Inicio

Pasión coral y muchos años de trabajo

Deja un comentario

Sábado 2 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Año Nuevo «El León de Oro». Entrada: 12 €.

No hay mejor forma de comenzar el año que con un concierto y además en el Auditorio de Oviedo con música coral a cargo de un proyecto que es una gozosa realidad tras 24 años de mucho trabajo, implicación y amor por la música, llamado «El León de Oro«, que comandan desde entonces Marco Antonio García de Paz y Elena Rosso Valiña, pasión coral que contagia, implicando a varias generaciones desde una cantera que no para de dar frutos, llevando la calidad por bandera más allá de nuestras fronteras.

El ambiente gélido del exterior, las medidas de seguridad, el aforo limitado, cantar con mascarillas y distancia con todo lo que supone, no son obstáculos para que los «leónigans» estuviésemos disfrutando de todos los coros luanquinos, desde Los Peques y Aurum hasta el gran LDO, con un programa variado, difícil, espectacular por momentos, manteniendo la línea que ha caracterizado este proyecto desde sus inicios y que sigue creciendo con la máxima belleza vocal en la búsqueda de la perfección, un ideal inalcanzable pero que siempre está al alcance de estos leones, leonas y cachorros con Marco y Elena generando ilusión, amor, exigencia y placer por el canto coral.

Los Peques del León de Oro son un placer visual y auditivo, ya sea cantando con el piano de Maite García Heres abriendo concierto con Whitacre y su The Seal Lullaby, como «a capella» el O nata Lux (Richard Ewer), mecernos con la tradicional A la nanita nana (en arreglo de Greg Gilpin) o la última de G. Gershwin con Óscar Camacho al piano y toda una coreografía para el movido Clap yo’hands, un derroche de buen hacer de Elena Rosso con estos peques de oro a los que da gusto escuchar, interpretar disciplinados, afinados, educados en el buen gusto y contagiando ese ímpetu que nos hace olvidar tragedias y sinsabores, metáfora vocal para un 2021 lleno de esperanza.

Aurum siguen brillando con luz dorada propia y rojo pasión, también con Elena al mando, esfuerzo enorme de ubicaciones, repertorio de memoria y sonido inigualable. Comenzar con Einförmig ist der Liebe Gram (Brahms) es todo un reto, colocadas en distintos círculos para inundar el auditorio de belleza coral con estas voces blancas increíbles en registros y dinámicas. El guipuzcoano Josu Elberdin es uno de los compositores de cabecera del LDO y su Salve Regina para Aurum un regalo en estas voces. Encontrar una formación que interprete las obras con esta calidad espolea a los grandes y Elberdin mantiene este idilio mutuo con este proyecto que todavía seguirá dándonos muchas alegrías.

Los nuevos repertorios hay que buscarlos, viajando, escuchando, estudiando… y con Camacho al piano afrontaron a Thomas Vulc con su O Sapientia, literal, un derroche de música coral más allá de las palabras, susurros, patadas acompasadas y una  originalidad vocal de dificultad máxima que Aurum y Elena disfrutaron compartiendo belleza actual, contemporánea, al igual que ese amor vocal de Elaine  Hagenberc, O love con el cello de Virginia Álvarez Fernández como una voz más, el piano de Óscar Camacho y el empaste impecable de estas voces femeninas para una belleza coral embriagadora, novedosa, arriesgada y largamente aplaudida. El trabajo de estas obras lleva muchas horas de ensayo detrás, pero merece la pena escuchar estos tesoros corales.

Aún quedaba concierto, aparente sencillez del grupo de voces blancas, Aurum con Los peques arropados por los «mayores» pertrechados de seis pares de «boomwhackers» (la didáctica musical bien entendida), el juego musical bien afinado, el piano de respaldo, las palmas acompasadas y el buen hacer de un compositor «rompedor» como Jim Papoulis (a quien me descubrió otro proyecto americano como LinkUp) con su Gnothi Safton, conjunción coral de nuestro tiempo, de la generación que viene con fuerza resucitando un mundo coral casi agonizantes que en Asturias mantiene este proyecto ejemplificador de cómo trabajar en actualizarse e implicar a la juventud en la música a partir de cantar todos juntos que siempre nos hará más fuertes. No hay desaliento sino pasión contagiosa para la que los conciertos, el contacto con el público y los aplausos sean el mejor premio, y se lo merecen además de ganárselos con creces este primer sábado del año.

No era de extrañar que antes del colofón tomase la palabra el presidente de SATEC, Luis Rodríguez-Ovejero, siempre apoyando la cultura y especialmente la música pese a que en nuestro país sigamos sin una Ley de Mecenazgo más necesaria que nunca en estos tiempos, agradecimiento mutuo porque hace falta más confianza en nuestra tierra y los valores que este león representa.

Ya en la recta final el LDO con Marco García de Paz nos volvieron a hacer olvidar que cantaban con mascarillas o que las medidas de prevención impedían jugar con la espacialidad habitual de sus actuaciones. Las obras elegidas a capella siguen siendo modélicas, el relevo vocal en sus cuerdas no se nota porque hay una «marca de león» que se transmite, una escucha recíproca para el empaste y afinación perfectas, la veteranía como pilar que pasa su legado vocal desde el conjunto.

Michael Praetorius con su villancico Est ist eine Ros entsprungen (en arreglo de J. Sändstrom) es un ejemplo, voces unidas, cuerdas equilibradas, dicción clara, y por supuesto siempre Pärt con el silencio expresivo, las medias voces y los delicados fuertes de agudos cristalinos de The Deer’s Cry o el Whitacre como amuleto dorado, su Child of Wonder con el piano delicado de Óscar, otra prueba de calidad y emoción con casi 40 voces unidas olvidando que las mascarillas apagan la emisión porque diría que hasta la embellece.

Para rematar el esloveno Andrej Makor (1987), otro «fichaje» en el repertorio coral de los leones, O lux beatas Trinitas, la música religiosa más allá de creencias, el latín eternamente cantado, armonizaciones brillantes que se hacen de oro en este coro inigualable, la búsqueda de obras exigentes y bellas, inasequibles al desaliento, viajeros defensores de la perfección inaccesible esperanzados en un camino en el que entregan su quehacer diario con pasión imperecedera.

Todos juntos nos regalarían el hermosísimo No hay tal andar, un villancico asturiano del gijonés Enrique Truán en versión de Albert Alcaraz (también con lazos de león) que debía sonar en esta bienvenida coral del año nuevo.

La pasión coral mantiene vivo el fuego, Marco y Elena siguen como desde sus inicios pero con la sabiduría y experiencia que da el paso de los años. Matrimonio y patrimonio coral asturiano y español, siempre internacionales.

Gracias de este «leónigan«.

Blando susurro navideño

1 comentario

Sábado 19 de diciembre, 19:00 horas. XXIII Festival de Música Antigua de Gijón, Centro de Cultura Antiguo Instituto: La Galanía, El blando susurro. Música sacra española e italiana del siglo XVII. Entrada: 3€ (agotadas en pocas horas).

Era en verano cuando el festival gijonés debería haberse celebrado, pero todos conocemos las causas de suspensiones y aplazamientos, recuperando por fin los conciertos en el Antiguo Instituto Jovellanos de Gijón con aforo reducido, medidas de seguridad y muchas ganas de disfrutar la música en vivo, público ansioso de barroco y renacimiento, el referente de estos repertorios desde hace ¡23 años! que «La Covid 19» no ha podido con él, transmitiéndose igualmente en «streaming» por el canal en YouTube© del Taller de Músicos que inaugurase mi siempre recordado René.

Tras la presentación de Eduardo G. Salueña y los agradecimientos a la Asociación Música Antigua, al Taller de Músicos, a la Fundación Municipal de Cultura y Universidad Popular que dirige Miguel Barrero y por supuesto al Ayuntamiento de Gijón representado por su alcaldesa Ana González como una melómana más disfrutando del recital, llegaba la pamplonica Raquel Andueza con La Galanía a la capital de la Costa Verde, tras disfrutarlos en Jaén (desde casa) con el Festival de Música en Segura, cambiando El baile perdido veraniego por unas nanas al Niño muy navideñas, recuperadas desde su escritura tras la ardua labor de investigación y actualización de las mismas, junto a piezas instrumentales de la misma época que demostraron no ya la calidad de los componentes (que dejo detallados al final), todos ellos de largo recorrido y experiencia en estos repertorios,  sino el acierto en la tímbrica buscada, arropando cálidos y ajustados ese canto natural, espontáneo, felizmente recuperado sin perder ni un ápice el color característico de la soprano navarra.

Como bien indicaban las notas al programa (disponibles en la web), «En el programa hemos intercalado la canción de cuna italiana, solos al nacimiento y al santísimo sacramento en castellano y la música instrumental, generalmente basada en bailes que también fueron cantados en su día«. En estas «especiales» nanas cantadas en italiano y español, Raquel Andueza articula como pocas haciendo del propio texto melodía pura, los octosílabos en ritmo ternario son delicatessen, voz revestida con acompañamientos cercanos, detallistas, bien con el arpa de dos órdenes o la tiorba, intervenciones virtuosas del violín y el siempre discreto pero necesario toque de la percusión, que nunca rompieron ese clima íntimo de las canciones de cuna al bambín Giesù o las jácaras finales tan españolas.

Comienzo con cinco preciosas canciones de cuna, arrulladas, resucitadas de las bibliotecas italianas y las españolas, de ricos textos siempre metafóricos con los «descansos» de la chacona, la folía o la pavana, bien engarzadas entre las nanas, todas con la misma musicalidad íntima junto al gozo «moreno y gitano».

Ambiente cálido, silencios respetuosos, aplausos sin prisa, dejando las notas finales en el aire. Disfrutando de la voz de Raquel Andueza con Jesús Fernández Baena compartiendo salón y susurrando, o el aria de bajo Dormi, o ninno (de Cristoforo Caresana) transportada para ella de belleza y delicadeza máxima con el excelso sonido de La Galanía.

La Galanía, esta vez sin guitarra barroca, volvió a coprotagonizar el recital con momentos de lucimiento de sus cuatro instrumentistas, especialmente el arpa de Vilas y el violín de Prieto, las cuerdas bien complementadas comandadas por Jesús más la percusión imprescindible de Mayoral, detallista hasta en las campanillas, todos manteniendo la línea argumental de estas músicas del XVII tan frescas y cercanas mimando la voz inimitable de la navarra, cerrando la velada a ritmo de jácara, el gran Sebastián Durón de Vaya pues, rompiendo el ayre, villancico navideño atemporal, inteligente y letra «ad hoc» para concluir: No chisten, callen, silencio, atención, aplauso

Y no podía faltar la propina esperada y encontrada del «picantón guineano» A la zambarambé, verano recuperado de baile tras un blando susurro.

La Galanía:

Raquel Andueza, voz – Pablo Prieto, violín – David Mayoral, percusión – Manuel Vilas, arpa de dos órdenes – Jesús Fernández Baena, tiorba.

Butterfly vive

4 comentarios

Viernes 18 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXXIII Temporada de Ópera de Oviedo. Madama Butterfly (Puccini).

Una noche para el recuerdo y la historia del templo operístico ovetense que cayó rendido ante la Butterfy de la asturiana Beatriz Díaz, la soprano que ha hecho suya a la gran Cio-Cio-San totalmente sublime, creciendo como su propio personaje y en un momento cumbre en su vocalidad.

Puccini es el compositor de las mujeres protagonistas, de las heroínas, y este rol no pudo encontrar mejor voz, mejor actriz y mayor entrega, sacrificio y trabajo que el de nuestra soprano, una cantante que ha luchado como el propio personaje, contra todo, con la esperanza de este debut que encumbra o hunde a quien lo escenifica. La evolución a lo largo de esta ópera, la transición de la joven Madama Butterfly a la madre adulta que se inmola como acto de amor y lealtad se reflejó de principio a fin, una evolución cantada y sentida que conmovió a un público entregado, respetuoso, en silencio, acongojado con el drama sobre el escenario tan bellamente escrito por el músico de Lucca. Beatriz Díaz es la soprano de Puccini y lo lleva demostrando hace muchos años, eligiendo el momento de cada personaje con la madurez de una carrera bien armada que con esta Butterfly ha vuelto a afianzarlo para quien quiera escucharla. Las lágrimas del público saltan cuando hay todo lo necesario para conmover y «La Díaz» volvió a hacerlo en una noche muy especial.

Espero no tengan que buscar sopranos de grandes titulares y buen marketing pero pequeña y corta implicación, de renombre y expectativas no siempre cumplidas, las tenemos en casa pero triunfando fuera. Tomemos nota este lujo para la ópera de Oviedo con este reparto de función única plenamente preparado para afrontar cualquier sustitución que en estas circunstancias tan especiales ha obligado a un esfuerzo titánico por mantener los títulos con todos los cambios imprevistos y la incertidumbre que no es buena consejera. La Butterfly del «Viernes de ópera» ha sido el mejor regalo navideño, único e irrepetible que unos pocos privilegiados hemos podido disfrutar, todo un homenaje a Puccini en la voz de Beatriz Díaz.

Imposible plasmar todo lo vivido y sentido, así que desde aquí solo me queda presumir de atesorarlo en mi memoria musical y afectiva, compartir tanto con tan poco como esta reseña aún con ese nudo en la garganta y la satisfacción de decir la consabida frase «¡Yo estuve ahí!».

Madama Butterfly cautiva desde el inicio, la Oviedo Filarmonía casi camerística y colocando parte de los efectivos en las bolsas laterales, con Óliver Díaz al frente siempre en ascenso y dominador de foso y escena. Asumieron todos el reto de pasar de Beethoven a Puccini con una profesionalidad encomiable, ilusión y muchas ganas de público con quien compartir. De hecho todo el equipo de la ópera está realizando un esfuerzo titánico para mantener viva esta llama lírica que amén de no defraudar ha puesto a la cultura segura como un ejemplo a seguir cuando las cosas se hacen bien y las autoridades lo permiten.

La escenografía de Joan Anton Rechi ayudó a crear el ambiente ideal para esta «tragedia japonesa» en el Nagasaki nuclear, sin perdernos nada de la esencia, con elegancia y subrayando un libreto que la música eleva al Nirvana dramático. La acción preparada y las voces del reparto mostrando sus credenciales, un Goro (Moisés Marín) convincente y el Pinkerton (Fabián Lara) que ya prometía una noche para el recuerdo. Suzuki (Nozomi Kato) en su papel y además japonesa, sería el vértice para dibujar el triángulo protagonista perfecto, si bien Sharpless (César Méndez Silvagnoli) apuntaba maneras y buen color pero su emisión corta oscureció un fulgor y elegancia vocal de todo el elenco.

La aparición del cortejo femenino con las mascarillas arropando a Cio-Cio-San elevó el nivel al primer escalón emocional y visual, elegancia total. Un gusto en el canto y los pianissimi de Butterfly perfectamente proyectados con la técnica necesaria y la calidad demostrada. El maestro Díaz tejiendo un sedoso shiromuku orquestal con igual pulcritud que el shironuri (el maquillaje blanco de las geishas), blancos refulgentes que la iluminación de Alberto Rodríguez subrayaría a lo largo del drama. Todo un crescendo de calidades, belleza contenida que iría desbordándose durante toda la función, la gestualidad, los diálogos, el coro (delicadísimo a bocca chiusa), el encuentro entre Pinkerton y Butterfly, dos voces para una misma emoción, la irrupción del El Bonzo (Fernando Latorre), acción trepidante sin tumultos, musicalidad a raudales.

Y la pareja enamorada y entregada, el único momento donde ambos interactúan porque Puccini escribe las emociones por separado. Lara Pinkerton convincente, poderoso, entregado, Díaz Butterfly arrebatadora con el esperado Un bel di vedremo que puso en pie al Campoamor porque no se puede hacer mejor, desde la «voz delgada cual hilo de humo» acompañada desde lejos (hay que leer a Stefano Russomano en el libreto) y la gradual ampliación sonora poniendo otro escalón en una cima de alturas musicales y sentimentales.

El efecto de la plataforma giratoria da la elipsis temporal, la orquesta de una sutileza deseada, Cio-Cio-San esperando tres años que cante el petirrojo, Suzuki desgarradoramente perfecta en su personaje, devoción, entrega y amor hecho canto con un impactante final de acto en todos los sentidos (que no quiero desvelar).

Devastadora escena entre escombros, ambiente incómodo y perturbador, la esperanza que nunca se pierde ni siquiera en los peores momentos, la aparición en escena del hijo (Rodrigo Méndez De la Fuente / Celia Gómez Arias) apabullante por su actuación madura, creíble, espontánea, engrandeciendo un acto lleno de dolor, espera y esperanza desde la atalaya con bandera americana hecha jirones, la actualidad que llega al corazón y siempre ¡LA VOZ! cual bálsamo emocional. Beatriz Díaz grande, evolución del personaje y de la cantante, poderosos graves, medios implacables e impecables, agudos sobrecogedores y sobre todo sus pianísimos que brillan y se escuchan en todos los rincones del teatro. La entrega de los sentimientos en cada nota, lágrimas no siempre contenidas en el público, flores invernales «sembrando otoño», Suzuki y Cio-Cio-San, dolor y amor, dualidad vital, final esperado, desesperado y deseado aunque de todos conocido. Goro, Pinkerton, Kate, las distancias infranqueables, el sacrificio y la muerte que trasciende para elevar triunfal esta Butterfly más viva que nunca.

Bocetos de Iberia

Deja un comentario

Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Luis Fernando Pérez (piano), Suite «Iberia» (Albéniz). Entrada butaca: 8 €.

El público necesita de la música en vivo como el aire que respira, aunque sea a través de una mascarilla, y la vuelta a ella nos resucita y reconforta un poco. También regresaron las Jornadas de Piano al auditorio con el madrileño Luis Fernando Pérez afrontando esa maratón del piano que es «la Iberia de Albéniz«. Casi dos horas y en el orden original del compositor campodroní para los cuatro cuadernos con una mínima pausa a la mitad y sin movernos de la butaca.

Es difícil aportar novedades, visiones, interpretaciones diferentes a esta biblia pianística también descrita por Enrique Franco como «el gran poema de la música española«, magna obra donde la docena de escenas pueden ser leídas o diría que pintadas en diferentes estilos y materiales: óleo, pastel, acuarela, plumilla, tinta china de colores, porqué no carboncillo, sanguina y hasta técnicas mixtas, puntos de vista del mismo paisaje con diferentes ópticas pero siempre reconociendo el objeto, el tema, el mensaje.

Personalmente no creo haber entendido «la Iberia de Luis Fernando Pérez«, un pianista al que admiro hace tiempo, sigo y aplaudo por el valor además de honestidad al regalarnos esta Iberia ovetense, por otra parte muy trabajada como atestiguan sus grabaciones y la edición digitalizada de la misma, pero desconozco si ha tenido una mala tarde o simplemente su acercamiento a las obras está muy alejado de mis referentes en vivo (de los vinilos y compactos daría para otra entrada).

Comprendo y hasta comparto que Iberia supone toda una vida y cada interpretación es siempre diferente, pues evoluciona y crece con el pianista, descubriendo nuevos detalles, sonoridades, pedales, articulaciones, discurso narrativo y todo lo que queramos añadir, mas en mi caso este concierto fueron doce apuntes o si se prefiere bocetos. Agrupando mis propias impresiones por los cuatro cuadernos paso a intentar describirlas:

I. EvocaciónEl PuertoEl Corpus en Sevilla. Flojo arranque, frío con «notas perdidas», pinceladas sin rumbo, no buscando nada concreto salvo el pedal uniendo los 3 paisajes, más bocetos que acuarelas de confusión sonora y fraseos personales que no me placen, con un Corpus extrañamente fraseado, sumando dinámicas bruscas y un rubato exagerado para mi gusto aunque le encuentre «unidad».

II. RondeñaAlmeríaTriana. Algo más centrado y concentrado en el trazo pero igual de confuso o difuso por momentos, con una agógica, una concepción del tempo con los silencios algo extraña desde el inicio del cuaderno. Desenfoques sonoros puede que buscados pero esa Almería desdibujada me llevó más al Cabo de Gata que a la Alcazaba, reflejos del Mediterráneo… incluso Triana sin Guadalquivir pareció un aguafuerte o incluso una plumilla con muchos grises que no son color sino dolor, borrones ágiles buscando un foco de atención que me despistó de la esencia.

III. El AlbaicínEl PoloLavapiés. La pausa no cambió mi perspectiva, las mismas sensaciones con unos caminos tortuosos donde el esfuerzo prima sobre el remanso, desenfoques y contrastes tan brutales que no me dejan delinear las formas. Trazo abrupto y sin finalizar, agilidades entrecortadas como un Lavapiés a trompicones cual camino empedrado además de empinado y líneas discontinuas que parecen traducir las pausas.

IV. MálagaJerezEritaña. Mismos gestos, ondulaciones sin punto de fuga, curvas sin horizonte y fatiga transmitida sin apenas bocanadas de aire, sobresaltos y decepción. Sensación de meterme en un callejón sin salida, bocetos sin terminar, aroma de manzanilla sin sabor en boca o firma ilegible.

Aplausos merecidos por el esfuerzo pero sinsabores personales que tras el titánico desgaste el madrileño aún nos regaló dos propinas: una «inédita» Yolanda popular de Colombia recordando a su amiga y colega Blanca Uribe, y una «Seguidilla murciana».

El norte cálido y musical

4 comentarios

Viernes 11 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda VI: Ellinor D’Melon (violín), OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Chaikovski y Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Retomamos la «anormalidad» tras otro cierre imprevisto, y la vuelta al auditorio con aforo reducido más todas las medidas de prevención e higiene en estos tiempos que lo han cambiado todo menos las ganas de música en vivo. Un poco hartos de la incertidumbre, del vivir al día pero también de conciertos en streaming que nos ayudan a «conectar sin desconectar» y mantener una esperanza que nunca se pierde.

Mis sinceras felicitaciones y gratitud a la OSPA por el esfuerzo en mantenernos con hambre de directo, y tras la pasada semana donde la pantalla seguía delante de nuestros ojos con un programa impresionante (Concierto de piano de Gershwin con la francesa Lise de la Salle y la Séptima del «Beethoven 250») volvía el maestro santanderino al frente de la formación asturiana con otro programa para disfrutar, músicas de la gélida Rusia, Tchaikovsky y Sibelius (desde el Gran Ducado de Finlandia dependiente del Imperio Ruso por entonces) escritas lejos del mundanal bullicio que nos dejaron la calidez de unas obras para un público fiel y expectante por volver a la butaca «de verdad», a paladear el sonido analógico y real que la era digital no conseguirá nunca.

Se presentaba la joven violinista jamaicana de origen cubano Ellinor D’Melon (2000) nada menos que con el Concierto para violín op. 35 (1878) de Tchaikovsky donde primó el virtuosismo del sonido desde una técnica depurada, la música sentida y detallada de rubato plenamente romántico y contenido perfectamente entendido por Martín -que ya la ha dirigido en Gävle (Suecia) y Barcelona precisamente con este concierto– con una OSPA atenta, escuchándose, conectando, disfrutando, como si el público enviase esa sensación de confort cercano.

Tiempo ajustado sin excesos en el Allegro Moderato inicial con una orquesta rotunda y delicada arropándola, una cadenza de seda con ese sonido único del Guadagnini de 1743 (amablemente prestado por un donante anónimo de Londres) y de una agógica impactante antes de la entrada orquestal encajada con la maestría del buen concertador que es el director santanderino, ese movimiento «redondo» del ruso de orquestación brillante; segundo movimiento Canzonetta andante para seguir apostando por el terciopelo, sonidos contagiosos de texturas cuidadas tanto en la violinista como en los primeros atriles sinfónicos, maderas empastadas creando atmósferas cálidas y juegos delicados dialogados con sentimiento sonoro de la jamaicana envuelta en el halo de la cuerda hoy comandada por la concertino invitada Elena Rey, todo bien sacado a la luz con el gesto claro de Jaime Martín, esos aires quasi zíngaros y vitalistas de un tejedor detallista que no deja nada al azar permitiendo disfrutar a todos, sonsacando unos graves necesarios antes del vibrante Allegro vivacissimo final, más complicidades y ajustes perfectamente encajados, el ritmo contagioso con el balance siempre ideal entre solista y orquesta, el sonido que todo lo envuelve, el juego musical y virtuoso donde la interpretación toma sentido en este único concierto de violín de Tchaikovsky que Ellinor entiende con personalidad y Martín ayudó a redondear con la calidad que no se ha perdido. Bravo.

Y sin apenas descanso llegaría Sibelius, porque «no hay quinta mala» como digo siempre, la sinfonía estrenada hace ahora 105 años, y que menos alegrías dio al finlandés, llegando a rehacerla hasta tres veces sin renunciar a ninguna de ellas, pero al que, como a Mahler, le llegó su tiempo. La Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 resulta compleja en su concepción e interpretación. Tres movimientos que exigen de la orquesta un empaste especial y unas dinámicas exigentes para no desencajar nada, una cuerda tersa de sonido intenso, unos metales orgánicos en cuanto a presencia y homogeneidad, la madera creando un color único sin perder presencias solistas, más unos timbales que deben dominar sin atronar. Todo funcionó a la perfección nuevamente con el buen hacer del maestro Martín, mano derecha clara y precisa, mano izquierda atenta y rigurosa, gestualidad global para las dinámicas pese a que la mascarilla prive de mejor comunicación pero que el trabajo continuado logra sobrepasar.

El compositor nórdico no contempla su obra como un simple desafío técnico sino como un proceso de sensaciones e intuiciones. El primer movimiento, Tempo molto moderato – Allegro
moderato – Presto
, un ente propio dentro de la globalidad, de nuevo la búsqueda del sonido cálido contrastado con esa inestabilidad emocional que la partitura refleja, el paisaje gélido y tensiones que fluyen cual viento del norte, empujado por esos golpes percusivos que animan el ritmo cardiaco antes del concluyente final. Tras la tormenta llega la calma, el Andante mosso, quasi allegretto para disfrutar con todo el viento, especialmente la flauta  acunada por los violines en pizzicati, el reposo como de lago congelado en un día nítido, luminoso, el equilibrio bien balanceado desde el podio, dibujos en el aire para este movimiento plácido que en su final comienza a inquietarnos, agógica y dinámica perfectamente equilibradas antes de desembocar tras la modulación en el  Allegro molto – Misterioso, cuerda ágil y limpia, impetuosamente rítmica mientras el resto envuelve de «misterio» un relato sinfónico magistral con ese final único y genial: seis acordes separados por los silencios que resonaron en la gran sala del auditorio ovetense huérfano y entregado.

El propio Sibelius escribiría el 26 de enero siguiente: «una vez más trabajando en la Sinfonía 5. Batallando con Dios. Quiero darle a mi sinfonía una forma diferente, más humana. Más terrenal, más vibrante — el problema es que yo mismo he cambiado mientras trabajaba en ella«. Todos hemos cambiado, más humanos y terrenales pero también hemos vibrado con esta quinta donde Jaime Martín y la OSPA lograron de nuevo el milagro único de la música en directo, sensaciones compartidas, gratitud mutua y esperanza en esta «anormalidad» con la que tendremos que convivir. De nuevo el público sigue dando ejemplo y demostrando que la cultura es segura.

Lo antiguo es contemporáneo

1 comentario

Domingo 25 de octubre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Semana del Audiovisual Contemporáneo de Oviedo (SACO). Proyección de La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Theodor Dreyer. Música en vivo: Forma Antiqva. Entrada gratuita con invitación.

Crítica para La Nueva España del martes 27 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos de internet y propias más tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

El cine mudo siempre tuvo banda sonora en vivo, incluso con partituras escritas ad hoc, dependiendo de la formación que pusiese la música. Hace unos años, en 1987, el grupo catalán Pegasus, un cuarteto de grandes intérpretes (Arisa, Escoté, Kiftlus y Sunyer), hizo lo propio para la película Berlín, sinfonía de una gran ciudad (1927) de Walter Ruttmann, con una banda sonora original en clave de jazz-fussion interpretada en directo (que retomarían hace nueve años), como harían también pianistas, grupos de cámara y orquestas sinfónicas que en Asturias hemos podido disfrutar varias veces. Este ciclo recupera una serie de películas agrupadas con el título “Cine Conciertos”, manteniendo la música en vivo desde distintas e interesantes propuestas instrumentales.

Todos sabemos que el barroco y el jazz tienen muchas cosas en común, por lo que este nuevo proyecto de Forma Antiqva para la película francesa elegida no podía sorprenderme, de nuevo con ideas sugerentes y llenos de buena música del barroco con un cuarteto para la ocasión: flauta (Guillermo Peñalver), violín (Jorge Jiménez), tiorba (Pablo Zapico) y clave (Aarón Zapico). En las obras elegidas por los asturianos no se busca recrear la época de Juana de Arco ni tampoco la de la propia película, sino enriquecer las imágenes y subrayarlas, el complemento perfecto y lógico más allá del estilo. La acción dramática que es representación, a fin de cuentas, con toda la expresividad tanto fotográfica como narrativa, fusión mágica de los temas de Forma Antiqva con las imágenes de Dreyer que muestra la atemporalidad universal del cine y de la música. La Pasión de Juana de Arco es una de las más grandes muestras del poder expresivo del rostro humano y la música barroca de los sentimientos. Si Dreyer consigue con la concatenación de primeros planos transmitir las sensaciones que sentía la protagonista y conmover sin dar nada más a que agarrarnos, la música da ese plus. Cada personaje impresiona por su gestualidad, la fuerza expresiva está cuidada al detalle, por lo que la película tiene una pureza especial que las obras musicales elegidas y su colocación en el discurso narrativo ayudan a redondear la fuerza de la imagen.

No era necesario llenarlo todo de música, los silencios también son dramáticos y los primeros planos de Juana (Maria Falconetti) conmovedores, puro arte cinematográfico e interpretativo unido a una dirección mágica. Bien elegidas y colocadas las intervenciones instrumentales en solitario de cada uno de los cuatro integrantes de Forma Antiqva junto a escenas donde los gritos son silenciosos, agrandando el dolor. Dúos de tiorba y flauta subrayando la injusticia, tutti indiferentemente menores o mayores que son pura teoría de los afectos musicales, narrativa visual y musical con un trasfondo religioso sin caer en él.

A lo largo de hora y media larga, un auditorio con muy buena entrada, pese a todas las circunstancias actuales, pudo disfrutar de las imágenes poderosas, diríamos que barrocas por los claroscuros, y la fuerza afectiva enriquecida por la música. La Francia e Inglaterra del XVII con su banda sonora fueron pinceladas y nunca brochazos, podrían haber sido alemanas, pero la opción geográfica estuvo bien resuelta: las líneas bien trazadas con la música de Locke, Lawes, Gibbons o Henry Purcell dentro de los británicos, al lado de los Lully, Couperin o Froberger entre otros, el repertorio donde transitan habitualmente los asturianos se fue adaptando a cada fotograma, a cada escena, como si de una representación teatral se tratase. Ahí se percibe el análisis exhaustivo de cada imagen exprimida hasta la raíz de su afecto o emoción como el propio Aarón Zapico, director de la formación, explica en las notas sobre este nuevo proyecto. Obertura instrumental sin imágenes, intervenciones en combinaciones matemáticamente calculadas, dúos, cuarteto, tríos y solos, fugas ejecutadas con primor, silencios sobrecogedores y un final de película.

El cine sin música no sería séptimo arte, unión perfecta de imagen y sonido, fotografías en blanco y negro coloreadas con la música en acción, cine y más cine, “que todo en la vida es cine y los sueños cine son” como cantaba Luis Eduardo Aute en 1984. Lo actual no es antiguo, lo antiguo es contemporáneo.

La música une los mundos

2 comentarios

Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, inauguración de la temporada Los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Ingela Brimberg (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jorge Muñiz, Richard Strauss y Antonín Dvořák. Entrada butaca: 18€.

Con la capital del Principado «cerrada por alerta» ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.

El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa «ciudad de los santos» de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.

Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.

Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.

La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca «sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas«. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. «Primavera» (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. «Septiembre» sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. «Al irme a dormir» (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, «En el ocaso» (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable «la Brimberg» y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.

Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88 de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.

El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la «nueva anormalidad» que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la «marcha oriental» contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.

No nos olvidemos de Beethoven

1 comentario

Viernes 23 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: SERONDA III, OSPA, Jesús Reina (violín), Josep Caballé Domenech (director). Obras de Beethoven y Brahms. Butaca de anfiteatro: 10€.

Cada día es un triunfo y para los conciertos una batalla ganada cumpliendo estrictamente con todas las normas. El tercero de este «no abono otoñal» con entradas sueltas porque no se sabe qué pasará mañana, ya comenzó con bajas obligadas por el Covid, primero el maestro Ion Marin y después la violinista Esther Yoo, pero raudos gestores y agencias encontrarían nueva batuta y solista para un programa que se mantuvo con dos de las llamadas tres Bs (Bach, Beethoven y Brahms) porque no debemos olvidarnos que este aciago 2020 celebramos los 250 años del maestro de Bonn, «el sordo genial», y el repertorio clásico no puede ni debe faltar en estos reencuentros sinfónicos que son verdaderos oasis de placer en tiempos convulsos, soportando todas las restricciones que nos pongan pero manteniendo esta terapia que para muchos no es solo necesaria sino obligada.

Como recuerda la propia orquesta,»Caballé Domenech tenía previsto dirigir a la OSPA en el último concierto de abono de la temporada 19/20, pero la pandemia global causada por la COVID-19 hizo que la orquesta tuviera que cancelar toda la temporada y conciertos extraordinarios desde marzo a junio». Y como violín solista Jesús Reina (al que deberíamos nombrar «asturiano del mes» por muchas razones, y aprovechando su presencia en nuestra tierra desde el homenaje a Williams pasando por las sociedades filarmónicas ovetense y gijonesa, aunque no pude escucharle en ninguno, con este Beethoven me resarcía y volvería a deleitarnos con su magisterio. Si Esther Yoo «es una joven violinista estadounidense-coreana aclamada por su «tono oscuro y aristocrático» (Gramophone Magazine) y por «su elegancia equilibrada» (The Herald) como también reza en su agencia, Jesús Reina es un joven español descrito como un violinista con un “bello sonido caracterizado por una verdadera musicalidad, temperamento y carisma” (El País) en la propia. Ya va siendo hora que reconozcamos el talento de casa, no hace falta buscar fuera y en estos tiempos más que nunca debemos apoyar a nuestros músicos.

Al menos la OSPA suma y sigue y «el sordo genial» (con permiso de Goya y su otra Quinta) escribió este Concierto para violín en re mayor, op. 61 que colmó las expectativas de todos. El sonido de Reina es claro, nítido, penetrante, lleno de matices y haciéndose escuchar por todos, respeto y admiración repartidas, con buena comunicación y entendimiento con el maestro Caballé. Esta página de Beethoven ya marca un idioma propio, personal y único en su construcción donde el violín podría ser sustituido por el piano o el cello manteniendo esa sonoridad sinfónica, pero sólo nos legó esta joya. Los tres movimientos mantienen una unidad melódica que apreciamos en las cadencias, y personalmente la del primer movimiento me pareció interesantísima (desconozco la autoría) por virtuosa, ceñida a los temas y con un magisterio del violinista malagueño que nos dejó saborear cada nota con él. Si Allegro non troppo sonó en conjunto potente y equilibrado, el Larghetto (como casi todos los movimientos lentos) resultó cautivador, saboreando esta redescubierta acústica distinta del auditorio donde cada detalle es irrepetible, y no digamos el brillante Rondo: Allegro donde el juego dialogante entre la excelencia del fagot valenciano y el violín «regente» además de bellísimo demostró un encaje perfecto y unas dinámicas grandes, el empuje vital y alegre, pastoral y casi de «romería clásica» con el idioma inigualable de Beethoven, la calidez de Reina y una batuta atenta que nos brindaron este concierto para violín único en el amplio sentido de la palabra.

Merecidos aplausos y sorpresa saliendo de nuevo Jesús Reina con unas variaciones sobre la popular canción gitana rusa Dos guitarras que sorprendió por todo, especialmente por un uso mágico del pizzicato evocando balalaikas o mandolinas virtuosísticas, juegos de arco y dedos vertiginosos que impresionaron a un auditorio hambriento de la música viva, en directo, irrepetible.Y como si leyese mi mente, en este concierto sólo faltaba la B del «Dios Bach» del que Reina nos regaló la «Chacona» de la Partita nº2 en re menor, BWV 1004, perfecta de principio a fin, sonido, ejecución y entrega. Aquí podría haber terminado el concierto en todo lo alto aunque quedase la tercera B.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 de Brahms es perfecta compañera de viaje en un concierto con «el ídolo de Bonn» y es frecuente programarlas emparejadas (aún recuerdo las dos primeras de mi tocayo en Barcelona), pero la plantilla aumenta, las exigencias también y esta cuarta pide mucho para redondear y alcanzar el nivel esperado. Caballé hizo un trabajo esdrújulo de dinámicas y agógicas, con el rubato bien entendido como extra de expresividad junto a silencios para degustar en una OSPA (hoy con el bilbaino Xabier de Felipe de concertino invitado) que enseña músculo en este repertorio para lucimiento de cada sección. Pero aparecieron «agujetas» y faltó serenidad, mano izquierda y contención en las secciones que se lucieron por cuenta propia. Si el Allegro non troppo olvidó el calificativo aunque puso toda la carne en el asador, al menos en el Andante moderato sí se mantuvo cierta moderación. Pero llegado el Allegro giocoso el sonido resultó “atropellado” en vez de jocoso, desequilibrado por un balance demasiado homogéneo en los ff  y más brillante (que no delicado de presencia) en los pp, como volvió a suceder en el Allegro energico e passionato pese al esfuerzo de unos contrabajos descompensados en número y volumen. Puede ser que las versiones de bolsillo en el atril sean demasiado pequeñas a la vista aunque útiles como recordatorio, pero esta «cuarta» quedó desmerecida, el hamburgués no llenó y ¨C50C volvió a triunfar.

Mientras tanto, a esperar que esta Seronda astur no se pare porque las noticias son poco halagüeñas y seguramente la música en vivo vuelva a ser la gran perjudicada. Seguiremos apoyando nuestra OSPA y defender a Oviedo como la Viena del norte español, recordando que la cultura es segura.

Bendita locura de música

1 comentario

Domingo 11 de octubre, 20:00 horas. Fundación Princesa de Asturias, Semana de los premios: Fábrica de Armas de La Vega, Oviedo: Isla Locura, música en torno a Cervantes y Shakespeare. Pablo García López (tenor), Forma Antiqva, Aarón Zapico (clave y dirección). Entrada: gratis con invitación (agotadas en cinco minutos).

Tarde de domingo con recuerdos en un entorno donde mi abuelo moscón Pachu del Campo trabajó muchos años, y segundo concierto de día tras el matutino de la Banda Sinfónica del Ateneo de Mieres que tengo el honor de presidir, en el día del cumpleaños de Morricone a quien ya homenajeásemos el año pasado, por lo que este le correspondía a John Williams, ambos premiados con el Premio de las Artes. La Fundación Princesa de Asturias organiza en este recuperado espacio multitud de conciertos y eventos en torno a sus premios internacionales y la «Isla Locura» sería el perfecto colofón a un 11 de octubre que tendrá mucho para rememorar (la vuelta del Ateneo tras el 8 de marzo, ganaba Nadal su 13º Roland Garros y «el mi Oviedín» al eterno rival para terminar inmejorablemente este día de La Anormalidad ya asentada).

Sobre el montaje «Isla Locura» la propia Fundación lo describe así: «Este espectáculo poético-musical dirigido por Aarón Zapico, pretende simbolizar el hermanamiento de dos grandes tradiciones literarias, la castellana y la anglosajona, representadas en los escritores más importantes de la literatura universal«. Forma Antiqva tiene la virtud de apostar por formatos siempre novedosos, adoptando las mejores formaciones para ellos y nuevamente acertando de lleno con la elección del tenor cordobés Pablo García López para encarnar un particular Alonso Quijano en sillón con lámpara de mesa, rodeado de textos y libros, Cervantes y Shakespeare, declamaciones y canciones en un alarde escénico donde los cinco músicos le arroparon junto a luces bien buscadas y complicidades desde antes del comienzo en un repertorio donde los asturianos siguen siendo un referente (dejo algunas fotos de la FPA en Twitter© que reflejan mejor la lograda escenografía que desde mi posición lateral).

La luz tenue del taller con humo cual neblina onírica más los músicos adormecidos mientras de fondo sonaba una tormenta grabada ya nos preparaba para un inicio sorprendente: Lixsania Fernández con su viola de gamba cantando Yo soy la locura, la llegada a esta isla musical de la mano de una artista completa, despertándonos de un sueño que iría tomando forma.

Declamaciones algo más difíciles de captar por la acústica de esta nave con Pablo García López antes de su primera intervención cantada: el anónimo barroco Tanta copia de hermosura, con instrumentistas y voz perfectamente acoplados, la guitarra del «otro Pablo» arropando, acunando y dramatizando cada sílaba de su tocayo, el texto magnificado por la música.

Acción  y reacción, textos declamados y cantados, la unión perfecta más que la música complementaria, de España a Gran Bretaña con los aires más irlandeses de la «hermana isla asturiana», Drive the cold winter away, el frío viento invernal con el violín «folk» de Jorge Jiménez y las pinceladas del maestro de la percusión Pedro Estevan, un «fichaje de champions» para la formación asturiana en un aire de pub desde este peculiar salón desarmado, que no desalmado.

Certera alternancia vocal e instrumental de un quinteto de lujo con declamación del «loco Pablo», tarareo del shakesperiano O Mistress Mine doblado y plegado a un amor de barroco soñado, teatralizado y huanizado. Búsqueda de textos musicados, lírica en estado original, música inspirada en la literatura, la común y natural unión artística que en este espectáculo se dan la mano.

Aún con la neblina asturbritánica en el aire y tormentas instrumentales, los contrastes brillantes «marca de la casa» nos llevarían a escuchar la bellísima y animada The Virgin Queen – Bobbing Joe de John Playford, virtuosismo en la tecla de Aarón, en el violín casi whistle y más fiddle que nunca de Jorge, los rasgueos de Pablo empujando y reforzando el ritmo discreto y necesario de Pedro que haría de campanero para la siguiente declamación, con el tenor sentado al borde del escenario, la renacentista Al alva venid del Cancionero de Palacio, la profesionalidad de proyectar la voz en todas las direcciones para degustar estas melodías que impregnaron el aire frío que se olvidó con la calidez y calidad alrededor de una imaginada pinta de buena cerveza.

Forma Antiqva ofreciendo una glossa instrumental de Diego Ortiz, siempre alternando recuperar repertorio ya trabajado con descubrimientos y novedades que mantienen ilusiones junto al estudio incansable. Unión de tradición y modernidad, apuesta por una hibridación o mestizaje capaz de servir igualmente para interactuar con la palabra, declamada dramaturgia mandando la música, dinámicas «en forma» con juegos agógicos subrayando los textos.

Más aires británicos emparejados con los hispanos, el gran Purcell de If music be the food of love, el Shakespeare contado, realmente la música alimento del amor, canto declamado o declamación cantada, duelo literario con instrumentos reforzando el color vocal del tenor cordobés, ideal en este repertorio, ambientación aún más tierna desde su actitud pensativa antes de la conocida canción inglesa Greensleeves que los músicos enlazarían con el Nobody’s Jig, el Playford que supo aunar tradición con nuevos alardes virtuosísticos, folclore hecho música de salón en tiempos de oro, los universales Shakespeare y Cervantes en esta «Isla Locura».

En el final la declamación de «Pablo Quijano» jugando con unas dinámicas y contestaciones de cada uno de los músicos: «¿Quién mejorará mi suerte? ¡La muerte! Y el bien de amor ¿quién le alcanza? ¡Mudanza! Y sus males ¿quién los cura? ¡Locura! De ese modo no es cordura querer curar la pasión, cuando los remedios son muerte, mudanza y locura«. Cervantes universal, único, quijotesco como todos nosotros, auténtica cordura loca con Un sarao de la chacona de Juan Arañés, «A la vida vidita bona«:

Un sarao de la chacona
se hizo el mes de las rosas,
hubo millares de cosas y la fama lo pregona:
A la vida, vidita bona,
vida, vámonos a chacona

Fin de fiesta con los ritornelli cantados por todos los músicos, ritmo contagioso, alegría de vivir, bendita locura en esta isla musical con millares de cosas. Gracias por compartir momentos irrepetibles.

Forma Antiqva: Pablo García López, tenor – Jorge Jiménez, violín – Lixsania Fernández, viola da gamba – Pedro Estevan, percusiones – Pablo Zapico, guitarra barroca – Aarón Zapico, clave y dirección.

Viajes bálsamicos con la música

1 comentario

Viernes 9 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda II, OSPA, Cristina Montes Mateo (arpa), Miguel Romea (director). Obras de Montsalvatge y Bizet. Entrada anfiteatro: 10 €.

Poco a poco recuperamos la vida musical aún sin saber qué sucederá mañana, acostumbrándonos a protocolos de seguridad, higiene, entradas y salidas a los recintos cual evacuaciones entrenadas tantos años con mi alumnado, programas y entradas por internet (no siempre individuales aunque finalmente la conseguí), la incertidumbre sin abonos, programaciones casi en el aire pero el bálsamo musical que supone siempre un concierto en vivo.

Desde esta anormalidad, la sala polivalente está a la vista, sin paneles y ganando espacio de fondo en el escenario, con lo que la nueva acústica sumada a la distancia entre los músicos, es aún mejor que antes al menos para mí, percibiéndose cada detalle a la perfección, incluso los leves desajustes que el rodaje continuado de nuestra OSPA, hoy con David Lefèvre de concertino invitado, volverá a engrasar, deseando más graves en la cuerda (especialmente cellos y contrabajos). Todo tiene su lado positivo en la convivencia con «el bicho»: no se escucha ni una tos, ni un móvil, el público respetuoso, disfrutando cada compás, cada silencio, y esta vez con un programa original y clásico, para viajar tanto en el tiempo como en la memoria sin movernos de la butaca.

Obras interesantes, novedosas, comenzando con el aire antillano y guaraní de Montsalvatge con su Concierto-capriccio (1975), aires de habanera en la Costa Brava mediterránea, el mar evocado por la siempre etérea arpa, obra dedicada y estrenada por Nicanor Zabaleta con la Orquesta Nacional de España dirigida por Frübeck de Burgos. A todos los pude escuchar en vivo, el arpista un habitual de la Sociedad Filarmónica de Oviedo en mi adolescencia, y la orquesta con el gran maestro en el Teatro de la Laboral de Gijón cuando celebrábamos a Beethoven con sus sinfonías. Ventajas de cumplir años, peinar canas y seguir festejando al «sordo de Bonn» casi 50 años después en este inolvidable 2020, un bisiesto que pasará a engrosar nuestra memoria sonora y sentimental.

El compañero de este viaje sería el Bizet sinfónico y juvenil, gran orquestador desde sus inicios, clásico en plantilla y estilo, aunque más deudor de Mendelssohn que de Mozart, apuntando a un lenguaje lírico en el que verdaderamente triunfaría, ese legado operístico de la capital asturiana en el segundo viaje vespertino.

El concierto de Montsalvatge nos permitió disfrutar de la arpista Cristina Montes Mateo, amplificada como es costumbre en este instrumento (como también sucede con la guitarra) pero muy bien ajustado el sonido para poder equilibrar una sonoridad orquestal potente, bien concertada por el Maestro Romea que mantuvo el balance idóneo en cada movimiento. La escritura sinfónica del catalán es interesantísima en toda la obra, ecléctica pero cercana, manejando las tímbricas que hoy consideramos actuales y que en su momento eran rompedoras. El Leggero inicial presenta un arpa virtuosa arropada por percusiones variadas en cada sección, evolucionando a todos los estilos de los que bebe unidos en un todo, recursos variados en un arpa descubriendo sonoridades variadas y un conocimiento del instrumento que pudimos apreciar en los tres movimientos (especialmente los pedales pero también el uso de percusión, cuerdas pulsadas con púas, frotadas y el catálogo tímbrico que le da un colorido especial). Bellísimo el Andante da camera que lució con ese diálogo con la flauta de carácter bucólico al que se suma una trompeta con sordina y el tutti en un delicado tejido que viste de color el sonido del arpa. Y la explosión rítmica, dinámica y jugosa del último Rondó Guaraní.Allegro,  el recuerdo del arpa paraguaya, unas variaciones sinfónicas del conocido «Pájaro campana» con la percusión mandando y luciéndose todos, unos graves escasos como apunté al inicio, y los difíciles encajes para un ritmo frenético donde Romea pareció más preocupado por las dinámicas que la necesaria agógica folclórica de la que Montsalvatge fue un maestro consumado. Maravillosa la interpretación de Cristina Montes, un encaje de bolillos impecable, luciéndose en sus cadenzas, jugando con todos los recursos de un instrumento siempre evocador en sus manos.

La propina igualmente impecable: recuerdos de guitarra y cimbalón, sueños zíngaros y andaluces, arpegios de arpa cristalinos del salmantino Gerado Gombau y su Apunte bético, la visión universal de la Sevilla natal de la arpista desde la inspiración viajera, aunque podría haber optado por el otro catalán internacional, Bacarisse, maestro no siempre reivindicado. Sonoridades propias de arpa «élfica» incluídas en su disco titulado precisamente «Voyage«, toda una délicatesse para el melómano en la interpretación de esta artista afincada en la ciudad del Turia que fue entrevistada por mi querida Aitana Vargas en un vídeo desde Los Ángeles, donde ha desarrollado parte de su carrera. El viaje musical que no cesa.

No es habitual escuchar la Sinfonía nº1 en Do Mayor (1855) de un joven Bizet, que con 17 años era alumno de Gounod. Bien explicada en las notas al programa de Natalie Sálem Uría, es una obra fácil de escuchar y llena de guiños que todos llevamos en nuestras mochilas. Miguel Romea supo transmitir a la orquesta el ímpetu del Allegro vivo con una cuerda compacta y el oboe de Juan Ferriol cantando como en él es habitual, derrochando musicalidad en su línea melódica con la orquesta bien de dinámicas y balances clásicos de transición romántica, el lugar común donde la orquesta se mueve como pez en el agua, el lenguaje sinfónico por excelencia, aires de caza en las trompas, maderas empastadas y timbales ajustados, los motivos casi de quinta beethoveniana. Y de nuevo la voz del oboe en un Adagio casi operístico y pastoral, el Bizet que deslumbraría desde su inspiración hispana llevado a las tablas, un «segundo acto» de tenor donizzetiano secundado por una cuerda sedosa.

Una pena no haber continuado su escritura sinfónica porque podría haber engrandecido el género desde la forma por excelencia y la inspiración melódica del francés. Brillante el scherzo Allegro vivace que mostró músculo en una cuerda bien engranada y limpia, la giga con aire de gaita impulsado por cellos y contrabajos de inspiración rústica pero más escocesa que francesa, de ahí mi comentado paralelismo con Mendelssohn, incluso con la sexta de Beethoven, empaste global apreciándose influencias estudiantiles bien asimiladas y escritas para lucimiento de todos. El final fresco, exhuberante y exigente del Vivace para una orquesta respetuosa con el podio, violines arriesgando desde un movimiento difícil, contrastes bien matizados mostrando buen entendimiento global y la necesidad de mantener un trabajo continuado que se hace difícil en estos tiempos convulsos. Obra para disfrutar escuchando y tocando, transmitiendo una alegría necesaria en todo momento por la juventud que emana y resuelta con la brillantez esperada.

No haremos planes a largo plazo, pero estos viajes musicales son balsámicos y ayudan a desconectarnos de un día a día indeciso, confuso, lleno de incertidumbres y donde la única seguridad es vivir intensamente. Nuestra OSPA en el otoño asturiano (Seronda), la estación más hermosa de esta tierra llena de color, nos ayuda a ello.

Older Entries Newer Entries