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Piano de vértigo

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Miércoles 11 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni: Yuja Wang. Obras de Liszt, Chopin, Scriabin y Balakirev.

En este mundo global de la música ya no cabe hablar de escuelas ni naciones, para la juventud su imagen es lo primero y saben que vende, pero si además hay talento entonces bienvenido sea el marketing, la publicidad y todo lo que haga falta para hacer llegar un producto excelente.
Yuja Wang no es una estrella del pop sino de la llamada música clásica, una joven de nuestro tiempo con una trayectoria impecable unida a una imagen personal rompedora, guapa, delgada, con tacones de vértigo y piernas que luce sin reparo desde una abertura también de quitar el hipo como esta vez (el mismo modelo que lució en Londres el pasado diciembre pasado y que dejo abajo), o las minifaldas que tanto adora.
Yuja Wang
Pero el auténtico vértigo entra cuando se sienta y comienza a brotar auténtica música, sensaciones indescriptibles desde una técnica impresionante que la hace interpretar con profundidad, honestidad, amor hacia las partituras y sobre todo su sentimiento, nada comercial, sinceridad desde el respeto a la obra escrita para recrear páginas inalcanzables en muchos de sus colegas, la confianza en la técnica más la capacidad de utilizarla al servicio de la partitura, entendida además como guía.

Si la primera vez (ya hace seis años) fue impactante, esta segunda debo volver a resaltar su enfoque de los cuatro autores elegidos, a cual más exigente por la dificultad de las obras seleccionadas, que resultó bellísimo, poco convencional y sobre todo muy personal, descubriendo su propia visión de un romanticismo joven capaz de jugar con todos los recursos a su alcance, sonoridades amplísimas, fuerza titánica a pesar de su engañosa fragilidad, pero unos pianísimos como suspiros que hubiesen resultado sublimes de no volver la ignominia de esa parte del público grosero que parece contagiarse (toses, teléfonos y demás basura). Cabreos aparte, me congratula ver estos intérpretes que siguen apostando por el «repertorio imposible» sin escatimar sentimientos, espléndida y esplendorosa juventud que sigue insuflando esperanza en la música, versatilidad de estilos para una interpretación única de esta figura mundial que dejará huella muchos años.

Del concierto, indescriptible de principio a fin, incluyendo doce minutos de propinas tras la auténtica paliza anterior, esbozar impresiones. Empezar con Liszt como «calentamiento» es de por sí arriesgado, y más en tres adaptaciones de los Lieder de Schubert donde el piano tiene que hablar. El canto del cisne S560 no resultó final sino auténtico principio interpretativo, amor y tragedia de la mano sin olvidar la nostalgia, como el Mensaje de amor «Liebesbotschaft» y después la Estancia «Aufenthalt«, dos números contrapuestos creadores de auténtico ambiente interior. De La bella molinera S565 parecía estar escuchando a Dietrich Fischer-Dieskau con el piano de Gerald Moore pero con la recreación del gran Liszt, capaz de condensar todo ese universo a notas que la pianista china resucita para cantar desde el teclado, romanticismo en estado puro con una entrega total, dinámicas extremas sin perdernos nada, fraseos líricos y una poderosa mano izquierda inimaginable al abrir los ojos para contemplar una fragilidad exterior que no casaba con lo escuchado.

Pero todavía vendría el Chopin que Yuja Wang siente propio, como los grandes intérpretes de la historia, y no con lo previsible en estos conciertos sino con la Sonata nº 3 en si menor, op. 58, exigente para toda una vida que desde la visión juvenil tienen una hondura realmente increíble. Cuatro movimientos que son todo un universo de escritura pianística sólo para los elegidos, el Allegro maestoso donde las figuras menores sonaron como perlas en perfecto equilibrio con una izquierda donde los acordes parecían mecer más que sustentar, el Scherzo: Molto vivace de una expresividad en ambas manos capaces de mantener un diálogo legible, como olvidado en estos tiempos, con un uso del pedal siempre en su sitio antes del Largo, remanso espiritual y sonoro, orgánico en el amplio sentido de la palabra, el leve soplo de vida antes del derroche Finale: Presto, catálogo emocional del suspiro al grito interior. Hacía tiempo que no escuchaba la música del polaco con esta grandeza. Ella misma decía antes de tocar en Barcelona: «Ignoraré a quienes no me ven preparada», y no está quedándose con nadie que dicen mis alumnos sino que al escucharla disipa dudas para quien piense solamente en su imagen, corroborando ese dicho de «Las apariencias engañan» o la bíblica «por mis hechos me conoceréis».

La segunda parte nos llevaría hasta Rusia, equidistante entre nosotros y la China natal de esta figura del piano, primero Scriabin y cuatro preludios del llamado Chopin ruso en cierto modo unido a Liszt como si una fusión de la primera parte en miniaturas se tratase, que reafirmaron las emociones iniciales. El Opus 9 nº 1 para la mano izquierda teníamos que comprobar que la derecha reposaba expectante ante la riqueza que cinco dedos y los pedales pueden tener cuando se tocan como hizo Yuja, siguiendo el Preludio op. 11 nº 8, la realmente Fantasía op. 28 y el Op. 37 nº 1, desde ese lenguaje del ruso en transición hacia un siglo XX que estaba cambiando muchos lenguajes, y no digamos los 2 Poèmes op. 63, «Masque» y «Étrangeté«, clima sonoro delicado y nuevamente intimista el primero, casi Mompou por el aroma, rompedor sin jirones el segundo antes de la Sonata nº 9 «Messe Noire», op. 68, explosión total, disonancias, transformaciones, sonoridades increíbles que en el Steinway del Auditorio con la caja escénica ubicada donde debe, llenaron todos los rincones, fuerza en estado puro sin perder la delicadeza de cada acorde, novedoso y contrastado con todo lo anterior pero tan cercano y juvenil que nadie pensaría estar escuchando obras centenarias en manos de una veinteañera. Otro hito que quedaría en nada ante el auténtico derroche que supone Islamey, op. 18 (Balakirev), más conocida en el arreglo sinfónico de Sergei Lyapunov pero que Yuja Wang superó con creces, como si de un piano imposible se tratase, vertiginoso despliegue virtuosístico, casi de posesión diabólica al alcance de muy pocos intérpretes (Lang Lang la tocaba hace años pero sin la profundidad de su compatriota), que no quedó en fuegos de artificio cara a la galería sino en la demostración de calidad superlativa de una pianista que ya está escribiendo una historia única.

De la musicalidad y amor hacia lo que hace dieron prueba las X propinas, comenzando con el Vals op. 64 nº 2 de Chopin que volvió a engrandecer al polaco, el «tempo giusto» y el rubato con gusto y calidez a la primera frente al arrebato de la repetición con una claridad cegadora, la nunca suficientemente escuchada Gretchen am Spinnard D. 118 de Schubert en arreglo de Liszt como si quisiera completar el inicio, auténtica rueca de Margarita en menina velazqueña, catarata cristalina en ambas manos con despliegue musical de matices, círculo de vuelta al principio, o las Variaciones sobre Carmen de Bizet del genio Horowitz que desde ahora podemos atribuirlas directamente a Yuja Wang, pues las ha asimilado y recreado con un conocimiento tan profundo, una melodía saliendo siempre a flote a pesar de las «toneladas de flores» que nunca la hundieron, despliegue técnico asombroso pero aún más el vértigo de sentir cómo fluye la música en los dedos de la artista china, mirándose en el espejo de los grandes del piano para reflejarse en ella el siglo XXI. Si con orquesta es impresionante, a trío galáctica, si a dúo es impactante, sola con el piano directamente milagrosa, regalándonos todavía un Tea for two, digestivo y servido tan clásico que resultó el auténtico regalo tras todo lo escuchado con anterioridad.

De vértigo son sus tacones o sus piernas, pero sus dedos son una montaña rusa que no marea sino que embriaga. Larga vida a Wang.

En el nombre de Bach

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Viernes 9 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Pierre-Laurent Aimard (piano), Das wohltemperierte Klavier I, BWV 846-869 (J. S. Bach).

Casi una gesta supone interpretar completo el primer libro de «El clave bien temperado«, todo un universo condensado en veinticuatro preludios con sus correspondientes fugas en cada tonalidad de toda la escala cromática, profundidades para pianista y público iniciado, más aún para el de estas jornadas dedicadas a las 88 teclas que dejó muchas butacas vacías pese a la inmensidad del artista francés.

Antes de comenzar Aimard realizó la dedicatoria, en inglés, a las víctimas de los atentados de París de este concierto precisamente con la mejor forma posible para él como «su Bach«, música para la paz.

Con la edición Urtext (la naranja de toda la vida) adquirida el mismo día al olvidar la suya, sin anotación alguna, ayudado de «pasa hoja» atento a las indicaciones del pianista, normalmente en las fugas que ocupan varias páginas, también una vez iniciada siguiendo sus instrucciones, sin patrón aunque supongo que buscando la mayor unidad entre parejas (preludio y fuga, también en las tonalidades mayor y menor), con un breve descanso tras interpretar la mitad del libro, el estilo del artista de Lyon se caracterizó por la profundidad en cada una de las obras, independientes dentro de esa unidad y globalidad universal que algunos han llamado la biblia de los pianistas. El tocar con la partitura delante indica en este caso no inseguridad, que seguro la tiene más que asumida e interiorizada, sino el respeto a lo escrito y deseo de no dejarse nada en el tintero, refrescar siempre el complejo mundo que Bach dejó para la posteridad de la historia musical.

Aimard optó por intentar ofrecer un acercamiento personal a toda la inabarcable magnitud del primer libro, desde la diversidad en cada obra: romanticismo en los preludios, claridad expositiva en las fugas, manejo del pedal en pos de sonoridades amplias y ricas, contrastes en tiempos pero también en emociones, sin importar «pellizcar» notas más allá de los propios adornos escritos, convencido de la vigencia y atemporalidad de la obra para tecla de Bach, «klavier» que es clave y piano en la lengua de Goethe, honradez y honestidad en cada fraseo, en cada duración, en cada calderón, en cada anotación del propio compositor. El propio Aimard ha dicho «Bach ha sido durante mucho tiempo un objetivo muy lejano para el día en que yo fuera más sabio o me conociera mejor».

Pierre-Laurent Aimard resultó un titán enfrentado a la inmensidad interiorizada para sacar a flote todo lo escrito, visiones claras de lo importante y lo accesorio sin perdernos en discursos introspectivos. Afrontó el primer preludio como si de una autopresentación de intenciones se tratase, nunca el virtuosismo sin más, juego expositivo y sonoro desde una técnica y gestualidad propias, mascando los pasajes en cierto modo «gouldiano» (aunque el canadiense jadease y tararease), recreándose en la boca volcán o sumergiéndose en el magma. Cada preludio y fuga tienen identidad propia, vida condensada para el estudio no ya de los propios hijos de Bach y demás discípulos sino para dedicarle toda una existencia, longeva a ser posible. El músico francés ha grabado el verano pasado este programa para el sello amarillo con quien tiene exclusividad, pero también ha colgado seis minicapítulos en vídeo explicando, en inglés de nuevo por la universalidad del habla, cual preámbulo a una gira que le llevará el martes 13 al Auditorio Nacional.

Si comentaba que el concierto resultó para iniciados, recordar al resto que resulta un acontecimiento casi irrepetible escuchar el libro primero completo en un recital, que las grabaciones llevan tiempo sin contar el invertido de preparación, y lo difícil que supone siempre aportar el toque personal a esta obra pianística. Hay fugas difíciles de paladear pero otras son auténticas delicias, joyas para todos los públicos, la precisión matemática de la escritura bachiana elevada siempre a la mayor espiritualidad que Aimard consiguió en las venticuatro. Los preludios siempre son más «llevaderos», espontáneos, luminosos en su mayoría y verdadera fuente de versiones en todos los estilos. Cuando los bachianos defendemos que toda la música posterior arranca de aquí es fácil argumentarlo, partiendo del acercamiento al jazz que el también pianista francés Jacques Loussier realizó durante años de la obra del kantor de Leipzig donde nunca faltaron preludios y fugas del primer libro. Por lo tanto es un lujo escuchar completo en la misma sesión «El clave bien temperado» (hasta W. Carlos se atrevió con «El sintetizador bien temperado») porque el directo siempre es irrepetible y todo lo que se haga en nombre de Bach no resulta excesivo.

Imposible elegir altos y bajos aunque hay que citar el BWV 849 por reflejar humor e introspección, el poderoso preludio BWV 851, el dificilísimo BWV 852, la única fuga a dos voces BWV 855 auténtico muestrario dinámico, y de la segunda parte la introspección del BWV 861, el complicado ligado de la fuga BWV 862, todo el BWV 864 por contrastes, elección correcta de un tempo ceñido a la máxima de Tovey de «“que no sea ni intocable ni desagradable de acuerdo con una práctica razonable” a fin de conservar la atmósfera de alegría imperante y, al tiempo, no perder la calma expositiva» que el gran Arturo Reverte cita en las notas al programa de Madrid, y finalmente el BWV 868 por lo que supone de respiro y luz tras las sombras anteriores, no interpretativas sino profundas en la escritura bachiana. Aimard se suma a la lista de los grandes intérpretes que han pasado por Oviedo, y su Bach será recordado mucho tiempo. Añadir que los «links» que figuran bajo mis elecciones son del ya citado Glenn Gould, auténtico genio que redescubrió al piano el Bach del clave, con todos los detractores y seguidores que queramos.

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El piano sincero y profundo de Carmen Yepes

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Hace años que conozco y sigo la trayectoria profesional de la pianista asturiana Carmen Yepes, de Mieres pero nacida en Oviedo por esos caprichos del destino, aunque podía copiar ese dicho de los de Bilbao y pasarlo a mi pueblo: los de Mieres nacemos donde queremos.

Desde joven pude comprobar no ya la hondura al afrontar cada partitura desde una técnica siempre al servicio de las obras, sino el enorme trabajo para desentrañar y hacer suyas las notas profundizando en relecturas que pudieran sacar a flote nuevas aportaciones, siendo siempre alumna aventajada en su larga formación, capaz de asumir consejos e indicaciones de muchos colegas para interiorizarlos y engrosar su propio lenguaje. Sus maestros pueden presumir de ella, orgullo palpable en muchas actuaciones tanto en solitario como con orquesta e incluso banda sinfónica, trabajando con distintas formaciones y directores, pues escuchar a Carmen Yepes es reconocer un discurso vital, madurando paralelamente en el plano artístico.

Dedicada a tareas docentes en la Comunidad de Madrid desde hace años, que al menos facilita la labor concertística de sus profesores con más visión que aquí en Asturias, compagina su quehacer diario con apariciones puntuales en público, a algunas de las cuales pude asistir como en Madrid (retransmitido por RTVE) o Barcelona. El pasado noviembre volvía a Málaga, donde es muy querida y reconocida tras una breve estancia en esa capital andaluza, para ofrecer dos conciertos de los que acompaño programas, uno para la Sociedad Filarmónica en la Sala María Cristina de la Fundación Unicaja el jueves 6, y otro dentro del ciclo «Músicas con encanto» de Les Roches (Marbella) organizado por el Centro de Divulgación Musical del Mediterráneo el sábado 8, ambos con un programa atrevido, valiente, profundo y exigente:

la Sonata en sol mayor «Sonata Fantasía», D. 894 (Schubert), la selección del conocido Romeo y Julieta, op. 75 (Prokofiev) que incluía los números «Escena», «La joven Julieta», «Montescos y Capuletos», «Mercurio» y «Romeo y Julieta antes de partir», y el Andante Spianato y Gran Polonesa Brillante, op. 22 (Chopin). Tres compositores que la pianista asturiana domina, tres maneras de entender la música y una sola de profundidad interpretativa, la madurez de Schubert, el calvario interior y desbordante de Chopin más la magia literaria del ballet sinfónico reducido a las 88 teclas del piano de Prokofiev, digno exponente de la escuela rusa. Tres monumentos para degustar en concierto cercano, casi íntimo y opuesto a la inmensidad de los auditorios, aunque la intérprete lo da todo independientemente del entorno, que parece ayuda más al público en esa conexión siempre inevitable y mágica con el escenario.

No he podido leer críticas aunque seguro que fueron un éxito, desconociendo en qué pianos tocó, porque debemos recordar que a diferencia de otros instrumentistas, nunca se tiene el mismo instrumento, con distinta pulsación, durezas, sonoridades, antigüedad y tantos factores que influyen en el resultado final, explicando que algunas figuras mundiales exijan una marca y modelo específico, e incluso viajando con el propio instrumento, cuando no también con afinador específico en casos extremos, sirviendo de propaganda recíproca pero asegurando todos los detalles.

Del recital de Marbella hay dos vídeos en YouTube© que comparto desde aquí con el permiso de la propia Carmen Yepes, para que mis habituales puedan degustarlo en este formato nunca comparable al directo pero al menos revivirlo como esta vez me tocó a mí.

Espero acudir, si mis obligaciones laborales no me lo impiden, al siguiente, pues escuchar el piano de Yepes me hace repasar mi propia trayectoria vital y disfrutar de esa evolución permanente que todo artista de primera mantiene a lo largo de su carrera.

Rusia y el piano

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Viernes 5 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis. G. Iberni», Elisso Virsaladze (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Albéniz, Tchaikosky y Shostakovich.

Volvían las jornadas de piano con Rusia en el ambiente y un programa conocido. Para abrir boca la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizase de El Puerto de Albéniz del cuaderno primero de la Biblia pianística que es la Suite Iberia. Bien ese tributo desde el mundo sinfónico para estas jornadas de piano con uno de nuestros grandes compositores que sigue inspirando nuevas orquestaciones de su inmensa suite como las de Jesús Rueda e incluso hermanando flamenco y jazz como en el caso de Chano Domínguez. La de Fernández Arbós es seguramente la que inició el vuelco del universo pianístico a la orquesta, y la versión capitaneada por Conti con «su» orquesta resultó clara en el dibujo, bien tratado cada plano sonoro y entendiendo la obra como si fuese originalmente sinfónica sin olvidar la originalidad que el maestro de Campodrón imprimió a su magna composición con la inflluencia directa de los nuevos aires franceses.

Elisso Virsaladze es una de las leyendas vivas de la llamada escuela rusa y acudía a Oviedo con el más conocido y escuchado de los conciertos para piano como es el de Tchaikovsky, que dejo aquí incrustado desde YouTube© en una versión con la Filarmónica de San Petersburgo (antes Leningrado) dirigiendo mi admirado Temirkanov.

La versión de la virtuosa georgiana del Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 resultó buena aunque algo dura en varios sentidos. Por un lado su técnica se mantiene con el paso de los años pero también ese estilo de fuerza y vigor desde el rigor, potencia de pulsación, valentía en afrontar los movimientos con unos tempi que impiden degustar momentos que requerirían más intimismo traducido en una gama de pianísimos algo mayor. Con todo sigue ejerciendo su magisterio en estas obras que ha bebido desde la fuente original de esa tradición rusa de la que es uno de los últimos modelos. El Allegro non troppo e molto maestoso marcó su ideario a la orquesta ovetense en todos los aspectos musicales, yendo a remolque en muchas ocasiones con todo el esfuerzo del titular en concertar correctamente, demostrando solvencia y oficia. El Andantino semplice pecó de lo apuntado anteriormente, algo más de lirismo puede que así entendido desde el sur europeo aunque ella optase por ese carácter atormentado que nos han confiado intérpretes como ella no sólo en Tchaikovsky. Todo el juego y fuego del Allegro con fuoco apareció en este último movimiento, escuchándose unos a otros y ciñéndose al mandato de la solista, imponiendo más que dialogando, en un enorme esfuerzo orquestal y directorial que logró siempre finalizar cada movimiento perfecto, como si sólo se tratase de ello. Con todo la versión de Virsaladze resultó plenamente rusa.

Los aplausos la obligaron a regalarnos la primera de las Doce danzas alemanas (Zwölf Deutsche Tänze, genannt «Ländler»), D. 790 de Schubert, breve y delicada, como para taparme la boca de mi opinión del concierto anterior, remarcando su enfoque ruso distinto del alemán, con acento propio siempre distinto al francés, checo o coreano. Y sabiendo a poco, todavía otro regalo, esta vez de Chopin el Vals op. 34 nº 1 en la bemol mayor, nueva lección de piano donde no se puede explicar mejor el «rubato» desde la transparencia de cada pasaje, siendo otra maravilla que quedó en el recuerdo de estas jornadas donde el piano es el rey (Sokolov al frente) y Elisso la auténtica reina, nos guste más o no.

La segunda parte nos mantuvo en la Rusia pero pasando de los zares a Stalin y la Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor, op. 70 de Shostakovich, estrenada en Leningrado el 3 de noviembre de 1945 por Evgeni Mravinski y escrita en un mes, la más corta y ligera de las quince pero también la menos popular, por lo que se agradece poder escucharla en vivo.

Organizada en cinco movimientos, encadenados los tres últimos, permite a la orquesta rendir en todas sus secciones y disfrutar de intervenciones solistas realmente agradecidas, con especial mención al fagot solista de la OvFi sin olvidarme del concertino. Conjugando elementos de distinta procedencia e intención, sin entrar en las connotaciones políticas que supuso esta obra, por otra parte excelentemente comentada por María Encina Cortizo en las notas al programa, la OvFi sonó compacta, brillante, con calidad en cada intervención solista, vigor desde el podio que Conti contagia, frescura y contención para una sinfonía «inesperada», corta de duración pero con muchos guiños musicales que el director florentino supo sacar a flote. El día 17 volveremos con un concierto ineludible de Elgar con la cellista del momento, la neoyorkina Alisa Weikerstein dentro de «Los Conciertos del Auditorio», pero aún me queda mucha música hasta entonces.

Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta «última trilogía en blanco y negro».

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la «broma» (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de «tormenta» antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de «patéticas» y «apasionadas» maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

Final de verano e inicio de curso

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El verano es tiempo de descanso para muchos aunque los músicos no las tengan, pero tenemos la posibilidad de seguir comprobando su trabajo en los llamados festivales de verano que no pueden faltar en tiempos de crisis, formando parte de la necesaria oferta cultural que toda villa o ciudad debe tener, luchando contra recortes pero apostando por mantener viva esta parte tan nuestra en un turismo que también es fuente de riqueza para la región, debiendo plantearse esta industria en condiciones viendo que las astures decimonónicas están periclitadas y echando el cierre una tras otra.

Este verano 2014 mío también de crisis para el bolsillo, pues solo con los abonos de la OSPA más el conjunto para los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano se me van nada más y nada menos que 606 € (más que un sueldo para muchos hoy en día), mis escapadas no fueron lejos, como se puede seguir desde este blog, pero quiero defenderlas por lo que suponen.

Oviedo además de una ciudad ideal para vivir lo es para los melómanos todo el año, y el llamado Festival de Verano ofertó conciertos gratuitos en entornos nada habituales, o bien con entradas asequibles, programas que buscan otros públicos, no especializados (sólo en asistir donde no se rasque el bolsillo) en un buen deseo de acercar la llamada música culta a todos. Aunque no estuve en casi ninguno me hubiese encantado estar en alguno para hacer un seguimiento a los jóvenes que dejan ya de ser promesas así como a los veteranos deleitando como en ellos se espera. Tampoco debo olvidarme de los cursos organizados en la capital por la Fundación Príncipe de Asturias y donde el alumnado tiene los conciertos como parte de su formación.

Gijón, enlazando con lo anterior, además de ser capital para la Música Antigua en julio, con cursos para alumnado que siempre aprende y conciertos con profesorado e invitados de lujo, también desde hace quince años también lo es del piano en su mes más festivo, llegando jóvenes de todo el mundo para recibir clases de un claustro internacional que también ofrece conciertos, todo capitaneado por el gijonés afincado en Estados Unidos José Ramón Méndez y su esposa Amy Gustafson, quienes rinden tributo a Jesús González Alonso, el gran concertista local fallecido en el mejor momento de su carrera pero que los que tuvimos la suerte de escucharlo permanece vivo en nuestra memoria. La maratón en la calle de los alumnos y alumnas es un espectáculo puede que único en todo el mundo. Este año también salió puntualmente de su sede en la Laboral, con lo que supone de abrir el abanico dentro del centro geográfico (el llamado ocho asturiano) que reúne la mayor oferta musical.

Y de lo cercano, siempre que puedo acudo al Festival Internacional de Música de Santander, con solera e historia y del que todos los demás ciclos estivales suelen tomar apuntes. La Plaza Porticada en los tiempos de Ataúlfo Argenta y siguientes se pasó recientemente al nuevo y gran Palacio de Festivales sin olvidar otras localidades de Cantabria que atraen con la música a melómanos, turistas y públicos jóvenes en entornos históricos, palacios rehabilitados o iglesias programando con rigor y versatilidad.

El punto final al verano lo puso el viernes 5 de septiembre mi querida OSPA con David Lockington al frente, también en mini gira asturiana que recalaba en el Nuevo Teatro de La Felguera con un programa de éxito seguro donde director y distintos maestros explicaban en lenguaje llano compositores y obras, interpretando movimientos conocidos (primero de la «Pastoral» de Beethoven, cuartos de la «Italiana» de Mendelssohn y «Nuevo Mundo» de Dvorak ), el barroco que no debemos olvidar (Vivaldi y el Concerto grosso nº 11 en re menor, op. 3 RV. 565 de «L’Estro Armonico»), otros menos (la novedosa orquestación que Jesús Rueda hace del Lavapiés de Albéniz aprovechando los recursos de la formación con auténtico derroche en la percusión), e incluso alguna novedad para mí (Aaron Jay Kernis y Musica Celestis) con la cuerda que siempre enamora y confirmar que la orquesta, aunque no al completo, con su principal director invitado suena maravillosa y entregada. La temporada promete y habrá solistas que vuelven junto a otros de fama internacional debutando en nuestra tierra.

FOTO © Marta Barbón

El curso escolar arranca tras la Festividad de la Virgen de Covadonga, Patrona de Asturias, y el pistoletazo de salida lo da desde hace 67 años la temporada de ópera de Oviedo, este año comenzando con un Otello que espero doblar (primero en gran pantalla desde Mieres y en vivo en la cuarta función, entradas de último minuto, que a los precios normales no llego, y al espectáculo infantil con Evaristo y Gustavo Moral se me hace imposible asistir) por eso de estar ya todo bien rodado, independientemente de los comentarios ya aparecidos en prensa y redes, pero esto lo contaremos en su momento.

Las vacaciones tocaron a su punto final, retomo la normalidad aunque  la música no deja de sonar nunca… a WERT qué nos deparan los «viernes de dolor» de Moncloa que sólo con musicoterapia puedo sobrellevar lo que me queda.

Últimos apuntes veraniegos

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Sábado 30 de agosto, 20:00 horas. Teatro de La Laboral: Clausura del XV Festival Internacional de Piano de Gijón «Jesús González Alonso», Alberto Nosè (piano). Obras de Beethoven, Debussy y Chopin. Entrada libre.

El verano en cuanto a periodo vacacional toca a su fin y Gijón lleva siendo capital del piano las dos últimas semanas de agosto desde hace quince años, celebrando clases magistrales a los mejores jóvenes pianistas de todo el mundo con profesores capitaneados por el asturiano residente en Nueva York José Ramón Méndez, este año los reconocidos mundialmente Yuan Sheng y Alberto Nosè, galardonados en muchos concursos, siendo el italiano quien cerraba esta edición en el teatro del recinto diseñado por Luis Moya Blanco (1904-1990).

Con un público formado por alumnado, amigos, familiares y muchos aficionados al piano llegados hasta la capital de la Costa Verde, el profesor veronés nacido en 1979 brindó en un Yamaha que respondió bien a un programa básico y presente siempre en la formación instrumental de las ochenta y ocho teclas desde la interpretación profesional tamizada siempre por su visión personal siempre fiel a las partituras, con el toque latino que no se explica ni estudia pero buscan muchos orientales sobrados de técnica.

Para comenzar nada menos que Beethoven y su conocida «Patética», la Sonata en do menor, op. 13, arrancando Grave, con duraciones y silencios perfectos subrayando claroscuros antes de atacar literalmente el Allegro di molto e con brio, discurso diáfano que sería como apuntes pictóricos realizados con carboncillo, cuidadoso en evitar manchar el papel, bien dibujado el romántico y melodioso Adagio cantabile roto por una rabieta que tardó en alejarse con su madre, e interrumpido nuevamente por ruidos de la megafonía (que no se apagó tras las primeras palabras de Amy E. Gustafson, subdirectora del festival) intentando atacar rápido el Rondo: Allegro final aunque con esa ruptura en la limpieza para todos de esta conocida sonata tripartita del genio de Bonn.

Debussy volvió a centrarnos a todos, seleccionando seis preludios (de las dos docenas agrupadas en dos libros) que resultaron auténticas acuarelas, más insolentes y espontáneas que el óleo, jugando con una amplia paleta colorista: La puerta del vino cual gama de robles y uvas de este ritmo de habanera perteneciente al libro segundo, Les collines d’Anacapri más esbozadas y tranquilas del primer libro al igual que La cathedral engloutie impregnada de azules en toda su intensidad con las campanadas realmente marinas, «General Lavine» – eccentric… de postal americana y juguetona (Cakewalk), La fille aux cheveux de lin realmente dorados antes de la explosión colorista de los Feux d’artifice, armonías casi sinfónicas que cierran los veinticuatro preludios del mejor Debussy pianístico.

Tras un breve descanso, el profesor daría su clase final con los 12 estudios Op. 10 de Chopin, auténticas aguadas que no permiten errores, trabajo de todas las técnicas necesarias con la maestría del polaco, algunas más rehechas como con tinta china en los conocidos y bautizados «Tristeza» el tercero o «Revolucionario» el último, con intensidades amplias en los monócromos y tenues donde la policromía abundaba. Rejuvenecí cuarenta años rememorando mis años de estudiante de piano con estas obras cuya partitura recreaba mentalmente mientras el maestro Nosè las hacía llegar tan eternas como siempre.

La despedida tenía que ser cercana, jovial, casi con bolígrafos de colores para regalarnos tres propinas del gran Gershwin: de sus «3 Preludes» los Allegro ben ritmato e deciso primero y tercero en mi bemol, dejando entre ambos la hermosa nana o Blue Lullaby, preludio número 2 llenos de ritmo, pletóricos y juveniles como el alumnado que pudo disfrutar de Música con mayúsculas desde el rigor estilístico de todos, la honestidad en la interpretación y sobre todo el amor por el piano de Alberto Nosè que contagió a todos.

Inmejorable despedida musical de agosto, de periodo vacacional al que debo una entrada resumen en el inicio de septiembre, nuevo curso académico cuando parece que terminábamos hace pocas sonatas… digo semanas.

Aire asturiano en Barcelona

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Domingo 11 de mayo, 18:00 horas. L’Auditori, Barcelona, «Concert Piano de Txaikovski», concierto 14, clausura temporada: Carmen Yepes (piano), Banda Municipal de Barcelona, Salvador Brotons (director). Obras de Tchaikovsky y Brotons (1959).

En mi tierra no estamos muy acostumbrados a escuchar repertorio sinfónico en versión de banda, y aún menos los conciertos para solistas. Nada menos que el conocido y difícil Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 de Tchaikovsky daba título al concierto decimocuarto que clausuraba en el Auditorio de Barcelona la temporada de abono de la Banda Municipal con su director titular Salvador Brotons, quien volvía a contar con la asturiana Carmen Yepes para un cierre auténticamente de lujo donde el también compositor catalán sería protagonista de toda la velada aunque L’Auditori sigue respirando ambiente asturiano.

En la televisión local de la ciudad condal salía una breve entrevista con nuestra pianista donde hacía notar que el concierto del ruso suelen interpretarlo hombres, tal vez por la fuerza física que requiere y más aún si detrás hay una banda sinfónica. Pero la capacidad musical de esta solista no se limita a una gama dinámica impresionante, capaz de llenar una sala de acústica algo «especial» (debida como el Auditorio de Oviedo al físico Higini Arau Puchades) en los momentos de más tensión sino que los pasajes líricos resultan de una dulzura que de tan clara resulta rebosante de musicalidad, unido a la extraordinaria concertación del maestro Brotons con «su» banda, haciendo olvidar que no sonaba una orquesta aunque lo parecía.
Y es que cuando el arreglo para madera y metales es tan acertado podemos redescubrir partes menos escuchadas precisamente por la tímbrica tan peculiar de la familia del viento. La seguridad y potencia de Carmen Yepes desde su primera aparición en el Allegro non troppo e molto maestoso jugó precisamente con esa paleta sonora y un «tempo» en su medida, sin correr y predominando la majestuosidad que el ruso imprime a esta joya pianística. Los distintos solos y cadencia del primer movimiento hicieron sonar un piano redondo en los graves y cristalino en los agudos con la sensación de un centro duro como la obra que Yepes estaba recreando. El público, que casi llenaba la Sala Pau Casals, aplaudió este movimiento como si finalizase la obra, pues los sentimientos contenidos no pudieron aguardar más. El Andantino semplice sacó de la banda intervenciones impecables donde el oboe de Pilar Bosque lograba pasajes emocionantes para competir en buena lid con un piano nuevamente mágico dibujado sobre unos colores desconocidos para el que suscribe, tan solo destruidos por el sonido de un móvil siempre grosero y maleducado que parece ya una plaga allá donde vayamos.

Y rematando el Allegro con fuoco realmente fogoso, impulsado por un vehemente Brotons que conoce la musicalidad y honestidad de Yepes (a la que ha disfrutado dirigiéndola en varios conciertos) para llevar este final casi incendiario entre la brillantez pianística y el perfecto contrapunto de una banda sinfónica con calidades superiores. Todo un placer asistir a un fluir de ilusiones musicales compartidas entre pianista y director con una formación que mueve afición en la ciudad condal a lo largo del año, lo que se percibe en el ambiente.

Nuevo éxito de la pianista asturiana que agradeció a todos en perfecto catalán esta invitación clausurando temporada con la banda y Brotons, del que regaló como propina el segundo de los Tres nocturnos «alla Chopin» op. 116, delicia completa en escritura y ejecución que el propio director y compositor disfrutó en el escenario sentado al lado de los fliscornos.

Para la segunda parte nada menos que el estreno para la versión de banda del propio Salvador Brotons Catalunya 1714, Rapsòdia catalana nº 5, op. 127 compuesta para el tricentenario de este episodio histórico que el músico catalán actualiza para ir más allá de la derrota y los hechos fatídicos acontecidos hasta la ilusión que el pueblo catalán lleva viviendo desde la democracia con un optimismo que el compositor lleva en sus genes.

Este poema sinfónico en ocho movimientos sin pausa, bebe, como él mismo explicó antes de comenzar y también Marta Porter en las notas al programa, del folclore catalán, melodías populares y borbónicas reconocibles más allá de guiños a El cant dels ocells, El Segadors, o el francés hispanizado «Mambrú se fue a la guerra» ya utilizado por Beethoven en su poco conocida La victoria de Wellington (también figura como «La Batalla de Vitoria», op. 91). Grandeza sinfónica que con la inclusión de coros para la versión orquestal se estrenará en este mismo auditorio el 19 de julio dentro de las conmemoraciones del Tricentenari.

Desde un oficio trabajado oficio con años y conocimiento profundo de la escritura y orquestación, utilizando todos los recursos posibles con un lenguaje cercano a todos, estoy convencido de que Catalunya 1714 será una obra rompedora y triunfante, llena de toques épicos con abundante percusión y tutti dramáticos, sin olvidar las citadas referencias catalanas como la inclusión de la tenora entonando Plany al temps passat en el antepenútimo movimiento, nostálgico por los tiempos perdidos antes de la apoteosis final efectista, incluyendo el himno catalán previo al Presto brutale que bisarían tras el éxito, donde no faltaron dos esteladas entre el público. Y es que «la creencia y voluntad de ser» más la «afirmación nacional» en  Brotons van más allá de la derrota y marcha fúnebre acongojante para brillar 300 años después con ese crescendo en intensidades y tensiones unido a un himno catalán hermoso musicalmente que el músico barcelonés eleva a categoría sinfónica para levantar pasiones de todo tipo.

Salvador Brotons músico de estirpe, director, compositor, entusiasta y apostando por Carmen Yepes para este fin de temporada, que supongo traerá a la pianista carbayona nuevas colaboraciones con el catalán. Ambos sienten la música de una manera especial, lo que el público siente y agradece. La «clá Yepes» de la ciudad condal estuvo reforzada con la que viajó para la ocasión, compartiendo un concierto muy especial.

Soledad superlativa

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Sábado 8 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov. Obras de Chopin.

Nueva visita de San Sokolov a Oviedo en plena gira o vorágine musical, y todos como en misa, es decir las habituales toses y móviles entre la parroquia madura con prisa para cenar cual campanas programadas, y todos esperando propinas que finalmente resultan una tercera parte: esta vez seis que nos llevaron hasta las once menos cuarto de la noche y porque encendieron las luces, por lo que podemos decir que Sokolov nunca defrauda y sigue siendo un grande entre los pianistas.

Monográfico dedicado al llamado «poeta del piano«, ese Chopin (al que el programa más que inmortalizar «eterniza» hasta 1949) cual «soledad sonora» que desde la isla interpretativa del escenario -colocada la caja escénica para estos eventos- y poética igualmente del pianista ruso, con una técnica capaz de emocionar incluso desde la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 cuyos cuatro movimientos supusieron una suma de intenciones individuales que conformaron la obra mayor, descubriendo cómo una sola nota emerge e inunda toda una sala siempre desde el «sonido Sokolov«. Parece imposible la gama dinámica capaz de salir de un piano para asombro de primerizos y confirmación agnóstica, pero sobremanera la limpieza de los sonidos desde esa independencia solitaria y sumativa que nos redescubrieron la última sonata chopiniana.

Para la segunda parte una selección de 10 mazurkas en distintas modalidades y tempos, menos virtuosísticas que la tercera sonata pero todas interiorizadas desde las inmensas soledades de Sokolov, su mundo ajeno al de los mortales que adoramos y admiramos cada nuevo milagro sonoro, microcosmos nacionalistas internacionalizados, únicos y enlazados, silencios rotos por la ignominia y la ignorancia de un público vetusto (en todo el sentido de la palabra), por el descaro del inculto al que el santo ruso patrono de teclistas vivos es ajeno, burbuja pianística en blanco y negro, ceremonial en primera persona compartido con los mortales que parecemos molestarle por momentos. Desfile de aires variados pero solitarios, tristemente adecuados a un estado anímico que contagia inexorablemente a quien quiera comulgarlos, la lenta mazurka inicial Op. 68 nº2, los allegro (Op. 68 nº3, op. 30 nº3) contenidos, diría que minimizados, incluso los vivace (Op. 30 nº2 y op. 50 nº1) más vivos y lumínicos que veloces, ligeros siempre volviendo a la redondez y plenitud de una sola nota emergiendo de los acordes, pedales manteniendo el poderío, dominio de un sonido solitario al que acompañan y suman después desde la suprema soledad acústica y el dominio apabullante de una técnica que emociona al ponerse al servicio de un Chopin más íntimo e individualista que nunca, el «Chopin Sokolov» que volvió para quedarse.

La tercera parte nuevamente completa, mucho más que seis propinas porque resultaron no ya (in)esperadas y sorpresivas por parte del gran ruso sino todo un nuevo programa ampliación del monográfico, de aires chopinianos para nuevos pecados del solitario y triste Grigory sólo comprensible desde la inmensidad del piano para acallar conciencias y espíritus indómitos. El gran Sokolov y su liturgia siempre impactante desde su soledad superlativa.

Desigual Beethoven Monumental

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Sábado 15 de febrero, 20:00 horas. Teatro Monumental, XXIV Ciclo de Conciertos Universidad Politécnica de Madrid, concierto comienzo segundo trimestre. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia, Coro de la Universidad Politécnica de Madrid (director: Javier Corcuera), Carmen Yepes (piano), Ana Puche (soprano), Ana Häsler (mezzo), Alain Damas (tenor), Isidro Anaya (bajo), Juan Pablo Simón (director). Obras de Beethoven. Entrada segundo entresuelo: 16€ (2,78€ de IVA ¡el 21%!).

Oportunidad única de escuchar estas dos obras sinfónico-corales de Beethoven en el mismo concierto donde el coro anfitrión, al igual que el resto de músicos, no brillaron con igual intensidad en ambas, con una entrada rozando el lleno y mucho público joven.

La Fantasía para piano, coros y orquesta en do menor, Op. 80 tuvo el total protagonismo de la asturiana Carmen Yepes (1979), afincada como docente en Madrid, protagonista literalmente desde el inicio y a lo largo de esta joya (que estrenase el propio Beethoven como pianista), con auténtica magia ambiental conseguida por el feliz entendimiento y complicidad con el maestro Simón y la OSRMurcia, ésta falta de un poco más sonoridad que sí hubo en el coro que bien conoce Juan Pablo, así como el cuarteto solista al que se sumaron Mónica Cendón (soprano) y Javier Roiz (tenor) del propio coro universitario. Presencia clara y decidida en cada intervención pianística, musicalidad a raudales, conjunción en los tutti siempre desde la característica limpieza sonora y los fraseos impecables de una Carmen Yepes que atesora honestidad y magisterio. Difícil alcanzar esta complicidad para una obra agradecida y perfecto complemento de la Sinfonía Coral que ocuparía toda la segunda parte.

Lástima que la Fantasía resultase la cara de moneda, espejismo porque la Sinfonía nº 9 «Coral» en re menor, Op. 125 fue la cruz, palabras mayores que se les empapizaron a los intérpretes dejándonos una versión insípida, descafeinada y hasta soporífera en el tercer movimiento, más lento que «cantabile». Frente a una orquesta sin cohesión ni sonido propio, desajustada por momentos y a la que la batuta invitada no fue revulsivo capaz de transmitir intenciones, con una gama dinámica algo pobre, la entrada del barítono me sonó incluso ofensiva por emisión, color y afinación mientras el tenor era engullido en la mayor parte de sus intervenciones… se me ponía la carne de gallina esperando la deseada oda de Schiller.

Al menos las damas mantuvieron el tipo, tanto Häsler como la completísima Ana Puche Rosado, única en alcanzar mi ubicación con perfecta proyección y emisión sin problemas junto a la orquesta y bien empastada con el cuarteto vocal pero siempre presente. El coro pudo pulir unos fuertes algo chillones -no gritados- aunque afinados, resultando más ajustado en los pianos, jugando en casa pero en un escalón inferior al de otras formaciones españolas que tienen «la novena» en su repertorio habitual, al menos por lo escuchado en este concierto.

La sensación de esta novena fue de impotencia y cierta desgana que pareció transmitirse a casi todos sobre el escenario, limitándose a una lectura sin implicación alguna para una obra monumental que pareció quedarse en ensayo de pago. No parecían los mismos intérpretes de la Fantasía.

Para corroborar o discrepar de mis opiniones, el concierto será retransmitido por La2 en su horario de «máxima audiencia adormecida» a las 8 de la mañana el próximo 15 de marzo, supongo que aprovechando los medios ubicados para los conciertos de la ORTVE que tiene en este viejo «Monumental Cinema» su sede. Al menos mantenemos coro, orquesta y puestos de trabajo.

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