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Canciones de la «patria querida»

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CD «ABERRI MAITIARI. Basque Art Song»Luken Munguira (tenor), Aurelio Viribay (piano).

Cezanne Producciones, CZ169 / M-26786-2025 / 0 667758 375509

Nuevo trabajo discográfico del maestro Aurelio Viribay que cual arqueólogo de la llamada “Canción de concierto española” sigue recuperando patrimonio musical, y desde la docencia va encontrando las voces adecuadas para cada proyecto, que también lleva al directo.
Y como se trata de un vitoriano de pro aunque afincado en Madrid, nadie mejor que mi admirado Aurelio para las 36 canciones de cinco compositores vascos y uno navarro (por no llamarlos vasco-navarros aunque todos compartan  textos en euskara), por lo cual era imprescindible encontrar un cantante que dominase este idioma tan singular, siendo el tenor guipuzcoano de Pasaia -Pasajes- Luken Munguira Santos (12 de mayo de 2004) el ideal para esta reciente aportación, que como en otros trabajos del profesor Viribay, se ha grabado en los Estudios Cezanne de Javier Monteverde, todo un equipo que está dando calidad y cantidad, ambas necesarias en estos tiempos donde el soporte físico lucha contra los “nubosos”, al que no pueden suplir pues el libreto que acompaña cada CD son otro documento imprescindible para ponernos en contexto con sus notas, además de contar tanto con los textos originales como sus traducciones, esta vez gracias a a la doctora en Filosofía Marta García Rodriguez, Profesora del área de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad del País Vasco, que iré añadiendo en esta entrada, y comienzo mi reseña con el inicio de sus notas:

«Aberri maitiari, una de las Tres canciones vascas que Francisco Escudero escribió en 1939 y que da título a este disco, significa «a la patria querida». La palabra aberri es un neologismo creado por Sabino Arana en el siglo XIX, y está compuesto por los lexemas aba, utilizado con significado de asaba («antepasado») y herri, que significa «pueblo». Es el equivalente a la terra patria latina, que el español redujo a «patria», el pueblo de los antepasados, la tierra de los ancestros. No es, por tanto, necesariamente el lugar que se habita, sino el espacio físico, cultural, espiritual y emocional del que se desciende y al que uno se siente unido por lazos del mismo tipo».

La voz del guipuzcoano Munguira, al que «descubrí» en el 72 Festival de Granada, es la de un tenor joven de bello timbre, amplia tesitura y enorme expresividad, que a buen seguro siempre cuenta con los sabios consejos del maestro Viribay, arropándole y complementando el protagonismo que ambos tienen en el “lied español”. El donostiarra comenzó en el Coro Easo allá por 2013 con Gorka Miranda y ha trabajado con Miren Urbieta-Vega y mi querida Ana Belén García antes de dar el salto a la Escuela Superior de Canto de Madrid, donde estudia con Judith Pezoa y Elías Romero Salamanqués, además de estar becado por Britten Pears Arts para trabajar repertorio de cámara con James Gilchrist y Anna Tilbrook. Estos datos biográficos nos dan cuenta de unos inicios líricos bien asentados y una carrera que va creciendo con recitales y conciertos donde no faltan estas canciones vascas y otros repertorios con distintos acompañantes o formaciones.

Este arduo trabajo que se ha llevado al disco comienza con las Tres canciones vascas de Francisco Escudero (Zarautz, 13/08/1912 – Donostia, 17/06/2002), con Matzaren orpotik (Del pie de la vid) poderosa para proseguir con una sentida Urrundik (Desde lejos) y esa «A la patria querida» evocadora y compartida en todas nuestras patrias chicas, escritura vocal y pianística delicadas. Más «ligeras» las siguientes con tres temas populares armonizados por Escudero que como tantos contemporáneos ayudan a elevar la tradición hasta las salas de concierto, con el euskera tan cantable pese a lo que se pueda pensar del hablado, ya que la música lo embellece y hace plenamente lírico (recomiendo leer las traducciones así como las biografías de los seis compositores). Como bien nos ilustra la doctora García, «Las canciones seleccionadas, que se presentan también en traducción al español, parten de ese acervo musical popular, aunque trasladadas a un lenguaje armónico extendido, aprendido e interiorizado dentro y fuera de la patria».

Los siguientes diez cortes son una selección de las Viejas Canciones Donostiarras (Donostiako kantu zaharrak) de Tomás Garbizu (Lezo, 12/09/1901 – Donostia, 27/11/1989), muy conocido en el terreno de obras litúrgicas desde su cátedra de órgano del Conservatorio de San Sebastián en 1954. Citando de nuevo a Doña Marta García «muchas de las melodías que utilizan (…) están recogidas y clasificadas en el (…) Cancionero de Azkue, y otras se construyen sobre letras vascas».  De todas ellas, que alternan expresividad y sentimiento, me encantó el Kuku tan onomatopéyico, el majestuoso y «guerrero» Jaiki-Jaiki (Levantaos, levantaos) y especialmente la «Habanera del Guria» cantando en euskera y castellano, esa melodía que conocía desde mi infancia como “Dijo el Sabio Salomón”, cercano folklore vasco que tantas versiones tiene y aquí de nuevo Garbizu lo trata desde el conocimiento académico y el amor a la tierra sentida por el dúo con los aires del común Cantábrico.

De los compositores, prácticamente todos iniciaron sus estudios en las parroquias o conservatorios de su pueblo o ciudad natal, siguiendo con ayudas, premios y becas de distintas instituciones para poder ampliar y profundizar sus estudios en el extranjero. Tras la Guerra Civil obtendrían cátedras en los conservatorios de sus ciudades y realizarían una encomiable labor pedagógica -además de ejercer como directores de orquesta- salvo Norberto Almandoz (Astigarraga, 05/06/1893 – Sevilla, 07/12/1970) que fue primero organista y después Maestro de Capilla en la Catedral de Sevilla desde 1919 hasta su jubilación en 1960. Sus Cuatro Melodías de Iparraguirre mezclan cierta conexión espiritual como la tentadora Zugana Manuela (En tí, Manuela), la denuncia política como Zibilak esan naute (Los Civiles me han dicho), con un acompañamiento pianístico interesante desde ese ritmo de zortzico y la voz dramatizando perfectamente los textos, hasta las dos las más aferradas al terruño, evocadoras y casi impresionistas Ara nun diran mendi maiteak (He aquí las queridas montañas) «presumiendo» como todos hacemos de Europa, España y aquí de «Euskal Herria Hermosa y querida»  o la alegre Biba Rioja (Viva Rioja) y también ¡Viva Navarra! y su gastronomía donde no puede faltar el «glu, glu, glu, glu» de sus excelentes caldos. Canciones dignas de ser consideradas a la mayor altura de los lieder alemanes o las chansons francesas. El Padre Norberto obtuvo con estas cuatro melodías un accésit en el Concurso de Composición sobre temas del poeta y músico vasco José María Iparraguirre organizado por el Ayuntamiento de Urretxu en 1920, en el Primer Centenario del nacimiento del popular bardo, todo un símbolo de la literatura en euskera, como recoge el libreto que acompaña el disco y voy reflejando en esta reseña.

Jesús Arrambarri (Bilbao, 13/04/1902 – Madrid, 10/07/1960) fue director de la Banda Municipal de su ciudad natal, ejerció la dirección de la Orquesta Sinfónica y formó su Orquesta Municipal antes de ser nombrado director de la Banda Municipal de Madrid, con la que interpretó muchas obras de compositores vascos. El conocimiento de tanta música se nota en cada una de las Ocho Canciones Vascas , un ciclo que mantiene esas raíces en su aberri (patria), «las referencias a elementos folklóricos y paganos, a tradiciones y costumbres locales» que cita la doctora García. Perfecta conjunción letra y música, lírica pura en la voz de Luken y el piano de Aurelio, paisajes sonoros con distintos tempi siempre acomodados al realce del canto, alternando por ejemplo la bellísima Tun, kurrun, kutun, con la juguetona Ainoarra ñimiño (La anchoa pequeñita), incluso respirando aires fallescos en la sentida Anderegeya (Novia) que entrará «de monja en un convento» enlazando con la alegre Amak ezkondu ninduen (Me casó mi madre) con un acompañamiento pianístico tan importante como la voz protagonista.

La vida del navarro Fernando Remacha (Tudela, 15/12/1898 – Pamplona, 21/02/1984) es digna de película, tras un periodo en el que tuvo que ocuparse de la ferretería que regentaba su familia en Tudela, y que en 1957 pondría en marcha el Conservatorio Pablo Sarasate en Pamplona. Musicalmente se nota haber sido alumno de Conrado del Campo durante su estancia madrileña, y sigue siendo uno de los compositores aún por redescubrir en las salas de concierto con un amplio catálogo que abarca distintos géneros (de sus películas daría para un estudio en profundidad) y a quien como tantos la Guerra Civil truncó una carrera más que prometedora, optando por el denominado «exilio interior», siendo uno de los músicos más representativos de la Generación del 27 que bien conoce Aurelio Viribay en su tesis doctoral sobre el llamado Grupo de los Ocho (también Grupo de la República o Grupo del 31) . En este disco están sus Seis canciones Vascas que el dúo Munguira-Viribay plasma de forma magistral como en los conciertos donde las llevan. Hermosas melodías, amorosas, sentimentales, delineadas en canto y piano de estilo universal plenamente exportable, breves e intensas además de una gran hondura interpretativa, que finaliza cantando a Ondarribia y las hermosas hijas de viuda que emulan en Fuenterrabía a las morillas de Jaén, otra joya recuperada por el «arqueólogo musical» y que siempre suena fresca.

Para cerrar este proyecto nadie mejor que el universal Pablo Sorozábal (Donostia, 18/09/1897 – Madrid, 26/12/1988) y dos canciones que muestran la inspiración melódica sumada al buen hacer de mi tocayo easonense que su nieto Pablo Sorozábal Gómez sigue manteniendo vivo más allá de las zarzuelas, y donde la herencia del folklore nunca se pierde, siendo probablemente su obra menos difundida, y de la que el pianista y musicólogo Mario Lerena Gutiérrez (Getxo, 1981), autor de una premiada tesis sobre el compositor, en el libro bilingüe editado en 2022 por Donostia Musika para conmemorar el 125 aniversario de su nacimiento, describe que «muestra una faceta más reservada del compositor y nos acerca a aspectos inéditos de sus inquietudes y quehaceres cotidianos, revelando entrañables redes amistosas, familiares y profesionales, imprescindibles para comprender a fondo su trayectoria y personalidad artísticas». La popular Gure basetxe (Nuestro caserío) con letra de Imanol Egileor, un caserío distinto al de Guridi que Sorozábal hace schubertiano y casi convierte en pequeño himno pastoral con aire de romanza (al que no falta el brillante final en agudo), y citando de nuevo al doctor Lerena «su acompañamiento pianístico (…) no renuncia a un refinamiento armónico con discretos gestos de modernidad contenida. De ese modo, el autor refleja la particular encrucijada estética y vital en que se hallaba inmerso: entre el elitismo de la alta cultura y la emergente cultura de masas, pero también entre la tradición vernácula y la vanguardia internacional». El último Euskalerria en adaptación al euskera del propio Sorozábal y Fernando Artola Sagarzazu del texto original de «Ay tierra vasca» (1956), broche de oro de estas 36 canciones vascas a las que deseo larga vida en vivo una vez inmortalizadas en este CD donde Javier Monteverde y su equipo de los Estudios Cezanne siguen mimando y apostando por estos repertorios.

Espero escucharlos en Gijón el 18 de marzo aunque será con La Bella Molinera de Schubert en su Sociedad Filarmónica dentro del ciclo POEX, y que me dediquen este último disco.

Cortes, autores y canciones:

Francisco Escudero (1912 – 2002):

Tres canciones vascas:

01.I. Matzaren orpotik (Del pie de la vid); 02. II. Urrundik (Desde lejos); 03. III. Aberri maitiari (A la patria querida).

04. Navidad-Eguberri -popular-.

05. Artaso (Bitoriano Gandiaga) -tradicional Paulo Aguirretaltzategi-.

06. Ollo eder bat -popular- (Una hermosa gallina).

Tomás Garbizu (1901 – 1989):

Viejas Canciones Donostiarras (Donostiako kantu zaharrak) -selección-:

07. Mariya nora zuaz (¿Dónde vas María?); 08. Pello Joxepe (Pedo José); 09. Kaia barrenian (Dentro del muelle); 10. Ikusi nuanian (Cuando vi); 11. Loa-loa (Duerme, duerme); 12. Donostiyako iru damatxo (Tres señoritas de San Sebastián); 13. Kuku; 14. Itzaya (El boyero); 15. Jaiki-Jaiki (Levantaos, levantaos); 16. Habanera del Guria.

Norberto Almandoz (1893 – 1970):

Cuatro Melodías de Iparraguirre:

17. I. Zugana Manuela (En tí, Manuela); 18. II. Zibilak esan naute (Los Civiles me han dicho); 19. III. Ara nun diran mendi maiteak (He aquí las queridas montañas); 20. IV. Biba Rioja (Viva Rioja).

Jesús Arrambarri (1902 – 1960):

Ocho Canciones Vascas:

21. I. Atea tan tan (La puerta, tan-tan); 22. II. Txalopin txalo (Aplauso y aplausito); 23. III. Nere maitia (Amor mío); 24. IV. Tun, kurrun, kutun; 25. V. Ainoarra ñimiño (El ainhoar pequeñito); 26. VI. Arranoak bartuetan (Las águilas); 27. VII, Anderegeya (Novia); 28. VIII. Amak ezkondu ninduen (Me casó mi madre).

Fernando Remacha (1898 – 1984): Seis canciones Vascas:

29. I. Eijerra zira maitia (Hermosa eres, amada); 30. II. Zubietako neskatxentzat (Las chicas de Zubieta); 31. III. Chorietan bürüzagi (Maestro entre los pájaros); 32. IV. Astea luze (Larga semana); 33. V. Bentara noa (A la venta voy); 34. VI. Ondarribia, erri txikia (Fuenterrabía, pueblo pequeño).

Pablo Sorozábal (1897 – 1988):

35. Gure basetxe -Imanol Egileor- (Nuestro caserío).

36. Euskalerria (¡Ay, tierra vasca!) -Pablo Sorozábal y Fernando Artola-.

DD traen BB

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Miércoles 21 de enero, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Daniel Lozakovich (violín), David Fray (piano). Obras de Bach y Beethoven. “A la memoria de las víctimas y familiares de la tragedia ferroviaria de Adamuz”.

Hace tiempo que llamo a Bach «Mein Gott» y padre de todas las músicas, y por ser quien es suelo aplaudir cualquier versión, arreglo, instrumentación e incluso interpretación, por poco que me guste. Con los ingredientes de dios Bach es difícil preparar mal un plato, pero cocinarlo requiere mimo y tacto, especialmente con la sal que debe ir en su punto, dado que la parquedad puede solventarse con alguna pizca más, pero el exceso no tiene arreglo. Programar dos de las «Seis sonatas para violín y cémbalo obligado» esta vez «con teclado» aunque se enmarcase en unas jornadas «ad hoc», ya apuntaba a una receta difícil, pues el piano, como la sal, debe administrarse sin ocultar los sabores.

Comienzo así mi primera impresión del dúo «con dos D»: el sueco Daniel Lozakovich (Estocolmo, 2001) al violín y el francés David Fray (Tarbes, 1991)) al piano (que volvía al auditorio tres años después) que eligieron para la primera parte las sonatas en si menor, BWV 1014 y en mi mayor, BWV 1016 que «El kantor de Leipzig» compuso durante su estancia en Köthen, puede que el periodo más feliz de Bach alejado de las obligaciones religiosas. Las notas al programa de mi admirado Francisco Jaime Pantín, tituladas Evolución ante revolución, ya nos cuentan de ellas lo siguiente:

«Las Seis Sonatas para violín y cémbalo obligado de J. S. Bach fueron compuestas en el último período de su estancia en la Corte de Köthen, donde ocupó el cargo de maestro de capilla entre 1717 y 1723. Dicha corte estaba afectada por la reforma calvinista que prohibía la interpretación musical en los actos litúrgicos, lo que abrió a Bach la posibilidad de desarrollar su labor creativa al margen de la música sacra. Es en este período cuando ven la luz muchas de sus aportaciones a la música instrumental como los 6 Conciertos de Brandeburgo, las Sonatas y Partitas para violín, Las 6 Suites para violonchelo, el primer volumen de El Clave Bien Temperado o las Suites Francesas, entre otras.

El propio hijo de Bach, Carl Philippe, considera estas sonatas como una de las mejores obras de su padre, una muestra de fantasía y maestría compositiva en las que Bach trasciende de las convenciones de la sonata-trío contemporánea para explorar un nuevo modelo de diálogo instrumental, superando los límites del clave como instrumento desarrollador del bajo cifrado y logrando sintetizar el rigor contrapuntístico con la fluidez melódica a partir de un modelo basado en la sonata da Chiesa, que establece una sucesión de cuatro movimientos con alternancia de aires lentos y rápidos: un primer movimiento a modo de preludio expresivo al que sigue un segundo fuertemente contrastante, veloz y en estilo fugado, un tercero de expresión concentrada y un movimiento final de marcado virtuosismo instrumental que acusa la influencia de los conciertos italianos».

Y no siempre que un gran violinista, como D1 (Lozakovich), se une a otro grande al piano como D2 (Fray), resulta verdaderamente un dúo, pese a tener ya una trayectoria juntos. Tanto la tímbrica como el volumen del piano, a tapa abierta, sumándole una pedalización no siempre «bien aplicada» cuando se ejecuta a Bach, ocultaron el sonido delicado del Stradivarius «ex-Sancy» (1713) de Daniel Lozakovich. Está claro que no se buscan interpretaciones hoy llamadas «históricamente informadas» y el acercamiento a ambas sonatas tuvo más de románticas que de barrocas por matices, dinámicas y hasta los tempi que resultaron más audibles (y sentidos) en los lentos que en los rápidos. Las dos sonatas de «los dos D» no me convencieron y hasta bromeé con mandarlos al purgatorio musical, pues tampoco se notó unidad expresiva ni buena química, como si el exceso de sal estropease los ingredientes para esta primera parte. Y es que volviendo al análisis que mi querido Paco Pantín escuchándolas parecieron muy alejadas del espíritu bachiano, aunque siempre sobrevuele:

«La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica».

La primera en si menor, lejana al diálogo y con una expresividad entendida desde unas dinámicas confusas, algo mejor el «aria» y oscuro contrapunto que no pareció inspirarse en la sonoridad organística que tanto gustaba a Bach. De la segunda en mi mayor, como si hubiesen leído mis pensamientos, al menos bajó la presencia del piano para disfrutar de un violín siempre cantabile mientras el teclado intentaba contestar con la misma expresión, pero no hubo la culminación brillante aunque sí rítmica pero desequilibrada entre ambos intérpretes.

En un concierto donde «dos D» interpretaban «dos B», al menos con Beethoven hubo penitencia para sacarlos del purgatorio. La Sonata «Kreutzer» sí encontró entendimiento, intensidad, expresión, diálogos, incluso lo que Pantín disecciona de ella y dejo literalmente a continuación:

«Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata».

Protagonismo bien compartido, verdadero «concierto» para dos con un arranque de Lozakovich poderoso y esta vez «bachiano» (hubiese sido ideal un recital con un pianoforte para este «BB de DD») bien contestado por Fray antes de un Adagio sostenuto intenso, virtuoso por parte de ambos, bien balanceado y matices presentes además de ricos por los contrastes. El Andante con variazioni trajo el auténtico lucimiento de estos dos virtuosos, desde una expresividad bien entendida por estilo y entrega, amplia en sonoridades y dinámicas que desembocaron en el necesario «recogimiento e intimismo» que cita Paco J. Pantín. Y el último movimiento Finale Presto bien dialogado, de ciertas reminiscencias schubertianas (en 1803), y entendido por las «dos D» con el engañoso y original adagio que Beethoven coloca casi para tomar aire antes del cierre: pasajes veloces bien encajados, unidad expresiva, el violín siempre presente capaz de equipararse al piano por momentos «delirante» en ese vértigo que arrancó grandes ovaciones de un público que sin llenar el auditorio, al menos sigue fiel a estas jornadas más allá de la mayor o menor «fama mediática» de los intérpretes.

Dos propinas que no conocía (ni pude escuchar su presentación) pero que bien hubieran ocupado una primera parte (corta aunque llegasen a los doce minutos) más cercanas al estilo de Daniel y David, la primera unas variaciones bien entendidas por ambos, y la segunda más actual demostrando que hay «alta cocina» incluso con ingredientes distintos que no necesitan muchos condimentos si se sirven bien.

P. D.: las propinas fueron el «Andante con variaciones» de la sonata para violín nº 25 de Mozart y el «Preludio y allegro» de Kreisler.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Sonata en si menor, BWV 1014:

Adagio – Allegro – Andante – Allegro

Sonata en mi mayor, BWV 1016:

Adagio – Allegro – Adagio ma non tanto – Allegro

Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Sonata para violín y piano nº 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»:

Adagio sostenuto – Andante con variazioni – Finale. Presto

NOTAS AL PROGRAMA de Francisco J.Pantín:

Evolución ante revolución

La Sonata en Si menor BWV 1014, se inicia con un Adagio en el que el clave presenta sucesiones de terceras y sextas que responden a propuestas del bajo en arpegios- en una retórica de lamento tan afín a los adagios barrocos- que serán repetidas por el violín, estableciendo un diálogo de densa complejidad polifónica y gran intensidad expresiva. El Allegro que le sigue consiste en un largo fugato de marcada energía y fuerza dramática, cambiando la tonalidad a Re mayor en un Andante a modo de aria, con sucesión constante de semicorcheas articuladas a partir de la que ambos instrumentos establecen un diálogo simultáneo en terceras paralelas, culminando la sonata con un Allegro que adopta la forma binaria de una corrente italiana con contrapunto a tres voces y abundante ornamentación.

La Sonata en Mi mayor BWV 1016 se abre con un Adagio, intensa obertura en la que el violín asume el protagonismo melódico a partir de un recitativo prolongado de estilo italianizante y profusamente ornamentado, sobre el acompañamiento a cuatro voces de un teclado que parece imitar la densidad de una orquesta de cuerdas. El Allegro que sigue expone un motivo de gran frescura que es tratado en un contrapunto constante, añadiendo progresiva tensión a un conjunto siempre transparente. El teclado introduce la tonalidad de Do sostenido menor en un Adagio en el que el violín expone una bellísima melodía después encomendada al clave, asumiendo el violín la función de sostén armónico para iniciar ambos instrumentos un diálogo de alta intensidad expresiva, culminando la sonata con un Allegro a tres voces de gran brillantez y fuerza rítmica.

L. van Beethoven. Sonata para violín y piano n.o 9 en la mayor, op. 47, «Kreutzer»
Escrita entre 1802-1803, supone un avance definitivo con respecto a las anteriores, como se desprende del título “Sonata para piano y violín obligado, escrita en un estilo muy concertante, casi como un concierto” lo que puede dar una idea del fuerte componente virtuosístico que ilumina la concepción de esta importante obra, seguramente la que más ha trascendido a través de la historia y la única de las 10 sonatas dedicadas por Beethoven a un violinista de fama internacional como Rodolphe Kreutzer, que sin embargo nunca interpretó la pieza, rechazándola por su complejidad excesiva. Fue de hecho el violinista inglés George Bridgetower el encargado de su estreno y él hubiera sido el destinatario de la dedicatoria de no haberse producido un desencuentro posterior con Beethoven.

A pesar de su extensión considerable, la sonata consta tan solo de 3 partes, con un primer movimiento de imponente concepción sinfónica que se abre con cuatro compases a solo del violín a los que el piano responde, iniciando un diálogo que generará una larga introducción, comenzando la sonata propiamente dicha con un presto en el que desde el primer momento se impondrá la tonalidad menor en la que se desenvolverá el movimiento en medio de un intenso fragor emocional e inusitado despliegue virtuosístico cuyo protagonismo ambos instrumentos parecen disputarse.

El segundo movimiento es un Andante con 4 variaciones y una coda. Las dos primeras variaciones inciden sobre el desarrollo ornamental, con protagonismo alternativo en el lucimiento técnico de los respectivos instrumentos, derivando a un clima más sombrío en la tercera variación, en modo menor y que se aleja significativamente del espíritu de un tema que retorna en una cuarta variación en la que la escritura ornamental vuelve a ser protagonista, esta vez con virtuosismo compartido, desembocando en una coda final de mayor recogimiento e intimismo.

Culmina la obra con un presto a modo de tarantela obsesiva que arranca tras un largo acorde que parece volver a anunciar el clima de la introducción para inmediatamente iniciar un contrapunto apretado entre los dos protagonistas, en una cabalgada obsesiva de fuerza delirante y ritmo vertiginoso inagotable tan solo interrumpida por un episodio en adagio que aparece por dos veces antes de la coda que cierra la sonata.

Impacto ruso

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Viernes 16 de enero, 20:00 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Abono 5, LA ORILLA RUSA: OSPA, Federico Colli (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Rachmaninov y Shostakóvich.

El solista previsto inicialmente, Behzod Abduraimov, no pudo participar en este concierto por motivos médicos, siendo sustituido por el italiano Federico Colli en el siempre complicado y exigente “tercero” de Rachmaninov, y agradeciendo su disponibilidad para incorporarse a este quinto de abono con dos miradas muy distintas del universo musical ruso. Un concierto para disfrutar de la música del siglo XX con dos compositores que sufrieron en carne propia los avatares de una Unión Soviética que sigue siendo patria de grandes músicos, bien «presentados» por el maestro Coelho en el encuentro previo en compañía de Fernando Zorita, y que nos hablaría igualmente del segundo al inicio de la segunda parte.

Con una entrada mejor que en los últimos abonos, este primero del año volvió a confirmar el dicho de que «no hay quinto malo» y no en el sentido taurino sino por la solvencia, magnitud e impacto tanto musical como emocional con dos rusos cercanos en el tiempo pero tan distintos, que el titular portugués al frente de una OSPA verdaderamente entregada y cómoda pese a la complejidad, mostraron lo mejor de la orquesta asturiana que va siendo hora de exportar su calidad y hacerlo saber a los cuatro vientos, pues si el día anterior hubo una entrada a rebosar con una solista de fama mundial y una formación con historia, esta vuelta vacacional nos ha traído a la orquesta reforzada y vitalista, con un pianista impresionante como el italiano Federico Colli que sacó del Steinway© del auditorio más riqueza que la china, sumándole una sinfónica poderosa, sutil, segura, con primeros atriles magníficos, todas las secciones impecables y un concertino invitado como Pablo Suárez Calero al que tendríamos que fichar urgentemente porque necesitamos un «segundo de a bordo» como agua de mayo.

La vida de Rachaminov es para conocerla a fondo, incluso leí alguna vez que le apodaron como «el Chopin de Broadway» durante su estancia en Nueva York, al ser el último romántico tanto por sus composiciones, como virtuoso del piano, lleno de altibajos emocionales de los que siempre le costaba salir, y tras el éxito de su segundo concierto para piano (archiconocido y utilizado en muchas películas), el tercero de proporciones mucho mayores así como una factura pianística especialmente cargada, le hace uno de los «más peligrosos» del repertorio y un verdadero «concierto para elefantes» (el propio compositor utilizó esta expresión tras escuchar al pianista Vladimir Horowitz interpretar la obra de manera magistral, y según Horowitz, el compositor dijo: «¡Yo la escribí para elefantes!» (en ruso, refiriéndose a que es una obra para «pesos pesados» o grandes virtuosos, no necesariamente por torpeza, sino por la gran fuerza y magnitud que requiere). Escrito en el verano de 1909 en su primera gira por los EEUU, y contemporáneo de La Isla de los Muertos, se estrenó con el propio compositor al piano el 28 de noviembre de 1909 bajo la dirección de Walter Dammrosch, pero no alcanzó tanta fama (Mahler por su parte sí comprendió la magnitud de este tercero que dirigió en la premiere con la Filarmónica de Nueva York tal día como hoy hace 116 años) también con el compositor de solista). Personalmente me gusta más que el segundo y este tercero también tiene en la película «Shine» (1996) su propia intrahistoria basada en la vida del australiano David Helfgott (19 de mayo de 1947), un niño prodigio redescubierto muchos años después.

Alberto Martín Entrialgo en las notas al programa escribe: «Según cuenta el New York Herald, aunque el público pretendía que Rachmaninov ofreciera algunos bises, éste se negó haciendo gestos con las manos sugiriendo que, debido a la dificultad del concierto, sus dedos no se lo permitirían. El periódico The Sun, sin embargo, criticó la larga duración del concierto y la falta de contraste armónico y rítmico. La obra sigue el esquema tradicional del concierto en tres movimientos: rápido-lento-rápido». Nuno Coelho ya nos avanzó cómo debía subrayar y «sacar a flote» lo importante dentro de la masa orquestal, además de la necesaria concertación con el solista, y doy fe que la interpretación resultó impactante.

En el Allegro ma non tanto el primer tema, de engañosa sencillez, fue jugando entre la brillante ornamentación mientras el segundo con la orquesta fue de un lirismo que intensificó el pianista italiano, de dedos prodigiosos, sonido limpio y musicalidad a raudales. Los amplios reguladores entre orquesta y solista, perfectamente marcados desde el podio, fueron ejecutados con delicada grandeza, con una primera cadenza para saborear melódica y rítmicamente bien contestada tras la posterior entrada orquestal y una coda casi vaporosa. El  Intermezzo tiene la magia y la firma inconfundible del ruso, juego de texturas orquestales bien «sacadas a la luz» por el director portuense y delicadas por el italiano en el piano antes del «tumulto» que se encadena con el Finale poderoso y rítmico, unos agudos del piano cristalinos, el regreso de los dos temas del Allegro inicial, vitales y virtuosos por parte de Colli con una concertación siempre respetuosa con él en la batuta y el balance perfecto de una OSPA sin tacha, con algunos «cambios» en los principales de plantilla perfectamente asumidos por los coprincipales.

La emoción tras el «tercero» de lágrimas contenidas, nos dejó la propina con el permiso para derramarlas en la versión del propio Federico Colli del «Lascia ch’io pianga» (Händel): íntima, interiorizada y logrando un sepulcral silencio de nuevo con una sonoridad única en el Steinway© ovetense que pareció otro.

Hace tiempo que comento lo bien que le sientan a nuestra OSPA los rusos, y si la primera parte lo confirmó, Shostakovich es otro reto para toda sinfónica, y es que el enorme trabajo del titular portugués saca de «su orquesta» lo mejor de ella, pues se nota que hay mucho estudio en cada partitura que coloca en el atril, y la última sinfonía del ruso demostró el excelente estado de salud de una orquesta que brilló de principio a fin, compacta, matizada, brillante, segura, disfrutando y contagiando tanto talento sobre el papel que toma forma en el irrepetible directo. De mi particular discografía no quiero dejar de reflejar la integral de Haintink con la LPO (más otra con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam en una de las colecciones editadas hace años por Salvat).

La Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 (1971) es un verdadero testamento del ruso en su larga enfermedad de sus últimos años. Estrenada el 8 de enero de 1972 en la Gran Sala de la Universidad de Moscú, interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Radio y Televisión de la URSS dirigida por su hijo Maxim Shostakovich, es una obra que nunca se desentraña pese al estudio riguroso y la abundante literatura especializada sobre ella, y así nos lo contó primero, y la hizo sonar después, Nuno Coelho: dudas y preguntas sin respuesta porque cada uno de los cuatro movimientos esconde muchos enigmas, no siempre reconocibles por mucho que se investigue. Parece que en conjunto la idea del «camarada Dmitri» es una evocación de la propia vida donde no faltan pasajes meditativos y guiños al pasado, citas al Guillermo Tell rossinano o la maldición del Tristán wagneriano, también autocitas (Sinfonía Leningrado) y hasta el «prohibido» dodecafonismo del régimen perfectamente «escondido» en distintos momentos. En la web de la Filarmónica de Los Ángeles siempre encuentro referencias interesantes, y de esta despedida sinfónica de Shostakovich apunta en la misma dirección que nuestro maestro portugués:

«De todos los compositores del siglo XX, de ninguno es más cierto decir que cuanto más sabemos, menos conocemos. Hemos aprendido mucho sobre Shostakovich desde su muerte en 1975, gracias a los recuerdos de sus amigos, a las cartas y documentos, a su ahora desacreditada autobiografía Testimonio, y a nuestro conocimiento más profundo de la vida en la Unión Soviética. Lo que queda claro es que para cualquier artista bajo el régimen de Stalin la habilidad más preciada era la de disimular. Para Shostakovich, que era extraordinariamente tímido y odiaba aparecer en público, se convirtió en una segunda naturaleza guardar sus pensamientos para sí mismo, jugar sus cartas con la mayor circunspección, mentir cuando era necesario y elegir sus amigos con cuidado. Un compositor en tales circunstancias tiene la bendición de su propia música, que puede expresar exactamente lo que quiere sin tener que explicar su significado a nadie. ¿Quién puede decir de qué trata su música? ¿Cómo podemos saber que las pistas y explicaciones que el compositor dio son la verdad? Al igual que Beethoven, Shostakovich tenía un dominio tan supremo de su oficio que podía hacer creer a su público un mensaje y luego (quizás) entregar otro diferente. ¿O tal vez el mismo?»

La orquestación de esta última sinfonía es inmensa, con una cuerda abundante (14-12-10-9-6) para la ocasión, maderas a dos (con piccolo, flautas, oboes, clarinetes, fagotes), metales (4 trompas, 3 trompetas, 3 trombones y tuba), timbales junto a una amplísima percusión (bombo, platillos, glockenspiel, caja, redoblante, tam-tam, triángulo, vibráfono, látigo, temple block, xilófono…), más celesta, un verdadero trabajo impagable de toda la sección (me encantó ver a Miguel Pérez Rivero que forma parte del Ateneo Musical de Mieres), pero con pocos momentos de tutti, donde destaca el tratamiento casi camerístico de las distintas secciones para poder degustar la calidad de todos los primeros atriles y el control dinámico ejercido por un Coelho que supo dónde «apretar», esperando lo tengamos más allá de 2027.

La decimoquinta sinfonía arranca con un Allegretto de reminiscencias de infancia y juguetes con un flautín penetrante y unas trompetas marciales con la melodía de Rossini más el primer protagonismo del concertino invitado, mezcla de optimismo y frescura que adornaría este primer movimiento con unas maderas perfectas. El Adagio resultó coral por unos metales que yo suelo calificar de «orgánicos» ante la sonoridad compacta cercana al órgano romántico, y sombrío por el guiño wagneriano, pero destacando el solo de violonchelo impactante por su hondura y sonoridad desde la escritura dodecafónica más la respuesta del trombón sedoso con el acompañamiento de una tuba alcanzando un empaste ideal. Igual de impecable la participación de la celesta búlgara, el contrabajo y el vibráfono demostrando la calidad de nuestros solistas (tanto de plantilla como los refuerzos), antes del choque de acordes de metales y timbales junto a unos fagotes que enlazaron con el  Allegretto. Apareció el toque irónico de Dmitri con una intervención emotiva del clarinete y unos staccati que Coelho remarcó para sacar a la luz la economía casi camerística de este testamento sinfónico y vital de Shostakovich.

Aún quedaba el larguísimo  Adagio final donde resuena «la maldición» wagneriana en unos metales con sordina nuevamente bien empastados y tímbrica perfecta. Los violines atacaron el Allegretto cantarines, incluso populares aunque no sepamos desentrañar el hermetismo, pero los matices, llevados a los extremos sin buscar el efectismo, demostraron la sintonía entre orquesta y podio respondiendo a cada gesto, a una batuta siempre precisa y la mano izquierda mandando. La «firma» de Shostakovich son esos ascensos vertiginosos a las tres « y un rápido decrescendo que nos hace sentir cual montaña rusa sinfónica. Los arabescos de la celesta o la maravillosa flauta con una cuerda tenida haciendo de colchón sonoro, nos llevaron a esa ‘última duda’ con las notas LA y MI etéreas sin concretar hasta que aparece el DO sostenido en la percusión que resuelve la tonalidad de la sinfonía con esa serenidad casi infantil del inicio, y un Coelho manteniendo los brazos en alto junto a los músicos «congelados» desde la magia del largo silencio final, antes de la merecida y calurosa ovación de un público tan emocionado como los propios intérpretes en otra noche para el recuerdo.

PROGRAMA:

SERGUÉI RACHMANINOV (1873 – 1943);

Concierto para piano nº 3 en re menor, op. 30 (1909):

I. Allegro ma non tanto – II. Intermezzo – III. Finale

DMITRI SHOSTAKÓVICH (1906 – 1975):

Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 ( 1971):

I. Allegretto
II. Adagio
III. Allegretto
IV. Adagio – Allegretto

PD: a la memoria de V. Atapin

La madurez de Yuja Wang

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Jueves 17 de enero, 19:30 h. Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Yuja Wang (piano), Mahler Chamber Orchestra, Matthew Truscott (concertino), Fabien Gabel (director). Obras de Stravinsky, György Ligeti, Mozart y Chopin. Fotos de Pablo Piquero y propias.

Cada visita a Oviedo de la pianista china, afincada en Nueva York, Yuja Wang (Pekín, 1987) es un espectáculo desde su primer concierto en solitario allá por diciembre de 2009 (con algún comentario «fuera de lugar») y su vuelta en febrero de 2015. Aún he tenido la suerte de volver a escucharla en el Festival de Granada de 2023 con la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo dirigida por Gustavo Gimeno, así que puedo presumir de comprobar su progreso acercándose a unos 39 años ya maduros en el universo de las 88 teclas en el que lleva desde su infancia.

Más allá de una imagen y un protagonismo en las redes sociales (RRSS) que vende y mucho, con un lleno de los históricos en un auditorio caldeado en todos los sentidos, la aportación de la china Wang al mundo del piano sigue siendo interesante y alejada de otros compatriotas donde solo parece importar el virtuosismo, que es necesario pero nunca suficiente. Y las obras elegidas para este regreso a “La Viena española” con la Mahler Chamber Orchestra (MCO) ha vuelto a demostrarnos que la artista afincada en NY nunca apuesta sobre lo seguro al dejarnos el famoso primero de Chopin junto al nada programado de Ligeti, que supone seguir ampliando su vasto repertorio.

En esta gira española de Wang y la MCO que arrancaba el día antes en el Palau de la Música Catalana, Oviedo sigue estando en el mapa, parada antes de Donosti y el salto a las Islas Canarias dentro de su Festival, con un programa lo suficientemente ensayado, por lo que hay que calificar de éxito rotundo tanto por las obras como por la respuesta de un público rendido a Wang, que desde Barcelona comentaban en las RRSS: «Puro virtuoso, elegancia y magnetismo. Ayer (…) la gran Yuja Wang y la Mahler Chamber Orchestra realizaron el desafiante ‘Concierto para piano’ de Ligeti, una obra de extrema complejidad, llena de ritmos irregulares y fascinantes texturas. Completaron la velada con el refinamiento neoclásico de la ‘Pulcinella Suite’ de Stravinsky, una selección del ‘Idomeneo’ de Mozart y el puro lirismo del ‘Concierto para piano nº 1’ de Chopin bajo la dirección de Fabien Gabel. ¡Otra noche de contrastes para recordar con entradas agotadas!». Se podría suscribir literalmente para este tercer jueves de enero en Oviedo.

La MSO también regresaba a Oviedo ocho años después tras un recordado Mozart con Mitsuko Uchida, y el genio de Salzburgo no faltaría esta vez, abriendo la segunda parte con dos números (I. Chaconne y II. Pas seul) del ballet de «Idomeneo», K. 367, mostrando sus mejores cualidades con una plantilla ideal, equilibrada, muy bien empastada en todas las secciones, con unas trompas aterciopeladas y siempre seguras, comandada la cuerda por el concertino Matthew Truscott y con Fabien Gabel (París, 1975) de estilo elegante, gesto claro y preciso, en un «clásico» donde esta orquesta con sede en Berlín y fundada por Abbado en 1997, es verdaderamente un «colectivo global» al que denominaba como «The Sound of Listening» (El sonido de la escucha).

Muy distinto el Stravinsky que abría la velada con la suite de Pulcinella (1922), K034 desigual, pese a una sección de vientos ejemplar, orgánica pero a la que le faltó «pegada» así como más impulso rítmico por parte de la batuta del parisino.

Gabel no encontró el balance ni equilibrio necesario en esta obra plena de «modernidad» que el ruso escribe en un neoclasicismo único. De cualquier forma estuvo bien ubicarla como preparación al «concierto con piano» de Ligeti donde una formación camerística jugaría con el piano de Yuja Wang (que también tiene en su repertorio los estudios del húngaro), a menudo opacado por unas dinámicas exageradas que también taparon las intervenciones de un concertino que no brilló como hubiésemos deseado.

El Concierto para piano y orquesta, escrito entre 1985 y 1988, supone en palabras del propio Ligeti «un cambio estilístico radical en mi escritura» como bien recoge en las notas al programa mi admirado musicógrafo Luis Suñén, donde el ritmo y las texturas son verdaderos protagonistas, citando de nuevo a mi amigo madrileño, afincado en tierras gallegas: «tomando el concepto de la fotografía, «el grano», según sea el deseo de mayor o menor veladura o densidad de su aspecto, evocando la relación entre píxeles e imágenes en una pantalla de televisión: la ilusión de movimiento es creada por elementos inmóviles». No quiero dejar de reflejar el impecable trabajo de los dos percusionistas que llevan el verdadero peso de este concierto tan sacrificado para ellos (pocas veces lo tocan), aunando color con un piano no siempre protagonista, al que Wang (en su estreno con esta obra) le intentó dotar de mayor presencia pero el director francés Fabien Gabel no «enfocó», más preocupado en no perder la pulsación ni el empuje rítmico que eché de menos en Stravinsky.

Cinco movimientos bien diseccionados por Suñén que explican esta obra tan poco habitual, difícil de escuchar, y provocando las mismas toses que el ruso siempre concita ¡en pleno siglo XXI!, sumándose un teléfono que parecía querer sumarse al «catálogo tímbrico» del húngaro:

«El primer movimiento emerge como una Toccata en la que el ostinato tiene un papel fundamental en su desarrollo. En el segundo, piano y orquesta llegan a una suerte de pacto que en el tercero adoptará la forma de un perfecto equilibrio entre la exactitud del discurso y la expresividad de sus líneas maestras. El cuarto ha sido definido por Pierre-Laurent Aimard como «un ejemplo de la articulación musical del idioma húngaro integrada como parte, a veces aparentemente excéntrica, de un único y sorprendente conjunto». En el polirrítmico quinto, Ligeti somete a piano y orquesta a una suerte de breve y concentrada aventura colectiva en la que sólo se puede llegar al final a través del riesgo: todo pareciera conducir al delirio pero desemboca en la lucidez».

Riesgo interpretativo por parte de todos y esa lucidez final en un muy trabajado además de nada agradecido «concierto con piano» desde la espléndida madurez de la artista china tras un paréntesis con el que afrontar esta nueva etapa donde seguir sumando nuevas obras sin dejar atrás las trabajadas hace años.

La segunda parte tras el aperitivo mozartiano ya comentado, donde Gabel y la MSO nos devolvieron a la escucha activa de todas las secciones, tras la nueva «mudanza» para reubicar el piano nos devolvería a Yuja Wang como solista y directora del Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11 de Chopin.

Cada vez que escucho «el primero de Chopin» (que es el segundo) me viene a la memoria el octavo curso del llamado Grado Profesional de Piano de mi adolescencia donde era obra obligada para los estudiantes, un «tormento» técnico que solo las muchas horas de trabajo alcanzaban a «tocarlo» (interpretarlo sólo con los años y cualidades innatas se logra). Atesoro en mi fonoteca múltiples interpretaciones de todas las épocas, intérpretes o «escuelas pianísticas», y no es habitual que el solista también dirija, aunque es una práctica que comienza a ser más «normal» entendiéndolo como «búsqueda del control total» y la verdadera colaboración de todos los músicos en otro ejercicio de «escucha colectiva» que con formaciones como la MSO se alcanza y es difícil no aceptarlo hoy en día.

Con cambio de vestuario tras el de la primera parte, un vestido que la pianista china pisaba al caminar, la entrada en pie entre la banqueta y el piano solo sirvió para marcar  el «tempo» del Allegro maestoso, bien delineado por la solista y mejor contestado por la orquesta, con una amplia gama de matices donde los pianissimi casi cortaban el aire y los forte esta vez estuvieron perfectamente balanceados (la complicidad con el concertino sí funcionó). Sonido limpio, control total del pedal con los ya conocidos stilettos «Louboutin» de Wang que tiene cogido el «punto exacto», más una visión con pocos rubati que favorecieron el encaje sonoro sin perder nunca el romanticismo del polaco.

Más profundo resultó el Romanze: Larghetto, sin prisas, paladeando piano y orquesta, diálogos bien medidos con un fagot impecable, sonido cristalino del piano y una orquesta «ideal» para este Chopin atemporal. Y de nuevo marcando el aire preciso para el Rondo: Vivace final, el torbellino chino ahora jugando con el tempo, los rubatos siempre intrínsecos al polaco, las agilidades y fraseos de todos, la intención interpretativa bien entendida demostrando cuánta música atesora la pianista china de un virtuosismo plegado a la expresión pura.

Aplausos y vítores que tras dos conciertos tan distintos y exigentes, nos dejó de regalo el Vals en do sostenido menor, op. 64 nº 2 del Chopin bien entendido e interiorizado, lección de buen gusto, matices, rubato, madurez con emociones que transmitieron otra noche para el recuerdo de estas Jornadas de Piano que llevan el nombre de «Luis G. Iberni» que seguro hubiese disfrutado como todos, y siguen trayendo a Oviedo lo mejor del panorama actual, donde Yuja Wang está en él por méritos propios.

PROGRAMA

I

Igor Stravinsky (1882-1971):

Pulcinella (suite), K034:

I. Sinfonía / II. Serenata / III. Scherzino – Allegretto – Andantino / IV. Tarantella / V. Toccata / VI. Gavotta (con dos variaciones) / VII. Vivo / VIII. Minuetto – Finale.

György Ligeti (1923-2006):

Concierto para piano y orquesta:

I. Vivace molto ritmico e preciso / II. Lento e deserto / III. Vivace cantabile / IV. Allegro risoluto / V. Presto luminoso, fluido, constante, sempre molto ritmico.

II

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Música de ballet de «Idomeneo», K. 367 (selección)

I. Chaconne / II. Pas seul

Frédéric Chopin (1810-1849):

Concierto para piano nº 1 en mi menor, op. 11:

I. Allegro maestoso / II. Romanze: Larghetto / III. Rondo: Vivace

Benditas irreverencias

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Miércoles 14 de enero, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Concierto 2.099 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo (año 120): “Una Suite española”. Rosa Torres-Pardo y La Jose (piano y cante). Obras de Granados, Albéniz, FallaGarcía Lorca Sefarad.

Si nuestros grandes compositores se inspiraron en el folklore y la canción popular, se agradece revisar (o devolver) los originales a las fuentes con todo el respeto a ellos desde el profundo conocimiento de las partituras. Y la madrileña Rosa Torres-Pardo (1960) volvía a visitar desde su larga trayectoria interpretando a Granados, Falla o Albéniz (su Iberia la tengo en mi discoteca) en colaboración con una cantaora como ya disfruté en la sociedad hermana de Gijón en mayo de 2018 junto a Rocío Márquez y los poemas recitados por Luis García Montero -esta vez sólo uno pero sin el poeta granadino– y cantando La Jose (Alicante, 1983), una artista «como la copa de un pino» que además estrenaban en España (el absoluto tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Münich, prosiguiendo por Viena y Sofía el pasado año) este espectáculo que va más allá del mestizaje entre lo popular y lo clásico, «una bendita irreverencia» como la calificaron ambas, una actualización de lo mejor que tenemos en el patrimonio musical hispano, y que además nos sirvió para inaugurar los 150 años del nacimiento del Tito Manuel como lo presentaron en la primera de las dos propinas.

El programa se organizaba en cuatro bloques, similares al «Desconcierto para piano y voz» que sigue igual de fresco y actual, donde volver a disfrutar del magisterio pianísitico de Torres-Pardo tanto en la versiones originales como en su visión acompañando y plegándose a la voz natural de Josefa, Josefina o directamente La Jose, una cantaora alicantina afincada en Madrid, hija de gitano y paya que muchos recordarán por su paso en el televisivo concurso «La Voz», esta vez en un maridaje lleno de «pellizco» culto al que sólo cabría la expresión «¡Qué arte!», y muy bien amplificada, discretamente para no perder el equilibrio necesario con un piano a tumba abierta siempre respetuoso con la voz, a quien se la ha calificado de «torbellino, verdad y garra».

La pianista arrancaba en solitario Granados con La maja y el ruiseñor que daba paso al cante de unas canciones donde la naturalidad de la voz sumándole los ornamentos tan de la copla flamenca engrandecían estas páginas Goyescas llenas de gracia, salero, dramatismo y hondura. Primer bloque que arrancó ovaciones de un público menos habituado a estos recitales pero que valora la calidad así como la apuesta de los programadores por estas propuestas que buscan nuevos públicos, y que los declarados «omnívoros musicales» seguimos apreciando.

La Lorquiana es una selección muy bien engarzada por la pianista que comienza con Almería de Albéniz  para ir modulando hacia el cante de La Jose que va enhebrando El vito, el Zorongo de Federico, la Jota de Falla, El Corpus original que va transitando tonalidades e incluyendo el canto de una saeta de cortar la respiración, La tarara que el propio Albéniz ubica en la Sevilla florida, una Soleá donde el piano eleva la guitarra al séptimo cielo, para arrullarnos con la Nana convirtiendo el negro mantón en bebé imaginado. Y enlazaría la maestra madrileña el Tango de Albéniz con el recitado de «Iberia, el sur del sur» del poeta granadino, tan presente como sentido.

La cantaora tiene un timbre propio y una expresividad no solo con su voz, baila, palmea, jalea, chasquea los dedos y se entrega desde un poderío pleno de amplísima tesitura siempre añadiendo su toque personal a cada obra. Y como bien presentaron al alimón, las tres melodías de «Sefarad» cantadas en ladino con la voz de la alicantina son una joya que brilla aún más por la elección por parte de la pianista de Córdoba y Jerez de Albéniz mostrando no ya el conocimiento de los originales a los que es capaz de «recocinar» y darles el tono adecuado (como en El Corpus), revestirlas e incluso hacerle el dúo en La Serena que resultó nuevamente hondo, sentido y bien construido por este tándem que aúna generaciones, estilos y musicalidad a borbotones.

Y no hubo mejor homenaje al gaditano que ese acercamiento a «El amor brujo» (que me recordó a Lole y Manuel), la Introducción en un piano orquestal,  la Canción del amor dolido llena de verdadero embrujo, la sonoridad bien lograda que culminaría en una Danza del fuego donde Rosa Torres-Pardo jugó desde la candela mínima a la hoguera resplandeciente, insuflando aire para avivar el rescoldo hasta la llamarada, arrancando una inmensa ovación por la pasión, interrumpiendo el último fuego fatuo donde La Jose aportó personalidad a una página que personalmente siempre aposté por voces menos líricas y plegadas al original de Falla (desde la irrepetible Rocío Jurado en la película de Saura, a Estrella Morente o Marina Heredia, pasando por Carmen Linares o las más cercanas por estilo de Pastora Soler o Diana Navarro). Cante y piano que elevaron lo flamenco a la canción de concierto internacional.

Propina igualmente «de raíz» con El paño moruno clásico al piano madrileño, tan natural como popular y flamenco transportado para la voz alicantina, mestizaje y devolución al folklore (como lo fue la Nana) y que sería interesante escuchar las Siete canciones populares españolas por este dúo que al menos prometió Volver cantándonos más que el tango gardeliano, de recuerdo almodovariano con otra gran voz como la ya famosa Rosalía, un guiño más de esta Suite (por fusión o mestizaje) que Torres-Pardo con La Jose llevaron a su estilo, invitando a cantar al respetable que fue imposible seguirles, prefiriendo disfrutarlas solas.

PROGRAMA:

«Una Suite española»

GOYESCAS:

La maja y el ruiseñor

La maja de Goya

El majo tímido

El tralalá y el punteado

Majas dolorosas II y III

LORQUIANA:

Selección de Iberia, de Albéniz y canciones populares de García Lorca (Almería – El vito – Zorongo – Jota – El Corpus Christi en Sevila – La tarara – Soleá – Nana)

Tango de Albéniz / Texto “Iberia, el sur del sur» de L. GarcíaMontero)

SEFARAD:

Los Bilbilicos

Morenika

La Serena

EL AMOR BRUJO:

Introducción

Canción del amor dolido

Danza del terror

Romance del pescador

Danza del fuego

Canción del Fuego Fatuo

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:

Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es seguir pasando hojas del calendario aunque la gripe y el «bicho» del Covid n quieren abandonarnos.

Musicalmente, y a la vista de cómo está el mundo lleno de odio, guerras, genocidios y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música posible, a ser posible en PAZ, aunque sé que la salud es el mejor regalo en estos tiempos.

Sin necesidad de aniversarios (que en 2026 hay muchos para celebrar), como todo los años, que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, y la de la Fundación Filarmónica de Oviedo recién nacida tras la «degollada» Universitaria), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas y chicos de hierro, jóvenes pétreos y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también alguna escolanía -la Escolanía de Covadonga -la han «desaparecido»- como la luchadora heredera de San Salvador… que sigue recordando a Don Alfredo), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.
Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, ya que se ha despedido de la OCRTVE, agradeciéndoles que le dieron una orquesta en Tenerife y continúa siendo invitado en las de medio mundo. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues llevamos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha. Darles las gracias porque nos han traído a un nuevo gerente.
Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles mucho trabajo para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (que llevan años mereciéndolo), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando desde casa, actuando solos, en otros ensembles, y especialmente en «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo.
También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes como Mario Bernardo o Noelia Rodiles, a Martín García o Henar F. Clavel que siguen creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2026.
Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (que este pasado año sigue igual de fructíferoy Gabriel Ordás (que sigue en USA con sus estudios y componiendo nuevas obras), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en mi carta del 2025. Gracias señorías…
Y por mantener la ilusión, aunque como decía mi madre «parece que te hizo la boca un fraile» (?), continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias de contratación… saben de sobra que la Cultura ha demostrado resultar la mejor inversión en tiempos difíciles.
De mis violinistas favoritos, que se van haciendo mayores, siguen trabajando. Gracias por traernos desde Bélgica a Valencia a Don Ignacio Rodríguez, y a María Ovín que continúa en la OSPA con el mejor regalo de su reciente maternidad. Que sigan creciendo como personas y artistas, deseándoles que continúen sus éxitos.
Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2026 con mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo aunque no tanto su agenda. Al menos ha estrenado la ópera Faycán, y retornará a nuestro Campoamor con Maharajá, que nos enamoró en 2017. Sigo pidiendo la lleven al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa, pero recordándoles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla. Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero haciendo caso a mi mamá, que creo está con ustedes, vale ya de pedir… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.
A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que los envíos llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).
Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalásteis su presidencia en junio de 2018 y ahí seguimos, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2025, esperando ver crecer más su Banda Sinfónica y en un nuevo año acertemos con los dos directores que además «son de casa». Poder mantener el mismo nivel tras casi ocho años sin parar, con ganas de seguir con nuestros «13 Reyes 2.0» que tantas alegrías nos lleva dando junto a los «Toroyos hermanos», y llevando su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no nos faltan.
A propósito, de la música en la educación, tras cuatro cursos fuera de ella, ya ni les pido como el chiste «me quede como estoy» pues sigo comprobando que lo que hay que mejorar son los políticos, y eso no lo arregla ni un milagro. Ya está aquí la generación de ignorantes digitales y adictos al móvil, aunque mantengo la esperanza (es lo último que se pierde) de alcanzar un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan) utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso y los eléctricos no tienen autonomía suficiente para un viaje tan largo)… El regalo del ascenso de «el mi Oviedín» ha sido lo mejor del año pasado tras 24 años esperando con mi papá que seguro saltó de alegría con ustedes. Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2026.
Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Lorca en el CIMCO

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Jueves 18 de diciembre, 19:30. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. CIMCO, “Lorquiana”. Ana María Valderrama, violín – David Kadouch, piano – Cris Puertas, actriz. Obras de: Poulenc, A. Terzian, Debussy, Falla y García Lorca.

(Reseña rápida escrita desde el el teléfono para LNE de viernes 19,  con el añadido de fotos propias, los enlaces –links– enriquecedores, y la tipografía más colores que la prensa no refleja)

Clausura de la actual edición del Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) con el dúo que forman la violinista madrileña Ana María Valderrama y el pianista francés David Kadouch, con un programa en torno a la figura de Federico García Lorca, que ya pude disfrutar en Granada durante el último Festival Internacional de Música y Danza. Su repertorio ya lo han llevado igualmente al disco (que vendían al finalizar el recital), y por el que han recibido el galardón al mejor álbum de música clásica en 2024 por la Academia de la Música Española.

Tras la presentación de Cristina Gestido, la velada se abriría con la «Sonata para violín» FP 119 de Poulenc, gran admirador de Lorca y dedicatario de la misma, intensa, evocadora, lunática llena de luz como el poema interpelado por Cris Puertas.

De la argentina Alicia Terzian (Córdoba, 1 de julio de 1934) llegaron aires tan franceses como los porteños, dos de los «Tres retratos» del Libro de Canciones de Lorca, canto y piano -1954/6-  («Verlaine» y «Debussy»), compenetración musical y poética más allá de las palabras, eterno universo lorquiano.

Seguimos afrancesados y cosmopolitas con el Debussy de su «Sonata para violín y piano» en tres movimientos y poesía interpretada, la luciérnaga de Lorca viva en el verso iluminado por Valderrama y Kadouch, colores caleidoscópicos; acequia, ranas o estrellas protagonistas vestidas de pentagramas a dúo con el fluido impresionismo musical teñido de cante y encanto (Fantasque et léger) reconocido desde postales enviadas a D. Claudio en maravillosa interpretación plena de complicidades.

Lorca, Granada y Falla, terna indivisible como la poesía y el canto de violín y piano, campanas de amanecer en Granada, ímpetus y sonoridades grandiosas canalizados en el arreglo de Kreisler sobre la «Danza española» de La vida breve, con un impresionante despliegue técnico y toda la hondura nazarí.

Breve pausa antes del homenaje y protagonismo absoluto de Federico, músico antes que poeta, con cinco de sus canciones populares por él armonizadas, en espléndido arreglo muy actual de Alberto Martín Díaz junto a la palabra proyectada en la piedra: «Nana de Sevilla«, «Los reyes de la baraja«,  «Zorongo«, «Las tres hojas» y «Las morillas de Jaén», más el regalo de “Los cuatro muleros”. Lírica popular sin palabras, sin voz o guitarra pero con el mismo canto sentido del violín y el piano que nos hicieron “tararear” en silencio junto a estos dos intérpretes inmensos de talla universal… Lorquianos eternamente.

PROGRAMA:

F. POULENC: Sonata para violín, FP 119 (dedicada a F. García Lorca)

I. Allegro con fuoco

II. Intermezzo

III. Presto tragico

ALICIA TERZIAN: Tres retratos (selección)

I. Verlaine

II. Debussy

C. DEBUSSY: Sonata para violín

I. Allegro vivo

II. Intermède. Fantasque et léger

III. Finale. Très animé

M. DE FALLA: La vida breve: Danza (Arr. F. Kreisler)

F. GARCÍA LORCA: Selección de canciones (Arr. Alberto Martín)

I. Nana de Sevilla

II. Los reyes de la baraja

III. Zorongo

IV. Las tres hojas

V. Las morillas de Jaén

VI. Los cuatro muleros

Un enigma que no Falla

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Jueves 11 de diciembre, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Lucas Debargue (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director), Sofía Martínez Villar (narradora). “Música y enigma II”, obras de Òscar Colomina i Bosch, Ravel y Falla.

Vamos cerrando este año tan musical y volvían las Jornadas de Piano con la OFil y su titular junto al tocayo francés Lucas Debargue (Villers-sur-Coudun, 1990), a quien ya disfrutamos hace ocho años en este mismo ciclo sustituyendo a Martha Argerich, y este jueves recuperando formato de concierto narrado por Sofía Martínez Villar (y autora de las notas al programa que esta vez titula «Evolución ante revolución» para esta segunda edición de «Música y enigma») en la misma línea del que tuvo lugar en mayo pasado, una fórmula didáctica que si entonces gozó de mi aprobación, de nuevo resultó positiva para un público que debe ir renovándose y así se pudo comprobar este jueves (con una sesión matinal para escolares y distintos colectivos  de discapacitados que me consta disfrutaron con este nuevo Enigma que no falla).

The Styx (La Estigia) del director y compositor valenciano Òscar Colomina i Bosch (1977) se estrenó por la Orquesta de València y Baldur Brönnimann en septiembre de 2024, primera de una serie de Mitos para orquesta que exploran tradiciones mitológicas en las que el agua es un elemento central en el paso entre la vida y la muerte. Actualmente está trabajando en la segunda parte de esta serie (tal y como refleja en su web) Pozos del Olvido, comisionada por la Orquesta Sinfónica de TenerifeThe Styx toma como punto de partida el río mitológico que separa los mundos de los vivos y los muertos, evocado en un mundo sonoro descrito por la crítica como «preciso pero fluido», «sugestivo y emocionalmente resonante» y lleno de «paisajes extraños e incorpóreos».

Poco antes de comenzar el concierto me llegaba la triste noticia de la muerte de mi querido Misael Campo tras una dura lucha donde fue ejemplo de resilencia y amor por la música que con tantos colombianos y habanos disfrutamos, así que  escuchar este cruce de la laguna estigia me resultó aún más duro y Caronte fue la obra del valenciano con una OFil sin fisuras para una partitura poderosa, oscura, de amplia instrumentación para vivir con la música un el tránsito que todos haremos pero que nunca deseamos llegue para nuestros seres queridos. La doctora Martínez Villar nos describía en las notas esta «Estigia» definiéndola, la música como símbolo y analizándola:

«La sonoridad grave del inicio, así como el sonido de violines en el agudo, aporta una imagen muy evocadora que remite al enigmático tránsito entre la vida y la muerte. La segunda característica es: la música como narrativa. La forma en la que se desarrolla la obra, mediante grandes terrazas sinfónicas que contrastan y dialogan, genera una sensación muy cinematográfica en la que los instrumentos aparecen y desaparecen como si fueran personajes en un paisaje neblinoso. La tercera es: la conexión emocional. En este tránsito, a través de una línea melódica ininterrumpida en las cuerdas, la obra nos sumerge con sus tensiones armónicas en una permanente sensación de misterio, jugando con las dinámicas más extremas para golpearnos en unos momentos y dejarnos sin aliento en otros».

Sensaciones, emociones y una orquesta siempre dúctil, versátil, madura tras años de trabajo y capaz de afrontar tanto el barroco en el foso como estas obras de nuestro tiempo con un Macías que sabe cómo sacar lo mejor de todos ellos, con la percusión alcanzando a pintar los claroscuros de este cuadro sinfónico. El compositor, presente en la sala, además de saludar al respetable felicitaría una interpretación que a buen seguro le satisfizo. Mi valoración no puedo separarla del estado de ánimo que me dejó un nudo en la garganta.

Celebrando al hispano-francés Maurice Ravel llegaría ese maravilloso Concierto para piano en sol mayor donde su compatriota Debargue supo sacar todos los guiños del compositor en una obra que maneja aires de jazz  en el Allegramante (siempre me viene a la memoria Gershwin), placidez en el Adagio assai central y toda la energía y empuje rítmico del Presto final. El piano sonó siempre en primer plano, lleno de matices, colores resaltados por el arpa de Domené y la celesta virtuosa de Bezrodny, gracias nuevamente una orquesta bien balanceada por Macías, segura sección a sección con una concertación primorosa donde paladear esa escritura única tan buenísima en su instrumentación, de la que The Styx parece haber bebido, siendo el preludio ideal para esta joya de Ravel, que curiosamente nunca fue gran pianista pero dejándonos unas páginas que siguen sonando actuales.

Las notas al programa nos explican que los tres movimientos de este concierto «son un buen ejemplo para descubrir por qué Maurice Ravel se consideraba a sí mismo un compositor de evolución más que un revolucionario. Su música, igual que su personalidad, es una mezcla de sencillez, sofisticación, búsqueda de perfección técnica y sensibilidad con los rasgos musicales de oriente y occidente descubiertos a partir de exposición universal de París (1889). Se mantuvo alejado del lenguaje más rupturista de la vanguardia de su época y siguió utilizando estructuras musicales claras en las que el oído musical se orienta bien, aunque se sienta sorprendido por armonías más disonantes y ritmos irregulares. Todo esto lo vamos a percibir en esta obra fundamental del repertorio para piano que, desde su estreno en 1932, con Marguerite Long como solista y Ravel como director de la Orquesta Lamoureux, no ha dejado de ser interpretada». Y si The Styx me dejaba inquietud, este Ravel pianístico como bien escribe Sofía Martínez, «el resultado sonoro es fascinante ya que al mismo tiempo que sentimos el vértigo del tempo rápido percibimos la seguridad de melodías y armonías muy claras».

Debargue nos regalaría la Sonata en la mayor, K. 208 de «Domingo» Scarlatti impecable por limpieza, riqueza de sonido, intimista, casi romántica y cercana en la interpretación del francés que dejó un buen sabor de boca en este regreso a las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni».

La segunda parte sería mucho más que didáctica, presentada previamente por la pucelana Sofía Martínez Villar, cuyo proyecto «Música y Enigma» desarrollado con la OFil desde la pasada temporada, «nos da la oportunidad de escuchar esta obra de una forma diferente que invita a ir más allá de la escucha mediante una presentación breve y una guía de audición». Así nos ayudó a diferenciar el «Olé gaditano» del «Ole» granaíno, así como conocer el argumento simple (amor y traición) junto a los cuatro personajes del ballet de Falla encargado por Diaghilev más los figurines de Picasso, recordar a María Lejárraga que al fin está saliendo de la sombra y peso de su esposo Gregorio Martínez Sierra

También irían proyectándose las imágenes y textos enriquecedores según iban sonando las dos suites orquestales del gaditano afincado en Granada en las manos de un onubense medio asturiano, descripción de cada uno de los siete números de ambas suites, los motivos, instrumentos, las distintas danzas con sus orígenes e inspiración, morir aprendiendo con evolución antes que revolución. Si hubo algún enigma lo dejo para mis lectores con el simbolismo de la numerología: obras, tricornio y nombres repetidos en este concierto.

Ilustrada por diapositivas proyectadas en grande, primero la Suite nº1 impecable por el gusto, el juego tímbrico, las dinámicas, las intervenciones de los primeros atriles gustándose, «visualizando» el ballet sin necesidad de danzantes porque la música brillaba sola ilustrada por y tras la orquesta. Y la Suite nº2, casi sin pausa y sin aplausos que rompieran la unidad narrativa, una explosión sonora donde la jota final me devolvió a Granada, la «sintonía» en el Palacio de Carlos V que suena como seña de identidad propia de un «Falla que no falla» nunca, el compositor alumno de Pedrell que se sentía español en el extranjero y extranjero en España, pero al menos el tiempo lo ha hecho universal, viviendo (y bebiendo) el París de Ravel pero también de Debussy o Stravinsky. La OFil con Macías nos dejaron una versión sinfónica apta para todos los públicos con una calidad digna de haberse grabado para así poder sumarla a tantas que guardo en mi discoteca, que esta vez sonaron para eMe que seguro estará leyendo estas líneas, con una orquesta compacta y los principales luciéndose todos ellos (de nuevo el lujo al arpa de Domené y las teclas de Bezrodny en una «noche de San Juan» pródiga), pero también del empuje en los timbales y toda la percusión junto a las intervenciones solistas de oboe, clarinete, trompeta o corno inglés, así como destacar las trompas, tuba y toda la cuerda, esta vez comandada por Marina Gurdzhiya, y hasta unos «refuerzos» que se unieron y sumaron a la familia sinfónica para el «Falla que no falla», el nacionalismo que une, pero no unifica, la esencia de nuestra música (y de nuestro día a día)

PROGRAMA:

PRIMERA PARTE

Òscar Colomina i Bosch (1977): The Styx

Maurice Ravel (1875-1937): Concierto para piano y orquesta en sol mayor, M. 83

1. Allegramente

2. Adagio assai

3. Presto

SEGUNDA PARTE

Manuel de Falla (1876-1946): El sombrero de tres picos.

Suite nº 1:

1. La tarde

2. Danza de la molinera

3. El corregidor

4. Las uvas

Suite nº 2:

1. Los vecinos

2. Danza del molinero (Farruca)

3. Danza final

Hipnotismo relajante

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Martes 25 de noviembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 16 del año 2025, 2.096 del año 119: Dúo Cassadó (Damián Martínez Marco, violonchelo – Marta Moll de Alba, piano). Hypnotik, obras de Bach, Kodály, Bloch, Glass y Pärt. Fotos propias y de la web del dúo.

Siempre hay que volver a la música de cámara como continuo aprendizaje para intérpretes y público, esta vez no muy abundante en el teatro de la calle Mendizábal, con el Dúo Cassadó que traía un programa «hipnótico» algo monócromo por las obras elegidas -que no por una iluminación relajante acorde con lo que iríamos escuchando-, y el estilo de una escritura que apuesta por obras de nuestro tiempo capaces de escapar de etiquetas, aunque se hayan calificado de «minimalistas», pero el objetivo de compartir la expresividad de todas ellas con una belleza y reflexiones siempre personales, se alcanzó en la hora abundante de concierto, más aún con la calidad de este dúo formado por Damián Martínez Marco al chelo (a quien ya pude escuchar en Oviedo en agosto de 2015 junto a la OFIL) y el piano de la canaria Marta Moll de Alba, dos intérpretes, divulgadores y docentes de amplia trayectoria. que siguen apostando por el repertorio de nuestros días, y además traían parte del Hypnotik ya grabado para el sello Warner Classics (del que son artistas exclusivos), por lo que el posterior rodaje tras el trabajo previo se notó, y del que el programa de mano -escrito por la pianista- nos cuenta:

«Está concebido como una experiencia personal, nos invita a conectar con lo más íntimo de nosotros mismos. Es un viaje musical en el que se pone de manifiesto la esencia del ser humano y la música minimal desde el barroco hasta nuestros días. La música minimal se asocia a la repetición, al éxtasis y al énfasis. Es un concepto musical donde los sonidos son utilizados en su mínima expresión. La repetición de las frases, la armonía y el pulso constante nos transporta a un universo donde conectamos con nuestra propia esencia».

Pero sería el Bach eterno quien abría programa con la Suite nº 3 BWV 1009 (de la que Martínez Marco ya nos regalase en el concierto antes citado la Courante). Entonces escribía que el inmenso Pau Casals , comentaba desayunarse cada día una de ellas  -«Beethoven es la pasión, Bach es la música completa»-, así que este tercera (cuyo enlace es la interpretación del catalán) nos la tomaríamos como una merienda del antes de compartir el resto del  programa con Marta Moll. Finalizada la escucha del concierto me reafirmo en mantener que Mein Gott es el «Padre de todas las músicas» y su aura se mantuvo en cada obra del programa. El sonido del cellista es rotundo, amplio, de digitación limpia, tempi adecuados y fraseos intensos. Destacar la hermosísima Allemande y la Gigue final con esos aires de gaita que parecen llevarnos al folklore hecho obra de arte.

Vendrían después el húngaro Zoltan Kodály (1882-1967) y su Adagio para cello y piano (1905), del que las notas al programa, dicen: «A lo largo de la historia, el ser humano ha tenido la necesidad de buscar respuestas a los misterios de la vida y los enigmas de la muerte. Gracias a la música podemos transportarnos a otra dimensión». El cello humano que canta arropado por un piano caminando en este viaje interior de El Cassadó, tranquilidad rota como un despertar tras la placidez de esta página donde se pueden intuir reflejos en un agua turbulenta antes de recuperar la respiración y la serenidad.

“La Vida Judía” («Jewish Life») del compositor suizo Ernest Bloch (1880-1959) «está inspirada en los cantos litúrgicos judíos. Es una obra que trata de captar el carácter del alma judía a través de una plegaria, una súplica y una canción judía» y en sus tres «versos» (PrayerSupplicationJewish song) es el cello quien transmite toda la intensidad de los cantos, glissandos o melismas -la «súplica» transmitiendo una sensación de rezo con el piano cristalino sustentando en tierra la espiritualidad contenida- más esa canción judía propia por todo lo que transmite de colorido interior y sonoridades amplias.

Dos compositores vivos y verdaderos iconos del llamado «Minimalismo» que con ellos se hace grande: primero el norteamericano Phillip Glass (Baltimore, Maryland, 1937) y su Metamorphosis Two (1988) para piano solo -de las cinco que la componen- inspirada en la obra literaria homónima de Franz Kafka, esta vez en arreglo para chelo y piano que engrandece esta enorme miniatura con la repetición mantenida en las teclas mientras las cuerdas exploran una melodía que no intuimos dónde nos llevará, registros extremos en ambos instrumentos, revoloteos cual monstruoso moscardón que aumenta las pulsaciones durante este tránsito sonoro hasta nuestras ignotas profundidades.

Este viaje, tal como lo describe Marta Moll, llegará a su destino de la mano del compositor estonio Arvo Pärt (1935) donde Spiegel im Spiegel «habla de un espejo infinito, una experiencia mística donde el tiempo y la eternidad están conectados. El compositor estuvo años sin componer estudiando música antigua y canto gregoriano. Al retornar a la composición su música cambió radicalmente y emergió un universo meditativo y sereno». Si la obra coral de Pärt es un remanso espiritual lleno de complejidades armónicas desde la siempre traicionera y aparente sencillez , esta obra amplía la sonoridad vocal al dúo Martínez Marco y Moll de Alba, luz pianística y cielo con aurora boreal chelística en otra plegaria por la paz tan necesaria en nuestros tiempos.

Y a continuación Fratres (1977), «Hermanos» compuesta para la también estonia orquesta de música antigua Hortus Musica, que pese a no estar en la grabación del dúo para Warner Classics, es «(…) una de las obras más significativas del compositor y nos traslada a un universo místico. Arvo Pärt utiliza el sonido para crear una escucha interna. Compara su música con la luz blanca que contiene todos los colores. Sólo un prisma puede revelar los colores que contiene la propia luz blanca y hacerlos aparecer. Ese prisma es el espíritu de los oyentes», una más de las muchas adaptaciones de esta música sin palabras, siempre luminosa desde el propio sistema compositivo del genio estonio, el Tintinnabuli, como en la anterior, para seguir transitando este viaje sonoro con un dúo bien hermanado que nos llevó a disfrutar de una tarde hipnótica y relajante.

El verdadero final del viaje sería la propina con homenaje, tanto a nuestro Falla (de quien celebraremos el próximo 2026 los  15o años de su nacimiento en Cádiz más los 80 de su muerte en el exilio argentino de Alta Gracia), como a nuestra tierra: esa Asturiana de las «Siete canciones populares españolas» que tantas versiones instrumentales ha tenido, y que personalmente la de chelo con piano es la más cercana a la voz mostrándonos cómo la belleza melódica no necesita de la palabra (la de nuestro Lorca patrio con el tamiz de mi tierrina: «Arriméme a un pino verde / me consoloba«), aunque siempre se enriquezca con la música, el minimalismo antes de definirse e innecesario hoy en día.

PROGRAMA:

J. S. Bach (1685-1750): Suite para violonchelo nº 3, BWV 1009 (Prélude – Allemande – Courante – Bourrées I y II – Sarabande – Gigue).

Zoltan Kodály (1882-1967); Adagio para cello y piano.

Ernest Bloch (1880-1959): From «Jewish Life»: Prayer – Supplication – Jewish song.

Phillip Glass (31 de enero de 1937): Metamorphosis Two.

Arvo Pärt (11 de septiembre de 1935): Spiegel im Spiegel – Fratres.

Tributo al Maestro Dieter

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Domingo 9 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: «For Dieter: The Past and The Future». Benjamin Appl (barítono), James Baillieu (piano). Homenaje a Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012). Recital de lieder.

No se llamó Ben Appl porque su maestro, mentor y amigo fue Dietrich Fischer-Dieskau -como bien nos contaría el propio barítono germano-británico Benjamin Appl (Ratisbona, 1982)- hacéndole la broma quien tuvo un nombre tan largo como su carrera. Este recital fue una clase magistral de este alumno aventajado con junto al piano inconmensurable del sudafricano James Baillieu (1982), reconocimiento de las propias jornadas que se inauguraban este domingo otoñal, por ser tan necesario, o más, en el terreno del lied, donde el protagonismo va en paralelo, al igual que las horas de estudio, para alcanzar la confianza mutua, la complicidad para aunar sentimientos y emociones, más allá de unos textos cuya calidad siempre se eleva al ponerles estas músicas.

Rendir tributo al gran Dieter supone todo un reto, más con el título de «El pasado y el futuro» porque el irrepetible barítono alemán podría haber dicho que «Nada que sea susceptible de ser cantado me es ajeno», aunque todos tengamos claro que en el terreno de la «canción de concierto» sigue siendo el mayor referente, no solo por sus escritos sino por las grabaciones que muchos atesoramos como joyas en nuestras discotecas.

Dos partes donde realizar una biografía humana unida a la musical que Appl nos contó (leída alguna en castellano y el resto en inglés, también su pianista), trufando cada etapa con una sabia elección del repertorio por parte de los dos intérpretes, y que el Maestro ha legado para la eternidad, desde el primer encuentro con el Schubert único, la infancia en Berlín donde poder escuchar obras de su padre Albert y su hermano Klaus (incluido el Nocturno al piano dedicado a su madre), con la poesía de Goethe, el idioma que brillaría a lo largo de esta «Dietertiada» (salvo en Britten). Seguiría el Brahms que primero cantó, alternando con la imprescindible «compañía» de Schubert antes de los tiempos de guerra, duros pero que en Italia le llevaron a cantar a otro de sus ídolos, Hugo Wolf, mientras cepillaba los caballos nerviosos, y a quien comenzó a estudiar en 1946 cuando era prisionero de guerra del ejército estadounidense en Livorno, al sur de Pisa. También el llanto (subrayado al piano) de Tenebrae compuesto por Aribert Reimann (1936-2024), vinculando la Pasión de Cristo y el sufrimiento judío en el Holocausto, que dice en el texto (recogido por José Manuel Viana en las notas): «Apretados, como si / el cuerpo de cada uno de nosotros fuera / tu cuerpo, Señor», tercero de los Fünf Gedichte von Paul Celan (1959-1960), un ciclo dedicado a Fischer-Dieskau por el propio compositor berlinés que bien podría seguir sonando cual oración o plegaria en estos años para Ucrania o Palestina, pues tal parece que no queramos borrar esas heridas que nunca cicatrizan.

No hubo aplausos pero sí entregas como capítulos donde la voz de Benjamin Appl subrayaba cada frase, cada palabra y cada sentimiento, medias voces, apenas un mínimo exceso que James Baillieu acunaba desde el piano, reflexionaba, completaba sin palabras en una sala donde el silencio transmitía ese dolor compartido. Tiempos como prisionero de guerra donde cantar era ahuyentar el mal como el refrán que ya citaba nuestro universal Cervantes («Quien canta su mal espanta»), incluso llevar la opereta «Der Vetter aus Dingsda» a escena: Ich bin nur ein armer Wandergesell (de Eduard Künneke, 1885-1953) antes del regreso a un Berlín devastado por la guerra con Brecht y su Die Heimkehr musicado por Hanns Eisler (1898-1962 ) que me transportaría a los años oscuros por la gravedad, en todas sus acepciones, de Appl, o «la muerte» inspiradora para el noruego Grieg.

Si la primera parte resultó mezcla de nostalgia, sufrimiento, dolor y esperanza, la segunda transitaría por el Brahms de los primeros pasos como cantante, ofrenda fúnebre a la recién fallecida Clara Schumann sobre textos bíblicos, canciones que el barítono alemán ya interpretaba en casa de adolescente y recuperó tras regresar de la cautividad, una inspiración que el hamburgués eleva a la categoría de «lucha por la vida», la misma de Dieter, su primer matrimonio con Irmel, o el feliz encuentro con Gerald Moore en 1952, su colaborador fiel tantos años.

En esta gira homenaje, el nuevo tándem para esta MasterClass fue Appl-Baillieu, el amor por el piano de Schubert (An mein klavier, D342) y el reflejo de más dolor tras perder a su esposa en el tercer parto (Britten profundo y Loewe más luminoso e íntimo) y después a su madre (Eisler), canciones situadas en otra etapa de Dieter donde la música sería terapia y confesión como así nos transmitieron sus «actuales herederos«.

Pero la vida continuó para el irrepetible Dieter y llegarían otras  esposas que también figuran en el programa de mano (las traducciones de los textos se proyectaron) siendo la soprano Julia Varady (1941) la última, a quien conoció en la Ópera de Munich en 1973 para casarse cuatro años más tarde y fiel compañera hasta el último día. Esa parte de la banda sonora la pondrían Weber con Meine Lieder, meine Sänger junto su «otro compañero» Schubert vital, precedidos de la Clara Schumann brillante, antes del Epílogo, recordando la retirada como cantante el último día de 1992, aunque seguiría escribiendo, dirigiendo, impartiendo clases y por supuesto la pintura que siempre practicó, como el autorretrato de 1985 que presidió la velada, propiedad como así nos contó Ben Appl, un guiño más dentro de esta biografía cantada por y para Fischer-Dieskau, brillante colofón con An die Musik.

Pero había que desatar ese nudo en el estómago tras tantas emociones transmitidas por ApplBaillieu, un canto que creció en la segunda parte con el piano siempre compartiendo protagonismo, y nada mejor que La trucha saltarina y dorada en el río, «recreación de los maestros«, o un brindis al maestro donde el canto «ebrio» de Schumann (de Dichterliebe, Op. 48, el nº 11 «Ein Jüngling liebt ein Mädchen») nos devolvió la alegría de saber que el Lied sigue vivo gracias a una pedagogía musical que caló en el alumno aventajado que se convertiría en amigo y terminó siendo mentor, encontrando otro caminante al piano con quien proseguir un viaje que no tiene más destino que hacernos disfrutar.

P.D.: No quiero olvidarme de las excelentes notas al programa de Juan Manuel Viana para guardar (dejo el enlace al mismo), que pese a comentar algunas obras que no se interpretaron en Oviedo, caso de Barber, Sinding o Grothe, completaron un recital magistral.

PROGRAMA:

Parte I
PRIMER ENCUENTRO
F. SCHUBERT: Liebesbotschaft, D957/1 – Am Bach im Frühling, D361 – Der Musensohn, D764

INFANCIA EN BERLIN
A. FISCHER-DIESKAU: “Heidenröslein”, del singspiel Sesenheim
K. FISCHER-DIESKAU: “Nocturne I”, de Der Mutter gewidmet op. 1/1; Wehmut, op. 3/2

JUVENTUD Y PRIMEROS PASOS COMO CANTANTE
J. BRAHMS: Wie bist du meine Königin, op. 32/9

F. SCHUBERT: Der Linderbaum, D911/5

SOLDADO EN TIEMPOS DE GUERRA 1944/45
H. WOLF: Andenken
A. REIMANN: Tenebrae

PRISIONERO DE GUERRA 1945-1947
P. I. CHAIKOVSKI: Nur wer die Sehnsucht kennt, op. 6/6
E. KÜNNEKE: Ich bin nur ein armer Wandergesell

REGRESO A BERLÍN 1947
H. EISLER: Die Heimkehr
E. GRIEG: Der Traum

Parte II
PRIMEROS PASOS DE UNA CARRERA MUNDIAL
J. BRAHMS: “Denn es gehet dem Menschen wie dem Vieh”, “Ich wandte mich, und sahe an”, “O Tod, wie bitter bist du” Y “Wenn ich mit Menschen”, de Vier ernste Gesänge op. 121

ACOMPAÑANTES Y AMIGOS
F. SCHUBERT: An mein Klavier, D342
B. BRITTEN: Proverb III, op. 74

NACIMIENTO DE SUS TRES HIJOS Y ÉRDIDA DE SU PRIMERA ESPOSA IRMEL 1963
C. LOEWE: Süßes Begräbnis, op. 62/4

MUERTE DE SU MADRE THEODORA 1966
H. EISLER: Mutterns Hände

VIDA CONYUGAL
F. SCHUBERT: Liebhaber in allen Gestalten, D558
C. SCHUMANN: Liebst du um Schönheit, op. 12/2

EPÍLOGO
C. M. VON WEBER: Meine Lieder, meine Sänger, op. 15/1
F. SCHUBERT: Litanei auf das Fest Allerseelen, D343 –  An die Musik, D547

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