tan necesario en estos tiempos donde no estaría mal nombrar presidente de la nación a un director de orquesta siempre que «todos nos integremos en la orquesta y su obra común» como bien me contestó Libreoyente.

Gracias.

NOTA: los enlaces (links) en los movimientos de Bruckner son de Rafael Kubelik con la Bavarian Radio Symphony Orchestra.

P. D. 1: Crítica de Javier Neira en LNE. 
P. D. 2: Desaparecida «La Voz de Asturias», Aurelio M. Seco realiza la crítica en su web Codalario.

Gran cantera valenciana

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Miércoles 4 de abril, 19:30 h. Palau de la Música de Valencia, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música «Perfecto García Chornet» de Carlet: Jordi Nogués Escribà (piano), Sergio Furió Gamón (director). Obras de Copland, Kander, Gershwin, Bizet, Gregson-William, Ginastera e Ippolitov-Ivanov.

Buen día para conocer el Palau musical valenciano y con gente de la tierra, estudiantes y profesionales bajo una batuta atenta a todos ellos que estuvo a la altura pedagógica de un programa variado e interesante, buscando tiempos algo más lentos de lo habituales en cierta medida lógico para una formación académica que tiene todavía mucho camino por delante.

La sección de metales y percusión afrontaron seguras la Fanfarria para un hombre común de Copland, destacando el trompeta solista.

Con el resto de la orquesta llegó el popular New York, New York de Kander, breve y en arreglo bueno aunque la cuerda quedó algo tapada por vientos y percusión.

Para cerrar la primera parte se incorporó el pianista Jordi Nogués, paisano de todos ellos para dejarnos una Rhapsody in Blue de Gershwin más bien «brown» por lo irregular en los concertantes, casi siempre por delante de la orquesta tal vez por lo apuntado de unos tempi algo lentos desde el podio, que le obligaron a retener más de lo deseado, y sus solos jugando con demasiados rubati no siempre al estilo jazzístico que emana esta obra. Tampoco técnicamente resultó un dechado aunque en conjunto arrancasen grandes ovaciones entre los familiares de turno, pero debemos reconocer el esfuerzo de todos ellos y el del solista igual para una obra muy exigente desde todos los puntos.

La segunda parte comenzó con el Carrillón de la Suite nº 1 de «L’Arlesienne» de Bizet, nuevamente corta de sonoridades en la cuerda pero excelentes viento y percusión.

Mejor los arcos en la cinematográfica Las crónicas de Narnia (Gregson-William) bien en sus partes de «colchón» para los metales y maderas -siempre bien salvo una afinación mejorable de las trompas- como en las melodías con más garra y tensión que en las anteriores obras. No estaría mal escuchar esta obra por una orquesta profesional pues es digna de figurar en programas no sólo de temática específica del séptimo arte.

Mi cercanía con «La Bolívar» ha hecho que el Malambo del ballet «Estancia» del argentino Ginastera sea incomparable. Con todo la orquesta sinfónica de Carlet con el Maestro Furió dio de sí lo que pudo en un tempo contenido que restó vivacidad, optando por la claridad en todas las secciones.

En una tierra que resulta la mejor cantera de viento, La procesión del Sardar de las «Estampas del Cáucaso» (Ippolitov-Ivanov) sonaron cual banda sinfónica bien llevada desde el podio y buen cierre de concierto.

Suspiros de España (A. Álvarez) es uno de los pasodobles más sinfónicos que hay y excelente propina con ganas por parte de todos y de las mejores dinámicas logradas en la sesión. La salva de aplausos obligó a bisar el Malambo con los vientos más «venezolanos» por coreografía y tempo más ligero que la primera vez, compensando algunas incidencias con derroche de ilusión. Enhorabuena a la percusión nuevamente en su sitio, y agradecer el trabajo de todos para traer desde Carlet a la capital los avances del curso con obras de envergadura que sonaron con el desparpajo juvenil sin olvidar el rigor que sólo el tiempo y estudio consiguen. Esta tierra valenciana sigue siendo cantera musical.

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