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Control y dominio absoluto

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Jueves 5 de febrero, 20:00 horas. «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Shlomo Mintz (violín y director). Obras de Chausson, Vieuxtemps y Tchaikovsky.

Un director que además actúe como violinista era algo habitual en los tiempos de Willi Boskovsky y los Conciertos de Año Nuevo desde Viena, también alguna «propina» del recordado Lorin Maazel, y el más recordado, que además volverá este mes a Oviedo, Spivakov con Los Virtuosos de Moscú. Dirigiendo desde el piano es distinto pero como todo hay partes buenas y malas. Destacar que se debe dominar de forma completa la obra para no disminuir nada en las intervenciones solistas así como mucho ensayo con la orquesta en pos de un mejor entendimiento al utilizar menos recursos en la conducción, pero supone ejercer el control absoluto de la interpretación.

Shlomo Mintz se presentaba en esta doble faceta con dos obras de auténtica escuela violinística que necesitan una concertación especial y rigurosa por todo lo que conlleva una escritura pensada para el solista.

El Poema para violín y orquesta, op. 25 (Ernest Chausson) es una obra muy personal del compositor francés al que se consideró sobre todo «culto diletante» como recuerda Ramón Avello en las notas al programa, por lo que su interpretación también exige un mimo y especial cuidado en cada detalle, una auténtica rapsodia para lucimiento del solista pero con un clima orquestal que debe mantener esa ambientación. Mintz pudo conseguir de la formación ovetense todo lo necesario para rubricar sus intervenciones, con un catálogo sonoro en su violín ampliado con un arco realmente expresivo, completando un abanico desde emociones desgarradoras hasta lirismo de raíz folklórica, en parte por dedicatorias e inspiraciones variadas de esta partitura.

Otro prodigio del violín desde niño, maestro y creador de escuela interpretativa fue Henri Vieuxtemps por lo que su Concierto para violín y orquesta nº 5 (1862) condensa todos los recursos técnicos para mayor lucimiento del solista cual obra fin de carrera, tres movimientos sin pausa donde nuevamente la orquesta debe plegarse al virtuoso. Así resultó, buen entendimiento y perfecto equilibrio sonoro, aunque no todas las secciones rindieron al máximo, con un Shlomo realmente prodigioso, especialmente por una técnica siempre al servicio de la música, destacando la cadencia del Allegro non troppo casi tributo a Paganini, el Adagio que mostró lo mejor de la orquesta, y un Allegro con fuoco más interior que exteriorizado, casi de tiempos retenidos para no empañar sonido en nadie, exigente pero efectivo.

La propina no podía ser otra que Obsession (Preludio poco Vivace), primer movimiento de la Sonata para violín solo nº 2 en la menor, «A Jacques Thibaud» del compositor Eugène Ysaÿe, violinista y director amigo de Chausson, y auténtica joya que rinde homenaje a Bach y el «Dies Irae» en la proporción adecuada para dar un regalo que todos disfrutamos, con un Shlomo Maestro del violín.

Siempre comento lo difícil que se me pone escuchar obras conocidas cuando las versiones u orquestas de mi memoria dejaron el listón difícil de igualar. Tchaikovski es un auténtico caramelo sorpresa, agradecido siempre de paladear pero con el peligro de encontrarnos un interior amargo, inesperado por licores o frutas, y engañoso porque la obra parece superar la interpretación cuando ésta no es del todo buena. La Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 requiere además de solistas muy seguros y secciones de calidad equiparable en todos, una plantilla compensada especialmente en la cuerda para contrapesar el protagonismo que el viento y la percusión tienen, algo que la Oviedo Filarmonía aún no ha conseguido. El maestro Mintz sacó oro de ella a base de unos tiempos algo más lentos de lo esperable pero seguros para dibujar con claridad todas las melodías, escuchando lo escrito con detalle, mimando los matices y con la cuerda rindiendo al límite de sus posibilidades, algo que solo un conocedor de ella como el invitado puede alcanzar. Andante sostenuto – Moderato con anima literal, lástima las trompas destempladas que empañaron el alma brillante de los metales en este primer peldaño; Andantino in modo canzone también retenido en velocidad pero claro y melódico en su totalidad, Scherzo. Pizzicato ostinato. Allegro donde la cuerda sonó perfecta, guiada y convencida por el maestro y mentor Sholmo, supongo que con los «trucos» compartidos para alcanzar los mejores momentos sonoros. El Allegro con fuoco quedó en cálido, sin la magia y tensión necesaria para alcanzar las chispas que merece ese final, los músicos de la orquesta trabajaron como rusos para mantener el tipo, empaste y calidades que no fueron siempre iguales, aunque la propia fuerza de esta sinfonía aguanta el frío, esta vez sólo en el exterior.

Aplaudir el esfuerzo de la OFil y sobre todo la templanza del Maestro Shlomo Mintz, grande en el doblete y toda una lección de honestidad.

Pidiendo paso

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Viernes 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniil Trifonov (piano), Philharmonia Orchestra, Clemens Schuldt (director). Obras de Beethoven y Chopin.

La juventud además de divino tesoro (o enfermedad que se cura con el paso del tiempo), es esa fase vital muy fructífera cuando se mezcla trabajo con dotes especiales. En música podemos leer a menudo obras de juventud (salvo en Bach que personifica la madurez eterna), normalmente rompedoras para su época, avanzadas, incomprendidas en el estreno, o de intérpretes jóvenes que el tiempo termina colocando en su sitio, algunas quedándose en promesas pero otras alcanzando ese Olimpo de Orfeo.

Este final de enero pudimos contraponer en la misma semana y escenario madurez frente a juventud, el poso con el ímpetu, no necesariamente excluyentes, o si se me permite el símil enológico, un cosechero con un gran reserva, dado que el vino dicen que mejora con el tiempo, aunque para mi consumo habitual tiendo al crianza. Intérpretes y composiciones de viernes rezumaron juventud y descaro, faltando probablemente el periodo de madurez que sigue siendo el inexorable discurrir.

La Philharmonia Orchestra sigue siendo una de las orquestas con calidad y apostando por la juventud desde la titularidad de Esa-Pekka Salonen, esta vez con el director alemán Clemens Schuldt, ganador como nuestro Pablo González del concurso londinense de dirección que lleva el nombre de Donatella Flick en 2010, un talento que está en plena formación, afrontando este último viernes de enero obras «de atril» que forman y examinan batutas a lo largo de toda una trayectoria. De estilo algo exagerado, marcando todo, buscando identidad propia con detalles que apuntan alto, Beethoven le quedó algo grande pero cumplió con Chopin, lo que deja equilibrado su paso por la capital con una orquesta de sonoridades limpias al más puro estilo británico, y que no siempre reaccionó al gesto del maestro, tal vez por algo de esa soberbia que algunos músicos veteranos demuestran cuando les dirige gente joven, y sin la tensión exigible en la ejecución, lo que motivó algunos borrones que iré apuntando. Con los peros la formación inglesa también está en continua renovación y las nuevas generaciones comienzan a auparse en los primeros atriles.

Beethoven y su Obertura Coriolano en do menor, op. 62 es ideal para pulsar el estado global, y el inicio apuntaba bien, brío y claridad, atmósfera adecuada de tensiones y relajos, tantos que las trompas se destemplaron y el clarinete ensució el majestuoso silencio adelantándose con una falta de concentración totalmente reprochable. De nada sirvieron a Schuldt el ímpetu y claridad de ideas ante una obra archiconocida con estos «errores de bulto», aunque la cuerda compensó con creces el desequilibrio. Los claros y nubes, tempestades y calmas, fueron literales en las distintas secciones y discurrir de una obertura que resultó del típico color gris otoñal.

Volvía al auditorio el joven pianista ruso Daniil Trifonov, esta vez con el Concierto para piano nº 2 en fa menor, op. 21 de Chopin. Si la primera vez impresionó con una técnica apabullante más allá de la llamada «escuela rusa», dos años en estas edades resultan el paso al poso ya comentado. El maestro Clemens resultó un concertador excelente para una obra exigente cuando el solista marca diferencias, y la orquesta no pudo tomarse libertades porque Trifonov encandiló a todos desde la primera intervención, contagiando juventud, ganas de agradar y esa visión fresca para un «clásico» de pianistas. El Maestoso logró desde un tempo bien ajustado el equilibrio siempre inestable de los románticos, el juego con los rubati, los acelerando y ritardando que de no mantener la tensión resultan traicioneros para todos. El piano sonó presente, protagonista, con una gama dinámica realmente apabullante, capaz de aguantar las toses (ya reventaban entre los distintos movimientos) de un público entregado al solista ruso. La emoción llegó con el Larghetto, ese tiempo intermedio que marca diferencias, el pianista hecho un ovillo, encorvado sobre el piano, desgranando auténticas perlas, ensimismado en el amplio sentido de la palabra, mientras la orquesta acompañaba y sentía lo mismo que el solista, la mirada interior casi adolescente, contrastes sonoros en estado puro, el Chopin pletórico desde ese pianismo irrepetible. El Allegro vivace sin apenas tiempo al carraspeo mantuvo in crescendo la tensión necesaria para redondear una brillante ejecución, sabiamente concertada por el director alemán que respiró con orquesta y pianista, atento a ese final juguetón, danzante, peligro minimizado cuando la compenetración y comunión entre todos alcanza estos niveles.

La propina de Trifonov estuvo al mismo nivel, sino más, que el propio concierto. Su Liszt de Feux follets, el quinto de los «Estudios transcendentales» supuso reafirmar un sonido propio, cristalino, amplio en matices, con una mano izquierda poderosa equilibrando esa derecha de vértigo, tesoro de juventud, trabajo continuado y sabedor que está pidiendo paso en la élite de los grandes pianistas del siglo XXI, que espero seguir corroborando con el paso del tiempo. Martha Argerich ha dicho que «Lo tiene todo y más… ternura y un elemento endiablado. No he escuchado nada igual».

Para la segunda parte «La Tercera de Beethoven«, esa Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor «Heroica», op. 55, resultaría otro desencuentro entre director y orquesta. Desconozco las causas de los altibajos que mostró la formación londinense, puede que los viajes no sean cómodos y que algunos músicos estén pendientes de detalles que perturban el resultado global. El heroísmo resultó ensamblar los cuatro movimientos con cierta coherencia, y supongo que intentar aportar rasgos personales a esta obra que marca un antes y un después en el mundo sinfónico, y en el propio de Beethoven, es tarea titánica. El Allegro con brio sonó ligero pero sin excesos, bien la madera y una cuerda que el maestro Schuldt llevaba en volandas, intentando contagiar la alegría de la partitura que se mantuvo incluso en la Marcia funebre- Allegro assai, puede que por la visión que de jóvenes tenemos de la muerte, lejana, incluso filosófica como un tránsito necesario y hasta religiosa de pasar a mejor vida. Son percepciones desde la diferencia cronológica y tras muchas escuchas, pero sentí un paso algo más ligero que el de un cortejo fúnebre, como si de un desfile de honores al ejército que marcha al frente en vez de la vuelta con las múltiples bajas, más luces que sombras sin perder la compostura y también sin el duelo desde la grandeza. Algo distinto al Scherzo, Allegro vivace- Trio, coherente con la posición histórica de esta sinfonía del genio de Bonn, brillante en la cuerda aunque la marcialidad de las trompas no resultase tal. El Finale. Allegro molto mostró lo mejor de la formación en cuanto a planos, empaste, matices, unos «pizzicatos» redondos y presentes siempre con un director preocupado del detalle que buscaba una respuesta ahora más directa que los tiempos anteriores. La obra emerge por encima de la interpretación, solamente aseada faltando la emoción subyacente. No critico la juventud pero la cercanía rusa pesó como una losa en mi escucha, y mi madurez supone demasiadas referencias. Acabo de nuevo con la comparativa del vino puesto que sin estar cerrado a nuevos sabores, haber catado reservas nos deja la memoria gustativa demasiado alta para disfrutar en igual medida los crianzas, con ser excelentes.

Y como si el estado anímico propiciase la propina, el Vals Triste de Sibelius puso en su sitio a todos, la cuerda protagonista total plegada finalmente a la batuta, de la madera una flauta emergente que por fin sonó arropada, pianísimos y rubatos como rúbrica de un concierto algo frío, con Polonia más cálida que Alemania, presagio de la salida. No estábamos para vino, mejor un caldo caliente…

La difícil sencillez

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Viernes 19 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad«: El Mesías (Haendel). María Espada (soprano), Kristina Hammarström (mezzo), Valerio Contaldo (tenor), José Antonio López (barítono); Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda); OSPA, Pilar Montoya (clave), Juan Carlos de Múlder (archilaúd), Eduardo López Banzo (director).

Final de año y trimestre, inicio de vacaciones navideñas, El Mesías me sirve como punto y seguido cada diciembre, nacimientos y muertes, el ciclo vital que las creencias religiosas conforman y los pueblos transmiten. Este 2014 suponía dejar atrás la Catedral y escucharlo en el Auditorio, con todo lo que queramos añadir para buscar el fiel de la balanza. A menudo la comodidad puede resultar peligrosa, como el todo gratis, y el lleno no evitó que existan los maleducados pendientes del reloj a quienes su egoísmo y miopía cultural no impide levantarse y marchar cuando les da su real gana. Ni siquiera saben esperar el final de un número, la hora les expulsa como una diarrea hacia otro destino cuando conocían dónde estaban y a qué venían, ¡aunque no les costase ni un euro!. Supongo que en las iglesias es habitual marchar en medio de la misa, antes de la comunión e incluso a medio sermón porque es «la hora de…». Puedo asegurar que incluso los ateos son más educados, al menos aplican el refrán de «donde quiera que fueres haz lo que vieres». De toses, móviles y ruidos tristemente habituales ya ni los comento porque me encabrono todavía más. Llevo toda la semana con resfriado, tos y malestar general, me he quedado sin asistir a varios conciertos para evitar sobresaltos, y hoy algo mejor decidí a última hora no perderme este Mesías distinto, aunque siga siendo descorazonador el comportamiento de una parte del público que parece contagiarse más que la gripe y convierten en cotidiano lo que siempre ha sido irreverente y maleducado. Me estoy haciendo mayor.

Tras el rollo inicial fruto del estado anímico e insalubre, este Mesías 2014 lo recordaré como el mejor de los últimos años, y han sido muchos, precisamente porque la misma obra nunca suena ni la percibimos igual por veces que la disfrutemos, canten o interpreten. Los ingredientes estuvieron todos en su justa proporción y el resultado final de nota.

Y esta vez quiero comenzar por el responsable de este Mesías distinto por el rigor desde el primer momento. Eduardo López Banzo conoce a Händel desde todas las facetas musicales, incluyendo la de profesor de canto que le da una visión realista de cómo llevar tiempos y dinámicas para que cada número brille en su medida. Tanto las arias como los números corales están llenos de dificultades sólo salvables cuando se conocen antes de afrontarlas. Maravilloso poder degustar tanto el fraseo como las agilidades sin perder frescura ni solemnidad cuando así lo requería el número. Por lo tanto el Coro de la Fundación estuvo y se le notó feliz, cómodo, adaptado a una obra que cada año afrontan como nueva y que en este parecía todo sencillo: volúmenes precisos, seguridad pasmosa, claridad en la emisión y placer al cantar que se transmitió desde el primer hasta el último número.

Del cuarteto solista, por fin todos de gran nivel, y puedo añadir lo mismo pues el aragonés López Banzo supo concertar y elegir el aire exacto para cada aria, mimando el acompañamiento para solaz de los solistas, y por poner sólo algún ejemplo con dos voces conocidas en Oviedo, el Rejoice de María Espada nos contagió de esa alegría desde ese color único y musicalidad firma de la emeritense, o el final del barítono-bajo José Antonio López realmente convincente en The trumpet shall sound con Maarten en pie resonó en el auditorio sin reverberaciones indeseadas o excesivas. Y he citado todo españoles, tanto el maestro como estos dos solistas aunque quiero resaltar a la mezzo sueca, barroca convencida de registros homogéneos y color hermoso, y especialmente al tenor italiano, que nos devolvieron la fe en estos papeles de oratorio porque cuando hay calidad vocal y además el repertorio es adecuado, no puede haber malos resultados. Contar con un cuarteto tan homogéneo siempre es para nota, y este 2014 por fin se alcanzó. Incluso el detalle de cantar todos juntos el Amen es más que indicativo del buen ambiente de trabajo y el placer compartido de este Mesías para recordar.

La OSPA tiene claroscuros desde hace tiempo, y esta vez dividida entre el foso del Campoamor para «el Barbero» y este Mesías con una plantilla ideal en todo (cuerda 6-6-4-4-2, 1 fagot, 2 trompetas y timbales) con el añadido del continuo de clave y archilaúd -excelencia habitual con López Banzo-, en un repertorio donde no se mueven todo lo bien que sería exigible a músicos de plantilla. La Sinfonía inicial fue desconcertante por los desajustes en entradas, que de haber sido en la Catedral hubiese achacado a la acústica, no siempre hubo la respuesta exigida desde la dirección precisamente en los tiempos, pero al menos respondieron en todas las dinámicas, y fueron calentando en un escenario que es su casa, para bien y para mal. Prescindir de los oboes (que no hubo en el estreno dublinés de El Mesías como comentaba el maestro López Banzo en la entrevista que dejo al final) y mimar el contingente sonoro sirvió para conseguir una versión de aparente sencillez en una obra compleja como tantas del universal Haendel. Lástima que siempre haya algún pero que poner a nuestra orquesta, nunca del todo perfecta y dependiendo del maestro que los conduzca. Esta vez pienso que no había disculpa alguna.

Los recitativos con archilaúd fueron un placer, los unísonos realmente vocales en la instrumentación, los fugados claros en su discurrir, la contención de timbales y trompetas realmente dignas de admiración, sobresaliente el papel acompañante de un coro que duplicaba los efectivos instrumentales rindiéndose al equilibrio buscado. No sé cómo estarán «los de la barbería»…

Para pérdida de los impacientes, el regalo de Stille Nacht Heilige Nacth (Gruber) también lo recordaremos por la elección de la versión original a dúo femenino celestial con acompañamiento terrenal de archilaúd (cual guitarra) y posterior incorporación del dúo masculino, la orquestación discreta y el coro suficiente para dejarnos una auténtica «Noche de Paz» tras las turbulencias que en estas fechas olvidamos para acabar ciclo y comenzar otro. La vida no sigue igual pero debemos vivirla ¡es nuestra obligación! y la música ayuda mucho.

Entrevista al Maestro López Banzo en LNE del viernes 19 de diciembre de 2014:

FELIZ SALIDA Y ENTRADA DE AÑO

Diez años que somos del ciclo de Don Alfredo

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Viernes 12 de diciembre, 20:30 horas. San Isidoro el Real de Oviedo: Concierto de clausura del X Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza». Svetoglas Quartet, Polifonía Sacra Ortodoxa. Entrada libre. Lleno absoluto.

Durante cinco viernes Oviedo volvió a ser la capital de la música sacra recordando a nuestro querido Alfredo de la Roza, un ciclo que se mantiene con todo tipo de apoyos, pocos en estos tiempos pero incluyendo el popular desde la campaña «Yo soy del Ciclo», con difusión en cada concierto y en las redes sociales donde la Escolanía de San Salvador, organizadora desde hace diez años de esta cita obligada en el final del otoño carbayón, trabaja para mantener una música atemporal que nos toca la fibra a todos los aficionados. Este año por coincidencia de fechas con otros conciertos a los que estoy abonado, sólo pude asistir al último, pero la falta hubiera sido imperdonable.

Como novedad intentan acercarnos cada año alguna formación nueva, recordando todavía a Cuncordu e tenore de Orosei, y hace cinco años aunque parezca que fue ayer, que continuaron incluso en la plaza para completar aquel concierto con música popular de Cerdeña.

Esta vez desde Bulgaria acudía el Svetoglas Quartet cuya polifonía ortodoxa abarca un amplio repertorio desde el siglo IX hasta el XIX, incluyendo tanto obras escritas como las de transmisión oral con todo lo que ello supone.

Conforman este cuarteto dos tenores, barítono y bajo pero no desde la concepción o clasificación vocal clásica sino desde el canto natural de voces de hombre agudas y graves combinándose en dúos, tríos o cuartetos dependiendo de la obra elegida, tanto del folklore búlgaro (especialmente las dos propinas) como los cantos religiosos desde una visión actual que sin necesidad de ahondar en criterios necesariamente musicológicos, hacen de esta música actual desde sus interpretaciones que nunca pierden la novedad de descubrir cantos hasta ahora desconocidos por muchos, sonando cercanos e incluso modernos.

Daniel Spassov, Stanimir Ivanov, Tihomir Borissov y Milen Ivanov, que hace las veces de director, son las voces de este cuarteto «a capella» con la mezcla necesaria de juventud y experiencia, explicándonos en inglés el origen, estructura o forma de las obras a escuchar.

Organizadas en dos partes con un intermedio necesario para descansar ellos y marchar algunos del público (habitual en los conciertos gratuitos) para agradecimiento del público que estaba de pie, la primera parte ofreció diez obras variadas en estilos y combinaciones, con la letra traducida al español y proyectada en la pantalla gigante central, siempre desde el Misterio de la polifonía búlgara con referencias o recuerdos a músicas medievales recogidas en España como en el «Condúcenos, Santa Cruz» que aunque del siglo XIX y cantado por dos de ellos en «monodia con roncón» parecía sacada del Llibre Vermell de Montserrat, o con la misma forma el canto dedicado al «Sacerdote» que me trajo recuerdos del canto en las mezquitas por el muecín, con una melodía utilizando esos giros arábigos y melismas u ornamentaciones típicas, al igual que el «Aleluya» interpretado en séptimo lugar.

La primera del siglo IX en cuarteto como la melodía popular «Bendiciendo el nombre de Dios» para dejarnos un dúo del siglo X en la tercera, casi como del rito mozárabe o el tradicional y heredado en versión a tres voces «Gospodi», contrastando la música escrita y la transmitida que va enriqueciendo las melodías como en los inicios polifónicos de Leonin o Perotin, mismas formas musicales a partir de las propias composiciones de autores anónimos y posteriores armonías añadidas como el hermosísimo «Bautismo» a cuatro voces antes del trío para la «Lamentación sepulcral» riquísima incluso en matices y reguladores que desde la acústica perfecta por la ubicación de las voces y su empaste nos transportaron a esa música de los monasterios búlgaros que parecían estar en San Isidoro.

Finalizaron esta primera parte con «Te bendecimos, Santa Madre» con el cuarteto y no pudiendo faltar la temática mariana tras este recorrido cristiano desde el bautismo a la muerte como esperanza.

Otras diez obras para la segunda parte que comenzaron con la «Bendición» a dúo del siglo XIV antes de seguir el resto con música de transmisión oral y autores anónimos manteniendo las combinaciones a tres, dos o cuatro voces, sin perder nunca el «basso» como sustento para la monodia, la polifonía básica a tres voces o la más elaborada a cuatro casi académica de no ser por el tamiz que Bulgaria realiza como cualquier otro pueblo que hace suya la tradición. La penúltima «Sálvanos, Hijo de Dios» prescindió del habitual tenor primero sustituyéndolo por el segundo, para acabar a cuatro voces con «Te glorificamos María», nuevamente cierre mariano antes de las dos propinas folklóricas llenas del colorido interpretativo de «ayes guturales» que Don Alfredo, hombre abierto a todas las músicas, hubiera disfrutado como los demás.

La venta de discos del cuarteto búlgaro al finalizar el concierto corroboró el nuevo éxito de este concierto de clausura. Esta décima edición hay que volver a felicitar a la organización, siempre impecable, con cuatro conciertos y una conferencia glosando, como no podía ser menos, la vida de Don Alfredo a cargo del párroco José Luis Alonso Tuñón en el Monasterio de San Pelayo, y manteniendo San Isidoro como sede principal. Desde mañana ya está en marcha la undécima, el público la espera y la oferta ovetense sigue siendo algo que asombra a foráneos y propios, por lo que contra viento y marea, cantando esa «paz en la tierra» que titulaba esta edición aunque válido para todos los hombres de buena voluntad incluyendo «Amicus meus» del concierto de la Escolanía, amigos todos de un ciclo que no debe faltar.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta «última trilogía en blanco y negro».

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la «broma» (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de «tormenta» antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de «patéticas» y «apasionadas» maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura «Fierrebras», D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo «menguada» como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente «académico», reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más «cargadas» pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, Myra–Andreas antes de apropiárselo Vasiliev–Ordieres, arietes de arco traspasados a Ferriol–Romero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

Viena con sonido asturiano

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©Foto asturias24.es  ® Gabriel Ureña

El pasado lunes 27 de octubre de 2014 era noticia el violonchelista asturiano Gabriel Ureña por interpretar en Viena la Suite nº 1 de Bach ante la Reina de España, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Velázquez en el Museo de la Historia del Arte de la capital austríaca, siendo el primer viaje oficial en solitario de su majestad Doña Letizia, asturiana como Don Gabriel, lo que tuvo más repercusión en la prensa regional, no siempre acertada en algo que algunos han llamado, no exento de crítica «madreñismo» por el afán de buscar orígenes astures a todo aquel personaje conocido, independientemente de sus logros o desmanes. Al menos esta vez sí había algo directamente astur en la capital más musical de Europa.

 

® Gabriel Ureña: Concierto 4 de Mayo en el Palacio Strozzi (Florencia)

El chelista avilesino ha pedido una excedencia en la Oviedo Filarmonía (de la que es solista desde el año 2009, siendo el más joven de las orquestas españolas), para poder cursar un máster de alta especialización en la capital de la música con Natalia Gutman, y también con ella un postgrado en Fiésole (Florencia) para una carrera que nunca tiene fin.

Bebiendo directamente de la alumna de Rostropovich, Gabriel Ureña lleva años con su instrumento a cuestas de aquí para allá, trabajando duramente y viajando para completar una formación que vuelve a demostrar la calidad de nuestros intérpretes asturianos, semillas que han florecido desde la llegada hace más de veinte años de los Virtuosos de Moscú a esta tierra, estéril hasta entonces para los músicos de cuerda pero que supuso un punto de inflexión y solaz de melómanos, agrupaciones instrumentales y salas de concierto, siempre desde el esfuerzo personal de gente joven y de sus familias, sacrificadas en todos los sentidos ante una miopía de los gestores que siguen sin ver en la educación una inversión más que un gasto, y en la música un bien cultural del que cualquier país civilizado presume, incluso en tiempos de crisis.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

Gabriel Ureña comenzó sus estudios en el Conservatorio «Julián Orbón» de su Avilés natal con Alexander Osokin antes de pasar a Oviedo con Maite Andérez, aunque su calidad e inquietud le llevó a seguir perfeccionándose y aprendiendo. Siempre un placer escucharle en solitario, a dúo, como solista e incluso dentro de la orquesta carbayona cuyas intervenciones, tanto en conciertos como en la ópera, son destacables.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

En Viena Gabriel forma parte, entre otros del Quatuor du Solei (sustituyendo a Steffan Morris) y con el Ensemble Barroco Contemporáneo de Austria interpretó en otro acto, nada menos que en el famoso Palacio Imperial, un cuarteto de Boccherini.

Como él mismo contaba en la entrevista publicada por el diario LNE, «esta carrera conlleva sacrificio, mucho viaje, pero el esfuerzo se ve recompensado cuando compruebas que el público disfruta con lo que haces«, y quienes le seguimos desde sus inicios podemos corroborarlo. De sus andanzas tengo noticias suyas por las redes sociales, donde encuentra hueco para compartir vivencias con su legión de seguidores, unido a un carácter que le abre todas las puertas. Además de hablar inglés, italiano o el alemán que ya maneja con soltura, el único lenguaje universal sigue siendo la música, y Gabriel es políglota, además de responsable y consecuente, un ejemplo para una juventud que estamos exportando, esperando no se queden en otras tierras porque sería perder una inversión de todos.

La actividad vienesa es frenética, arte en cada esquina, música por todas partes acudiendo a conciertos en sedes históricas o actuando en esos mismos escenarios. La carrera de Gabriel Ureña está bien enfocada y tiene compromisos para todo el curso, recalando en la Sociedad Filarmónica de Oviedo allá para el 12 de mayo de 2015 sin perder ni un minuto. Al menos podemos presumir de un músico asturiano «coronado» en Viena con calidad reconocida y embajador de nuestra tierra, orgullo para todos y envidia (sana) de muchos colegas. Seguiré mandándole «MUCHO CUCHO©».

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