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El rey no rabió

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Martes 1 de marzo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIII Festival de Teatro Lírico Español: El rey que rabió. Música de Ruperto Chapí, libreto de Miguel Ramos Carrión y Vital Aza. Entrada delantera de principal: 26 € + 1 € de gestión en Liberbank.

Con el mes arranca la temporada de zarzuela asturiana que alcanza la vigésimotercera edición, con un título de lo más representativo del género, el Chapí siempre inspirado y la trama donde el humor sirve de crítica cercana a la sorna, algo muy asturiano como Vital Aza, sin llegar al esperpento, simpatía de la tierra como parte del elenco que armó este rey que no reinó del todo aunque con final feliz.

Buena entrada sin alcanzar el lleno para dos horas y media de función, descanso incluido, donde lo primero a destacar es nuestro Emilio Sagi que apuesta por una escenografía marca de la casa, líneas geométricas, color rojo, espejos, sillas como de niño, un césped con cerca para ambientar la escapada rural del monarca, unas simpáticas ovejas de cartón encerradas en un carrito de metacrilato, el perro en un «supositorio» trasparente para la inspección de los doctores, la bicicleta rosa como su ciclista, o el juego de paraguas, colorido que también tuvieron los trajes campesinos en contraposición a los chaqués clásicos o un vestuario cortesano elegante, todo con la iluminación apropiada, por lo que la primera baza pintó en oros.

La Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigida por Rubén Díaz y Pablo Moras tiene mucho protagonismo a lo largo de los tres actos, sin olvidar toda la escena que siempre resuelven bien y también son seña de identidad de este festival, afinados y con buena emisión, en momentos algo detrás de la orquesta pero con notable alto, empastados, destacando las chicas en el coro de pajes y el famoso coro de doctores bien interpretado. También interesantes las apariciones puntuales de la última escena de las Embajadas, voces jóvenes pero con larga experiencia lírica.
Destacar también al ballet para conjugar una escena coral y luminosa donde los protagonistas no brillaron tanto, así que pintaron copas.

El rey astur Jorge Rodríguez-Norton debutaba en el rol y quedó en príncipe, con unos agudos de distinto color dependiendo del volumen, opaco en los pianos y algo más lucidos en los fuertes. Mejor el registro medio y grave, destacando sus partes habladas con buena proyección y dicción hasta mi localidad. Rosa asturiana la de Ana Nebot también desigual aunque cumplió en sus arietas, muy sentida aunque algo corta «Ay! de mí…» en su deseo de dotar de mayor lirismo un papel agradecido en todas sus intervenciones, donde su escena fue adecuada y en los dúos con el rey pastor llegó a superarlo. También de la tierra el Jeremías de Juan Noval-Moro que cumplió curiosamente más como cantante que como actor, y completa la María carbayona de María José Suárez, gracia y seguridad en un género que le va como anillo al dedo, algo que el público le agradeció.
A buen nivel y con galones el General Manel Esteve, el completo Gobernador David Rubiera y el Intendente Antonio Torres, que se marcaron un real cuarteto con una «Polca de la dimisón» que habría que instaurar como necesario himno actual, pues los argumentos se mantienen más en la realidad que en la ficción; seguro el Alcalde Vicent Steve reforzando un apellido familiar en la zarzuela, simpático el Capitán Boro Giner, y bien los actores asturianos César Sánchez y la mezzo del coro Yolanda Secades con un paje francés por cercanía catalana familiar. No quiero olvidarme de la perrita Sugar que es tan protagonista como las demás y la causante de todo el enredo hidrófobo, una profesional que también llevó sus aplausos, aunque pintaron bastos.

Las espadas de Marzio Conti al frente de la Oviedo Filarmonía, mostrándose cuidadoso con las voces que el de Villena aprieta por momentos, aunque algo lento puntualmente, lo que repercutió en algunos desajustes entre escenario y foso, con una orquesta ideal para estos repertorios que por momentos sonó poderosa, titular del festival y que lució en todas sus secciones sin desmerecer ninguna. Chapí puede dar mucho más juego pero dentro de esta media el resultado global no rabió y nos lo pasamos bien disfrutando de tanto asturiano en este Principado que hoy fue monárquico y sin rabia en el humor.

Solidaridad con voces de lujo

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Sábado 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Gala lírica de ópera y zarzuela a beneficio de «Kiva Mirando a India«. Beatriz Díaz (soprano), Jessica Pratt (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Alejandro Roy (tenor), Oviedo Filarmonía, Julio César Picos (director). Obras de Verdi, Donizetti, Giordano, Cilea, Giménez, Moreno Torroba, Penella. Entrada: 23 €.

Cuarteto vocal de lujo para una gala solidaria donde también estuvo muy presente París, encabezada por el barítono onubense afincado en Madrid, que lidera la asociación «Kiva Mirando a India» dedicada a escolarizar niños en Belagola (estado de Karnataka) y con pase previo de un vídeo donde aparece parte de este proyecto.

Verdi es el gran renovador de la ópera y ocupó gran parte de esta velada solidaria, primero La traviata desde la obertura que sonó ideal con la Oviedo Filarmonía hoy dirigida por un conocedor del género como el maestro gijonés Picos, pasando por el «Sempre libera» de la soprano inglesa afincada en Australia Jessica Pratt pletórica en volumen y agilidades aunque una Violeta algo fría en este inicio, contestada fuera de escena por un Alfredo que sabíamos era el asturiano Alejandro Roy, antes del Giorgio Germont hoy en día sinónimo de Juan Jesús Rodríguez, impresionante en todos los aspectos ese «Di Provenza», y en un momento álgido que esperemos mantenga, antes de la llegada de nuestra Beatriz Díaz encarnando la Violeta enferma (avisaron de su catarro pero nadie lo diría) en el dúo «Madamigella Valery» con el «suegro», ideal de contrastes, musicalidad y juego de roles, bastón, carta y silla incluidos que nos metieron de lleno en la escena con un rol que la asturiana debutaba con sobresaliente. La otra ópera elegida nada menos que Otello donde Alejandro Roy cantó el «Dio mi potevi» asombrando en toda la gama vocal y dramática bien arropado por la orquesta, un tenor capaz de afrontar todo el amplio registro sin perder proyección, totalmente imbuido del personaje, continuando con el dúo «Talor vedeste in mano» que el Yago del andaluz mejoró al del Campoamor, par de voces empastadas y pletóricas en estos momentos de sus carreras, lamentando no tener más en Asturias a un elenco de casa que debe triunfar fuera. Como premonitorio de ésto la obertura de La forza del destino que abría la segunda parte y nos despedía de Verdi con la orquesta de la capital experta en foso y dominadora de este repertorio al igual que su director, algo mermada en efectivos pero compensado por la entrega de sus integrantes.
Si «Traviata» forma parte de mi mochila operística, puede que el grueso de ella sea Lucia di Lammermoor de Donizetti, tanto en vivo como en grabaciones, y Jessica Pratt no defraudó ni en «Regnaba nel silenzio» con todas las endiabladas agilidades, matices, registros extremos y toda la pirotecnia desplegada en la partitura, como tampoco en el dúo «Apressati Lucia… Sofriva nel pianto» que Enrico Juan Jesús Rodríguez completó y equilibró en emociones musicales, nuevamente rotundo y convincente.

Llegarían las arias de los asturianos, Alejandro Roy con «Colpito qui m’avete» de Andrea Chenier (Giordano) defendido con pasión y dominio escénico para un rol que le va como anillo al dedo, y Beatriz Díaz en «Ecco: respiro appena… Io son l’umile ancella…» de Adriana Lecouvreur (Cilea) verdaderamente increíble, sentido, con esa línea de canto tan bien dibujada, matices increíbles sin perder proyección pese a una orquesta detrás y no en el foso, pero especialmente un color inimitable y personal que delinea cada personaje de forma magistral.

La lírica aúna ópera y zarzuela porque exigentes son ambas e incluso más la española despojada de complejos cuando tiene calidad e intérpretes. El conocido intermedio de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) hizo de puente para disfrutar nuevamente de la OFil, cómoda en el repertorio y aire elegido por Picos, cuadro bailable que preparaba dos joyas, la romanza de Vidal «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) que Juan Jesús Rodríguez canta como nadie, y hay grandes intérpretes a lo largo de la historia,

más el dúo asturiano de El Gato Montés (Penella), Roy y Díaz como Rafaelillo y Soleá arrancando el «ooole» del respetable del pasodoble más universal «Torero quiero ser», y enamorando como la primera vez, pareja perfecta e idónea de tenor-soprano, ambos de casa, calidad más que contrastada, química y física musicales levantando al público que premió con merecidísimos aplausos este cierre de velada con dos asturianos universales a los que apenas podemos disfrutar en su tierra (de hecho Beatriz Díaz parte este domingo a Taiwán para el Carmina Burana de La Fura dels Baus).

Aún quedaban dos propinas de lujo, el dúo del barítono de Cartaya y la soprano de Bóo en La del manojo de rosas (Pablo Sorozábal) «hace tiempo que vengo al taller» renombrando la zarzuela en ópera española por todo lo que disfrutamos, y un aria en solitario de la británica, nada menos que «O luce di quest’anima» de Linda di Chamounix (Donizetti) en la línea de las grandes voces belcantistas, bien acompañada por una OFil siempre presente (por momentos demasiado) con Julio César Picos al frente cerrando un concierto de vértigo por la dificultad en concertar tantas y difíciles partituras en un esfuerzo digno de grandes batutas.

P. D.: Reseña en LNE del domingo 15.

Abriendo armarios y cerrando temporada

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Lunes 29 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Zarzuela XXII Festival de Teatro Lírico Español, último título: Pepita Jiménez, música de Isaac Albéniz, libreto de Francis Money-Coutts basado en la novela de Juan Valera. FOTOS © Facebook y Programa de mano más ©pablosiana. Entrada principal: 27 €.

Cerramos mes, curso y temporada con este drama lírico de Albéniz con textos en inglés y dos actos sin descanso, publicado por la editorial Tritó en revisión de Borja Mariño (sobre la segunda versión de la obra estrenada en Praga en 1896) que obtuvo el Premio Lírico Teatro Campoamor 2013 a la mejor nueva producción de ópera española o zarzuela (coproducción del Teatro Argentino de La Plata y Teatros del Canal) y mejor dirección escénica a cargo de Calixto Bieito.

Impresionante partitura de una belleza sobrecogedora con la música como protagonista más allá de la propia acción cantada que Bieito traslada a una época más cercana con todos los «estereotipos» de una dictadura franquista llena de represión, clero, sexo y erotismo que organizados en una escena con armarios que se abren y cierran más una iluminación muy trabajada a cargo de Miguel Ángel Camacho, llena de momentos plásticos realmente conseguidos sin rasgarse vestiduras por unos pechos desnudos, unos tocamientos de un cura hacia un monaguillo e incluso una pedofilia callada y consentida por todos como auténtica crítica social a unos tiempos de cinismo, miedo. represión y poderes fácticos.

Mencionar igualmente para bien a Rebeca Ringst en el diseño escenográfico e Ingo Krügler en el vestuario. Excelentes las dos páginas escritas por la dramaturga de la función Bettina Auer desgranando esta puesta en escena, ¡Abrimos los armarios!, explicando las posibles dudas ante un planteamiento valiente y nada rompedor, capaz de llenar y completar silencios escénicos con el subrayado de una música inimitable y pionera en su tiempo, ópera española o zarzuela más allá de etiquetas, auténtico drama lírico.

La música de Albéniz siempre protagonista con la Oviedo Filarmonía pletórica en foso, compacta, musicalidad y empaste en cada intervención con Marzio Conti al frente llevando todo el peso arriba y abajo, tanto en las partes instrumentales como concertando y mimando el acompañamiento a unas voces no siempre sobradas en volumen para una partitura exigente y complicada, erigiéndose en el factotum global de este drama donde la Pepita de Nicola Beller Carbone dejó presencia física y vocal suficiente, pianísimos y gusto para esta protagonista con mucho que cantar en cualquier posición, una soprano a la que tendremos que seguir de cerca su trayectoria. Y de nuevo Marina Rodríguez Cusí puso el contrapeso y calidad en su Antoñona, un placer volver a verla y escucharla porque cada papel lo hace suyo y convincente.

Por fin pude escuchar a Gustavo Peña escénicamente y me gustó como Don Luis, lidiando un protagonista que debe pasar por distintos estados anímicos sin perder del todo la compostura, afinación ni el volumen en una partitura endiablada para todas las voces donde las melodías son mucho más que arias o romanzas auténticos catálogos de recovecos expresivos para un Albéniz que busca y encuentra un estilo propio aunque falto de esos protagonismos vocales de la ópera o la zarzuela «al uso», porque la escena que discurre en un solo día se hace algo lenta y las intervenciones no parecen terminar nunca.

El resto del reparto cumplió sin más a partir de esta opinión mía, con mayor protagonismo del Don Pedro Vargas que interpretó Federico Gallar más cómodo en los agudos que en medios y graves.

Mención especial para el Coro Infantil y Juvenil de la Escuela de Música Divertimento que dirige Iván José Román Busto, afinados y claros de emisión incluso en el difícil cuadro a capella y escénicamente auténticos profesionales.

De la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» con Rubén Díez Fernández al frente sólo elogios al consolidarse como una formación joven y segura, sinónimo de éxito independientemente del número o escena exigidos, esta vez en las alturas en todos los sentidos.

Mi enhorabuena por la apuesta de títulos como Los Diamantes de la corona o esta Pepita Jiménez que van más allá de la zarzuela en una oferta lírica amplia y complementaria de la Temporada de Ópera, dos señas de identidad de Oviedo y Asturias que tendrán de «regalo veraniego» el Falstaff de Muti único en España para cerrar julio y abrir agosto. También lo contaremos pues hay cambios políticos de calado y muchos interrogantes sobre las prioridades económicas pero no deben olvidarse que la cultura en general y la música en particular también es inversión, no solo gasto. La educación es el otro pilar básico y alternar títulos de siempre con novedades genera nuevos públicos, los del mañana que ya es hoy. Vigilaremos de cerca y exigiremos como contribuyentes además de melómanos. Hoy toca abrir armarios y cerrar temporada.

Los diamantes son para las mujeres

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Jueves 21 de mayo, 20:00 horas. Teatro Campoamor: Zarzuela, XXII Festival de Teatro Lírico Español: «Los diamantes de la corona«, música de Francisco Asenjo Barbieri, libreto de Francisco Campodrón, segunda representación. Entrada: Delantera de Principal: 27 € (con gastos de gestión).

Cuanto más escucho a Barbieri más me gusta, y no sólo su conocido «barberillo» sino estos diamantes nada brutos y muy pulidos que tengo en grabación histórica con Pilar Lorengar como Catalina, Manuel Ausensi como Rebolledo entre otros, con el Coro de Cantores de Madrid del Maestro Perera y la Gran Orquesta Sinfónica bajo la dirección de Ataulfo Argenta.

Esta segunda de Oviedo no tiene un reparto tan sobresaliente pero todo funcionó a la perfección, compartiendo la misma producción que disfrutó recientemente Madrid. Dejo aquí toda la ficha tanto del reparto como del equipo artístico, puesto que un espectáculo, y «Los diamantes de la corona» lo son en todo su esplendor, originales y nunca copia, ya que este todo conforma una zarzuela de siempre, recuperada en esta edición crítica de Emilio Casares, el gran valedor de todo el Legado Barbieri.

La puesta en escena de José Carlos Plaza es brillante, decorados artísticos, con transición de la cueva al palacio sin interrupción o ese salón del trono de hermosísimas telas; la iluminación excelente, auténtica guía de la acción tanto en las superiores como los cañones laterales, además de  un vestuario elegante y variado que contribuyen a un colorido nunca estridente perfectamente contrastado con el entorno.

El reparto vocal estuvo equilibrado aunque fueron las mujeres quienes ganaron a público y partitura, con una María José Moreno como Catalina y Cristina Faus como Diana convincentes como actrices (el texto hablado resulta tan difícil como cantar, aunque esté recortado) y aún más en sus distintas intervenciones solistas, dúos (qué bien hicieron el bolero Niñas a vender flores del acto segundo) y concertantes. La soprano granadina está en un momento álgido y la última romanza De qué me sirve, ¡oh, cielo! resultó casi un aria de alguna reina de Donizzetti como bien me apuntaba un experto en la lírica, gusto, amplia gama expresiva y emisión perfecta. Por su parte la mezzo valenciana brilló siempre en sus intervenciones conjuntas, pues Barbieri no le da una romanza sola, por otra parte exigiéndole empastar con todos sus compañeros protagonistas, además del citado y conocido dúo con la soprano, que primero arrancan en concertante, o el Si decirle me atreviera con Sandoval en el acto segundo.

Sandoval estuvo bien cantado por el barcelonés Carlos Cosías desde su primera aria ¡Ah! Que estalle el rayo algo contenido, creciendo en los concertantes y marcándose un hermoso dúo con Catalina ¿Por qué me martirizas…? en el segundo acto de tintes belcantistas para una difícil partitura del compositor madrileño. Convincente el barítono Gerardo Bullón como Don Sebastián, como paralelo a la Diana en el sentido de carecer de un número solo pero exigiéndole empastar con el resto de voces, algo que salvo en el quinteto final, consiguió sin problemas. El bilbaíno Fernando Latorre dibujó un Rebolledo completo actoralmente y un poco menos cantando, distintos registros y color vocal, estando más cómodo en el medio y agudo pese a estar «etiquetado» como bajo-barítono, algo que sigo sin compartir del todo por las no siempre acertadas clasificaciones de las voces. Bajó el listón Ricardo Muñiz como Conde de Campoamor, bien las partes habladas pero siempre tapado en las cantadas conjuntas, perdiendo algo de presencia desde el Kyrie final del primer acto, el coro de damas y caballeros del segundo y sobre todo en el quinteto final donde «chirrió» un poco, tirante en el agudo y rompiendo un color bastante homogéneo con las voces graves. Destacar finalmente al actor Joseba Pinela como Antonio, monedero.

Del coro Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» dirigido por el maestro Rubén Díez sólo felicitaciones porque cada aparición suya en escena cumple las expectativas independientemente de las dificultades que deban afrontar, y estos diamantes tienen muchas, vocal y escénicamente, saliendo airosos de todo ello. Tanto las voces graves que comienzan el coro de monederos Vuelta al trabajo, otra parte de militares con Rebolledo al mando y el simpático Kyrie final con Sebastián y el capitán. En el segundo acto bien equilibradas las voces blancas y los conjuntos con un Mil parabienes al lado del quinteto solista, puede que algo precipitados con la orquesta pese al intento de cuadrar desde el foso. Y en el tercer acto tanto el movimiento escénico como los tres coros que cantan redondearon una función exigente, de menos a más hasta la brillante «Marcha de la coronación».

El foso parece el lugar idóneo para la Oviedo Filarmonía, con todas sus secciones equilibradas en volúmenes y presencia perfectamente llevada por el responsable musical, de nuevo Óliver Díaz que saca de ella matices imperceptibles, presencias equilibradas, pendiente de todos los detalles y aprovechando los silencios vocales para ganar en dinámica. Encomiable el cuidado que muestra hacia los cantantes, a los que respeta con escrúpulo, auténtico concertador y conocedor de esta partitura que defiende hasta el último compás. Difíciles las esperas para las largas partes habladas pero atento incluso a los ligeros «recitativos», destacando los golpes de caja china fuera de escena que marcaban pausas escénicas para «comentarios» de los personajes, incluso contestando el propio director como parte de una acción donde la batuta no puede perderse ni una corchea. Habrá que seguir confiando en el maestro asturiano para la lírica ovetense donde se mueve como pez en el agua.

Zarzuela grande la decimonónica cuando todo resulta equilibrado, sin importarnos los quilates de unos diamantes que evidentemente fueron para las mujeres. Buena entrada en el Campoamor que mantiene el nivel de un festival con veintidós años luchando contra vientos y mareas. El viernes será la última función y queda además de la gala de José Bros el próximo viernes 29 de mayo con Conti y la OFil, una esperada «Pepita Jiménez» con música de Isaac Albéniz basada en la homónima de Juan Valera (y en Oviedo con la escenografía rompedora de Calixto Bieito) cerrando ciclo, mes e inicio vacacional (29 de junio y 1-2 de julio), que espero poder contar desde aquí.

Una Clementina para siempre

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Sábado 16 de mayo, 19:00 horas. Teatro de La Zarzuela: «Clementina«, zarzuela en dos actos de Ramón de la Cruz y música de Luigi Boccherini. Director musical: Andrea Marcon. Director de Escena: Mario Gas.  Entrada butaca: 42 €.

Reparto:
Carmen Romeu (Doña Clementina), Vanessa Goikoetxea (Doña Narcisa), Carol García (Doña Damiana), Beatriz Díaz (Cristeta), Juan Antonio Sanabria (Don Urbano), Toni Marsol (Don Lázaro), Xavier Capdet (Marqués de La Ballesta), Manuel Galiana (Don Clemente).

Última de las seis representaciones de esta joya del neoclasicismo escénico español como es «La Clementina» de Boccherini, su única «ópera de salón» que se estrenaba ahora en el Teatro de la Zarzuela tras su paso por el Teatro Español en 2009 también firmada por el regista Mario Gas, producción que ahora regresaba en todo su esplendor vocal e instrumental.

Pocas referencias para un melómano de provincias, una grabación de 1954 pero siempre siguiendo prensa en papel y especialmente electrónica cómo iba dándose este esperado estreno en la línea marcada por Paolo Pinamonti de recuperar nuestro patrimonio, leyendo columnas y comentarios de las anteriores funciones que mejor que uno centraban autor, libretista, época o estilos, además de las correspondientes críticas. Tras escuchar el jueves 14 la retransmisión en directo por Radio Clásica, no siempre fidedigna por la ubicación de los micrófonos pese al esfuerzo de los técnicos de sonido, pero válida para hacernos una visión global, asistía el pasado sábado al siempre irrepetible directo con un retraso anunciado por megafonía a causa del extravío de unas partituras que felizmente aparecieron. Supongo que esto solo pasa en España, pero seguimos siendo diferentes.

Larga obertura a cargo de una ORCAM presentando una partitura con reminiscencias barrocas pero plenamente neoclásica y más ópera bufa que zarzuela de salón, con sus partes habladas bien trabajadas sin las que la acción dramática no sería igual, tanto en el reparto vocal como en el actoral, y sin ataduras historicistas en cuanto a afinaciones (la actual con todo lo que supone para el canto y presencia instrumental) o puesta en escena de la época, elegante, con dos ambientes en uno bien diferenciados, vestuario sabiamente buscado e iluminación adecuada.

Maravillosa elección de las voces por parte del músico de Lucca afincado en Madrid para un libro de Ramón de la Cruz que respira lirismo en su totalidad sin olvidar el carácter cómico de enredos amorosos con cierta crítica: cuatro personajes femeninos con dos sopranos (para las hermanas) y dos mezzos (el aya y una ossia soprano para la criada), y cuatro masculinos de los que dos son cantantes, barítono el maestro de música, y tenor el amante secreto, más dos actores para el fanfarrón marqués y el padre de las chicas. Partitura agradecida en general para voces y orquesta, arias, dúos, tercetos y concertantes fáciles de seguir, melodías incluso pegadizas, sin olvidar la dificultad del texto hablado que en el primer acto ocupa más que la propia música, bien resuelta por todo el reparto y con una puesta en escena muy lograda en un decorado palaciego supongo similar al de la mecenas que encargó esta obra, Doña Faustina Téllez-Girón, condesa-duquesa viuda de Benavente.

Encontrar un elenco español para esta joya resultó igualmente todo un acierto, buscando contrastes en todo desde un respeto a esta edición crítica de Miguel Ángel Marín (en 2013): cantantes jóvenes de largo recorrido lírico que engrandecen un género como la zarzuela, del que Boccherini estoy convencido hubiese aportado su visión italiana de nuestra idiosincrasia, sumando la veteranía actoral adaptada a los propios personajes más una orquesta maleable que bajo la batuta de un especialista como Andrea Marcon elevan a joya este título recuperado para siempre y exportable sin ninguna duda a cualquier coliseo mundial.

Carmen Romeu aunque protagonista comparte y contrasta con Vanessa Goikoetxea sus presencias y caracteres opuestos de dos hermanas, vocalmente también, sobria la valenciana y extrovertida la duranguesa (aunque nacida en Palm Beach), ambas de bello sonido y empaste donde la partitura marca perfectamente la línea interpretativa a seguir, puede que un vibrato no siempre expresivo por parte de Romeu en el aria ¡Ay de mí1, Corazón mío y mejor Incauta mariposa, del primer acto o la copla ¡Almas que amor sujetó! en el inicio del segundo, frente a la más pura Goikoetxea en emisión (bella en Del tiempo los rigores e incluso en la «rabieta» Cruel, injusta, ingrata, y sin problemas tampoco en las partes habladas, con un hermoso dúo Duda si vive.

Beatriz Díaz recrea a la criada simpática que llena la escena no ya actoralmente, increíble la dicción y movimientos sobre las tablas, sino vocalmente, excelente Con una buena cara en el primer acto y aún mejor Quien libre ha vivido del segundo. Su registro grave ha ganado presencia sin perder color junto a unos agudos matizados en cada detalle además de sobrada en tesitura, una soprano idónea para esta Cristeta asturiana contrapuesta a la Doña Damiana de Carol García, genialmente caracterizada, equilibrio de caracteres vocales (hermosa aria Vos sois su padre) y dándole la catalana el acento andaluz a esta institutriz o aya seria y hasta odiada por «exigencias del guión» con el color idóneo, caso del dúo con Clementina Blanca paloma.

Estas cuatro voces femeninas marcarán un catálogo de sensaciones vocales según se emparejan, destacando el arranque de la primera escena Huid corazones extrovertido con la asturiana y la vasca en perfecto dúo al que se suma Don Lázaro para completar terceto, frente al introvertido Blanca paloma de Romeu con García en la escena quinta, por citar dos ejemplos.

El Lázaro del catalán Toni Marsol resultó un auténtico caramelo para el barítono por la amplia paleta vocal y sentimental que tiene, arias casi italianas de estilo bufo (Soy puntual y comedido) frente a las más cantables como Sabrá por mis lecciones, con dúos y concertantes dignos de cualquier ópera contemporánea a Boccherini, sumándole solvencia a las partes habladas para crear este personaje que resulta el auténtico triunfante amoroso en el enredo. La partitura para Don Urbano requiere un tenor muy ligero casi «belcantista» por no decir mozartiano, incluso un «tenore di grazia«, pues tiene la parte más dura de toda la obra, así que el canario Juan Antonio Sanabria hubo de «bailar con la más fea» no ya por un personaje enamorado de la que resultará su hermana sino por unas agilidades diríamos casi barrocas al final de la obra en el aria Hablándome al oído que el sábado resultaron mejor que el jueves, convencido que las dificultades puestas por el compositor italiano estaban al servicio del tenor que la estrenó, costumbre por otra parte habitual de escribir las arias a medida del reparto con el que se contaba. El resto, como su aria El amante que se queja o el dúo con Clementina No imploro tus piedades / Tú sola fuiste, lo solventó el tenor canario (algo tiene esa tierra) con gusto y musicalidad. Pese a lo comentado, bien esta pareja masculina que igualmente dejó impronta en sus personajes y completaron un sexteto vocal (Rondó a seis Para que los placeres) bien diseñado e interpretado, decantado hacia las féminas por calidad y cantidad.

Los dos vejestorios, cariñosamente y con toda mi admiración, los bordaron dos actores, catalán y madrileño para seguir contraponiendo, cuyas voces tenemos en nuestra memoria, personajes enfrentados antes amigos perfectamente interiorizados y bien delineados por otro hombre de teatro como Mario Gas, respeto por la acción y el respeto a la retórica de un Capdet histriónico y contagioso para un papel de fanfarrón al que hoy casi tildaríamos de casposo, junto a Manuel Galiana, señor de la escena, verbo claro y bien dicho, realismo conjugado con el humor irónico y el drama contenido, complemento indispensable de la música, contrastes continuos de ordinariez frente a elegancia con el sabor de un entremés pasado a «dramma giocoso» de estilo ilustrado.

La ORCAM de calidad y sonoridad deliciosa en cada sección, una cuerda presente y compacta, con leve desafinación en algún pasaje (el aire acondicionado no es amigo de los instrumentos), madera solvente y trompas presentes con el volumen adecuado, formación titular llevada por Andrea Marcon con el tempo preciso, mimando las voces y atento a un colorido propio a nivel de conjunto que remarcó una «Clementina» agradecida y muy aplaudida por un coliseo lleno en plenas fiestas madrileñas.

Los sobretítulos incluyeron traducción al inglés en las partes cantadas y todas las habladas, siempre con la dificultad de pasar al idioma de Shakespeare la riqueza del cervantino, un acierto del Teatro de la Zarzuela para un público cada vez más internacional, sumándose también a la campaña del Festival «Yo voy al teatro» para personas con discapacidad auditiva y visual y personas mayores, teniendo de vecinos de localidad a una invidente acompañada de su perra guía Shiva que disfrutaron tanto o más que el resto. ¡Viva la zarzuela! este sábado con sesión matutina incluida.

Zarzuela matutina

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Sábado 16 de mayo, 12:00 horas. Fundación Juan March (Madrid): Los conciertos del sábado. Ciclo «Zarzuela cómica«: Homenaje a Guillermo Fernández-Shaw (1893-1965). Carmen Solís (soprano), Carlos Crooke (tenor cómico), Aurelio Viribay (piano). Entrada gratuita.

Madrid en fiestas aunque para la música siga siendo la capital, con espectáculos diarios y para todos los públicos. Un lugar que no suele faltar en mis escapadas es la fundación de la calle Castelló, en pleno barrio de Salamanca, de cuya dirección musical se encarga mi admirado Miguel Ángel Marín, esta vez para un merecido homenaje con un concierto que repasaba dúos y romanzas de zarzuela donde la saga Fernández-Shaw se ocupó de los libretos, parte esencial en este género tan nuestro porque no sólo es encontrar los textos sino adaptarlos para ser cantados, de ahí la habitual colaboración de dos libretistas como iremos comprobando. El legado de esta familia se encuentra en la Biblioteca de la Fundación Juan March y se celebran ahora los 50 años del fallecimiento de Guillermo, licenciado en Derecho como su padre Carlos además de periodista en La Época antes de dedicarse a los libretos de zarzuela que hasta 1950 firmaría junto al ovetense Federico Romero. Del hilo argumental en este espectáculo ameno, entretenido y que colgó el cartel de aforo completo se encargó precisamente Carlos Crooke, cual libretista que nos iba narrando argumentos con una mesa y una silla como taller de trabajo de todo escritor, además de cantarlos y escenificarlos con la soprano extremeña Carmen Solís y el talento pianístico de Aurelio Viribay, no ya acompañante o director sino auténtico maestro para muchos artistas de nuestro panorama lírico y trabajador incansable en recuperar veladas como esta matutina de «Los sábados de la Fundación«.

Los compositores y obras elegidas sirvieron para comprobar el talento de Carlos Fernández-Shaw y sus hijos Guillermo y Rafael en perfecto entendimiento para escribir auténticas joyas de nuestra no siempre defendida ni entendida zarzuela.

Guridi escribe su obra «El Caserío» con libro de Guillermo y Romero, eligiéndose el dúo Cuando hay algo que haser para abrir boca con dos voces que funcionarían a la perfección también por separado, y su conocida romanza de tenor Yo no sé qué veo en Anamari, algo más dura para un tenor cómico como Crooke aunque Viribay mimó la partitura de principio a fin.

No tan popular como el vasco pero con los mismos escritores del libreto, el alicantino Ernesto Pérez Rosillo (1893-1968) escribe en 1921 «Las delicias de Capua» de la que escuchamos Por las orillas del Manzanares, romanza realmente deliciosa que nos lleva a los cuadros goyescos más que a las guerras púnicas. A continuación mismos literatos para otro de los grandes músicos de zarzuela como el maestro Jacinto Guerrero con el simpático dúo de Colette y Moisés a ritmo de fox-trot Yo no soy Napoleón de «Las alondras» (1927) donde Carmen Solís y Carlos Crooke recrearon y repescaron un título algo perdido frente a otras más famosas, pese a la calidad de su partitura, continuando con estos gustos de argumentos «militares» y amorosos para «La señora capitana» (libreto de Jackson Veyan) con música de Joaquín «Quinito» Valverde y Tomás Barrera, donde el dúo Dejar las armas podemos ya sacó registros hermosos en la soprano bien contestada por el tenor, papeles adaptados a voz y escena dentro del llamado Género Chico, aunque sólo de extensión.

Volvía el tándem Fernández-Shaw – Romero para una de las zarzuelas más representadas como «La canción del olvido» (Serrano) y la famosa romanza Canta el trovador, que Carmen Solís bordó con gusto arropada por el terciopelo pianístico de Aurelio Viribay.

En pleno San Isidro no podía faltar algo castizo como «El bateo» de Chueca (libreto de Antonio Domínguez y Antonio Paso) con dos números alegres perfectamente entendidos por los intérpretes: el couplet para tenor cómico Yo me llamo Virginio Lechuga jugando con las medias color carmesí, y el dúo con Visita Muy buenos días señor Virginio, declaración amorosa sacando todo el partido a las dos puertas que flanquean el órgano de tubos del salón de la Fundación y aún más este fragmento para unas voces ideales en este repertorio, más duro de lo que aparenta y compuesto parte de él en tiempos donde las tiples y vicetiples no tenían registros tan «claros» como hoy.

El homenaje no podía olvidar al patriarca Carlos quien con José López Silva escriben el libreto de «Las bravías» (Ruperto Chapí), título no muy representado del que disfrutamos el dúo ¿Por qué no te marchas? interpretado con sentimiento y musicalidad sobre las tablas. Y otra partitura que siempre resulta una joya por una música de primera como «La chulapona» (1934) de Moreno Torroba y textos de Guillermo y Romero de quien escogieron el dúo Yo que con las damas, retrechero y chulapón como la verbena de San Cayetano y castizo como un chotis, elegancia de Solís y desparpajo de Crooke, con una orquesta pianística más que manubrio de organillo con Viribay, todos capaces de recrear un número de primera que bisaron al final del concierto.

Para terminar este teatro musical de cámara dedicado a la zarzuela tenía que estar Francisco Asenjo Barbieri y «El barberillo de Lavapiés«, con nada menos que Luis Mariano de Larra como libretista para una maravilla de nuestra historia lírica no ya local sino mundial, plenamente vigente en tiempos donde parece renacer nuestro género musical por excelencia que triunfa allá donde va. Tres números para disfrutar: las seguidillas manchegas En el templo de Marte, la conocidísima romanza Como nací en la calle de la Paloma y el dúo Una mujer que quiere ver a un barbero, los enredos y comidillas de una profesión, aquí con Lamparilla, que ha dado muchas páginas escénicas y nuestro Barbieri eleva a su máxima categoría con unas voces adaptadas al carácter que letra y música reflejan, más una orquestación endiablada al reducirla al piano pero que Aurelio Viribay interpreta como nadie, pudiendo comprobar el excelente momento de Carmen Solís en un repertorio que no es el habitual suyo y un Carlos Crooke feliz y cómodo en unos papeles no siempre valorados y con personajes de nombres poco agradecidos como él mismo contaba en sus interloquios siempre llenos de ironía y buen gusto. Una mañana realmente zarzuelística que servía como aperitivo a la sesión del «templo» en la tarde noche. Pero ésta… será otra historia.

 
P. D. El audio del concierto está disponible en este enlace de la propia Fundación sólo hasta el día 16 de junio de 2015.

Espectáculo de siempre

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Sábado 21 de febrero, 20:00 horas. Fundación Baluarte, Pamplona: Zarzuela! The Spanish Musical. Entrada butaca: 46,00€ (más 0,95 € de gestión).

Segunda y última función de un estreno que nos recuerda aquellas antologías de la zarzuela de José Tamayo, espectáculo para exportar y seguir manteniendo vivo nuestro más genuino género musical desde el barroco hasta nuestros días, siempre desde la calidad total que incluye puesta en escena, voces, orquesta y director, algo que no se alcanzó del todo en este musical español como se quiere vender esta selección de romanzas, dúos, coros, bailes y números variados.

Todos los aficionados tenemos en nuestra memoria multitud de melodías de esas maravillosas zarzuelas en vinilo, algunas más modernas en CD e incluso nuevas producciones que mantienen viva una llama que no se extingue aunque haya tenido altibajos y hasta fuese considerada la «hermana pobre» de la ópera, pero que allá donde va siempre triunfa. Sirva de recuerdo, así como homenaje y apoyo, las veintiuna temporadas del Festival Lírico del Teatro Campoamor ovetense, que es un referente a nivel nacional. Personalmente prefiero títulos completos porque elegir fragmentos siempre resulta muy personal y nunca convincente para todos, algo que me sucedió con este espectáculo pergeñado por Jorge Rubio Quintana y diseñado por el argentino Gustavo Tambascio, coproducido por el Baluarte pamplonés y el Teatro Calderón vallisoletano de Producing Emotions, donde sobraban algunos, faltaban los emblemáticos y algo largo (más de los 135 minutos previstos) pero bien ideado con ese hilo argumental que supongo pueda ser susceptible de rehacerse, así como la organización de las intervenciones que pone seguidos para algunos cantantes números que podrían intercalarse y resultar más variado incluso tímbricamente, y también desequilibrados en número, caso de los cuatro del Barberillo de Barbieri por muy importante que sea en la historia de nuestra Zarzuela.

Escénicamente está bien diseñado desde la informática que hace maravillas en un marco y gasa delantera, no siempre apta para las voces, donde se proyectan imágenes tanto fijas como en movimiento de muy buen gusto y belleza visual. También impresionante el despliegue de vestuario para coro y bailarines, muy «clásico» y variado, ceñido a la ambientación de cada número elegido, organizado casi geográfica y cronológicamente, con la gran Milagros Martín personificando «La Zarzuela» y el actor también cantante Javier Ibarz como «Lord Arlington» que mantienen el hilo conductor siempre con la «complicidad» de los distintos solistas. Creo que sobraba el inicio con música enlatada de Wagner y los cantantes sentados en unas butacas para arrancar la acción argumental.

Del amplísimo elenco que dejo aquí arriba escaneado del programa de mano, de todo como en la propia zarzuela, destacar como triunfador total al cuerpo de baile de Ballet Producing Emotions por el enorme esfuerzo no ya físico sino de estilos, donde hubo desde el flamenco al baile español pasando por el folklore (jota y zortzico) que siempre resultó bien ejecutado desde unas coreografías realmente logradas y aprovechando el magnífico escenario del Baluarte que no todos los posibles destinos tendrán. Destacar a los principales Sara Martín Chamorro y David Sánchez que nos dejaron un bellísima actuación en el intermedio de La leyenda del beso (Soutullo y Vert) y una impresionante boda de Luis Alonso del conjunto, aunque en este punto debo pararme para referirme a la dirección musical de Jorge Rubio al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra.

La lentitud en todos los números sólo benefició, y no siempre, a los bailarines, pues en ese intermedio de Giménez, castañuelas, giros, pasos y saltos encajaron perfectamente con la orquesta, pero más difícil en los números «nacionales». El taconeo resultó siempre por encima de los músicos, con lo que en vez de disfrutar las hermosas instrumentaciones que los compositores hacen, la orquesta sonó cual grabaciones en pizarra carentes de dinámicas o sentido lírico, que de eso se trata. La dirección de Jorge Rubio no concertó ni conectó con las voces, por otra parte ubicadas casi siempre muy atrás de la enorme caja escénica, haciendo inaudibles los registros graves que con dar un par de pasos adelante se resolvía en parte, aunque el foso tan abierto tampoco ayuda nunca. Los micrófonos «de ambiente» para las partes habladas entorpecieron también el resultado musical puesto que se «colaba» la propia orquesta con una presencia sonora del arpa al mismo volumen que el resto, lo que ya es decir, poniendo todavía en más problemas a los solistas. Una pena que falle el primer pilar de la producción porque estoy convencido de un resultado mejor en condiciones distintas.

Del coro local (Coro Premier Ensemble de la AGAO) que dirige Íñigo Casali tampoco puedo escribir en positivo, escénicamente no muy sueltos y vocalmente inseguros, alguna entrada falsa, afinación mejorable y de nuevo poco ayudados por dirección y orquesta, así como necesitando en momentos más efectivos porque no es cuestión de gritar para equilibrar los planos. La lentitud a la que me referí antes, tampoco ayudó nada, por lo que los números corales quedaron disminuidos.

El cuarteto solista, amén de Milagros Martín que básicamente actuó pero también interpretó con su habitual magisterio escénico «La Tarántula» o el «Chotis del Eliseo» de La Gran Vía de Chueca, junto al ballet y el coro, más Javier Ibarz, un lujo de actor que también participó cantando en la jota final de La Bruja (Chapí), contaba con el tenor Sergio Escobar que hubo de ser sustituido por Enrique Ferrer. Debo insistir en la mala costumbre en los directores de escena de colocar hacia atrás los solistas o tener que realizar piruetas para girarse hacia el público y así poder emitir con calidad, pero aún así el tenor madrileño, como el resto de compañeros, no se achicaron y pudieron «defender» sus intervenciones. Me gusta desde hace tiempo su color vocal y musicalidad que esta vez brillaron especialmente en su Leandro «No puede ser» de La Tabernera del puerto (Sorozábal).

El barítono gallego Borja Quiza está en un momento dulce de su carrera, convence en cada intervención solista, empasta perfectamente en los dúos y escénicamente es un todoterreno que hace creíble cada aparición. Destacar el Germán en La del Soto del Parral realmente «feliz» que firmaría el mismísimo Manuel Ausensi.

La soprano Beatriz Díaz también tuvo que lidiar con ubicaciones incómodas, números seguidos y romanzas durísimas poco escuchadas como «Sierras de Granada» de La Tempranica y la «Canción de Paloma» con coro de El barberillo, siempre presente su voz pese proyectando sin problemas y cantando con el gusto y musicalidad que caracterizan a la asturiana, así como su entrega y escena convincentes. Empaste idóneo en los dúos, especialmente como Paloma con el Lamparilla Quiza y El Gato Montés (Penella) de Soleá y Rafaelillo Ferrer realmente delicioso, así como el conjunto de «las mañanitas» de Don Gil de Alcalá llevadas más que lentas por Rubio donde la orquesta se limitó a la partitura.

La mezzo canaria Belén Elvira completó el elenco solista y también hubo de hacer auténticos esfuerzos para alcanzar la fila 23 en la que me encontraba, tapada por una orquesta olvidada de matices y sin acompañar donde debía, así como unas romanzas desiguales para su color debiendo cambiar de registro no siempre agradecido al oído. Bien en los dúos (algunos los escuché también con Beatriz Díaz en Vigo) como el «Escúchame» de Doña Francisquita (Vives) con Enrique Ferrer y una Zambra desigual pero creíble, pese a un coro «desganado» contagiado por la eterna lentitud desde el foso, y donde encontró la posición en escena para poder darlo todo.

Finalizar repitiendo lo bonito del espectáculo con todos los peros apuntados que no todos suscribirán, convencido que todo es mejorable si desean exportar como se debe un musical que no pasa de moda y puede ganar nuevos públicos que tanto necesita la música en general, aunque la calidad debe primar en todo, y no olvidar que sin voces no hay obra sobresaliente. Para la zarzuela también debemos exigir lo mejor.

Pasión lírica con más amor que desdicha

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Viernes 13 de febrero, 20:15 horas. Sociedad Filarmónica de Vigo, Auditorio Centro Cultural Afundación, Vigo. Pasión Lírica «Entre el amor y la desdicha»: Beatriz Díaz (soprano), Belén Elvira (mezzo), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de ópera y zarzuela.

En pleno siglo XXI mantener sociedades filarmónicas es toda una labor épica, abonados que van dejando por razones obvias su gran afición y poca juventud que tome el relevo. Lástima porque siguen siendo la escuela formativa para mayores auditorios tanto para intérpretes como público. En ellas podemos seguir disfrutando de la llamada música de cámara y recitales líricos con piano que llenarían grandes salas con orquesta.

Ferrol, Coruña y Vigo aunaron esfuerzos para lograr un recital de auténtica pasión con dos mujeres de larga trayectoria y un pianista que ha dedicado toda su vida a este género, acompañando voces que siguen triunfando.

La asturiana de Bóo Beatriz Díaz, la canaria de Lanzarote Belén Elvira y el madrileño Álvarez Parejo organizaron un programa para esta pequeña gira gallega que hizo las delicias del público conocedor de casi todo lo escuchado (más allá de la edad), arias y dúos para soprano y mezzo donde las voces lograron triunfar tanto en solitario como juntas gracias a un empaste perfecto, algo difícil de encontrar en estos tiempos, con alternancia de números que hicieron aún más atractivo el concierto.

La primera parte la abriría Mascagni con su Cavalleria Rusticana, la escena y oración a piano solo emulando una orquesta con esa música siempre bella, antes del Voi lo sapete, o mamma de la mezzo canaria, continuando con Puccini y dos delicias suyas, Tu che di gel sei cinta de «Turandot» que parece escrito para la asturiana, y el dúo de las flores de Madame Butterfly, dulzura allerana y el perfecto entendimiento entre los tres intérpretes. Esta temporada de ópera en Oviedo pude escuchar dos versiones de Butterfly y el esperado «Samson et Dalila» (Saint-Saëns) del que Belén Elvira desgranó la conocida Mon coeur s’ouvre à ta voix convincente, como si las mezzo canarias tuviesen un don para este rol. Las joyas brillaron con Beatriz Díaz en el «Faust» (Gounod) de Ah! Je ris des me voir, gusto y escena siempre de la mano, con esos rubati impecables y bien entendidos desde el piano, antes de la conocida Barcarolle, dúo de «Los cuentos de Hoffmann» (Offenbach) que confirmó el empaste de ambas voces, a unísono como una sola, con los planos en perfecto equilibrio y un piano siempre pendiente de las protagonistas. El cierre operístico de la primera parte lo puso Bizet con la conocida Habanera de «Carmen» ideal para la mezzo canaria hoy con piano, y Les filles du Cadix (Delibes) que en la voz de la asturiana son otra delicia en versión recital que nunca cansa escuchar, destacando lo difícil que resulta cantar en francés sin cambiar el color de voz, algo que lograron ambas.

El llamado género chico lo es solo de nombre, junto con una zarzuela que seguimos sin saber vender incluso en recital, pese a contar con páginas hermosísimas y de igual o mayor calidad que muchas de sus «hermanas mayores».

La selección adecuada, exigente y nuevamente completa en registros, escena y acompañamiento, destacando El dúo No merece ser feliz de «Los Gavilanes» (Guerrero) con madre e hija convincentes o el agradecido Todas las mañanitas de «Don Gil de Alcalá» (Penella), donde sólo faltó hacer los coros al público. Sobrios el ¿Qué te importa que no venga? (Serrano) de «Los claveles» por la canaria, y  la petenera Tres horas antes del día («La marchenera«) de Moreno Torroba por la asturiana, en registros y colores de voz apropiados para ambas para deleitar y recrearse aún más en las siguientes romanzas solistas de la Canción de Paloma de «El barberillo de Lavapiés» (Barbieri), endemoniada para pianistas acompañantes (como toda reducción orquestal) y más para sopranos que logren cantar todo lo escrito además de interpretarla escénicamente, a lo que Beatriz Díaz nos tiene acostrumbrados ¡Brabóo!, y el Chotis del Eliseo de «La Gran Vía» (Chueca), tan castizo en todo que nadie diría que Belén Elvira sea canaria, más un «organillero» de lujo el piano de Parejo. Nada mejor que un poco de humor todos juntos con una página compleja en partitura, con cambios de ritmo difíciles de encajar, y escena simpática como es el dúo de «Los sobrinos del Capitán Grant» (Fernández Caballero), ese En Inglaterra los amantes… donde Miss Ketty Beatriz y Soledad Belén nos hicieron reír con su escenificación, sin escatimar nada en un canto nuevamente bien ensamblado, templado y acertado.

Largos aplausos y dos regalos en solitario también españoles, ese El vito de Obradors que Beatriz Díaz defiende como un auténtico «lied» español mientras Álvarez Parejo protagoniza al fin algo puramente pianístico y no orquestal, exigencias bien resueltas por ambos intérpretes, y La tarántula de «La Tempranica» (G. Giménez), con Belén Elvira que da a lo pícaro altura artística en esta mezzo de amplio registro. Excelente recital con auténtica pasión donde entre el amor y la desdicha reflejadas en las partituras estuvo el buen hacer y calidad de los tres intérpretes.

Como curiosidad seguirán viaje hasta el Baluarte de Pamplona para hacer una antología de zarzuela con coros, orquesta y distintos solistas, comentando que mi admirada Beatriz Díaz cantaba estos recitales gallegos a caballo entre su reciente Oscar de Ballo en la ópera de Bolonia y la Clementina (Boccherini) de mayo en la Zarzuela madrileña. No está nada mal un recital con ambos géneros, más allá de mantener repertorio porque siempre son grandes cuando hay calidad en los intérpretes, algo que se corrobora en cada actuación.

El rapacín de Candás volvió tras 150 años

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Lunes 8 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Prendes, Candás: El rapacín de Candás (Gabriel Balart y Francisco García Cuevas). Juan Noval Moro (tenor), Yolanda Montoussé (soprano), Fabio Barrutia (barítono), actores del Grupo Cultural «Xana» de Perlora (Lucía Colunga, Enrique Molina, Carlos Arias Cancio, Rosa Ana Muñoz -y directora de escena-, Francisco Suárez), Coral Polifónica «Aires de Candás» (directores: Marco A. García y Elena Rosso), Orquesta Sinfónica «Miguel Barrosa», David Colado (dirección musical).


Tremenda expectación domingo y  lunes más allá de la capital de Carreño ante la recuperación de una obra titulada El rapacín de Candás que dormía en algún baúl pero que siempre tenemos la suerte de encontrarnos musicólogos y estudiosos capaces de recuperarlas, incluso rehabilitarlas ante el mal estado en que se encontraban, pudiendo decir eso de «estreno en tiempos modernos». Ramón Avello explica muy bien en su crítica de la función dominical aparecida este martes 9 en el diario El Comercio, cómo se rescata del olvido una obra que sin ser una joya del teatro lírico sí puede considerarse pionera de los sainetes escritos en asturiano:

Personalmente me sorprendió (como también a algunos conocidos, como un amigo que escribía «tiene partes musicales bonitas, pero finales reiterativos, repitiendo cuatro veces para llegar a la cadencia final. El argumento carece de mayor interés, se puede comparar a un sainete del teatro costumbrista. Le falta la parte cómica, los ballets, etc. de otras zarzuelas») que se doblase escena y canto, aunque supongo que el mayor peso de la parte hablada y además en asturiano, hacía difícil memorizarla a los cantantes, pese a ser más fácil que intentar que los actores cantasen, pues esto no es EE.UU. donde todos los estudios escénicos incluyen la música y el canto.

Que yo conozca los buenos actores que canten son más que los buenos cantantes actuando, aunque algo esté cambiando. Esta vez la separación no ayudó por situarlos abajo, detrás de la orquesta (que tampoco tenía foso) y ni siquiera los actores sobre el escenario estaban ubicados como los cantantes, teniendo un desesquilibrio ubicacional y resultando una suerte de «Escala en HiFi» que muchos de mi edad recordarán en blanco y negro, incluso las producciones de zarzuela donde creía que los actores cantaban hasta que conocí el «play back» con figuras de la lírica que tan solo ponían la voz, primando actores sobre cantantes. De los programas de mano a elegir en asturiano o castellano, tan solo el argumento, datos técnicos de los intérpretes pero sin recordar a los autores, compositor de la obra el catalán Gabriel Balart i Crehuet (1824-1893) junto a los textos o libreto de Francisco García Cuevas.

De lo vivido en la segunda función, nuevamente con lleno total, felicitar al elenco de actores de grupo perlorino, auténticos protagonistas, incluso a la coral local que sí formó parte de la escena, dirigidos por Elena Rosso, quien también formó parte de la acción sobre las tablas. Del trío solista escuchaba por vez primera al barítono y me reencontraba con la pareja principal tenor y soprano, aunque vocalmente no me aportaron mucho ni tampoco pienso que su ubicación ayudase.

Felicitar finalmente a los músicos del conservatorio local reforzados para la ocasión para conseguir una orquesta sinfónica que bajo la dirección de David Colado (quien también es responsable de la revisión y «rehabilitación» de la obra) sacaron adelante este entretenimiento que podía haber sido candasín o mierense, incluso leonés o lucense puesto que ese asturiano «amestao» aún se usa y entiende. Está bien recuperar patrimonio aunque la calidad no lo haga muy exportable, pero es nuestro y vuelve al pueblo. Hacer una grabación para conservar todo el documento sonoro supongo que no sería excesivamente caro aunque el estudio permita licencias que el directo no.

Dejo aquí recortes de prensa con comentarios, críticas y todo lo que este regreso movilizó en Asturias que tenía su capital lírica este puente festivo en Candás.

Kraus omnipresente 15 años después

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Jueves 4 de diciembre, 20:00 horas: Teatro Filarmónica, Oviedo. XII Concierto Homenaje a Alfredo Kraus (en el XV aniversario de su muerte): Francisco Corujo (tenor), Virginia Wagner (soprano), Juan Francisco Parra (piano). Arias, dúos y romanzas de ópera y zarzuela. Organiza: Asociación Lírica Asturiana Alfredo Kraus (ALAAK). Entradas socios y público: 12 € y 15 €.

Ópera y zarzuela, dos géneros líricos que realmente son uno, música escénica que el recordado Kraus dominó como nadie, sabiendo elegir el repertorio haciéndolo único por excelente. El recital en su memoria nos trajo a otro tenor canario, tierra de cantantes mayúsculos, más una soprano argentina repasando arias y dúos de los habituales de nuestro homenajeado siempre presente, elección difícil de cada número para la primera parte universal, romántica, como también la segunda dedicada a lo español, duro y con la memoria auditiva de «El Tenor» en cada romanza, en cada aria. Por supuesto el piano de otro canario inmenso, Juan Francisco Parra capaz de hacer una orquesta con 88 teclas en proceso inverso, nada de reducciones orquestales para el piano, puesto que así trata cada partitura el «maestro correpetidor«, tapa acústica abierta plenamente para degustar cada intervención suya con toda la paleta de matices, duraciones y acompañamiento pendiente de las voces, director musical que ha bebido de la fuente y heredado la honestidad con el respeto a lo escrito. Una delicia captar la duración exacta de cada nota, el pedal en su sitio o esa espera siempre del remate vocal para la caída perfecta en el momento justo.

Cantantes y actores que representaron cada rol con mucho esfuerzo y resultados desiguales, color vocal hermoso el de «Pancho» Corujo aunque debe seguir buscando su camino, no imitar, dominar y hacerse su propio repertorio, similar por otra parte al del irrepetible y siempre único Alfredo Kraus. Trabajador incansable pareció más cómodo con Gounod que con el siempre exigente Verdi o la zarzuela de Sorozábal, muchos kilates y peso que todavía debe saber cargar para hacerla más liviana.

De la soprano apellidada Wagner (el que nunca cantó Don Alfredo) y nacida en Argentina, apenas algunos detalles en Cilea, difícil empaste en los dúos de Manón de Massenet o la Gilda poco creíble, más unas zarzuelas que no lucieron pese a la entrega canora. Curiosamente me gustó su registro grave pero totalmente variable el color incluso en el mismo registro, y momentos de brillo metálico junto a otros imperceptibles pese a estar con acompañamiento pianístico. Interpretativamente no pareció creerse todo lo cantado, las «Sierras de Granada» de La Tempranica (Giménez) no están escritas para ella aunque su profesionalidad sea intachable.

Ni tan siguiera ese conocido dúo final de El Gato Montés de Penella consiguió llegarme un poco, porque además del oído mi piel debe erizarse cuando hay magia. Me cabe la satisfacción de seguir disfrutando con el pianismo sabio, sincero y amigo de un Parra enorme en cada recital, que me tomé como lo que era: un recuerdo a la figura de Alfredo Kraus, más grande cada año, y que escuchando su repertorio sigue siendo referente de mi memoria auditiva e inalcanzable por nadie todavía.

Dura la vida del cantante, difíciles las tesituras agudas, ardua labor igualar color, de sabios elegir las obras para cada voz y en el momento adecuado, mas eterna la búsqueda de la excelencia desde la personalidad individual, algo al alcance de unos pocos privilegiados.

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