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Maharajá ¡Welcome to Asturias!

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Jueves 15 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIV Festival Lírico Español Oviedo 2017. Estreno absoluto: Maharajá, música de Guillermo Martínez y libreto de Maxi Rodríguez. Nueva producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura).

Asistir al estreno de la primera zarzuela del siglo XXI es una ocasión histórica, más si se enmarca en los eventos para conmemorar 125 años de un teatro por el que ha pasado lo mejor de la música, la lírica, la danza y hasta Premios Nobel, hoy verdadera seña de identidad de la capital del Principado que parece volver a colocar la zarzuela en el lugar que nunca debió abandonar.

Este encargo de la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo al mando de un tripartito que parece algo perdido en cuanto al concepto de cultura (esperemos no prohiba el yoga como escuchamos a Orlando), y aún más de lo que «La Música» (así, con mayúsculas) supone, con una programación que se cargó unos Premios Líricos (que incluso dejaron superávit a las arcas locales y otros recogerán lo sembrado), aunque esta vez al menos apostó por algo tan nuestro como el mal llamado género chico.

Con un escritor como el mierense Maxi Rodríguez capaz de conjugar una crítica feroz con el humor fino y casi británico (será por la ñublina) que tenemos en «la Cuenca«, digno heredero de Vital Aza, que sigue siendo referente en la historia tanto local como de la propia zarzuela, para un relato donde la escena hablada pareció superar la musical, reto difícil que Guillermo Martínez aceptó de buen gusto debutando en este género y pasando a los anales del coliseo carbayón en esta conmemoración.

Producción «Made in Asturias» por todo el elenco que puso en escena (tablas y foso) esta zarzuela actual, crítica, tal vez poco exportable fuera de «la tierrina» más allá del lenguaje cercano y localista lleno de tópicos que funcionan desde nuestro «madreñismo» aunque cruzando Pajares no todos puedan llegar a entender en su totalidad.

El propio Maxi Rodríguez nos lo cuenta en el programa de mano «Desde Asturias para el resto el mundo» (no me doy por aludido pese a mi intención de cabecera De Siana… al mundo y con la música por montera), conocedor de una realidad única e irrepetible con todo lo que supone, al que seguimos habitualmente en sus hilarantes relatos «Parando en Villalpando» que parecieron encarnarse de nuevo en este Maharajá, contando con actores de primera (Martina Bueno, Antón Caamaño, Roca Suárez, Carlos Mesa y Fernando Marrot, Teatro La Cascaya) que recrearon felizmente esta historia personal compartida por un público que volvió a llenar el teatro demostrando que #OviedoQuiereZarzuela (como etiqueta o «hastag« en las redes sociales).

Las partes líricas fueron «otro cantar» que Guillermo Martínez (cosecha del 83) hubo de lidiar desde una madura juventud que respeta la experiencia, bebe de todos los manantiales posibles y los pasa por un trabajo realmente ecléctico que en el caso de la zarzuela actualiza una tradición secular. Veinte números variados con sus «interludios orquestales» intercalados con diálogos por momentos hilarantes aunque difícil encajar los textos del de Ujo en el pentagrama por métricas imposibles que obligaban a romper sinalefas y por lo tanto el necesario ritmo cantado, al lado de adopciones bien traídas de melodías conocidas para letras actualizadas (Dónde vas con blusón y pasmina) y viceversa (Tengo de subir al árbol) en un salto mortal que pudo descolocar al respetable con el que siempre se juega, sátira y humor, sentimientos enfrentados con mucha autocrítica, sorna «minera y dinamitera«, sucesiones de interludios orquestales conjugando lenguajes cercanos (desde el jazz o los musicales de Lloyd Weber hasta el más puro Bollywood) e históricos (habaneras, pasodobles…) con dúos, romanzas (directamente las llama arias) y coros de reminiscencias variadas desde la personalidad y buen oficio de un Guillermo Martínez siempre exigente para las voces.

Marzio Conti, ya ovetense de adopción, en su discreta despedida musical de nuevo al frente de «su» Oviedo Filarmonía, fue responsable -en el amplio sentido de la palabra- de que todo encajase con lo escrito, atento a las voces, buscando los planos adecuados, jugando con los balances de una instrumentación variada donde no faltó el arpa, una batería, ni las percusiones indias, formación de foso que asegura la continuidad de este verdadero festival de teatro lírico en este estreno mundial, entregada a esta apuesta local que defendió con encomiable profesionalidad.

Otro tanto cabe decir de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo (dirigida por Pablo Moras Menéndez) imponente en escena y vocalmente. Guillermo Martínez domina la escritura coral como pocos y los números escritos para ellos fueron ideales tanto para los hombres, recordando al Coro Minero de Turón por el detalle de las fundas (monos decimos por aquí) y los cascos con la lámpara que tanto Maxi como todos los de Mieres conocemos y sentimos nuestros, como para la capilla en su totalidad, fuera (Welcome to Asturias) y dentro del escenario (Manifa y la escena sidrera del nº 15), voces jóvenes, afinadas, empastadas y entregadas además a una acción digna de profesionales. Siguen siendo seña de identidad de la zarzuela en Oviedo y nunca defraudan.

Y para que lo musical complete el éxito nada mejor que elegir las mejores voces para este espectáculo que cierra temporada, cantantes de casa con trayectoria internacional, reconocidos más fuera que dentro, pero con los que se ha contado desde los inicios del proyecto, redondeando un estreno de altura en todos ellos.

En cabeza la soprano allerana y protagonista Beatriz Díaz en el rol de «Vane la de Vallobín» con su inseparable trolley a cuestas, capaz de cautivar a Mishka -persiguiendo hasta Oviedo a Vanisha-, a Ana que quiere ser como ella, a Velino el sindicalista que la espera tras su periplo «indiano», a todos. Simpática, convincente y brillando en cada número, desde el primer dúo protagonista No sueltes mi mano (nº 2) o Quiero ser tú (nº 8) con Ana, hasta su aria ¿Calidad de vida? (nº5), comprometidos por extensión, matices y dicción que sólo una cantante de su calidad podía defender y convencer.
Otro tanto de la mezzo ovetense Mª José Suárez, cantante y actriz, dramaturgia pura por escena y línea de canto desde la hondura, la empresaria del restaurante «Anapurna» emocionando con la hermosa y crítica Niebla (nº7) más el dúo con Vanisha (nº8), sumando carcajadas con Orlando en verdadera química cómica.

Las apariciones en casa del barítono castrillonense David Menéndez se cuentan por triunfos, una portentosa unión de cantante y actor poco habitual que en su caso dota los roles cómicos de personalidad propia, engrandeciendo sus papeles como este Mishka – Mittal del que hubiésemos deseado más arias aunque tanto el dúo inicial como el concertante decimotercero antes del aria Tengo de subir al árbol (nº17) donde volvió a demostrar su excelente momento vocal.
El tenor poleso Juan Noval-Moro encarnando a Velino hubo de aplicarse a fondo para un papel durísimo de cantar y representar, especialmente en su aparición durante la Manifa (nº6) o el concertante con coro Nubes negras (nº9), por presencia y dinámicas, y el aria final Dumping (nº19) aún más potente y enérgica con toda la emoción acumulada en casi dos horas de trepidante y desternillante acción.

Completando el elenco vocal de lujo y merecedor del «título honorífico» de ATA (Adoptado Tenor Asturiano) para el madrileño Francisco Javier Sánchez Marín, habitual en el Campoamor y de risa asegurada con su presencia y buen hacer. Orlando redondea una zarzuela de casa donde su musicalidad y escena, tanto cantada como hablada, fueron siempre aplaudidas. Pareja ideal de Ana en ironías (Puto yoga casi «leit motiv» de este Maharajá sinónimo de carcajada), sentido dúo con ella en Si fueras aventurero (nº 11), cuarteto concertante (nº 13) de sainete «hilarionte» y campeón escanciador de altura en OrLalandO (nº16 junto al coro Bebida Compañera). Siempre un placer tener a Paco en Oviedo.

La prensa del «día después» (gracias a Andrea G. Torres en La Nueva España) recoge mejor que nadie argumento y sensaciones. Personalmente felicitar a todos los responsables, del primero al último (también a los niños figurantes de Divertimento) sin olvidarme de la escena de Carmen Castañón, Alejandro Carantoña como ayudante, la iluminación de Juanjo Llorens, el vestuario de Azucena Rico y Carmen Barquero, colorido, sobre todo el indio con el de la sidrería o la coreografía de Estrella García, para una velada donde sin olvidar la crítica nunca nos falta el humor, calidad desde esta «Asturias, patria de prejubilados» que necesita como nunca no ya un ferrocarril que sigue en el XIX sino nuevas señas de identidad, y la música escénica es una de ellas.

Don Gil de las Asturias

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Jueves 11 de mayo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIV Festival de Teatro Lírico Español Oviedo 2017: Don Gil de Alcalá (música y libreto de Manuel Penella Moreno, Valencia 1880 – Cuernavaca -México- 1939).


Reparto y equipo artístico:
Alejandro Roy (Don Gil de Alcalá ), Susana Cordón (Niña Estrella Miztilán), David Menéndez (Sargento Carrasquilla), Javier Franco (Don Diego), Sandra Ferrández (Maya), Jorge Rodríguez- Norton (Chamaco), Vicenç Esteve Corbacho (El Gobernador), David Rubiera (Padre Magistral), Marina Pardo (Madre Abadesa), Boro Giner (Virrey), Cristóbal Blanco (El Maestro de Ceremonias), María Heres (Una amiga de Niña Estrella). Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (director: Pablo Moras Menéndez), Oviedo Filarmonía, Rubén Gimeno (director musical). Dirección de escena: Emilio Sagi; ayudante de dirección: Javier Ulacia; escenografía: Daniel Bianco; iluminación: Eduardo Bravo; coreografía: Estrella García.

Penúltimo título de la temporada de zarzuela de la capital asturiana aunque solo dos funciones, pero con un lleno que corrobora el lema en las redes sociales #Oviedo quiere Zarzuela, si bien este Don Gil de Alcalá netamente asturiano, sea más ópera española que zarzuela bien elegida para celebrar los 125 años de este coliseo por el que ha pasado lo mejor de la música y el teatro internacional.

Un lujo contar con Emilio Sagi para esta producción «made in Asturias» totalmente exportable a cualquier escenario mundial y con un elenco de altura que engrandece aún más este género escénico del que podemos presumir. Penella compone esta ópera cómica de tres actos en su primera versión solo para orquesta de cuerda (con arpa) dominando la escritura vocal que luce aún más con este acompañamiento. Con una puesta en escena de mínimos realmente bien aprovechados para ambientar la España colonial, un vestuario elegante y sobrio, que visto de cerca no llama tanto la atención (por lo que de nuevo aplausos a la economía de medios cuando hay sabiduría en los planteamientos) pero que mantiene esa gama de blancos y ocres adecuada al color escénico (salvo el guiño azul para la conocida habanera «Todas las mañanitas«), más plateados y dorados puntuales realzados por una iluminación perfecta y sobre todo la imprescindible parte vocal: cantantes, coro y orquesta de primera calidad, encumbraron a este «Don Gil de las Asturias».

Quiero comenzar por los de casa (sin caer en el madreñismo que acuñase mi primo David Álvarez), dado que fueron profetas en su tierra por calidad, cantidad y entrega. Además del citado Sagi, sinónimo de elegancia, respeto y entendimiento con la música, la cuerda de la Oviedo Filarmonía sonó ideal por presencia y musicalidad en todas sus intervenciones, puesto que la textura que da la partitura con el arpa más pizzicati y todos los recursos técnicos ayudan al protagonismo vocal que luce aún más con esta escritura. Lástima que Rubén Gimeno no fuese lo suficientemente claro en el gesto para alcanzar la mejor coordinación entre foso y escena, con desajustes e inseguridades que esperemos se solventen para la representación sabatina, aunque a su favor tuvo la total entrega de instrumentistas y voces. Probablemente quien más incómodo estuvo fue el «coro titular» de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo, pero el maestro valenciano llevó a la orquesta por los derroteros idóneos de dinámicas y aires plegados a las voces.

Mientras las voces femeninas arrancaron dubitativas entre la «dirección de la madre Abadesa» y la del maestro Gimeno, al completo tuvieron que hacer un esfuerzo para encajar los pocos pero hermosos números de conjunto, teniendo en cuenta que por ubicación y efectivos orquestales exige una mayor atención desde la batuta ante la falta de referencias para las entradas y tiempos exactos. Reconocer la dificultad de esta ópera de cámara tanto en los textos, siempre bien vocalizados y afinados, como en su escritura llena de síncopas y contratiempos que de resultar exactos (al menos más trabajados) hubiesen dado un resultado sobresaliente, debiendo conformarnos con un notable alto. Con todo, orquesta y coro siguen siendo la mejor apuesta para este festival de zarzuela asturiano, asentándose en una calidad que mantiene un nivel del que no deberán bajar.

El elenco vocal tuvo al tenor Alejandro Roy como el verdadero protagonista, un Don Gil de Gijón poderoso en todos los registros, convincente y en un estado de gracia que ya asombrase en  su anterior visita como Curro Vargas. Seguro, con una línea de canto grandiosa sin escatimar en medios a la vez que recogido en los momentos sentimentales, pocos tenores pueden interpretar este complicado rol en el que Penella vuelca sus mejores melodías tanto en las romanzas como en los dúos y concertantes donde siempre sobresale por tesitura y dinámicas, así como de color ideal combinado con el de la Niña Estrella.

El castrillonense David Menéndez, habitual en nuestras temporadas de ópera y zarzuela así como en programas sinfónicos, dio vida al Carrasquilla andaluz simpático, pícaro y «tunante», contrapeso de su paisano y compañero de estudios, empaste de dos asturianos en todos los sentidos, química desde la musicalidad y rompedor en el brindis con vino de Jerez que cierra el primer acto, tras su conocido canto a la sidra cual catador de caldos y romanzas de todo calado unido a una escena que siempre cautiva al respetable, independientemente de lo difícil que resulta imitar acentos locales según exigen los libretos (no me imagino tener que cantar un aria «a la» milanesa, veneciana o napolitana).

Me impresionó la clara mejoría vocal, en parte por un papel vocal y escénicamente ideal, del tenor avilesino Jorge Rodríguez-Norton como Chamaco, mejicano salao y sembrao que diría un andaluz, ganándose al respetable en cada aparición, emisión clara en toda la tesitura, concertantes presentes, buen gusto en el dúo ¡Ay! zúmbale con Maya, y una verdadera recreación de un papel cómico en el que se desenvolvió con soltura y calidad.

Breve pero segura la Madre Abadesa de la mezzo cántabra Marina Pardo, en un papel mal llamado secundario pero que voces como la de esta asturiana de adopción suman en el buen resultado final. Tampoco quiero olvidarme de los «comprimarios» que saltan del coro a los pequeños papeles, Cristóbal y María verdaderos profesionales que siempre ayudan a completar elencos de nivel como el de este «Don Gil de las Asturias».

Susana Cordón, soprano mallorquina de nacimiento y valenciana de adopción, compartió protagonismo y triunfo como la Niña Estrella de la que todos se enamoran y enamora con un color precioso, dicción y proyección perfecta, musicalidad y comicidad en las dosis idóneas, empaste en dúos y concertantes, amén de la técnica necesaria para redondear su personaje, ya muy aplaudida en la inicial «Bendita cruz» aunque la habanera resultó de lo mejor con su compañera, la soprano-mezzo valenciana Sandra Ferrández que nos dejó una Maya cercana, salada, empastada con Miztilán, contrapeso de Chamaco y quinteto coprotagonista de colorido rico en matices, asentando un elenco vocal de calidad que redondeó una función triunfante.

Me gustó el barítono coruñés Javier Franco como Don Diego, más por la diferencia de color con Carrasquilla que siempre se agradece, seguro en canto y escena, aunque «los malos» no siempre triunfan sobre los pícaros.

También breves pero convincentes y de menor a mayor relevancia en el global los barítonos que interpretaron al Gobernador, Vicenç Esteve Corbacho, algo titubeante y hasta afónico en el inicio, más actor que cantante el catalán, el Virrey de Boro Giner, y el Padre Magistral (literalmente) del cántabro David Rubiera, con un registro grave que pedía más la voz de bajo aunque suficiente sin ser potente.

En definitiva un Don Gil de Alcalá triunfador globalmente al que solo faltó mayor seguridad sobre la escena que supongo el sábado y ya rodado resulte sobresaliente. Me consta la llegada de aficionados de fuera confirmando que los políticos no parecen ver que la cultura y en especial la música, son una verdadera inversión más allá del gasto, y pese a las penurias, recortes o sueldos bajos, el amor y la profesionalidad pueden ofrecer un producto verdaderamente rentable ¡incluso electoralmente!.

Se detuvo abril

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Domingo 30 de abril, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Piotr Beczala (tenor), Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de: Verdi, Massenet, Rossini, Donizetti, Bizet, Gounod y Puccini.

No se puede pedir más para terminar una semana grande de abril en Oviedo, «La Viena del Norte» que el debut en Asturias del mejor tenor del momento, el polaco Piotr Beczala que vino con lo mejor del repertorio operístico francés e italiano acompañado por la habitual orquesta del foso del Teatro Campoamor (qué bien hubiera estado tenerlo para celebrar los 125 años) con Conti en su progresiva despedida musical, y el Coro de la Ópera de Oviedo, un broche de oro para una programación digna de las grandes capitales culturales, y la asturiana es una de ellas aunque los gestores miopes sigan pensando que la cultura es otra cosa.

Verdadero festival operístico de arias y coros de ópera sin escatimar esfuerzos por parte de nadie desde la obertura de I vespri sicialini (Verdi) bien llevada por la OFil y Conti en planos y tiempos antes de la primera aria de Beczala, «Di’tu se fedele il flutto m’aspetta» de Un ballo in maschera, verdadera piedra de toque para casi todos los grandes tenores líricos de la historia, muchos de ellos pasando por el centenario coliseo carbayón, y el polaco pasando a engrosar la larga lista, en estado vocal y físico perfecto para cantar Riccardo, timbre hermosísimo, color homogéneo en todos los registros con un cuerpo de auténtico tenor, bien acompañado por una orquesta esta vez detrás, lo que no siempre tuvo en cuenta el director florentino que apenas se «apiadó» por mantener los matices escritos aunque siempre atento al polaco que sí lo cantó todo, graves poderosos, medios fuertes y agudos seguros con el exigente salto descendente de octava y media que casi nunca escuchamos, pese a estar en la partitura, bien acompañado por el coro ovetense en estado de gracia.

Comentábamos unos cuantos que peinamos canas al descanso que Alfredo Kraus será para muchos de nosotros el verdadero y genuino Werther de Massenet, casi el único, poniendo el listón tan alto que su referencia estará siempre presente «por los siglos de los siglos», sobre todo en Oviedo donde aún se le recuerda como si fuera ayer. «Pourquoi me réveiller» en la voz de Piotr Beczala alcanzó casi la esencia del canario, poderosamente lírico, línea de canto ideal, emisión perfecta y sobre todo emoción, levantando los primeros bravos de un público que no llenó el Auditorio, tal vez por el llamado «puente de Mayo» aunque no faltaron muchos habituales de la temporada ovetense, que seguramente estuvieron en el Liceu escuchando al polaco en este rol.

Las voces graves del coro de la ópera cantaron el conocido coro de aldeanos «Quel jour serein le ciel présage!» de Guillermo Tell (Rossini) porque en una gala lírica no podía faltar «el Cisne de Pesaro» aunando Italia y Francia, feliz interpretación y notándose ya la mano de Mitrevska en color, empaste y amplia gama de matices en todas las cuerdas.

Una de mis óperas preferidas, y puede que más escuchadas en vivo, es Lucia de Lammermoor (Donizetti) con representaciones históricas y varios Edgardo para el recuerdo (por supuesto Kraus a la cabeza) por lo que poder escuchar «Tombe degli avi miei» cantado por Beczala me emocionó particularmente, más al comprobar que pese a los aplausos y con los hombres del coro en pie todavía quedaba el suicidio, esa bella alma enamorada («Tu che a Dio spiegasti l’ali, O bell’alma innamorata…«) donde solo faltó Raimondo preguntando con voz de bajo profundo «Che facesti?» al desdichado, porque nuevamente quedó demostrado el escalafón tenoril con un Piotr poderoso e íntimo, cantando lo escrito desde la recreación del personaje a pesar de lo destemplada de una orquesta cuyos metales nunca fueron matizados desde el podio. Un placer este final de «mi Lucia» en la voz del tenor polaco.

Si la primera parte nos dejó boquiabiertos, quedaba la segunda nuevamente con lo mejor del repertorio francés e italiano. El Preludio del acto III de Carmen (Bizet) bien llevado por Conti que olvidó hacer saludar al arpa acompañante del solo de flauta a cargo de Mercedes Schmidt, dio paso a la conocidísima aria de la flor, «La fleur que tu m´avais jetée» que no puede cantarse mejor ni con más gusto, incluyendo el agudo pianísimo tan difícil y nuevamente con la orquesta algo «pasada de matices» que no taparon la emisión perfecta del polaco, con una cuerda aterciopelada en esta verdadera recreación de un Don José de referencia en este siglo.

Aún cercano el Fausto (Gounod) del Campoamor, volvimos a disfrutar con el coro de soldados («Gloire immortelle de nos ayeux») a cargo de las voces graves potentes, afinadas, de dicción perfecta y con la OFil sobre el escenario antes del aria «Salut Demeure chaste et pure» con un Beczala bordando el personaje en toda su expresión, poco ayudado por la orquesta, con unos agudos brillantes algo tapados, el registro medio redondeado y sobre todo una musicalidad que devuelve su Fausto al nivel de nuestro Kraus, algo de agradecer en tiempos de penurias tenoriles salvo contadas excepciones (cancelaciones aparte).

Teniendo un coro en escena no podía faltar «Va pensiero, sull’ale dorate» de Nabucco (Verdi) que las voces de nuestra temporada operística cantaron de memoria sentido y bien acompañadas de una OFil con Conti bien matizado como era de esperar en un canto que casi se convierte en el himno de los oprimidos a lo largo de una historia que seguimos escribiendo y coro popular nunca populista.

El fuego lo pondría Il Trovatore (Verdi) con la comprometida aria «Di quella pira» donde Manrico Beczala no pareció estar a gusto, con menos «fiato» del esperado aunque abordando todas las notas de la partitura y con poca mano izquierda de Conti que estuvo más pendiente de las entradas y el «tempo» que de los matices, a punto de quemarse en esta pira verdiana pese a un coro de hombres perfecto cantando «All’armi» como el tenor…

Pocas veces se puede escuchar en un recital «Nessun dorma» de Turandot (Puccini) completo, un lujo y verdadero placer en las voces de Piotr Beczala y el Coro de la Ópera de Oviedo ideal, perfecto cierre de un concierto para el recuerdo donde las propinas estuvieron a la altura del Calaf polaco.

Si en la primera parte se nos suicidaba Edgardo, Mario Cavaradossi antes de ser fusilado canta «adiós a la vida» en Tosca (Puccini), la conocida aria «E lucevan l’estelle» que el polaco cantó a gusto y con gusto, la OFil contenida para disfrutar del poderío y buen cantar de un tenor triunfador en Oviedo.

No estamos acostumbrados a la opereta aunque la conocemos y suele programarse en recitales. Beczala también tiene en los suyos a Lehár que no podía faltar (¡ay, me muero si llega a estar con la Netrebko!) y más teniendo al coro de hombres de la ópera de Oviedo, «Freunde, das Leben ist lebenswert» de Giuditta, más el extraordinario violín solista de Andrei Mijlin, matices impresionantes, juego con el «rubato» bien entendido por Conti, musicalidad a raudales y otro regalazo antes del «Core N’grato – Catari» (Salvatore Cardillo), nuevo recuerdo, legado o tributo a Kraus y la lírica de la canción popular napolitana (faltó la mandolina) bien interpretada por todos para una lección de buen gusto a cargo del mejor tenor actual sin lugar a dudas por lo escuchado en Oviedo deteniendo abril…

Más zarzuela en Oviedo

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Jueves 30 de marzo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXIV Festival Lírico Español Oviedo 2017. Doña Francisquita, comedia lírica en tres actos, música de Amadeo Vives (libro de Romero y Fernández-Shaw). Estrenada en el Teatro Apolo de Madrid el 17 de octubre de 1923.
Producción del Teatro Villamarta, en coproducción con la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

Reparto vocal principal:

Sonia de Munck (Doña Francisquita), José Bros (Fernando Soler), José Manuel Zapata (Cardona), Cristina Faus (Aurora), Mª José Suárez (Doña Francisca), Enrique Baquerizo (Don Matías), José Manuel Díaz (Lorenzo), Yolanda Secades (Irene la de Pinto).

Equipo Artístico:

Dirección de escena e iluminación: Francisco López. Escenografía y figurines: Jesús Ruiz. Ayudante de dirección: Sonia Gómez. Coreógrafo: Javier Latorre. Director del ballet «Molinero en Compañía»: Alejandro Molinero. Rondalla de la Orquesta Langreana de Plectro.
Coro Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» (Pablo Moras Menéndez, director). Oviedo Filarmonía. Dirección musical: José María Moreno.

Nuevo lleno en un caluroso Campoamor para el segundo título de la vigésimocuarta temporada de zarzuela, la de los recortes que solo nos deja dos funciones de cada, pero que como reza el título de esta entrada Oviedo quiere más zarzuela y sobre todo con la calidad de Doña Francisquita, una verdadera ópera cómica en el templo lírico asturiano. Y apostar por voces de reconocida calidad unidas al equipo habitual del teatro como la OFil y «La Capilla» asegura el reconocimiento del respetable donde su grueso está en los jubilados que han vivido con la zarzuela mientras sus nietos descubren nuestro verdadero musical español que hace tiempo dejó de ser «casposo» para convertirse en algo totalmente exportable.
La partitura de Vives más el libreto de enredo habitual en «los felices 20» organizada en tres actos, con descanso tras el segundo, se ambienta en la literalidad y respeta las partes habladas que se omitían en aquellas grabaciones de pizarra, de vinilo e incluso las últimas llevadas al CD, exigiendo una escena compleja para todos: actores, figurantes (a uno de ellos accidentado en los ensayos se le dedicó por megafonía esta representación), coro, cuerpo de baile y unos cantantes que defienden el texto hablado con igual profesionalidad que sus músicas.

Así pudimos disfrutar de una escenografía de época bien armada desde Andalucía, jugando con los planos visuales en los actos para girarse al final y convertir esas fachadas en una corrala verbenera del corazón más castizo de Madrid.

Vestuario colorido, iluminación apropiada para cada número, movimiento en escena bien organizado con el juego que dan las puertas y «calles», un cuerpo de baile más allá del conocido fandango colocado al final (en vez del más habitual Canto alegre de la juventud) que no funcionó al invitar a palmearlo con el público (ni siquiera en la repetición para ir saludando todo el elenco, creando algo de confusión como dándole la razón al simpático borracho pidiéndolo reiteradamente), y la pareja solista de bailarines marcándose una escena de capa bellísima, complementando al conocido coro de románticos, y por supuesto los cantantes organizados como en el cine, pareja protagonista, los llamados cantantes cómicos más los comprimarios completando con «los de casa» (coro y orquesta donde no faltó la rondalla) una producción jerezana sobresaliente para un título que siempre triunfa allá donde se programa, especialmente con repartos de altura como el que pudimos escuchar en Oviedo.

De los protagonistas una Doña Francisquita de primera a cargo de Sonia de Munck con romanzas tan agradecidas, difíciles y bien cantadas como el «ruiseñor» y el Fernando Soler de José Bros convincente, potente (aunque su «vibrato» puntual en los agudos fuertes siga sin gustarme así como algún momento de nasalización) en un rol que lleva tiempo en su repertorio, además de hacer propio la conocida romanza Por el humo se sabe dónde está el fuego. Los dúos igualados en intención y credibilidad vocal, Siempre es el amor ideal para una pareja que empasta en color y musicalidad.

La Beltrana a cargo de Cristina Faus resultó otra recreación para la mezzo que defendió su papel aunque puntualmente tapada por la orquesta en el grave, pero con un color de voz apropiado al juego dramático que le toca desempeñar, números musicales exigentes como Soy madrileña, el cuarteto del primer acto, la escena del «carnaval» del segundo acto, o la escena Escucha, mi bien con Bros que la valenciana cantó con aplomo y gracejo o en el trío, al igual que el conocido «Marabú» con José Manuel Zapata como Cardona, éste más en la línea de actores cantantes que viceversa, lástima para un tenor que parece haber tenido que renunciar a papeles de más enjundia aunque la simpatía granadina le va muy bien a este personaje, arrancando carcajadas disfrazado de maja.
Excepcional Matías de Enrique Baquerizo, voz hablada poderosa y cantada con el poso que tiene la veteranía unido a una escena de lo más completa, marcándose una mazurca de altura. Doña Francisca por la ovetense Mª José Suárez equiparable al barítono madrileño en un papel mal llamado secundario que reúne textos hablados jugosos y números cantados con el aplomo y seguridad a que nos tiene acostumbrados. También ayudaron a completar con calidad el Lorenzo de José Manuel Díaz, o Irene la de Pinto de la asturiana Yolanda Secades (que de nuevo salta del coro a estos papeles breves pero exigentes). No puedo decir lo mismo de los «comprimarios» como El lañador o La buhonera iniciales que se quedaron cortos de emisión y con más nervios de los deseados pero que también necesitan su rodaje (repitió de cofrade 3º) y fueron ganando en las siguientes apariciones (caso de la aguadora o el cofrade 1º como Sereno).

Buen trabajo de conjunto vocal que redondeó la Capilla Polifónica en un estado vocal idóneo en sus conocidos coros como el citado de «románticos«, presente incluso fuera de escena, aunque tiendan a frenar los tiempos, además de aportar un movimiento sobre las tablas verdaderamente profesional, siendo muchos de sus componentes unos figurantes excelentes.
Desde el preludio hasta el final la OFil sonó bien balanceada desde el foso pese a lo apretados y compartido con el pulso y púa langreano (en vez de utilizarlos en el escenario) necesarios siempre para redondear una función bien llevada por el maestro José María Moreno que hubo de luchar para «tirar» por momentos de algunos números pero manteniendo el equilibrio y mimo necesario para no enturbiar las voces, brillando sin destellos, quedando algo «ocultas» las castañuelas o la propia rondalla en beneficio más vocal que escénico, desde una partitura que conoce a la perfección y siempre a su servicio, como debe ser, más contando con la calidad que brilló en esta primera función, porque Oviedo quiere más zarzuela como esta del jueves.

P. D.: Aquí dejo las primeras impresiones en la prensa regional del viernes:

Un piano en la niebla

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Jueves 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» (25 años): Juan Pérez Floristán (piano), Oviedo Filarmonía, Kerem Hasan (director). Obras de Rachmaninov y Beethoven.

Llegaba a Oviedo el pianista Juan Pérez Floristán, ganador del XVIII concurso de piano de Santander el verano de 2015, para interpretar con la Oviedo Filarmonía y el director Kerem Hasan, finalista el pasado año en el prestigioso concurso de dirección Donatella Flick, dos jóvenes que dejaron buen sabor de boca, con un Concierto para piano y orquesta nº 2 en do menor, op. 18 (S. Rachmaninov) bien pactado por ambos en cuanto a tiempos, reposados exigiendo aún más concertación, apostando por la claridad más que el puro virtuosismo. La OFil estuvo reforzada y bien equilibrada en dinámicas y presencias, aunque esta vez la cuerda, especialmente la grave (cellos y contrabajos) no sonaban con claridad, como con cierta nebulosa en los pasajes con figuras rápidas, si bien las notas largas alcanzaron el «colchón» ideal para los paisajes más melódicos dialogando con el piano. El trabajo del director inglés se notó y las cadencias del pianista sevillano fueron lo mejor del conocido «segundo de Rachmaninov» que rara es la temporada que no lo escucho en vivo. Como comentaba anteriormente, todo el concierto mantuvo tiempos tranquilos, mandando el pianista desde el I. Moderato que marca el pulso a la orquesta, reposado todo él salvo los momentos puntuales de aceleración, equilibrios algo inestables o contención en el solista, puede que buscando la fusión de ambos en las partes concertadas. El II. Adagio sostenuto dejó los mejores momentos, cuerda aterciopelada, trompas empastadas y madera bien cantada (la clarinetista mantuvo un duelo lírico realmente precioso así como el oboe) para disfrutar de esas melodías tan reconocibles y criticadas entonces como de conservadoras. El III. Allegro scherzando volvió a dejarnos esa neblina en los graves pese a sonar redondos, con metales equilibrados y percusión en su sitio donde los timbales siempre marcan encajando a la perfección con un piano que mantuvo el tipo en perfecto entendimiento con el director.

Interesante la primera propina elegida sobre un tema irlandés, The Tides of Manaunaun (Henry Cowell) que posteriormente utilizaría como primer movimiento para piano y orquesta de sus Four Irish Tales, con un lenguaje rompedor para hace cien años, «clusters», inmensos en los graves sobre los que emerge de la niebla, hoy casi omnipresente, la melodía popular, sonoridades intrigantes bien llevadas por Pérez Floristán. Merecidos aplausos y segundo regalo de los conocidos Cuadros de una exposición de Moussorgsky, el juguetón Baile de los pollitos en sus cáscaras de limpieza rítmica y melódica, tiempo valiente, tímbrica bella y excelente colofón para esta parte con piano.

La Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 de Beethoven está «incómoda» y aislada entre dos colosos (como son la Heróica y la Quinta) como también recuerda Luis Gago en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) pero con la frescura que Hasan buscó en su versión bien estudiada y trabajada para una formación ideal en estos repertorios sinfónicos entre los periodos clásicos y románticos. Literalmente fue Robert Schumann quien calificó esta obra como «la grácil criatura griega en medio de dos gigantes germánicos», una cuarta que se ha visto injustamente relegada y no ha tenido tanto favor de orquestas y público pese a ser una joya bien estructurada apuntando palabras mayores en una progresión anímica desde la orquestación hasta los tiempos de sus cuatro movimientos.

El I. Adagio preparó el ambiente beethoveniano antes de la frescura vienesa al mejor estilo de «papá Haydn», sacando lo mejor de la OFil en el ataque del Allegro vivace con los timbales mandando, dinámicas amplias, violines muy presentes ante el empuje del viento pero la claridad duraba lo que tardaban los pasajes en semicorcheas que volvían a empañar la limpieza de este movimiento. Más equilibrado resultó el II. Adagio porque los tiempos lentos son más propicios a brillar todas las secciones y el maestro inglés se encargó de sacar a la luz los motivos con mimo y precisión, balances logrados antes del III. Allegro vivace – Trío. Un poco meno allegro, encaje de bolillos para todas las orquestas y directores, diálogo entre secciones, contestaciones jugando con los matices y la evolución de tiempos dentro del mismo movimiento, todo marcado perfectamente por un Hasan de gesto claro, minucioso, un orfebre para este juguete plenamente beethoveniano aunque desde mi modesta opinión no sonó con la precisión que se transmitiía visualmente. El IV. Allegro ma non troppo puso el broche final con las mayores exigencias de una partitura endiablada que apostó por un aire arriesgado poniendo de manifiesto las «carencias» apuntadas en la orquesta y el rigor por parte del joven director inglés al que habrá que seguir de cerca. Final de una velada con un piano entre la niebla, la que parece planear en el futuro local ovetense ante los aguafiestas de políticos que siguen miopes en cuanto a la oferta musical que la capital lleva años manteniendo con calidad y rigor a la que siguen axfisiando poco a poco…

La emoción como plena inclusión

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Viernes 24 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Mosaico de Sonidos«. OSPA, Oviedo Filarmonía, Óliver Díaz (director). Obras de E. Aragón, J. Falcone, B. Lauret y M. Mussorgski. Entrada libre previa invitación (agotadas desde semanas antes).

Escribir del proyecto «Mosaico de sonidos» ya lo han hecho mejor que yo, por lo que transcribo y completo lo ya escrito por otros:

La obra que interpretaron la OSPA y la OFIL, dirigidas por Óliver Díaz, y que abrió el concierto, fue La flor más grande del mundo (2007), una partitura compuesta por Emilio Aragón sobre texto de José Saramago, sobre la que los participantes estuvieron meses trabajando con los propios músicos de la orquesta y con sus preparadores y monitores. Patrocinada por la AEOS (Asociación Española de Orquestas Españolas) que preside la gerente de la OSPA, Ana Mateo, y la Fundación BBVA.
La intención de los responsables del proyecto es que no sea un concierto extraordinario, sino que se incluya dentro de la temporada de abono de las orquestas, para que cobre fuerza la iniciativa de integración de personas con discapacidad en la sociedad actual. «No hemos querido que se trate de un concierto extraordinario. La integración social y la visibilidad de estas personas y sus capacidades se logran mejor en un concierto ordinario», apuntó Mikel Cañada, coordinador del proyecto y que lo presenta en el número de febrero de la revista Scherzo.

Meses de duro trabajo que arrancaron en 2015 a lo largo de toda la geografía española con los profesores de las orquestas, con discapacitados plenamente capaces de integrarse e interrelacionarse con la música no ya como terapia sino como verdadero cauce de sentimientos que transmitieron a un auditorio lleno hasta la bandera don familias, amigos, docentes, músicos, melómanos y no iniciados en el mundo sinfónico disfrutando todos juntos de un concierto especial, inclusivo e irrepetible como todos los espectáculos en directo que alcanzan el premio de la esperada cima tras el esfuerzo de tantas y tantas jornadas, esperando repetir y volver a explorar unas sendas ya conocidas.

«Plena inclusión» como proyecto en el que se ha implicado la AEOS para devolvernos a la sociedad lo que tanto les damos en palabras de Ana Mateo, y realmente con creces a la vista del éxito y sobre todo la emoción. Unir en el escenario a las dos orquestas de nuestro Principado, la autonómica y la capitalina, bajo la dirección de Óliver Díaz es ya un acontecimiento (creo que para finales de junio repetirán con la Resurrección de Mahler, esperando ver algún día una de Los Mil asturianos). Implicarse en este mosaico de emociones es un premio no ya solidario o educativo sino un hito que debe repetirse como el cuento para niños de todas las edades de Saramago hecho realidad. El concierto comenzó con la proyección de un corto de Ángeles Muñiz donde se mostraba parte del trabajo previo.

El relato por parte de los actores, músicos y voluntarios fue desgranando una historia con un final de apoteosis emotiva, «La flor más grande del mundo» donde en vez de deshojarla crecía, protegía y abría deseos de los participantes, totalmente suscritos por todos los presentes, presentándose y pidiendo sonrisas, lágrimas, vida a fin de cuentas, con la música de Emilio Aragón (artista integral) nacida para el corto del mismo título pero donde las imágenes fueron otras aunque igualmente emotivas, y la banda sonora esta vez asturiana de alma y corazón. Ambientes sonoros creados por la gran orquesta para la ocasión y los chicos, coreografías, cotidiáfonos, pinceladas de música de nuestra tierra como ese A coger el trébole (2017) de John Falcone (uno de los asturianos implicados en el proyecto junto a otros que figuran en el programa que he dejado escaneado), fragmentos de las Escenas asturianas (1976) del siempre recordado Benito Lauret, pasando por un gaitero para abrir espectáculo y cerrar como en las grandes ocasiones con nuestro himno que fuimos incapaces de cantar juntos ante el cúmulo de sentimientos que te cortan la respiración, poniendo la carne de gallina por el esfuerzo y valentía de enfrentarse a este concierto, pero sobre todo cuando el maestro Óliver Díaz cedió batuta y frac a Iván Vázquez para finalizar esta «flor» desde el podio mientras Díaz se unía al relato verbal (dicción tan buena como la dirección) como uno más, todos juntos para la verdadera y PLENA INCLUSIÓN unida a la emoción. Si la música es imprescindible en esta vida, este cuento con final feliz no tiene palabras porque son irrepetibles como los sentimientos.

La parte sinfónica tras tantas emociones, la ocuparon los Cuadros de una exposición (1874) de Mussorgski interpretados por miembros de las dos orquestas cambiando algunas posiciones y concertino (Vasiliev en la primera y Miljnic en la segunda) para una plantilla ideal donde lo que más agradecimos fue la cuerda (calcular desde los ocho contrabajos el total) para alcanzar el equilibrio deseado en partituras como esta orquestada por Ravel desde el original pianístico del ruso, una maravilla ver y escuchar cada número con una gama dinámica espectacular y un entendimiento nuevamente de «plena inclusión» de unos músicos que sumaron calidades para responder perfectamente a la dirección de Óliver Díaz a quien ambas formaciones sinfónicas conocen bien, uniendo los atriles principales para regalarnos unas estampas igual de emocionantes que la primera parte.

Especialmente brillantes los ambientes sonoros alcanzados con variedad de dinámicas y tiempos, sonoridades íntimas y explosivas con intervenciones solistas de gran calidad. Me quedo con el clima de El viejo castillo, la claridad del «ballet de los polluelos» en una cuerda que parecía llevar junta muchos años, el crecimiento emotivo de las Catacumbas y la salida triunfal por La gran puerta de Kiev que puedo decir resultó como otro gran castillo de fuegos artificiales para una fiesta de inclusión en unos tiempos donde la exclusión quiere imponerse, volviendo a demostrar que la música como único lenguaje universal, consigue lo impensable desde lo más profundo del ser humano: la sensibilidad que debemos regarla como «la flor más grande del mundo».

El Rigoletto de hoy

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Domingo 29 de enero, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXIX Temporada de Ópera de Oviedo: Rigoletto (Verdi), segunda función. Producción de la Ópera de Oviedo procedente de la Ópera de Saint-Étienne. Entrada delantera de general: 55 €.

FICHA ARTÍSTICA
El Duque de Mantua: Celso Albelo
; Rigoletto: Juan Jesús Rodríguez
; Gilda: Jessica Pratt; 
Sparafucile: Felipe Bou
; Maddalena: Alessandra Volpe
; Giovanna/La condesa: Pauline de Lannoy
; El Conde de Monterone: Ricardo Seguel; 
Marullo: José Manuel Díaz; 
Borsa: Pablo García-López; 
El Conde de Ceprano/Ujier: Javier Galán; 
Paje de la Duquesa: Lara Rainho.
Dirección musical: Marzio Conti; dirección de escena: Guy Joosten; 

Orquesta Oviedo Filarmonía (OFil); Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska).

Tarde de domingo para una ópera esperada, con lleno hasta «gallinero» donde no faltó la clá procedente de Bilbao y Donosti, seguidores no ya de Celso Albelo, que debutaba en la temporada carbayona, sino verdaderos aficionados que suelen acudir a otras representaciones hasta «nuestra Vetusta«, porque la ópera de Oviedo mueve masas con todo lo que supone para la capital de imagen cultural e ingresos. Lástima que los políticos no lo vean así, aunque espero que vayan abriendo los ojos aunque la lírica no parezca estar entre sus aficiones. Al menos el concejal local del ramo y otros políticos sí acudieron este último y primaveral domingo de enero.

Pero si el tenor canario parecía ser la figura con más «gancho», tanto el trío principal como el famoso «cuarteto» eran un reclamo para el aficionado fiel, sumando todo un elenco de papeles secundarios con muchos cantantes españoles, figurantes y demás participantes en esta veterana producción para uno de los títulos más esperados, incluso para Pachi Poncela, que tiene «su obertura» treinta minutos antes, es «la ópera». Si me permite parafrasearle, este último título era «El Rigoletto», siempre con esa manía de poner artículos a los divos.

Y es que Juan Jesús Rodríguez encarna en estos momentos no ya el barítono verdiano sino al Rigoletto actual, los dos mundos de los que nos hablaba el comunicador gijonés construidos desde una vocalidad clara, rotunda, preciosista, de amplia expresividad en todos los registros unido a una escena poderosa que llena con su sola presencia, ese jorobado capaz de transmitir exterior e interior, el trabajo y los sentimientos personales, el personaje dual al que la «maledizione» parece perseguirle en este drama de Victor Hugo con el que Piave construye un libreto que Verdi eleva a la ópera de su vida en plena cuarentena. Aunque las intervenciones en general resultaron algo lentas, tónica general de casi toda la ópera, y los fraseos del andaluz no sean los de Leo Nucci que sigue siendo referente, está claro que el Rigoletto de Juan Jesús Rodríguez es personal e intransferible. Cada aria (de nota el Cortiggiani), cada dúo, incluso en el cuarteto, resultó prodigiosa su versatilidad anímica desde el canto.

El tenor canario es muy querido en Asturias y ha venido varias veces invitado por la ALAAK para distintos recitales (incluso con el citado Nucci), pero nos faltaba el esperado debut dentro de la temporada del coliseo capitalino, y nada mejor que con su Ducca, un rol que Celso Albelo ha ido moldeando a la par que su voz, ahora «más hecha», unido a su exquisita dicción y emisión que perfila este personaje con las arias más conocidas de Verdi, cantadas con la musicalidad acostumbrada, pianísimos de cortarnos la respiración y agudos en toda la gama, sumándole los ornamentos propios para construir este personaje tan distinto a su propia personalidad, de nuevo los dos mundos desde la ópera. Cantar tumbado boca arriba en el último acto con Maddalena permitió disfrutar de su técnica, mejor que ese baile «a lo travolta» que realmente no le va, pero fue otro de los triunfadores de la noche aunque no me respigase (si es que sirve de referencia personal), dejándonos un buen dúo con Gilda, mejor que el Questa o quella, y una interesante Donna è mobile por la línea de canto elegida para la más universal de las arias de tenor, jugando con fraseos y matices variados para una tesitura sobrada.

Jessica Pratt, también «descubierta» en una gala lírica celebrada en el Auditorio (también con el barítono onubense más los asturianos Beatriz Díaz y Alejandro Roy), fue una Gilda que crece como su personaje, de lo infantil a lo carnal con amor y resignación. Las agilidades de su papel no tuvieron secretos como tampoco su color brillante y una amplia gama de matices con un Caro nome de muchos quilates, pero sobre todo un cuarteto equilibrado entre dos mundos, ella con su padre en la reja mientras el Duque flirtea con la voluptuosa Maddalena en la taberna, la ya conocida Alessandra Volpe de breve protagonismo pero exigente porque la mezzo es pieza clave no ya en la trama sino en el colorido del más bello concertante verdiano, capaz de inspirar hasta una película.

Con este equilibrado elenco, no se quedaron a la zaga el resto, comenzando por varios «habituales» en el Campoamor como el Sparafucile de Felipe Bou, mejor que en sus anteriores visitas, bien secundado en su primera aria por un perfecto acompañamiento de cello y contrabajo en octavas que «cerró el trato» con Rigoletto en lo más bajo del registro; otro que cumplió con creces fue José Manuel Díaz con un Marullo bien cantado y sentido, o el cordobés Pablo García-López como Borsa, buen color vocal capaz de dialogar y contrastar con Il Ducca, unido a una emisión clara que llegó sin problemas hasta el último piso, completando el buen nivel el chileno Ricardo Seguel como Monterone, uno de los «secundarios» que más me gustaron. Incluso las breves intervenciones de la mezzo belga Pauline de Lannoy, el barítono valenciano Javier Galán o la soprano portuguesa Lara Rainho ayudaron a redondear este esperado Rigoletto.

Nuevamente el coro de la ópera, esta vez solo las voces masculinas, resultó un seguro en escena y vocalmente, solo un poco lastrado en el tempo global salvo el más ligero Zitti, zitti del rapto de Gilda en el final del primer acto, asomados al muro. Precisamente el maestro Conti, tratando bien a los cantantes en cuanto a las dinámicas, pienso que se le cayó el aire por momentos, como ya apunté anteriormente. Cierto que ralentizar puede ayudar por momentos a las voces pero es como tener errores de principiante: piano lento y forte rápido. La OFil sigue siendo versátil y una orquesta de foso segura, como lo demostró en la obertura y subrayando los distintos solistas las arias y dúos más conocidos, aunque también decir que Verdi escribe para ella con un auténtico primor de Maestro.

De la escenografía comentar que me gustó la disposición en diagonal y parte del vestuario del primer acto tomándolo como una fiesta de disfraces para «explicar» el cambio temporal, aunque las espadas no pueden ser sustituidas por pistolas. Otros detalles ya ni siquiera escandalizan, por superfluos, aunque puedan incomodar a algún «puriatno» pero especialmente a los cantantes (la citada intervención del duque cantando boca arriba tumbado sobre la mesa, por poner un ejemplo), pero sin molestar, al menos para el que suscribe. Resultaron algo lentos los cambios de decorado e hicieron perder concentración al público, que llenó esta segunda función, comenzando la música con muchos móviles encendidos que parecían formar parte de la escenografía en el patio de butacas (desde mi posición «cenital»). Acertado el cañón sobre Rigoletto sobre todo en el final, los claroscuros que toda la ópera y también esta representación tuvieron. Aplaudir como siempre luminotecnia y sobretítulos, además de todo el personal del teatro. No olvidemos que la ópera también crea puestos de trabajo.

La primera función dejó buen sabor de boca a los críticos y la segunda parece siempre «cojear un poco» salvada la tensión del estreno. Me encantaría escuchar el «reparto joven» del viernes, donde la cordobesa Auxiliadora Toledano será sustituida como Gilda por Cristina Toledo, con un elenco que pronto veremos en carteles «de primera», y todavía el sábado 4 de febrero se emitirá en directo por pantalla gigante en varios puntos de Asturias, Mieres incluido, aunque este último domingo de enero triunfase Rigoletto sobre todo(s).

El Brahms de Stutzmann

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Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.

Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay «mando en plaza» da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena «crianza» aunque llegará a «reserva». El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual «boca cerrada» arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos «rubati» ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada «Conciertos del Auditorio«: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de «Ópera Actual» y crítico del «ABC» entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta «su» Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una «media voz» inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el «Intermezzo» de Manon Lescaut para «recuperar» a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de «Campanadas a media noche» venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la «Canción de la estrella vespertina» como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el «Si yo fuera rico» (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa «Suo Gan» que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

Balances y avances

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Ya finalizando julio, donde todavía queda mucha música, y antes de «cerrar» por vacaciones, me gustaría hacer un balance rápido de la temporada que finaliza, siempre muy rica en Oviedo donde somos privilegiados de contar con una oferta de primera en cuanto a cantidad y calidad.
Quiero comenzar comentando la celebración de las Bodas de Plata de «nuestra» OSPA, aunque sus orígenes, como así se recordó en el último concierto, sean republicanos y todavía haya algunos maestros vivos de unos orígenes que han mantenido una orquesta histórica en nuestro Principado. Como viene siendo «norma» se ha optado, como la mayoría de orquestas españolas,  por una programación que aúna repertorios «imprescindibles» para público y músicos, con obras menos habituales donde no faltaron los estrenos. Igual que en botica o en grandes almacenes, hubo de todo, si bien lo nuevo al carecer de referencias en nuestro recuerdo o memoria auditiva, hace más difícil juzgar las interpretaciones. Me preocupa la poca asistencia en el auditorio incluso de abonados habituales, desconociendo las razones, aunque pueda intuirlas.

El titular, que tampoco dirigió muchos programas, ha ido desencantándonos a muchos y de algunos desaguisados mejor no hablar porque ya está reflejado en su momento. Me quedo con la apuesta que ha supuesto Link Up, cuatro años y preparando el quinto, en cuanto a movilizar a más de veinte mil escolares asturianos para hacer música juntos, labor didáctica y de futuro que no podemos perder si deseamos un siglo XXI con nuevo público que entienda y disfrute de la música en general y la sinfónica en particular. De los 16 conciertos de abono en la capital, parece haberse aparcado la idea gastronómica y pediría más publicidad para las conferencias en colaboración con la Universidad de Oviedo por lo que suponen de acercamiento al concierto posterior, mucho más que las notas al programa (este curso se han recuperado las revistas que siguen siendo necesarias aunque los costes aumenten el siempre ajustado presupuesto). Se ha mantenido al maestro Lockington de principal director invitado así como otras batutas conocidas con resultados desiguales, a los que sumar una larga lista de solistas invitados donde no han faltado los primeros atriles de la OSPA, apostando por los de casa que no desmerecen nunca. No quiero olvidarme de la aportación a la temporada de ópera que pese a privarnos como abonados de una continuidad en la temporada, es la «financiación asturiana» a la segunda temporada más antigua de España y pone el nivel alto en un foso compartido con la OFil.

Del ciclo Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» globalmente todo un éxito en cantidad y calidad, 19 conciertos más el de Lang Lang fuera de abono, apostando sobre seguro con figuras que aseguran llenos frente a otros que «equilibran» una oferta que supone no ya un atractivo cultural de primera sino enriquecer nuestro «Paraíso Natural» y generar un tejido económico que aún debe explorarse más a fondo. La Oviedo Filarmonía, además de su participación en las temporadas de ópera y zarzuela, supone el ropaje ideal para cantantes y solistas que van conociendo la madurez y flexibilidad de una orquesta originariamente «de foso» pero creciendo con los años, aunque nuevamente la titularidad parezca distanciarse de lo que cualquier melómano desea para una orquesta como la ovetense.

Tanto la temporada de ópera como la de zarzuela han ido ganando públicos jóvenes, espantando a los «conservadores» que desean figuras mundiales, con las que no podría mantenerse el actual nivel, apostando también por repartos «noveles» que también sirven de aprendizaje con las voces principales aunque siempre echamos de menos algunas, siendo algo preocupante constatar cierta continuidad en algunos de los elegidos que no van parejos a la «calidad» esperada, echando de menos otras que parecen olvidadas para las temporadas carbayonas cuando no desaparecidas, mientras algunas hacen dobletes en el Campoamor.

De los gestores supongo que daría para mucho, algo como con el fútbol y el seleccionador, pero intuyo que cierta «comodidad» da la impresión de evitar buscar, optando por castings cerrados donde hay de todo. Como subida al carro que en cambio ha resultado muy positiva, en este caso con el CNDM el ciclo «Primavera Barroca» plenamente asentado y con público fiel además del joven al que esta música parece llegarle mejor que la sinfónica, con un avance para 2017 que promete mantener alto el listón, sin dejarme en el tintero el Ciclo de Música Sacra «Maestro De La Roza» que llena Noviembre de músicas e intérpretes singulares y este otoño llegará a su décima edición, todo un hito que demuestra el trabajo bien hecho con mucho amor por la música a pesar del poco dinero con que cuentan, pero el público se ha volcado y «algo tendrá el agua cuando la bendicen«.

De la Temporada 2016-17 ya conocemos fechas, intérpretes y autores, comenzando por la OSPA (que estará en el FIS el próximo 1 de agosto), arrancando el 14 de octubre con 15 conciertos de abono que traerán nuevas batutas además de las conocidas como Bayl, Rasilainen, Rubén Gimeno, J. R. Encinar, Víctor Pablo Pérez que es casi de casa, junto a Oliver Díaz o Pablo González (que estrena la figura de colaborador artístico) y solistas de casa como Andreas Weisgerber, Maximilian von Pfeil o Juan Barahona, además de Leticia Moreno, Jesús Reina o Ning Feng, más los «aportados» por directores que trabajan con otras formaciones y nos «descubren» figuras que triunfan en otros escenarios, también al otro lado del charco, nuevamente con repertorios equilibrando novedades y tradición, destacando los compositores españoles Jesús Torres, Marcos Fernández y Consuelo Díez junto a Mason Bates en contraposición a la interpretación de la novena sinfonía del avilesino Ramón de Garay (1761-1823), un clásico que en La Villa del Adelantado llevan años recuperando.

Mención especial para los 20 Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que harán volver a Oviedo los grandes Sokolov, Volodos, Pogorelich además del «debut» de Martha Arguerich en la capital junto al último triunfador de Santander, Juan Pérez Floristán, además de «las mezzos divas» Bartoli y Di Donato, también conocidas en Oviedo, sin perder de vista los «fichajes» de Bryan Terfel y Piotr Beczala con la OFil, así como Nathalie Stutzman en la batuta… porque 125 años del Campoamor no podían olvidarse de las figuras actuales aunque sean en recital, sin olvidarnos de formaciones y solistas de primera (Akademie für Alte Musik de Berlín, Orfeus Chamber Orchestra con Alisa Weilerstein, Renaud Capuçón o el nuevo espectáculo de Daniel Hope, así como el Cuarteto Brodsky con la Sinfónica de Guanajuato) que traerán a Oviedo melómanos llegados de todas partes.

Y es que la temporada del coliseo carbayón sigue su línea, ópera y zarzuela con las dos orquestas en foso y dos coros solventes como el propio de la ópera (con Elena Mitrevska de nueva directora) más la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo». Aún no conozco el próximo festival lírico, recién finalizado el actual pero sí la LIXX Temporada, con un estreno nacional, Mazepa de Tchaikovsky combinado con los «imperdibles» Mozart, Verdi, Bellini y Gounod, volviendo a los viernes jóvenes donde los repartos de «cover» siempre preparados para cubrir bajas inesperadas, tienen su protagonismo. Los años anteriores he intentado no perdérmelos por el aire fresco y calidad que los «primeros repartos» no siempre tuvieron. Gijón se ha sumado a la oferta y esperemos continúen las entradas de última hora ¡a 15€! y las proyecciones en pantalla gigante que están llevando la lírica a lugares y públicos que probando seguro repiten en vivo, algo constatable por quien suscribe.

También haremos escapadas puntuales como a la vecina y cercana León donde el órgano Klais de «la Pulchra» seguirá sonando muchos jueves antes del sabatino vermut madrileño, además de conciertos gratuitos donde el pago es el peaje del Huerna y la cola obligada, pero están a poco más de una hora, así como la fiesta del Euskalduna bilbaino. Continuaré jugando todas las semanas a la Primitiva porque mi ilusión es viajar con la disculpa de la música, aunque con ella podamos hacerlo sin movernos de casa.

Seguimos con gobierno en funciones y hay dudas sobre la magnitud de los «obligados» recortes donde la cultura seguida o unida a la educación parecen estar en primera línea de fuego, así que viendo el curso que se avecina, toquemos madera y digamos aquello de «que me quede como estoy». Mientras tanto, a disfrutar de agosto y hasta la próxima…

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