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Marcos Fernández Barrero, Premio OSPA

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Este viernes 12 de abril tuvo lugar el Concierto Extraordinario «Concurso Composición OSPA 2013» con Rossen Milanov al frente. Marcos Fernández Barrero (1984), en el centro de la foto, fue el ganador con la obra Resonancias para orquesta (2012) mientras Jorge Ortal Grandal (1969), a la izquierda, con Elementos vitales (2013) se llevó el premio del público que votó tras escuchar las tres obras finalistas, siendo Diálogos del tiempo y el espacio (2012) de Hermes Luaces Feito (1975) la que completaba terna.

OSPA TV entrevista a los tres compositores finalistas

El jurado estuvo compuesto por el maestro Milanov, director titular de la OSPA, el compositor Jesús Rueda, la musicóloga María Sanhuesa, más dos músicos de la orquesta asturiana: el concertino Alexander Vasiliev y el fagotista Vicente Mascarell.

Aunque le dedicaré una entrada más extensa, las tres obras finalistas utilizaron la misma plantilla orquestal con mayor o menor percusión y de duraciones similares (en torno a los 15 minutos y un poco más la preferida del público) siguiendo las bases del concurso.

La obra ganadora para los expertos, Resonancias para orquesta, me resultó «cercana» a los años 50 del pasado siglo con juegos de texturas, dinámicas, cambios de tempo y pinceladas o guiños de Shostakovich a Bernstein en rítmicas de lenguaje musical muy cinematográfico sin olvidar una percusión que parece casi imprescindible en todo autor contemporáneo.

El voto popular optó por Elementos vitales, mucho oficio del cubano afincado en Vigo que construye una obra «pastiche» en el sentido de mezclar de todo un poco, ritmos caribeños, compases de amalgama, John Barry, Maurice Jarre, «Lawrence de Arabia» y «Memorias de África» sin olvidar unas variaciones canónicas Pachelbel o el «Superman» de John Williams, con orquestación académica, redonda y «populista» en el sentido de más melódica, asequible y digerible al oído no muy entrenado que prefiere referencias y puntos de apoyo antes de esforzarse por probar cosas nuevas.

De la tercera en liza, como de las anteriores, espero comentar más detalladamente cada una de ellas. Quede aquí la reseña rápida y a vuelatecla recién llegado a casa.

Creación eterna

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Viernes 22 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario de Semana Santa: OSPA, Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Esteban García Miranda), William Berger (barítono), Topi Lehtippu (tenor), Eleanor Dennis (soprano). Director: Benjamin Bayl: La Creación, Hob. XXI/2 (Franz Joseph Haydn).

Como filosofía de vida puede resultar paradójico hablar de muerte y después creación en un devenir donde la materia ni se crea ni se destruye, se transforma. Música coral donde la palabra (todo un detalle regalar el libreto bilingüe) se recrea, subraya, describe, emociona y transciende. Independientemente del significado que esta obra tenga para mí (se cantó «el dúo» en mi boda), el oratorio La Creación casi siempre es placentero escucharlo, y más cuando confluye todo para lograr un resultado excelente en directo, siempre irrepetible:

  • El Coro de la FPA afrontó con equilibrio, seguridad, decisión, empaste, afinación y convencimiento una composición exigente para todas las voces, que pese a encontrarse con un auditorio medio lleno, dieron lo mejor de ellos. Están en plena forma y como dicen los entrenadores, llegando al pico de rendimiento, pues la fuga final resultó sobresaliente.
  • Los solistas en conjunto resultaron como suele decirse aseados, y utilizando el lenguaje coloquial paso a describirlos: un alto «tenorín» australiano (de origen finlandés) de precioso color vocal aunque algo escaso de volumen para el plantamiento global, una soprano escocesa rubia como la cerveza brillante en todos los sentidos, y especialmente el barítono «roxu» que destacó entre ellos no ya por su color sino por la expresividad en cada una de sus apariciones como Rafael o Adán, narrando o actuando para enamorar a Eva. Las combinaciones que Haydn hace en su oratorio dan mucho juego para disfrutar de recitativos con un pianoforte inusualmente utilizado, arias, dúos y tríos, solos o con el coro, de ahí mi clasificación de menos a más. No me olvido de la mezzo del coro Carmen Luz que participó completando el cuarteto final con sus compañeros.
  • La orquesta plenamente asentada, con calidad desbordante en todas sus secciones que se adapta como un guante a las exigencias de cada director, sabedora de su capacidad para cumplir sobradamente y todavía más en el Clasicismo, siendo el director quien marque las diferencias, contando con Jorge Jiménez como concertino invitado para la ocasión.
  • Y como responsable total el también australiano (que no aunque parecido a asturiano) Maestro Bayl, que volvía de nuevo a Oviedo, tras un Mesías y otro Haydn que en su momento me emocionó así como la última Agrippina, se puede decir que con mando en plaza y con quien los intérpretes locales se sienten realmente cómodos aunque les exprima al máximo para lograr resultados como el del concierto fuera de abono que dió un paso más.

Rafael Banús titula sus notas al programa «Del caos a la luz» que entronca muy bien con mi reflexión inicial de muerte y vida, progresión a lo largo de la obra con tres partes perfectamente estructuradas, «recuperando, a la manera de las Pasiones, la idea de una “pequeña ópera espiritual”, en la que se alternaran los pasajes de las Santas Escrituras con otros líricos y contemplativos, propios del teatro dramático«, con todas las reminiscencias luteranas, anglicanas y hasta mozartianas que queramos, pues de muchas fuentes bebió «Papá Haydn» para este oratorio, que supone seguir ampliando repertorio para el tradicional concierto antes de la Semana Santa, pues no sólo de Bach vivimos los melómanos. Volviendo a las notas de Banús en cita del propio Haydn, “La Creación de Dios ha sido siempre considerada como la obra más noble, la más capaz de inspirar respeto al hombre que la contemple. Componer un acompañamiento musical adecuado a esta gran obra no puede tener otros efectos que intensificar el sentimiento de respeto en el corazón de los hombres y volverles más sensibles hacia la bondad del todopoderoso Creador. ¿Cómo podría ser todo esto irrespetuoso con la Iglesia?”, cerrando el círculo Catedral – Auditorio con la palabra hecha música y ésta Arte. Un concierto redondo del que disfruté como lo hicieron el jueves en el Jovellanos de Gijón… ¡o un poco más!, dando la enhorabuena a Benjamin Bayl como cabeza visible.

Este viernes, además de llorar con «Lágrimas Negras» la muerte de Bebo Valdés, de empatar «la Roja» contra Finlandia (que vuelve a aparecer en esta entrada) también había en Avilés concierto de órgano con mi querido Fernando Álvarez Menéndez dentro de la XXXVI Semana de Música Religiosa, pero humano es carecer de la ubicuidad. De mis próximos conciertos informaré como pueda, vía teléfono, tableta o incluso Twitter©, que la tecnología nunca está reñida con los sentimientos…

Noche completa y vienesa

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Viernes 15 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono 8: OSPA, Matthias Bamert (director). Obras de Schönberg, Mozart y Schubert.
Tres obras de tres compositores con Viena como nexo común y un programa tal vez «obligado por la crisis» pero al que no podemos poner pegas.

La Noche transfigurada, Op. 4 -revisión 1943- (Schönberg) es un auténtico examen para cualquier cuerda orquestal y la de la OSPA volvió a sacar sobresaliente bajo una batuta experta como la del Maestro Bamert, de gesto contenido pero preciso y conocedor de esta Verklärte Nach originalmente para sexteto de cuerdas que además consiguió esa sonoridad camerística para la sección estrella de nuestra formación. Hacía tiempo que no escuchaba con tanta limpieza y vigor los arcos, en general todos los recursos que la obra exige, brillando solistas y conjunto en una lectura clara de la partitura. Emociones contenidas y muestrario anímico hecho música a partir de un texto de Dehmel que recuerda muy bien el maestro Rogelio Álvarez Meneses en las excelentes notas al programa (número 02 de la revista trimestral de la OSPA) que incluyo como enlace en los autores del inicio. Obra aún tonal pero expresionista por lo que a «expresión de sentimientos» concierne, personalmente lo mejor del concierto, con los músicos en total empatía.

Con el trasiego necesario en escena para la siguientre obra, enmarcada en la llamada «Harmoniemusik» (de la que nos habló Rogelio Álvarez en la conferencia previa) y finalmente el descanso que no sabíamos si vendría aquí, apareció el octeto de viento que podemos contemplar en las fotos, con el maestro suizo al frente, personalmente innecesario por la formación camerística pero igualmente artífice del excelente resultado de esta Serenata nº 12 en Do m., KV. 388 (Mozart), como espoleados por la «transfiguración» anterior y demostrando nuevamente el nivel de excelencia también en la sección de viento asturiana: Ferriol y Romero, Mascarell y Falcone, Andreas y Daniel, Morató y Rosado fueron desgranando los cuatro movimientos escritos con la maestría, dificultad y precisión del genio de Salzburgo, y un Bamert sin batuta mimándolos cual coro de cámara, empastes de cañas dobles, muestrario de combinaciones de cuatro a dos, con las trompas ensambladas como una -puntualmente algo fuertes- y clarinetes buscando equipararse a los oboes en presencia, todo un juego de excelencia donde el peso recayó en Juan Ferriol que sigue asombrando por su excelencia en todas sus intervenciones. Una maravilla mozartiana descubierta por muchos aficionados y colocada entre Arnold y el bueno de Franz, aunque la música de cámara con los solistas de la OSPA debería estar en otra programación.

La Sinfonía nº 8 en Si m., D. 759 «Incompleta» (Schubert) nos devolvió la orquesta casi al completo y recuperando la «colocación vienesa» que sigue funcionando a la perfección, sobre todo en este repertorio. Si las dos obras anteriores parecieron «calentamiento» para el tutti, la interpretación que Matthias Bamert hizo de esta sinfonía en dos movimientos hizo brotar todo lo anteriormente sembrado. «Intensidad e introspección» escribe Álvarez Meneses de esta obra polémica sobre su planteamiento, inconcluso o así pensado, resultó más que suficiente para disfrutar del conocido Allegro moderato con la entrada en graves envolviendo todo y el juego orquestal posterior, y sobre todo paladear el Andante con moto, «La apoteosis del amor» cerrando sentimientos presentados en la primera parte. No tiene final buscando el «aplauso fácil», tal vez interrogante buscada en esta «noche transfigurada» pero amorosa y menguada solamente en efectivos, que no en calidad. Sonoridades claras, contrastes en su medida, volúmenes ajustados, conocimiento y convencimiento para un compositor que nunca cansa al descubrir algo nuevo si hay química entre todos.
El próximo viernes tendremos el concierto extraordinario de Semana Santa con La Creación de Haydn donde recuperaremos orquesta, Coro de la FPA y la vuelta de Benjamin Bayl, pero todo a su tiempo…

Brandhofer y So

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Viernes 22 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 7, OSPA, Christian Brandhofer (trombón), Perry So (director). Obras de Mozart, Salvador Brotons y Sibelius.

Dos protagonistas en el séptimo de abono de nuestra orquesta: el maestro So que volvía al podio como un soplo de frescura, juventud y buen hacer, más el trombonista principal que daba el paso adelante como solista en una obra capaz de sacar de su instrumento colores y sonidos inimaginables.

La disposición vienesa se mantiene desde el anterior y el concierto lo abría la Sinfonía nº 29 en LA M., K. 201 / 186a (Mozart), plantilla y colocación «ad hoc» para esta obra de juventud donde el viento reducido a dos trompas y dos oboes que funcionaron como nos tienen acostumbrados, se impusieron a una cuerda que pudo implicarse más en esta hermosa y juvenil sinfonía, pues había motivos para el lucimiento con los tempi elegidos por el director de Hong Kong, echando de menos más claridad en los fraseos aunque se lograsen buenas dinámicas, «belleza en la sencillez» siempre traicionera. El Allegro moderato contagió la vitalidad de la batuta, mientras el Andante dejó momentos en el viento realmente hermosos y una cuerda dulce. El Minuetto devolvió la homogeneidad deseada en cuanto a la visión de conjunto, para rematar «in crescendo» el Allegro con spirito resultando como apuntaba el mismo viernes una OSPAterapia que sube el ánimo y perdona detalles mejorables aunque para muchos impercetibles.

Salvador Brotons es un director y compositor catalán del que habló Israel López Estelche en la conferencia previa («Nuevas líneas compositivas en la música española de finales del siglo XX») y autor de las notas al programa que están enlazadas en los nombres de los compositores. De su primera faceta tengo el gusto de haberle escuchado dirigir a Carmen Yepes con la Sinfónica de Vancouver, aunque la segunda, amplia y variada, tengo que conformarme con la web.

Conocedor de la materia orquestal como nadie, más aún con las bandas de música -de las que habría mucho que escribir-, alumno de Montsalvatge pero sin etiquetas por el lenguaje utilizado («amable» decía el compositor y musicólogo afincado en Oviedo), su Concierto para trombón Op. 70 (1995) explora en sus cinco movimientos sin pausa todo un universo sonoro no ya melódico -del que hay mucho- sino de búsqueda de timbres y registros únicos, juegos de sordinas capaces de lograr trampantojos sonoros en el color y expresividades extremas que requieren del solista todo el virtuosismo posible (dobles notas, trinos, frullatos, glissandos…). Christian Brandhofer se lució desde el Furioso inicial al Presto brillante final, bien concertado por So y sus compañeros que esta vez lo dieron todo para conseguir juntos una interpretación de lujo para este concierto de nuestro tiempo con mucho regusto yanqui.

Y si alguien comentaba lo cercano que estuvo a la voz humana, nada mejor que regalar la asturianada «Si quieres que te cortexe» donde el trombón habló y cantó una melodía que corre por las venas de muchos, incluyendo a nuestro Christian de Noreña. Enhorabuena por alcanzar la excelencia con Brotons.

Suelo escribir que «No hay quinta mala» y la Sinfonía nº 5 en MI b M, Op. 82 de Sibelius es una de ellas. Exigente para todos en sus tres movimientos, Perry So buscó ahondar en la complejidad tanto de dinámicas como de texturas con una labor de orfebre, detallista, mandando con gesto claro y preciso, obteniendo buena respuesta de los músicos. La interpretación fue de menos a más, con un saber hacer del director que contagia su espíritu, siendo el Allegro molto – Misterioso como lo más destacable por lo que supuso de desentrañar pasiones hechas música en una orquestación exigente que va aumentando la tensión hasta los seis acordes finales donde el silencio entre ellos lo pudimos escuchar… nueva «OSPAterapia» que casi adquirió tintes de «OSPAempatía» para un público que esta vez no respondió como en el anterior concierto. Supongo que el frío a ciertas edades deja al personal en casa.

Queda temporada por delante aunque la orquesta se vuelva Guadiana, primero por la temporada de ópera y este próximo fin de semana su participación en «Musika Musica» de Bilbao, pero la colocación elegida por el titular Milanov pienso dará muchas alegrías siempre que los músicos de nuestra formación se impliquen al cien por cien en todas las obras, algo que reconozco difícil pero no imposible. Si en el anterior les exigía excelencia porque calidad hay suficiente, en este concierto la alcanzaron por momentos.

OSPAterapia

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Auténtica sesión terapéutica la OSPA con Perry So que volvía al podio para un programa algo ecléctico pero profundo.
La 29 de Mozart es muy honda y exigente como todo lo de Wolfgi, sonó fresca pero faltó implicación para disfrutar más con una cuerda capaz de extremos interrogantes, y un viento a dos con trompas y oboes que son el toque diferencial para esta sinfonía recobrando la colocación vienesa que te descubre sonoridades nuevas.
Brotons puso énfasis con su Concierto de trombón felizmente interpretado por Christian Brandhofer que hizo hablar un instrumento unido a Glenn Miller desde mi infancia con propina a solo del astur «si quieres que te cortexe» que enamoró.
No hay quinta mala y la de Sibelius devolvió la OSPA que deseamos plegada al maestro So que logró dominar una sinfonía muy profunda. Desde Siana espero ampliar… pero el lunes, que el finde es largo y también lo compartiré si el tiempo no lo impide.

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Sensaciones con la experiencia Milanov

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Viernes 15 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 6: OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Schumann y Beethoven.

Tras la conferencia previa de Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa que están enlazadas en los autores de arriba) sobre «El legado de la Pastoral de Beethoven» que ponía el punto final en Wagner, sería como si su bicentenario retornase a Milanov y la OSPA al ciclo de abono con un programa que, en palabras del propio Villalibre citando al genio de Bonn, resultaría «más expresión del sentimiento que pintura sonora» pero nada distanciado de lo romántico en ninguna de las tres obras.

La primera sensación antes de comenzar fue la disposición elegida por el maestro búlgaro totalmente vienesa: contrabajos atrás, violines enfrentados, trompetas al lado de los fagots, timbales a la derecha (la foto de Marta Barbón que abre la entrada es perfecta para verla). Búsqueda de nuevas sonoridades más que vuelta a concepciones históricas aunque las obras fuesen adecuadas para esa colocación, y es un hecho que creo marcaría todo el concierto.

Del Sifgrido wagneriano escucharíamos «Murmullos del bosque», WWV 86c del Acto II, como si la madre naturaleza fuese protagonista de una velada climatológicamente primaveral pese a los gélidos días anteriores del «febrerillo loco». La formación asturiana vuelve por sus fueros dando un paso más en la búsqueda de la excelencia, pues la calidad está más que demostrada. Texturas y dinámicas amplias donde todas las secciones brillaron escuchándose y descubriéndose en la nueva colocación. Puede que la acústica del auditorio no sea perfecta para ellos pero el maestro búlgaro consiguió en este aperitivo un Wagner más cercano desde una orquestación casi íntima por momentos pese a la plantilla utilizada, lo que corrobora el mimo con el que Milanov llevó la obra, sin descuidar nunca los planos sonoros.

El joven violonchelista Pablo Ferrández (Madrid, 1991) parecía predestinado a la música hasta en el nombre, por lo que no es de extrañar su precocidad en el instrumento. Esta semana recibía en Oviedo la noticia de un nuevo premio, recién llegado de un concierto con el pianista Luis del Valle donde también estaba Schumann. El Concierto para violonchelo en La m., Op. 129 lo debutaba con nosotros y su interpretación resultó impactante por el poso, musicalidad y sonido de su Andrea Castagneri de 1733. Impecable de técnica logró recrearse en una partitura sin desmayos siempre bien concertada por Milanov y la OSPA que fueron alternando buen gusto con el solista, respetándose desde la escucha interior y plegados a las indicaciones de la batuta. El regalo de El cant dels ocells fue más que un agradecimiento desde la profundidad musical de una página cargada de simbolismos que el madrileño ya ha interiorizado. Pablo Ferrández se suma a la lista generacional de grandes violonchelistas españoles que triunfan por todo el mundo, y en Oviedo estamos disfrutándolos a (casi) todos.

Y llegaría el Beethoven de la Sinfonía nº 6 en FA M., Op. 68 «Pastoral», la vuelta al origen del programa y el posterior legado que contaba Villalibre en la conferencia previa. La «Experiencia Milanov» comienza a palparse y sus primeras palabras ya toman forma.

La orquesta asturiana ya ha tocado muchas esta sinfonía en sus 22 años de historia, pero la versión ofrecida por Milanov en Gijón y Oviedo son de las que no dejan indiferente. La colocación ya comentada mostró esos pasajes muchas veces ocultos (tapados) de los violines segundos, y por fin conseguí escuchar la ansiada «pegada» en los contrabajos, envolviendo desde el fondo toda la obra. Incluso los timbales ayudaron a encontrar el color orquestal apropiado, no sé si para el Auditorio pero evidentemente la apuesta del maestro titular por la disposición vienesa resultó un éxito para mí. Pero sobremanera los tempi elegidos. Habrá polémica siempre positiva, opiniones encontradas sobre las indicaciones metronómicas que Beethoven utilizó para precisar la velocidad elegida, menos subjetivas que un Allegro ma non troppo, pero volviendo a su propia búsqueda de «más expresión del sentimiento que pintura sonora» la Sexta resultó pastoril en cuanto a sentimientos, remanso, deleite en cada pasaje, disfrute en cada intervención solista con una madera realmente inspirada y unos bronces empastados como nunca, alcanzando cotas de entendimiento entre ellos que solamente estos años de «matrimonio» (los mismos que yo) consiguen. La Escena junto al arroyo: andante molto mosso continuó en la línea de tranquilidad expositiva, con una cuerda redonda en cuanto a la sensación de globalidad conseguida por la colocación e interpretación de toda ella, al igual que la Animada reunión de los campesinos: Allegro con toques casi de romería primaveral asturiana, ímpetu sonoro siempre controlado. Incluso el Trueno y tempestad: Allegro nos dejó una tormenta sin excesos, más veraniega que invernal con dinámicas nunca exageradas, bucólicamente sentimental, silencios subrayando la bravura, precisión y respeto a la partitura, reminiscencias del Don Giovanni mozartiano premonitor. Y si de sensaciones hablamos, Sentimientos de benevolencia y agradecimiento hacia la Divinidad después de la Tempestad: Allegretto, colofón unificador en cuanto a la interpretación de Milanov con «nuestra» OSPA, emoción contenida para muchos, explosión de luz para la mayoría.

Mi comentario final es que se está logrando entender a Milanov, incluso comienzan a creérselo, y la transmisión emocional desde el escenario al público la notamos todos. El maestro no volverá hasta abril (y fuera de abono) pero la orquesta repite la próxima semana con Perry So… y espero contarlo desde aquí. Las sensaciones han sido positivas y mi salida del concierto pletórica en el ánimo. Oviedo y Mieres aún siguen celebrando los carnavales.

Derbies en Don Carlo

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Este miércoles acudí a la Casa de Cultura de Mieres para seguir la retransmisión desde el Campoamor de Don Carlo (Verdi). 23 personas hasta el descanso que dudaron entre el Madrid-Barça de copa o esta nueva gozada verdiana con titanes y empates al igual que en el fútbol. Además de la OSPA con Corrado Rovaris que prepararon un terreno de juego perfecto, mi clasificación quedó:

1º Ainhoa Arteta y Juan Jesús Rodríguez como Isabel de Valois y Rodrigo realmente sembrados, artistas y en un momento vocal inmejorables que crecen en cada función. El reinado Arteta tendrá largo recorrido y JJ Rodrigo afrontará con seguridad roles como éste.

2º ex-equo Alex Penda y Felipe Bou, Princesa de Éboli y Felipe II contrastes dramáticos con registros graves difíciles de encontrar, enamorándonos de Alexandrina Pendatchanska ya en el Ensayo General.

3º Steffano Secco en el rol principal, y el Coro de la Ópera que dirige Patxi Aizpiri, algo desiguales en color o tempo, pero dignos de podio, en especial las damas.

El resto del elenco adecuado y colaborando a un equilibrio difícil para una obra como este Don Carlo tan exigente, debiendo citar a Luiz-Ottavio Faria como Inquisidor.

Volver a destacar la elegancia en vestuario y atrezzo. Mejorable nuevamente la realización que nos ofreció TeleCable que comenté puntualmente desde mi Twitter.

No es igual el directo que la retransmisión y tampoco tenemos los medios del MET, pero este Año Verdi no ha hecho más que empezar…

Don Carlo dejará huella en Oviedo

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Martes 22 de enero, 20:00 horas. Teatro Campoamor. Ensayo general de Don Carlo (Verdi).
Invitado por #operaytuits acudimos unos cuantos «tuiteros» al general para empezar bien el Año Verdi. Además de compartir en tiempo real sensaciones y emociones, estar en un lugar privilegiado para disfrutar como si del estreno se tratase no tiene precio, pertrechados con móviles y tabletas que desgranaban cuadros, arias, dúos, concertantes, situaciones y todo lo que sólo la ópera es capaz de sacar del alma humana.
La magia flotó en el ambiente desde el arranque con una OSPA portentosa en bloque, secciones y solistas bajo la dirección de un Corrado Rovaris magistral de inicio a fin, terciopelo orquestal capaz de abrigar a las voces que por algo llevan «la voz cantante» sin renunciar a momentos épicos cuando lo exige esta obra esplendorosa del gran Verdi. Con esta base lo que vendría después era pura lógica en el discurrir lírico.
Del Coro que dirige Patxi Aizpiri sólo elogios en un general que servirá para aligerar los tempi marcados por el Maestro Rovaris en el estreno del 24, pues vocalmente están en momento dulce y como actores en su sitio.
Del reparto equilibrado que logró una representación triunfal más que un ensayo por darlo todo sin necesitarlo (gracias por la profesionalidad y el contagio emocional) comenzar por Don Carlo Stefano Secco convincente y en especial la Éboli de Alex Penda (Alexandrina Pendatchanska) que enamoró a todos.
Y de los «debuts» en sus roles Juan Jesús Rodrigo/ez que tiene clase hasta para morirse, el Filippo Bou impactante incluso de presencia, pero especialmente una Elisabetta di Valois que desde ahora será referencia, Ainhoa Arteta cuya voz ha ganado tantos quilates desde un trabajo del rol maduro, en plenitud, que logró acallar todo y erigirse en auténtica Majestad con todos postrados ante ella. Generosa, sin guardar nada, regalando una auténtica lección de profesionalidad, belleza interior que fluye hacia su presencia escénica hecha arte vocal.
Añadir una puesta en escena seria, rigurosa, histórica, con guiños pictóricos de libro como un atrezzo y vestuario cuidado al detalle que redondearon un Pre-estreno para los elegidos, entre los que me considero uno de los privilegiados. El 24E será un acontecimiento lírico para la historia del Campoamor y de la propia ópera en el bicentenario de Verdi.

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Viva Händel

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Martes 18 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXV Temporada de Ópera de Oviedo: «Agrippina» (Händel), segunda función. Entrada Butaca principal: 107,40€ (impuestos incluídos).

Cuarto título de la temporada con gran expectación y «división de opiniones» en la primera representación dominical. Sigo pensando y diciendo que hablar más de la escenografía que de la música es otra de las modas, pasajeras aunque recurrentes, como lo fue la de los directores de orquesta o los intérpretes. En el caso de muchos que crecimos con discos de vinilo y nuestras primeras óperas en las butacas «ciegas» de los años 70 y principios de los 80, el oído manda, los cantantes y la orquesta. Si además el decorado (perdón, todo lo habitual: dirección de escena, escenografía, vestuario, iluminación… y la tramoya en general) ayuda, entonces el placer puede ser completo.

Aún recuerdo los primeros vídeos en estéreo y no digamos el LaserDisc (otro que se pasó de moda), lo mejor del momento por ¡poder escuchar y ver!. El DVD ya fue el «sumum» (pues al Blue-ray aún no me he sumado tras varios patinazos tecnológicos y precios todavía altos) y las proyecciones en cine ya han sido el no va más para hacer llegar la ópera a todos, pero también las causantes de este «imperio de la imagen» donde los primeros planos no los soportan todos los cantantes, prefiriendo presencia y dotes de actor por encima del canto. También reconozco que los estudios de grabación y edición de audio / vídeo, vamos lo que se denomina la producción, son auténticos laboratorios capaces de conseguir un producto final que hay que valorar como tal y el directo nunca mejorará, de ahí mi predilección por los registros en vivo (también hacen algunos «apaños») y sobre todo la música en vivo, presenciar y compartir algo único e irrepetible.

Este martes acudía a disfrutar de una ópera barroca, sabiendo qué escucharía pero no el cómo, eso sí, sin prejuicios aunque la «mochila del recuerdo» siga llenándose y pesando cada vez más. Antes de comenzar megafonía avisaba de la indisposición gripal ¡de la protagonista! que por profesionalidad y atención al público actuaría igualmente. Mi gozo en un pozo, la esperada Anna Bonitatitbus que tanto me gustase en el recital Rossini no estaría al cien por cien, fruncí el ceño y pensé «Agripada» ¿exigiré la devolución de parte de la entrada, por otra parte nada barata? ¿Seré gafe?. Menos mal que la sinfonía me hizo centrarme y zambullirme en la representación, con dificultad para poder leer los sobretítulos por mi ubicación pero dejándome llevar y disfrutando.

Cada acto fue a mejor, tres actos con dos descansos suficientes para airearnos todos y hacer que las casi cuatro horas y media del espectáculo pasasen volando. Desmenuzar cada número ya lo hizo Javier Neira con «Un maravilloso mestizaje» en la edición papel de LNE del martes 18, ¡casi dos páginas completas! que ya quisiesen muchos críticos incluso en revistas especializadas, y que las ediciones digitales gratuitas tampoco suelen publicar. «Música celestial y multidireccional con treinta y cinco arias y el consiguiente rosario de recitativos, un terceto, un cuarteto, tres coros de solistas, una sinfonía de obertura, fanfarria, ouverture, preludio y ballet…» (yo éste no lo ví). El folleto lo dejo aquí escaneado, donde figura todo el elenco y responsables, junto a mis impresiones globales sin un orden previo y saliendo directamente del corazón a los dedos del teclado.

El director Benjamin Bayl es igualmente el encargado de la edición de la partitura junto con Gunhild Tønder para la Ópera de Oviedo y la Vlaamse Opera que han coproducido este título, por lo que la responsabilidad musical del director australiano al que ya hemos visto trabajar varias veces en nuestra tierra, es total, y se notó. Desde el clave en los recitativos y con gesto claro llevó a parte de la OSPA en el foso (la otra está ensayando «El Mesías» para el viernes 21 en la Catedral de Oviedo) con manos maestras, contando con un concertino de primera para la ocasión (Jorge Jiménez) y un continuo de lujo «Made in Asturias» que tanta responsabilidad y peso soporta en esta ópera: los hermanos Zapico (Aarón en el clave y Pablo con el archilaúd y la guitarra barroca, más el gijonés Juan Carlos Cadenas al cello, sin olvidarme de las intervenciones de John Falcone al fagot completando un grupo instrumental solvente y seguro que ponen la base instumental perfecta (cierto que hubo alguna pifia pero leve en algunos solistas no habituales), continuo rítmico y vivaz que ayudó mucho a la versión que el maestro Bayl nos ofreció.

Del reparto vocal nadie sobra porque todos tienen protagonismo escénico y vocal, técnicamente difícil siempre cantar barroco por la cantidad de agilidades (adornos) más la necesidad de cada aria «da capo» resulte aún más impactante y diferenciada que la primera vez, algo desigualmente resuelto por cada uno aunque equilibrado en los nueve cantantes, segundo puntal en el que se asienta la ópera.

La soprano rusa Elena Tsallagova una «Poppea» que eclipsó a la «Agrippina» de Bonitatibus. En «el haber» de la italiana no ya su profesionalidad por no cancelar sino la calidad exhibida en toda la representación, detalles técnicos en «el debe» que seguramente pasaron desapercibidos para todos menos para la propia mezzo, cuyo «saldo» sigue siendo muy a su favor y con crédito suficiente, convincente en las arias (¡qué lujo de estar a tope!), clara en los recitativos, dejándonos una «malvada» más que digna y convincente de principio a fin. De la rusa, amén de su atractivo físico, vocalmente dejó en recitativos puntuales algún «exceso» en los agudos, pero muy bien tanto de registro, amplio y uniforme, como de técnica perfecta -el aria rápida del tercer acto fue un examen de sobresaliente-, musicalidad y dramatización. Personalmente la triunfadora de la noche.

Pietro Spagnoli cantó un «Claudio» de menos a más, mejor como actor que cantante con unos agudos que siguen sin gustarme pero que en conjunto resultó convincente, y es lo que cuenta. Bien la mezzo Serena Malfi como «Nerone«, juvenil como su papel y una voz que promete aunque esta vez su personaje fuese masculino, y el «Narciso» del contratenor afincado en Valencia Flavio Ferri-Benedetti, que ya me gustase en abril pasado en el Dido y Eneas con Forma Antiqva. Del «Ottone» de Xavier Sabata puedo decir lo mismo que para «Claudio», de menos a más, pese a saber que lo domina hace tiempo, pero esta vez me resultó algo menos creíble y estático en su personaje y musicalmente con recitativos donde su voz natural «luchaba» con la cantada, difícil de mantener un color de voz homogéneo aunque nos dejó el aria «Vieni o cara» (personalmente no me gusta mucho elegir la voz de contratenor para este rol) del segundo acto realmente hermosa y bien cantada, la única interrumpida por los aplausos del público. Y el más flojo en todo el bajo portugués João Fernandes como «Pallante» con problemas para mantener la pulsación exigida por el maestro Bayl, resultando «P’atrás» en muchas arias, además de un color opaco y afinación indecisa que supongo encontrará con los años al ser joven aún para un rol demasiado exigente. No quiero olvidarme de «Lesbo», aquí chófer cantado por el bajo colombiano Valeriano Lanchas ni la «Giunone» de la valenciana Cristina Faus que completaron ese elenco vocal capaz de darnos una representación equilibrada en conjunto.

De la puesta en escena de Mariame Clément reconocer que es un logro (por ahí van las Agrippinas actuales) y hace realmente entretenida toda la trama traída a los años 70 de los «culebrones» televisivos que esta vez no chocaron en la traslación cronológica (no me imagino un «peplum» que ya no se hace, y todas las fotos que aparecen son las del estreno belga), con pantallas de televisión formando parte del propio argumento, a veces bien encadenadas (ventilador, persianas, secretaria, llamadas de teléfono, llegada de Claudio, habano apagado con la bañera rebosando…) y otras casi publicidad ¿subliminal? (perdí la cuenta de los cigarrillos fumados) con momentos groseros (el huevo frito, la fabada con el compango y luego la boca masticando desagradablemente), así como los litros de alcohol en cada cuadro (que en escena serían te, además del zumo de naranja), recurso que usado en exceso -en Roma también aparecerían con abundante vino y copas de plata- resulta reiterativo pese a que ayude en la dramatización: güisky, margaritas… en ese petrolífero Dallas tejano. El «medio Cadillac» resultó así, a medias aunque luego el chófer fuese realmente creíble, como el baño de espuma de Claudio ante Agripina y el gran espejo, totalmente adecuado, no como el de la alcoba, mínimo al lado del armario de puertas correderas más «adaptado» a Nerón que a Otón en el juego de engaños urdido por Popea.

Excelente trabajo de los aplaudidos tramoyistas que formaron parte del espectáculo total, cambios de «sets» visibles en el montaje cual casa de muñecas, y ambientes algo mejorables que supongo en un teatro mayor resulten más lucidos: alcoba, despacho, salón con chimenea o restaurante… El vestuario también me encantó por el colorido pero algo desigual según los personajes y peso dentro de la obra, más elegante y de calidad (visual al menos) en los personajes femeninos -y es que la lencería siempre ayuda- y ese final de etiqueta en todos para un salón con chimenea algo ridículo para la mansión proyectada en la pantalla.

 

La función cerraría con ese conjunto final a oscuras mientras se proyectaban los títulos e imágenes con lo sucedido por los personajes tras su muerte, igual que en las películas o culebrones televisivos norteamericanos, auténtica serie también con los créditos al completo en pantalla de una producción que me gustó de principio a fin: dirección musical perfecta y clara en un especialista como Bayl, orquesta y continuo perfectos, reparto vocal equilibrado en general bien elegido para cada personaje, perfectamente vestidos en una escenografía que «no chirría» y esta vez sólo sirvió para alimentar el morbo, polémicas que mueven público y ayudan a publicitar una obra que por otra parte, de enfocarse con rigor histórico pienso no hubiese triunfado. Lástima los tibios aplausos del martes, esta vez no hubo pateos ni abucheos aunque marchase gente en los descansos (supongo que quienes la hora de cenar marca su rutina cotidiana) para una ópera que resultó completa, espectáculo total sin paliativos y enhorabuena a los responsables por volver a programar en Oviedo Händel en una semana donde su música es la protagonista.

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AVISO:
Todas las las fotos, excepto programa e ilustración «Agrippina» de Helena Toraño (Ópera de Oviedo
 ©Vlaamse Opera / Annemie Augustijns

Milanov nos hace danzar

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Sábado 24 de noviembre, 20:30 horas. Sala Argenta, Palacio de Festivales de Cantabria, Santander.  «Les ballets russes de Diaghilev»: Ginesa Ortega (cantaora), OSPA, Rossen Milanov (director); obras de Stravinsky y Falla.
Volvía Milanov al frente de la OSPA con un programa dedicado a dos músicas asociadas a la danza que Diaghilev promovió y coreografió para sus ballets rusos, llevadas al disco en Oviedo por estos intérpretes en los dos días anteriores, aunque Santander evitase las tensiones de una grabación que quedará para la posteridad con la suma del esfuerzo y cansancio del viaje hasta la capital cántabra y posterior retorno a casa.

No es habitual escuchar en concierto versiones completas de músicas para ballet, pero el titular de la OSPA tiene cierto renombre en este mundo del ballet y se preocupó en programar dos de los ballets rusos estrenados en nuestra vieja Europa, los de Falla y Stravinsky, más que antítesis complementarios tras la admiración del español por el ruso en un París ombligo del mundo.

Las notas al programa local de Ricardo Hontañón reflejan que «Petrouchka» (Stravinsky, revisión de 1947) es «un pelele… que exaspera la paciencia de la orquesta», siempre rompedor en los pasajes que Diaguilev vió perfectos para el polichinela danzante, cuatro partes donde cada sección orquestal en conjunto y desde sus solistas, tendrá que pasar de lo grotesco a lo popular, del conjunto a la individualidad con exigencias muy duras. Milanov buscó todos los colores posibles para su orquesta, obra poliédrica con continuos cambios de rítmica, intensidades, tímbricas muy cuidadas, duras pero con aristas redondeadas, dúos y tríos camerísticos excelentes contrapuestos a tutti densos pero definidos. «La fiesta del martes de carnaval» abría y cerraba el espectacular tránsito del día a la noche carnal, las carnestolendas del desenfreno antes de la cuaresma en pleno noviembre cálido, con alguna ligera pifia fruto de labios muy machacados que no desentonó dentro del ambiente festivo, o mínimos desajustes finales en las entradas a tempo de la cuerda grave cual cojera polichinela desapercibida por la mayoría. Plantilla reforzada pero homogénea, solistas de primera en cada sección, sin olvidar celesta, piano y arpa ineludibles por protagonismos bien ejecutados, amén de la percusión acertadísima en dinámicas.

Manuel de Falla nos toca de cerca y parece que esté en nuestros genes. Escuchar el ballet completo «El sombrero de tres picos» es raro, habitualmente nos quedamos con algunas danzas sueltas, pero escuchar las intervenciones de la cantaora elegida, Ginesa Ortega, fiel al espíritu del cordobés enamorado de su tierra y su folklore, una exquisitez que tendremos en el disco. Abrir cada parte con el «quejío» puro de una voz entrenada en un Falla purista (como el de «El amor brujo») es de agradecerle al responsable/s de la elección de solista y obra, versión cuidada al detalle, rica en sus dos partes, una primera que funciona como un «trailer» contenido de la segunda, delicadeza y suspense antes del desenfreno sin perder equilibrio por el que Milanov apostó. Velocidades pensadas para bailarlas sin tropezones, escucharlas casi masticándose, deleitarnos con cada intervención solista, todas y cada una de ellas que enamoraron al público cántabro, y «abriendo boca» siempre la Ginesa.
Me escapaba a tierra vecina para no perderme este concierto esperado desde que lo leí en la programación general de la OSPA, más sabiendo de su destino final en CD (aunque siempre defienda el directo como irrepetible). El viaje mereció la pena.

Foto: © Marta Barbón / OSPA

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