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Esencia Lockington

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Jueves 15 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón. Concierto Extraordinario OSPA «Avanti», David Lockington (director). L. van Beethoven: Sinfonía nº 5 en do menor, opus 67. Entrada sin numerar: 10€.

Probablemente la obra más conocida mundialmente del sordo genial llegaba en versión didáctica para todas las edades de la mano de nuestra OSPA, con la dirección del principal invitado David Lockington.

Durante media hora los músicos de la orquesta John Falcone y Marta Menghini cambiaron sus instrumentos por el micrófono, perfectos narradores que fueron desgranando historias musicales y tarareando distintos fragmentos de «La Quinta del sordo«, con las ilustraciones sonoras de una orquesta colocada a la vienesa como mandaba la ocasión. Enhorabuena por este proyecto «Avanti» que permitió conocer más y mejor, esta vez el segundo programa con la sinfonía nº 5. Desde el conocimiento que el de Bonn tenía de la Sinfonía 89 de Haydn o el propio Concierto para piano nº 4 (con el inicio solo a cargo de Olga Semoushina) sin olvidar su contemporánea Pastoral. El obsesivo Ludwig para intentar explicar motivos melódicos y rítmicos como generadores de la sinfonía, interviniendo también Juan Ferriol hablando y tocando el solo de oboe del primer movimiento, la segunda melodía que algo tiene en germen para «La Novena«.

El siguiente movimiento presentado con la danza amable del primer tema y paralelamente el segundo comentando el intervalo de tercera y el mismo ritmo con otro tiempo, escuchando el fagot de Mascarell cuyo final recuerda el aria del Fígaro mozartiano que Beethoven seguramente conoció mientras componía su Fidelio. No podía faltar la referencia a las burlas aristocráticas como las del propio Mozart y su Sinfonía 40, inspiradora pero transformada en melodía turbia y misteriosa ejecutada por José Luis Morató.

Curioso hablar de «start-stop» como técnica muy utilizada en esta magna obra para seguir contando el inicio de tercer movimiento, siempre jugando con 3 cortas y 1 larga, hablando Cadenas del Beethoven comprometido con la gente, con el pueblo y admirador en principio de Napoleón, para incidir en el Trío con cello y contrabajo, así como el desarrollo retrasando del Scherzo con los «pizzacati» y la tensión en aumento con ayuda de los timbales de Prentice que nos llevarán al último movimiento. Aquí Christian Brandhofer nos habló de que los trombones aún no habñian tocado nada, tampoco el contrafagot, y es que en este último movimiento será la primera vez que se usen los trombones en la música profana, habiendo estado hasta entonces unidos a la voz en las iglesias y catedrales. La grandeza y el paso de do menor a do mayor, la energía imparable y las relaciones amorosas impetuosas de Beethoven, sus continuas mudanzas (37 pisos contaban como anécdota) así como las enfermedades conocidas, el intento de suicidio componiendo «La Segunda«… Cuánto aprendimos con estos comentarios, recordando las enciclopedias por fascículos que nos empapaban cada semana puntualmente de detalles e historias de la música, gotas de esencia suficientes para preparar la escucha antes de ahondar en las profundidades. Perfecta guía de audición para concluir con la explosión de ideas, el motivo lento, luego muy rápido, para seguir la repetición obsesiva, creando un estado de ánimo para un mundo nuevo de misterios, luces y sombras, natural y sobrenatural, la filosofía moral leyendo a E.T.A. Hoffmann lo escrito tras escuchar «La Quinta«, ese final explorando emociones, explosiones y silencios suspendidos, ¡esto es música! que corearon a unísono John y Marta.

La obra completa, sin pausas, llegó a continuación. La elegancia del maestro Lockington, su claridad expositiva, los contrastes dinámicos, los tempi metronómicos aunque Beethoven los azotase a la mínima, el rigor en la dirección, no tuvieron del todo la respuesta esperada por parte de los músicos en un programa que buscaba la esencia como el perfume francés también nº 5. A menudo las obras conocidas relajan la atención y puede dar lugar a desajustes como los percibidos en la ejecución.

El Allegro con brio inicial mostró dudas pese a la claridad del gesto del maestro británico, mejor la dinámica que los ataques aunque la cuerda fue calentando unos motores que el viento ya tenía en su punto. El Andante con moto resultó lírico y muy contrastante, jugando con toda la riqueza de matices y texturas, ingredientes que iban logrando los primeros aromas. Por fin el Scherzo Allegro sacó al alquimista que es Lockington para con las proporciones exactas de cada ingrediente instrumental conseguir la esencia, un tercer movimiento realmente exquisito, especialmente el duo de trompas empastado a la perfección, antes de verter las gotas para la explosión del Allegro. Presto, exigente en todas las familias, con la pizca algo opaca del flautín, tal vez el miedo a exceder la cantidad sonora pero dejando mezclar con cada piel para conseguir del mismo perfume distinta presencia, con velocidad suficiente sin exagerar, nuevamente buscando alcanzar detalles que los excesos dejarían imprecisos.

Sobresaliente el trabajo del director afincado en Estados Unidos para conseguir un notable perfume de los que tardan en perder aroma. Varios músicos charlaron en el hall del teatro una vez acabado el concierto con quien a ellos se acercó, sumándome a la tertulia final.

En Oviedo disfrutarán del mismo frasco porque una vez abierto todavía perdura la esencia.

Mosaicos y vidrieras sonoras

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Viernes 2 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 11 OSPA, Manuel Barrueco (guitarra), Andrew Grams (director). Obras de Ginastera, Leshnoff (estreno europeo) y Schumann.

El undécimo concierto de abono de la OSPA traía batuta nueva al mando, repetía guitarrista solista de talla mundial con estreno europeo (encargo de la propia orquesta asturiana en coproducción con las de Baltimore, Nashville y Reno), más la comentada estructura tripartita habitual de gran introducción, concierto solista central y segunda parte ocupada por sinfonismo de siempre, pero desconozco la causa por la que el auditorio sigue perdiendo ocupación de forma preocupante, esta vez puente y variada oferta que hacen de Oviedo casi la Viena española.

La formación asturiana continúa apostando por mezclar tradición e innovación a partir de un estado de forma que le permite afrontar repertorios de lo más variados y con batutas igualmente diferentes en su concepción y confección de programas. El joven director norteamericano mantuvo esa línea de alternancia con una concertación de gesto claro y preciso, apostando por dinámicas claras que no perturbaron un concepto melódico que siempre tuvo la respuesta adecuada por parte de los músicos en las tres obras.

Alberto Ginastera abría el concierto con las Variaciones concertantes (1953) que pusieron a prueba toda la OSPA con sus solistas y primeros atriles. Sobresaliente partitura de la llamada segunda etapa compositiva denominada «nacionalismo subjetivo» que analiza muy bien Julio Ogas en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) y estrenada en Buenos Aires por nuestro recordado Igor Markevitch. Los doce números son un auténtico «mosaico sonoro» que daba título a este programa, intervenciones solistas para degustar y cual honrosa competición buscando lo emotivo y sincero de una música cercana y de composición inspirada en el folclore pero con peso propio. Los cinco primeros números sin pausa, fueron desgranando lo mejor de cada atril: I. Tema para violonchelo y arpa para lucimiento de Atapin y del Río, II. Interludio para cuerda reafirmando el momento especial de esta sección cuando se la «aprieta» y exige tensión en busca de la mejor sonoridad, necesaria para una partitura que básicamente pide colores instrumentales específicos y bien diferenciados, III. Variación jocosa para flauta con Myra Pearse siempre rebosante de musicalidad desde una pasmosa seguridad, IV. Variación en modo de Schero para clarinete para que Weisgerber no quisiera ser menos en esta «presentación» solística y la V. Variación dramática para viola que Alamá sintió como nadie, emocionando especialmente por timbre y calidez a solo, empaste colorista con flautas y clarinetes que redondearon contrabajos y trompas más arpa y clarinete en pizzicati. Cual juego de dobles lengüetas resultó la VI. Variación canónica para oboe y fagot, lenta calidad de Ferriol y Mascarell arropada por un colchón de cuerda que sin respiro nos elevó a la VII. Variación rítmica para trompeta y trombón, Van Weverwijk y Brandhofer con rítmica stravinskiana reforzada por los timbales, triple «t» marcando un heroísmo pentatónico antes de otra demostración solística con Vasiliev en VIII. Variación a modo de movimiento perpetuo para violín sin prisas y sin pausas, manteniendo el ritmo y jugando con las dinámicas en un perfecto entendimiento con el maestro Grams. La IX. Variación pastoral para trompa trajo el mejor Morató, aún cercano en la memoria, esta vez de lirismo a flor de piel para un movimiento lento de regusto chaikovsquiano y juegos tímbricos con trompetas y flautas antes de atacar el X. Interludio para viento madera, otro momento memorable dentro de un colorido más de vidriera por lo lumínico que de mosaico, otra demostración de calidad en la sección más segura de la OSPA. Si el inicio resultó emocionante, el XI. Recuperación del tema para contrabajo y arpa hizo que Mijno lograse sonar como Casals en un «tributo al grave hecho celeste» (roto por la caída de un bastón, preludio de un evento para no repetir) antes de concluir esta maravillosa obra con un rítmico XII. Variación final a modo de Rondó para orquesta, derroche de brillos en lenguaje cercano con paroxismo contenido de Mr. Prentice, el Ginastera más rítmico y sinfónico posible. El pincel lo puso la batuta de Grams que eligió esta obra para lucimiento de todos desde la exigencia y calidad, también claridad diáfana de sonoridades que el maestro dejó fluir para recrearse y disfrutar todos, pero que irremediablemente contrastaría con la siguiente obra.

Y es que el Concierto para guitarra (2013) de Jonathan Leshnoff (1973) resultó demasiado directo en referencias a nuestro eterno Joaquín Rodrigo, del que no necesitábamos otro Aranjuez estadounidense. Guitarra y española como tópico más que adjetivo, una escritura consensuada en Baltimore donde residen compositor e intérprete, que no esconde tributos ni técnicas. En la entrevista de Javier Neira al maestro Barrueco que pongo encima, éste reconoce que «el primer movimiento y el tercero son rítmicos, con ecos de la música española, de la «Asturias», de Albéniz y algo del «Concierto de Aranjuez». Cuando un compositor escribe para guitarra suele incorporar algo español». Así el Maestoso, Allegro inicial ya tenía los arpegios y contrastes solista-orquesta del compositor saguntino. Con una amplificación necesaria pero perfecta de volumen, su plano sonoro nunca sobrepasó presencia ni siquiera con los tutti, movimiento rico rítmicamente  y virtuosismo siempre en un largo punteo alternando con escalas modulantes ascendentes y descendentes de la orquesta, bien entendida en su papel tanto en color y textura como en los diálogos con la guitarra solista. Acordes secos y juego entre las secciones de cuerda y madera no hacían más que recordar «El Concierto» hasta que llegó un unísono de guitarra y oboe preciso y precioso desde el protagonismo guitarrístico con la orquestación muy bien tratada para lograr un equilibrio de matices, donde las gotas de color las pusieron las placas de madera en la percusión, cerrando este primer movimiento. El «Hod», Adagio, se vio groseramente interrumpido por el Tárrega implacable e imparable de un teléfono femenino en edad avanzada. Tras conseguir acallar el espíritu guitarrístico maleducado y celoso, obligando a reiniciar este segundo movimiento, cual recarga emocional en todos logró más intimismo para mayor gloria de una cuerda en estado de gracia. Como explica el profesor Ogas «… subtitulado por el compositor con la sexta letra del alfabeto hebreo (vav) asociada con la humildad (en hebreo Hod), se puede decir que constituye el núcleo catalizador del discurso expresivo de la composición…», puede que lo más emocional del concierto, estremecedor lirismo casi místico desde una interpretación sentida especialmente por la guitarra solista y «los arcos» incluyendo los platillos así ejecutados en otra búsqueda de colorido, recogimiento para un ambiente sonoro reforzado por el juego con el arpa y la melodía con sordina en la cuerda, finalizando en un crescendo tímbrico y rítmico hacia una luz crepuscular con armónicos en la guitarra. El III. Finale, vivamente utiliza el mismo «ostinato» que Albéniz en esa Leyenda subtitulada como nuestra tierra, sordinas en metales emulando los rasgueos y maderas los punteos en virtuosismo compartido, preciso, claro y clásico, agradable para todos más allá de reminiscencias españolas. Texturas muy cuidadas y bien escritas, dinámicas siempre apropiadas y marcadas desde el podio, melodías en madera con rasgueos en guitarra, compás de 6/8 para intervenciones limpias en la técnica del cubano, desarrollo en las distintas secciones de los temas dialogados con solista, cuerda en pizzicatto como gran guitarra sinfónica, virtuosismos en madera y guitarra y gradación en matices del pianísimo al piano con contenidos sin estridencias. Trompetas con sordina emulando rasgueos para más colorido pero nada nuevo o destacable en este discurrir sonoro con vuelta inicial en crescendo final muy rítmico. Reconocer que se trata de una obra agradable, que se escucha bien, que todo resultó correcto con el sonido y virtuosismo que en Barrueco, tercera vez que la interpreta, primera en Europa, sigue siendo admirable, como el de nuestros músicos, bien concertados por Grams, pero en estos tiempos debemos pedir un plus a los compositores.

Titulaba la crónica para LNE «De lo nuevo y eterno» por contraponer la primera parte venida de América y más cercana en el tiempo, con nuestra vieja y eterna Europa, donde «la segunda» de Schumann se erigió en diosa sinfónica. Menos famosa y programada que sus hermanas con títulos nada nobiliarios pero con la firma inimitable del más puro romanticismo alemán trajo la sustancia, el poderío, las sonoridades rotundas en los tutti y los silencios dramatizados que con la colocación actual de la OSPA aún refuerza más cada plano sonoro.

La Sinfonía nº 2 en do mayor, op. 61 marca distancias y exigencias que se notan. El Sostenuto assai – Allegro ma non troppo nos permitió degustar al poeta del claroscuro, el sonido con toda su riqueza, tensión en el momento justo, equilibrio dinámico dibujando los temas en cada sección con los gestos bien marcados por el director norteamericano, densidad e intensidad. Scherzo: Allegro vivace mantuvo un nivel alto tanto en los primeros como en los segundos violines en sus intervenciones, primando claridad e intención para unas líneas delgadas aunque pesantes ante tan múltiples contrastes que esta vez sí resultaron mosaico y no vidriera, búsqueda de los comentados claroscuros schumanianos de contrastes dinámicos desde los melódicos. El acelerando final de este movimiento remarcó la claridad de líneas bien demandada por la batuta. La magia de la cuerda asturiana llegó en el Adagio expresivo, sumándose los solos de oboe y fagot «marca OSPA» para generar ese clima irrepetible desde la pureza tímbrica. No quisieron quedarse atrás trompas o glautas para sumar a la paleta dibujada por un Grams convincente. El hermoso y bien interpretado sólo de clarinete (esta vez por Daniel S. Velasco) preparó el descubrimiento de un nuevo color surgido del homogéneo unísono de toda la madera en un tercer movimiento naturalista o realista pictóricamente hablando y dibujado por Andrew Grams, brillos opacos por la dualidad de contrastes, clarinete y oboe que juntos mezclan una madera en proporción adecuada para un crescendo emocional que no alcanza nunca una conclusión, esa indefinición buscada por Schumann para un «equilibrio inestable» y bien delineado que sólo asentará en el Allegro molto vivace, luz y vigor en un avance por lomas antes que cima, caminando a buen paso entre cascadas de cuerda antes de atravesar la bruma que inunda un deseado final tras el tortuoso fluir ignoto, rebosante de ideas que pasan por todas las secciones antes del silencio, pausa y último aliento antes de alcanzar la cumbre del acorde final en do mayor. Emociones de todo tipo que la OSPA transmitió de principio a fin. El tiempo sigue marcando diferencias y la historia necesita tiempo para contemplarla desde la distancia.

P.D.: La costumbre de tomar notas en los estrenos creo que se nota en entradas como la de hoy, mucho más largas de lo habitual precisamente por todo lo que escribo a medida que escucho la música.

Muerte como inspiración viva

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Viernes 25 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Música y Guerra. La muerte, fuente de inspiración», abono nº 10: OSPA, Nicholas Mulroy (tenor), José Luis Morató (trompa), Benjamin Bayl (director). Obras de Ravel, Pärt, Britten y Haydn.

La conferencia previa de Israel López Estelche (autor también de unas excelentes notas al programa, que dejo enlazadas en los compositores) pese a titularse «Thanatos sustituye a Eutherpe: la muerte como acicate» no cayó en el morbo ni supuso planteamientos humanos o divinos, simplemente nos recordó cómo la muerte está presente en las obras de tantos compositores más allá de los que ocupan el décimo programa. Desde su dominio de la música del pasado siglo fue abocetando con rigor y concisión dada la amplitud y subjetividad del tema, autores y obras hasta las más cercanas y trágicas como las protagonizadas por el terrorismo, citando obras «en él inspiradas» de S. Reich en torno al 11S como WTD 9/11 o J. María Sánchez Verdú del 11M con Arquitecturas del vacío). Muerte inspiradora más allá que la propia vida desde los inicios, independientemente de cómo la planteemos: vida tras la muerte o vida hacia la muerte, vivir para morir, morir para vivir… apasionante dualidad única, muerte llena de vida, vida llena de muerte.

El concierto giraba en torno a la atmósfera mortuoria desde la óptica de cada compositor, aunque también distinta la segunda parte, única, más viva y menos emocionante, luz sombría frente a oscura luminosidad como si lo desconocido nos contagiase a todos y lo cotidiano nos hiciese perder tensión, y con un director que no es nuevo en Oviedo, abordando oratorio, ópera o música sinfónica.

La orquestación del propio Ravel de su nada convencional Pavana para una infanta difunta aplacó los ánimos con una sonoridad rica, especialmente en una cuerda que este viernes sonó como me gusta, muy trabajada por el maestro Bayl que pareció buscar tensión e intensidad en todas las obras desde la primera nota. Como continuidad buscada, interrumpida por los aplausos lógicos, siguió el Cantus in memoriam Benjamin Britten de Arvo Pärt sólo para cuerda y una campana, auténtico coral desde la cuerda que empastó como si de voces instrumentalizadas se tratase, dinámicas en partitura muy inspirada donde «todo surge y acaba» que escribe López Estelche. Colocación vienesa pero con los contrabajos a la derecha, Pärt no sólo rinde homenaje al siguiente compositor programado sino que preparó a los músicos y público anímicamente, siempre con la clara dirección del australiano, que marcó arriba el final de la campana para dejarla sonando lo que debía y evitar aplausos indebidos (sigo preguntándome cuál es la razón de parte del público para interrumpir sin degustar el sabor que deja la última nota flotando en el aire).

La obra cumbre de este viernes sería la Serenata para tenor, trompa y cuerdas, op. 31 de Britten, compositor al que la OSPA parece haberle encontrado el punto exacto de entrega, y que tenía como solistas a su titular Morató, estirpe de trompistas, y al tenor inglés Mulroy, ninguno perfecto por distintas razones, pero capaces de emocionar, o al menos conmover al respetable. Tal vez la anterior versión escuchada hace tres años con dos fueras de serie (especialmente Wolfgang Wipfler) pusiese muy alto el listón, pero la versión de casa merece el notable. Morató utilizó, siguiendo las propias indicaciones de Britten, la trompa natural en el I. Prólogo. Andante y el VIII. Epílogo. Andante (fuera del escenario), conocedores de las dificultades del instrumento pero «menos comprometido» que en los seis números centrales a dúo con el tenor inglés, al que «devoró» no por exceso suyo sino por carencias en el cantante. Los poemas de Cotton, Tennyson, el anónimo del XV, Blake, Jonson y Keats  elegidos por Peter Pears para que Britten pusiese en música, llegaron más en su lectura (original y traducida en la revista que no todos teníamos antes del concierto aunque sí en la página de la OSPA en Facebook©) que en la voz de Mulroy, algo pequeña por su poca proyección suplida con excelente dicción e implicación anímica más que nada, color muy de réquiem o pasión (también citadas por Israel en la conferencia) pero un color algo distinto al esperado para los poemas elegidos por «el tenor del compositor«. Todo lo contrario a Morató que se recreó en sus intervenciones, especialmente en las distintas y ricas sonoridades exigidas por la partitura aunque sin plena seguridad como sería deseable, en un instrumento traidor como ninguno, y más de solista. Puede que la muerte siga imponiendo demasiado respeto o levante supersticiones de las que habría para dar y tomar. Lo que quedó claro fue que la serenata de Britten resultó lo mejor del concierto, con una orquesta perfecta en calor y color que Bayl dibujó con claridad.

La Sinfonía nº 100 en sol mayor, «Militar» de Haydn relajó emociones en todos, y se notó. Repertorio que viene bien para no olvidarnos ninguno pero al que faltó precisamente la tensión de la primera parte. Todo estaba preparado para dibujar este clásico: disposición vienesa con los contrabajos atrás, trompetas de llaves y trompas flanqueando a la madera, escoltas laterales de timbales de cobre más el trío de percusión «turca» (bombo, platillos y triángulo). El maestro Bayl marcando todo, silencios expresivos pero luminosos en vez de sombríos, dinámicas muy trabajadas, cambios de tempi claros pero cierto desencaje entre secciones que no hubo en una primera parte mucho más exigente. Ni siquiera el Finale: Presto dio sensación de limpia ligereza tras un Minueto: Moderato que bailó más la batuta que las propias notas escuchadas. Papá Haydn no tenía el halo mortuorio pese al sustrato militar de la encarnizada lucha anglofrancesa, por otra parte previsible (guerra y bondades como otra terrible dualidad). La plantilla adaptada a esta sinfonía londinense debería mantener calidades demostradas de sobra en la sombra, tejida por Ravel, Pärt y Britten, pero Haydn sonó «mortal» desde esta acepción ambigua.

Elías victoriano

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Viernes 11 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto extraordinario de Semana Santa: OSPA, Svetla Krasteva (soprano), Margaret Mezzacapa (mezzo), Agustín Prunell-Friend (tenor), Hugh Russell (barítono), Olaya Álvarez Suárez (voz blanca), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Elías, Op. 70 (Mendelssohn). Entradas: 27€ y 32€.

Si Bach sigue reinando en nuestros días parte de culpa la tiene Mendelssohn, y como tributo tras las dos pasiones del Kantor de Leipzig, desde esta ciudad donde tanta música se respira su espíritu llegó tras pasar por Gijón a la nuestra, capital donde la crisis ha salpicado menos la programación, escuchábamos por vez primera el oratorio Elijah con orquesta y coro asturiano más un quinteto solista de primera, todo ello bajo la dirección de Rossen Milanov, otro reto conseguido al tratarse de una obra de envergadura para todos los intérpretes así como para un público que sigue siendo escaso para la calidad ofertada y mal educado (los móviles son un peligro en manos inexpertas), para casi tres horas de auténtico espectáculo victoriano. Y es que el segundo oratorio del alemán, tras el también bellísimo Paulus, además de obra casi postrera en la corta vida de Mendelssohn, tuvo más popularidad en la Inglaterra, que tan bien le acogió, que en su Alemania natal, estrenándose en el idioma de Shakespeare en vez del germano original como bien recogen las notas al programa de Rafael Banús Irusta, religiosidad victoriana de esa sociedad donde los oratorios eran seña de identidad además de espectáculo esperado.

El Coro de la FPA ya afrontó hace muchos años la Sinfonía nº 2, «Lobgesang» Op. 52 también con la OSPA bajo la dirección de Alberto Zedda, registrada en CD. Desconozco si hubo toma de sonido más allá de la habitual de RNE, pero este Elías, Op. 70 pienso que supera con creces esta nueva interpretación de Mendelssohn. La duración total, cercana a las dos horas, además del abundante y complejo texto en inglés, supusieron un esfuerzo añadido, así como una atención permanente a la dirección para entradas siempre arriesgadas y dinámicas extremas, sumando cambios de tempi complicados, todo superado con nota, impresionando nada más arrancar el primer número en tutti y fortísimo «Help, Lord!«, aunque la cuerda de bajos siga siendo la «perjudicada» en estas obras sinfónico-corales, necesitada de más peso y registro grave.

Todo el coro estuvo a la altura esperada en este extraordinario viernes de dolores o viernes de pasión tornado en viernes placentero, sin maldiciones bíblicas y cargado de rotundidad desde una forma de cantar llena de experiencia. Felicitarles por un trabajo durísimo, con menos tiempo del deseado, aunque siempre se crezcan ante la adversidad, viniéndose arriba coloquialmente hablando, y dándolo todo con una profesionalidad digna de elogio y admiración.

De los solistas hay que citar en primer lugar al canadiense Hugh Russell como Elías, barítono del que su biografía dice es «elogiado por su carisma, dramática energía y belleza vocal», resultando realmente lírico, entregado, dramatizando al protagonista desde un despliegue técnico puede que demasiado elocuente pero pleno de facultades, siendo el auténtico triunfador para la mayoría del respetable.

La breve, pero hermosísima, intervención desde la balconada, del número 19 a cargo de la joven candasina Olaya Álvarez, cantante del coro «Aurum» (otro proyecto LDO), finalizando la parte primera del oratorio -de la que se eliminó el cuarteto «Cast thy burden upon the Lord«, nº 15-  fue otro de los momentos destacados, solo seguro, de voz limpia atacando el La agudo impecable que nos puso la piel de gallina a todos.

Las intervenciones de la hispano-búlgara Svetla Krasteva, habitual de Gijón cantando zarzuela y ópera, aunque creo debutante en Oviedo, siempre es un placer escucharla también en este repertorio sinfónico, de proyección nítida, fraseos repletos de musicalidad y dicción clara, empaste perfecto en los dúos y cuartetos -se eliminó igualmente el terceto nº 28 «a capella»-, jugando con el color para el carácter de los distintos roles (más ángel que viuda). Su intervención en el aria nº 21 «Hear ye, Israel!» que abre la segunda parte, fue todo un derroche portentoso de matices, línea de canto y fraseo.

El tinerfeño Agustín Prunell-Friend al que ya escuchamos en el auditorio, tiene un timbre particular, muy apropiado para estos programas sinfónicos, y pese a no tener muchas intervenciones en Elías, las solventó con naturalidad y buen quehacer, especialmente el aria nº 4 «If with all your hearts«.

Dejo para el final a la norteamericana Margaret Mezzacappa, también conocida en este mismo escenario por una Novena con la misma orquesta y dirección, igualmente cumplidora, segura en los solos aunque siga sin emocionarme por un vibrato que no me gusta, pese a reconocer que volumen le sobra.

Destacar la ubicación del cuarteto entre el coro y la orquesta, facilitando una mejor visión del director y volúmenes adecuados para las distintas apariciones en una partitura exigente de principio a fin, como bien explican en la entrevista a OSPA TV.

Finalmente una OSPA que hubo de recolocarse para lograr planos sonoros adecuados a este oratorio: maderas y trompas a la izquierda, contrabajos a la derecha, con timbales, tuba y trombones. Con la plantilla algo escasa en la cuerda para una obra de semejante magnitud sonora, pero contagiada por la implicación del maestro Milanov, el búlgaro desde la obertura inicial tras la primera intervención de Elías, fue más que arrogante espléndido por la entrega total y las proporciones de los condimentos a la hora de cocinarnos este Elijah, recitativos donde la orquesta funcionó como si de un clave sinfónico se tratase. Pletórico, marcándolo todo, preciso, claro, atento a cada uno de los intérpretes, concertando como nunca, aligerando números que podrían resultar pesantes… pienso que sacó el máximo de una obra que quizá necesitase algún ensayo conjunto más para alcanzar la magnificencia, pero es lo que tenemos y no podemos poner pegas, aunque optimizar recursos en música no debe significar recortar en nada.

Felicidades por este «Elías», seguro que tardaremos muchos años en repetirlo. Ahora unas breves vacaciones antes de volver a los abonos, pero ya los iremos contando…

CantamOS PAra crecer sin WERTgüenza

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Jueves 3 de abril, 10:30 y 12:00 horas – Viernes 4 de abril, 10:30 y 12:00 horas. Auditorio de Oviedo. Programa Link Up: «La orquesta canta». OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de T. Cabannis, Brackett, Dvořák, Mendelssohn, Beethoven, Stravinsky, J. Papoulis y tradicional norteamericana.

Nuestro maestro Milanov se marcó como primer objetivo nada más llegar a la OSPA acercarla a los públicos del mañana. La primera apuesta fue traer a Europa el proyecto «Link Up» desde el Carnegie Hall, del «Weill Music Institute«, que él conoce en primera persona, «La Orquesta Canta» que fue una auténtica bomba. Y este año repetíamos con «La Orquesta Canta» duplicando la oferta para movilizar a casi 4.000 alumnos de 9 a 13 años de toda Asturias con sus profesores, un esfuerzo que ha tenido el apoyo de toda la comunidad educativa, implicándonos desde el primer día y con la esperanza que la LOMCE de Wert retome la obligatoriedad de la materia de «Música» tanto en Primaria como en Secundaria para no dejarla en residual o incluso hacerla desaparecer si queda relegada a optativa o mera oferta según los centros, pues lo que se ha sembrado y trabajado con varias generaciones acabaré perdido por ideologías que siguen pensando sólo en la flauta dulce (sigue siendo menos cara) como pérdida de tiempo y la llamada música culta para el que quiera dedicarse a ella, eso sí, pagando y en el extranjero, porque parece que tiene más valor. Invertir en cultura es apostar por el futuro. Claro que también apuestan porque hagan deporte al recreo, lo de Educación Física no se parece a la Gimnasia de mis años mozos que parecen desear estos gobernantes nuestros.

La introducción tenía que hacerla porque lo vivido nuevamente estas dos mañanas en el Auditorio por este alumnado va más allá de un mero entretenimiento. Debemos reconocernos en cada escuela de pueblos muy alejados todavía de la capital por lo mal comunicados, institutos pequeños donde no hay más música que la del aula, chavales que no tienen acceso universal a estos eventos, y donde el directo es irrepetible. También centros concertados y privados («me gusta ese uniforme» decía un alumno mío al que le contesté que si lo usase seguramente diría lo contrario) asisten y comparten la universalidad del lenguaje musical, compañerismo haciendo música juntos independientemente de la raza, religión, clase social… Emocionarnos haciendo música entre todos con la flauta dulce pero también con algún incipiente violinista o clarinetista, cantando en castellano o inglés (el año pasado también francés y portugués), bailando y por supuesto escuchando, porque todo esto y mucho más es Link Up. Materiales didácticos excelentes que llegan sin coste alguno a profesores y alumnos, reuniones previas, trabajo de meses que no finaliza en el concierto sino que es aprovechable para siempre. En Asturias podemos presumir de ello y el tiempo dirá. Los medios de comunicación se han hecho eco del evento y su magnitud, aunque la falta de mayor formación musical haya impedido que fuesen más correctos en la información.

Felicitar a toda la «familia OSPA«, dirección, gerencia, músicos, personal de administración y servicios, así como al personal del Auditorio, porque el esfuerzo y trabajo es inconmensurable. Tampoco quiero olvidarme de más protagonistas como Gustavo Moral, animador y pedagogo musical que es otra de las patas donde se asienta el proyecto, y el trío vocal: Amanda Puig que debutaba, y los que repetían del año pasado Sonia de Munck y Julio Morales, aunque ya obtuvieron sobresaliente el curso anterior.

Espero que la Consejería reconozca la inversión en futuro ahora en el presente, pues Milanov lo tiene claro. Mi alumnado disfrutó y seguro seguirán comentando la experiencia entre ellos con todo el rédito en el aula.

La parte musical no quiero olvidarla, pasando con las obras trabajadas. Tras afinar todos, comenzamos con la canción de «Link Up» Ven a tocar, versión española de «Come to Play» (Thomas Cabaniss), a tres voces con distintos niveles de dificultad, siguiendo la canción en inglés Simple Gifts (Brackett) también con opción instrumental o vocal que algunos de los profesores canosos asociamos a una serie televisiva conquistando el Oeste yanqui con la música del gran Copland y su Primavera Apalache.

Sí resonó el auditorio con las flautas a unísono un fragmento del Largo de la Sinfonía del «Nuevo Mundo» (Dvořák), segundo movimiento donde los pequeños mandaron sobre el corno de Juan Pedro Romero y la orquesta con Milanov rendido. También «cantan» solistas instrumentales y el primer movimiento del Concierto de violín (Mendelssohn) lo interpretó Gabriel Ordás de 14 años, un espejo para muchos compañeros que se preguntaban cuánto había que estudiar para tocar así.

Como proyecto pedagógico el alumnado participa con la escucha, preparada con anterioridad y que llamamos «escucha activa» pero donde se siente más implicado es en las obras que ofertan distintos niveles de dificultad instrumental aunque la voz no falla, y así sucedió con la versión del cuarto movimiento de la última sinfonía del sordo de Bonn, himno de una Europa que no ha cubierto expectativas pero musicalmente sigue siendo potencia, superada la versión de «los Ríos» Waldo y Miguel para afrontar una Oda a la alegría (Beethoven) que cada alumno eligió libremente, independientemente de su capacidad.

La parte lúdica pero también lingüística resultó la tradicional americana (en arreglo de Cabaniss) Bought me a cat, calidad total comparada con «El pollito pío» nacional para comprobar que el idioma de Shakespeare se trabaja también desde la música.

Tras proponer combinaciones varias la OSPA nos interpretó el final de El pájaro de fuego (Stravinsky) que seguimos con un musicograma hermoso donde el cuento hecho sonidos cantó.

Como en las fiestas lo mejor para terminar es música movida, que nos mueva, esta vez con letra mixta en español e inglés, los idiomas más hablados en EE. UU. además de una coreografía muy conseguida que puso literalmente en pie a todos los asistentes, Oye (Jim Papoulis) que si ya se escucha en pasillos y autobuses, tras lo vivido con Link Up seguramente resulte más famosa que la dichosa Macarena de Los del Río si la bailan Obama y Michelle, aunque quienes me conocen y leen saben mi opinión: sólo dos tipos de música, la que nos gusta y la que no (¡Ah! y me visitará esta entrada la CÍA por citar al matrimonio de la Casa Blanca).

De vuelta al instituto seguían cantando, soplando las flautas, los que volvían otro año diciendo que este mucho mejor y preguntando por el tema del que viene, si Wert quiere…

Fresco musical de sensaciones

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Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Diaghilev y los Ballets Rusos II», abono nº 9 OSPA, Coro «El León de Oro» (director: Marco A. García de Paz), Rossen Milanov (director). Obras de Debussy y Ravel.

Velada pictórica y danzante desde la conferencia previa de María Sanhuesa (también suyas las notas al programa enlazadas en el inicio) titulada «Los colores del sonido: Debussy, Ravel los Ballets Russes«, contando nuevamente con Milanov al frente, lo que se agradece por esa continuidad tan necesaria para alcanzar el mayor entendimiento.

La música de ballet parece ser especialidad de nuestra formación que incluso ha llevado al disco (el último ya con el director búlgaro) aunque tengamos que cerrar los ojos para imaginarnos la escena y cuerpo de baile, precisamente en una ciudad que también tiene su Festival de Danza en el Teatro Campoamor. También domina la orquesta asturiana la música francesa, supongo que más allá de la cercanía geográfica la anímica, pero sobre todo las partituras de los grandes orquestadores, y los de esta tarde de danza lo son, dando lo mejor de ellos, creciéndose en la inmensidad sinfónica.

Para ahondar en la grandeza de las dos obras programadas se contaba con la mejor formación coral del momento, y de casa, el LDO que también está preparando su concurso de Londres y antes la Pasión Según San Juan, estando el espíritu bachiano presente el día de su aniversario al sonar la «Badinerie» en un teléfono femenino (por lo que tardó en encontrarlo y apagarlo), que mejor ni comentaré aunque parase el concierto en el momento más «inoportuno» de Ravel…

Nocturnos (Debussy), tríptico sinfónico parece que inspirado en el pintor Whistler, en cierto modo para no seguir etiquetando como impresionista la música de Don Claudio aunque siempre existen paralelismos y referencias coloristas, sentido más decorativo que descriptivo pese a las luces especiales que parecen iluminar cada número. La plantilla ampliada para la obra, sobremanera en el viento madera, percusión, otro arpa, no lo fue en la cuerda aunque les exija aún más trabajo, pero el buscado ambiente etéreo se consiguió desde las primeras «Nubes«, casi de anuncio por lo bien perfiladas y contrastadas hasta el gris, sin necesidad de utilizar pinceles finos. Como confesión que comparto con la doctora Sanhuesa, «Fiestas» es mi número preferido, puede que por la explosión de color sinfónico, la alegría desbordante, el ritmo danzante, los fuegos artificiales, el cortejo o mi pasión noctámbula, estando de acuerdo con el cambio de título del propio Debussy que en principio llamó «Tres escenas en el crepúsculo», curiosamente tocadas dos por no incorporarse siempre el coro femenino de «Sirenas«. Si hace algo más de un año las voces blancas del LDO ya interpretaban esta obra con la OvFi, dejándome enamorado por las «vocalizaciones dificilísimas con polirritmias perfectas, mar dorado más que plateado para dejar flotando en el ambiente una espiritualidad preparatoria de la segunda parte», la madurez global se hizo notar todavía más, auténtico tratamiento instrumental de Debussy que «las chicas de oro» han vuelto a elevar a cotas muy altas (tres mezzos más que las sopranos en perfecto equilibrio de planos) con la complicidad de un Milanov dominador de este nocturno cual marino experto. Las «sirenas de Peñas» no nos hicieron naufragar y en vez de tapar los oídos los abrimos aún más para disfrutar de este hechizo sonoro con ese tema de la coda final que sonó celestial con Juan Pedro Romero «acallando las voces del mar» para fundirlo todo y alcanzar el silencio nocturno hoy con luna llena menguando.

Dafne y Cloe (Ravel) me daría para fabular con más enamoramientos de todos y entre todos, el coro al completo y la orquesta ampliada, el bosque sagrado del auditorio donde aparecen piratas tecnológicos casi fantasmales intentando raptar la pureza sonora y la ayuda siempre del dios Pan musical que alimenta nuestro espíritu y aplaca odios. Se nota la planificación previa para este ballet cuya música pudimos disfrutar completa (no en suite) como la concibió el propio Maurice, totalmente ajustada en efectivos e intenciones aunque reconozcamos la dificultad de ubicar semejante plantilla en un teatro y los bailarines en escena. El encanto de la danza sin que la música pierda ni desvíe la atención fue muy trabajado entre Ravel y Fokine para una partitura que es una «sinfonía coreográfica» en tres partes encargada por el omnipresente Diaghilev, un «gran fresco musical menos preocupado por el arcaismo que por la fidelidad a la Grecia de mis sueños», que también citó María Sanhuesa del Esbozo biográfico dictado por el compositor a Roland-Manuel.

La OSPA volvió a sonar perfecta en cada sección, una plantilla ampliada como ya apunté que es para deslumbrar (no faltó la máquina de viento o eolífono), siendo Milanov quien sacaba a la luz las distintas combinaciones coloristas de familias y solistas en perfecto entendimiento con el maestro. Y el coro como un bloque más imbricado en la ampliación suprema de la paleta orquestal, bien todos o sólo las voces graves, con ausencia de referencias textuales y dificultad añadida que «los leones» superan con el duro trabajo al que les somete Marco A. Gª de Paz, sin perder nunca la globalidad sonora de cada motivo desarrollado con la maestría de un Ravel aún investigador de texturas y rítmicas. El análisis de la obra en la «Guía de la música sinfónica» dirigida por Tranchefort desmenuza la hora de música que pasó volando para goce de intérpretes y público: el lirismo de la trompa y el célebre intervalo de quinta, el enriquecimiento colorista añadido por el coro con las irisaciones de la cuerda y las dos arpas, el violín con un nuevo motivo siempre con la danza presente, en especial la guerrera tras los piratas, «Animado y muy rudo» con una madera portentosa y segura… Destacable el conocido tercer cuadro, «amanecer» cual contraste con los nocturnos debussianos, cantos de pájaros y el coro auténtico sol inundando de luz emergiendo de la orquesta profunda en una técnica sumativa que de forma imperceptible alcanza la apoteosis mágica firmada por Ravel. Y la flauta de Myra Pearse persuasiva, cristalina, apoyando el encuentro de los amados «Dafnis y Cloe» premonitorio de la bacanal de ritmo desenfrenado y ricos colores que esta OSPA atesora.

La fiesta de música colorista, de colores musicales, pareció dar la bienvenida a la recién estrenada primavera y despedida a la «nit del foc» valenciana, una paleta de colores a la que se añadió el dorado coral que pareció pintar Klimt con música francesa. Mahler espera en menos de 24 horas…

Receta Milanov: BB de lo bueno

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Viernes 14 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «En la gran tradición alemana», Concierto de abono nº 8, OSPA, Suyoen Kim (violín), Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Beethoven y Brahms.

El titular Milanov volvía al podio con un programa ya rodado en la maratón bilbaína que es «Musika-Música«, este año dedicada precisamente a las dos B del octavo de abono, y con dos solistas que ya dirigiese en el Auditorio la temporada pasada: la violinista alemana Kim y el cellista madrileño Ferrández, ambos con excelente sabor de boca según mis anotaciones y recuerdos sonoros.

El cocinero búlgaro preparó un menú clásico de encargo en cuanto a ingredientes pero cocinado y condimentado con los toques que logran sutiles diferencias. La elaboración de los ensayos y ejecuciones consiguieron una velada digna de las «3 Bes» conocidas como «Bueno, Bonito y Barato» aunque no resulten calificativos precisamente apropiados para la música, pero jugar con las tres b de los grandes compositores (se sumó Bach en la propina cual sorbete entre las dos partes clásicas en que siguen organizándose los conciertos), sirve incluso para titular entrada en el Blog.

De aperitivo el genio de Bonn: Leonora, Obertura nº 3, op. 72 (Beethoven), para ir calentando motores y percibiendo los ingredientes de primera mano, en su punto de temperatura sin mucho colorido, cual grabados del otro sordo genial como búsqueda de materiales y logrando maestría incluso en «pequeñas obras». Inseguridades puntuales en entradas pero líneas maestras claras.

Los siguientes platos provenían de Hamburgo, menú musical germano en tanto que servido en Viena aunque cocinado por Milanov en nuestros fogones.

El Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, op. 102 (Brahms), el «doble concierto» es todo un reto por los difíciles ingredientes que ligaron perfectamente para una salsa contundente al ser de por sí más caros que el azafrán: nada menos que dos Stradivarius en el mismo plato: el rotundo cello de Pablo Ferrández equilibrado con el sutil violín de Suyoen Kim, diálogos de emociones tomados en pequeños bocados o dentro de una soberbia salsa OSPA que funcionó más que como guarnición ingrediente necesario para alcanzar el paladar buscado por Milanov, perfecto concertador de sabores musicales que esta vez buscó colorido en la paleta orquestal delineando ancho con un pincel fino para alcanzar este primer Brahms realmente carnoso. Merecidos y abundantes aplausos para los solistas que nos regalaron esa Invención nº4, BWV 775 de Bach adaptada a dúo funcionando como pausa antes del cierre hamburgués.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 es un plato conocido que puede resultar honesto, pasarse o quedarse corto cual siete y medio, pero precisamente por exigente Milanov fue cocinándolo con mimo, maestría y sazonando con detalles. Optó por sobresaltos que fueron ganándome: el inicio más que Un poco sostenuto resultó «retenuto» por la lentitud que parecía remover con cuchara de madera antes de sorprender con el Allegro. Nuevamente la colocación vienesa, la ubicación para proporcionarnos esa espacialidad adecuada a esta enorme obra sinfónica permitió saborear cada bocado. El Andante sostenuto pareció ir engordando la salsa jugando con sutiles cambios de tempi que sacaron a flote detalles impercectibles en una cocción más rápida. No sé si esta grasa es buena para el colesterol pero está claro que «La Primera de Brahms» cocinada por Milanov iba con poso y nada ligera, sólo Un poco allegretto e grazioso daría el toque «light» con alguna incertidumbre metálica siempre compensada por la madera segura y «redonda» sin enturbiar el placentero resultado global. Y es que cocinando e ir sirviendo cada movimiento en distintos platos permitió reconocer la grandiosidad de esta generosa sinfonía -daba gusto ver y escuchar el «pizzicati acelerando»- que desemboca placenteramente en ese cuarto movimiento auténtico microcosmos de emociones, sabores, reminiscencias, deudas y originalidad que en el tratamiento del mejor Rossen permitió redescubrir las papilas gustativas. Adagio para retomar la visión, Più andante para masticar y degustar, más la conclusión del Allegro non troppo, ma con brio, final de un manjar diríamos de toma pan y moja. No siempre lo cocido y conocido podemos redescubrirlo, más este primer Brahms Milanov cocinado con tiempo puso sobre el mantel lo mejor de nuestra despensa musical sin sensación de empacho y con ganas de repetir.

Placeres eternos e irrepetibles

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Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: concierto de abono 7, OSPA, Ning Feng (violín), Joana Carneiro (directora). Obras de Adams, Shostakovich y Beethoven.

Algunos seguidores del blog han escrito comentando mis entradas como demasiado optimistas la mayoría de las veces y muy parciales (siempre cierto por personales) dado que apenas asistía a conciertos malos. Aquí viene mi innecesaria defensa, pues hace años que Oviedo es referencia para melómanos aunque no siempre tenga la resonancia mediática que se merece, algo que puedo asegurar es objetivo y no me cansaré de repetir y reflejar. Para una región como la nuestra de apenas un millón de habitantes, concentrados en el centro y en plena crisis industrial, minera, nacional… que la musical siga estando en primera línea con todo tipo de sacrificios pienso que debería tener más eco en un país que se está rompiendo por culpa de unos dirigentes incultos y egoístas.

En una semana beethoveniana está bien escuchar otras formaciones orquestales con directores no titulares, siempre en el irrepetible directo para comprobar y comparar, inevitable por otra parte pese a la losa que supone haber degustado exquisiteces irrepetibles. Sigo presumiendo de asturiano melómano con un vagaje musical repleto de figuras mundiales que han pasado por la capital del Principado e incluso de otras que el tiempo acabó convirtiendo en tales, habiendo sido Oviedo su debut o trampolín. Compartir estos placeres irrepetibles los hace aún mayores, y este tercer viernes de febrero ha sido uno de ellos.

Esta semana se ponía al frente de nuestra OSPA la directora portuguesa Joana Carneiro, que afrontó un programa titulado «Beethoven eterno» y en sus notas Hertha Gallego de Torres calificaba de «sentido del ritmo», ampliado aún más hasta «apoteósis del ritmo» que escribía mi amigo Ramón Avello en El Comercio para cada obra: reiterativo, obsesivo y demoniaco, y apoteósis de la danza.

De los compositores contemporáneos, John Adams (1947) está entre los preferidos del público, y estos días está en Madrid donde tiene «carta blanca«. De su ópera Nixon en China emerge con protagonismo propio The Chairman Dances: Foxtrot para orquesta (1985) que ponen a prueba formación y dirección sinfónica como en Oviedo, y con buena nota para todos: la maestra portuguesa con ideas muy claras, precisión, claridad en el gesto y dominio de la partitura, más unos músicos que se nota trabajaron duro para superar todas las dificultades de esta partitura con múltiples cambios de compás, ritmo, tiempos y dinámicas, exigente en empastes y de estilo minimalista que puede caer en lo monótono de no mediar la riqueza interpretativa, destacando la sección de percusión siempre segura junto al piano, en esa importancia rítmica deudora de tantos otros compositores que el propio Adams reconoce.

Palabras mayores el Concierto nº 1 para violín en la menor, op. 77 (antes op. 99) de Shostakovich con el virtuoso Ning Feng y un Stradivarius «MacMillan» (1721) afrontando una de las obras más importantes del ruso. El violinista chino optó por una interpretación introspectiva que la directora lusa supo e hizo acompañar en la misma línea, cuatro movimientos que son cual suite incluso en los títulos: el Nocturne transmite dolor desde la densidad orquestal y el lamento solista; el Scherzo auténtica «broma» de buen gusto plagada de polirritmias y efectos tímbricos en y para todos, con una orquesta atenta y entregada (destacar sólo un arpa pero siempre referencia), contagiada del vigor de solista y dirección, algo exagerada pero tal vez necesaria, segundo movimiento calificado por el gran Oistrach que estrenó la obra de «demoníaco y espinoso», siéndolo Feng literalmente; Passacaglia de la hondura sinfónica a que nos tiene acostumbrado el compositor ruso, exigente para todas las secciones que nuevamente estuvieron a la altura de la obra y el solista volviendo a impactarnos desde una interpretación diría que volcánica por el proceso emocional, para finalmente llegar a la chispeante Burlesca que desencajó a más de uno con la intermedia larga cadenza capaz de acallar las siempre incómodas toses desde una interiorización de dolor y angustia que salía a borbotones inundando de desbordante emoción el auditorio, la montaña rusa musical que suelo utilizar metafóricamente para este tipo de grandes conciertos.

Sin menospreciar a una orquesta que se comportó y la buena concertación de la señora Carneiro, lo del virtuoso chino es para recordar y así lo entendimos todos. La versión que nos regaló -como el día antes en Avilés- de Recuerdos de la Alhambra de Tárrega espero volver a escucharla cuando Radio Clásica emita el concierto, visionar y repetir, con un arco inigualable, capaz de recrear los trémolos guitarrísticos y la melodía en esa joya de violín. Silencio de emoción y otro regalo «caprichoso» del demonio oriental de Paganini el endiablado. Eternidad infernal y placeres nada pecaminosos.

Beethoven siempre eterno y apoteosis de la danza con esta explosión de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op 92, una de esas sinfonías que no deben faltar en cada temporada porque siempre resultan distintas según la batuta al frente, y la portuguesa sacó lo bueno de la OSPA, puede que por la elección del tempi correcto en cada movimiento, algo que todos los musicólogos y estudiosos reconocen como parte importante para acertar con el carácter de las obras del genio de Bonn. Aplaudir cómo la «maestrina Carneiro« pareció ganarse a los músicos en las obras de la primera parte para poder disfrutar más en la segunda, aunque siga preguntándome porqué mantener el esquema de concierto cuando este viernes podría haber sido al revés y dejarnos al chino como cierre, aunque es probable que no hubiera marchado regalándonos aún más propinas.

Como balance apuntar en el DEBE menor autocomplacencia para algunos atriles en obras que por muy tocadas parecen «olvidar» son tan exigentes como las nuevas, y la interpretación va más allá del pentagrama. En el HABER la autoexigencia de mantener calidades sonoras alcanzadas no ya en «la séptima» sino en todo este séptimo de abono. De momento saldo positivo, pero hay que aumentarlo, no sólo mantenerlo…

Buscando identidades en el inicio de año

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Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA: Concierto de abono nº 5 «Música e identidades»: Kristóf Baráti (violín), David Lockington (director). Obras de Kodály, Dvorak y Sibelius.

Tras el periodo navideño y una neumonía aún en el cuerpo mi nuevo año musical comenzaba como terminaba, es decir con la OSPA y su principal director invitado, el británico afincado en EE.UU. que además afrontaba un programa duro para todos (el jueves en Gijón), de los que requieren mucho trasfondo, atención, intención e introspección. Eso sí, el formato no varía desde hace lustros: primera obra a modo de aperitivo, un concierto con solista antes del descanso, buena propina incluida normalmente, y una sinfonía llenando la segunda parte.

El título buscado podría cambiarse por «Música y densidades» en vez de identidades, pues resulta un tanto engañoso: cada intérprete debe recrear la identidad de su papel, por otra parte obra identitaria de su autor, especialmente cuando es de los considerados grandes -lo que normalmente decimos el sello inconfundible-, búsqueda de identidades nacionales en el caso de los compositores elegidos y de los que habló la gallega Beatriz Cancela Montes en la conferencia previa así como en sus notas al programa (enlazadas en los autores). También identidades distintas en los directores que recrean cada obra y los propios intérpretes que sin perder su identidad deben renunciar en pos del conjunto y del director. Muchas, puede que demasiadas identidades sin olvidarme del solista y hasta de su violín Stradivarius, también con identidad propia y única, para tres obras muy densas:

Las Danzas de Galanta (1933) del húngaro Kodály resultaron menos livianas de lo esperado con un inicio titubeante, como si tardasen en entrar en calor hasta la cuarta o quinta (y última), siempre ligeras como le gusta al director británico llevar los tiempos vivos, exigencia no devuelta del todo por una orquesta algo destemplada en conjunto pero siempre atenta en los solistas que no suelen enfriarse habitualmente, destacando el inconmensurable Andreas Weisgerber capaz de convertir su clarinete en tárogató húngaro asumiendo identidades con total entrega y respeto a la partitura.

El concierto para violín y orquesta en la menor, op. 53 del checo Dvorak no es tan famoso como el de cello, tampoco muy escuchado ni grabado en parte por las dificultades para encontrar un solista más que virtuoso, entregado a una partitura poco agradecida para la mayoría, que solo el convencimiento pleno de todos los intérpretes puede llegar a alcanzar la emoción, algo que faltó a pesar del esfuerzo tanto de Lockington como de un Baráti pendiente del atril con su «Lady Harmsworth» de 1703, sonido increíble con identidad propia tamizada por una interpretación que adoleció de más comunicación entre todos, con algunos desajustes e imprecisiones en la orquesta adoleciendo de una limpieza que sí ofreció el solista húngaro. Escuchar este concierto es comprobar cómo se puede pasar del ímpetu casi violento del tutti al lirismo del solista en su Allegro ma non troppo, con pocos momentos para el relajo y la tensión que se transmitió pero por lo poco claro del bloque orquestal. Más llevadero resultó ese Adagio ma non tropo de total lirismo donde la madera, especialmente las flautas, empastaron y comulgaron en el discurrir melódico hasta el nuevo estado anímico que introducen las trompas, ímpetu algo turbulento que transmitió más inseguridad que ambiente bucólico o pastoril como identidad propia, invierno más que verano en otra visión. La batuta siempre atenta y clara hubo de concertar hasta la extenuación del Allegro giocoso ma non troppo para reconducir ambientes folklóricos bohemios que nuevamente la madera sacó a flote, seña inequívoca, casi firma, de nuestra formación asturiana para un final fresco por parte de todos los intérpretes.

El Stradivarius de Baráti sonó a gloria con la Obsesion de Eugene Ysaye, primer movimiento de la segunda sonata del director, compositor y virtuoso belga donde el tema del Dies Irae rememorado desde Bach saca del violín y su intérprete todo un muestrario de identidades. Lo mejor del concierto.

La Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius nos devolvió la OSPA más habitual en cuanto a sonoridades, entrega y entendimiento con el podio para una obra más interiorizada por todos, aunque no sea tampoco muy llevadera para la mayoría: crecimientos temáticos con reminiscencia todavía romántica que precisamente trajo a la memoria una identidad brahmsiana para la primera del finlandés, cuatro movimientos donde los solistas (de nuevo Weisgerber más una percusión ajustada) se impusieron al grupo, mejor ensamblado en esta segunda parte y espoleado por una escritura sinfónica que ayuda al lucimiento de todos. Lockington volvió a apostar por combinar dibujos melódicos claros y juegos de intensidades a los que la OSPA responde perfecta, madera con identidades propias, metales protagónicos sin excesos y cuerda -con el arpa cristalina y segura de Mirian del Río-como reivindicando el papel perdido, puede que por incredulidades que no deberían darse. De menos a más hasta el Finale Quasi una fantasia donde tensión y pasión se dieron la mano antes del sorpresivo e inesperado final.

Tres obras densas, exigentes, introversión más que extroversión y toda la subjetividad insalubre en el concierto que abre mi 2014 lleno de esperanzas, incluso musicales.

El Mesías renacido

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Viernes 20 de diciembre, 20:00 horas: Catedral de Oviedo, Concierto Extraordinario «Europa canta a la Navidad»: El Mesías (G. F. Haendel). Ana Quintans (soprano), José Hernández-Pastor (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Andreas Wolf (bajo barítono), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (José Esteban García Miranda, maestro de coro), OSPA, Aarón Zapico (director).

«El Mesías de la Catedral de Oviedo» es una cita ineludible desde hace muchos años para los aficionados y público variopinto que siempre llena hasta los pasillos para arrancar musicalmente las vacaciones de Navidad. Pese a llegar con hora y cuarto de antelación mi ubicación hubo de ser lateral puesto que la nave central estaba reservada casi hasta la mitad para los invitados y autoridades habituales, lo que no me impediría disfrutar con otro «Mesías» siempre distinto cada año con dos protagonistas fijos, coro y orquesta (lógicamente con la plantilla adecuada para la obra), siendo solistas y director los que marcan diferencias.

Volvía el director asturiano Aarón Zapico al frente de la OSPA para hacer de este oratorio de Händel una nueva versión y visión fresca, luminosa, viva desde el conocimiento que de la música barroca tiene con su Forma Antiqva, haciendo del proyecto «mesiánico» una nueva formación incorporada a su ya larga lista de programas, donde no faltó el concertino Jorge Jiménez o sus hermanos Daniel (tiorba) y Pablo (archilaud) que se sumaron al continuo junto a la clavecinista y organista Silvia Márquez.

Los detalles marcan diferencias y la apuesta era arriesgada, incluso criticada por algunos que preferirían un Zapikov para encumbrarlo como referente de los «mesías catedralicios». El concepto barroco va unido al contraste en su amplia acepción, y así lo entendió el director asturiano: contrastes bien marcados en los tiempos, casi diría que extremos, en las dinámicas cercanas a los reguladores aún no datados pero sutiles para remarcar dramatismos casi teatrales, en las articulaciones (algunas de cosecha propia en el continuo) y especialmente en los silencios tan protagonistas y preparatorios de los compases siguientes, sin olvidar unos puntuales pizzicati que subrayaron protagonismo vocal.

Excelentes el bajo barítono alemán en cada aria y la soprano portuguesa con intervenciones solventes, seguras y siempre de una musicalidad única con un colorido vocal perfecto para estas obras, más allá del conocido Rejoice graetly o el dúo con el concertino en medio del pasillo del aria I know that my Redeemer... El tenor inglés no desentonó y cumplió sobradamente sus difíciles partes, con unos recitativos de auténtica escuela británica y arias bien sentidas. No puedo decir lo mismo del contratenor valenciano, que no parece estar en su mejor momento, opaco, sin apenas proyección, soso y desafinando por momentos, aunque con la soprano empastase bien, pero engullido por el acompañamiento… lástima que bajase tanto un muy buen nivel de solistas y me hiciese añorar al gran Carlos Mena del año pasado.

El coro tiene tan interiorizada esta obra que cada año se pliega a las exigencias de los distintos directores con auténtica profesionalidad y versatilidad. En la versión de Zapico optando por tiempos siempre ajustados y opuestos, los pasajes rápidos sonaron contundentes (a pesar de la siempre molesta reverberación de la catedral) con agilidades cómodas, frente a los lentos maduros de emisión perfecta y bien equilibrada con los instrumentos; sobresalientes los matices tan diferenciados, los pianísimos de recogimiento y los fortísimos potentes sin escandalizar, desde la contención siempre necesaria. A muchos sorprendió el conocido Hallelujahh (bisado al final y los solistas sumados al coro) en esta línea distinta y contrastante dinámicamente, y sobre todo el Amen que sonó dual, espiritual el primero y explosión final para una perfecta conclusión.

La orquesta reducida para estas ocasiones, con el  continuo y el comentado concertino habitual cuando Aarón Zapico dirige, un auténtico placer sonoro y técnico en cada sección, con unos timbales recogidos que nunca enturbiaron el ambiente sereno de sus intervenciones, la madera fundida con el continuo o doblando voces siempre en un plano de perfecto empaste y presencia, la cuerda con fraseos y ataques ideales para el barroco, al que siempre se debe volver, y la trompeta solista que nunca sonó tan perfecta no sólo de musicalidad sino de presencia en la catedral, todo llevado con la pasión y dominio del Maestro Zapico que con El Mesías ha realizado un auténtico doctorado en casa, auténtico renacer de una obra señera en la historia de la música.

Esperamos que en 2014 esta cita pase al Auditorio, incluso cobrando una pequeña entrada que evite públicos curiosos, a menudo maleducados, abandonando sin pudor ni rubor el recinto en medio de momentos casi espirituales rotos por taconeos o comentarios. Aunque creo que la Catedral volverá a recibir un Elías de Mendelssohn que también puede hacer historia en Asturias, pero eso será en las siguientes vacaciones, ahora tocan las navideñas.

FELICES FIESTAS
P. D.: Críticas en El Comercio y La Nueva España del sábado 21.

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