Concierto de emociones el de «Las Letras Asturianas» que rinden homenaje este año a mi siempre añorado e irrepetible Nel Amaro (24 de diciembre de 1946, Quentuserrón – Mieres / 4 de abril de 2011, Oviedo), los 30 años de «mi matrimonio» con la OSPA y música de dos asturianos de corazón con Covadonga siempre como inspiración y parte importante de sus propias vidas:
Don Leoncio y Guillermo, profesor y alumno desde sus años en la Escolanía, una verdadera conjunción musical que reunió no solo autoridades civiles y eclesiásticas sino a muchos amigos y compañeros de ambos venidos desde todos los rincones, dos personas muy apreciadas y admiradas por todos, regalándonos tres de sus obras desde el buen oficio orquestal de ambos, bajo la dirección del avilesino Rubén Díez (1977) que disfrutó y contagió el mismo amor por la música a una OSPA de cumpleaños, hoy con Eva Meliskova como concertino.
Las dos obras del maestro Leoncio Diéguez Marcos (1941) enmarcando el estreno de Guillermo Martínez (1983), encargo para los actos conmemorativos de este 30 aniversario de la orquesta asturiana, dos generaciones, dos lenguajes y una misma inspiración, el oficio del maestro, la ilusión desbordante del alumno aventajado.
La Rapsodia asturiana del maestro podríamos llamarla en asturiano, aprovechando la efeméride, de «caxigalina» pero elevada a la alta cocina, motivos melódicos conocidos por todos, folklores propios y cercanos que Don Leoncio trata con cariño y sabiduría, orquestación de amplia plantilla, efectista, agradecida de escuchar y todo un catálogo de herramientas utilizadas por este leonés al que sentimos asturiano.
Y el esperado estreno de Guillermo Martínez, «Bricial«, el tercer lago de Covadonga, Poema Sinfónico que explica perfectamente en las notas al programa Alejandro G. Villalibre, personalmente un derroche de música orquestal bien construida, con momentos verdaderamente cinematográficos para unas imágenes de Los Lagos plenamente exportables a esos documentales de naturaleza imponente como la propia Covadonga y su montaña, remanso espiritual, paz y sobrecogimiento ante la grandiosidad que impera por doquier. Así la sentí desde el primer movimiento (I. Obertura) que mostró todo el color del otoño asturiano; la historia de España y Pelayo traerá aires marciales con la óptica propia de un Guillermo que mantiene la tonalidad y el gusto por la melodía con ritmos imponentes (II. Marcha) y una instrumentación clara y potente, con plantilla similar a la del maestro y curiosamente conservador pese a la juventud del discípulo; incorporar el piano, el arpa o la celesta además de una percusión abundante y variada (incluyendo máquina de viento o pájaros), dota a este poema de una sonoridad sobrecogedora pero donde el III. Tempo di valse resulta un remanso con los «pizzicati» iniciales de la cuerda y ese aire universal del que han bebido todos los grandes, ecos de los mejores compositores rusos o del Richard Strauss «alpino», siempre buenos espejos en los que mirarse, y la desbordante inspiración de un Guillermo Martínez que en el IV. Concertante es capaz de conjugar la masa orquestal con un cuarteto de cuerda y piano digno de tener obra propia e independiente, buen gusto y aciertos en la elección de los protagonismos que Rubén Díez entendió a la perfección. Si Bach siempre será el «padre de las músicas», la fuga es la forma más exigente para todo compositor, asignatura obligada y dura, con sobresaliente en ella, V. Fuga para desarrollar no ya un motivo bien construido con el ritmo siempre presente, sino explorando todas las secciones orquestales donde disfrutar de los primeros atriles con papeles bien defendidos por cada uno, destinatarios de este estreno, y el impresionante VI. Finale cual «títulos de crédito» de este monumental documental sonoro, un poema sinfónico donde la inspiración corre libre sin perder las formas, añadiendo un escalón en la ya exitosa carrera de un compositor al que admiro desde hace años y que nunca defrauda. Cada obra suya es un catálogo de intenciones, una excursión sensorial y un verdadero torrente musical donde el «eclecticismo académico» es el propio lenguaje de Guillermo Martínez.
Y de nuevo el maestro Leoncio Diéguez Marcos con su poema sinfónico Don Quijote y la batalla de los rebaños, poema sinfónico más avanzado que el alumno, no ya la experiencia que dan los años sino la admiración por un lenguaje musical cada vez más moderno a pesar del tiempo, obra genial del leonés, que fue un encargo de Max Valdés, entonces director de la OSPA en su estreno el 30 de abril de 1998, que ha tenido largo recorrido más allá de Asturias. Don Ángel Medina, catedrático de Musicología, escribió las notas al programa entonces que siguen igual de vigentes en este 2021 sobre el autor y su obra: «ha sabido encontrar en el programa el ensanchamiento y los límites, la ventana abierta al horizonte infinito e impredecible y la disciplinada cerca que acota el terreno roturado. De esta manera, lo que esta composición del maestro Diéguez tiene de autónomo, y específicamente musical (en tanto que coherente movimiento sinfónico) se enriquece -y nos enriquece- con el impulso siempre eficacísimo del inagotable imaginario cervantino«.
Si en Bricial veía música cinematográfica, este Quijote es perfecto para cerrar el concierto donde no faltó lo literario, lo pictórico y hasta la confirmación del buen oficio de componer, las llamadas vanguardias de pasado siglo que ya no lo son, pues vivimos y crecimos con ellas, entendemos su lenguaje y nos educan en estas escuchas que hermanan dos generaciones desde la música sinfónica.
Para cerrar no podía faltar nuestro Asturias, patria querida en la armonización y orquestación que el propio Don Leoncio hizo cuando convertimos la canción más conocida en nuestro Himno Oficial desde 1984, el sinfonismo y magisterio en el que seguir mirándonos.
Dejo finalmente el recorte de prensa con la noticia hoy en LNE, testimonio de esta Selmana de Les Lletres Asturianescon la música de estos hijos adoptivos hermanados por la OSPA y Rubén Díez.
Es verdaderamente maravilloso comprobar que todavía queden emociones desde la música capaces de hacernos brotar las lágrimas. En tiempos duros, difíciles, sacrificados, montar un espectáculo como el de estos «grandes Peques» merece todos los elogios, pues además de cantar con mascarilla, trabajaron la excelencia del canto coral con un montaje que nos dejó sin palabras. Una puesta en escena sobria, con las luces adecuadas, entradas y salidas perfectamente coreografiadas por la maestra Elena, medias alternando gris y rojo, expresión corporal en todas las componentes (abrumadoramente femeninas como nuestro presente y futuro), cambios de posiciones para cantar en todas las permutas y combinaciones posibles, el piano puntual siempre en su sitio de Maite García, la utilización de la percusión tanto corporal como con «boomwhackers» rítmicos armonizados con estas voces celestiales de afinación pluscuamperfecta donde las campanas no solo daban el tono sino que creaban el ambiente para cada número de un programa que las notas al programa de Violeta Rubio describen punto por punto contando esta historia que quiero dejar aquí:
«Hoy os queremos acompañar en una historia que comenzó hace mucho, mucho tiempo, cuando aún no había nada. Oímos cantos celestiales que nos suenan antiquísimos, Past Life Melodies, como si pertenecieran a una vida pasada, todo estaba oscuro y de repente… se hizo la luz. El Sol con su fuego lo iluminó todo, O nata lux, luz nacida de luz que ilumina todo lo que nos rodea y nos permite ver, por primera vez. El fuego no solo nos dio luz, también trajo el calor y nos llenó de energía y así es como sentimos el Fervor, un abrazo que nos rodea el alma. Luego tuvimos el agua y en ella nacieron las primeras formas de vida. En este elemento, muchos animales como nuestra pequeña foca de The Seal Lullaby tienen su hogar y refugio donde dormirse acunados por las olas del mar. Pero el agua también se evapora, y entre las brumas de la tarde, la lluvia cae con Murasame y algo que no habíamos visto nunca, comienza a florecer. La tierra también se llena de vida: bosques, praderas, desiertos, montañas y un habitante que va a ser capaz de adquirir el Gnothi Safton, el conocimiento necesario, para habitar en cada uno de ellos: el ser humano. El tiempo va pasando y el humano envejece también, experimenta sensaciones nuevas, pero no sabe qué son ni como describirlas… ¡sentimientos! y cuando ya es anciano en On suuri sun rantas recuerda la primera vez que las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Algo tiene que cambiar, uno no puede llorar solo! Y entonces conquistamos el aire. Aprendimos a hablar, a comunicarnos, a describir nuestro alrededor. Ahora puedo contarte que, bajo el sauce, Under the Willow, no se oye apenas ruido y mi amor descansa con sus cabellos mecidos por el viento. O que, aunque tenga miedo, siempre me quedará la esperanza, Zai Itxoiten, como una mariposa blanca que volando ilumina mi camino. Todo está oscuro otra vez, pero… ¿qué es eso que suena? Parece que son de nuevo esas antiquísimas melodías celestiales, Past Life Melodies, que en su viaje han unido los cuatro elementos, aunque ahora que ya nos sabemos la historia, estamos listos para unirnos a cantar con ellas«.
Palabras que expresan la música, los sentimientos, desde la penumbra inicial y un silencio sobrecogedor con la entrada por los laterales cantando de Past Life Melodies (Sarah Hopkins), mientras Elena Rosso marcial en el centro controla las voces en distintas disposiciones, murmullos, notas tenidas, círculos y líneas de geometría coral, los «cachorros» entrenados, la disciplina desde el juego y las emociones que saltan como la luz, O nata lux (Richard Ewer), maravillosas armonías, empastes increíbles, la pureza a capella y el Fervor na brétema (Javier Fajardo), campanadas de vida, vibraciones maduras para toda una vida por delante, la patada rítmica que reafirma delicadezas únicas, partituras memorizadas, interiorizadas, sentidas e interpretadas primorosamente.
No podía faltar Eric Whitacre, siempre inspirado para las voces blancas como en la nana The Seal Lullaby con un piano tan coral como las propias voces, lecciones de idiomas, compañerismo, solidaridad, entrega sobreponiéndose a las dificultades, esperanza coral de esta cantera dorada que es modelo a seguir.
En la misma línea de canto total con piano y mensajes claros el Murasame (The Mists of the Evening) (Victor C. Johnson) de espiritualidad oriental y lluvia musical que cala el alma. Los Peques muy grandes, impresionantes tubos sonoros mucho más que juguetes, y palmas tan celestiales como sus voces, Gnothi Safton (Jim Papoulis), de ritmo contagioso y matices increíbles, agudos perfectos con sonidos para un mundo mejor que realmente transmiten estas voces educadas, un «conócete a ti mismo» cantando y compartido, la mejor «autoayuda» porque no se puede pedir más.
Un viaje alrededor del mundo cantando y también con los escandinavos más cálidos, On suuri sun rantas autis (canción tradicional finlandesa en arreglo de Matti Hyökki, voces solistas de Claudia González y Aitana Carnicero Peinadoa quienes no importan las mascarillas para transmitir buen gusto, el coro escuela de vida arropado por las manos maestras de Elena Rosso.
Under the Willow de Stephen C. Foster, en arreglo de Susan LaBarr, canción de cuna bajo un sauce para un sueño hecho realidad, una siesta reparadora que despierta emociones, armonías de ángeles terrenales transportándonos al paraíso coral, seguida de otra obra que está en los genes de estos peques dorados, pasando de mayores a pequeños, herencia de esta familia dorada y unida, Zai Itxoiten (Javier Busto), el euskera más musical del «padre espiritual» de los leones, esperando el nuevo día con la inocencia cantada desde la adolescencia que no puede expresarse mejor que con esta unión de letra y música del doctor Busto Vega recetando la mejor vacuna en tiempos de pandemia: su obra coral.
Cerrando el círculo de nuevo Past Life Melodies, melodías de vidas pasadas cantadas hoy, sabedores que hay mucho futuro por delante, esperanza vocal y humana de una juventud admirable con unas familias que transmiten y apoyan su afición. Si las palabras de Violeta Rubio son un cuento en sí, la historia cantada por Los Peques del León de Oro fue todo un espectáculo.
Tiempos de audacias, apostando por una cultura segura que sigue demostrando la responsabilidad y la necesidad de seguir con la música en vivo, pues las penas se vuelven alegrías con esta terapia, verdadero regocijo reencontrarse con conocidos, gozar del regreso seis años después de la japonesa Akiko Suwanai (a quien muchos descubrimos en 2009 ya con la OSPA) y del siempre gran director portugués Nuno Coelho al frente de la OSPA, sinónimo de entrega y energía, calidad y máxima audacia al programar nada menos que el concierto de Ligeti y «La sexta» de Bruckner, la más audaz como escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores), exigencia total para los intérpretes y un púbico que sigue fiel.
Titulaba mi anterior concierto de esta «Primavera OSPA» arriesgar para disfrutar, y la apuesta ha subido un peldaño al programar el siempre poco agradecido Ligeti y su Concierto para violín (Rev. 1992), obra exigente para una orquestación muy especial y una escritura que lleva demasiado tiempo armarla para alcanzar las cotas deseadas. Se arriesgó el director luso antes de comenzar, tomando el micrófono para explicarlo en un castellano perfecto, no solo sus cinco movimientos sino las claves para poder seguirlo al detalle y hasta poniendo los ejemplos sonoros de las ocarinas en manos de las maderas, o las flautas de émbolo de los percusionistas, que hoy tuvieron mucho trabajo además de buenos resultados, antes de escucharlo en su integridad.
Arriesgado es también seguir sin titular tanto tiempo, así como sin concertino, aunque hoy la invitada Messun Hong rindió especialmente en esta obra junto a la solista japonesa que bordó en entrega, sentimiento y sonoridades redondas, una Suwanai que no optó por el repertorio conocido sino por una página complicada, llena en cierto modo de una religiosidad especial en los orientales, y así la entendió junto a la concertino norteamericana. Trabajo detallista y meticuloso de Coelho con el que la orquesta parece feliz, entendimiento y concertación con Suwanai, técnica exquisita, virtuosismo de altos vuelos y como decía, poco agradecido para gran parte del público, pero mi aplauso por seguir prestando atención a la música de mi generación, llena de referencias visuales más allá del sonido, y nada cómoda de escuchar por el esfuerzo intelectual que conlleva.
Especialmente bello el segundo movimiento, Aria, Hoquetis, Choral: Andante con moto, donde Akiko Suwanai nos regaló la mejor visión y expresividad de esta maravillosa página, bien arropada por su colega y una orquesta donde hasta las cuatro ocarinas tejieron un coral de color con referencia medieval junto a los aires zíngaros que también se presienten. Y aún más conmovedora la japonesa en la Passacaglia: Lento intenso, un silencio casi sepulcral en la sala roto por su violín susurrante que va creciendo en un diálogo exquisito con la orquesta, diría que lleno de meditación conjunta, violencia sonora sin agresividad, controlando pasiones en una introspección única. El último movimiento, Appassionato: Agitato molto dejó en todo lo alto este concierto de Ligeti, pleno de texturas con aires de danza en una obra de la misma edad que la OSPA cuyo esfuerzo interpretativo podría decir que nos dejó a todos exhaustos.
Y con las fuerzas casi al límite, mostrando todo el músculo de la plantilla, llegaba el momento esperado y álgido de la Sinfonía nº6 en la mayor (1879-1881) de Bruckner, en cierto modo otra incomprendida, y como el maestro Coelho confesaba a La Nueva España, «Las sinfonías de Bruckner son como el Everest«. También Pablo Gallego hace referencia en sus notas al símil montañero y a «… un camino de redención en el que no puede obviarse el ferviente catolicismo que le acompañó toda su vida«.
Pienso que el esfuerzo de Ligeti pasó factura en esta ascensión de cuatro «etapas» a La Sexta con Nuno cual sherpa guiando esta expedición, y al que no todos pudieron seguir tan infatigables como el luso, aunque se intentó. Arrancó todo Majestoso y majestuoso, con una cuerda tersa y los metales protagonistas, orgánicos como suelo calificarlos por el paralelismo con el instrumento rey del que Bruckner fue maestro.
Pero el primer tramo de la escalada resulta extenuante y ni siquiera el «campamento base» del Adagio-Sehr feierlich sirvió para tomar aire. Bien las intervenciones de violines y oboe, pero la marcha fúnebre era mal presagio, perdiéndose el empuje inicial a pesar del paso seguro del joven portugués. Hay que pisar bien y caminar a la par, evitando así caídas y desprendimientos del terreno, pero en el Scherzo-Nicht schnell – Trio. Langsam, los traspiés no fueron a mayores aunque deslucieron unas vistas de la ascensión con cierta neblina. Faltó la limpieza y precisión de esa danza vienesa bien marcada por Coelho, pero supongo que guardaban fuerzas para alcanzar la cumbre del Finale – Bewegt, doch nicht zu schnell, difícil ajustar el ritmo para que sea «movido, pero no demasiado rápido», el transitar por tonalidades que pongan la bandera en todo lo alto y poder entonar el himno, pero faltó ese remate pese al esfuerzo que sí mereció la pena, pues las vistas desde esas alturas son un regalo del «organista supremo» al que Bruckner siempre tuvo presente. Gratitud, belleza, espiritualidad y emotividad en el gran sinfonista del XIX que sólo su discípulo Mahler pudo recoger el testigo.
Concierto arriesgado y sobre todo audaz, con esfuerzo poco recompensado del que recordaré el aire de religiosidad y gratitud vital de dos compositores emparejados en esta primavera aún fría, donde los reencuentros son cálidos. No se coronó la cumbre pero el recorrido mereció la pena y la semilla plantada ya está creciendo, falta poco para el esplendor florido y poder retomar otras vías para alcanzar más altas cotas musicales. La expedición cambiará de guía pero el equipo está ya bien entrenado.
Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.
Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.
Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad. Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.
Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienneop. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924), la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.
Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.
Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.
Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.
El mundo es femenino y la música también, de compositoras e intérpretes, también de directoras de orquesta. Todos los días son suyos y deberíamos reconocer que sin ellas no habría vida. Se abriría la velada rindiendo homenaje a la recientemente desaparecida y muy querida Concha Quirós, todo un símbolo de la cultura, también en femenino, en esta Vetusta literaria y melómana, nombrada hija adoptiva en compañía de tres predilectos unidos a la música. Pero este miércoles era femenino y plural, así pues bonito recuerdo de Conchita con palabras suyas escritas por los trabajadores de su centenaria Librería Cervantes en boca de varias mujeres de la orquesta carbayona y proyección de unas fotos que reflejan la pasión por los libros, por la vida, de esta ilustre ovetense universal.
Y la música sonó en un teatro lírico por excelencia aunque su acústica no sea la ideal para el mundo sinfónico tras tantos años disfrutando del auditorio, pero que vistió de gala para una tarde en buenas manos, en las de ellas, compositoras de ayer y hoy, atemporales como sus partituras, comandadas por una joven directora murciana sobradamente preparada, fogueada, trabajadora, implicada, que sacaría de la Oviedo Filarmonía lo mejor de esta formación versátil, madura y lista para ofrecer un concierto de altura sin más género que el musical.
Fanny Mendelssohn (1805-1947) con su Obertura en do mayor caldeó el ambiente y calentó motores con aires de clasicismo romántico, Isabel Rubio (Murcia, 1989) atenta a cada detalle y la orquesta respondiendo, arranque sobrio abriendo paso a unas agilidades que pusieron a prueba cada sección, mostrando un sonido compacto bien delineado por una batuta precisa y una mano izquierda sutil en esta página exigente, chispeante y juvenil.
A continuación un estreno de la ovetense Raquel Rodríguez (1980), Mensaje interestelar, parte del «Proyecto Beethoven» encargo de la propia Oviedo Filarmonía con motivo del 250º aniversario del nacimiento del compositor (que quedó pospuesto en agosto pasado por la pandemia pero que finalmente nació este miércoles). Más allá de etiquetas, perfectamente imbricada en un programa con las otras dos compositoras, la partitura de la compositora asturiana demuestra el buen oficio y conocimiento en todos los aspectos: elección de una plantilla sinfónica donde suena todo «sin experimentos», dando forma a melodías claras, orquestación poderosa, armonizaciones académicas, dominio de la instrumentación, experimentación con el sonido de forma natural y una carga expresiva que la directora murciana llevó con precisión, sacando cada detalle a la luz, manteniendo el balance adecuado al que una plantilla un poco más numerosa en la cuerda, más la acústica ideal, hubiese dado mayor brillo a esta partitura cuajada de guiños históricos pero actuales, sin abstracciones ni búsquedas de texturas, clímax orquestales con dinámicas variadas, presencia de un arpa algo «apagada» pero imprescindible, gran percusión tratada con mimo realzando ese universo sonoro con la vuelta de la historia enviada al espacio, vientos bien empastados y enlazados, y una verdadera explosión sinfónica que tendrá que programarse más veces. Se notó que Isabel Rubio ha trabajado codo a codo con la compositora, interiorizando su obra y exigiendo a la orquesta todo lo que esta obra refleja y esconde, ese «¡Aquí estamos!«, que gracias al Ayuntamiento de Mieres y el Ateneo Musical mierense pudimos constatar en el encuentro que ambas tuvieron el pasado domingo en la villa de Teodoro Cuesta. Merecidos aplausos para ellas, compositora, directora y orquesta tras esta gran obra de repertorio en una carrera de larga trayectoria pese a la juventud de las dos, con mucho futuro y toda una vida por delante a las que deseo muchos éxitos.
Para cerrar, una página poco escuchada, agradecida, llena de guiños y recuerdos americanos, la Sinfonía nº1 en mi menor de la compositora Florence Price (1887-1953), otra luchadora, afroamericana, en tiempos difíciles que parecen no terminar, con una biografía de novela a la que su pasión musical ayudó a ganarse un nombre musical en los Estados Unidos de los albores del siglo pasado.
Cuatro movimientos de sonido «genuinamente yanqui», donde podemos recordar en los dos extremos al Dvorak del «Nuevo Mundo», misma tonalidad, melodías conocidas y reconocibles, e incluso solos de oboe con esa inspiración en los nativos de las praderas, comenzando con el Allegro (ma) non troppo, rítmico de aires «indios» o el Finale: Presto verdaderamente impetuoso, pasando por el segundo Largo, Maestoso con una fanfarria realmente bien interpretada por los metales y maderas verdaderos protagonistas, unido a unas delicadas campanas y una cuerda sutil de la Oviedo Filarmonía, y un tercer movimiento, Juba Dance: Allegro exultantemente alegre, con reminiscencias de esclavos africanos en el algodón o la fiesta en las cantinas del Far West, solo de viola incluido, que firmaría el mismísimo Copland aunque sin tanto músculo ni brillo, más bien en la línea de Grofé. Pasajes bien construidos y mejor llevados por Isabel Rubio con verdadero mimo, cuidando el sonido (como en un pasaje donde la madera discurre del agudo al grave con total homogeneidad tímbrica), el empuje de una cuerda clara y esas danzas que las películas «de indios y vaqueros» han hecho plenamente nuestras, una banda sonora que FlorencePrice engarzó y enraizó en su tierra dándonos esta sinfonía «Made in USA» con una dirección impecable, precisa, clara y entregada que tuvo la respuesta esperada de la Oviedo Filarmonía nuevamente con Marina Gurdzhiya de concertino.
Si la murciana agradeció la presencia de todos y el placer que supone seguir haciendo música en la capital asturiana, «Cultura Segura» una vez más, como propina bisó esa Danza Juba homenaje a los esclavos negros desde la libertad femenina que hizo las delicias de todos, dejándonos un excelente sabor de boca.
Los compañeros de viaje esta vez son la orquesta tinerfeña dirigida por nuestro conocido Lucas Macías, titular de la OFil (y de la OCG), que mantienen una calidad homogénea en cada pista y obra, disco grabado los días 21-24 de enero poco antes de su visita al auditorio ovetense donde compartió música con muchos compañeros de estudios londinenses.
La obra que abre el compacto es el sugestivo Concierto para clarinete y orquesta de arpa con arpa y piano (1947-48) de Aaron Copland(1900-1990). De él en la web tanto del sello Delphian como del clarinetista canario y en la contaportada, describen en inglés libremente traducido por mí: «Dos décadas después, el concierto de Aaron Copland para el mismo instrumento de manera similar, une los contrastes estilísticos y expresivos: compuesta con la experiencia de Benny Goodman en el cruce de géneros en mente, trae una veta de tristeza lírica junto con el brío de los modismos populares de mediados de siglo en Estados Unidos y Brasil«. Sonoridades de lamento, ensoñaciones de la América profunda con el clarinete protagonista absoluto, respondiendo al pie de la letra a las indicaciones del propio compositor que ya presenta un estilo propio e inimitable: un primer movimiento «lento y expresivo», una «cadencia libre» para explorar toda la tesitura del instrumento con la amplia gama dinámica de una cuerda aterciopelada más los contrastes del arpa y piano subrayando un ritmo de película documental, quién sabe si por los Apalaches del propio Copland, y el último «bastante rápido» que completa un concierto colorido, juguetón y, como todo el disco, caprichoso con música que podríamos calificar de incidental y vitalista, con un acople, empaste y homogeneidad ideal en todos los intérpretes: solista, orquesta y director en aras de la belleza máxima. Por supuesto excelente la toma de sonido que en el equipo de casa, sin restricciones de volumen, coloca a los músicos frente a mí. Han mejorado las plataformas digitales en cuanto a la calidad del sonido, aunque me quedo siempre con mi cadena Technics y los CDs que cada vez ocupan más paredes, pero son mi tesoro y particular «bodega musical».
El compositor de Odense está en alza más allá de unas sinfonías que merecen escucharse más a menudo, y de las que Pablo González se ha declarado ferviente admirador. En la web del propio Maximiliano Martín dice de esta obra que «La benevolente sombra de Mozart se encuentra con una tensión de turbulencia emocional en el inolvidable, a veces inescrutable Concierto para clarinete de Carl Nielsen, su última obra orquestal importante, completada tres años antes de su muerte en 1931″. Personalmente este Concierto para clarinete y orquesta (1928) es tan primoroso como el del genio de Salzburgo (que el propio Martín ha grabado con los escoceses). Si en Oviedo yo escribía que el tinerfeño Maxi «hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento«, la peculiar plantilla orquestal con cuerda “menguada” (más dos fagots, dos trompas y la caja tan solista como el clarinete), donde concertar sin perder nada de lo escrito es una tarea al alcance de pocos directores, el «equipo tinerfeño» con el onubense Lucas Macías al mando, lo consiguen nuevamente. Partitura con destinatario propio que Martín explicaba en OSPATV, así como las notas al programa de Marina Carnicero García para el sexto de abono, posee un lenguaje musical muy danés por la inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete junto a una orquestación rica y sugerente que reviste al solista de solemnidad e intimismo sin perder esa «línea argumental» tan nórdica junto a cierto carácter vocal como no podía ser menos en un instrumento de viento.
Además de mi confesado amor por los escandinavos llamados los latinos del norte, el concierto de Carl Nielsen (1865-1931) es un dechado de perfección instrumental con un clima sonoro especial. Jugando con el ambiguo significado de «es la caña”, realmente así lo puedo entender en jerga juvenil, pues pergeñar todo él en un solo movimiento es ya un acierto unificador, con juegos de tiempos contrastados y rítmicamente complicados de concertar, con diálogos entre orquesta y solista equilibrados, y la caja que también quiere cantar y contestar el carácter del destinatario, Aage Oxenvad, quien lo estrenó en Copenhague el 11 de octubre de 1928. Gruñón y endiosado al que su compatriota parece que quiso poner a prueba con este concierto. Nuevamente el maestro Martín eleva al culmen esta primorosa partitura con la sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto del clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortarnos la respiración, solos levantando el vuelo cual «lamentos caprichosos» y la orquesta revistiendo de belleza esta imagen de mi aññorada Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después. Una satisfacción tenerla en disco para disfrutarla cuantas veces quiera y viajar sin movernos del sillón plácido y confortable con diseño nórdico.
El compositor y director de orquesta escocés Sir James MacMillan (1959) con su Tuireadh (1991) redondea estos tres conciertos donde el clarinete cubre una amplia gama de emociones humanas y hasta divinas. Obra originalmente para Cuarteto de Cuerda y clarinete, arreglada en 1995 para la versión orquestal, en las fuentes citadas lo describen así: «El Tuireadh de James MacMillan (…) es una efusión resuelta de dolor, que eleva los instrumentos a una calidad de expresión casi vocal en un lamento por las víctimas del incendio de la plataforma petrolera Piper Alpha«. Esta partitura es el verdadero «lamento» cantado tras los «caprichos» americanos y daneses, la denuncia musical con un lenguaje actual concebido para un clarinete suplicante, enfadado, dolido, compartido y contestado por una orquesta que subraya, reprocha, gime, grita y llora. Imágenes dramáticas que la música completa con una instrumentación de tímbricas y texturas evocadoras de tragedias diarias a las que no somos ajenos en estos tiempos convulsos. Interesante composición esta página de MacMillan que crece del cuarteto de cuerdas a la orquesta, explorando cada sección desde amplias dinámicas que no ocultan nunca el protagonismo del clarinete solista en un idioma de nuestro tiempo comprensible por todos. Recomiendo conocer la amplia trayectoria de este interesante compositor británico con un lenguaje musical inundado de influencias no ya de «su herencia escocesa, fe católica, conciencia social y una estrecha conexión con la música folclórica celta, mezclada con influencias de la música del Lejano Oriente, Escandinavia y Europa del Este«, perfecto compañero de viaje de los otros dos conciertos a los que complementa como anillo al dedo desde esta visión evolutiva y cercana de una forma clásica por la que transita la grabación, historia viva como los sentimientos comunes.
Bravo por estos músicos de mi generación a los que debemos escuchar más, y mis felicitaciones al maestro Martín por este disco de aires isleños junto a la gratitud de poder escucharlo con detenimiento y verdadero deleite, viajes emocionales de Siana a Edimburgo, minería mierense hermanada con Glasgow siempre con «la música por montera» que reza mi blog, además de la musicoterapia necesaria, siempre jugando con caprichos y lamentos que nos hacen más llevaderos nuestros quehaceres diarios.
Llevo días disfrutando en Spotify desde el ordenador y posteriormente en soporte CD aún puesto en la cadena, del recientemente publicado Rutas a cargo del tenor cordobés Pablo García-López y el pianista vitoriano Aurelio Viribay, perfecta fusión de una voz que tiene personalidad en esta canción de concierto y el máximo conocedor de un repertorio que domina desde hace muchos años. Como escribe «el mi fíu adoptivo» desde su primer viaje a Mieres en sus años de estudiante, «Emprendo este nuevo viaje y me gustaría que me acompañaras… quiero reivindicar nuestra música con la figura de estos compositores que se han apoyado en la palabra de grandes poetas«.
Toldrá y sus Seis canciones han sido grabadas por dúos de referencia que con García-López y Viribay resplanceden desde una línea de canto limpia, sentida y el subrayado pianístico impecable, nuestro lied equiparable al europeo que ambos intérpretes han transitado. «Cantarcillo» de concierto para disfrutar de Garcilaso, Quevedo o Lope, «Después que te conocí» todas las canciones son bellas, frescas y nada les sobra, la simbiosis texto-música equilibrada en todos los planos, fluidez verbal e instrumental.
Esplá nos transporta hacia el sur mediterráneo con textos atlánticos de Alberti, las Canciones playerasque explican las «Rutas«, por aquí y por allá de luz sorolliana en el piano dibujada con voz propia masculina, pregones de poesía pura, pescadores de músicas andaluzas universales que siguen viajando por el mundo. Nuestra Lírica española nuevamente única, aquí «Castellana» y «Mediterránea«, de la orquesta al piano grande de por sí, unido a la voz lírica pura que canta a nuestra tierra con una música para guardar y disfrutar siempre.
Siendo la patria chica del tenor no podía faltar la Córdoba soñada, los claroscuros de Romero de Torres con poesías de Lorca y también de Machado, viajeros triunfadores a los que Joaquín Reyes musica desde una continuidad bien traída a tierra de Califato, el magisterio destinado a engrandecer un repertorio no siempre presente en los programas pero que Pablo y Aurelio han traído para quedarse, los años 70 y 80 tan fructíferos para la creación desde los encuentros poético-musicales en la nueva Medina Azahara del Conservatorio que hoy lleva el nombre del recordado y grande Rafael Orozco. Las seis Canciones para niños del jienense y cordobés Reyes aquí grabadas reflejan no ya el dominio del piano que el compositor e intérprete cordobés mantuvo en su larga trayectoria sino el interés por revitalizar la canción de concierto, el Lorca puro de la Cancioncilla sevillana que desprende romero musical en la voz del cordobés y esa «guitarra en blanco y negro» del vasco, pero también el Caballito soñado de Machado, compenetración perfecta de voz y música, tenor y piano en protagonismo y aprendizaje compartido a lo largo de los años, que recuperan estas seis joyas de la literatura liederística hispana con visión europea desde la creación unida a la ilusión.
Cierra el disco Ramón Medina, otro docente y compositor cordobés con herencia musical directa, de quien han elegido poetas igualmente cordobeses, Se peinaba la niña de Pablo García Baena (1923-2018), poesía sensual perdurable y romántica destinada a ser cantada, y La adelfa de Carlos Clementson (1944) enmarcado en el Grupo Cántico, ya indicativo de su línea entre los llamados «novísimos«, como nuevas estas canciones que mantienen la esperanza de poder escucharlas en vivo aunque siempre nos quedará este testimonio para atesorar.
Con la capital del Principado «cerrada por alerta» ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.
El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa «ciudad de los santos» de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.
Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.
Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.
La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca «sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas«. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. «Primavera» (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. «Septiembre» sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. «Al irme a dormir» (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, «En el ocaso» (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable «la Brimberg» y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.
Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.
El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la «nueva anormalidad» que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la «marcha oriental» contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.
La Selmana de les lletres asturianes de marzo hubo de ser suspendida por las causas que todos conocemos, pero con esa vuelta prudente en la búsqueda de la recuperación de tanto que hemos perdido, al menos la música de nuestra orquesta asturiana vuelve a sonar paulatinamente en el auditorio con la pena de ver el aforo reducido (esta vez con menos butacas vacías) pero con las mismas ganas, puede que más, de disfrutar del directo.
Y el programa de clara inspiración asturiana no podía faltar, con la vuelta al podio del ovetense Óliver Díaz que presentó las obras antes de comenzar, acabando con un slogan válido en tiempos de covid: «La cultura ye necesaria, la cultura ye segura». El maestro sigue creciendo en su carrera como director, hoy al frente de una OSPA que mantiene su calidad y sonoridad sin notarse el paréntesis del confinamiento, salvo ligeros desajustes al inicio que fueron encontrando el punto perfecto a lo largo del concierto, y las buenas sensaciones que transmiten todos.
Las notas al programa de Ramón Avello (que dejo enlazadas) aunque en asturiano pienso que son fáciles de entender, explicando detalladamente la esencia de las obras de estos cuatro autores ligados a nuestra tierra por distintas razones. «Resonancias sinfónicas del cancionero asturiano» por la clara inspiración de nuestra rica música popular y especialmente nuestra canción tradicional que aún sigue siendo estudiada desde tiempos de Pedrell, el padre del nacionalismo español citase al tratadista jesuita Eximeno la frase de que «Sobre la base del cantar popular cada nación tiene que construir su sistema musical«, y las distintas formas de usar el cantar popular las pudimos apreciar en este concierto.
Arrancamos con el gijonés afincado en Valladolid Facundo de la Viña (1876-1952), triunfador en su época, con una carrera que finalizaría en Madrid tras estudiar en París con el mismísimo Paul Dukas, y caído en el olvido como tantos otros, aunque poco a poco se esté revitalizando con distintas publicaciones y la tesis doctoral de Sheila Martínez Díaz. El Poema Sinfónico Covadonga (1918) consta de tres secciones que comienzan con la melodía a nuestra Patrona «Santa María, en el cielo hay una Estrella que a los asturianos guía«, a la que sigue un rítmico Allegro a partir de dos temas populares, ampliamente desarrollados, «Fuisti a cortexar a Faro» y «Aquel pobre marino» además de alusiones a otras dos canciones marianas asturianas como «Virgen de Guía» y la propia «Virgen de Covadonga«, antes de una última sección evocadora de cualquier fiesta asturiana que se precie, el «Fandango de Pendueles» más la tonada que canta «La virgen de Covadonga ye pequeñina y galana» (hasta mi madre la tocaba con un dedo en el piano de casa), típica advocación de «fe, fervor y heroísmo» (como escribe Avello) que no podía faltar en esta composición ex profeso para la conmemoración de la «Cuna de España» de un asturiano lejos de «la tierrina» inspirándose en nuestro folklore. Un arranque algo dubitativo en entradas puntuales pero engrasando rápidamente para poder disfrutar de una Covadonga llena de sonoridades románticas y donde la hoy concertino Eva Meliskova pudo lucirse «ad libitum», siempre bien arropada por sus compañeros y un podio que permite esos «rubati» para solaz de solistas sin perder la unidad agógica.
Otro compositor asturiano y universal fue el avilesinoJulián Orbón (1925-1991), al menos más presente en la memoria de todos (parte por su Guantanamera aunque muchos aún crean que es anónima), cuya música sigue sonando más fuera de nuestra tierra que en la suya. Reconocido no solo en México sino en Cuba y posteriormente en Miami, el director Eduardo Mata le definió como el «músico de las dos orillas», la síntesis entre lo español y lo latinoamericano «al tratar de expresar la absoluta integración estilística de su música con los elementos más puros de ambas orillas del Atlántico» que escribió Mata y recoge Avello. También recuerda el crítico y docente gijonés que el 12 de mayo de 1991, una semana antes de su muerte en Miami el día 20, la recién formada OSPA se estrenaría con sus Tres versiones sinfónicas (1954) que este lunes volvieron a los atriles. La formación académica del músico nacido en la Villa del Adelantado (paradojas de la vida) empezó con su padre Benjamín y el ovetense Saturnino del Fresno en el Conservatorio de Oviedo para dar el salto a los EEUU donde Copland marcará su estilo sinfónico perfectamente reflejado en estos tres cuadros musicales con la forma de la variación cuyos títulos indican las líneas a seguir: Pavana, Organum y Xylphone, tres movimientos bien armados, especialmente el último donde Rafa Casanova brilló con ese tema casi a su medida, comandando una sección de percusión que mantuvo un altísimo nivel en todo el programa. Destacar la sonoridad de la cuerda, sedosa como si del maestro Copland se tratase, y una batuta siempre atenta a mimar el balance entre las familias orquestales desde la acústica «cambiada» por la ausencia del panel trasero (que deja ver la sala polivalente) y el gran espacio entre los músicos, lo que como espectador se agradece por la sensación de envolvente sonora aunque supongo que en el escenario esa distancia impida escucharse mejor entre ellos.
A Jorge Muñiz (1974) «le nacieron en Suiza» pero al mes ya estaba en su Asturias del alma, estudiando en Oviedo con la gran Purita de la Riva (heredera, alumna e intérprete de Saturnino del Fresno), Ruiz de la Peña o Leoncio Diéguez (a quien Covadonga también marcaría su trayectoria) antes del «obligado» salto madrileño para proseguir con Zulema de la Cruz, García Asensio o Antón García Abril (otro compositor que también ha llevado Asturias en sus obras). Seguimos exportando talento, musical sobremanera, y en 1998, como casi 60 años antes Orbón, «cruzará el charco» para completar el sueño americano, becado por la Fundación Fulbrigh, primero el Master en Composición (en Pittburg) donde estudiará con Leonardo Balada, y ya como docente desde 2004 en la Universidad de Indiana. He seguido su trayectoria como compositor en varios conciertos que han estrenado sus obras, importantísima su ópera Fuenteovejuna (2018) también con la OSPA, incluso recuerdo el estreno por encargo de esta Asturias desde la distancia el 29 de abril de 1999 para inaugurar este auditorio, con Max Valdés al frente de la OSPA (aún no había comenzado a escribir mi blog), inspirado en nuestra tradición, la recogida por el «Cancionero de Torner» pero sin caer en el mal entendido folklorismo. Se reconocen los motivos de canciones como «No le daba el sol» o «A la mar fui por naranjas«, evocaciones del roncón de la gaita y hasta los giros de la tonada tan emparentados con el «cante jondo» o los muecines árabes, pero la evolución tanto en los aires como el ritmo dotan a esta obra de un lenguaje actual, fresco, con gran protagonismo tímbrico donde la percusión nuevamente así como el piano explorando sonoridades, tejen un tapiz musical que borda en oro las notas del «Asturias patria querida» desde esa lejanía con cierta «morriña» (sintiendo el Ay! de mí que me escurez). Nuevamente excelencias de cada sección, madera y metales abrazando la cuerda, y el siempre atento Díaz en destacar lo necesario sin perder la globalidad.
Este murciano que supo entender nuestro folklore, nos regaló las Escenas Asturianas (1976) dedicadas al recordado Manuel Álvarez-Buylla, entonces presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, que hasta las bandas de música han tomado como propias por la cercanía de sus temas, la calidad orquestal y magisterio del cartagenero al que aún se le debe un reconocimiento mayor que esta página sinfónica donde Óliver Díaz y la OSPA han puesto su aportación más directa.
Obra que más que un pupurri es el mejor muestrario o carta de presentación de nuestro patrimonio musical, con el maestro de ceremonias Díaz quien apostó por una interpretación sutil, muy contrastada, aires lentos para degustar y ritmos vivos como la vaqueira que permite lucir el virtuosismo de las flautas entre toda la madera. Me gustó cómo afrontó el director las distintas escenas cual acuarelista del instante más que del óleo reposado. La alegría contagiosa de nuestras melodías más populares, la orquestación impecable del gran Lauret y esa fusión final del Pericote llanisco con el «Asturias patria querida» mimada en todos los matices desde el podio y resueltas a la perfección por cada atril, sonando magistrales, emocionantes, empastadas, sentidas, para redescubrir detalles casi olvidados para una interpretación de primera.
Repetidas salidas de Óliver Díaz ante el entusiasmo de un público que supo compensarle el excelente trabajo de toda la orquesta y el mando en plaza de casa, colofón perfecto no solo a un día de las letras sino de verdadera «folixa musical».
P.D.: Bien de nuevo por el luminoso indicando autor y obras, así como el código QR para descargar el programa. Y aunque hoy primaba el «asturianu» y «les lletres», sigue sin sonarme nada bien llamar «concertín» a la concertino. Habrá que revisar que no todo es traducible a nuestra «llingua» pues no me imagino «falar de fugues y sonates» pese a mandar siempre #MUCHOCUCHO® (podría ser también #MUNCHUCUCHU®) a mis amistades musicales, más asturiano y nutritivo que la consabida mierda, el desear romperse una pierna o la boca del lobo sumada al «ToiToiToi» más en boga dentro de la lírica. Normalizar está bien pero «prau q’atrapa» no sirve como «campos magneticos».
Algo bueno tiene cumplir años y más en tiempos de confinamiento obligado donde repaso discos que no siempre están en la bandeja del reproductor. Recordando a tantos alumnos y concertistas que llevo en mi mochila salió de las estanterías el primer CD que grabase Roberto en 2010 del que hice la reseña en mi blog «antiguo«.
El siguiente resultó otra maravilla que llegó a ser portada de la revista RITMO y del que no hice mención exclusiva, solo de pasada en la citada primera entrada a pesar de tenerlo entre mis «imprescindibles» no ya por el cariño sino por la calidad y la apuesta por compositores actuales, algo que Roberto Álvarez ha tenido claro desde siempre.
Así en el disco «La noche» se unió a la arpista malaya Katryna Tan, “un recorrido por los misterios nocturnos y sus secretos, pero también una apuesta por la creación contemporánea para dos instrumentos, el arpa y la flauta”, música del siglo XXI que como ellos contaban en una entrevista combinaban a la perfección “el fluido sonido acuoso del arpa y el melódico sonido aéreo de la flauta”. Obras de Fernando Agüeria, Ignacio Rodríguez Guerra, María Dolores Malumbres (recientemente fallecida), Miguel Prida y Jorge Muñiza los que han unido con otros creadores como Robert Casteels o los asiáticos Chen Zhangyiy Ho Chee Kongen un disco que no solo promueve la música actual para esta combinación instrumental que “necesita” más repertorio, sino que ha servido para crear un puente cultural entre dos maneras de entender la música y la cultura, dos mundos donde el único lenguaje internacional sigue siendo el musical.
En el Volumen 1 (CRC 3554) publicado en 2016, y grabado en el Yong Siew Toh Conservatory of Music de Singapore en octubre de 2015, participan además de la citada pianista Lin, Eugene Tohen la percusión, la también «conocida» Katryna Tan al arpa y Kevin Loh a la guitarra, y figuran las siguientes obras cuya distribución no atiende a una cronología sino más bien a esa idea de contraponer acompañantes para hacer más «independiente» cada disco, lo que se agradece aunque cuando se complete la integral dispondremos de la visión global en la evolución del Brotons compositor para su instrumento con combinaciones muy variadas e interesantes buscando unas sonoridades actuales me atrevería a decir que atemporales. No hay protagonismo de Roberto sino generosidad y talento compartido. Sonatina para Flauta y piano, op. 21:
I. Lento cantabile – Cadenza; II. Presto – Lento sensible – Presto, obra de juventud que apunta interesantes solos de flauta con un piano más allá del simple acompañamiento, complejo pero permitiendo disfrutar de ambos. Fantasía concertante para flauta y marimba-vibráfono, op. 51: Agitato – Lento – Allegro – Largo – Presto. El color que aporta la percusión es un punto a favor del compositor, siempre atento a la flauta pero buscando esa «vestimenta» especial, donde el virtuosismo de las placas está igualmente a un nivel increíble, lógico en un director orquestal que conoce cada instrumento a la perfección.
«Coloured Skies» para flauta y arpa, op. 134:
I. Cloudy; II. Starry; III. Blue; IV. Stormy. Más cercana en el tiempo pero fácil de escuchar aunque dificilísima de interpretar en ambos instrumentos con la combinación que Roberto ya buscase en su disco «La Noche» con el arpa por momentos casi guitarrística sin renunciar a los efectos habituales tan ensoñadores como los propios nombres de sus cuatro movimientos, aires célticos de reminiscencias foklóricas mezclados con toques impresionistas y hasta cinematográficos como la «Tormenta» que cierra esos cielos coloreados por Brotons y perfectamente llevadas al lienzo por Roberto y Katryna. Sonata nº 2 / Concierto para flauta y piano y orquesta, op. 72:
I. Calmo e sognante; II. Vivo; III. Adagio funebre – Cadenza; IV. Allegro deciso, obra que debe ser realmente rompedora con orquesta y que desde el piano se la dota de la grandeza de esta forma clásica en estructura y moderna en escritura. La riqueza del piano nos hace imaginarnos la escritura sinfónica (hasta los timbales se recrean) llena de matices, de protagonismos propios dentro del diálogo con la flauta solista (la Cadenza del tercer movimiento es de una belleza asoladora y brillante), ese aire «mediterraneísta» que no se pierde nunca con el maestro Brotons en sus movimientos lentos y ese espíritu emocional del flautista en los rápidos además de la citada cadencia para recreo del solista. Tres divertimentos para flauta y guitarra, op. 68:
I. Molto allegro; II. Adagio lamentoso; III. Con fuoco. Ambiente español por sonoridades, internacional por planteamiento, «divertimentos» en el amplio sentido de la palabra, forma libre con un dominio de la escritura para ambos instrumentos, muy «fogoso» y actual el último movimiento, virtuosismo que nunca oculta una escritura respetuosa y arriesgada más allá de etiquetas.
Cierra este primer volumen «El Porte de la Selva», para flauta y piano, op. 6: Tempo de Sardana, danza catalana universal de un compositor que igual escribe para la tenora que para su instrumento natural, ambos presentes en la vida del compositor, alumno de su padre también flautista como el abuelo dentro de una familia de músicos que continuaría en su Barcelona natal con los mejores (Ros-Marbá, Manuel Oltra o el citado Montsalvatge), y «una pica en Flandes» del asturiano, entendimiento y naturalidad con la pianista interpretando este aire catalán inspirado en este pueblo marinero de la Costa Brava como si de nuestro Cantábrico se tratase por la total entrega y sentimiento en esta obra de un joven Brotons que ya apuntaba maneras.
El Volumen 2 (CRC 3555) se grabó a continuación del primero en el mes de noviembre pero con muchos más intérpretes además del piano de Beatrice Lin y el arpa de Katryna Tan: Audi Goh (oboe), Ralph Emmanuel Lim (clarinete), Alan Kartik (trompa), Zhao Yingone (fagot), Samuel Phua (saxo), Siew Yi Li (violín), Janice Tsai (viola), Chan Yoong Han (viola) y Juan Lin (cello), algunos compañeros de Roberto en la orquesta de Singapur y otros profesores jóvenes que atesoran calidad humana y musical, lógico en la búsqueda del asturiano para ensamblar estos conjuntos, perfecto complemento del volumen anterior aunque aparezcan obras «primerizas» de un Brotons que asombran por su madurez sin perder la unidad, combinaciones instrumentales más allá de un ejercicio compositivo y una exploración de tímbricas. «Esentiae Vitae» para quinteto de viento madera, op. 80:
I. Earth; II. Air; III. Water; IV. Fire; V. Life, movimientos tan sugestivo como sus títulos, los cuatro elementos y la propia vida, instrumentos de la familia de la madera más una trompa con unos músicos bien compenetrados que dan la esencia a esta obra de un compositor siempre explorando el material sonoro apropiado para un descriptivismo subjetivo pero siempre muy musical, técnicamente de lenguaje contemporáneo, especialmente el quinto movimiento que me evoca al Stravinski de cámara, vida con el aire necesario para hacer sonar este quinteto de esencias. «Virtus» para flauta, trío y piano, op. 53:
I. Prudence; II. Fortitude; III. Temperance; IV. Justice, las cuatro virtudes cardinales, principio y fundamento como los puntos que nos orientan en el camino que parece seguir este trío de cuerda más la flauta y el piano: prudencia en el arranque meditativo y de dinámicas controladas, casi cual oración; fortaleza en unos fuertes alternando tímbricas de la cuerda con el dúo flauta-piano, sabor francés por la cercanía geográfica del norte catalán con final rotundo; templanza cual equilibrio y contención, comienzo con dúo y después trío de cuerda centroeuropeo en esencia, preparando un vuelo planeador de flauta sustentado por el piano y un violín que dibuja melodías de vuelta a casa con recovecos internos antes de clamar finalmente justicia, poética además de musical, inicio pianístico beethoveniano antes de un juego «schoenbergiano», clusters y tensiones rotas por un cello evocador del Casals paisano, cinco instrumentos, cinco virtudes y una sola sonoridad, justicia en agradecer las fuentes, música pura con intérpretes virtuosos. «Tema, variaciones y coda» para quinteto, op. 29: Tema: Maestoso; Variación I: Allegro commodo; Variación II: Andante cantabile; Variación III: Vivacissimo; Variación IV: Adagio assai; Variación V: Allegretto; Coda: Prestissimo. Un tema majestuoso que me recuerda al Falla del Retablo, el lenguaje de transición en el inicio del siglo pasado con el salto a París, un quinteto en estado «puro» tras el «mixto» de la obra anterior, y cinco variaciones con protagonismos compartidos, relevos dentro de la unidad sonora, indefiniciones en diálogos siempre respetuosos, carreras a velocidad máxima llenas de fuerza contenida, persecuciones sin ánimo de victoria pese a la trompa guerrera más que cazadora de descanso sin respiro, cantando y contando arropada por sus compañeros, paso adelante cual cuento ruso en el fagot, inspiraciones cual referencias camerísticas bien entendidas por un compositor, instrumentista y director capaz de aunar todo en esta quintaesencia que remata en un final vertiginoso cual final de dibujos animados.
«Suite for three» para trío de viento madera, op. 16 bis:
I. Introducció; II. Divertiment; III. Berceuse; IV. Scherzo; V. Recitatiu fugat; VI. Final. El catalán indicativo en los movimientos, la forma francesa, el título en inglés, políglota unión de música pura, sin más pretensión que el disfrute sonoro desde la construcción arquitectónica en tres puntos, estabilidad máxima que los intérpretes alcanzan sin vacilación, una «nana» intermedia casi etérea sin apenas graves, antes de la broma saltarina, casi danzante, previa a la fuga preparatoria tranquila antes del último y apasionado movimiento. Sax-Wind Quintet, op. 15:
23. Largo – Allegretto – Presto – Largo – Prestissimo, nuevo color aportado por el saxofón, el juego de lengüetas entre oboe y fagot, la redondez de la trompa y la agilidad de la flauta, texturas y aires contrapuestos primando una rítmica intrínseca que será casi el sello Brotóns en estas obras camerísticas. «Ad Infinitum» para flauta, viola y arpa, op. 13: Andante – Larghetto amabile, original combinación al añadir la viola al dúo flauta-arpa que tan buenos resultados le ha dado al flautista asturiano. Campanas iniciales del arpa, la sonoridad sedosa de la viola sumando la flauta clara y limpia en esta obra de juventud nuevamente madura explorando sonidos nada habituales en su momento, registros rebuscados para conseguir gamas amplísimas, intervenciones a solo y casi un cuento de elfos irlandeses, fusiones que tanto el compositor como el asturiano han transitado en sus carreras. «Emphasis» para quinteto de viento madera, op. 9: Lento – Scherzando – Moderato – Scherzando, explorando formaciones camerísticas ya desde los comienzos, contrastes de aires, ritmos, música a borbotones e interpretación de altura.
En el amplio catálogo de Brotons figuran muchas obras para su primer instrumento, la flauta, y es una alegría saber que el asturiano Roberto Álvarez va a grabarlas todas, un hito que hará historia, uniendo Asturias y Cataluña desde Singapur con el único lenguaje universal.
El repertorio del flautista sigue creciendo, y dejo aquí un vídeo de hace un año donde conjuga sus pasiones e influencias con una obra de Anthony Lanman acompañado por guitarra. Seguiremos a nuestro «flautista de Singapur» en sus andanzas por todo lo largo y ancho del mundo, aunque también le toque quedarse en casa.
P.D.: La fotos que aparecen son propias, de distintas Webs así como del propio Roberto Álvarez.
Músico, melómano y profesor de instituto en mi pueblo natal de Mieres (Asturias); vivo en "la aldea" desde diciembre de 1997. Viajero empedernido (aunque pobre), tengo grandes vínculos con Dinamarca donde viajo casi cada año... Casado con Asun Tejedor desde 1991 ¡y pa' seguir! Dicen que me parezco a Daniel Ravinovich (Les Luthiers) y a García Remón (ex-portero y entrenador); algo menos a Peter Sellers (El Guateque) pero con los años nunca se sabe...