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Mañana de sábado con mucho Schubert en MUSIKA

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Impresiona madrugar y escuchar en algunas habitaciones músicos haciendo escalas. El desayuno hay de todo, los que prefieren algo frugal o mejor cargar fuerzas que el día se hará muy largo. Llegar a la fiesta Musika-Música de Euskalduna y encontrarse ya con las primeras colas sigue siendo buena señal.

Sábado 5 de marzo, 11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23, Luis Fernando Pérez (piano), Aitzol Iturriagagoitia (violín), Andoni Mercero (viola), David Apellániz (chelo) y Toni García Araque (contrabajo).
F. Schubert: Quinteto para piano y cuerdas en la mayor «La trucha», op. 114 D. 667. Entrada: 8,90 €.

Me gusta que los grandes pianistas no se limiten al concierto con orquesta o al recital en solitario sino que formen y participen en la música de cámara que siempre reivindico como la base de todo melómano porque también lo es de los propios compositores. Está claro que para alcanzar niveles altos de calidad en el conocido quinteto «La trucha» se necesitan años de trabajo conjunto porque no sirve solo tocar lo escrito, algo para lo que estos músicos y profesores están más que capacitados, incluso en quinteto puro para el Allegro vivace inicial donde todos son protagonistas. Los tiempos elegidos para los movimientos optaron por un virtuosismo técnico más que por la poesía que el lied original debería transmitir, en inspiración o en la cita directa del tema en las variaciones del Andantino. Mejor el cuarteto de cuerda aunque había química desde el teclado que nos dejó una trucha asalmonada pescada en aguas cristalinas, de esperar en estos profesionales que fueron como el aparejo del cuatro más una caña campeona del pianista madrileño Luis Fernando Pérez que no siempre sacó a flote el esperado pez, al menos de las medidas reglamentarias para no devolverlo al río, si bien su sonoridad y fuerza siguen impresionándonos a todos y el toque de ajuste técnico y afinación estuvo a cargo del asturiano Jesús Ángel Arévalo, un fijo en el staff de este festival.

Sábado 5 de marzo, 12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.
Tras el necesario café escuché de fondo sonar de nuevo a Schubert y me acerqué para disfrutar con este movimiento tan bien escrito, tocado y dirigido, sorprendente calidad de unos estudiantes burgaleses con un director que vamos siguiendo de cerca. Todo ello asegura un futuro optimista en el campo musical, aunque pasemos momentos donde parece volver la sombra del pasado que recordaba Jesús López Cobos sobre que «ser director de orquesta en España es como ser torero en Finlandia«, muchos años de inversión que va siendo hora de recoger nosotros y no otros.

Sábado 5 de marzo, 13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32, Cuarteto Quiroga: obras de  F. Mendelssohn y F. Schubert. Entrada: 6,90 €.

Si en el primero de la mañana reflexionaba sobre la necesidad de la música de cámara y el tiempo de trabajo que hay detrás de un cuarteto, no cabe duda que escuchar «el Quiroga» es siempre un placer por entendimiento, riqueza tímbrica y perfección en la forma y formación. Aitor Hevia (violín), Cibrán Sierra (violín), Josep Puchades (viola) y Helena Poggio (violonchelo) son mejor que la conocida marca de aceite, son cuatro en uno, sonoridad impecable desde una técnica siempre al servicio de la obra que tratan con un respeto digno de reflejarse, siendo reconocidos allá donde van como un verdadero fenómeno. El Andante y Scherzo para cuarteto de cuerdas, op. 81 (F. Mendelssohn) resultó ideal con esos mimbres, arranque casi coral donde todo está medido antes de un Scherzo vibrante y brillante, escuchándose todo lo escrito sin perder detalle, melodías, arcos, pizzicatti, en un enfoque global lleno de musicalidad.
Y el momento grande de nuevo con F. Schubert y su Cuarteto nº 13 en la menor «Rosamunda», op. 29 D. 804. Delicias de un ensamblado cuarteto donde los arcos parecen movidos por un solo brazo, la música que brota por doquier entendida como globalidad, un Schubert limpio, brillante y equilibrado con sentido contraste, romanticismo en estado puro que «el Quiroga» entiende al pie de la letra en cada uno de los cuatro movimientos, sin excesos y sin defectos. Es maravilloso escuchar la melodía pasar de uno a otro sin perder el color, algo al alcance de muy pocos. Referente de este repertorio aunque sin encasillarse en ninguno porque sienten todo lo que tocan y el enorme trabajo previo se nota en cada frase. Hay cuerda para rato… me perderé su cuarteto estrella «La muerte y la doncella» pero el día no da para más. Y con poco tiempo a comer algo antes del primero de la tarde.

Notas rápidas de Musika-Música 2016

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Recién llegado a casa de esta «maratón» o fiesta de la música en Bilbao que es Musika-Música este fin de semana del 4 al 6 de marzo, con 190 € en entradas (que mi «sufridora» ahí estuvo también) dejando aquí unas notas rápidas tomadas a vuelapluma, vamos tecleando en el móvil nada más terminar cada uno de ellos. Con tiempo las crónicas detalladas con sus fotos, enlaces y todo lo habitual.

Viernes 4 de marzo
19:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 2.

Contención dinámica y explosión anímica en Wagner, implosión Strauss en Euskadiko Orkestra Sinfonikoa potente y dirección clara de gesto e ideas de José Miguel Pérez.
21:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 3.

Aprovechar recursos con maestría hace «Grande» a Maestro Andretta, Orquesta Ciudad de Granada y Sinfonía de Schubert.

Sábado 5 de marzo
11:00 horas: Sala Biblioteca Shakespeare, Concierto nº 23.

​Una trucha casi asalmonada en aguas cristalinas con aparejo de cuatro y una caña campeona manejada por el pianista Luis Fernando Pérez.
12:30 horas: Kiosko Cósima, Orquesta del Conservatorio Rafael Frühbeck (Burgos), Daniel Lorenzo (director).
F. Schubert: Sinfonía nº 8 «Incompleta»: I. Allegro Moderato.

Llegué al final pero disfrutando con este movimiento y una sorprendente calidad en unos estudiantes que aseguran un futuro optimista.
13:45 horas: Sala La Trucha, Concierto nº 32.

Entendimiento, riqueza y perfección en forma y formación hacen ideales a Mendelssohn y sobre todo a Schubert, limpio, brillante y con sentido contraste.

17:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 19.
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​Calidade gallega para una acuarela escocesa  más que óleo, donde las brumas brillaron al mismo nivel que la orquesta Real Filharmonía de Galicia y su director Paul Daniel.
18:30 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 41.

R. Strauss: Cuarteto con piano en do menor, op. 13 TrV 137.
Impactante y duro romanticismo en estado puro este cuarteto opus 13 de Strauss, la excelencia Galdós con un trío que sólo junto a Ivan Martín puede sonar así.
20:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 21.

Un juguetón Till con más sal gorda que Maldon y los lieder con más hueso en el grave que excelente carne aguda pero buen sabor «al dormir» ante una obra asimilada incluso en escena. Tomo nota de «la Müller».
21:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 22.

Haciendo cumbre alpina con ostentación sonora para cerrar el sábado, disfrutando del órgano y una pletórica Bilbao Orkestra Sinfonikoa local que casi llena el Auditorio pese a la hora de finalización.

Domingo 6 de marzo
13:00 horas: Kiosko Cósima, Conservatorio de Música de Calahorra:
Trío con piano: Ana Ausejo (violín), Beatriz Pérez (viola), Camila Bretón (cello), Alfo Fabo (piano): F. Schubert: Adagio y rondó concertante en fa mayor para cuarteto con piano D. 487: Rondó. Desparpajo y buen ententendimiento fruto de mucho trabajo previo.

Octeto de viento: Nerea Andrés (flauta), Miguel Ibáñez (oboe), Guillermo Arnedo y Ruth Arriazu (clarinete), César Calvo y Josep L. Lloares (fagot), Virginia Montes y Marta Llorente (trompa): F. Schubert: Octeto para vientos D. 72: I. Allegro, II. Andante (arr. R. G. Patterson).

Cuando la música de cámara exige escucharse además de tocar, una lección para no olvidar nunca que estos jóvenes tienen muy claro.
13:45 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 51.

Cada músico de «nuestra» Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) vida de héroe en este monumental Strauss para despedir la presencia asturiana en Musika, lástima hora poco agradecida y menos público del esperado.

15:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto gratuito, Orquesta del Conservatorio «Juan Crisóstomo de Arriaga», Maite Aurrekoetxea (directora):
R. Wagner: Lohengrin, introducción al acto III.
F. Mendelssohn: Sinfonía nº 4 «Italiana»: II y III mov.
R. Wagner: Los Maestros Cantores de Nüremberg: Preludio.
Qué maravilla ver la juventud en el escenario grande, premio a lo estudiado y ensayado sientiéndose tan importantes como los maestros a los que han estado escuchando y conviviendo. Hay cantera.
17:00 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 70.

En estado de gracia​ Judith Jáuregui que nos pone el punto final a nuestra MusikaMusica con los hermanos Mendelssohn para descubrir, un Félix virtuosístico y poderoso, más la increíble Fanny que seguirá sorprendiéndonos tanto como la pianista donostiarra.

A las 18:05 salimos del Euskalduna, coche, carretera y agua… En casa alegres tras este fin de semana con «puente romántico 2016» donde Richard Strauss volvió a exigir a todos sus intérpretes, especialmente centrado en las orquestas que sumaron mi «plan», los conservatorios verdadero vivero de talento que no podemos dejar emigrar, unos pianistas consagrados que también en cámara atraviesan un momento dulce, y la reafirmación del Cuarteto Quiroga como lo mejorcito en la actualidad dentro de mi complicada elección. Mucho que contar con detalle en una semana donde la música en el Principado tampoco parará… y mi admiración a la organización que sigue asombrándome. No quiero olvidar al trompa ovetense Jorge Monte de Fez que la mañana del sábado (concierto nº 17 en el Auditorio Odisea) interpretó con la OSPA y Milanov el primero de Strauss en un nuevo hito dentro de su meteórica carrera, y a Jesús Ángel Arévalo dentro de los afinadores oficiales de este macro evento. La presencia asturiana en Bilbao sigue dejando el pabellón muy alto y puedo presumir de haber estado ahí.

Casi para todos los públicos

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Miércoles 24 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, AVANTI: OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de L. Diéguez, R. Wagner, W. A. Mozart, P. I. Tchaikovsky, G. Mahler, L. van Beethoven, A. Dvorak, J S. Bach, E. Grieg, G. Bizet, B. Lauret y G. Giménez.

El público seguidor de la OSPA decidió dentro de una encuesta con 25 obras (como los 25 años que celebramos esta temporada) una docena dentro de lo que podríamos llamar, con perdón de RNE, «Clásicos populares» y así sonaron las obras que paso a citar, incidiendo en lo de sonar más que interpretar, pues como bien dijo el maestro titular, que hoy ejerció de «presentador» de cada una, es la orquesta de Asturias, capaz de afrontar cualquier repertorio, esta vez en un abanico de 300 años que no siempre lució como era de esperar.

Abríamos con nuestro Himno de Asturias en la orquestación oficial de Leoncio Diéguez, la misma que tantas veces ha sonado en este auditorio, aunque esta vez el coro fue público con los mismos problemas que los «profesionales» porque si no se dirige correctamente, todos cantan «a su aire». Pero sentirse protagonista por unos momentos siempre es de agradecer y hasta nos olvidamos de calidades prefiriendo cantidades.
El «Preludio» del Acto III de Lohengrin (R. Wagner) necesita, como diríamos coloquialmente, amarrar los caballos para que no se desboquen, siendo obra sutil que sonó brava porque los balances son necesarios ante una lucha siempre desigual entre las distintas familias orquestales, hoy además al completo.
La cuerda de la OSPA siempre ha sido como la seña de identidad y el primer movimiento, «Allegro» de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) era para lucirse, aunque no hubo intención de sentir esta joya que resultó bisutería, de calidad pero lejos de lo esperado. Triste recordar que la música no es solo la partitura.

Los ballets de Tchaikovsky son filigranas para toda orquesta y la Suite nº 1, Op. 71a del Cascanueces una muestra de su maravilloso sentido melódico e instrumental, plagado de detalles muy sutiles, eligiendo tres (o cuatro) de sus danzas: la rusa, la árabe y la china. Al menos pudimos disfrutar de la calidad de nuestros solistas, principalmente la madera, aunque la necesaria conjunción quedó en pinceladas, que no brochazos, de una batuta nuevamente deslavazada que no imprime ni ritmo ni aire, dejando a los músicos que intenten además de sonar, sentir.
Puede que por esa necesidad de sentimiento, el famosísimo y cinematográfico«Adagietto» de la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (G. Mahler) con la cuerda con Miriam del Río al arpa nos dejó el mejor momento de la velada, esta vez más emoción que precisión, para unos músicos que parecen querer dejar clara su valía, con unas dinámicas al fin angustiosamente interpretadas.

Lástima que, como dice el refrán, «la alegría en casa del pobre dura poco» y Beethoven con su Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» no corroboró el «hit» mahleriano. Pese a elegir los movimientos III y IV, la danza pastoril no resultó bucólica, a pesar de las trompas, faltó intención, aire y mando; la tormenta fue un chubasco, con poca claridad en los contrabajos que tronaron con los timbales.
No despejaron los nubarrones con el «Presto«de las Danzas eslavas, op. 46 nº 1 (Dvorak), borrosas, una Furiant nada ágil ni bailable y carente de un empuje rítmico que fue a borbotones y sin claridad en las melodías a pesar de los esfuerzos. Espero que en el próximo abono, de cámara, se resuelvan los problemas del «Avanti».

La grandiosidad de la famosa «Aria» de la Suite nº 3 en re mayor, BWV 1068 (Bach) permitió disfrutar de la cuerda pero sin criterio, ni historicista ni musical, fraseos sin sentido, volúmenes fuera de lugar, sin la pulsación barroca que requiere un movimiento tan cantable que se le denomina precisamente aria.

Otro refrán dice «de perdidos, al río» porque el cuarto número «En la cueva del rey de la montaña» de la conocidísima Suite nº 1, op. 46 de Peer Gynt (Grieg) nos dejó literalmente dentro de la oscuridad absoluta y nada platónica, cierto que los solistas intentaron poner un poco de luz pero el largo y progresivo acelerando sólo sirvió para llenar de barro, tras la tormenta pastoral o los traspiés eslavos, una obra donde los matices olvidados borraron la melodía principal en un final de fuego prehistórico.
Del ímpetu y colorido que tiene el «Preludio» de Carmen (Bizet) nos quedamos con lo primero porque más que de inspiración española me resultó griega (por las ruinas).

A Benito Lauret no me cansaré de recordarle y agradecer lo que hizo por Asturias en todos los campos. Sus Escenas asturianas tanto en la versión sinfónica como para banda recogen melodías que este cartagenero hizo grandes, y en el Finale da gusto el oficio de orquestador en un músico excelente, jugando con el «balamé» del Pericote y nuestro «Asturias patria querida» en una contraposición no ya de temas sino de colores en los que Diéguez también buscó su instrumentación. Es una obra que nuestra OSPA ha llevado por medio mundo y con grabación para la posteridad que se debería escuchar más a menudo, pues su riqueza dentro de cierto nacionalismo bien entendido y académico a más no poder, requiere un estudio previo y documentado. Algo parecido a nuestra fabada que con excelentes ingredientes y condimentos se puede estropear sin una buena cocción.

Y al final llegó el divorcio, vamos que el «Intermedio» de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) resultó un «totum revolutum» a pesar de estar todo claro. Puede que con las cartas boca arriba y una partitura precisa se demuestra la falta de entendimiento entre lo escrito y lo escuchado, teniendo en nuestra memoria tantas y excelentes versiones con orquestas de menor calidad que nuestra OSPA.

Temblando estoy del panorama cercano donde podré escuchar otras formaciones españolas como la Orquesta Ciudad de Granada, las de Bilbao y Euskadi o la Real Filharmonia de Galicia, porque además las obras y compositores exigen no solo trabajo sino talento…

Prometedores debutantes

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Miércoles 17 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Edgar Moreau (violonchelo), Oviedo Filarmonía, Tung-Chieh Chuang (director). Obras de J. Fernández Guerra, Shostakovich y Tchaikovsky.
Noche de debuts y estrenos con un verdadero examen para el director taiwanés Tung-Chieh Chuang que se enfrentó a tres obras muy distintas como son una primicia, un dificilísimo concierto con solista y una sinfonía histórica, superando con sobresaliente la prueba, dominando tanto las obras como a la formación local que igualmente es una todo-terreno en cualquier repertorio y estilo, sabiendo amoldarse a las distintas batutas que se han puesto al frente, aprendiendo de casi todas, esta vez equilibrando los planos para compensar una cuerda que sigue siendo algo escasa pero que con maestría y esfuerzo logran hacernos olvidarlo, precisamente por una contención y búsqueda del sonido de una sección de viento realmente «domada» por el ganador del último Concurso Malko de dirección en la capital danesa, lo que le supondrá una verdadera gira con orquestas de prestigio, siendo el arranque este miércoles dentro de los conciertos del auditorio asturiano.

La propia Oviedo Filarmonía sigue con su política de encargar obras para engrosar sus estrenos, y esta vez correspondió al compositor madrileño Jorge Fernández Guerra (1952) y su Calle 1061, explicada perfectamente por él mismo en las notas al programa, inspirado en el Concierto para dosclaves y continuo, BWV 1061:

«… Yo, entonces, era un ferviente consumidor
de fugas, pero esta no es superior a cualquiera de las más grandes de
los últimos años (El arte de la fuga, Ofrenda musical, etc.)…. En esas fechas era adepto de las
orquestaciones de Bach realizadas por Webern, Schoenberg, Stravinsky o Busoni.
Y “orquesté” esa fuga con un secuenciador electrónico de esos años, con
sonidos lamentables pero que me daban los planos que escuchaba. El secuenciador
terminó saliendo de mi vida, así como una grabación casera en casete
que perdí en alguna de tantas mudanzas.
Pero la fuga seguía en mi cabeza y solo en ella. La oportunidad de hacer con
ella un proyecto orquestal que acabara con esta fijación vino con este encargo
para Oviedo Filarmonía.
Calle 1061 consta de dos partes, la primera recoge momentos del segundo movimiento
del Concierto de Bach, con algunas licencias y una especie de tratamiento
casi narrativo. Es siempre Bach pero “glosado”. La segunda parte es la
fuga del tercer movimiento, y aquí suena entera (no se puede bromear con una
fuga de Bach), pero tratada orquestalmente siguiendo ese lema: “así es como yo
la oigo”, que Anton Webern empleó para explicar su orquestación del Ricercare a Seis de la Ofrenda Musical. No es el mismo resultado, yo no soy Webern, pero
me he reconciliado con un episodio de mi pasado y, al mismo tiempo, ofrezco
una obra de muy buena música, no en vano es de Bach»
.

Obra amable de escuchar porque «Mein Gott» soporta lecturas desde todos los estilos y tímbricas, y Fernández Guerra opta por una cercanía nada actual donde prima el buen gusto orquestal con el color que dan la marimba y el arpa junto a una cuerda sedosa y unos vientos por momentos organísticos en cuanto a presencia. Cierto que la fuga no está desarrollada académicamente sino desde la óptica del compositor, bebiendo de distintas fuentes y profesores, con una «visión de las transformaciones que la música de creación precisaba acometer en el cambio de siglo» (como figura en su propia biografía); el maestro Chuang sacó de la partitura no ya los motivos bachianos sino la paleta elegida por el madrileño, con quien supongo intercambiaría impresiones en los ensayos, y que subió a recibir los aplausos de un público agradecido, en general predispuesto a estrenos en esta línea compositiva.

El Concierto para violonchelo nº 1 en mi bemol mayor, op. 107 de Shostakovich es como casi todo el catálogo del gran compositor ruso, una verdadera montaña de emociones plagada de diabluras para todos los intérpretes con momentos de aparente remanso, exigente para el solista, esta vez Edgar Moreau, un prodigio de cellista francés con un «David Tecchler de 1711» sonando por momentos aterciopelado y nunca «gimiente», excelentemente concertado por un Chuang de nuevo explorando planos y presencias, con tiempos pactados con el solista desde el Allegretto inicial fácil de degustar cada intervención solista o del tutti, contagiando el aire festivo y veloz, con una trompa cual segundo solista, aunque técnicamente en otra categoría, un extenso Moderato realmente sentido por todos, atención y escucha mutua, dramatismo y sonoridades excelentes tanto en los armónicos de Moreau como el ambiente de la celesta en los dedos del virtuoso Bezrodny, la Cadenza del solista de musicalidad y sonido preciosista, con fraseos limpios y presencia, musicalidad madura tal vez bien encauzada por sus maestros pero ya totalmente interiorizada pese a la juventud, y el Allegro con moto vibrante, espectacular, los sentimientos personales de Don Dmitri llevados al pentagrama en una obra referente de Rostropovich a quien fue dedicado, con Moreau asombrando y contagiando empuje. Una excelente interpretación de todos.
La propina solo podía ser Bach como hiciese en el homenaje a las víctimas de París, esta vez la «Sarabande» de la Suite nº 3, poderosa, desgarradora y cerrando círculo de esta primera parte, inspiración y fuente. Este enfant terrible nos dará muchas alegrías y habrá que seguirle la pista.

Aunque pueda parecer reiterativo siempre digo que «no hay quinta mala», y además la tenemos fresca de hace dos meses con la OSPA, y me refiero a la impresionante Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (Tchaikovsky). La orquesta ovetense no tiene la plantilla de la asturiana, y en estas maravillas sinfónicas se nota, pero el trabajo del director taiwanés es digno de destacarlo, como lo fue en la primera parte. Dominando la obra de memoria pudo mantener el tipo y alcanzar de la OFil lo mejor de cada sección, de sus solistas y sobre todo del conjunto, amoldándose fielmente a todas las indicaciones del maestro Chuang que brindó una quinta sobresaliente desde el Andante previo al Allegro con anima. Seguridad, aplomo, gestos claros y precisos, una mano izquierda prodigiosa para mantener los volúmenes en su sitio con una respuesta ideal por parte de la orquesta. El famosísimo Andante cantabile – Andante maestoso resultó melódico a más no poder, con un sentido del «rubato» impecable, reguladores de total expresividad bien logrados por un viento muy empastado desde un sonido suave sin perder color, no ya el conocido solo de trompa sino las distintas contestaciones de la madera o toda la cuerda. El Valse: Allegro moderato con patrioso parecía arrancar cojo y binario pero solo la primera apariencia porque el inestable equilibrio sirvió para la personal lectura de un taiwanés berlinés, el Tchaikovski de los ballets como recordando un foso en el que la OFil tiene su «sede» y el Auditorio lo visita como si de otra orquesta invitada al ciclo se tratase, tiempos no forzados para disfrutar todas las notas y hasta bailarlas sin traspiés. Lo mejor ese inigualable último movimiento, donde cada repetición del tema es distinta y subrayó claramente Tung-Chieh Chuang, sucesión de tiempos y presencias, la entrega de los músicos a una partitura que no nos cansamos de escuchar, Andante maestoso – Presto furioso – Allegro maestoso – Allegro vivace- Allegro con anima, cada el aire calificativo haciéndose sustantivo y sustancioso, uniendo en esta quinta sinfonía «el amor y el dolor extremos» como el propio director comentaba en La Nueva España, contención y explosión.

Mozart y Say

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Lunes 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Fazil Say (piano y dirección), Camerata Salzburg, Gregory Ahss (concertino). Obras de F. Say (1970) y W. A. Mozart (1756-1791).

Muchos huecos entre los abonados para un concierto en lunes de carnaval (en Valencia lo disfrutarán el martes) que supuso una apuesta sobre seguro al programar de nuevo a la Camerata de Salzburg seis años después con un pianista y compositor que no deja indiferente a nadie como es el turco Fazil Say (Ankara, 14 de enero de 1970) que debutaba en Oviedo. De gestualidad exagerada y tics habituales en muchos intérpretes, pero además en su faceta de creador abriendo y cerrando el programa que compartía con el genio de Salzburgo como solista de su poco escuchado Concierto nº 12 más la conocida Sinfonía 29 con una formación de cámara que impacta por calidad y musicalidad. Podemos decir que más que dirigirla, Say dejó que los austriacos escuchasen su interpretación para que la música les guiase, por otra parte muy académica, con cuerda, dos trompas y dos oboes (un percusionista para la última obra) bien comandada por un concertino de primera fila como es Ahss.

De Mozart solo excelencias, una Sinfonía nº 29 en la mayor K 201 (1774) abriendo la segunda parte para disfrutar cada uno de los cuatro movimientos por sonoridades increíbles en todos (momentos donde las violas sonaron a flauta), por una energía nunca desbocada desde una gama dinámica portentosa, incluyendo el viento, una limpieza de ejecución más que digna para los de Salzburgo, y unos tiempos ajustados con un sentido musical puramente clásico. Si un par de días antes me quejaba de la ausencia de un sonido propio ante la primacía de la cantidad, hoy la calidad permitió degustar el «sonido Mozart de Salzburgo» que refleja la biografía incluida en el programa, con unas excelentes notas de Alberto González Lapuente. Impecable la sucesión de temas y movimientos de esta sinfonía tan emocional y galante de un genio con 18 años que don Leopoldo prefería no dar a conocer por no estar a la altura de su hijo, con ese final verdaderamente «spiritoso», escuchando todas las notas en una cuerda con impronta. Un soplo de aire fresco en aquellos años de suplicios con Colloredo que la Camerata de esa ciudad sintió como propia.

Cerrando la primera parte escuchamos el Concierto para piano nº 12 en la mayor, K 414 (1782) con un Fazil Say que pareció descolocar al público ante sus poses, primero de espaldas, como ajeno a la orquesta hasta que comenzó su intervención, limpieza en cada nota, presencia sin excesos y sobre todo un fluir que contagiaba a sus acompañantes, más protagonistas si cabe con esta obra de la que se el propio Mozart deja escrito que es «la exacta vía intermedia entre lo demasiado difícil y lo demasiado fácil» (carta a su padre del 28 de diciembre de 1782), pero que el turco Say aparentó lo segundo desde lo primero. Impresionante verle levitar por momentos sobre los pedales, manejo siempre al servicio del sonido, claro, ausente donde la pulsación da la duración exacta, con una primera cadencia en el Allegro que por personal no dejó de mantener el espíritu mozartiano en ningún momento y arropado por terciopelo con filigranas doradas. Del Andante como si quisiese dirigirse a si mismo, manos que cantan sin tocar, musicalidad hasta en los silencios, sentado en posiciones por momentos incómodas a la vista, la suya perdida en el infinito pero encontrada en unos trinos terrenales, asentados, y unos fraseos entendidos por la camerata fusionada con el solista. Y el Rondeau: Allegretto verdadera explosión contenida, incluso optando por cadencias nada largas para no perder la esencia del genio, ya vienés universal, a medio camino entre «la música de cámara sin interiorización y la música orquestal sin amplitud» que escribe González Lapuente.

Del Say compositor dos muestras del dominio tímbrico, rítmico y narrativo. Abría concierto su Chamber Symphony, op. 62 (2015) para orquesta de cuerda de la que Camerata Salzburg exprimió todo lo reflejado en la partitura, encargo a su vez de la Orpheus Chamber Orchestra y de la que el compositor reconoce su inspiración en la música de su país, «penetrar en las complejidades de la actual Turquía, y en una cierta introspección transmitida mediante el ritmo y la tonlaidad». País en la encrucijada Oriente – Occidente que la música de su compositor parece transmitir desde los compases y contrastes de tiempo hasta la nostalgia de una Constantinopla tan brillante y oscurecida en la historia, hasta llegar al Estambul de hoy, gitano, enérgico y turco desde nuestra «óptica auditiva europea», tristemente cerrada a unas culturas que también musicalmente siguen aportando mucho (mi recuerdo para la obra del franco-libanés Bechara El-Khoury). Una obra impactante, con toques minimalistas y sonoridades muy de nuestro tiempo.

Punto y aparte merece Silk Road (Concierto para piano nº 2), op. 4 para piano y orquesta de cuerdas más gong, la Ruta de la Seda que tanto ha inspirado a los artistas a lo largo del tiempo, un viaje de China a Europa y África aquí reflejado en cuatro espacios o movimientos: Tibet, India, Mesopotamia y Anatolia con un tratamiento abstracto a partir del conocimiento del folklore que el propio Fazil Say realizó en Berlín, cuatro movimientos con una nota pedal constante ejecutada por la contrabajista a la derecha del escenario y el gong separando cada etapa, más un piano lleno de exotismos buscados en la manipulación de las cuerdas, los apagadores, incluso tocando directamente sobre ellas evocando cordófonos asiáticos, toda una apuesta sonora donde el intérprete se vistió para ella y ejerció de mago más que director para ir dirigiendo este viaje a la misma cuerda capaz de sorprender con Mozart o Say. Imposible expresar las sensaciones en casi veinte minutos de obra y mejor (d)escritas en las ya referidas notas al programa de González Lapuente, dejando al final el vídeo con la Academy of St. Martin in the Fields en Kiel del año 2011.

La propina del propio Fazil Say solo con el piano dejó aromas de Mompou o Esplá, el mismo Mediterráneo hecho música, en la línea de su capacidad improvisatoria y podemos disfrutar mucho más en su web oficial así como en el canal de YouTube, la mejor plataforma para dar a conocer una música que no deja indiferente y menos cuando los intérpretes tienen la calidad de una camerata con el propio compositor al frente, al que me encantaría escuchar con Patricia Kopatchinskaja porque sus dúos son para no olvidar.

Galante, clásico y heróico

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Viernes 5 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, Juan Ferriol (oboe), Perry So (director). Obras de Rameau, Haydn y Beethoven.
Las visitas del maestro So al frente de la OSPA suelen contagiar alegría desde un estilo académico de gesto claro y preciso que va madurando sobre todo cuando se enfrente a obras del llamado «repertorio», hoy bien elegido y organizado para saborear el sinfonismo, desde el estilo galante de Rameau, el puro clasicismo de Haydn, padre de la sinfonía quien diría de Beethoven que «este chico dará mucho que hablar», y será el de Bonn afincado en Viena quien dará el paso desde lo ya establecido para romper y crecer hasta el Romanticismo, tres compositores con tres formaciones que también fueron aumentando la plantilla para seguir celebrando unos 25 años con estilos básicos y necesarios para todo melómano pero también para los propios intérpretes, aumentando la formación desde una casi camerística con clave (Silvia Márquez) pasando por el concierto atribuido a Haydn, hasta la gran orquesta con 6 contrabajos, vientos a dos (salvo el trío de trompas para la «Heróica«), y con un solista de la propia orquesta como el oboísta Juan Ferriol que nos volvió a recordar la calidad de nuestros músicos.

Interesante programar la Suite (1764) de Les Boréades de Rameau, en edición del propio Perry So, seis números bien armados sin necesidad de criterios historicistas pero degustando esta especie de trailer de la «tragédie en musique» del compositor francés como bien escribe Juan Manuel Viana en las notas al programa (enlazadas al principio en cada compositor), ese Rameau que me redescubrió mi admirado Mario Guada y del que atesoro su excelente artículo para el Anuario Codalario de 2014, y por supuesto estas joyas que Gardiner, W. Christie, Brüggen o nuestro Savall han puesto en el lugar que se merecen. Un gusto cada número donde la cuerda camaleónica suena verdaderamente barroca, con el clave de Silvia Márquez aportando las perlas, la percusión de Casanova pone los detalles ideales (excelencia en la Contredanse très vive) o un dúo de flautines de «los Pearse» digno de los pífanos reales, así como un dúo de trompas sonando como si fuesen naturales, placeres que no debemos olvidar programar porque son éxito seguro cuando la calidad sobra y la química con el podio es evidente, máxime si además es responsable de la partitura a dirigir, sabedor del material humano capaz de adaptarse a todos los repertorios. Interesante incluso la colocación, con los contrabajos a la izquierda tras los primeros violines.

No importa la autoría del Concierto para oboe en do mayor, Hob VIIg:C1 (1800) porque realmente suena y está escrito en el más puro clasicismo, tres movimientos de libro para lucimiento del solista, un Ferriol seguro siempre en el atril y dando un paso al frente corroboró no ya su profesionalidad sino el buen gusto y musicalidad con un instrumento de sonido cautivador, timbres extremos y dinámicas capaces de recordar trompetas o cellos, con fraseos ilimitados siempre bien concertados por So con una orquesta ideal donde el clave recordó su protagonismo dentro de la formación clásica que Haydn, al igual que Mozart, quiso mantener en pos de unas sonoridades elegantes como las mostradas por una OSPA nuevamente ideal en número. El Allegro con brio bien llevado en la alternancia con el solista, que dejó una cadencia vertigionosa, el Andante clásico a más no poder por cantabile y expresivo, melódico oboe bien arropado por una tímbrica orquestal mimada, y el Rondo: Allegretto decidido en todos los intérpretes. Clasicismo bien entendido y mejor tocado con merecidos aplausos para todos, especialmente para Juan Ferriol que nos regaló junto a sus compañeros un tranquilo Oblivion de Piazzolla casi inédito por los ornamentos y una cuerda sedosa, porteña a más no poder poniendo traje de terciopelo a ese otro rompedor argentino.

Foto ©OSPA

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Heroica» (1803) nada más que el mejor Beethoven, punto de inflexión en la historia de la música, rompedora con el clasicismo desde sus propias recetas, cuatro movimientos que se estiran buscando sonoridades orquestales que desde entonces exigiremos a todos sus sucesores. Perry So apostó por la valentía sabedor de una OSPA en estado de gracia en todas y cada una de las secciones, empastada, afinada, compenetrada, entregada y convencida de un repertorio que siempre deseamos no nos falte. Con decisión atacó el Allegro con brio, sonoridades impecables donde se podía escuchar cada nota con el balance preciso para compartir protagonismos, la Marcha fúnebre: Adagio assai verdadero milagro compositivo, testamento vital donde la tristeza de la muerte física trasciende a la alegría de los recuerdos luminosos antes de la vuelta a la ausencia, emociones transmitidas por unos matices íntimos bien entendidos. Del Scherzo: allegro vivace destacar la valentía del tempo arriesgando todos incluyendo un trío de trompas que suenan como una, sonido trabajado aunque siempre en la cuerda floja de la imprevisible nota falsa pero primando el conjunto, y sobre todo el Finale: Allegro molto redondeando una tercera realmente heróica, de lo más sentida por todos como así entendió el público. Me quedo con momentos revividos como el dúo de fagot y flauta, la presencia de una cuerda que a lo largo del concierto se transformó al servicio del estilo sin perder homogeneidad, pero sobre todo el entendimiento con un Perry So cada vez más asentado en el difícil mundo de la dirección.

Vientos del norte

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Viernes 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, EntreQuatre (cuarteto de guitarras), Óliver Díaz (director). Obras de Erik Satie, Flores Chaviano y Jean Sibelius.
Jueves «playo» y viernes carbayón con aniversarios de casa y compartidos, en plena celebración de los 25 años de nuestra orquesta más los 30 del cuarteto de guitarras formado por Jesus Prieto, Carlos Cuanda, Carmen Cuello y Manuel Paz, que además nos traía un estreno a ellos de dicado de un compositor muy unido desde a ellos desde sus orígenes como es el cubano Flores Chaviano, presente en la sala, y con una batuta también de casa como la de Óliver Díaz, actual director musical del Teatro de la Zarzuela.

Para abrir programa nada mejor que un poco del humor de Satie y su Jack in the Box (1899) en la orquestación de Darius Milhaud del año 1926 para la versión de ballet encargada por el siempre oportuno Diaghilev, que la OSPA (levemente reforzada) disfrutó con la energía de Díaz en sus tres movimientos, Preludio, Entreacto y Final para ir calentando motores rítmicos y dinámicos, con unos solistas en estado de gracia y una cuerda que nos devolvía ese sonido tenso y claro, una muestra de las calidades demostradas en cualquier repertorio y que en este quinto de abono corroborarían.

El Concierto nº 2 para cuarteto de guitarras y orquesta (2015) de Flores Chaviano (1946) está en la línea de sus obras sinfónicas, buen orquestador y conocedor de la rica tímbrica instrumental especialmente la de «su» instrumento, hoy en cuarteto con leve amplificación que por momentos quedó tapada ante una masa sonora poderosa así como un impulso rítmico más allá de la «consabida» etiqueta caribeña. Los tres movimientos en los que se estructura sirven para jugar con los colores de todos los instrumentos desde el inicio con un solo de clarinete bajo excelentemente «cantado» por Antonio Serrano (que ya me maravillase en el Pierrot de la semana pasada) así como el protagonismo del trío de percusión, Pablo García Reyes («pequeña percusión»), Francisco Revert (vibráfono) y Rafael Casanova (marimba) con unas pinceladas de color bien buscadas, no ya arropando a los solistas sino tejiendo una tímbrica especial que fue dando el ambiente sonoro. Solos realmente impecables y bien ejecutados por Christian Brandhofer al trombón, Vicente Mascarell al fagot, María Moros a la viola o Maarten van Weverwijk a la trompeta y un cuarteto que funciona cual guitarra imposible, empaste ideal, intervenciones encajadas al mínimo detalle, lirismo desde melodías apenas dibujadas o perfectamente reflejadas así como los juegos habituales de percusión, imaginando los tres ambientes de cada movimiento enlazados sin apenas respiro con un Óliver Díaz atento a cada entrada, color y volumen: la Entrada, los Diálogos y una impactante Kora-Finale, aromas norteafricanos inspirados en el laudista Driss el Maloumi (con quien Entrequatre también ha tocado), un lento central de conversación amigable antes del rítmico final de acento más reconocible para un concierto bien ensamblado con la única pena de un mayor volumen del cuarteto solista, aunque tener la guitarra con orquesta suele dar estos problemas, pero Flores Chaviano nunca defrauda ni deja indiferente a nadie.

Para quitar este cierto malestar sonoro, EntreQuatre nos regalaron la Cubanita del propio Flores Chaviano, feliz en la sala y siempre unido a nuestra tierra, con el sabor camerístico y la calidad instrumental de un cuarteto al que los años le dan una solidez y entendimiento que sólo el tiempo es capaz de conseguir.

Sibelius es la prueba de fuego para toda orquesta, siempre bien con nuestra OSPA, y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 ya la hemos disfrutado en el auditorio con algunas interpretaciones para el recuerdo, una formación la asturiana versátil ante los distintos directores que se ponen al frente. Con Óliver Díaz puedo asegurar que la versión de esta segunda alcanzó cotas casi de perfección, dominador de principio a fin apostando por el juego de matices cual ingeniero de sonido capaz de dinámicas extremas capaces de expresar la levedad del gélido viento finlandés o la magnificencia de una música grandiosa sin exageraciones pero sacando lo mejor de cada sección. En su entrevista para OSPATV citaba la versión de Bernstein y puedo afirmar que tiene mucho de ella aunque tamizada por su propia personalidad. En el Allegretto pudimos disfrutar de la cuerda apuntada en la primera parte, tensa, vibrante, presente, clara, de «pizzicatti» punzantes y amplia en expresión con unos graves poderosos (seis contrabajos), una madera de empaste idílico que la paleta de Sibelius resalta aún más, unos timbales en su sitio con un aire reposado, y sobre todo los metales que siguen sonando orgánicos, seguros, aterciopelados, pudiendo paladear esa paleta tan del finlandés, con un empuje desde el podio llevándonos por una montaña rusa de sensaciones. El Andante, ma rubato nos mostró la madurez de un Óliver Díaz cada vez más afianzado en los grandes repertorios, capaz de jugar con el tiempo sin perder pulsión y de nuevo sacando matices y planos a la orquesta asturiana que siempre están ahí pero no salen a flote, incluso los expresivos silencios sin apurar la continuidad, dejando fluir las hermosas melodías de Sibelius en todos los colores posibles con majestuosidad y también introversión a partes iguales. Se empapizó un poco el Vivacissimo más por las dificultades de encaje en un aire realmente vertiginoso por el que optó la batuta asturiana, exigiendo unidades que sólo se alcanzan con muchísimos días trabajo, algo que en nuestros tiempos es imposible. Cuerda limpia, vientos frescos (encantador solo de oboe de Ferriol), percusión segura y la tensión del movimiento bien lograda cuando el tiempo lento devolvía tranquilidades expresivas. Así quedó todo listo para el Finale: Allegro moderato que puso a intérpretes y partitura en todo lo alto, nueva demostración de calidad en cada solista y sobre todo en esa visión global de esta segunda sinfonía que parece darnos solamente alegrías, empuje de viento del norte, obligando al director ovetense a salir varias veces, siendo reconocido su trabajo al frente de una formación asturiana con la que nos gustaría disfrutarle más veces en los repertorios que engrandecen a los intérpretes.
Dejo como homenaje a EntreQuatre la nota de prensa con motivo de este aniversario:

El cuarteto EntreQuatre está celebrando sus 30 años de actividad concertística ininterrumpida con una serie de conciertos. Dos de los más señalados son los que se celebrarán esta misma semana con la OSPA con el estreno mundial del Segundo Concierto para 4 guitarras y orquesta de Flores Chaviano.

Tras varios años las dos formaciones asturianas vuelven a juntarse para un nuevo proyecto en esta ocasión con música de Flores Chaviano, el gran innovador de la guitarra en España y que ha creado docenas de obras para EntreQuatre en todos estos años.

La obra se mueve en ese mundo sonoro tan sugestivo y a la vez inquietante de la música afrocubana en el que Chaviano tan bien se desenvuelve; en esta ocasión un poco más cerca de África que de Cuba.

A la batuta estará el gran director asturiano Óliver Díaz recientemente nombrado director musical del Teatro de la Zarzuela siendo este su primer concierto en Asturias tras ese nombramiento.

Poco se puede añadir sobre la conocida y amplísima trayectoria de la OSPA. En cuanto a EntreQuatre, está ampliamente reconocida su impresionante trayectoria concertística internacional con más de 40 países visitados, y también su aportación al repertorio para cuarteto de guitarras propiciando la creación de, hasta el momento, 57 obras de grandes creadores españoles e iberoamericanos. Cabe destacar su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York en 2004 y la nominación a los Grammy’s Latinos en 2009. (se adjunta historial actualizado)

Rogamos la máxima difusión de este singular evento que se producirá el próximo jueves 28 a las 20:00 en el Teatro Jovellanos de Gijón, y a la misma hora el viernes 29 en la sala principal del Auditorio de Oviedo.

 

Lunáticos en el Museo

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Jueves 21 de enero, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. Conferencia «Pierrot Lunaire, la actriz y el pintor de sonidos» a cargo de María Sanhuesa. 20:00 horas, Concierto (extraordinario) OSPA en el Museo: Pierrot Lunaire, Op. 21 (Schoenberg): Rossen Milanov (director), Fernando Zorita (violín), María Moros (viola), Maximilian von Pfeil (violonchelo), Peter Pearse (flauta y flautín), Andreas Weisgerber (clarinete), Antonio Serrano (clarinete bajo), Patxi Aizpiri (piano), Anna Davidson (soprano).

En plena celebración de las bodas de plata de nuestra orquesta y programando conciertos en distintas ubicaciones, el recién ampliado Museo de Bellas Artes de Asturias siempre abierto al arte global, acogió en la zona nueva una jornada lunática digna de recordar, comenzando con la conferencia de la doctora Sanhuesa que fue más allá de las notas al programa tituladas «El retrato oscuro», con un lleno preparando el posterior concierto (y colas desde media hora antes), que nos enseñó, como buena docente que es, no solo a entender la muerte del Romanticismo en 1912, año del estreno de este Pierrot Lunaire, recordando al Schoenberg pintor que dudó por esta disciplina en vez de la «orfeística», preguntándonos si alguna vez hemos tenido ganas de matar a alguien, toda la carga satírica y crítica de una María siempre completa e inspirada, inquiriéndonos si podríamos matar el claro de luna… la respuesta estaba en el viento, imágenes y sonidos, Caspar Friedrich y el Werther de Massenet, Debussy y la Salomé de Richard Strauss, ya cercana a un año histórico, también recordando cuadros de nuestro Evaristo Valle, de Picasso o Juan Gris y hasta Botero con pierrots y arlequines músicos y las referencias al «futurismo asesino» para hacer música en el museo, poner sonido a la imagen, cultura de la que siempre estaremos hambrientos, la evolución de la Commedia dell’Arte y su inspiración artística mostrando también el lado oscuro de esta fuerza atesorada por un lunático Pierrot capaz de matar a cosquillas su Colombina, tortura o violencia sin géneros, incluso recordarnos qué es la triscadecafobia desarrollada por un Schoenberg al que la numerología puede apagar la luna poniendo luz pantonal (mejor que atonal y con la carga que hoy tiene el término «pantone«) en una obra centenaria que sigue asombrando.

Milanov se puso al frente de sus músicos trayendo del «otro lado del charco» a una soprano norteamericana cual Pierrot contemporáneo interpretando los versos franceses de Albert Guiraud traducidos al alemán por Otto Erich Hartleben y encargados por  Albertine Zehme, una actriz del melodrama (desde la acepción de palabras con música) a un Schoenberg siempre rompedor capaz, de conseguir lo máximo desde lo mínimo en unos tiempos de crisis totalmente actuales. Un placer poder seguir los textos en la revista trimestral de la OSPA con su correspondiente traducción al español, tres veces siete, veintiún melodramas de 12a estrofas vestidos por siete -en vez de cinco- enormes instrumentistas (donde Zorita sustituía a la programada María Ovín, baja por lesión) para ir recreando paisajes llenos de expresionismo, simbolismo y decadentismo, críticos con un romanticismo trasnochado, despojándolo de las lunas convertidas en inquietantes círculos rojos, desmenuzando cada texto algo falto de la fuerza vocal del sprechgesang (“canto hablado”) en momentos puntuales -y yo estaba situado a menos de cinco metros- pero inmenso con unos solistas a los que Schoenberg trata con un lenguaje contrastante, arisco y melódico desde un concepto tímbrico, combinaciones sonoras bien resueltas por los siete magníficos. Momentos álgidos en cada grupo de siete como Der Dandy vertiginoso, Rote Messe contrastado con madera y piano trémulos a la vez que escalofritantes, y Heimfahrt verdadera «vuelta a casa» de cálida madera y saltarinas teclas bien asentadas para una voz más cantada que hablada, tres ejemplos con cargas emocionales llenas de pinceladas nocturnas sin luz de luna.

Descubrimiento especial el «fichaje» cellístico von Pfeil o las sonoridades de Serrano en el clarinete bajo, la confirmación de los conocidos con un Pearse pletórico en un flautín desgarrador, un Weigerber incisivo, la recuperación del Aizpiri pianista con tanto trabajo sustentando cada cuadro, y un dúo Zorita–Moros recordando texturas olvidadas y corroborando el impresionante momento que estos músicos de la OSPA atraviesan en esta temporada plateada cual luna llena. Al maestro Milanov se le nota feliz con estos repertorios y apuestas por escenarios que terminarán siendo habituales para la música, siente esta música más que otros periodos, puede que sus carencias queden compensadas con conciertos arriesgados, y este de Schoenberg lo era. Cierto que sus músicos responden aunque los invitados parecen quedar en segundo plano, caso de una Davidson que luchó por sentir este Pierrot desde el poderío de unos textos alemanes muy exigentes, demasiado «pegada al papel» y esperando más escena. Mezclar lo grotesto, lo ligero, lo sentimental, parodia e ironía, horror y absurdo, no es tarea fácil, pero los cinco que fueron siete nos hicieron pasar por todos los estados posibles superando con creces lo esperado y alcanzando un éxito impensable para muchos lunáticos que hoy poblábamos el museo.

Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

Eterna juventud

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Miércoles 13 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mitsuko Uchida (piano y dirección), Mahler Chamber Orchestra. Obras de Mozart.

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Nada mejor para comenzar el año que Mozart, el joven eterno que nos transmite esa vitalidad indescriptible, y con una de las grandes del piano, Mitsuko Uchida, madurez juvenil que sigue siendo referente en la interpretación del genio de Salzburgo, en gira con la MCO plena de jóvenes músicos donde también había representación española (seguimos formando y exportando), calidad, cercanía, vitalidad, complicidad con la Maestra en un número ideal para los conciertos elegidos, y contagiosa alegría haciendo de Mozart una verdadera fiesta sobre el escenario de un auditorio que no se llenó como merecía este esperado concierto.

El concertino israelí Itamar Zorman lideró el Divertimento en Si bemol mayor «Sinfonía Salzburgo», K137 (K125b), que sirvió como tal entre los dos grandes conciertos solistas, al frente de la sección de cuerda que sonó realmente camerística como si del cuarteto original se tratase, empastada, de sonido brillante y claro en una obra del joven Mozart con tres movimientos ligeros y frescos, especialmente el conocido Allegro di molto central para disfrute interpretativo, compuesto aún en Salzburgo ya con ese sello personal para completar un programa donde piano y pianista fueron los verdaderos protagonistas.

Y es que Mitsuko Uchida mantiene un idilio permanente con Mozart del que parece absorber su energía juvenil más allá de su atuendo siempre etéreo cual ángel a punto de levantar el vuelo, controlando todo desde el piano con una química y entendimiento cercano además de cómplice con sus jóvenes acompañantes, lo que permite tener el control total en cualquiera de los conciertos que interprete, en esta gira dos de la época vienesa que analiza perfectamente Juan Manuel Viana en sus notas al programa.

El Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453 tiene una orquestación donde el trío de madera (flauta, oboe y fagot) presenta momentos sublimes perfectamente ejecutados por unos intérpretes de primera, bien contestados por el dúo de trompas (a pesar de algún problema en los saltos de octava) y sobre todo por una cuerda que daba gusto escucharla, coprotagonista siempre con el piano de Mitsuko Uchida, tímbricas increíbles junto a dinámicas asombrosas por parte de todos, ejecutado con una limpieza cristalina para saborear cada movimiento y paladear las cadencias de la Maestra. Si personalmente disfruto con los movimientos lentos (y el Andante fue una lección de intimismo), los rápidos de la japonesa afincada en Viena representan otro mundo que cautiva por su empuje y energía sin perder nunca una sonoridad clara desde la precisión y dominio total de la obra. La transición del Allegretto al Presto en el tercer movimiento contagió su vigor a todos los presentes, obligando a la artista a salir al escenario casi sin esperarlo ataviada con un mantón para aliviar la diferencia de temperatura. Mientras sus jóvenes nos «divertían», ella se metió en la sala de cámara donde había otro piano para mantener sus dedos en estado óptimo para la segunda parte, lo que nos da una idea de cómo entienden y sienten la música estos genios.

El Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 tiene de sobrenombre «Emperador», homónimo del beethoveniano en parte por la majestuosidad global, desde la elección de la tonalidad hasta la evolución de los tres movimientos que parecen estar presagiando ya el romanticismo, incluso con una rítmica digna de su continuador en Viena, sin olvidarnos del tema secundario que recuerda la famosa Marsellesa compuesta cinco meses después de la muerte de Mozart. Añadiendo timbales y trompetas (naturales) a la orquestación del 17, nuevamente Mitsuko Uchida dominó de principio a fin, con los tiempos exactos para escuchar todo lo que está escrito, asombrar con sus trinos, dejarnos unas cadencias que la orquesta contestaba con la misma intención y equilibrio de planos escuchados en el piano, respeto por la partitura que marca diferencias con otros intérpretes reconocidos, pero sobre todo la mencionada complicidad y control de cada momento, pisando a fondo y frenando afectos sin perder intensidad emocional.

Un placer escuchar este debut en las jornadas dedicadas al piano y además con Mozart que también fue regalo solitario en otra lección magistral: el Andante de la Sonata en Do K545 que iba devolviéndome juventud al escuchar y seguir mentalmente una partitura que estudié con verdadera fruición y me descubrió la dificultad de ejecutar el engañoso y aparentemente fácil Wolfgi, un genio que nos dejó pese a su juventud un catálogo sin par. Su música sigue contagiando vida y produce ese vampirismo casi adolescente tanto a sus intérpretes como al público.

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