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Gabriela Montero para no olvidar

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Sábado 2 de febrero, 19:00 horas. Palau de la Música Catalana, Barcelona. Gabriela Montero (piano), Orquestra Simfònica del Vallès, Rubén Gimeno (director). Obras de Copland, Ginastera, Gabriela Montero y Beethoven.

Mi historia de este concierto va unida al amor por la música, a mi rara ingenuidad pese a los 54 años recién cumplidos, a la fe en las personas, buenas por naturaleza, y sobre todo a la grandeza integral de artistas como la venezolana Gabriela Montero (Caracas, 1970), cercanas en el trato, sencillas, dando todo allá donde van, aún más que en los conciertos, aunque lo escuchado el primer sábado de febrero en Barcelona formará parte de mi vida, así como los días previos.

Confluían en este regalo tres factores: el maravilloso Palau de la Música Catalana donde aún no había asistido a ningún concierto, emblemático e histórico escenario donde Beethoven también tiene su hueco, incluyendo esta vez su Concierto «Emperador» y especialmente escucharlo en vivo por esta pianista a la que sigo hace años por internet, esperando compartir toda su maestría algún día en mi tierra asturiana donde celebramos unas Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que quedarán huérfanas sin su presencia. Se lo comenté al finalizar el concierto y le aseguré que tenemos dos orquestas de altura, OSPA y OvFi por si prefiere la opción acompañada… Al valenciano Rubén Gimeno (1972) que dirigió este programa ya le conocemos por aquí, por lo que la invitación la amplío al actual titular de la OSVallés, orquesta perteneciente a la Fundación del mismo nombre y modelo a seguir en estos tiempos de recortes brutales donde la música no se salva de la tijera.

El concierto comenzaba con los músicos realizando el ostinato con pies y palmas del conocido tema de Queen We will rock you con unas breves palabras en off explicando el tributo a la primera obra: Fanfare for the Common Man (Copland), la fanfarria ó metales y percusión de la orquesta con el ímpetu necesario para abrir velada y considerándome uno de esos hombres comunes destinatarios de esta partitura ideal para comenzar cualquier concierto.

Después llegaría el Ballet Estancia, op. 8 del argentino con raíces catalanas Alberto Ginastera, obra que comienza a programarse con cierta frecuencia y que precisamente otros venezolanos (Dudamel y La Bolívar) han popularizado. Las onomatopeyas y gesto con arcos anticipaban el primer número (Los trabajadores agrícolas), tiempos ajustados sin buscar virtuosismo, buena sonoridad de la formación catalana aunque adoleciese de más violines para compensar el poderío orquestal que sí se intentó equilibrar con el peso en la cuerda grave (cellos y cuatro contrabajos). Lirismo en estado puro para la Danza del trigo, con solos destacados (flauta y concertino impecables) incluso con iluminación ad hoc y puestos en pie, sin olvidar ese toque didáctico del Palau, nuevamente esperando más cuerda aunque el maestro Gimeno se encargase de equilibrar masas sonoras, labor ardua con la plantilla que tiene. Los peones de hacienda devolvieron el poderío de metales y percusión, protagonistas con el «colchón» de la cuerda grave que resultó el número más completo. Y el «Malambo», Danza Final que supone una inyección de alegría donde los músicos también disfrutaron, perdonando desajustes puntuales o dinámicas algo desesquilibradas, un auténtico caleidoscopio tímbrico y rítmico con un Gimeno que transmite energía y vigor a su formación titular.

Gabriela Montero sería la auténtica «Emperatriz» de la segunda parte, primero explicando su primera composición, el Poema tonal para piano y orquesta ExPatria (2011) estrenado en Lugano el 15 de junio de 2012: «tuve la necesidad de hablar a través de la música sobre la tristeza y la incertidumbre de los venezolanos. Busqué que el público sintiera la desesperación de Venezuela en estos momentos, al margen de las estadísticas que reflejan el elevado número de muertos por la violencia en mi país». Con la partitura al piano y una orquesta que entendió a la perfección el lenguaje elegido, académico pero de nuestro tiempo, riguroso y exigente para todos, protagonismo compartido con la solista – compositora, la obra fue capaz de emocionarnos cual denuncia musical de una situación que muchos como ella no compartimos aunque el inmenso poder de la música y artistas comprometidos como Gabriela Montero estoy convencido que pueden cambiar el mundo… Al menos remover las conciencias además de las entrañas. Gimeno y la Orquesta Sinfónica del Vallés fueron partícipes de ello y el público aplaudió con ganas.

Y llegaba el esperado Concierto para piano y orquesta nº 5, Op. 73 «Emperador» (Beethoven), esa delicia que Gabriela Montero interpretó con la limpieza, claridad y emoción a la que nos tiene acostumbrados, rubati deliciosos bien encajados con la orquesta, dinámicas de vértigo desde unos sutiles pianissimi hasta los ff superando la masa orquestal, pese a la aparente inseguridad en el arranque del Allegro, angustias aún latentes de su obra, a partir de ahí fraseos impecables, un Adagio un poco mosso donde afloró el mejor Beethoven de los movimientos lentos buscando intimismo y texturas de emociones a flor de piel, para en un suspiro donde el silencio remarca el paso de la agonía a la luz entrar en el Rondo: Allegro que devolverá la esperanza. Buen concertador Gimeno sacó de sus músicos lo mejor para dejarnos una interpretación más emotiva que excelsa donde Montero se autocoronó «Emperatriz».

No podían faltar más regalos y qué mejor que sus improvisaciones, las que la han hecho famosa aunque sea una mínima parte de su talento, auténtica catarata musical desde una técnica hepatante que puede vestir de cualquier compositor el «Cumpleaños Feliz» o tres notas al azar para poder recrear Bach, Mozart, Chopin, Prokofiev o Rachmaninov, éste supongo que empujando en el subconsciente por preparar en breve otra joya como el segundo. Éxito total de La Divina y prisas de los trabajadores que encendieron las luces de la sala porque podría haber continuado con Harry Potter, El cant del ocells o Amalia Rosa que pedíamos el público.

Sin cambiarse y a la puerta del camerino atendió uno a uno la legión de admiradores, músicos de la orquesta incluidos… No (le) importó la espera. Tenía que agradecerle este regalo, contarle el viaje Asturias – Barcelona con mi esposa el mismo sábado, la admiración como persona y pianista o hablarle de amistades venezolanas comunes igualmente comprometidas. Si ya me consideraba fan, ahora será adoración.

Gracias Gabriela

La música derriba barreras

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Sábado 2 de febrero, 19:00 horas. Palau de la Música, Barcelona. Gabriela Montero (piano), Orquesta Sinfónica del Vallés, Rubén Gimeno (director). Obras de Copland, Ginastera, Montero y Beethoven.
Este concierto tenía para mí connotaciones muy especiales, El Palau, El Emperador y La Divina Gabriela Montero, quien por cosas increíbles para algunos, me lanzó el reto de invitarme si escapaba a Barcelona. No dudé y el sueño se cumplió.
Musicalmente escribiré desde Siana. Hoy en el resto del mundo además de la magia y emoción del momento, reconocer que la música también remueve conciencias, que Ex Patria (Lugano, 2012) de la propia Gabriela, para piano y orquesta, es una denuncia clara por contundencia de la añorada Venezuela actual, que El Emperador de Beethoven coronó a La Divina Emperatriz del piano, y que las improvisaciones sobre el «Cumpleaños Feliz» o las cuatro notas del momento suponen una lección estilística y romántica en tonalidad menor y arte mayor, con Rachmaninov ya presente en su subconsciente, como no podía ser menos.
La Sinfónica del Vallés con Rubén Gimeno lució en la Fanfarria de Copland, aguantó el tipo con la Estancia de Ginastera y rubricó a «La Montero» en la obra por ella compuesta e interpretada (se volcaron) más un Beethoven exigente que Gabriela hace parecer fácil.
Desde casa ahondaremos pero en la Ciudad Condal la música y Gabriela Montero han derribado barreras, removido conciencias… Y mucho trasero en el asiento con un aire fresco caraqueño desde el puerto de Barcelona.

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Fuego que no quema

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Viernes 1 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Rudolf Buchbinder (piano), David Menéndez (barítono), Coro Universitario de Oviedo (director: Joaquín Valdeón), Joven Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Ángel Émbil), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de G. Fauré (1845-1924), G. Gershwin (1898-1937), Ildebrando Pizzetti (1880-1968) e I. Stravinski (1882-1971).

Programa variopinto con música más cercana a nuestro tiempo y donde el protagonismo estuvo compartido entre el magisterio pianístico y el vocal de mi tierra.

Cual pastillas para arrancar la chimenea Le Pas Espagnol de «Dolly Suite para orquesta», Op. 56 (Fauré) originalmente para piano a cuatro manos en orquestación de Henry Rabaud, breve y agradecido número con la orquesta preparándose para el más puro estilo newyorker.

El Concierto para piano y orquesta en Fa (Gershwin) aún bebe del lenguaje de su «hermana azul» aunque resulte más académico sin perder un ápice el genuino sabor americano pese a que «el Rachmaninov de Broadway» presente la estructura tripartira con pasajes pianísticos realmente hermosos. El fraseo claro y la limpieza de Buchbinder siempre atento a un Conti con quien se entendió a la perfección mantuvieron ese difícil equilibrio entre el swing y el rubato, disfrutando todos de los Allegro extremos y recreándose en el central Adagio – Andante con moto en el más caldeado ambiente con humo de los clubs de jazz. Agradecer esta obra poco programada aunque del amplio repertorio que domina ésta de Don Jorge sea casi una bandeja de carbayones de Camilo de Blas.

Y evidentemente un concierto enmarcado en El Piano, el intérprete austríaco no podía marcharse sin más a pesar del excelente «concierto americano», por lo que nos regaló una auténtica perla de virtuosismo, limpieza, ritmo vienés y música de piano en estado puro con la paráfrasis sobre «El murciélago» de J. Strauss titulada Soirée de Vienne, Op. 56 (A. Grünfeld) que rubricaba el título de las Jornadas y nos dejaba con ganas de más.

La segunda parte vendría con más fuego que (me) da juego a la colaboración de dos coros jóvenes y con talento como los dirigidos por Valdeón y Émbil, hoy dos coralistas más, capaces de sonar empastados como si llevasen juntos años y logrado olvidar la descompensación entre voces graves y blancas en una obra breve de apenas 12 minutos pero muy exigente para todo el elenco de casa, incluyendo al barítono David Menéndez que sigue mostrando poderío y gusto en cualquier repertorio que le echen. La Sinfonía del fuego (Pizzetti) para barítono, coro y orquesta que Luis Suñén describe a la perfección en las notas al programa, es la invocación a Moloch de la banda sonora en vivo para la película muda Cabiria (1914) dirigida por Giovanni Pastrone y efectos especiales del español Segundo de Chomón, «género filmográfico» que Conti domina y se encarga de traernos con su orquesta, alcanzando niveles de madurez y complicidad con su titular, esta vez con el coprotagonismo vocal de solista y coros, todos en su sitio, vibrando y avivando un fuego que no les quemó. Ojalá los organizadores continúen apostando por formaciones y solistas de la tierra, cuyo nivel no tiene nada que envidiar a muchos de fuera con renombre.

Para acabar esta especie de danza prima invernal y cinematográfica alrededor de las llamas musicales, El pájaro de fuego (versión 1919) de Stravinski para corroborar el excelente momento de la Oviedo Filarmonía en todas sus secciones y solistas en esta música de ballet que Conti llevó de memoria, conocedor de partitura y músicos para transmitir en los cuatro números la calidad de esta formación. Interpretación brillante, solos emocionantes de Miljin, Cadenas, Giménez, Bronte y demás, cuerda que va puliendo una sonoridad propia muy firme y delicada, sin olvidarme de la percusión, consiguiendo sacar adelante un programa peligrosamente inflamable controlando chispas y llamaradas con el «Jefe de Bomberos» Don Marzio responsable de un cálido concierto en una tarde noche fría y lluviosa que siempre es de agradecer.

Como mosqueteros

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Lunes 3 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Nicholas Angelich (piano), Renaud Capuçon (violín), Daniel Müller-Schott (cello). Obras de Haydn, Brahms y Tchaikovsky.

En las jornadas de piano no podía faltar otro de los intérpretes grandes como el estadounidense Angelich que nos trajo a trío un lujo de concierto, demostrando cómo las figuras individuales cuando se unen para la esencia musical que es el género camerístico, pueden alcanzar cimas de excelencia, y este trío de mosqueteros al uso dejaron tres joyas muy dispares para esta formación.

Papá Haydn y su poco habitual Trío para piano, violín y violonchelo nº 39 «Zíngaro» en SOL M, Hob. XV/25 tiene tres movimientos bien perfilados sin seguir la «receta sonata» con más peso de la cuerda frotada pero perfectamente desarrollados en los protagonismos. La calidez de los tres intérpretes, en especial el cello de Müller-Schott que sigue impactándome por la sonoridad de su instrumento, nos dejaron un cuarto de hora de pura música de cámara bien entendida por el trío, con un Finale: Rondo al estilo zíngaro más escocés que gitano, recordándome la música folk británica que seguramente escuchó el compositor durante su estancia londinense, y probablemente donde compuso este trío como bien explica en las notas al programa la cellista y musicóloga santanderina Andrea Cabello Soldevilla.

Las notas de Brahms volvían a la sala como si hubiesen quedado flotando desde el sábado, y nada menos que con el Trío nº 1 en SIM, Op. 8, obra de juventud revisada casi cuarenta años después con toda la maestría del genio hamburgués, protagonismo compartido por unos músicos excelentes que fueron desgranando las bellas melodías del Allegro con brio. Tampoco tuvieron problema en afrontar el conocido y difícil Scherzo (Allegro molto) «meno molto» de lo esperado pero igual de exigente técnicamente (puede que la señorita que pasaba las hojas a Mr. Angelich no ayudase a una mayor concentración). Movimiento fresco llevado con ligereza y calidez en Capuçon, bien «contrapesado» por sus dos compañeros, desde el arranque solístico de Daniel y el poso de Nicholas. La emoción llegaba, como siempre en Brahms, con el Adagio resultando y resaltando hondura en los tres intérpretes, los arcos sonando como uno solo y el piano subyugante, para rematar «la faena» con el Allegro final, nueva muestra de entendimiento en la esencia camerística que tanto nos gusta a los que mamamos estas músicas en las sociedades filarmónicas.

Y la segunda parte el Trío para piano, violín y violonchelo ‘A la memoria de un gran artista’ en La m., Op. 50 (Tchaikovsky), también titulado «Patético» y dedicado al mentor y amigo pianista Nikolai Rubinstein muerto en 1881, dos amplios movimientos donde el piano lleva todo el peso de la obra, algo que Angelich asumió con alguna que otra dificultad, nuevamente poco ayudado al pasar hoja, algo excesivo en el uso del pedal, pero sin perder de vista el homenaje del trío a un pianista. Pezzo elegiaco: Moderato assai – Allegro giusto, la tragedia que acompaña al ruso hecha música para una formación nueva para él pero que consigue empastes casi sinfónicos desde el protagonismo del teclado y los arcos como toda la cuerda en sólo dos instrumentos. Y luego las Variaciones, piezas individualizadas agrupadas en dos bloques A) Tema con variazione: Andante con moto, todas de enorme virtuosismo para cada uno de los integrantes del trío, y B) Variazione finale e coda: Allegro risoluto e con fuoco – Andante con moto de comienzo pletórico, apasionado, romántico en estado puro o como escribe la cántabra «un juego de luces y sombras basado en la metamorfosis de un tema», luces del frío ruso y sombras de la marcha fúnebre final. Sombras y luces en estos tres mosqueteros que tocaron como el lema «Uno para todos y todos para uno», delicia camerística en un diciembre que acaba de comenzar.

No es cuento: Volo2 resultó Volo3

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Sábado 1 de diciembre de 2012, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos (piano), Oviedo Filarmonía, Michael Francis (director). Obras de Brahms y Mendelssohn.

La anterior visita en mayo de 2009 del gran Volodos me recordó a Shrek porque las apariencias engañan y el monstruo resultó ser encantador, sensible, dulce y tierno. Esta vez Fiona resultó una OvFi que tras el paso por el foso parece salir a flote engrandecida, y Burro, buen amigo en este cuento le correspondió nada menos que al inglés Michael Francis, una estrella en ascenso sin necesidad de doblarlo porque su acento británico era imprescindible para el programa de este primer día del último mes del año. Tres obras y tres patas suficientes para asegurar el equilibrio: orquesta, solista y director. De este cuento El Gato con Botas está independizado (¿el público?) y ocuparía otra película con Antonio Banderas poniendo voz hispana al personaje.

Brahms sería el protagonista de la primera parte, Obertura trágica, Op. 81 contrapuesta a la «académica», más enérgica que lacrimosa desde la primera nota. El maestro Francis se encargó de trazar las líneas claras de su visión, energía, tensión y dulzura, logrando sonoridades dignas de elogio en la orquesta carbayona, dinámicas extremas donde los pp eran sobrecogedores y capaces de acallar toses pese al frío invernal del exterior, que engrasarían la maquinaria para la obra y solista esperados. Lástima tener más cuerda en la plantilla porque la obra así lo exigía y sólo faltó el lógico volumen y «pegada» en los graves para redondear la perfección buscada por Mr. Francis. Ya indicaba Alejandro G. Villalibre en las notas al programa que esta obertura «no busca agradar tanto como epatar», aunque personalmente logró ambas cosas.

Sin caer en todos los calificativos que el ruso Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es capaz de verter en sus semblanzas biográficas, me quedo con «su virtuosismo junto con su sentido único y fraseo, color y poesía, le han convertido en el narrador ideal de las historias musicales románticas». Dominador de Rachmaninov o Liszt, «el segundo de Brahms» (Concierto para piano y orquesta nº 2 en SI b M., Op. 83) engrosa su larga lista de interpretaciones geniales, fácil de entender y hasta de acompañar como demostró el tándem OvFi-Francis. Un pianista capaz de sacar miles de matices a un instrumento mínimamente desajustado y sentado en una silla igual al resto como uno más a sumar en esta «sinfonía con piano», color orquestal desde las teclas como así lo escribió el de Hamburgo, misma paleta y agógica desde la batuta, concertación ajustada en cada uno de los cuatro movimientos, solista pendiente del concertino para «respirar» con sus arcos y un podio atento al teclado. Grandeza de Volodos para quien no hay retos técnicos una vez superados otros anteriores. Allegro non troppo así entendido por solista y director, empaste y complicidad con trompas y maderas, igual que el Allegro appasionato en la línea de bloque orquestal incluyendo el piano, hasta el reposo del Andante, con un Gabriel Ureña haciendo hablar el cello (pediremos a en navidades madera con más solera para redondear el «sabor en boca» que logra siempre el avilesino), protagonismo bien entendido y asimilado por Volodos (lo demostró en la propina). El rondó final del Allegretto grazioso volvió al cuento de «Shrek», simpático y sobrio, juguetón bien secundado por el buen amigo Francis en este «cuento Burro», capaz de aligerar toda la densidad del último movimiento redondeando una interpretación excelente en una «Fiona» enamorada y fiel de este «Relato a 3».

Y de regalo unas variaciones sobre Damunt de tus nomes les flors del gran Mompou, nuevo derroche dinámico e interpretativo lleno de emotividad (también la tiene en YouTube® hacia el minuto 4:23), agradeciendo el recuerdo a nuestra tierra española (o catalana sin Más) suficiente para recordar esta segunda visita al Auditorio.

No nos podemos quejar de Mendelssohn en Oviedo, pero la Sinfonía nº 3 «Escocesa» en La m., Op. 56 que nos dejó Michael Francis con una OvFi que resultó distinta y cercana, nacionalista y británica sentida desde el conocimiento de folclores que flotan como en la rememorada Escocia musicada por Donizetti para su Lucia di Lamermoor, esencia en el germanismo compositivo que no cae en tópicos, ayudado por una orquestación brillante de la que el director sacó todo lo mejor en cada sección. Si Brahms fue sobrecogedor y brillante, Mendelssohn devolvió toda la paleta romántica de texturas, agógicas (cambios de tempo), majestuosidad y empuje sin pausa desde la Introducción: Andante con moto – Allegro un poco agitato – Assai animato – Andante come I, neblina otoñal que nunca impidió perder la línea del horizonte, cuerdas muy trabajadas, maderas empastadas, metales sutiles, timbales aterciopelados siempre a punto para un Scherzo: Vivace non troppo, exigente para todos pero cumpliendo como buen ejército sonoro. Incluso el tránsito del Adagio cantabile al Finale guerriero no dejó tiempo a rupturas indeseadas por el «público enfermo» (toses entre movimientos indeseadas), más pendiente de la hora que de disfrutar una versión distinta a las últimas escuchadas en este auditorio ovetense, orquesta guerrera al mando de un buen general.

Si tras las «galeras» que parece suponer el foso para esta orquesta, nos la devuelven rejuvenecida a escena, bien venidas sean. Claro que la maestría en la dirección tuvo mucho que ver en este «Spa», y Volo2 resultó Volo3… no es cuento.

Vázquez del Fresno, hoy Debussy

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Este miércoles 28 de noviembre, Luis Vázquez del Fresno se «enfrentaba» a los Preludios de Debussy en la que ha sido su casa, el CONSMUPA, con la madurez de los años y el magisterio de quien lo ha ejercido siempre compaginándolo con su profesión, una integral de casi dos horas que solamente escuché en vivo nada menos que a Zimmerman en el Teatro Campoamor… ¡en el siglo pasado!.

No pude escaparme esta tarde a Oviedo para disfrutar con su arte en un autor que domina a la perfección y que ya me encandiló en mi época de estudiante cuando venía a tocar en Mieres a la Filarmónica dependiente del «Centro Cultural y Deportivo Mierense» presidido entonces por Luis Fdez. Cabeza, «el culturu» como le llamaban en nuestro pueblo, allá a principios de los 70, y recién llegado de París donde completó sus estudios.

Mi admiración fue creciendo en cada concierto y grabaciones como la realizada con Joaquín Pixán, de quien escribiré un día de estos. Atrás han quedado proyectos como el estreno de su ópera «La dama del alba» (2003) basada en la homónima de Alejandro Casona, que en versión concierto anunciaba la inauguración de un Niemeyer que sigue siendo noticia por su gestión en vez de la programación. Su carrera de intérprete ha estado jalonada de galardones y por su cátedra ovetense han pasado alumnos que tomaron a la perfección su relevo como Francisco Jaime Pantín o Roberto Méndez. Supongo que el «encierro con Debussy» haya sido en cierto modo un homenaje no ya al compositor francés sino a su dilatada trayectoria de la que espero aún queden muchos años por delante.

El periódico La Nueva España trae la entrevista de Javier Neira este miércoles, a propósito de su concierto, que no tiene desperdicio e incorporo a continuación (en la web está cortada y espero que pinchando en la imagen se pueda leer algo más), pues un artista nunca se jubila mientras su mente esté lúcida, y la del pianista y compositor gijonés sigue como hace 50 años, alumno de Purita de la Riva, otra referencia en el piano asturiano, y anteriormente de Enrique Truán, quien impartió clases a Amador Fernández Iglesias y al prematuramente fallecido Jesús González Alonso, compañeros de Luis y auténtica referencia en mi tierra que traspasaron fronteras.

De los titulares me quedo con dos frases: «En la sociedad asturiana siempre ha existido una tremenda falta de confianza en los artistas» y sobre la ópera que sigue sin estrenar «porque los políticos tienen un miedo enorme».

Siempre nos quedará seguir escuchándole en vivo, recreando o estrenando, vanguardia ya asumida pero que en mis años jóvenes nadie se atrevía a componer «Audiogramas» o «Tocata» para piano preparado en la senda de John Cage compartiendo programa precisamente con Debussy, entre otros.

Aunque el pelo se vuelva cano, el recuerdo juvenil perdura en mi memoria, con la grabadora de cassette portátil lista, la posterior escucha de sus conciertos una y otra vez, los consejos del maestro en el Bar Madrid con «El Culturu» de testigo cuando aún se utilizaba el Teatro Pombo, o la siguiente ubicación en la llamada «Casa de la Juventud» (el Polideportivo del barrio Oñón), cuyo salón de actos tantos eventos musicales acogió, y donde el viejo Blüthner se murió de pena y abandono:

P. D.: Crítica de Javier Neira en LNE del jueves 29.

Triunfa siempre Kraus

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Domingo 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, X Concierto Homenaje a Alfredo Kraus: Celso Albelo (tenor), Juan Francisco Parra (piano). Obras de Bellini, A. Scarlatti, Turina, Serrano, Vives, Donizetti y Mompou. Organiza: Asociación Lírica Asturiana «Alfredo Kraus». Entrada Anfiteatro: 14€ + 1€ (comisión imperdonable).

Nada más salir pensé y dije «Hoy ni Alonso ni Albelo…», un «domingo negro» pensando que pudo ser triunfal, pero nada hay previsible en la Fórmula Uno ni en la Lírica, sin buscar culpables aunque haya para llenar muchas páginas… Una tarde mala no echa abajo los muchos años de trabajo ni el apoyo incondicional de los aficionados, aunque acaben siendo como los «curristas», y el canario como el asturiano, despierten pasiones, aunque el de casa llenó más que el insular en la misma sala, pantalla gigante frente a escenario puro y duro.

Tercer año consecutivo con Celso Albelo invitado por la asociación que rinde homenaje al maestro Kraus, el único e irrepetible, «El Tenor», primero con Milagros Poblador, el pasado con «El Barítono» (Leo Nucci) y este último domingo «de campeonato» solo ante el peligro, eso sí, con el mejor pianista acompañante de hoy, Juan Francisco Parra, quien además se lució cual buen subalterno (esta vez como Felipe Massa o el buen par de banderillas al toro indultado).

El programa era de los auténticamente duros, «krausiano» a más no poder y referencia para quien suscribe, esfuerzo superior a tres óperas juntas y como encerrarse en Las Ventas con seis victorinos, pero cuando la climatología no ayuda la puerta grande o el campeonato se resiste. Hay que aplaudir el esfuerzo, las ganas, la buena temporada, el placer de agradar y no suspender la función (El Maestro nunca lo hizo), a costa de forzar sin pensar en consecuencias posteriores, pero este domingo lo quería triunfal, al menos la noche.

Comenzar con las dos arietas de concierto que todo estudiante ha trabajado aunque cantadas con el gusto que le caracteriza y que los grandes también suelen programar en sus recitales, están bien para abrir boca y calentar, pero el Poema en forma de canciones, Op. 19 (J. Turina) ya es otro mundo equiparable al lied alemán pero hecho en Sevilla, para sopranos o tenores, mezzos o quien quiera afrontar estas perlas vocales con la Dedicatoria de piano sólo que Parra bordó, los Cantares que arrancan siempre aplausos fuera de lugar por esa fuerza que caracterizaría la velada, Los dos miedos premonitorios aunque tranquilos, y Las locas por amor jugosas y cierre del poema musical, nuevo recuerdo homenaje a Kraus.

El remate de la primera parte dos joyas de la casa como las que Don Alfredo bordaba y Albelo solventó con más fuerza que precisión aunque el mismo buen gusto que su paisano: «Te quiero, morena» la jota de El trust de los tenorios (Serrano) con final innecesario en el agudo que le pasaría factura, y «Por el humo se sabe…» de Doña Francisquita (Vives), con un Parra capaz de hacer de las reducciones orquestales un placer de acompañamiento.

Las arias de ópera ocuparían la segunda parte salvo el Mompou de Canción y danza nº 6 que nos endulzó con esa melodía tan cantabile e íntima y despertarnos con la dificilísma danza posterior, pianismo puro para un intérprete como el canario capaz de elevar a coprotagonismo su papel.

El aria de Edgardo «Tombe degli avi miei…» cantada por Kraus me introdujo de niño en la ópera y más en la Lucia de Lammermoor (Donizetti) que Albelo «calca» en respiraciones, fraseo y cadencias con la orquesta pianística capaz de rememorar timbales entre cuerda. Salida de escena, supongo que a beber y tomar aire para afrontar Nadir en «Je crois entendre encore», recitativo previo incluido, de Los pescadores de perlas (Bizet) que comenzó a hacer peligrar un buen resultado final (mejor el pasado año), y pese a reconocer la dificultad en «no nasalizar» el canto francés, la afinación y cambio de color me dejó incómodo, siendo aún peor en «T’amo qual s’ama un angelo» de la Lucrezia Borgia, y la faena fue de aliño…

El descanso tras el emocionante Mompou era necesario para afrontar un durísimo final con dos arias conocidas, aplaudidas pero fallidas como se pudo comprobar en el propio gesto del tenor y supongo que corroborará la posterior edición en DVD del recital: «La donna e mobile» (Verdi) y «Spirto gentil» (Donizetti), una voz que ha ganado cuerpo en el registro grave y medio para poner más fuerza en el agudo ante el catarro atenazante, aunque dejase anteriormente los destellos de pianos y línea de canto que caracteriza al gran tenor canario.

Y todavía se (es)forzó por regalarnos una propina tan dura como la segunda aria de «La figlia» no sin reconocer públicamente sus problemas vocales. Seguro que muchos lectores discreparán (sobre todo la señora que tarareaba a Verdi a la que fulminé con la mirada), me pondrán a parir y llamarán repugnante (especialmente el cámara al que tuve que mandar callarse en pleno pianissimo). Admiro y defiendo tanto a Fernando Alonso como a «ExCelso» Albelo, son luchadores, muy buenos, trabajadores, lo dan todo pero no siempre alcanzan la cima. La voz no es un fórmula uno pero requiere mimos, evitar excesos o roturas y estar siempre a punto, con todo lo que ello conlleva. Este domingo me quité el sombrero con Felipe Massa y de nuevo con Paco Parra, son la parte necesaria del espectáculo y demasiadas veces olvidados por la afición.

Es cuestión de esperar porque el tiempo es implacable y lo juzga todo, por eso siempre triunfa Kraus.

El magisterio de Blechacz

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Jueves 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Rafal Blechacz. Obras de Bach, Beethoven, Debussy y Szymanowski.

No había mejor forma de celebrar Santa Cecilia que el concierto de piano de este jueves. Puedo presumir, ya que no tengo abuelas, de haber escuchado a pianistas que han hecho historia y de los que la van a hacer, y el polaco Rafal Blechacz es uno de ellos con total seguridad, ya la está haciendo. El responsable del ciclo le calificó del siguiente Zimerman, y no le falta razón. El sello amarillo con el que ha firmado en exclusiva tiene otros buenos colegas pero nada que ver con él.

Las obras elegidas para esta gira son una auténtica clase magistral de piano (en el Baluarte pamplonés quedaron boquiabiertos), casi 300 años de historia en cuatro autores, y si además tenemos las notas al programa del maestro Pantín entonces unimos teoría y práctica para redondear una tarde pianística excepcional.

La Partita nº 3 en La m, BWV 827 (Bach) resultó fresca, limpia, de ornamentaciones exquisitas, contrastes ajustados, pulcritud total y una ejecución fantástica en las siete danzas que forman un todo pese a sus diferencias, unidad expositiva e interpretativa, claridad en las voces, fraseos transparentes, magisterio barroco en un piano íntimo.

El Beethoven amado y menos conocido llegó con la Sonata nº 7 en RE M., Op. 10 nº 3, continuidad perfecta tras el kantor, arranque vigoroso del Presto, serenidad y madurez en el Largo e mesto, alegría en el Menuetto: Allegro, retomando el aire puro, y el Rondo: Allegro colofón de lujo donde la sobriedad no impidió disfrutar de sonoridades increíbles y nueva maestría interpretativa, conocida por las grabaciones pero donde el directo es irrepetible.

Tras la pausa nuevo paso adelante en el tiempo con dos autores igualmente recogidos en la discografía del polaco pero que el Steinway del Auditorio recreó para gozo pleno. La Suite Bergamasque (Debussy) fue un abanico de luz y color, matices únicos, ambiente sonoro plenamente impresionista lleno de delicadeza precisa y preciosa, con un Clair de lune plateada por llena y poderoso influjo en el público. Si la grabación es joya, del directo no tengo sustantivos ni calificativos para los cuatro números.

Szymanowski parece hacer confluir todo lo anterior desde la Polonia del siglo XX como cerrando la clase magistral de hora y media en los dedos de su compatriota. La Sonata nº 1 en Do m., Op. 8 nos mostró otra cara de un diamante gigantesco, llena de fuerza y nuevos brillos, luminosas dinámicas con brío (Allegro moderato) frente a tenebrosos pasajes resposados (Adagio), ave fénix del Tempo di minuetto y sentar cátedra en la doble fuga Finale que el profesor Francisco Jaime Pantín califica como «cóctel  explosivo…  en una sonata que, aunque aparentemente excesiva, mantiene una fuerte cohesión interna en virtud de un sistema de derivación temática en el que los elementos parecen relacionarse«, y así la interpretó Blechacz, exacerbado, luminoso, febril, visionario, académico y de complejidad intelectual volviendo a retomar a mi admirado Paco. Teoría y práctica en estado puro.

Chopin es el músico polaco por excelencia y ahora mismo Blechacz su mejor intérprete, ganador en 2005 de su concurso, y no podía marcharse sin regalarnos el Vals nº 3 en La m. Op. 34 nº 2 para rendirnos ante el piano romántico cual epílogo de la clase magistral. Y otro más, expléndido en todos los sentidos.

Rafal Blechacz cercano a la salida, firmando programas, discos, posando para los aficionados y agradeciendo nuestra presencia. Gratitud de un público más sano que de costumbre y menor del merecido, pero esto daría para mucho más.

Todo un Maestro de 27 años que ha irrumpido en la historia de los Grandes Intérpretes, y algunos piensan como yo que es el pianista del siglo XXI, y espero seguir disfrutándolo.

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Sturm und Drang: las apariencias engañan

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Lunes 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Christian Zacharias. Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

Una figura internacional para abrir las jornadas de este curso, pianista y director como dualidad única permitiendo afrontar un programa de la terna por excelencia (frente a la otra terna por indecencia: teléfonos, toses y paraguas), tres románticos con el piano como vehículo propio y tablero de diseño orquestal, colores esbozados en blanco y negro para alcanzar la paleta cromática de la gran formación. Zacharias nos dejó toda una lección de piano, excelencia desde la óptica de la reciprocidad tanto compositiva como interpretativa: la orquesta metida en el piano, y éste exportando a aquélla. Las obras elegidas, incluyendo la propina, tenían ese sello de la introspección, la lectura interior y compartida desde una engañosa sobriedad. Siempre comento lo malo de las apariencias: sencillez que esconde genialidades en los pentagramas y horas de trabajo con una técnica asombrosa al servicio de la música en los intérpretes, más en la soledad del piano. Nada al azar, todo milimetrado, dinámicas asombrosas sin el menor asomo de excesos para un romanticismo en estado puro.

La Sonata para piano nº 12 en LAbM, op. 26 (Beethoven), conocida por muchos estudiantes de piano y habitual solamente en grabaciones integrales, pero con esbozos de las grandes, lo que hizo el pianista alemán (nacido en la India en 1950) con la música de sus compatriotas y el enfoque de un gran director, sonata cual preludio de la plenitud romántica que se avecinaba y no un simple calentamiento sino un derroche de musicalidad orquestal en blanco y negro desde el Andante con variazioni claro, límpido, dinámicas increíbles desde un gesto adusto sin concesiones a la galería, igual que el Scherzo (Allegro molto), broma desde el humor germano del compositor hecho suyo por su intérprete. La Marcia funebre sulla morte d’un eroe sacaría del teclado toda el germen orquestal y emotivo, para acabar con el Allegro virtuoso y sobrio nuevamente, contención y teatralidad musical que sin apenas dilación abriría la puerta de este salón vienés en que Zacharias convirtió el auditorio ovetense (entre Zaragoza y Lisboa), con la caja escénica adaptada para la ocasión, pues los grandes pienso que agradecen un poco de «cercanía».

Seis momentos musicales D 780, Op 94 (Schubert), compañeros de viaje y destino, «Sturm und Drang», tormenta y pasión, ímpetu, pero juguetes delicados mucho más que entretenimientos u hojas de álbum tan de moda en la época. Así los entendió Zacharias, seis joyas contrastadas ejecutadas como nadie antes, interiorizadas, brillantes y melancólicas, perlas desgajadas corriendo por el suelo, recogidas con amor, vueltas al esbelto cuello hechas melodía propia. La aparente simplicidad, el gesto adusto, siguen engañando al dar una visión íntima, ida y vuelta del sinfonismo al cálido salón con el fuego vivo en la chimenea.

La terna se completaba con una de las cimas absolutas del catálogo pianístico de Schumann: Kreisleriana, op. 16, romanticismo alemán en estado puro, más pasión y tormenta pero tras los amplios ventanales, pocos grises y claridad otoñal que el pianista sintió como nadie haciéndonoslo llegar a todos los presentes. Dice Juan Manuel Viana en las notas al programa que es «una de las obras más atormentadas, enigmáticas y profundamente subjetivas de su autor», y así resultó el acercamiento del compatriota, genio alemán desde la subjetividad pero compartida, aclarando los enigmas y alcanzando la calma tras el temporal. Referencia interpretativa a partir de ahora.

El círculo debía cerrarse con Beethoven y su Sonata para piano nº 6 en FAM, Op. 10 nº2, tres movimientos que rompen la «norma» como no podía ser menos en el de Bonn, nueva bocanada de aire puro sin llegar al huracán, engañosa apariencia escrita y escuchada, con el Presto final suficiente para dejarnos más que satisfechos a pesar de la ráfaga que supuso.

Pero agradecido desde una seriedad con algunos tics, respondió con la Arabesque en DOM, Op. 18 de Schumann corroborando la total simbiósis con el de Leipzig, introspección compartida, filosofía germana como «nieve frita» que diría Gustavo Bueno, agnosticismo musical añadiría servidor, para una inicio de un ciclo que preside el piano y un intérprete que en Oviedo volvió a confirmar la sabiduría popular: las apariencias engañan.

VolvemOS PAra bien

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Viernes 28 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 1, inauguración de la temporada 2012-13, OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Rimsky-Korsakov, Prokofiev y Debussy. Todos teníamos «mono» de OSPA y las ganas de comenzar la primera temporada con el maestro Milanov de titular. Los titulares de prensa previos ya apuntaban bien y la entrada con «orbayu» no impidió saludar a tantos conocidos, amigos, músicos, encantados del reencuentro esperado. El programa elegido tenía muchos guiños y el pianista invitado un lujo para una ciudad que disfruta con los mejores y hasta tiene unas jornadas propias. La aplaudida salida del maestro búlgaro fue mayor tras la lectura de sus primeras palabras en un castellano más que correcto, cumpliendo su promesa de hablar español para su llegada. Incluso dio las gracias a la gerente Ana Mateo por su trabajo constante, y al Gobierno del Principado por seguir apostando por nuestra mejor embajadora, así como a la Consejera de Educación, Cultura y Deporte mi colega de profesión Ana González Rodríguez. Hasta nos invitó a brindar al descanso con una copa de vino de las Bodegas OSCA, patrocinadora del concierto, que animó un descanso algo más prolongado de lo habitual.

Y sin más arrancó la música con ese Capricho español, Op. 34 de Rimsky-Korsakov, la primera obra sinfónica asturiana y compuesta por un ruso, como bien recuerda Ramón G. Avello en las notas al programa que enlazo en los títulos y figuran en el número 1 de la Revista Trimestral enviada a los abonados (se vende a 2€ en el propio Auditorio aunque se repartía una hoja más que suficiente para seguir el concierto, una forma de ahorro que ya aplaudí y comenté). Los cinco movimientos suponen un examen para toda la plantilla (hoy reforzada) tras el merecido descanso veraniego (esta vez sin las visitas que patrocinaba la antigua Caja de -Ahorros inexistentes- de Asturias, ahora un banco en espera de rescate), y el compromiso en el foso con el Werther del Campoamor. La primera prueba para comprobar cómo se entendían Maestro y músicos: prueba superada, con Vasiliev marcando profesionalidad y el resto sin quedarse a la zaga (muy bien Andreas y demás solistas). Tiempos bien contrastados, con tranquilidad para degustar las melodías asturianas (también la «gitana» del cuarto número), sonoridades nunca estrepitosas, el empaste total siempre deseado (incluyendo unos metales que cada vez están más acoplados), los rubati justos y bien entendidos, con pocas concesiones a la galería en una obra que esta orquesta siente casi como propia desde la Alborada (muchos años de sintonía en Asturias del programa homónimo en Radio Nacional del fallecido Modesto G. Cobas) al Fandango Asturiano.

El francés Jean-Efflam Bavouzet nos brindó un Concierto para piano nº 1 en RE b M, Op. 10 de Prokofiev para recordar (de hecho lo grabó Radio Clásica para su posterior emisión en diferido). Obra dura para todas las partes, Milanov concertó a la perfección con el solista, lo que ya es un triunfo, mimando una paleta orquestal no muy clara pero que así está escrita para goce de admiradores y toses de detractores. Y la propina tenía que ser Debussy, preparando la segunda parte en este homenaje en su centenario, y más teniendo un intérprete que ha grabado la integral de su compatriota: el noveno preludio de su primer libro Serenade interrompueauténtica delicia sonora, rítmica, de aire hispano que voló por todo el auditorio flotando sus aromas rememorando mis primeros conciertos en el Filarmónica. Tras el vino del descanso, que me tomé afuera mientras fumaba mi cigarrillo, la segunda parte mantuvo el perfume francés con aromas españoles, primero rusos y ahora galos.

La Fantasía para piano y orquesta consiguió nuevas sonoridades no ya pianísticas desde su protagonismo, sino orquestales, auténtico impresionismo que mantiene la pincelada pero mezcla la paleta en el aire. Nueva lección de concertación y cohesión sonora en sus tres movimientos que sin perder lirismo consiguieron llenar de color una obra no muy escuchada que contó con uno de los mejores intérpretes actuales perfectamente arropado por nuestra OSPA con Milanov al frente. Para cerrar este concierto de aire español, la Iberia (Imágenes) equiparable a la pianística de Albéniz con el buen hacer orquestador de Debussy, deudor de algunos compatriotas pero magistral en su recreación. Inspirado hasta en los títulos, Por las calles y los caminos como ideario para toda la temporada, Los perfumes de la noche delicados y aromatizados con buen vino, y La mañana de un día de fiesta, pues así entendimos muchos este concierto inaugural. Fiesta de la música desde una pasión que el Maestro Milanov va a compartir con todos… esperando sean muchos años. Pese a la premura por llegar a casa (pasaban quince minutos de las diez de la noche), mi comentario rápido fue «Ésto promete», y el próximo concierto el Día del Pilar nada menos que con La NovenaBeethovende …

P. D.: Críticas de Ramón Avello en El Comercio y Javier Neira en LNE, así como de Aurelio M. Seco en su Web «Codalario«.

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