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La grandiosa sencillez de Volodos

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Sábado 5 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Arcadi Volodos. Obras de Schumann, Brahms y Schubert.
Cada recital de Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es un placer para el oído y una lección de sencillez aunque el programa sea técnicamente endiablado además de profundo. El pianista ruso es un músico completo y haber estudiado también canto parece dotarle de un lirismo único que para los compositores y obras que trajo a Oviedo para inaugurar la temporada de plata de las Jornadas de Piano, resultó verdadera poesía musical o música poética permitiendo jugar con ese lirismo exento de palabras desde la pureza interior. El plantel de pianistas para estas jornadas que comenzaron en el Campoamor hace ya 25 años de la mano de nuestro añorado Luis G. Iberni es de primera, por lo que Arcadi Volodos tenía que volver a Oviedo y resultó el perfecto anfitrión.

Gestualidad contenida, humildad, sencillez hasta en el asiento, una silla austera casi como él mismo, que le frena cualquier ampulosidad, solamente algún giro de cabeza, un echarse hacia atrás para saborear cada pasaje, el pie izquierdo desplazado como en los conductores en tramos de autopista sin tráfico, pero siempre claro y rotundo, inmenso, íntimo, poderoso, grandioso y sobre todo plenamente romántico sin tics, con sonoridadades extremas graduando los volúmenes como nadie.
Las Papillons, op. 2 (R. Schumann) sonaron como doce microrrelatos (más la introducción), cada vals con identidad propia y tiempos variados sin perder ningún detalle, el balance entre manos y unos pedales expresivos pero también tímbricos, las dos Polonaise de clarividencia y premonición chopiniana por el pianismo de salón en que convirtió la pantalla acústica nuestro auditorio, incluso la luz tenue sumándose al intimismo, y de ese juego de mariposas de todos los colores y movimientos, carnavales literarios en el subsconsciente pero especialmente el Finale con las seis campanadas limpias mientras flotaban acordes y melodías que en el piano de Volodos hicieron de este joven Schumann un primer capítulo romántico (Daniel Moro Vallina en sus notas al programa titulaba «Tres generaciones del piano romántico»).

Con la misma pasión y aún más fuerza las 8 Kavierstücke, op. 76 de Brahms volvía la música sin palabras, el lied pleno de melodismo en cada capriccio e intermezzo, desgarradores y benevolentes, claros como un día de otoño, agitación y calma, claroscuros musicales que Volodos plantea con esa engañosa sencillez con que viste cada nota, cada acorde, cada frase, con unos desarrollos evocadores del «inalcanzable» Beethoven de Brahms y referencias al romanticismo vienés que tanto admiraría, pero con el lenguaje propio del hamburgués que este ruso grande en todos los sentidos, lleva a cotas inimanigables de belleza global. Con un respeto total a la partitura, las indicaciones de aire son el guión para plasmar su acercamiento a cada pieza y dotarlo de la unidad estética desde la diferencia en los caracteres, piezas habitualmente sueltas que por fin escuchamos juntas en una lección de música desde el piano cercano del ruso.

Y si con el joven Schumann más el maduro Brahms, ambos compositores para todas las formas de cámara o sinfónicas que parecían volcar su inspiración en el piano, tendría que ser el prolífico (pese a su prematura muerte) Schubert quien cerrase este trío romántico con su Sonata para piano nº 20 en la mayor, D. 959, el vienés siempre por descubrir, su idolatrado Beethoven o preparando el terreno a Chopin, ambos siempre presente en estas generaciones que hicieron del piano el instrumento romántico por excelencia, completa interpretación de un Volodos que domina este repertorio con el magisterio de la escuela rusa, la madurez del trabajo y la sencillez incluso en los pasajes más virtuosísticos. Cada uno de los cuatro movimientos sonaron increíbles, trabajando incluso el silencio como solo los grandes son capaces, un Allegro de clasicismo sonoro y pasión romántica, ligero y limpio pero también enérgico, un Andantino donde la emoción se conjuga a partir de un minimalismo que va tomando fuerza, recuerdo beethoviano del segundo movimiento de La Séptima desde el piano casi como un pianoforte por la búsqueda de sonoridades, igualmente de su «doncella muerta«, con un paso tranquilo nunca cansino gracias a esa pulsión única de Volodos antes del Scherzo, humor y alegría, la «broma» musical que incorporara el genio de Bonn a la forma y se quedaría con nosotros para siempre, también los constrastes extremos entre delicadeza y fuerza, pura inocencia con golpes de efecto, para finalizar con un Rondo. Allegretto. Presto rematando en este último movimiento una interpretación fabulosa, tres en uno por el catálogo de técnica al servicio de la música, limpieza siempre presente con un balance sonoro capaz de escuchar todo en el plano exacto con pedales siempre en su sitio, la claridad y hondura de los temas (casi «trucha» en el rondó), los cruces de manos para ampliar los contrastes melódicos y dinámicos, jugando con un rubato nunca exagerado que enriquece el discurso, y la explosión final virtuosa, poderosa pero siempre cristalina. Inenarrable Volodos romántico.

Además de la sencillez, innata en el ruso que nos ha «recuperado» un Mompou de referencia, no puedo dejar otros calificativos como agradecido y siempre espléndido porque tras el recital todavía nos dejó cuatro propinas. Primero el Minuet D. 600 de Schubert porque ya flotaba en el aire, delicadeza y sencillez en uno de sus regalos preferidos, después su inseparable Rachmaninov en una transcripción propia de la canción Zde’s khorosho, siguiendo esa música pura despojada del texto, para continuar con la Malagueña de Lecuona en versión propia del ruso que siempre hace las delicias del público (alguno me preguntaba por las elecciones más o menos conocidas de las obras y propinas en los conciertos) para finalizar con el «Siciliano» del Concierto en re menor, BWV 596 de Bach a partir del op. 3 nº 11 de Vivaldi, otra de sus propinas habituales, quintaesencia del sonido donde mucho es poco y con poco es posible la grandeza en manos de Volodos. Inolvidable.

Música entre amigos

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Viernes 28 de octubre, 20:00 horas. Málaga, Teatro Cervantes: Programa 3 OFM (Orquesta Filarmónica de Málaga), Gabriela Montero (piano), Manuel Hernández-Silva (director). Obras de T. Marco y P. I. Tchaikovsky.
Había que cruzar España para no perderse un concierto en el que volvían a reencontrarse dos amigos venezolanos en mi segunda casa en el segundo día del tercer programa de la OFM con su titular al frente.

Para comenzar la Sinfonía nº 10… «Infinita» del madrileño Tomás Marco (1942) que estrenase en el Festival de Santander el 14 de agosto de 2012 con todas las evocaciones cántabras que vienen más de los títulos de los movimientos aunque resulten de lo más evocadores, al menos para un oyente asturiano, trabajadas con un material sonoro modelado por Marco como pocos de sus contemporáneos, y que desde mi perspectiva suenan cercanos: el 1 Reverso de la marea inquietante presenta registros extremos y matices amplios con un ritmo de los parches en glisandi unido al de todas las secciones. 2 Mar y monte me resultó profundo y grave en tesituras incluida el arpa junto a unos timbales poderosos, el contraste de color y hasta de olor, totalmente distinto del 3 Rincón de poetas, mortecino y celeste por los toques de arpa y fagot más un solo de viola hermoso a cargo de Evdokia Erchova, o ese dúo de flautas mitológicas en ambientes lúgubres, los dos movimientos que en cierto modo vuelven al ciclo vital y paisajístico, 4 Cumbre y valle, 5 Colores de la caverna, vigor majestuoso de tempestades con origen marino y perlas de espuma salpicando en los cellos, más evocador que los dos primeros cual vistas marinas desde las alturas con canto de los bronces como sirenas, las literales del faro de Ajo cuando hay niebla, contrabajo y glisandos varios de esa incertidumbre inestable en continuo juego de dinámicas sin opulencia, timbres etéreos con sordina disipada en un solo de trompa de Cayetano Granados antes de los nuevos embites del hombre primitivo en Altamira, solo de fagot (a cargo de Alberto Reig) y calma cortada por armónicos preparando un final in crescendo tras un enorme trabajo de dirección e interpretación a cargo de la orquesta malagueña que alcanzó momentos de total entendimiento con su titular Hernández-Silva que demuestra nuevamente su talento y profesionalidad en todos los repertorios, sacando de sus músicos lo mejor. Unir magisterio y rigor al trabajo continuado marca la trayectoria ascendente de director y orquesta que solo con tiempo se alcanza, y el venezolano deja huella por donde pasa. El propio Tomás Marco, presente los dos días, compartió aplausos para una «infinita» sinfonía que cambió el Cantábrico por el Mediterráneo de manos de un caribeño con espíritu asturiano.

La esperada segunda parte me devolvía el Concierto nº1 para piano y orquesta en si bemol menor, op. 23 (Tchaikovsky), totalmente distinto al reciente de Oviedo, con una Gabriela Montero lesionada en el dedo anular de su mano derecha por un percance doméstico que a punto estuvo de cancelar, incluso con el sobreesfuerzo del día anterior podría hacerme pensar que mermaría la parte técnica, cosa que no ocurrió, máxime cuando su musicalidad es superlativa y el entendimiento alcanzado con su amigo compatriota fue sobresaliente. Concierto exigente para todos, el Andante non troppo e molto maestoso-Allegro con spirito marcó la pauta a seguir, la fortaleza física y sonora de la pianista, el equilibrio orquestal y el encaje ideal de la batuta con la solista para una página conocida que utiliza un motivo popular ucraniano más el segundo romántico en plenitud de pasiones e «inquietante ansiedad» que escribe José Antonio Cantón en las notas al programa. Tras ese volcán sonoro y cristalino donde pudimos disfrutar de todos los detalles, el Andantino semplice-Allegro vivace assai central fue un remanso remando todos en las mismas emociones, la flauta de Jorge Francés dialogando con un piano rivalizando en lirismo y el alegre aire de vals que Hernández-Silva entiende como vienés de espíritu, contagiado a su formación que fue perfecta pareja de baile venezolana, sin pisotones, encajado al detalle para llegar al verdadero «fuego» final, el Allegro con fuoco que comienza vertiginoso y saltarín, nueva danza de entendimiento único para alcanzar lo sublime, la batuta siempre atenta al piano, protagonismos en diálogos sin quitarse la palabra, completándose para engrandecer ese derroche de emociones con un virtuosismo hondo que puso la carne de gallina a mis compañeras de palco.

Mas toda aparición de Gabriela Montero lleva incluida la felizmente recuperada técnica de la improvisación que siempre asombra allá donde actúa, algo que para «la Divina Emperatriz» (como la rebauticé tras escucharla hace tres años en Barcelona) forma parte de su propia historia desde los juegos infantiles en su amada Venezuela, dañada y más querida aún, con distintas peticiones por parte del público, bandera tricolor incluida, decantándose por ese Alma Llanera de la querida tierra natal de estos amigos reunidos en Málaga, pero con las referencias al recién finalizado primero de Tchaikovsky, reencontrándose con Mozart tras un apunte llegado de lo alto del coliseo, con variaciones y modulaciones en tono menor, ritmos de habanera marina y llanera recorriendo un océano de musicalidad y dolor, físico e interior, para regalarnos diez minutos para el recuerdo y la alegría de este encuentro entre amigos que continuaría tras el concierto, porque los kilómetros no son distancia para unir pasiones.

P. D.: Compartí palco con mi esposa Asun, mi cuñada Olvido e Irene que acudía por vez primera a un concierto. No podía ser mejor bautismo musical para mi sobrina de nueve años.
Antes del concierto y durante el descanso con Alejandro Fernández (crítico de Codalario y de La Opinión de Málaga, entre otras publicaciones) pudimos ponernos voz y conversación.
Especialmente emotivo resultó conocer a Pilar Pino, una zamorana compañera de profesión en Fuengirola, y a su hijo Roque Casabona, joven pianista que tampoco podía faltar a este concierto que nos reunió por unas horas fuera de las redes sociales continuando una amistad de años con la pasión musical como motor vital de nuestras vidas.

Explorando pasiones

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Jueves 13 de octubre, 19:45 horas. Sociedad  Filarmónica de Oviedo, Teatro Filarmónica, concierto inauguración de la Temporada 2016-17, concierto 12 del año y 1.944 de la Sociedad en su año 110. Juan Barahona (piano). Obras de Bach, Schumann, Albéniz y Prokofiev.
Es un placer comprobar el crecimiento de los artistas desde sus inicios, ver la progresión basada en el duro trabajo y la búsqueda de la perfección pero también de un lenguaje propio que puede llevar toda una vida. Juan Barahona es músico de nacimiento y luchador incansable que ha decidido tomar el camino difícil. El programa que trajo en su vuelta a la centenaria sociedad carbayona era exigente, algo habitual siempre, con retos por tratarse de cuatro compositores y épocas tan distintas en su enfoque como en su interpretación, ordenados cronológicamente.

Abrir concierto con J. S. Bach y su Concierto Italiano en Fa Mayor BWV 971 es comenzar en lo alto, máxime cuando al pianista le «fusilaron» los periodistas gráficos con flashes pareciendo olvidar lo importante que es la concentración para los músicos, y teniendo que pedir por favor no continuaran en esa línea nada más finalizar el Primer Movimiento (sin indicación de tempo) que fue mucho más que un calentamiento de dedos. Ya retomado el hálito perdido el Andante le sirvió para reencontrarse con el intimismo cálido del kantor, limpio y claro en fraseos y sonido con ese toque romántico al que lleva esa pasión contenida, sonido de clave en el piano con cada nota exacta, esculpida y cantabile, totalmente contrapuesta al Presto brillante, virtuoso por vertiginoso y con todo el empuje vital de una juventud madura basada en el estudio del sonido. Impecable el respeto a la partitura desde un piano de hoy en día y confirmación de muchos calificativos que ya hice en su tiempo como «pintor y escultor de sonidos».

Las «Escenas del bosque» (Waldszenen Op. 82) de Schumann son nueve cuadros románticos donde la búsqueda de un sonido propio se hace más clara, con una técnica asombrosa llena de ricos matices, un pedal siempre en su sitio y unos climas bellos además de diferenciados, paisajes que exploran las cuatro estaciones árbol por árbol hasta completar un bosque global en intención con el mínimo apoyo de una partitura recostada en el arpa para no olvidarse ningún color. Tras la Entritt casi marcial, «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer) límpido y vibrante, ágil además de claro antes de las «Flores solitarias» (Einsame Blumen) delicadas, cantarinas antes de las sombras de un «Lugar embrujado» (Verrufene Stelle) sacando graves inquietantes cual ocres otoñales con rayos de sol que no calientan pero dan brillos, antes de encontrar un claro de «Paisaje amigable» (Freundliche), buen tempo sin perder el paso ni el aire y descansar en el plácido «Albergue» (Herbergue), melódicas manos que alternan protagonismo sin perder presencia. Después vendrían «El pájaro profeta» (Vogel as Prophet), tintas impresionistas, perlas y silencios, ligados de un trazo ejecutado cual acuarela por la inmediatez y frescura, la triunfal «Canción de caza» (Jaglied), martilleando el paso cual orquesta en blanco y negro con toques de trompa y la alegría de un buen día antes de la «Despedida» (Abschlied) cual canción sin palabras, nocturno elegíaco, claroscuros ligados a sonidos envolventes para un Schumann con el que Juan Barahona se siente cómodo y entregado.

Avanzando en el tiempo y también en la exploración desde el trabajo, si Schumann parece tener en Bach el referente, sus «apuntes impresionistas» nos llevarán a nuestro Albéniz con una página digna de estar en Iberia como es La Vega (h. 1887), del acento alemán al francés de un español universal como la idea de una Suite «Alhambra», toda la dificultad técnica y expresiva en apenas un cuarto de hora capaz de desatar pasiones diversas, ataques con fuerzas extremas y contornos difuminados, la masa sonora cual paleta que se fundirá en nuestro oído desde esa forma tan peculiar de Barahona por esculpir cada nota. Unamos al trabajo diario el tiempo que siempre da reposo y madurez en la visión de esta partitura para volver a asombrarnos.

Y el salto a la Rusia de S. Prokofiev parecía culminar este viaje idiomático explorando el mapa pianístico que Juan Barahona sigue trazando, nuevos acentos para una endiablada Sonata nº 6 en La Mayor Op. 82, arrebatadora y tormentosa, aterrradoramente voluptuosa y rítmica, cuatro movimientos que pasan por todos los estados de ánimo, tumultuosa interior y exteriormente. El Allegro moderato tiene el sello inconfundible del ruso, salto del impresionismo a los coqueteos atonales disfrazados de melodías que deben salir a flote cual cubismo en el piano, ritmos de ballets sinfónicos reducidos a la geometría colorista; el Allegretto buscando graves limpios sobre los que danzar sin perder el equilibrio; el Tempo di Valzer Lentissimo un oscuro objeto de deseo con profundidades cinematográficas donde el aire se corta antes del espectacular Vivace, virtuosismo en todo el teclado, pulsión desaforada, guiños de sarcasmo y dibujos sueltos de trazo, bocetos sinfónicos desde la soledad angustiosa que estalla en fuegos fatuos convertidos en artificio por un Barahona dominador y enamorado de esta satánica sonata, trabajando un acento ruso que tiene interiorizado.

Había que cruzar el charco desde Europa hasta la Argentina cosmopolita de Ginastera y disfrutar la Danza de la Moza Donosa (segunda de las «Tres Danzas Argentinas»), herencias y fusión con el folklore, mestizaje bien entendido por un Juan Barahona más íntimo y recuperado del demonio ruso. Toda una tarde llena de búsquedas sonoras y pasiones por explorar, calentando motores rusos para volver con la OSPA en abril y de nuevo Prokofiev, esta vez el segundo de piano.

Imparable Laura Mota

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Sábado 25 de junio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo «Evaristo Valle», Recital de piano: Laura Mota Pello. Obras de Mozart, D. Scarlatti, Soler, Beethoven y Chopin. Entrada: 5 €.

Volvía al «Evaristo Valle» para seguir escuchando a nuestros jóvenes intérpretes, esta vez a la pianista ovetense Laura Mota Pello (28 de Febrero de 2003) a la que sigo hace años, para comprobar su increíble crecimiento no ya físico, hoy toda una jovencita de 13 años recién finalizado 1º de Secundaria todo con sobresalientes de 10, sino el musical de la mano de Francisco Jaime Pantín con un programa duro, exigente, trabajado desde una técnica que es envidiable en los siete años que lleva estudiando piano, y volviendo a impactarnos por su musicalidad, aplomo, fraseo, adaptación a estilos tan diferentes, pedales en su sitio, dinámicas amplias abarcando desde los pianísimos más íntimos a los fortísismos poderosos en un Steinway&Sons de los años cuarenta, agradecido aunque necesitado de algunos ajustes mecánicos, donde cada autor y obra se diferenciaron a la perfección, demostrando nuevamente que la capacidad y posibilidades de Laura Mota son infinitas, esperando encuentre el apoyo institucional (el familiar y profesional siempre está asegurado) que no nos haga perder esta joya del panorama pianístico mundial. Escucharla es algo indescriptible, cierras los ojos absorbido por el fluir mágico y maduro de cada nota y al abrirlos te encuentras con esta joven inconmensurable, enorme al piano y enfrentada al programa que solo puedo comentar a grandes rasgos porque todo lo hace suyo.

La Sonata nº 18, K 576 en re mayor, de W. A. Mozart, la última del genio de Salzburgo con enorme dificultad técnica plagada de pasajes virtuosísticos escoltando un Adagio central hondo resultó de una limpieza asombrosa y difícil elección para abrir un concierto, pero afrontado con la seguridad de la que la pianista ovetense hace siempre gala.
Las dos sonatas de D. Scarlatti interpretadas sin pausa (Sonata K 107 L 474 en fa mayor y Sonata K 135 L 224 en mi mayor) impresionantes por agilidad y madurez de toque, casi clavecinísticas por los ataques y ornamentos siempre perfectos con un equilibrio y sonoridades cercanas contraponiendo tiempos parecidos pero diferenciados y delimitados.
También a pares y espíritu de clavecín el Padre Soler, primero la Sonata R 90 en fa sostenido mayor (una de las joyas de la hoy recordada Alicia de Larrocha con quien Laura tiene muchas similitudes) y después el complicadísimo Fandango R 146 en re menor, virtuosismo al servicio de un lenguaje español que se hace universal, sentido como si de una enorme trayectoria vital se tratase por el conocimiento intrínseco de un lenguaje preclásico de inspiración geográfica pero de una frescura incluso en momentos tan complicados técnicamente (el pulgar de la mano derecha martilleando rítmicamente sin perder pulsación alguna, las octavas, cruces de manos y tantos «recovecos» más) dejándonos boquiabiertos ante el despliegue musical de Laura Mota.

Si la primera parte parecía dura, ya no sé cómo calificar la segunda porque me quedaría corto ante el abismo que sin embargo resultó un placer de vuelo planeando nuevamente la música de piano por encima de todo, casi metiéndome en los cuadros de Evaristo Valle para contemplar el prodigio de una pianista de horizontes inabarcables perfectamente orientada y guiada por su maestro Pantín (sin él sería imposible alcanzar este nivel): la Sonata Op. 2 Nº 3 en do mayor de L. V. Beethoven
me recordó al Wilhelm Kempff referente de mis años de conservatorio hace casi medio siglo pero con el «preparatorio» de la primera parte al hacernos sentir el clasicismo de la técnica y el romanticismo del lenguaje inimitable del genio de Bonn. Si los tiempos rápidos resultan poderosos desde la pulcritud, verdadero brío del primero, chispeante el Scherzo o cascada emocional limpia de tempo valiente el Allegro Assai, el Adagio volvió a impresionarme por la hondura del fraseo, veterano y con toda una vida dedicada al piano aunque parezca mentira al ver quién tocaba.
Y no digamos del Chopin elegido para cerrar concierto, primero dos polonesas (de las 23 al menos compuestas por el polaco) de las opus 26, la Polonesa nº 1 en do sostenido menor, vértigo emocional y trasfondo poético de una obra de juventud interpretada desde esta edad infinita de Laura Mota, dos manos que se funden y diluyen en hacer fluir sentimientos únicos, contrapuesta a la nº 2 en mi bemol menor todavía más interiorizada, tocada con la mayor naturalidad haciendo fácil lo inabarcable, midiendo cada compás con total fidelidad a la partitura para revolverla como propia, lo intangible e inexplicable de los grandes intérpretes, esta vez con ¡trece años!, el rubato adecuado, los contrastes de tempo y dinámicas, la fuerza física con la delicadeza en el toque.

Aún quedaba más Chopin: dos estudios del Opus 10 para quitar el hipo, el virtuosismo para trabajar la técnica sin perder de vista las melodías escondidas, el equilibrio de manos y pedales, primero el

Estudio nº 8 en fa mayor y después el conocido como «teclas negras», Estudio nº 5 en sol bemol mayor, sin importar las tonalidades complicadas porque Laura Mota hace fácil lo imposible desde la naturalidad y equívoca inocencia, una madurez asentada en un trabajo increíble y capacidad de sacrificio más unas cualidades innatas que el buen magisterio lleva por el camino ideal alternando con los estudios obligatorios de Secundaria que en este país parecen incompatibles con los musicales aunque los resultados sean tercos y refuercen un maridaje incomprendido por quienes nos gobiernan.
Todo un programa gigantesco interpretado de memoria que cercano a las dos horas todavía nos dejaría más asombrados ante el Allegro de concierto op. 46 (1904) de Granados, conmemoración centenaria y nuevo guiño a la siempre recordada Alicia desde la juventud descarada y descarnada, apoteósica para un público que parecía enloquecer ante el derroche pianísitico de Laura Mota Pello. No olvidar este nombre porque cada actuación suya es todo un acontecimiento irrepetible.

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Con alma y pasión rusa

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Lunes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Denis Matsuev (piano). Obras de R. Schumann, Tchaikovsky y Rachmaninov.

Programado el 25 de abril pero pospuesto hasta este lunes llegaba el esperado pianista Denis Matsuev (11 de junio de 1975) que no defraudó en absoluto con un programa brutal, potente, poderoso, con un estilo más bien recio pero enérgico y lleno de matices desde una técnica apabullante válida para dejar un excelente concierto con toda el alma y la pasión rusa, amante del piano y del Arte con mayúsculas que dejó cuatro propinas (en la onda de mi «San Sokolov«) variadas y hasta con un guiño al jazz que tanto le gusta en una recreación propia del gran Duke Ellington de quien escuchamos los motivos del Take a train y su Caravan de auténtico vértigo casi en blanco y negro para un verdadero espectáculo de casi dos horas de duración que, como siempre pasa con lo bueno, pasó volando. Hoy los enlaces de las obras corresponden a interpretaciones del propio y prodigioso Matsuev que en vivo resulta todavía más impactante, imaginándome lo que pudo ser el concierto de Verbier en 2012 bastante similar a este de Oviedo y al previsto en el Palau y no encajó en las nuevas fechas. Suerte la nuestra…

La primera parte llenó, en el amplio sentido de la palabra, con Schumann enlazando sin pausa las Kinderszenen (escenas infantiles) op. 15 y la Kreisleriana, op. 16, unidad estilística y formal con veintiún cuadros, trece «nada infantiles» más ocho «excéntricos,
salvajes e ingeniosos» como el personaje Johannes Kreisler del prusiano E.T.A. Hoffmann que bien recuerda la musicóloga Miriam Mancheño Delgado en las notas al programa (enlazadas en los autores del inicio). Todo un muestrario de saber tocar con todo el cuerpo más allá de los dedos que parecían multiplicarse, muñeca, brazo, hombro… momentos brutales frente a los más íntimos (excelencia del Ensueño), cuadros variados en temática pero claros en cada detalle, empleo escrupuloso de pedales con una digitación preclara, todo con una energía que se transmitía incluso en los silencios, apenas pausas entre cada número, explosión sonora y murmullos casi al oído. Hacía tiempo que no escuchaba un Schumann desde el virtuosismo más musical, con un Matsuev espléndido sin «despeinarse» donde el placer de tocar sólo se vislumbraba por unas sonrisas serenas y cómplices en los números «tranquilos» y el cabeceo cual asentimiento de pasajes vertiginosos creadores de ambientes como sólo un obsesionado por el teclado y su técnica como Robert Schumann son capaces de llevar a la partitura y este ruso elevarlo al paraíso romántico (su rubato para anotar) del instrumento con 88 teclas.

Y el alma rusa ocupó toda la segunda mitad, puede que genética, condicionamiento geográfico o directamente la escuela que sigue poblando de excelentes pianistas las salas de conciertos de todo el mundo, siendo Matsuev uno más en la larga lista, no el anunciado Tchaikovsky (con dos obras no muy habituales: Meditación Op. 72 nº 5 -que suele ser propina, y Dumka op. 59, por otra parte no anunciado el cambio) sino TODO Rachmaninov, marca de la casa y como bien decían Javier Nuevo o mi admirado Ramón Avello, comenzando con dos de los Etudes-tableaux, op. 39, siguiendo el Preludio en sol menor, op. 23 nº 5, marcial y agitado, potente como el propio Sergei en pasajes de octavas sobrecogedoras en velocidad y potencia, los acelerandos en transición calma contrapuestos al melodismo de sus conciertos de piano (especialmente el segundo) donde la orquesta resultó el propio piano llenando sin problemas el auditorio para poder apreciar cada detalle, seguido del Preludio en sol sostenido menor op. 32 nº 12 y especialmente la arriesgada Sonata nº 2 en si bemol menor, op. 36 (segunda edición de 1931), increíble en los tres movimientos sin descanso y verdadera «montaña rusa» de poderío físico y mental, Allegro agitato, Non allegro de breve remanso en una catarata de notas, y Allegro molto, velocidades sin vértigo por la facilidad con la que seguíamos cada melodía, cada ornamento, cada respiración, cada cromatismo, cada octava, agitación y vorágine… Si la primera parte resultaron cuadros llenos de color, la segunda inmensos murales donde la globalidad permitía el dibujo a pesar del tamaño tal fue el despliegue y perspectiva de Matsuev.

De las propinas además de la última «en clave de jazz», una caja de música (Liadov) delicada como un collar de perlas naturales, un Sibelius (Estudio en la menor op. 76 nº 2) más ruso que finlandés y «habitual» propina del pianista junto a otro apasionado y vibrante romántico como Scriabin (Etude op. 8 Nº12 en re sostenido menor) para un enorme paquete que no se hizo rogar para un verdadero amante de su oficio y regalo para los aficionados que gozamos como niños ante el derroche de energía, vigor y música de Matsuev.

P. D.: De nuevo las GRACIAS a mis amistades musicales que están en todo y engrandecen este blog con sus aportaciones además de enmendar mis errores.

Formando pianistas

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Martes 17 de mayo, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: David Sánchez Álvarez (piano). Obras de Mozart, Debussy, Scriabin y R. Schumann.
Organizado por el Conservatorio de Mieres, más la Concejalía de Educación y el Ayuntamiento de Mieres, el joven pianista ovetense David Sánchez se presentaba en Mieres (unos días antes en Llanes) preparando el fin de curso y fogueándose con público variado (profesores, alumnos y aficionados), con un programa difícil en la recta final de sus estudios de interpretación y pedagogía del piano del CONSMUPA tutelado por la profesora Teresa Pérez Hernández.

Con un amplio currículo y una trayectoria tanto de solista como en música de cámara que dejo aquí y en una formación que nunca se acaba, David tiene por delante un futuro prometedor, siendo los conciertos parte de una experiencia necesaria que todos los estudiantes deben afrontar, vencer miedos e inseguridades, sentirse cómodos con un instrumento que nunca es el mismo, esforzando la memoria sin apoyos en la partitura delante, adaptación a las temperaturas de la sala y tantos factores que los concertistas tienen en cuenta en cada salida al escenario.

Las obras elegidas todas ellas exigentes, de estilos cercanos en el tiempo de su escritura pero totalmente variadas: el siempre clásico y «traicionero Mozart» de la Fantasía en do menor, KV. 475 que fraseó con limpieza y fuerza, amplios contrastes de volúmenes para una forma extensa con distintos movimientos continuados (Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I) que permite condensar muchas técnicas sin perder el inimitable sabor del genio salzburgués; el impresionismo francés de Debussy con los tres números  con dedicatoria de «Pour le piano«, maravillando unos pedales ajustados para crear ambientes sin perder claridad en las manos, un Prélude de potencia, la reposada Sarabande y la enérgica Toccata, cerrando el primer bloque nada menos que el Estudio op. 8 nº 12 de Scriabin, el mago ruso emulando los homónimos de Chopin pero elevado a cotas supremas que requieren un esfuerzo global por parte del intérprete mucho más allá del virtuosismo supuesto.

El romanticismo de Schumann con su poco escuchado Carnaval de Viena (Faschingsschwank aus Wien) op. 26 llenó la segunda parte, cinco números que presentan el lenguaje pianístico del alemán complejo de dedos, dinámicas amplias, expresión extrema que necesita madurez y trabajo para sacar a flote los distintos motivos pero también los detalles nunca accesorios, con rubatos adecuados, ataques seguros, mano izquierda marcada y todo el material que un pianista trabaja desde siempre. Allegro, poderosamente rítmico; Romanze, serenidad para un ambiente interior; Scherzino, juguetón y saltarín, sincopadamente claro y contrastado a la vez que preciso para ambas manos; Intermezzo, virtuosismo de arpegios envolviendo una melodía siempre presente desde la fuerza contenida; y el Finale, enloquecido, brutal de velocidad y expresión, verdadero mazazo físico y psíquico, remate brillante a los cinco movimientos que conforman estos lienzos sonoros de un compositor obsesionado con la técnica pero con profundidad expresiva que el tiempo ayudará a madurar en las manos y talento de David Sánchez Álvarez. Mucha suerte en este fin de curso y ánimo porque el camino es largo, contando con una familia que le apoya así como un profesorado guiándole en la dirección correcta. Más no se puede pedir y sabe que en el Conservatorio de Mieres siempre será bien recibido.

Pintando y esculpiendo sonidos

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Sábado 9 de abril, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Somió (Gijón). Recital de piano: Juan Barahona. Obras de Mozart, Schumann, Albéniz y Ginastera. Entrada: 10 €.

Volvía a esta maravilla de museo gijonés y a esa joya de Steinway© el pianista Juan Andrés Barahona Yepez (París, 1989), en una breve parada dentro de su actual formación londinense y tras su paso por el último Concurso Internacional de Piano de Santander o los recitales en la capital británica, y con un programa que continúa confirmándolo no ya como una promesa sino auténtica realidad interpretativa. Cada concierto suyo al que acudo es un paso de gigante, afrontando repertorios de enorme dificultad con los que no se arredra y aportando continuamente una musicalidad innata pero también heredada, aunque fruto de un enorme trabajo desde la pulcritud de su técnica, un sonido poderoso y un respeto hacia la partitura hasta el mínimo detalle, disfrutando en la distancia corta de lo riguroso que es con las duraciones, fraseos, pedales y sobre todo entrega en cada obra, sacándoles la esencia de su estilo y mostrándose igual de cómodo en todos los repertorios.
Si en este mismo museo y preparando el afamado concurso vecino le citaba como «escultor del piano«, este sábado primaveral lo reafirmaba como pianista total, pintor y escultor con cuatro autores genuinamente únicos y cuyo sello personal hace suyos nuestro intérprete ovetense al que «nacieron en París«.

La Sonata para piano en re mayor, KV. 311 de Mozart tiene en sus tres movimientos todo el universo del genio: un Allegro con spirito que retrata la necesaria limpieza con la que debe sonar el tema y la tensión por mantener claro y preciso el desarrollo con un empuje infatigable; el Andante con espressione es uno de los movimientos tranquilos tan mozartianos donde el lirismo y expresión flotan en cada nota, algo que Juan Barahona tiene asumido desde sus inicios, deleitándonos con un fraseo íntimo y cercano; finalmente el Rondó (Allegro) parece recordarnos el de los conciertos de piano por el impacto sonoro donde se dibuja el piano emergiendo de un lienzo ya preparado, incluyendo una cadenza meticulosa que nos hace esperar la entrada de una inexistente orquesta, sólo en la mente del prodigio salzburgués. Sonata limpia de trazo rápido para pintar un fresco impoluto de temática clásica.
Observando los cuadros las Escenas del Bosque (Waldszenen) op. 82 de R. Schumann ponían la banda sonora a un documento en primera persona, nueve imágenes claramente diferenciadas en ánimo y expresión con temática asturiana por la cercanía ambiental. Imposible detallar cada una e impresionante despliegue descriptivo desde el piano, desde la «Entrada» (Entritt) que nos pone en situación, la intriga de claroscuros en «El cazador al acecho» (Jäger auf der Lauer), las casi impresionistas «Flores solitarias» (Einsame Blumen) o la cinegénita canción Jaglied donde el romanticismo puro de cámara saca del piano unas trompas alegres. La «Despedida» (Abschied) nos devolvió a la tranquilidad del museo tras viajar por una masa verde rota por manchas de color en unos paisajes con figuras dignos de los mejores lienzos.

La segunda parte presentada por el propio Juan tenía cierto trasfondo de homenajes y aniversarios, el de la muerte de Enrique Granados (1867-1916), quien completó en 1910 los póstumos e inacabados -solo 51 compases- Azulejos de Isaac Albéniz (1860-1909), y el nacimiento del argentino Alberto Ginastera (1916-1983) que cerraría recital.
De la amplia producción del músico de Campodrón, será la suite Iberia la obra de referencia para todo pianista, y las dos obras elegidas son en cierto modo preparación y conclusión de la misma, todo el lenguaje propio del catalán universal volcado en el piano. La Vega (h. 1887) podría figurar sin problemas como un número más, pero mantenerla independiente (la primera de una llamada Suite «La Alhambra») ayuda a comprender mejor la magnitud de los cuatro cuadernos de Iberia. Con toda la dificultad técnica y expresiva, Juan Barahona tradujo cada momento esculpiendo sonidos y difuminando contornos, dominando la masa sonora con un empleo de los pedales impoluto, unos ataques diferenciados desde la fuerza característica de dinámicas extremas que enriquecen aún más todo el universo de Albéniz. Y los Azulejos (1909) que son la reflexión póstuma a sus cantos españoles y su pasión ibérica desde el piano desde un mayor intimismo (recomiendo la lectura de Manuel Martínez Burgos en la revista del RCSMM). Ideal contraponer ambas páginas como obras acabadas, y no bocetos, miniaturas comparadas con sus compañeras de viaje pero tratadas magistralmente y dignas de exponerse independientes con el recuerdo de las demás en nuestra memoria auditiva. Si realmente no podemos encasillar a Barahona como intérprete de un autor, época o estilo, está claro que Albéniz le abrirá muchas puertas internacionales porque técnica para afrontarlo tiene y madurez solo la dan los años puesto que el trabajo no le asusta ni le detiene.

Las Tres Danzas Argentinas, op. 2 (Ginastera) confirmaron las impresiones anteriores, cómodo en cualquier repertorio, dotado de una fuerza no ya juvenil y lógica sino interior para comunicar desde el piano, los ritmos hermanos fueron el motor abstracto sobre el que plasmar un lenguaje orquestal en el «reducido al blanco y negro» del piano. Las extremas y vigorosas Danza del Viejo Boyero y Danza del Gaucho Matrero, ésta sobremanera por lo vertiginosa y virtuosística, flanquearon la cálida y milonguera Danza de la Moza Donosa, el lirismo que me recuerda La Rosa y el Sauce de su compatriota Guastavino sin palabras contrapuesto al Malambo desde las ochenta y ocho teclas, todo con el inconfundible «sello Ginastera» y la entrega del artista Juan Barahona, pintor y escultor de sonidos, dominador del color y moldeador de formas emocionales en un museo único.

Meditaciones vallisoletanas

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Sábado 13 de febrero, 20:00 horas. Museo Nacional de Escultura, Colegio de San Gregorio, Valladolid. Ciclo «Nada temas, dice ella». Diego Fernández Magdaleno (piano), Meditaciones. Obras de Fenton, Sardà, J. Alain, Kurtág, Joaquín Díaz, S. Bainbridge, Lully, H. Skempton, Benet Casablancas, Cruz de Castro, Federico Olmeda, Teresa Catalán, Francisco García Álvarez, C. Halfter, Marais, A. Grèbol y Edward Ivory. Entrada: 10 €.

Entrar en la capilla del Colegio de San Gregorio impacta por cierta austeridad unida a la comodidad de unas sillas confortables y una calefacción radiante, espacio ideal para asistir a un concierto, donde el piano, flanqueado por los primeros Duques de Lerma como magníficos orantes de Pompeo Leoni llamaban a una primera meditación de la fría tarde de sábado en Pucela.

Con el programa en la mano impresionaba ver nada menos que veinte obras de compositores variados, casi todos actuales, organizados en cuatro meditaciones, un verdadero alarde de originalidad en la composición de cada bloque con el nexo de György Kurtág (1926) en todos ellos y pinceladas históricas intercaladas entre los actuales, como notándose la faceta docente del maestro Diego Fernández Magdaleno (1971) que es capaz de preparar conciertos siempre únicos y muy trabajados en el marco ideal, como el reciente del Instituto Cervantes de París, esta vez con unas músicas para meditar no ya sobre Santa Teresa sino sobre nuestra historia, también la musical, incluso de la actualidad plegada a pie de calle.
Porque el pianista riosecano, Premio Nacional de Música 2010, un humanista de nuestro tiempo, escritor y músico, hila siempre fino y sabe engarzar verdaderas perlas buscando ofrecer momentos para meditar, un embajador de nuestros compositores vivos, equiparándolos con los eternos y los olvidados, igualando en la música categorías vanales de prioridades o gustos para defender partituras con un dominio y expresión como sólo Diego Fernández Magdaleno es capaz de interpretar. Incluso el nexo Kurtàg cuyos 90 años podemos comenzar a celebrar toda esta temporada, esperando siga regalándonos obras como las escuchadas este sábado.

«Meditación I» uniendo ingredientes aparentemente incompatibles pero cocinados en el orden perfecto para este primer pensamiento de atemporalidad, comenzando con un Veni Sancte Spiritus espiritual de George Fenton (1950), seguido por Amor y humor de Albert Sardà (1943), donde la fuerza de los sentimientos toma forma en una ejecución impactante estrenada por el propio painista vallisoletano, un breve respiro «organístico» con El niño Jesús va a la escuela de Jehan Alain (1911-1940), recuerdo infantil sobre el teclado de alguien todavía cercano desde la lejanía, el toque breve y profundo de Somos flores… (1b) de Kurtág que daaría para un tratado sobre la expresividad máxima con recursos mínimos, y la tierra común de Joaquín Díaz (1947), La rosa enflorece cual deseo de olvidar distancias cronológicas, incluso religiosas, y convertir la música atemporal en ideario vital.
«Meditación II» con aumento de tensiones y reflexiones interiores, desde las Campanas de Simons Bainbridge (1952) que resonaron pianísticas en la capilla, el recuerdo francés de J. B. Lully (1632-1687) con una Zarabanda (en transcripción de Marie Bertin) llena de sonoridades violagambistas en un piano universal que se pliega a los lenguajes sin acentos, el Versetto: Temtavit Deus Abraham breve Kurtág porque no puede condensarse más en menos, nueva Reflection 2 esta vez de Howard Skempton (1947) y el admirado Benet Casablancas (1956) Come un recitativo, compositor unido al intérprete como todos los españoles de nuestro tiempo que Diego recrea y engrandece en este segundo bloque.

«Meditación III» de la amistad y el trabajo, obras de la vida y rescate del olvido, Carlos Cruz de Castro (1941) con el Preludio IV, un Andante religioso de Federico Olmeda (1865-1909) inmenso, necesario de interpretar en un espacio desacralizado devolviéndonos autores «ninguneados» con obras capaces de firmarlas sus compañeros de Olimpo, este músico presbítero de Burgo de Osma, folklorista burgalés recuperado por el zamorano Joaquín Díaz de la primera meditación, y recreado por el pianista de Medina de Rioseco, la música de Castilla al piano; el Tiento de tantos tonos (2011) donde Teresa Catalán (1951) juega con la tecla del siglo de oro para traerla a la era digital con los mismos mimbres de antaño pasados por la óptica abierta de los compositores a los que Diego da voz, se entrega, engrandece con mimo por el sonido, matices inconmensurables y profunda reflexión con el punto de inflexión Kurtág Somos flores… (2) antes de Partiré en silencio del cántabro Francisco García Álvarez (1959), interesantísima partitura donde la evolución e involución se dan la mano, lenguaje abstracto que lleva a la pura melodía coral antes del terrible conflicto interior de una partida silenciosa hecha música cercana incomprensible solamente para los inmovilistas de espíritu, de nuevo (re)creado por un Diego Fernández Magdaleno irrepetible.
«Meditación IV» de los grandes, el culmen del concierto donde todo parece encajar del papel al piano, lo antiguo y lo nuevo, padres e hijos, atemporales e imperecederos, herencias actuales y sueños eternos, Cristóbal Halfter (1930) Contando una historia, Kurtág … flores… también las estrellas iluminando el retablo y la capilla renacentista, Marin Marais (1656-1728) La soñadora, Savall en el subconsciente colectivo de intérprete y público, hasta en el título buscado, Armand Grèbol (1958) Fantasía, compositor diría que fetiche para Fernández Magdaleno por las sinergias entre ambos, y Edward Ivory (1985) Resonancia (J. S. Bach, Quédate con nosotros Señor), la paleta de las teclas y el cuadro bachiano leído desde la juventud de un estreno cercano por el propio Diego, crisol y tamiz en el universos de las 88 teclas con un piano que sonó siempre poderoso  (pese al tamaño) e íntimo, conjunción ideal para entorno y título de un concierto irrepetible con el magisterio de Fernández Magdaleno.

Foto © Diego Fernández Magdaleno

Todavía hubo tiempo de escuchar de nuevo a Skempton Extremely quietly en un cuatro por ocho que hizo sonar las piedras.

Como en casa

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 OSPA, Joaquín Achúcarro (piano), David Lockington (director): Evocaciones. Obras de Brahms, Rachmaninov y Dvorak.

Enero es el retorno a la normalidad y nuestra orquesta asturiana volvía con su principal director invitado y con el pianista que más veces ha tocado en Oviedo, el bilbaíno Joaquín Achúcarro al que se le quiere como un asturiano de adopción que no parece cumplir años. Cuando se celebraban en 1964 los 25 años de la primera Orquesta Sinfónica de Asturias, también conocida como Orquesta de Cámara «Ángel Muñiz Toca«, entonces dirigida por Don Vicente Santimoteo, se contó con Achúcarro y su esposa Emma Jiménez que interpretaron el concierto para dos pianos de Poulenc, y ahora en las bodas de plata de la actual OSPA también nos ha vuelto a deleitar Don Joaquín, a quien «Codalario» distinguió en 2014 con el «Premio a toda una carrera«, no ya de intérprete sino también de docente, algo de lo que nuestros políticos deberían tomar nota.

Y realmente normal fue que se convirtiese en el protagonista del cuarto de abono con una obra diríamos «fetiche» para él, como contaba a OSPATV, tocada más de 100 veces, debutada en Siena allá por 1956 nada menos que dirigida por Zubin Metha aún estudiante, o haber ganado con ella el Concurso Internacional de Liverpool en 1959, la Rapsodia sobre un tema de Paganini, opus 43 (Rachmaninov) que data de 1934 estrenada por el propio compositor en Suiza, volviendo a demostrar el dominio del piano tanto en la escritura como en la interpretación de este «quinto concierto» que exige el verdadero virtuosismo para todos, desde el solista que debe pasar al piano las diabluras del violín de Paganini y sobre todo para la orquesta, difícil encaje rítmico si se desea la mejor concertación posible especialmente en las variaciones rápidas. Ésta fue la única pega de una obra que Joaquín Achúcarro tiene interiorizada desde sus inicios (y que celebrase los 18 años de la OSPA en Madrid) siempre aportando cosas aunque no logró transmitirlas al podio, dándose momentos desajustados para una orquesta que iba detrás del solista, especialmente en el unísono del glockenspiel con el piano que casi finaliza un compás antes. Pero si una de las grandezas del pianista vasco es la continua búsqueda del sonido, no queda a la zaga el director británico afincado en EE.UU. al igual que el bilbaíno, alcanzando con la OSPA sonoridades ideales para esta obra, especialmente en la más conocida de las 24 variaciones, tan cinematográfica como recuerda Hertha Gallego de Torres en las notas al programa (que también están en el Facebook© de la orquesta), obra de la que atesoro en vinilo una grabación de Earl Wild que casi rayé de tanto ponerla en el plato.

El maestro Lockington consigue siempre que dirige a nuestra formación un sonido diría que amable, sin estridencias, conocedor del potencial que atesoran todos sus músicos y la belleza interpretativa en cada intervención solista, desde el concertino Vasiliev al oboe de Ferriol o del clarinete de Weisgerber a la flauta de Myra Pearse, solo por citar algunas de las joyas de la rapsodia en bella pugna con el piano. Achúcarro no tiene la fuerza de hace años pero mantiene el gusto característico, la pulcritud de sonido y el rigor hacia la partitura con una técnica todavía impresionante. Y si había dudas tras los detalles antes apuntados, aún nos regaló tres propinas de quitar el hipo:

El Nocturno para la mano izquierda op. 9 nº 2 de Scriabin nos recordó su homónimo con orquesta de Ravel que está entre los preferidos del amplio repertorio del bilbaíno, demostrando la capacidad de emocionar al cien por cien solo con una mano.

Pero el público, ovetense en particular y asturiano en general, le quiere y aplaudió a rabiar, cálido homenaje a un bilbaíno que sentimos como nuestro, por lo que no reparó en volver a sentarse al piano para seguir emocionándonos con su Chopin, otro referente de gusto francés tan cercano a los vascos, primero el Vals nº 14 en mi menor, op. póstumo impecable, con hondura y sentimiento, para después sin apenas mover su característico flequillo blanco por unos años que no pasan para sus dedos y engrandecen cada interpretación, el Preludio op. 28 nº 16 en si bemol menor, virtuosismo sin concesiones a la galería porque tocar en casa es hacerlo para uno mismo, algo que siempre le agradeceremos porque «la vida es más bella con música«.

Brahms abría concierto con la «Obertura trágica» en re menor, op. 81 (1880), con el sonido amable Lockington al que hacía referencia anteriormente, buscando la pureza sin extremismos, dinámicas amplias sin estridencias, cuerda aterciopelada nunca hiriente con unos graves redondeados y buen sustento armónico, madera llena de matices con una tímbrica homogénea y metales empastados solamente exigentes en intervenciones puntuales, transmitiendo ese gusto por dejar fluir la música bajo control, lo que agradecen partituras como las elegidas para este programa de abono. David Lockington transmite a la orquesta desde su gesto amable el gusto y respeto por la música bien entendida sin aspavientos ni exageraciones cara a la galería.

Y más aún lo alcanzó con la Sinfonía nº 6 en re mayor, op. 60 (1880) de Dvorak, un compositor al que la OSPA parece tener cual confirmación cada vez que lo interpreta, siempre con distintos directores como si la entendiesen a la perfección de principio a fin, lo que con Lockington resultó especial precisamente por coincidir en esta búsqueda de la perfección, apreciación muy subjetiva pero que nunca me ha fallado porque la propia plantilla es ideal para las obras del checo, escritas para sacar de la orquesta toda la riqueza que de ella esperamos. Desde el poderoso Allegro non tanto ya presentía que la sinfonía iba a resultar redonda, dinámicas muy trabajadas por todas las secciones, presencias medidas desde una dirección precisa que transmite seguridad a la orquesta, trompas y maderas en este primer movimiento sin desmerecer el resto, con un empuje que nunca decayó sin necesidad de acelerar en los fuertes y arrancando aplausos de unos pocos espectadores. El Adagio aumentó el nivel de musicalidad, fraseos impecables, unos solos de trompa de Morató delicados bien acunados por cuerda y madera, tensiones bien resueltas, contrastes dinámicos muy trabajados, «fortes» con los metales poderosamente presentes frente a los «pianos» de un oboe cristalino (en esta segunda parte Romero), timbales marcados sin un exceso, todo anímicamente preparando el Scherzo (Furiant): Presto en una nueva demostración del entendimiento total y global para la interpretación, partitura, podio y atriles llenos de la vitalidad de ese ritmo endiablado perfectamente encajado de hemiolia, también contrastados con el reposado trío donde los sutiles piccolo y clarinete parecían luchar con la cuerda por ese latido orgánico donde trombones y tuba igual sonaban cual contrabajos soplados que se imponían cual órgano sinfónico a las indicaciones del maestro Lockington, exigente con una cuerda vertiginosa en la que escuchamos todas las notas sin perder pulsión ni ímpetu desde el sello inconfundible de un Dvorak que siempre orquesta magistralmente (dedicada esta sexta a Hans Richter en la dirección de la Filarmónica de Viena) desde una paleta tímbrica realmente personal, para rematar el Finale: Allegro con spirito de la mejor forma posible, implicación de todos en alcanzar la excelencia, intervenciones solistas magníficas y cuerpo orquestal compenetrado para una musicalidad que no debería faltar nunca, triunvirato Dvorak-Lockington-OSPA que parece sinónimo de calidad y cercanía, sintiéndonos cómodos, es decir como en casa…

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