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Oscuridad luminosa

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Rusia siglo XX»: abono 3 OSPA, Sir Stephan Hough (piano), Nuno Coelho (director). Obras de Grieg y Shostakovich.Regresaban los conciertos de abono de la OSPA con su titular Nuno Coelho que tenía el habitual encuentro previo con el público en la sala de cámara a las 19:15 horas, para comentar el éxito en La Coruña el día antes, dentro del intercambio con la OSG, realizar una breve semblanza de Sir Stephan Hough (Heswall, 1961) de quien espera estrenar su Concierto para piano «El mundo de ayer» (2023) aunque para este programa se haya decidido por el de Grieg , y comentándonos su amor (pasión diría yo) por Shostakovich del que nos habló de sus altibajos emocionales y personales en la Unión Soviética, de sus miedos y violencia en la escritura como forma de protesta a menudo velada o incluso con humor crítico, para diseccionarnos su décima sinfonía, estando igualmente a la espera de programar la 7ª o la 8ª (la 5ª ya la hemos disfrutado hace un año) pero sobre todas la 15ª, describiéndonos al compositor soviético como un verdadero «training» para toda orquesta y el esfuerzo casi maratoniano de sus obras por intensidad y esfuerzo que requiere de todos. En el concierto se corroboraría todo lo que el maestro portugués nos contó, con más presencia en la sala que en las dos citas anteriores, y lo mismo con un auditorio que parece recobrar aficionados.

El jueves Leif Ove Andsnes impregnó la sala principal de una atmósfera noruega con Grieg y Chopin que por la magia musical serían los compositores del pianista británico en este programa lleno de luminosa oscuridad con el Concierto para piano en la menor, op. 16 de Grieg donde pudimos comprobar la frase que no hace mucho decía su homólogo Sir András Schiff que «El piano no puede ser solo cuestión de dedos» y tras más de 40 años de carrera el polifacético y casi renacentista artista inglés demostró cómo interiorizar y hacer propia cada obra, más cuando hay el feliz entendimiento en la concertación como fue el caso, y más en una obra que lleva años interpretándola. Desde el redoble inicial de timbal y el primer acorde del Allegro molto moderato comprobamos la amplísima gama de matices en un piano siempre presente, su forma de «estirar el tempo» sin perder la pulsación y siempre encajando con la orquesta, plenamente integrada con su titular. Las cadencias de Sir Stephan Hough merecen utilizarse de ejemplo para tantos intérpretes que siguen afrontando este delicioso concierto del noruego estrenado en la capital danesa en 1869 y que combina folklore y lirismo romántico. El buen estado de la formación asturiana ayudó a disfrutar de la rítmica tan especial del haling y el springdans nórdicos jugando con la alternancia entre binario y ternario de ambas para encajar cada movimiento a la perfección con el solista. Coelho consiguió el balance ideal para poder disfrutar siempre del piano, tanto en las partes solistas como las concertantes siempre acertado con el fluir del inglés arropado por una cuerda comandada de nuevo por el asturiano Aitor Hevia. El Adagio pareció hacernos flotar a todos gracias al intimismo alcanzado entre solista y orquesta, tan «imperial» e incluso «chopiniano» desde un piano cristalino y una aterciopelada sinfónica, especialmente en maderas y cuerda grave, paladeando cada compás, cada arpegio, cada trino, preguntas y respuestas alternándose, de dinámicas contenidas antes del siempre luminoso y danzante Allegro moderato molto e marcato de aires marciales bien marcados por todos sin apresurarse, porque así está escrito, el empuje lleno de virtuosismo con esa aparente sencillez, la de la flauta casi pastoral que detiene por un momento el fluir de los nórdicos, sencillez y elegancia que transmite Sir Stephan Hough desde su madurez interpretativa.

Y en solitario pero con la misma elegancia o el famoso «a touch of class» de este caballero del piano, su Nocturno op. 9, nº 2 de Chopin fue una nueva lección de interpretación sentida, personal (sus rubati son seña de identidad), profunda, poética y limpia, como recogiendo la atmósfera del día anterior.

Para La Décima de Shostakovich, probablemente la más completa y exitosa de las quince, estrenada en 1953 tras la muerte de Stalin, nuestra OSPA sacaría todo el «músculo» y la energía que el maestro portugués transmite y contagia, exprimiendo de cada sección y sus principales lo mejor en una interpretación muy completa por parte de todos, sin excepción.

Con ese arranque oscuro de una cuerda tersa, oscura, tensionada, empastada y unida, el inmenso Moderato nos llena de dudas existenciales y de incomodidad interior desde una belleza sinfónica de sonido impecable. Como escribe Alejandro G. Villalibre en las notas al programa sobre el ruso: «desnuda su alma y como siempre muestra las debilidades y las reservas de fuerza y de grandeza que siempre le caracteriza», una compleja sencillez llena de claves por descifrar y su probable celebración encubierta de la muerte del dictador. Muchos términos para intentar describir la música del ruso: «tragedia, desesperación, terror y violencia, y dos minutos de triunfo», opresión donde las maderas van desgranando miedos y la nostalgia sentida por el clarinete contestada por el fagot que retoma la pesadilla, junto a los tutti que transmiten ese pavor a una noche luminosa que puede ser la última como nos contaba Coelho, con unos trombones corales impresionantes. El «furioso» Allegro se convierte en una auténtica efusión emocional sostenida, dúo de píccolos estridentemente contenidos pero suficientemente presentes junto al ominoso tambor militar, el uso de la marcha como ya hiciese Tchaikovsky con la sensación de terror, tiempo vivo y exigente en esta segunda parte de la «maratoniana décima«, todos a una empujados con autoridad por el mariscal Coelho antes del vals del Allegretto donde aparece la música con la representación del llamado «tema Shostakovich» (sus iniciales DSCH que son las notas en la notación alemana). Flautas y clarinetes compiten antes de la trompa solista por intervenciones seguras y matizadas para transmitir esa tragedia personal elevada a una música única. Y el Andante – Allegro final con ese extenso diálogo de los vientos solistas desde un clarinete inspiradísimo que nos adentra en la pesadilla inicial en un tiempo vertiginoso bien ejecutado. Matices extremos sin estridencias, trompeta y trombón en fructífera lid, el solo de fagot que parece disipar las sombras que han perseguido al resto de la sinfonía hasta llegar al clímax masivo con los metales y toda la orquesta en lo que se ha descrito como «una afirmación resuelta del triunfo del individuo sobre un régimen desalmado y deshumanizante». Esta vez el colectivo salió triunfante y la «maratoniana décima» llegó con una buena marca de la casa.

PROGRAMA:

EDVARD GRIEG (1843 – 1907)

Concierto para piano en la menor, op. 16

I. Allegro molto moderato

II. Adagio

III. Allegro moderato molto e marcato

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975)

Sinfonía nº 10 en mi menor, op. 93

I. Moderato
II. Allegro
III. Allegretto
IV. Andante – Allegro

Carta a SS.MM.

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Muy señores nuestros, si me permiten este trato epistolario:

Como todavía queda algo de inocencia (será por los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes cada vez lo llevo peor y no solo por esta tendencia mía a La República) es pasar la hoja del calendario a este nuevo año con rima fácil y poco educada aunque cause risa (como «caca, pedo, culo, pis»…).

Musicalmente, y a la vista de cómo sigue el mundo lleno de guerras, genocidios, odio y las tristes circunstancias de las que parecemos no aprender, solo pido mantener toda la música a ser posible en PAZ, FRATERNIDAD y AMOR como pidió Riccardo Muti el primero de año desde Viena, aunque sé que la SALUD es el mejor regalo en estos tiempos.

Sin necesidad de aniversarios (y en 2025 también tenemos varios para celebrar), como todo los años que son como mi Scalextric, pido poder escuchar en mi tierra la Octava Sinfonía «De los Mil»  de Mahler con todas nuestras orquestas (OSPA, OvFil, la Universitaria ya renacida), coros («El León de Oro», grandes, chicas doradas, chicos de hierro, «piedras» y peques, igual que el de la Fundación Princesa, la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» y también una Escolanía -pues a la de Covadonga la han «desaparecido»- más la de San Salvador…), junto a solistas de los que tenemos un montón y ¡de primera! en nuestra querida Asturias y de todas las tesituras: Beatriz Díaz, Elena Pérez Herrero, Ana Nebot, Lola Casariego, la joven María Heres, Alejandro Roy, David Menéndez, Miguel Ángel Zapater, Juan Noval-Moro… (algunos «adoptados» o directamente de nuestra familia cordobesa). Sería lo más deseado de mi larga lista… Para todos ellos siempre les pido a ustedes mucho trabajo, pues los éxitos llegan con el esfuerzo y eso no les falta nunca.

Eso sí, mantengo mi ilusión de contar con Pablo González como director de un acontecimiento que saben me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… y mi tocayu ya dirigiese en Barcelona cuando estuvo de titular, también finalizado su contrato con la OCRTVE, así que aprovecho para pedirles «le den una orquesta» para este 2025 y siguientes, pese a que no le falta trabajo. Ya por redondear este paquete, podrían traernos un concertino para la OSPA, pues seguimos huérfanos y necesitados desde la jubilación de nuestro querido Sasha, y que se acierte en el nombramiento de una gerencia que la ayude a seguir creciendo con su titular portugués (¡por favor que no nos lo lleven!).

Con la ilusión infantil de este día tampoco quiero olvidarme de pedirles muchos conciertos para Forma Antiqva, esperando les llegue un Grammy clásico (se lo merecen), sobre todo a los tres hermanos Zapico que pese a todo, siguen «a tope» haciendo historia volando «desde casa», actuando solos, con otros ensembles, pero especialmente con «su formación», así como pedir que sigan grabando nuevos discos, juntos o por separado, pues siempre son el mejor regalo en cualquier día del año.

También quiero recordar a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes en Madrid a la cabeza de los también docentes y «emigrados» como Mario Bernardo o Martín García. Todos ellos, junto a Henar F. Clavel, están creciendo en todos los sentidos, sin olvidarme de mis admirados Diego Fernández Magdaleno, Judith Jáuregui (que será de nuevo mamá este año como el mejor y mayor regalo) o mi querida venezolana Gabriela Montero, a quienes les vendrá bien seguir trabajando mucho en este recién estrenado 2025.

Mantengo la ilusión y pido más composiciones de Jorge Muñiz junto a las de la joven e inconmensurable pareja Guillermo Martínez (al menos que siga igual de fructífero) y Gabriel Ordás (en Manhattan formándose y trabajando en la distancia), pues siguen estando de lo más inspirados, regalándonos muchos estrenos tal como les había pedido en otras cartas. Gracias señorías…

Y por mantener la ilusión, aunque como decía mi madre «parece que te hizo la boca un fraile», continúo reclamando a los llamados «gestores culturales» les den mucho más trabajo a los de casa, no por patrioterismo o «aldeanismo» barato sino por la calidad contrastada, incluso que varíen de agencias porque acaban repitiéndolas más que el ajo.

Este año no pido nada para mis violinistas favoritos que se van haciendo mayores, pero siguen trabajando y bien: Ignacio Rodríguez sigue emigrado en Bélgica y María Ovín continúa en la OSPA, creciendo como personas y artistas… solo desearles que continúen los éxitos.

Para mi adorada Beatriz Díaz siempre les escribo otra carta porque se merece todo lo que le traigan en este 2025 y mucho más. Además de darle de nuevo las gracias a la soprano asturiana, felicitarla por un repertorio que sigue creciendo tanto como su agenda aunque esperemos mucha más ópera y zarzuela en el Campoamor (como fue su gran protagonista de La Rosa del Azafrán), tras su esperada Mimí en Alicante y hace poco un Manojo madrileño a tope), por lo que les sigo pidiendo llevarla al Teatro Real de Madrid o al Liceu barcelonés. En Tokio o Brasil ya ha triunfado, en Italia «la piccolina» ya es casi suya, y continúa teniendo fechas por Europa pero debo recordarles que en Londres, Viena o Nueva York aún no se han enterado cómo canta, y Vds. lo saben por ser Magos… la magia de la soprano allerana es tan única como la suya y debemos compartirla.

Para la ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi recordada mamá me repetía aquello de «contra el vicio de pedir, la virtud de no dar»… al menos mantenerla en Asturias apostando por títulos nuevos (parece que se va logrando) sin olvidarnos de los «top» y seguir dando oportunidades a nuevas voces y públicos.

A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre «MUCHO CUCHO®» antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir otra misiva más detallada para tantos como tengo repartidos por el planeta (para que luego digan que existe la «maldición» ENTRE MÚSICOS TE VEAS). Al menos me consta que «los envíos» llegan a destino y se agradecen, incluso con emoticonos que ya son universales (🚜💩💩💩💩💩💩💩🐄).

Por ultimo no quiero olvidarme de mi Ateneo Musical de Mieres del que me regalasteis su presidencia allá por junio de 2018, pidiendo la misma salud que en el recién finalizado 2024 en que cumplíamos seis años (esta vez la Lotería no tocó pero sí nuestros músicos que no pararon), esperando mantengan su Banda Sinfónica y agradecerles haber hecho un buen relevo de nuestro querido Antonio Cánovas (ya en su tierra murciana y dirigiendo la Banda de Águilas) con un prometedor e ilusionado Nando Castelló. Poder mantener el mismo nivel a lo largo de estos seis años y llevar su música, además del nombre de nuestra «Hermosa Villa» lo más lejos posible con una calidad y programas que son la envidia de muchos, es un deseo que se sigue cumpliendo y nuestros «13 Reyes» estrenados en la Folixa de Mieres triunfaron en Lorient, esperando ya el 31 de mayo para volver a disfrutarlo en el Auditorio de Oviedo con los «hermanos» de la Banda de Gaites «La Laguna del Torollu» e Iñaki Santianes comandando este proyecto que se hizo realidad. Salud es lo importante porque ganas e ilusión no faltan.

A propósito, si pudieran dejar la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces descansaría (no tiro fuegos artificiales por respeto a los perros…) pero ya ven que no está entre las peticiones musicales de este mi tercer curso fuera de ella. La LOMLOE o Ley Celáa sigue empeorando leyes anteriores (y recuerdo que iban ocho en 37 años) en pos de una generación de ignorantes digitales y adictos al móvil (no pienso escribir nada de la mal llamada INTELIGENCIA ARTIFICIAL que parece un oximorón), aunque mantengo la esperanza que algún día se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia que intenta reescribir la historia a base de tantos eufemismos. Aunque suene un tanto repipi la esperanza nunca la pierdo.

Gracias señores majos y Magos (de donde vengan utilizando el transporte que tengan (saben de sobra que los carburantes son más caros que el pienso). Que sigan llenándonos de esperanza e ilusiones todos los días de este 2025.

Y como siempre, que no se me olvide

¡Hala Oviedo!

Pablito, 12 años

Gloria a Amneris

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Viernes 13 de diciembre de 2024, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera: «Aida» de Verdi.

(Crítica para OperaWorld del sábado 14, con las fotos de Iván Martínez, y propias al finalizar la función, más el añadido de los siempre enriquecedores links y la tipografía que no siempre se puede utilizar)

«Aida» marcaría un hito en la historia musical italiana siendo la culminación de la llamada “grand- opéra”, pues Verdi compuso una obra ambientada en el Egipto faraónico llena de teatralidad, más allá de un libreto plagado de sucesos inverosímiles y anacronismos pero también de intimismo dramático. Los amores desgraciados entre la princesa etíope y el capitán de la guardia egipcia cautivaron al público desde su primera representación y en Oviedo ya había ganas de volver a disfrutarla, pues desde 2005 no se subía a las tablas del Campoamor este penúltimo título de la actual temporada asturiana, nada menos que con el montaje de la llamada “piccolina Aida” por el propio Franco Zeffirelli quien la diseñase para el coqueto Teatro Verdi de Busetto en el festival de 2001 que lució y mucho en el centenario coliseo carbayón.

Esta gran ópera que es «Aida» tiene todos los ingredientes “faraónicos” por su grandiosidad coral, exotismo, monumentalidad, colorido orquestal junto a la necesidad de unas voces poderosas que deben conjugarse con el dramatismo y la fuerza lírica más allá del propio triángulo protagonista. Con más concertantes -sobre todo dúos- que romanzas, como llama Verdi a las arias, encontrar el elenco ideal que logre el equilibrio de todos para transmitir la psicología de las voces no es nunca tarea fácil. Si la monumentalidad es uno de los adjetivos para «Aida» está claro que esta función asturiana lo merece dentro del diseño “cinematográfico” fiel al compositor, bien iluminado y que tan bien encaja en el Campoamor por el número de voces, figurantes y bailarines, añadiendo un foso (más la banda interna) colosal, sumándole el colorido y acertado vestuario más un reparto homogéneo que lo dio todo sobre la escena.

El respeto tanto de Verdi como de Zeffirelli por la eficacia dramática del texto en ningún momento hizo pesar la escena ni los despliegues en ella sobre los protagonistas, todos perfectamente organizados por Vivien Hewitt con cantantes físicamente verosímiles en sus papeles para conjugar dramatismo e intimismo, con gran expresividad por parte de todos y cada uno, superponiéndose individualidad y colectividad. Lo visto y escuchado este frío viernes de Santa Lucía fue buen ejemplo de lo que buscaba el genio de Busseto: dotar a las voces de mayor expresividad huyendo de malabares ornamentaciones, con una partitura muy “cantabile” donde impera la melodía, siempre con buen balance entre foso y escena, todo en su sitio al contar con un reparto eficaz en cuanto a los volúmenes requeridos, aunque parece que el problema indicado por Verdi en los matices (ppp, dolce o morendo) perdure en el tiempo, y es que «Aida» sin permitir lucimientos técnicos, sí es exigente en los fraseos, pero sobre todo en la intensidad de emisión a lo largo de toda la tesitura, esenciales para el dramatismo del propio libreto tan bien reflejado sobre la partitura.

Del trío protagonista quien más problemas tuvo con las dinámicas fue el potente Radamés de Jorge de León, tenor de color ideal para el personaje y con volumen suficiente en todo el registro del que esperaba mayor contención para los momentos íntimos, careciendo de la expresividad para resaltar la melancolía o la ternura. Comenzar con la conocida aria Celeste Aida es un reto para todo tenor y el canario lo solventó con más potencia de la requerida para la escena, al igual que los dúos, tríos y concertantes donde pudo más la fuerza, necesaria,  que la ternura. Mejor junto al Nilo con su amada, siendo destacable el final O terra addio con Aida más melancólico y sentido.

La esclava etíope encontró en la italiana Carmen Giannattasio todos los atributos verdianos con su timbre de voz cálido y suave que encajó a la perfección con su rol desde una buena línea de canto de máxima expresividad y buen empaste con todos, destacando su enérgica línea de canto en las multitudinarias escenas corales, manteniendo el registro agudo y con soltura en el paso al grave, sumándole unos buenos “fiatos” en los solos (el Gloria ai Numi o el Trionfo de los actos primero y tercero respectivamente) e impecable el entendimiento con Radamés, sin dejarme el nostálgico O patria mía del tercer acto o la emocionante escena con la romanza Retorna vincitor así como el sentido dúo con la mezzo Amore, amore.

Quien se coronó como reina en Oviedo fue Ketevan Kemoklidze, una Amneris solvente vocal y escénicamente, uno de los grandes roles de Verdi para mezzo que algunos han llamado “la Éboli faraónica”. Desde una tesitura que se mueve abundantemente en los registros medio y grave, pese al color tan diferente en ambos, la georgiana logró máxima expresividad en ambos al igual que con unos agudos más que suficientes, de timbre bien diferenciado y más oscuro en los agudos al unísono con Aida, volcándose en la dualidad pasión-violencia de su personaje desde unos celos a los que Verdi pedía tener “chispa diabólica”, y Kemoklidze la tuvo hasta el final sobre la losa que cierra la cripta implorando la paz.

Los barítonos verdianos son casi una categoría en sí, por una tesitura alta y un color especial. El Ma tu re suplicante del segundo acto fue la carta de presentación de Àngel Òdena, un Amonasro impresionante en todo: heroico, poderoso en timbre, entendiendo e interpretando el dolor y el patetismo pero también el consuelo en el dúo con Aida, personalmente un tarraconense rey ovetense muy aplaudido.

También estaría tocado con corona regia dese su primera aparición (consultando a Isis quién será el general de los ejércitos) el malagueño Luis López Navarro, “bajo cantabile” de proyección suficiente en los grandes concertantes y con carácter, al igual que el alicantino Manuel Fuentes, un bajo joven pero ya profundo que aún irá ganando volumen con el tiempo. Su Ramfis de timbre redondo en toda su extensión resultó igual de solvente escénicamente y majestuoso su Gloria ai Nuri!.

Por cerrar el elenco vocal y pese a la brevedad de sus apariciones, muy segura desde el fondo del escenario la debutante mezzo asturiana Carla Sampedro como sacerdotisa, y Josep Fadó, el siempre seguro tenor de Mataró como mensajero, llamado a tener más papeles protagonistas siendo un lujo tenerlo dentro del elenco de esta producción, ayudando a mantener ese equilibrio vocal sobre las tablas.

Punto y aparte merece el Coro “Intermezzo” titular de la Ópera de Oviedo, porque «Aida» les exige de principio a fin: sacerdotisas y esclavos, pueblo y prisioneras, hombres y mujeres dentro o fuera de escena, juntos y separados con momentos “a capella” impecables, afinados, empastados, seguros en las entradas, amplitud de matices desde unos poderosos fortissimi a los delicados pianissimi, constituyendo el verdadero apoyo de cada escena tanto cantada como actoral (bravo por las esclavas “arpistas”), excelentemente preparados por Pablo Moras, siendo un pilar imprescindible en cada temporada, madurando en cada título que con este Verdi han podido dar la talla como así se les reconoció al final de la función.

De la OSPA que volvió al foso tras la anterior «Arabella», pese a la inestabilidad emocional que supongo tendrán por distintos problemas que han saltado a toda la prensa nacional, la orquesta asturiana siempre funciona, hoy de plantilla ampliada y contando con la Banda de Música “Ciudad de Oviedo” como banda interna, así como el cuarteto de trompetas en escena redondeando esta monumental «Aida» llevada con mano de hierro por Gianluca Marcianò, siguiendo todas las indicaciones del director italiano, incluso las siempre difíciles fuera de escena, por momentos excesivo en las dinámicas (puño en alto) aunque sobre el escenario sabía que responderían, exprimiendo cada pentagrama con la música de Verdi y realzando la acción dramática con soltura y seguridad. Pese a algún problema de afinación en la cuerda (el frío siempre influye) el resultado global fue notable, con unos solistas de calidad más que demostrada, desde el oboe hasta el arpa pasando por la flauta o una percusión siempre en el plano correcto.

Redondeando la grandiosidad egipcia, además de la cantidad de figurantes, merecen mención especial las cinco bailarinas con Olimpia Oyonarte que también se encargó de la coreografía, parte importante de esta “gran ópera italiana” que trajo Egipto a Oviedo con la mejor escena y vestuario posibles. Larga vida a Verdi.

FICHA:

Viernes 13 de diciembre de 2024, 19:30 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. G. Verdi (1813-1901): «Aida», ópera en cuatro actos, con libreto de Antonio Ghislanzoni basado en la versión francesa de Camille du Locle de la historia propuesta por el egiptólogo francés Auguste Mariette. Estrenada en el Teatro Vice-Real de la Ópera de El Cairo el 24 de diciembre de 1871. Producción SUONI, edizione Busseto.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Gianluca Marcianò – Directora de escena: Vivien Hewitt – Escenógrafo: Franco Zeffirelli – Diseñadora de vestuario: Anna Anni – Iluminador: Gianni Mirenda – Coreógrafa: Olimpia Oyonarte –  Director del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El rey: Luis López Navarro (bajo) – Amneris: Ketevan Kemoklidze (mezzosoprano) – Aida: Carmen Giannattasio (soprano) – Radamés: Jorge de León (tenor) – Ramfis: Manuel Fuentes (bajo) – Amonastro: Àngel Òdena (barítono) – Un mensajero: Josep Fadó (tenor) – Una sacerdotisa: Carla Sampedro (mezzosoprano).

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

Banda de Música “Ciudad de Oviedo”

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo)

Aida nos espera

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Este año operístico asturiano (que no la temporada aún pendiente de finales de enero con Las bodas mozartianas) se cierra en Oviedo este viernes 13 a las 19:30 horas (festividad de Santa Lucía) con una muy esperada «Aida» de Verdi que seguro agotará las entradas, pues no se subía a las tablas del Teatro Campoamor desde 2006, lo que ya ha generado muchas expectativas en toda la prensa especializada (lo contaré como es habitual para Opera World pero también desde este blog), con un elenco de talla mundial junto a la escenografía original de Zeffirelli, su llamada piccolina Aida.

Además de rescatar de mi biblioteca el libreto publicado por Ediciones Daimon de Elena Posa y el siempre recordado Roger Alier, también saqué de mi videoteca esta maravilla de 1986 (ya por entonces en estéreo, con el vídeo y televisión de tubo enchufados a mi cadena de música cuando no había redes sociales) y unas voces únicas: Pavarotti, María Chiara, Ghena Dimitrova, Paata Burchukadze, Nicolai Ghiaurov y nuestro Juan Pons en la Scala milanesa con Lorin Maazel en el podio en la producción de Luca Ronconi. Para seguir preparándome cada función, pues como dice el refrán muriendo y aprendiendo (atribuido al sabio Salomón), suelo ir habitualmente a las conferencias previas que la Fundación Ópera de Oviedo organiza en el Club de Prensa de La Nueva España (de la que también soy colaborador).

El pasado martes 10 estuve aprendiendo de dos maestros presentados por el responsable de publicaciones  Adolfo Domingo López: primero de mi querido compañero de facultad y andanzas el arqueólogo Ángel Villa Valdés, sin perder de vista y reivindicar la propia arqueología asturiana (Del Nilo al Navia), y a continuación con el doctor en Musicología formado en Oviedo y especialista en Verdi Víctor Sánchez Sánchez, que nos acercarían a los orígenes de la llamada «Egiptomanía» para entender mejor al Verdi de Aida.

Ambos pasaron revista a las personalidades que movieron al genio de Busetto a escribir una gran ópera ambientada en el Egipto siempre mágico (el enlace lleva a la conferencia íntegra).

Así, el doctor Villa Valdés nos habló de Napoleón, del entorno histórico del momento, centrando ya en su terreno de nombres como Dominique Vivant Denon, que realizó el primer recuento de aquellos monumentos desconocidos en Europa y «rapiñó» muchas de las obras que acabaron en museos como el Británico, el Louvre y en menor medida los alemanes o el florentino (visitado por Verdi); de Gian Battista Belzoni, gigantesco y forzudo arqueólogo de vida curiosa; del prusiano Karl Richard Lepsius; no podía faltar Auguste Mariette, arqueólogo y totalmente relacionado con nuestra Aida, pues aconsejará al compositor sobre el libreto y diseñará el vestuario para la ópera (era un gran dibujante); de Jean François Champilion y la Piedra Roseta para cerrar la lista con Howard Carter, conocido por descubrir la famosa Tumba de Tutankamon, enfocando la arqueología desde la inicial a la actual que mira más al pueblo, sus costumbres, útiles y el peso español que hemos tenido en esta disciplina, aclarando que las ruinas restauradas siguen siéndolo, ruinas que deben mantenerse como tales por todo lo que aportan, citando también los documentos históricos del asturiano José María Flórez Gonzalez (de Cangas de Narcea), de Antonio García Bellido descubriendo el Castro de Coaña, y por supuesto de nuestro ilustre Juan Uría Riu, añadiendo yo al propio Ángel  Villa Valdés en esta lista de personalidades, pues sigue trabajando desde 1995 en los castros de Chao de Sanmartín y Coaña con los mismos criterios con los que actualmente se interviene en los yacimientos egipcios.

Egipto siempre atrae pero también por un sentimiento que fascina como es la eternidad de una belleza indescriptible. Por su parte el catedrático Víctor Sánchez también hablará de Mariette, de su labor como difusor de «lo egipcio» desde la grandiosidad y el misterio, las excavaciones o mejor desenterramientos, citando “La caja de las magias” por la referencia teatral y visual de esta ópera faraónica en todos los sentidos, que también se encuentra en «mi joya de libreto» (imprescindible el capítulo Ópera, tumbas y sabios), y el origen del proyecto de Verdi , las cartas y correspondencia en 1870 con Giulio Ricordi, siendo autor del propio “guión original”, con una idea que le llega de Europa como compositor cosmopolita que era, plagado de anécdotas, su documentación de los instrumentos e historia previa con las «mentiras» de François Joseph Fétis,  y aclarando que no la escribió para la inauguración del Canal de Suez, aunque era lo noticiable entonces, sino para el construido exprofesso Teatro Vice-Real de El Cairo, pues la capital egipcia se unía a las grandes ciudades con un teatro de la ópera, que se inauguraría antes con «Rigoletto» (el 1 de noviembre de 1869), siendo el estreno de «Aida» el 24 de diciembre de 1871, y donde no acudió el compositor por la Guerra Franco-Prusiana, además de ser poco viajero pero que ya estaba preparando el estreno de esta última ópera de encargo (cobrando 150.000 francos de entonces) donde podía «controlarlo todo», sin perder de vista la brutalidad de todas las guerras incluida ésta llevada a la ópera aunque «suavizada» y llena de simbolismos.

En Oviedo el elenco parece equilibrado (toco madera) por el trío protagonista: Amneris (la mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze debutante en Oviedo), Aida (la soprano italiana Carmen Giannattasio también nueva en Oviedo) y Radamés (mi admirado y muy querido en Oviedo el tenor canario Jorge de León), sin olvidarme del resto: El rey (Luis López Navarro, bajo), Ramfis (Manuel Fuentes, bajo), Amonastro (el catalán Àngel Òdena, barítono), Un mensajero (Josep Fadó, tenor) y Una sacerdotisa (la mezzo asturiana Carla Sampedro). Habrá también un segundo reparto que me perderé por cuestiones de agenda.

En la dirección musical al frente de la OSPA estará mi bien recordado italiano Gianluca Marcianò con la directora de escena Vivien Hewitt y la escenografía que Franco Zeffirelli diseñase para el coqueto Teatro Verdi de Busetto, más el vestuario de la oscarizada y «musa» del director, la florentina Anna Anni. No puede faltar en esta gran ópera verdiana el Coro Intermezzo, titular de la ópera ovetense, que prepara Pablo Moras.

Comprensión con pasión

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Viernes 29 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA abono 2 «Arquitectura hecha música»: Anke Vondung (mezzo), Nuno Coelho (director). Obras de Schubert y Bruckner.

Tras la «Arabella» de la ópera ovetense regresaba al Auditorio nuestra OSPA y su titular con el segundo concierto de abono con un programa interesante que Nuno Coelho presentó primero en la sala de cámara manteniendo los encuentros previos, emparejando a dos compositores que Jonathan Mallada en sus notas los llama «Arquitectos de la música», en cierto modo unidos no ya por Viena sino por su lucha vital, el levantarse de los sinsabores y críticas adversas a sus obras para renacer con pasión, y con la mezzo alemana Anke Vondung sustituyendo a la colaboradora artística Fleur Barron que hubo de cancelar, esta vez con Yuri Kalnits de concertino invitado, pues seguimos sin cubrir esa plaza, y ahora también sin gerente.

El malogrado e incomprendido Schubert nos dejó alrededor de 600 lieder donde mostrar su capacidad para escribir unas melodías que muchos aficionados pueden tararear concebidas para voz y piano que formaban parte de aquellas veladas de salón en la Viena imperial conocidas precisamente como «schubertiadas». De las muchas versiones e interpretaciones me quedo con las de barítonos y mezzos por el color de voz además de los textos -incluidos y traducidos en el programa de mano- que son pura poesía musicada. Contar además con una cantante alemana es un plus por su dicción, fraseos y hasta gestualidad, como así resultó con Anke Vondung (Espira, 1972), alumna del irrepetible Fischer-Dieskau, pues aunque no sea igual cantar con orquesta por el volumen, si bien el director portugués intentó hacerla camerística en los planos sonoros, debo añadir que no todas las orquestaciones (que dejo detalladas al final de esta entrada) ayudan ni mejoran el original pianístico con quien la voz comparte el protagonismo y no un mero acompañamiento, y así los entendió el director portuense, buen concertador con la germana de voz poderosa en todo el registro.

De los cinco lieder elegidos para la ocasión (más la propina de An Sylvia) interesantes y conocidas Die Forelle D. 550 (La trucha) o la «Serenata» con una instrumentación siempre sugerente, pero sobre todo Erlkönig D. 328 (El rey de los elfos) con texto de Goethe, donde Franz Liszt «cargó las tintas» pero la mezzo alemana la llenó de todo su dramatismo en el amplio sentido de la expresión, amén del dulce regalo con texto de Shakespeare.

Si la semana pasada homenajeábamos a Bruckner en su bicentenario con su «sinfonía de estudio», esta vez manteniendo mi aforismo de que «no hay quinta mala», la OSPA afrontaría esta pétrea «catedral sonora», exigente, monumental, emocionante y muy trabajada, donde comprobar que la capacidad técnica, musicalidad y sonoridad de cada sección de la formación asturiana es un lujo del que tristemente no se disfruta como debería, pues daba pena ver medio patio de butacas vacío.

Coelho sigue creciendo desde el podio con un trabajo meticuloso, riguroso, armando este monumento bruckneriano, comunicando a la perfección todo el trabajo previo para con sus gestos «sacar petróleo» de la formación ajustada a la plantilla, jugar con los tempi sin amaneramientos, mantener el balance preciso, dejar lucirse a los primeros atriles y mantener esa sonoridad compacta que es ya seña de identidad, junto a unos silencios subyugantes que subrayaron el excelente discurso sinfónico.

Para hablar de Bruckner no podemos olvidarnos de su religiosidad y del trabajo como organista, una espiritualidad interior que sin tener melodías «reconocibles» es capaz de construir un templo sinfónico desde un contrapunto y superposiciones tímbricas más allá del poderío que tienen los metales. El siempre recordado maestro Max Valdés hablaba de «los bronces» pero hoy todo el viento fue de oro: un quinteto de trompas esmaltado, compacto, un trío de trompetas comandado por Maarten van Weverwijk con un timbre aterciopelado, los trombones y tuba verdaderos registros organísticos, más la «lengüetería» de la madera jugando con combinaciones tímbricas fabulosas en esta Quinta Sinfonía.

Sumemos la cuerda que por momentos es protagonista y en otros verdadero sustento del viento, con unos pizzicatti muy presentes, unos fraseos claros y precisos, trabajando no solo las dinámicas necesarias para mantener el plano ante el poderío te «los tubos», igual de aterciopeladas en un Adagio del último movimiento que seguramente inspiró a Mahler, el tránsito desde su maestro Bruckner en la construcción sinfónica, aunque el bohemio traerá lo celestial a lo terrenal. Enorme esfuerzo por parte de todos, entrega máxima y una versión de la que presumir ante tantas que todo melómano atesora en su discoteca esta que cerraba noviembre con el «arquitecto» Nuno Coelho y la OSPA, de la que no volveremos a disfrutar (amén del ya reiterativo «Mesías» navideño) hasta el tercero de abono en enero con el concierto de piano de Grieg más la décima de Shostakovich en otro programa que promete tras la esperada «Aida» nuevamente en la ópera ovetense.

PROGRAMA:

FRANZ SCHUBERT (1797 – 1828)

Lieder:

▪ Die Forelle (La trucha), op. 32 (D. 550) (orq. Benjamin Britten)

▪ Rosamunda, Romanza, D. 797

▪ Gruppe aus dem Tartarus (Grupo del Tártaro), D. 583 (orq. Max Reger)

▪ Ständchen (Serenata), D. 957, nº4 (orq. Jacques Offenbach)

▪ Erlkönig (El rey de los elfos), D. 328 (orq. Franz Liszt)

ANTON BRUCKNER (1824 – 1896)

Sinfonía nº5 en si bemol mayor, Cahis 7:

I. Adagio – Allegro – Langsamer

II. Adagio – Sehr langsam

III. Scherzo: Molto vivace – Trio

IV. Finale: Adagio – Allegro moderato

Carnavalesca Arabella

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Domingo 17 de noviembre de 2024, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. Richard Strauss (1864-1949): «Arabella», Lyrische Komödie en tres actos, op. 79, con libreto de Hugo von Hofmannsthal. Estrenada en el Sächsisches Staatstheater de Dresde el 1 de julio de 1933. Producción del Aalto-Musiktheater Essen.

(Crítica para Ópera World del lunes 18 con el añadido de los siempre enriquecedores links, tipografía y fotos propias más de las RRSS)

Una ópera muy esperada en Oviedo el tercer título de la septuagésimo séptima temporada, que además de ser estreno en la capital del Principado, llegaba con el cambio de la inicialmente prevista Maite Arberola por la británico-canadiense Jessica Muirhead en el rol de Arabella, que ya interpretase precisamente en esta producción alemana del Aalto-Musiktheater Essen, lo que parecía augurar un éxito. En la línea de seguir apostando por nuevos títulos, no hubo lleno pero sí la “división de opiniones” habitual con los ya cansinos abucheos -cada vez menos- mezclados con tibios aplausos (algo extraño para los muchos forasteros que acuden al Campoamor) en la primera función de la Vetusta decimonónica, con tímidas ovaciones al final de la representación a cargo de los abonados habituales pero sin el triunfo esperable tras una representación globalmente plana, gris, deslucida pese a las buenas intenciones y trabajo de todos, que no convenció y hasta por momentos resultase anodina, por no decir soporífera, sobre todo los dos primeros actos, que en el descanso aún vaciarían más las butacas.

La puesta en escena de Guy Joosten y Katrin Nottrodt pretendía ser como dicen ahora “rompedora” o al menos provocadora, incidiendo en la esquizofrenia y decadencia de la Viena imperial de 1866 que se derrumbaba, usando elementos que incidieran conscientemente en la chabacanería y mal gusto de esta tragicomedia escrita por Hugo von Hofmannsthal a partir de sus “Lucidor” y “Le coche deben compte”, dos historias de falsedades y continuos disfraces en aquel eterno Fasching vienés, aunque hurtándonos del que debería ser el lucido “baile de los cocheros” para convertirlo en una cena de cumpleaños, solamente carnavalesca por las máscaras de cerdos que portaban los tres condes pretendientes, todo muy “marxista” en este “Hotel de los líos” como definió en el programa de mano la doctora María Sanhuesa, auténtica astracanada decadente donde hubo más teatro que canto, verdadero vodevil de figurines poco acertado: el casi protagonista vestido “azul acero” que debe lucir Arabella quedó reducido a una especie de guardapolvos sobre el camisón con el que aparece incluso antes del inicio musical; los condes pretendientes uniformado s igual, y el croata Mandryka más un cazador polar junto a su fiel Welko, ambos con el mismo ropaje toda la función. Faltó el glamour que no debe ir reñido con la crítica ácida a esa familia desestructurada buscando seguir viviendo del cuento a costa de un matrimonio de conveniencia, pues las apariencias deben seguir siendo bellas aunque engañen sin resultar tan explícitas. Para rematar los desatinos hasta se cambia el final feliz para dejar compuesta y sin novio a la pequeña de los Waldner.

La increíble escritura musical de Richard Strauss careció de la chispa necesaria pese al buen estado de la OSPA (con Daniel Jaime de concertino) donde Corrado Rovaris no pareció el mismo de sus anteriores visitas al auditorio con la formación asturiana, pero tampoco en su paso por el Campoamor con un «Don Carlo» muy verdiano e incluso con el Golijov del «Ainamadar» en un recordado 2013 donde el maestro italiano sí funcionó con la calidad esperada. En su haber el excelente  preludio del tercer acto, un sinfonismo sin complejos que al menos me quitaría parte de la decepción del foso, y su apuesta por unos tempi arriesgados con los que la orquesta asturiana nunca tiene problemas, contando además con unos solistas de altura.

Foto ©Matthias Jung

Enorme el esfuerzo de Jessica Muirhead que apenas tiene descanso, pero cuya voz posee un vibrato que por momentos llega a resultar molesto, reconociéndole a la soprano el dominio de su Arabella en esta misma producción de Essen. Mejor su “hermano Zdenko” con una María Hinojosa de color bien contrastado con la protagonista, poseedora la soprano catalana de una buena técnica, dicción y gusto a quien le faltó, como suele suceder, un poco más de volumen en los graves, o al menos que el foso bajase decibelios.

El barítono alemán Heiko Trinsinger tiene un timbre desigual, buen volumen pero una línea de canto donde pareció elegir el lado brusco de Mandryka en todos los aspectos, pese a ser un straussiano reconocido, y otro tanto con el padre de Arabella, el Conde Waldner del bajo austriaco Christoph Seidl, bastante tosco en todos los sentidos, donde lució más la parte escénica que la musical. Su esposa Adelaide, la mezzo británica Carole Wilson, se sumó a la astracanada lírica pese a contar con un buen instrumento que ni lució ni convenció, como tampoco con un vestuario chabacano hasta para carnavales.

Los pretendientes de Arabella desarrollaron distinto trabajo: interesante el de los tres condes aunque igualmente contagiados de esa falta de emociones, optando por una desmesura interpretativa. Mejor el Elemer del tenor barcelonés Vicenç Esteve, progresando lentamente “nuestro” bajo asturleonés Javier Blanco como Lamoral, que va ganando enteros poco a poco, y un oscurecido Dominik del barítono de Palamós Guillem Batllori. El Matteo a cargo del tenor coreano Jihoon Son no tuvo el peso vocal esperado, de poca proyección y agudos metálicos, aunque sí dio todo en su lado actoral que por momentos incluso provocaría cierta chanza cada vez que colocaba la pistola sobre la sien.

De los roles más breves, en el primer acto la mezzo gerundense Claudia Schneider como La tiradora de cartas fue convincente, el Cartero del venezolano debutante Ángel Simón (que canta en el Coro de la Ópera) más limitado vocalmente pero un barítono que irá creciendo y perfeccionándose paulatinamente en nuestra tierra porque “hay madera”. Mientras tanto en el segundo acto cuando esperábamos un tirolés canto “yódel” de La Fiakermilli escrito para lucirse, Cristina Toledo nos dejó todo un catálogo de gritos sobreagudos que contribuyeron a todo un esperpento lírico. Por último el actor ovetense Carlos Mesa convence hasta hablando en alemán.

Si «Arabella» es un título poco representado, con los mimbres mostrados en Oviedo pienso que tardará lustros en reponerse, mostrando las falsedades de la vida moderna que resultarían paralelas a la propia representación. Una lástima porque el tándem Strauss-Hofmannsthal nos ha dejado tres páginas para disfrutarlas (junto a «El caballero de la Rosa» y «Elektra») y no para abrir la boca o echar una cabezada, pues “la vida para los ociosos también es espectáculo”, pero como los clientes de este “hotel de los líos” nos fuimos a dormir porque no puede pasar nada más.

FICHA:

Domingo 17 de noviembre de 2024, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. Richard Strauss (1864-1949): «Arabella», Lyrische Komödie en tres actos, op. 79, con libreto de Hugo von Hofmannsthal. Estrenada en el Sächsisches Staatstheater de Dresde el 1 de julio de 1933. Producción del Aalto-Musiktheater Essen.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Corrado Rovaris – Dirección de escena: Guy Joosten – Escenografía y figurinista: Katrin Nottrodt – Iluminación: Jürgen Kolb – Repositora de iluminación: Charlotte Marr.

REPARTO:

Arabella: Jessica Muirhead (soprano) – Zdenka: María Hinojosa (soprano) – Conde Waldner: Christoph Seidl (bajo) – Adelaide: Carole Wilson (mezzosoprano) – Mandryka: Heiko Trinsinger (barítono) – Matteo: Jihoon Son (tenor) – Conde Elemer: Vicenç Esteve (tenor) – Conde Dominik: Guillem Batllori (barítono) – Conde Lamoral: Javier Blanco (bajo) – La Fiakermilli: Cristina Toledo (soprano) – La tiradora de cartas: Claudia Schneider (mezzosoprano) – Welko: Carlos Mesa (actor) – Cartero: Ángel Simón (barítono).

Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias.

Un arranque luminoso de la temporada

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Viernes 11 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Mahler eterno, Abono I OSPA, Roman Simovic (violín), Pablo Ferrández (cello), Nuno Coelho (director). Obras de Brahms y Mahler.

Este viernes otoñal arrancaba la 34ª temporada de abono de la OSPA y tercera del titular Nuno Coelho (Oporto, 1989) aunque todavía sin cubrir la plaza de concertino que volvía a tener de invitado a Aitor Hevia, más un programa con más conocidos desde hace años en la capital asturiana: el  concertino de la LSO Roman Simovic (1981), colaborador artístico esta temporada, y el chelista madrileño Pablo Ferrández (1991) que junto al director portugués mantuvieron un encuentro previo a las 19:15 en la sala de cámara, donde nos hablaron de lo que supuso el premio del concurso Tchaikovsky, del concierto doble de Brahms que interpretaría posteriormente y muchos le recordamos junto a Anne-Sophie Mutter (grabado para Sony©), el más difícil para él como es el triple de Beethoven, o sus incursiones en el género camerístico (esperando disfrutarle con su hermana Sara), especialmente con Janine Jansons que disfruta siempre, ensayando tres días intensamente antes de cada concierto, buen síntoma de amor y entrega por la música. Finalmente el maestro luso nos recordaría el inicio del Ciclo de Cámara, un concierto mensual que comienza este domingo a las 12:30 precisamente con el Octeto de Schubert donde también estará Simovic junto a siete músicos de la sinfónica asturiana.

Al fin un auditorio casi lleno, con colas para sacar las entradas que retrasaron casi un cuarto de hora el inicio del concierto, y una breve introducción del titular dando la bienvenida a una ilusionante temporada que se ha titulado como «Música para el paraíso», y con dos compositores para testear el buen estado de la OSPA junto al maestro portuense que ya conoce al detalle su orquesta, trabajando duro y comprobando la calidad de esta formación que está en su momento dulce, madura y entregada en unos tiempos no siempre buenos para la sinfónica pero que con su música nos vuelven a hacer olvidar y disfrutar.

Para la primera parte nada menos que el Doble concierto para violín y violonchelo en la menor, op. 102 (1887) de Brahms (1833-1897), su despedida de la música sinfónica que tiene todo el dominio orquestal y el buen gusto camerístico con dos solistas que se entendieron a la perfección y una buena concertación desde el podio. La entrada de Ferrández con su Stradivarius Archinto (1689) en el Allegro inicial llenó de poderío la sala principal, el Ex Nachez (1709) de Simovic no se quedó a la zaga, y la sonoridad orquestal mantuvo en su sitio tanto los planos sonoros como los tempi siempre ajustados por el director portugués. La joya del Andante sonó cual lied, las tres notas (la, re, mi) que van tejiendo y creciendo ese ambiente lírico con dúos solistas encajados y el «arrullo» sinfónico antes del Vivace non troppo más reposado de lo indicado pero igualmente brillante a cargo de todos, con un éxito que obligó a saludar hasta cinco veces pero sin propinas dada la extensión del concierto. Si el chelista madrileño tiene más que asimilado este «Doble de Brahms«, el montenegrino afincado en Londres contagia alegría y buen gusto, empuja a todos y hasta el «duelo de arcos» resultó de una elegancia extrema. Coelho sacó de todas las secciones el colorido ideal así como un sonido consistente, bien empastado y casi el mejor «calentamiento» para la Quinta de Mahler.

Ramón Avello en las notas al programa define la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1903) de Mahler (1860-1911) como «Síntesis de lo trágico y lo jubiloso: viaje de la oscuridad a la luz o autobiografia a través de la polifónica», música absoluta para esta págiba que como siempre digo «no hay quinta mala», con una plantilla bien reforzada para la ocasión y sin fisuras en ninguna sección. Una sinfonía que marcará el comienzo de una nueva fase creativa con tres partes y cinco movimientos:

  • Trauermarsch. In gemessenem Schritt. Streng. Wie ein Kondukt.
  • Stürmisch bewegt. Mit grösster Vehemenz.
  • Scherzo. Kräftig, Nicht zu schnell.
  • Adagietto. Sehr langsam- Attaca.
  • Rondo-Finale. Allegro-Allegro giocoso. Frisch.

Si los tres primeros suponen la expresión de dolor, los dos últimos alcanzarán la luz vital tras un viaje que comienza en la oscuridad interior. Desde la marcha fúnebre inicial, con un un impecable solo de Maarten van Weverwijk, el maestro Coelho optó por pintar cual Klimt cada color, sacando brillo a los dorados o jugando con una amplia gama de ocres, vientos llenos de matices y una cuerda delineando cada motivo, manteniendo una pulsación pausada para paladear una música intensa. Lo tormentoso del segundo movimiento estuvo lleno de contrastes emocionales y dinámicos, una cuerda tersa, limpia y acoplada, metales redondos y rotundos, maderas cristalinas, percusión ajustada y sobre todo una musicalidad bien entendida y marcada por el director, jugando con el rubato justo y una amplia gama de matices. La alegría del scherzo con aires de vals y «laendler» vienés nos traería el magnífico solo de Javier Molina en un sexteto de trompas que cuajó uno de los mejores sonidos que recuerdo, sumando todo el metal, una cuerda donde una tarima para los contrabajos hubiese reforzado los graves, pero homogéneas todas las secciones, al fin un pizzicato presente y encajado, y con una compenetración con la batuta muy destacable. El «cinematográfico Adagietto» volvió a enamorar como Alma a Gustav, una cuerda sedosa con el arpa de Mirian del Río, manteniendo un tempo giusto que nunca decayó pese a lo melancólico, y ese final luminoso y alegre del Rondó, con ese tutti sinfónico que avanza cual montaña rusa, dejándonos una fuga algo embarullada pero que transmitió la alegría de vivir cerrando este viaje sentimental y musical, una primera y esperanzadora etapa ya con ganas del abono segundo («Arquitectura hecha música») tras la Arabella operística, allá para el 29 de noviembre donde sonará otra Quinta, la de Bruckner en su bicentenario.

Una Resurrección para 25 años

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Sábado 8 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario 25 aniversario del Auditorio «Príncipe Felipe»: Slávka Zámecníková (soprano), Fleur Barron (mezzo), OSPA, OFIL, Coro de la FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuno Coelho (director). Mahler: Sinfonía nº 2 en do menor, «Resurrección». Butaca de patio: 15 €.

Hace años que el «tiempo de Mahler» ha llegado, siendo el compositor que más grabaciones de sus obras tiene y uno de los más programados, así que nada mejor para conmemorar las Bodas de Plata del Auditorio de Oviedo que con su monumental segunda sinfonía, «Resurrección», uniendo las dos principales orquestas asturianas que llenan gran parte de la programación en este edificio de Rafael Beca sobre los antiguos depósitos de agua de «La Viena Española», como en 2017, un sábado casi invernal con buena entrada (pese al partido de promoción del Real Oviedo), y el titular portugués de la OSPA al frente (con Aitor Hevia nuevamente de concertino), volviéndome mis recuerdos de hace casi 16 años donde el «Coro de la Fundación» interpretaba esta misma sinfonía con la entonces premiada Orquesta del Sistema venezolano bajo la batuta de un Dudamel que comenzaba una meteórica carrera que últimamente parece haberse estancado.

Difícil unir dos formaciones para esta sinfonía pero el maestro Nuno Coelho puso todas las herramientas para conseguir una más que aseada versión, aunque las distintas secciones no estuviesen del todo ajustadas con un inicio titubeante pero que a medida que la obra avanzaba la complicidad entre todos se notó y fue de menos a más como la propia Segunda Sinfonía, de la muerte a la vida.

Si el primer movimiento son esos «Ritos fúnebres», la oscuridad y contrastes se alcanzaron con un Coelho claro y preciso en los gestos y literalmente Con expresión totalmente seria y solemne, encajando este monumental arranque que como escribe la doctora Cortizo «expresando la lucha del hombre ante su inexorable destino: la muerte», una lucha desde el podio cargada del dramatismo mahleriano con silencios subrayando esa oscuridad que planea en estos Totenfeier y que la OSPA+OFIL fue creciendo en entrega.

El sosiego y tranquilidad llegaría en länder del segundo movimiento, la cuerda aterciopelada, expresiva, con un sonido muy cuidado bien secundado por la madera, siempre un seguro en las dos formaciones, gama amplia de matices marcados al detalle por el maestro Coelho, con buen balance para esta masa sinfónica sin perder las líneas melódicas, destacando un redondo «pizzicatto» contestado por un flautín digno de estudio ornitológico.

Y como siguiendo el guión indicado en la propia partitura, un tercero «tranquilo y fluido», diálogos de maderas exquisitas con una cuerda cristalina en un tempo para disfrutar el Mahler que habita entre nosotros de su canción Des Antonius von Padua a los peces sobre unos de los poemas de «El cuerno mágico de la juventud», un scherzo optimista que Coelho dibujó con su precisión habitual, contrastes voluptuosos muy logrados, perfilados más que dibujados, haciendo brillar a esta gran orquesta astur.

La esperada canción “Urlicht» (“Luz primordial”) subió enteros gracias a la ya conocida mezzo Fleur Barron de emisión increíble, color vocal ideal para Mahler, dicción perfecta y unos graves de diamante (por el brillo y dureza) sin perder nunca homogeneidad e impregnando de emoción y complicidad en el acompañamiento de Nuno Coelho o en el dúo con Aitor Hevia, mimando las dinámicas sabiendo hasta dónde llegar para no perdernos este cuarto movimiento que dice «El buen Dios me dará un poco de luz, ¡me conducirá a la vida eterna!», luces tenues, casi párvulas en los metales mecidos por una cuerda de seda, esperanzador viaje de la muerte a la vida preparando la «Resurrección» final con un corno inglés lastimeramente bello.

Y si el primer movimiento es monumental aún más el quinto, sublime, con el coro empastado, piano junto a la eslovaca Slávka Zámecníková (1991), otro ‘descubrimiento’ perfecto para completar este torbellino emocional y misericordioso de esta segunda para las bodas de plata: volumen penetrante sin forzar,  presente, delicada, sobrevolando desde detrás de las arpas y delante del coro (junto a la mezzo irlandesa en feliz empaste de ambas), Coelho sacando lo mejor de los músicos, tanto la banda externa de trompas y trompetas en las alturas como en un escenario con la caja escénica abierta para acoger este ejército sinfónico. El resplandor del poema de Klopstock brillante, impactantes los metales y percusión del Dies Irae, la montaña rusa de sensaciones con dinámicas extremas, el coro con esta obra en sus genes, interiorizada y muy trabajada en todos los aspectos, avanzando hacia el final ya en pie para un Finale que sigue poniendo la carne de gallina y haciendo subir las pulsaciones ante las últimas palabras que «levantan el vuelo» y nos hacen morir para vivir. Otra Resurrección asturiana a la espera de mi deseada Octava…

PROGRAMA

Gustav Mahler (1860-1911)

Sinfonía nº 2 en do menor, “Resurrección” (1895)

I. Totenfeier (Ritos fúnebres). Mit durchaus ernstem und feierlichem Ausdruck
(Con expresión totalmente seria y solemne). Allegro Maestoso

II. Sehr gemachlich (Muy tranquilo). Andante moderato

 III. In ruhig fliessender Bewegung (Con un movimiento tranquilo y fluido)

IV. Sehr feierlich, aber schlicht (Muy solemne, pero sencillo)

“Urlicht” (“Luz primordial”)

V. Im Tempo des Scherzos. Wild herausfahrend (En el tempo del Scherzo. Salvajemente conduciendo hacia adelante)

“Aufersteh‘n” (“Resurrección”)

Mahler para 25 años de Auditorio

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Este lunes 27 de mayo a las 11:30 horas tenía lugar en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo la presentación a los medios de comunicación de los dos conciertos extraordinarios con motivo del 25 Aniversario del «Auditorio Príncipe Felipe», que se celebrarán los próximos días 8 y 28 de junio.

La OSPA y Oviedo Filarmonía se unirán de nuevo en dos conciertos con Mahler de protagonista. Tomaba la palabra en primer lugar David Álvarez Menéndez, Concejal de Cultura y presidente de la Fundación Municipal de Cultura (FMC) para recordar la efemérides y repasar por alto quién fue Don Gustavo y las sinfonías corales del bohemio de las que en Oviedo sólo nos queda la número 8 «De los Mil», que llevo años pidiendo a SSMM cada víspera de Reyes, como le recordé, esperando cumplir el sueño en esta legislatura. Las tres requieren gran cantidad de efectivos pero en «La Viena española» todo es posible.

Antón García Fernández, director general de Acción Cultural y Normalización Llingüística también hacía referencia al primer cuarto de siglo del auditorio diseñado por Rafael Beca que los que ya peinamos canas todavía recordamos los depósitos de agua que aún conservan parte en esta sala (dándole además una acústica ideal), veinticinco años con una programación de altura que ha puesto a la capital del Principado en el mapa de los grandes conciertos.

Ana Mateo Martín, gerente Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), que estaba «en su casa» como sede de la formación desde la inauguración, bromeando con la infraestructura que suponen estas dos sinfonías para celebrar las Bodas de Plata del Auditorio, aceptando el reto del concejal y recordando anteriores colaboraciones con la formación ovetense.

María Riera, directora general de la FMC también recordó la unión de ambas orquestas no solo en estos conciertos, como La consagración de la primavera de Stravinsky, la Sinfonía alpina de R. Strauss o la Sinfonía nº 7 «Leningrado» de Shostakovich entre otras, sino también en la Ópera de Oviedo, contabilizando nueve colaboraciones como Sigfrido y el último El ocaso de los dioses de Wagner con sus cuatro representaciones, y recordó que las entradas se pondrán a la venta a partir de mañana martes 28, con precios asequibles de 15€ en butaca y 10€ en anfiteatro, con la posibilidad de abonarse a los dos conciertos por 27€ y 18€ respectivamente, con un 10% de descuento.

El sábado 8 de junio a las 20:00 horas, OSPA y OFIL volverán a interpretar la Sinfonía nº 2, «Resurrección» junto a la soprano Slávka Zámecnniková, la mezzo Fleur Barron que vuelve a Oviedo, el Coro de la Fundación Princesa de Asturias que dirige José Esteban García Miranda (aún recuerdo esta misma sinfonía en 2008 en los inicios del blog, o la de hace 7 años con Pablo González, un mahleriano reconocido) y todos ellos, en torno a unos doscientos intérpretes, bajo la batuta del titular de la OSPA, Nuno Coelho, como anfitrión de este primer Mahler de junio.

Y el viernes 28 de junio a la misma hora, sin moverse del Auditorio y «devolviendo» visita será el titular de la OFIL el onubense Lucas Macías quien llevará la dirección de la Sinfonía nº 3 en re menor con la OSPA, la mezzo Dame Sarah Connolly más los coros Aurum y Peques del León de Oro (LDO) que dirige Elena Rosso, la mejor cantera vocal asturiana.

Por causa del Covid nos quedamos sin otro Mahler conjunto para la Sinfonía nº 9 en re mayor programada para el  día 26 de junio de 2020 con Lucas Macías, pero dado que ya llegó el «tiempo de Mahler», no faltarán más sinfonías de mi querido Don Gustavo, esperando por esa Octava «De Los Mil» que aún no ha sonado en Oviedo, esperándola como un niño de 12 años.

Para quitarse el birrete

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Viernes 24 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono XII «La bella molinera»: OSPA, Clara Mouriz (mezzo), Juanjo Mena (director). Obras de Ravel, Montsalvatge y Falla.

Penúltimo concierto de abono de la temporada regular de la OSPA, en busca de concertino (hoy de nuevo Aitor Hevia) y el regreso como director invitado del vitoriano Juanjo Mena (1965) con un programa que el público agradece por ser de los que la formación asturiana tiene interiorizados y de vez en cuando conviene volver a airear, esta vez junto a la mezzo donostiarra Clara Mouriz, a quien descubrí en 2013 y me dejase buen sabor de boca hace ya 7 años.

Con una entrada muy pobre en el auditorio, la ciudad cercada por las Fuerzas Armadas y la música militar de la Legión (cabra incluida) al lado, banda de cornetas y tambores con su repertorio, más la Música (Banderita tú eres roja cantada por toda la Plaza del Fresno, y Paquito el chocolatero bailado hasta por los gastadores), antes de emprender camino a la Catedral, mi opción era clara, llegando para el encuentro previo de las 19:15 en la sala de cámara con la mezzo vasca, aunque teniendo que cantar a continuación tampoco se la forzó mucho pero sirvió para que nos contase su experiencia inglesa desde sus tiempos de alumna y posteriores compromisos, su trabajo con Mena y un breve análisis de las obras que interpretaría después. Desconozco la razón de titular este duodécimo de abono «La bella molinera» pues no escucharíamos a Schubert sino todo un programa de la que se puede llamar «música española universal», con el vasco-francés Ravel y su Rapsodia Española, las inspiradas canciones antillanas y caribeñas de la España colonial del catalán Montasalvatge, más el «Falla que no falla» donde el tricornio se convirtió en birrete.

El maestro Juanjo Mena cuidó en este programa el timbre instrumental, buscando sonoridades casi británicas, trabajando igualmente unas amplias dinámicas, aunque en la primera parte la OSPA tardó en calentar. Ravel en los cuatro números de su Rapsodia española (1907) trabaja temas hispanos que causaron la admiración de Falla. Los distintos ritmos provocaron algún desajuste, pero con una gran orquesta pudimos comprobar la rica cuerda del Preludio a la noche, moderado en todos los sentidos y de aires impresionistas con matices (como prepararndo la segunda parte); una vivaz Malagueña mostró el mimo por los matices y una tímbrica en los solos que pareció una orquesta distinta; la Habanera todo un manejo del rubato con Hevia mandando junto a una madera que hoy sonó inspirada; la animada Feria fue un despliegue de luz sonora, metales broncíneos, la flauta sobrevolando majestuosa y el corno inglés caribeño en el fraseo, la cuerda «desconocida» y la percusión brindándonos unos fuegos artificiales en una interpretación global que fue de menos a más.

Las Cinco canciones negras (1945) son una delicia para voz y piano que me enamoraron al escucharlas por la irrepetible Teresa Berganza. La orquestación de 1949 muestra el buen oficio del compositor catalán, y pese a la inspiración en nuestras antiguas colonias del Caribe, respiran un idioma francés que sobrevoló todo el concierto pese a concebirlo como la universalidad de nuestra música popular elevada a lo sinfónico, mayor colorido pero más exigente para la voz de soprano o mezzo. Cantadas por Clara Mouriz nos mostraron lo buen concertador que es el director vitoriano así como conocedor de estas cinco joyas, aunque en el Chévere y el último Canto negro se le escapase más volumen del necesario, si bien el color de la mezzo no es homogéneo y pese a tener unos graves suficientes, el balance con la orquesta se hizo difícil (en disco evidentemente sí se logra). Tampoco pudimos escuchar con claridad los excelentes textos poéticos que al menos figuraban en el programa de mano. Cuba dentro de un piano fue un «abanico» orquestal mejor que la original, bien matizada por Mena, y otro tanto del Punto de Habanera, donde la voz de la donostiarra sonó en su mejor tesitura. De las cinco me quedo con la Canción de cuna para dormir un negrito que sonó más equilibrada, con momentos susurrados donde comprobar la técnica vocal y la musicalidad de esta belleza (nada molinera) de Montsalvatge.

Tras la primera parte y con la OSPA a punto, Juanjo Mena nos traería el mejor Falla que nuestra orquesta ya llevase al disco en tiempos de Max Valdés e interpretado varias veces a lo largo de estos seis lustros largos. Puedo decir que los años han dado madurez a la formación asturiana y el enfoque del director alavés fue todo un acierto que se pudo comprobar por lo apuntado de la búsqueda de tímbricas y dinámicas bien devueltas por los profesores (y profesoras), con refuerzos obligados, brillando todos al máximo nivel. Me consuela que sea mi último concierto de la temporada (me perderé el abono XIII y no por superstición sino debido a otro compromiso ineludible) por lo que supuso este «reencuentro» con la mejor impresión de la orquesta de todos los asturianos.

Clara Mouriz abría esta segunda parte dedicada a Don Manuel con el aria de Salud «Vivan los que ríen» (de La vida breve) un esbozo operístico con giros de cante jondo donde la mezzo dejó su buen hacer en este repertorio nuestro y la OSPA con Mena sonó en su mejor dimensión, bien concertada, equilibrada y casi preludio del ballet completo, también con las breves apariciones de Mouriz en la misma línea de esta Salud.

El sombrero de tres picos es una verdadera prueba de fuego sinfónica, danzas reconocibles de una orquestación exquisita que el maestro Mena conoce como pocos y ha llevado por los mejores escenarios del mundo. Sacar todos los ritmos tan españoles de Fandango, Seguidilla, Farruca o la impactante Jota final es una labor de orfebre, tímbricas muy trabajadas, cambios encajados y dejando a los primeros atriles disfrutar en sus solos. Cada sección parecía competir en musicalidad, con unas trompas al fin rotundas capitaneadas por Javier Molina, las trompetas majestuosas con Maarten van Weverwjik en  cabeza, Juan Pedro Romero al oboe o Pablo Amador Robles al corno rivalizarían en sus «cantos», John Falcone nos brindó con el fagot pasajes con la comicidad justa y un sonido muy logrado; Myra Sinclair a la flauta redondeando maderas y metales; Mirian del Río con el arpa tras el Ravel primero y conjunto que dejó su halo como para Anna Crexells pasando de la celesta al piano. La cuerda con los primeros Aitor Hevia y Daniel Jaime al frente sonó británica por afinidad, afinación, complicidad, contrabajos, cellos y violas junto a los segundos tan primeros como el resto.

Y el quinteto de percusión más los timbales tan necesarios en este Sombrero por el empuje, la rítmica, la sonoridad en su plano justo, con Juanjo Mena dibujando y hasta bailando sobre la tarima, coreografiando el «Casadita, casadita» de Clara Mouriz con las palmas y jaleos orquestales perfectamente encajados,  y hasta el «¡Cucú, cucú!»de la Danza del molinero e incluso taconeos redondeando un tricornio que se volvió birrete de profesores por esta espléndida versión.

PROGRAMA

Maurice Ravel (1875 – 1937)

Rapsodia española:

I. Preludio a la noche – II. Malagueña – III. Habanera – IV. Feria

Xavier Montsalvatge (1912 – 2002)

Cinco canciones negras:

I. Cuba dentro de un piano – II. Punto de habanera – III. Chévere – IV. Canción de cuna para dormir
un negrito – V. Canto negro

Manuel de Falla (1876 – 1946)

La vida breve: “Vivan los que ríen”

El sombrero de tres picos:

Introducción

Parte I:
La tarde – Danza de la Molinera (Fandango) – Las uvas

Parte II:
Danza de los vecinos (Seguidillas) – Danza del Molinero (Farruca)-  Danza del corregidor – Danza final (Jota)

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