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El equilibrio del trío

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Miércoles 8 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón: concierto nº 1663, Trío Yoon / Rochat / Jáuregui. Obras de Debussy, Arensky y Brahms.

Concierto este día 8 con muchas eMes: miércoles, marzo, música, mujeres y maravilloso. Programa de un trío joven y experimentado, exigente y agradecido, con tres obras para tres intérpretes que contagian pasión, lirismo, musicalidad a raudales, todo bien asentado en las tres patas que mantienen un equilibrio asombroso, uniendo tres solistas para compartir y sentir como un solo organismo. Un tres que con un espejo se convierte en ocho, magia numérica y musical.

Soyoun Yoo al violín, Nadège Rochat al chelo y Judith Jáuregui al piano demostraron su buen hacer en el formato camerístico ideal del trío, los extremos del agudo al grave en la cuerda frotada con el sustento completísimo de las 88 teclas desde tres compositores y tres tríos que fueron creciendo en dificultad pero también en entrega para estas tres mujeres músicas que no necesitan fechas para festejar su calidad.

Abría la velada el poco escuchado Trío para piano en sol mayor, CD 5 (1880) de un joven Achile Claude Debussy (1862-1918) que explica perfectamente la musicóloga Andrea García Alcantarilla, como cellista y buena estudiosa de los tríos, en las notas al programa: «Junio de 1880: el cortejo de la baronesa von Meck acaba de llegar a la Villa Oppenheim de Fiesole donde se les unen otros dos jóvenes músicos: el violonchelista Danilchenko y el violinista Pachulski que, junto con Debussy, forman un trío que tocará todas las noches para la familia. Es precisamente en este ambiente en el que el joven Debussy se decide a escribir su Trío en Sol Mayor varios meses antes de empezar las clases de composición». Emulando este trío histórico, el piano dibujaba cristalino el primer Andantino con molto allegro, contestado por el violín limpio, la contestación del cello poderoso, para unir los tres caminos hacia un Scherzo. Intermezzo. Moderato con allegro que sería premonitorio de los otros tríos, un «scherzo» jovial, alegre, chispeante, cómplice, encantador tal y como lo describiría la aristócrata a Tchaikovsky, que se sumaría a esta forma musical. Un Debussy casi autodidacta que posee toda la inspiración melódica para plasmarla en los tres instrumentos, aunque el piano parezca llevar el peso. Dominando la rítmica y la técnica, este segundo movimiento está lleno de guiños que Yoo-Rochat-Jáuregui nos transmitieron desde un encaje perfecto y un equilibrio de planos lleno de matices extremos. El Andante espressivo puso el toque melancólico y elegíaco, recordándonos a Schumann o Dvorak, que las intérpretes en solitario dominan y en trío comparten su bagaje musical. El Finale. Appassionato resultó otro regalo interpretativo de expresión, entendimiento y comunión entre las tres músicas, amplias dinámicas además de pulcritud por un sonido compacto.

El «descubrimiento» del programa sería el Trío para piano nº 1 en re menor, op. 32 (1894) del ruso Antón  Stepanóvich Arensky (1861-1906), melómano en los genes, y discípulo de Rimsky-Korsakov en San Petersburgo, para ser después maestro de Scriabin y Rachmaninov en Moscú, compaginando docencia y composición. Como nexo con el anterior trío del francés, también conocería a a Tchaikovsky, influyendo en su estilo y animándole a esta joya camerística, con otro Scherzo. Allegro molto colocado en el segundo movimiento, un juguete en manos del trío Yoo-Rochat-Jáuregui: complicidad en los fraseos, tempi y silencios, saltarín en cada una de ellas con absoluta limpieza pese a la complicada ejecución; y la Elegía. Adagio en el tercero, un canto fúnebre que un público respetuoso escuchó con emoción en la interpretación de estas tres artistas, una marcha fúnebre desde el piano de la donostiarra para proseguir con sordina los arcos de surcoreana y francosuiza, un adagio femenino pero rotundo, delicado y entregado, música a raudales de tres órganos impulsados por un solo corazón haciendo latir esta maravillosa partitura que comenzaba con un Allegro moderato y acababa con el Finale. Allegro non troppo llenos de vida, de nuevo recordando a Schumann e incluso a Brahms. Sonido pulcro, ejecución intachable e impecable en cada una de ellas, fraseos únicos dotando de toda la riqueza que atesora esta obra de Arensky  transmitiéndonos un romanticismo lleno de complejidad y brillantez con la «tristeza … repentinamente barrida (…) por una ráfaga final del destino» que escribe Andrea García A. De lo más aplaudido del concierto que obligó a salir dos veces a saludar antes del necesario descanso tras esta «rareza» que ya tenemos anotada.

La segunda parte la ocuparía plenamente Johannes Brahms (1833-1897) con su conocido Trío para piano nº1 en si mayor, op. 8 (1889), punto álgido de este 8M, la forma musical vista en la primera parte incluso con el scherzo al que podría calificar como en los otros dos pero mucho más exigente técnicamente para los tres instrumentos, especialmente el piano, con unísonos encajados milimétricamente, dinámicas asombrosas, engranaje de «tres en uno» verdaderamente digno de admiración para Yoo-Rochat-Jáuregui. Obra juvenil la del hamburgués que revisaría durante años a excepción del scherzo, reflejo del trabajo exigente del compositor alemán ya con su firma inimitable desde el Allegro con brio inicial, con un cello poderoso lleno de claroscuros; el mágico Scherzo rítmico, enérgico, juguetón y saltarín, utilizado en varias películas que me recuerda siempre a Schubert; el Adagio íntimo, misterioso, melódico y pianístico bien contestado por las cuerdas; para concluir con el Finale. Allegro brillante, contrastante, marcial y lleno de fuerza. Una interpretación impecable del trío, de nuevo muy aplaudido que aún volverían para el regalo francés, volviendo al inicio del camino.

Un admirable Maurice Ravel (1875-1937) del que el trío es devoto, y con el que se le sintió feliz y nosotros más, su «Andantino expressivo» del Trio en sol mayor, una delicia del compositor hispano francés en la interpretación con el melódico cello de Rochat, el lirismo violinístico de Yoo y una delicadeza al piano con Jáuregui, verdadero equilibrio y estabilidad de tres pilares con un mismo sentido de musicalidad.

El arpa ancestral del siglo XXI

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Miércoles 16 de noviembre, 20:00 h. Sala de Cámara del Auditorio de OviedoCiclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO): «La Belle Époque», José Antonio Domené & Cuarteto Galerna. Obras de Saint-Saëns, Debussy y Ravel.

Crítica para La Nueva España del viernes 18 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Segunda edición de los conciertos del Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO) que completan de octubre a junio la oferta musical ovetense, este miércoles con el arpista murciano José Antonio Domené junto a seis músicos de la Oviedo Filarmonía (cuatro de ellos forman el Cuarteto Galerna), y un programa con aires franceses como el propio Erard que inventó el instrumento tal como hoy lo conocemos, pese a ser ancestral y tocada en Egipto o Grecia, siendo su mejor etapa la que pudimos escuchar en la sala de cámara este miércoles con música de tres compositores del país vecino. Como tengo la ventaja de peinar canas, volvieron mis recuerdos de juventud desde el gran Nicanor Zabaleta, habitual de la centenaria Sociedad Filarmónica de Oviedo en los años 60 y 70, hasta mi Mieres natal con María Rosa Calvo Manzano en 1973, que fue profesora de Domené y tanto ayudó a formar arpistas en aquella España aún huérfana de grandes instrumentistas.

La sonoridad del arpa moderna es única, tanto sola como en cualquier combinación, incluyendo su participación en fosos operísticos y obras orquestales, por lo que las obras elegidas por el músico murciano fueron la mejor muestra de tres compositores franceses en combinaciones de todo tipo bajo el título La belle époque.

Saint-Saëns ocupó el primer bloque, primero con la Fantasía para arpa op. 95, después la opus 124 / 194 con el violín de Gema Jurado, prosiguiendo con la espectacular versión bailada por Marta Pardo del más popular de “El carnaval de los animales”, El cisne con el chelo rotundo y sensible de Sara Chordá junto al arpa cristalina de Domené que sonarían plenamente orquestales en este dúo maravillosamente acoplado.

Debussy se inspiró en la música griega y utilizará el arpa en muchas de sus obras sinfónicas, por lo que su Sonata trío para flauta, viola y arpa mostró esa inspiración desde la combinación tímbrica a cargo de Mercedes Schmit, Álvaro Gallego y el propio Domené, tres movimientos que el público aplaudió uno a uno, pues funcionan casi como obras independientes por la conjunción de estilos donde explorar esa original formación instrumental con estos excelentes músicos de Oviedo Filarmonía.

Y con Ravel llegaría la formación al completo con todos los músicos en escena sumándose a los anteriores intérpretes Julio Sánchez (clarinete) y Gints Sapietis (violín), con su Introducción y Allegro para arpa, flauta, clarinete y cuarteto de cuerda, septeto casi sinfónico por la genialidad del compositor hispanofrancés en la orquestación, el arpa funcionando como solista de concierto alternando protagonismo y un sexteto capaz de sonar como si nos encontrásemos en la sala principal del auditorio.

Un verdadero lujo contar con estos músicos “de casa” en un concierto donde Jose Antonio Domené supo no ya elegir un repertorio para disfrutar de su maravillosa técnica y sonido, sino encontrar los intérpretes adecuados para cada obra, entregados todos y cada uno de ellos, remando en la misma dirección de amor hacia la música con el entendimiento y empaste de tantos años tocando juntos.

En un instrumento italiano actual (modelo “minerva natural” fabricada por Salvi), Domené nos regalaría, dedicándoselo a sus familiares asturianos, Pour la señorita de la francesa Freddy Alberti, alumna de Lily Laskine que cerrando el círculo mágico del arpa, fue quien estrenó el Ravel anterior.

Al final hubo tiempo de intercambiar opiniones entre colegas de instrumento, con Danuta Wojnar y Miriam del Río, arpistas de Oviedo Filarmonía y OSPA, que acudieron junto a varios compañeros de ambas orquestas a disfrutar de este segundo concierto del CIMCO, un éxito para confirmar la capitalidad musical a la que no me canso de llamar “La Viena española” por la amplísima oferta a lo largo del año y saliendo del túnel que supuso la pandemia. El del AVE (que será gorrión) sigue en obras

FICHA

JOSÉ ANTONIO DOMENÉ: arpa.

CUARTETO GALERNA: Mercedes Schmidt, flauta – Gema Jurado, violín – Álvaro Gallego, viola – Sara Chordá, violonchelo.

Marta Pardo, bailarina – Gints Sapietis, violín  – Julio Sánchez, clarinete.

P.D.: Ya mandada la crítica al periódico, de entre los recuerdos no puedo dejarme a Harpo Marx, «mudo» pero con el sobrenombre del instrumento que siempre asombraba en sus películas y antes del cine muchos años de «Music Hall» con Los Hermanos Marx.

El arpa siempre mágica

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Miércoles 16 de noviembre, 20:00 h. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo: Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo (CIMCO): «La Belle Époque», José Antonio Domené & Cuarteto Galerna. Obras de Saint-Saëns, Debussy y Ravel.

Reseña para La Nueva España del jueves 17 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Prosigue este ciclo camerístico que completa la impresionante programación musical de “La Viena española” con el arpista murciano y nieto de asturianos Jose Antonio Domené, junto al Cuarteto Galerna formado por intérpretes de la Oviedo Filarmonía, hoy hasta seis con refuerzo de flauta y clarinete para el último Ravel, uniéndose también la bailarina asturiana Marta Pardo en un cisne de Saint-Saëns bellísimo.

El original programa francés con Saint-Saëns, Debussy y Ravel hizo las delicias de un público que casi completó la sala de piedras del antiguo depósito de aguas, acústica cristalina como el arpa mágica y perfecta en todas las combinaciones con las que Domené fue hechizándonos: solo, dúos con violín y chelo, trío junto a flauta y viola de Debussy aplaudido en los tres movimientos, y el final de Ravel al completo, casi sinfónico del gran orquestador hispano francés.

Una apuesta camerística de CIMCO con un lujo de intérpretes en torno al mago Domené y ese arpa con tanta historia detrás, que no tuvo su parte pedagógica explicando la actual inventada por otro francés como Erard, aunque esta velada utilizase una nueva italiana de sonoridad muy rica (Salvi minerva natural) para una tarde de música francesa igual que la propina dedicada a sus familiares presentes y las fotos con las arpistas de nuestras dos orquestas asturianas.

El poder de la memoria

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA. abono XIV Eroica: Esther Yoo (violín), Maximiano Valdés (director). Obras de Ravel, Bruch y Beethoven.

Clausura de esta temporada de abono de «nuestra» OSPA con miles de recuerdos en la memoria tras 31 años ocupando mi butaca de la fila 13, y cual fichero que vamos llenando en cada concierto, de nuevo aparecieron las ubicadas al fondo del cajón, recuerdos de tantos años con esta orquesta que los despertaría Max Valdés, el mismo que llenaría media vida de esta orquesta y volvía este último concierto del curso 2021-22.

Desde su partida a Puerto Rico, la OSPA ha ido cumpliendo con altibajos la que podríamos llamar su segunda etapa, pues atrás queda mucha historia en la que mi admirado maestro chileno ocupa media parte. Con él crecimos todos: orquesta, músicos, abonados y público en general, este viernes con muchas ausencias que se echan de menos en cada nueva visita al auditorio. Se marcharon o nos dejaron físicamente músicos (Roberto, Cadenas…), la primera gerente (que apostó por el chileno), abonados, amistades, familiares… también hubo jubilaciones (incluso la del que suscribe) tanto de gestores, profesores y músicos, amigos también sentidos como «gran familia musical». De los que no volverán casi diría que tristemente «se fueron a tiempo» antes de que les pillase la pandemia del Covid, algo que cambió la vida de todos, sabedores que nunca nada es igual pero, al menos debemos aprender de ella para no repetir errores. Y el poder evocador de la música trajo todo ello a nuestra memoria este último de abono.

Los recuerdos son como un retrovisor que a primera vista contemplas lo primero por cercano, para ir fijándote en los detalles y ahondar en todo lo que se queda atrás, y como el propio programa del decimocuarto de abono, iríamos desde lo próximo hasta los lejano necesario como «orígenes sinfónicos», comenzando por el propio Max.

Si tenemos algo que agradecer a los directores titulares que hemos tenido en este «mi matrimonio sinfónico», incluyendo el «cese temporal de convivencia«, son sus contactos para acercarnos a Oviedo y descubrirnos solistas que acabamos comprobando su presencia mundial, así como buscar en las programaciones las obras de siempre con las menos escuchadas, incluso estrenos que siempre deben ser objetivo a cumplir.

Este viernes el programa arrancaba con el más cercano en el tiempo, Maurice Ravel (1875-1937), uno de los preferidos de Valdés que conocedor de la paleta orquestal y los materiales a su alcance, afrontó Le tombeau de Couperin, suite paraorquesta, M 68a (1919) con su maestría habitual, pintor puntillista que fue dibujando todo el color de sus cuatro «cuadros» (I. Prélude; II. Forlane; III. Menuet; IV. Rigaudon)  perfilando la presencia de cada instrumento, todos impecables, de la visión global del homenaje, de la tímbrica tan especial del francés, del pulso idóneo para apreciar todos los detalles del compositor con raíces españolas al igual que el maestro chileno, el «reorquestar la tradición. Traer al presente procedimientos pasados para enfatizar un ideal artístico. En eso consiste este Tombeau, género-homenaje a alguna personalidad fallecida, que se erige como celebración no solamente de la música…» (tomando las palabras de las notas al programa del doctor González Villalibre), tradición sinfónica asturiana y homenaje a los ausentes que todos sentimos desde cada zona de reflexión e interiorización sentimental.

Y si la pasada semana escuchábamos uno de los conciertos para violín más famosos, esta vez sería el de Max Bruch (1838-1920) cuyo Concierto para violín nº 1 en sol menor, op. 26 nos permitió disfrutar de la estadounidense-coreana Esther Yoo y su Stradivarius “Príncipe Obolensky” de 1704. Las virtudes de Max Valdés las conocemos todos en sus tres lustros con nosotros, y como concertador siempre destacó, así que dejaría «respirar» cada uno de los tres movimientos de este Top 10 de los conciertos para violín (I. Vorspiel – Allegro moderato; II. Adagio; III. Finale: Allegro energico), con tempos sin forzar para poder paladear todo lo escrito desde el sonido aterciopelado de la solista equilibrado con el de la orquesta, perfectamente balanceada en intensidades y presencias. Aunque nos faltaba Vasiliev de concertino, cuya plaza parece ser irreemplazable aunque estaba de invitado el griego Iason Keramidis junto a María Ovín de ayudante, muchos más recuerdos, y maravillosa interpretación conjunta, con un instrumento solista increíble de sonido en manos de una intérprete llena de delicadeza y sentimiento para «el de Bruch» bien arropado por todos.

De regalo otra maravillosa interpretación de Yoo con el Souvenir d’Amérique del virtuoso compositor belga Henri Vieuxtemps (1820-1881), la técnica al servicio de la música, todas las posibilidades del violín, cantarín como un pájaro, pífanos de la Guerra de Secesión, imágenes que nos traen a la memoria tantas películas para comprender cómo la música forma parte de la historia de todos, melodías tradicionales integradas por esta emigrada a «la tierra de las oportunidades» muy internacional con un violín que nos haría partícipes del único lenguaje universal que existe: la música, y mi especial recuerdo para Alfonso Ordieres con quien hubiera charlado al descanso.

Y nadie mejor que el genio Ludwig van Beethoven
(1770-1827) para poner el broche temporal y final de esta temporada, la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55, «Eroica» dando título al programa, heroicidades y recuerdos, la elegancia de siempre en la dirección, el dominio de la orquesta, ejerciendo Valdés de maestro «in pectore», más contenido con los años pero igual de seductor. Orquesta entregada y doblegada, el disfrute con la música de siempre, la que no puede faltar. El  I. Allegro con brio y preciso, claro, volúmenes de cada sección en su punto, primeros atriles perfectos (maderas y metales sobresalientes de nuevo) y la sonoridad de conjunto tan necesaria. La II. Marcia funebre: Adagio assai me creó todo este torbellino en «flash back» por y para los ausentes, pena y esperanza en «la tercera del sordo», terciopelo y seda de sonido compacto y claro, claroscuros bien delineados; III. Scherzo: Allegro vivace luminoso, heróico, brillante, preciso, matizado, sentido y asentado, con un rotundo trío de trompas. Y el IV. Finale: Allegro molto, el placer de lo bien hecho, todos bien asentados desde una batuta veterana y con el poso de los años secundado por unos pupilos que se conocen a lo largo del tiempo, disfrutando de esta Eroica siempre agradecida, pizzicati presentes, fraseos delineados, contestaciones entendibles y frescas con un oboe inspirado y la flauta mágica, contrastes delicados, rallentandi ajustados, y el sonido orquestal deseado para esta sinfonía con los juegos rítmicos y melódicos característico del sordo genial.

El público que al fin acudió como se merece la OSPA, brindó con sus prolongados aplausos no ya la calidad del concierto sino el agradecimiento pendiente al maestro Max que sigue sintiendo esta orquesta y tierra suyas, incluso capaz de acallar al auditorio para darnos las gracias y compartir emociones. La temporada actual queda concluida desde una parte importante de su historia, aunque quedan dos conciertos fuera de abono, pero la memoria sigue siendo poderosa y la música mantiene la capacidad evocadora como poco en la vida. Al menos poder reflejarlo desde aquí ayuda a mantener archivadas las emociones.

El Zar más francés

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Lunes 31 de enero, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Jonathan Roozeman (cello), Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Tchaikovsky y Ravel.

Regresaba el Zar Gergiev, palillo en mano, al frente de su batallón del Mariinsky, con un concierto al más puro sabor francés del San Petersburgo europeo de espíritu y «apadrinando» al joven cellista Jonathan Roozeman (1997) con el menos ruso de los grandes sinfonistas (interesantes las notas al programa de Alberto González Lapuente), para llenar un auditorio ávido de obras conocidas en una interpretación impactante de sonoridades muy cuidadas, pero rompiendo clichés de las antiguas orquestas del otro lado del telón, nuevamente de actualidad, apostando por lo «trillado» que no suele fallar en una maquinaria que comienza a «oxidarse» en plena renovación generacional, que ya no apabulla como en los tiempos de la llamada «Guerra Fría» (hoy geopolítica) cuando bromeábamos definiendo un cuarteto como «una orquesta soviética tras una gira por occidente».

Está claro que los músicos del Mariinsky le deben todo a Gergiev, se nota que el dominio de «su orquesta» es absolutamente militar, marcando todo con sus gestos característicos, sin dejar nada al azar ni a la calidad de muchos solistas, sacando a la luz instrumentistas como la flautista de oro (Sofía Viland) o el cellista finlandés tan cercano geográficamente a la antigua Leningrado. El maestro se caracteriza precisamente por descubrir talentos y no suele equivocarse.

Del programa francés impactante Debussy por la calidad, la sonoridad cuidada, la claridad expositiva, el balance entre todas las secciones, casi compañías del batallón Mariinsky (algo menguado) con el Preludio a la siesta de un fauno bellísimo que Nijinsky hubiera bailado desde el Olimpo, y La mar báltica dibujada con la elegancia de la que presumían en San Petersburgo, mirando a Versalles más que a la plaza roja aún sin colorear que Gergiev pintó con los suyos.

Siempre agradecido el Bolero de Ravel, examina cada solista (hoy el saxo sustituido por un clarinete bajo) en su  conocido ad perpetuam, con algún «arrestado» en la doble caña, un crescendo que tardó en llegar para mayor «sufrimiento» del caja, la explosión final marca de la casa, sin contención y con ganas de brillar como en ellos es habitual, en una interpretación para la galería a la que faltó mayor pegada y entrega. Franceses más de impresión que impresionistas, aunque suenen bien.

Punto y aparte merece Jonathan Roozeman que nos deleitó con las Variaciones «Rococó» de Tchaikovsky, sin tarimas como el propio Gergiev, al que no perdió de vista forzando su posición más de la cuenta pese a estar ladeado «el zar», y plegado a cada una de sus indicaciones, pienso que con ese «miedo a defraudar» al mentor, que no le permitió soltarse salvo en las cadencias. El sonido de su cello (David Tecchler c.1707 cedido por la Fundación Cultural Finlandesa, y el arco Jean Pierre Marie Persoit, París, c. 1850) es profundo, de largo alcance, con un timbre muy redondo, así como unos armónicos tan perceptibles que lograron unos silencios en la sala siempre de agradecer. Muy bien compenetrado con la flautista, la limpieza de ejecución por parte del finlandés-holandés así como sus fraseos (siempre controlados por Gergiev) muestran un intérprete que pronto será figura mundial. Aclamado por el público y casi obligado por «el jefe» nos dejaría toda su (musi)calidad en la Sarabande de la Suite BWV1009 de Bach, un examen permanente para los cellistas donde Roozeman alcanzó la matrícula de honor.

Y para propina sinfónica e inesperada por el transcurrir del programa, el Scherzo (un SUEÑO de verano de Mendelssohn) con un tempo para virtuosos de dinámicas suntuosas donde Gergiev disfrutó tanto como nosotros, al fin la maquinaria engrasada, impoluta y de sabor ruso, el que respiraba Leipzig en tiempos de Kurt Masur, el regreso a la Rusia esperada tras el coqueteo zarista con la Francia elegante.

Francia a cuatro manos

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Jueves 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Lucas & Arthur Jussen (dúo de piano), Ensemble de la Filarmónica de Berlín. Obras de: Dvořák, Poulenc, Ravel y Saint-Saëns.

Volvían a Oviedo para celebrar los 30 años de estas Jornadas de Piano los hermanos Jussen (tras su paso por Barcelona), von una compañía de auténtico lujo como los ocho componentes de «los berliners» entre los que se encontraba un conocido de la afición ovetense, el violista Joaquín Riquelme, auténtico «dinamizador» de sus compañeros que casi ejerció de maestro de ceremonias. Lucas Jussen (27 de febrero de 1993) y Arthur Jussen (28 de septiembre de 1996) nunca defraudan y menos en las obras elegidas, todas francesas y en combinaciones para disfrutarlos a pares: a cuatro manos, con dos pianos y en formato camerístico rodeados de un ensemble auténticamente formidable que hizo las delicias de un público que vuelve con hambre de música recuperando aforos y manteniendo la mascarilla entre otras medidas de prevención.

Para abrir boca y gozar de los «berlineses«, el quinteto de cuerda puso la nota checa con Dvořák y su Quinteto de cuerda nº 2 en sol mayor, op. 77, cuatro movimientos que sonaron «de disco», tal es el entendimiento y sonido de estos cinco virtuosos del arco, fraseos delineados, sonoridades compactas ricas  en matices, minuciosos en la afinación (tras cada movimiento) y detallistas que sacaron de esta perla camerística lo mejor de ella, fuego en el primer movimiento, vértigo unificado en el segundo, la calma de una «respiración única» en el tercero y un final sobresaliente, auténtica lección y aperitivo para paladares exquisitos dentro del menú francés que trajeron los hermanos holandeses.

La Sonata para piano a cuatro manos, FP8 (Poulenc) comenzó impetuosa, casi sin respiro con el Prélude enérgico donde la «coreografía» iba no ya en las manos sino en los propios gestos de los hermanos. Como escribía el gran Sir Neville Marriner «Te das cuenta de que no es normal. No son sólo dos buenos pianistas tocando juntos: ambos sienten exactamente los detalles más sutiles de la interpretación del otro». Maravilla de sonata con el sello inconfundible del Rústique Poulenc capaz de volcar en 20 dedos todo un mundo orgánico coronado en el vertiginoso, además de virtuoso Final que estos hermanos interpretan desde la unidad genética que tantos ejemplos ha dado en este repertorio.

Aún quedaban dos pianos, el de Ravel, inspirado escribiendo igualmente para una mano izquierda como en esta versión de La Valse, M.72 (en Barcelona los Jussen optaron por las cuatro manos de Mi madre la oca, más imbricada con la última obra del programa ovetense), el mundo sinfónico lleno de color que con un piano a pares consigue una cercanía difícil de alcanzar pero tan rica y sentida dentro de ese encaje perfecto de los hermanos. Impresiona cerrar los ojos para escuchar el «piano imposible», duplicado y casi en espejo, con el hermano mayor siempre de «grave sustento» para hacer brillar al pequeño, la luminosidad por partida doble.

La juventud tiene en estos dos holandeses (desconozco el gentilicio de los Países Bajos como ahora denominan al país de los tulipanes) buen reflejo para sus contemporáneos y seguidores, especialmente en las hoy cenagosas redes sociales donde verles y escucharles es un oasis entre tanta miseria humana. Elegir El carnaval de los animales (Saint-Saëns) creo que es una excelente opción más allá del carácter didáctico que pueda tener, pues contar con un octeto de tanta altura como el que trajeron para ofrecernos la versión original, fue un regalo para todo melómano.

Simon Rössler al «glockenspiel» y marimba solamente para esta obra, como el flautista Egor Egorkin con algo más de protagonismo, son lujos casi inalcanzables, y no digamos el principal berlinés de clarinete Wenzel Fuchs, un «cuco» de ensueño con el nivel de este solista mundial que también puso el toque de comicidad incluso marcándole la pulsación en las escalas del menor de los Jussen en los Pianistas animales. No podemos olvidarnos de cada intervención estelar, irreprochables y perfectas, desde El elefante Gunars Upatnieks, pasando por los cacareos de gallinas y rebuznos de asnos (nada burros) con Luis Felipe Coelho y Álvaro Parra, más el emocionante cisne de Solène Kermarrec. Por supuesto completaron este elenco de figuras internacionales los hermanos en los pianos sonando como uno desde la grandeza y entendimiento rozando la deseada perfección en su ejecución, realmente todo el conjunto, disfrutando y sonando impecable, encajado y «ensamblado» con el rigor germano aunque con «mano de obra» internacional.

El ejemplo del trabajo en equipo sintiendo y viviendo la música con una calidad «brutal» (como dice ahora la gente joven) se coronó con ese Finale bisado tras un nuevo éxito de los hermanos Jussen con una compañía de ocho inmensos solistas unidos para ofrecernos la crème de la crème del mundo camerístico.

P. D.: Dejo a continuación el artículo publicado el pasado martes en el diario La Nueva España.

Guerreros del órgano en Valdediós

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Viernes 23 de julio, 20:30 horas. Iglesia de Santa María de Valdediós: X Ciclo de Órgano de Villaviciosa. Dúo de Cámara: David Mayoral (percusión) y Daniel Oyarzabal (órgano). Obras hispanoitalianas. Entrada libre por inscripción.

De nuevo protagonista Valdediós y su órgano, otro de los Bienes de Interés Cultural del Principado, instrumento barroco datado en 1713 y restaurado por el taller de  G. Grenzing en 1988 fiel al original donde destaca no ya el sonido sino toda su fachada con los ángeles músicos que son portada del libro «El órgano en el Principado de Asturias» de María Sanhuesa, Susana G. Lastra y Enrique Campuzano, publicado por la Fundación Cardín que continúa por décimo año con este ciclo veraniego imprescindible para mantener en funcionamiento esta joya de nuestro patrimonio cuyo primer enemigo es la humedad de Valdediós (el segundo, aún mayor y más peligroso es la desidia política hacia la música).

Aforo completo y organización perfecta cumpliendo todo el protocolo de seguridad e higiene contra el Covid, entrada individual y escalonada con tiempo suficiente (una hora antes) para evitar aglomeraciones, y volviendo a demostrar que la cultura es segura, que Valdediós mantiene la delicada salud de su instrumento rey (hoy con caras conocidas mezcladas con visitantes que no pueden faltar en un turismo cultural que todavía parece no ser visto como motor económico), y finamente comprobar de primera mano que Asturias continúa en el mapa musical veraniego.

Tras las palabras de bienvenida y agradecimiento del alma mater del ciclo, la docente y organista local Susana G. Lastra (que como conocedora del instrumento ayudaría en la registración), con pantalla gigante para no perder detalle, aparecerían en la zona del altar este dúo armado con campanas, yembé y organetto que nos dejarían una selección de anónimos de nuestra Edad Media con melodías del Llibre Vermell y las Cantigas de Santa María para ponernos en ambiente, con un público respetuoso y asombrado por la originalidad de dos figuras bien conocidas en nuestra tierra donde suelen acudir con distintas formaciones pero uniendo fuerzas en este viernes gris en el exterior afrontando un repertorio ideal en el órgano barroco maliayés con algún toque clásico: David Mayoral a la percusión que engrandece las partituras elegidas por Daniel Oyarzábal, el organista siempre seguro apostando por unas tímbricas únicas que sólo el perfecto entendimiento de dos músicos como ellos resonarían majestuosas en un templo e instrumento dignos de estas músicas.

Ya desde sus posiciones en las alturas, fueron desgranando y alternando España e Italia, renacimiento y barroco, primero Sebastián Aguilera de Heredia (1561-1627) y su Ensalada del VIII tono que las membranas «del mayoral» reforzaron rítmicamente unos registros bien buscados en el órgano, después en solitario para la conocida Sonata en fa mayor K. 82 de Domenico Scarlatti (1685-1757), más grandiosa que al clave, o el nuevo ropaje para la Pavana de Luis de Milán (1500-1561) en esa mixtura mágica de percusión y viento, delicadeza siempre con mimo interpretativo por parte de ambos intérpretes.

La luz del atardecer iba cambiando la ambientación de claroscuros, pero la música iluminaba y resplandecía en cada obra, especialmente con Antonio Valente (c.1520- c.1580) y un perfecto «tríptico» renacentista italiano: Ballo dell’IntorciaBascia Fiammignia  – La Romanesca para disfrutar de la riqueza sonora del órgano de Valdediós aún mayor con la suma de los membranófonos en tres números bien contrastados con clarines al cielo como cañonazos de dos guerreros en la Santa María.

Siempre se agradece un poco de clasicismo en estos órganos, pues la música de tecla gana enteros, y así respiramos toques mozartianos del vasco Fray José de Larrañaga (1728-1806) y su Sonata de V Tono, limpieza de ejecución que el órgano detecta como ningún otro, buenas combinaciones en los registros de ambas manos ágiles, sin excesos para mantener la pulcritud de la escritura, al igual que el intimismo italiano de Domenico Zipoli (1688 – 1726) en su Toccata all’elevazione, sonoridades ideales antes de afrontar la gran batalla final.

Una Corrente italiana (Anónimo italiano del XVII) sirvió para un primer embate de poderío, conjunción de dos músicos y una partitura bailarina antes de la última Batalla imperial de Johann Caspar Kerll (1627-1693), trompetería y llenos con buenos pulmones en ejecución clara y precisa reforzada por dos bombos que latieron al únísono, corazones en un puño ganando el aplauso de un público emocionado ante un esfuerzo sonoro único, dominio del órgano con sabia percusión que realzó siempre unas obras perfectamente elegidas para abrir fuego en este ciclo de Valdediós.

Descendiendo del paraíso, y recogiendo los laureles del éxito, cerrarían el círculo nuevamente con el organetto capaz de reguladores imposibles en el «grande» y las membranas perfectas para el ostinato rítmico en una curiosa traslación al medievo atemporal del Bolero de Ravel que Oyarzábal con esta combinación curiosa hicieron de la propina musical un regalo de lujo, con dos artistas de altura tras una batalla de sonidos en el instrumento rey más actual que nunca.

Fresco surrealismo

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Viernes 4 de septiembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXXIII Temporada Ópera de Oviedo. L’Heure Espagnole (Ravel), Les Mamelles de Tirésias (Poulenc). Primera función, entrada anfiteatro: 63 €.
Emociones encontradas para el arranque de curso escolar y temporada en «La Viena española», Oviedo capitalidad musical que con todo el esfuerzo humano levantaba el telón con un programa doble francés, original, fresco, surrealista, luminoso, feminista, colorido, nuevo en esta plaza, rodeado de todas las medidas de higiene y prevención en la Era Covid-19.

Perfecta organización, responsabilidad compartida, «hambre de pan y horizonte», de música, necesidad vital y real para todos, encuentros con distancia, abrazos robados pero con ganas de recuperarnos en esta anormal normalidad. Información en el móvil, desde las entradas hasta la hoja con el reparto en QR (al fin le encuentran la máxima utilidad obligados por las circunstancias), a la venta un buen libreto para coleccionar y donde el tándem musicológico Sanhuesa – Cortizo plasma negro sobre blanco lo que pudimos disfrutar en su conferencia del miércoles pasado sin movernos de casa gracias a las nuevas tecnologías que son ya la herramienta imprescindible en estos tiempos, transmitida por la cuenta en Facebook© de la propia ópera ovetense.

También un imprescindible como Francesc Cortés y por supuesto la presentación Dos divertidas joyas líricas de Emilio Sagi40 años desde su debut en esta su casa, a quien se le entregó una placa en recuerdo de la efeméride en el descanso, además de pasar a denominar la sala de ensayos con su nombre, merecido homenaje a un ilustre que sigue maravillando con sus puestas en escena siempre arrolladoras capaces de aunar opiniones, todo un logro en tiempos crispados.

Obertura de conferencia previa siempre con el gran comunicador Pachi Poncela que no pude escuchar en vivo por respeto a las indicaciones de un personal algo perdido, como todos, pero que pude disfrutar igualmente en casa como «postludio» desde el canal YouTube© de la Ópera de Oviedo.

Distancias obligadas entre butacas, la pena de observar el aforo a medias, puntualidad de «hora española» para la bienvenida en castellano, inglés y asturiano (poco pateo), mascarillas, ausencia de toses que se agradece siempre, y todo un discurso inicial por megafonía recordando a quienes no están, la ilusión y ganas de levantar el telón en esta temporada septuagésima tercera (¡73 años ininterrumpidos! con los que el «bicho» tampoco ha podido). Se apagan las luces, olvidamos las penas y late el corazón porque el espectáculo tiene que continuar. La OSPA casi camerística en el foso (con la percusión en las bolsas de los palcos laterales) y al frente Maximiano Valdés, tan «asturiano» y nuestro como esa orquesta que tanto le debe, regreso celebrado que supuso el primer acierto del programa doble, dominador de los planos sonoros, atento a la escena y recordando la calidad que atesoran maestro y sinfónica.

La hora española del Ravel con raíz española inimitable, dominador de la orquestación, deudor de nuestro folklore (habanera de ida y vuelta) e inspirado libreto «toledano» del relojero Torquemada (Francisco Vas), la insatisfecha Concepción (Maite Beaumont), sus «pretendientes» Gonzalve (Joel Prieto) y Don Íñigo Gómez (Felipe Bou) más la fuerza bruta del mozo de mulas Ramiro (Régis Mengus), triunfador y aplicable al esfuerzo del barítono debutante en Oviedo con un doblete que requiere preparación física y mental. Escena para el enredo, simbolismos de relojes como ataúdes donde esconderse, cercanía cronológica que no pierde actualidad, vocalidad plena de la segunda debutante, la pamplonica Maite Beaumont, mezzo ideal a quien espero volver a escuchar en repertorios más agradecidos que este raveliano, exigente en todos los planos donde brilló con personalidad y buen gusto.

El tercer debut en el coliseo carbayón del tenor Joel Prieto plenamente adaptado a las exigencias de la partitura (nasalidad obligada pero nada artificial) redondeó un buen elenco junto a los conocidos Paco Vas y Felipe Bou en esta primera página francesa de los nuevos tiempos para «viejas obras», comedia musical estrenada en la ópera cómica así reconocible para nuestros vecinos del norte que han sabido marcar distancias con tradiciones centenarias de rivales artísticos y geográficos.

Pausa de 40 minutos con agua de cortesía para recuperar aliento y descansar de la mascarilla, saludos desde la distancia, estirar un poco las piernas y Les Mamelles de TirésiasPoulenc en estado puro con su Apollinaire inspirador, surrealismo siempre vigente, argumento casi histriónico tratado con una puesta en escena colorista «marca Sagi», inconfundible, junto al vestuario de Gabriela Salaverri acorde con toda la producción, el Coro de la Ópera de Oviedo que nunca defrauda (con puntuales y acertadas aportaciones al reparto de solistas) y un elenco vocal de primera que sumo unir el cariño por los habituales con la solvencia de todos ellos.

Ópera bufa con el prólogo a cargo de David Menéndez capaz de entusiasmar por poderío vocal y presencia, arranque impresionante de verdadero cabaret antes de los dos actos con Sabina Puértolas y Régis Mengus entregados, bordando los personajes siempre arropados por el maestro Valdés y la OSPA en sus precisos balances.

La soprano navarra elige bien su repertorio y Sagi saca de ella todo su potencial, cómico, escénico y vocal, sin amaneramientos pese a la escritura de Poulenc. Seductora y entregada, el público ovetense la siente como propia porque nunca defrauda. Su «Teresa destetada» nunca pierde gracejo, la sorpresa cartomancia lo es mayor por ese travestismo sin perder color ni frescura, sumándole su capacidad camaleónica en todos los papeles que afronta, y esta Thérèse está entre las joyas de la pamplonica. Las mujeres siguen mandando…

Del barítono francés Mengus destacar su personaje rotundo que da la réplica en esa «vuelta de calcetín» feminista por la que no parece haber pasado el tiempo. Si con Ravel demostró fuerza total, nunca bruta, de amante mozo de mulas a marido surrealista redondeó un debut carbayón de altura, incluyendo su visible trasero en la ducha del primer acto que ha sido foto de hoy en la prensa* (lástima quedarse en lo anecdótico). Actoralmente impecable, color vocal perfecto, bien diferenciado del gendarme astur, y sobre unas tablas con las que le podría llamar con todo el respeto «animal escénico». Todo un descubrimiento para el que suscribe.

Inteligencia y acierto en la mezzo debutante en Oviedo Anna Pennisi, desconozco el reparto de mezzos para la doble función. Simpático el hijo de mi «adoptado» Pablo García-López, breve y agradecido, acertada elección para un personaje ideal por edad, presencia y color vocal, aunque debe engordar un poco tras esta función (en Oviedo un par de kilos seguro que coge).

Epatante e impactante siempre nuestro David Menéndez de gendarme en una obra que ya interiorizase a la perfección en el hermano teatro Arriaga bilbaíno y en el Liceu catalán, de la misma producción. Y por supuesto un conjunto compacto el resto de cantantes (he dejado la ficha más arriba) incluyendo los del coro, para esta luminosa producción, equilibrada en cada detalle con un Sagi que contagia energía, alegría de vivir y pasión por la escena.

No hay mejor terapia que la música, subir el telón y olvidarse de todo, desconectar aunque todo sea distinto desde el pasado viernes 13 de marzo e imprevisible. El surrealismo habita entre nosotros.

Reencontrarse con la fuerza que emana de un público ávido del directo, de los reencuentros, la necesidad de recuperar un tiempo perdido que no nos devolverán por mucho que rebusquemos no tiene precio. Sin planes a medio ni largo plazo solo queda nos vivir cada día y disfrutar.

Gracias por el esfuerzo, por el trabajo, por la ilusión, gracias a la ópera de Oviedo donde cumpliré mis «bodas de oro» en 2.021 esperando poder celebrarlas. Al menos puedo presumir que un 1971 sentado en  «gallinero» con mi abuelo Pachín, el tenor cordobés Pedro Lavirgen cantaba un Andrea Chenier que marcaría de por vida mi afición lírica, completando una melomanía que sigue acompañándome.

P.D.: * La foto de hoy en la prensa regional de hoy y galería de imágenes:

Con P de Pablo

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Viernes 7 de febrero, 20:00 horas. OSPA Abono VI «Contrastes I», Maximiliano Martín (clarinete), Pablo González (director). Obras de Berlioz, Nielsen y MussorgskiRavel.

Sexto abono de la OSPA que quiero titular «Con P de Pablo». Pablo González Bernardo, prodigio y pródigo, profeta en su tierra, personalidad, poderío, puntilloso, permeable, precavido, pasional… faltan calificativos para un concierto donde orquesta y director celebraban veinte años de su primera colaboración, dos décadas de crecimiento en ambos con momentos duros en estas dos décadas, pero que en días como este primer viernes de febrero, compensan al encontrar tanto un programa de lucimiento por los grandes orquestadores, como el feliz entendimiento y complicidad entre nuestros paisanos.
Dos grandes orquestadores y franceses como Berlioz y Ravel escoltarían al danés Nielsen (aquí estos primeros «Contrastes» que titulan este programa) con un concierto de clarinete que nos trajo al tinerfeño Maximiliano Martín de solista, compañero de estudios londinenses con algunos de los músicos de la OSPA, colaborador del director ovetense y otro prodigio para una velada portentosa.

Ya en el Carnaval Romano, op. 9: obertura del gran Hector Berlioz (1803-1869) pudimos adivinar las líneas maestras del concierto, sonoridades muy cuidadas, colorido del carnaval, velocidades en el punto justo para disfrutar de los solistas (magistral el corno de Juan P. Romero), unos balances entre todas las secciones perfectos y la gestualidad clara y precisa de Pablo González para ir definiendo todos los planos con una paleta muy rica en las dinámicas. Una orquesta entregada a la que se la notaba disfrutar con el «conductor», un término británico que al director asturiano formado en la capital inglesa con el siempre recordado Sir Colin Davis entre otros, le viene como anillo al dedo, manejando la masa sonora con prudencia, tino y acierto, controlando sin pisar el acelerador, un guiño, una mueca suficientemente clara para sacar el máximo rendimiento a la impresionante orquestación para una formación que necesita más que nunca un titular como el carbayón, así como un concertino (hoy invitado el madrileño Miguel Colom y la ovetense María Ovín de ayudante), para sonar como saben y pueden, la calidad tanto de las obras elegidas como de sus intérpretes.

Hace años que Carl A. Nielsen (1865-1931) enamoró al actual titular de la Orquesta Sinfónica de RTVE, dirigiendo una segunda que todavía recuerdo, y entre los colosos franceses colocar al nórdico con su Concierto para clarinete y orquesta, op. 57 resultó primoroso no ya por Maximiliano Martín que hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento, sino por la plantilla peculiar con cuerda «menguada», dos fagots, dos trompas y la caja (impresionante Rafael Casanova) casi tan solista como el clarinete, donde concertar sin perder nada de lo escrito, es una tarea al alcance de pocos directores. Concierto con destinatario que el propio Martín explica en OSPATV así como en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores) de Marina Carnicero García, un lenguaje musical muy danés por inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete. «La caña» literalmente, un solo movimiento con juegos te tiempos contrastados, rítmicamente complicados de concertar, diálogos entre orquesta y solista, así como la caja que también parece cantar y contestar el carácter del destinatario Aage Oxenvad (quien lo estrenaría en Copenhague el 11 de octubre de 1928), gruñón y endiosado al que su compatriota parece quiso pone a prueba, que el canario Martín eleva al culmen con esa sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto desde el clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortar la respiración del público (los móviles todavía no saben escuchar), los solos volando literalmente por el auditorio, y la orquesta revistiendo de belleza esta página de mi querida Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después.

La propina de un músico que trabaja como clarinete principal en la SCO (Scottish Chamber Orchestra) tenía que ser escocesa, una excelente página de James MacMillan (1959), From Galloway, para seguir disfrutando del sonido único del clarinete maestro, la caña del canto, la inspiración antigua en el sonido actual, con la respiración como expresión intrínseca a la música, el intimismo e incluso la crítica a un incomprensible «Brexit» para una visión unificadora y artística de un español universal en Gran Bretaña.

Verdadera prueba de fuego son los Cuadros de una exposición de Músorgski en la orquestación de Ravel, exigencia para cada solista, para las secciones que deben estar en la proporción exacta para equilibrarse, pero también para el director que conduce al oyente por cada cuadro debiendo pintar con sonidos toda una explosión de color desde todas las intensidades con el aire justo para disfrutar de los paseos entre ellos deleitándonos y aportando la personalidad del guía. La versión de Pablo González, que conoce esta obra desde hace tiempo dirigiéndola de memoria) resultó preciosista, precisa, puntillista por los detalles, dejando a los solistas «respirar» en sus intervenciones y retomando la pulsación justa con el rubato necesario para tomar carga expresiva, unido a unos silencios sobrecogedores que aportan el dramatismo subyacente. Diez cuadros pintados a la perfección con la respuesta exacta exigida desde la dirección poderosa, cómplice y hasta próxima para una obra que por conocida siempre resulta complicado sacarle brillo. Artesano del sonido, mi tocayo (también en OSPATV) supo jugar con una sonoridad cuidada, limpia y que permitió escuchar todo lo que Ravel saca del piano original para recrear estos lienzos limpiándolos y dotarlos del brillo que la OSPA tuvo. Hacía años que la cuerda no sonaba tan presente y llena, con unos pizzicati claros, redondos, una madera en estado de gracia (saxo incluído), unos metales poderosos (bravo el solo de bombardino de Brandhofer) que nunca cegaron con una cuidada emisión y la percusión pletórica, tanto en las pinceladas como en los grandes trazos finales, empujando para un sonido sinfónico único. Los polluelos salieron del cascarón, la discusión de Goldenberg y Schmuyle se escuchó precisa, las Catacumbas acogieron los claroscuros, la cabaña Baba-Yaga pese a las patas de gallina nunca estuvo tan asentada y la gran puerta de Kiev se abrió de par en par para la salida triunfal de Pablo González, calificativos «con P» en este regreso al podio de una OSPA huérfana que le acoge como su público rendidos ante su magisterio.

El flautista de Berlín

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Martes 30 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de Cámara de París, Emmanuel Pahud (flauta), Douglas Boyd (director). Obras de Mozart, Ibert y Ravel.

Crítica para La Nueva España del jueves 31, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

En la historia de quienes peinamos canas recordamos flautistas famosos, desde el literario de Hamlin o Hamelín pasando por el francés Jean-Pierre Rampal (1922-2000) o el televisivo Sir James Galway (1939). El solista desde los tiempos de Abbado en la mediática Filarmónica de Berlín, Emmanuel Pahud (1970), atrajo al auditorio un público variado con abundancia de estudiantes, que como el del cuento de los Hermanos Grimm, sacó de sus guaridas una juventud ávida de figuras, y el flautista francosuizo es una de ellas (entrevistado en LNE), ejemplo de virtuoso que sienta cátedra en todo el mundo con los mejores directores y agrupaciones.

Solo para virtuosos es la Fantasía sobre “La Flauta Mágica” de Mozart, en arreglo de Robert Fobbes, seudónimo del compositor y director belga Robert Janssens (1939). En la línea de los medleys o popurrís que popularizasen en los 80 Louis Clark con sus “Hooked on” o nuestro inefable Luis Cobos pero sin el “chumpachún”, estas fantasías fueron la forma de dar a conocer fragmentos de óperas famosas, aunque no tan agradecidas ni vistosas como la de Carmen (que cierra la temporada de ópera ovetense) de nuestro Sarasate. La flauta de Pahud sonó mágica en parte por la orquesta parisina, calificada de cámara por no sobrepasar los 45 miembros, con presencia femenina casi paritaria y Deborah Nentanu de concertino, vientos a dos, ideal en volúmenes para este cuento musical con el titular Boyd igualmente acertado. Reconocibles las arias elegidas de Papageno o Sarastro, luciendo más las rápidas por el despliegue técnico del “berlinés” con su refulgente flauta dorada más reina de la noche que la de Mozart. Los alumnos tomarían nota de todos los recursos de este aerófono de bisel en manos de una figura mundial.

El Concierto para flauta y orquesta de Jacques Ibert (1890-1962) está en el repertorio obligado, forma académica tripartita y aires llenos de “charme” muy francés, respirando aromas de Debussy, Ravel o Fauré con toques de jazz (como Rampal en la Suite de Claude Bolling). Gran lucimiento técnico y musical de Pahud en los tiempos rápidos extremos más un jugoso intermedio lento donde la flauta verdaderamente canta con ese ropaje orquestal que deja en el río los roedores de Hamelín y desanda el camino para la segunda parte.

Ya sola la orquesta de “chambre”, en colocación vienesa cuidando sonidos, texturas y limpieza expositiva, Le Tombeau de Couperin (Ravel) sumaría el arpa para un homenaje a la música francesa perfectamente traducida por los parisinos con Boyd al frente, adaptación de los seis números originales para piano a cuatro para esta suite orquestal, apacible en instrumentación que resultó ideal para el compositor vascofrancés destilando perfumes del país vecino en los felices años 20, y dejaría clara la calidad de una formación camerística segura en este programa dentro de una gira española con parada obligada en Oviedo, “La Viena del Norte”, solistas solventes y sonido limpio. Brillante el Rigaudon final antes de la última escala en este viaje musical con el flautista mágico al inicio.

En vez de la segunda sinfonía de Beethoven (poco escuchada) quedó más apropiada con el resto del concierto Mozart y su Sinfonía nº 35 en re mayor, “Hafner” K. 385 para cerrar el círculo verdaderamente mágico. Serenata elevada a gran forma orquestal para unos parisinos que nuevamente derrocharon calidad en la búsqueda de sonoridades casi historicistas, optando por trompas y trompetas naturales junto a timbales de latón con baquetas de madera, que llevados con mano firme por Douglas Boyd interpretaron los cuatro movimientos de forma aseada. El Presto final quedó algo oscurecido en los contrabajos pero no restó enteros a una visión global casi lírica por la limpieza de líneas melódicas, el gusto por el sonido claro y unos tiempos ajustados.

Y el regalo tras la apertura operística se mantendría nada menos que con Rossini y su “Barbero de Sevilla” que parecía tener prisa y más que los buenos tiempos de Calzón frente al Campoamor sonaría cual Fígaro del omnipresente Mozart en la Orquesta de Cámara de París, con la timbalera cambiando a bombo y platillo al Boyd “maestro repetidor” en este nuevo concierto del auditorio, casi lleno y muy entusiasta. Hacen falta figuras como el flautista de Berlín para seguir apostando por el público del futuro.

Con admiradores y estudiantes al finalizar el concierto

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