Inicio

Sorpresas de doble o nada

Deja un comentario

Jueves 6 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: «Vivaldiana, Antonio Vivaldi deconstruido». Forma Antiqva, Aarón Zapico (director). Obras de Vivaldi, Nebra, Händel y Boccherini.

Cada concierto de Forma Antiqva es una sorpresa, una apuesta nueva, un disfrute para el oído y una actualización de la música que sigue triunfando en sus interpretaciones, llenando un auditorio que les es fiel no solo por ser asturianos sino por la variedad de cada programa, y esta «Vivaldiana» con su formación  grande no dejó indiferente a nadie.

Las notas al programa de Alejandro G. Villalibre, tan originales como el propio concierto (que  dejo enlazadas), las titulaba «Vivaldiana: de digresiones, nexos y contrapiés» y recogía muchas frases del propio Aarón Zapico, desde «Para muchas obras tú puedes acudir a una estantería, cogerlas y escucharlas. Pero tú no puedes coger Vivaldiana» hasta las propias del doctor en Musicología: «Bienvenidos a un concierto diferente. Una experiencia irrepetible creada para refrescar y salirse de los esquemas clásicos del concierto», finalizando con «(…) cierre el programa, olvídese del ‘orden’, disfrute de lo que se presenta ante usted y luego, a la salida, relea todo. Y, probablemente, quién sabe, quedará más claro».

Son años siguiendo a los asturianos en todas sus combinaciones e incluso por separado a los tres hermanos, y si de algo pueden presumir es en la calidad de los músicos elegidos para cada proyecto, por lo que este nuevo reto casi celebrando el cumpleaños de Antonio Vivaldi (Venecia, 4 de marzo 1678 – Viena, 28 de julio 1741), me retrotrajo a su primera grabación de «Las Cuatro Estaciones» en Granada allá por 2011, que fueron un hito y continúan siendo un referente del «sello Zapico«. Esta vez toda una apuesta al doble o nada, ganada antes de comenzar con un orgánico para la ocasión (26 músicos) con  dobles trompas y oboes, dos chelos, órgano y clave, laúd-guitarra con viola de gamba pero también un fagot dando un colorido y protagonismo a muchos de sus músicos, algunos con reconocida trayectoria individual que acuden siempre a la llamada del «Zapico mayor» para disfrutar entre todos.

Dos partes siempre con Vivaldi protagonista y desarmando (Forma Antiqva lo «deconstruyen») varios de sus conciertos para dos instrumentos (origen primigenio del proyecto), sobre todo los de trompas y violonchelo, pero alternando con el bilbilitano José de Nebra, el anglo-germano Händel y hasta el hispano-italiano Boccherini, con un programa que dejo al final de esta entrada.

Así arrancaban en solitario las dos chelistas (Ruth Verona y Elisa Joglar) con un sonido rotundo, perfecta compenetración y el segundo movimiento del RV 531 como «aperitivo» y el primer tutti de la obertura de Nebra para imbuirnos del sonido propio y la amplísima paleta de color instrumental como en los asturianos es costumbre. El breve pero intenso paso por Händel volvería a jugar con los contrastes y matices extremos tan barrocos aunque revestidos de cierto pre-clasicismo por un uso controlado de los crescendi combinados con los ataques en los inicios de las frases.

Y para volver al «prete rosso» interesante la improvisación previa de Pablo Zapico al laúd antes de afrontar el Largo del concierto para laúd, dos violines y bajo, «cuerda mimada» con el sustento de Daniel Oyarzábal en el órgano y el contrabajo de Jorge Muñoz, casi susurrado por la dupla Jorge Jiménez (que tendría su mayor protagonismo en el otoño) y Daniel Pinteño, o el complicado Allegro del Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor, donde Alexandre Zanetta y Carlos González tuvieron que «domar» sus instrumentos naturales en primera fila (no así en el Larghetto-Allegro de la segunda parte ubicados en su inicial posición trasera junto a los oboes), antes de una improvisación al órgano previa al original y delicado Adagio molto otoñal con Jiménez al violín siendo sorprendidos por el poderoso Allegro de «Bajazet» al que sí seguiría una luminosa La caccia del otoño con silencios y un «tempo ad libitum» en el solo y un orgánico donde se añadieron las dos trompas, órgano y clave dando una sonoridad especial a esta estación «made in Forma» siempre distintas (y que bisarían sin el último Allegro), para finalizar esta parte con una bellísima improvisación al cello de la «cuarta Zapico» (como llamo a Ruth Verona), antes de los dos primeros movimientos de La Casa del Diavolo de Boccherini, otro guiño jugando con esa mezcla de estilos a caballo entre el barroco y el Sturm und Drang (por tormentoso e impetuoso) sin perder la esencia interpretativa de una formación poderosa en presencia instrumental pero llena de dinámicas y tímbricas, con el continuo, además de los teclados, del fagot de Joaquim Guerra, la guitarra y laúd de Pablo Zapico o la viola de gamba de Lixsania Fernández, junto a las apariciones puntuales de los dos oboes (Pedro Lopes y Jacobo Giráldez) redondeando un tutti orquestal multicolor.

La originalidad volvería rearmando parte del puzzle inicial pero con más incorporaciones como el Concierto para cuatro violines, cuerda y bajo en si menor, RV 580 al completo (y aplaudido al finalizar) donde Mirian Hontana y Sergio Suárez se sumaron a Jiménez y Pinteño en el cuarteto solistas en perfecta fusión tímbrica y estilística, independientemente de la calidad del instrumento, bien arropados por el resto de la formación, siempre con Aarón Zapico marcando dinámicas y tempi tan personales y asimilados por «sus músicos».

Y manteniendo casi siempre la alternancia de aires tan barroca, la otra obertura de Nebra sería el pegamento para escuchar los dos Allegri del RV 531 para los chelos, intercalados con el Andantino con moto de Boccherini, otra originalidad dentro del programa y nuevamente aplaudidas las dos solistas.

El remate con el regreso de las dos trompas a su concierto en fa mayor, el Larghetto-Allegro y el Andante sostenuto-Allegro assai con moto donde ambos solistas tuvieron que seguir «luchando» con la siempre traidora trompa natural pero solventando con musicalidad y empaste los difíciles ornamentos que el cura veneciano muerto en Viena escribió para este concierto que pareció presagiar al Haydn vital con la dinámicas y sonoridad que Aarón Zapico logró de esta orquesta homenajeando a Vivaldi en una original organización de las obras elegidas. Ya lo reflejaba el doctor Villalibre: «(…) A partir de ahí todo crece con obras de Nebra, Haendel y Boccherini “sin más ánimo que sean obras que tengan ese componente Vivaldiano de teatralidad, ritmo y pulsión dramática”, explica Aarón Zapico. Ese es, en definitiva, el nexo de unión del programa de hoy: la rapidez de ideas y dinámicas, los bajos poderosos y la celebración festiva de un estilo tan imprevisible y desacomplejado que nos permite desarmar el reloj, separar todas las piezas y volverlo a montar cambiándolas de sitio. Y sigue funcionando».

PROGRAMA

Primera parte

Largo

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi (1678 – 1741)

Allegro

Obertura Iphigenia en Tracia José de Nebra (1702 – 1768)

Allegro – Menuet

Concerto grosso op. 6, n° 5 en re mayor Georg Friderich Händel (1685 – 1759)

Largo

Concierto para laúd, dos violines y bajo en re mayor, RV 93 Antonio Vivaldi

Allegro

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Adagio molto

L’Autunno, RV293 Antonio Vivaldi

Allegro

De Bajazet, RV703 Antonio Vivaldi

Allegro La caccia

L’ Autunno, RV293 Antonio Vivaldi

Andante sostenuto – Allegro assai

La Casa del Diavolo, 1771 Luigi Boccherini (1743 – 1805)

Segunda parte

Allegro – Largo – Larghetto – Adagio – Largo – Allegro

Concierto para cuatro violines, cuerda y bajo en si menor, RV580 Antonio Vivaldi

Allegro

Obertura Vendado es amor, no es ciego José de Nebra

Allegro I

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi

Andantino con moto

La Casa del Diavolo, 1771 Luigi Boccherini

Allegro III

Concierto para dos violonchelos, cuerda y bajo en sol menor, RV531 Antonio Vivaldi

Larghetto – Allegro

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Andante sostenuto – Allegro assai con moto

Concierto para dos trompas, cuerda y bajo en fa mayor Antonio Vivaldi

Calentamiento global y musical

Deja un comentario

Miércoles 18 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, concierto nº 1690 de la Sociedad Filarmónica de Gijón (a favor de la Asociación Gijonesa de Caridad – Cocina Económica): Ensemble Praeteritum, Pablo Suárez Calero (violín). Obras de Corelli y Vivaldi.

Con la siempre amena presentación de Pachi Poncela, quien nos hablaría de estos clásicos no muy reconocidos en vida pero que ya están «incrustados en la conciencia universal» y que «sobrevivirán incluso a la Inteligencia Artificial«, reconociendo que «El futuro está en el pasado» y que tanto Corelli como Vivaldi se nos muestran con las obras de este mi último concierto del año como «irremediablemente humanos«, a cargo del Ensemble Praeteritum que fundase en 2011 el violinista madrileño Pablo Suárez Calero, recomendándonos igualmente la lectura de las interesantes notas al programa de Mar Norlander, comenzaba este «Viaje musical… del barroco a la solidaridad» con el muy apropiado concierto «para  la noche de Navidad» de Corelli,  presentación del sexteto: cuarteto de cuerda al que sumar contrabajo y archilaúd en vez del clave, para demostrar el buen entendimiento y la sonoridad, al menos peculiar -que sería más potente con Vivaldi- con el maravilloso sonido del Nicola Gagliano (Nápoles 1780) en manos del fundador, un programa que tienen grabado desde 2015.

Primeras pinceladas de la visión que Suárez Calero tiene de este barroco italiano donde además del virtuosismo apostaría por unas dinámicas propias y unos tempi muy personales, manteniendo la alternancia y contrastes tan propios de la época tanto de los aires, de la alternancia entre los solistas y el grosso como en los matices, aunque el continuo no sea el mismo sin el clave y con un archilaúd algo oscurecido -no estaba Pedro Jesús Gómez sustituido por Juan Carlos de Mulder– en cuanto a presencia, la (re)visión de este Corelli mostró el perfecto entendimiento del ensemble.

Punto y aparte ya con los siete músicos, el sexteto más el violín solista de Pablo Suárez Calero afrontarían una versión muy personal de las conocidas y ya populares Las cuatro estaciones  que presentan «en versión senza fine« con una obertura del Allegro del concierto RV 157 y los cuatro conciertos donde se irían intercalando las cadencias añadidas como «improvisaciones» por Pablo Suárez que al menos puedo calificar de personales pero no rompedoras.

Y es que desde mi primera escucha en vivo con la OSA dirigida por Alberto Blancafort y Pedro León de solista allá por un lejano 16 de enero de 1973 en el derruido Teatro Capitol de Mieres, puedo contar por decenas (o cientos) mis conciertos de El cura pelirrojo, amén de discos y CDs con todo tipo de versiones (algunas con los profesores de mi tocayo), acercamientos y estilos tanto «románticos» como los mal llamados historicistas, pues sí rompedor fue la grabación que Canarios (con Teddy Bautista y García de Diego en aquella formación más progresista) en un doble LP de 1974 titulado «Ciclos» (y remasterizado a CD ¡en Alemania!) del que incluso escribí en la revista de mi «Bernaldo» mi año en COU. Buscando imágenes y concordancias serían como Las Meninas de Velázquez y las de Picasso.

La «limpieza» del cuadro me la hicieron los asturianos Forma Antiqva con Aitor Hevia en Granada el 7 de julio de 2011 dentro del 60º Festival de Música de Granada, que titulé entonces como «Vivaldi resucitado» y mucho más detallado «Vivaldi redescubierto«, el mismo que grabarían a continuación para debutar con su sello alemán Winter&Winter (más los «añadidos» de Uri Caine al piano y Theo Bleckmann en la voz), para posteriormente el 30 de abril de 2013 volver a escucharlos en Oviedo donde hablaría de «El cambio climático». Más actual es la visión de Lina Tur Bonet que apuesta por jugar con una tímbrica pintando musicalmente estos cuadros barrocos manteniendo el espíritu vivaldiano desde una libertad interpretativa que debe ser el acercamiento a los nuevos públicos con tiempos nuevos en todos los sentidos. De las visiones comerciales para turistas en Venecia o Praga mejor no comentarlas porque no son aptas para cualquier bolsillo y menos para oídos educados

Está claro que Suárez Calero entendió este «su Vivaldi» con cambios en la partitura (siempre abierta a cualquier interpretación) introduciendo además de la sonoridad ya presentada en Corelli, silencios muy dramáticos, ¡reguladores!, rubati que demostraron el buen ensamblaje con su «pretérito actual» y un virtuosismo unido a esa gestualidad propia donde poder disfrutar con el sonido del Gagliano. También se rehicieron compases, calderones, cesuras, añadidos, más que originales, cortando el discurso musical esperado pero que son la aportación del profesor madrileño a estas «estaciones sin fin«, cadencias propias, con el archilaúd del limeño afincado en España ganando presencia más allá de los rasgueos, una sonoridad y coordinación con el cellista madrileño o el peso grave que doblaría la contrabajista soriana. Igualmente impecables las contestaciones de la primer violín zamorana o la presencia siempre clara de la violista madrileña.

De las cuatro estaciones que fueron subiendo temperatura, coraje y buena musicalidad, me quedo con un otoño verdaderamente cálido, la «transición» (cual veranillo de San Martín) de un ya más confiado De Mulder en una cadencia bellísima, y el invierno de alta temperatura, el verdadero «calentamiento global» del que bisarían el Largo con una sonoridad bien armada entre los pizzicatti de violines, contrabajo y archilaúd con el eterno e inmenso arco de viola y cello, que también lograron aires de gaita pastoril como «roncón y puntero» en una deconstrucción muy de nuestros tiempos que hizo las delicias del público, solidario y melómano, donde también había jóvenes estudiantes tomando nota de Suárez Calero.

ENSEMBLE PRAETERITUM: Pablo Suárez, violín solo – Laura Delgado, violín I – Íñigo Grimal, violín II – Paula García, viola – Marco Pannaría, violonchelo – Laura Asensio, contrabajo – Juan Carlos de Mulder, cuerda pulsada.

PROGRAMA

Arcangelo CORELLI (1653 – 1713)

Concerto grosso en sol menor, fatto per la Notte di Natale, Op.6, nº 8

I. Vivace – Grave. Arcate, sostenuto e come stà

II. Allegro

III. Adagio – Allegro – Adagio

IV. Vivace

V. Allegro

VI. Largo. Pastorale ad libitum

Antonio VIVALDI (1678 – 1741)

Las cuatro estaciones (en versión senza fine)

Obertura: Concierto para cuerdas en sol menor, RV 157 (III. Allegro)

Cadence*

Concierto para violín en mi mayor, RV 269, La primavera

Allegro – Largo – Cadence* – Danza pastorale – Cadence* – Adagio spicatto

Concierto para violín en sol menor, RV 315, L’estate

Allegro non molto – Cadence* – Adagio e piano – Presto e forte – Presto Arpegiatta antec autumnus*

Concierto para violín en fa mayor, RV 293, L’autunno

Allegro – Adagio molto – Cadence* – Allegro – Cadence*

Concierto para violín en fa menor, RV 297, L’inverno

Allegro non molto – Largo – Allegro

* Cadencias añadidas como improvisaciones por Pablo Suárez

Siempre nos quedará Viena

1 comentario

Viernes 31 de mayo de 2024, 20:00 horas: Teatro Jovellanos, Concierto nº 1684 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Orquestra Vigo 430, Jonian Ilias Kadesha (violín y dirección). Obras de Mendelssohn, Mozart, Vivaldi y Haydn.

Aprovechando que para este programa la sociedad gijonesa me encargó las notas al programa, esta vez mi reseña del concierto la coloco entre las mismas (en color azul), actualizando lo previsto y lo vivido en este último concierto de la temporada actual, siendo además un honor dejarlas reflejadas en unos programas de mano  (que en otros lugares se está perdiendo como refleja mi tocayo sevillano en la Revista Scherzo de este mes) pues son para guardarlos porque mantienen la esencia de informar y formar, incluyendo enlace a la lista de reproducción de las obras en Spotify© que ayudan bien antes y/o después a degustar cada programa. Además de mi gratitud por la confianza de su Junta Directiva en este que suscribe, debo dar la enhorabuena a la centenaria sociedad filarmónica, de la que me enorgullezco ser socio, por seguir apoyando la música de cámara y traer a la capital de la Costa Verde intérpretes y formaciones tanto consagradas como las que siguen arribando al panorama regional, nacional e internacional, fidelizando a los melómanos e incorporando nuevas generaciones de aficionados.

En este último programa de la temporada 23-24 con la que también cerramos mayo, podremos disfrutar de cuatro compositores que son básicos tanto en la formación de músicos y orquestas camerísticas, como para todo aficionado, siempre necesitados de volver a “los clásicos” que no deben faltar nunca.

La Orquestra Vigo 430 fundada en 2005 bajo el nombre de Ensemble Vigo 430 y consolidado en 2014 con el apoyo del Ayuntamiento de Vigo, como tantas formaciones que se adaptan al repertorio elegido, presentó para este concierto «clásico» gijonés una plantilla reducida, joven y equilibrada (4-4-2-2-1) de mayoría femenina y con una sonoridad homogénea, ligeramente desafinados los primeros violines y optando por unos tempi ajustados de buen balance bajo la dirección clara de Jonian Ilias Kadesha con una gestualidad que ayudó a imprimir el carácter de esta primera sinfonía de la tarde:

Felix MENDELSSOHN (Hamburgo, 1809 – Leipzig, 1847) fue un niño precoz para la música, viajero incansable, influyente en la vida musical de su época, dirigiendo a sus contemporáneos y predecesores, recuperando la obra de Bach del que apreció su “artesanía”, y dejando escritas más de 750 obras, 72 con número de opus más otras 24 llamadas “menores” junto a otras 49 publicadas de manera póstuma, un legado de 60 volúmenes compilado por su hermano Paul Hermann y donado a la Biblioteca Estatal de Berlín en 1878. Como compositor tuvo fama de meloso o sensiblero, especialmente por su obra pianística, pero tanto en lo sinfónico como en la música de cámara o la sacra está clara su vena puramente romántica, junto a un sentido de la medida clásico. Además de sus conocidas cinco sinfonías para orquesta (especialmente la tercera “Escocesa” y cuarta “Italiana”), tiene doce de su época “juvenil” compuestas entre 1821 y 1823 cuando tenía entre 12 y 14 años, que dan prueba de su enorme talento, dejando incompleta la decimotercera para afrontar su primera gran sinfonía para orquesta. La Sinfonía para cuerda II en re mayor, que figura así con números romanos en las partituras autógrafas, no fue publicada hasta 1959 por la editorial Deutscher Verlag für Musik. Probablemente interpretada en Berlín en casa de sus padres con una orquesta para socios y amigos, consta de tres movimientos (Allegro – Andante – Allegro vivace) donde podemos alegría desbordante en el primero, la influencia de Händel en el central o un brillante y fino ejercicio de contrapunto en el último con frases imitativas de aire beethoveniano.

El inmenso catálogo realizado por Ludwig Köchel de la obra de Wolfgang Amadeus MOZART (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791) podría haber sido mayor que el de Bach (padre de todas las músicas y felizmente recuperado por Mendelssohn) si hubiese vivido más años, y no le faltó forma musical ni instrumentos solistas para los que escribir. Como niño prodigio también dominaba el violín, llegando a ser konzertmeister del Príncipe-Arzobispo Colloredo en cuya orquesta había muchos músicos italianos. Mozart escribió cinco conciertos completos entre abril y diciembre de 1775, siendo este último fechado un 20 de diciembre y conocido como “Turco” por su toque oriental (que utilizaría en más obras), uno de los más difundidos por la sorprendente madurez de su escritura, la riqueza tímbrica y una escritura elegante impensable con sólo 19 años, y encuadrado en su mal llamado periodo de “aprendizaje” donde explorar y explotar al máximo las posibilidades del violín solista que ya empleasen los Corelli, Locatelli o el propio Vivaldi (que sonará a continuación) escuchados en tres viajes a Italia con su padre entre 1769 y 1773, pero con un salto estilístico: no faltará la influencia francesa del llamado “Estilo Galante” junto a la riqueza melódica alemana, todo al alcance de un genio como el de Salzburgo. La famosa violinista Anne-Sophie Mutter lo califica de «Atrevido y con muchas capas. A su atípica entrada solista al principio le sucede una serie de ideas encantadoras, que se tornan más caudalosas en el segundo movimiento. Esto da paso a un Finale que inserta un demoniaco Alla turca que en realidad es un motivo húngaro», t-res movimientos siguiendo el esquema de los conciertos para solista, Allegro aperto – Adagio – Rondo (Tempo di minuetto) que cuenta además de la cuerda frotada con dos oboes, dos trompas y bajo, auténtica evolución en la estética mozartiana cargada de dramatismo y cambios de ánimo, que parece surgir tras su estancia en Munich en sus muchos viajes asombrando a media Europa.

Incorporando los vientos requeridos de las trompas y oboes a la plantilla, «El turco de Mozart» nos trajo al violinista Jonian Ilias Kadesha en su debut español como solista de este conocidísimo concierto, de nuevo con las indicaciones del aire casi al pie de la letra y unas cadenzas muy interesantes por su parte, con la orquesta llevándola tanto desde el arco como con sus indicaciones gestuales, dirigir e interpretar todo con lo que supone de máximo control de balances y ajustes en las entradas, con la complicidad del concertino, en difícil afinación de las trompas que defendieron con buena tímbrica al lado de la pareja de oboes para redondear la sonoridad mozartiana y destacando el Rondeau por las marcadas alternancias entre solista y orquesta subrayando los cambios.

Teniendo a un violinista al mando de la orquesta no podía faltar “Il Prete Rosso”, Antonio VIVALDI (Venecia, 1678 – Viena, 1741), otro compositor prolífico que pese a su fama moriría en la indigencia en la capital austriaca. De su contribución a la literatura musical para la cuerda frotada, especialmente para el violín y más allá de “Las Cuatro Estaciones”, su concierto subtitulado «Grosso Mogul», el mismo título que el RV 43 para flauta en mi menor, no figura en los manuscritos autógrafos sino en la copia conservada en la ciudad alemana de Schwerin (también transitada por el Haydn final de hoy), y parece hacer referencia al mítico diamante de ¡no menos de 280 quilates! perteneciente a una dinastía musulmana de la India, sueño de la riqueza oriental escrito con la brillantez de Don Antonio, otro de los imprescindibles y no tan popular como los de sus otras colecciones. El RV208 es una variante de la opus 7 nº 11 transcrita para órgano por Bach (BWV 594) con la novedad del movimiento central para el solista (Allegro – Grave Recitativo – Allegro) de un “recitativo sin palabras” sin perder el carácter virtuosístico del veneciano. Compuesto en los albores de la década de 1710 es un ejemplo del “hombre de teatro” con efectos especiales de todo tipo: ritornellos brillantes, ascendentes bariolages (técnica del arco que consiste en una rápida alternancia entre una nota estática y una que cambia, creando una melodía por encima o por debajo de dicha nota), solos sonoros y rudos junto a una velocidad exuberante en los pasajes más caprichosos, o la generación de melodías sobre armonías exóticas, todo sobre los patrones de un estilo resueltamente teatral donde tampoco falta el elemento visual incluyendo grandes movimientos de arco, articulaciones irregulares y abruptos cambios de posición, algo esencial para causar efecto y admiración incluso en nuestros días.

Para El Gran Mogul de Vivaldi el solista Jonian Ilias Kadesha volvía con algunas curiosidades como la incorporación de una guitarra barroca para el continuo en vez del clave, lo que engrandeció unir la parte rítmica con los punteos acompañando algún solo del violinista. El virtuosismo del greco-albanés en este concierto quedó acreditado por su amplia gama de matices, algún «abuso» de los glissandi o la inclusión en sus cadencias de guiños al folklore europeo junto al «Oh! Susana» o el inicio del último capricho de Paganini, una práctica habitual que actualiza las intervenciones de los solistas y genera complicidad con los aficionados que reconocen esas melodías.

Para terminar este concierto nada mejor que hacerlo en la capital musical por excelencia con una soberbia sinfonía del considerado padre de esta forma, Franz Joseph HAYDN (Rohrau, 1732- Viena, 1809), la número 49, catalogada por el musicólogo Anthony van Hoboken (1887-1983) como Hob. I.49, fechada en 1768 y subtitulada alrededor de 1790 como «La Passione». Del título se dice le fue puesto en referencia al carácter profundo y casi meditativo, reforzado por el hecho poco común de que sus cuatro movimientos (Adagio, Allegro di molto, Minuetto-Trio, Finale. Presto) están en la oscura tonalidad de fa menor -heredera de la barroca Sonata da chiesa-, y aunque nada pruebe que fuera escrita para la Semana Santa, pese a otras líneas de pensamiento que indican esa posibilidad, nunca demostrada, de asociar esta sinfonía de Haydn a las actividades musicales de Pascua en la Corte de Esterházy (en la que fue director musical durante largos y productivos años) está claro que nos encontramos ante una de las sinfonías más sombrías del austriaco. El musicólogo Charles Rosen se refiere a ellas con las siguientes palabras: «Haydn compuso una serie de sinfonías impresionantes, dramáticas, muy personales y manieristas. En orden cronológico las más importantes son: la Sinfonía nº 39 en sol menor; la Sinfonía nº 49, La Pasión; la Sinfonía nº 44, Fúnebre; la Sinfonía nº 52 en do menor; y la Sinfonía nº 45, Los adioses. (…) En cierto sentido, parecen presagiar no el ingenio de carácter social y lírico de su obra posterior (y de la de Mozart), sino un estilo ásperamente dramático, intensamente emotivo, sin ningún vestigio de sentimentalismo». Parece claro que “La Pasión” fue compuesta en un momento de transición en el pensamiento musical del austriaco siendo final de una fase creativa e inicio de otra. En esta partitura invierte el orden “habitual” de los dos primeros movimientos, y será la última donde adopte esta forma, conservando la significación de la tonalidad citada de fa menor desde el comienzo al final, exceptuando el trío del minueto en modo mayor, simbolismos como lo fueron también las tonalidades de sol menor para Mozart o do menor para Beethoven, el “triunvirato” de la llamada ‘Sinfonía Clásica’. Escrita para dos oboes, dos trompas y cuerda con un fagot integrado en los bajos (plantilla similar a la utilizada en el concierto de Mozart), destaca el Adagio de comienzo misterioso y lejano animado por los bruscos sobresaltos que producen las indicaciones dinámicas tan del gusto de “Papá Haydn” en el espíritu del ‘Sturm und Drang’, destacando el ya citado tercer movimiento desesperado y oscuro donde la luz sólo la pondrán los oboes y trompas antes del Presto donde la tensión se mantiene con un breve motivo rítmico melódico.

Con la misma plantilla mozartiana y más homogénea en tímbrica o balances, la Orquestra Vigo 430 afrontaría esta partitura del «Padre de la sinfonía clásica» con la misma pasión de su sobrenombre y los necesarios riesgos para su interpretación, desde la madurez y hondura del Adagio inicial, el equilibrio en el Menuett hasta mostrar todo el ímpetu juvenil de los movimientos pares con un Jonian Ilias Kadesha que transmite seguridad y conocimiento a esta formación joven dejándonos el buen sabor clásico de un programa donde Gijón fue Viena para cerrar mes y temporada.

Buena clausura de temporada con protagonismo para la Viena capital musical por esta filosófica y afinada (a 430 Hz) “clásica» orquesta viguesa comandada por un ateniense de sangre albanesa y residente en Berlín, tocando un violín »ex-Moser» Guarneri de Gesu de 1743 que recalan en nuestra centenaria sociedad gijonesa, cosmopolitismo melómano sin fronteras para seguir viajando desde la butaca del Teatro Jovellanos.

Eva Zaïcik Regina

1 comentario

Miércoles 31 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo. Clausura de la X Primavera Barroca, Royal Haendel: Eva Zaïcik (mezzo), Le Consort. Obras de Haendel, Ariosti, Vivaldi y Bononcini.

La música es universal y el cierre de esta décima «Primavera Barroca» en colaboración con el CNDM, asistiendo su director Francisco Lorenzo, fue la mejor prueba con obras un compositor alemán emigrado y nacionalizado inglés que adoraba la ópera italiana, e interpretado por unos jóvenes franceses (el día antes en Madrid) que pusieron el broche de oro a este mes de mayo y a un ciclo plenamente consolidado que llena el aforo y pide más barroco.

La reina que nos postró a sus pies fue la mezzo francesa Eva Zaïcik (17 de julio 1987), tomen nota del nombre porque es un portento y además no sólo en este repertorio barroco. Una mezzo de las de verdad, con voz rotunda y emisión clara, de un color personal, tesitura amplia y homogénea (pese a lo complejo de las obras elegidas), fraseos elegantes y refinados, dinámicas perfectas y una dramatización para cada personaje verdaderamente prodigiosa y cercana. Desde mi fila 4 pude disfrutar de su técnica asombrosa, de unas agilidades limpias y expresivas, con los «da capo» bellamente enriquecidos y exprimidos con todos los contrastes posibles, de su gestualidad y respiración controlada al máximo, de unos pianissimi y filados impresionantes.

Si su interpretación fue para recordarla mucho tiempo, aún brilló más gracias a un sexteto impecable como este ensemble Le Consort, equilibrado, bien balanceado, capitaneado por Justin Taylor desde el clave y la violinista Sophie de Bardonnéche, pero destacando todos ellos por una tímbrica homogénea, una matización barroca y elegante, un continuo con el chelo de Hanna Salzenstein virtuoso en su momento y feliz sustento junto al contrabajo de Hugo Abraham. De Augusta Mckay Lodege y Clément Batrel-Génin el complemento tímbrico por entendimiento y sonoridad perfecta, pasajes a unísono muy cuidados, contestaciones entre violines, viola y chelo trabajadas hasta la última nota y brillando en las páginas situadas entre las partes cantadas, mientras en éstas el acompañamiento hizo brillar aún más a la mezzo francesa con un repertorio que tienen muy trabajado y se nota desde el primer acorde.

De la «reina Zaïcik» destacar todo lo que cantó, y que se escuchaba en la «Royal Academic of Music» londinense junto a G. F. Händel,Haendel o Handel (Halle, 1685 – Londres, 1759) ya nacionalizado inglés, compositor y empresario que contrataría a estos músicos italianos que completaban el programa. La emotiva y patética aria de Ventura «Sagri nurni» perteneciente a Caio Marzio Coriolano (1723) del boloñés Attilio Ariosti (1666-1729), recién descubierta en la Biblioteca de París como nos contó el maestro Taylor al inicio, o Giovanni Bononcini (1670-1747) con la brava aria de Amulio «Strazio, scempio, furia e morte» perteneciente a la ópera Crispo (1721), más todo el «Royal Haendel» en buena alternancia entre lentas y rápidas que redondearon un atractivo y completo recital.

Eva Zaïcik asumió los distintos roles de Haendel: Sesto, Almirena, Tolomeo, Jerjes…) que escribió para aquellas voces de entonces (los castrati Senesino o Caffarelli) deslumbrando no solo técnicamente sino por la ya mencionada dramatización: arias patéticas y lentas contrastadas con las de bravura rápidas. No faltaron los «hits» que siguen siéndolo en todas las versiones que siguen sonando, pero que la mezzo francesa hace suyas: Lascia ch’io pianga de «Rinaldo», Stille amare de «Tolomeo», la Matilda del Ah! Tu non sai’ de «Ottone, re di Germania», HWV 16 (1772), y por supuesto las dos arias de Sesto en «Giulio Cesare in Egitto» HWV 17 (1724), con el Crude furie degl’orridi abissi pletórica de musicalidad en estado puro sin artificios vacuos, huyendo de lo que llamo «pirotecnia vocal» primando la expresividad al servicio de cada página (la dramatización del aspergermi d’atro veleno! impactante y literal «¡Impregnadme de atroz veneno!»), con esa voz rotunda y cálida a la vez, saltando del agudo al grave con esa facilidad engañosa, pues cuando lo difícil no lo parece es síntoma de perfección, y «la Zaïcik» reinó en este repertorio, consiguiendo momentos de total emoción donde solo se escuchaba su voz con un silencio sepulcral, creciendo en intensidad dramática a lo largo de las dos partes de este regalo de recital.

Le Consort brilló con luz propia, desde la obertura de «Rinaldo», el Concierto para violín en si bemol mayor, HWV 288 para lucimiento de Sophie de Bardonnéche bien «contestada» por Augusta McKay Lodege, el siempre seguro clave de Justin Taylor acertando en la elección de los registros y con unas ornamentaciones que aún lucirían más en las arias, y en el A. Vivaldi (1678-1741) elegido cambiando «La follia» RV63, por otra parte ya escuchada en este ciclo, por la Sonata n°1 op. 1, RV 73 plenamente veneciana, Italia exportable y de moda en la Europa del XVIII, de intro «otoñal» más la «Gavotta» final con la que salir ganando por el cambio de «Il prete rosso» (que presentaría en inglés la violinista solista, mientras el clavecinista lo hizo al principio en perfecto castellano, al igual que Eva Zaïcik antes de las propinas).

No podía faltar algún oratorio del alemán en la corte británica, por lo que el Recitativo y aria de Dejanira Where shall I fly? (acto III, escena 3) de «Hercules», HWV 60 (1744) de-mostraría la primera «locura» vocal de esta mezzo igual de impactante en el idioma de Shakespeare, una verdadera interpretación que remataría su presencia y canto regio lleno de los claroscuros barrocos… ¡Inolvidable Zaïcik!.

Con el público entusiasmado por la calidad, la cercanía y el sentimiento, otro «hit» que no puede faltar y primer regalo: Ombra mai fu de «Serse» con una introducción instrumental al mismo nivel que la mezzo francesa, una perla más engarzada en este collar de diamantes para el «Rey Haendel».

La emoción, con lágrimas contenidas o derramadas (textual Lascia ch’io pianga), piel de gallina y pelos como escarpias, llegaría con El lamento de Dido (del «Dido y Eneas» de Henry Purcell (1659-1695), segunda locura por parte de «la Zaïcik» y Le Consort, la desolación y muerte más expresiva de la lírica con el cello trágico antes de entrar todo el ensemble con esa carga dramática que desveló esta reina Dejanira. Todos a sus pies y larga vida Zaïcik Regina. No se olviden del nombre, escúchenla cuando puedan, en vivo siempre mejor.

Modernidad malacitana en Oviedo

3 comentarios

Miércoles 3 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara: X Primavera Barroca, «Fogosa inteligencia», Cantadas para tiple de Juan Francés de Iribarren. María Espada (soprano), Concerto 1700, Daniel Pinteño (violín y dirección). Obras de Juan Francés de Iribarren, Vivaldi, José de Torres, José de Nebra y A. Corelli.

Prosigue la décima primavera barroca ovetense en colaboración con el CNDM, esta vez trayéndonos Málaga hasta Asturias con el violinista Daniel Pinteño al frente de su formación Concerto 1700 (grupo residente de la temporada 22/23 del CNDM) con un programa centrado en el organista y Maestro de Capilla Juan Francés de IRIBARREN (Sangüesa, 1699 -Málaga, 1767) con el título de «Fogosa inteligencia«, última de las hoy programadas cantadas religiosas del compositor navarro afincado en la capital de la Costa del Sol en el siglo XVIII. con la soprano emeritense María Espada, junto a obras que el propio Iribarren conoció y transcribió en sus 34 años en tierras malagueñas (de 1733 a 1767) de donde ya no se movería hasta su muerte, llegando a crear el Archivo de Música de la seo malacitana, verdadero tesoro musicológico, ampliando igualmente el elenco instrumental de su capilla cuya «recreación» actual fueron este Concerto 1700 conformado para este recital por intérpretes conocidos y con larguísima experiencia en estas músicas barrocas: Fumiko Morie (violín), Rodrigo Gutiérrez (oboe), Ester Domingo (chelo), Pablo Zapico (laúd barroco), Ignacio Prego (clave y órgano) con el propio Daniel Pinteño al violín y dirección, todo un lujo de instrumentistas en esta «real capilla malagueña del siglo XXI».

Las Cantadas para tiple de Iribarren suponen la introducción del llamado «estilo italiano» en la capital andaluza a cargo del maestro navarro, buen conocedor de lo que se componía más allá de los Pirineos y por supuesto lo que sonaba en la Capilla Real madrileña, con música para las festividades de la Inmaculada, Navidad y Corpus en un estilo que conjuga la tradición hispana con lo moderno para entonces, un J. F. de Iribarren digno «heredero» de su valedor José de TORRES (ca. 1670-1738), maestro de capilla en la Real Capilla madrileña entre 1670 y 1738, y contemporáneo de José de NEBRA (1702-1768), vicemaestro de capilla también en la Capilla Real de  la capital del reino Madrid (de 1751 a 1768), incluso con paralelismos estilísticos.

En este caso no debemos olvidarnos del enorme trabajo de investigación tanto del propio Daniel Pinteño, como del organista y doctor Antonio del Pino en la recuperación histórica y de Raúl Angulo (Asociación Ars Hispana) en la edición y transcripción de estas obras del maestro navarro que suponen estrenos en nuestro tiempo. De todo ello nos hablaría el violinista malagueño en la conferencia previa celebrada a las 18:00 horas, junto al catedrático Ramón Sobrino, con presencia del futuro, presente y pasado de la Musicología española.

Para estas cantadas, cuyos textos figuran en el programa de mano, con notas de los citados Pinteño y Del Pino, nadie mejor que la voz de María Espada que con el tiempo no solo mantiene su vocalidad intacta  sino que ha ido ganando cuerpo en los graves, reconociendo evidentemente que la voz de tiple en la música religiosa era  por entonces masculina, cantada por niños, jóvenes, castrados o incluso sopranistas, pero que la soprano extremeña resolvió sin ningún problema de color, ni de emisión ni de pronunciación, siempre impecable, con unas agilidades «endemoniadas» resueltas sin dificultad con su timbre característico sin afectación, junto al lirismo en los recitativos y movimientos lentos que siempre son una delicia en un registro tan homogéneo y matizado como el suyo.

Se iniciaba el concierto con el «grueso» del protagonista Iribarren a cargo del «orgánico», primero y a modo de obertura con la «Tocata de la cantada al Santísimo para tiple» Prosigue, acorde lira, sobre el op. 5, nº 4 de Arcangelo Corelli (1740), siguiendo la habitual práctica de los «contrafactum» que hasta el propio J. S. Bach utilizó (como el Stabat Mater de Pergolessi que también inspirará al navarro). Dos movimientos en edición y transcripción de Antonio del Pino (I. Adagio – II. Allegro) para disfrutar del sexteto instrumental asombrándonos la feliz compenetración de Pinteño y Morie en los violines, y esa sonoridad característica con instrumentos «de época», que dieron problemas de afinación por el calor y cambio de temperatura incluso en la propia sala, siempre en su punto por estos intérpretes, antes de entrar ya con tres de sus cantadas recuperadas:

Sois mi Dios la hermosa fuente, aria al Santísimo con violines  de 1755 ( I. Aria -Allegretto-: Sois mi Dios la hermosa fuenteComo el ciervo que corre, cantada sola al Santísimo con violines de 1750 (I. Aria -Allegro gustoso-: Como el ciervo que corre y Hoy ese corderito, tonada al Santísimo de 1744 (I. Entrada -Allegro-: Hoy ese corderito – II. Recitado: En doradas espigas – III. Canción (Allegro): Ocultarse ese cordero), no organizadas cronológicamente pero «armadas» para jugar con los tempi variados y las combinaciones con o sin oboe, alternando órgano o clave así como disfrutar de esa mezcla de estilos que evolucionan con oficio, María Espada dándonos una lección de buen cantar recordando al kantor de Leipzig, al cura pelirrojillo y hasta la tonada española que J. Francés de Iribarren titula «canción» y el magisterio de la soprano pacense las hace propias e irrepetibles.

Es habitual en estos formatos alternar páginas vocales con instrumentales, y si además son obras que el propio Iribarren conoció, la unidad temática adquiere todo el sentido. Del veneciano Antonio VIVALDI (1678-1741) escuchamos una excelente e «hispana» Sonata en trío en re menor ‘La follia’, RV 63, de 1705, un Tema con variaciones donde disfrutar de Concerto 1700 en estado puro, cada variación todo un catálogo de virtuosismo por parte de cada músico, la «unidad sonora» de los dos violines, el oboe (que ganaría terreno «haciendo perder el juicio a los clarines» y de sonido menos abrupto que el metal) bien contrastado con el violín primero y no una mera duplicidad, más un continuo de lujo con la tecla alternando órgano y clave junto al compacto dúo formado por cello y laúd.

En la misma línea del propio compositor navarro, otras dos cantadas sacras de los españoles anteriormente citados: José de  Torres con Amoroso Señor, cantada al Santísimo con violines y oboe, de 1733 (I. Recitado: Amoroso Señor omnipotente – II. Aria -Andante-: Quien todo es amores – III. Recitado: Goza, goza dichosa – IV. Aria -Vivo-: Suave acento) puramente barroca, con María Espada plena de vocalizaciones ricas en matices y el aria rápida segura y con fuerza; después José de Nebra (1702-1768): Obedeciendo a leyes de amor grato, cantada sola al Santísimo Sacramento (I. Recitado: Obedeciendo a leyes de amor grato – II. Aria (Allegro): Aplaude, blasona), estilísticamente contemporánea de las compuestas por el navarro y ya con unos aires preclásicos sin perder el barroquismo de todo el «ensemble», nuevamente disfrutando tanto del recitativo como del aria rápida donde la soprano emeritense se desenvuelve con la aparente y engañosa comodidad de un estilo ideal para su voz.

Para completar la «moda italiana» en Málaga, y de la que también bebía Iribarren, de nuevo un «intermedio instrumental», Arcangelo CORELLI (1653-1713) con quien disfrutamos la Sonata a quattro para oboe, violines y bajo continuo, WoO 4 (I. Adagio – II. Allegro – III. Grave – IV. Spiritoso – V. Allegro), el «dos en uno» de Daniel y Fumiko más oboe de Rodrigo y ese bajo continuo siempre equilibrado, necesario, colorido y atento de Ester, Ignacio y Pablo.

Cerraría concierto de nuevo el protagonista «malagueño» Iribarren con la cantada que daba título al programa que llevan por León, Oviedo y MadridFogosa inteligencia, cantada al nacimiento con violines (1737), otra recuperación histórica con cinco partes (I. Recitado: Fogosa inteligencia – II. Aria -Amorosa-: Quedito, pastores – III. Recitado: Mirad con qué fervor – IV. Aria -Vivo-: Ya borrascas), escrita a los cuatro años de su llegada a la Málaga barroca, donde el estilo del maestro de capilla ya apunta al feliz encuentro entre lo hispano y lo italiano incluso en los tiempos y orden utilizado (RARA, por la alternancia recitado-aria) con ese final tan barroco de «borrascas», lucha entre la voz de María Espada, «dicha suprema», y la tormenta de Concerto 1700, «parabienes se den los mortales», verdadero nacimiento «con finas señales el motivo de todo solaz» vocal e instrumental, una pequeña muestra de nuestro patrimonio musical, mucho destruido por causas de todos conocidos pero también felizmente recuperado en Hispanoamérica donde Iribarren también sonaría en su tiempo.

Nuestro rico refranero dice que «Después de la tempestad llega la calma«, así que nada mejor que el regalo del Grave Hay dulcisimo amante… de una de las Cantatas al Santísimo escritas por Antonio de Literes (1673-1747), otro de los compositores recuperados ¡en Guatemala!, nueva delicia vocal de María Espada junto a Concerto 1700 en buena sintonía para esta tormenta igualmente climatológica a lo largo de la tarde, cuyo remanso lo pusieron estos defensores de nuestra música antigua cada vez más moderna.

Metamorfosis del Ospedalle della Pietà

2 comentarios

Jueves 26 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Metamorphosen Berlin, Alban Gerhardt (violonchelo), Wolfgang Emanuel Schmidt (violonchelo y director). Obras de Vivaldi, Haydn, Janácek y Karayev.

Como en la mítica serie de RTVE «El ministerio del tiempo», este jueves pude recrear con la formación Metamorphosen Berlin, mayoritariamente femenina, con la plantilla ideal (5-4-3-2-1) y su director Wolfgang Emanuel Schmidt el ambiente que debía respirarse en el Ospedalle della Pietà veneciano y viajar por el túnel musical para esta metamorfosis desde Viena a Chequia y Azerbaiyán (sin prisiones), pues esta orquesta de cuerda  «femenina» transitó por todas las épocas con la misma calidad, solvencia, desparpajo con esa sonoridad germana. Si además podemos contar con Alban Gerhardt al violonchelo (aún recuerdo su ya lejano concierto de intercambio astur gallego con la OSPA) en vez del originariamente previsto Johannes Moser (otro conocido del auditorio y también con un enero tan completo como el de 2010), más el propio Schmidt «compitiendo» y compartiendo, la ficción se volvía feliz realidad en un programa rico, variado y sufrido pues el estruendo de toses ha vuelto para quedarse, olvidándonos de los «tiempos de mascarilla» así como de los modales perdidos. Si me olvido del niño y lo cambio por los comentarios a mi alrededor, sigue igual la entrada que hice el pasado noviembre. Pero ni así consiguieron que viajásemos en el tiempo. Schmidt ha conseguido de la Metamorphosen que suene como un solo instrumento,  el ideal orquestal: disciplinada, atenta, rica en dinámicas y con una formación a su altura donde las solistas confluyen para interpretar igual de certeros todos los estilos posibles (sus grabaciones siempre han tenido premios) plegándose a lo que el director les exige en cada momento. Su gira con Oviedo, «La Viena española» parada ya obligada, seguro que será todo un éxito y lo comprobaremos en la prensa digital.
Del llamado «Petre rosso» veneciano muerto en VienaAntonio Vivaldi (1678-1741), con un amplísimo catálogo que no gustaba nada a Stravinski (enterrado en San Michele), y por paradojas de la vida decía del «cura rojo» que «no compuso cientos de obras sino una repetida cientos de veces», escucharíamos con Gerhardt y Schmidt el Concierto para dos violonchelos en sol menor, RV 531 (I. Allegro – II. Largo – III. Allegro) que evidentemente tiene la sonoridad del veneciano, la estructura barroca típica, la plantilla ideal incluyendo el clave, y el encuentro de dos grandes del cello que se entendieron a la perfección haciendo escucharlos (con permiso de griposos, griposas y griposes) como si de uno solo se tratase. Cadencias impolutas, balances perfectos con la orquesta y dinámicas «de libro» en otro de los conciertos para dos instrumentos, el único para dos cellos y el primero doble, con ese Largo que Michel Talbot tilda de «una tristeza casi autobiográfica» en el movimiento lento como bien refleja en las notas al programa (enlazadas en obras) de Alberto González Lapuente.
Y dejando a Gerhard en solitario para tomar la batuta Herr Schimdt, uno de los conciertos ideales del repertorio para cello, el del austriaco Franz Joseph Haydn (1732-1809), Concierto para violonchelo en do mayor, Hob. VII b:1 (I. Moderato – II. Adagio – III. Allegro molto) quien da el paso del barroco al clasicismo aunque se note el conocimiento de «papá Haydn» del estilo previo pero escribiendo para un cello ya en plenitud siguiendo los consejos de Josep Weigl, su destinatario y compañero en la corte de Eszterhazy. El Matteo Goffriller de 1710 en las manos de Alban Gerhardt fue oro de muchos quilates, corpóreo y con un arco impresionante para disfrutar de cada cadenza en los tres movimientos, especialmente el Adagio central donde las dobles cuerdas me llevaría a la Viena del veneciano.
La propina tenía que ser con los dos cellistas, Gerhardt y Schmidt, que «tomaba prestado» el de Lai (quien se sentaría en la silla del clave ya vacío) para la virtuosa locura de J. B. Barrière (1707-1747) y el Allegro prestissimo de su «Sonata en sol mayor, que Schmidt tiene grabada con otro grande como Jens Peter Maintz, esta vez algo menos «prestosa» aunque mi versión sea digna de escucharse (siempre pongo los links para quien quiera curiosear).
La segunda parte nos acercó el tiempo con otras dos figuras de la composición para orquesta de cuerda, comenzando con Leoš Janáček (1854-1928) y su Suite para cuerdas, JW VI/2 (I. Moderato – II. Adagio – III. Andante con moto – IV. Presto – V. Adagio – VI. Andante), la «metamorfosis pura» por empaste, sonoridad, atriles de lujo para una partitura juvenil como la orquesta berlinesa, ritmos contrastados en cada uno de los seis movimientos, el folclore bien entendido y llevado a la orquesta que la calidad de esta formación alemana brindó y brilló a gran altura.
Para concluir, el poco escuchado compositor azerbayiano Gara Garayev, Qara Qarayev ó Kara Karayev (1918- 1982) cuyas Tres miniaturas (Berceuse, Ayse, Danse) nos supieron a poco por lo maravillosas que son y sonaron, especialmente la Danse final vertiginosa que sacó a relucir el potencial de una cuerda empastada (comandada por Indira Koch), joven, disciplinada y siempre atenta en las dinámicas que Schmidt les señalaba, lucimiento de cada primer atril en los tres «aires», metamorfosis orquesta con director, que como cellista conoce al mínimo detalle.
La primera propina, grabada por ellos mismos, «Palladio» (1995) de Sir Karl Jenkins (1944), reconocible sintonía que lo simpático resulta cuando escuchas detrás de ti tras presentarla Schmidt «no sé lo que dijo porque es alemán».
Y otro tanto con la segunda  propina de Antonín Dvořák (1841-1904), el Scherzo (vivace), tercer movimiento perteneciente de la Serenata para cuerdas en mi mayor op. 22 en otra prueba de empuje, sonido envidiable casi como en el CD donde la tienen grabada, virtuosismo y alegría por un viaje musical de altos vuelos sin moverme de la butaca.
Violines primeros: Indira Koch, Elsa Claveria, Sumin Jo, Mariya Tkachyk, Johanna Müller.
Violines segundos: Alexia Eichhorn, Mariami Machaidze, Isabel Morey, Inka von Puttkamer.
Violas: Anastasia Maschkowski, Tobias Mehling, Karolina Pawul.
Violonchelos: Yehjin Chun, Benjamin Lai (excepto en Vivaldi).
Contrabajo: Randall Nordstrom.
Clave: Neil Fellows (sólo en Vivaldi).
Entrevista para LNE:

Impagable Fagioli

2 comentarios

Sábado 22 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: «Naturaleza & tormentos». Franco Fagioli (contratenor), Gabetta Consort, Andrés Gabetta (violín y director). Obras de: Purcell, Vinci, Händel, Porpora, VivaldiLocatelli.

La capital asturiana a quien llamo hace tiempo «La Viena española» por su oferta musical amplia y variada, la misma de la que el concejal de cultura José Costillas en FITUR dice «ha quitado a la ciudad el sambenito de ciudad burguesa y aburrida en la que no pasaba nada«,  prosigue su lujo de programación con el primero de los tres conciertos dedicados a los contratenores que ahora mismo ocupan la cima de este registro, aún sorprendente para muchos.

No es cuestión de rankings pero el hispano argentino Franco Fagioli, que ya me entusiasmase en su anterior visita hace cuatro años «trayéndonos la primavera», ha dejado el listón tan alto que a punto estuve de titular esta entrada como Al filo de lo imposible pero mejor evitar confusiones con el programa de Sebastián Álvaro aunque haya retos musicales que merecen el mismo respeto. Esta vez la fusión de naturaleza y tormento fue digna de «los 14 ochomiles» demostrando de nuevo que no hay nada imposible.

El programa elegido para este tour de Barcelona a París con la parada obligada en Oviedo, está al alcance de pocos cantantes, un maratón vocal mucho más duro que toda una ópera y que exige no solo dramatizar cada personaje de las arias sino todo un esfuerzo físico que convierte a estos virtuosos en auténticos atletas del canto.

Es un placer escuchar pero también ver a Fagioli cómo respira, su gestualidad, su técnica asombrosa, sus fiatos, su perfecta dicción, su amplísimo registro donde los graves son rotundos y sus agilidades un verdadero derroche de gusto y entrega. Nada de artificio, la naturalidad del canto barroco, el auténtico bel canto de la época que instrumentaliza la voz. Y si además la arropa unos músicos como los de Andrés Gabetta al mando de este «consort», el resultado es redondo e impagable, pues hasta el violín solista cantó con la misma belleza que el contratenor argentino en Vivaldi y Locatelli.

Arias lentas y rápidas para degustar el canto legato del tucumano y corroborar la belleza de estas páginas, la genialidad de Händel, la grandeza de Vinci o el oficio del maestro Porpora. Bien organizado todo el programa que nos llevó hasta las 22:30 de la noche en un verdadero suspiro, con apenas los necesarios descansos que nos dejaron al Gabetta Consort dos conciertos vivaldianos de altura, más el de Locatelli con mi admirado Jorge Jiménez ejerciendo de concertino y la muestra de la sabia elección de los músicos por parte de su director Andrés Gabetta, no solo excelente violinista sino un perfecto concertador de esta música barroca que volvió a llenar el auditorio ovetense. De su formación también citar la impecable y bien sentida tiorba de Miguel Rincón, auténticas perlas en el continuo, y el fagot de Alessandro Nasello sobre todo en el «pastor» final de Händel así como la flauta del «ruiseñor» vinciano en feliz contestación al vocal de Fagioli.

Cada personaje, cada aria, cada intervención del contratenor logró quitarnos la respiración como si vampirizase el aire del respetable, aunque imposible apagar móviles que parecen volvernos a la post-normalidad de la pandemia. Las tres arias de Leo Vinci (1690-1730) equiparables en belleza al todopoderoso Händel de cuya Ariodante nos dejó Fagioli los momentos álgidos en un auténtico crescendo emocional incluso en el regalo Come nube de «Agripina y el triunfo del tiempo», el que detuvo este contratenor que sigue alternando escena y recital, esperando la terna completa con Jarouski y Orlinski que espero contar desde aquí, pero este frío sábado de enero con un Fagioli impagable hará difícil superarlo.

P.D.: Entrevista de este sábado en LNE:

Pecados operísticos

Deja un comentario

Jueves 29 de julio, 20:00 horasIglesia de Santa María La Real de La Corte: Oviedo, Origen del CaminoEsplendores SonorosAna Nebot (soprano), Arkaitz Mendoza (órgano). Compositores operísticos y música sacra. Entrada gratuita (previa reserva).

Último de los tres conciertos en La Corte dentro de la programación ovetense veraniega con el dúo Ana Nebot y su «habitual» Arkaitz Mendoza que cambió el piano por el órgano barroco (aunque no todas las partituras), con un repertorio que podríamos titular de «pecados operísticos» al seleccionar a compositores que se acercaron a la música sacra en distintas épocas desde el barroco al pasado siglo.

Pero el rey de los instrumentos barroco, salvo dos intervenciones en solitario del repertorista vasco, el Tiento en fa de Correa de Arauxo (casi irreconocible y falto de mejor ornamentación) y la Fantasía cromática de Sweelinck (algo borrosa en sonoridades y ejecución), no es romántico y carece del pedal de expresión, si bien podría haber hecho del acompañamiento una «orquesta de tubos» o al menos haber trabajado con más variedad los registros, pues las reducciones orquestales para piano no suenan igual al órgano, obligando a esforzarse en demasía la soprano carbayona, que hubo de obviar a menudo los matices originales ante las limitaciones del instrumento. La afinación del instrumento restaurado por Grenzing a 415 Hz. tampoco es la habitual para los cantantes no especializados en repertorios históricos, que no brillan tanto como con orquesta, y menos la reverberación del templo de la plaza de Feijóo, demasiados hándicaps con los que hubo que bregar «La Nebot», así como poco ideales las obras elegidas con ese acompañamiento, aunque todo ayude a una mayor proyección de la personal voz de la soprano que pareció mostrarse más cómoda hacia el final del concierto.

De los grandes operistas abría este concierto sacro el aria de «El Mesías» (Haendel) How beautiful, donde mis temores al comprobar previamente el repertorio comenzaron a salir a flote. Al menos Vivaldi parecía más adecuado con sus motetes Nulla in mundo pax, RV 630 y Ostro picta, armata spina, RV 642, tal vez algo precipitados de tempo para los virtuosísticos pasajes de agilidades forzadas y volúmenes en el órgano poco adecuados.

Mejor el Vidit sumus del «Stabat mater» (Pergolesi) precisamente por su escritura de acompañamiento más apropiada al aerófono, el aire contenido y el color de la soprano ovetense. En cambio Tu virginum del motete «Exsultate jubilate», KV 165 (Mozart) no aguantó tan bien el paso de la orquesta al piano que el órgano precisamente por la escasa riqueza en los registros enturbiaría la belleza de este número previo al Aleluya final (que no escuchamos). Al menos la religiosidad luminosa de Haydn nos transportó con el aria de Gabriel Und Gott sprach… Nun beute… del oratorio «La Creación» que tiene ese color carnoso ideal para la voz de Ana Nebot.

Uno de los grandes compositores de ópera como Rossini no dudaría en acercarse a la música sacra como «un pecado de vejez» y su «Petite Messe Solennelle» es una de esas joyas de las que el O salutaris (que no suele formar parte de la Misa) resulta ideal para el lucimiento de las sopranos incluso solo con piano. Hubiese sido una solución mantener todo el programa en ese formato de recital pero la apuesta por el órgano no creo haya sido la opción correcta pese a la belleza de las obras.

Así lo sentí con los tres Ave María elegidos para concluir el concierto alterando el orden programado como hizo saber de viva voz la propia Ana Nebot, quien añadió que se podía aplaudir cuando quisiéramos dado el silencio sepulcral hasta entonces. Comenzó con el de Gounod sobre el primer preludio de Bach, después el verdiano de «Otello» y  finalmente Mascagni del conocido intermedio de su ópera «Cavalleria Rusticana» con letra de Piero Mazzoni. Tres conceptos operísticos distintos que si bien el primero estamos acostumbrados a escuchar en las iglesias con órgano o piano en muchas ceremonias sin ser parte del ordinario de la misa, aunque muy agradecido por todo el público que al fin rompió su contención; mejor el operístico con órgano y casi imposible de reconocer el último por un instrumento desfigurado en su acompañamiento.

Lástima no haber escuchado a la soprano de casa al piano con el mismo Arkaitz, puesto que la calidad quedó empañada por esta apuesta fallida, al menos eso creo, pero aplaudir como siempre el trabajo y entrega de Ana Nebot ante su público fiel.

El dolor eterno

1 comentario

Sábado 24 de julio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Oviedo, Origen del CaminoSTABAT MATER-VIVALDI PROJECT. Soqquadro Italiano, Vicenzo Capezzuto. Entrada gratuita.

 

Volvía tras su paso por Gijón antes del parón pandémico el irrepetible Vicenzo Capezzuto con su original y excepcional formación dentro de la amplia programación de verano que la capital del Principado nos ha preparado bajo el epígrafe «Origen del Camino», apostando el de Salerno por una nueva visión en la onda de «La Pluhar» (donde le descubrí en Oviedo siguiéndole desde entonces por las redes sociales) en una visión actualizada o como se dice ahora siguiendo los símiles gastronómicos, deconstruída, del Stabat Mater RV 621, compuesto por un joven «Prete Rosso» en 1712 para la fiesta patronal de Santa María della Pace en Brescia, partiendo del texto de Jacopone di Todi (siglo XIII) describiendo el lamento de María a los pies de su hijo ejecutado, y del que Vivaldi elegirá las diez primeras estrofas.

Inspirándose en el cuadro de la Crucifixión de Masaccio, actualmente en el napolitano Museo Capodimonte, el director de escena Claudio Borgianni arma un espectáculo casi minimalista pero plenamente actual, colorido en oro, azul, rojo y negro del renacentista, con una iluminación adaptada más allá de los propios movimientos de Capezzuto coreografiados por Mauro Bigonzetti, y un vestuario adecuado a este concepto, pasando de San Juan a La Magdalena, la Virgen María y el propio crucificado, sombras y telas rojas que pasan de sudario a paño de lágrimas, extendido en el suelo o saliendo de la chaqueta, asomando por las mangas rotas de la camisa azul, vestuario sobrio además de mágico, todo el rojo simbolizando, en palabras del propio Capezzuto, el amor de un hombre que murió por los demás, y con la hermosísima música vivaldiana.

Siempre respetando la música del veneciano con los increíbles músicos que le acompañan con arreglos de Luciano Orologi más la electrónica de Fabio Fiandrini, Capezzuto interpreta con su voz única toda la partitura vivaldiana bien arropado por unas sonoridades al menos curiosas sin perder la esencia barroca y dramática.

La riqueza de timbres se logra con Luciano Orologi (al clarinete bajo, saxo soprano, melódica y hasta  una gimbarda), Simone Vallerotonda al archilaúd, Leonardo Ramadori (percusión y piano de juguete), Marco Forti (contrabajo) más los loops y efectos de Fabio Fiandrini (música electrónica), la otra parte importantísima del espectáculo, pues los samplers de Vivaldi completaron momentos sinfónicos perfectamente ensamblados con la música en vivo, haciendo la transición entre las partes con un ruido de baja frecuencia totalmente simbólico del dolor y la muerte, así como efectos engranados con la gestualidad de Capezzuto, contemporánea con la voz barroca perfecta de esta maravillosa página donde también sonaron anónimos del XII en adaptación de Claudio Borgianni para un espectáculo de una hora de duración.

Una amplificación muy cuidada, reverberaciones puntuales para una voz siempre protagonista, sola o en compañía, unida a la sobria iluminación y la sabia combinación sonora consiguieron un espectáculo que Vicenzo Capezzuto lleva con mimo, actualización de una música vigente, joven, donde el buen gusto no está reñido con estas visiones que son tan necesarias para redescubrir la grandiosidad de estas páginas que componen la banda sonora de muchos de nosotros, revisitación musical que comenzase en los felices 70 desde todos los estilos pero que Soqquadro Italiano elevan a la quintaesencia vocal donde la tecnología subraya la belleza. Si la voz peculiar de Capezzuto emociona, la tímbrica de sus instrumentistas aportó aún más riqueza: el archilaúd con punteos casi rockeros, la dificultad de mantener una pulsación de máquina nunca machacona y muy ensayada, una percusión delicada donde no faltó el piano de juguete o los pájaros, el contrabajo usando el arco con virtuosismo y el pizzicato jazzístico junto al gran Orologi, sabia elección de lengüetas para unos fraseos y solos increíbles, una melódica quasi organetto, el saxo soprano único de color y el calor del clarinete bajo redondeando un ropaje colorista plenamente contrastado con el concepto vocal para elevar a verdadero espectáculo este Stabat Mater.

Y una propina de Barbara Strozzi, Che si può fare, en la misma línea de actualización musical desde el respeto por la auténtica protagonista, la música: inicio a solo sumando el archilaúd y el tutti final para otro viaje interior que enriquece nuestra mochila sentimental y sonora.

Dejo a continuación dos entrevistas de la prensa regional previas a este concierto y enlace a la reseña de hoy en LNE:

Feliz Barroco malagueño en Navidad

Deja un comentario

Lunes 23 de diciembre, 20:00 horas. S. I. B. Catedral de Málaga, Joven Orquesta Barroca de Andalucía, Aarón Zapico (director). Obras de Bach, Haendel, Vivaldi, Locatelli y Pachelbel. Entrada libre.
La Joven Orquesta Barroca de Andalucía (JOBA) nace en 2010 como un proyecto pedagógico promovido por la Orquesta Filarmónica de Málaga, dependiente del Ayuntamiento de Málaga y la Junta de Andalucía cuya finalidad es despertar en jóvenes entre los 17 y 22 años, el interés por la Música Barroca así como darles a conocer sus escuelas, géneros y prácticas interpretativas. En este encuentro de navidad han estado trabajando con el asturiano Aarón Zapico que continúa su imparable labor en la dirección y contagiando su pasión por un repertorio donde se ha consolidado como un especialista de renombre internacional.

El concierto que llenaría la «manquita malagueña» y ponía el punto y final a seis días de trabajo concienzudo, nada menos que cinco obras del barroco alemán e italiano muy exigentes para una orquesta joven a la vez que madura, de calidad más que demostrada, equilibrada y totalmente entregada al director, quien lleva y transmite a los músicos su visión fresca, llena de color e ímpetu de unas obras verdaderamente maravillosas.
Entrando desde la parte de atrás del altar con Rameau y su Danza de la pipa de la paz de «Las Indias Galantes» antes de ubicarse ya definitivamente para afrontar al dios Bach y su Suite para orquesta nº1 en do mayor, BWV 1066, llamadas en su época «Oberturas», como bien explica en las excelentes y extensas notas al programa Alejandro Fernández, reorganizando el programa a la inversa del previsto, como previamente explicó Aarón Zapico, y ejecutado sin pausas las notas musicales que con la JOBA iluminarían la catedral malacitana.

Las siete partes o danzas (Ouverture, Courante, Gavotte I/II, Forlane, Minuet I/II, Bourrée I/II, Passepied I/II) con una instrumentación de oboe I/II, fagot, violín I/II, viola, bajo continuo) ya supusieron el primer toque de calidad de los jóvenes instrumentistas andaluces, con una cuerda muy equilibrada y una madera a la que la reverberación catedralicia no ayudó a degustar más su virtuosismo. Colores orquestales bien remarcados, aires contrastados y valientes en los rápidos, muy íntimos los lentos, con una gama dinámica realmente digna de veteranos.
Tras Bach su compatriota y contemporáneo Haendel con el Concierto nº 2 en si bemol mayor HWV 313 (de los Sei Concerti grosso op. 3), las dos caras del barroco alemán que se complementan pero ofrecen más lucimiento y menos hondura desde su estancia londinense no exenta tampoco de los aires de su época en sus cinco movimientos (Vivace, Largo, Allegro, Menuet y Gavotte), danzas para la cuerda bien contrastadas, con una plantilla ideal para cada una, nueva paleta amplia de matices y contrastes bien entendidos por el maestro Zapico y resueltos con solvencia por la JOBA.

Y de Alemania a Italia con el irrepetible Vivaldi de quien escuchamos su Concierto para cuerdas y continuo en sol menor, RV 157, maravillosa página del «cura pelirrojo» con una interpretación sublime de los jóvenes barrocos y el impulso desde la dirección, la luz que tras quitar el paso del tiempo cual lienzo sonoro descubre líneas y colores escondidos. La acústica también nos impidió disfrutar del clave con más presencia, aunque hubo momentos donde alcanzamos a vislumbrar ese continuo junto a unos cellos y contrabajo redondos.
Aún más preciosista en el planteamiento el Concierto grosso nº8 en fa menor, «Concierto de Navidad» op. 1 (de los Dodici Concerti grosso a Cuatro e a cinque) de Locatelli, para disfrutar de una orquesta ensamblada luchando con la difícil afinación y entregada, el barroco italiano siempre único que el maestro Zapico entiende a la perfección y la orquesta respondió fielmente.

Me asombraron tanto el fagot de Irene Camacho Sánchez como el oboe solista de la malagueña Nieves Escobar Baena, calidad y musicalidad que transmiten en cada intervención, al igual que los violines solistas en perfecto entendimiento a lo largo del programa, para rematar sin Aarón con el conocido Pachelbel y su Canon y giga en re mayor para tres violines y bajo continuo, T. 337 creciendo en emociones e intensidad manteniendo la pulsación levemente marcada por el arco de uno de los cellistas mientras el maestro dejó a su orquesta escucharse, disfrutar con esta popular obra, el broche final de un encuentro con mucho trabajo cuyo examen final y premio fue este concierto arrancando largas ovaciones de un público que disfrutó esta navidad barroca en la Catedral de Málaga, de nuevo con acento asturiano del que seguiré presumiendo.

Older Entries Newer Entries