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Excelencias concertísticas

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Rusia esencial III», abono 13 OSPA, Daniel Müller Schott (violonchelo), Marzena Diakun (directora). Obras de: Bacewicz, Shostakovich y Franck.

No soy supersticioso «porque da mala suerte» y el número 13 lo asocio a lo bueno, incluso es mi fila habitual y preferida siempre que puedo, un punto medio en la distancia con el escenario, unido a una visión cercana. Así que el decimotercero de abono corroboró esta tendencia positiva con un concierto reuniendo ingredientes que auguraban algo bueno: solista de lujo, obras interesantes y una directora polaca que además de traernos música de su tierra demostraría que cuando hay preparación no existen discriminaciones, mujer al frente de nuestra orquesta en una temporada de total madurez, volviendo a recordar las entrevistas en OSPA TV tanto con ella como con el solista.

La polaca Gražyna Bacewicz (1909-1969) de la que el programa con las notas de Miriam Perandones (enlazadas en los autores al inicio) nos da unas pinceladas biográficas y su compatriota en la antes citada entrevista en YouTube©, compone su Obertura para orquesta sinfónica en 1943 pero de estilo clásico en unos tiempos convulsos y tristes, un canto a la victoria del pueblo sobre los invasores que se transmite desde una orquestación elegante, para una plantilla con abundantes metales y percusión militar en un lenguaje que yo sentí como «pre Gorecki«, de escucha amable, tonal, llena de matices y un empuje rítmico que transmitió su paisana Diakun a la OSPA, resultando además apropiado para prepararnos ante el «vendaval ruso» posterior, realmente esencial como se titulaba este programa, cuerda vertiginosa, metales poderosos, madera impetuosa y percusión precisa.

Parafraseando el eslogan, «un poco de Shostakovich es mucho», el Concierto para violonchelo nº1 en mi bemol mayor, op. 107 (1959) tiene mi edad y además llevo los mismos años de casado que con la OSPA, veintiséis que dan hondura, madurez y hasta serenidad a este transcurrir. Si además lo interpreta un cellista reconocido del que todavía recordamos su Elgar también aquí, la confluencia positiva desemboca en un auténtico placer. Daniel Müller Schott con su violonchelo «Ex Saphiro» de 1727 nos dejó un concierto de Shostakovich realmente de altura, el mismo que estrenase Rostropovich, con una excelente concertación orquestal a cargo de la maestra Diakun y una orquesta que contagió las ganas de hacer Música, con mayúsculas. Obra llena de los guiños habituales del ruso, sonidos tersos, grotescos al unir registros extremos en instrumentos opuestos, baquetas de madera en los timbales, cuerda desgarradora pero siempre clara, dibujándose con claridad y precisión los distintos motivos y el cello de Müller Schott presente, penetrante incluso en el dúo con un trompa no muy inspirado en una de las páginas más difíciles de interpretar, pero que no empañó el resultado global reconociendo lo traicionero de un instrumento donde una nota puede estropear su intervención. Siempre buscando ese color sinfónico, preparado como decía anteriormente por la obertura de Bacewick, la Cadenza colocada como tercer movimiento y en solitario nos dejó al increíble cellista haciendo reinar el silencio para asombrarnos no ya con una técnica aplastante sino desde la música en estado puro que Shostakovich escribe para el instrumento más parecido a la voz humana. La orquesta jugó, dialogó y acompañó el viaje conjunto de los otros movimientos con intervenciones solistas de altura, el ímpetu del Allegretto, la enorme gama de arcos y matices del Moderato con una trompa más centrada y la celesta ensoñadora con la languidez del cello en una orquesta aterciopelada y nítida sin perder tensión como pocas veces, finalizando en el Allegro con moto liberador de tensiones para una partitura magistralmente interpretada por todos.

Éxito de Müller Schott y dos propinas, el cello de Bach (zarabanda de la Suite 3), y un regalo de un giorgiano para gozar con la técnica del «pizzicato» en la línea de Yo-Yo Ma que nos encantó a todos, con muchos instrumentistas preguntando durante la firma de discos por esa preciosidad en el polo opuesto de la magistral e introvertida interpretación del mejor Bach en estado puro y nuevo tributo a los grandes del instrumento, aquí todavía con reminiscencias de la viola de gamba que el Ex Saphiro destila en las manos del virtuoso muniqués.

Tras la plenitud de la primera parte nada mejor que la Sinfonía en re menor de César Franck, la orquesta pensada desde el órgano, el juego de lengüetería y metales cual teclados y pedalero con toda la gama dinámica posible presente en el balance apropiado, y Diakun la intérprete perfecta del instrumento «orgánico» respondiendo milimétricamente. Atenta al detalle dominando de memoria la obra, sacando siempre a flote el tema protagonista en la correspondiente sección o solista (impecable Juan Pedro Romero al corno inglés) de una sinfonía única, tal vez incomprendida pero capaz de emocionar con una instrumentación perfecta para la plantilla asturiana con el arpa (perfecta en el inicio del Allegretto) completando unas pinceladas de color en amplísima paleta tímbrica, como pudo dibujar la directora polaca. Destacables los crescendi ricos sin perdernos detalle, dejando «respirar» los finales con calderones subyugantes, los tutti controlados en todas las dinámicas, los temas danzables delineados al detalle, empaste en maderas capaces de «crear registros» nuevos, metales con cuerda en texturas de excelencia y una alegría desbordante en el Allegro non troppo recapitulando temas escuchados para cerrar un concierto completísimo y auténtica fiesta de cumpleaños (lástima el poco público en la sala que vuelve a ser preocupante) con invitados de lujo que esperamos repitan.

Don Gil de las Asturias

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Jueves 11 de mayo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIV Festival de Teatro Lírico Español Oviedo 2017: Don Gil de Alcalá (música y libreto de Manuel Penella Moreno, Valencia 1880 – Cuernavaca -México- 1939).


Reparto y equipo artístico:
Alejandro Roy (Don Gil de Alcalá ), Susana Cordón (Niña Estrella Miztilán), David Menéndez (Sargento Carrasquilla), Javier Franco (Don Diego), Sandra Ferrández (Maya), Jorge Rodríguez- Norton (Chamaco), Vicenç Esteve Corbacho (El Gobernador), David Rubiera (Padre Magistral), Marina Pardo (Madre Abadesa), Boro Giner (Virrey), Cristóbal Blanco (El Maestro de Ceremonias), María Heres (Una amiga de Niña Estrella). Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (director: Pablo Moras Menéndez), Oviedo Filarmonía, Rubén Gimeno (director musical). Dirección de escena: Emilio Sagi; ayudante de dirección: Javier Ulacia; escenografía: Daniel Bianco; iluminación: Eduardo Bravo; coreografía: Estrella García.

Penúltimo título de la temporada de zarzuela de la capital asturiana aunque solo dos funciones, pero con un lleno que corrobora el lema en las redes sociales #Oviedo quiere Zarzuela, si bien este Don Gil de Alcalá netamente asturiano, sea más ópera española que zarzuela bien elegida para celebrar los 125 años de este coliseo por el que ha pasado lo mejor de la música y el teatro internacional.

Un lujo contar con Emilio Sagi para esta producción «made in Asturias» totalmente exportable a cualquier escenario mundial y con un elenco de altura que engrandece aún más este género escénico del que podemos presumir. Penella compone esta ópera cómica de tres actos en su primera versión solo para orquesta de cuerda (con arpa) dominando la escritura vocal que luce aún más con este acompañamiento. Con una puesta en escena de mínimos realmente bien aprovechados para ambientar la España colonial, un vestuario elegante y sobrio, que visto de cerca no llama tanto la atención (por lo que de nuevo aplausos a la economía de medios cuando hay sabiduría en los planteamientos) pero que mantiene esa gama de blancos y ocres adecuada al color escénico (salvo el guiño azul para la conocida habanera «Todas las mañanitas«), más plateados y dorados puntuales realzados por una iluminación perfecta y sobre todo la imprescindible parte vocal: cantantes, coro y orquesta de primera calidad, encumbraron a este «Don Gil de las Asturias».

Quiero comenzar por los de casa (sin caer en el madreñismo que acuñase mi primo David Álvarez), dado que fueron profetas en su tierra por calidad, cantidad y entrega. Además del citado Sagi, sinónimo de elegancia, respeto y entendimiento con la música, la cuerda de la Oviedo Filarmonía sonó ideal por presencia y musicalidad en todas sus intervenciones, puesto que la textura que da la partitura con el arpa más pizzicati y todos los recursos técnicos ayudan al protagonismo vocal que luce aún más con esta escritura. Lástima que Rubén Gimeno no fuese lo suficientemente claro en el gesto para alcanzar la mejor coordinación entre foso y escena, con desajustes e inseguridades que esperemos se solventen para la representación sabatina, aunque a su favor tuvo la total entrega de instrumentistas y voces. Probablemente quien más incómodo estuvo fue el «coro titular» de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, pero el maestro valenciano llevó a la orquesta por los derroteros idóneos de dinámicas y aires plegados a las voces.

Mientras las voces femeninas arrancaron dubitativas entre la «dirección de la madre Abadesa» y la del maestro Gimeno, al completo tuvieron que hacer un esfuerzo para encajar los pocos pero hermosos números de conjunto, teniendo en cuenta que por ubicación y efectivos orquestales exige una mayor atención desde la batuta ante la falta de referencias para las entradas y tiempos exactos. Reconocer la dificultad de esta ópera de cámara tanto en los textos, siempre bien vocalizados y afinados, como en su escritura llena de síncopas y contratiempos que de resultar exactos (al menos más trabajados) hubiesen dado un resultado sobresaliente, debiendo conformarnos con un notable alto. Con todo, orquesta y coro siguen siendo la mejor apuesta para este festival de zarzuela asturiano, asentándose en una calidad que mantiene un nivel del que no deberán bajar.

El elenco vocal tuvo al tenor Alejandro Roy como el verdadero protagonista, un Don Gil de Gijón poderoso en todos los registros, convincente y en un estado de gracia que ya asombrase en  su anterior visita como Curro Vargas. Seguro, con una línea de canto grandiosa sin escatimar en medios a la vez que recogido en los momentos sentimentales, pocos tenores pueden interpretar este complicado rol en el que Penella vuelca sus mejores melodías tanto en las romanzas como en los dúos y concertantes donde siempre sobresale por tesitura y dinámicas, así como de color ideal combinado con el de la Niña Estrella.

El castrillonense David Menéndez, habitual en nuestras temporadas de ópera y zarzuela así como en programas sinfónicos, dio vida al Carrasquilla andaluz simpático, pícaro y «tunante», contrapeso de su paisano y compañero de estudios, empaste de dos asturianos en todos los sentidos, química desde la musicalidad y rompedor en el brindis con vino de Jerez que cierra el primer acto, tras su conocido canto a la sidra cual catador de caldos y romanzas de todo calado unido a una escena que siempre cautiva al respetable, independientemente de lo difícil que resulta imitar acentos locales según exigen los libretos (no me imagino tener que cantar un aria «a la» milanesa, veneciana o napolitana).

Me impresionó la clara mejoría vocal, en parte por un papel vocal y escénicamente ideal, del tenor avilesino Jorge Rodríguez-Norton como Chamaco, mejicano salao y sembrao que diría un andaluz, ganándose al respetable en cada aparición, emisión clara en toda la tesitura, concertantes presentes, buen gusto en el dúo ¡Ay! zúmbale con Maya, y una verdadera recreación de un papel cómico en el que se desenvolvió con soltura y calidad.

Breve pero segura la Madre Abadesa de la mezzo cántabra Marina Pardo, en un papel mal llamado secundario pero que voces como la de esta asturiana de adopción suman en el buen resultado final. Tampoco quiero olvidarme de los «comprimarios» que saltan del coro a los pequeños papeles, Cristóbal y María verdaderos profesionales que siempre ayudan a completar elencos de nivel como el de este «Don Gil de las Asturias».

Susana Cordón, soprano mallorquina de nacimiento y valenciana de adopción, compartió protagonismo y triunfo como la Niña Estrella de la que todos se enamoran y enamora con un color precioso, dicción y proyección perfecta, musicalidad y comicidad en las dosis idóneas, empaste en dúos y concertantes, amén de la técnica necesaria para redondear su personaje, ya muy aplaudida en la inicial «Bendita cruz» aunque la habanera resultó de lo mejor con su compañera, la soprano-mezzo valenciana Sandra Ferrández que nos dejó una Maya cercana, salada, empastada con Miztilán, contrapeso de Chamaco y quinteto coprotagonista de colorido rico en matices, asentando un elenco vocal de calidad que redondeó una función triunfante.

Me gustó el barítono coruñés Javier Franco como Don Diego, más por la diferencia de color con Carrasquilla que siempre se agradece, seguro en canto y escena, aunque «los malos» no siempre triunfan sobre los pícaros.

También breves pero convincentes y de menor a mayor relevancia en el global los barítonos que interpretaron al Gobernador, Vicenç Esteve Corbacho, algo titubeante y hasta afónico en el inicio, más actor que cantante el catalán, el Virrey de Boro Giner, y el Padre Magistral (literalmente) del cántabro David Rubiera, con un registro grave que pedía más la voz de bajo aunque suficiente sin ser potente.

En definitiva un Don Gil de Alcalá triunfador globalmente al que solo faltó mayor seguridad sobre la escena que supongo el sábado y ya rodado resulte sobresaliente. Me consta la llegada de aficionados de fuera confirmando que los políticos no parecen ver que la cultura y en especial la música, son una verdadera inversión más allá del gasto, y pese a las penurias, recortes o sueldos bajos, el amor y la profesionalidad pueden ofrecer un producto verdaderamente rentable ¡incluso electoralmente!.

Profesores: maestros e intérpretes

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Martes 9 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo (concierto 9 del año, 1957 año 111). José María Fernández Benítez (violín), Josep Colom (piano). Obras de: Brahms, Schubert y Mozart.

Los profesores Josep Colom (Barcelona, 1947), habitual en Oviedo, maestro de maestros en una trayectoria impecable, y José María Fernández Benítez (Córdoba, 1977), compaginan docencia y conciertos, acercando su magisterio a estudiantes (muchos alumnos del conservatorio ovetense) y melómanos como así debería ser en todas partes, y teniendo la música de cámara como parte importante en sus trayectorias.

Visitando las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Gijón, verdaderos oasis musicales en peligro de extinción y auténtica escuela para todos, este dúo de violín andaluz y piano catalán nos trajo un programa con el violín como protagonista, recordando al gran intérprete húngaro Joseph Joachim, cuyo Stradivarius se escuchó en el Auditorio el pasado viernes en manos de Ray Chen, pero donde el piano comparte protagonismo.

Brahms resultó el auténtico plato fuerte, comienzo y final. El “Scherzo”, de la Sonata FAE, que fue concebida, como indican las notas al programa, por Schumann como regalo para Joachim «en una suerte de unión del talento musical del propio Schumann (Intermezzo y Finale), Albert Dietrich (el inicial Allegro) y de Johannes Brahms (el scherzo que hoy nos ocupa), parte que sin duda es la que con el tiempo ha vivido mayor fortuna y suele interpretarse como pieza separada». Continúan las notas diciendo que «los tres compositores amigos tomaron el lema de Joachim «Frei aber einsam» (libre pero solo) para obtener el tema principal de la sonata (fa-la-mi). El 28 de octubre de 1853, en casa de los Schumann, con Clara al piano y el propio Joachim al violín, fue presentada la sonata por sus autores a su dedicatario, que adivinó sin problema alguno quién era el autor de cada uno de los movimientos». La tapa acústica del piano abierta totalmente nos permitió apreciar la inmensa gama dinámica del compositor alemán en ambos instrumentos, puede que algo oscuro el violín en los pianísimos pero presente y consistente, impulso vital y momentos cantabiles realmente logrados.

La Sonata Gran Dúo en la mayor, D. 574 de Schubert es habitual en los programas de los grandes intérpretes solistas que se unen para disfrutar juntos la música de la Viena romántica, presentes los recuerdos beethovenianos del malogrado Franz, diálogos desde el juego melódico y nueva demostración de Música con mayúsculas a cargo de Fernández Benítez y Colom, el Teatro Filarmónica cual salón de una de aquellas “schubertiadas” (las fiestas de música y poesía organizadas por el compositor vienés) a la que estuvimos invitados. Limpieza en los fraseos, exactitud en las duraciones, el rubato ensamblado y entendido con delicada precisión más la unión discursiva de los cuatro movimientos en esta joya que el propio compositor no pudo ver en vida, pese a considerarse una de las preferidas de su autor. De nuevo quiero citar las notas al programa: «Schubert es Viena. Nace, vive y muere en la que ya entonces es capital musical europea, Así, podemos decir que su música es Viena en puridad. Aspectos de su vida y personalidad nos hablan de un autor atormentado y brillante, de corta vida -muere a los 31 años- y prolífico como pocos, que la historia de la Música ha dejado como paradigma del infortunio y el trágico destino, prueba de ello es la famosa anécdota que se le atribuye de su proposición de brindis tras el entierro de Beethoven por el próximo en ser enterrado, sin saber que estaba brindando por sí mismo. Paradigma de ese infortunio puede ser la historia de este Gran Dúo, escrito en agosto de 1817 -con veinte años- pero que fue publicado, póstumamente en 1851 y estrenado en 1864. Sin duda recordaremos a Beethoven escuchándolo, pero estaremos ante Schubert o en Viena, que es lo mismo, desde el mismo principio de la obra, cuando los envolventes cuatro primeros compases del piano den entrada al tema del violín que nos situará en una schubertiada, plena de delicadeza musical».

Otra partitura de las que se agradecen en estos conciertos es la Sonata en mi mayor, K. 304 (Mozart), con dos movimientos, el “Allegro” conocido -e incluso tarareado por mis vecinas de localidad- más el “Tempo di Menuetto”, que bisarían como propina, abriendo la segunda parte. Verdadera joya del Clasicismo que guarda la siempre engañosa sencillez del genio de Salzburgo con la profundidad que marcaría su inmensa producción. Escrita en París en 1778 cuando Mozart buscaba un trabajo estable y marcado por la muerte de su madre, es una de las más destacadas obras de cámara del joven Wolfgang. Independientemente de ser anterior o posterior al hecho luctuoso sí podemos apreciar cierto sentimiento de ausencia. Si se habla de «sencillez formal y profundidad expresiva de una forma que merece resaltarse dentro de su catálogo», diría que la sencillez estuvo en una ejecución sustentada en el conocimiento y el entendimiento, mientras la profundidad expresiva en la unidad sonora engrandecida por dinámicas y fraseos claros, complementarios para los dos movimientos expuestos por dos maestros para quienes la edad no es distancia sino un plus de madurez que redunda en la calidad interpretativa, dejándonos por partida doble ese “Menuetto” exquisito bisado como propina. Mozart siempre nos transmitirá alegría y colocarlo entre Brahms predispone oído y sentimientos antes de un final realmente poderoso.

Porque la Sonata nº 3 en re menor, op. 108 (Brahms) fue la segunda joya musical del alemán afincado en Viena, como no podía ser menos, engarce técnico y expresivo de un diamante que brilló con luz propia y dispuesto a degustarse con pasión, disfrutando del entendimiento en estado puro entre el pianista catalán y el violinista andaluz para encajar tiempos y estilo en una ejecución desde la honestidad y el respeto por la partitura, unido a la musicalidad que ambos profesores atesoran. Si el lirismo y la fuerza marcaron el «Scherzo» que abría concierto, en la sonata de cierre fueron pasión y vehemencia, destacando especialmente el «Adagio» y el «Presto agitato» de auténtico encaje de bolillos, balances, diálogos, hondura y perfecta lección de cómo abordar una sonata a dúo, Josep y José María.

P. D.: Comentar que dejo este escrito nada más concluir mi crítica para LNE, limitada por el espacio, que no así en el blog, reorganizándola para no resultar idéntica además de sumar las posibilidades que da Internet de poder colocar enlaces a biografías, obras y fotos propias. La «subida» al blog queda programada para después de la prensa escrita.

Miércoles, 9 de mayo, 1:33.

Crítica aparecida en la edición de Oviedo el 11 de mayo de 2017:

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Magia y magnetismo

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Viernes 5 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes IV», Abono 12 OSPA, Ray Chen (violín), Víctor Pablo Pérez (director). Obras de Garay, Mendelsohn y Schumann.

Ramón Fernando de Garay y Álvarez (1761-1823) es un compositor avilesino contemporáneo de Mozart o Haydn, que terminaría afincado en Jaén donde fue Maestro de Capilla y sobre el que mi admirada María Sanhuesa Fonseca, autora de las notas al programa que dejo enlazadas en los autores, nos completó una enorme y documentada semblanza en su conferencia previa, equiparándolo a los grandes clásicos sin perder nunca el lenguaje español propio.
Emocionante el tributo a Don Raúl Arias del Valle (1927-2003), Canónigo archivero de la Catedral de Oviedo, descubridor de nuestro compositor, con quien la doctora Sanhuesa trabajó codo con codo durante siete años, y poco agradecimiento a ambos en esta tierra aquejada de un mal entendido y persistente «aldeanismo» donde creemos poco en lo nuestro.
La capital andaluza tiene a Garay como suyo, dando su nombre al conservatorio, lo que no es de extrañar, y un año 2011 que sirvió, dentro del 250 aniversario de su nacimiento, para dar a conocer un poco la trayectoria de un músico forjado a la sombra de Covadonga, que personalmente descubrí en la Semana de Música Religiosa de Avilés allá por 2010 gracias a José María Chema Martínez y la Orquesta Julián Orbón, cuya idea era programar las diez sinfonías de Garay, de las que pude escuchar tres (la décima, la octava y la novena), comentando que la Orquesta de Extremadura con José Luis Temes las llevó al disco con el patrocinio de la Fundación BBVA para el extinto sello «Diverdi», convirtiéndose en una reliquia quien haya podido adquirirlas, como también nos recordó María Sanhuesa.
Añadir la labor de otra avilesina, Mª Luz González Peña, quien desde su puesto de directora del CEDOA en la SGAE así como el ICCMU madrileño han hecho posible la edición del corpus sinfónico de Ramón de Garay, menos conocido que su obra religiosa. Citar finalmente a Paulino Capdepón Verdú por la edición de las sinfonías, y a Pedro Jiménez Cavallé, dos autores de los estudios más pormenorizados y actualizados del asturiano Garay.

La Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor (1817) para una plantilla casi camerística adaptada a lo que Garay tenía en Jaén, algo habitual en los compositores de entonces, mantiene los cuatro movimientos clásicos que Víctor Pablo Pérez en su regreso a la tierra que le vio crecer musicalmente (interesante su entrevista en OSPA TV), bordó con la formación asturiana, ideal en número, claridad, contrastes, dinámicas amplias y sonido perfecto para una obra madura que quedará registrada por Radio Clásica. Interesante el juego con los dos clarinetes y una cuerda aterciopelada que siempre mantuvo la limpieza expositiva y el impulso desde el podio atento al discurso clásico del avilesino. Recordar que el director burgalés afrontará en breve «Nueve novenas» en el Auditorio Nacional donde sonará esta de Garay.

El delirio, la magia y la música a raudales llegó de la mano del violinista Ray Chen (1989) con el Stradivarius «Joachim» para dejarnos un impactante Concierto para violín en mi menor, op. 64 (Mendelssohn), molto apasionado como el primer movimiento, lirismo puro en el segundo entroncado con la nota tenida del fagot para no romper la emoción, y «vivaz» el tercero lleno de momentos hipnóticos, cautivando al público enmudecido por el arte del taiwanés criado en Australia, pues sólo unos pocos alcanzan esa chispa, «pellizco» y comunicación total cuando hacen música como Ray, quien sintonizó desde su llegada a Asturias como podemos comprobar de nuevo en OSPA TV. Hacía mucho tiempo que no se alcanzaba el clímax en un auditorio que sigue preocupantemente desocupado, perdiendo espectadores aunque este viernes hubo mucha gente joven que sigue a Chen, un ídolo para estas nuevas generaciones de estudiantes. Escuchar su violín y la perfecta concertación de Víctor Pablo con la OSPA fue un privilegio que desató verdadera pasión. Todo un despliegue de buen gusto, sonido, música hecha desde el corazón y emociones a flor de piel.

Las dos propinas dignas de un virtuoso, el Capricho 21 de Paganini con un despliegue «diabólico» de técnica al servicio de la música, y la Gavotte de la «Partita nº 3» para violín solo de J. S. Bach plagada de sutilezas, delicadeza con fuerza para un sonido casi olvidado de violín que en las manos de Ray Chen lució como pocas. Aplausos llenos de fervor y asombro.

El programa de abono se titulaba «Orígenes IV» en el sentido de obras sinfónicas que no pueden faltar en los conciertos, y la Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120 (Schumann) es una de ellas. Una orquesta equilibrada en efectivos pudo sacar de «la cuarta» todo lo que la partitura encierra más allá de la nostalgia, puede que compartida en este viernes por muchos. Víctor Pablo apostó por el juego de dinámicas y tiempos respaldado por la efectividad y buen hacer de una formación que ha madurado como el director. La cuerda volvió a enamorarnos como suele ser habitual, con una madera que nos ha acostumbrado a un empaste y lirismo difícil en otras formaciones, y nuevamente los metales que califico habitualmente de orgánicos por las sonoridades desplegadas, especialmente en el último movimiento; incluso los timbales siguen mandando sin atronar, todo balanceado al detalle por las manos de un Víctor Pablo Pérez realmente dominador de la obra sabedor de la respuesta orquestal.

Orígenes para un repertorio romántico en el que siempre es difícil aportar cosas nuevas que este duodécimo de abono logró, el sinfonismo clásico de un asturiano, la magia y el magnetismo de Mendelssohn por un virtuoso como Ray Chen y «la cuarta de Schumann» cerrando un programa atractivo que encandiló a un público que salió del concierto feliz tras reencontrarnos con un Víctor Pablo en su madurez artística.

Me quedo con los comentarios finales a la salida, e incluso el secreto (o truco) del increíble sonido que tuvo el «Joachim» de Chen, detalles íntimos que si salen a la luz podré regocijarme de haberlos conocido de primera mano. Y por supuesto reflejar el entusiasmo contagioso de un Ray Chen que firmó discos, sacó fotos y rompió con los estereotipos del famoso, «sin corte» de agentes o representantes, un tipo cercano gozando de la ciudad, su gastronomía y la acogida que nuestros músicos le han dado, algo que no tiene precio porque recordará como todos nosotros mucho tiempo.

Se detuvo abril

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Domingo 30 de abril, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Piotr Beczala (tenor), Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de: Verdi, Massenet, Rossini, Donizetti, Bizet, Gounod y Puccini.

No se puede pedir más para terminar una semana grande de abril en Oviedo, «La Viena del Norte» que el debut en Asturias del mejor tenor del momento, el polaco Piotr Beczala que vino con lo mejor del repertorio operístico francés e italiano acompañado por la habitual orquesta del foso del Teatro Campoamor (qué bien hubiera estado tenerlo para celebrar los 125 años) con Conti en su progresiva despedida musical, y el Coro de la Ópera de Oviedo, un broche de oro para una programación digna de las grandes capitales culturales, y la asturiana es una de ellas aunque los gestores miopes sigan pensando que la cultura es otra cosa.

Verdadero festival operístico de arias y coros de ópera sin escatimar esfuerzos por parte de nadie desde la obertura de I vespri sicialini (Verdi) bien llevada por la OFil y Conti en planos y tiempos antes de la primera aria de Beczala, «Di’tu se fedele il flutto m’aspetta» de Un ballo in maschera, verdadera piedra de toque para casi todos los grandes tenores líricos de la historia, muchos de ellos pasando por el centenario coliseo carbayón, y el polaco pasando a engrosar la larga lista, en estado vocal y físico perfecto para cantar Riccardo, timbre hermosísimo, color homogéneo en todos los registros con un cuerpo de auténtico tenor, bien acompañado por una orquesta esta vez detrás, lo que no siempre tuvo en cuenta el director florentino que apenas se «apiadó» por mantener los matices escritos aunque siempre atento al polaco que sí lo cantó todo, graves poderosos, medios fuertes y agudos seguros con el exigente salto descendente de octava y media que casi nunca escuchamos, pese a estar en la partitura, bien acompañado por el coro ovetense en estado de gracia.

Comentábamos unos cuantos que peinamos canas al descanso que Alfredo Kraus será para muchos de nosotros el verdadero y genuino Werther de Massenet, casi el único, poniendo el listón tan alto que su referencia estará siempre presente «por los siglos de los siglos», sobre todo en Oviedo donde aún se le recuerda como si fuera ayer. «Pourquoi me réveiller» en la voz de Piotr Beczala alcanzó casi la esencia del canario, poderosamente lírico, línea de canto ideal, emisión perfecta y sobre todo emoción, levantando los primeros bravos de un público que no llenó el Auditorio, tal vez por el llamado «puente de Mayo» aunque no faltaron muchos habituales de la temporada ovetense, que seguramente estuvieron en el Liceu escuchando al polaco en este rol.

Las voces graves del coro de la ópera cantaron el conocido coro de aldeanos «Quel jour serein le ciel présage!» de Guillermo Tell (Rossini) porque en una gala lírica no podía faltar «el Cisne de Pesaro» aunando Italia y Francia, feliz interpretación y notándose ya la mano de Mitrevska en color, empaste y amplia gama de matices en todas las cuerdas.

Una de mis óperas preferidas, y puede que más escuchadas en vivo, es Lucia de Lammermoor (Donizetti) con representaciones históricas y varios Edgardo para el recuerdo (por supuesto Kraus a la cabeza) por lo que poder escuchar «Tombe degli avi miei» cantado por Beczala me emocionó particularmente, más al comprobar que pese a los aplausos y con los hombres del coro en pie todavía quedaba el suicidio, esa bella alma enamorada («Tu che a Dio spiegasti l’ali, O bell’alma innamorata…«) donde solo faltó Raimondo preguntando con voz de bajo profundo «Che facesti?» al desdichado, porque nuevamente quedó demostrado el escalafón tenoril con un Piotr poderoso e íntimo, cantando lo escrito desde la recreación del personaje a pesar de lo destemplada de una orquesta cuyos metales nunca fueron matizados desde el podio. Un placer este final de «mi Lucia» en la voz del tenor polaco.

Si la primera parte nos dejó boquiabiertos, quedaba la segunda nuevamente con lo mejor del repertorio francés e italiano. El Preludio del acto III de Carmen (Bizet) bien llevado por Conti que olvidó hacer saludar al arpa acompañante del solo de flauta a cargo de Mercedes Schmidt, dio paso a la conocidísima aria de la flor, «La fleur que tu m´avais jetée» que no puede cantarse mejor ni con más gusto, incluyendo el agudo pianísimo tan difícil y nuevamente con la orquesta algo «pasada de matices» que no taparon la emisión perfecta del polaco, con una cuerda aterciopelada en esta verdadera recreación de un Don José de referencia en este siglo.

Aún cercano el Fausto (Gounod) del Campoamor, volvimos a disfrutar con el coro de soldados («Gloire immortelle de nos ayeux») a cargo de las voces graves potentes, afinadas, de dicción perfecta y con la OFil sobre el escenario antes del aria «Salut Demeure chaste et pure» con un Beczala bordando el personaje en toda su expresión, poco ayudado por la orquesta, con unos agudos brillantes algo tapados, el registro medio redondeado y sobre todo una musicalidad que devuelve su Fausto al nivel de nuestro Kraus, algo de agradecer en tiempos de penurias tenoriles salvo contadas excepciones (cancelaciones aparte).

Teniendo un coro en escena no podía faltar «Va pensiero, sull’ale dorate» de Nabucco (Verdi) que las voces de nuestra temporada operística cantaron de memoria sentido y bien acompañadas de una OFil con Conti bien matizado como era de esperar en un canto que casi se convierte en el himno de los oprimidos a lo largo de una historia que seguimos escribiendo y coro popular nunca populista.

El fuego lo pondría Il Trovatore (Verdi) con la comprometida aria «Di quella pira» donde Manrico Beczala no pareció estar a gusto, con menos «fiato» del esperado aunque abordando todas las notas de la partitura y con poca mano izquierda de Conti que estuvo más pendiente de las entradas y el «tempo» que de los matices, a punto de quemarse en esta pira verdiana pese a un coro de hombres perfecto cantando «All’armi» como el tenor…

Pocas veces se puede escuchar en un recital «Nessun dorma» de Turandot (Puccini) completo, un lujo y verdadero placer en las voces de Piotr Beczala y el Coro de la Ópera de Oviedo ideal, perfecto cierre de un concierto para el recuerdo donde las propinas estuvieron a la altura del Calaf polaco.

Si en la primera parte se nos suicidaba Edgardo, Mario Cavaradossi antes de ser fusilado canta «adiós a la vida» en Tosca (Puccini), la conocida aria «E lucevan l’estelle» que el polaco cantó a gusto y con gusto, la OFil contenida para disfrutar del poderío y buen cantar de un tenor triunfador en Oviedo.

No estamos acostumbrados a la opereta aunque la conocemos y suele programarse en recitales. Beczala también tiene en los suyos a Lehár que no podía faltar (¡ay, me muero si llega a estar con la Netrebko!) y más teniendo al coro de hombres de la ópera de Oviedo, «Freunde, das Leben ist lebenswert» de Giuditta, más el extraordinario violín solista de Andrei Mijlin, matices impresionantes, juego con el «rubato» bien entendido por Conti, musicalidad a raudales y otro regalazo antes del «Core N’grato – Catari» (Salvatore Cardillo), nuevo recuerdo, legado o tributo a Kraus y la lírica de la canción popular napolitana (faltó la mandolina) bien interpretada por todos para una lección de buen gusto a cargo del mejor tenor actual sin lugar a dudas por lo escuchado en Oviedo deteniendo abril…

No solo París

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Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Relatos II»: Abono 11 OSPA, Antonio Galera (piano), Rubén Gimeno (director). Obras de Debussy, Falla, Milhaud y Stravinsky.

Israel López Estelche, autor de las notas al programa que dejo como siempre enlazadas en los autores al principio, nos hablaba en su conferencia previa al concierto lo bien que saben vender los franceses hasta lo que no es suyo, si bien debemos reconocerles sus múltiples aportaciones desde un chauvinismo reconocido que incluso parece darles el sello de calidad. Francia ha sido modelo a seguir podríamos decir que desde la Revolución Francesa, con un laicismo envidiable, tomando lo mejor de otros para terminar haciéndolo suyo, algo que los españoles deberíamos imitar perdiendo un complejo de inferioridad que nos ha lastrado siglos.

El undécimo programa de abono tenía como denominador común el París del cambio de siglo, los albores de las vanguardias con todo lo que supuso para la historia de la música en los cuatro compositores elegidos, y cómo hacer confluir todas las artes en la ciudad de la luz a la que acudieron como capital cultural del momento.

Debussy (1862-1918) creará un lenguaje basado en la antítesis, el amor-odio hacia lo germano (siempre Wagner en el punto de mira), un impresionismo que marcará un punto y aparte del que el empresario ruso Sergei Diaghilev beberá precisamente de los músicos «parisinos» de este concierto para sus famosos ballets rusos, devolviendo a Francia el esplendor de la danza. El Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) será una de las páginas rompedoras del fin de siglo con un Nijinsky en estado puro para bailar una obra de la que Mallarmé, en quien se basa, llegó a decir que “la música prolonga la emoción de mi poema y evoca la escena de manera más vívida que cualquier color”. Música y color «debussiano» bien entendido por Rubén Gimeno y la OSPA (entrevistado en OSPATV), con Peter Pearse en la flauta solista mientras sus compañeros pintaban esas brumas calurosas que invitan al sopor pero con la sonoridad adecuada para calentar motores ante un programa con mucho ritmo más allá de la danza, delicadeza llena de sutiles sonoridades.

Manuel de Falla (1876-1944), nuestro compositor más internacional, llegará a París en 1907 casi obligado no ya por su inconformismo y búsqueda de nuevos lenguajes sino también por la incomprensión y el maltrato de los críticos españoles, madrileños sobre todo, compatriotas que desde Napoleón siempre hemos visto a los ilustrados despectivamente, los «afrancesados» que como todo en la vida, no todo resulta malo. Musicalmente el gaditano necesitaba poner tierra por medio y cruzar los Pirineos para llevar lo español al país vecino que siempre admiraron nuestro exotismo de Despeñaperros para abajo. En París también contactaría con Diaghilev, a quien Falla ayudaría a engrandecer sus espectáculos, también con Debussy y Ravel, tan cercanos y presentes incluso como modelo para las Noches en los jardines de España (1909-1916) que contaron con Antonio Galera (entrevistado en OSPATV) de solista. La visión de Granada desde Francia con la óptica universal del español utilizando nuevos recursos, no el concierto para piano y orquesta sino más bien con ella, uniendo y entendiendo la sonoridad completa, el juego tímbrico y la mezcla de texturas partiendo de una combinación conocida pero cocinada desde la mal llamada modernidad. El director valenciano Rubén Gimeno es un gran concertador lo que se notó en los balances y adecuación con el piano de Galera, En el Generalife con virtuosismo del solista que encontró el acomodo ideal, casi suspensivo de la orquesta, sin excesos de presencias, dejando que lo escrito sonase. La Danza lejana aportó el ritmo y el empuje, la música de danza tan española y sin folclorismos, lo que será «marca Falla» o si se quiere ibérica (como también Albéniz), puede que poco presente en cuanto a volúmenes pero profunda en sentimiento, cante jondo en el piano respondido por la orquesta desde un rubato cómplice por parte de todos en un enfoque intimista del solista al que podríamos pedirle lo que los flamencos llaman «pellizco», antes de enlazar con En los jardines de la sierra de Córdoba donde la pasión la puso el valenciano Gimeno y la orquesta asturiana, explosión sonora para una de las páginas señeras del gaditano.

La propina mantuvo el intimismo, el piano interior y delicado como así entendió el pianista valenciano a nuestro Falla, con su Canción, marca propia inspiradora de generaciones posteriores.

La eclosión de la danza vendría en la segunda parte con los viajes de ida y vuelta, un francés tras pasar por Brasil y el ruso triunfador en París que influye igualmente en el primero. Darius Milhaud (1892-1946) compone su ballet El buey sobre el tejado, op. 58 (1919) tras su estancia brasileña en la que se empapará de los ritmos y cantos populares, bien descrito en las notas de López Estelche: «orquestación, sencilla y directa, con una influencia directa del music-hall, que busca, en este caso, huir de la complejidad textural de sus predecesores impresionistas. En lugar de ello, hace primar, de manera soberbia la rítmica sincopada que caracteriza la obra, y que la hace tan dinámica, divertida, pero exigente a la vez; aludiendo a la precisión como obligación, no como opción. Aquí se cumple la norma de la frase de Ravel “mi música se toca, no se interpreta”». Dificultades interpretativas que radican precisamente en los complejos cambios de ritmo donde la percusión manda pero que la orquesta al completo debe plegarse a la batuta para encajar esta locura de cambios continuos antes del rondó con el tema recurrente. Gimeno se mostró claro en el gesto para sacar lo mejor de esta obra de Milhaud agradecida, bien ejecutada por todas las secciones aunque pecando de ciertos excesos sonoros que empañaron la limpieza de líneas que en la politonalidad no tienen porqué solaparse, aunque en el entorno del concierto pudo parecer normal ante esa búsqueda de texturas y colores que sí se alcanzaron.

Y nuevamente nos encontramos este concierto con Diaghilev puesto que Igor Stravinsky (1882-1971) sería el verdadero revulsivo. De sus ballets escuchamos la revisión de 1919 de su suite El pájaro de fuego (1909-1910) en una interpretación compacta, potente, luminosa, rebosante y por momentos explosiva. Los cinco números no dieron momento para el solaz, ni siquiera la Canción de cuna, puesto que se mantuvo la tensión necesaria para mantener esa unidad desde la calidad que los músicos de la OSPA atesoran, en buen entendimiento con un Rubén Gimeno dejando fluir las melodías del ruso «rompedor» en su momento. Exotismo y orientalismo junto a lo más avanzado de la música francesa (siempre nos quedará París) y un virtuosismo orquestal de combinaciones inesperadas, rebosantes, colorísticas junto a ritmos vibrantes con la percusión protagonista, la cuerda sedosa y los metales quemando literalmente para dibujar musicalmente un cuento hecho orquesta. Perfecto colofón a una velada de danza con aromas franceses como elemento aglutinante de estos «relatos», el Finale (que también sonará en el próximo «Link Up» dentro de quince días con Carlos Garcés a la batuta) llevándonos este concierto a una verdadera fiesta musical de las que uno sale optimista y con ganas de vivir. Buena batuta para una orquesta madura que tiene en la música de ballet un referente.

Sigue la semana grande en Oviedo

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Jueves 27 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: IV Primavera Barroca. «Cantatas sacras y profanas«. Bejun Mehta (contratenor), Akademie für Alte Musik Berlin (AKAMUS).
Obras de: G. F. Händel, 
A. Vivaldi, J. S. Bach, Johann Christoff Bach, A. Caldara y Melchior Hoffmann.
Verdadera semana grande para la música en Oviedo, «la Viena del Norte«, con Pogorelich el pasado lunes y Piotr Beczala el domingo, más Bejun Mehta y la AKAMUS en medio dentro de una «Primavera Barroca» que llenó la sala de cámara en uno de los conciertos estrella en colaboración con el CNDM y en plena gira española que sigue teniendo la capital asturiana como para obligada. 

Tras el paso por Madrid y Barcelona llegaba el contratenor norteamericano con un programa de cantatas (tras la Rodelinda del Real) entre las que también disfrutamos de las intervenciones de la orquesta capitaneada este jueves por Ariadne Daskalis al concertino (distintos todos en cada concierto de la gira) y una Xenia Löffler de oboe solista casi tan protagonista como el propio Mehta, tras su reciente visita a los Conciertos del Auditorio, y sustituyendo a la inicialmente prevista (La Nuova Musica de David Bates) aunque los alemanes sigan siendo los mejores en estas músicas, lo que agradecimos tanto arropando al contratenor como en Vivaldi o Caldara. El Concierto para cuerdas en re menor, ‘Madrigalesco’, RV 129 (ca. 1720) sonó con la calidad y calidez esperadas de una formación «ad hoc» donde Kathrin Sutor (cello), Clemens Flick (clave y órgano positivo) y Daniele Caminiti (tiorba), sin olvidarme de Andrew Ackerman (contrabajo) reafirmaron el enorme trabajo en el continuo a lo largo del concierto, especialmente los dos primeros. La Sinfonía para cuerdas y continuo nº 12 en la menor de «La Passione di Gesù Cristo Signor Nostro» (1730) de Caldara remató la feliz intervención de esta orquesta que se amoldó estilísticamente desde el buen hacer solista, realmente de primera, al acompañamiento de un Mehta más centrado en Haendel que en Bach o Vivaldi.

Del alemán nacionalizado inglés fue el Siete rose rugiadose, Aria HWV 162 (1711/12) que le pilló un poco frío antes de la 
Cantata Mi palpita il cor, HWV 132c (ca.1709) donde pudimos disfrutar de ese timbre homogéneo con graves y medios cautivadores frente al agudo siempre con boca pequeña pero de excelente emisión y buen gusto, permitiéndose licencias como unos portamenti que en nuestra Europa más hecha al rigor no se le perdonarían. Pero Bejun Mehta cautiva y el público disfruta.
Distinto «mein Gott» Bach  del que nos dejó la cantata Ich habe genug, BWV 82 (1727) con Löffler de verdadera paternaire, la grandeza del cantor escribiendo esas melodías para el oboe que engrandecen las de la voz (aunque me quedo con las graves). Los recitativos de Mehta resultan «evangélicos», dramatizados en cuanto a lo que supone de representar, mientras las arias que rezuman «pasión» resultaron más inglesas que alemanas, supongo que por la empatía que supone cantar a Händel en un programa común. La espiritualidad pareció tenerla más el oboe que la voz aunque toda la belleza de este aria se visitó de gala con la AKAMUS aterciopelada, llena de color y con un continuo de lujo.

Tras el descanso «el tío» 
Johann Christoph Bach (1642-1703) con la Cantata (lamento) Ach dass ich wasser g’nug hätte zum weinen, nada que ver con «Mein Gott» pese al parentesco, pero buen acompañamiento y condimento del continuo siempre en su sitio, con un Flick inmenso en ornamentaciones ideales.

Del Prete rosso Mehta eligió la Cantata Pianti, sospiri e dimandar mercede, RV 676, que pareció operística en su interpretación e intención, lo profano descontextualizado y con todos los recursos barrocos de virtuosismo y agilidades desde un «fiato» eterno, por supuesto con la musicalidad y gusto que caracteriza a este contratenor considerado entre los mejores del momento, aunque resulta difícil aunar autores y estilos tan distintos pese a la cercanía cronológica.

Melchior Hoffmann (1679-1715) parece que compuso su Schlage doch, gewünschte Stunde, atribuida a J. S. Bach como BWV 53 aunque escuchándola con la perspectiva que dan los años no le recuerda en nada, más cercana al Sturm und Drang y a los preclásicos que al Kantor, tampoco es para lucimiento vocal aunque está bien escrita, y como decíamos hace años, la interpretación resultó aseada, con la oboísta en las dos campanas, una de ellas supongo que «confundida» en afinación.

Y de nuevo Haendel como plato fuerte de Bejun Mehta saltándose el previsto Concerto para oboe, cuerdas y continuo en sol menor, HWV 287 (1704/05) aunque Löffler mantuvo protagonismo tras su «intervención» como campanera, en I will magnify Thee, HWV 250b (1717/18), la verdadera salsa de todos con un Mehta gustándose y la AKAMUS perfecta en la verdadera vestimenta del inglés, de quien aún nos regaló la propina, originalmente en el avance de programa, el aria de la cantata dramática en un acto «The choice of Hercules» Yet can I hear that dulcet lay.

Supongo que a diferencia de Madrid o Barcelona, la sala de cámara del auditorio ovetense resultó ideal por la cercanía de estas músicas interpretadas por unos grandes que disfrutamos casi como en los salones aristocráticos, aunque mejor olvidar esta referencia no sea que algunos miopes también lo consideren elitista y nos sigan recortando un patrimonio que Oviedo no puede perder como tantos otros.

Iberni nos trajo a Pogorelich

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Lunes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», 25 años. Ivo Pogorelich (piano), Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich, Michael Guttman (director). Obras de Schumann y Mendelssohn.

Mis recuerdos este lunes primaveral me llevaron al Leipzig de Schumann y Mendelssohn pero también al Teatro Campoamor hace más de dos décadas, por los protagonistas, dos compositores y el pianista que en aquellos 90 rompía moldes, más allá de vestir zapatos de gamuza azul con un impecable frac: Pogorelich.

Arrancaban las Jornadas de Piano que ahora llevan el nombre de su impulsor, nuestro siempre recordado Luis Gracia Iberni, pasando por Oviedo lo mejor del panorama mundial en esta ciudad que no me canso de llamarla «La Viena del Norte», y por supuesto que nadie mejor para conmemorar el cierre de estas bodas de plata que con el retorno de «el bello Ivo«, siempre único, con partitura y pasahojas, sin propinas, porque los artistas son así, con un concierto cumbre acompañado por una orquesta a su medida y un director que como violinista sabe escuchar y mantener los balances adecuados.

El Concierto para piano en la menor, op. 54 (R. Schumann) es probablemente de lo más logrado del compositor romántico en cuanto al trabajo que le supuso y la prueba de amor de la que también se ha escrito: «El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira» y hay mucho amor en la versión que Pogorelich nos ofreció en perfecto entendimiento con un Guttman atento a cada inflexión del croata nacido en 1958 y nacionalizado ruso. Sus versiones no dejan indiferente a nadie y el arranque del Allegro affetuoso ya apuntó sus aportaciones, un verdadero juego con la agógica, sintiendo los tiempos desde el interior sabiéndose entendido desde el podio y con la orquesta muniquesa siempre arropando, escuchando cómplice, contestándose en el Intermezzo, pues el llamado «punto débil» de la obra achacable a su orquestación es precisamente lo contrario, admirable su perfecta claridad donde el cometido orquestal es apoyar la actuación del solista, lo que cumple perfectamente, más con un Guttman increíblemente preciso con esta orquesta casi camerística. Si el «rubato» tiene todo su sentido es en el Romanticismo, y el piano de Schumann en las manos de Pogorelich gana en la grandeza de los contrastes, rítmicos y dinámicos, fraseos nada habituales desde un sonido lo suficientemente claro sin necesidad de excesos, verdaderamente intimista. Schumann entendió este concierto en dos movimientos (Affetuoso allegro, más Andantino y Rondó) aunque figuren los tres, y así los plantearon estos intérpretes. Afectuoso por emotivo, recuerdos del pasado en una vida nada fácil de un pianista genial, como permutando destinatarias entre el compositor y su intérprete. Quedaba el movimiento ágil, vivo, siempre ensamblado con la orquesta salvo sus momentos de lucimiento más allá del virtuosismo, porque el fondo engrandece la forma, ese final emocionante al que la orquesta ayuda con una pulsión encajada desde la escucha mutua y el magisterio de Guttman. Recordaremos este concierto como muestra de amores musicales que dejan huella.

Tras Schumann otro romántico como Mendelssohn y su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa« para la misma plantilla, con maderas a dos, metales 2+4 (dos trompas más que en el concierto de piano) y timbales, sin olvidar que el total sobre el escenario eran 56 músicos pero con una cuerda perfectamente equilibrada (12-10-8-6-5) que le aporta los graves necesarios para conseguir esa redondez necesaria.

Tener un violinista en el podio creo que suma enteros para alcanzar los balances y el equilibrio de ambas partituras, y es que la Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich con Michael Guttman nos dejó una versión naturalista más allá de la ambientación o inspiración a la que se suele hacer referencia y que recogen las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) de la profesora Miriam Mancheño Delgado. Luces y sombras con dinámicas amplias, tiempos muy ajustados metronómicamente, calidad en cada sección desde la dirección poco ortodoxa a dos manos plenamente entendible, un Guttmann de apariencia ruda que sacó a los alemanes el sonido esperado y la respuesta a cada gesto. El juego de colores muy trabajado, sombras desde chelos y contrabajos empastados con unas trompas contenidas, luces de violines y violas junto a la madera ensamblada, cambios de paleta para los graves sólidos y limpios al menor gesto de manos y brazos desde el podio para exprimir la técnica necesaria del vivacissimo que desemboca en ese Allegro maestoso assai, fotografía sonora de un Mendelssohn inspirado que completó con Schumann este concierto romántico por excelencia desde la genialidad de Pogorelich, la precisión orquestal germana y el magisterio de un director violinista, concertador y conocedor de los entresijos que dotaron este recuerdo a Iberni con toda la calidad que él conocía y exigía.

Tenso, denso e intenso

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Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes III / Rusia Esencial II», Abono 10 OSPA, Juan Barahona (piano), David Lockington (director). Obras de Lockington, Prokofiev y Beethoven.
Tarde de reencuentros en el décimo de abono, el maestro Lockington (1956) que también debutaba como compositor, más el pianista «de casa» Juan Barahona en un programa que he querido titular ya en la propia entrada: tenso, denso e intenso por las obras escuchadas.

Ceremonial Fantasy Fanfare (2009) del propio David Lockington la presenta el maestro en OSPATV (que siempre nos prepara para el concierto desde ese canal en las redes a la medida de todos) y resultó ideal para abrir boca y oídos, preparación anímica y técnica con una orquesta exhuberante en los metales, aterciopelada en la madera, tensa en la cuerda y atenta en la percusión. Brevedad también en intensidades y una instrumentación buscando contrastes tímbricos muy del gusto norteamericano, «fanfarria» en el buen sentido que resume parte del equipaje que el británico ha ido llenando tras tantos años en los Estados Unidos, conocedor de los gustos de un público peculiar y mucho más que un apunte sinfónico de este músico integral con el que la OSPA siempre ha dado lo mejor de ella y volvieron a demostrarlo.

Ver crecer humana y artísticamente a Juan Andrés Barahona (1989) es uno de los placeres que te dan los años, disfrutar con este joven que vive por y para la música, genética con trabajo apasionado, siempre buscando retos y afrontando repertorios poco trillados pero muy exigentes. El Concierto para piano nº 2 en sol menor, op. 16 (1912-1913) de Sergei Prokofiev es un claro ejemplo, con una escritura rica en timbres donde el piano se suma al color ruso cuando no resulta protagonista absoluto. Densidad sonora, intensidades extremas, búsqueda de texturas, juegos rítmicos en un solista que se encuentra a gusto con este compositor muy especial en sus composiciones, no olvida la tradición y evoluciona con acento propio a lenguajes rompedores que prepararán una revolución en estos albores del siglo XX en todos los terrenos. Cuatro movimientos llenos de recovecos exigentes para solista y orquesta que requieren una concertación perfecta, algo que Lockington hace desde la aparente sencillez y el perfecto entendimiento con todos. Impresionante la búsqueda del color y el control total de las dinámicas, balance de secciones desde una mano izquierda atenta y la batuta precisa. Así de arropado pudo disfrutar Barahona de una interpretación preciosista en sonoridades, tenso en fuerza, denso en la expresión e intenso en entrega desde el Andantino inicial hasta el Finale: Allegro tempestoso, vibrante protagonismo y omnipresencia compartida en sonidos, contundente delicadeza desde una entrega total por parte de todos.

Sangre musical de ambos lados del Atlántico nada mejor que Alberto Ginastera y dos propinas de las Tres danzas Argentinas op. 2, primero la «Danza de la Moza Donosa», milonga de concierto en una delicada versión de filigrana y ritmo meloso acariciada más que bailada por los pies que barren más que arrastrarse en el baile, después la furia, el contraste vital, la explosión del guapango con las boleadoras de la «Danza del Gaucho Matrero», potencia y buen gusto aunados en el nacionalismo argentino como complemento al ruso de Prokofiev, dos mundos reunidos por un Barahona maduro que seguirá dándonos muchas alegrías.

En las temporadas orquestales no puede faltar una sinfonía de Beethoven, y a ser posible «La cuarta» que no es frecuente programarla en parte por estar «engullida» entre dos inmensidades. Pero la Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 (1806) podríamos disfrutarla más a menudo, clásica por herencia, rompedora por el Scherzo, sello propio que ya destila desde la oscuridad del Adagio inicial antes de atacar el Allegro vivace, y sobre todo verdadera prueba de fuego para los músicos. Lockington apostó por la intensidad y los tiempos contrastados sabedor que la OSPA responde, dejándola escucharse bajando los brazos, marcando lo justo y necesario, matices subyugantes y silencios saboreados. Cierto que no hubo toda la limpieza deseada en las cuerdas graves para ese final vertiginoso o que por momentos faltó algo de precisión entre las secciones para encajar milimétricamente las caídas, pero la interpretación alcanzó momentos de belleza únicos, especialmente en el clarinete que evocaba al mejor Mozart, pero sobre todo la sensación de homogeneidad en un color orquestal muy bien trabajado. Me quedo con el Scherzo – Allegro vivace por lo que supuso de feliz entendimiento entre Lockington y la OSPA, siempre un placer estos reencuentros desde esta «cuarta» no tan escuchada como deberíamos ni por el público ideal que este viernes no acudió como quisiéramos al Auditorio.

Perfeccionamiento y descubrimiento

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Martes 11 de abril, 20:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), Oviedo: La Castalia, Concierto de Clausura «Curso de Repertorio Vocal» con Manuel Burgueras (piano).

La Castalia retoma el ideal de la primitiva agrupación bajo la dirección de Begoña García-Tamargo que como profesora de canto mantiene estos cursos de repertorio vocal con un pianista como Manuel Burgueras de amplia experiencia y trayectoria en el mundo de la lírica, con cantantes de distintas procedencias conocedores de que la voz siempre hay que entrenarla, perfeccionarla y encontrar los repertorios ideales para ello. Con Begoña y Manuel saben que encontrarán el apoyo imprescindible en una carrera que nunca acaba, sea por afición o profesión, y estos cursos siempre finalizan con el concierto para el público. Tras algunas bajas y cambios en el programa que he intentado «arreglar» un poco más abajo para dejarlo en el orden que pudimos escuchar el público que abarrotó el RIDEA, incluso por los pasillos laterales tras hacer cola con más de media hora de antelación, me llevo distintas impresiones de los artistas que llevaron a la práctica las enseñanzas de sus maestros.

Sin entrar en muchos detalles quiero al menos destacar pequeños detalles y algún «descubrimiento», con intervenciones salteadas que completaron diecisiete números variados donde no faltó ópera, zarzuela o música religiosa en este Martes Santo, con el magisterio de un Burgueras que sigue siendo un maestro en el piano desde el rol conocido como «repertorista«, el apoyo necesario para todo cantante y pilar imprescindible de estos cursos.

Distintos niveles en las sopranos Canela García (con Mozart y Fauré) o Paula Lueje (Toldrá, R. Strauss, Massenet o Giménez), donde las tablas de la moscona se notan, quedándome con Madre, unos ojuelos vi pese a estar acostumbrados a las versiones de mezzo, como perfecta expresión del cantar diciendo que exigen estos lieder españoles así como continuar apostando por nuestra zarzuela con la difícil romanza Sierras de Granada de «La Tempranica» y a la primera que tendremos que seguir su evolución, apuntando maneras como suele decirse en estos casos.

Aún en formación el tenor Adrián Begega que apunta maneras, con un registro grave sin problemas pero debiendo trabajar más la afinación, con dos Schubert más el Beethoven en la línea del genuino lied alemán por color más apropiadas para barítono, y dicción, que el tiempo le dará aplomo y autoconfianza porque está en buenas manos.

Y quienes me leen conocen mi debilidad por la voz de mezzo, contando esta vez con dos: María Heres, feliz reencuentro con Gluck y Vivaldi pero también con el complicado Rossini de L’invito al que hemos escuchado en sopranos pero que la ovetense defendió con solvencia, y el saleroso Tango de la Menegilda, segura en todos los registros, buena técnica y la confianza que da una trayectoria donde cantar es su vida, lo que se nota en cuanto la escuchamos.

El «hallazgo» de la tarde fue la barcelonesa Anna Gomà, una profesional que ya pasase por Gijón y que este martes se erigió en la voz del recital desde sus dos primeras intervenciones (en tercer y cuarto lugar), primero con arias de ópera con Massenet, Va! Laisse couler mes larmes de «Werther«, y una Carmen de Bizet arrolladora en la «Canción Bohemia«, sentida, dramatizada, color vocal carnoso e  igualado en todos los registros; después romanzas de zarzuela en el decimocuarto número y cerrando el recital, nueva demostración de buen cantar y sentir, Cuando está tan hondo el querer de «El barquerillo» (Chapí) y un Qué te importa que no venga… de «Los claveles» (Serrano) que levantó literalmente al público de los asientos. Voces como la de esta mezzo catalana que acuden a estos cursos da idea de lo que se busca, mejorar y ampliar repertorios con los maestros, estando Oviedo en el mapa de muchas voces profesionales de toda España.

Para quienes quieren seguir aprendiendo saben que no hay vacaciones, lo mismo que para descubrir de primera mano figuras que en breve estarán en los mejores escenarios, y por el Palacio del Conde de Toreno había varios «cazatalentos» que no habrán desperdiciado la ocasión, como tampoco ninguno de estos alumnos que encuentran en La Castalia el apoyo necesario para darse a conocer un poco más mientras siguen formándose en una carrera que nunca termina.

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