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Carácter de florete y seda

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3: OSPA, Truls Mørk (violonchelo), Guillermo García Calvo (director). Obras de Holst, Saint-Saëns y Stravinsky.

Raro en mí no escribir en caliente nada más llegar a casa del concierto para no perderme nada de las emociones y sensaciones, pero esta vez necesitaba reposar sabores y esencias. Podría haber titulado esta entrada como «El titular que hemos perdido» porque el regreso de García Calvo al podio volvió a corroborar mi primera impresión de un director completo, con proyección y carácter, capaz de hacer sonar a la orquesta asturiana como otra muy distinta, pues el director español transmite seguridad, confianza y sobre todo mando, elegancia, trabajo e ideas muy claras y bidireccionales. También cabría encabezar esta crónica como «Cuando el carácter es música» porque en el tercero de abono hubo caracteres para dar y tomar con otro regreso de lujo, el del chelista noruego Truls Mørk en una hazaña, puede que irrepetible, de interpretar los dos conciertos de chelo de Saint-Saëns en la misma velada, para redondear velada con dos obras poco escuchadas, en vivo aún menos, exigentes, auténticas maravillas sinfónicas que hicieron aún más grande el protagonismo del director madrileño, eclipsando incluso al solista.

Beni Mora: suite oriental, op 29, nº 1 (Gustav Holst) arrancó quitándonos el aire al público en la Primera danza, con una gestualidad magistral de respuesta inmediata para las primeras notas sinfónicas, clima sonoro desde una cuerda que al fin sonó hiriente, potente, compacta, ligera y clara, espoleada por esa batuta cual florete equilibrada por la mano izquierda, esa tan difícil de encontrar en los directores, terciopelo o seda según las exigencias. La versión de García Calvo devolvió la grandeza de esta suite menos conocida que Los planetas, que también ha interpretado nuestra OSPA, desde un diseño claro en cada una de las tres danzas, con las secciones y solistas convencidos de lo que tocaban, escuchándose y gustándose en cada intervención. La Segunda danza mantuvo la entrega y buen entendimiento, percusiones apoyando sin martillear, viento preclaro sonando unitariamente y espoleado con la batuta en las intervenciones que salían a flote sin perder ni un detalle, escuchándolo todo desde el ambiente nebuloso de la partitura pero nunca borroso en el sonido, nuevamente con la cuerda asombrando por calidad y calidez. El Finale: En la calle de «Ouled Nails» remató ese carácter norteafricano, argelino, del Próximo Oriente en la mejor orquestación del compositor inglés bien resuelta por los intérpretes con esa luminosidad mediterránea y la precisión vienesa, germánica, al mando desde la cercanía asturiana de la tripulación. Extraña la poca calidez del público, apático y desentrenado para estas delicias puede que alejadas del carácter vetusto.

El bellísimo y conocido Concierto para violonchelo nº 1 en la menor, op. 33 de Saint-Saëns es una obra de cabecera para todos los grandes solistas, recordando Juan Manuel Viana en las notas al programa (links o hipervínculos en los títulos) cómo Pau Casals lo eligió para su debut londinense en marzo de 1905. Menguada la orquesta tras Holst y recolocados los contrabajos a la izquierda, Mørk se encargó de hacernos vibrar el alma desde la tercera cuerda, el carácter intimista de su Noruega en verano por la luz vertida en cada intervención desde esa introspección tan suya, arropado por una orquesta desconocida por colores y enamorados del estilo directorial de García Calvo. Concertar como él lo hizo demuestra el amor por su trabajo y el carácter global de la música, siempre protagonismo compartido, más en las obras solistas donde trata al músico cual cantante de ópera, ayudando, subrayando, ensalzando las intervenciones con la atención e intención que se merecen. Si el Tristán con la OSPA me descubrió esa faceta corroborada con los hermanos Del Valle, el Saint-Saëns con Mørk supone un hito para todos por el resultado alcanzado y el buen hacer que llegó hasta el último rincón de un auditorio algo más ocupado (y «sano») que en anteriores conciertos.

Necesario descanso para afrontar el segundo del francés por parte del noruego. El Concierto para violonchelo nº 2 en re menor, op. 119 parece otro mundo por los treinta años de separación con el primero, pero igualmente bello, más complejo y profundo, con el virtuosismo necesario para una obra de estas connotaciones en la madurez interpretativa y compositiva. Curioso que Truls Mørk necesitase partitura, extraño verle incómodo aunque su sonido siguiese siendo impoluto, carácter noruego invernal y parada inesperada en el pasahoja previo a la última cadenza, perdido en la blancura pero que la honda respiración sirvió para afrontar la recta final rápidamente en busca del calor que puso la orquesta y la seda de García Calvo, apartando el florete, sable para este segundo concierto y un nuevo éxito musical para este hito a tres partes: solista, director y orquesta.

Y otra rareza para acabar, el siempre innovador Stravinsky con Juego de cartas: ballet en tres repartos, un póquer sin danzarines pero donde a la voz de «¡Hagan juego!» se repartió carácter en cada mano, las dos del croupier García Calvo y unos músicos con cartas ganadoras, aunque siempre gana la banca, esta vez el público que sí entendió la apuesta arriesgada y aceptando el resultado de esta partida que corrobora nuevamente la ductilidad de la formación asturiana, la enorme calidad de todas sus secciones y su asombrosa transformación cuando hay un Director (con mayúscula) capaz de lograr la empatía desde el carácter. Realmente qué titular hemos perdido…

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con «El camino hacia el concierto» la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa «Avanti» en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de «guiños» al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el «pop» de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo «citado» con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir «interferencias», las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, «rusamente prokofieviano» (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro «Cheek to cheek», mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo «por dos cabezas» entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un «crescendus interruptus» que devuelve dúo a flauta y clarinete, Myra–Andreas antes de apropiárselo Vasiliev–Ordieres, arietes de arco traspasados a Ferriol–Romero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una «paradinha» aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más «operístico» por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter «cantabile» y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su «Sueño», sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra «menor» e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.

Ensayando para los reyes

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Miércoles 22 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, XXIII Concierto Premios Príncipe de Asturias, ensayo general. W. A. Mozart: Réquiem en re menor, K. 626. Ainhoa Arteta (soprano), Maite Arruabarrena (mezzo), Luis Dámaso (tenor), José Antonio López (barítono-bajo), Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Entrada libre previa recogida de invitación.

Veintitrés años de conciertos para una semana donde Oviedo se viste de gala para entregar sus galardones más internacionales, pero donde la crisis se nota también. Atrás quedaron las semanas de música con el patrocinio de unas perdidas cajas de ahorros y sus obras sociales, reeconvertidas en bancos que no suelen entender la música como inversión, con figuras internacionales y obras para recordar.

Para este 2014 la FPA ha programado el siempre bello, emocionante y exigente Réquiem de Mozart a cuyo ensayo general acudió público variado que llenó el auditorio aunque desconociendo probablemente qué es un ensayo, donde los solistas no suelen darlo todo (enhorabuena para los que sí), se cronometran y ajustan últimos detalles de protocolo, para finalmente retocar o dar esas anotaciones necesarias que desemboquen en un concierto lo mejor posible.

Con la plantilla al completo y en pie se comenzó con el Himno nacional de España que el maestro Milanov aún no parece dominar, siendo imperdonables desajustes hasta en los platillazos. Menos mal que no se tiene en cuenta para la crítica la ejecución (nunca más literal) del himno patrio, sin letra aunque el coro permaneció en escena preparado para la siguiente.

Reubicados y con la plantilla mozartiana para su obra póstuma comenzó titubeante el Requiem aeternam, primero orquesta y después un coro que se adapta a lo que le pidan, y personalmente me congratula porque creo que les faltó más confianza con el director, aunque solventaron la papeleta con una profesionalidad de la que siempre hacen gala. El trabajo de años con Pepu al frente se nota, logrando una formación moldeable, rigurosa y precisa, con una gama dinámica sobresaliente en todas las cuerdas, aportando seguridad. Hasta el Confutatis no hubo comunicación ni interpretación, demasiado silábico y marcado todo, faltando más legato y expresividad, mayor contraste entre orquesta y coro, que no tienen porqué sonar iguales, el contraste es una de las grandezas de esta obra del prodigio de Salzburgo. El Lacrimosa resultó de lo mejor, realmente emocionante y a punto de saltársenos las lágrimas porque la sal apareció por fin. Y con el Sanctus ya parecieron entenderse todos mejor (bien el fugado), si bien eran las voces quienes acababan encontrando la pulsación poco precisa del maestro búlgaro que no parece encontrarse cómodo con estos repertorios, debiendo percatarse que los coristas deben tener siempre claro el tempo y las entradas, algo difícil con la gestualidad del titular. Conocer la obra como este coro siempre ayuda y fueron realmente quienes mantuvieron el tipo. Mis felicitaciones para ellos.

Del cuarteto solista siempre destacar a Ainhoa Arteta, una figura internacional cercana, volcada durante todo el ensayo, incluso en las repeticiones posteriores, cuya voz siempre es un placer degustar con Mozart. Otro tanto de José Antonio López, potencia, claridad de emisión y musicalidad en todas sus intervenciones, convenciendo en el Tuba mirum de inicio a final, bien secundado por Luis Dámaso que cumplió y empastó con sus compañeros, línea de canto hermosa perfectamente adaptada a la partitura; pues el director no pareció pedirles nada especial, por otra parte difícil en una obra tan conocida y cantada. Una pena Maite Arruabarrena que «dejó cojo el banco» y siempre oscurecida, poco volumen, tapada en la mayoría de sus intervenciones, de registro grave inaudible (y esta vez estaba en la fila siete) dejando el medio y agudo justo para poder apreciarla. Supongo que en el concierto será otra cosa, aunque a la vista de los mimbres no sé qué cesto saldrá. Tampoco se contagió de la entrega de sus compañeros, aunque repito que un ensayo general suele ser así.

La orquesta tiene a Mozart en sus genes, siendo capaz de lo mejor y lo peor, incluso de combinarlo en una misma obra. Por lo menos el director corrigió al final detalles que son casi de manual, de los que los profesores tomaron nota. Pienso que sigue faltando más precisión en el podio, no es solamente el discurso musical o los matices, que están siempre pero que sin una pulsación clara (haya o no rubati) es inexistente el encaje necesario, por otra parte más difícil en los ritardandi que sí entienden a la primera. La preocupación por el color sigue vigente, colocaciones incluso de los solistas entre coro y orquesta, eligiendo timbales de bronce o trompetas de llaves, pero la línea no debe sacrificarse en pos del color, menos en el Clasicismo. Felicitar esta vez a los trombones, especialmente en los solos, capaces de transmitir esa sensación orgánica que todo el Requiem respira.

Final con Asturias patria querida y mismas sensaciones, tapado por un público que no mantiene pulso con el escenario y acaba «mandando», populismo mal entendido nuevamente para un himno que, hace tiempo ya comenté, se le viste de solemnidad con una orquestación para estos momentos.

Después vinieron las correcciones puntuales con parte del público interrumpiendo al salir en plena labor directorial. Del técnico de sonido preparando la microfonía mientras sonaba Mozart mejor ni opino porque denota falta de prudencia, algo parecido a los fotógrafos cuyos clic enturbian y rompen un ambiente necesariamente de concentración. Hubo tiempo para enchufar antes del inicio, y ajustar niveles sin tanta molestia para todos, incluso la visual.

El jueves es el día, Felipe y Letizia estuvieron como príncipes y vuelven como reyes, aunque todos sabemos que la melómana es Doña Sofía. El concierto no llega a la hora y Mozart gusta a todos, incluso a los entendidos…

Sin miedos

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Jueves 16 de octubre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada de Ópera de Oviedo. Tercera función: Cuatro últimas canciones (R. Strauss) y El castillo de Barbazul, Op. 11 (Béla Bartók). Intérpretes: Ricarda Merbeth (soprano); Barbazul: Albert Dohmen (bajo-barítono), Judith: Ana Ibarra (mezzo), OSPA, Rossen Milanov (dirección musical), Tim Carroll (dirección de escena). Entrada de última hora: 15 €.

Simbolismo, miedos, numerología amplia para unir dos conceptos, dos obras muy distintas, los cuatro últimos Lieder de R. Strauss más de concierto pero con una soprano en escena y orquesta en foso, dos personajes para la ópera en un acto de Bartók, con siete puertas, todo en uno desde la escenografía que consiguió unir mundos teóricamente opuestos pero que se acabaron tocando.

Las «Cuatro últimas canciones» (Vier letzte Lieder) de Richard Strauss resultaron logradas escénicamente, cuatro cuadros donde la alemana Ricarda Merbeth que volvía a Oviedo, se fue situando completando los colores de unas estaciones vitales, casi recordándome las pintadas por el gran Eusebio Sempere, verde para «Primavera» (Frükling), dorado para «Septiembre» (September), rojo para «Al ir a dormir» (Beim Schlafengehen), las tres con  con textos de H. Hesse, y azul para «En el ocaso» (Im Abendrot), con texto de Joseph von Eichendorff, y así fue recreando vocalmente desde su estatismo y con el sobretelón o tela transparente delante, esas cuatro etapas, mejorando en cada una para crecer paradójicamente en el ocaso, todo con una orquesta cómoda en estos repertorios y donde Milanov concertó buscando esa misma paleta, mimando a la soprano aunque por momentos el grave quedase algo oscuro, como contagiado de esa angustia que flotó en toda la hora y media de representación.

Sin pausas, continuando la acción nos encontraríamos un mohoso, cochambroso despacho cual «castillo interior» donde un Barbazul poeta con máquina de escribir, comienza a contarnos la historia: sobretítulos con la tipografía al uso muy lograda, proyectados como si de un plano detalle nos fuese mostrando el texto y el sonido propio al teclear, fondo casi de papel amarillento porque el blanco rompería ese ambiente no gótico sino claustrofóbico y húmedo. Impresionante Dohmen con un timbre adecuado a su personaje, capaz de redondear en el grave tan presente en la ópera de Bartók, y alcanzar agudos sin romper un color vocal difícil de mantener para una partitura dificilísima para los dos personajes. La mezzo Ana Ibarra resultó el equilibrio perfecto, la inocencia y valentía para ir abriendo cada una de las puertas también de distintos colores, ganando presencia y sobreponiéndose sin problemas a un poderío orquestal que subraya y completa toda la acción argumental, siempre sin miedo a las preguntas de su pareja. La OSPA sonó inconmensurable en cada sección, planos que en foso no resultan estridentes, con un Milanov volcado en este estreno carbayón, atento al dúo vocal y elevando a coprotagonista su formación que en esta juvenil composición del húngaro ya plantea innovaciones en orquestación, armonías y discurso musical.

Coronando estas ecuaciones la escenografía de Carroll nuevamente bien planteada, despacho como colgando centrado en el primer piso del escenario y por debajo puertas con iluminación y acción paralela al relato, que se van abriendo con tres figurantes recreando en doble plano muy cinematográfico, con mismo vestido (también del inicial straussiano) y mismo peinado de la mezzo, que al final ocuparán los cuatro cubos donde se inició esta original función.

Música dura para los líricos habituales, sin arias conocidas o melodías pegadizas pero convencidos por la escenografía en otra «vuelta de tuerca» como apuesta de los gestores de la Ópera de Oviedo, uniendo concierto y ópera breve en una representación sin igual, utilizando de hilo conductor ese ambiente angustioso del propio discurrir humano, las etapas del veterano Strauss y el freudiano devenir de Barbazul y Judit por un joven Bartók, amores redentores sabiendo el trágico final desde el mismo momento del inicio, narrado con máquina de escribir e interpretado con la entrega de todos, dramatismo vocal de los tres excelentes cantantes con el subrayado resaltado e impoluto de unos actores de reparto como los músicos de la OSPA (un aplauso para todos los solistas pero especialmente para la flautista Myra Pearse) con su titular al frente, sin los que la historia no hubiera sido igual.

La noche con lluvia intermitente que esperaba al finalizar resultó más luminosa tras los noventa minutos, tétrica pero profunda, conmovedora en todos sus puntos.

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Buenos deseos pero incertidumbre

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Viernes 3 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, OSPA, Abono 1, Javier Perianes (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Mozart, Grieg y Chaikovski (notas al programa de Ramón G. Avello en los links de los compositores).

Arranca la temporada 2014-2015 de la orquesta de todos los asturianos, primero en Gijón y a continuación Oviedo, con la Consejera de Educación, Cultura y Deporte de testigo, el búlgaro Milanov en el podio titular y el onubense Javier Perianes pianista solista que siempre aporta esos detalles que resultan diferenciadores para un programa conservador equilibrando conocido y olvidado.

Mozart es siempre traicionero porque su música es agradecida, terapéuticamente positiva pero exigente de principio a fin. La selección de la suite del ballet de Idomeneo K. 367 se redujo a dos números de los cinco, la Chaconne y el Pas à deux, con los que la OSPA pareció dar el primer aviso de que aún falta rodaje, como si de un coche fuera de punto y funcionando con tres cilindros se tratase: las secciones aunque ensambladas todavía desajustadas y el conjunto aún más (aunque los solistas siguen siendo de seguridad pasmosa), con pasajes poco claros que hacían irreconocible el sonido del motor. Desconozco si la mecánica era fruto de la conducción de Milanov o directamente la necesidad de lubricar pistones, pero no hubo entendimiento, indecisiones en entradas, dinámicas sólo en papel, y había muchas, sin ensamblarse para dejar esa sensación de tirones continuos.

El plenamente romántico Concierto para piano en la menor, op. 16 de Grieg pareció ir tomando el punto a la marcha, pero sólo la magia de Javier Perianes sacó a flote la belleza de una partitura que todos conocen. Faltó unificar el discurso entre solista y director, el instrumento piano con el instrumento orquesta, de nuevo indecisiones en las caídas entre ambos. Cierto que hay momentos donde es imposible no emocionarse y donde las intervenciones de todos llegan solas a lo más profundo, pero faltó química. El aire ligero del primer movimiento Allegro molto moderato resultó más cómodo para el piano frente al Adagio preciso para todos con claridad de líneas exhibida por un Perianes de gamas dinámicas conseguidas y que pareció contagiar a sus compañeros más que al maestro. El Allegro moderato molto e marcato volvió a evidenciar las carencias apuntadas, la orquesta detrás frente al poderío del andaluz en cada cadencia con su impronta interpretativa y la contestación en otro idioma con unos rubati mal entendidos o transmitidos por el director y matices poco cuidados por todos, lo que impidió una mejor interpretación global.

El Nocturno en do sostenido menor, Op. póstumo de Chopin fue la propina que reivindicó la calidad y calidez del pianismo de Javier Perianes en un momento de su carrera que sigue en ascenso y todavía queda recorrido, demostración de lo que Grieg pudo haber sido y no fue.

La Sinfonía nº 2 en do menor, op. 17 «Pequeña Rusia» de Chaikovski no es que se programe tanto como las tres últimas del ruso pese a ser la más cercana al alma de su pueblo por los motivos usados y una orquestación que recuerda a sus correligionarios. Con alguna cara nueva y refuerzos puntuales, la formación asturiana fue entrando en calor pese a los aires nórdicos del concierto, el cuarto cilindro al fin arrancó y el motor retomó el sonido potente al que nos tiene acostumbrados, aunque sólo en el cuarto movimiento, con un Milanov que nunca pisó a fondo aunque se dejó llevar por una partitura con demasiadas curvas tomadas casi por los atajos. Sin hacer paralelismos, está pasándome como con Alonso y Ferrari, deseo siempre lo mejor pero parece que tampoco ganará su tercer mundial, aunque los anteriores ya están en la historia. La temporada es larga, hay paréntesis «obligados» y los conductores deberán conocer y entrenar más con el coche. Los invitados previstos son de primera, pero el maridaje y entendimiento entre todos será necesario para el éxito total, ya que los parciales hacen que parte del público marche al descanso, como si una vez conocida la «pole» el resultado de la carrera volviese a deparar el resultado no deseado.

Entrevista de Javier Neira a Javier Perianes en LNE:

Final de verano e inicio de curso

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El verano es tiempo de descanso para muchos aunque los músicos no las tengan, pero tenemos la posibilidad de seguir comprobando su trabajo en los llamados festivales de verano que no pueden faltar en tiempos de crisis, formando parte de la necesaria oferta cultural que toda villa o ciudad debe tener, luchando contra recortes pero apostando por mantener viva esta parte tan nuestra en un turismo que también es fuente de riqueza para la región, debiendo plantearse esta industria en condiciones viendo que las astures decimonónicas están periclitadas y echando el cierre una tras otra.

Este verano 2014 mío también de crisis para el bolsillo, pues solo con los abonos de la OSPA más el conjunto para los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano se me van nada más y nada menos que 606 € (más que un sueldo para muchos hoy en día), mis escapadas no fueron lejos, como se puede seguir desde este blog, pero quiero defenderlas por lo que suponen.

Oviedo además de una ciudad ideal para vivir lo es para los melómanos todo el año, y el llamado Festival de Verano ofertó conciertos gratuitos en entornos nada habituales, o bien con entradas asequibles, programas que buscan otros públicos, no especializados (sólo en asistir donde no se rasque el bolsillo) en un buen deseo de acercar la llamada música culta a todos. Aunque no estuve en casi ninguno me hubiese encantado estar en alguno para hacer un seguimiento a los jóvenes que dejan ya de ser promesas así como a los veteranos deleitando como en ellos se espera. Tampoco debo olvidarme de los cursos organizados en la capital por la Fundación Príncipe de Asturias y donde el alumnado tiene los conciertos como parte de su formación.

Gijón, enlazando con lo anterior, además de ser capital para la Música Antigua en julio, con cursos para alumnado que siempre aprende y conciertos con profesorado e invitados de lujo, también desde hace quince años también lo es del piano en su mes más festivo, llegando jóvenes de todo el mundo para recibir clases de un claustro internacional que también ofrece conciertos, todo capitaneado por el gijonés afincado en Estados Unidos José Ramón Méndez y su esposa Amy Gustafson, quienes rinden tributo a Jesús González Alonso, el gran concertista local fallecido en el mejor momento de su carrera pero que los que tuvimos la suerte de escucharlo permanece vivo en nuestra memoria. La maratón en la calle de los alumnos y alumnas es un espectáculo puede que único en todo el mundo. Este año también salió puntualmente de su sede en la Laboral, con lo que supone de abrir el abanico dentro del centro geográfico (el llamado ocho asturiano) que reúne la mayor oferta musical.

Y de lo cercano, siempre que puedo acudo al Festival Internacional de Música de Santander, con solera e historia y del que todos los demás ciclos estivales suelen tomar apuntes. La Plaza Porticada en los tiempos de Ataúlfo Argenta y siguientes se pasó recientemente al nuevo y gran Palacio de Festivales sin olvidar otras localidades de Cantabria que atraen con la música a melómanos, turistas y públicos jóvenes en entornos históricos, palacios rehabilitados o iglesias programando con rigor y versatilidad.

El punto final al verano lo puso el viernes 5 de septiembre mi querida OSPA con David Lockington al frente, también en mini gira asturiana que recalaba en el Nuevo Teatro de La Felguera con un programa de éxito seguro donde director y distintos maestros explicaban en lenguaje llano compositores y obras, interpretando movimientos conocidos (primero de la «Pastoral» de Beethoven, cuartos de la «Italiana» de Mendelssohn y «Nuevo Mundo» de Dvorak ), el barroco que no debemos olvidar (Vivaldi y el Concerto grosso nº 11 en re menor, op. 3 RV. 565 de «L’Estro Armonico»), otros menos (la novedosa orquestación que Jesús Rueda hace del Lavapiés de Albéniz aprovechando los recursos de la formación con auténtico derroche en la percusión), e incluso alguna novedad para mí (Aaron Jay Kernis y Musica Celestis) con la cuerda que siempre enamora y confirmar que la orquesta, aunque no al completo, con su principal director invitado suena maravillosa y entregada. La temporada promete y habrá solistas que vuelven junto a otros de fama internacional debutando en nuestra tierra.

FOTO © Marta Barbón

El curso escolar arranca tras la Festividad de la Virgen de Covadonga, Patrona de Asturias, y el pistoletazo de salida lo da desde hace 67 años la temporada de ópera de Oviedo, este año comenzando con un Otello que espero doblar (primero en gran pantalla desde Mieres y en vivo en la cuarta función, entradas de último minuto, que a los precios normales no llego, y al espectáculo infantil con Evaristo y Gustavo Moral se me hace imposible asistir) por eso de estar ya todo bien rodado, independientemente de los comentarios ya aparecidos en prensa y redes, pero esto lo contaremos en su momento.

Las vacaciones tocaron a su punto final, retomo la normalidad aunque  la música no deja de sonar nunca… a WERT qué nos deparan los «viernes de dolor» de Moncloa que sólo con musicoterapia puedo sobrellevar lo que me queda.

Despedida agridulce

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Viernes 6 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura temporada OSPA, Abono 14, Renaud Capuçon (violín), Rossen Milanov (director). «El mundo de ayer», obras de Berg y Mahler.

Sabor vienés, amores eternos, referencias al pasado, calidades contrastadas y distintas concepciones de una realidad siempre cambiante. Así se me amontonaba el día después las sensaciones del último concierto de la OSPA para los abonados y antes de su rápida gira por Bulgaria, tierra del maestro titular donde Asturias sonará con nuestra mejor embajadora cultural.

La conferencia previa a cargo de Daniel Moro Vallina, autor de las notas al programa que aparecen, como casi siempre, enlazadas en el inicio con los autores, la más nutrida de las programadas a lo largo del curso musical, nos preparó para lo que vendría a continuación, completando con magisterio tal vez demasiado arduo y técnico para el público asistente pero siempre de agradecer. Escuchándole parecía estar describiendo, con matices, nuestra actualidad aunque Austria no sea Asturias pese a que Oviedo  y Viena programen casi las mismas actividades musicales sin tener los «pesos pesados» de la época que bebieron y vivieron Mahler y Berg.

El Concierto para violín «A la memoria de un ángel» (1935) de Alban Berg es difícil no ya de interpretar sino de digerir por el público pese a ser una obra conmovedora de principio a fin donde el violín transforma sentimientos en música desde un dodecafonismo pleno de expresión, y el gran Renaud Capuçon transmitió dolor, pasión, poesía, en un diálogo con la orquesta que se adaptó al mismo como un guante de seda perfectamente guiado por Milanov. Obra dedicada a la muerte de Manon, la hija de Alma Mahler y Gropius, se estrenó en Barcelona, siempre a la vanguardia por geografía y cultura, suena actual y desgarradora en igual proporción como ajena para muchos de los presentes que prefieren otro canon de belleza menos conflictivo y más «cómodo de escuchar». Los intérpretes apostaron por el primer caso, lirismo desde el dolor, referencias escritas a corales bachianos donde la sección de viento me transportó a los órganos de Leipzig y el violín de Capuçon puso la voz sin palabras a esta obra que va unida a su propia vida. Impresionantes sonoridades desde dinámicas amplias por parte de todos. De regalo el violín desgranó la hermosísima e intimista «Danza de los espíritus» del Orfeo y Eurídice de Gluck que pareció acallar tripas tras las tensiones de Berg, versión solística llena de la musicalidad que el violinista francés atesora.

El número de mahlerianos en el mundo aumenta cada día, su tiempo ha llegado hace años y es imposible actualizar grabaciones de sus obras o bibliografía, por lo que cada uno tiene sus preferencias y enfoques desde el conocimiento de sus obras. La Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (1901-1902) la diseccionó perfectamente Daniel Moro en la conferencia, sin olvidarse del famoso Adagietto que un genio melómano como Visconti utilizó en «Muerte en Venecia», recordando que con ser el movimiento más corto de la quinta, su duración oscila entre los siete y los once minutos, algo que comentaré más adelante.

Me quejaba una plantilla todavía corta para la OSPA en la presentación de la próxima temporada y es que «La quinta» de Mahler volvió a ponerla en evidencia. El esfuerzo que tuvo que hacer la cuerda para conseguir equilibrar la masa sonora del resto de secciones fue ímprobo por momentos, y tampoco puedo compartir la versión de Milanov que estuvo falta de la necesaria continuidad en sus cinco movimientos, tres partes así concebidas por el propio Mahler, resultando desde mi propia «miopía auditiva» como visiones pintadas desde distintas técnicas:

La Trauermarsch (Marcha fúnebre) arrancaba con un excelente sólo de trompeta que pintaría un óleo a espátula, más sensaciones que líneas desde una búsqueda de tímbricas y volúmenes difíciles de equilibrar. El Stürmisch beweget, mit grössler Vehemenz (Arormentado, agitado, con gran vehemencia) fue como aguada con tinta china o acuarela que exige pintar con soltura al impedir la corrección una vez plasmado en el papel, borroso finalmente por una ausencia de continuidad melódica en detrimento de esa «vehemencia» por parte del director hacia los músicos, con pequeñas manchas en intérpretes otrora seguros.

El enorme Scherzo Kräftig, night zu schnell (Vigoroso, no muy rápido) fue el fresco lleno de color, pletórico en sonoridades donde Morató brilló cual solista de concierto bien arropado por sus seis compañeros, poniendo contrapuntos excelsos el resto de metales, percusión en dosis apropiadas y la cuerda esforzándose al máximo aunque faltase el contrapeso de los graves con cinco contrabajos algo cortos en sonoridad y redondez.

El equilibrio de líneas cual aguafuerte llegaría en el famoso Adagietto. Sher langsam (Muy lento) que permitió a la cuerda con el arpa disfrutar en la ejecución, por otra parte demasiado lenta y cercana a los once minutos (que me perdone Neira) distantes de un Bruno Walter más ajustado a los siete recordando que no es «Adagio» sino «Adagietto» aunque pueda comprender ese placer de alargar el disfrute de esta bellísima página en la interpretación de la sección estrella de la OSPA, pero la declaración de amor de Gustav a Alma es hermosa per se sin necesidad de amaneramientos. Comprendo que Milanov detuviese el arranque ante el siempre inoportuno carraspeo de este cuarto movimiento, inicial de la tercera parte, y retomase el inicio pianíssimo con un arpa de sonido algo hiriente en vez del sedoso a que nos tiene acostumbrado. Para el Rondó – Finale. Allegro optó el búlgaro por colores brillantes y explosivos, exigentes en maderas y metales bien compensados pero de nuevo «apretando» a una cuerda que sonó como si tuviesen el doble de efectivos, óleo sobre madera más que lienzo mezclando con trazos broncíneos o pan de oro homenaje sonoro al tocayo Klimt siempre asociado a Mahler en tantas portadas de discos.

Fantástica obra en interpretación algo desigual aunque disfrutándola como siempre, como la propia lucha interior de Gustav Mahler o de cualquiera de nosotros, la eterna dualidad, agrio y dulce, vida y muerte, placer y dolor para corroborar que «no hay quinta mala», poniendo broche a una temporada con altibajos de la que siempre nos quedaremos con lo que más no hizo vibrar, disfrutar plenamente. Veintitrés años de orquesta, dos con Milanov de titular que está creciendo con ella, aunque se avecinen tiempos de cambio, esperando que los tres restantes eleven la calidad a cotas de excelencia.

OSPA 2014-15: renovando desde la continuidad

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Foto © Kike Llamas

Este miércoles 4 de junio se presentaba en el Auditorio de Oviedo el avance de programación para la temporada 2014-15 de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado) una vez finalizada la reunión del Consejo Rector, por lo que se retrasó algo el inicio, acudiendo a la posterior rueda de prensa su presidenta Ana González Rodríguez, la gerente Ana Mateo y el director titular Rossen Milanov, al que se le renovó contrato para cumpir los cinco años previstos.

Foto © OSPA

Tras calificar de «temporada de consolidación», la también Consejera de Educación, Cultura y Deporte quiso resaltar el enfoque didáctico de esta institución asturiana con veintitrés años de vida, no ya con los programas Avanti o ¡Familiarízate con la OSPA! sino especialmente el Link Up que llegará a su tercera temporada con «La orquesta rock», triplicando el número de alumnado implicado en estos dos primeros años, por lo que el próximo esperamos seguir creciendo. En lo que me concierne como profesor es de agradecer esta apuesta personal del maestro búlgaro que ha traído a Europa este proyecto, siendo Oviedo pionero desde donde hemos «exportado» a Pamplona el primero, suponiendo sigan sumándose otras formaciones españolas.

Para los abonados se mantiene por tercer año el precio, lo que en estos tiempos es de agradecer, a saber para Oviedo: 200€ butaca y 152€ anfiteatro, descuentos para mayores de 65 años y menores de 26, sin olvidar el abono joven realmente pensado como inversión en nuevos públicos (80€ y 61€) con un precio por concierto de 5,71€ o 4,35€, económico en comparación con otros eventos culturales. Las localidades sueltas siguen siendo de las más baratas de España a 29€ y 25€, manteniéndose el 30 % de descuento para las de último minuto (una hora antes del concierto). A pregunta de un servidor sobre la deseada ampliación de plantilla sabemos que se cubren bajas puntuales como en cualquier administración, contestando tanto Ana Mateo como la propia consejera, sabedores de la especificidad de los músicos, y el Instituto «Adolfo Posada» será el encargado de organizar la próxima promoción interna más un proceso de selección que conoceremos en su momento.

En el terreno puramente musical, destacado tanto por la presidenta del Consejo Rector como por el maestro Milanov, cabe citar el «estreno» de diez obras nuevas, unas a nivel europeo y otras que son primeras ejecuciones de la propia orquesta. Habrá batutas conocidas entre las que destaca el principal director invitado David Lockington y Guillermo García Calvo, con unos solistas de fama internacional que irán llegando en los distintos «bloques temáticos» que siguen teniendo la música de ballet en ellos, queriendo citar entre los pianistas a mi admirada Gabriela Montero que debutará en Asturias nada menos que con «el segundo» de Rachmaninov, la vuelta de Eldar Nebolsin con «su» Ravel o Javier Perianes y el concierto de Grieg, sin olvidarme de las violinistas Leticia Moreno, una española que está triunfando rápidamente, más las ya (re)conocidas con la OSPA en Asturias Dylana Jenson y Akiko Suwanai, más los chelitas Truls Mork y Asier Polo. Punto y aparte para la arpista de la Filarmónica de Filadelfia Elizabeth Hainen nos estrenará en Europa Nu Shu: El lenguaje secreto de las mujeres de Tan Dun, que habrá que anotar en cuanto conozcamos las fechas. También continúan los solistas de la propia orquesta dando un paso al frente, esta vez el trompetista Maarten van Weverwijk y la flautista Myra Pearse, así como la vuelta a la dirección de Aarón Zapico.

Aunque incluyo aquí el enlace a la nota de prensa de la propia OSPA, volver a felicitar a Consejo Rector que aprobó, además de un plan de sostenibilidad que garantiza el futuro de nuestra formación, un programa por unanimidad que mantiene el equilibrio entre obras de siempre donde están Haydn, Mozart, Chaikovsky, Rimsky-Korsakov o «mis escandinavos» y estrenos como el citado de Tan Dun más la suite del ballet El Bestiario de Miquel Ortega, El compositor ha muerto (Stookey), Jesús Rueda y su Elephant Skin, y una esperada Sinfonía nº 15 de Shostakovich, obras que volverán a intentar sacar lo mejor de los profesionales de esta orquesta de todos los asturianos. Como siempre la Ópera de Oviedo contará con ella en tres títulos donde vuelve Max Valdés para Samson et Dalila (Saint-Saëns) y debutará Rossen Milanov con el doblete Las cuatro últimas canciones (Strauss) y El castillo de Barbazul (Bartók).

La temporada actual echará el cierre este jueves 5 en Avilés y el viernes 6 a las 20:00 h. en Oviedo (con conferencia previa una hora antes de Daniel Moro Vallina) con el concierto 14 de abono donde escucharemos a Renaud Capuçon con el Concierto de violín de Berg y «La Quinta» de Mahler.

El último «estirón» de la OSPA con Milanov serán los tres conciertos en su país donde la «Marca España» llevará obras nuestras a los festivales de Varna (16 y 17 de junio) y Sofía (18 de junio): Falla, Oscar Navarro y Marcos Fernández, con Javier Perianes al piano y Jose Franch Ballester al clarinete, música española como protagonista junto a los «Cuadros» de Mussorgsky o «La Quinta» de Shostakovich. Los asturianos exportamos cultura de calidad con estos embajadores que son la Orquesta Sinfónica del Principado con su titular Rossen Milanov. Estaremos informados por Marta Barbón desde las redes sociales habituales.

Móviles ¡al cadalso!

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Viernes 30 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 13 OSPA, Daniel Müller-Schott (violonchelo), Rossen Milanov (director). Sueños y pasiones: obras de Benet Casablancas, Elgar y Berlioz.

La temporada está llegando a su fin y los teléfonos móviles vuelven al ataque para vergüenza ajena olvidando las mínimas reglas de urbanidad, algo que parece ir en regresión, y lo peor es que suelen estar asociados al público de más edad que sí tuvo esa educación. No hay disculpa ni perdón para la ignorancia, madre del atrevimiento, y si las nuevas tecnologías no las dominan, que al menos se dejen asesorar. Si no saben enmudecerlos ¡que los apaguen!. Las urgencias son malas consejeras y no hace tanto tiempo que vivíamos más felices sin teléfonos «celulares» y menos toses entre el público.

El aviso inicial ya parece como las azafatas en los aviones a las que casi nadie hace caso, y ni siquiera una vez, en medio del concierto de Elgar, sino dos (¡al cadalso con ellos!) enfadando al «Jefe Milanov» y obligándole a girarse para volver a repetir que «no se puede seguir así»… Un auténtico coitus interruptus en medio de un Berlioz que estaba sonando «fantástico» y rompió las concentración más el hilván en el que se sustenta la relación entre orquesta y director, esta vez con la mala educación como cómplice de semejante asesinato. Tendremos que inventar un aviso más convincente dado que es imposible económicamente instalar inhibidores. En clase les mando leer a mis alumnos la famosa noticia del móvil que interrumpió un concierto en Nueva York, pero tristemente ha dado la vuelta y la noticia es que no suene ninguno, ya se sabe, el niño muerde al perro…

Tras el cabreo que nos supone a tantos aficionados semejante dislate, el penúltimo concierto (no soy supersticioso con el 13) de abono nos devolvía a nuestro titular con un programa de los que le gustan, lo que se notó desde el comienzo. La elección de abrir con Benet Casablancas (1956) está en su línea de interpretar obras de autores contemporáneos, en este caso el catalán de Sabadell cuyos Tres epigramas para orquesta (2001) están escuchándose más de lo que muchos puedan pensar, formando parte de una amplia colección con ese título de epigrama, «forma literaria de origen clásico, relativa a la sentencia aguda e ingeniosa, que muy a menudo contiene un propósito moral o ético, así como lúdico y divertido». Música de mucho contenido dentro de estructuras temporales muy concisas, llena de contrastes en los tempi y ambientes, materiales armónicos variados con una amplia paleta de texturas tímbricas y gran exigencia para todos los instrumentistas de una gran plantilla como la que ofreció nuestra OSPA en el decimotercero de abono.

Las notas al programa del doctor Alejandro G. Villalibre, enlazadas en los autores al inicio de esta entrada, completan las del CD de Naxos, escritas por Javier Pérez Senz: «proceso de depuración, refinamiento y síntesis que culmina en el absoluto dominio de los recursos de la plantilla orquestal que otorgan una gran fuerza expresiva a esta obra estrenada con gran éxito de público y crítica por la OBC dirigida por Salvador Mas, y que gozan desde entonces de una gran difusión». El primero un Allegro – Exultant (Esultante) realmente explosivo, perfecto para «engrasar» una formación a la que le esperaba mucho por delante, seguido del Molto lento – Nocturn (Notturno) con una intervención solista del clarinete bajo al final de este movimiento antes de retomar un potente y contrastante Finale: Allegro assai – Giocoso con maderas frente a metales, una percusión rica y la cuerda sustentando este discurrir de texturas  debutando como concertino la ayudante Eva Meliskova y en su lugar Adolfo Rascón, dos solos brillantes en el primer y tercer epigrama de la hoy sustituta de Vasiliev. Brillantez de todos los intérpretes perfectamente llevados por un Milanov que transmitió su ímpetu y parecía poner las cartas boca arriba de lo que nos depararía esta velada.

La historia del violonchelo está llena de grandes intérpretes y es un instrumento que sigue dando auténticas figuras, llamados por esa cercanía a la voz humana de la que tanto se ha escrito. Volvía por tercera vez Daniel Müller-Schott, ahora debutando con la OSPA y con el hermosísimo Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Elgar, casi continuidad de la primera sinfonía del viernes anterior, con ese sonido capaz de conmover hasta lo más profundo del ser y una orquesta que comienza a tener un sonido propio, cantábrico con aires británicos a la vista de los resultados de ambos conciertos, cohesión en todas las secciones, sonoridades muy cuidadas por el maestro Milanov que esta segunda temporada comienza a dominar esta república de las orquestas sinfónicas, y concertando perfectamente con un solista que llegó al alma desde la suya en los cuatro movimientos de una obra popularizada por la malograda Jacqueline Du Pré, que el propio Müller-Schott confesaba en la entrevista a OSPATV. Riqueza expresiva, sonoridades de guitarra, ataques dolidos para el Adagio inicial, interiorización de cada gesto bien contrapuesto por la orquesta, especialmente las violas y el resto de la cuerda, complicidad con el podio y escucha recíproca de todos en un Recitativo Lento-Allegro molto que parece contagiar esa melancolía de la bruma británica tan bien traducida a música por Sir Edward tras la Gran Guerra. Del Adagio el propio Elgar escribía que «es la actitud de un hombre ante la vida», tristemente sonando un teléfono rápidamente acallado antes del final que transmitió excitación y alegría interior, final con los distintos cambios de tiempo (Allegro Moderato-Allegro-Allegro ma non troppo-Poco più lento-Adagio) como de caracteres con amplios recursos técnicos desde la misma introspección mostrada por el chelista alemán bien entendida por Milanov para un final de descanso eterno premiado con atronadora ovación de un público rendido ante este solista que ya figura entre los grandes, regalándonos la Pieza en forma de habanera de Ravel, digna propina de este discípulo de Rostropovich.

El plato fuerte vendría con la Sinfonía Fantástica, op. 14 de Berlioz, obra muy escuchada y no siempre bien entendida, con la que el maestro búlgaro disfrutó hasta el triste suceso tecnológico ya narrado. Conocemos su obsesión por la limpieza de líneas y la búsqueda de un sonido propio, diáfano, partiendo de una masa sonora a la que va abatanando y sacando los hilos precisos del tejido orquestal que logran diseñar las distintas secciones a partir de la «idea fija» que es la melodía recurrente. Apostando por tiempos tranquilos, el primer Sueños y pasiones: Largo – Allegro agitato e appasionato assai tuvo más de lo primero que de lo segundo antes de sacarnos de la somnolencia sin sobresaltos, domeñando la masa sonora de una orquestación majestuosa como sólo el francés entendió. Un baile: Vals – Allegro non troppo tuvo más de salón parisino que vienés, elección consecuente con la interpretación que Milanov entendió para esta obra que confiesa amarla profundamente. Para la Escena en el campo: Adagio colocó al oboe en el anfiteatro en un diálogo con el corno inglés lleno de «guiños pastorales» en esa eterna búsqueda del sonido como materia a pulir.

La Marcha del cadalso: Allegretto non troppo volvió a amarrar el tiempo como procede, pesadilla del artista como los grabados de Goya, claroscuros a la luz de una vela transformados en tensiones orquestales. Soy incapaz de describir con palabras sabores y lo intento con lo escuchado, pero cuando afirmo que esta orquesta comienza a tener un sonido cantábrico pienso que fue el cuarto movimiento quien mejor lo podría definir. El aquelarre nuevamente goyesco del final no soltó mucha sangre, Larghetto – Allegro para disfrute de auténticas campanas de bronce fuera de escena, y metales celestiales más que infernales contenidos evitando incendios. Aún queda mucho ejercicio de doma por parte de Milanov para un caballo todavía algo salvaje, atención que nunca puede decaer pero con trabajo y recompensa final para una fantástica fantástica.

El sello Milanov está llegando a la OSPA y el próximo viernes llegará la despedida de temporada con Renaud Capuçon y el concierto de violín de Alban Berg, más una Quinta de Mahler que espero nos deje buen sabor de boca.

Orquestar, concertar y disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 12: OSPA, Kirill Gerstein (piano), David Lockington (director). «Pianismo y siglo XX», obras de Offenbach, R. Strauss, Ravel y Elgar.

Hay tanta buena música compuesta y tanta grabada que siempre me gusta (re)descubrir obras, muchísimo más en directo por no haber trampa ni cartón. Y me entristece profundamente ver la desbandada progresiva de público a medida que avanza la temporada, desconozco la causa, porque en el antepenúltimo de abono de nuestra orquesta asturiana, nuevamente con David Lockington a la batuta (aunque la perdiese avanzado el primer movimiento de la sinfonía) nos encontraríamos con ese maridaje necesario de los conciertos entre lo habitual y lo raro, entendiendo como tal obras poco programadas o escuchadas en emisiones radiofónicas. Se mantenía el solista invitado, esta vez el gran pianista norteamericano, nacido en Rusia, Kirill Gerstein, precisamente optando por dos obras en esa misma línea, más una intensa e inmensa sinfonía que no creo hubiésemos escuchado antes en Oviedo, al menos en mi tiempo. Como exigía este concierto, una plantilla deseada, en el sentido de tener que ampliar la habitual hasta la necesaria para poder afrontar estos repertorios, preparando un relevo generacional que deberá ser pensado muy a fondo, dando protagonismo de solistas a segundos atriles, demostrando estar suficientemente preparados para ello.

La conocida «Obertura» por incluir el «can-can» del Orfeo en los infiernos de Offenbach siempre viene bien interpretarse para lo que fue escrita, abrir espectáculo y preparar a músicos y espectadores a lo que vendrá a continuación. La versión del director británico fue la del buen gusto sin excesos, todo bien delineado melódicamente y equilibrado en planos sonoros para evitar que percusión o metales tapasen demasiado la madera  o la cuerda, manteniendo protagonismo incluso exigiéndoles al final mayor presencia, permitiendo «soltarse el pelo» y conseguir el efectismo esperado siempre con buen gusto y estilo para una formación reforzada en todas las secciones así como segundos atriles esta vez primeros.

Hace años que conozco por sus grabaciones al gran pianista Gerstein, especialmente del segundo de Brahms, recordándolo al escucharlo por Achúcarro en Oviedo, así que poder escucharlo en directo era una ocasión única, y no me decepcionó. Primero la poco escuchada «Burleske» en re menor para piano y orquesta de un Richard Strauss veinteañero pero que apuntaba ya una orquestación propia,  con los timbales protagonistas arrancando la melodía, y una forma sonata para un piano clásico aunque de su tiempo, plagado de exigencias solísticas y orquestales. Un placer comprobar el entendimiento entre solista y director, eligiendo unos tiempos no muy rápidos, poco fluctuantes y sin apenas rubatos, con caídas siempre a tiempo, escuchándose unos a otros, empastes más allá de la partitura como el alcanzado entre el flautín y los registros agudos del piano creando tímbricas únicas ante la ejecución impecable por parte de ambos, solos de atmósferas cercanas con respeto a los grandes compositores siempre presentes en formación y poso reconocible en toda una carrera. Concertar es también un arte y placentero disfrutarlo, de arriba a abajo en dirección escenario butacas.

Sale a colación nuevamente Achúcarro porque a él escuché por vez primera el Concierto para piano en re mayor «concierto para la mano izquierda» de Ravel, conociendo la historia de este encargo que esta tarde recuperé para algunos amigos que la habían olvidado, reuniendo también alrededor del piano a un excelente orquestador como el francés y la exigencia de concertar con pasión y precisión. Si el lenguaje utilizado por el compositor francés sigue vigente con el paso del tiempo será por algo, tanto en el protagonismo de las distintas secciones como en el tratamiento pianístico donde el virtuosismo de interpretarse solo con la mano izquierda no es nada comparado con la exigencia tímbrica de todos. Arrollador el pianista rusoamericano con una técnica plegada a la musicalidad y sentimiento de esta partitura, placer contemplar la tensión y atención de todos para alcanzar el necesario equilibrio, orquesta entregada al maestro Lockington que vuelve a sacar de ella un sonido que comienza a ser propio. La buena interpretación de todos se notó en el semblante y de propina casi la continuación de Ravel, otra «obra para un manco», el Etude for the left hand alone, op. 36 (Estudio para mano izquierda sola) del ucraniano Felix Blumenfeld, auténtica maravilla compositiva e interpretativa más allá de la dificultad propia de un estudio, como todos los grandes del piano dejaron para la posteridad, y que Gerstein bordó técnica y musicalmente, completando una brillante actuación.

La Sinfonía nº1 en la bemol mayor, op. 55 de Elgar es colosal en el amplio sentido de la palabra, compuesta en la madurez del británico que sólo escribiría otra más, pues como bien explica Tania Perón en las notas al programa (enlazadas al inicio con cada compositor), se libraba entonces una «cruenta batalla entre la sinfonía y el poema sinfónico» si bien el oficio de escribir ya estaba reconocido y la inspiración para esta primera más que demostrada. La plantilla deseada se hacía cargo de una exigente y apasionante obra donde hay mucho que tocar por parte de todos y que el principal director invitado de nuestra OSPA se encargó de exprimir nota a nota, compás a compás, movimiento a movimiento, con su elegancia innata cercana a la del propio compositor, economía de gestos pero claridad en el diseño. El Andante, nobilmente e semplice – Allegro arrancando con esa madera cual banda británica de marcha sin pompa antes de ir desarrollándose y enriqueciéndose las dos melodías que forman este primer movimiento, con un crecimiento contenido como el que planteó Lockington y todas las familias rindiendo a gran nivel. En el Allegro molto vuelven los dos temas contrapuestos, diálogo cuerda-viento y ese «scherzo» donde lo militar va más allá de la caja o toda la percusión indeterminada. El tercer movimiento está a la altura de otros Adagio sinfónicos en cuanto a tensiones, lirismo, desarrollo, plegados todos los músicos a la idea del director, sabedor de la grandeza de este tiempo lento que trajo esencias de Tchaikovsky o Brahms enlazando con el último Lento – Allegro, transición sublime para volver a deleitarnos con cada intervención solista para una orquestación donde hay tres clarinetes, uno de ellos bajo, dos fagots y un contrafagot, pero también dos oboes y un corno inglés, dos flautas, flautín, dos arpas, aunque también tres trompetas y cuatro trompas (nuevamente de sonoridad redonda y afinada), tres trombones y una tuba, más una percusión amplia, riqueza tímbrica y texturas bien delimitadas por esta batuta que saca lo mejor de nuestros músicos. Sinfonía dura y exigente para todos que no permitió ni el más mínimo despiste para alcanzar una sobresaliente interpretación.

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