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Gheorghiu única

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Sábado 15 de julio, 20:00 horas. 72 Festival de Granada, Auditorio Manuel de Falla, “Universo Vocal” Recital lírico I: Angela Gheorghiu (soprano), Jeff Cohen (piano). Obras de Giordani, Paisiello, Donizetti, Beethoven, Tosti, Schumann, R. Strauss, Rachmaninov, Rameau, Martini, Massenet, Saint-Saëns, Brediceanu, Stephănescu, Bartók, Bellini y Satie. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

La considerada como “última diva de la ópera”, Angela Gheorghiu (Adjud, 7 de septiembre de 1965) llegaba a Granada esta tarde de sábado en un recital con el pianista Jeff Cohen (Baltimore, 1957) y toda la expectación que levanta una estrella mundial como la soprano rumana, aunque no hubiese un lleno hasta la bandera.

Si entendemos diva como diminutivo de divina “La Gheorghiu” lo es y no hay otra igual en el firmamento lírico. La rumana es un imán que capta toda la atención visual y auditiva desde que pisa la escena, independientemente de lo que cante, y en un recital todo suma. Es diva porque conquista al público, lo hace cómplice, hipnotiza con una voz que mantiene un color especial, un “saber cantar” como pocas, artista absoluta que juega desde un dominio total de la técnica, convirtiendo cada página es un microrrelato que sigue emocionando.

Un recital resulta más exigente que cualquier ópera precisamente por esa carga dramática que conlleva cada obra elegida, y la primera parte arrancó con varias páginas que todo estudiante de cante ha transitado, y los llamados pianistas repertoristas aún más. Qué maravilla cuando las canta una maestra como Angela Gheorghiu y el piano de Jeff Cohen, veterano en estos menesteres sabiendo dónde respirar, esperar, incluso saltarse algún compás porque enganchará sin problemas con la artista, y eso es la soprano rumana.

Tres páginas para ir tanteando acústica, temperatura, ubicarse y controlar escenario: la arietta Caro mio ben de Giuseppe Giordani, el aria de la ópera «La bella molinara» de Giovanni Paisiello, Nel cor più non mi sento (1788), y la alegre canzonetta napolitana Me voglio fà ‘na casa, también conocida como Amor marinaro de Donizetti,  incluida en Soirés d’automne, sin necesidad de sobretítulos (ilegibles sobre el telón de fondo) donde “la Gheorghiu” comenzó a sentirse bien, actuando y conquistándonos.

Como buen “acompañante” y eligiendo páginas relacionadas con el programa cantado, Jeff Cohen daría el primer “descanso” con el recién escuchado Paisiello y las Seis variaciones sobre «Nel cor più non mi sento», WoO 70 de Beethoven, aseadas y sin más exigencias que comprobar cómo los grandes compositores sintieron las obras líricas del momento para recrearlas al piano, llamémoslas variaciones o paráfrasis, aunque esta del “sordo genial” no sean especialmente exigentes para los pianistas.

Y comenzaba a subir la emoción, el buen cantar, el sentimiento, la auténtica interpretación de dos canciones que conozco desde mis años jóvenes, el cautivador y gran melodista italiano Paolo Tosti con dos poemas que la música del de Ortona eleva al Olimpo de concierto: Ideale (texto de Carmelo Errico) y Sogno (de Olindo Guerrini). Si se me permite jugar con los títulos Angela Gheorghiu fue ideal para este sueño con el piano respetuoso de Jeff Cohen, qué placer cómo frasea la rumana, cómo juega con la “mezza voce”, matices increíbles, adornar en el punto exacto, crecer emocionalmente ese final de frase en un agudo siempre preciso y cadencioso esperando el clímax y feliz unión de letea y música. El sueño de esta tarde granadina comenzaba en ese momento y proseguiría con Respighi y Nebbie. Otra lección de canto con gusto, musicalidad que rebosa por todas partes, conquistando con la mirada, el gesto corporal, colocando la voz en la máscara con una facilidad envidiable en la que muchas otras sopranos deberían mirarse. La siguiente parada seguiría ascendiendo cual cumbres de los “ochomiles” que cada página elegida suponía.

Segunda intervención de Jeff Cohen en la “visión” que de Robert Schumann hará Liszt del conocido lied Widmung (al fin cantó el piano solo), buen puente sin excesos antes del Du bist wie eine Blume que “la Gheorghiu” en un alemán perfecto nos brindó, preparándose en el idioma de Goethe con toda la expresión de un Schumann que se ha “instalado en Granada”.

Últimas dos cumbres de la primera parte para disfrutar de la rumana, el Zueignung, nº 1 de los ocho lieder de la op. 10 de Richard Strauss, intenso, dramático, bello, interiorizado y comunicado como sólo las grandes son capaces, y nuevo paso arriba con Vesenniye vody, op. 14 nº 11 de Rajmáninov con el ruso de lenguaje cantado y tocado, página apasionada de lirismo y apoyaturas, con el crescendo final envuelto en acordes y octavas muy de la casa. brillante para el tándem Gheorghiu-Jeff Cohen con química, entendimiento, carga emocional y música para disfrutar.

Si la primera parte fue sumando enteros, la segunda continuaría “in crescendo” porque la soprano rumana, que como buena diva cambió el azul turquesa por un desenfadado tricolor y rosa en el pelo, con mejora en la iluminación sobre la tarima y graduado el termostato del aire acondicionado del auditorio, ya plenamente cómoda, dominadora de la escena, haría grandes las miniaturas en la lengua de Moliere con un francés perfecto, sin nasalizarlo en absoluto, jugando con una pronunciación que es poesía pura, primero Le Grillon de Rameau, después un auténtico Plaisir d’amour de Jean-Paul-Égide Martini, placer de canto, de interpretación en el amplio sentido de la palabra, con un piano siempre amoldado a la soprano, y rematando este bloque la Elégie de Massenet, quinta de las diez «Piezas de género para piano», rezo íntimo y acto de amor que “la Gheorghiu“ interpretó con su línea de canto impecable, precisa, colorista, jugando con los matices y la expresión intrínseca al texto que musicalizado aún crece más, bien arropada por un Cohen elegante y “al servicio de la voz”.

Desde el piano seguiría el homenaje lírico con la paráfrasis que Saint-Saëns compuso de la famosísima Méditation y La Mort de Thaïs de la ópera homónima de Massenet. Un piano al fin contundente y desde el conocimiento de los originales operísticos tras muchos años de repertorista, temáticamente ideal para cerrar esta parte francesa antes de irnos hasta la Rumanía natal de “la Gheorghiu“.

Cuánta música por descubrir y qué buena cuando se siente en las entrañas, se canta con el corazón y transmite el amor por la tierra que te ha visto nacer y llevas contigo como la mejor herencia. Gheorghiu nos enseñó a Tiberiu Brediceanu (1877-1968) con Cine m-aude cântând y textos de la tradición popular), después a George Stephănescu (1843-1925) y Mândruliță de la munte, músicas cercanas en el tiempo por compositores que dejan en su música parte del patrimonio, y nadie mejor que la soprano rumana para hacernos viajar a su tierra con estas melodías donde el piano es fiel compañero.

Quedándose en la Rumanía de la soprano y con la visión del húngaro Bartók el pianista y compositor estadounidense nos interpretaría las Seis danzas populares rumanas, Sz. 56 que van subiendo en dificultad en un piano no siempre rotundo pero sí entregado dando unidad a un programa vocal donde estos “descansos” al menos tuvieron todo el sentido. Los años pesan en los dedos pero el bagaje añade el poso y la veteranía para sortear vericuetos técnicos.

Y llegaba el “non plus ultra”, pues Bellini es bel canto y la canción Vaga luna, che inargenti, de la que Arturo Reverter en sus notas al programa dice puede “considerarse una suerte de precedente en miniatura de la cavatina Casta diva de Norma” en la voz de Angela Gheorghiu resultó un aria de calado, enorme, parando el tiempo en la palabra o sílaba exacta, el ornamento ideal no escrito, la magia de la noche granadina donde el piano remataba el bordado áureo más que plateado de la soprano. Resulta maravilloso escuchar estas páginas tan conocidas cuando se interpretan como las canta “la última diva”.

Todavía faltaba la última cumbre o un paso más en el firmamento lírico, un “juguete» vocal y pianístico del incomprendido francés Satie cuyo baúl fue el mejor regalo para la historia musical de los felices años 20 (los del pasado siglo, claro). Su vals Je te veux con letra de Pacory nos transportó al Paris corazón artístico que nuevamente con Gheorghiu y Cohen, en sincronía técnica, emotiva y veterana, rematarían un recital que podemos calificar de antológico, donde hasta la rumana se movió en escena con todo el gracejo al que esta música nos llevó.

Público rendido ante la diva, simpática, generosa, entregada, cautivadora, cómplice con todos, afable y una “tercera parte” fuera de programa que supuso como la canción de Sinatra Fly me to the Moon, pues aún queda mucho universo para esta gran Angela Gheorghiu. Pocas sopranos me han emocionado y esta noche hasta se me saltaron las lágrimas tras escucharle su Lauretta del O mio babbino caro, imposible expresar todo lo que su voz transmite en este aria del “Gianni Schicchi” de Puccini, que no por conocida se escucha cantar como la rumana. Auditorio en pie arrodillado ante tanta grandeza vocal.

Y llegaría otro “no va más” en el Auditorio Manuel de Falla con su Granada (Agustín Lara) entregada, no importa que el piano se comiese notas y hasta compases al pasar página, tampoco la pronunciación mejorable del español, que sólo nosotros somos capaces, porque ¡cantaba Angela Gheorghiu! y no necesitábamos más.

Para volar hasta el “Universo vocal” de este Festival, la popular canción La Spagnola (que siempre recordaré por Mario Lanza en su película “Serenade”) que Angela Gheorghiu sintió propia y hasta los zapatos rojos parecían hechos a medida para esta su primera noche granadina.
El día 19 pondrá el broche de oro al 72 Festival Internacional de Música y Danza de Granada, aunque esta vigésimoquinta noche la recordaré como “mi noche con la Gheorghiu”.

PROGRAMA

I

Giuseppe Giordani (1751-1798)

Caro mio ben (Texto: Giuseppe Guarini)

Giovanni Paisiello (1740-1816)

Nel cor più non mi sento (Texto: Giuseppe Palomba)

Gaetano Donizetti (1797-1848)

Me voglio fà ‘na casa miez’ ‘o mare (Anónimo)

Ludwig van Beethoven (1770-1827)

Seis variaciones sobre «Nel cor più non mi sento», WoO 70 (piano solo)

Francesco Paolo Tosti (1846-1916)

Ideale (Texto: Carmelo Errico)

Sogno (Texto: Olindo Guerrini)

Ottorino Respighi (1879-1936)

Nebbie (Texto: Ada Nedri)

Robert Schumann (1810-1856) / Franz Liszt (1811-1886)

Widmung (piano solo)

Robert Schumann

Du bist wie eine Blume (Texto: Heinich Heine)

Richard Strauss (1864-1949)

Zueignung (Texto: Hermann von Gilm)

Serguéi Rajmáninov (1873-1943)

Vesenniye vody, op. 14 no 11 (Texto: Fiódor Ivánovich Tiútchev)

II

Jean-Philippe Rameau (1683-1764)
Le Grillon (Texto: Pierre-Jean de Béranger)

Jean-Paul-Égide Martini (1741-1816)

Plaisir d’amour (Texto: Jean-Pierre Claris de Florian)

Jules Massenet (1842-1912)
Elégie (Texto: Louis Gallet)

Camille Saint-Saëns (1835-1921)

Méditation, Paráfrasis de concierto sobre La Mort de Thaïs de J. Massenet (piano solo)

Tiberiu Brediceanu (1877-1968)

Cine m-aude cântând (Texto de tradición popular)

 George Stephănescu (1843-1925)

Mândruliță de la munte (Texto: Vasile Alecsandri)

Béla Bartók (1881-1945)

Seis danzas populares rumanas, Sz. 56 (piano solo)

I. Joc cu bâtă (Danza del bastón). Allegro moderato – II. Brâul (Danza del fajín). Allegro – III. Pê-loc (Danza del zapateado). Andante – IV. Buciumeana (Danza del como). Moderato – V. Poargă românească (Polca rumana). Allegro – VI. Mărunțel (Danza rápida). Allegro.

Vincenzo Bellini (1801-1835)

Vaga luna, che inargenti (Anónimo)

Erik Satie (1866-1925) Je te veux (Texto: Henry Pacory)

Historia del lied en Granada

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Martes 4 de julio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), “Universo vocal”: Anna Lucia Richter (mezzosoprano), Ammiel Bushakevitz (zanfona, piano). Licht!. Obras de Wolfenstein, Vogelweide, Bach, Mozart, Schubert, Fanny Mendelssohn, Mendelssohn, Schumann, Wolf, Berg, Reinmann, Rihm, Eisler y Weill. Concierto Homenaje a Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento. Fotos propias y de Fermín Rodríguez.

Impresionante lección histórica del “lied” alemán en este “Universo vocal” granadino con dos intérpretes de altura: la mezzosoprano Anna Lucia Richter (Köln, 1990) y el pianista Ammiel Bushakevitz (Jerusalén, 1986) que nos deslumbró también con la zanfona.

Siempre comento la lírica como poesía musicada, pues si los textos son importantes, cuando se les ponen melodías y acompañamientos se engrandecen, máxime en esta feliz unión donde la voz declama y comparte el protagonismo con el instrumento que la viste a la moda del momento. El dúo Richter – Bushakevit nos brindaron un repaso de calidad a las mejores canciones alemanas de la historia, desde el medievo hasta nuestros días, donde no faltaron ni un Bach siempre único que con el piano sigue sonando actual, los clásicos Haydn y Mozart que en la “canción de concierto” son tan brillantes y cercanos como en sus óperas, los hermanos Mendelssohn románticos «de catálogo», incluso la trilogía del lied (Schubert, Schumann y Wolf) pero también Schumann, el paso al expresionismo puro y duro de Berg o Weill más los todavía vivos Reimann o Rhim, continuadores de una tradición tan alemana como el propio género.

Imposible destacar algo concreto porque el recital de este decimocuarto día del Festival de Granada en el Patio de los Mármoles quedará en mi memoria como todo un acontecimiento, la parte vocal con esta mezzo alemana de timbre carnoso, dicción impoluta, proyección pluscuamperfecta, emisión impecable, dramatización perfecta haciendo entender unos textos de por sí verdaderos microrrelatos que con su amplio y homogéneo registro resultaron plenamente creíbles con un color lleno de matices. Sumemos un pianista israelí tan protagonista como la voz que no sólo manejó la zanfona de manera magistral sacando matices increíbles y jugando con los “bordones” o el manubrio empujando la acción cantada, también auténticamente plausible su papel de acompañante (aunque no me guste el término), con todas las obras exigentes y la compenetración exacta en cada página engrandeciendo a la mezzo, revistiéndola del carácter apropiado en cada obra, y sacando del Yamaha CFX de última generación una sonoridad tan luminosa como el título del recital.

Licht!, luz y sombra a lo largo de la poesía cantada, historia que con Wolkenstein pregunta por “el iluminado” o el minnesinger Vogelweide cantando bajo los tilos tal vez berlineses, Anna Lucia Richter y la zanfona de Ammiel Bushakevitz nos transportarían a los auténticos orígenes germanos sobre la pasión por la poesía cantada. Con los textos y traducción proyectados sobre las piedras renacentistas era un placer entender la lengua de Goethe toda la carga poética transmitida por este dúo que enamoraron desde la primera nota.

El maestro Arturo Reverter titula sus notas al programa «Y la luz se hizo» donde desmenuza cada página, y de las dos canciones de “Mein Gott” escribe “en su contención algo escolar, aparecen cortadas por similar patrón. Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446, revela una mayor fantasía. O finstre Nacht, BWV 492, discurre lánguidamente a lo largo de una línea muelle y serena”, adivinando el carácter que la mezzo y el pianista imprimieron, Bach siempre eterno con un piano casi organístico y el color vocal ideal para El Cantor.

Más luz y alegría con los clásicos vieneses, Haydn “Lujuria de país” y de canción, más Mozart y la “sensación de la tarde” describiendo casi al momento estos momentos granadinos que voz y piano nos transmitieron. Si “La Richter“ enamoraba, Bushakevitz ayudaba, perfecto entendimiento y sentimiento antes de continuar con otros tres románticos sin olvidarnos de los textos que musicaron, y que dejo al final de esta entrada con el programa íntegro.

La época que le tocó vivir a Schubert no fue justa con él, pero su música le hará eterno. Sus lieder son todo un ejemplo de engrandecer los poemas de sus contemporáneos imaginando aquellas sesiones de salón que se conocen como “schubertiadas” por la feliz unión de las artes y donde la poesía y su música iban de la mano, tal y como Richter con Bushakevitz nos mostraron. Tres canciones que transitarían por el espíritu del vienés, “en el agua para cantar” cristalino por ambos intérpretes, el trágico enano lleno de dolor y otro atardecer porque la luz vespertina tiene magia, y más en Granada con dos artistas que transmitieron todo en cada página.

Los hermanos Mendelssohn no podían faltar en este repaso del lied, el Leipzig romántico con Fanny ahora recuperada y con tanta calidad como Felix, primavera y crepúsculo contrapuestos pero también unidos, voz arropada y subrayada por un piano sin complejos femenino, o el “nuevo amor” masculino con unos textos de los más grandes, incluso los que inspirarían a un Mahler que en este repaso histórico no pudo estar, imposible condensar tanta historia musical.

Una primera parte para comentar al descanso pero aún quedaba la segunda que nos acercaría aún más a una luz casi deslumbrante ya en plena noche granadina.

Schumann y Wolf, dos periodos que escuchados juntos dan continuidad a la poesía alemana y a la escritura lírica, mismos temas con dos técnicas que Richter y Bushakevitz hicieron propias, “cristal de la ventana” por la que escuchar “cantar a la tarde” en Leipzig, o preguntarse “Qué hacer con la alegría” tras un apocalíptico “jinete rojo” que no figuraba en el programa, donde Anna Lucia Richter parecía preparar lo que vendría en el tramo final, simbolismos, metáforas y tragedias, más el piano de Ammiel Bushakevitz dando no ya la confianza necesaria sino todo el dramatismo y ambientación de unas poesías que crecieron con ambos.

Nuevo paso adelante en la historia del lied llegando al expresionismo total de las cuatro canciones de Alban Berg que sólo un dúo tan compenetrado y conocedor de la lengua de Goethe llevada al pentagrama puede interpretar con la fuerza y emoción mostrada, sumándole la última Warm die Lüfte “calentando el aire” y a capella desgarradora, subiendo la temperatura tanto ambiental como emocional antes de los tres más cercanos en el tiempo, manteniendo la misma calidad, intención e intensidad por parte de Richter y Bushakevitz.

Proseguirían textos de luz y hasta de renuncia a ella (Reinmann), “flores marchitas” de Rihm que sonaron bellas y hasta perfumadas, o cantando Eisler desde la meca cinematográfica “Y finalmente” como banda sonora antes del auténtico cabaret berlinés de Kurt Weill con luces de neón o reflectore en los clubes sórdidos que el cine y la música convierten en pequeños templos de culto. Si Ute Lemperer marcó estilo en estos repertorios, tras escuchar a la mezzo Anna Lucia Richter con el piano mágico de Ammiel Bushakevitz la sucesión está garantizada.

“Y la luz se hizo” con el recuerdo y homenaje a nuestra Victoria de los Ángeles en el centenario de su nacimiento, con un regalo a la altura de nuestra soprano internacional, Sommerabend op. 85 nº1 de Brahms, verdadera delicia vocal y auténtico despliegue pianístico tras un paseo histórico por el inigualable lied alemán.

De nuevo la magia y la luz se dieron la mano, y para cerrar el círculo volverían Richter y Bushakevitz al medievo, la zanfona marcando el paso en el escenario mientras la mezzo hacía recorrido real por el “claustro” envolviéndonos con su canto y voz penetrante, cautivadora, luminosa ya cercana la medianoche.

PROGRAMA

I

Oswald von Wolkenstein (1377-1445)

Wer ist, die da durchleuchtet

Walther von der Vogelweide (c. 1170-1230)

Unter den Linden

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Der lieben Sonne Licht und Pracht, BWV 446 (Texto: Christian Scriver)

O finstre Nacht, BWV 492 (Texto: Georg Friedrich Breithaupt)

Joseph Haydn (1732 – 1809)

Die Landlust , Hob. XXVIa:10 (Texto: Georg Ernst Stahl)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Abendempfindung, KV 523 (Texto: Joachim Heinrich Campe)

Franz Schubert (1797-1828)

Auf dem Wasser zu singen, D 774, op. 72 (Texto: Friedrich Leopold Graf zu Stolberg-Stolberg)

Der Zwerg, D 771, op 22/1 (Texto: Matthäus Kasimir von Collin)

Im Abendrot, D 799 (Texto: Karl Lappe)

Fanny Mendelssohn (1805-1847)

Frühling, op. 7/3 (Texto: Joseph von Eichendorff)

Dämmrung senkte sich (Texto: Johann Wolfgang von Goethe)

Felix Mendelssohn Bartholdy (1809 – 1847)

Minnelied, op. 34/1 (Texto de Des Knaben Wunderhorn)

Neue Liebe, op. 19a/4 (Texto: Heinrich Hein)

II

Robert Schumann (1810-1856)

Die Fensterscheibe, op. 107/2 (Texto: Titus Ullrich)

Abendlied, op. 107/6 (Texto: Gottfried Kinkel)

Hugo Wolf (1860-1903)

Wohin mit der Freud? (Texto: Robert Reinick)

Alban Berg (1885 – 1935)

Vier Gesänge, op. 2:

Schlafen, nichts als schlafen (Texto: Christian Friedrich Hebbel)

Schlafend trägt man mich (Texto: Alfred Mombert)

Nun ich der Riesen stärksten überwand (Texto: Alfred Mombert)

Warm die Lüfte (Texto: Alfred Mombert)

Aribert Reimann (1936)

Nach dem Lichtverzicht, de Eingedunkelt – Neun Gedichte nach Paul Celan (Texto: Paul Celan)

Wolfgang Rihm (1952)

Verwelkte Blumen, de Vier späte Gedichte von Friedrich Rückert (Texto: Friedrich Rückert)

Hanns Eisler (1898-1962)

Und endlich, de Hollywood Liederbuch (Texto: Peter Altenberg)

Über den Selbstmord, de Hollywood Liederbuch (Texto: Bertolt Brecht)

Kurt Weill (1900-1950)

Berlin im Licht (Texto: Kurt Weill)

Perianes de Califa a Emperador

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Lunes 3 de julio, 22:00 horas. 72 Festival de Granada, Palacio Carlos V, “Grandes intérpretes”: Javier Perianes (piano). Concierto homenaje a Alicia de Larrocha en el centenario de su nacimiento. Obras de Falla, Debussy, Albéniz y Granados. Fotos de Fermín Rodríguez.

Granada sigue siendo mágica y la mejor disculpa para que el onubense Javier Perianes (Nerva, 1978) armase un programa con la capital nazarí como nexo de unión, aunque también serviría la inspiración propia de cuatro compositores que sin ser naturales de esta tierra, e incluso sin conocerla, en los feliz inicios del pasado siglo lo exótico era La Alhambra y sus leyendas, la historia que para los europeos debía de resultar cual un parque temático del momento sin pisar otro continente.

Y esta inspiración la tuvieron los cuatro compositores elegidos: el gaditano Manuel de Falla (1876-1946) que acabaría enamorado de Granada y viviendo en el Carmen de los Mártires y en el de la Antequeruela; visiones en el París capital cultural del momento que las transmitiría al francés Claude Debussy (1862-1918) bebiendo la misma fuente del idioma musical con la añoranza que da la distancia; el gerundés Isaac Albéniz (1860-1909) en ese mismo “exilio” pergeñará la biblia del piano actual que es su suite Iberia donde no falta esa página tan granadina como es “El Albaicín”. Y otro catalán como el ilerdense Enrique Granados (1867-1916) probablemente impregnado de la misma magia que todos los anteriores buscando trasladar al piano esa inspiración española que nuestros intérpretes más señeros llevaron por todas las salas de concierto y continúan haciéndolo.

En este año del centenario de la gran Alicia de Larrocha, quien sería nuestra mejor embajadora de todos ellos, varios intérpretes de ahora están homenajeando a la catalana, y no podía faltar nuestro Javier Perianes con un programa tan mágico como La Alhambra donde está como en casa, del Patio de los Arrayanes en ediciones anteriores a este Palacio de Carlos V donde el andaluz moró durante dos horas para convertirse en el emperador de la noche.

Hace tiempo que he calificado a Perianes como “El Sorolla del piano” porque mima el sonido de cada nota, en cada mano, con un manejo del pedal capaz de crear unas atmósferas cual veladuras, un limpieza y frescura en el trazo que asemeja la acuarela donde no hay posibilidad de error, gamas de matices tan extensas que pasan de acariciar las teclas a volcar toda la energía que exija el pasaje, claridad en lo melódico casi de tinta china sobre el papel y perfilar la esencia. Por finalizar con tantos paralelismos, el manejo de los tempi o del rubato que los años han madurado desde una musicalidad de siempre pero con la hondura emocional que solo los grandes intérpretes alcanzan, por lo que el mejor homenaje a Doña Alicia ha sido este programa que el onubense interpretó dos días antes en Campo de Criptana, aunque nunca hay dos conciertos iguales.

Sin pausas afrontó la primera parte, “de un tirón” y como dicen por aquí “estuvo sembrao”, primero Falla y su Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920) donde el dibujo musical del francés que nunca quiso ser llamado “impresionista” pintó una habanera no sé si del Cádiz de Don Manuel o de la Huelva de Don Javier. Está claro que en la interpretación encontró todos los colores de los dos compositores, tal vez por lo que Ana García Urcola llama “españolidad francesa” del onubense y “penetra plenamente en ese sabor amargo, apasionado y seductor”.

Dándole la vuelta al epíteto de la profesora donostiarra, Perianes nos dejaría las tres páginas del Debussy imbuido por Falla desde la “francesa españolidad”, imágenes que se funden el oido como los colores en la retina pero siempre con la luminosidad mediterránea o atlántica pues el mar consigue reflejos que el compositor francés entendió y llevó al piano. Estampas como la tarde en Granada para enmarcar en nuestra memoria melómana, el paseo pasando por La Puerta del Vino o la interrupción de una serenata nocturna, en este caso por el vuelo de avión que intentó confundir la única estrella que brillaba en el firmamento (quiero pensar que Alicia de Larrocha estaba disfrutando de este digno heredero), tres láminas distintas con la misma temática pero sentidas e interpretadas con unidad estilística y toda la gama de recursos que Perianes domina, asombrando con unos pianísimos imperceptibles que cortaban la respiración en esas caricias, pero la energía de una mano izquierda prodigiosa capaz de pasar del canto al ropaje desde una rítmica personal que maravilla, la habanera gaditana y onubense como hilo conductor jugando con el grosor de los trazos.

Y uniendo este paisaje sonoro contemplar el de El Albaicín que tan bien musicó Albéniz, evocación de guitarra en la tierra que mejor las construye y en los dedos de un onubense que entiende estos ritmos desde el “pellizco” clásico manteniendo la esencia popular, no quedó atrás la vuelta a Falla y una Fantasía bætica (1919) para recordar por la fuerza, entrega, pasión y musicalidad capaz de recrear nuestra música andaluza por momentos chopiniana, zapateado cual polonesa y el sonido elegante además de muy trabajado del onubense, romanticismo en estado puro y virtuosismo necesario para trasmitir todo “lo jondo” que esconde la partitura de nuestro gaditano universal, lo que cautivó al público que le jaleó al finalizar esta primera parte.

Si Granada es la inspiración que París materializaba, nuevamente “la pintura musical” sigue siendo el hilo conductor de este “Sorolla del piano” que ha encontrado en las Goyescas (1911) de Granados otra galería sonora donde los dedos son pinceles que recrean al primer impresionista que fue Goya antes de acuñarse el término. Escuchar los dos libros seguidos, al igual que en Oviedo el pasado mes de abril dentro de las Jornadas de Piano, redondean la elegancia de la escuela parisina que Perianes transmite, despliegue de contrastes y dinámicas, de ritmos y fraseos, de pulir las melodías con una sonoridad tan trabajada que hasta parecía estar escuchando a la gran Teresa Berganza cantarlas en el universo del piano que de blanco y negro solo las teclas más el mueble. No quiero olvidarme del excelente sonido que devolvió el Steinway en el palacio imperial, y reajustado al descanso tras el “tute” de la primera parte.

«Las Goyescas es una obra de todo tiempo» decía el propio Granados, la escritura pianística es un compendio de técnica, claroscuros, pasiones y herencias románticas con la genialidad e inspiración española, y Perianes las ha hecho suyas de principio a final. Los dos cuadernos como toda una galería del Prado en este Palacio de Carlos V, cartones que son cuadros y páginas monumentales para seguir contemplándolas a toda hora, aunque la noche granadina redondeó la magia.
Otro triunfo del andaluz y más Falla que no falla en dos propinas manteniendo todo lo bueno, incluso el respeto de un público entregado (hasta un ramo de flores), la Serenata Andaluza más flamenca y guitarrística llevada al concierto, más la Danza ritual del fuego de “El Amor Brujo”en otro homenaje al Festival que también lo es de danza, personal interpretación y final en la medianoche para que el hechizo no se rompiese en este decimotercer día.

PROGRAMA

I

Manuel de Falla (1876-1946): Homenaje «Le tombeau de Claude Debussy» (1920)

 Claude Debussy (1862-1918): La soirée dans Grenade, de Estampes, L. 100/2 (1903) / La Puerta del Vino, de Préludes – Libro II, L. 123/3 (1911/1913) / La sérénade interrompue, de Préludes – Libro I, L. 117/9 (1909)

Isaac Albéniz (1860-1909): El Albaicín, de la suite Iberia (1905-1909)

Manuel de Falla: Fantasía bætica (1919)

II

Enrique Granados (1867-1916): Goyescas (1911)

 Los requiebros / Coloquio en la reja / El Fandango del candil / Quejas o La maja y el ruiseñor / El amor y la muerte (Balada) /  Epílogo: Serenata del espectro

Un jardín de flautas

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Domingo 2 de julio, 12:30 horas. 72 Festival de Granada, Crucero del Hospital Real, “Grandes intérpretes”: Giovanni Antonini (flautas). It’s as easy as lying: obras de Virgiliano, Van Eyck, Hotteterre, Telemann y Bach. Fotos de Fermín Rodríguez.

Parece mentira que un concierto de flautas antiguas pueda congregar tanto público en el crucero del Hospital Real granadino, y es que el milanés Giovanni Antonini hizo como el personaje del cuento para atraer en esta calurosa mañana de domingo a un público variopinto y ávido por escuchar “El jardín de las delicias de la flauta” como recuerda la profesora Ana García Urcola en sus más que interesantes notas al programa.

Todo un arsenal de flautas el desplegado por “el flautista de Milán” para un programa titulado It’s as easy as lying del Hamlet shakespeareano, traducido como “Es tan fácil como mentir”, aunque Antonini no tuvo nada fácil las obras elegidas y además con la mayor veracidad interpretativa posible.

Con una flauta doble, similar al aulos griego, el concierto comenzaba con un anónimo del Trecento italiano, dos estampidas de auténtico virtuosismo, tituladas Isabella y Lamento di Tristano (del manuscrito conservado en la British Library London).

Desde estas “flautas viajeras” y en un particular viaje que la profesora García Urcola llama “anacronópete” (genial tributo a nuestra primera maquina del tiempo y española), la siguiente parada sería en Il Dolcimelo de Aurelio Virgiliano (fl c. 1600) con un Ricercare imitando la voz humana para conseguir “el movimiento de los afectos”, un alarde interpretativo del milanés, de respiraciones cual cantante y con unos contrastes dinámicos y de tempi muy efectistas.

Siguiente parada en los Países Bajos, segundo tercio del XVII, con Jacob van Eyck (1590-1657), ciego campanero y flautista com una producción de mas de 150 obras agrupadas bajo el nombre de El jardín de las delicias de la flauta que tomo prestado en la introducción. Compendio de música vocal y danzas de herencia renacentista jugando con el virtuosismo del flautista, melodías bellísimas y con una ornamentación increíble, además de la articulación que consigue un colorido tímbrico impensable en una flauta (contralto y no soprano, ninguna adecuada en las enseñanzas musicales por mucho que Carl Orff se empeñase), con dos páginas donde la impactante fue la Fantasia in echo.

Jacques-Martin Hotteterre (1674-1763) nos situó en el París dieciochesco y perteneciente a una familia de fabricantes e intérpretes de instrumentos de viento, llegando a ocupar varios puestos en las instituciones musicales al servicio de Luis XIV. Será referente de los flautistas al publicar en 1707 su famoso método. Cuatro preludios para flauta de pico (de L’Art de Préluder,  París, 1719) jugando con diferentes modelos y tesituras, donde Antonini no solo dio una clase magistral por adaptarse a las indicaciones del “Método” sobre ornamentos y su ejecución “evitando un alarde de fantasía” que escribía Hotteterre. No hubo excesos ‘italianos’ en la música francesa para la corte, pero sí un catálogo de fantasía y sentimientos plagados de matices, dinámicas, fraseos y articulaciones más allá del rígido protocolo francés.

Aún quedarían dos aires de la Suite nº 3 (de Premier Livre de pieces. París, 1715), un Rondeau y una Courante con la imagen de los bailes cortesanos interpretados por una flauta que merecía ser de oro, y corroborado en la penúltima obra Lentement del Preludio en do menor (de L’Art de Préluder).

Pero los alemanes entendieron este ancestral instrumento de otra forma, y el Barroco supondría toda una explosión de luz y color, contrastes de todo tipo donde lo italiano se pondrá más de moda que lo francés. El prolífico hamburgués Georg Philipp Telemann (1681-1769) compone un corpus inmenso de una variedad inusitada para este aerófono. Antonini siguió utilizando las flautas de pico y no los traversos, para disfrutar con tres de las 12 Fantasías para flauta (publicadas hacia 1733), imaginación compositiva y magisterio interpretativo, Si las fantasías estaban ordenadas por tonalidades correspondientes cada una a un afecto, el milanés eligió las nº 3 en re menor, nº 8 en sol menor y nº 10 en mi menor, adaptando los originales y mostrando la variedad de instrumentos para los distintos movimientos de estas fantasías en el amplio sentido del término. Organizadas en orden inverso los “afectos” fueron más allá de la mañana “granaína», impresionándonos tanto el Presto de la décima como el Spirituoso de la octava, y toda la tercera que exigen del intérprete no solo capacidad pulmonar sino un dominio total de cada instrumento, pues el virtuosismo consigue que escuchemos armonías o contrapuntos en un instrumento monódico.

Y en un festival donde “Mein Gott” preside muchos conciertos, no podía faltar el único Johann Sebastian Bach (1685-1750), padre de todas las músicas posteriores, virtuoso del órgano, el violín y también de la flauta, genio de la composición con Leipzig como última parada en este itinerario original a través de unas músicas asombrosas. El cantor compuso una única obra para flauta sola, la
Partita en do menor para flauta sola, BWV 1013 (c. 1723, original en la menor) y pude que con Pierre-Gabriel Buffardin (extraordinario intérprete de la Orquesta de Dresde) como destinatario de la misma. Si en Telemann nos asombraba la “consecución” polifónica, el dios de la fuga y arcano musical que fue Bach aún eleva no ya la sensación sino la realidad al escucharlo con Antonini sentado y empapado tras la ejecución de los cuatro movimientos de esta “suite flautística” (Allemande / Coréate / sarabande / Bourreé Angaise) que nos hace aún más comprensible el enorme conocimiento que el flautista y director milanés tiene del cantor al llevarlo en sus conciertos con formaciones camerísticas como el del último día de junio.

Tras este viaje, la propina nos llevó a Corea del Sur con una obra del también flautista y compositor Hong-Jun Seo (1978), integrando lo clásico y lo moderno, con otra flauta de Antonini explorando sonoridades orientales, microtonales para una obra sugestiva y sugerente, hasta ecológica por la inspiración en la naturaleza, con la que ampliar itinerarios para un instrumento ancestral que sigue vivo.

La Pasión según Koopman

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Miércoles 28 de junio, 22:30 horas. 72 Festival de Granada, Colegio Mayor Santa Cruz la Real, “Solo Bach”: Amsterdam Baroque Orchestra and Choir, Ton Koopman (director). Johann Sebastian Bach (1685-1750): Johannes-Passion, BWV 245. Fotos de Fermín Rodríguez.

Esta mañana nos despertábamos con la noticia de la concesión al maestro Ton Koopman de la Medalla del Festival de Granada 2003, y a media tarde se nos comunicaba que la hora prevista del concierto se retrasaba hasta las 22:30, pues el avión que debía salir de Amsterdam a las 09:00 para aterrizar a las 13:00 se había estropeado y hasta las 17:00 no despegaban finalmente rumbo a tierra granadina. Así y todo se abrían las puertas al público a las 22:00 y a las 22:19 veíamos llegar a los intérpretes para organizar el escenario llegando con el tiempo justo sin poder realizar la prueba acústica ni tan siquiera meter algo sólido en el cuerpo.
A las 22:45 Antonio Moral, director del Festival, tomaba la palabra para disculparse en nombre de todos y contarnos la odisea, incluso intentando avisar al público que los parkings cerraban pese a los esfuerzos de toda la organización por prorrogar el cierre, siendo imposible y calculando que esta “Pasión” se realizaría sin la pausa prevista, salvo una pequeña parada tras el nº 14 (coral) y la duración prevista sería de dos horas y diez minutos.
Cual acto de penitencia por todos, al fin salía Ton Koopman con su eterna sonrisa y una vitalidad increíble sabiendo todo lo acontecido, con todos los intérpretes preparados, los dos órganos listos tras los repasos matutino y nocturno del inconmensurable Francisco Alonso Suárez (Paco para todos), y escuchando el primer coro Herr, unser Herrscher, aún sin centrarse casi nadie, con las sopranos algo destempladas, Juan el Evangelista y Jesús en el primer recitativo y los sobretítulos bien proyectados para proseguir esta liturgia bachiana tan esperada.
El maestro Koopman debía ajustar la banqueta, pues ni tiempo había tenido, resisitiéndosele el mecanismo pese a “la ayuda de Jesús” y preparado el contratenor curiosamente antes de cantar su aria “Para desatarme de los lazos de mis pecados” (nº 7) con esta pausa no prevista.
Pero el milagro ocurrió y el oratorio iría tomando el rumbo correcto, la primera aparición de la soprano (nº 9) con el aria “Yo también te sigo con alegres pasos” junto al dúo de flautas parecían cantar los acontecimientos; emisión perfecta y color adecuado, el coro más empastado, incluso los solistas manteniendo un nivel alto; la orquesta ensamblada con un continuo que mantendría y hasta iría aumentando su excelente calidad (cello, fagot, órgano y tiorba) pero los dos protagonistas impresionantes, especialmente el Evangelista, que como hace 9 años en Oviedo, sentía y transmitía todos los textos luteranos, y otra maravilla el contratenor, con el mismo cuarteto solista que ya me maravillase entonces y volvía a hacerlo este miércoles “colegial”.
Desde el número 15 esta “Pasión según San Juan” creció en emociones, entrega, encajando cada número como si la “penitencia” previa por todos pasada ya se hubiese redimido, la Zweiter Teil que sería intensa, equilibrada y apasionada. Los corales sonaron empastados y ricos de matices con Koopman tan claro y preciso como es habitual, llevándolos “al pie de la letra”, con sus continuos en el positivo ornamentando primorosamente, el Evangelista emocionándonos, con Jesús completando el relato junto a esta orquesta que mantiene la sonoridad impecable de los holandeses. Si el dúo de flautas competía en belleza con las voces, los oboes no quedaban a la zaga, el fagot redondeaba un continuo donde el cello solista “hablaba” y realzaba los momentos de dolor con Jesús.
El cambio en el arioso de Jesús (nº 19) y el aria del Evangelista (nº 20) con las dos “violas d’amore” consiguió la tímbrica buscada, y las segundas intervenciones de Hana Blažíková (nº 35, Zerfließe, mein Herze) pero sobre todo de Maarten Engeltjes en su aria Es ist vollbracht! (nº 30) fueron rotundas, de una emisión perfecta, color bellísimo y una auténtica dramatización de los textos de Brockes.
Toda la fuerza de la palabras que “dios Bach” realza, un auténtico tratado de simbología musical matemáticamente resuelto por un Koopman que resuelve los enigmas con la sencillez del maestro y la grandeza de la partitura.
Corales, coros y turbas transmitiendo la voz del pueblo, la orquesta subrayando como sólo Bach es capaz, incluso en esta su primera pasión, sin olvidar la reflexión y toda la expresividad. Emociones en el aria de Jesús con el coro, las arias y ariosos del Evangelista junto a esa sucesión de números tan perfectamente compuesto y alternados fueron elevando espíritus y sensaciones.
El Jesús del bajo Klaus Mertens ponía el dolor y resignación pero también la esperanza; San Juan Evangelista del tenor Tilman Lichdi no pudo encontrar mejor narrador. Y todo el Oratorio llevándonos en liturgia bachiana única hasta el clímax final con el coro Ruht wohl, ihr heiligen Gebeine más el coral Ach Herr, laß dein Lieb Engelen.
Redimimos pecados, esperamos la resurrección tras el dolor y las súplicas que no hubiesen sido posibles sin la “Pasión Koopman, siempre a mayor gloria de Bach”. Aún disfrutaremos con el maestro dos días más, que espero seguir contando puntualmente.
FICHA
Amsterdam Baroque Orchestra and Choir – Tilman Lichdi , tenor (Evangelista) – Klaus Mertens, bajo (Jesús) – Maarten Engeltjes, contratenor – Hana Blaiková, soprano.
Ton Koopman (órgano y director).
Johann Sebastian Bach (1685-1750):
Johannes-Passion, BWV 245 (La pasión según San Juan, 1724).

Piano para locos e inocentes

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Viernes 23 de junio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), Grandes Intérpretes: Víkingur Ólafsson (piano): “Mozart y sus contemporáneos”. Obras de Galuppi, C. Ph. E. Bach, Haydn, Cimarosa y Mozart. Fotos: Fermín Rodríguez.

Dícese del Hospital Real que “Fue para locos e «inocentes», devino Universidad y en sus salas se conjugan tradiciones musicales” trasladadas al bellísimo Patio de los Mármoles de este hospital encargado por los Reyes Católicos para enfermos pobres y peregrinos que con el emperador Carlos empezará a albergar también a los locos e «inocentes». La Universidad de Granada instaló aquí su sede principal en 1980 con el Rectorado y la Biblioteca Central “donde aquellos empeños quizá se continúen en forma de conocimiento y mapa del mundo, cartografía del espíritu humano y sus meandros que toda biblioteca puede contener” y el Festival también trae un mapa del piano clásico con todos los meandros en este recital del mediático pianista islandés, una de las figuras del “sello amarillo”.

Al pianista Víkingur Ólafsson (Reikiavik, 1984) se le ha calificado de atípico por los programas elegidos y cómo los cohesiona, nos trajo para este recital en el Festival las mismas obras que grabó en 2021 para DG “Mozart & Contemporaries” aunque en distinto orden, desde el más puro Clasicismo pianístico del genio de Salzburgo, pasando por “papá” Haydn, C. Ph. E. Bach (el quinto hijo de “Mein Gott”) junto a los menos escuchados en las 88 teclas por ser más operísticos caso de Cimarosa o “Il Buranello” que abría sesión cual preparación estilística al esperado “tour de force” de hora y media.

La forma de intercalar las obras del islandés es digna de analizar, no se rige por tonalidades afines o aires contrapuestos sino que parece responder a un momento vital y personal como el vivido esta calurosa tarde-noche granadina. Los pájaros parecían querer sumarse a los trinos al inicio con el Andante spiritoso de la Sonata nº 9 en fa menor de Baldassare Galuppi (1706-1785), y las palomas querían escuchar el primer Rondó en fa mayor, K 533/494 (1786) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Poco a poco llegaba la luz crepuscular y sonaba el más clásico de los Bach, Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) con el Rondó en re menor, Wq 61/4 (1785), misma forma y tonalidad relativa pero recreo o recreación musical total. Más que suficiente para comprobar que Ólafsson es único por y en todo. Como el volcán impronunciable de su tierra pasa de la erupción rompedora, explosiva, a la más delicada estrella boreal. Su sonido es limpio, claro, preciso, inmaculado, donde el uso de los pedales parece de otro mundo y engrandece cualquier obra por «pequeña que sea». Podemos escuchar todas las notas escritas mimadas en su duración exacta y con toda la gama de matices posible.

Sin pausas, enlazando cada obra sonaría Domenico Cimarosa (1749-1801) y su Sonata nº 42 en re menor arreglada por el propio V. Ólafsson, sonidos casi orgánicos en un piano estratosférico de volúmenes extremos y fraseos degustando hasta los silencios.

Globalidad y preparaciones tímbricas antes del puro Mozart a pares, la Fantasía nº 3 en re menor, K 397 (¿1782?) y el Rondó en re mayor, K 485 (1786), melodías del genio que recuerdan al Beethoven coetáneo de entonces, frescura expositiva, silencios grandiosos, noche luminosa y mágica donde Ólafsson se plegaba, mandaba, respiraba, emocionaba.

Un puente mínimo ya plenamente enamorados del piano otro arreglo del islandés para la Sonata nº 55 en la menor de Cimarosa, sin necesidad de razonar estilo o época, capaz de sonar como barroco trastornado en este hospital real, la música sin etiquetas para disfrutarla en toda su extensión desde el universo en blanco y negro del piano.

De Joseph Haydn (1732-1809) la Sonata para piano en si menor, Hob XVI:32 (c. 1774-1746) fue el mejor ejemplo de la escritura más que el período clásico, inspirador en todos los compositores elegidos pero con un aire común que el piano unifica. No es cuestión de analizar o ver cambios modales o tonos relativos de Mozart a Haydn con la fuerza del sordo de Bonn conviviendo en la Viena imperial y con el islandés paladeando una sonata exigente y contrastada, extremismos emocionales desde la pasión y fuerza en los tiempos rápidos al deleite y recreación del intérprete en los lentos, buscando sonidos siempre claros aunque cambiase la atmósfera.

De nuevo como preparando al genio Mozart que Ólafsson disecciona compás a compás con tres joyas que parecieron una: Kleine Gigue, en sol mayor, K 574 (1789), sólo pequeña de título y enorme interpretación, la conocida por todo estudiante Sonata para piano nº 16 en do mayor «Sonata facile», K 545 (1788), nuevo calificativo satírico del juguetón Mozart, delicia en los tres movimientos con el Allegro al límite sin errores, el riesgo controlado con la limpieza exquisita, los fraseos y la pausa subyugante antes del Andante, inocencia o locura antes del Rondó. Allegretto culminando esta sonata que enlazaba con el Adagio en mi bemol mayor, del Quinteto de cuerda nº 4 en sol menor, K 516 (1787) arreglado por el pianista. La capacidad de exprimir cada detalle, cada frase, la melodía precisa y presente con una musicalidad personal que hace un Mozart islandés lleno de contrastes como la propia tierra nórdica.

Y otra vez los tiempos lentos para comprobar el trabajo sonoro desde el piano, Galuppi y el Larghetto de la Sonata nº 34 en do menor, dolor, oscuridad interior llena de luz, la isla de Burano en otoño y otra inocente locura en el piano de Ólafsson antes de repetir con Mozart en otra terna que iría de la pasión a la interiorización total: la Sonata para piano nº 14 en do menor, K 457 (1784) tripartita y casi “revolucionaria” más que “patética”, Sturm und drang (tormenta e ímpetu) en sus tres movimientos  (Molto alegro – Adagio – Allegro assai), contrastes brutalmente delicados dando paso al Adagio para piano en si menor, K 540 (1788) y cual siguiente plegaria que acalló hasta el respirar, la transcripción que hiciese Liszt del Ave verum corpus, K 618 (1791), escuchar este himno sin coro ni orquesta con la misma emoción e interiorización que el original, el respeto del Abate por el “inocente loco de Salzburgo” ingresado en estos extramuros históricos.

Público entregado, discreción en los saludos y si los 90 minutos “de disco” el directo los mejora, el regalo del CD dedicado a “Mein Gott”, de la Organ Sonata nº 4, BWV 528, el II. Andante (Adagio) en transcripción de August Stradal redondeando un gran recital de un gran intérprete con personalidad propia transmitiendo un sonido único que las grabaciones nunca reflejarán como pudimos escuchar todos los melómanos que llenamos el Patio de los Mármoles más cálido que nunca por ese juego de palabras que no nos dejó fríos a ninguno de los presentes, salvo alguna “loca” quejándose de lo largo que merecía quedarse ingresada como “pobre de espíritu”…

Amable y gentil

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Sábado 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Pipo Prendes. Entrada libre.

La música tiene un poder evocador único, y recordar con ella nos hace viajar en el tiempo a lugares comunes donde se unen emociones de todo tipo. Y si la música te la traen «a casa» unos amigos, el agradecimiento se suma a la alegría por los reencuentros.

No es plan ponerme en plan «abuelo cebolleta» y contar batallitas, pero con mi querido «Rodada» me une más de medio siglo de amistad (ya peinamos canas los dos), colaboraciones y conciertos. Con Fernando Pérez Vega a la guitarra y Xaime Arias al piano mierense, llegaban a calentar la fría tarde de sábado con una música «amable y gentil», habaneras, boleros, canciones de siempre y del prolífico Pipo Prendes capaz de crear nuevas melodías sobre poemas regalados para hacerlos volar con las notas de su inseparable guitarra. Canciones que crecen en manos de este trío para la ocasión, acústico y cercano, sin olvidarme de Marco Castañón Morán, técnico de sonido y luces en el auditorio para redondear una velada plena.

El verbo cálido de salitre y la unión con el grisú minero, la música cercana de nuestros orígenes con mi piano (a medias con una travesera que no sé dónde terminó) y la guitarra preparando las primeras maquetas en casa de Blanca Vigón con Xuacu Carrera grabando en una Revox©, los ensayos en la conservera de Prendes (el tiempo terminó dándole su apellido artístico por los Pérez Pantiga, también homenaje al teatro de Candás) con el equipo de Víctor y su grupo «Los Rodris«, las canciones de Juanjo Argüelles, el primer disco grabado en aquellos Estudios Eolo dentro de la Feria de Muestras de Gijón, con los recordados René de Coupaud y Pedro Bastarrica, sumándose Julio Sánchez-Andrade y los violines «Solina» de quien suscribe para el concierto preparado por Mario «Estudio Musical» (aunque de Figaredo) ex-profeso «Ariola» en «Reflejos» (la antigua «Manila») con los directivos en vuelo directo de Milán a Asturias. Tardes en la Gascona con el piano y mi abuela Pepita ejerciendo de crítica, los primeros vinilos, singles y LPs, Sarcha, Te lo ruego, los hermanos De Angelis, las actuaciones por pubs y discotecas, los viajes a los centros asturianos, promociones en la radio y después en televisión… Pipo candasín y asturiano de pro.

La vida creando temas que siempre aparecen como en nuestra juventud por el espigón del muelle de nuestro Candás, o los bollos preñaos cuando cerraba Zappin, siempre con la guitarra en la mano: temas de Carlos Cano, La Pradera, Chavela, Moustaki, Humet o Perales, habaneras que no podían faltar, y siempre el amor, por los boleros, por compartir la vida desde nuestra común amiga la música. Tiempos de farra, canciones que siguen sonando como en nuestra juventud con el poso de la madurez, celebrando la vida como dice el propio Pipo.

Mieres respondió como suele ser, seguidores y amigos en torno a esa música «amable y gentil», canciones  revestidas por la guitarra de Fer capaz de llevarnos a Lisboa o Londres, del fado a Sting, el piano de nuestro mierense Xaime completando y arropando a la pareja de hecho guitarrístico en un acústico agradecido que supo a poco pese a los 90 minutos largos, «un espectáculo sencillo y sensible«, cantando y colaborando en  Viajera o Quizás, quizás, quizás, estrenando un bolero, como no podía ser menos, hasta la propia Habanera Vieja. Cantando al Cielo de la Praderita, como el Fluir del agua que decía Bruce Lee (Be Water My Friend), el homenaje libertario a Antón, sin faltar el optimismo de Un paso más, y  hasta dejándose el corazón fuera porque Así es la vida… cantada y sentida.

Músicas de nuestras vidas, de mar y mina, de veranos candasinos e inviernos en Perán, del Cristo y alboradas, recuerdos de quienes ya no están (Y más allá) pero siguen vivos en las canciones. También cerrando con Asturianos, el «himno propio» a petición de un público fiel y entregado a Pipo. El calor de la música cercana, de la amistad, en una fría tarde de febrero que sólo desde la complicidad se calentó incluso después del concierto.

Gracias amigo

De NY a OV

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Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Teatro Filarmónica, Oviedo Jazz. Moisés P. Sánchez 4tet: Dedication II. Entrada butaca: 8 €.

Un conocido slogan llevado a pegatinas y todo tipo de merchandising ponía «I❤️NY» que este viernes de Jazz podría cambiarse por  «I❤️OV» siendo Oviedo un pequeño New York con la música del Cuarteto de Moisés P. Sánchez (Madrid, 1979) que presentaban 13 años después de su Dedication la segunda parte tras una grabación donde junto al pianista madrileño también estuvieron el contrabajo de Antonio «Toño» Miguel (Zaragoza) y el saxo tenor de Javier Vercher (Madrid, 1978), más la batería de Borja Barrueta (Getxo, 1975) que para esta gira patrocinada por el CNDM (donde es artista residente) y la posterior grabación cuentan con la joven Naima Acuña (Londres, 1988) quien con ese nombre tan coltraniano por sus padres de Pontevedra, estaba predestinada al jazz y nos sorprendió gratamente en este concierto. Este regreso hecho música de NY a OV con el Moisés P. Sánchez 4TET pareció la banda sonora de Williams B. Arrensberg, el viajero o emigrante cercano del siempre recordado Úrculo, vista a la Catedral y maletas llenas de sentimientos.

En poco tiempo Moisés P. Sánchez volvía a Asturias, pero si en Gijón nos acercó a Bach, en esta «Dedicatoria» nos trajo la música y el músico (como bien nos explicó el propio pianista a un Teatro Filarmónica lleno hasta la bandera recordando a Philip Glass), el disfrute para todos y la profesión no ya de intérprete sino también como compositor de unos temas muy trabajados y variados en inspiración y escritura, llenos de matices, cambios de ritmos, estilos y enfoques siempre ricos en las exposiciones pero todavía más en las improvisaciones, ese «cocer» las melodías en vivo, el directo irrepetible y grandioso para un concierto que tocaba este cuarteto tras la presentación en Madrid.

Arrancando con una Dedication trece años después nos pondría en ambiente Moisés con P de Picasso, el pintor universal del piano capaz de sonar como Jarret o Evans, McCoy Tyner junto a Mehldau o Corea, e incluso toques de Chano con Camilo, músicas atlánticas caribeñas pero con sello propio, «Moisés P punto» dominador de todos los lenguajes desde el suyo, excelente dibujante, académico azul y rosa, colorista, cubista y gigantista por equipararlo con el malagueño universal del que este años se cumplen los 50 años de su muerte. Y la paleta del trío se engrandece con un saxo tenor de paleta tan grande como la del maestro,  Javier Vercher jugando con la caña para engrandecer cada tema, evocaciones de Coleman Hawkins y John Coltrane, de Benny Carter y Ben Wester, Dester Gordon, Lester Young y Charlie Parker, pero incluso nuestro Iturralde, tantos maestros donde el saxofonista madrileño, como su paisano y amigo pianista, han bebido. Cada tema e improvisación de Sánchez con la réplica sonora de Vercher. Y la sección rítmica increíble, rotunda, clara y precisa, creativa del contrabajo del seguro Toño Miguel más una batería de Naima Acuña que con un set no muy grande logró una tímbrica hermosa, baquetas, escobillas, mazas o manos, unos platillos más allá de lo ambiental y sobre todo un toque de caja luminoso, clamorosamente colorido, imprescindible incluso en los silencios.

En esta dedicatoria nueva desfilamos por Pennsylvania con el hotel, hoy desaparecido, del mismo nombre en el 401 de la 7ª Avenida de Manhattan, justo enfrente de la estación Pennsylvania Station y el Madison Square Garden, cercano al estudio de grabación donde Moisés esperaba al ayudante de sonido que no aparecía. Recuerdos de angustias previas y felicidad final tras unos tiempos de juventud que hoy son el poso a una vida con el piano protagonista siempre, el jazzman que transita por estados de ánimo, imágenes llevadas a los pentagramas casi papiros o periódicos del día a día. Otro tanto de Melancolía necesaria para disfrutar del cuarteto, ambientes, atmósferas, el plato cocinado por los cuatro donde cada solo, cada combinación tímbrica nos llevaría por tantos mundos que conviven en la música por excelencia del siglo XX, ya interiorizada sin etiquetas en el actual. Obras que funcionan como suites, unidas por un músico que disfruta y contagia su música, polirritmias, acordes melódicos, exuberancia sonora y todos los calificativos que mi tocayo Pablo Sanz nos deja en las notas al programa.

Seguirían los estrenos, y Dedication II como reflejo de los trece años que llenan la mochila, mucho trabajo y menos pelo, el estudio por tantos estilos y compositores, de Shostakovich a Gershwin pasando por Beethoven (su próximo acercamiento), Europa y el Caribe aterrizando en los EEUU que tanto han influido en la historia, la musical incluida. Introducción libre, efectista, evolución bebop, tributo «clásico» a Chopin o Rachmaninov (otro de aniversarios) y el siempre insustituible Waltz for Debby del «dios Evans» sonando en esta dedicatoria segunda.

Y entre dioses no podía faltar «el Monje«, The Monk con una intro de Naima portentosa, poderosa, seguida por un Javier heterodoxo, el sustento de Toño y el vuelo por el universo de las 88 teclas pero sacando color al blanco y negro, banda sonora sentimental, sonido expansivo muy bien amplificado por los técnicos de la casa. La iluminación la pondría el 4TET de Moisés.

Para cerrar programa otra «locura» del músico y compositor transversal (como así le han definido), Dodecatónico, con intervenciones de sus tres músicos impresionantes para una partitura compleja por sus motivos dodecafónicos, polirritmias, matices extremos y las genialidades del directo que dejaron atónito a un público tan variopinto como la música del Cuarteto y el empuje de la gallegolondinense.

De propina Nobody knows what’s behind (Nadie sabe lo que hay detrás), títulos en inglés como Naima y el origen primigenio para esta segunda parte que también es buena contradiciendo el dicho, impregnada en mi memoria del mejor Bach y el recuerda de su Cantata 147, alegría de los hombres de buena voluntad tocados por el eterno y universal lenguaje de la música.

Y que cumplan muchos más

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Viernes 16 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: GALA LÍRICA “30 + 20. MELODÍAS PARA UN ANIVERSARIO”: Beatriz Díaz (soprano), José Bros (tenor), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Recital de ópera y zarzuela. Entrada butaca: 20 €.

Crítica para Ópera World del sábado 17 de diciembre con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía que a menudo la prensa no admite.

Dos figuras de la lírica muy queridas en Asturias se unían para celebrar una carrera que sigue al alza con el paso de los años, cumpliendo treinta desde su debut el tenor barcelonés José Bros y veinte la soprano allerana Beatriz Díaz, dos cantantes que han compartido escena varias veces y volvían este viernes, casi navideño, al Teatro Campoamor (75 años de la Temporada de Ópera de Oviedo,) donde tantas noches hemos disfrutado con sus triunfos, esta vez junto a la Oviedo Filarmonía (OFIL) dirigida por el ovetense Óliver Díaz.

El programa habitual en este tipo de recitales se organizó con ópera y zarzuela en dos partes junto a oberturas e intermedios que sirven para descansar las voces sin perder coherencia con las obras elegidas, entrelazando arias y dúos de calado, más romanzas de nuestro gran género para que Bros y Díaz repasasen sus mejores momentos sobre las tablas.

Tener a la Oviedo Filarmonía bajo la batuta de Óliver Díaz es asegurar calidad y buen entendimiento, una orquesta que también va cumpliendo años y creciendo por igual encima del escenario que desde el foso, como en esta gala aprovechando la escena de “Hamlet”, volviendo a demostrar en las páginas instrumentales una sonoridad corpórea y una musicalidad para la lírica realmente destacable, especialmente en el Intermedio de Manon Lescaut (Puccini) donde sigue emocionando no sólo por conocido sino por lo bien interpretado que estuvo, además de la poco escuchada obertura de La Princese jaune, op. 30 (Saint-Saëns), y otro tanto con las páginas de zarzuela, desde el bellísimo “Intermedio” de La pícara molinera (Luna) abriendo la segunda parte, al menos escuchado y bellísimo de La montería (Guerrero), género donde el maestro Díaz es un referente y verdadera autoridad, reafirmando el buen entendimiento y la química entre formación y director.

En las arias y dúos además de disfrutar con las voces de Bros y “La Díaz”, la orquesta de la capital estuvo siempre al servicio de ellas, con “el Díaz” ovetense sacando lo mejor de lo músicos, mimando cada pasaje, degustando unas partituras que son oro molido, especialmente Puccini y Massenet, y que con la OFil “abajo” nos permitió escuchar al dúo en su vocalidad total “arriba”.

De las arias operísticas José Bros nos dejó dos con su entrega total como “un obrero de la lírica” -así se define el catalán- y la conocida profesionalidad a lo largo de toda su longeva carrera, este viernes con algún problema añadido, puede que alguna afección sobrevenida ante el frío de diciembre que siempre provoca alguna flema o “telilla”, amén de sus cambios de color buscando la expresividad, casi cincelando cada nota, mejorando en el fuerte de unos agudos aún poderosos, que fue solventando a lo largo de la gala, páginas que ha llevado por medio mundo, siendo Oviedo una de las paradas obligadas: la conocida “Una furtiva lagrima” de L´elisir d’amore (Donizetti) del Nemorino todavía frío abriendo velada y “Pourquoi me réveiller”, de Werther (Massenet) con el que siempre viene a mi memoria Alfredo Kraus, flojo pero sentido y aplaudido.

La asturiana Beatriz Díaz, en un momento vocal pleno, se mostró cómoda en escena donde es envidiable cómo afronta cada personaje, eligiendo para comenzar “Ebben? Ne andrò lontana” de La Wally (Catalani), bellísima línea de canto llena de matices, y la esperada “Mi chiamano Mimì” de La Bohème (Puccini) que tras años como Musetta por fin debutará como protagonista el próximo año en Alicante, un rol que no me cansaré de repetir parece escrito a su medida, jugando con los registros, filados “marca de la casa”, emoción y carne de gallina en esta página que nuestra soprano ha hecho suya totalmente.

En esta parte operística, dos de los dúos donde admirar la suma de entendimiento y buen gusto de esta pareja felizmente arropada por la orquesta bajo la batuta clara y precisa del maestro ovetense: “Suzel!… Come si è fatta pallida” de L´amico Fritz (Mascagni), la misma donde coincidieron por primera vez en noviembre de 2002, que con el paso de los años alcanza la madurez necesaria para afrontarla en su plenitud, pura escena donde un Fritz comedido no brilló tanto como la dominadora Suzel, más la emocionante escena de Saint-Sulpice de Manon (Massenet), maravilloso dúo que de nuevo con “La Díaz” asombró de principio a fin, la juventud ya madura para esta Manon francesa hoy allerana (con)venciendo al Des Grieux barcelonés.

Nuestra zarzuela necesita voces como las de este viernes para ponerla en el mismo lugar que “la hermana mayor”, y así pudimos comprobarlo en la segunda parte con las dos romanzas de soprano “Qué feliz mi vida fuera” de La labradora (Magenti) y “Tres horas antes del día” de La marchenera (Moreno Torroba) no lo suficientemente escuchadas pero que Beatriz Díaz cantó con su impresionante técnica y musicalidad, la misma que hace poco llevó a Sao Paulo (Brasil) en una gala puramente española, estilo y salero inconfundibles, gracejo y buen cantar, junto a las más conocidas de tenor “Por el humo se sabe” de Doña Francisquita (Vives) y “No puede ser” de La tabernera del puerto (Sorozábal) donde José Bros superó los problemas iniciales mostrándose cómodo en el registro medio y más pleno en los agudos, agradeciendo su entrega en unas partituras donde siempre sobrevuela en mi recuerdo “el tenor” (entiéndase Don Alfredo Kraus Trujillo).

Y otros dos dúos de altura para redondear las intervenciones en solitario, primero “Le van a oír” de Doña Francisquita (Vives), Fernando Bros y Francisquita Díaz en dramaturgia pura antes de la sorpresa previa al último número. Proyectando un vídeo que recogía los mejores momentos en el coliseo lírico de la capital asturiana de esta pareja, especial el “Elisir” de ambos (2017), o los Puccini únicos de la allerana: Liù (2012) más la inolvidable Butterfly (2020) que emocionó a todos, incluyendo al que suscribe por haberlos vivido con ellos.

Palabras de agradecimiento a “las melodías de Oviedo” como rezaba el último fotograma, Bros siempre querido y entregado en el escenario, Díaz reconociendo estar en casa recogiendo el cariño del público sin el que nada tendría sentido. Secando lágrimas y tragando saliva, al fin el mejor cierre con el conocido “Torero quiero ser” de El gato montés (Penella), Juanillo rematando faena, Soleá con mantón de verónica, Bros bravo, Díaz cautivadora y la música torera de la OFil con el mayoral Díaz en el arte de la doma, que no rejoneo, para completar un cuadro final soberbio.

Y si el regalo fueron las propias voces, aún nos darían el suyo: Bros El último romántico (Soutullo y Vert) con “bella enamorada” rematando esta gala de menos a más, tras la Beatriz Díaz rescatando de su amplio repertorio la canción andaluza de El dúo de la africana (Fernández Caballero), que sigue ganando con los años, y el mejor colofón con la Jota “No cantes más la Africana”, dúo de aniversario con dos carreras que tras diez años de distancia volvían a unir sus caminos en este punto de encuentro lírico que es el Teatro Campoamor, esperando como finaliza la canción que no se interpretó “…Y que cumplan muchos más”.

Ficha:

Teatro Campoamor, Oviedo, viernes 16 de diciembre de 2022, 20:00 horas. GALA LÍRICA “30 + 20. MELODÍAS PARA UN ANIVERSARIO”: Beatriz Díaz (soprano), José Bros (tenor), Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Recital de ópera y zarzuela.

Programa:

Primera parte

Obertura de La Princesse jaune, op. 30 (C. Saint-Saëns). “Una furtiva lagrima”, de L´elisir d`amore (G. Donizetti).
“Ebben? Ne andrò lontana”, de La Wally (A. Catalani).
“Suzel!… Come si è fatta pallida”, de L´amico Fritz, (P. Mascagni).
Intermedio de Manon Lescaut (G. Puccini).
“Mi chiamano Mimì”, de La Bohème (G. Puccini).
“Pourquoi me réveiller”, de Werther (J. Massenet).
Escena de Saint-Sulpice, de Manon (J. Massenet).

Segunda parte

Intermedio de La pícara molinera (P. Luna).
“Qué feliz mi vida fuera”, de La labradora (L. Magenti).
“Por el humo se sabe”, de Doña Francisquita (A. Vives).
“Le van a oír”, de Doña Francisquita (A. Vives).
Intermedio de La montería (J. Guerrero).
“No puede ser”, de La tabernera del puerto (P. Sorozábal).
“Tres horas antes del día”, de La marchenera (F. M. Torroba).
“Torero quiero ser”, de El gato montés (M. Penella).

El piano de ayer y hoy

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Miércoles 7 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1657: Noelia Rodiles (piano). Obras de Sánchez Allú, Rueda y Schubert.

La pianista avilesina Noelia Fdez. Rodiles (1985) volvía a casa con un programa hispano alemán que aunaba el romanticismo y la visión actual, demostrando estar en plena madurez vital y artística, mostrando las dotes que la han encumbrado entre las mejores de nuestro panorama, que sigue exportando talento desde hace décadas, asombrando con su trabajo minucioso al afrontar obras de distinto calado con las que se encuentra igual de «cómoda», sin etiquetas, aunque está claro que su Schubert no podía faltar, recordándome a otra pianista del pasado siglo como fue Alicia de Larrocha.
Y es que Rodiles continúa en su línea, melodismo puro, pasión y delicadeza, sonido muy trabajado en cada detalle, entrega total más una honestidad al afrontar cada partitura digna de elogio. Así comenzaba su concierto en el Jovellanos con la Sonata para piano op. 1 en mi bemol mayor del salmantino Martín Sánchez Allú (1823-1858), una maravilla recuperada por la asturiana gracias a la Fundación Juan March, pianismo con recuerdos de Mozart o Beethoven, estructura de sonata clásica en cuatro movimientos pero muy bien elaborada, con momentos profundos que Noelia Rodiles exprime desde su conocimiento y las notas al programa de  María Alonso Bustamante ayuda a comprender aún mejor. Al escuchar estas obras rescatadas del polvo, siempre me pregunto qué hubiera sido de Sánchez Allú si su vida fuese un poco más longeva y de cuánto nos privó su joven muerte. Patrimonio hispano a la altura del alemán que Noelia Rodiles interpretó de manera magistral.
La Sonata nº 5 «The Butterfly Effect» (2017) del madrileño Jesús Rueda (1961) ya la conocía por ser una de las que conforman el CD del año 2020 con el mismo título y su escucha en vivo siempre resulta deliciosa por la destinataria de esta inspirada obra en tres movimientos con las «Mariposas» de Schumann como feliz disculpa, Wings impresionista, Evanescent y etéreo de sonoridades propias donde el pedal debe ir en el lugar justo, y el virtuosismo del Perpetuum Mobile, un verdadero ciclón donde dudo entre calificarlo como delicadamente pasional o pasionalmente delicado. No hubiera estado mal escuchar las otras dos obras de encargo (Magrané y David del Puerto), pero Schubert nos esperaba toda la segunda parte.
La versatilidad refinada de Noelia Rodiles le permite reunir como ella dice, «ofrecer el gran repertorio… junto con obras que se han quedado olvidadas o perdidas», y lo grande vendría con los Seis momentos musicales, D. 780, op. 94 de Franz Schubert (1797-1828). No es cuestión de poner en duda el orden pues el presentado fue alternando aires y expresión con una limpieza infinita, reposado el más conocido de ellos como el nº3, arriesgado como el quinto y vibrante el último, siempre «cantabile» incluso en los más rápidos, aportando ese buen hacer y elegancia de la avilesina en este repertorio tan exigente que con su aparente sencillez lo hace todavía más grande.
Las propinas otras dos joyas de ayer y hoy, hispana y alemana, la Rapsodia Asturiana de Benjamín Orbón (1879-1944), paisano suyo que siempre se agradece escucharlas aunque sea de propina, pues «la tiene siempre en dedos«, y el maravilloso arreglo que el gran Wilhelm Kempf hiciese sobre la Danza de los espíritus bienaventurados o Sgambati del «Orfeo y Euridice» de Gluck.
De nuevo el piano de ayer y hoy, de siempre, gran repertorio con obras que no pueden olvidarse ni perderse, el compromiso de Noelia Rodiles en este último del año en Gijón, que siempre se lo agradezco. Espero que 2023 siga siendo tan fructífero como este que vamos acabando, con música por supuesto.

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