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Talento también en verano

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Miércoles 12 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Dúo In Extremis: Andrés Fernández (oboe) y Omar Majbour Navarro (piano). Obras de Schumann, Gilles Silvestrini (1961), Tchaikovsky y O. Majbour (Oviedo, 1983). Entrada libre.

Concierto original con estreno incluido del pianista, director y compositor carbayón, organizado de forma cíclica donde no faltaron las correspondiente intervenciones a solo de dos músicos de casa que “in extremis” lograron evitar más fugas de un público veraniego mal educado que acude a ciegas y sin respeto por nada. Menos mal que sólo queda en anécdota pues todo estuvo bien trabajado y ejecutado por un dúo joven con mucho que decir en el difícil terreno de la música.

Schumann abría programa con Tres romanzas, op. 94, tres originales «lieder» sin palabras para la voz del oboe de timbre no siempre nasal, mientras el piano mantuvo y compartió protagonismo arropando melodías, Nicht schnell bien fraseado arropado por un teclado romántico, intenso Einfach, innig, «sencilla y ardorosa», simplemente íntimo pero con fuego, y la última Nicht schnell llena de intensidades y poesía instrumental.

Del oboísta y compositor francés Gilles Silvestrini pudimos escuchar dos lienzos distintos pero de «pinceladas maestras» donde Andrés Fernández jugó con una amplísima y virtuosa paleta de unas partituras con variadas reminiscencias, explorando sonoridades extremas de un instrumento siempre melódico, más de lo esperado a solo: De los Seis cuadros para oboe solo, el nº 2 «Potager et Arbres en Fleurs, Printemps Pontoise», el cuadro de Camile Pissarro primaveral árbol en flor como inspiración de expresividad máxima, incluso espacial en la búsqueda de colores plenos más allá del impresionismo, proyectando el sonido en las dos alas del claustro, ligero, de acento ruso y extremista sin perder expresión para todo un recital de oboe, y tras el estreno comentado, el nº 8 «Le Ballet Espagnol de E. Manet«, cuadro lleno de luz para un nuevo lucimiento solista, ese baile español que me trajo recuerdos de viajes, rumores de la caleta malagueña de Albéniz, expresividad desde la exploración tímbrica de tintes mediterráneos con pellizco flamenco de Alhambra orientalista como la de nuestro Falla, momentos sonoros cercanos al corno inglés ante un registro grave muy compacto, auténtico muestrario de notas extremas cual arco violinístico para semejar dos voces sin perder sentido melódico, verdaderos lienzos maestros con el pincel del oboe de Andrés Fernández.

Omar Majbour eligió para su intervención solista nada menos que a Tchaikovsky, sinónimo de melodía y sentimiento musical, Tres valses para piano que recordaron parte de los ballets sinfónicos del ruso, contrastes de género y tiempo, el opus 39 nº 9 masculino y quasi orquestal, ligero de ritmo bien marcado, la feminidad «sentimental» opus 51 nº 6, introspección menos bailable por el «rubato» que buscó y contagió todo el intimismo de esencia chopiniana, con una mano izquierda que semeja los violonchelos llevando el peso melódico mientras la derecha alza el vuelo cristalino, para volver a la fortaleza en pareja del opus 40 nº 8 por carácter e interpretación, sinfonismo del teclado en blanco y negro en bailarines de salón y puro romanticismo. Muy buena ejecución del pianista ovetense antes de enfrentarse a su estreno.

La Fantasía para oboe y piano, op. 8 del propio Omar Majbour conjuga parte de lo escuchado en el resto del concierto, conocedor del lenguaje del oboe, dominador de la escritura pianística para pasar del acompañamiento al solo en una obra “ad hoc” de plena actualidad. Tiene tintes franceses como los cuadros de Silvestrini, armonías ricas, un completo y variado discurso más allá del lucimiento del viento, que lo tiene, juegos de notas extremas y disonancias sin perder nunca el sentido melódico característico del instrumento «solista», cargas expresivas a base de amplios reguladores y tiempos contrastados, más silencios subrayando un expresionismo cercano. Interesante obra y ejecución de este dúo “in extremis”. Como en cada estreno suelo tomar notas según voy escuchando, aquí las comparto:

Arranca el oboe solo contestado por pinceladas del piano a base de acordes en melodía tranquila antes de desarrollar un tema de aire ruso por fraseo y acompañamiento, ganando en intensidad y tiempo de forma simultánea para un segundo tema jugando en unísonos, notas cortas y silencios, stacatos en ambos protagonistas y un remanso pianístico solo preparando el tercer tema casi oriental y variando el primero, momentos «ad libitum» antes de un puente del piano que retoma el tempo lento de fraseo muy melódico por parte del oboe, escritura muy clásica con los rellenos armónicos del piano donde no faltan notas pedales que engrandecen una sentimental melodía. Prosigue esta fantasía con un crescendo y tempo agitado a base de arpegios y trinos desembocando en un lento y brillante tema de aire francés con unos graves en el piano que contrastan tímbricantemente con el oboe y caminan juntos hacia un final sin excesos, mínima pausa con e silencio subrayando el vivo y aumento dinámico hasta un seco y concluyente fortísimo.

Tras el ya comentado segundo cuadro del oboista francés, se cerraba el círculo virtuoso con el Adagio y allegro op. 70 de Schumann, perfecto principio y final, auténticas «romanzas sin palabras» del Leipzig de Félix y Robert, el “lied” lento de verbo abstracto y claro seguido del “allegro” final tortuoso y brillante, cascada sentimental de protagonismo compartido en el más puro romanticismo alemán.

Las dos propinas fueron muy del gusto de cualquier melómano por lo conocidas: un respetuoso arreglo del Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin, aquí con el oboe llevando toda la melodía y el piano original sin ella, para degustar todavía más del placer y dolor romántico, más el Summertime de Gershwin interpretado y sentido como un canto del siglo XX en el lenguaje americano que perseguía el llamado «Chopin de Broadway», aquí despojado de jazz, perfecto entendimiento de un joven dúo sobresaliente ¡y de casa!.

Del público veraniego irreverente y maleducado volver a destacar sus móviles, movimientos ruidosos de sillas, desvergüenza en marcharse sin esperar una pausa entre obras y demás lindezas que mejor no cabrearse ante el incivismo campante de nuestro tiempo. Por lo menos los fotógrafos respetan los tiempos y algunos incluso desactivan el «click» de sus cámaras digitales, marchando a las redacciones al finalizar los intérpretes. Supongo que algo de complicidad artística hay. Todavía queda mucha música de verano en Oviedo, y en las de pago espero no pasar vergüenza ajena.

P.D. 1: Dejo la crónica de N. Hermida en LNE del 13 de agosto.
P.D. 2: Dejo mi crítica en LNE del 14 de agosto.

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Junio siempre duro incluso para pianistas

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Martes 16 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Ciclo de Jóvenes Intérpretes: Julián Turiel Lobo (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov.

Para los estudiantes, como para los profesores, el mes de junio es temible, pero necesario porque no hay punto y final sino seguido. El joven pianista de Alcalá de Henares afincado en nuestra tierra se presentaba en Mieres con un concierto duro donde estaban tres autores que siempre son necesarios en la formación y habituales a la hora de programar recitales, un poco buscando sensaciones y estilo propio en un proceso de trabajo desde una técnica exigente que parece no acabar nunca. Los distintos maestros que le han orientado habrán dejado muchos apuntes que el eterno estudiante deberá adaptar y hacer suyos para alcanzar las mayores cotas de calidad. Julián Turiel Lobo apunta maneras y el concierto fue una pequeña muestra de las altas cotas que puede alcanzar en breve.

La Sonata nº 31 op. 110 en la bemol mayor de Beethoven forma parte de ese repertorio que siempre está ahí y al que se necesita volver con los años para redescubrir pasajes, intenciones, remansos en un fluir tumultuoso. La pasión contenida a lo largo de sus tres movimientos, por otra parte también complejos, como el último Adagio mano troppo – Allegro ma non troppo no permitió gozarlos en su amplitud emocional, no es solo tocarla, todo un esfuerzo, sino interiorizarla para disfrutarla aunque ese «no demasiado» parezca coartar al intérprete. Con la madurez del tiempo que deja poso estoy seguro que la terminará de rematar, pero quedaron detalles dignos de resaltar como las amplias dinámicas alcanzadas y la visión global de cada tiempo, echando de menos un trabajo de pedal más escrupuloso en pos de la limpieza de líneas, especialmente en la fuga del último movimiento.

Chopin es también habitual en todo pianista, esta vez dos obras distintas en ejecución y sentimientos, el Estudio op. 25 nº 12 que exige sacar a flote (de hecho se le ha llamado «Océano») entre un marasmo de notas las distintas melodías en una forma que va más allá de una técnica concreta y donde la mayor o menor velocidad no siempre marca diferencias, aunque se la supone. En cambio la Polonesa-fantasía op. 61 representa lo que mejor pude apreciar en Turiel, esa contención de pasiones, un autocontrol para no desbordarse con un auténtico torrente sonoro. Le encontré más cómodo y profundo en su discurso.

La segunda parte sería un paso más en estilo pianístico a partir de las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42 de otro virtuoso y compositor como Rachmaninov. Complicado resulta mantener presente ese tema que parece crecer en encaje de bolillos y exigencias de todo tipo: ataque, fraseos, pedales, sonoridades, y Julián Turiel Lobo demostró aplomo ante las turbulencias, capaz de no perder los papeles (ni la concentración) pese a los odiados móviles o distintos ruidos en la calle, con un discurso aún necesitado de limpieza pero apuntando maneras de intérprete con mucho que decir, intenciones no solo estilísticas desde el respeto a la partitura, sino con la fuerza juvenil necesaria que el tiempo redondeará. Siempre un placer descubrir talento en una generación a la que deberemos mimar para no perderla a la vista de las previsiones de nuestros incultos dirigentes.

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

Heroicidades musicales

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Bach deconstruyendo a Soler

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca«: Galdós Ensemble, Iván Martín (piano y dirección). Diálogos Norte-Sur, obras de Antonio Soler y J. S. Bach.

Media entrada en el penúltimo concierto del ciclo primaveral con difícil elección ante la coincidencia para los «leónigans» en el Conservatorio, aunque prima mi abono ya pagado y la siempre única experiencia de escuchar en vivo a Bach, esta vez compartiendo cartel con el Padre Soler, difícil combate y más ante la presencia en el programa de un pianista con ensemble propio desde 2011. Debate hay y para mucho pero me centraré en lo escuchado. Prometo escribir en breve sobre versiones y gustos variados de los llamados clásicos, algo así como la deconstrucción de los cocineros actuales que a partir de los platos de siempre los presentan distintos. Probablemente Bach sea quien mejor soporte todo tipo de (re)construcciones y (re)interpretaciones, algo que llevo probando más de cuarenta años, en parte porque sigue siendo el padre de todas las músicas, le llamo «Mein Gott» y la historia en vez de antes y después de J.C. debería hacerse con J.S. Bach.

Esto viene a colación de la interpretación que el excelente pianista Iván Martín hace con su peculiar formación, esta vez un sexteto (*) que mezcla un violín barroco y un laúd (el programa pone tiorba) con el resto de instrumentos tradicionales en afinación actual de 442 Hz (incluso en el descanso estuvimos «tres locos» disertando sobre la evolución del diapasón desde los 430 a los 438) y para dos grandes compositores que curiosamente descubrí al piano aunque no fuese nunca el destinatario inicial. La belleza de estas partituras excede criterios historicistas e incluso personales, y su escucha desde la libertad de prejuicios me permite saborearla y apreciarla con todos los peros que se quieran.

Pudimos paladear al Iván Martín pianista en la Sonata nº 48 en do menor (ca. 1772) de Soler, con un sonido muy cuidado, claro, potente y cristalino a partir de una pulsación precisa y un empleo del pedal siempre prudente y en su sitio, las sonatas de Soler en estado de gracia que al piano se engrandecen sin perder un ápice de calidad ni sello propio, reminiscencias o influencias italianas de Domenico Scarlatti o Boccherini sin olvidar a José de Nebra en un Madrid que respiraba música por doquier. Las notas al programa tituladas «Bach y el fraile» hacen referencia a esto. Está claro que el estudio de la obra del «pater» por parte del músico canario le permite ahondar y sacar a flote muchos de los entresijos que esconden las partituras del compositor catalán educado en la Escolanía de Montserrat y afincado en el Monasterio de El Escorial, como podríamos apreciar en los dos quintetos con teclado posteriores.

El Concierto para teclado en re menor, BWV 1059 (Bach) se nos presentaba como recuperación histórica y estreno en España, con la historia también explicada en las notas al programa que adjunto a esta entrada, nueve compases tomados de una de las dos sinfonías de la Cantata BWV 35, ya trabajadas por ejemplo por Ton Koopman utilizando una formación más «al uso» con órgano, o el recordado Gustav Leonhardt con su consort, aunque el galdosiano con el piano de Martín ofrezca una paleta totalmente distinta y sin oboe, en la línea de mi admirado Glenn Gould pero camerístico con cuerda frotada salvo el citado laúd, en vez de orquestal. Problemas puntuales de afinación y balance en los violines y «excesiva» presencia del piano (sin tapa acústica) en momentos, si bien la opción sea tan válida como otra, destacando siempre la claridad expositiva de Iván Martín en el Allegro, la pureza melódica del Largo con el contrapunto de un laúd que contrapesaba color y timbres globales, y un vertiginoso Presto (se dice que el único de Bach) para indicar ese punto de rapidez y duración nunca enturbiada en el sexteto y presente siempre el solista que dirige sin problemas desde el piano.

Después de Bach se hacía difícil escuchar el Quinteto con teclado nº 3 en sol mayor (1766) del fraile Soler, cinco movimientos desiguales y como un catálogo de estilos anteriores que nada tienen con Bach y sí con un preclasicismo debido a la elección del piano como teclado. El Largo es hermoso y nuevamente el toque de laúd compensa el colorido global. Bien contrapuestos los tiempos, contrastes entre solista y quinteto más uno, con peso en los graves y algo opacos los agudos.

Tras el descanso el Quinteto con teclado nº 4 en la menor (1766) recobró un poco la presencia de cada instrumento, cuatro movimientos donde las variaciones del Minuetto final dejaron los mejores momentos de Soler, especialmente un dúo viola-chello bien ensamblado entretiendo registros en ambos como si de uno sólo se tratase, o una Sheila Gómez que por fin brilló en su solo, ahora equilibrado en dinámicas. Los rasgueos del laúd también ayudaron a colorear una partitura más bien monócroma aunque llena de contrastes, pues no sólo de lienzos están los museos llenos.

Claro que siempre vence y convence Bach, sobre todo con el conocido Concierto para teclado en re menor, BWV 1052 (1734) que Martín recreo de memoria perfectamente arropado por un quinteto con laúd que presentó una versión nuevamente bien trabajada en el piano, buscando sonoridades opuestas desde unos fuertes casi sinfónicos a unos pianísimos íntimos con un ataque y pedal siempre escrupulosos en la dinámica, así como los finales de cada uno de los tres movimientos según la receta vivaldiana. El «ripieno» laudístico en el Adagio puso el fiel de la balanza tímbrica con el piano desde un fraseo hermosísimo lleno de ornamentos cristalinos con un cello y contrabajos redondeando presencias sonoras.

El regalo ese maravilloso Largo del Concierto nº 5 en fa mayor BWV 1056 o si se prefiere, el del 1059 de la primera parte, que al piano con los pizzicati y rasgueo del laúd resultó «gouldiano» a más no poder, no en vano Iván Martín puede presumir de este acercamiento a Bach desde el amor y respeto a su música, como haría Bussoni aunque en otro estrato.

Lo dicho, escribiremos sobre las deconstrucciones y versiones de Bach no aptas para todos los paladares. Las de esta «Primavera Barroca» saltaron la tradición para servir el mejor producto posible en otro formato.

(*) Galdós Ensemble: Sheila Gómez, violín barroco – José Manuel Fuentes, violín – Jokin Urtasun, viola – Juan Pablo Alemán, violonchelo – Joaquín Clemente, contrabajo – Carlos Oramas, laúd.

Zarzuela matutina

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Sábado 16 de mayo, 12:00 horas. Fundación Juan March (Madrid): Los conciertos del sábado. Ciclo «Zarzuela cómica«: Homenaje a Guillermo Fernández-Shaw (1893-1965). Carmen Solís (soprano), Carlos Crooke (tenor cómico), Aurelio Viribay (piano). Entrada gratuita.

Madrid en fiestas aunque para la música siga siendo la capital, con espectáculos diarios y para todos los públicos. Un lugar que no suele faltar en mis escapadas es la fundación de la calle Castelló, en pleno barrio de Salamanca, de cuya dirección musical se encarga mi admirado Miguel Ángel Marín, esta vez para un merecido homenaje con un concierto que repasaba dúos y romanzas de zarzuela donde la saga Fernández-Shaw se ocupó de los libretos, parte esencial en este género tan nuestro porque no sólo es encontrar los textos sino adaptarlos para ser cantados, de ahí la habitual colaboración de dos libretistas como iremos comprobando. El legado de esta familia se encuentra en la Biblioteca de la Fundación Juan March y se celebran ahora los 50 años del fallecimiento de Guillermo, licenciado en Derecho como su padre Carlos además de periodista en La Época antes de dedicarse a los libretos de zarzuela que hasta 1950 firmaría junto al ovetense Federico Romero. Del hilo argumental en este espectáculo ameno, entretenido y que colgó el cartel de aforo completo se encargó precisamente Carlos Crooke, cual libretista que nos iba narrando argumentos con una mesa y una silla como taller de trabajo de todo escritor, además de cantarlos y escenificarlos con la soprano extremeña Carmen Solís y el talento pianístico de Aurelio Viribay, no ya acompañante o director sino auténtico maestro para muchos artistas de nuestro panorama lírico y trabajador incansable en recuperar veladas como esta matutina de «Los sábados de la Fundación«.

Los compositores y obras elegidas sirvieron para comprobar el talento de Carlos Fernández-Shaw y sus hijos Guillermo y Rafael en perfecto entendimiento para escribir auténticas joyas de nuestra no siempre defendida ni entendida zarzuela.

Guridi escribe su obra «El Caserío» con libro de Guillermo y Romero, eligiéndose el dúo Cuando hay algo que haser para abrir boca con dos voces que funcionarían a la perfección también por separado, y su conocida romanza de tenor Yo no sé qué veo en Anamari, algo más dura para un tenor cómico como Crooke aunque Viribay mimó la partitura de principio a fin.

No tan popular como el vasco pero con los mismos escritores del libreto, el alicantino Ernesto Pérez Rosillo (1893-1968) escribe en 1921 «Las delicias de Capua» de la que escuchamos Por las orillas del Manzanares, romanza realmente deliciosa que nos lleva a los cuadros goyescos más que a las guerras púnicas. A continuación mismos literatos para otro de los grandes músicos de zarzuela como el maestro Jacinto Guerrero con el simpático dúo de Colette y Moisés a ritmo de fox-trot Yo no soy Napoleón de «Las alondras» (1927) donde Carmen Solís y Carlos Crooke recrearon y repescaron un título algo perdido frente a otras más famosas, pese a la calidad de su partitura, continuando con estos gustos de argumentos «militares» y amorosos para «La señora capitana» (libreto de Jackson Veyan) con música de Joaquín «Quinito» Valverde y Tomás Barrera, donde el dúo Dejar las armas podemos ya sacó registros hermosos en la soprano bien contestada por el tenor, papeles adaptados a voz y escena dentro del llamado Género Chico, aunque sólo de extensión.

Volvía el tándem Fernández-Shaw – Romero para una de las zarzuelas más representadas como «La canción del olvido» (Serrano) y la famosa romanza Canta el trovador, que Carmen Solís bordó con gusto arropada por el terciopelo pianístico de Aurelio Viribay.

En pleno San Isidro no podía faltar algo castizo como «El bateo» de Chueca (libreto de Antonio Domínguez y Antonio Paso) con dos números alegres perfectamente entendidos por los intérpretes: el couplet para tenor cómico Yo me llamo Virginio Lechuga jugando con las medias color carmesí, y el dúo con Visita Muy buenos días señor Virginio, declaración amorosa sacando todo el partido a las dos puertas que flanquean el órgano de tubos del salón de la Fundación y aún más este fragmento para unas voces ideales en este repertorio, más duro de lo que aparenta y compuesto parte de él en tiempos donde las tiples y vicetiples no tenían registros tan «claros» como hoy.

El homenaje no podía olvidar al patriarca Carlos quien con José López Silva escriben el libreto de «Las bravías» (Ruperto Chapí), título no muy representado del que disfrutamos el dúo ¿Por qué no te marchas? interpretado con sentimiento y musicalidad sobre las tablas. Y otra partitura que siempre resulta una joya por una música de primera como «La chulapona» (1934) de Moreno Torroba y textos de Guillermo y Romero de quien escogieron el dúo Yo que con las damas, retrechero y chulapón como la verbena de San Cayetano y castizo como un chotis, elegancia de Solís y desparpajo de Crooke, con una orquesta pianística más que manubrio de organillo con Viribay, todos capaces de recrear un número de primera que bisaron al final del concierto.

Para terminar este teatro musical de cámara dedicado a la zarzuela tenía que estar Francisco Asenjo Barbieri y «El barberillo de Lavapiés«, con nada menos que Luis Mariano de Larra como libretista para una maravilla de nuestra historia lírica no ya local sino mundial, plenamente vigente en tiempos donde parece renacer nuestro género musical por excelencia que triunfa allá donde va. Tres números para disfrutar: las seguidillas manchegas En el templo de Marte, la conocidísima romanza Como nací en la calle de la Paloma y el dúo Una mujer que quiere ver a un barbero, los enredos y comidillas de una profesión, aquí con Lamparilla, que ha dado muchas páginas escénicas y nuestro Barbieri eleva a su máxima categoría con unas voces adaptadas al carácter que letra y música reflejan, más una orquestación endiablada al reducirla al piano pero que Aurelio Viribay interpreta como nadie, pudiendo comprobar el excelente momento de Carmen Solís en un repertorio que no es el habitual suyo y un Carlos Crooke feliz y cómodo en unos papeles no siempre valorados y con personajes de nombres poco agradecidos como él mismo contaba en sus interloquios siempre llenos de ironía y buen gusto. Una mañana realmente zarzuelística que servía como aperitivo a la sesión del «templo» en la tarde noche. Pero ésta… será otra historia.

 
P. D. El audio del concierto está disponible en este enlace de la propia Fundación sólo hasta el día 16 de junio de 2015.

Talento, tenacidad y trabajo

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Miércoles 29 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, Concierto nº 1.566: Gabriel Ureña (violonchelo), Sofiya Kagan (piano). Obras de Beethoven, Schumann y Brahms.

Exportamos talento desde España, que al menos recuperamos cuando nos visitan, jóvenes músicos preparados que con trabajo durante toda la vida que han elegido, ese que no se ve pero se aprecia cuando les escuchamos, a base de tenacidad y con todo el apoyo de los seres queridos, deciden marchar a continuar una formación con sus ídolos.

Incorformista, trabajador y tenaz, así como mucho talento desde niño son algunos de los muchos calificativos que podría dedicar a Gabriel Ureña (Avilés, 1989), el chelista principal más joven de España que con 19 años ya estaba en la Oviedo Filarmonía. Desde ese atril continuó cada día una formación que nunca termina, la semilla de los Virtuosos de Moscú prendió rápido en este avilesino y siguió disfrutando desde el chelo con grandes directores, voces de ópera que triunfan en todo el mundo, escuchado a inconmensurables solistas hasta que decidió seguir a Natalia Gutman hasta Viena donde reside en la actualidad, contactando con una de sus pianistas, la joven moscovita Sofiya Kagan (Moscú, 1982) con la que vuelve a su tierra para tocar en las sociedades filarmónicas de Gijón y Oviedo, mostrando sus avances y descubriéndonos una colega que como él, también tiene una dilatada trayectoria pese a la juventud, madurez que las tres «T» alcanzan independientemente de los años: talento, tenacidad y trabajo.

El programa que nos trajeron a Gijón es para dejar exhausto a cualquier intérprete, tres obras de tres grandes, romanticismo en estado puro espalda con espalda, compartiendo dificultades y grandezas entre piano y chelo, jugar y conjugar unas partituras exigentes para los dos intérpretes, protagonismo compartido, templar y contemplar la riqueza musical reducida a la música de cámara en estado puro, el dúo ideal para los compositores capaces de experimentar en formato cercano unas obras mayores «per se» con toda la grandeza exportable al mundo sinfónico.

La Sonata nº 3 en la mayor, op. 69 (Beethoven) de 1808 es una auténtica delicia para el aficionado de las filarmónicas e imprescindible para los seguidores del genio de Bonn, obra con todos los detalles personales del compositor alemán que también emigró a Viena. El Allegro, ma non troppo me recordó el de la Sonata para violín y piano nº 1 en re mayor por motivos y hechura, inicio del cello solo pero posterior alternancia entre los solistas, pasajes conjuntos, el siempre necesario desarrollo lleno de adornos para lucimiento técnico sin olvidar la musicalidad que subyace en cada pasaje, y el derroche de claroscuros, tensiones resueltas que el dúo entendió a la perfección. El Scherzo, allegro molto central una broma musical tal como Beethoven las entiende, carácter burlesco desde un jugueteo que tiene el silencio plenamente integrado para sorprendernos con esa alegría que la plenitud creativa le daba. También el dúo entendió a la perfección el espíritu en un auténtico coqueteo entre piano y cello que desemboca en el Adagio cantabile – allegro vivace, remanso equívoco antes de la catarata expresiva final en una sonata pletórica en partitura y virtuosa ejecución.

La Fantasie-Stücke op. 73 (Schumann) nos traslada en el tiempo cuarenta y un años, es de 1849 y toda una vida musical, el cello como barítono cantando con el piano tres lieder sin palabras, originalmente para clarinete, aunque ese paralelismo de timbres consiga hacer cantar cada cuerda en perfecta simbiosis con el piano, el género romántico donde Schumann también dejó huella, con un tratamiento instrumental casi sinfónico por el juego de timbres que logra sacar de los dos instrumentos, Zart un mit Ausbruck, dúo en estado puro, melodía al cello sudoroso y vibrante con el piano meciendo la poesía en estado puro, «arrebato de ternura», Lebhaft leicht diálogo entre los protagonistas, «vivaz o liviano», fraseos articulados en el mismo idioma, tensiones siempre resueltas tras cada silencio por breve que sea, con un arco por parte de Gabriel expresivo a más no poder, y Rasch und mit Feur, auténtico «disparo con fuego», arrebatos musicales por parte de ambos intérpretes, encajando los unísonos, contestándose una conversación de entrega mutua, como si estos jóvenes llevasen tocando juntos toda su vida, corta e intensa en un final encajado por ambos a la perfección. Placeres musicales del gran Robert.

Sin apenas respiro el último paso, casi otros cuarenta años y larga vida romántica contra corriente, el año 1886 de la Sonata nº 2 en fa mayor, op. 99 (Brahms), la madurez de la forma en el mismo formato de dúo, nuevos caminos y más expresividad si cabe, cuatro movimientos que van más allá sin olvidar la raíz, avance vital para 80 años que en el siglo XIX darían para una auténtica (r)evolución, optando por mantener tradición desde la modernidad pero sobre todo el respeto por los mayores. Así se entiende esta sonata y así la interpretaron Ureña-Kagan, diálogos chispeantes donde las semicorcheas sonaron claras y precisas, alternancias y uniones desde un empaste y entendimiento musical de auténticos creadores que respetan y conocen todo el camino previo, enfrentados a una partitura dura de ejecución, de estudio y de interpretación en el amplio sentido de la palabra, leer entre líneas, sacar a flote motivos escondidos en una masa donde nada sobra en cada capítulo, esos registros graves en el cello, los pizzicati del segundo movimiento cargados de emoción contenida, el piano en octavas ligeras junto a las dobles cuerdas del cello, especialmente en el movimiento final, redondeando sonoridades, relatos independientes que forman un todo en esta obra de madurez personal, compositiva e interpretativa. Una maravilla poder disfrutarla desde esta juventud que derrocha ganas.

Si hay una obra asociada especialmente y desde siempre al chelo es El cisne de «El carnaval de los animales» (Saint-Saëns), una delicadeza en el chelo de Gabriel con un acompañamiento pianístico sin sensación de reducir orquesta con una Sofiya perfecta vestimenta para una música danzada imaginariamente por una primera figura del ballet. España sigue siendo tierra de violonchelistas, con una generación que ha tomado el relevo de los grandes para deleite melómano. Así nos sentimos con esta propina, bailando como un regalo que agradecimos con salva de aplausos más que merecida para un concierto profundo que transmitió energía desde la juventud madura de dos intérpretes con mucho talento. La tenacidad y el trabajo van de la mano.

Abril en París

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Viernes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 11 OSPA, Eldar Nebolsin (piano), Ramón Tebar (director). Obras de Debussy, Ravel y Liszt.

Tengo en mi particular debe una escapada parisina, la capital francesa que bien vale una misa, una cena, un concierto, una ópera… Al menos con la música también podemos viajar sin movernos de la butaca, y este undécimo de abono repiraba como el título del libro o de la película aunque con argumento propio, casi sin necesidad de referencias para disfrute de la música en estado puro.

El París de Nijinsky y Diáguilev que tan bien nos comentó en la conferencia previa la siempre interesante María Sanhuesa (autora también de las notas al programa que dejo enlazadas en los compositores al inicio) nos sirvió para un primer viaje con Debussy en el vuelo OSPA tripulado por el «comandante» valenciano Ramón Tebar, Preludio a la siesta de un fauno donde la «sobrecargo» flauta de Myra Pearse abría una tarde de altos vuelos.

Si la partitura del francés era difícil de coreografiar y ni siquiera le gustó mucho la puesta en escena del genial y especial bailarín ruso, siendo como recordaba la musicóloga un «preludio» al poema de Mallarmé, la interpretación de la orquesta asturiana con Tebar resultó una delicia para abrir este concierto que mantiene en lo más alto el nivel de nuestra formación. Con una orquestación ideal y siguiendo con las músicas de ballet que tan buenos resultados están dando a la OSPA, la ambientación fue más allá del llamado impresionismo musical. El cuidado por el sonido que buscó el internacional director español tuvo respuesta inmediata por parte de todos los músicos, una cuerda clara y luminosa, incluyendo las arpas, más una madera ideal en texturas que permite pasar de la flauta al oboe como si de instrumento ideal se tratara, arropadas por el cuarteto de trompas y la tenue percusión tan cuidada en posición y hasta tamaño de los platillos. Gusto por el detalle cercano que de lejos permite disfrutar del conjunto, más impresionante que impresionista. Las veladuras y arabescos, los «jaspeados» sonoros a los que hizo referencia la doctora Sanhuesa alcanzaron momentos de una belleza tan arrebatadora como el propio fauno sin interrogantes en cuanto a la certeza de lo escuchado, sueño hecho realidad sonora, apertura ideal para una velada reconfortante.

Sin apenas tiempo para aterrizar, recordaba el París de Gershwin y las reminiscencias del jazz no ya en su famosa Rapsody in blue sino también en el Concierto en Fa, esta vez cambiado por Ravel y su Concierto para piano en sol mayor con mi admirado y querido Eldar Nebolsin de solista que volvía a la capital asturiana. En Debussy ya apreciamos el mimo de Tebar en la búsqueda de sonoridades, pero con el pianista ruso afincado en nuestro país apreciamos colores y texturas, ambientes cercanos en espacio y tiempo, frescura por un concierto que sólo unos pocos como el pianista ruso pueden recrear. Es un placer ver el equilibrio entre solista y orquesta, un balanceo tenue para pasar del protagonismo total a integrarse como un instrumento más en el tejido orquestal que Ravel domina de principio a fin, swing que respira esta obra plenamente actual y Nebolsin recrea desde un trabajo meticuloso de articulación. El Allegramente rítmico, rapsodia vasca, percusiva, juguetona, siempre limpia y exigente para todos como el Presto final de vértigo, dos colosos tímbricos y convincentes, auténticos guardianes de ese remanso del Adagio assai, arrancando Nebolsin en solitario, íntimo, delicado, musicalidad a borbotones, técnica desbordante, sonidos cuidados en cada nota (aunque el Steinway esté algo desajustado y requiera una revisión profunda), emociones a flor de piel que se engrandecieron con el corno inglés de Juan Pedro Romero para deleitarnos con una página bella a más no poder, acunada por una cuerda sedosa, etérea, más francesa y actual que nunca. Impresionante el entendimiento entre podio (también pianista y concertador de primera con larga experiencia operística), solista (de amplia formación también camerística) y orquesta (en un momento dulce donde cada batuta parece descubrir facetas nuevas), escuchándose, disfrutando, compartiendo cada compás, ensimismados por un sonido pulcro, elegante y de ensueño. Partitura en la que se estrenaba Eldar y seguro le dará muchísimas alegrías, más aún que el de «la mano izquierda» porque ha encontrado el momento personal de hacerlo suyo.

Todavía quedaba la propina en solitario de Eldar Nebolsin, más Ravel con una Pavana para una infanta difunta para atesorar en la memoria, todo el poso interpretativo de este fenomenal pianista tan cercano y sincero en cada nota, engrandeciendo de mutuo acuerdo partitura e interpretación, una dualidad única desde la naturalidad con la que nos regaló esta música que convirtió Paris en un sueño musical.

Franz Liszt también triunfó en París como virtuoso del piano aunque para este viernes de perfumes franceses fue la Sinfonía Fausto la que sonaría en la segunda parte en la versión sin coros, más alemana de Goethe y Weimar, aunque la OSPA con Tebar nos hizo pensar que eran prescindibles. Obra colosal en instrumentación, dificultades técnicas para todos los atriles, auténtica diablura orquestal en tres movimientos donde literatura y música vuelven a emparejarse aunque la majestuosidad resultase inaprensible por el derroche de intensidades, dramatismos, colores, contrastes… Sin apenas respiro para nadie, solo las siempre inoportunas toses rompieron una unidad buscada por el apasionado director valenciano, de gestualidad ampulosa pero clara, vibrante, marcando todo con energía contagiada a una orquesta que crece como nunca, más de una hora de Fausto, Margarita y Mefistófeles donde todos tuvieron protagonismo, Romero ahora de principal oboe, los metales erguidos en presencia espoleada en el momento justo, percusión precisa y esmerada en ayudar a seguir ampliando paleta sonora, más una cuerda (con arpa) convincente, diabólica, casi al límite, portentosa, vigorosa, cuartetos camerísticos y tutti apoteósicos, cellos fundidos con contrabajos, destacando especialmente María Moros con su solo de viola para enamorar, plantilla convincente por lo convencida para una obra que tardaremos en escuchar precisamente por el esfuerzo, que de nuevo mereció la pena. Se me hace imposible que con tan pocos ensayos (el jueves ya hicieron este programa en Avilés) el resultado final fuese tan alto. Por supuesto que Ramón Tebar capitaneó este «Vuelo OSPA nº 11 y destino París» con muchas horas a sus espaldas y dominando la aeronave, pues las condiciones metereológicamente previstas no eran favorables, en sentido metafórico, mas la respuesta alcanzada seguramente no la esperaría ni el mejor piloto. Personalmente y tras los últimos viajes como pasajero en este avión, yo sí, sin sobresaltos y disfrutando nuevamente de la experiencia. No sé cuándo saldaré mi deuda con la capital francesa, pero mi «Abril en Oviedo» está dando réditos musicales que no pueden menguar. Felicidades a todos.

Bach (con)vence a Händel

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Llevaba tiempo con ganas de acercarme a las maratones musicales que la Fundación Bilbao 700 organiza el primer fin de semana de marzo en el inmenso Palacio Euskalduna, siempre con un tema común, a precios asequibles y la mayoría de conciertos en torno a la hora de duración, para poder acudir a varios y organizar cada uno su programación, este 2015 nada menos que 75 conciertos ofertados en «Musika-Música» durante 3 días de festival.

Las comunicaciones por carretera desde Asturias se han ido mejorando con el tiempo en lo que a carreteras se refiere, así que escaparse a Bilbao siempre es un placer, aprovechando efemérides familiar para unir pasiones que mis lectores conocen: música, viajes y gastronomía. Además este año había amplia representación de «la tierrina» por lo nada mejor que apoyar a los músicos de casa, pulsar la opinión de otros públicos, escuchar obras e intérpretes a los que admiro, saludar amistades y sobre todo disfrutar de la vida porque sólo tenemos ésta y no sabemos cuánto nos durará.

Sin hacer una crónica de un fin de semana donde apenas pisé el centro histórico, asistiendo a ocho conciertos desde el viernes 6 a las 18:00 horas hasta el domingo 8 a las 16:00 de los que fui subiendo las respectivas impresiones (tituladas como Toma N) que algunos llaman críticas y yo prefiero llamarlas comentarios de un musicógrafo, siempre con el permiso de Luis Suñén -a quien pude saludar en esta maratón-, me gustaría dejar aquí unas pinceladas que en el día a día se quedan fuera de las entradas.

Con el tiempo justo, hotel reservado cerca y a la búsqueda de cajeros que imprimiesen las entradas compradas desde casa pero no imprimibles para este macroevento, al no estar numerada ninguna sesión, tuve el primer «percance» con La BBK al terminarse el papel y quedarme a medias perdiendo incluso una de las de la primera jornada que tampoco solucioné en el siguiente cajero en el Zubiarte. Asustado por las colas me dirigí a la taquilla donde resolvieron sin problemas la incidencia comentándome que había un cajero exclusivo para las entradas detrás de los habituales en otras salas, pero que en la página indicando los posibles no figuraba. Con todo, amabilidad a raudales y una vez dentro nos dispusimos a disfrutar de la primera jornada.

Increíble el despliegue técnico en esta catedral de la música (la del fútbol cerca de la que también hablaré) para cinco salas nombradas con lo más representativo de los músicos a los que este año se dedicaba el concierto, Bach y Händel, sin olvidarse de los «kioskos» Collegium Musicum de Leipzig dentro del recinto y abierto donde actuaban distintas agrupaciones y alumnos de conservatorios venidos de distintos puntos, gente joven que son realmente los protagonistas de este festival. Un total de 820 artistas a los que se acredita con un «cipol» que les permite acceder a los distintos conciertos en el último momento siempre que haya entradas disponibles. Se respiraba música por todas partes, juventud cargada con sus instrumentos disfrutando de los maestros y conviviendo un fin de semana con lo más granado del panorama concertístico europeo, sino mundial. El resto del público impresionante, muchos franceses por la cercanía, seguidores, amigos y familiares de artistas, muchos melómanos locales en una capital con larga historia musical, y el personal atento a todas las incidencias.

Cada sala se vaciaba por completo, cerraba y volvía a abrirse para el siguiente concierto, con las colas correspondientes para intentar acceder a la mejor localidad, todo con una educación exquisita donde no faltarían caraduras profesionales como en todos los sitios. También se aprovechaba para charlar de lo humano y lo divino, encontrarte artistas que también fueron público, con quienes comentar conciertos, experiencias, proyectos, haciendo de la espera una tertulia irrepetible. Para quienes tenían «huecos» en su agenda, había stands de publicaciones como mi seguida Scherzo y una tienda de discos y partituras donde no faltaba un amplio surtido de los artistas programados.

Y una vez dentro del palacio con cualquier entrada, asistir al «kiosko» donde la música tampoco paraba. Los datos son impactantes: 33.800 entradas vendidas, 51 de 75 conciertos completos y la promoción de la música con Bilbao como epicentro en estos tres días. Todavía existen personas que consideran la cultura como una inversión y fuente de ingresos, desde la calidad y buen hacer. la llamada cultura naranja, el turismo cultural tan habitual en países de nuestro alrededor debería incluirse en las agendas de nuestros gestores políticos que a fin de cuentas manejan nuestros recursos pero no siempre con acierto, y menos con la disculpa de la crisis.

Por lo menos en Bilbao no se notó. El Euskalduna llegó a competir con San Mamés el sábado, dos catedrales de fútbol y música, el Athletic vencía por la mínima al Real Madrid, Bach a Händel, ambiente festivo, calles llenas, bares y restaurantes a rebosar, Bilbao soleado ofreciendo postales inimaginables en estas fechas. Toda una fiesta. La gastronomía daría para un blog específico y ya se sabe cómo se come en el norte. Por supuesto tenemos familia y amistades en «el botxo» con las que pudimos encontrarnos aunque fuese con la rapidez de una visita médica. Esta vez la música tenía la etiqueta de «full time» pero siempre volvemos.

 

De los entresijos me fui enterando por distintas fuentes, comentándome la llegada de más de veinte camiones con material, un número ingente de claves con varios afinadores profesionales que tenían siempre a punto el instrumento rey, con permiso del órgano, en este espectáculo barroco, operarios cambiando tarimas, moviendo sillas, todo cronometrado y con unas tripas no visibles pero que resultan el corazón del espectáculo, sin olvidarme de las azafatas y azafatos más todo el personal de plantilla del Euskalduna. Catorce años supongo que dan la experiencia para una organización impecable, con ligeros y perdonables incidencias que no influyeron en la nota final de sobresaliente.

Musicalmente el nivel variaría dependiendo de muchos factores, aunque no debo olvidar que algunos artistas afrontaron hasta cuatro programas distintos con todo lo que ello supone de esfuerzo físico y mental. Quienes me leen conocen mis pasiones musicales y artísticas, Bach es Mein Gott y con él disfruté de lo lindo el viernes noche con los alemanes y la «Pasión de San Juan», el domingo por la mañana al piano con la recreación de Bussoni, y el sábado con las de Stokowski, en este orden de satisfacción. Con Händel hubo más cantidad pero menos calidad, puede que mis querencias jueguen a favor del kantor.

De los intérpretes «leónigan» convencido y «en Forma», si los unimos en concierto ya se sabe dónde vamos a estar. Como curiosidad, este viernes mi señora «sufridora» se encontraba en Almería por razones profesionales, y no perdió la ocasión de asistir al concierto de Forma Antiqva en la Iglesia de Las Claras, animándola a escribir unas líneas como colaboradora desde hace 24 años en mi vida, compartiendo todas las pasiones. En Bilbao acudimos a escuchar tanto a nuestro querido LDO, a los Zapico’s con distintas formaciones, y al Zapico mayor con la OSPA, dirigiendo también Milanov el sábado, la tercera pata del «tayuelu» suficiente para sustentarse en cualquier terreno y llenarnos de pequeño orgullo patrio comprobando que la «Marca Asturias» funciona también con nuestros músicos además de la sidra o los quesos.

A otros intérpretes les sigo y escucho en Oviedo, otra capital musical que sigue en los circuitos de ellos, por lo que no podíamos faltar al concierto de Carlos Mena, a Dani Oyarzábal tanto en el continuo como de organista solista con nuestra OSPA, y sobre todo al del pianista Luis Fernando Pérez, conciertos elegidos que sabíamos no defraudan nunca. También escuchar repertorios nuevos como esa pasión de Händel que los langreanos han rescatado, desempolvado y rehecho con el buen gusto, calidad y trabajo constante en una carrera asentada tras quince años, que continúa en ascenso. Siempre un orgullo apoyar lo nuestro.

La vuelta a casa se hizo llevadera a pesar de la niebla en este Mordor del Norte, y las experiencias engrosan mi mochila de la que alguna vez sacamos y compartimos con quienes me leen.

Musika Música toma 7

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Domingo 8 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Rúspoli: Luis Fernando Pérez (piano): Bach: Partita nº1 BWV 825; Bach / Busoni: “Wachet auf, ruft uns die Stimme” BWV 645; “Nun komm´der Heiden Heiland” BWV 659; Bach / Hess: “Jesus bleibet meine Freude” BWV 147; Bach / Kempff: Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031; Bach / Busoni: Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004. Entrada: 6€.

Mañana de domingo en la Sala Rúspoli, la misma con la que «cerré» el sábado, con difícil elección (en general todo «Musika – Música 2015» supone armar nuestro puzzle sonoro y priorizar, así como encontrar entradas disponibles) y donde «Mein Gott Bach» estaba representado tanto al clave del músico de Getxo Miguel Ituarte como en el piano del madrileño Luis Fernando Pérez, decantándome por el madrileño al tener «fresco» el bien temperado ovetense de Aimard, y contando con las versiones que Ferruccio Busoni, Myra Hess o el gran Kempff hicieron del Kantor de Leipzig para las 88 teclas, con todo lo que supone de recrear un mundo siempre inmenso de posibilidades musicales.
Sin apenas respiro tras el concierto anterior otro lleno en la sala pequeña, trasiego de los operarios para vaciar escenario y colocar ya perfectamente afinado el imponente Steinway presidiendo además de reinar en las manos de Luis Fernando Pérez que recreó un Bach realmente impresionante.
La Partita nº 1 en si bemol mayor BWV 825 consta de siete movimientos aparentemente sencillos pero donde el piano debe modelar el sonido en cada tecla, algo que el pianista madrileño hace con cada obra y estilo. Poder estar cerca de él permite disfrutar con el trabajo de manos y pedales, cincelando sonidos como si del clave se tratase pero con la grandeza del piano. Maravillosa versión llena de toda la gama barroca, matices extremos, ritmos contrastados, melodías claras, variaciones sobre temas que Bach utiliza con la genialidad matemática inspiradora de fuerza interior, la misma de Luis Fernando Pérez, recordándome sus interpretaciones de nuestro Padre Soler.
El Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031 que recrease mi pianista de juventud Wilhelm Kempff, fue un leve descanso entre las visiones de Busoni previas y finales, delicia melódica llena de detalles expresivos más allá del original, con una mano izquierda poderosamente aterciopelada que asentó la maravillosa melodía de esta versioneada sonata esta vez con el magisterio de un gran pianista que amaba a Bach como tantos otros.
Las recreaciones que Ferruccio Busoni hace de Bach son un mundo paralelo al original, más allá de un arreglo y sin perder notas ni espíritu del más grande compositor de la historia, porque el órgano rey así está coronado por su versatilidad tímbrica, sonora y expresiva, así que plantear al piano corales como los elegidos por Luis Fernando Pérez son todo un reto para cualquier pianista. El madrileño volvió a demostrar el mimo del ataque, la amplia dinámica que es capaz de sacar con todo un catálogo de recursos técnicos puestos al servicio de Bach, los corales como el BWV 645 que crecen en cada ornamento de la derecha, el peso de los pedales en la izquierda todo ello entretejido en un teclado que parecía sonar a tres, así como la profundidad y meditación de la BWV 659, entendida por un público en respetuoso silencio que ayudó a mantener una calidad y calidez irrepetibles.
No escuchamos la famosa BWV 147 programada pero quedaba un final de auténtico genio, ya sin la atadura del papel, despliegue virtuosístico captado en primera línea de fuego, y nunca mejor dicho, la monumental Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004 que Busoni eleva a la enésima potencia, engrandeciendo la inmensidad bachiana para violín al infinito del piano. Honestidad hacia la partitura tanto del compositor como del intérprete, riguroso con cada duración, plano, volumen, fraseo, matices extremos impregnados en todo el cuerpo, poderosa mano izquierda, vertiginosa mano derecha, derroche musical y respirando el mismo aire. El silencio de la sala contenía emociones indescifrables e inenarrables, empujando con el pianista, esfuerzo sin apenas descanso, para romper en estruendo y aclamaciones, bravos y vivas que salen del alma tras haber escuchado MÚSICA en estado puro.
Colas para saludar, felicitar y agradecer una mañana irrepetible, para preocupación de los trabajadores de Musika-Música que recogían el piano, protagonista nuevamente en las manos de Luis Fernando Pérez, y desmontaban la tarima preparando el siguiente, porque la maratón no tiene descanso hasta la meta, cerca pero necesitando de carga extra. Y la tarde ya se echaba encima.

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