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Adrenalina Burana de La Fura

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Sábado 11 de abril, 20:00 horas. Sala Sinfónica Centro Cultural Miguel Delibes, Valladolid: Concierto Extraordinario Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCYL). La Fura dels Baus: Carmina Burana (Orff). Josep Vicent (director), Beatriz Díaz (soprano), Toni Marsol (barítono), Vasily Khoroshev (contratenor), Luca Espinosa (actriz), Coros de Castilla y León (Jordi Casas, director).

Entradas agotadas desde semanas, dos días a rebosar, éxito abrumador, espectáculo único, pueden ser los titulares de este Camina Burana en el montaje de La Fura del Baus allá donde va. Cambian los recintos, algo importantísimo, las orquestas con todo lo que ello supone, los coros, desde el «originario» pamplonés a las asociaciones vocales que favorecen presencias, los directores que no todos entienden de igual manera la partitura, pero el equipo «furero» se mantiene y el espíritu cautivador también. Pude asistir en Oviedo a esta cantata donde también estaba la asturiana Beatriz Díaz, me perdí el de Granada con Manuel Hernández Silva capitaneando la imprescindible partitura, y esta vez pude escaparme hasta Valladolid para continuar «disfrutando como un enano» de la magia total que La Fura ha conseguido con este orffiano Carmina Burana tan imbuido del espíritu medieval desde nuestra perspectiva actual, imágenes no sólo complemento musical sino parte integrante de la propia partitura.

Apuntaba cómo los escenarios influyen en la concepción global de la obra irrepetible de Carl Orff, y seguramente el Palacio de Carlos V dentro de La Alhambra granadina fuese el ideal precisamente por su diseño circular. En Oviedo nuestro Campoamor no da para más de lo que tiene. La impresionante sala sinfónica del auditorio vallisoletano unido a una acústica muy buena, favoreció el impacto que La Fura busca con esta puesta en escena. La orquesta suena como si no estuviese la veladura y el coro «de escena» protagonista principal con voces blancas a la izquierda y graves a la derecha se pudo reforzar con las voces de otros once coros castellano leoneses en las gradas traseras superiores que alcanzan nada más arrancar el O Fortuna un clímax realmente impactante en el público por el poderío sonoro. Jordi Casas Bayer realizó la ardua labor previa de ensayos para unificar colores e intenciones, alcanzando todas las voces un nivel excelente.

En conjunto los tutti inicial y final resultaron ideales en afinación, volúmenes y equilibrios con la orquesta, el de escena sumándole el movimiento con las carpetas y luces «led», así como el «divisi» entre blancas y graves en feliz pugna vocal, colocación a los lados delante de la orquesta que facilita presencia. Sin niños las sopranos cumplieron sobradamente en el rol más agudo aunque el color no sea el mismo.

La única pega sobre el escenario fue no poder ver al director, puesto que la emisión se enfoca hacia las butacas y los monitores de referencia para seguir las indicaciones, por leve que sea el «retardo» hicieron que no estuviesen por momentos tan encajados, algo que podía haber evitado el maestro Vicent de seguirles y no perseguirles. También optó por pausas entre los números que hicieron perder un poco esa tensión dramática que la obra tiene y personalmente la elección de tiempos algo lentos, algunos excesivamente lentos (como el In trutina) «olvidando» que los cantantes respiran, aunque respondieron todos como auténticos titanes.

Las chicas del «cuerpo de baile» siempre contagiando la alegría desbordante de la música, los movimientos bien trabajados sin necesidad de coreografías complicadas pero exigentes en atención y ubicación exacta dentro del escenario, incluso los aromas primaverales derramados que impregnaron el auditorio de esencia.

De la crevillentina Luca Espinosa, la imagen de este montaje y fija en cada representación (creo que van cinco años y seguirán girando porque es apostar sobre seguro) admirar su puesta en escena, una artista total e imprescindible dentro del equipo «furero». Y como tal hay que tratar a los tres solistas aunque sus intervenciones tengan distinta presencia, pues en este espectáculo global el equilibrio y elección de las voces va más allá de las partituras.

Las exigencias no ya escénicas sino físicas son enormes para un cantante, mayor que en muchas producciones operísticas, y así el Olim lacus colueram de La Fura se canta en posición horizontal y elevado con una grúa dentro de una especie de jaula – asador, que el contratenor ruso Khoroshev resolvió musical y dramáticamente sin dejar la pizca de humor de ese cisne churruscado al que alude el texto en latín.

El barítono catalán Toni Marsol tiene un color de voz hermoso, potencia suficiente y escena imponente, desde el Omnia sol temperat bien cantado, el esfuerzo del Estuans interius de la segunda parte («In taberna») imponente en la piscina convertida en cubo de vino durante el juego de borrachera lógica con algunos hombres del coro escénico, provocando risas y aplausos tras el baño del néctar báquico, más el derroche del Ego sum abbas no solo vocal o el Dies, nox et omnia donde prefirió la voz natural al «falsete» sin perder esencia, supongo que por alguna ligera afección gripal, que en Valladolid no es de extrañar, y a remojo todavía peor.

Dejo para el final a nuestra Beatriz Díaz, soprano total capaz de cantar el Siqua sine socio del número 15 Amor volat undique colgada de unas cadenas en posiciones no aptas para cualquiera, puede que bombeando sangre a la cabeza, manteniendo esos pianos nunca tapados por la orquesta, elevarla con la grúa al asador ahora convertido casi en púlpito para el Stetit puella, esa muchacha que se detuvo con túnica roja, cara radiante y boca como una flor, para descenderla recogida tras el velo de escena y seguir escuchando su voz pianísimo como una flauta a la que me refería tras su Requiem malagueño, o de nuevo en el universo aéreo para el celestial In trutina, con un fiato «obligado» por la lentitud orquestal. Por supuesto el Dulcissime literal, al pie de la letra y la música, «dulcísima entregada por entero» a esas notas exigentes sin equilibrio en el suelo, como pendiente de un hilo y cortando las respiraciones de una sala abarrotada con las miradas (aunque cerrasen los ojos) puestas en ese momento álgido en todo el sentido de la palabra. Sólo unos pocos conocerán o cantarán un «re natural flemol» que dejo aquí como un guiño cariñoso, casi críptico, y convencido que Orff tiene en la soprano asturiana la mejor voz para esta su obra maestra, más en este montaje que muy pocas pueden interpretar como ella, volcada en cuerpo y voz. Además «La Fura lo sabe»…

La orquesta sonó siempre correcta, solistas con altibajos pero sin pifias y una dirección personalmente algo anodina que podía haber sacado más partido de unos músicos que cumplieron como profesionales faltando un poco de más pegada sin necesitar el estrépito, mayor «endendimiento» con las voces y la siempre deseada escucha mutua.

El final impresionante que «derrumba al hombre fuera que llora conmigo por tu villanía» (sternit fortem mecum omnes plangite!) levantó de los asientos a un auditorio que necesitaba romper tras la tensión, la adrenalina de La Fura que todo lo invade. Bis casi lógico con los solistas participando como coristas para otro nuevo éxito de este Carmina Burana.

El Barroco está de moda

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Miércoles 8 de abril, 20:00 horas. Centro Nacional de Difusión Musical, Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo – Sala «Luis G. Iberni». Primavera Barroca: Luz mediterránea. Il Pomo D’Oro, Dmitry Sinkovsky (violín y dirección). Obras de D. Scarlatti y A. Vivaldi.

El centro que dirige Antonio Moral, presente entre nosotros, ha vuelto a contar con Oviedo para la «Primavera Barroca» por segundo año, y ante el éxito del primer concierto supongo que seguirá apostando por la capital asturiana, donde el barroco siempre está de moda. Hace precisamente dos años actuaba la gran mezzo Joyce DiDonato en la sala principal con Il Complesso Barocco de Alan Curtis dirigido por el contratenor, violinista y director Dmitry Sinkovsky, que ahora se presenta con otro grupo (en 2011 ya lideró La Voce Strumentale), Il Pomo D’Oro, habitualmente con Ricardo Minasi, en esta mini gira con seis músicos jóvenes que contagian la alegría de lo que interpretan, siempre al servicio de un auténtico «divo» como el ruso que mantiene los tics de entonces pero que transmite desde su violín auténtica energía. La rusa Alfia Bakieva y la italiana Esther Crazzolara son las violinistas que se entienden y suenan como una; Giulio d’Alessio es un viola solvente, capaz de marcarse un solo de timbre hermosísimo; Federico Toffano al chelo y Davide Nava al contrabajo no sólo resultan el sustento del grave que en los unísonos engordan con un empaste único, sino que el continuo junto al clave del ruso Maxim Emelyanychev resulta poderoso y limpio, ornamentaciones presentes en el momento justo más un chelo virtuoso que completan una formación juvenilmente muy cuidadosa con cada partitura.

El programa se centraba en el siempre agradecido Vivaldi y nuestro «adoptado» Domenico Scarlatti en las revisiones, más que arreglos, del inglés Charles Avison (1709-1760), alterando levemente el orden inicial pero no el mismo espíritu de los dos italianos cuyas músicas parecen intercambiables, con los comentarios al programa titulados «Aficionados y virtuosos» que dejo a continuación.

Todo gira en torno a mayor gloria de Sinkovsky quien dejó su sello tanto como violín primero pero sobre todo solista en su Vivaldi RV 246 (que sustituyó al RV 242 previsto) perteneciente a los conciertos «Per Pisendel» que ya escuchásemos en su anterior visita aunque echase en falta un fagot… Sus ornamentos resultan a menudo algo exagerados pero hay que reconocerle una técnica y musicalidad impecables, lo mismo que en el RV 177, si bien Scarlatti – Avison lo resolvió con los mismos medios. A su grupo le tiene bien aleccionado para su forma de entender el barroco, difícil de seguirle por momentos, con velocidades de vértigo o cambios de ritmo bruscos aunque el trabajo conjunto se nota en cada obra.

En la Sinfonía en do mayor para cuerdas del italiano dieron lo mejor de ellos sin su director al frente, demostrando precisamente su excelente formación: dinámicas muy trabajadas y expresivas con unos pianissimi impactantes que cortaron la respiración, fraseos amplios, y sobre todo una sonoridad muy especial que en la sala de cámara resulta cautivadora.

También me agradó la Sonata «al Santo Sepulcro» de Vivaldi precisamente por el continuo juego de contrastes tan barroco y el intimismo de esta bella partitura, aunque sigo pensando que demasiado extremista, pero todo es cuestión de gustos.

Del éxito dan buena prueba las cuatro propinas que pusieron al público de pie, nuevamente para el lucimiento del ruso: un último movimiento del Verano vivaldiano que me recordó el ímpetu de nuestros Forma Antiqva, con todo el virtuosismo esperado del violinista ruso, y no podía Sinkovsky dejar de cantarnos con su registro de contratenor, aunque me sigo quedando con «La DiDonato», un aria («Pianta bella») de Il nascimento dell’Aurora dell’innocenza (eso creí entender) de Albinoni más sentida que bien interpretada, donde la voz no es el violín y las agilidades no corrían todo lo esperado, pero hay que agradecerle el intento y sobre todo disfrutando de su formación que no sólo acompaña sino que viste con lujo las obras, con unos pizzicati casi de laúd sinfónico.

Menos mal que a la cuarta fue la vencida y volvió al violín para bisarnos el último Allegro del «Pisendel» Vivaldi y dejarnos con buen sabor de boca. Todos los pasamos bien porque el barroco es disfrute, inyección de moral, luminoso como la primavera, con un público que también necesita musicoterapia para desconectar de tensiones, algo ideal con conciertos como este primero de un ciclo que se consolida en Oviedo.

P. D.: Crítica en El Arte de la fuga de Javier Sarría Pueyo.

Un Réquiem para recordar

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Sábado 28 de marzo, 20:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga. Programa 10 «Semana Santa» Orquesta Filarmónica de Málaga, Beatriz Díaz (soprano), Anna Alàs i Jové (mezzo), Pablo García López (tenor), Alfredo García (barítono), Coral Cármina Nova (Diego González Ávila, director), Manuel Hernández Silva (director). Mozart: Requiem K. 626. Precio: 37,80 €.

Con las sinceras condolencias a todos los familiares de las víctimas del trágico accidente aéreo del 24 de marzo, como rezaba el programa (del que dejo foto) y toda la emoción de una página musical póstuma dedicada precisamente a una muerte nunca deseada, volvía la segunda función de un concierto que llenó el coliseo malagueño, con artistas plenamente implicados y volcados.

En su primera temporada como titular de la orquesta malagueña el Maestro Hernández Silva está en pleno idilio con sus músicos, conociéndose al detalle, respondiendo al mínimo gesto, compenetración y entendimiento en esta obra que el director venezolano conoce como pocos desde su educación vienesa, dieron como resultado el esperado por todos, éxito que se hizo extensivo al cuarteto solista y al coro local.

Destacable en primer lugar y por el mayor peso la Coral Cármina Nova (dirigida por Diego González) que brilló con luz propia guiada por el Maestro desde el primer Requiem, vocalización y emisión clara, ajustada, respetuosa con la partitura al máximo, figuras y expresión donde las sílabas adquirían el protagonismo puntual, los fraseos impolutos y la musicalidad desbordante. Todo un ejercicio de quiromancia musical, podíamos contemplar la lectura con las manos de Hernández Silva sacando los hilos de la gran tela, atacando con seguridad, creciendo o disminuyendo la expresividad y dramatismo (Rex tremendae impactante), claridad en las partes fugadas y homogeneidad rotunda sin perder el lirismo. Se notó el trabajo meticuloso desde la dirección en cada número, con la respuesta siempre al momento, alcanzando un nivel altísimo para un coro que se crece cuando existe la química desde el dominio. Imposible destacar emociones y caracteres a lo largo de sus intervenciones.

El cuarteto solista elegido con mimo fue el otro hito de la noche, voces jóvenes, con técnica al servicio de la partitura e igualmente entregadas a un Maestro que convence con el mínimo gesto, sacando a la «vista auditiva» las líneas precisas para degustar el detalle individual sin olvidar el conjunto. Ideales los solos, destacando Beatriz Díaz realmente celestial, línea de canto cual flauta con luz propia capaz de poner la carne de gallina, Pablo García plenamente mozartiano desenvolviéndose cómodo ante todas a las exigencias, Alfredo García con la rotundidad necesaria y un buen gusto cantabile, más Anna Alàs que equilibró desde el peso hondo del grave de blancas el masculino brioso, un plantel funcionando excelentemente como cuarteto de colores complementarios en paleta hermosa y bien tratada desde el podio, dúos equilibrados y conjuntos exquisitos.

La orquesta con plantilla ideal para alcanzar la textura y planos ajustados en todas las secciones, órgano y timbales presentes sin excesos, maderas sedosas, metales afinados y contundentes cuando se les exigía (impresionante el trombón solista y su Tuba Mirum casi vocal por expresión) y una cuerda de terciopelo, nunca hiriente pero siempre clara, balances vieneses con uniformidad y timbre precioso además de preciso, toda una lección de entrega y aceptación del Maestro.

El trabajo de Manuel Hernández Silva realmente magistral de principio a fin. Sin batuta para hacer de sus manos el auténtico hilo conductor, expresivo y preciso, contagiando ímpetu y genialidad que dieron como resultado una interpretación de hondura y luz, drama sin negrura, hilando fino para encontrar siempre la respuesta exacta por parte de todos. Estoy seguro que Málaga aumentará la afición con Manuel Hernández al frente, convencido e implicado allá donde va, siendo este Requiem que arrancaba su gran semana santa una pequeña muestra de lo que se puede alcanzar desde un magisterio musical y humano difícil de encontrar.

No pude encontrar mejor inicio vacacional con este concierto en la capital de la Costa del Sol brillando con luz propia musical, emocional y hasta climatológicamente. Lo recordaremos mucho tiempo.

Publicado desde el iPad

PD: los links ya desde Siana; dos visiones del concierto: El Mundo y Darba Culture.

La belleza del dolor

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Miércoles 18 de marzo, 20:00 horas. S.I.B. Catedral de San Salvador de Oviedo, Concierto Conmemoración de los 1173 años de la muerte del Rey Alfonso II El Casto. Ana Peinado (soprano), Guillermo Martínez (órgano), Coro Alfonso II El Casto, Orquesta Clásica de Asturias, Joaquín Valdeón (director). Karl Jenkins (1944): selección de «The Armed Man» (A mass for peace).

Frío de cuaresma para escuchar volver a escuchar en la Catedral, casi con los mismos protagonistas que el 30 de junio de 2014, una selección de esta maravillosa misa de Jenkins.

Colas desde las siete de la tarde y «lleno hasta el coro» con gente en los pasillos y de pié para la recuperación del concierto anual en homenaje al rey Alfonso II el Casto, patrocinado por el  Ayuntamiento de Oviedo y la Fundación Valdés Salas con el patrocinio de Sabadell Herrero.

Hace nueve meses titulaba la entrada en el blog como «Armas solo musicales» y la crítica para La Nueva España «Armados musicalmente«. Entonces al Coro Universitario le achacaba falta de componentes, pero esta segunda actuación el Coro Alfonso II El Casto, creado e impulsado por Joaquín Valdeón, el auténtico «alma mater» de estos eventos, redondeó un concierto emocionante. Voces empastadas, afinadas, entregadas, con una cuerda de sopranos segura en los exigentes pasajes agudos y pianísimos, una orquesta que renace cada vez con una mezcla de músicos jóvenes y veteranos implicados y volcados con la interpretación, y el dominio de Valdeón en los dos terrenos que conoce, vocal e instrumental, gestualidad desde la elegancia, precisión y firmeza.

Como si el frío ayudase al recogimiento, deleitarse con esta música tan bella de inicio a final remueve entrañas y plantea la dicotomía entre guerra y paz como auténtica fuente de inspiración, el horror y el perdón, el dolor y la belleza, tema eterno sin solución que ha dado las mayores obras de arte de la historia del hombre.

Curioso el tema francés de «L’Homme armé» (El hombre armado) el conflicto bélico que arranca con la marcha hacia el frente de un coro marcando el paso antes de entonar la pegadiza melodía que da nombre a esta misa a la que se sumará la orquesta, caja militar, metales, fagot… Cartas boca arriba, voces claras, potentes, orquesta equilibrada y un Joaquín Valdeón dominador de espacio y tiempo, conocedor de sus efectivos pero también de la reverberación de nuestra catedral para poder sacar de la partitura toda la amplísima gama dramática.

La soprano Ana Peinado volvía a ser la solista del Kyrie, la plegaria de perdón al Señor entonada con sentimiento y mucha musicalidad, color y emisión adecuados continuando el coro con orquesta y la magnificencia del órgano en un tejido polifónico atemporal por el estilo de Jenkins.

Una de las páginas más agradecidas de las misas cantadas es el Sanctus, aquí otro tanto, ese paraíso terrenal que no aventura lo que vendrá a continuación, puede que tomando el nombre de Dios en vano como para las horriblemente llamadas «guerras santas», así enfocado en la partitura que desembocará en dos números corales terribles, una conmoción musical el Hymn Before Action con texto de Kipling, y Charge! con textos de Dryden y Swift. El coro protagonista pero la orquesta impecable, sonoridades aprovechando la acústica catedralicia, algo corta la cuerda por momentos e impactantes trompeta y percusión, sin olvidar un órgano con el genial Guillermo Martínez, batalla de emoción sonora con el «mariscal» Valdeón al mando, buen planificador y mejor ejecutor.

La paz viene dada en el Agnus, nueva belleza coral, inspirado Jenkins que recuerda a Fauré pero también al McCartney que citaba la primera vez. Como penitencia o perdón, remanso o remordimiento, el espíritu bélico cede en el celestial Benedictus donde la plegaria sonó en el cello de Elena Robledillo y elevó al paraíso musical el coro más la orquesta. Triste que del dolor emane tanta belleza, las guerras generadoras de tragedias pero también de esperanza en no volver a repetirlas, utopía casi dogma.

Éxito rotundo y bis del tema inicial, la vuelta de «El hombre armado» presente en los telediarios y periódicos cada día. Al menos la música siempre es el bálsamo del alma.

Bach (con)vence a Händel

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Llevaba tiempo con ganas de acercarme a las maratones musicales que la Fundación Bilbao 700 organiza el primer fin de semana de marzo en el inmenso Palacio Euskalduna, siempre con un tema común, a precios asequibles y la mayoría de conciertos en torno a la hora de duración, para poder acudir a varios y organizar cada uno su programación, este 2015 nada menos que 75 conciertos ofertados en «Musika-Música» durante 3 días de festival.

Las comunicaciones por carretera desde Asturias se han ido mejorando con el tiempo en lo que a carreteras se refiere, así que escaparse a Bilbao siempre es un placer, aprovechando efemérides familiar para unir pasiones que mis lectores conocen: música, viajes y gastronomía. Además este año había amplia representación de «la tierrina» por lo nada mejor que apoyar a los músicos de casa, pulsar la opinión de otros públicos, escuchar obras e intérpretes a los que admiro, saludar amistades y sobre todo disfrutar de la vida porque sólo tenemos ésta y no sabemos cuánto nos durará.

Sin hacer una crónica de un fin de semana donde apenas pisé el centro histórico, asistiendo a ocho conciertos desde el viernes 6 a las 18:00 horas hasta el domingo 8 a las 16:00 de los que fui subiendo las respectivas impresiones (tituladas como Toma N) que algunos llaman críticas y yo prefiero llamarlas comentarios de un musicógrafo, siempre con el permiso de Luis Suñén -a quien pude saludar en esta maratón-, me gustaría dejar aquí unas pinceladas que en el día a día se quedan fuera de las entradas.

Con el tiempo justo, hotel reservado cerca y a la búsqueda de cajeros que imprimiesen las entradas compradas desde casa pero no imprimibles para este macroevento, al no estar numerada ninguna sesión, tuve el primer «percance» con La BBK al terminarse el papel y quedarme a medias perdiendo incluso una de las de la primera jornada que tampoco solucioné en el siguiente cajero en el Zubiarte. Asustado por las colas me dirigí a la taquilla donde resolvieron sin problemas la incidencia comentándome que había un cajero exclusivo para las entradas detrás de los habituales en otras salas, pero que en la página indicando los posibles no figuraba. Con todo, amabilidad a raudales y una vez dentro nos dispusimos a disfrutar de la primera jornada.

Increíble el despliegue técnico en esta catedral de la música (la del fútbol cerca de la que también hablaré) para cinco salas nombradas con lo más representativo de los músicos a los que este año se dedicaba el concierto, Bach y Händel, sin olvidarse de los «kioskos» Collegium Musicum de Leipzig dentro del recinto y abierto donde actuaban distintas agrupaciones y alumnos de conservatorios venidos de distintos puntos, gente joven que son realmente los protagonistas de este festival. Un total de 820 artistas a los que se acredita con un «cipol» que les permite acceder a los distintos conciertos en el último momento siempre que haya entradas disponibles. Se respiraba música por todas partes, juventud cargada con sus instrumentos disfrutando de los maestros y conviviendo un fin de semana con lo más granado del panorama concertístico europeo, sino mundial. El resto del público impresionante, muchos franceses por la cercanía, seguidores, amigos y familiares de artistas, muchos melómanos locales en una capital con larga historia musical, y el personal atento a todas las incidencias.

Cada sala se vaciaba por completo, cerraba y volvía a abrirse para el siguiente concierto, con las colas correspondientes para intentar acceder a la mejor localidad, todo con una educación exquisita donde no faltarían caraduras profesionales como en todos los sitios. También se aprovechaba para charlar de lo humano y lo divino, encontrarte artistas que también fueron público, con quienes comentar conciertos, experiencias, proyectos, haciendo de la espera una tertulia irrepetible. Para quienes tenían «huecos» en su agenda, había stands de publicaciones como mi seguida Scherzo y una tienda de discos y partituras donde no faltaba un amplio surtido de los artistas programados.

Y una vez dentro del palacio con cualquier entrada, asistir al «kiosko» donde la música tampoco paraba. Los datos son impactantes: 33.800 entradas vendidas, 51 de 75 conciertos completos y la promoción de la música con Bilbao como epicentro en estos tres días. Todavía existen personas que consideran la cultura como una inversión y fuente de ingresos, desde la calidad y buen hacer. la llamada cultura naranja, el turismo cultural tan habitual en países de nuestro alrededor debería incluirse en las agendas de nuestros gestores políticos que a fin de cuentas manejan nuestros recursos pero no siempre con acierto, y menos con la disculpa de la crisis.

Por lo menos en Bilbao no se notó. El Euskalduna llegó a competir con San Mamés el sábado, dos catedrales de fútbol y música, el Athletic vencía por la mínima al Real Madrid, Bach a Händel, ambiente festivo, calles llenas, bares y restaurantes a rebosar, Bilbao soleado ofreciendo postales inimaginables en estas fechas. Toda una fiesta. La gastronomía daría para un blog específico y ya se sabe cómo se come en el norte. Por supuesto tenemos familia y amistades en «el botxo» con las que pudimos encontrarnos aunque fuese con la rapidez de una visita médica. Esta vez la música tenía la etiqueta de «full time» pero siempre volvemos.

 

De los entresijos me fui enterando por distintas fuentes, comentándome la llegada de más de veinte camiones con material, un número ingente de claves con varios afinadores profesionales que tenían siempre a punto el instrumento rey, con permiso del órgano, en este espectáculo barroco, operarios cambiando tarimas, moviendo sillas, todo cronometrado y con unas tripas no visibles pero que resultan el corazón del espectáculo, sin olvidarme de las azafatas y azafatos más todo el personal de plantilla del Euskalduna. Catorce años supongo que dan la experiencia para una organización impecable, con ligeros y perdonables incidencias que no influyeron en la nota final de sobresaliente.

Musicalmente el nivel variaría dependiendo de muchos factores, aunque no debo olvidar que algunos artistas afrontaron hasta cuatro programas distintos con todo lo que ello supone de esfuerzo físico y mental. Quienes me leen conocen mis pasiones musicales y artísticas, Bach es Mein Gott y con él disfruté de lo lindo el viernes noche con los alemanes y la «Pasión de San Juan», el domingo por la mañana al piano con la recreación de Bussoni, y el sábado con las de Stokowski, en este orden de satisfacción. Con Händel hubo más cantidad pero menos calidad, puede que mis querencias jueguen a favor del kantor.

De los intérpretes «leónigan» convencido y «en Forma», si los unimos en concierto ya se sabe dónde vamos a estar. Como curiosidad, este viernes mi señora «sufridora» se encontraba en Almería por razones profesionales, y no perdió la ocasión de asistir al concierto de Forma Antiqva en la Iglesia de Las Claras, animándola a escribir unas líneas como colaboradora desde hace 24 años en mi vida, compartiendo todas las pasiones. En Bilbao acudimos a escuchar tanto a nuestro querido LDO, a los Zapico’s con distintas formaciones, y al Zapico mayor con la OSPA, dirigiendo también Milanov el sábado, la tercera pata del «tayuelu» suficiente para sustentarse en cualquier terreno y llenarnos de pequeño orgullo patrio comprobando que la «Marca Asturias» funciona también con nuestros músicos además de la sidra o los quesos.

A otros intérpretes les sigo y escucho en Oviedo, otra capital musical que sigue en los circuitos de ellos, por lo que no podíamos faltar al concierto de Carlos Mena, a Dani Oyarzábal tanto en el continuo como de organista solista con nuestra OSPA, y sobre todo al del pianista Luis Fernando Pérez, conciertos elegidos que sabíamos no defraudan nunca. También escuchar repertorios nuevos como esa pasión de Händel que los langreanos han rescatado, desempolvado y rehecho con el buen gusto, calidad y trabajo constante en una carrera asentada tras quince años, que continúa en ascenso. Siempre un orgullo apoyar lo nuestro.

La vuelta a casa se hizo llevadera a pesar de la niebla en este Mordor del Norte, y las experiencias engrosan mi mochila de la que alguna vez sacamos y compartimos con quienes me leen.

Lockington connection

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Viernes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7, OSPA, Myra Kathryn Pearse (flauta), David Lockington (director). Obras de Haydn, Reinecke y Schumann.

Tras el paso por Bilbao de nuestra orquesta asturiana volvía a su sede todavía con regusto barroco, flauta protagonista y mi admirado Lockington al frente, principal director invitado al que siempre es un placer verle.

Las obras del séptimo programa de abono parecieron de transición una vez escuchada en el Euskalduna, comenzando con la poco escuchada Sinfonía nº 24 en re mayot Hob. I/24 compuesta por «papá» Haydn en 1764 como bien recuerda Rafael Banús en las notas que incluyo enlazadas a los compositores. Con Lockington hay realmente una química especial, una auténtica conexión en cuanto arranca y se nota en los músicos. La colocación vienesa actual, con los efectivos adecuados para esta obra, colocó los contrabajos detrás de los primeros violines y el fagot tras los cellos, con el clave en el centro dando ese color especial que se perdería en pleno Clasicismo. Y la sonoridad alcanzada junto a la precisión resultó ideal en los cuatro movimientos, como si el afecto y las buenas formas que siempre luce el director británico afincado en los EE.UU. se contagiasen al resultado homogéneo de la interpretación, obra con el inconfundible sello del padre de la sinfonía que además da protagonismo a la flauta en el Adagio, esta vez con Peter Pearse de solista por la confección del programa, como veremos a continuación. Versión alegre con tiempos bien dibujados desde la elegancia en el gesto del director invitado.

El Concierto para flauta en re mayor, op. 283 de Carl Reinecke (1824-1910)no es obra muy programada y parece conocida solamente en el mundo de los flautistas, siendo nuestra solista Myra Pearse quien nos deleitó en una intervención plagada de buen gusto, cariño y respeto en todos los sentidos, corroborando nuevamente la calidad de nuestros músicos a los que agradecemos la posibilidad de participar como protagonistas en partituras tan hermosas como la del compositor, pianista y director natural de Hamburgo que dirigió durante treinta y cinco años los célebres conciertos de la Gewandhaus de Leipzig, y ciudad donde moriría con 86 años. Música bien escrita, de orquestación muy sonora que la OSPA resolvió con solvencia, y melodías agradables con un estilo (post)romántico en este concierto compuesto al final de su vida, partitura evocadora como la interpretación de Myra perfectamente concertada por Lockington, tres movimientos de lucimiento pero también recogimiento, destacando el maravilloso dúo con el cello de Juan Carlos Cadenas en el Lento e mesto, para finalizar con un Finale: Moderato encajado al detalle entre los compañeros que no sólo arroparon a la solista sino que escucharon con respeto sus intervenciones alcanzando momentos casi sublimes entre todos.

La propina no era de Ramón Carnicer para solo de flauta y acompañamiento de cuarteto de cuerda como en un principio publiqué sino Morceaux de concurs de Fauré (original para flauta con piano en arreglo de Peter Pearse para la ocasión)1, esta vez de la casa, un auténtico lujo con esos primeros atriles amigos compartiendo música, momento y emociones, estuvo dedicada a sus hijos y familiares presentes en la sala, siendo agasajada por sus compañeros y con el director sentado atrás sobre la tarima disfrutando como uno más.

La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 «Renana» (Schumann) ocuparía la segunda parte del concierto, con ubicación vienesa pura que alcanza mayor presencia y equilibrio sonoro en partituras con orquestaciones tan maravillosas como esta. Con una orquesta perfecta en número, los cinco movimientos fueron de menos a más, exigentes en todas las secciones y especialmente las maderas y los «bronces», ensamblados cual alemanes trombones y trompetas pero donde las trompas, auténticas protagonistas a lo largo de la sinfonía, no lucieron al máximo aunque tampoco ensombrecieron una visión luminosa y «vital» a cargo de Lockington, elegancia en el estilo de dirigir y entender esta partitura, con los tiempos casi al pie de la letra según la traducción del idioma de Goethe con ligero acento «british»: animado, lleno de vida (Lebhaft), no demasiado rápido (Nicht schnell) o solemnemente (Feierlich), afectos y efectos, conexión desde las buenas formas con una luz hecha sonido que sin ser cegadora estuvo tamizada por la búsqueda de calidez y amalgamando texturas y dinámicas que la orquesta correspondió a la gestualidad especial del director invitado. Programa ligero y digerible con flautas que no sonaron por casualidad junto a la «conexión Lockington».

(1) Gracias a mis lectores que están en todo por la posibilidad que me dan de aprender y poder corregir fallos «on line».

Geografías musicales

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de Abono 6, OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Thomas Adès, Lalo, Copland y Debussy.

Escribe David Moro Vallina en sus notas al programa, enlazadas en los compositores, que también remarcó en la conferencia previa al concierto, que «la música es un medio eficaz para movilizar sentimientos de nostalgia y establecer asociaciones dentro de una comunidad debido a su gran poder connotativo», pudiendo añadir de mi cosecha el enorme poder evocador de la música, no ya de sabores (que en ésto también se está trabajando) o sensaciones individuales, sino también de imágenes, incluso de cierta memoria colectiva que nos lleva a asociar músicas con películas, series, e incluso viajes, geografía personal de cada uno intrínseca a la de los intérpretes y compositores, por lo que este último concierto de febrero de la OSPA estaba lleno de «exotismos y evocaciones«.

Volvía a sonar la música de Adès (1971) en el auditorio por nuestra orquesta, esta vez con la obertura de su ópera La tempestad (2004), nuevamente plagado de música para imágenes, derroche instrumental para una formación reforzada para este concierto, breve y apostando por el despliegue máximo dando protagonismo al metal y la cuerda con una percusión abundante que no suele fallar en las obras actuales merced al colorido que aportan a las obras. Milanov se encuentra cómodo en estos repertorios y se le nota, casi diría que es transparente por no usar la expresión coloquial de «tenerle calado», y permitió a sus músicos explayarse a gusto en todas las dinámicas de la partitura aunque con poca exigencia por su parte.

La madrileña Leticia Moreno se presentaba en la capital con un violín Nicola Gagliano de 1762 para interpretar la llamada Sinfonía española, op. 21 de Lalo, dada a conocer por el virtuoso navarro Pablo Sarasate y que no suele faltar en el repertorio de todo gran violinista, aunque musicalmente no sea de los conciertos grandes que la española interpreta. Además de la visión que un francés tiene de la llamada música española, y Leticia la conoce de primera mano, lo cierto es que los cinco movimientos repasan ritmos y aires cercanos desde una orquestación rica que por momentos tapaba el sonido del violín de Leticia Moreno, algo corto en volumen pero siempre melódicamente bien llevado, escritura no muy difícil que debe compensarse con una interpretación sentida como hizo Leticia Moreno, fichaje español del sello amarillo. Milanov concertó correcto aunque sin mimar mucho las dinámicas, algo grandes para una obra al servicio del solista. Ritmos de habanera para el Allegro ma no troppo, el Intermezzo y más lenta para el Andante, aires de jota en el Scherzo y el llamado «punto de la Habana» para el Final son guiños geográficos más allá de nuestra piel de toro que musicalmente sonaron universales y de menos a más, destacando la energía última tras unos movimientos algo neutros a cargo de todos y donde la solista pudo destacar algo más.

Al menos disfrutamos con su regalo de la Nana de Falla en arreglo con el arpa de Miriam del Río, dejándonos nuevamente la idea de una violinista con mucho gusto sin necesidad de alardes virtuosísticos, primando la musicalidad sobre la técnica «pirotécnica», algo que se agradece por escasear. Las mujeres están dominando también el mundo de los solistas, y dos semanas lo corroboraron en Oviedo, geografías de ambos lados del Atlántico con el puente musical universal.

Segundas partes pueden ser buenas en contra del dicho, y esta vez Milanov se enfrentaba a dos obras que conoce, domina y le gustan, mostrando su mejor cara y estilo desde el podio, marcando y mandando, cuando la batuta se mueve precisa y la izquierda sonsaca los pasajes importantes, conocedor de la enorme calidad de todos los solistas y secciones, destacando esta vez las cuatro trompas, totalmente nuevas, que brillaron con luz propia ensambladas en el conjunto como si llevasen todo el tiempo con sus compañeros.

La suite Primavera Apalache (Copland) evoca el oeste americano por utilizar esas músicas asociadas a las imágenes de nuestro recuerdo, la colonización, el paisaje y hasta el color que Aaron Copland vuelca en esta partitura también coreografiada por la gran Marta Graham. El titular búlgaro llevó una versión llena de luz y detalles en cada pasaje, con la colaboración y entrega de los músicos de la OSPA, etapas de un viaje compartido, excelencias de los solistas subrayando las melodías, ambientando un largo itinerario que alcanza su destino en el conocido tema Simple Gifts que conquistó tierras y público en esta hermosa y lograda composición del primer músico estadounidense tildado de nacionalista al que el poder de la imagen ha hecho todo un clásico.

Y el color orquestal, como los estilos pictóricos, pasaba del naturalismo al llamado impresionismo, aunque Debussy es mucho más y El mar (mejor La mer en femenino) casi pareció pintado por Darío Regoyos en el sentido de hacerlo más Cantábrico que nunca. Los tres movimientos resultaron un viaje por estados meteorológicos cercanos donde la música olía a salitre, casi nos salpicaba y llevaba a feliz puerto asturiano. Milanov fue el capitán seguro con una tripulación de primera, Del alba al mediodía en el mar presentaba un mar tranquilamente traicionero, en esa calma de grises que amenaza los Juegos de olas siguientes, resacas oceánicas con intervenciones solistas todas destacables, una buena, la siguiente mejor, empaste ideal para el «sonido OSPA» característico que no siempre sale a flote, para lograr el Diálogo del viento y el mar, de música e intérpretes, director y orquesta remando en la misma dirección, un Debussy magistral pintor de sonidos que la gran paleta y pincel seguro hicieron más nuestro aún. El «capitán» búlgaro seguirá al mando rumbo a Bilbao antes de cambiar de barco para dejar nuestro navío asturiano al mando del «sobrecargo» Lockington, quien nos traerá nuevas singladuras también con mujeres solistas y de casa. Espero seguir con el cuaderno de bitácora relatando las distintas etapas.

Círculo virtuoso

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Martes 24 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta de Cámara «Virtuosos de Moscú», Vladímir Spivakov (violín y dirección). Obras de Vivaldi, Rossini, Boccherini, Shostakovich y Piazzolla.

Como si de un tango ampliado a «veinte (más cinco) años no son nada», aún recordamos aquel concierto de los Virtuosos de Moscú con Spivakov, con la posterior oferta asturiana de crear una escuela de élite donde ellos fueran parte fundamental de la plantilla, idea que no fructificó por distintas causas, algunas miopías que hoy ya son ceguera, promesas incumplidas y un tren que sólo pasa una vez. Al menos nos consolamos porque una parte de ellos se fue incorporando a la vida musical asturiana y desde Oviedo seguían con Spivakov dando conciertos por todo el mundo de 1990 a 1999. Unos se quedaron, forman y son parte de nuestra propia historia, trabajan aquí, tienen incluso nietos asturianos, y hasta nos dejaron en esta Asturias. Todos, incluyendo a Spivy, siguen agradecidos a esta tierra, como dijo el propio maestro en las propinas, pero el agradecimiento debe ser nuestro, SIEMPRE.

Encargarme de las notas al programa no es sino una mínima muestra de gratitud hacia una formación histórica que volvía a casa renovada, nuevamente virtuosos, jóvenes, con Sergey Bezrodny y Grigiry Kovalevsky aún entre los originales, igualmente perfectos, al servicio de la música, y rodeados de muchos compatriotas tan asturianos como el que más que no quisieron faltar a esta cita entre amigos, como cerrando el círculo. Alguna bandera de Ucrania a la puerta como protesta al conflicto por la tierra, por las ideas, por los desencuentros… el mundo siempre en guerra, pero nada empañó la fiesta musical de este último martes de febrero que continuará en esta gira donde Oviedo y Asturias tenía que estar por bien nacidos.

El periódico La Nueva España recordaba parte de esta historia incompleta pero las músicas elegidas por los artistas rusos fueron las encargadas de poner punto y final a un idilio recordado como los amores adolescentes que mantenemos vivos en el tiempo.

Comenzarían en Italia pasando por Rusia y terminarían en Argentina, nuevo cierre del círculo que yo quise llamar «Un virtuoso viaje musical».

El Concierto para violín en mi menor, RV 273 (Vivaldi) nos permitía recordar al virtuoso Spivakov con el violín y dirigiendo su orquesta de cámara, tres movimientos sin apenas espera entre ellos con el acompañamiento molesto de una tos persistente y femenina que no logró descentrar a los rusos. Maravilloso como siempre el sonido no ya del solista sino de una formación de cuerda y clave capaz de asombrar por sus dinámicas y limpieza, auténtico derroche barroco en el Allegro molto, el terciopelo del Largo que Spivakov regaló en cada nota, y el Allegro cerrando con todos los componentes que han hecho del «cura pelirrojo» un auténtico creador de la forma por excelencia.

La adolescente Sonata nº 3 en do mayor (Rossini) ya apuntaba formas para estar compuesta con sólo 12 años, aunque el arreglo para la orquesta rusa la engrandece todavía más. El Allegro parece un adelanto de algunas oberturas operísticas, el Andante como si de posibles arias fuera a reutilizar, y el Moderato un auténtico concertante, sabor clásico con recuerdos barrocos siempre en el subconsciente de un fenómeno de la melodía que renegaría de este «juguete» hoy de museo vivo en cuanto a música se refiere, y que en manos del contrabajo «más virtuoso» pareció sacar del baúl estas reliquias de crío.

Más completa resulta la Sinfonía op. 12 nº 4 en re menor «La casa del diavolo» (Boccherini), incorporándose cuatro vientos a dos (trompas y oboes) para seguir asombrando con la sonoridad de una orquesta de cámara capaz de pasajes vertiginosos claros y potentes, como en el Allegro sostenuto-Allegro assai, de jugar con ataques y contrastes en el Andantino con moto y rematar la faena con un Andante sotenuto – Allegro con moto tan plenos que el italiano afincado en la corte madrileña sonó realmente grande, de nuevo con un Spivakov que no da respiro a sus músicos, atentos a todos los detalles y auténtico grupo que suena cada sección como uno.

Abandonamos Italia en la segunda parte para un viaje profundo a la Rusia que corre por las venas de esta formación renovada que continúa fielmente las características originales, un Shostakovich como sólo ellos son capaces de interpretar, primero el Preludio y Scherzo op. 48, el proyecto fin de carrera de un joven Dmitri que no sólo apuntaba maneras sino que revolucionaría la escritura camerística y sinfónica desde el primer momento, aunque las revoluciones musicales y pacíficas no parecían encajar en las políticas. Pero el lenguaje no se pierde aunque te obliguen a callar, siempre queda la escritura para la posteridad y los intérpretes que transmiten lo que otros ocultaron. La Elegía y Polka pusieron tristeza y después ironía como arma crítica, la angustia y el humor como denuncia con una música brillante, potente en los arcos virtuosos, muestrario de recursos sonoros con unos pizzicatti redondos y presentes unidos a fraseos impensables.

De Las Cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) no sólo hay mucho que escribir antes sino también después, puesto que no fue Spivakov quien las interpretó sino cuatro atriles jóvenes tutelados desde el podio y arropados por el resto de virtuosos en unos arreglos de Alexey Strelnikov realmente impactantes, por momentos trampantojo sonoro de bandoneón imposible y pasando del Invierno porteño de un «jazzero» en los segundos Denis Shulgin al Verano académico de Lev Iomdin, otro talento salido de los primeros violines, de la Primavera inquietante de su compañero Georgy Tsay (el de rasgos achinados) hasta el Otoño maduro desde lo juvenil de Evgeny Stembolskly sin perder unidad pero aportando cada uno su personal sonoridad solista bien guiados por el maestro y director maravillando en cada gesto, como llevándoles de la mano a todos.

La propina correría a cargo del propio Spivakov al violín para continuar con Piazzolla y su Café 1930, de «La historia del tango», ritmo del barrio de Bocca asimilado sin acento ruso a categoría virtuosa concluyendo la lección magistral a sus aventajados alumnos, sonidos y sentido de virtuoso capaz de hacer clásico univeresal al argentino.

La música rumana sería la segunda propina con unas danzas increíbles ¿de Bartok? también con los el viento haciendo más orquestal unas melodías populares, en velocidades de vértigo, acelerandos, glissandos y notas siempre precisas, círculo virtuoso que devuelve el folklore a la categoría de sinfónico, y las gracias antes de un asombroso arreglo del Libertango porque el viaje y el círculo tenía que cerrarse con Piazzolla, con todo el auditorio en pie en un homenaje a unos virtuosos que se saben queridos en Asturias.

Un virtuoso viaje musical

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Todo un viaje en el tiempo nos trae el concierto de Spivakov con “Los Virtuosos de Moscú”, recordando que hace 25 años decidieron venirse a nuestra tierra asturiana para hacerla el centro de operaciones y las maletas cargadas de proyectos, algunas promesas incumplidas y avatares dignos de recordar en otro momento, pero con una semilla bien plantada que ha dado sus frutos docentes en otros músicos, muchísimos estudiantes y centenares de aficionados, siendo Asturias tierra privilegiada de haberlos tenido entre nosotros, volviendo a esta su segunda casa cuando su agenda lo permite. Tomemos pues esta velada de febrero como una nueva lección de música de cámara desde el barroco hasta el siglo XX, con unos maestros universalmente reconocidos que harán las delicias de todos por la variedad y magnífica elección de autores y obras que paso a comentar.

Antonio Vivaldi (1678-1741): Concierto en mi menor para violín, arco y cémbalo, RV 273: Allegro non molto / Largo / Allegro
Popularmente conocido como “Il Prete Rosso” (El cura pelirrojo), veneciano de nacimiento, violinista como su padre en la orquesta de San Marcos, ordenado sacerdote, maestro de violín en el Hospital de la Piedad para muchachas pobres, huérfanas o abandonadas, empresario de éxito, protegido de Luis XV o del emperador Carlos VI, Vivaldi fue un viajero impenitente con tiempo suficiente para componer una ingente obra vocal (tanto sacra como profana) e instrumental repartida en tres géneros principales, de los cuales sólo los dos últimos pertenecen a la llamada “música para orquesta”: sonatas (alrededor de 90), sinfonías (14) y conciertos (478) entre los que están en lugar especial los escritos para solista, por ser pionero, siendo algunas de sus obras transcritas por el mismísimo Bach. Visitará Mantua (1718), Roma (1723), probablemente Alemania (1724), Bohemia (1729-30) y Ámsterdam (1738) antes de abandonar Venecia en el otoño de 1740 para instalarse en Viena, verdadera capital mundial de la música. Vivaldi ya había visitado la capital austriaca en 1729, puede que invitado por Carlos VI a quien dedica sus doce conciertos“La Cetra”, representándose con éxito varias óperas suyas mientras esperaba un empleo en la corte, pero la muerte del emperador y el luto que impedía representar óperas hasta pasados los carnavales del año siguiente, trastocaron los planes de Don Antonio.
Enfermo en la casa de huéspedes que regentaba la viuda de un guarnicionero apellidado Waller (en el actual Hotel Sacher, famoso por su tarta de chocolate así como por los cantantes de la cercana Staatsoper), moriría en la miseria el 28 de julio de 1741, siendo sepultado al día siguiente tras un entierro como el que se dispensaba a cualquier indigente de aquella Viena, sin ninguna dignidad en una sencilla tumba del cementerio propiedad de un hospital público, cerca de la Karlskirche, el actual Instituto Técnico. Días después sí se celebraría un funeral por su memoria en la catedral de San Esteban pero sin que en él sonara música alguna, aunque la leyenda cuenta que entre los niños cantores participantes en su oficio estaba un Haydn de nueve años. Triste final para alguien que había llegado a ganar la increíble cifra de 50.000 ducados anuales.
De las doce colecciones auténticas con número de opus aparecidas en vida de Vivaldi, la mayoría son conciertos para violín. La actual clasificación de su obra se debe al musicólogo danés Peter Ryom (RV de Ryom Verzeichnis), destinado a remplazar los del franco-argelino Marc Pincherle, uno de los grandes biógrafos de Vivaldi, y del italiano Antonio Fanna, fundador del “Instituto Italiano Antonio Vivaldi” (y creador de uno de los primeros catálogos de la obra del veneciano para las famosas ediciones de la Casa Ricordi), sin tener en cuenta obras reconocidas como apócrifas, ni para las sinfonías, las no preservadas independientemente de las partituras vocales a las que habían estado unidas originalmente. En la actualidad hay todo un resurgir de obras suyas, las de siempre con otras menos habituales, incluso inéditas, que están ampliando la integral grabada, puede que por esa cercanía que le hace atemporal y capaz de resistir modas pasajeras, aunque no sea oro todo lo que reluce. Alrededor de 639 obras instrumentales de Vivaldi, solamente 118 fueron publicadas, en parte porque podía hacer más dinero vendiendo los manuscritos individuales a clientes ricos.
Un mes antes de su muerte, Vivaldi firma un recibo con el que cierra la venta de “tanta musica” al secretario del conde Antonio Vinciguerra di Collalto, un melómano acaparador de partituras, por la suma de doce ducados húngaros, la cuarta parte de su precio en Venecia. No hay documento que concrete la cantidad de obras incluidas en la colección, conservada en la ciudad checa de Brno, aunque sí sabemos que figuraban al menos quince conciertos de violín y una sinfonía. Una grabación reciente titulada «Los conciertos del adiós» incluye este en mi menor, de estilo más maduro que tardío, en la línea de los de Tartini o Locatelli, y de una belleza sublime relacionada precisamente con la cercanía de la muerte como último viaje.
El Concierto en mi menor para violín, cuerda y cémbalo, RV 273 proviene de un conjunto de manuscritos con doce conciertos creados para un mecenas francés en la década de 1720. Tiene la estructura habitual de tres tiempos contrastados rápido-lento-rápido, con una apertura a unísono más efectos de eco, y un final enérgico a paso ligero, una ensoñación central con el continuo bien ensamblado, armonizado y un final extrañamente vacilante. Las intervenciones siempre virtuosísticas del violín solista conforman lo que hoy llamaríamos coloquialmente “barroco de libro” que todos reconocemos en cuanto lo escuchamos, sumando el sello Vivaldi para unas melodías únicas, más allá de las decoraciones que le aplique, concierto donde las emociones se transmiten en los matices, los claroscuros de intensidades extremas, el apoyo del continuo pleno más que mero relleno, una sólida estructura sobre la que sobrevuela vertiginosamente el violín. Este concierto en mi menor, una de las tonalidades preferidas por el veneciano por expresividad y “stilo cantabile” (sin entrar a valorar lo que esta elección de modo y tonalidad supone, por otra parte plenamente asentada gracias a Bach) para unos instrumentos totalmente desarrollados capaces de conseguir lo que el compositor les exija, comparte estructura con los más conocidos de Vivaldi, puede que cercano aún el espíritu religioso y siendo más que válido un continuo con órgano en vez del habitual clave.
Gioacchino Rossini (1792-1868): Sonata nº 3 en do mayor: Allegro / Andante / Moderato
Nacido un 29 de febrero en una familia de músicos y siendo su padre, además de inspector de mataderos, un profesional de la trompa (me refiero al instrumento musical), es creíble que Rossini ya diera la tabarra , como todo niño, haciendo los deberes con su trompetita, pero lo cierto es que no recibió en su infancia una formación musical tan intensiva como Mozart, y que todo lo que tocaba a los seis años en la banda de su padre era el triángulo. Fue el pianista y compositor Alfredo Casella quien encontró en la Librería del Congreso de Washington, tras la Segunda Guerra Mundial, un manuscrito con la inscripción: «Las partituras de estas terribles sonatas, compuestas por mí durante las vacaciones, en la casa (cerca de Rávena) de mi amigo Agostino Triossi cuando era muy pequeño, ni siquiera habiendo tenido una clase de contrapunto, fueron compuestas, copiadas y tocadas durante tres días por Triossi, contrabajo, Morini -su primo-, primer violín, su hermano pequeño, al violonchelo, y yo mismo como segundo violín, quien era, para decir la verdad, el último mono». Por esto no todos se creen que Rossini se estrenase como autor a los doce años, componiendo en solo tres días estas «Sei sonate a quattro» (1804), unos deliciosos cuartetos en tres movimientos clásicos que pasado el tiempo y en plena vejez consideró horrendos, diríamos casi “pecados de juventud” que tienen la peculiaridad de no haber sido escritos para un cuarteto habitual sino para una formación en la que entra el contrabajo a expensas de la viola, tal vez por la fama del virtuoso Draggonetti en el instrumento más grave del cuarteto de cuerda, como un Paganini del contrabajo.
Parece que las melodías de Rossini fluyan como arias y no necesitase demasiado esfuerzo para producir estas maravillas donde nunca falta el humor o la leve sonrisa, con elementos compositivos que proporcionan la clave para que ese algo mínimo florezca y se convierta en un trabajo magnífico, independientemente de su osadía juvenil. Estas sonatas son extremadamente populares tanto sobre el escenario como en el estudio de grabación, interpretándose casi siempre en versión para orquesta de cuerdas que es la que disfrutaremos con Los Virtuosos de Moscú. La alegría será contagiosa, puedo asegurarlo.
Luigi Boccherini (1743-1805): Sinfonía en re menor, G 506, op. 12 nº 4 «La casa del diavolo»: Allegro sostenuto-Allegro assai / Andantino con moto / Andante sostenuto-Allegro con moto (Chaconne)
Con Carlos III en el trono, poco aficionado a la música, más las polémicas generadas con algunas medidas tomadas por sus gobernantes, van a significar un nuevo relanzamiento de los géneros nacionales, hasta el punto de queBoccherini, madrileño desde 1769, viviendo casi en el centro de la corte madrileña -en el magnífico palacio de Boadilla del Monte-, se sintió tentado por la zarzuela (en breve se repondrá “La Clementina” con libreto de Ramón de la Cruz para la Duquesa de Benavente, en cuyo teatro particular se estrenaría en 1786). Pero será en el campo de la música instrumental donde realmente destacó, y así en 1771 completará un conjunto de seis partituras que conforman su opus 12, un nuevo tipo de composiciones que denominó Concerti a grande orchestra (Conciertos para gran orquesta) hoy considerados simplemente sinfonías.
La número cuatro, titulada La casa del diavolo, es una vistosa partitura en tres movimientos que curiosamente carece de minueto y que debe su título a la referencia musical y escrita que presentan los tres movimientos, de forma más evidente el primero y el último, al Don Juan de Gluck (1714-1787). El propio Boccherini añadió en la partitura la siguiente frase en francés: «Chacona que representa el Infierno, que ha sido hecha imitando la del Sr. Gluck en su Don Juan o el Banquete de Piedra».
La casa del diablo es una sinfonía de carácter básicamente teatral, rezumando lirismo no exento de violentos contrastes aunque olvide pronto la obsesiva repetición del motivo de chacona que cierra esta obra, llena de contraposiciones entre los tiempos lentos introductorios a la manera de Haydn, con quien comparte características obvias ante la devoción que el italiano sentía por el austríaco, y los allegros que deben ser marcados sutilmente y diferenciados perfectamente en sus tonos de gravedad y jovialidad o vehemencia respectivos.
La música del españolizado Boccherini conlleva gran dificultad para alcanzar el equilibrio entre estilo, carácter e interpretación, pero siempre está bien construida y garantizando su disfrute, música galante, refinada para la aristocracia del momento, con señas de identidad exprimidas al máximo para respetar época y circunstancias, algo que Los Virtuosos dominan como nadie.
Dmitri Shostakovich (1906-1975): Dos piezas para doble cuarteto de cuerdas: Preludio y Scherzo op. 11 (incorrectamente publicadas como op. 1 nº 1)
La obra camerística de Shostakovich, durante tanto tiempo preferida a sus sinfonías «de actualidad», se revela como lo esencial de su herencia espiritual. Exige un realismo sonoro así como una potencia anímica poco común en los países latinos, lo que todavía limita su penetración en Occidente pese a encontrarnos en el siglo XXI. Su autenticidad, tanto humana como escénica, le permite, no obstante, formar parte del repertorio de los grandes conjuntos internacionales, y Los Virtuosos de Moscú lo son en todos los sentidos.
Dedicadas a la memoria de Kurchakov, en 1925, este Preludio y Scherzo constituyen un homenaje a Bach, un rasgo sarcástico típico del compositor ruso y premonitorio de la polka de “La edad de oro”, así como de los salvajes scherzos de sus dos primeras sinfonías. El padre de Shostakovich murió en 1922 mientras el joven compositor todavía estudiaba en el Conservatorio de Leningrado, por lo que necesitaba financiar sus estudios y se buscó un trabajo de pianista en una sala de cine: «El pequeño teatro era viejo, con corrientes de aire y maloliente. Tres veces al día una nueva multitud abarrotaba la pequeña casa; llevaban la nieve con ellos en sus zapatos y abrigos. El calor de los cuerpos empapados en sus ropas húmedas sumado a la calidez de dos pequeñas estufas, dejó mal olor y un sofocante calor hasta el final de la actuación. Entonces las puertas se abrieron para dejar salir a la multitud y poder ventilar la sala antes del próximo show, y corrientes de aire frío y húmedo se extendieron por la casa. Abajo, en el frente, debajo de la pantalla, se sentó Dmitri, su espalda empapada de sudor, sus ojos miopes en sus gafas de pasta mirando hacia arriba para seguir la historia, sus dedos golpeando lejos en el estridente piano vertical. De madrugada caminaba de vuelta a casa con un abrigo de verano delgado, sin guantes cálidos o chanclos, y llegó exhausto casi al amanecer» como lo describió Victor Seroff, biógrafo de Shostakovich.
El compositor estrenará este Preludio y Scherzo en el Círculo de Música Nueva de Leningrado, pero los nuevos trabajos fueron ferozmente atacados por el influyente historiador de la música y compositor Boris Asayev.Dimitri se sintió intimidado por este ataque inesperado y retuvo las Dos Piezas para Octeto de Cuerdas, op. 11 hasta después de lograr un impresionante éxito con su primera sinfonía de 1926, pieza de graduación del compositor en el Conservatorio de Leningrado (todavía considerada como una obra de asombrosa inventiva). Cuando ambas piezas fueron finalmente estrenadas en 1927, la respuesta del público fue entusiasta, dando lugar a frecuentes interpretaciones en los años siguientes, incluso en Occidente. En 1948, sintiendo plenamente el oprobio estalinista (bueno no del todo porque vivió para contarlo), el Preludio y Scherzo fueron condenados con especial celo como «indignos del pueblo ruso».
El preludio fue pensado originalmente para emparejarse con una fuga en la que comenzó a trabajar, pero cambiaría de rumbo y optó por desarrollar la pieza dentro de una suite en cinco movimientos para octeto de cuerdas. Sólo más tarde, en julio de 1925, hizo que finalmente quedasen como Preludio y Scherzo. Aunque modesto en extensión, abarca una gama casi sinfónica de estados expresivos. El Preludio, un adagio sombrío inicial, en el centro del movimiento una sección animada con mucho “intercambio conversacional” de motivos entre los ejecutantes, y el Scherzo, uno de las más decididamente modernistas creaciones de Shostakovich, reflejando el período de vanguardismo que floreció brevemente en el arte soviético antes de que Stalin llegase al poder en 1927. La compisición es atrevida y temeraria, rebosante de disonancias, despreocupada y con energía juvenil. La escritura es disonante pero los ritmos “de propulsión” que caracterizarán al compositor ruso, ayudan al oído a sentir de inmediato el fluir de la música.
Poco después de haber completado el Scherzo, Shostakovich lo describió como «lo mejor que he escrito.» Aunque originalmente compuesto para un octeto de cuerdas, la pieza se ejecuta frecuentemente, como esta noche, con orquesta de cuerda.
D. Shostakovich: Elegía y Polka  para cuarteto de cuerda, op. 36 (Dos piezas para cuarteto de cuerda)
Dos obras cortas basadas en historias familiares, incluso contradictorias, se publicaron póstumamente en 1983. Los manuscritos fueron descubiertos en Moscú en 1980 y no llevan número de opus. Indican como fecha de composición 1931 -siete años antes de su admirable serie de quince Cuartetos– y están dedicados al Cuarteto Vuillaume, siendo anteriores al primer cuarteto; se basa libremente en las transcripciones de sus ideas musicales para las primeras partituras de teatro y ballet. Este trabajo podemos tomarlo como un microcosmos del estilo musical de Shostakovich.
La Elegía es un adagio que revive el aria de Katerina al final del acto primero de “Lady Macbeth de Mtsensk” (estrenada en 1934). Armonía desnuda y desprovista de su aspecto burlón, emocionalmente agotadora, escritura llena de la angustia que impregna muchas de las composiciones posteriores, volcando en la música los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el sufrimiento del pueblo ruso, una canción que parece anunciar el romanticismo delsegundo cuarteto desde esa intimidad lírica con la característica constante de la propia personalidad del autor, capaz de sorprendernos siempre, como ocurre, por la audacia del enfoque, con la Polka, un extraño y circense “Allegretto” matriz del ballet “La edad de oro” (1930) que casi parece la banda sonora de una película de Fellini, donde ese ritmo alegre e irreverente hace bailar «el ángel de la paz», con bosquejos sarcásticos y brillantes, la parodia del rayo o el juego constante con cambios entre pizzicato y arco dando lugar a una de esas obras donde la música nos evoca el dolor de vientre tras reírnos en exceso.
Astor Piazzolla (1921-1992): Las Cuatro Estaciones Porteñas ó Las Cuatro Estaciones de Buenos Aires: Invierno / Verano / Primavera / Otoño
Las Cuatro Estaciones Porteñas fueron concebidas como composiciones separadas más que formando parte de una suite, aunque el mismo Piazzolla las interpretó juntas en varias ocasiones, no buscando describir estrictamente cambios climáticos y mutaciones de la naturaleza sino más bien una serie de cuatro estados de ánimo del autor que se enfrenta a su propia percepción de la gran urbe: al latir de su ciudad, del corazón porteño utilizando el tango y emergiendo la parte bohemia de Buenos Aires, el llamado “tango nuevo”, la expresión del alma porteña. Pasa de una furiosa excitación, con partes de carácter virtuoso, a momentos de terrible quietud y calma, música descriptiva pero en un sentido muy laxo del término. Cuando Astor escribe sus cuatro estaciones porteñas lo hace de manera muy distinta aunque inspirándose en Vivaldi, como pueda ser la estructura rápido-lento-rápido, el concepto o el virtuosismo. En las estaciones existe una alternancia entre solos y “tutti” como en las composiciones clásicas, pero a partir de ahí no respetan un criterio estrictamente formal.
El orden de composición no sigue el cronológico ni el climatológico aunque sí está cercano al argentino, con cursos escolares de marzo a diciembre seguidos de las vacaciones de verano navideñas. Piazzolla alcanza su identidad estética y la consagración de un estilo por la forma de amalgamar un pulso rítmico decididamente “de tango” con procedimientos armónicos y contrapuntísticos que aprendió en Europa de Nadia Boulanger entre otros, perfecta fusión entre la tradición musical clásica y la música popular argentina del gran Aníbal Troilo. El orden de ejecución de esta tarde será también distinto, buscado y seguramente muy meditado como intentaremos desvelar:
·      En el Invierno Porteño, escrito en 1970 al igual que la primavera, podemos percibir el frío y la soledad de lo cotidiano, el día y la noche donde el tango se hace calle Corrientes, melancolía interrumpida por fuertes impulsos rítmicos. Podremos apreciar que en varias partes el violín asume un registro más grave de lo habitual pues originalmente había sido compuesto para viola.
·      Verano Porteño, de 1965 y originalmente música incidental para la obra “Melenita de Oro” de Alberto Rodríguez Muñoz, es el estío como sinónimo de pasión y ocio, el calor que invade el cuerpo y el almanaque, la temperatura del amor sumada a la del cemento en las calles del Tigre, la necesaria siesta heredada de los “gallegos” y difícil de conciliar por esa humedad terrible, la lentitud de una ciudad que sólo parece respirar al caer el sol. Un tema se repite por toda la obra de manera insistente, sofocante, interrumpido por el solo del violín para finalizar la obra cuando notamos la lentitud rota por el acelerado final.
·      En la Primavera Porteña (también conocida como “Buenos Aires en Primavera” y escrita en 1970 como el Invierno) encontramos el primer amor, el despertar del cuerpo y la seducción, la merienda en esos parques de Recoleta con los enamorados sobre el césped enorme, la ciudad que revive tras el invierno, árboles centenarios recuperando el verde y las flores inundando de perfume toda la ciudad. Esta obra se desarrolla a partir de un tema fugado y los especialistas comentan que es la más equilibrada en la distribución rítmica y melódica de las cuatro.
·      El Otoño Porteño, compuesto en 1969, sirve para encontrarnos con la despedida hecha música, la levedad del ser, la fugacidad de la pasión hecha otoño, la ciudad que comienza a vestirse de ocres y abrigarse. En el original escuchamos uno de los solos más notables para la mano izquierda del bandoneón, puro “sabor Piazzola” donde cada nota parece querer buscar su propio peso luchando por independizarse de toda la frase musical antes que el violín se invente un nuevo momento de suspense antes del adiós.
Las Cuatro Estaciones Porteñas nunca fueron publicadas como tales hasta el “descubrimiento” de Guidon Kremer, otro violinista bien conocido en Oviedo, aunque fuese interpretado como ciclo al menos en cinco oportunidades por el propio Piazzolla y su “ensemble” usual integrado por violín ó viola, piano, guitarra eléctrica, contrabajo y bandoneón. A partir del original se han hecho al menos dos arreglos, siendo el de Kremer más conocido y preparado por el director de orquesta ruso Leonid Desyatnikov, cuyo “arreglo” orquestal incluye también algunos cambios estructurales, buscando que entre las cuatro piezas individuales del argentino y los cuatro concerti del veneciano existiese un vínculo más evidente mediante la conversión de cada una de las piezas en trozos de tres secciones, y “re-arreglos” para violín solista y orquesta de cuerdas. En cada pieza se incluyen varias citas de la escritura original de Vivaldi, pero debido a que los ciclos estacionales del hemisferio sur se invierten, el arreglo considera por ejemplo, que en el caso del Verano Porteño se desarrollen elementos agregados de L’inverno (invierno) del “cura pelirrojo”. Guidon grabó en un mismo CD estos dos ciclos estacionales desarrollando el concepto de que ambas composiciones son obras maestras con su propio lugar en la historia, y el ejercicio postmodernista de combinar ambas no disminuye la potencia de su mensaje musical sino que lo magnifica, algo que suscribiremos todos tras escucharlo.
La nostalgia del tango es un sentimiento que Don Astor Pantaleón llega a describir en sus estaciones y todas sus composiciones posteriores, nostalgia inherente a su propia naturaleza que permite al público captar el altísimo contenido artístico que con tanta sensibilidad expresa esta música y hacen de Piazzolla un héroe nacional al que los argentinos son tan dados, en este caso elevadamente reconocido por su afinidad con la cultura de Argentina y el carácter de embajador artístico en el mundo entero, al igual que estos virtuosos rusos, sobre todo ciudadanos del mundo, con el único lenguaje universal de la música.
Acabar el concierto con esta obra es cual viaje de vuelta, diríamos que casi fantasmagórico, entre dos mundos: el barroco italo-veneciano del siglo XVIII y el ritmo sincopado bonaerense del siglo XX, un virtuoso viaje musical a través de tres siglos y dos hemisferios, casi el cuaderno de bitácora del violín de Spivakov y “sus Virtuosos”.
Pablo Álvarez “Siana”
NOTA: Con motivo del concierto que Los Virtuosos de Moscú con Vladímir Spivakov ofrecen en los Conciertos del Auditorio el martes 24 de febrero de 2015, he tenido el honor de escribir las Notas al programa, pero como el espacio es limitado en el papel, aprovecho para poner aquí el original antes de tener que resumirlo. Gracias por leerme.

Emotivos reencuentros

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Jueves 19 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto de Abono 2. OSPA, Gabriela Montero (piano), Rossen Milanov (director). Obras de J. Rueda, Rachmaninov y Shostakovich.

Tarde de emociones y reencuentros, primero con la OSPA tras el paréntesis navideño y operístico, con ganas de volver a tantear su estado de forma ante un programa duro, y segundo con mi adorada Gabriela Montero que actuaba por vez primera en mi tierra tras estrenar en España su obra más personal, Ex-Patria, y nada menos que con uno de los conciertos más queridos por intérprete y público.

Elephant Skin (2002) del madrileño Jesús Rueda (1961) es un claro ejemplo del trabajo orquestal centrado en la búsqueda del color a base de continuos cambios de textura y la sutileza que subyace incluso en el título, aunque me gusten más sus orquestaciones de Albéniz que ya hemos escuchado tanto por la formación capitalina como por la asturiana con Max Valdés en El Vaticano. Mi admirado musicógrafo Luis Suñén, autor de las notas que dejo enlazadas al principio bajo los compositores, dice del maestro Rueda que «no vence sino que convence a quien lo escucha», aunque se necesite un esfuerzo mayor del habitual para no rendirse, pero que finalizado el concierto pareció mantenerse bien al compartir programa con dos grandes orquestadores rusos, pues está claro que existen referencias a ellos e incluso a Stravinski como espejo en el que casi todos los compositores de nuestro tiempo acaban mirándose, puede que reconociendo la vigencia de unas músicas no siempre aceptadas en el momento de su estreno.

El maestro Milanov se siente cómodo con estas partituras y me parece bien apostar por ellas, más si son de casa, más allá del esfuerzo que supone una obra escrita para concurso, donde el búlgaro podría haberse clasificado sin problemas, sobre todo con la OSPA a la que encontró con ganas, en su disposición habitual y con algún cambio de atril que no mermó la calidad a la que nos tiene acostumbrados. El resultado fue notable en todos.

De los intérpretes podría clasificarlos entre los que se transforman ante el instrumento y los que se prolongan en él. Gabriela Montero es de las segundas, con carácter y personalidad, impetuosa, comprometida con su tierra, su tiempo y oficio, honesta, pura fuerza interior en equilibrio con una sensibilidad latina y especialmente una mujer de mundo, de su tiempo, capaz de disfrutar y contagiar sus emociones e ideales. Bautizada como «La divina«, yo preferí «Emperatriz del piano» tras escucharle el quinto de Beethoven en Barcelona, invitado por ella. De los conciertos famosos, bellísimos y exigentes, el Concierto para piano nº 2 en do menor, op. 18 de Rachmaninov puede que esté el primero de la lista de mi selección y también del de la venezolana, puesto que en sus manos adquiere una dimensión propia. Destacar su dominio asombroso del instrumento y de la partitura, siendo ella quien marcó desde el principio todas las líneas maestras, con un Milanov plegado a la pianista y una orquesta que sonó siempre en segundo plano, como tras una gasa inmaterial que engrandeció aún más la presencia del instrumento solista, pese a tener partes protagonistas y con peso propio. Destacar lo bien que encajaron los distintos cambios de tiempo, vertiginosos desde el mando en plaza de la venezolana, claridades expositivas de principio a final con dinámicas potentes, redondas, y delicadeza en los momentos sublimes. Moderato realmente el principio, al que no estamos acostumbrados cuando se apuesta por el virtuosismo mermando musicalidad, algo que Rachmaninov derrocha, piano de paso que desde un primer plano pudimos inspeccionar al detalle en su ensamblaje sinfónico, bien las trompas, las contestaciones entre maderas y piano, la limpieza de la mano derecha bien contrapesada con el poderío de la izquierda. El Adagio sostenuto sirvió para soñar despiertos, la delicadeza frente a la fuerza, el lirismo compartido con unas maderas realmente inspiradas, especialmente el clarinete y las flautas, faltando algo más de pegada en la cuerda, sobre todo los violoncellos, precisamente por una sonoridad algo velada en todo el concierto. El búlgaro siempre atento a la venezolana, marcó cada detalle, antes del desenfreno siempre controlado en el Allegro scherzando, cadencia vertiginosa en manos de Gabriela Montero, y final explosivo sin peligro en una versión femenina de nuestro tiempo. Las reinterpretaciones gastronómicas correrán de nuevo por cuenta de distintos restaurantes y cocineros asturianos, con un Milanov auténtico chef en buenos tiempos gastronómicos.

Y las improvisaciones que no pueden faltar como regalo cuando tenemos a «la divina» sentada al piano. Tras explicar con «voz operástica» cómo las siente y crea, nadie del público se atrevió a cantarle algo conocido, fuera lo que fuese, por lo que un trompa ejecutó su famosa melodía del Andante de «La Quinta» de Tchaikovsky (no hay quinta mala), como continuando el sabor ruso de la velada. Manteniendo la tonalidad original y con regusto al Sergei todavía caliente en dedos y oídos, cual paladares y memoria gustativa, Gabriela fue cocinando variaciones que sorprendían a quienes no conocían en vivo esta faceta suya pero dejando boquiabiertos a todos cuando en estilo puramente «bachiano» comenzó a dibujar una fuga realmente asombrosa finalizando en un tango casi sinfónico, demostrando que sigue siendo única en una técnica, género o forma si así queremos denominarlo, que con ella vuelve a darle todo el sentido a la palabra músico. Apoteósica, espontánea, expléndida y sobre todo grande, así es Gabriela Montero.

La Sinfonía nº 15 en la mayor, op. 141 (1971) de Shostakovich resulta casi su testamento y memorias musicales de una vida azarosa que siempre se tomó con ironía, la misma que utiliza en distintos momentos en una forma de nuevo «clásica» de cuatro movimientos, pero con todo el trasfondo de dolor, abismos interiores, clima gélido donde la temperatura aunque suba no llega nunca a derretir el hielo, colores grises solamente rotos por los toques puntuales de una percusión muy escogida donde los timbales cantan a Wagner, la celesta pone rayos de sol, el glockenspiel un poco de nueve y las membranas parecen sonar a luz de luna. Pese a la plantilla siempre esa desnudez en las intervenciones de cada solista, todas difíciles y llenas de musicalidad dolorida, registros extremos casi agonizantes, dúos paradójicos, corales en los bronces que sonaron empastados como nunca, y tiempos diferenciados bien llevados por Milanov, nuevamente gustándose en este repertorio. Su final retardando al máximo la bajada de brazos para contener aplausos y degustar ese final nihilista, la nada hecha música, corroboró un concierto exigente para todos, músicos, solistas y público. Repetiremos en Oviedo por esa máxima de que no hay dos conciertos iguales… reencuentros siempre distintos con emociones individuales compartidas.

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