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Mucha calidad desde Edimburgo

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Miércoles 25 de mayo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Dunedin Consort, Joanne Lunn (soprano), Rowan Hellier (mezzo), Thomas Hobbs (tenor), Lukas Jakobski (bajo), Jonathan Manson (chelo), John Butt (clave y dirección). Obras de C. Ph. E. Bach y W. A. Mozart.
Semana musical sin apenas descanso y penúltimo de los conciertos del auditorio, esta vez un conjunto llegado desde Edimburgo con el maestro Butt al frente que sustituyó al programado inicialmente con el regreso de la violinista Midori y la Fort Worth Symphony Orchestra de Texas bajo la dirección de Miguel Harth-Bedoya que la crisis petrolífera fulminó toda la gira europea. Imagino las enormes dificultades para encontrar una formación de calidad equiparable a la norteamericana pero finalmente todo fructificó y pudimos tener un concierto luminoso y de altura con el Dunedin Consort, ideal en número con instrumentos de época que como otras formaciones van más allá del barroco para adentrarse en el clasicismo, primero el Concierto para violonchelo en la mayor, Wq. 172 de C. Ph. E. Bach con Jonathan Manson de solista con el chelo -aunque también toca la viola de gamba- escoltado nada menos que por Mozart con sus Visperas solemnes de confesor en do mayor, K. 339 y el Réquiem en re menor, K. 626, dos joyas corales para degustar en formato camerístico e histórico (recreando cómo sonarían en su estreno) más que suficientes, con un coro de 16 voces -cuatro por cuerda- donde estaban los excelentes solistas vocales, porque la calidad de todos los músicos permitió saborear un concierto de 95 minutos preparando ya el de clausura del día 2 de junio totalmente opuesto (Berlioz con su Requiem) al de este lluvioso último miércoles de mayo.

Las «Vísperas de Mozart» demostraron la calidad del «consort» en los seis números llevados con el tempo giusto por Butt y con un coro donde los solistas integrados en él fueron desgranando belleza por doquier, especialmente el conocido Laudate Dominum para mayor regocijo de la soprano Joanne Lunn (ya me gustó hace dos años) que a pesar del ruido generado por un desmayo y caída en el anfiteatro no se descentró y pudo dejarnos una de las páginas más escuchadas y geniales de Mozart desde el dominio técnico y la expresión ideal, arropada por «su» coro y la formación escocesa en estado de gracia, sin desmerecer a sus otros compañeros solistas.

Del concierto de chelo compuesto por el segundo de los siete hijos varones del gran Bach, y en cierto modo padre del clasicismo desde el llamado «Estilo galante«, el ensemble reducido a la cuerda y el clave del propio Butt volvió a enamorar con un sonido apropiado al estilo, con un Jonathan Manson dominando este lenguaje desde el conocimiento de la viola da gamba evolucionada al violonchelo igualmente ideal desde los criterios historicistas, tres movimientos académicamente perfectos en escritura e interpretación, sumándose al «grosso» como uno más -lo es en el resto del programa- y gustándose en las partes solistas con presencia sonora por la tímbrica, expresión cantada en los momentos adecuados y especialmente en ese segundo movimiento Largo con sordini, mesto que explora el registro agudo casi de viola con sus compañeros en sonido velado más que amordazado por la sordina, como si versionease un «vidit suum» desde el instrumento más cercano a la voz humana, haciendo casi música coral con toda la cuerda más el clave, complemento de un Mozart de religiosidad cercana y luminosa proveniente de los genes del kantor que Carl Philip Emanuel encarnó con la losa de un apellido marcado por su padre. El Allegro assai pareció la banda sonora ideal de un documental para presentar los criterios del Dunedin Consort más cercano al barroco pero respirando aires clásicos durante todo el concierto.

Y del Requiem mozartiano alegrarme de esta recreación o «reimaginación» sonora para nuestros días, despojada de enfoques románticos y entendida como la partitura incompleta y póstuma del genio de Salzburgo finalizada con respeto en esta nueva edición de David Black a partir de la «versión» de Süssmayer, tratando de mostrar no una nueva edición sino darle mayor claridad al original de Mozart con los «añadidos» del discípulo, muchos detalles que parecían como «oscurecidos» por las versiones posteriores, sobre todo la primera que no mencionaba a Süssmayr y realizada por Breitkopf&Härtel en 1800. La nueva edición de Black que trajeron los escoceses devuelve la partitura al estado inicial de su primera audición (10 de diciembre de 1791) en unos años cruciales que parecen acercarnos desde este «ministerio del tiempo musical» con el Dunedin, tal y como comentan en su web completada con la historia perfectamente comentada por Mª Encina Cortizo en las notas al programa (enlazadas como siempre en los autores). Auténtica revisión llevada al CD por estos mismos intérpretes salvo el bajo y vendiendo varias copias en el propio auditorio de una grabación galardonada con el premio Gramophone pero que el directo siempre hace todavía más irrepetible. Personalmente me resultó luminosa por la elección de los tiempos, una misa de difuntos pensada como propia por Mozart, momentos de congoja como el Dies Irae que el coro contagia junto al Rex Tremendae, el Tuba Mirum esperanzador con Jakobski pugnando con la excepcional trombonista Emily White en fraseo, reconfortantes como el Ofertorio en la alternancia coral y solistas, o el Sanctus más Agnus de «sana envidia vocal» por parte de ese coro de 16 voces inglesas, versión de continuidad entre original y añadido sin fracturas, solistas (Lunn y Hellier de mejor empaste que los caballeros) y coro en «comunión» ideal con una orquesta y órgano siempre en el plano perfecto, alcanzando la Lux Aeterna tranquilizadora tras dudas y arrebatos emocionales sin extremismos pero sentidos por todos.

Salvando distancias temporales, me recordó a la de Savall en 1992 con La Cappella Reial de Catalunya, Le Concert des Nations y un cuarteto solista que bien podríamos permutar con el del Dunedin Consort de hacer realidad los viajes en el tiempo. Interesante también la colocación del coro a la derecha del «ensemble», aportando equilibrios y sonoridades distintas a las habituales, reafirmando calidades y aportaciones del maestro John Butt, una autoridad en la materia que hace práctica la teoría compartiéndola con el público, labor de limpieza que puede cambiar conceptos nunca inamovibles en el terreno musicológico.

Max Valdés en los 25 años de la OSPA

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Viernes 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 14 OSPA: «25 años IV», Maximiano Valdés (director). Obras de Sibelius, Hindemith y Brahms.
Dieciséis años de convivencia con la OSPA hacen del maestro chileno el mejor observador y conocedor del crecimiento de una formación que celebra sus bodas de plata, un largo camino hacia la excelencia de la que el tándem Max Valdés e Inmaculada Quintanal tienen mucho que ver. «La pasión y la música nos llevan a un conocimiento profundo que no pertenece a la razón, y eso lo aprendí en Asturias» aseguraba el Maestro hace seis años en su despedida como titular, con algunas visitas al foso de la ópera, pero esta vez podía sentirse orgulloso de «su orquesta» en su punto álgido de calidad forjada en este tiempo, un tesoro que debemos cuidar y auténtica embajadora de Asturias.

Se tarda mucho tiempo y esfuerzo en «armar una orquesta» y elevarla a cotas supremas pero muy poco en hundirla. Sigue habiendo una égira de un público que parece abandonar el barco antes de hundirse con él, noto falta de ilusión entre abonados, desconocemos la programación para la próxima temporada, y Max Valdés pareció percatarse de todo ello desde un podio al que tantas veces se subió, esta vez con un «concierto germánico» de autores por lo que siempre ha transitado y disfrutado, pero montado en poco tiempo («norma habitual» hoy en día) que impide ahondar en los detalles que marcan las diferencias, aunque dejándonos su elegante buen hacer y gesto al frente de unos músicos que han crecido junto a él y con los que se reencontraba estos días.

La Canción de primavera, op. 16 (Sibelius) trajo una plantilla ampliada para la ocasión y poder disfrutar de esta obra de juventud agradecida de escuchar desde su breve introducción hasta el crecimiento en todos los sentidos. Brillante orquestación y rica gama de matices que parecen dibujar esos cielos nórdicos limpios hasta la explosión lumínica final con toque de campanas a la que Valdés condujo con acierto, secciones compensadas y seguras donde la cuerda pareció sonar más vibrante e hiriente sin perder su habitual toque aterciopelado.

Algo menos de plantilla para una excelente Sinfonía «Matías el pintor» (1934) de Paul Hindemith, de la que la profesora Mª Encina Cortizo, siempre admirada y querida, comenta en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio disponibles en el Facebook© de la OSPA así como en el nº 14 de su revista) que el autor «se acerca a la figura de Grünewald por el significado de su figura, al simbolizar “problemas, deseos y dudas que ocuparon la mente de todos los artistas serios desde los tiempos más remotos»», como un diagnóstico actualizado del sentir que parecía flotar en el auditorio ovetense. Los tres movimientos con los títulos tan pictóricos y expresivos (Concierto angélico, Entierro y La tentación de San Antonio) fluyeron bien interpretados por unos músicos en comunión con el oficiante invitado, parroquianos que reciben a un pastor conocedor de su feligresía así como del sermón, preparatorio del Brahms final con el que Hindemith comulga y se hace más accesible. Obra vigorosa como la versión de Max Valdés, trombones como tubos de órgano brillantes, la oscuridad y desgarro de las maderas siempre inspiradas, antes de soltar demonios y monstruos de sonoridades convincentes y agitadas pero siempre limpias antes del triunfo final, la ópera sin imágenes que puso el chileno para lo mejor de este concierto.

Como si el descanso aminorase ímpetu y luz, pasamos del trazo ágil y fino al brochazo, eso sí en varias capas para intentar corregir planos y presencias, porque la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms es mucha partitura, exigente para detalles que no siempre se apreciaron, con un sonido por momentos nebuloso a pesar de pasajes bien delineados por violonchelos o maderas, incluso la trompa plenamente pastoral (siempre surge el paralelismo de esta segunda con la sexta del admirado Beethoven) junto a la propia belleza de una obra que está en mi memoria vital, agradecido por volver a escucharla en directo (grabaciones tengo para parar un tren) pero que no me llenaron como el cuadro de Grünewald musicado por su compatriota. Pienso que faltó fluidez en los cuatro movimientos que sin el final tormentoso que afuera sí nos esperaba, careció del aire mozartiano al que Hanslick alude en la cita de la doctora Cortizo. Ahondar en esta sinfonía lleva el tiempo del que directores y orquestas no disponen a pesar de la predisposición y buen hacer de todos, incluyendo el discurso final de un Valdés (entrevista en OSPA TV) que lleva Asturias y nuestra orquesta en su corazón.

Doble trece en veinticinco más uno

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Viernes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 13 OSPA: «Cuaderno de viajes II», Johannes Moser (violonchelo), Andrew Grams (director). Obras de H. Dutilleux y R. Strauss.
Las matemáticas de este concierto no engañan: 25+1=13×2, veinticinco años y un día del debut de nuestra OSPA en el Teatro Campoamor, heredera de la Orquesta Sinfónica de Asturias y otras formaciones que nos retrotraen hasta la Segunda República (más de 80 años), y dos veces trece pues «no soy supersticioso que da mala suerte», día del mes y número abono de la temporada «de Plata» que trajo cosas muy buenas cual regalos de aniversario con oro puro: dos retornos al auditorio y a la orquesta de los asturianos como el director americano Andrew Grams, un violinista que se subió al podio entendiendo desde su experiencia a sus compañeros, sacando lo mejor de ellos dos años después, y el grandísimo e internacional cellista alemán-canadiense Johannes Moser que hace ya ¡siete años! nos dejase con el maestro Griffiths un Schumann increíble, un viaje que pasaba de nuevo por Oviedo con dos obras evocadoras y cercanas para un auditorio con demasiadas butacas vacías, supongo que cuestión de festividades (próximo «martes de campo» en Oviedo).

El origen del Concierto para violonchelo «Un mundo lejano…» (1970) del francés Henri Dutilleux (1916-2013) lo explica a la perfección Ramón Avello en las notas al programa, enlazadas arriba en los autores, la inspiración no ya en Baudelaire sino en los propios títulos de los cinco movimientos que resultaron un viaje personal para orquesta, director y cellista por el entendimiento, sonoridades, presencia, tensiones, ambientes, unas acuarelas más que óleos por la prontitud del trazo e imposibilidad de corregir encargadas por el gran Rostropovich entendiendo nuevos caminos para su instrumento, más que un concierto clásico un concertar entre todos desde la introspección y sin una línea clara que poder seguir, pero evocaciones y ambientes sonoros perfectamente ensamblados por todos los músicos. El sonido del cello siempre poderoso, con unos armónicos sobrecogedores, un arco suave capaz de engarzar frases de verdadero Enigma desde el inicio, correspondido por una orquesta en el mismo idioma, manteniendo la Mirada con podio y la escucha orquestal, virtuosismos cómplices en unidad, cercanías solitarias, percusión con pinceladas ideales, Oleajes remando con la sección hermana a la que se unió tras finalizar, sintiéndose uno sin faltar el despliegue técnico que la obra y su destinatario exige, los Espejos que devuelven miradas e intenciones entre los intérpretes sin necesidad de traducción, y un Himno a la buena música donde el conjunto bien llevado por Grams fue más que fondo, forma para un Moser impresionante de principio a fin, cómplice con una partitura que sigue siendo un mundo por explorar, con momentos de silencios inquietantes, ruidos mezclados con los ambientes «pintados» en el escenario por una percusión siempre convincente, y entrega total por parte de todos, con una plantilla ampliada lo suficiente para mantener el equilibrio y la presencia junto a un cello todopoderoso en intervención y humano por cercanía.
«El Bach de Rostropovich« siempre es un regalo y sirvió para seguir recordándole con una personal versión de la Sarabande de la Suite nº 1, más tocada que sentida con la vuelta al intimismo del cello llenando el auditorio de serenidad y dedicada (así me pareció entender) a la hija recién nacida de Adolfo Rascón.

Tras el descanso Moser se sentó a mi lado para disfrutar la segunda parte, algo no muy habitual en los solistas, pienso que dejando muestra del respeto y amor por la música (ver entrevista en OSPATV) y sus intérpretes. Un placer charlar con él tras el Strauss de Grams con la OSPA (también en OSPATV, siempre acercándonos los invitados para comentar las obras del programa).

Richard Strauss (1864-1949) ha estado presente en el auditorio y en los atriles de nuestra orquesta varias veces a lo largo de los años, todavía más esta temporada, por lo que la fantasía sinfónica Aus Italien, op. 16 (1886) parecía completar un nuevo viaje, hoy a la juventud del compositor alemán capaz de orquestar como nadie, examinando cada una de las secciones que continúan en lo alto. Misma unidad sonora mostrada por la OSPA en la primera parte para la variedad argumental de unas imágenes italianas con óptica germana, disfrute de cada familia, dinámicas amplias, camino sin descanso en cuatro etapas: En el campo, con el poso siempre maduro de la cuerda, Entre las ruinas de Roma, magisterio de metales y bellas intervenciones de clarinete y oboe, A orillas (En las playas) del Sorrento con esa orquestación potente y por momentos impresionista con la que todos disfrutamos, de nuevo con la madera luciéndose, y Vida popular napolitana (Calle popular de Nápoles), con el conocido «Funiculì, funiculà» donde el maestro Grams se giró cómplice al público para presentar ese tema popular de Luigi Denza que irá creciendo y variando en una orquestación exigente bien balanceada, batuta que sabe lo que es trabajar desde abajo y llevarlo al podio, resultando el entendimiento perfecto para afrontar estos repertorios y hacerlos sonar como deben. Un placer contar con él esperando repita más visitas, así como Moser…
El momento de la formación en esta recta final de temporada sigue siendo admirable, y tener directores al frente con quienes se entienden y conocen, se traduce en conciertos donde el público sale feliz, estos viajes siempre subjetivos por personales y compartidos desde la calidad. Y el próximo viernes 20 seguimos de cumpleaños puramente sinfónico con el regreso del querido Max Valdés, Sibelius, Hindemith y Brahms que contaremos como siempre desde aquí.

No pueden faltar

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Viernes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Cuaderno de viajes I», abono 12 OSPA, Golda Schultz (soprano), Alessandro De Marchi (director). Obras de Haydn, Mozart, Beethoven y Mendelssohn.
Sin descanso y apurando esta temporada de aniversario que ya no se detendrá hasta el próximo mes, volvía la OSPA con un programa de esos que no deben ni pueden faltar, clásicos que mantienen este repertorio básico para intérpretes, músicos y público en general,  pues además de la música de nuestro tiempo (más exigente en cuanto a su escucha) los grandes también son nuestra herencia y siguen llenando las estanterías de tantos melómanos. La orquesta volvió a demostrar su solvencia, calidad y excelente estado de forma en todas las secciones, disfrutando con la interpretación de unas páginas imprescindibles, ideal en plantillas para este duodécimo de abono, llevada por un director italiano que se hizo entender (interesante la entrevista para OSPATV), claro en el gesto, preciso, compenetrado con una formación como la asturiana versátil no solo en repertorio, capaz de amoldarse sin fisuras a las más diversas batutas.

Hoy podríamos hacer esta entrada utilizando los títulos de las obras: La isla deshabitada de un Auditorio sigue perdiendo público, tal vez por el Ah! Pérfido tiempo de una climatología escocesa que haría preguntarse Voy, pero ¿dónde? ¡oh dioses y perdiéndose un concierto completo y agradable.
La obertura de L’isola disabitata, H. Ia:13 (Haydn) con una formación para la ocasión (aunque sin clave) resultó ideal para las muchas cualidades de orquesta y director: dinámicas amplias, lirismo, empaste entre secciones (excelencia en el dúo de trompas), buenos balances además del empaque habitual que en menor número de músicos resalta todavía más la gama de matices que atesoran los integrantes de nuestra orquesta, bien resaltado cada detalle por el italiano De Marchi para esta página operística pero marca del llamado «padre de la sinfonía«, luces y sombras hechas música al más puro «Sturm und Drang«.
Sorpresa agradable la soprano sudafricana Golda Schultz que sin poner la piel de gallina está dotada de una maquinaria perfecta, excelente técnica para afrontar las dos partituras que la trajeron a Asturias, emisión clara, color vocal con cuerpo y homogeneidad en todos los registros sin olviarnos del grave, corriendo sin problemas por la mayor o menor densidad orquestal, cambiando los omnipresentes oboes por los clarinetes tan del gusto de los «vieneses» Mozart y Beethoven, éste todavía clásico en forma.

El aria Vado, ma dove? Oh Dei!, K. 583 (Mozart), cuya historia figura en las notas al programa de Rafael Banús Irusta (enlazadas al principio con los autores), ya comienza a incluirse en el segundo acto de Le nozze di Figaro, calificadas como «piezas de bravura» que la solista defendió con solvencia y eficacia bien concertada por un De Marchi con la orquesta sonando en el plano idóneo, contestando, acompañando, preparando y completando esta maravillosa partitura del genio de Salzburgo.
Y otra aria de concierto que pocas veces se escucha en ellos, aunque este año fuese la segunda ocasión en este mismo Auditorio, Ah! Pérfido, op. 65 (Beethoven), misma atmósfera vocal y orquestal pero exigente en cuanto a fuerza y extensión en el amplio sentido del término musical, un recitativo exigente y un aria todavía mayor, con la soprano bien anclada en su ejecución a la que le faltó ese punto de emoción para transmitir emociones con todo el mimo orquestal. Las dos arias con textos traducidos por Luis Gago pudimos seguirlas, luces de sala encendidas facilitando su lectura, calidad y calidez en la sudafricana, belleza vocal y una técnica irreprochable que es necesaria para alcanzar la excelencia cuando se le suma entrega y carisma. Difícil aunar ambas cualidades que no siempre han tenido algunos de los grandes intérpretes (no solo voces), y personalmente siempre decantándome por la emoción con menos técnica que no a la inversa, pues las dos están al alcance de unos pocos elegidos.

Las sinfonías de Mendelssohn deberían figurar como «obligadas» en los conciertos, son ideales para pulsar el grado de trabajo y calidades de todas las orquestas con unas plantillas no siempre del tamaño que exigen otros compositores, amables de escuchar y de trabajar, algo que De Marchi con nuestra OSPA volvió a corroborar, un romántico que compone «a la manera clásica» como así lo entendió el director italiano.

La Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa» (1842) sacó de la orquesta lo mejor de ella en un crecimiento prolongado a lo largo de esta temporada que esperamos alcance el cénit en lo que aún nos espera, y es que no cabe ningún reproche en cuanto a entrega y musicalidad. Cada movimiento supuso un escalón de calidad y emoción, una cuerda dúctil y bien compensada para el Andande con moto-Allegro agitato con los primeros planos de los violines y cellos reondeados por los contrabajos (la tarima ayuda a redondear los graves), la madera siempre segura, unos timbales discretos en presencia pero imprescindibles, y el ímpetu necesario para el cambio de tempo bien llevado por De Marchi, sacando cada dibujo a flote en las distintas secciones, tensión en el punto justo, disfrutando de los clarinetes (hoy Antonio Serrano de solista) y creando ese ambiente sombrío tan parecido al asturiano que la OSPA transmite como nadie. El Scherzo: Assai vivace continuó esa tensión del primer movimiento con apenas espera entre ellos, buscando unidad en el discurso y mantener el ambiente alcanzado, la alegría del motivo en la madera siempre talentosa, el cuarteto de trompas que sigue sonando compacto y mejorando en cada concierto, uniforme, orgánico y en perfecto entendimiento junto a las trompetas, la cuerda brillante y clara, con unas violas y cellos también protagonistas amén del ya comentado sustento de los contrabajos, apostando el director italiano por un aire ligero que permitió disfrutar de todos ellos. Los tiempos lentos son perfectos para saborear la musicalidad de los primeros atriles, siempre seguros y aportando el plus de magisterio y confianza en ellos depositada, dejándonos un Adagio cantabile de belleza inconmensurable, sonoridades claras en los «pizzicati», arcos cantantes a más no poder, armonías completadas por un viento etéreo que pasa al primer plano casi de puntillas pero haciéndose oír, majestuosa serenidad antes del último movimiento Allegro guerriero – Finale maestoso, literalmente guerrero y majestuoso por el impulso desde la batuta, el empuje orquestal, los contrastes rítmicos, el brillo de la cuerda, el arrojo de los timbales, las contestaciones de la madera, la presencia del metal, las calidades en cada detalle sin decaer a lo largo de los compases, reposos mínimos en el tema principal que crece desde la unidad sonora. Una sinfonía «asturiana» comandada por un italiano con las ideas claras bien interpretadas que deja las expectativas muy altas por el programa elegido para el abono 13 del viernes 13 sin supersticiones, segunda etapa de este «Cuaderno de Viajes» para una orquesta sin prisas pero sin pausas en plena madurez de plata que nunca se acaba.

La samba movió a la juventud

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Cuarto año del proyecto LinkUp que la OSPA ha traído desde el Carnegie Hall neoyorkino y su «Weill Music Institute» de la mano de Rossen Milanov hasta el Auditorio de Oviedo, y exportándose después a otras comunidades como Navarra, al igual que en EE.UU. cada vez más estados se suman al mismo e incluso en otros países, un proyecto que hasta ahora lleva tres monográficos, si bien se rehacen y adaptan cada temporada al español, por lo que «La orquesta se mueve» de este 2016 podríamos decir que es la versión 2.0 de un ciclo pensado para alumnado desde Primaria hasta Secundaria, donde he participado con mis alumnos de primer ciclo (1º y 2º ESO) del IES «El Batán» de Mieres desde la primera en 2013.

Tres días (pues los dos previstos se completaron rápidamente nada más abrirse el plazo de inscripción) con doble función matutina a las 10:30 y 12:00 movilizando más de seis mil estudiantes y cuatrocientos profesores de casi 100 institutos y colegios asturianos, con unos materiales de calidad que nos proporcionan para esta fiesta musical. Nosotros acudimos al «estreno» del pasado miércoles 27 de abril en la primera función, siempre una incógnita cómo responderían todos, pero nuevamente la emoción marcó ya la salida en los dos autobuses tras un trimestre largo de trabajo en el aula con todo el repertorio. Si hasta entonces los compañeros comentaban cómo salen del aula cantando de las clases, el día importante había llegado, incluso ensayando con sus flautas para ir calentando.
Auditorio lleno de ilusiones, la orquesta calentando motores, la gran pantalla con pasatiempos musicales y con Gustavo Moral de maestro de ceremonias arrancaba este concierto único donde todos participan de él.

Cuenta atrás y afinación orquestal, seguida de las flautas y con el «vecino equipo habitual» formado por Sonia de Munck (soprano), Elena Ramos Trula (soprano) y Julio Morales (tenor) comenzaba el propio concierto lo que podemos llamar el «Himno LinkUp», el único tema que se repite, Ven a tocar (Thomas Cabaniss). Después vendría el «Can Can» de Orfeo en los infiernos (J. Offenbach) con dos jóvenes bailarinas intentando sumar a Gustavo mientras los diferentes sentidos de «mover» que tiene la música en este programa.

El Danubio Azul de J. Strauss hijo tiene una letra mejorada del primer año, por lo que el alumnado opta por la melodía conocida cantada con Sonia, o directamente en flauta, por las contestaciones instrumentales y sobre compartir todo con la OSPA bajo la dirección de su titular Milanov que optó por un tiempo más lento que el ensayado en el aula con una base solamente de piano, aunque el ritmo ternario la juventud ya lo tiene bien asimilado.

Como hace cuatro años el momento más emotivo es el «Nocturno» del Sueño de una noche de verano (Mendelssohn) transportado para poder interpretarlo con las flautas dulces, dos niveles de dificultad (pues el tercero lo tendrían los excelentes trompas de la OSPA), luces atenuadas y más de mil flautas disfrutando y compartiendo partitura con los profesionales, incluso mandando sobre ellos, porque ¿quién sujeta el ímpetu? Milanov hizo diabluras para hacer posible lo imposible y todo acabó encajando.

La obertura de Las bodas de Fígaro (Mozart) puso a prueba la velocidad en los músicos para un imaginario récord así como el necesario aprendizaje de participar con la escucha. Está bien «engañar» con un minutaje de 4:20 inferior al real y el empuje del animador Gustavo a la cuerda.

Uno de los momentos más esperados por el alumnado es el conocido «Toreador» de Carmen (Bizet) con «Escamillo Morales» nunca tan coreado como aquí. El francés no supone dificultad (aunque los americanos hacen su versión en inglés), la respuesta se convirtió en coprotagonista por el ansia contenida con la obertura operística mozartiana y la chaquetilla pequeña, sin necesidad de montera, acabó cual muleta para «torear» a Gustavo, con las sopranos unidas al coro escoltando a los «primeros espadas» con bellos abanicos.

Pese al arduo trabajo previo de preparación para saber escuchar a Beethoven y su Quinta Sinfonía en do menor, op. 67 (sólo el primer movimiento), está visto que los gustos de los chavales cambian y tras el triunfo hace cuatro años este no fue igual para ellos, pese a la interpretación bien llevada por la OSPA con Milanov, supongo que estar más de cinco minutos parados es algo imposible para esta generación. Seguiremos buscando fórmulas para alcanzar el placer de escuchar en una sociedad más bien «sorda» donde ni siquiera conseguimos dialogar en orden.

Distinto fue el otro tema de Cabaniss, Lejos vuelo con una coreografía muy ensayada en la parte central, uniéndose casi todos a la voz de Sonia quien con todo el «equipo» marcaron igualmente los pasos a un auditorio que daba gusto contemplar en movimiento acompasado con un tema muy actual de orquestación.

Pero el fin de fiesta fue realmente apoteósico, Vaudí y sus percusionistas entraron a ritmo de samba, levantando el jolgorio y contagiando el calor brasileño de Rio de Janeiro en Cidade Maravilhosa (André Filho), sumándose la orquesta y Elena luchando por afinar con todo el auditorio totalmente revolucionado cantando en portugués con la misma facilidad que en francés o español.

Recopilación musical cual trailer recordatorio de cabo a rabo con Gustavo y todos los músicos participando para poner rumbo al «insti» en perfecto orden. Aún quedaba otra función ese miércoles más las cuatro siguientes. De nuevo la música preparando y formando, cultura educativa aunque WERTgonzosamente «olvidada» al relegarla como en mi adolescencia al grupo de «marías» del que han sacado la «Religión» equiparada a «Valores éticos». No suelo ver políticos en los conciertos por lo que tal vez deberíamos organizar un «LinkUp» para ellos y comprobasen que la educación integral no es la que aparece en leyes no consensuadas.

Al menos en Asturias seguimos «conectados» y como este año, «La orquesta se mueve» con el alumnado, volvimos cantando, contentos, una experiencia que no acaba aquí porque hasta junio queda curso, y como se decía en los antiguos campamentos de verano, «esto sigue en vuestras casas».

La esperanza es lo último que se pierde y la música hace más llevadero nuestro quehacer diario. Soy feliz y disfruto dedicándome a lo que me gusta, la docencia y la música, pero las canas no salen solo por los años.

Atalaya sevillana en Oviedo

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Jueves 14 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: III Primavera Barroca: «En torno a Pedro Rabassa. Trauermusik en el s. XVIII«. Orquesta Barroca de Sevilla (OBS), Enrico Onofri (concertino y director), Julia Doyle (soprano). Obras de Basset, Rabassa, Ripa, Arquimbau y Haydn. En colaboración con el CNDM (Circuitos). Abono combinado: 58,50 €.
La catedral sevillana como tantas otras, atesora partituras que están saliendo a la luz con el apoyo de organismos públicos y el enorme trabajo de músicos que están recuperando el patrimonio musical, y en ello se encuentra la OBS con Onofri al frente además de la Junta de Andalucía, sus universidades y el CNDM, que hace honor a su nombre de difusor musical de lo nuestro.

Pudimos disfutar este jueves primaveral de las obras de varios maestros de la seo hispalense, además cronológicamente: el poco conocido Vicente Basset (ca. 1748-1762) que fuera primer violinista de la Orquesta del Real Coliseo del Buen Retiro en Madrid según los estudios y recuperación del musicólogo Raúl Angulo Díaz (publicados por la Fundación Gustavo Bueno) y que abría cada una de las partes (cambiando el orden programado que he retocado para dejarlo aquí tal como fue) con dos «aperturas», el barcelonés Pere Rabassa (1683-1767), el aragonés Antonio Ripa (1718-1795) y el gerundense Domingo Arquimbau (1760-1829), con músicas litúrgicas, paralitúrgicas e instrumentales.

La OBS (cuyo director artístico es el violinista vizcaíno Pedro Gandía Martín) en formación ideal para este repertorio, respetando los criterios llamados historicistas, con un Enrico Onofri que toca además de dirigir, estuvo bien balanceada en volumen, adecuado a la acústica de la sala de cámara del auditorio, con plantilla equilibrada en cada sección y un clave (órgano en la tercera obra) a cargo de Alejandro Casal que mantuvo la presencia con elegancia y acierto en los ornamentos para completar una tímbrica rica en matices y tiempos. La incorporación de las parejas de oboes y trompas naturales para la sinfonía de Haydn con las anotaciones de Arquimbau, corroboró el buen momento de esta formación española afrontando repertorios bien elegidos. Lástima los problemas de afinación causados por el cambio brusco de Madrid a Oviedo que afecta a los instrumentos de cuerda, como bien explicó el Maestro Onofri, obligado en cada obra a recuperar el diapasón, pero que no empañó la calidad global de la orquesta sevillana.

Capítulo aparte la soprano inglesa Julia Doyle, especialista en repertorio renacentista y barroco, que me agradó por color vocal, limpieza en las agilidades, emisión idónea y registros homogéneos, de gran matización y expresividad unida a una correcta articulación y pronunciación tanto del castellano como del latín, naturalidad y espontaneidad para adecuarse al estilo de Rabassa y Ripa cercanos al clasicismo pero aún con el regusto barroco religioso a la moda española del momento.

Buenos inicios los de Basset, la Obertura para cuerdas y continuo, Bas-4 en tres movimientos con un impetuoso Allegro assai inicial, intermedio Andante casi lento y el Minuet plenamente danzable, más la Apertura a più stromenti de violin y violongelo obligatto, Bas-8 igualmente tripartita y barroca en escritura, ambas adquiridas por la Biblioteca Nacional de España, obras compuestas en 1740 que nos amplían horizontes para aparcar un poco el llamado «repertorio» apostando por educar y mostrar al amplio público aficionado al barroco otras obras que en nada desmerecen a las más programados y grabadas, pues queda mucho por descubrir y degustar. Música agradecida de escuchar que recupera terreno frente a la sinfónica probablemente por la inmediatez y frescura, más ejecutándola con criterios serios y de calidad como el de la OBS.

Las obras vocales de Pedro Rabassa conjugan igualmente el lenguaje del XVIII, la transición entre épocas y estilos con los instrumentos capaces de olvidar los textos para funcionar independientes, pero magistralmente tratados cuando la voz es protagonista, el instrumento que canta contestado cantando por los que no tienen voz, desde el villancico Corred, corred, pastores que Doyle repitió como regalo final, hasta el Laudate Dominum o la Lamentación 3ª Iod. Manum suam, melodías cantables desde la religiosidad con la orquesta tejiendo un acompañamiento que por momentos completaba la intencionalidad del latín como si de un órgano de cuerda se tratase. Y todavía más en la inédita Vau, Lamentación 2ª de Ripa, formas en voga desde tiempos inmemoriales que el maestro de Tarazona eleva a la máxima expresión, con una Julia Doyle perfecta solista engrandeciendo esta partitura recuperada.

La Sinfonía nº 44 en mi menor ‘Trauer’ (Fúnebre), Hob. I/44 (Haydn), copia de la catedral de Sevilla (1772) con indicaciones del maestro Arquimbau fue el complemento ideal a un programa bien planificado estilística y cronológicamente, demostrando que en España conocíamos de primera mano las novedades vienesas aunque todavía siguiésemos «debiendo barroco» pese a los avances de estos maestros de capilla cuyas obligaciones laborales no les permitían componer como ellos hubiesen querido. Bien traído el título del programa como «Trauermusik» a raíz de esta sinfonía, música fúnebre pero nada trágica, grande por el espíritu religioso subyacente (incluso en el villancico) y enorme escuchando a la OBS con esta sinfonía en cuatro movimientos del padre de la forma orquestal por excelencia desde entonces, papá Haydn cuya herencia seguirían las figuras del sinfonismo a partir del «Sturm und Drang» del vienés. Un placer y gozo de concierto que tuvo una excelente entrada y un público entregado a estos programas que nos descubren joyas de casa, en casa y con músicos de casa, como el siguiente del ciclo con Forma Antiqva (domingo 24 a las 19:00 horas). La primavera es barroca en Oviedo aunque «Sevilla tiene un color especial» y en plena Feria de Abril.

Geroncio, ángeles y demonios

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Jueves 17 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto extraordinario de Semana Santa, OSPA, Allison Cook (mezzo), Zach Borichevsky (tenor), Nathan Berg (bajo), Coro FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Sir Edward Elgar: El sueño de Geroncio, op. 38 (1900). Entrada: invitación abonados OSPA.

Hay obras que deben escucharse en vivo al menos una vez en la vida, y si además el propio compositor dice «Si alguna obra mía es digna de no olvidarse, ésta es», entonces podrán comprender mi deseo hecho realidad de este The Dream of Gerontius de Elgar, puede que sintiéndome ya un «hombre viejo» como el protagonista, sin importar cómo clasificar o analizar esta magna obra (oratorio, cantata dramática…) sobre textos del cardenal John Henry Newman (1801-1890). Está tan bien escrita para cada intervención que es maravilloso escuchar cómo se mueven y aparecen las voces solistas, el coro y la propia orquesta en una sucesión sin apenas respiro, con dos partes bien diferenciadas donde el descanso rompió un poco el dramatismo implícito: una primera parte «terrenal» y la segunda «más allá de la tierra», tal y como la concibió un inglés que adoraba a Wagner (como recuerda Lorena Jiménez en las notas al programa enlazadas arriba en el autor) pero cuya música tiene sello propio en este diálogo con la muerte lleno de serenidad.

Interesantes los tres solistas de este concierto extraordinario, comenzando por el tenor Borichevsky que tiene el papel más extenso. De timbre hermoso, emisión más que correcta en todos los registros y momentos de belleza casi íntima, especialmente cuando se convierte en el alma de Geroncio con unos pianissimi muy sentidos.
El bajo-barítono Berg al que pude escuchar hace años en el Auditorio, interpreta al predicador de la primera parte y al ángel de la agonía final, dos registros en uno donde el impacto del texto se refleja en su proyección desde un color algo metálico en el agudo pero ideal para inspirar el terror y temblor antes del último vuelo.
Encantado con la mezzo escocesa Allison Cook que «llena» la segunda parte como un ángel, voz carnal de amplio registro, destacando un grave homogéneo precisamente en los momentos dramáticos, una musicalidad etérea como el personaje y un fraseo siempre contenido lleno de gusto, sin exceso alguno e ideal color para esta obra donde su voz lleva los momentos más emocionantes. Cantando ópera es un nombre a tener en cuenta y apuntarlo.

El Coro de la FPA se enfrentó nuevamente a un reto ante la envergadura de esta partitura, superando con creces las exigencias. A lo largo de la obra pasa por todos los estados anímicos hechos música, «Los asistentes» con un Kyrie latino «a capella» bien emitido y afinado, siguiendo el Be merciful, be gracious con orquesta sin perder presencia, el Rescue him con Amén incluido para mantener gusto y musicalidad, aumentando las tensiones durante la segunda parte, ángeles y demonios reflejados en papel y línea de canto, con unas voces blancas angelicales, las graves algo cortas en número pero buen contrapeso, e insistiendo en la escritura tan excelente de Elgar, el empaste y búsqueda de un timbre propio ideal, donde los instrumentos doblan a veces (impresionantes las trompas) o realizan contracantos alcanzando un color único donde no era necesario aumentar volumen para escucharlos nítidamente. La aparente lejanía del canto (estaba en la fila seis lateral) sumó en vez de restar calidades, puede que la inseguridad puntual esta vez ayudase a unos pianísimos increíbles, poniendo los contrastes al ángel o el alma en los coros de «Demonios» o «Coro angelical» (especialmente las mujeres), clamando las «Voces de la tierra» al pedir misericordia y ese final de las Almas del purgatorio como clímax coral antes de despedirse como «almas» y nuevamente el «Coro angelical», amén incluido.
La OSPA sigue en niveles de excelencia en todas sus secciones, incluso con los refuerzos que esta obra exige aumentando vientos e incluyendo órgano. Su amplísima gama dinámica fue un placer, más allá de buscar ambientes complementarios del texto, protagonismo siempre presente y tesituras que refuerzan cada número coral.

La dirección de Milanov tendió a ralentizar algunos números que perdieron impacto, salvo el inmenso y emotivo Preludio, aunque ganaron lirismo y emoción, pero hubiese preferido más aire que convenciese de los contrastes entre tierra y más allá, quedándonos en unos apuntes que el Jovellanos agradece por sus dimensiones, obligando a tocar muy juntos y escucharse todos. Este reto de Gerontio superado, supongo que en el Auditorio tendrá aún más grandiosidad tras este estreno gijonés.

Festival de talento

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Viernes 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 8 OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Dvorak y Bartók.

Tras «nuestra» escapada bilbaína la OSPA y manteniendo colocación como en el Euskalduna, volvía a su sede ovetense con un director español en constante crecimiento, Jaime Martín (Santander, 1965), actual titular de la Orquesta de Cadaqués, quien en una entrevista al diario La Nueva España (la dejo casi íntegra al final, en su versión papel) decía: «Una orquesta es un festival de talento» y quiero tomar este titular también para mi entrada del blog.

Todas las virtudes que llevo tiempo destacando de la orquesta asturiana, este octavo de abono se han multiplicado porque al fin la batuta cántabra dio la necesaria seguridad, confianza, serenidad, ilusión por el trabajo bien hecho y sobre todo una honestidad con las obras elegidas que los músicos transmiten.

Las Danzas eslavas, op. 46 (1878) de A. Dvorak (1841-1904) suelen interpretarse sueltas y no en su totalidad como pudimos disfrutarlas este viernes, ni en versión original para piano a cuatro manos ni la orquestal, algo que parte del público no pareció enterarse aplaudiendo indebidamente y haciendo romperse el hechizo de la continuidad de ocho danzas en distintas tonalidades, ritmos y tiempos con un empuje contagioso lógico en una música de baile con inspiración folklórica pero a base de melodías propias que no tienen porqué ser herederas de las húngaras de Brahms. Maravillosa cada sección orquestal y cada intervención solista, dinámicas amplias perfectamente marcadas por el director santanderino, intensidades graduadas para deleite de todos, difícil quedarme con alguna aunque por comparar (aunque sea odioso) con la escuchada el pasado 24 de febrero la «Furiant» Danza nº 1 en Do mayor «Presto» hoy tuvo todo lo que entonces faltó: agilidad, bailable, empuje rítmico y claridad en las melodías, al igual que la última, tal vez la más conocida de todas. Estado de gracia para toda la orquesta y entendimiento total con el podio, plenitud para una integral que pone a prueba formaciones y batutas.

Aún más complejo de interpretar y dirigir que al checo Dvorak resulta el llamado Concierto para orquesta, Sz. 116, BB 123 (1942-1943) del húngaro Bela Bartók (1881-1945), puede que evitando llamarlo sinfonía no ya por sus cinco movimientos, aunque resulten como tales los impares e intermedios los pares, sino por unos contrastes más en la línea de los barrocos, también comentado por Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa (enlazadas en los autores al principio).
La biografía de Bartok daría para una película y en sus última etapa neoyorkina parecía abocado al hundimiento total cuando surge este encargo de unos compatriotas que nos dejará una de las páginas orquestales más fastuosas y difíciles dentro del repertorio sinfónico, básicamente por el tratamiento concertante de las distintas secciones orquestales que la OSPA tiene en calidad superlativa como pudimos disfrutar por unanimidad los afortunados: el arranque de la cuerda y luego flautas de Introduzione – Andante non troppo presentó credenciales claras de lo que vendría después, el metal del Allegro vivace sonó virtuoso y claro en las secciones fugadas del desarrollo, con unas trompas en perfecto entendimiento desde hace muchos conciertos, unos trombones a los que llamo el cuerpo orgánico por no decir organístico, y las trompetas seguras y vibrantes, con una percusión mandando sin ensuciar; de la cuerda que enamora destacar su pasaje movidísimo del último movimiento perfecto por claridad, presencia e intensidad pero también destacable el segundo movimiento con todos los instrumentos alternando por parejas en pasajes brillantes sonando como uno solo, respiraciones, fraseo, matices idénticos como verdadera sana competición en mejorar el anterior y dotando de una continuidad marcada por el tambor con «mando Dalai en plaza» ese movimiento realmente de verdadero encaje de bolillos: fagots, oboes, trompetas, flautas… cada tema respirando aire popular desde el dominio instrumental plenamente académico, por no decir clásico del compositor húngaro. Hasta el Intermezzo interrotto, cita del «tema de la invasión» de la Séptima sinfonía de Shostakovich -popularísima en EE. UU.- como guiño de su fino humor húngaro, sonó aterciopelado en una OSPA a la que deseamos mantenga este nivel, con un Finale: Pesante – Presto para guardar y grabar cuando Radio Clásica lo emita dentro de unos meses. Si el viejo Bartók muestra mucha ironía con esta obra, Jaime Martín a quien la batuta le proporciona libertad, nos dejó un guiño de cómo alcanzar no ya magia sino una interpretación magnífica y de altura, fruto de la honestidad, el trabajo, el entendimiento y un saber mucho además de bien de su trabajo. Ha sido un excelente flautista y como director sigue creciendo, contando sus apariciones por triunfos, y el de este octavo de abono en Oviedo ha sido uno más. Esperamos vuelva pronto. En la entrevista citada cuenta muy claro la forma de entender su oficio: «… requiere colgar el ego de una percha. La gran cualidad de un músico de orquesta es la flexibilidad. Una orquesta es como una cometa y el director es el encargado de mantener el hilo. Cuando se hace así soy feliz, es un trabajo mágico». Magia y talento.

Domingo para cerrar Musika-Música 2016

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Un paseo tranquilo por el Parque de Doña Casilda y al lado de la ría hasta el Guggenheim volviendo antes de la siguiente tormenta que nos precipitó hacia el Euskalduna en una mañana-tarde sin apenas tiempo para nada, solo para la música.

Domingo 6 de marzo, 13:00 horas: Kiosko Cósima, Conservatorio de Música de Calahorra,
Trío con piano: Ana Ausejo (violín), Beatriz Pérez (viola), Camila Bretón (cello), Alfo Fabo (piano): F. Schubert: Adagio y rondó concertante en fa mayor para cuarteto con piano D. 487: Rondó.

Gente joven, estudiantes destacados que se atreven a hacer música juntos con el desparpajo y buen entendimiento fruto de mucho trabajo previo donde tocar en público y templar nervios es una asignatura que superaron sin problema.
Octeto de viento-madera: Nerea Andrés (flauta), Miguel Ibáñez (oboe), Guillermo Arnedo y Ruth Arriazu (clarinete), César Calvo y Josep L. Lloares (fagot), Virginia Montes y Marta Llorente (trompa): F. Schubert: Octeto para vientos D. 72: I. Allegro, II. Andante (arr. R. G. Patterson).

Cuando la música de cámara exige escucharse además de tocar, nos deja momentos como los de este octeto y una lección para no olvidar nunca que estos jóvenes tienen muy claro, así como el necesario apoyo de las familias a las que nunca se recuerda ni agradece su presencia y empuje. No nos quedamos a escuchar el Octeto de trompas por el horario algo apretado aunque teníamos las entradas numeradas para el siguiente. Mi cuerpo necesitaba un café porque el «kiosko» era más frío que las salas, por otra parte con buena temperatura que no influyó en exceso en los instrumentos.

Domingo 6 de marzo, 13:45 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 51, Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Rossen Milanov (director):
R. Strauss: Una vida de Héroe, poema sinfónico op. 40. Entrada: 10,90 €.
Remate straussiano de «nuestra» OSPA donde cada músico tuvo su propia vida de héroe en este monumental Strauss para despedir la presencia asturiana en Musika-Música, lástima la hora poco agradecida con menos público del esperado, y es que la interpretación resultó muy equilibrada y con momentos de una calidad rayando la excelencia. Nuevamente con la plantilla reforzada que funcionó como si llevasen toda la vida juntos y unos solistas que no decepcionaron en los seis números (incluso el dúo de trompetas fuera de escena), heróicos todos ellos en expresividad y fuerza. Sigue adoleciendo Milanov de precisión en las entradas (yo ya le llamo «batuta flácida»), pero logró dinámicas realmente buenas, sin estridencias, gustándome la amplia madera (excelencia de las flautas en rítmica bien encajada con oboes), todos los «bronces» y por fin la cuerda que a todos nos enamora, hiriente cuando se le pide, aterciopelada, con un Vasiliev rejuvenecido en sus solos. Ritmo frenético desembocando en La retirada del mundo y la plenitud del héroe, percusión contagiosa, trombones empujando y por las exigencias del escenario la colocación de percusión atrás y contrabajos a la izquierda detrás de los violines primeros que no restó luminosidad y puede que incluso favoreciese la sonoridad alcanzada en este Ein Heldenleben que inundó el auditorio en esta Odisea fantástica.

Domingo 6 de marzo, 15:30 horas: Auditorio Odisea, Orquesta del Conservatorio «Juan Crisóstomo de Arriaga», Maite Aurrekoetxea (directora): Obras de R. Wagner y F. Mendelssohn. Entrada gratuita.
Los músicos bilbaínos no se arredraron con las obras elegidas para interpretar en el Auditorio. Tres grandes que sonaron más que dignos: Wagner, «Lohengrin«, introducción al acto III, con unos vientos seguros y una percusión «mandando», Mendelssohn con su Sinfonía nº 4 «Italiana» de la que prescindieron del complicadísimo primer movimiento para dejarnos el II y III más que bien, algún desafine puntual de la cuerda que hasta los profesionales deben trabajar, y de nuevo Wagner con el majestuoso preludio de «Los Maestros Cantores de Nüremberg» perfecto colofón de este último concierto en la sala Odisea, realmente tal para una juventud que disfruta con la música y así será toda su vida, independientemente de su dedicación completa o no a esta difícil profesión.
Emocionante contemplar a las familias en el patio de butacas y ver a sus herederos en el escenario grande, verdadero premio a lo estudiado y ensayado, sientiéndose tan importantes como los maestros a los que han estado escuchando este fin de semana y conviviendo con otros estudiantes que han recibido su alternativa en este macroevento. Los locales son habituales del festival y no decepcionaron, con una directora de gesto claro y preciso que lleva a los estudiantes de la mano. Hay cantera de músicos porque el sacrificio tiene estos premios.

Domingo 6 de marzo, 17:00 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 70, Judith Jáuregui: Obras de Félix Mendelssohn y Fanny Mendelssohn. Entrada: 6,90 €.
Los hermanos Mendelssohn fueron los elegidos por la pianista donostiarra que exigió una iluminación más íntima para ambientar sus obras, comenzando con Albumblatt, op. 117, aplomo y fuerza de pulsación para la ligereza casi chopiniana de esta pieza de salón al igual que la Romanza sin palabras, op. 30 nº 6 (Venetianisches Gondellied), delicadeza y fraseo sentido para estas bellas melodías despojadas de un texto que la música recrea respirando.
La gran desconocida Fanny Mendelssohn a la sombra de su hermano menor nos dejó entre su amplia producción esta impresionante Sonata para piano en sol menor; impresionante la fuerza y decisión de esta sonata que explora todo el registro del universo de las 88 teclas, con una Judith cuidadosa del sonido, pedales apropiados y una musicalidad tan cercana que recreaba aquellas veladas de los románticos elevando el salón a la pequeña sala de conciertos. Y para cerrar de nuevo Félix y sus Variaciones serias en re menor, op. 54, trabajando siempre la melodía aunque se oscurezca en cada reinterpretación, ligereza y pulsación, sonido buscado hasta el detallo en estado de gracia nuestra Judith Jáuregui que sigue su crecimiento interpretativo buscando repertorios que le gustan y hace suyos con total naturalidad. Excelente punto final a nuestra Musika-Música con los hermanos Mendelssohn para descubrir un Félix virtuosístico y poderoso, más la increíble Fanny que seguirá sorprendiéndonos como la pianista donostiarra.

A las 18:05 pusimos el punto y final del «puente romántico 2016» donde Richard Strauss volvió a exigir a todos sus intérpretes, especialmente a las orquestas, y me encantó seguir a los conservatorios, así como a los pianistas. Habrá que esperar la sorpresa del año próximo aunque los tiempos parecen no estar precisamente bien para la música. Esperemos que el sentido común no sea el menos común de los sentidos y se mantenga un festival que representa convertir la capital vizcaína en un referente más allá del turismo músical.

Tarde completísima primando lo sinfónico

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Ambiente dentro y fuera del Palacio Euskalduna, una comida rápida y vuelta porque quedaban por delante más de cinco horas de música.

Sábado 5 de marzo, 17:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 19, Real Filharmonía de Galicia, Paul Daniel (director).
F. Mendelssohn: Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa». Entrada: 10,90 €.

De nuevo una orquesta de cámara que elige repertorio apropiado como la conocida «Escocesa», número ideal para evitar «males mayores» con refuerzos en pos de un espectáculo que no es tal sino un despliegue cara a la galería. Escribía yo en las notas rápidas lo de «Galicia Calidade» porque la formación con sede en Santiago nos pintó una acuarela escocesa  más que óleo, secciones bien equilibradas donde la cuerda suena lo suficiente para mantener las dinámicas en su sitio y donde las brumas del norte brillaron al mismo nivel que la orquesta y su director titular, sin batuta ni podio porque la cercanía también es física para exigir a sus músicos la máxima intensidad. Placer verle trabajar y cómo la orquesta responde siempre, contrastes de movimientos donde las indicaciones se interpretan literalmente: Andante con moto . Allegro poco agitato, Vivace non troppo, Adagio para disfrutar del sonido atlántico y Allegro vivacissimo – Allegro molto assai. No me defraudaron en absoluto aunque esta sinfonía sea siempre agradecida de interpretar y escuchar con las referencias gaiteras que tan bien entendemos todos los del llamado Arco Atlántico.

Sábado 5 de marzo, 18:30 horas: Sala Schubertiadas, Concierto nº 41, Galdós Ensemble con Ivan Martín (piano).
R. Strauss: Cuarteto con piano en do menor, op. 13 TrV 137. Entrada: 6,90 €.

Siempre alternando sinfónico y cámara, quería volver a escuchar al canario Iván Martín con un trío de su Galdós Ensemble formado por Sheila Gómez (violín), Daniel Lorenzo (viola), Juan Pablo Alemán (violonchelo) y el citado Ivan Martín, en una obra poco conocida e interpretada, la más ambiciosa, lógico porque las dificultades técnicas son enormes y de nuevo necesario mucho tiempo de estudio previo para alcanzar la interpretación ideal. Impactante y duro romanticismo en estado puro este cuarteto opus 13 de Strauss, la «excelencia Galdós» con un trío que sólo junto a Iván Martín puede sonar así, cuatro movimientos a cual más intenso, sin respiros, con silencios subyugantes y sonoridades potentes en los cuatro, con una abundancia de ideas apabullante.
El Allegro de apertura muy elaborado y tempestuoso, alcanzó cotas y temperatura
elevada; El Scherzo con un piano decididamente straussiana, el Andante original y lírico con una melodía que pasa del piano a las cuerdas recordando a Brahms y sin cambiar el color del cuarteto y el Finale: Vivace otra vez romántico puro en ritmo sincopado, pasional e interpretado con el mismo entusiasmo de su compositor. Seguir recuperando al enigmático Richard Strauss camerístico porque la inmensidad también es necesaria.

Sábado 5 de marzo, 20:00 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 21, Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Hanna-Elisabeth Müller (soprano), Rossen Milanov (director): obras de R. Strauss. Entrada: 10,90 €.

No quería perderme la presencia de nuestra orquesta asturiana, representación de nuestra cultura en este segundo concierto, esta vez con dos obras de un Strauss con el que Milanov se siente muy a gusto. Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel, poema sinfónico op. 28 presentaron una orquesta muy reforzada que nos ofreció un juguetón más que travieso Till, más sal gorda que maldon porque «amarrar» el poderío de una sección de metales se hace difícil y las exigencias para la cuerda se multiplican. Con todo Milanov pareció disfrutar con esta descarga sonora más atento a matizar que a sonsacar las melodías o dar entradas (alguna falsa), especialmente la que hace de motor de la obra. Tanto las trompas que están en un momento perfecto de ensamblaje como todo el metal y el entendimiento con nuestra madera siguen siendo de primera y esta fue la que marcó la intención de este grandioso poema sinfónico.

Las siempre hermosas Cuatro últimas canciones, op. 150 nos trajeron a una joven soprano alemana (1985) que promete en estos repertorios, con excelente carne en el agudo y más hueso en el grave pero dejando buen sabor «al ir a dormir» (Beim Schlafengehen) ante una obra asimilada incluso en escena, elegante en el amplio sentido de la palabra. «En la puesta de sol» (Im Abendroth) estuvo bien su dicción y musicalidad, con una interpretación no muy ayudada desde el podio, lo que por momentos la eclipsó pero una voz de la que tomo nota como «la Müller«, con una orquesta dúctil y más pendiente de la voz que nunca, don de los solistas cantaron con la misma intención que la soprano alemana.

Sábado 5 de marzo, 21:30 horas: Auditorio Odisea, Concierto nº 22, Bilbao Orkestra Sinfonikoa, Yaron Traub (director).
R. Strauss: Sinfonía Alpina, op. 64. Entrada: 10,90 €.

Nada mejor para concluir este sábado que asistir a una obra sinfónica de las que hacen época por todo el despliegue instrumental casi wagneriano al que odió y admiró el músico muniqués. Siempre reconforta escuchar el órgano del Auditorio engrosando la enorme plantilla. Podría decir que el concierto hizo cumbre alpina con ostentación sonora, disfrutando del órgano y una pletórica orquesta local con un aparentemente algo cansado Traub cuyo oficio le permitió ir marcando las complicadas intervenciones de esta magna sinfonía en veintidós números sin apenas respiro.

El llenazo se puede apreciar en la foto de la propia organización y hasta me he localizado… Público entregado a su orquesta al que no le importó la tardía hora de finalización pasadas las 22:30 de la noche. Menos mal que nosotros estábamos cerca y llegamos a tiempo de una reconfortante cerveza y una cena ligera tan exquisita como este sábado completísimo.

Salud a mis lectores y aún queda la última entrada del domingo, de nuevo siguiendo a la OSPA, a los conservatorios y a mi admirada Judith Jáuregui, que nos redescubrió a Fanny Mendelssohn. Mañana más…

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