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Oviedo sonó anglosajón

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Sábado 6 de marzo, 19:00 horas. Los «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Nicolás Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Elgar y Schumann. Entrada butaca: 12 €.

El público asturiano sigue necesitando de la música en vivo y sabe que la cultura es segura, por lo que este sábado y con todas las medidas de prevención impuestas, acudió al auditorio ovetense para disfrutar de un concierto en torno al franco alemán Nicolás Altstaedt en su doble faceta de violonchelista y director al frente de una Oviedo Filarmonía (con Marina Gurdzhiya de concertino) que sigue sacando músculo en estas obras agradecidas y conocidas de todo melómano.

El famoso Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Edward Elgar (1857- 1934) es una obra compuesta en 1919 tras la Primera Guerra Mundial, cuando su música había pasado de moda,  en contraste con su concierto para violín, pero que en los años 60 Jacqueline du Pré rescató convirtiéndose en una de las grabaciones de música clásica más vendidas, y desde entonces los violonchelistas han caído rendidos al poderío de esta obra. Concierto contemplativo y elegíaco que contando con el propio solista como director hizo de él una recreación personalísima en sus cuatro intrincados movimientos (Adagio – Moderato // Lento – Allegro molto // Adagio // Allegro – Moderato – Allegro, ma non troppo – Poco più lento – Adagio), difícil conducir de espaldas pero con la colaboración de Gabriel Ureña que ejerció de alter ego al frente de la sección de chelos, empatía y conocimiento de la obra, para poder encajar a la perfección una composición donde la orquesta funde tímbricas con el solista. Comienzo con un corto pasaje para el violonchelo marcado como «Nobilmente» en un gesto entre asertivo y malhumorado que decía el propio compositor, inicio declaración de intenciones que vuelve brevemente en el segundo movimiento y también al final, así entendidos por Altstaedt, contrastando con la austeridad del tema principal a cargo de unas violas muy sólidas. Resignación y amargura que parecen mezclarse en Elgar aunque siempre brillando la esperanza. Bien empleado el material rapsódico en el violonchelo con su pizzicato y posterior movimiento virtuoso. En los movimientos lentos surge el aire meditativo y de búsqueda interior que el chelo recrea como pocos instrumentos y el maestro exprime en su doble y difícil faceta de solista y director, final notable de ricos contrastes con ese tema principal enérgico, la cadencia acompañada y el retorno de parte de los materiales del movimiento lento, así como esa primera idea con la que comienza el Concierto, para después permanecer con la profunda melancolía que impregna la obra, ese final tan del temperamento «british»  del propio Sir Edward con esta obra incomprendida en su momento e imprescindible en los actuales. Sonido delicado siempre presente el de Altstaedt, interiorizado y carnoso pero igualmente presente ante la complicidad de una orquesta que escuchó al director y un público en silencio sepulcral (bienvenidas las mascarillas) para captar la amplísima paleta dinámica desplegada desde el escenario. Solos en la madera de enorme calidad, metales bien empastados aunque no siempre contenidos, y una cuerda homogénea compartiendo una sonoridad muy británica para esta versátil orquesta ovetense que diez años después de Haider camina hacia la excelencia.

Y una propina inesperada, no con Altstaedt al cello pero manteniendo el ambiente «londinense» previo, sino con el Minueto de la Sinfonía 95 en do menor, Hob.I:95 de Haydn para agradecimiento y lucimiento de Gabriel Ureña que en su solo volvió a mostrarse dominador, colaborador y fiel continuador de un Altstaedt sentado en la tarima asintiendo y dejando a la orquesta disfrutar de este inusual regalo que sirvió de puente a la siguiente sinfonía.

La Sinfonía n.º 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann (1810 – 1856), fue estrenada por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846, bajo la dirección de Félix Mendelssohn, incansable promotor de la música de su amigo y que en momentos tiene pasajes muy suyos pero también bajo la sombra de su admirado Beethoven, cerrando la primera generación de los sinfonistas románticos alemanes. Tras la revisión once días después añadió cambios en la orquestación añadiendo tres trombones, dejando una plantilla que permanece ideal para los cuatro movimientos (Sostenuto assai – Allegro ma non troppo // Scherzo: Allegro vivace // Adagio espressivo // Allegro molto vivace).

Altstaedt sin necesidad de batuta pero con esas manos grandes y poderosas fue trabajando minuciosamente el sonido, desde la aparición de las trompetas en «pianissimo» arropadas por una cuerda sedosa hasta el impetuoso final. Balances bien logrados y tempi ajustados para poder escuchar cada sección con claridad en esta segunda sinfonía Zwickauer tras la «primaveral» primera. Temas sombríos hábilmente orquestados (maderas y metales a dos con los citados tres trombones), adoleció de más músculo en la cuerda para la grandiosidad de la partitura pero mejoró en el segundo movimiento, ritmo acusado, bien marcado y entendido desde el podio, energía contagiada por Altstaedt, violines limpios, contrastes claros, «scherzo de latigazo» como se ha definido, antes del anhelado y estático adagio mucho más equilibrado, con un oboe inspirado, un clarinete en la misma línea, y las trompas bien ensambladas, siempre arropados por una cuerda aterciopelada que el director se encargó de subrayar, y ese final triunfante «en el que vuelvo a ser yo mismo» como escribió Schumann, refiriéndose al hecho de que había sufrido otro ataque de nervios y un período de inercia creativa después de completar el Adagio cerca de Dresde. Fue un ser seguro y magistral por un breve tiempo, menos de un año, después del cual la oscuridad se cerraría de nuevo a su alrededor pero dejándonos esta segunda que globalmente me dejó buen sabor de boca y la constancia del feliz entendimiento y excelente trabajo de Nicolas Altstaedt con la Oviedo Filarmonía en este repertorio que no puede faltarnos.

Sokolov siempre único

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Sábado 27 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Chopin y Rajmaninov. Entrada butaca: 24 €.

Cada concierto de «San Sokolov» es una liturgia que no se puede perder. Fiel a su cita con Oviedo, parada obligada en cada gira española, volvía el ruso que siempre impresiona y dota su presencia de esperanzas, más en tiempos de pandemia, con un público entregado que «llenó» el auditorio capitalino de poesía pianística, un caleidoscopio desde el blanco y negro señorial, sin defraudar nunca, y con una «tercera parte» de seis propinas que no fueron más por las circunstancias del puñetero Covid, pues Grigory Sokolov (Leningrado / hoy San Petersburgo / 18 de abril de 1950) sigue en forma afrontando cada obra con la profundidad de los años, la técnica apabullante al servicio del piano, su mundo, su vida, compartida desde una concentración que corta la respiración en cada nota, en cada pedal, en cada fraseo, con toda una gama dinámica tan amplia que el instrumento de las 88 teclas esconde solo para los grandes virtuosos: desde los pianissimi que se escuchan casi sin aire hasta los fortissimi resonando orquestales en todo la sala. El arte del piano tiene nombre ruso.

Dos compositores que vivieron por y para el piano, como el propio Sokolov: Chopin y Rachmaninov, dos visiones del mismo universo, la patria chica inspiradora e interiorizada desde un lenguaje propio en ambos, polonesas y preludios con el piano como único protagonista, no se puede pedir más.

Cuatro polonesas de F. Chopin (1810- 1849) para la primera parte, esas danzas de concierto rítmicamente potentes que Sokolov milimetra cada una de ellas con la limpieza estratosférica, la potencia extrema y su lirismo expresivo, comenzando con la  Polonesa en do sostenido menor, op. 26 nº 1, después la nº 2 en mi bemol menor, sin apenas pausa entre ellas, la independencia de manos con el volumen en su sitio y un pedales que nunca sobra cuando podemos escuchar cada nota presente y la importancia justa, las síncopas de la primera con ese ímpetu y trinos paradisíacos, arpegios divinos, súbitos románticos como pocos, la segunda de oscuro inicio contrastado y matizado al estilo Sokolov, el juego de las tonalidades menores que el Steinway redondea en las manos y pies del ruso, los cromatismos que culminan álgidos y precisos, el rubato exacto, las modulaciones precisas, el ritmo de polonesa inimitable y siempre distinto, magia también menor de la Polonesa en fa sostenido menor, op. 44 con el inicial «moderato» que crece en arrebatos extremos en ambas manos jugando desde los claroscuros que contagia a la siempre luz tenue del escenario, las melodías en terceras con idéntico volumen cantabile e izquierda «bailablemente ligera».

Y para cerrar la siempre impresionante Polonesa en la bemol mayor, op. 53 «Heroica», llevándome en el tiempo al Campoamor de 1975 con Rubinstein que cerraba el concierto con ella, otro ruso que me descubrió mi padre cuando el Conservatorio era mi única preocupación y mi mejor formación los grandes en directo. Sin trampa ni cartón, tocándolo todo (el nonagenario Arthur «eludió» las vertiginosas octavas de la izquierda), jugando con el tiempo en todas sus acepciones, sabor guerrero y melancólico, pasión sin contención llena de la poesía musical y dotando de esa unidad en las cuatro polonesas elegidas, gran conclusión chopiniana y eclosión heróica de un Sokolov siempre único.

En mis viejos vinilos los comentarios de las contraportadas eran mi bibliografía directa y en alguno leí que a Rachmaninoff le llamaban en Broadway el Chopin ruso (también a Scriabin). Cirílico difícil de transcribir,  S. Rajmáninov (1873- 1943) llenaría la segunda parte tras el necesario ajuste del piano al que Sokolov siempre somete al máximo esfuerzo, y soportaría inquebrantable los Diez preludios, op. 23.

Todo un microcosmos de locura tonal y lenguaje propio del piano, melodías y giros que aparecerán en sus conciertos con orquesta que aquí asumen toda la grandiosidad del instrumento en manos de su compatriota, siempre fiel intérprete. Imposible describir cada uno, diferentes en todo e iguales en intensidad y virtuosismo: 1. Largo (fa sostenido menor) como obertura majestuosa, también el 2. Maestoso (si bemol mayor) de evocación chopiniana y virtuosismo lisztiano, 3. Tempo di minuetto (re menor) cual histórico homenaje sonoro pintado con primor y color, 4. Andante cantabile (re mayor) en el melodismo inimitable de Sergei y magisterio de Grigory, dos voces cantando en perfecta simbiosis relajada evocadora del segundo concierto preparando la impresionante 5. Alla marcia (sol menor), casi sinfónica, brillante, poderosa, rítmica de principio a fin, dinámicas increíbles, rubati inconmensurables y grandiosa interpretación para semejante preludio universal casi orquestal en el teclado, un «paseo de elefantes» como el tercer concierto del ruso; 6. Andante (mi bemol mayor), un remanso cristalino, romántico, paladeado en ambas manos con pedales atmosféricos bien empleados sin difuminar el sonido, 7. Allegro (do menor) de locura, vertiginoso, campanadas marcando impetuosas el tiempo pianístico, el virtuosismo pleno que «revolucionara» Chopin y Rachmaninov eleva al olimpo técnico, 8. Allegro vivace (la bemol mayor), contraste tonal e igualdad nítida, limpieza en un transcurrir sin respiro hacia el 9. Presto (mi bemol menor), terceras y sextas impolutas, igualadas de volumen y ligaduras casi imposibles, el recuerdo de los estudios polacos engrandecidos por el ruso, preludio libre por denominar una forma rebosante de música con el silencio sonoro y el 10. Largo (sol bemol mayor) paralizador tras tanta emoción, el retorno del guerrero tras una dura batalla con el teclado dejándolo todo en él.

No importan el tiempo en las manos de Sokolov, no hay toques de queda para tanto arte, y la «tercera parte» esperada mantuvo la grandiosidad y las ganas de seguir escuchándole. Para retomar el pulso de nuevo Chopin y dos Mazurkas, la opus 68 nº 2 en la menor, y la 19 en si menor, opus 30 nº 2, magisterio interpretativo, sonido único en las manos del ruso y para despedir al polaco con el Preludio op. 28 nº en do menor, con ese tempo majestuoso, la madre tierra elevada al paraíso musical por el ángel ruso, los matices extremos marca de la casa.

Aún vendrían más, primero Brahms y su Intermezzo en la mayor op. 118 nº 3, imagen auténtica pero afeitada del alemán encarnado en este ruso impagable, emociones románticas de esta música a borbotones antes de la vuelta a casa y a la forma, continuando con esa calma vital, la misma en cada «paseo hasta el piano» y desde el piano, la liturgia Sokolov con el Preludio op. 11 nº 4 en mi menor de Scriabin.

Y como si mein Gott Bach quisiera redimirnos del día anterior, la visión al piano de Busoni con el coral «A tí clamo Señor Jesucristo», Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639, Sokolov apóstol único y vivo, genio del piano, en plena forma y para seguir si hubiéramos insistido. Apoteósis, emoción y vivir para disfrutarlo eternamente.

Miopía musical

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Viernes 26 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu IV: OSPA, Eva Meliskova (violín), Óliver Díaz (director). Obras de Stravinsky, Bach y Mendelssohn. Entrada butaca: 15 €.

Echando fuera este febrero sinfónico con un programa explicado por Óliver Díaz, cubriendo la cancelación de Lina González-Granados, que pareció no encajar en los planes salvo por el dicho de que «cuando más es menos«. Y es que este cuarto de invierno comenzó con una orquesta de cámara (15 músicos con el granadino de la BOS Samuel García como concertino invitado) y bien enfocada, para ir perdiendo «visión» en la siguiente, donde una cuerda sin clave ni atino pareció que se me empañasen las gafas (y no por la mascarilla) finalizando con ellas totalmente caídas ya desde el pleno de la formación asturiana.

Todo apuntaba bien con Igor Stravinsky (1882-1971) y su Concierto en mi bemol “Dumbarton Oaks” 8.v.38 , obra regalo para los 30 años de matrimonio de los mecenas y melómanos Robert Woods Bliss y Mildred Barnes (como bien recuerda David Rodríguez Cerdán en las notas al programa), los mismos que cumpliré yo en nada aunque sin el poder adquisitivo de los norteamericanos pese a obsequiarnos siempre con música, y tres décadas igualmente de la formación asturiana. Con esta plantilla camerística la obra neoclásica del ruso sirvió para que el maestro carbayón se desenvolviese cómodo y cómplice con los músicos, acertando en los tempi ciñéndose a las propias indicaciones (I. Tempo giusto – II. Allegretto – III. Con moto) y alcanzando buenas dinámicas de los primeros atriles así como una versión ágil y colorista de este concierto por el que no pasan los años e inspirado en los brandemburgueses de Bach.

Johann Sebastian Bach (1685-1750), Mein Gott, y su música siempre serán palabras mayores, tributo obligado tras Stravinsky, pero nuestros oídos se han acostumbrado a una sonoridad específica de la que la OSPA carece en estos tiempos, a pesar de la calidad de la cuerda astur, pero hay que trabajar en otra dirección para darlo todo. El Concierto para violín nº1 en la menor, BWV 1041 sin clave se queda cojo, miope, el estilo está alejado igualmente del habitual en los conciertos del director asturiano y para peor suerte, la ayudante de concertino no estuvo a la altura esperada como solista en esta joya para su instrumento. Insegura, partitura en el atril, perdida y sin pulsación, los tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) fueron una lucha por mantener el tipo, contagiando el desánimo, la indecisión y olvidando que la matemática musical bachiana no admite decimales, ni siquiera en el central aún más desnudo sin el sustento del «martinete». Una pugna desigual donde faltó pulsación, sonido, interiorización, orden y concierto, sumando una lectura desde el podio donde la gestualidad de las manos no correspondía ni alcanzaba la respuesta orquestal deseada: ligados que no deberían, fraseos turbios, sonoridades mezcladas, turbias, borrosas, y una versión horrenda que ni siquiera en tiempos de Stravinsky se hubiera aprobado. Comentaba con mis vecinos de butaca además de amigos, que incluso cuando apenas se encontraban claves, el mismísimo Casals utilizaba el piano en el continuo para un Bach con el que desayunó toda su vida. Ese vacío se nota porque el propio teclado con sus acordes característicos ayuda a mecanizar ese ritmo barroco puro del que careció todo el concierto, pensando que una semana de estudio con el metrónomo sería buena penitencia impuesta por El kantor de Santo Tomás.

Como acto de contrición para el desenfoque auditivo, Meliskova volvió al mismo Bach, esta vez con la «Chacona» de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, al menos el castigo no fue compartido pero el pecado quedó sin la absolución (ni la graduación deseada ante semejante miopía musical).

Tal vez el primer apóstol de nuestro dios BachFelix Mendelssohn (1809-1847), esperábamos que bajaría a centrarnos en la tierra con todo el equipo orquestal para encaminarnos con su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56, «Escocesa», pero la visión siguió pequeña, casi tan diminuta como la partitura de bolsillo en el atril del director, una versión miniaturizada donde los paisajes pintados por Turner o Constable parecieron volverse apuntes impresionistas por el desenfoque, bocetos más que grandes lienzos de museo para esta sinfonía «galesa» tras un Brexit musical.

Los cuatro movimientos (I. Andante con moto – Allegro un poco agitato; II. Vivace non troppo; III. Adagio IV. Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai) fueron discurriendo con algunas pinceladas claramente dibujadas, pero la sonoridad continuó difusa pese a la ligereza del trazo, solo destacable el tiempo lento ubicado en tercer lugar, más contemplativo y reposado perfilado, con cierto colorido solista que embelleció unas estampas irreconocibles. Agradecer el esfuerzo del maestro Díaz por responder raudo a sus paisanos y amigos, pero espero recuperar mi visión bien graduada para que el refrán de «No hay quinto malo» se cumpla el día del padre con Lugansky y el gran Perry So.

Granada roja y femenina

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Jueves 25 de febrero, 19:00 horas. Teatro Campoamor, XXVIII Festival de Teatro Lírico  Español, Oviedo 2021: Granada («La Tempranica» de G. Giménez y «La Vida Breve» de M. de Falla). Entrada butaca: 46€.

La lírica tiene por capital a Oviedo, y tras la ópera llega esta vigésimo octava edición de un festival que arrancó este último jueves de febrero con dos joyas en una, usando de hilo argumental la Granada granada, roja, pasional, trágica, de atractiva puesta en escena (Giancarlo del Mónaco) y música para degustar, con un elenco muy digno en los dos títulos, una orquesta en estado de gracia pese a lo reducida por las limitaciones actuales, al igual que el aforo, más un Iván López Reynoso que supo sacar lo mejor de la Oviedo Filarmonía con la que se entiende a las mil maravillas, encabezando estos repertorios donde se muestra seguro, cómodo y dominador de dinámicas y tempi adaptados siempre a las voces.

En La Tempranica el hilo argumental lo llevan dos grandes de la escena como Jesús Castejón y Carlos Hipólito encarnando a Giménez y Falla respectivamente, con unos diálogos (de Alberto Conejero) un tanto «a calzador» pero que cumplieron su cometido, siendo un placer ver y escuchar a estos actores queridos por todos los públicos, mientras las letras «andaluzas» no siempre fueron entendibles, aunque para eso se inventaron los sobretítulos.

En lo musical la mezzo Ana Ibarra encarnó a una gitana de garra, como su voz, de timbre metálico que en estos papeles hasta se agradece, sensual y arrebatadora, con el contrapeso de Rubén Amoretti (que repetiría en Falla), bajo de verdad de los que escasean, aunque el color y emisión no sean los de antaño pero que formaron una pareja convincente en lo vocal y escénico, con una iluminación que subraya el dramatismo, siendo «la tempranica» la auténtica protagonista.

No faltaron en el reparto voces de casa como Ana Nebot (en la conocida «tarántula» de Gabrié), Juan Noval Moro como Zalea o la pastora María Heres que tienen su minuto de gloria en el teatro de todos, completando el elenco conocidos como Gustavo Peña, Miguel Sola, Gerardo Bullón o Cristina Faus, que harían doblete al igual que el excelente «cantaor» Jesús Méndez.

Mención especial para la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que dirige Pablo Moras porque con apenas 16 voces y mascarilla obligada, sonaron siempre presentes, especialmente los hombres, y afinadas incluso fuera de escena, todo un éxito que redondearían en la segunda obra, al igual que una orquesta en el foso redonda, equilibrada pese a los pocos efectivos, entregada, empastada en todas las secciones y mimada por el director mejicano invitado de la formación titular del festival que se asienta como la orquesta perfecta para la lírica asturiana.

Para La Vida Breve sería Virginia Tola la Salú protagonista junto a la abuela Cristina Faus, voces ideales para ambos roles, el contraste tímbrico y de color necesario, junto al gusto en el canto, la presencia escénica y una dramatización que en Falla es intrínseca en ambas. La soprano argentina tiene un color agradecido aunque pierda volumen en el registro grave, pero dominando de principio a fin su personaje, mientras la mezzo valenciana está en un estado óptimo vocalmente, un lujo su empaste, dicción y proyección, como pudimos comprobar en «la otra Salú».

Igualmente importante el cuerpo de baile con coreografía de Nuria Castejón que lucieron en esta Granada totalmente granada, bien entendida y mejor llevada por todos, nuevamente el coro completando una velada exigente de alto nivel global. Pese a la sobriedad de la puesta en escena, con unos paneles móviles y momentos muy cinematográficos (más en «La Tempranica» con guiños al Stoker de Coppola), la iluminación ayuda a ese ambiente de rojo pasión, de rojo granada que envuelve la acción, junto a una boda donde el cantaor Jesús Méndez crucificado y la guitarra del lenense Jesús Prieto Sánchez-Hermosilla completaron un cuadro «jondo», amplificados con primor y arropados por una orquesta delicada. También el herrero Gustavo Peña, la voz de la fragua, lució en esta breve pero intensa obra de final trágico.

El coro volvió a dejarnos su calidad habitual, con las intervenciones solistas de Vanessa del Riego entre otras, que ayudan a completar un elenco donde los llamados comprimarios juegan un papel importantísimo para redondear la representación.

Personalmente Falla sigue superando a Giménez, puede que realmente la gitana haya calado en dibujar su Salú, y colocar las dos obras en una misma función dan la visión global del ambiente internacional que la capital andaluza ha tenido en tantas músicas. Tanto el vestuario como la puesta en escena de Del Mónaco ayudan a disfrutar de la dramaturgia total, tal vez incomprensible en su momento pero que en estos tiempos donde todo parece ser revisable, no entorpecen el concepto primigenio.

Bien este arranque de temporada donde el público fiel soporta todas las restricciones, aunque seguro que esperan los siguientes títulos, la Zarzuela con mayúsculas tan lírica como esta función doble en horario anormal, pero demostrando continuamente que la cultura es segura y que Oviedo mantiene una tradición y capitalidad musical de la que esta semana es otro ejemplo, y desde aquí lo seguiré contando si nada lo impide desde La Viena del Norte español.

Lucha de egos

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Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPADenis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

El flamenco de satén

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Viernes 5 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Tempo Rubato, Mayte Martín (voz), OSPA, Joan Albert Amargós (director). Entrada butaca: 15 €.

No importa la espera cuando algo se desea, ni el tiempo que nos ha tocado vivir podrá quitarnos los encuentros con el recuerdo disfrutando de veladas como este «flamenco universal» que suponen el aire fresco para respirar.

Soy un seguidor acérrimo de Joan Albert Amargós (Barcelona, 1950) desde que le escuché los arreglos para Paco de Lucía y su hermano Pepe, también con Camarón, a los teclados innovadores de mis años jóvenes que denotaban el «alma flamenca«, haciendo jazz de Colors con Carles Benavent, nuevos discos como Agüita que corre siempre con el bajista español más libre e innovador de todos los tiempos (Zyryab imprescindibe), también grabando desde Sole Giménez al Noi del Poble Sec, pasando por Ana Belén cantando zarzuela-pop,  y especialmente sus impresionantes arreglos entre los que quiero destacar a mi paisano Victor Manuel en Vivir para cantarlo (grabado en vivo con la OSPA y el Coro de la FPA) o el inimitable Serrat sinfónico seguido por el de Miguel Hernández Hijo de la luz y de la sombra, sin olvidarme de su participación en la clausura de los Juegos de Barcelona 92 o el «descubrimiento» de Miguel Poveda en las Coplas del querer con Chicuelo. Y supongo que muchísimas joyas más aunque todas las anteriores puedo presumir de tenerlas. Amargós músico sin etiquetas, de gusto infinito acompañando y arreglando, capaz de vestir a medida cualquier voz y estilo, elevándolo a la alta costura, respetando siempre al cantante con la maestría y sencillez de solo unos pocos, querido y admirado por todos.

La propia Mayte Martín (Barcelona, 1965) dice que «el flamenco es mi origen, no mi yugo«, por lo que sin ataduras ni complejos, libre como lo escribe Agustín García Calvo, me enamoró con Omara Portuondo en Tiempo de amar, rompió ataduras con Tete Montoliú cantando Free boleros y es siempre un placer escuchar su voz única que hace suyo todo lo que canta, propio o ajeno.

Encontrarse con Amargós en Barcelona supongo que era previsible, componiendo sin prisas, guitarra en mano e intercambiando partituras que tomaron forma para una cuerda camerística, guitarra y percusión que darían «Tempo Rubato», su penúltima apuesta cuyo último premio hemos podido tener en Oviedo al elevarlo a sinfónico con la cuerda de satén y seda asturiana, hoy comandada por el «Quiroga» asturiano Aitor Hevia, concertino invitado de casa, vistiendo el maestro las once poesías hechas canciones por la cantaora, y dos complementos imprescindibles para esta pasarela flamenca: Alejandro Hurtado (guitarra) y Vicens Soler (percusión), con la amplificación adecuada (apenas algún acople al inicio) y la OSPA al servicio de Mayte Martín mimada por el maestro Joan Albert Amargós. Poesía de Rafael de León a Lorca, Nuria Canal a la propia Mayte, y un increíble tango de Gardel y Le Pera (Sus ojos se cerraron) sin ruptura en esta primera parte de microrrelatos que la voz de la barcelonesa paseó con pellizco y duende catalán, el de un flamenco llamado de fusión más como disculpa que real, tan mediterráneo como el andaluz o tan arraigado como el extremeño, pues la música no tiene etiquetas salvo la elegancia del ropaje tejido a medida por su paisano.

Y es que los arreglos de Amargós nos permitieron gozar de la sonoridad aterciopelada de toda la cuerda sonando como un gran cuarteto, con intervenciones solistas de los primeros atriles, Aitor Hevia, Héctor Corpus, María Moros y Maximilian Von Pfeil, con unos contrabajos potentes y la guitarra de Hurtado plenamente integrada en una tímbrica global elegante, sobria, con las pinceladas de Solé, canciones con el único hilo conductor de vestir la poesía cantada y hacerla flotar con el color adecuado a cada momento. Hasta la propina de SOS más que grito de socorro fue un sentimiento de paz.

De las decenas de versiones que guardo además de las escuchadas, El amor brujo de Falla siempre me ha llevado a preferir las voces flamencas, naturales, sin academicismos y en la tesitura justa, el color del pueblo (me quedo con «La Jurado» y López Cobos para la película de Saura aunque también la de otra grande que cantó con la OSPA como Carmen Linares), y en esta línea disfruté con Mayte Martín, más que Fuego fatuo, la OSPA dúctil e integrada en la dinámica de la primera parte, solos de altura en todas las secciones inspiradas, fluidas, bien balanceadas por un Amargós inteligente, preciso, colorista, vital y sin etiquetas capaz de aportar con la cantaora un Falla catalán de tablao sinfónico en la capital asturiana, inspiración creativa, compositiva e interpretativa para este rubato que me sigue haciendo omnívoro. Las mascarillas se olvidan, las penas se aparcan, lo «jondo» trasciende, el arte cura y la cultura es segura. El Carnaval también será distinto.

Fascinación nórdica y mucho futuro

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Viernes 29 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo. Iviernu II: OSPA, María Dueñas (violín), Ari Rasilainen (director). Obras de Sibelius y Svendsen. Entrada butaca: 15 €.

Cierres perimetrales, distancia y medidas de seguridad, aforos reducidos… pero la cultura es segura y la música en vivo sigue siendo terapéutica y tan necesaria como respirar sin mascarilla. Segundo programa de invierno (iviernu) en un viernes cálido con un programa nórdico luminoso cual verano ártico y la vuelta a Oviedo del finlandés Rasilainen al que siempre saludo y recordamos sus visitas a la capital asturiana, desde aquel lejano 1999 en el Campoamor con la Orquesta de la Radio Noruega (mi querido Ramón Sobrino también), en el 2003 (uno ni había comenzado el blog), y años después dejando mis recuerdos escritos, 2009 dirigiendo la Orquesta de Castilla y León con el Sibelius que le caracteriza, más las posteriores ya al frente de la OSPA en los años 2011, 2015 y 2017, apostando esta vez por el repertorio de su tierra que domina y del que contagia magisterio, volviendo a demostrar que la música nórdica es cálida, fascinante y embriagadora.

La presentación de la internacionalmente premiada y reconocida María Dueñas (2002) con su Gagliano del XVIII (también tiene un Guarnieri del Gesù Muntz (1736) cedido por la Nippon Music Foundation), sumaba interés para el siempre intrincado Concierto para violín en re menor, op. 47 de Sibelius, un portento de interpretación de principio a fin. Fascinante sonido el de esta jovencísima solista que dará muchas alegrías allá donde vaya porque impresiona su madurez afrontando y mandando en esta joya del compositor finlandés, exigente y sin respiro. Si la mano izquierda es perfecta, ágil, limpia, de vibratos en su sitio, armónicos perfectos, dobles cuerdas impecables y con todos los recursos técnicos necesarios, el arco y muñeca consiguen una emisión uniforme con una gama riquísima de matices pero siempre presente y potente brillando por encima de la orquesta. Sumemos una musicalidad innata en esta granadina, un «cantar» lleno de expresividad, mandando con un aplomo envidiable, que si se arropa con una orquesta entregada y un maestro excelente concertador, además de conocedor de esta partitura, el resultado es para enmarcar, esperando ya la pronta emisión en Radio Clásica (que graba todos los conciertos de la OSPA) para volver a disfrutar de esta joya de muchos quilates.

Intrigante inicio del Allegro moderato donde Dueñas ya mostró aplomo, seguridad y sonoridad, con una orquesta compacta en todas las secciones, equilibrada, atenta al detalle, y la «nueva acústica» de la sala principal que sigue descubriendo las «notas perdidas», mayor espacio entre músicos, más escenario y ampliación sonora al estar abierta la sala polivalente. El Guarnieri en manos de María Dueñas emocionaba en todos sus registros: graves de ensueño, armónicos pletóricos, dobles cuerdas manteniendo los trinos presentes y brillantes, con la OSPA redondeando un poderío y virtuosismo a la par que la solista, con Rasilainen dejando fluir la música indicando lo preciso con respuesta instantánea por parte de todos. Los primeros atriles no defraudan en sus intervenciones pero esta vez me quedo con todas las secciones porque la orquesta asturiana ha salido reforzada en esta pandemia. No hay titular ni concertino (esta vez el invitado fue el portugués Emanuel Salvador) pero tiene identidad propia, la misma que mostró en la primera cadenza la granadina. Qué placer y fascinación su fraseo, su agógica contagiada a todos, emociones a borbotones que cerrando los ojos parecían provenir de una larga vida al servicio de la música para despertar y admirar esa juventud desbordante. Balance orquestal siempre en su sitio, total compenetración con la solista y mismas sensaciones, caminando de la mano en este primer movimiento que no da tregua y una conclusión de exactitud germana pudiendo escuchar esos segundos posteriores donde el sonido sigue en la sala. En el Adagio di molto la calidad y calidez siguieron de la mano como debe ser, los clarinetes arrancando y marcando sentimiento con su prolongación en el violín de Dueñas acunado por un colchón de texturas únicas, la conjunción de metales y cuerda tan lograda en la escritura de Sibelius que dejan flotando el sonido primoroso de esta solista andaluza. Cómo fue entresacando Rasilainen la fuerza orquestal en todas sus dinámicas sin oscurecer nunca el protagonismo violinístico, ese maridaje y punto de encuentro tan difícil de alcanzar pero que cuando se logra nos depara movimientos como este segundo del concierto. Y el Allegro, ma non tanto de aires majestuosos, rítmicamente vibrante, explosión tímbrica del violín con una pulsión mantenida por Rasilainen llevando a la OSPA al disfrute global, el gozo musical de hacer música compartiendo intenciones, transmitiendo seguridad desde un buen hacer por parte de todos que trajo lo mejor de este concierto para el recuerdo.

Y sin perder ese aire escandinavo María Dueñas nos regaló «Applemania» de Igudesman, casi una composición propia que parecía beber del mismo Sibelius o incluso del sueco Alfvén, virtuosismo cercano, mágico, aires folklóricos, celtas o vikingos, hermanando Sierra Nevada con Escandinavia, maravillosa música y maravillosa violinista que nos fascinó a todos, el futuro esperanzador en tiempos difíciles donde el talento sigue escaseando pero demostrando que lo español es más internacional que nunca.

Completaba el programa escandinavo el poco escuchado compositor noruego Johan Svendsen (1840-1911) y su Segunda Sinfonía en si bemol mayor, op. 15, agradable de escuchar e interpretar porque permite a la orquesta lucirse en todo momento y más cuando el director conoce los resortes para que brillen con luz propia.

Cuatro movimientos «clásicos» (I. Allegro; II. Andante sostenuto; III. Intermezzo: Allegro giusto; IV. Finale: Andante-Allegro con fuoco – Stretto) bien escritos, lucidos, diferenciados y donde el maestro Rasilainen demostró el buen trabajo de conjunto, la química existente con la OSPA, el dominio de una partitura si se me permite «menor» pero sonando «mayor», ajustado e implicado defendiendo unas páginas que siente como propias. Y al fin encontramos el sonido propio de nuestra orquesta que necesita pronto estabilidad, pues no podemos perder este punto álgido tras casi 30 años que son toda una vida. No hay reproches, solo ganas de mantener el nivel demostrado con una plantilla perfecta que con este «Svendsen de Rasilainen» brilló en los metales (trompas incluidas que maravillaron en la «segunda»), admiró en la madera, mandó en los timbales y enamoró en la cuerda.

En mi juventud tras el servicio militar obligatorio en la cartilla se ponía «Valor: se le supone» pues sin guerra no hay forma de demostrarlo. La OSPA vence y convence pero sigue buscando el mando en plaza, su tropa de seguidores lo necesitan y apoyan a la espera de disipar dudas, cuanto antes mejor para todos.

Pires, historia del piano desde la elegante sencillez

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Sábado 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires. Obras de Schubert, Debussy y Beethoven. Entrada butaca: 28 €.

Un regalo de cumpleaños volver a disfrutar de «La Pires«, una pianista increíble que volvía a «La Viena del Norte» español, escribiendo una historia que es la de su vida y la del piano mismo: juventud y futuro desde una madurez donde cada nota es un mundo, cada frase un descubrimiento, cada sonido belleza sublime, todo desde esa sencilla elegancia de la portuguesa que hace parecer fácil lo difícil transportándonos a un mundo único donde el público vive unas emociones imposibles de describir con palabras porque es la música su única definición.

El programa elegido resultó toda una declaración de intenciones y un legado en tres fases si se me permite calificarlas así:

Juventud

F. Schubert: Sonata para piano nº 13 en la mayor, D 664, el ímpetu jovial que bebe del Mozart puro clasicismo y la admiración por el amigo Beethoven. Solamente Maria João Pires puede ser la intérprete ideal del vienés así entendido. El Allegro moderato cristalino, perfecto equilibrio sonoro, impecable revisión, Andante sin prisas, la contemplación de la belleza hecha sonido, y ese Allegro final, vital, fogoso nota a nota, saltarín, de escalas interminables con un piano brillante de articulación increíble.

Futuro

C. Debussy: Suite bergamasque, completa, el paso adelante del universo pianístico con el tributo a la forma barroca transitando siglos desde el lenguaje abrumador del impresionismo, lo etéreo que se funde en la distancia sonora para dibujar un mundo nuevo. «La Pires» debutándola cual exploradora de todos los caminos en un mundo de 88 teclas. El Prélude moderado, rubato pausado, dibujando colores de todas las intensidades, la limpieza de un pedal mágico, los graves mantenidos para envolver un vuelo que planeaba por una sala casi sin respiración; Menuet (Andantino) parisino e hispano que bebe un «aire de Albéniz», rítmico y unificador, elegante, equilibrado, con matices sabios y sobrios; Claire de Lune (Andante très expressif) literalmente expresivo, sentido, descubriendo notas ocultas casi perdidas, respirando nocturnos irrepetibles que aportan una luz distinta desde la penumbra del escenario y esa aparente pequeñez que engrandece aún más a la dama del piano portuguesa; Passepied (Allegretto ma non troppo) jazzístico y oriental, meditativo, Debussy en estado puro, en estado de gracia como esta Pires rompedora de clichés, convincente, entregada, diáfana en su discurrir por un teclado de terciopelo pintando de colorido unos pentagramas al fin hechos música en sus manos.

Madurez

L. van Beethoven: Sonata para piano n.º 32 en do menor, op. 111, el «adiós al piano» del sordo genial, un testamento para la eternidad, inflexión de una forma y sonoridad rompedora desde el sufrimiento interior, exploración y testamento. Maria João Pires siempre única, sus tres mundos que tenían que cerrarse en esta despedida conmovedora, dos movimientos como dos joyas: Maestoso: Allegro con brio ed appassionato, el do menor apasionado en el recuerdo inicial, los elementos fugados entremezclando temas desde una forma que se rompe en sí misma, la sorpresiva reexposición sin perder nunca la identidad, así entendida de principio a fin por la lisboeta, la paleta completa de matices que sólo ella es capaz de sacar a un piano único, la evolución al mayor en un placer interpretativo siempre apasionante de vivirlo en vivo, tocando el paraíso, y después la despedida Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, seis variaciones en la engañosa sencillez tonal y complicado compás que van creciendo y variando, síncopas sorprendentes y marcadísimas, suma de individualidades sonoras de armonía básica que me hace calificar de sencilla elegancia, trinos indescriptibles que desvanecen la melodía, un legado imperecedero para generaciones posteriores, tanto de la partitura como de esta intérprete irrepetible.

Desde la madurez vendría también el regalo del Adagio Cantabile (segundo movimiento de la Sonata para piano nº 8 Op. 13), poso y peso de «La Pires» maestra, señora del piano, terapeuta en tiempos de dolor con el bálsamo de su presencia y esencia, con ganas de que hubiese finalizado esta «Patética» placentera.

Gracias Señora.

Entrevista de Andrea G. Torres para La Nueva España:

 

Honestidad musical para el arranque invernal

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Iviernu I, OSPA, Juan Barahona (piano), Christoph Gedschold (director). Obras de Rachmaninov y Dvořák. Entrada butaca: 15 €.

Con homenaje a la recién fallecida Inmaculada Quintanal (La Felguera 1940), respetuoso minuto de silencio y dedicatoria a la que fuese Profesora de Música en mis años de estudiante en la E.U. de Magisterio, musicóloga, docente, investigadora y gerente de la OSPA durante la primera década de consolidación (1993-2003), mujer generosa, luchadora, honesta y valiente, comenzaba la Temporada de Invierno con estos calificativos válidos para un concierto que agotó las entradas pese a todas las incomodidades que supone esta pandemia que no cesa, incertidumbres continuas y un (sin)vivir al día pero demostrando que La Música, así con mayúsculas, y mejor en directo, es más necesaria que nunca, como siempre defendía mi admirada Inmaculada, pues la cultura es segura, y los sacrificios obligados no impedirán saciar este hambre de conciertos que son seña de identidad cultural de Oviedo y Asturias, como siempre digo «La Viena del Norte» español.

Programa con dos obras que todo melómano conoce, la orquesta también y Jonathan Mallada en las notas al programa, concluye sobre los dos compositores, Rachmaninov y Dvořák: «sus obras muestran siempre una frescura muy difícil de superar y, en definitiva, han trascendido los siglos como dignos embajadores de la sinceridad más pura que pueda existir: la sinceridad musical«.

Siempre es un placer escuchar el popular Concierto para piano nº 2 en do menor opus 18 del ruso, este viernes con el asturiano Juan Barahona de solista y la batuta del alemán Christoph Gedschold (tras su última visita wagneriana), siendo el austriaco Benjamin Ziervogel el concertino invitado y compañero del pianista en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Concierto difícil de concertar y momentos de ímpetu que pudieron desencajar algunos pasajes con el piano, por delante de la orquesta, pero mostrando una visión personal de Barahona quien tiene la obra bien rodada y trabajada de principio a fin, con un rubato especialmente sentido que Gedschold siempre intentó seguir aunque sin una marcada pulsación interior. La interpretación fue de bien a mejor, un Moderato apasionado con una orquesta de dinámicas ajustadas a la sonoridad pianística, un intenso e inmenso Adagio sostenuto muy sentido por parte del piano, y un entregado Allegro scherzando donde todos brillaron y encontraron el entendimiento perfecto para una obra de madurez tanto compositiva como interpretativa que Juan Barahona va moldeando en cada concierto.

Aplausos merecidos y propina como no podía ser otra del ruso, su Preludio en re mayor op. 23 nº4 donde sin el «encorsetamiento» orquestal sí pudo lucir esa musicalidad genética Juan Barahona, un intérprete de raza que crece con los años, siempre entregado y honesto ante las obras que amplían su ya extenso y exigente repertorio.

De la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák no llevo la cuenta de las veces que ha sonado en este auditorio y a los atriles de la OSPA, siempre con buen sabor de boca en cada concierto, habiendo pasado por directores que dejaron huella con esta maravillosa página que siempre pone a prueba las formaciones sinfónicas y nuevamente la asturiana junto al alemán Gedschold han vuelto a deleitarnos con ella, perfecto complemento el checo tras el ruso (aunque hubiera estado bien alternar el orden para ir rompiendo los clichés de los programas) creciendo en los cuatro movimientos con un conductor de manos amplias, gestos claros y visión muy trabajada de dinámicas y tempi ideales para lucimiento de todas las secciones orquestales. Como en Rachmaninov la cuerda sonó dulce, equilibrada, presente incluso en los graves (aunque siempre hecho en falta algunos más), los metales en buen momento tímbrico y en coordinación perfecta, mas nuevamente la madera erigiéndose en «la niña bonita» de la orquesta en esta sinfonía donde tanto protagonismo tiene. Un Allegro con brio algo contenido, un Adagio para paladear y disfrutar de los planos sonoros con ese terciopelo de arcos jugando con escalas descendentes y Ziervogel marcando galones, un  Allegretto grazioso en crecimiento emotivo de aires vieneses, y el vibrante Allegro, ma non troppo chispeante, trompetas victoriosas, la melodía que siempre me recuerda «La Canción del Olvido«, vibrante, estallidos del metal cual fuegos artificiales, los aires turcos bien marcados, flauta virtuosa y un allegro entregado y bien entendido para otra «octava honesta» que disfrutamos todos, músicos y público. El esfuerzo merece la pena y estos conciertos son la mejor terapia en tiempos revueltos.

Toquemos madera para mantener la programación porque la necesitamos como el respirar (aunque sea con mascarilla).

DiDonato, la Dama del alma

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Viernes 8 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: In my solitude, Joyce DiDonato (mezzo), Craig Terry (piano). Obras de Haydn, Mahler, Hasse, Händel, Berlioz, Giordani, Parisotti, Ellington y Piaf. Entrada butaca: 34 €.

Vuelta al cole y a la anormalidad (en el amplio sentido de la palabra) que no nos ha hecho perder el regreso de la gran DiDonato a Oviedo, nueva cita en una gira que incluye Barcelona y Madrid poniendo de nuevo a la capital asturiana en este lugar que vengo llamando «La Viena del Norte» español.

©Cris Singer

Cada visita de Joyce es una fiesta y el público asturiano acude necesitado de la música en vivo con la calidad que siempre rodea a la gran mezzo americana, diva y cercana, capaz de aglutinar en un mismo recital lírica y cabaret, música sin etiquetas en una voz única, madura, compacta, de dicción perfecta en cualquier idioma, actriz en cada rol y sobre todo intérprete con alma, esta vez con su pianista habitual Craig Terry y puro entertainment para mitigar incertidumbres y disfrutar cada día como si fuese el último, como así lo hizo saber tras su primera obra, agradecida de volver a sentir al público tras una etapa en la que tuvo, tuvimos, cielo e infierno, al igual que este recital inolvidable para los que tuvimos la fortuna de acudir sin importar el frío gélido exterior, porque el calor de «La Donato» derrite hasta a «La Filomena» de estos días.

Lástima que las medidas de prevención e higiene impidan tener en papel un programa que incluye las letras y su traducción, impagables para comprobar cómo la música engrandece el texto, pero al menos pudimos tenerlas «on line», aunque no era la mejor opción estar durante el concierto con el teléfono encendido (de hecho no lo aprecié durante el mismo, como tampoco las toses que gracias a las mascarillas parecen erradicadas de los auditorios), por lo que fue excelente idea proyectarnos simultáneamente letra original y traducción, que a diferencia de la ópera está debajo del escenario y no miramos a las nubes sino a los músicos.

Una primera parte con Haydn y Mahler suficiente para satisfacer paladares delicados,  primero el «clásico» del vienés, la cantata para voz y piano Arianna a Naxos, Hob.XXVIb:2, primer recitativo poderoso, metida de lleno en el personaje que llama a Teseo y la primera aria Dove sei, mio bel tesoro? de cortar el silencio con un teclado casi orquestal, sin miramientos y tapa totalmente abierta pero siempre atento a las inflexiones, respiraciones y amplísima gama de matices. Aún mejor el siguiente recitativo, Ma, a chi parlo?Gli accenti Eco ripete sol con el piano cantando y contestando más el aria Ah! che morir vorrei, verdadera interpretación para morir pero de placer escuchando a la gran mezzo norteamericana y levantando la primera gran ovación de la noche tras la que DiDonato nos agradeció estar con ella en esta vuelta a los escenarios, hartos todos de pantallas y enclaustramientos, con la música que es la vida, toda ella a nuestro lado.

Y después el eterno Gustav y sus Rückert-Lieder (1860-1911) donde DiDonato comentó haber encontrado respuesta a muchas preguntas durante el confinamiento, debutándolo aquí, Oviedo capital musical, en un orden no cronológico pero sí lógico, diría que incluso ideal para el devenir del recital, con un Terry impecable y un alemán cantado y sentido con alma en las cinco canciones sobre los poemas de Friedrich RückertBlicke mir nicht in die Lieder (14 de junio de 1901), «No mires mis canciones!»,  Ich atmet’ einen linden Duft (julio de 1901), «Respiré una gentil fragancia de tilos», el olor en los pentagramas, la palabra musicada y el sentimiento cantado; Liebst du um Schönheit (agosto de 1902), «Si amas la belleza», la juventud, el amor, haciendo del idioma de Goethe poesía pura nunca rígido, amando la música de Mahler con la voz de JoyceIch bin der Welt abhanden gekommen (16 de agosto de 1901), «He abandonado el mundo en el que malgasté mucho tiempo», estado de ánimo donde la muerte es música, «¡Vivo solo en mi cielo, en mi amor, en mi canción!» como la confesión de esta Dama del Alba parafraseando a nuestro Casona cual Dama del Alma mahleriana, y Um Mitternacht (verano de 1901), la rima Mitternacht-Macht, «A medianoche»-«fuerza» pero interior, con el sobrecogedor verso final:  Herr! über Tod und Leben
Du hältst die Wacht Um Mitternacht!
que Mahler eleva a esperanza, «¡Señor! ¡Sobre la vida y la
muerte, tú eres el centinela a medianoche!». Impactante desnudez expresada con la voz y el piano íntimos concluyendo con un silencio sin prisas dejando flotar la última sílaba y la vibración del piano antes del aplauso más que merecido a la magia de «La Dama DiDonato».

Tras el descanso y el cambio de vestido, la segunda parte comenzaría súbita con sus dos visiones de Cleopatra, primero la de JOHANN ADOLPH HASSE Morte col Fiero aspetto («Marc’Antonio e Cleopatra»), la bravura barroca donde el color de voz uniforme en toda su tesitura y el piano orquestal nos trajeron a la Reina DiDonato, y a continuación la de GEORG FRIEDRICH HÄNDEL: É pur così in un giorno… Piangerò la sorte mia («Giulio Cesare in Egitto»), la máxima belleza en una lección de canto y acompañamiento, el alma se serena y el corazón late agitado cual «síndrome de Stendhal» pero handeliano.

No podía faltar la ópera romántica con HECTOR BERLIOZ, Je vais mourir… Adieu, Fière cité (el aria de Didon de «Les Troyens«), la tragedia de Eneas y la plegaria a Venus, la orquesta hecha piano con todas las dinámicas escritas y la mezzo imbuida del espíritu troyano capaz de convertir el auditorio en un templo operístico desde el conocimiento y tránsito del Purcell inglés al Berlioz francés, dramaturgia en estado puro.

El fin de fiesta agrupado como «Canciones de Cabaret» y arreglos del propio pianista Craig Terry de lo más variado que en estas versiones suenan igualmente contemporáneas tras comentar y bromear con los jóvenes cantantes a quienes preguntaba si se habían sentido Callas o Berganza en sus primeras lecciones con dos arias que los estudiantes afrontan casi en la primer clase, GIUSEPPE GIORDANI: Caro mio ben,  y Se tu m’ami / Star vicino  (ALESSANDRO PARISOTTI / SALVATOR ROSA), los nervios del largo camino del cantante y la transición al show con clase, elegancia, dominio de estas obras con un piano exuberante y la Donato auténtica diva americana que sin perder la compostura es capaz de aplicar la misma técnica para estos aires de jazz tan clásicos como el barroco.

El intimismo del café concierto llegaría con (In My) Solitude de Duke Ellington con letra de Eddie DeLange e Irving Mills, auténtica gozada a dúo, elegancia y «soul» de un grande de la música del pasado siglo cuyas armonías suenan impresionistas en los arreglos de Terry completadas con unos graves dignos de las voces negras pero con el color único de esta mezzo todoterreno.

El francés íntimo, maravilloso cuando se canta de forma natural, pondría el último punto de sabor, glamour y buen cantar de esta simpar La Vie en Rose (Guglielmi- Monot) con letra de Edith Piaf que DiDonato reinterpreta junto a un Craig Terry enorme, Debussy padre del jazz en el idioma vecino y maridaje de gala.

Rendidos a La Dama que canta con el alma, nos asombraron con el regalo de Stardust (Carmichael) a cuatro manos que engrandece a la intérprete integral en guiños cómplices con su pianista, una joya vocal esta vez instrumental que supo a poco pero es esencia «marca de la casa«.

Con el ambiente de salón entre amigos, el público en pie y los intérpretes igualmente agradecidos, todavía llegaría un Somewhere, Over the rainbow mágico, embriagador, optimista, Oz es Oviedo, Dorothy DiDonato y Terry el Mago de Steinway en un camino rojo como el vestido de esta segunda parte, hacia las ciudades esmeraldas españolas antes del regreso al Kansas natal de la mezzo. Increíble, delicado, enorme para sobrecogernos el alma.

La locura desatada y el Mozart de Cherubino en «Las bodas de Fígaro», su aria Voi che sapete, porque ellos sí que saben lo que es el amor por la música, el dominio idiomático y escénico, el gusto por el buen cantar y mejor estar.

Y la «postboda» mozartiana aún más asombrosa con un I Love A Piano desenfadado con Joyce y Craig, alegría de vivir, calor y color para un concierto inolvidable pasadas las 22:15 horas que recordaremos mucho tiempo en Oviedo.

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