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Eterna juventud

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Miércoles 13 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Mitsuko Uchida (piano y dirección), Mahler Chamber Orchestra. Obras de Mozart.

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Nada mejor para comenzar el año que Mozart, el joven eterno que nos transmite esa vitalidad indescriptible, y con una de las grandes del piano, Mitsuko Uchida, madurez juvenil que sigue siendo referente en la interpretación del genio de Salzburgo, en gira con la MCO plena de jóvenes músicos donde también había representación española (seguimos formando y exportando), calidad, cercanía, vitalidad, complicidad con la Maestra en un número ideal para los conciertos elegidos, y contagiosa alegría haciendo de Mozart una verdadera fiesta sobre el escenario de un auditorio que no se llenó como merecía este esperado concierto.

El concertino israelí Itamar Zorman lideró el Divertimento en Si bemol mayor «Sinfonía Salzburgo», K137 (K125b), que sirvió como tal entre los dos grandes conciertos solistas, al frente de la sección de cuerda que sonó realmente camerística como si del cuarteto original se tratase, empastada, de sonido brillante y claro en una obra del joven Mozart con tres movimientos ligeros y frescos, especialmente el conocido Allegro di molto central para disfrute interpretativo, compuesto aún en Salzburgo ya con ese sello personal para completar un programa donde piano y pianista fueron los verdaderos protagonistas.

Y es que Mitsuko Uchida mantiene un idilio permanente con Mozart del que parece absorber su energía juvenil más allá de su atuendo siempre etéreo cual ángel a punto de levantar el vuelo, controlando todo desde el piano con una química y entendimiento cercano además de cómplice con sus jóvenes acompañantes, lo que permite tener el control total en cualquiera de los conciertos que interprete, en esta gira dos de la época vienesa que analiza perfectamente Juan Manuel Viana en sus notas al programa.

El Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor, K453 tiene una orquestación donde el trío de madera (flauta, oboe y fagot) presenta momentos sublimes perfectamente ejecutados por unos intérpretes de primera, bien contestados por el dúo de trompas (a pesar de algún problema en los saltos de octava) y sobre todo por una cuerda que daba gusto escucharla, coprotagonista siempre con el piano de Mitsuko Uchida, tímbricas increíbles junto a dinámicas asombrosas por parte de todos, ejecutado con una limpieza cristalina para saborear cada movimiento y paladear las cadencias de la Maestra. Si personalmente disfruto con los movimientos lentos (y el Andante fue una lección de intimismo), los rápidos de la japonesa afincada en Viena representan otro mundo que cautiva por su empuje y energía sin perder nunca una sonoridad clara desde la precisión y dominio total de la obra. La transición del Allegretto al Presto en el tercer movimiento contagió su vigor a todos los presentes, obligando a la artista a salir al escenario casi sin esperarlo ataviada con un mantón para aliviar la diferencia de temperatura. Mientras sus jóvenes nos «divertían», ella se metió en la sala de cámara donde había otro piano para mantener sus dedos en estado óptimo para la segunda parte, lo que nos da una idea de cómo entienden y sienten la música estos genios.

El Concierto para piano y orquesta nº 25 en do mayor, K503 tiene de sobrenombre «Emperador», homónimo del beethoveniano en parte por la majestuosidad global, desde la elección de la tonalidad hasta la evolución de los tres movimientos que parecen estar presagiando ya el romanticismo, incluso con una rítmica digna de su continuador en Viena, sin olvidarnos del tema secundario que recuerda la famosa Marsellesa compuesta cinco meses después de la muerte de Mozart. Añadiendo timbales y trompetas (naturales) a la orquestación del 17, nuevamente Mitsuko Uchida dominó de principio a fin, con los tiempos exactos para escuchar todo lo que está escrito, asombrar con sus trinos, dejarnos unas cadencias que la orquesta contestaba con la misma intención y equilibrio de planos escuchados en el piano, respeto por la partitura que marca diferencias con otros intérpretes reconocidos, pero sobre todo la mencionada complicidad y control de cada momento, pisando a fondo y frenando afectos sin perder intensidad emocional.

Un placer escuchar este debut en las jornadas dedicadas al piano y además con Mozart que también fue regalo solitario en otra lección magistral: el Andante de la Sonata en Do K545 que iba devolviéndome juventud al escuchar y seguir mentalmente una partitura que estudié con verdadera fruición y me descubrió la dificultad de ejecutar el engañoso y aparentemente fácil Wolfgi, un genio que nos dejó pese a su juventud un catálogo sin par. Su música sigue contagiando vida y produce ese vampirismo casi adolescente tanto a sus intérpretes como al público.

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Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Dos conciertos en uno

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Sábado 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano «Luis G. Iberni». Bertrand Chamayou (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Scriabin, Ravel y Rimsky-Korsakov.
Buena inauguración de las jornadas de piano que llevan el nombre de su impulsor, con una OFil cada vez más madura y compacta, hoy algo reforzada para la ocasión, su titular al frente más un joven pianista francés y valiente que se atrevió con dos conciertos en vez de uno, el del ruso Scriabin con el que se estrenaba, más el de su compatriota Ravel.
Se nota el trabajo previo de la formación carbayona porque cada sección está segura y compenetrada, hoy echando de menos un poco más de tensión en los cellos que resultaron «blanditos» en comparación con sus hermanos contrabajos, hoy cinco, que redondearon un equilibrio en la cuerda necesario para el programa sabatino, una madera convincente con solistas increíbles, los «bronces» también con refuerzo que sonaron compactos aunque demasiado presentes por momentos (no fue culpa suya) y una percusión un poco insegura como contagiada de un Conti que estuvo desigual en las tres obras de este primer sábado de noviembre.

El Concierto para piano en fa sostenido menor, op. 20 (1898) de Alexander Scriabin (1872-1915) tiene todos los elementos para gustar, manejando los dos instrumentos para los que compuso toda su vida, piano y orquesta, aún joven sin adentrarse en demasiadas «complicaciones», con un melodismo postromántico seguidor de Chopin o Liszt aunque con aire ruso propio digno también de su amigo y compañero Rachmaninov, piano protagonista arropado por una orquestación delicada que nunca enturbia al solista. Tres movimientos (Allegro-Andante-Allegro moderato) casi cinematográficos en su discurrir, con un Chamayou de sonido limpio, pulcro, potente cuando la partitura lo requería, fraseos bien llevados y una concertación por parte de Marzio Conti sin mayores dificultades, con la orquesta respondiendo sin más problemas que los antes apuntados para una obra delicada, lírica y transparente. Especialmente sentido el movimiento lento central con sus variaciones para disfrutar de todo lo escrito antes del «viril» final que diría Jeremy Paul Norris y bien comenta Miriam Perandones en las notas al programa.

Más complicaciones para todos presenta el Concierto para piano y orquesta en sol mayor (1932) de Maurice Ravel (1875-1937), original y exótico para el momento con fuertes influencias del jazz y exigencias rítmicas para solista y orquesta que Conti hubo de sortear con desigual fortuna. De nuevo impresionante el sonido y entrega de Bertrand Chamayou, demostrando una claridad expositiva compartida por una instrumentación rica en tímbrica que los distintos solistas (arpa, trompeta, corno inglés, clarinete, trombón, percusión…) solventaron con colorido individual muy estudiado y personal. Estructura también en tres movimientos (Allegramente-Adagio assai-Presto) donde el pianista fue creciendo en intensidad y entrega aunque muy pendiente de la dirección por momentos errática y poco clara. Con todo el resultado final resultó más que agradable y el público obligó al solista a salir para regalarnos una espléndida y hermosa Pavana para una infanta difunta para no perder esa continuidad raveliana tan plenamente francesa, en el amplio sentido del término, convencido nuevamente de que el terruño ayuda a entender la música de uno, y Chamayou puso el mejor broche a esta jornada pianística con orquesta por partida doble.

La impresionante Scheherezade, op. 35 (Rimsky-Korsakov) son palabras mayores que requieren poso y pausa, dominar la masa sonora para no caer en ampulosidades innecesarias, sonsacar la riqueza tímbrica que atesora y mimar la agógica al detalle, algo que no hubo en la interpretación diseñada por Conti. Cada solo de Andrei Mijlin, concertino en la segunda parte, era un guante que no recogía el italiano, utilizando por momentos aires precipitados, atropellados, uniendo fortísimos de nuevo erróneos y erráticos. No entendí muy bien los juegos conversacionales en dos tiempos de trombón y trompeta cuando hablan el mismo idioma, supongo que intentando aportar algo nuevo a una obra que todos tenemos más que interiorizada. De nuevo los solistas volvieron a brillar aunque hubiese momentos tan atolondrados que daba vértigo escucharlos, miedo al error por un aire excesivo que tampoco ayudó a disfrutar con unos cuentos que fueron sólo de «quinientas noches». Lástima porque son obras sinfónicas para masticarlas bien, y pausarlas, antes de tragar. Los ad libitum en los solistas sí resultaron melódicos y los pianos presentes, pizzicati por fin audibles pero sin posibilidad de tomar aire antes de afrontar los cuatro relatos de la princesa. Esperaremos una versión más convincente.

Amorós: contención y explosión

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Miércoles 4 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, recital de piano: Pablo Amorós. Obras de Schubert, Chopin, Granados y Falla. Entrada: 18 €.
Las sociedades filarmónicas siguen siendo la base de toda formación musical y el lugar idóneo para iniciarse en la llamada música de cámara, de la que el piano es probablemente el instrumento principal, no solo para melómanos o aficionados sino para los propios músicos en unos momentos donde la contratación es difícil y darse a conocer en vivo una verdadera odisea.

En esta temporada 2015-16 serán varios intérpretes los que pasen por el escenario del coliseo gijonés, llegando desde Córdoba el joven Pablo Amorós con un programa del que habló el día anterior invitado por el Taller de Músicos que mantiene colaboración con la sociedad local, acercando al público los concertistas que dan a conocer esos detalles ayudando a comprender y entender mejor su profesión. Parte de los asistentes aplaudían el poder escuchar obras de música española, que tristemente sigue teniendo más reconocimiento fuera de nuestra tierra como el propio Amorós ha hecho en EE.UU. por citar una de sus giras. Puede ser coincidencia que los dos elegidos para hoy falleciesen fuera de España.

Este miércoles la primera parte estuvo ocupada por dos compositores que no deben faltar en el repertorio de un pianista: Schubert con su Impromtu op. 90 nº 2 que resulta difícil para abrir boca, donde el músico cordobés mostró una de sus cualidades, la elegancia, dibujando con verdadera delicadeza todos los cromatismos sin perder las melodías, elección de aire no muy agitado, con una mano izquierda nunca ofensiva, más bien pinceladas como si de una obra vocal se tratase, y sobre todo el grueso de esta parte que recayó en Chopin, del que Amorós parece tenerle tomado su pulso desde una lectura interior, introspectiva, contenida, sin arrebatos, delicada a más no poder como en los dos nocturnos opus 27 número 1, mano izquierda de brumas y derecha luminosa, pausado para degustar el intimismo, y el número 2, posado y no pesante. Pero sobre todo en las dos baladas, la nº 3 op. 47 diseñada desde la sonoridad buscada con los fuertes contenidos y el ritmo marcado, más la nº 4 op. 52, el intimismo de la mal entendida «música de salón» donde la fuerza nunca es explosiva ni desgarradora, más bien contenida como el propio corazón del compositor polaco, dibujos delicados, casi abocetados con los toques de color en el momento justo, de «rubato» nada exagerado y siempre oportuno, todo ello trabajado desde una sonoridad aterciopelada, sonido cercano aunque capaz de llenar todo el teatro. Si los referentes del cordobés son Horowitz o Rubinstein parece claro que también quiere aportar su interpretación, la tensión necesaria y en el momento preciso capaz de arrancar indebidamente los aplausos como si acumular emociones necesitase soltarlas de golpe. No en vano la biografía del programa dice textualmente: «Un simple «nocturno» de Chopin en las manos de Amorós consigue conmover a muchos de sus oyentes», conmoción romántica entendida desde lo apolíneo y la pasión sin amaneramientos.

Hay que seguir reconociendo, interpretando y escuchando a nuestros grandes porque tanto Granados como Falla lo son. El españolismo universal bien entendido como cultura sin patrioterismos, el que bebe de las fuentes populares con distinto sello y formación pasadas por la genialidad de los compositores, la visión catalana y «afrancesada» del sur que propone Don Enrique  en sus «Danzas españolas» de las que Amorós eligió la «Oriental» (nº 2) y la popular «Andaluza» (nº 5) pero sobre todo los «Valses poéticos» con referencias parisinas y chopinianas en inspiración y color, de nuevo elegancia más contención pero con «duende», andaluz que se nace y no se pace.

Pero punto y aparte resultó Falla (que no falla) como el gaditano capaz de diferenciar toda la región, las distintas provincias de la que Granada marcaría su obra, y sobre todo la Sevilla inspiradora de tantos músicos. La «Serenata Andaluza» comenzó a despeinar el talento del cordobés como traduciendo dede las fuentes lo que Don Manuel captó como nadie, las melodías cristalinas como las fuentes del Generalife o la mezquita cordobesa que tantas veces habrá imaginado el pianista. La explosión necesaria tras la contención llegaría con la «Fantasía Bética«, geografía sonora de una tierra de contrastes donde lo flamenco es solamente disculpa para demostrar el dominio de la escritura pianística del fallecido en la Córdoba argentina y compuesta por encargo del virtuoso Arthur Rubinstein, verdadera fantasía para 88 teclas, cascada de color y ritmo, capaz de transmitir el taconeo y el rasgueo, verdaderos jirones del alma hechos música en el piano del cordobés intérprete, desmelenado, fogoso, encogido para sentir una guitarra de teclas dando rienda suelta al despliegue sonoro casi prohibido en la primera parte. Y como en los grandes momentos aquéllo tuvo «pellizco».

Serán leyendas urbanas pero nadie mejor que los intérpretes españoles para entender, sentir y transmitir nuestra música. Los grandes maestros de Pablo Amorós han sido referentes, especialmente Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, dominadores del piano romántico pero modelos en la música española capaz de compartir programa con Chopin y Schubert sin complejos y sin necesidad de traducción. Habrá que seguir de cerca la trayectoria de este cordobés, digno alumno de nuestros grandes intérpretes y compositores.

Cine mudo pero con música

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Sábado 3 de octubre, 12:00 horas. Fundación Juan March, Madrid: Conciertos del Sábado, Ciclo «Clásicos del cine». Improvisar para películas mudas, Javier Pérez de Azpeitia (piano). Entrada gratuita.

La oferta cultural de la Fundación Juan March es encomiable y la música tiene un lugar especial en ella. Durante el mes de octubre se programa un ciclo interesantísimo y personalmente me llamaba la atención acudir a este primer concierto por mi breve relación con el tema. 1982 además del Mundial de Fútbol que tuvo sedes en Gijón y Oviedo también fue año del centenario del cine y además de un Mundial Cultural, un incondicional del séptimo arte como Isaac del Rivero tuvo la idea de hacer un ciclo de películas mudas con acompañamiento al piano en vivo en el salón de actos de la Feria de Muestras, donde tuve la suerte de participar alternando proyecciones con mi recordado Antolín de la Fuente, básicamente películas cómicas de La Pandilla, Keaton, Lloyd o el genial Charlot, pero también La salida de los obreros de la fábrica (Lumière), La casa encantada (Segundo de Chomón) como homenaje al cine español e incluso El gabinete del Doctor Caligari (Wiene), alternando cortos y largometrajes.

Mi experiencia fue increíble y sin visionados previos, pero sirvió para que años después pudiese poner música en directo a La aldea maldita de Florián Rey con el maestro Luis Miguel Ruiz de la Peña al violín en el Ateneo Jovellanos, ya preparando motivos y temas específicos adaptados al trascurrir de la acción. Como mierense repetí en el Teatro Jovellanos invitado por el director de la Filmoteca de Asturias Juan Bonifacio Lorenzo Benavente, Boni para todos, en la proyección y recuperación de la película Mieres del Camino (Juan Díaz Quesada), un acontecimiento que aún recuerdo. Mis únicas referencias eran las «bandas sonoras» añadidas en las proyecciones, muchas con órgano, alguna actualizada como Berlín, sinfonía de una gran ciudad con música de Pegasus, y algunas con orquesta original como Alexander Nevski o Iván el terrible (Eisenstein) con música de Prokofiev, Nosferatu (Murnau) o Metropolis (Lang) incluyendo la «revisión» de Giorgio Moroder, que a lo largo del tiempo he podido revivir como espectador.

El pianista y profesor Javier Pérez de Azpeitia no solo puso la música en vivo a cuatro películas que pudimos disfrutar en pantalla grande sino que también disertó sobre el papel de la improvisación, con todo lo que ello supone, así como la subjetividad, y hasta la forma de trabajar sobre las músicas, algo de agradecer en un mundo recuperado pero no lo suficientemente difundido, por lo que este concierto era impresindible para mi.

La casa encantada (1907) de Chomón, además de una joya de efectos especiales para su época, fue la primera en desgranarse al piano por parte del maestro y hasta de pormenorizar su explicación posterior. Los guiños del piano en perfecta sincronía con la imagen, los motivos tétricos y hasta cómicos por momentos fueron la perfecta banda sonora.

El arranque de Tartüff (1925) de Murnau supuso todo un paso adelante en dificultad y extensión, música específica, original de Giuseppe Becce, y muy trabajada en sonoridades y expresión para una película adaptada o de inspiración teatral, como tantas de su época y que aún continúa pasando casi cien años después.

El toque satírico más que de humor lo puso La princesa de las ostras (1919) de Lubitsch, la música al piano del intérprete vasco el resto, perfecto, acertado en la elección de cada fragmento, variaciones sobre la Marcha Nupcial de Mendelssohn en el mejor estilo improvisatorio (y muy estudiado) y cada situación de la narrativa visual al detalle musical de ritmo infatigable como el propio fox-trot del baile nupcial. El regusto global es premio para el tándem cine-música que siempre han permanecido unidos y algunos compositores se atrevieron a ponerle música propia.

Interesante también la moda de películas inspiradas en zarzuelas, verdaderos éxitos del momento, como Curro Vargas (1923) de José Buchs donde no podían faltar motivos originales de la partitura de Chapí adaptados como el propio discurso cinematográfico, los aires de farruca o la recordada melodía «Soledad mía» del protagonista asociada a cada aparición pero sutilmente moldeada por Pérez de Azpeitia. Con un piano no puede sacarse más partido a una película donde el referente original es eso, recreado para la proyección.

Todo un clásico «de miedo» para finalizar como el Nosferatu (1922) de Murnau, cercano a las composiciones actuales como la de Sánchez Verdú sin perder la idea espacio-temporal de la época y el argumento, con la propia limitación de un instrumento que engrandece la proyección. Bravo por esta banda sonora (Hermann) en directo, única e irrepetible que se podrá volver a escuchar hasta el 4 de noviembre en los audios que la propia fundación coloca en su web, música pura desgajada de las imágenes para la que sonó pero igualmente bellas.

Junio siempre duro incluso para pianistas

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Martes 16 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Ciclo de Jóvenes Intérpretes: Julián Turiel Lobo (piano). Obras de Beethoven, Chopin y Rachmaninov.

Para los estudiantes, como para los profesores, el mes de junio es temible, pero necesario porque no hay punto y final sino seguido. El joven pianista de Alcalá de Henares afincado en nuestra tierra se presentaba en Mieres con un concierto duro donde estaban tres autores que siempre son necesarios en la formación y habituales a la hora de programar recitales, un poco buscando sensaciones y estilo propio en un proceso de trabajo desde una técnica exigente que parece no acabar nunca. Los distintos maestros que le han orientado habrán dejado muchos apuntes que el eterno estudiante deberá adaptar y hacer suyos para alcanzar las mayores cotas de calidad. Julián Turiel Lobo apunta maneras y el concierto fue una pequeña muestra de las altas cotas que puede alcanzar en breve.

La Sonata nº 31 op. 110 en la bemol mayor de Beethoven forma parte de ese repertorio que siempre está ahí y al que se necesita volver con los años para redescubrir pasajes, intenciones, remansos en un fluir tumultuoso. La pasión contenida a lo largo de sus tres movimientos, por otra parte también complejos, como el último Adagio mano troppo – Allegro ma non troppo no permitió gozarlos en su amplitud emocional, no es solo tocarla, todo un esfuerzo, sino interiorizarla para disfrutarla aunque ese «no demasiado» parezca coartar al intérprete. Con la madurez del tiempo que deja poso estoy seguro que la terminará de rematar, pero quedaron detalles dignos de resaltar como las amplias dinámicas alcanzadas y la visión global de cada tiempo, echando de menos un trabajo de pedal más escrupuloso en pos de la limpieza de líneas, especialmente en la fuga del último movimiento.

Chopin es también habitual en todo pianista, esta vez dos obras distintas en ejecución y sentimientos, el Estudio op. 25 nº 12 que exige sacar a flote (de hecho se le ha llamado «Océano») entre un marasmo de notas las distintas melodías en una forma que va más allá de una técnica concreta y donde la mayor o menor velocidad no siempre marca diferencias, aunque se la supone. En cambio la Polonesa-fantasía op. 61 representa lo que mejor pude apreciar en Turiel, esa contención de pasiones, un autocontrol para no desbordarse con un auténtico torrente sonoro. Le encontré más cómodo y profundo en su discurso.

La segunda parte sería un paso más en estilo pianístico a partir de las Variaciones sobre un tema de Corelli, op. 42 de otro virtuoso y compositor como Rachmaninov. Complicado resulta mantener presente ese tema que parece crecer en encaje de bolillos y exigencias de todo tipo: ataque, fraseos, pedales, sonoridades, y Julián Turiel Lobo demostró aplomo ante las turbulencias, capaz de no perder los papeles (ni la concentración) pese a los odiados móviles o distintos ruidos en la calle, con un discurso aún necesitado de limpieza pero apuntando maneras de intérprete con mucho que decir, intenciones no solo estilísticas desde el respeto a la partitura, sino con la fuerza juvenil necesaria que el tiempo redondeará. Siempre un placer descubrir talento en una generación a la que deberemos mimar para no perderla a la vista de las previsiones de nuestros incultos dirigentes.

Juan Barahona, escultor del piano

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Los pianistas, como los organistas, y a diferencia de otros instrumentistas, salvo casos muy excepcionales que incluso viajan con él o exigen un modelo y marca concreta, nunca pueden enfrentarse ni tocar el mismo instrumento, no hay dos iguales y cada uno resulta un complejo de sonoridades, teclados de distintas sensibilidades, pedales mejor o peor ajustados y todo un mundo incontrolable por parte del músico, así como la propia acústica de cada sala, lo que sumado a un mismo programa que no será nunca el mismo desde la propia interpretación siempre subjetiva (como del público) y propia del músico, nos da toda una amplísima opción y gama. Casi podría decir que el pianista debe domar cada piano tras dominarlo con un trabajo que nunca se acaba.

Mi admirado Juan Andrés Barahona Yépez (París, 1989) lleva desde los seis años dedicado en cuerpo y alma a una carrera de sacrificios solo «soportada» por un amor por el piano y el apoyo pleno de la familia, toda una vida pese a su juventud que no ha hecho sino continuar creciendo. Sus distintos maestros le han educado muy bien pero la materia prima estaba ahí, y en este 2015 parece haber llegado una oportunidad al alcance de muy pocos como es llegar al XVIII Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» y superar la primera selección de entre más de 200 pianistas llegados de todo el mundo. Lo difícil, estar entre los 20 finalistas, ya es todo un premio, aunque los obstáculos siguen y todavía le queda un mes de julio de auténtico infarto. El estudio diario, el esfuerzo titánico de abordar repertorios, el obligarse a tocar en público, grabarse y corregirse desde una autocrítica y autoexigencia impresionantes… pude volver a disfrutar de dos conciertos parecidos y siempre distintos en Gijón y Mieres, con el grueso del programa idéntico en ambos, aquí los dejo escaneados, y añadiendo algunas diferencias. El común denominador sería la fuerza, tanto física como psíquica unida a una sensibilidad desbordante que se traduce en mimar cada detalle, cada sonido, cada silencio, la importancia de la nota anterior, la del momento y la siguiente, incluso el protagonismo de una sola dentro de un acorde, por lo que dudaba adjetivar el trabajo de Barahona entre dom(in)ador de piano o escultor, optando por esta a tenor de lo que intentaré contar con palabras, siempre difícil tras escucharle en vivo.

Sábado 6 de junio, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón. Obras de Mozart, Albéniz, Ravel, Kurtág y Brahms. Entrada: 10 €.

Martes 9 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres. Obras de Brahms, Ravel, Kurtág y Beethoven.

Sólo con ver las obras seleccionadas podemos hacernos una idea de la dificultad y exigencia física, una auténtica «paliza» la que Juan Barahona se dio en ambos conciertos. Acabar en Gijón y empezar en Mieres con la Sonata para piano nº 2 op. 2 en fa sostenido menor de Brahms no está al alcance de muchos pianistas. Cada uno de los movimientos requieren del intérprete un trabajo técnico en busca de la expresividad extrema en cada compás, frase, movimientos diseñados incluso independientes para intentar alcanzar la globalidad de esa forma sonata que el hamburgués eleva al infinito.

Juan Barahona ahonda con auténtica madurez y experiencia vital esta maravilla de partitura buscando cada detalle desde un trabajo meticuloso, de precisión casi relojera, mejor aún de joyero para pulir todo, un manejo de los pedales asombroso, unos ataques siempre diferenciados, los fraseos personalísimos ajustados al estilo del llamado postromanticismo desde una honestidad digna de admiración. Si acabar con esta sonata es para la extenuación, empezar parece derrochar toda la fuerza en el primer asalto, pero no ya la juventud sino ese trabajo sin descanso prepara para esto y mucho más.

Un universo distinto es Ravel, para mostrar y demostrar la riqueza del piano cuando se domina y una belleza en aquel nuevo lenguaje que ahora sigue siendo actual, escondiendo la escritura sinfónica en el mundo pianístico, la paleta orquestal frente a la inmensidad de grises. De los seis números que conforman «Le Tombeau de Couperin» la elección de dos tan contrastados como el cuarto Rigaudon y sexto Toccata resultaron un torbellino de sensaciones, la fuerza delicada, el dramatismo, los contrastes que consiguen colorear lo aparentemente monócromo, de nuevo esculpiendo cual Miguel Ángel o Rodin desde una auténtica roca alcanzando calidades de seda marmórea, impresionantes al oído que hace de ojos ante esta maravilla pianística, un cuarto de vértigo lleno de humor fino frente a un sexto martilleante y cristalino. No importa la calidad pétrea, en este caso el «Steinway» del museo o el «Yamaha» del conservatorio, cada material nos dio el acabado propio, difícil elección de la obra de arte final, rotundidad gijonesa y brillo mierense.

La Sonata para piano en do mayor, KV. 330 de Mozart fue el calentamiento del sábado, claridad expositiva, tres tiempos dibujados al detalle, energías en los extremos y el lirismo del Andante Cantabile central, como preparando el material siguiente del Albéniz casi raveliano en Almería del segundo cuaderno de «Iberia«, partitura que Barahona cantó y contó en grande, con poso e incluso «pellizco» que dicen los puristas del flamenco, la grandeza de lo popular llevado a las salas de concierto y defendiendo con fruición una pequeña parte de nuestra piel de toro, convencido que cuando afronte la totalidad de esa biblia pianística que es la Suite Iberia de Albéniz sorprenderá a más de uno. Ubicarlo antes de Ravel fue todo un acierto en Gijón, y en ambos casos el descanso tras el francés era obligado.

En la búsqueda de estilo propio se necesita poder tocar lo máximo y más variado de un repertorio inabarcable para el piano, algo donde los maestros tienen mucha influencia aunque el alumno aventajado, y Juan Barahona siempre lo ha sido, son quienes dicen la última palabra al sentirlos y poder hacerlos suyos. El rumano «casi húngaro» Giórgy Kurtág (1926) es uno de los compositores más interesantes del pasado siglo y un buscador de sonoridades al piano donde sus «Jatékok» (Juegos), de los que ya lleva ocho volúmenes desde que comenzase con ellos en 1973, casi como herramientas didácticas, un mínimo ejemplo y obra ideal para un pianista como el asturiano de adopción que investiga continuamente en ello, eligiendo dos de ellos por lo que pese a la brevedad, Stop and Go hace un derroche tímbrico incluyendo el propio silencio, tan distinto según mantengas o no el pedal, dependiendo del ataque y levantamiento de cada tecla, incluso el toque justo del pie para jugar con los armónicos que sigan manteniéndose el tiempo necesario, todos los recursos llevados también al Hommage a Schubert donde sutilmente se homenajea al instrumento e intérprete vienés que tanto trabajó y admiró a sus contemporáneos, en Gijón perfecto antes de Brahms y en Mieres preparación incluso del instrumento antes de enfrentarse al siempre complicado Beethoven. Debemos saber que pese a la originalidad del lenguaje de Kurtág, su conocimiento y admiración de toda la música anterior desde Machaut hasta Bach o el propio Beethoven, le llevan a su concepción personal. Si se me permite la comparación, hay que conocer todo el proceso de un artista, por ejemplo pintor, antes de saborear las obras últimas, pensando en nuestro Joan Miró.

Porque si comentaba la barbaridad que supone afrontar estas obras en un concierto, el esfuerzo y exigencia del intérprete me deja sin calificativos, eligiendo la Sonata nº 29 op. 106 en si bemol mayor «Hammerklavier», un auténtico martillo para sacar del más duro mármol una escultura humana donde no hay nada de frío ni inmaterial, casi un pensador por no llegar al David. Frente al micromundo húngaro la inmensidad del genio de Bonn hecha sonata, la más personal y exigente para intérpretes y públicos, cuatro movimientos con vida propia muy profunda, madurez vital llevada al lenguaje extremo de las ochenta y ocho teclas, repaso a la historia desde la novedad, aires de fuga que alzan el vuelo del sentimiento en una carrera desenfrenada que necesita momentos de ternura, el universo de Beethoven que Juan Barahona desgranó nota a nota, transitando con paso seguro y golpes certeros, modelando cada aire, impresionándome el Adagio Sostenuto por la solemnidad, gusto sin prisa, fraseo sonoro y especialmente (será por la cercanía aún en la memoria auditiva) el Largo – Allegro Risoluto, el trabajo ante una mole a la que rebajando con el cuidado de no romper la obra que «esconde» aplicó el cincel del mimo y la fuerza necesaria para alcanzar el cénit.

Extenuación total que en Gijón todavía llevó a lo impensable con el regalo de la paráfrasis de Rigoletto que compusiese el genial y virtuoso Liszt, derroche de facultades físicas y mentales tras un «pedazo de programa» que no solo le mantiene en una forma impresionante de cara a Santander sino que le pone muy alto en el panorama de los pianistas augurándole muchos éxitos. Se ganó una cena para reponer y supongo que una buena sesión de Spa para la necesaria relajación que el trabajo de Titán tuvo en estos dos conciertos. Lo malo es que no hay descanso para los músicos, al menos disfruta con su trabajo y lo comparte con el público. Gracias Juan.

Heroicidades musicales

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Viernes 29 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, concierto de abono 13, OSPA, Lilya Zilberstein (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Prokofiev y R. Strauss.

Dice el saber popular que «los cementerios están llenos de héroes«, pudiendo añadir que por ello el objetivo más importante es salvar la vida. Este decimotercero presentaba auténticas heroicidades musicales, pero el resultado fue amargo.

Para los supersticiosos el número trece dicen que trae mala suerte, supongo que desde la conocida y famosa «última cena»; incluso los aviones no tienen esa fila, aunque la mía en el Auditorio es precisamente esa y puedo decir que he disfrutado mucho en ella. Pero los presentimientos parecen funcionar: los ingredientes eran perfectos, algunos cambiaron para la siguiente «carta», y volvía el cocinero titular a los fogones, aunque la mesa no estuvo bien organizada, el menú falló y la digestión tras la ingesta aún sigue siendo pesada.

El Concierto para piano nº 3 en do mayor, op. 26 de Prokofiev suponía el regreso de la pianista moscovita Lilya Zilberstein tras su tercero de Rachmaninov hace ahora dos años, (entonces con el maestro asturmexicano Carlos Miguel Prieto al frente). La OSPA permutó varios primeros atriles para esta página increíble del compositor ruso con todas sus señas de identidad y el más interpretado de los cinco, obra muy exigente para el solista pero aún más para la orquesta, con continuos cambios de ritmo, compás, tempo, agógicas increíbles y un impulso rítmico de principio a fin. Milanov estuvo casi siempre a remolque de la pianista, no concertó como esperábamos, los balances tampoco funcionaron y hubo momentos donde el poderío solista quedó diluido ante unos volúmenes excesivos. Cierto que el piano tiene compases plenamente incrustados en el color orquestal, pero es importante dejar fluir una sonoridad tan protagonista como la de este «otro» tercero.

De estructura clásica Prokofiev «se toma libertades» a lo largo del mismo, como bien recoge en las notas al programa (enlazadas en los autores) de Asier Vallejo Ugarte, comenzando con ese dúo de clarinetes marca  de la casa en un Andante que pronto pasa al Allegro, brillante en colorido y algo menos en el tempo elegido, contenido aunque igualmente virtuoso por parte de Zilberstein en un derroche de fuerza que no tuvo la pegada esperada en cuanto a presencia. La orquesta siempre en primer plano, con intervenciones precisas desde las castañuelas a la madera pasando por la cuerda o los metales, aunque cojeando en las caídas con la solista, con esos cambios de velocidad tan difíciles de encajar cuando la batuta no es precisa y comienza a dibujar ondas en vez de líneas rectas, intento de la pianista en avanzar pero lastrada por la orquesta. El Andantino es un tema con variaciones donde la orquesta diseña ese «sonido Prokofiev» con una cuerda incisiva, una madera sutil, metales opacos por la sordina buscando colores y sabores dentro de ese aire grotesco tan peculiar del ruso para dejar que el piano dibuje melodías hermosas, el momento más equilibrado y sutil por parte de todos, «pequeñas diabluras armónicas, feroces galopadas pianísticas y un hedonismo de aromas neo-impresionistas» que escribe el crítico vasco, aromas imperecederos de un piano cristalino al fin plenamente protagonista, la salsa perfecta para un plato llenos de matices, la sal justa en una cuerda atinada y acertada con madera de fondo más que condimento ideal antes de arrancar con el Allegro ma non troppo final en compás ternario con los fagotes marcando el ritmo contestado con «glissandos» pianísticos y escalas vertiginosas en la cuerda que de nuevo salpicó a este oyente-comensal por la falta de entendimiento entre solista y director, como si nos pasásemos de mantequilla en el caviar de este suculento manjar, salvándose los momentos orquestales gracias a una cuerda cálida sin perder el sonido marcante y el momento protagonista, casi solístico, del piano contestado por violines y maderas en bellos juegos tímbricos. Sabor agridulce para una pianista como la rusa que no sonó como esperábamos en este «otro tercero ruso» ni la vi cómoda en ningún momento. De hecho no hubo propina, aunque el esfuerzo que exige la haya podido dejar exhausta.

Enorme despliegue y refuerzos en la OSPA para Vida de héroe (Ein Heldenleben), op. 40 de R. Strauss aunque no en su justa medida, pues la cuerda se quedó algo corta, supongo que por los dichosos presupuestos en tiempos de recortes económicos, pero una auténtica lástima no poder alcanzar el número ideal para esta maravilla sinfónica del compositor muniqués, auténtico genio de la orquestación en una partitura que pone a prueba a cualquier formación y director. No podemos quitar ingredientes para un plato tan potente y suculento como el del menú, y si falta arroz tendremos que usar fideos ¡pero ya no es paella!.

Quiero destacar la auténtica heroicidad de todos los músicos, dándolo todo en los seis episodios de la propia vida del alemán Strauss (nada que ver con la saga de los valses vieneses aunque en último número de la revista de la OSPA aparezca la foto de Johann Strauss II), especialmente la cuerda que en «inferioridad numérica» hubo de forzar para buscar el equilibrio y balance necesarios, auténtico esfuerzo titánico. Para los cocineros de la batuta preparar este plato es una tentación siempre que se acierte en todo, desde el punto de cocción, la proporción de los ingredientes y el salpimentado en su justa medida, así como el «fumé» y demás condimentos. Creo que a Milanov se le fue la mano ante la opulencia, puede que hasta la autocomplacencia que el propio Strauss pone en esta página donde intenta «glorificar sus propios triunfos y caricaturizar a sus críticos«, pendiente del espectáculo que suponen «los bronces» (que decía Max Valdés) incluso fuera de escena, en detrimento de una cuerda que cuando pudo demostró la primerísima calidad que atesora. Vasiliev disfrutó en La compañera del héroe enamorado de su esposa, aunque buscando el gusto más que el impacto con el poso de la veteranía, siempre comandando la sección estrella originaria (clara y presente sobre todo en el último episodio), que el viento lleva compartiendo liderazgo, no ya los solistas sino toda la sección incluyendo los refuerzos para este concierto. La orquestación es de quitar el hipo: piccolo, tres flautas, cuatro oboes (con corno inglés), cuatro fagots (uno contrafagot), cuatro clarinetes (con requinto y bajo), nueve trompas, cinco trompetas, tres trombones, dos tubas (con la tenor), percusiones ricas para cuatro músicos, dos arpas, y toda la cuerda frotada… Y todos impecables, de musicalidad innata, esfuerzo enorme y trabajo global por alcanzar la excelencia, por gustar y repetir, pero mucha comida para un recipiente que se quedó pequeño, incluso pienso que faltó atención al fuego, quemándose algunos ingredientes que hicieron perder el sabor global, abusando del picante que en exceso enmascara el paladar y deja un toque amargo en la garganta. La elección del menú era cosa del cocinero, así que su responsabilidad es total. Altibajos en presencias, tiempos no excesivos, sonoridades desiguales, líneas melódicas no siempre claras y discurso ceñido a la partitura, por otra parte precisa hasta el mínimo detalle, fluyendo no siempre contenida. Con todo es de aplaudir poder saborear estos manjares aunque llega un momento donde el cliente puede devolver el plato a la cocina, pues a pagar nunca se niega. A favor siempre paladares (que no estómagos) agradecidos o menos exigentes, personalmente el mío fruto de años degustando otros fogones y por supuesto dependiendo del momento y estado anímico individual, esta vez elevado tras una temporada variada y llena de sorpresas agradables.

Sólo queda un concierto para cerrar temporada, de nuevo con excelentes ingredientes y mismo cocinero. Espero acabar con buen sabor de boca y no tener que usar antiácidos.

Musika Música toma 7

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Domingo 8 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Rúspoli: Luis Fernando Pérez (piano): Bach: Partita nº1 BWV 825; Bach / Busoni: “Wachet auf, ruft uns die Stimme” BWV 645; “Nun komm´der Heiden Heiland” BWV 659; Bach / Hess: “Jesus bleibet meine Freude” BWV 147; Bach / Kempff: Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031; Bach / Busoni: Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004. Entrada: 6€.

Mañana de domingo en la Sala Rúspoli, la misma con la que «cerré» el sábado, con difícil elección (en general todo «Musika – Música 2015» supone armar nuestro puzzle sonoro y priorizar, así como encontrar entradas disponibles) y donde «Mein Gott Bach» estaba representado tanto al clave del músico de Getxo Miguel Ituarte como en el piano del madrileño Luis Fernando Pérez, decantándome por el madrileño al tener «fresco» el bien temperado ovetense de Aimard, y contando con las versiones que Ferruccio Busoni, Myra Hess o el gran Kempff hicieron del Kantor de Leipzig para las 88 teclas, con todo lo que supone de recrear un mundo siempre inmenso de posibilidades musicales.
Sin apenas respiro tras el concierto anterior otro lleno en la sala pequeña, trasiego de los operarios para vaciar escenario y colocar ya perfectamente afinado el imponente Steinway presidiendo además de reinar en las manos de Luis Fernando Pérez que recreó un Bach realmente impresionante.
La Partita nº 1 en si bemol mayor BWV 825 consta de siete movimientos aparentemente sencillos pero donde el piano debe modelar el sonido en cada tecla, algo que el pianista madrileño hace con cada obra y estilo. Poder estar cerca de él permite disfrutar con el trabajo de manos y pedales, cincelando sonidos como si del clave se tratase pero con la grandeza del piano. Maravillosa versión llena de toda la gama barroca, matices extremos, ritmos contrastados, melodías claras, variaciones sobre temas que Bach utiliza con la genialidad matemática inspiradora de fuerza interior, la misma de Luis Fernando Pérez, recordándome sus interpretaciones de nuestro Padre Soler.
El Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031 que recrease mi pianista de juventud Wilhelm Kempff, fue un leve descanso entre las visiones de Busoni previas y finales, delicia melódica llena de detalles expresivos más allá del original, con una mano izquierda poderosamente aterciopelada que asentó la maravillosa melodía de esta versioneada sonata esta vez con el magisterio de un gran pianista que amaba a Bach como tantos otros.
Las recreaciones que Ferruccio Busoni hace de Bach son un mundo paralelo al original, más allá de un arreglo y sin perder notas ni espíritu del más grande compositor de la historia, porque el órgano rey así está coronado por su versatilidad tímbrica, sonora y expresiva, así que plantear al piano corales como los elegidos por Luis Fernando Pérez son todo un reto para cualquier pianista. El madrileño volvió a demostrar el mimo del ataque, la amplia dinámica que es capaz de sacar con todo un catálogo de recursos técnicos puestos al servicio de Bach, los corales como el BWV 645 que crecen en cada ornamento de la derecha, el peso de los pedales en la izquierda todo ello entretejido en un teclado que parecía sonar a tres, así como la profundidad y meditación de la BWV 659, entendida por un público en respetuoso silencio que ayudó a mantener una calidad y calidez irrepetibles.
No escuchamos la famosa BWV 147 programada pero quedaba un final de auténtico genio, ya sin la atadura del papel, despliegue virtuosístico captado en primera línea de fuego, y nunca mejor dicho, la monumental Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004 que Busoni eleva a la enésima potencia, engrandeciendo la inmensidad bachiana para violín al infinito del piano. Honestidad hacia la partitura tanto del compositor como del intérprete, riguroso con cada duración, plano, volumen, fraseo, matices extremos impregnados en todo el cuerpo, poderosa mano izquierda, vertiginosa mano derecha, derroche musical y respirando el mismo aire. El silencio de la sala contenía emociones indescifrables e inenarrables, empujando con el pianista, esfuerzo sin apenas descanso, para romper en estruendo y aclamaciones, bravos y vivas que salen del alma tras haber escuchado MÚSICA en estado puro.
Colas para saludar, felicitar y agradecer una mañana irrepetible, para preocupación de los trabajadores de Musika-Música que recogían el piano, protagonista nuevamente en las manos de Luis Fernando Pérez, y desmontaban la tarima preparando el siguiente, porque la maratón no tiene descanso hasta la meta, cerca pero necesitando de carga extra. Y la tarde ya se echaba encima.

Compartir a cuatro manos

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Lunes 2 de marzo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música (Mieres). Dúo Wanderer (Francisco Jaime Pantín y Mª Teresa Pérez Hernández, piano a cuatro manos). Obras de Mozart, Schubert, Grieg y Dvorak.

Emulando el «grandonismo» y a la vista de la prensa regional, Oviedo es casi un barrio de Mieres (o viceversa), porque realmente hoy no hay distancias y es de agradecer cualquier oferta musical en la llamada área metropolitana de Asturias. Si el marco del concierto es el Conservatorio local, aún sin reconocer su nivel profesional por parte de la Consejería del ramo, ubicado en la llamada Casa de la Música, el público acude y llena la sala, como sucedió este primer lunes de marzo, contando además con dos profesores vinculados a este centro, al que tienen presente para sus actuaciones.

Y es que parecen volver los dúos de piano (aunque siempre están en los programas), funcionando bien en la versión a cuatro manos con repertorio propio o adaptaciones que en muchos casos suponen el primer acercamiento al mundo sinfónico, y es que las sonoridades logradas con estas obras es lo más parecido a una orquesta reducida. Interpretar estas partituras siempre comento que exigen de ambos pianistas mucho más que ensayo y renuncias, sacrificio del pensar en común, sentir lo mismo para alcanzar esa grandiosidad con veinte dedos y una sola idea. Si la convivencia es diaria está claro que hay mucho terreno ganado, pues damos por supuesto que la música corre por las venas de ambos, y en el caso del Dúo Wanderer respiran música por los cuatro costados.

Hay estudios sobre el efecto positivo que las obras de Mozart tienen en las embarazadas, por extensión a todo ser humano, y especialmente las obras a cuatro manos. El Andante con variaciones en sol mayor, k. 501 es un claro ejemplo de esta escritura original que necesita planteamientos diáfanos, claros, equilibrados en sonoridades y discurso presente, terapéutico podríamos decir. Así resultó cada variación, diálogos reales entre los registros agudos (a cargo de Maite Pérez) y los graves (con Paco Pantín), equilibrio equívoco en apariencias y entretejidos complejos desde la falsa simpleza del niño prodigio. Maravilloso ejercicio de solidaridad musical, de afectos y efectos, de compartir entre todos.

Schubert es la seña de identidad de este dúo asturcanario, y el Divertimento a la Húngara D. 818 otra joya del no siempre reconocido compositor vienés. Los tres movimientos son un catálogo melódico y armónico lleno de lirismo y virtuosismo, diversión y contrastes rítmicos, evoluciones y revoluciones románticas, con la mirada puesta en los aires de moda en aquellos tiempos dentro de las veladas conocidas como schubertiadas, los salones humanistas que tenían la música como epicentro. El Andante parece preparar el ambiente, calentando más que dedos en un derroche sonoro que se agranda en la Marcha, sabor zíngaro más que húngaro, rico en cada detalle, poderío en la zona izquierda, brillo en la derecha, balanza sin fiel y fiel al espíritu del bueno de Franz, antes de rematar con un Allegretto característico de toda su obra camerística como laboratorio de pruebas sinfónicas, la posibilidad que cuatro manos en el piano tienen como microcosmos que la pareja Wanderer entienden como uno, el Schubert como música pura.

La segunda parte supuso avanzar en tiempo y estilo con una transcripción del conocido «Peer Gynt», Suite nº 1 op. 46 (Grieg), reducción orquestal con claro sabor pianístico de sonoridades cercanas a Tchaikovsky, exploración sonora y técnica donde una mano deja paso a dos (no necesariamente del mismo intérprete pero sí una sola interpretación) enlazando las cuatro danzas con el misterio numérico del propio número cuatro, dos veces dos, ánimos y espíritus, Por la mañana de sonidos casi intuidos y delicados, La muerte de Ase oscura y diseñada en el grave con toques de esperanza, la Danza de Anitra de nuevo con aires rusos de ballet sinfónico en cuatro manos, y En el palacio del rey de la montaña como conclusión en una vorágine dinámica y rítmica de menos a más, un contínuo crescendo y acelerando que exige total entendimiento entre los dos intérpretes para encajar a la perfección una obra compleja.

Las Danzas eslavas (Dvorak) como bien me explicaron los maestros, son originales para cuatro manos antes de la versión orquestal más conocida, por lo que la riqueza del piano es fácil elevarla al mundo sinfónico, pero la dificultad que entrañan es enorme y nuevamente muy exigente para el mundo camerístico en su versión plena de paleta sonora. Primero escuchamos las Danzas eslavas op. 46 nº 6 y nº 8, reparto de papeles protagonistas con momentos de lucimiento en ambos pianistas, matices ricos, tiempos donde el rubato siempre debe estar controlado, aires de la Europa oriental sentidos más cercanos con la música, y después las aún más comprometidas Op. 72 nº 2 y nº 7, toda una lección magistral del Dúo Wanderer, exprimiendo el instrumento al máximo desde un virtuosismo necesario para volcar un universo más allá del sentimiento popular, cortando la respiración de un público siempre atento, muchos estudiantes que asistían a esta clase extraordinaria donde el aprendizaje no tiene precio.

El orgullo de compartir música entre intérpretes y público se amplió con las dos propinas del Moderato y Allegro comodo (segunda y cuarta de las Cinco danzas Españolas op. 12 de Moszkowski, originales para dueto de piano aunque también orquestadas posteriormente), para seguir jugando con el dos en una nueva muestra de generosidad por parte del matrimonio pianístico tras recibir un ramo de flores y un detalle de manos de dos alumnos, siempre agradecidos de que Paco y Maite sigan teniendo a Mieres en sus agendas.

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