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Estrenos matutinos

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Domingo 15 de agosto, 12:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, «El jardín de la música»: María Heres (mezzosoprano), Mario Álvarez (piano). Obras de: Schubert, Wolf, Fauré, García Abril, Guastavino, G. Ordás, Gounod, Sait-Saëns, J. Serrano y G. Giménez. Entrada libre (previa reserva telemática).

Enredando con los refranes, «a mal tiempo buena música» y aunque el orbayu carbayón obligó a cambiar los jardines del museo por el patio de columnas, continúa la programación de la capital asturiana dentro de su ciclo «Oviedo, Origen del Camino» y no podíamos faltar esta mañana llena de emociones por asistir a otro estreno de mi admirado Gabriel Ordás pero sobre todo al debut en solitario de la querida María Heres a quien sigo desde sus comienzos, la «Cantera de La Castalia» que sigue demostrando el talento asturiano con estos ejemplos a modo de pequeña muestra. Ahí estaban muchos de los compañeros de María y sus orgullosas profesoras con Begoña G. Tamargo disfrutando y «sufriendo» como sólo las maestras de canto saben, recogiendo sus enseñanzas de la mejor forma posible: un concierto. El público completó el aforo, aún más reducido por las medidas ante el Covid y respondió con merecidas ovaciones a cada página, premios para unos intérpretes que hicieron las delicias en horario siempre difícil para los recitales, habiéndose aclimatado como el entrenamiento de los deportistas en competición.

Programa de altura en este debut de la mezzo pixueta donde hubo de todo: la llamada canción de concierto, ópera y zarzuela, con un Mario Álvarez impecable en cada página, pianista coprotagonista en las primeras canciones, virtuoso en las obras de Ordás, que merecen capítulo aparte, y la orquesta lírica con esas reducciones orquestales al piano que parecen imposibles y sólo los grandes profesionales como él saben afrontar. Siempre mimando la voz, entendimiento obligado y entregado con María Heres, brillando con luz propia desde un plano compañero y privilegiado de compartir estos estrenos desde su posición.

Con puntualidad británica sonaría Erlkönig de Schubert para despertar emociones desde las primeras notas del piano y el poderío de María Heres, el lied alemán tan bien trabajado y sentido, al igual que Verborgenheit (H. Wolf) en la línea de expresividad y entrega musical a la poesía, piano y voz protagonizando dos páginas alemanas que muestran la evolución de la forma y la de la mezzo a lo largo de estos años.

Si el lied es prueba de fuego para los cantantes, la chanson francesa examina la dicción siempre complicada para todos los cantantes no parlantes, pero el trabajo en los idiomas es parte importantísima en la formación lírica, y María Heres es una alumna sobresaliente, dejándonos dos ejemplos de belleza indescriptible en escritura y ejecución: Tristesse (Fauré) y À Chloris (R. Hahn), el piano que viste a medida la voz y la melodía dramatizada de dos poesías que la música eleva a obras de arte como las que rodeaban el escenario.

Continuaría la lección de idiomas con dos tributos, al recién desaparecido García Abril, ligado igualmente a «La Castalia» con su Camiño longo (de las «Canciones Xacobeas«) en este año especial, y el grandísimo Guastavino cuya Pampamapa puso la piel de gallina por la entrega interpretativa, el piano rítmico y único del argentino con la voz poderosa e íntima, Álvarez y Heres en tándem campeón con una de las primeras cimas de la mañana, y que bisarían al final.

Excelente primer bloque con obras elegidas a la perfección para una voz que enamora, potente y nunca estridente, afinada y bien colocada, técnica para dominar cada partitura con una musicalidad innata, más un color homogéneo en toda su amplia tesitura como demostraría más adelante.

El «intermedio» pianístico siempre necesario en los recitales, sirvió para gozar con las músicas de Gabriel Ordás (1999), quien explicaría previamente el germen de ellas, el estreno de «Consonancias» y sus Transparencias, preciosismo cargado de virtuosismo al que Mario Álvarez dio vida, proceso creativo de pintor musical, bocetos que van delineando formas y coloreando con su característica paleta compositiva que bebe de tantas fuentes de inspiración, casi tantas como la ejecución y escucha de esta obra preciosista.

Vendrían después cinco de las «MiniMiniaturas» que así tituló Ordás estas instantáneas pianísticas de corta duración y grandeza en escritura, delineadas con trazo firme, sonoridades del piano bien logradas por Álvarez, reflejos diarios en tiempos de pandemia, Unicornio onírico de raíz astur, Etéreo el contacto del piano con el aire, Montaña de cimas y valles tan poderosas como las notas, Starship auténticamente galáctico y Amor sin más, todas paisajes interiores, juguetes de un talento desbordante y aparente facilidad que esconden complejidades interpretativas solventadas con la profesionalidad y arte de Mario Álvarez.

Y si la llamada canción de concierto es exigente para la voz, no digamos las arias y romanzas siguientes,  primero ópera francesa que para María Heres supone su «aria de confort» por dominio escénico, lingüístico e interpretativo más la orquesta pianística del maestro Álvarez: Faites-lui mes aveux de «Fausto» (Gounod) y sobre todo Mon coeur s’ouvre à ta voix de «Samson et Dalila» (Saint-Saëns), dramatismo concentrado, sentimiento a borbotones, expresión total de un aria que ya es suya, intensidad emocional y vocal con «el piano imposible» que sólo un repertorista conocedor puede amoldar al concierto.

Defendiendo nuestra zarzuela, con la calidad y dignidad que tiene, interpretada sin complejos, con gracejo y poderío, dos pequeñas muestras muy grandes de nuestro género, ¿Qué te importa que no venga? de «Los Claveles» (J. Serrano), total control de la escena para una mezzo ya madura, asentada, dominadora de la situación, entregada, y la alegría desbordante de La tarántula, el famoso Zapateado de «La tempranica» (G. Giménez), verdadero trabalenguas vocal y rompededos pianístico que Heres y Álvarez interpretaron con una frescura digna de elogio tras todo lo que llevaban hasta ese momento.

Comentaba anteriormente que la ópera francesa es ideal para el color vocal de María Heres, y así lo demostró en su propina con la famosa Habanera de «Carmen» (Bizet), profesionalidad a raudales, musicalidad desbocada para esta Mujer con mayusculas libre, enamorada y entregada, la gitana en el cuerpo de la asturiana, amor y entrega por la música con una voz privilegiada que continúa su formación dando pequeños pasos que en su profesión la llevarán a las alturas.

Ovaciones cerradas, emociones variadas en familia, compañeros, profesores, amigos, melómanos, y el bis de Guastavino pusieron este regalo de María en nuestros corazones para estos estrenos matutinos que dejarían despejado un día prometedor.

ENHORABUENA.

Con cuerda para rato

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Miércoles 16 de junio, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: New European Strings, Dmitry Sitkovetsky (concertino-director). Obras de Bach y Schubert. Entrada butaca: 28 €.

El curso y la temporada van llegando a su final y de nuevo la música de cámara como protagonista con esta orquesta de cámara fundada en Finlandia por el ruso Dmitry Sitkovetsky, quien agradeció al final del concierto (traducido por su chelista Miguel Jimenez) reencontrarse con el público al que echaba de menos, también de forma recíproca. Programa al menos curioso donde se partía de obras transcritas por el propio Sitkovetsky que buscan engrandecer formas «menores» para un entrenamiento de los instrumentistas y animar a la audiencia en este acercamiento que siempre viene bien a todos.

Mein Gott J. S. Bach (1685-1750) es siempre único en cualquier versión, interpretación, revisión o transcripción, inimitable, reconocible y padre de todas las músicas que en sus Variaciones Goldberg, BWV 988, un «Aria con 30 variaciones» escrita para teclado, resulta verdadera prueba de fuego si no el ejercicio para toda una vida por su complejidad, al encerrar en ella la biblia bachiana. Dmitry Sitkovetsky ya había realizado una transcripción para trío de cuerda (disponible en su propio Canal en YouTube©) que ahora amplió para su orquesta tras el obligado enclaustramiento del Covid. Con una plantilla de 5-5-3-2-1 con clave,  «Bach siempre es Bach», y el arreglo de Sitkovetsky muy logrado en cada variación por las combinaciones de solistas (dúos, tríos, cuarteto) contrapuestas al «grosso» y con el contraste barroco obligado, para lucimientos de los primeros atriles (impresionante Boris Garlitsky en los segundos replicando a Sitkovetsky) y unos concertantes de aire plenamente brandemburgués. Todos los músicos funcionaron camerísticamente con un sonido no del todo muy cuidado, pues acústicamente percibí una afinación imprecisa del viola Mikhail Zemtsov y no toda la claridad esperada en la cellista Kati Raitinen en los pasajes rápidos compensado por el citado Garlitsky como violín II impecable así como el clave de Elena Garlitsky que se agradece aunque no tuviese mucha presencia sonora pero resulta imprescindible en «mi señor Bach». La aclaración final (antes de la propia) de ser la primera vez que la ejecutaban en público supongo que explica estos «mínimos detalles» que no empequeñecen en absoluto el trabajo de esta formación que brilló en el Aria que abre y cierra las Goldberg, así como las variaciones más reducidas donde el protagonismo de Sitkovetsky se notó.

Tras un breve descanso, nueva «formación» o combinación de cuerda, prescindiendo del clave y alguna «permuta» de segundos a primeros donde Boris Garlitsky ocupó su lugar de concertino sumando una viola y un cello al Bach inicial (5-5-4-3-1) para que Sitkovetsky dirigiera su orquesta, que parecía no necesitarle.

Y es que  F. Schubert (1797-1828) ya deja todo claro en su Cuarteto en re menor D. 810, “La muerte y la doncella” partiendo de su «lied» homónimo (Der Tod un das Mädchen), por lo que la orquestación de Gustav Mahler (1860-1911) supone hacer un Schubert casi sinfónico sólo con la orquesta de cuerda, el dolor entendido y engrandecido desde las propias vivencias. Si el vienés redujo sus emociones a la mínima expresión posible para un cuarteto que late al unísono, el bohemio eleva el entendimiento a los dieciocho instrumentistas de cuerda que respondieron en los cuatro movimientos (Allegro; Andante con moto Scherzo; Allegro molto; Presto). Rodados con Bach como mejor remedio musical, este Schubert «aumentado por Mahler» sirvió para comprobar la sonoridad y calidad de estos músicos con engranaje camerístico y riqueza dinámica que fue «in crescendo» especialmente en los dos movimientos últimos, bien espoleados por el «jefe Sitkovetsky», cómodo en la batuta pero integrado en esta poesía musical tan románticamente dolorosa por el alma mahleriana.

Y de propina disfrutamos del directo tras el trabajo «virtual» durante la pandemia con dos de los 24 Preludios  titulados «Canciones de Bukovina» de Leonid Desyatnikov (1955), otra transcripción, aquí del piano a la orquesta de cuerda también del propio Sitkovetsky que al fin nos llegaba al público, el vivo irrepetible y único para todos, una obra contemporánea que adquiere como en todas las «reconversiones» colores distintos, visiones o versiones siempre válidas artísticamente cuando detrás de ellas hay un estudio concienzudo y el amor por el original.

Asturias madre musical

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Domingo 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta, Mieres: cierre de la 42 Selmana de les lletres asturianes. «Canciones asturianas» (Antón García Abril). Cristina Gestido (viola), Mario Bernardo (piano). Entrada libre con invitación.

El pasado mes de septiembre acudía a Oviedo para disfrutar de Mario Bernardo con Joaquín Pixán, la voz de «Madre Asturias» por vez primera con los arreglos que Cristina Gestido hizo de alguno de los temas que el siempre recordado Antón García Abril (19 mayo 1933 – 27 marzo 2021) compusiese inspirados en un folklore tan rico como el de nuestra tierra y que Torner recogiese hace más de 100 años.
Buena idea homenajear al turolense completando estos arreglos para viola y piano que unen lo mejor de las dos versiones que el propio García Abril hiciese primero con orquesta (1982) y más tarde con piano (2007), la perfecta simbiosis tímbrica donde el canto de la viola transcurre paralelo al piano, complementándose cual lied  instrumental que gana enteros por la riqueza que supone la cuerda en su amplia tesitura. Tras un vídeo inicial con imágenes de los intérpretes tocando les Vaqueires, cada una de las canciones vendría precedida con una proyección de Ezequiel Esteban incluyendo bellísimas imágenes con la letra correspondiente que el llangreanu León Delestal pusiese a cada una de las obras.
Planificada sucesión de doce temas para disfrutar de esa lograda «recreación musical de Asturias«. las melodías reconocibles vestidas de gala, arreglos muy conseguidos donde el piano se vuelve orquesta, la viola lo complementa, las teclas acompañan esa cuerda vocal. No te pares a mío puerta que con el tenor cangués es lírica pura y la viola de Gestido sublima tímbricamente. Y qué decir de Tengo de subir al puertu, la tonada sinfonica de oboes y cuerdas reducidos al dúo que se entiende en sentimiento y musicalidad. Rítmico y poético el Hasta los naranxales, el piano saltarín con la viola, poesía de «A los campos del rey vas Irene«. Ternura descrita musicalmente en la introducción de Ella lloraba por mi, cantada y después retomada por la viola, la conocida «Cuando salí de Cabrales» donde piano y viola dan con la tecla sentida pero no sensiblera, un arreglo que permite disfrutar melodía y armonización ensamblados tímbricamente enriqueciendo la versión original.
La canción dialogada Ayer vite na fonte alcanza en el arreglo e interpretación del dúo Gestido-Bernardo el cenit al ganar color y extensión, hombre y mujer jugando con las octavas y el fraseo que nos recrea un texto popular siempre reconocible sin más. Contraste con un piano movido, rítmico y rico en un acompañamiento para Yo nun soi marineru que la viola retoma jugando con el arco y haciendo que lo imposible para el canto se torne música pura. El cantu‘l gallu, nuestro urogallo colorido en lo sinfónico y cristalino con piano, que la cuerda entona única y hasta dolorosa por la historia contada.
Nun llores, nina, neña o rapaza que son sinónimos en nuestra lengua vernácula (aún dialecto para muchos) la música acallando disputas, el piano de salón con la viola sentida, contrastando con el siguiente popular «Sal a bailar buena moza» convertido en Una estrella se perdió, virtuosismo en las teclas, «saltarello astur» en las cuerdas, caprichoso entendimiento del piropo, modulaciones celestiales que instrumentalmente nunca resultan tirantes sino titanes, recuerdos de la canción española de concierto que Falla, Granados o Turina entre los grandes entendieron como pocos y que García Abril evoca con su magisterio sinfónico y camerístico. El mismo que para nuestra canción de cuna, la «añada» asturiana siempre íntima, sosegada, Duérmite neñu, el «agora non«, sin dobles sentidos ni lenguaje cifrado para el amante a la espera, con esa melodía poniendo la carne de gallina, el paso al piano de la nana cantada a dos y por dos.
Nuestro Naranjo colorido entendido por un turolense amante de un paisaje casi común, El picu Urriellu de Bulnes, piano extenso como nuestros Picos de Europa, con «los nombres grabados de los que llegan arriba», Gestido y Bernardo, una escalada instrumental, arriba amigos porque la hazaña de despojar la letra para engrandecerla es todo un hito.
Y cerrar el ciclo con algo tan nuestro como «les» Vaqueires, de la braña al salón sin trampa ni cartón el endiablado ritmo contagioso, el piano que no es «gaita de tecla» sino sustento de una melodía donde la interjección surge en la viola, la alegría de comprobar que estas «canciones asturinas» (como figuraba en la pantalla) pueden compartir la misma grandeza que las versiones de Falla desde nuestro folklore elevado a la máxima categoría de la música de cámara (excelente el trabajo en los arreglos de la propia Cristina Gestido), siempre escuela de intérpretes y público, el acercamiento obligado al mundo sinfónico desde la proximidad del salón.
La «cultura es segura» y con ganas de más bisarían Yo nun soi marineru, ninguno de los presentes, aunque el propio Delestal escribió «La mina y el mar«, siempre unidos como este otro tándem, «La viola y piano», Cristina y Mario más allá del folklore, Gestido y Bernardo. Un cierra para un mes de letras asturianas donde la música llega más allá.

Cruzando mares y océanos

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Viernes 21 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera IV: OSPA, Noelia Fernández Rodiles (piano), Pablo Rus Broseta (director). Obras de J. Orbón y J. Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Si Pedro Menéndez fue “El Adelantado de la Florida” y así se conoce Avilés como La Villa del Adelantado, no cabe duda que a Julián Orbón (Avilés, 1925 – Miami, 1991), de quien hoy se cumplían 30 años de su fallecimiento, le podemos considerar el sucesor del marino, surcando mares y océanos con su música, calificado como «el músico de las dos orillas«, siendo tristemente más conocido fuera de su propia tierra aunque el Conservatorio de su villa natal, gracias a Jose Mª Martínez, lleve su nombre y donde probablemente la entonces joven estudiante Noelia escuchó su nombre por primera vez, siendo ahora en plena madurez una de sus valedoras.

Hace dos años Noelia Rodiles escribía sobre Julián Orbón en Platea Magazine como “El gran desconocido de la música española”, por lo que debemos estar eternamente agradecidos que nos trajese de vuelta la Partita nº 4: Movimiento sinfónico para piano y orquesta, todo un hallazgo que nos muestra tanto la calidad musical del compositor asturiano como el de esta pianista que junto al valenciano Pablo Rus y nuestra OSPA (nacida el mismo año de la muerte del compositor avilesino) nos interpretaron este tesoro estrenado al fin en su casa.

Del compositor y su obra escribe Jonathan Mallada las notas al programa (enlazadas al principio en los compositores), por lo que sin ninguna escucha previa me limitaré a reflejar mis primeras impresiones. Orbón surcaría el Atlántico y los mares caribeños en una singladura que le permitió no ya observar nuestro patrimonio musical con la óptica siempre necesaria de la distancia, sino enriquecerse con las músicas “de ida y vuelta” para terminar de formarse en la tierra de las oportunidades sin olvidarse nunca de un país, que no era el soñado, con a tanta historia atesorada.
Saber que elige el nombre de partita como sinónimo de las maravillosas obras de nuestro siglo de oro musical, que además fuese un estudioso del Gregoriano, que se le considerase un compositor “neo-renacentista” y que esta cuarta partita resultase su única obra sinfónica con piano a partir del O Magnum Mysterium de Victoria, creo que marca todo el trasfondo de esta partitura de 1985 revisada hasta su estreno (por el inconformismo necesario de los grandes compositores) donde encontramos toda su herencia, sus fuentes de inspiración, su oficio y también sus modelos. Además del uso modal más rico que el tonal, con una orquestación impresionante donde «los bronces» (que decía Max Valdés) juegan un papel casi organístico, y la utilización del piano casi como un instrumento más, al escucharlo muy embebido con la orquesta, y con unos pedales graves perfectamente ensamblados con la tímbrica sinfónica, Noelia Rodiles brindó igualmente pasajes cercanos al Falla más hispano, a fin de cuentas las mismas fuentes, pasando por momentos del virtuosismo pianístico americano donde Rachmaninov y Gershwin triunfaban en la gran manzana y el maestro Copland buscaba un idioma instrumental propio. Orbón y Rodiles con el mismo rumbo en esta travesía que atracaba de vuelta a su tierra tras un viaje demasiado largo para esta música de alma avilesina, bien capitaneada por Rus en este transatlántico OSPA.

Los Hermanos Orbón son recordados en su villa y qué mejor propina que la Rapsodia asturiana (1933) del patriarca Benjamín Orbón para completar la dinastía, dos mundos musicales, el universal y sinfónico del hijo y el folklore pianístico del padre elevado a la música de cámara desde la soñada Cuba con ansia de grandes salas, además por su paisana Noelia Fernández Rodiles sintiendo e interpretando los temas de «la tierrina» desde esa forma virtuosística por excelencia, las enseñanzas en casa, los genes viajeros de la rapsodia que en sus manos sonó con más fuerza que nunca, brillante, cercana y emotiva para una pianista en un momento de plenitud.

Tras el crucero atlántico y caribeño volveríamos a embarcarnos musicalmente por el Báltico de Jean Sibelius (1865-1957), rememorando mi último viaje veraniego por el golfo de Finlandia, el compositor al que la OSPA le tiene tomado el pulso hace años. Su Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 de la que he perdido la cuenta de sus interpretaciones en el auditorio ovetense, sigue siendo una banda sonora en mi vida y curiosamente la iba escuchando tanto en el trayecto de Estocolmo a Helsinki como en posterior el paseo hasta el parque que lleva su nombre, donde se agolpaban los turistas que no me encontraría en la Academia.

Del Sibelius con la OSPA, a la que volvía de concertino invitado el austriaco Benjamin Ziervogel, tengo luces y sombras en las distintas interpretaciones que llevan en su treintena de años, pero está claro que «la segunda» siempre ha brillado como el mar al anochecer, con una plantilla ideal para esta sinfonía que Rus supo entender y conducir a buen puerto.

Buena velocidad de crucero para el I. Allegretto, los metales inspirados con viento de popa, cuerda a toda máquina y bien engrasada, con la brisa de la madera; un II. Andante, ma rubato que bajó los nudos para recrearse en las pequeñas islas antes de la primera escala, tal vez con un poco más de cuerda que redondease la sonoridad buscada pero bien entendido ese «rubato» bien escorado por unos violines claros como la espuma del mar, el viraje orgánico de los metales en sintonía y hasta los timbales redoblando como los motores; la siguiente escala del III. Vivacissimo nos acercaría con viento a favor al siempre luminoso Tallín aún soviético de sabor en la cuaderno de bitácora de un Pablo Rus almirante desde el puente de mando conocedor de lo traicionero del trayecto pero sabiendo alcanzar la velocidad exacta para no perder nunca el rumbo ni el equilibrio, balances instrumentales con el canto de un oboe único, plateado anochecer contestado por un chelo de amanecer estonio y sonoridades perfectas antes de desembarcar en San Petersburgo con el IV. Finale: Allegro moderato, Tchaikovsky inspirador al que Sibelius rinde culto y la OSPA tiene en su hoja de ruta.

Un crucero sinfónico con lo mejor de esta singladura musical y universal, de Avilés a Cuba y la Florida saltando hasta el Báltico, contrastes climáticos y lumínicos pero siempre con la belleza de un mar (masculino o femenino) siempre evocador cuando el barco tiene además de un capitán valenciano con mando en el puente, un buen contramaestre austríaco, mejores oficiales de máquinas internacionales, y una tripulación curtida que ha surcado casi todos los mares sinfónicos.

Un puñado de rosas

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Jueves, 20 de mayo, 19:00 horas. Teatro Campoamor: XXVIII FESTIVAL DE TEATRO LÍRICO ESPAÑOL. La del manojo de rosas, Sainete lírico en dos actos y seis cuadros. Música de Pablo Sorozábal, libreto de Francisco Ramos de Castro y Anselmo Cuadrado Carreño; estrenada en el Teatro Fuencarral de Madrid (13 de noviembre de 1934). Producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura). Entrada butaca: 46 €.

Si hay una zarzuela popular, por la que no pasa el tiempo, y con números musicales populares es El manojo de Sorozábal, y si se me apura, «El manojo de Sagi», porque sigue vigente, hermoso, divertido y elegante (el vestuario de Pepa Ojanguren impoluto y eterno), producciones para guardar y reponer ya que nunca defraudan.

Un buen elenco de voces aunque no bien amortizadas en este jueves donde triunfaron más los mal llamados secundarios y sobre todo el Espasa de Ángel Ruiz, digno sucesor de un Luis Varela que ha marcado historia en este manojo, completo de principio a fin; la Mariana de excelencia a cargo de Milagros Martín a la que da gusto ver y escuchar porque tampoco cumple años; finalmente la pareja Clarita-Capó, Beatriz Díaz y David Pérez Bayona que pusieron no ya la nota divertida del verbo y el canto, ese baile y el desparpajo en un «caló» castizo que hizo las delicias del público. Hasta nuestro «Charly Teibol» se marcó un inglés de casa suficiente para un reparto que tardó en calentar, con algunos desajustes entre foso y escenario que no empañaron una zarzuela querida y esperada siempre allá donde se representa, aunque el resultado final no pasó de lo aseado.

No hubo química en el inicio con la pareja protagonista Joaquín y Ascensión, ambos de color bello pero afinación fluctuante ya en su primer dúo (Hace tiempo que vengo al taller) ni tampoco en el segundo cuadro con la romanza No corté más que una rosa. Y el «duelo» Joaquín-Ricardo (¿Quién es usté?) rígido, falto de claridad en la difícil dicción aunque la puesta en escena, como todo este manojo, sea maravillosa. Al menos el «fox-trot» de Clarita y Capó hizo subir la temperatura musical con una Oviedo Filarmonía  que también fue subiendo enteros en el transcurso de la representación con el siempre seguro Óliver Díaz al mando.

El final del acto primero me dejaba dudas con un coro indeciso y algo retrasado antes de bajarse el telón.  Por lo menos el descanso sentó bien y el preludio del acto segundo ya nos devolvió una orquesta bien templada (con un arpa siempre precisa y una trompeta que incluso con sordina sonó clara y melódica), aunque algo falta de «músculo» habitual al que nos tiene acostumbrado (supongo que por la plantilla reducida), antes de volver con humor en esa Farruca salerosa y arriesgada sobre la furgoneta, que preparaba la esperada romanza de Joaquín Madrileña bonita tirante, sentida pero sin enamorar pese al timbre potente y bello de Alfredo Daza que no rindió como sería de esperar (seguramente el sábado ya estará más templado todo) y algo mejor la habanera ¡Qué tiempos aquellos! donde matizó con gusto esa melodía imborrable y pegadiza (como todas las del maestro vasco).

No quiero olvidarme del Don Daniel de Enrique Baquerizo en su línea de aplomo y seguridad tanto cantada como hablada y del resto, cuerpo de baile además de figurantes que aportaron belleza y color a un reparto que sobre el papel prometía, aunque el manojo quedó en puñado pero el genio de Sorozábal siempre compensa y deja impregnado el ambiente aunque tenga «carita de pena«.

REPARTO

Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: Emilio Sagi. Oviedo Filarmonía, Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo».  Carmen Romeu (Ascensión), Alfredo Daza (Joaquín), Juan Noval-Moro (Ricardo), David Pérez Bayona (Capó), Beatriz Díaz (Clarita), Ángel Ruiz (Espasa), Milagros Martín  (Doña Mariana), Enrique Baquerizo (Don Daniel), Fernando Marrot (Don Pedro), Carlos Mesa (Un inglés).

Covadonga inspiración eterna

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Jueves 6 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertu de les lletres asturianes: OSPA, Rubén Díez Fernández (director). Obras de Leoncio Diéguez y Guillermo Martínez. Entrada por invitación.

Concierto de emociones el de «Las Letras Asturianas» que rinden homenaje este año a mi siempre añorado e irrepetible Nel Amaro (24 de diciembre de 1946, Quentuserrón – Mieres /  4 de abril de 2011, Oviedo),  los 30 años de «mi matrimonio» con la OSPA y música de dos asturianos de corazón con Covadonga siempre como inspiración y parte importante de sus propias vidas:

Don Leoncio y Guillermo, profesor y alumno desde sus años en la Escolanía, una verdadera conjunción musical que reunió no solo autoridades civiles y eclesiásticas sino a muchos amigos y compañeros de ambos venidos desde todos los rincones, dos personas muy apreciadas y admiradas por todos, regalándonos tres de sus obras desde el buen oficio orquestal de ambos, bajo la dirección del avilesino Rubén Díez (1977) que disfrutó y contagió el mismo amor por la música a una OSPA de cumpleaños, hoy con Eva Meliskova como concertino.

Las dos obras del maestro Leoncio Diéguez Marcos (1941) enmarcando el estreno de Guillermo Martínez (1983), encargo para los actos conmemorativos de este 30 aniversario de la orquesta asturiana, dos generaciones, dos lenguajes y una misma inspiración, el oficio del maestro, la ilusión desbordante del alumno aventajado.

La Rapsodia asturiana del maestro podríamos llamarla en asturiano, aprovechando la efeméride, de «caxigalina» pero elevada a la alta cocina, motivos melódicos conocidos por todos, folklores propios y cercanos que Don Leoncio trata con cariño y sabiduría, orquestación de amplia plantilla, efectista, agradecida de escuchar y todo un catálogo de herramientas utilizadas por este leonés al que sentimos asturiano.

Y el esperado estreno de Guillermo Martínez, «Bricial«, el tercer lago de Covadonga, Poema Sinfónico que explica perfectamente en las notas al programa Alejandro G. Villalibre, personalmente un derroche de música orquestal bien construida, con momentos verdaderamente cinematográficos para unas imágenes de Los Lagos plenamente exportables a esos documentales de naturaleza imponente como la propia Covadonga y su montaña, remanso espiritual, paz y sobrecogimiento ante la grandiosidad que impera por doquier. Así la sentí desde el primer movimiento (I. Obertura) que mostró todo el color del otoño asturiano; la historia de España y Pelayo traerá aires marciales con la óptica propia de un Guillermo que mantiene la tonalidad y el gusto por la melodía con ritmos imponentes (II. Marcha) y una instrumentación clara y potente, con plantilla similar a la del maestro y curiosamente conservador pese a la juventud del discípulo; incorporar el piano, el arpa o la celesta además de una percusión abundante y variada (incluyendo máquina de viento o pájaros), dota a este poema de una sonoridad sobrecogedora pero donde el  III. Tempo di valse resulta un remanso con los «pizzicati» iniciales de la cuerda y ese aire universal del que han bebido todos los grandes, ecos de los mejores compositores rusos o del Richard Strauss «alpino», siempre buenos espejos en los que mirarse, y la desbordante inspiración de un Guillermo Martínez que en el IV. Concertante es capaz de conjugar la masa orquestal con un cuarteto de cuerda y piano digno de tener obra propia e independiente, buen gusto y aciertos en la elección de los protagonismos que Rubén Díez entendió a la perfección. Si Bach siempre será el «padre de las músicas», la fuga es la forma más exigente para todo compositor, asignatura obligada y dura, con sobresaliente en ella, V. Fuga para desarrollar no ya un motivo bien construido con el ritmo siempre presente, sino explorando todas las secciones orquestales donde disfrutar de los primeros atriles con papeles bien defendidos por cada uno, destinatarios de este estreno, y el impresionante VI. Finale cual «títulos de crédito» de este monumental documental sonoro, un poema sinfónico donde la inspiración corre libre sin perder las formas, añadiendo un escalón en la ya exitosa carrera de un compositor al que admiro desde hace años y que nunca defrauda. Cada obra suya es un catálogo de intenciones, una excursión sensorial  y un verdadero torrente musical donde el «eclecticismo académico» es el propio lenguaje de Guillermo Martínez.

Y de nuevo el maestro Leoncio Diéguez Marcos con su poema sinfónico Don Quijote y la batalla de los rebaños, poema sinfónico más avanzado que el alumno, no ya la experiencia que dan los años sino la admiración por un lenguaje musical cada vez más moderno a pesar del tiempo, obra genial del leonés, que fue un encargo de Max Valdés, entonces director de la OSPA en su estreno el 30 de abril de 1998, que ha tenido largo recorrido más allá de Asturias. Don Ángel Medina, catedrático de Musicología, escribió las notas al programa entonces que siguen igual de vigentes en este 2021 sobre el autor y su obra: «ha sabido encontrar en el programa el ensanchamiento y los límites, la ventana abierta al horizonte infinito e impredecible y la disciplinada cerca que acota el terreno roturado. De esta manera, lo que esta composición del maestro Diéguez tiene de autónomo, y específicamente musical (en tanto que coherente movimiento sinfónico) se enriquece -y nos enriquece- con el impulso siempre eficacísimo del inagotable imaginario cervantino«.
Si en Bricial veía música cinematográfica, este Quijote es perfecto para cerrar el concierto donde no faltó lo literario, lo pictórico y hasta la confirmación del buen oficio de componer, las llamadas vanguardias de pasado siglo que ya no lo son, pues vivimos y crecimos con ellas, entendemos su lenguaje y nos educan en estas escuchas que hermanan dos generaciones desde la música sinfónica.

Para cerrar no podía faltar nuestro Asturias, patria querida en la armonización y orquestación que el propio Don Leoncio hizo cuando convertimos la canción más conocida en nuestro Himno Oficial desde 1984, el sinfonismo y magisterio en el que seguir mirándonos.

Dejo finalmente el recorte de prensa con la noticia hoy en LNE, testimonio de esta Selmana de Les Lletres Asturianes con la música de estos hijos adoptivos hermanados por la OSPA y Rubén Díez.

Melodías de la vida con unos cachorros ¡espectaculares!

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Domingo 18 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Past Life. Los Peques del León de Oro, Elena Rosso (directora). Entrada: 6 €.

Es verdaderamente maravilloso comprobar que todavía queden emociones desde la música capaces de hacernos brotar las lágrimas. En tiempos duros, difíciles, sacrificados, montar un espectáculo como el de estos «grandes Peques» merece todos los elogios, pues además de cantar con mascarilla, trabajaron la excelencia del canto coral con un montaje que nos dejó sin palabras. Una puesta en escena sobria, con las luces adecuadas, entradas y salidas perfectamente coreografiadas por la maestra Elena, medias alternando gris y rojo, expresión corporal en todas las componentes (abrumadoramente femeninas como nuestro presente y futuro), cambios de posiciones para cantar en todas las permutas y combinaciones posibles, el piano puntual siempre en su sitio de Maite García, la utilización de la percusión tanto corporal como con «boomwhackers» rítmicos armonizados con estas voces celestiales de afinación pluscuamperfecta donde las campanas no solo daban el tono sino que creaban el ambiente para cada número de un programa que las notas al programa de Violeta Rubio describen punto por punto contando esta historia que quiero dejar aquí:

«Hoy os queremos acompañar en una historia que comenzó hace mucho, mucho tiempo, cuando aún no había nada. Oímos cantos celestiales que nos suenan antiquísimos, Past Life Melodies, como si pertenecieran a una vida pasada, todo estaba oscuro y de repente… se hizo la luz. El Sol con su fuego lo iluminó todo, O nata lux, luz nacida de luz que ilumina todo lo que nos rodea y nos permite ver, por primera vez. El fuego no solo nos dio luz, también trajo el calor y nos llenó de energía y así es como sentimos el Fervor, un abrazo que nos rodea el alma. Luego tuvimos el agua y en ella nacieron las primeras formas de vida. En este elemento, muchos animales como nuestra pequeña foca de The Seal Lullaby tienen su hogar y refugio donde dormirse acunados por las olas del mar. Pero el agua también se evapora, y entre las brumas de la tarde, la lluvia cae con Murasame y algo que no habíamos visto nunca, comienza a florecer. La tierra también se llena de vida: bosques, praderas, desiertos, montañas y un habitante que va a ser capaz de adquirir el Gnothi Safton, el conocimiento necesario, para habitar en cada uno de ellos: el ser humano. El tiempo va pasando y el humano envejece también, experimenta sensaciones nuevas, pero no sabe qué son ni como describirlas… ¡sentimientos! y cuando ya es anciano en On suuri sun rantas recuerda la primera vez que las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Algo tiene que cambiar, uno no puede llorar solo! Y entonces conquistamos el aire. Aprendimos a hablar, a comunicarnos, a describir nuestro alrededor. Ahora puedo contarte que, bajo el sauce, Under the Willow, no se oye apenas ruido y mi amor descansa con sus cabellos mecidos por el viento. O que, aunque tenga miedo, siempre me quedará la esperanza, Zai Itxoiten, como una mariposa blanca que volando ilumina mi camino. Todo está oscuro otra vez, pero… ¿qué es eso que suena? Parece que son de nuevo esas antiquísimas melodías celestiales, Past Life Melodies, que en su viaje han unido los cuatro elementos, aunque ahora que ya nos sabemos la historia, estamos listos para unirnos a cantar con ellas«.

Palabras que expresan la música, los sentimientos, desde la penumbra inicial y un silencio sobrecogedor con la entrada por los laterales cantando de Past Life Melodies (Sarah Hopkins), mientras Elena Rosso marcial en el centro controla las voces en distintas disposiciones, murmullos, notas tenidas,  círculos y líneas de geometría coral, los «cachorros» entrenados, la disciplina desde el juego y las emociones que saltan como la luz, O nata lux (Richard Ewer), maravillosas armonías, empastes increíbles, la pureza a capella y el Fervor na brétema (Javier Fajardo), campanadas de vida, vibraciones maduras para toda una vida por delante, la patada rítmica que reafirma delicadezas únicas, partituras memorizadas, interiorizadas, sentidas e interpretadas primorosamente.

No podía faltar Eric Whitacre, siempre inspirado para las voces blancas como en la nana The Seal Lullaby con un piano tan coral como las propias voces, lecciones de idiomas, compañerismo, solidaridad, entrega sobreponiéndose a las dificultades, esperanza coral de esta cantera dorada que es modelo a seguir.

En la misma línea de canto total con piano y mensajes claros el Murasame (The Mists of the Evening) (Victor C. Johnson) de espiritualidad oriental y lluvia musical que cala el alma. Los Peques muy grandes, impresionantes tubos sonoros mucho más que juguetes, y palmas tan celestiales como sus voces, Gnothi Safton (Jim Papoulis), de ritmo contagioso y matices increíbles, agudos perfectos con sonidos para un mundo mejor que realmente transmiten estas voces educadas, un «conócete a ti mismo» cantando y compartido, la mejor «autoayuda» porque no se puede pedir más.

Un viaje alrededor del mundo cantando y también con los escandinavos más cálidos, On suuri sun rantas autis (canción tradicional finlandesa en arreglo de Matti Hyökki, voces solistas de Claudia González y Aitana Carnicero Peinado a quienes no importan las mascarillas para transmitir buen gusto, el coro escuela de vida arropado por las manos maestras de Elena Rosso.

Under the Willow de Stephen C. Foster, en arreglo de Susan LaBarr, canción de cuna bajo un sauce para un sueño hecho realidad, una siesta reparadora que despierta emociones, armonías de ángeles terrenales transportándonos al paraíso coral, seguida de otra obra que está en los genes de estos peques dorados, pasando de mayores a pequeños, herencia de esta familia dorada y unida,  Zai Itxoiten (Javier Busto), el euskera más musical del «padre espiritual» de los leones, esperando el nuevo día con la inocencia cantada desde la adolescencia que no puede expresarse mejor que con esta unión de letra y música del doctor Busto Vega recetando la mejor vacuna en tiempos de pandemia: su obra coral.

Cerrando el círculo de nuevo Past Life Melodies, melodías de vidas pasadas cantadas hoy, sabedores que hay mucho futuro por delante, esperanza vocal y humana de una juventud admirable con unas familias que transmiten y apoyan su afición. Si las palabras de Violeta Rubio son un cuento en sí, la historia cantada por Los Peques del León de Oro fue todo un espectáculo.

La más audaz

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Viernes 16 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera II: OSPA, Akiko Suwanai (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ligeti y Bruckner. Entrada butaca: 15 €.

Tiempos de audacias, apostando por una cultura segura que sigue demostrando la responsabilidad y la necesidad de seguir con la música en vivo, pues las penas se vuelven alegrías con esta terapia, verdadero regocijo reencontrarse con conocidos, gozar del regreso seis años después de la japonesa Akiko Suwanai (a quien muchos descubrimos en 2009 ya con la OSPA) y del siempre gran director portugués Nuno Coelho al frente de la OSPA, sinónimo de entrega y energía, calidad y máxima audacia al programar nada menos que el concierto de Ligeti y «La sexta» de Bruckner, la más audaz como escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores), exigencia total para los intérpretes y un púbico que sigue fiel.

Titulaba mi anterior concierto de esta «Primavera OSPA» arriesgar para disfrutar, y la apuesta ha subido un peldaño al programar el siempre poco agradecido Ligeti y su Concierto para violín (Rev. 1992), obra exigente para una orquestación muy especial y una escritura que lleva demasiado tiempo armarla para alcanzar las cotas deseadas. Se arriesgó el director luso antes de comenzar, tomando el micrófono para explicarlo en un castellano perfecto, no solo sus cinco movimientos sino las claves para poder seguirlo al detalle y hasta poniendo los ejemplos sonoros de las ocarinas en manos de las maderas, o las flautas de émbolo de los percusionistas, que hoy tuvieron mucho trabajo además de buenos resultados, antes de escucharlo en su integridad.

Arriesgado es también seguir sin titular tanto tiempo, así como sin concertino, aunque hoy la invitada Messun Hong rindió especialmente en esta obra junto a la solista japonesa que bordó en entrega, sentimiento y sonoridades redondas, una Suwanai que no optó por el repertorio conocido sino por una página complicada, llena en cierto modo de una religiosidad especial en los orientales, y así la entendió junto a la concertino norteamericana. Trabajo detallista y meticuloso de Coelho con el que la orquesta parece feliz, entendimiento y concertación con Suwanai, técnica exquisita, virtuosismo de altos vuelos y como decía, poco agradecido para gran parte del público, pero mi aplauso por seguir prestando atención a la música de mi generación, llena de referencias visuales más allá del sonido, y nada cómoda de escuchar por el esfuerzo intelectual que conlleva.

Especialmente bello el segundo movimiento, Aria, Hoquetis, Choral: Andante con moto, donde Akiko Suwanai nos regaló la mejor visión y expresividad de esta maravillosa página, bien arropada por su colega y una orquesta donde hasta las cuatro ocarinas tejieron un coral de color con referencia medieval junto a los aires zíngaros que también se presienten. Y aún más conmovedora la japonesa en la Passacaglia: Lento intenso, un silencio casi sepulcral en la sala roto por su violín susurrante que va creciendo en un diálogo exquisito con la orquesta, diría que lleno de meditación conjunta, violencia sonora sin agresividad, controlando pasiones en una introspección única. El último movimiento, Appassionato: Agitato molto dejó en todo lo alto este concierto de Ligeti, pleno de texturas con aires de danza en una obra de la misma edad que la OSPA cuyo esfuerzo interpretativo podría decir que nos dejó a todos exhaustos.

Y con las fuerzas casi al límite, mostrando todo el músculo de la plantilla, llegaba el momento esperado y álgido de la Sinfonía nº6 en la mayor (1879-1881) de Bruckner, en cierto modo otra incomprendida, y como el maestro Coelho confesaba a La Nueva España, «Las sinfonías de Bruckner son como el Everest«. También Pablo Gallego hace referencia en sus notas al símil montañero y a «… un camino de redención en el que no puede obviarse el ferviente catolicismo que le acompañó toda su vida«.

Pienso que el esfuerzo de Ligeti pasó factura en esta ascensión de cuatro «etapas» a La Sexta con Nuno cual sherpa guiando esta expedición, y al que no todos pudieron seguir tan infatigables como el luso, aunque se intentó. Arrancó todo Majestoso y majestuoso, con una cuerda tersa y los metales protagonistas, orgánicos como suelo calificarlos por el paralelismo con el instrumento rey del que Bruckner fue maestro.

Pero el primer tramo de la escalada resulta extenuante y ni siquiera el «campamento base» del Adagio-Sehr feierlich sirvió para tomar aire. Bien las intervenciones de violines y oboe, pero la marcha fúnebre era mal presagio, perdiéndose el empuje inicial a pesar del paso seguro del joven portugués. Hay que pisar bien y caminar a la par, evitando así caídas y desprendimientos del terreno, pero en el Scherzo-Nicht schnell – Trio. Langsam, los traspiés no fueron a mayores aunque deslucieron unas vistas de la ascensión con cierta neblina. Faltó la limpieza y precisión de esa danza vienesa bien marcada por Coelho, pero supongo que guardaban fuerzas para alcanzar la cumbre del Finale – Bewegt, doch nicht zu schnell, difícil ajustar el ritmo para que sea «movido, pero no demasiado rápido», el transitar por tonalidades que pongan la bandera en todo lo alto y poder entonar el himno, pero faltó ese remate pese al esfuerzo que sí mereció la pena, pues las vistas desde esas alturas son un regalo del «organista supremo» al que Bruckner siempre tuvo presente. Gratitud, belleza, espiritualidad y emotividad en el gran sinfonista del XIX que sólo su discípulo Mahler pudo recoger el testigo.

Concierto arriesgado y sobre todo audaz, con esfuerzo poco recompensado del que recordaré el aire de religiosidad y gratitud vital de dos compositores emparejados en esta primavera aún fría, donde los reencuentros son cálidos. No se coronó la cumbre pero el recorrido mereció la pena y la semilla plantada ya está creciendo, falta poco para el esplendor florido y poder retomar otras vías para alcanzar más altas cotas musicales. La expedición cambiará de guía pero el equipo está ya bien entrenado.

Disfrutar la madurez

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Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

En manos femeninas

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Miércoles 17 de marzo, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: «Mujeres en Música«, Oviedo Filarmonía, Isabel Rubio (directora). Obras de Fanny Mendelssohn, Raquel Rodríguez y Florence Price. Entrada butaca: 10 €.

El mundo es femenino y la música también, de compositoras e intérpretes, también de directoras de orquesta. Todos los días son suyos y deberíamos reconocer que sin ellas no habría vida. Se abriría la velada rindiendo homenaje a la recientemente desaparecida y muy querida Concha Quirós, todo un símbolo de la cultura, también en femenino, en esta Vetusta literaria y melómana, nombrada hija adoptiva en compañía de tres predilectos unidos a la música. Pero este miércoles era femenino y plural, así pues bonito recuerdo de Conchita con palabras suyas escritas por los trabajadores de su centenaria Librería Cervantes en boca de varias mujeres de la orquesta carbayona y proyección de unas fotos que reflejan la pasión por los libros, por la vida, de esta ilustre ovetense universal.

Y la música sonó en un teatro lírico por excelencia aunque su acústica no sea la ideal para el mundo sinfónico tras tantos años disfrutando del auditorio, pero que vistió de gala para una tarde en buenas manos, en las de ellas, compositoras de ayer y hoy, atemporales como sus partituras, comandadas por una joven directora murciana sobradamente preparada, fogueada, trabajadora, implicada, que sacaría de la Oviedo Filarmonía lo mejor de esta formación versátil, madura y lista para ofrecer un concierto de altura sin más género que el musical.

Fanny Mendelssohn (1805-1947) con su Obertura en do mayor caldeó el ambiente y calentó motores con aires de clasicismo romántico, Isabel Rubio (Murcia, 1989) atenta a cada detalle y la orquesta respondiendo, arranque sobrio abriendo paso a unas agilidades que pusieron a prueba cada sección, mostrando un sonido compacto bien delineado por una batuta precisa y una mano izquierda sutil en esta página exigente, chispeante y juvenil.

A continuación un estreno de la ovetense Raquel Rodríguez (1980), Mensaje interestelar, parte del «Proyecto Beethoven» encargo de la propia Oviedo Filarmonía con motivo del 250º aniversario del nacimiento del compositor (que quedó pospuesto en agosto pasado por la pandemia pero que finalmente nació este miércoles). Más allá de etiquetas, perfectamente imbricada en un programa con las otras dos compositoras, la partitura de la compositora asturiana demuestra el buen oficio y conocimiento en todos los aspectos: elección de una plantilla sinfónica donde suena todo «sin experimentos», dando forma a melodías claras, orquestación poderosa, armonizaciones académicas, dominio de la instrumentación, experimentación con el sonido de forma natural y una carga expresiva que la directora murciana llevó con precisión, sacando cada detalle a la luz, manteniendo el balance adecuado al que una plantilla un poco más numerosa en la cuerda, más la acústica ideal, hubiese dado mayor brillo a esta partitura cuajada de guiños históricos pero actuales, sin abstracciones ni búsquedas de texturas, clímax orquestales con dinámicas variadas, presencia de un arpa algo «apagada» pero imprescindible, gran percusión tratada con mimo realzando ese universo sonoro con la vuelta de la historia enviada al espacio, vientos bien empastados y enlazados, y una verdadera explosión sinfónica que tendrá que programarse más veces. Se notó que Isabel Rubio ha trabajado codo a codo con la compositora, interiorizando su obra y exigiendo a la orquesta todo lo que esta obra refleja y esconde, ese «¡Aquí estamos!«, que gracias al Ayuntamiento de Mieres y el Ateneo Musical mierense pudimos constatar en el encuentro que ambas tuvieron el pasado domingo en la villa de Teodoro Cuesta. Merecidos aplausos para ellas, compositora, directora y orquesta tras esta gran obra de repertorio en una carrera de larga trayectoria pese a la juventud de las dos, con mucho futuro y toda una vida por delante a las que deseo muchos éxitos.

Para cerrar, una página poco escuchada, agradecida, llena de guiños y recuerdos americanos, la Sinfonía nº1 en mi menor de la compositora Florence Price (1887-1953), otra luchadora, afroamericana, en tiempos difíciles que parecen no terminar, con una biografía de novela a la que su pasión musical ayudó a ganarse un nombre musical en los Estados Unidos de los albores del siglo pasado.

Cuatro movimientos de sonido «genuinamente yanqui», donde podemos recordar en los dos extremos al Dvorak del «Nuevo Mundo», misma tonalidad, melodías conocidas y reconocibles, e incluso solos de oboe con esa inspiración en los nativos de las praderas, comenzando con el Allegro (ma) non troppo, rítmico de aires «indios» o el Finale: Presto verdaderamente impetuoso, pasando por el segundo Largo, Maestoso con una fanfarria realmente bien interpretada por los metales y maderas verdaderos protagonistas, unido a unas delicadas campanas y una cuerda sutil de la Oviedo Filarmonía, y un tercer movimiento, Juba Dance: Allegro  exultantemente alegre, con reminiscencias de esclavos africanos en el algodón o la fiesta en las cantinas del Far West, solo de viola incluido, que firmaría el mismísimo Copland aunque sin tanto músculo ni brillo, más bien en la línea de Grofé. Pasajes bien construidos y mejor llevados por Isabel Rubio con verdadero mimo, cuidando el sonido (como en un pasaje donde la madera discurre del agudo al grave con total homogeneidad tímbrica), el empuje de una cuerda clara y esas danzas que las películas «de indios y vaqueros» han hecho plenamente nuestras, una banda sonora que Florence Price engarzó y enraizó en su tierra dándonos esta sinfonía «Made in USA» con una dirección impecable, precisa, clara y entregada que tuvo la respuesta esperada de la Oviedo Filarmonía nuevamente con Marina Gurdzhiya de concertino.

Si la murciana agradeció la presencia de todos y el placer que supone seguir haciendo música en la capital asturiana, «Cultura Segura» una vez más, como propina bisó esa Danza Juba homenaje a los esclavos negros desde la libertad femenina que hizo las delicias de todos, dejándonos un excelente sabor de boca.

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