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Como la noche y el día

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Viernes 2 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 3 OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (Director). Obras de Mason Bates, Mozart y Dvorak.

Con el título «Tradición y modernidad» y manteniendo la línea de programar estrenos junto a obras señeras del sinfonismo donde no falte un concierto para solista, el patio de butacas del auditorio presentaba un panorama desolador como presagiando cierto descontrol, puede que algo alentado por muchos titulares de la prensa que titulaban cosas como «Música compuesta para instrumentos y tecnología», «La OSPA presenta en Avilés su programa… incorporando a sus filas un ordenador portátil» y demás lindezas que siguen demostrando poca cultura musical unida a un desconocimiento de lo que nos rodea.
Qué dirían hace unos años cuando se usaban magnetófonos, pianos preparados u otros artilugios que acaban convirtiéndose en «cotidiáfonos«. Las notas al programa de Eduardo Garcia Salueña (enlazadas en los compositores) aportan la visión de un musicólogo e intérprete que vive y convive con esta forma de entender la música, actual, abierto a la tradición desde nuestros días sin necesidad de etiquetas. Ojalá el público no tuviese tantos prejuicios al escuchar obras de nuestro tiempo, que podrán gustar o no pero son de ahora. Claro que tampoco Schoenberg, Webern, Nono, Stockhaussen, Luis de Pablo, Tomás Marco y tantos otros menos programados siguen sin contar entre las preferencias de público y programadores que siguen apostando sobre seguro para no perder fidelidad. Lo malo es el futuro, a la vuelta de la esquina, que no parece augurar buenos tiempos para el sinfonismo de siempre, y solo las bandas sonoras encuentran un refugio para ello.

Y todo por el estreno en España (jueves en Avilés y este viernes en Oviedo) de la obra de Mason Bates (1977) The Rise of Exotic Computing (para Sinfonietta y ordenador portátil) compuesta en 2013 que el maestro Milanov presentase ya en Oporto el abril pasado con la Orquesta de la Casa da Música. En mi juventud los vinilos se «pinchaban» pero llegados los CDs y los anglicismos a los que no podemos enfrentarnos, quienes ponían música grabada pasaron a llamarse DJ (disc jockey) y los ordenadores han sustituido el soporte físico para convertirse en herramienta compositiva y fuente sonora, algo que no exime del siempre difícil papel de componer. No es solo usar la máquina, pegar patrones y utilizar melodías de otros, que también es habitual en muchos clubes y discotecas actuales. El conocido DJ Bates domina la escritura orquestal a la que suma secuencias pregrabadas, loops o bucles, con percusiones digitalizadas (impresionante escuchar el taiko), efectos y sonoridades electrónicas (amplificadas y marcando un tempo fijo de aproximadamente 120 pulsos por minuto) que se fusionan con una orquesta donde percusión de placas con piano, además de una plantilla muy bien planteada ajustada utilizando el recurso de la repetición, más que el «minimalismo» tejen unos ambientes de lo más nocturnos, como una fiesta discotequera actual de música «chill out» en el auditorio ovetense convertido por momentos en una lounge (literalmente salón pero desde la acepción de «género de música, una variación, principalmente del jazz, que se conoce desde la década de 1950.

Se caracterizaba por presentar ritmos sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada»). Así entiende esta obra el norteamericano y su defensor búlgaro al frente de la OSPA (de nuevo con María Ovín de ayudante de concertino) que defendió la composición sin problemas, ritmo e impulso marcado por la máquina mientras los instrumentos (Sinfonietta en cuanto a obra para gran orquesta) tejían esa ambientación sinfónica mientras el percusionista Francisco Revert iba «lanzando» las dosis recetadas para una partitura actual y fácil de escuchar.

Tras la noche debería llegar el amanecer pero pareció traerlo con resaca ya que la vuelta al clasicismo no solo fue un choque brutal sino una verdadera lástima. El Concierto para violín nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) traía de nuevo a Leticia Moreno (Madrid, 1985) de solista pero no hubo química ni entendimiento con Milanov en ningún momento. El sonido de su Nicolo Gagliano de 1762 tampoco emergió sobre la orquesta (destemplada por momentos incluso en las trompas), solo pudimos paladearlo un poco en las cadencias, por otra parte poco limpias y más sentidas que ejecutadas, y el Adagio central que era imposible «pasarlo de cocción», pero escucharlo era como hablar «idiomas» contrapuestos entre el intimismo de la madrileña y un romanticismo fuera de lugar en la orquesta, sin controlar dinámicas ni siquiera el propio sentido musical de un concierto «de libro», porque al menos el Rondó: Tempo de Minueto tan «turco» de sabor, podría haber sido un manjar y acabó quemado. El malestar de Leticia Moreno era palpable solo mirándola y aún mayor escuchándola, sufrimiento que nos privó de una propina para dejarnos un paladar menos ácido. Esta visto que ni concertar ni el clasicismo son platos fuertes del búlgaro, algo que vengo comentando hace tiempo.

La OSPA siempre ha interpretado a Dvorak de manera ejemplar, y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 no fue una excepción, el día pleno tras la noche y la resaca aunque con pocas horas de sol como corresponde a este diciembre frío de gripes varias. Me preocupa de nuevo el gesto poco preciso del titular, sobre todo cuando los brazos comienzan a dibujar círculos cual bailarín sobre el podio, que no aportan nada salvo cierta inseguridad en las distintas entradas o cambios de compás, pero la partitura del checo es tan clara y perfectamente escrita que todo fluye de manera natural, luces y sombras, noche y día, las dinámicas (que sí busca siempre Milanov) demuestran la calidad de una formación madura. Cuatro movimientos que van de menos a más, tensión en una cuerda presente como nunca pese al poderío de los metales, contenidos y de sonoridad aterciopelada optando por el color más que el calor, puesto directamente en el fuego de los pentagramas. Intervenciones como la flauta de Myra Pearse siguen siendo un placer al oído y sigo preguntándome cómo hubiese sido con maestros como el recordado Mr. Griffiths…

Beethoven siempre llena

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Miércoles 19 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo, Ensayo General XXV Concierto Premios Princesa de Asturias: Sonja Gornik (soprano), Olesya Petrova (mezzo), Daniel Kirch (tenor), Alexey Dedov (barítono), Coro de la Fundación Princesa de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), OSPA, Rossen Milanov (director). Sinfonía nº 9 en re menor, opus 125 «Coral» (Beethoven). Entrada con invitación.

Octubre en Oviedo es sinónimo de los Premios de la FPA y pese a la merma en la oferta musical que siempre va unido a ellos, no falta nunca este concierto que abre las puertas a todo el público en el ensayo general con todo lo que supone: agotadas las entradas con un lleno total en el auditorio para una obra que todos tenemos interiorizada aunque todavía existan personas que acuden por primera vez a estos espectáculos gratuitos (cuesten lo que cueste) lo que se nota en los aplausos entre movimientos o incluso interrumpiendo el conocido último movimiento donde aparecen coro y solistas. Pero todo sea por Beethoven y su Novena.
De este ensayo general donde se incluye el Himno Nacional para abrir y el homónimo de Asturias para cerrar debo comentar que duró 70 minutos, por lo que los «entendidos en la materia» pueden calcular los tempi elegido para la última sinfonía del genio de Bonn.

El maestro Milanov apuesta a menudo por aires extremos, lo que no siempre nos permite disfrutar al cien por cien páginas con mucha sustancia como esta Novena. El Allegro ma non troppo, un poco maestoso resultó más rápido que majestuoso aunque ya apuntó claramente el trabajo del sonido con unos cellos y contrabajos que me encantaron en cuanto a densidad y presencia, además de un equilibrio en todas las secciones que daban el paso al frente al mínimo gesto del búlgaro, nuevamente preciso y «yendo al grano», haciéndose entender sin dudas.
El Scherzo: Molto vivace- Presto sirvió para corroborar el excelente estado de la orquesta de los asturianos (con mi querida María Ovín de ayuda de concertino), realmente vertiginosa ejecución y trabajo de cada sección según el protagonismo de la partitura, una joya colocando este movimiento en segundo lugar.

Personalmente el Adagio molto e cantábile es de una belleza equiparable al segundo del «Emperador» donde la cuerda sonó aterciopelada y verdaderamente cantable, aunque tan «molto» que por momentos se cayó en tensión y emoción, lo que no impidió volver a degustar los primeros atriles pero y sobre todo ese sonido compacto de la formación capitaneada por Milanov en una temporada que promete.
El «esperado» Presto – Allegro assai nos trajo un cuarteto solista de perfecta pronunciación alemana para el texto de Schiller donde la mezzo de San Petersburgo repetía en este escenario aunque con una obra de exigencia e intensidad máxima pese al escaso tiempo de intervención. A favor de las cuatro voces su excelente empaste en cuanto a color, evidentemente con el paisano de la mezzo Alexey Dedov algo más protagonista y de color homogéneo además de buena proyección, bien en sus apariciones conjuntas pero devorados, sobre todo el tenor Daniel Kirch, por ese «tsumani» coral. En un ensayo general no suelen darlo todo y el jueves necesitará que su voz llegue al inmenso auditorio, más todavía con la sala polivalente abierta que influye en la percepción global, lo mismo que la soprano Sonja Gornik, de color algo metálico que le permite «sobresalir» en este maremágnum coral.
El Coro de la FPA se mostró poderoso y suficiente (aunque siempre vienen bien más voces graves) en presencia y calidad, solventes con un trabajo serio aunque el tempo tan rápido nos privase de más dicción (no sólo consonantes tiene el idioma de Goethe) y musicalidad, además de ligeras inseguridades en entradas que seguro serán corregidas en el concierto de mañana. Está claro que el «Coro de la Fundación» puede afrontar estas grandes partituras sin problemas, con dinámicas amplias donde los «súbito» fueron lo más destacado, así como unas voces blancas en registros extremos poderosas y claras de emisión sin excesos. Un aplauso para el coro que dirige el poleso García Miranda capaz de preparar esta formación para cualquier estilo e interpretación, dúctiles y verdaderos profesionales en un mundo amateur pero con una enorme experiencia.

La OSPA volvió a brillar en cada sección, con Milanov mimando el colorido al detalle (baquetas de timbales, flautas de madera o trompetas de llave por citar algunos), pero con una velocidad  excesiva que no empañó la calidad global, trabajando especialmente el fraseo en las cuerdas graves bien contestadas por violas y violines que dieron un resultado conjunto notable, además de la siempre segura madera y unos metales cada vez más compenetrados. Este jueves augura un concierto excelente y así lo deseo de todo corazón.

Redención final

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Viernes 14 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono 1 OSPA, Natasha Paremsky (piano), Rossen Milanov (director). Rusia esencial I, obras de Consuelo Díez y Tchaikovsky.
Tras abrir puertas y el paso por el foso operístico comenzaba la temporada oficial de abono de la orquesta asturiana con si titular en un concierto que continuaba basado en un «esencial ruso» como Chaikovski más la casi obligada presencia contemporánea, esta vez española con la madrileña Consuelo Díez (1958), presente en la sala, y una pianista rusa de nacimiento pero totalmente norteamericana y con la que Milanov ya ha trabajado en los Estados Unidos.

Como viene siendo habitual, el sabor de este primero de abono me ha dejado luces y sombras. Pasión Cautiva (1997-2001) no me aporta nada nuevo a nivel compositivo, inspiración cervantina en tres movimientos explicados en las notas al programa incluidas de Juan Manuel Viana en la revista nº 15 de la OSPA (y links al principio con los autores), aunque reconozca que no haya afán descriptivo (cada uno puede pones sus imágenes) y mucho trabajo previo por «las proporciones y relaciones numéricas elaboradas a partir de datos y cifras significativas en la vida del autor de El Quijote«, obra por otra parte ahondando en texturas y ritmos que son tendencia en muchos de los compositores de mi generación y que la orquesta asume sin mayores dificultades, con una percusión siempre acertada. El problema pienso que se encuentra en la gestualidad del maestro titular, poco clara demasiadas veces que si le intentamos seguir no concuerda lo visto con lo escuchado, demasiada amplitud y poca precisión que se contagia a la orquesta, lo que tendría consecuencias nefastas en la siguiente obra, ya conocida y esencial.

concertar –verbo transitivo-

1.Acordar [dos o más personas] algo que se va a hacer.
«concertar una cita; concertar la paz entre dos naciones; los reyes concertaron el casamiento de sus hijos»
2.
Hacer que dos o más cosas armonicen o actúen de forma conjunta.
«solo si concertamos nuestros ideales conseguiremos la paz»
3.
GRAMHacer que una palabra variable de la oración concuerde con otra palabra.
«concertar el nombre con el adjetivo»
4.
verbo intransitivoArmonizar o actuar [una persona o cosa] de forma conjunta a otra u otras.
«casi todas sus determinaciones concertaban con el estado de la naturaleza»
5.
GRAMTener concordancia las palabras variables de una oración.
«en español el adjetivo concierta en género y número con el nombre»
6.
verbo pronominal(concertarse)

Ponerse de acuerdo [una persona] con otra para hacer algo.

«el que induzca a una potencia extranjera a declarar la guerra o se concierte con ella para el mismo fin, será castigado con pena de reclusión mayor»

El cierre de la temporada anterior me pareció nefasto por la incapacidad en concertar el primero de Brahms y otro tanto ha sucedido con este de Chaikovski, con una Paremsky que intentó mandar, luchó en encajar y terminó divergiendo en una interpretación que no pasará a mi memoria particular. El Concierto para piano nº 1 en si bemol menor, op. 23 (1874-1875) requiere pactos previos y una lectura clara para alcanzar cotas de calidad, pero el entendimiento mutuo es obligado además de la escucha atenta. En la entrevista para OSPATV la pianista confesaba su dedicación profesional desde esta obra en su escucha infantil rusa, sueño hecho realidad con la pasión que obliga a darlo todo en este concierto inmenso que domina pero no transmitió, un sonido no siempre claro desde el empleo de unos pedales que no ayudaron a la limpieza pero sí con la fuerza capaz de luchar con la masa orquestal a la que se impuso en más de una ocasión. La dirección no ayudó en la precisión obligada, necesidad de marcar con claridad en la derecha y templar con la izquierda que no se mantiene, máximo con los endiablados cambios de tiempo no siempre interiorizados por todos. La frescura y pasión de la pianista puede rebosar hasta el punto de hacer muy difícil la concertación, pero no ya en los movimientos extremos, el Allegro de inicio algo precipitado para mi gusto o el «con fuoco» que pareció «quemarse», sino en el central Andantino semplice reposado antes del Prestissimo, puesto más que nunca es obligado anticiparse en el gesto para que todo encaje, concierto de concertar y no desconcierto, esfuerzo casi sobrehumano en escritura e interpretación, totalmente virtuosa además de rica en su gama dinámica y un espectáculo sin el premio del disfrute del que suscribe, porque ya sabemos que no hay dos días iguales para una misma obra e intérpretes, magia única indescriptible. Sonoridades pianísticas eclipsando las orquestales con las que debe compartir sin eclipsar.

La Mazurka nº 40 en fa menor, op. 63 nº 2 (Chopin) que nos regaló no supuso cambios en mi opinión sobre esta intérprete pasional, virtuosa aunque algo desenfrenada y ahora contenida, más clara en el lento y bello discurso del polaco, una de las muchas jóvenes pianistas que buscan y encuentran un hueco en las salas de concierto para una carrera que tiene mucho camino por delante.

Menos mal que la Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 «Patética» (1893) del ruso si alcanzó la esencia buscada, por fin «mi» Milanov esperado, dominador de memoria de una partitura donde el gesto fue claro y preciso y encontró la respuesta esperada de su orquesta para una interpretación de extremos en los tempi, exigente en sonoridades y verdaderamente rusa para una plantilla ajustada que lo dio todo, patetismo de padecimiento por parte de todos hecho obra de arte. Impecables los solistas, seguros Sirva como anécdota la ruptura de una cuerda del ayudante de concertino este viernes (tuvo tiempo de cambiarla) como ejemplo de la fuerza exigida a toda la familia, menos numerosa de la deseada para esta sexta que es un testamento en sí del atormentado Chaikovski, levantando ¡como siempre! los aplausos al finalizar el Allegro molto vivace (la tensión acumulada no entiende de buenas costumbres) antes de la despedida angustiosamente bella del Finale: Adagio lamentoso. Ojalá que el concierto de piano hubiese tenido la misma implicación y exactitud para habernos brindado «otro primero», y aunque haya momentos donde los brazos del maestro nadan en una emotividad ya implícita que provocan desajustes o inseguridades en las entradas, el pulso se mantuvo marcial en la batuta y el terciopelo de la izquierda fue consolidando una más que digna «sexta» esencial que fue asentándose a lo largo de los cuatro movimientos.

El jueves afrontarán «la Novena de Beethoven» con el Coro de la Fundación y cuatro solistas de «esencia rusa» por descubrir en el Concierto Extraordinario presidido por SS.MM., cita anual ya consolidada y con ensayo abierto al público el miércoles 19 a las 20:30 horas tras recoger invitaciones (habrá 1.650 disponibles) que seguro llenarán el Auditorio, esperando lo mejor, como siempre, de nuestra mejor embajadora, la OSPA de todos los asturianos.

La OSPA abre sus puertas

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Viernes 30 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Concierto de puertas abiertas«, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Mozart, Beethoven, Grieg, Brahms, Tchaikovsky, Mendelssohn y Chapí. Entrada libre (previa invitación).
Aunque nuestra OSPA ya arrancó la temporada en el foso del Campoamor nada menos que con el estreno en España de Mazeppa, el pistoletazo de salida en el Auditorio sería este último día de septiembre en un concierto gratuito que cambió la primera capital asturiana por la actual, devolviendo a todos los contribuyentes una parte de sus impuestos que, de momento, se lleva la orquesta de todos los asturianos, como el propio Milanov recordó, siendo además el presentador de las obras y compositores de un programa muy llevadero para el público que llenó casi todas las butacas además de agradecer este gesto, disfrutando de principio a fin.

Con la plantilla actual se organizó un concierto con obras conocidas por los aficionados y los músicos que volvieron a mostrar las cualidades de una formación veterana capaz de todo. Cierto que el inicio con la obertura de Oberon (Weber) pudo resultar algo destemplado en cuanto a los balances no del todo correctos perdiéndose presencia de la cuerda por momentos, que tampoco pudo desquitarse en el «Rondó: Allegro», último movimiento de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) que hubiera necesitado más compenetración y limpieza aunque la cuerda siga siendo «la niña bonita» de la orquesta.

El «IV. Allegro con brio» de la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) sirvió para encontrar el deseado equilibrio entre las secciones, con empuje rítmico y contrastes «de libro», puede que demasiado impersonal en la interpretación para todo lo que encierra este maravillo último movimiento plagado de grandes matices así como de heroicidad, pero resultó aseada y ya con todos en la temperatura adecuada para afrontar lo siguiente.

De la conocida «Suite nº 1 op. 46» del Peer Gynt (Grieg) se eligieron los dos números iniciales, lentos para poder paladear unas texturas y planos ideales de la formación asturiana: la famosa «Mañana» que hizo brillar la madera, flautas y oboe, más «La muerte de Ase» verdaderamente coral, hasta prescindiendo de la batuta para un Milanov que mece la cuerda alcanzando tímbricas y unos pianísimos «marca de la casa» de lo más emotivos.
La Danza Húngara nº 5 en sol menor (Brahms) suele ser propina de las grandes formaciones para hacer gala del virtuosismo de todas las secciones, y así la planteó el maestro búlgaro con su OSPA, ligera con el rubato en su sitio y dinámicas generosas, con leves desajustes.
De mucha más hondura y aún reciente en foso, Tchaikovsky resulta un talismán para estos intérpretes con mucha genética rusa que parecen darlo todo en sus obras, lo que volvieron a demostrar con la «Polonesa» del Eugene Onegin, claridad en todos los sentidos, brillantez, precisión y pasión que hizo aún más brillante el «Saltarello: Presto» de la Sinfonía «Italiana» de Mendelssohn, ejecución impecable en todos los aspectos, de aire arriesgado pero bien resuelto por nuestra orquesta, solistas seguros, empaste y entendimiento total.

El toque español y castizo lo puso Chapí con el Preludio de La Revoltosa que hubieron de bisar, gustándome el partido que le sacaron todos (de nuevo el oboe de Ferriol en estado de gracia) a una de nuestras joyas sinfónicas, final con este preludio de una esperanzadora temporada oficial que arrancará el viernes 14 de octubre (un día antes en Gijón) con «Rusia esencial«, nuevamente con Tchaikovsky con los mismos protagonistas para «la patética» y el número uno de piano con Natasha Paremski además de Pasión Cautiva (1997, rev. 2001) de Consuelo Díez Fernández, sin olvidar una esperada «Novena» de Beethoven en el extraordinario de los Premios Princesa de Asturias (20 de octubre), el retorno a este concierto con ensayo abierto al público el día antes.

Lo iremos contando como siempre desde aquí porque esto solo acaba de arrancar y me queda mucho por escuchar.

Arriba el telón

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Domingo 18 de septiembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXIX Temporada de Ópera: Tchaikovsky: Mazepa. Estreno en España. Cuarta y última función. Precio: 15 € (última hora).

Se levanta mi particular telón musical de la temporada y nada menos que con una ópera nunca antes representada en España como esta de Tchaikovsky con libreto suyo y de Viktor Burenin basado en el poema Poltava de Pushkin, cuya música de sello propio inundó el coliseo carbayón con una excelente entrada sabatina y público llegado de distintos puntos (había muchos bilbaínos) que pienso disfrutó tanto como yo gracias a una OSPA con su titular Milanov al frente y un reparto ideal para un título exigente donde brilló sobre todo el coro que ahora dirige la macedonia Elena Mitrevska. De la escenografía de Tatjana Gürbaca y Klaus Grünberg producida por la Opera Vlaanderen no fue de las que chirrían y soportó sin problemas una obra que crece a lo largo de las casi tres horas, con momentos bellos en arias endiabladas, dúos casi instrumentales y conjuntos variados para un drama lleno de tensión, violencia y también lirismo en voces y foso con la firma rusa que alcanzó un resultado global notable.

FICHA:

Mazepa: Vladislav Sulimsky; Kochubei: Vitalij Kowaljovn; Andrei: Viktor Antipenko; Orlik: Mikhail Timoshenko; Liubov: Elena Bocharova; Maria: Dinara Alieva; Iskra: Vicent Romero; Un cosaco borracho: Francisco Vas.
OSPA, dirección musical: Rossen Milanov; Coro de la Ópera de Oviedo, dirección:

Elena Mitrevska.

Del elenco vocal masculino me gustó el completo Kochubei del bajo Kowaljovn así como el Mazepa protagonista del barítono Sulimsky, típicas voces rusas con empaque en el grave y agudos solventes, sin problemas de volumen ni equilibrio con el foso, un poco menos el Andrei del tenor Antipenko que en su paso anterior como Pinkerton no me convenció, sigue adoleciendo de unos agudos con un vibrato poco agradecido y tenso, pero sobrado en potencia, color agradecido e idóneo para un rol mejor que le va mejor que el pucciniano, además de ser todos unos excelentes actores. No desmerecieron el aragonés Francisco Vas en su breve pero convincente aparición, así como el Iskra del valenciano Vicent Romero.

Bien la Maria de Dinara Alieva que como la propia obra, fue creciendo a lo largo de la representación, voz de registro amplio y homogéneo que recreó un personaje que pasa del amor a la locura tras su azaroso periplo vital, dúo realmente bello con «su» Mazepa y desgarrador escena con su madre Liubov a cargo de una convincente Bocharova, una mezzo a la que le «pierde» su falta de homogeneidad en los registros que desfigura totalmente su color vocal, buscando una proyección que sí consigue para dibujar de esta forma el dramatismo de su personaje. Las melodías de Tchaikovsky son complicadas y las voces son casi tratadas instrumentalmente, por lo que tics que en otros estilos serían imperdonables, aquí resultan válidas.
El coro tiene un papel muy importante y no defraudó, bien las voces blancas ya desde el inicio de las muchachas, perfectos todos con los jóvenes judokas (a cambio de la danza de cosacos) pero sobremanera impresionante en la escena final de la muchedumbre acallando al borracho en el segundo acto, alcanzando un clímax merced a una dinámica amplia pasando del pianísimo claro y presente hasta el fuerte homogéneo, con unas voces jóvenes, empastadas, afinadas, técnicamente perfectas y que seguirán dando muchas alegrías en el Campoamor.

La OSPA es sinónimo de solvencia y calidad tras años donde su presencia en el foso es indispensable en títulos como este, porque Tchaikovsky suena ideal en las oberturas pero igualmente con las voces, solistas arriba y abajo tan bien escritos que la música domina todo. Milanov dominó la ópera de principio a fin, estuvo atento al detalle manteniendo los planos de todos, exprimiendo todas las secciones sin excesos, con unos metales seguros, poderosos cuando dibujaban la batalla pero cálidos en compañía de las voces, incluso la percusión estuvo siempre en su sitio, por lo que fluyó todo sin problemas y anotándose todos una ópera equilibrada y notable.

Finalmente la escena que siempre parece buscar polémicas, no molesta, podremos criticar «incluso» los distintos acentos ucraniano, ruso, bielorruso, aragonés o asturiano para cantar los textos, pero el dilema están en el propio argumento y los puntos de vista además de personales son discutibles o coincidentes. Personalmente choca cambiar cosacos por judokas, sables por pistolas e incluso ejecutar con la comida, metáfora algo chocante en un salón aristocrático donde los manteles y su encaje de bolillos sirvió de telón después destruido tras la barbarie, puede que lo más conseguido, pero no resulta costosa: taburetes de baño blancos como las mesas, el juego de musgo y cristal para el río convertido después en ceniza. Creo que sale barata la producción belga, poco usada al no ser título muy programado y apuesta de la ópera carbayona por seguir con obras nuevas, tirón para atraer públicos que parece estar funcionando. Quedó algo pobre el vestuario con el toque «sesentero» de las damas con «guantes gilda» que aportó un glamour igualmente abocado a la destrucción y la iluminación ayudó a mantener ese ambiente de claroscuro que solo la música hizo brillar, Tchaikovski siempre.

Quedan otros cuatro títulos hasta el mes de febrero, pero esta temporada ya subió el telón que permanecerá muchos meses, con las bajadas puntuales de cada función y concierto, levantándose esperanzador siempre. Por lo menos arrancamos contentos y optimistas, abonos bien pagados el Auditorio y colas de última hora para conseguir precios de ganga que alivian el bolsillo.

Balances y avances

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Ya finalizando julio, donde todavía queda mucha música, y antes de «cerrar» por vacaciones, me gustaría hacer un balance rápido de la temporada que finaliza, siempre muy rica en Oviedo donde somos privilegiados de contar con una oferta de primera en cuanto a cantidad y calidad.
Quiero comenzar comentando la celebración de las Bodas de Plata de «nuestra» OSPA, aunque sus orígenes, como así se recordó en el último concierto, sean republicanos y todavía haya algunos maestros vivos de unos orígenes que han mantenido una orquesta histórica en nuestro Principado. Como viene siendo «norma» se ha optado, como la mayoría de orquestas españolas,  por una programación que aúna repertorios «imprescindibles» para público y músicos, con obras menos habituales donde no faltaron los estrenos. Igual que en botica o en grandes almacenes, hubo de todo, si bien lo nuevo al carecer de referencias en nuestro recuerdo o memoria auditiva, hace más difícil juzgar las interpretaciones. Me preocupa la poca asistencia en el auditorio incluso de abonados habituales, desconociendo las razones, aunque pueda intuirlas.

El titular, que tampoco dirigió muchos programas, ha ido desencantándonos a muchos y de algunos desaguisados mejor no hablar porque ya está reflejado en su momento. Me quedo con la apuesta que ha supuesto Link Up, cuatro años y preparando el quinto, en cuanto a movilizar a más de veinte mil escolares asturianos para hacer música juntos, labor didáctica y de futuro que no podemos perder si deseamos un siglo XXI con nuevo público que entienda y disfrute de la música en general y la sinfónica en particular. De los 16 conciertos de abono en la capital, parece haberse aparcado la idea gastronómica y pediría más publicidad para las conferencias en colaboración con la Universidad de Oviedo por lo que suponen de acercamiento al concierto posterior, mucho más que las notas al programa (este curso se han recuperado las revistas que siguen siendo necesarias aunque los costes aumenten el siempre ajustado presupuesto). Se ha mantenido al maestro Lockington de principal director invitado así como otras batutas conocidas con resultados desiguales, a los que sumar una larga lista de solistas invitados donde no han faltado los primeros atriles de la OSPA, apostando por los de casa que no desmerecen nunca. No quiero olvidarme de la aportación a la temporada de ópera que pese a privarnos como abonados de una continuidad en la temporada, es la «financiación asturiana» a la segunda temporada más antigua de España y pone el nivel alto en un foso compartido con la OFil.

Del ciclo Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» globalmente todo un éxito en cantidad y calidad, 19 conciertos más el de Lang Lang fuera de abono, apostando sobre seguro con figuras que aseguran llenos frente a otros que «equilibran» una oferta que supone no ya un atractivo cultural de primera sino enriquecer nuestro «Paraíso Natural» y generar un tejido económico que aún debe explorarse más a fondo. La Oviedo Filarmonía, además de su participación en las temporadas de ópera y zarzuela, supone el ropaje ideal para cantantes y solistas que van conociendo la madurez y flexibilidad de una orquesta originariamente «de foso» pero creciendo con los años, aunque nuevamente la titularidad parezca distanciarse de lo que cualquier melómano desea para una orquesta como la ovetense.

Tanto la temporada de ópera como la de zarzuela han ido ganando públicos jóvenes, espantando a los «conservadores» que desean figuras mundiales, con las que no podría mantenerse el actual nivel, apostando también por repartos «noveles» que también sirven de aprendizaje con las voces principales aunque siempre echamos de menos algunas, siendo algo preocupante constatar cierta continuidad en algunos de los elegidos que no van parejos a la «calidad» esperada, echando de menos otras que parecen olvidadas para las temporadas carbayonas cuando no desaparecidas, mientras algunas hacen dobletes en el Campoamor.

De los gestores supongo que daría para mucho, algo como con el fútbol y el seleccionador, pero intuyo que cierta «comodidad» da la impresión de evitar buscar, optando por castings cerrados donde hay de todo. Como subida al carro que en cambio ha resultado muy positiva, en este caso con el CNDM el ciclo «Primavera Barroca» plenamente asentado y con público fiel además del joven al que esta música parece llegarle mejor que la sinfónica, con un avance para 2017 que promete mantener alto el listón, sin dejarme en el tintero el Ciclo de Música Sacra «Maestro De La Roza» que llena Noviembre de músicas e intérpretes singulares y este otoño llegará a su décima edición, todo un hito que demuestra el trabajo bien hecho con mucho amor por la música a pesar del poco dinero con que cuentan, pero el público se ha volcado y «algo tendrá el agua cuando la bendicen«.

De la Temporada 2016-17 ya conocemos fechas, intérpretes y autores, comenzando por la OSPA (que estará en el FIS el próximo 1 de agosto), arrancando el 14 de octubre con 15 conciertos de abono que traerán nuevas batutas además de las conocidas como Bayl, Rasilainen, Rubén Gimeno, J. R. Encinar, Víctor Pablo Pérez que es casi de casa, junto a Oliver Díaz o Pablo González (que estrena la figura de colaborador artístico) y solistas de casa como Andreas Weisgerber, Maximilian von Pfeil o Juan Barahona, además de Leticia Moreno, Jesús Reina o Ning Feng, más los «aportados» por directores que trabajan con otras formaciones y nos «descubren» figuras que triunfan en otros escenarios, también al otro lado del charco, nuevamente con repertorios equilibrando novedades y tradición, destacando los compositores españoles Jesús Torres, Marcos Fernández y Consuelo Díez junto a Mason Bates en contraposición a la interpretación de la novena sinfonía del avilesino Ramón de Garay (1761-1823), un clásico que en La Villa del Adelantado llevan años recuperando.

Mención especial para los 20 Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» que harán volver a Oviedo los grandes Sokolov, Volodos, Pogorelich además del «debut» de Martha Arguerich en la capital junto al último triunfador de Santander, Juan Pérez Floristán, además de «las mezzos divas» Bartoli y Di Donato, también conocidas en Oviedo, sin perder de vista los «fichajes» de Bryan Terfel y Piotr Beczala con la OFil, así como Nathalie Stutzman en la batuta… porque 125 años del Campoamor no podían olvidarse de las figuras actuales aunque sean en recital, sin olvidarnos de formaciones y solistas de primera (Akademie für Alte Musik de Berlín, Orfeus Chamber Orchestra con Alisa Weilerstein, Renaud Capuçón o el nuevo espectáculo de Daniel Hope, así como el Cuarteto Brodsky con la Sinfónica de Guanajuato) que traerán a Oviedo melómanos llegados de todas partes.

Y es que la temporada del coliseo carbayón sigue su línea, ópera y zarzuela con las dos orquestas en foso y dos coros solventes como el propio de la ópera (con Elena Mitrevska de nueva directora) más la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo». Aún no conozco el próximo festival lírico, recién finalizado el actual pero sí la LIXX Temporada, con un estreno nacional, Mazepa de Tchaikovsky combinado con los «imperdibles» Mozart, Verdi, Bellini y Gounod, volviendo a los viernes jóvenes donde los repartos de «cover» siempre preparados para cubrir bajas inesperadas, tienen su protagonismo. Los años anteriores he intentado no perdérmelos por el aire fresco y calidad que los «primeros repartos» no siempre tuvieron. Gijón se ha sumado a la oferta y esperemos continúen las entradas de última hora ¡a 15€! y las proyecciones en pantalla gigante que están llevando la lírica a lugares y públicos que probando seguro repiten en vivo, algo constatable por quien suscribe.

También haremos escapadas puntuales como a la vecina y cercana León donde el órgano Klais de «la Pulchra» seguirá sonando muchos jueves antes del sabatino vermut madrileño, además de conciertos gratuitos donde el pago es el peaje del Huerna y la cola obligada, pero están a poco más de una hora, así como la fiesta del Euskalduna bilbaino. Continuaré jugando todas las semanas a la Primitiva porque mi ilusión es viajar con la disculpa de la música, aunque con ella podamos hacerlo sin movernos de casa.

Seguimos con gobierno en funciones y hay dudas sobre la magnitud de los «obligados» recortes donde la cultura seguida o unida a la educación parecen estar en primera línea de fuego, así que viendo el curso que se avecina, toquemos madera y digamos aquello de «que me quede como estoy». Mientras tanto, a disfrutar de agosto y hasta la próxima…

Con cierto desconcierto

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Viernes 10 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 16: «Cuaderno de viajes IV»: OSPA, Luis Fernando Pérez (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Brahms y R. Strauss.
Sabor amargo para un cierre de la temporada celebrando las bodas de plata de nuestra orquesta y de 77 años de historia de una orquesta como se nos recordó en el audiovisual proyectado antes del concierto. Hoy no es hora de balances sino de comentar la desazón sin acritud que me produjo el decimosexto concierto de abono, confirmando algo que viene arrastrando tristemente las apariciones de un titular al que no tengo ninguna animadversión personal pero que deja mucho que desear en cuanto a estilo directorial y trabajo, transmitiendo una inseguridad tal que de lo que podría haber sido una fiesta se quedó en susto y amargura. Prefiero hacer mucho con poco que poco con mucho, y manteniendo los símiles gastronómicos que al menos esta temporada se apartaron de los programas, cocinar también es un arte donde con buenos ingredientes y cantidad se puede estropear un plato y con mucho oficio las patatas fritas con huevos pueden resultar una exquisitez.

Tenía muchas ganas de volver a escuchar al pianista Luis Fernando Pérez (Madrid, 1977) con la OSPA tras unas excelentes «Noches falleras» con Lockington al frente hacía precisamente cinco años, dos temporadas aquellas en busca de director que trajeron al podio y al público mucha ilusión y ganas de continuar una historia sinfónica de tantos lustros.

El Concierto para piano nº 1 en re menor, op. 15 (Brahms) figuraba entre los sueños infantiles del madrileño como comentaba en OSPATV el propio solista (al que sigo desde hace tiempo), una obra para disfrutar de su potencia y sensibilidad enfrentado a una masa orquestal que debe mantenerse a raya. Pero el arranque del Maestoso ya parecía teñir el ambiente de tormenta amenazante, y la pugna no lo fue en los planos y dinámicas sino en ajustar que a fin de cuentas eso es un concierto, concertar y poner de acuerdo a los intérpretes. No hubo claridad de aire ni decisión de mando, el solista pendiente de la batuta tras las intervenciones y ésta desaparecida en su función, por lo que los desajustes comenzaron a aflorar, incluso finalizando este primer movimiento con la impecable cadencia del solista madrileño, hubo una indisposición en el patio de butacas (yo también estaba con el corazón en un puño) que pareció desconcertar a todos, como esperando acabar este «majestuoso» tiempo para resolver la situación en ambos lados del auditorio. Los aplausos esta vez «deseados» parecieron marcar un paréntesis emocional y la intervención de las emergencias sacó de la sala al pobre hombre.
Al menos el Adagio nos permitió saborear el sonido limpio de Pérez sin necesidad de estar pendiente de una pulsación conjunta nunca encontrada, contraponiendo la valentía y fuerza de los movimientos extremos al placer melódico y casi intimista del central.
El descalabro llegaría con el Rondo: Allegro non troppo, nuevo desencuentro total, la orquesta perdida y el pianista intentando engancharse para poder sacar a flote esta inmensidad de concierto que desgraciadamente resultó desconcierto. De nada sirvió que las secciones volviesen a estar ensambladas y en forma, escuchándose para intentar hacer música juntos ante un drama que abortó un concierto muy esperado por todos.

Tras Brahms no podía haber más como el propio Luis Fernando Pérez comentó agradecido de estar invitado a este cumpleaños, pero al menos el Bailecito del argentino Carlos Guastavino (1912-2000) le (nos) resarció del mal trago pasado y al que suscribe le reconfortó encontrarse con el piano cercano y sin tensiones.

La Oviedo Filarmonía también quiso sumarse a la celebración y parte de su plantilla se unió para poder ejecutar la inmensa Sinfonía alpina, op. 66 (R. Strauss) con una orquesta de 118 músicos que mis siempre despistadas vecinas comentaban «hoy está toda la orquesta». Desconozco los criterios para programar obras que necesitan semejante despliegue instrumental (esta vez el órgano eléctrico no pudo suplir al neumático del que nuestro auditorio tristemente carece) que necesitan reforzar una plantilla que el propio Milanov reconocía en la prensa como corta, y en un año con mucho Strauss en nuestras mochilas estaba claro que de la caminata por los Alpes nos quedaríamos como mucho en la cercana Sierra del Aramo o más bien una «sinfonía payariega» (de Pajares, lo más asturiano para una temporada donde la música de la tierra sonó enlatada en el documental inicial). La experiencia del búlgaro con el alemán no me ha dado alegrías y esta última tampoco. Los veintidós números de esta impresionante y especial sinfonía del gran orquestador alemán requieren ideas claras, mano firme y control total de la partitura, donde se pasa de momentos plácidos a verdaderas explosiones sonoras, pero hay más que las dinámicas para poder detallar esas postales musicales reflejo de la propia vida en este último cuaderno de viajes.

El escenario presentaba una imagen diríamos que idílica con instrumentos poco vistos como los cencerros, las máquinas de viento y tormenta, las tubas wagnerianas tocadas por varios trompistas, o el heckelfón (oboe bajo) así como la amplia percusión con dos timbaleros (uno de cada orquesta), y todo el despliegue con dos arpas, celesta, órgano (ya comenté que el eléctrico nunca sonará igual y menos sin darle el protagonismo que tiene en esta sinfonía) y una cuerda calculada a partir de los diez contrabajos, para un público que esta vez sí acudió al auditorio y la camaradería entre las dos formaciones, pero el número no daría la calidad a pesar de los esfuerzos demostrados por todos y cada uno de los músicos. La sonoridad potente debe administrarse para no desbocarse, y como un fórmula uno el piloto tiene la responsabilidad final de sacar el máximo partido a la máquina con la que los entrenamientos y el duro trabajo le darán el deseado dominio so pena de un accidente indeseado o una mala clasificación en carrera. Supongo que todo director quiere ponerse al frente de una orquesta de estas dimensiones, pero repito la necesidad de programar con lo que hay por muy vistoso y llamativo que resulte poder escuchar obras como «la Alpina«. Llevo años pidiendo una «Octava asturiana» pero desde la calidad y no el mero espectáculo sin el necesario trabajo de larga y dura preparación.

Loable la implicación de los músicos de ambas orquestas en sacar a flote esta «sinfonía payariega» con momentos puntuales de emoción contenida, pero como la canción popular Todos queremos más, y 25 años para esta OSPA merecían mejor colofón.
Tengo muchas dudas para la próxima temporada, que aún desconozco, pero mi desencuentro con el director titular al que aún le queda otro año de contrato, es total. Pasado el llamado período de cortesía o educado margen de confianza, no puedo salir de sus conciertos cabreado por la ineptitud ni ser «el bicho raro» que parece remar contra corriente de un público que parece confundir benevolencia con tragaderas, aplaudiendo todo sin rigor ni conocimiento.
Sigo a la orquesta desde 1972, y 44 años de mis 57 están con ellos, pero no bajaré mi grado de exigencia aunque las obras (casi) siempre superen a sus intérpretes. El futuro incierto no es buen consejero y como a mi alumnado, hay que pedir trabajo diario para labrarse una trayectoria sólida. La evaluación del curso la dejaremos para final de mes, como en mi oficio, aunque lo positivo será precisamente el acercamiento a los escolares con el Programa «Link Up», pero ésto lo dejo para otro día más sosegado.

Rugen los motores de seda

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Viernes 27 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 15 OSPA: «Cuaderno de viajes III», Bella Hristova (violín), David Lockington (director). Obras de Mussorgsky, Piazzolla y Chaikovski.

Penúltimo concierto de la temporada con una OSPA perfectamente engrasada y un Lockington que sabe sacar todo el partido a esta maquinaria instrumental, conduciendo con seguridad, pisando a fondo hasta hacer rugir los motores, dejando fluir la música con unos solistas en forma tras una larga temporada pero que afrontan el final en momento óptimo, con otro cuaderno de viajes universal pese al itinerario ruso y escala argentina, pues comenzó hechizándonos para ubicarnos en mi Buenos Aires querido, bien recordado por el profesor Julio Ogas en la conferencia previa, última del curso, amena e ilustrada con «El tango: antes y después de Piazzolla», así como las notas al programa (enlazadas en los autores arriba), devolviéndonos a un Dante universal con acento ruso.
Como si de un mundial automovilístico se tratase, tres circuitos de distinto trazado para un vehículo sinfónico que cumple 25 años de escudería adaptándose cada temporada a los variados recorridos, capaz de agarrarse al duro asfalto sin perder potencia, circular como la seda apenas sin virajes bruscos para disfrutar del paisaje, y alcanzar la meta pisando a fondo seguros, sabedores que ya está todo decidido a la espera de la última vuelta triunfal, que será la próxima semana con el conductor oficial en un «Cuaderno de Viajes IV» cerrando las bodas de plata por todo lo alto.

Una noche en el Monte Pelado de Mussorgski en el arreglo que engrandeciese Rimski Korsakov en 1867 supone poner a prueba todo el arsenal sonoro para un poema sinfónico de aquelarre tímbrico en siete cuadros bien armados por Lockington, preciso en todos, dando carta blanca al lucimiento de todas las secciones sin forzar los tiempos pero acelerando con suavidad conocedor de la respuesta inmediata de los profesores de la orquesta, sin frenazos bruscos, dejando fluir un motor con potencia nunca desbocada pero buscando los límites, banda sonora colorida para unos lienzos «ténebres» mejor que lúgubres, plateados, brillantes incluso en las sombras, emoción e impacto antes del esperado Amanecer.

La copiloto que nos llevaría a Las cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) sería la violinista compatriota de nuestro titular Milanov (con quien comparte muchos conciertos y esta misma obra la semana pasada con la Columbus Symphony Orchestra), Bella Hristova, búlgara universal como Don Astor y afincada en los Estados Unidos, artista invitada que se desenvuelve en todos los terrenos y compositores al mando de un histórico Amati de 1655 del que saca la intención además de la música del original bandoneón, esta vez con el acompañamiento de una cuerda casi camerística que hizo del viaje sonoro un placer pese a la enorme dificultad que plantea ajustar cualquier partitura de Piazzolla, mayores cuando el quinteto es orquestal de arco y sin piano. Los guiños a Vivaldi de esta adaptación (ausente el clave ni alternancia con las italianas) sonaron claros con la complicidad de los cinco solistas, destacando el cello «otoñal» tomando la voz cantante equiparable en calidad y belleza a Hristova pero sobre todo el otoño, arrabalero y Pantaleón al completo. Lockington intentó no perder un acento lunfardo que faltó aunque el esfuerzo tímbrico se alcanzó pero la rítmica es complicada y no puede plasmarse en una partitura, es el tango que no levanta los pies del suelo como nos contaba Ogas, menos espectacular y más profundo, con las cuerdas hirientes, percusivas, rítmicas, rotundas o aterciopeladas dependiente de la estación, finalizando en ese verano que coincide con nuestro invierno, juego de hemisferios y grandeza de absorber lo culto hasta lo popular para devolverlo con la marca Piazzolla.
Agradecida la violinista nos dejó propinas también de dos mundos: Ratchenitsa, una danza de su país con virtuosismo popular de aires zíngaros y el padre Bach con el inicio de su Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, nada hiriente e íntima, contrapuesta al desparpajo de su tierra.

Para el derroche final nada menos que el poderoso Tchaikovski, el sinfónico de su Francesca da Rimini, fantaisie d’aprés Dante op. 32 (1876), el melodismo característico, la orquestación en todas sus combinaciones para disfrutar calidades solistas y entendimiento con el podio, todo bien marcado dejando volúmenes mayores de los habituales pero necesarios y casi terapéuticos para desfogarse. Nuevamente poderío en los metales que siguen empastados y orgánicos, cuarteto de trompas, de trompetas, trombones con tuba junto a la percusión segura alcanzando el clímax de apoteosis casi «infernal» y dantesca (castigo de lujuriosos siendo su pena ser atormentados continuamente por vientos crueles en un ambiente oscuro y sombrío) con el resto, pero las calidades de seda en la madera, momentos mágicos de belleza (mientras un alma decía esto, la otra lloraba de tal modo que, lleno de compasión, yo desfallecía como si muriera y caía como cae un cuerpo sin vida) en los diálogos oboe y flauta, clarinete y fagot, combinaciones y permutas de todos ellos sumándose un corno inglés aterciopelado con perlas de arpa. La cuerda siempre la cito como seña de identidad pero esta «Francesca y Paolo» volvió a corroborar la orquesta al completo derrocha calidad y musicalidad, Lockington lo sabe y el público lo agradeció. Sus visitas son unánimemente bien acogidas y programas como este penúltimo ayudan a soltar tensiones, una verdadera terapia.

Max Valdés en los 25 años de la OSPA

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Viernes 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 14 OSPA: «25 años IV», Maximiano Valdés (director). Obras de Sibelius, Hindemith y Brahms.
Dieciséis años de convivencia con la OSPA hacen del maestro chileno el mejor observador y conocedor del crecimiento de una formación que celebra sus bodas de plata, un largo camino hacia la excelencia de la que el tándem Max Valdés e Inmaculada Quintanal tienen mucho que ver. «La pasión y la música nos llevan a un conocimiento profundo que no pertenece a la razón, y eso lo aprendí en Asturias» aseguraba el Maestro hace seis años en su despedida como titular, con algunas visitas al foso de la ópera, pero esta vez podía sentirse orgulloso de «su orquesta» en su punto álgido de calidad forjada en este tiempo, un tesoro que debemos cuidar y auténtica embajadora de Asturias.

Se tarda mucho tiempo y esfuerzo en «armar una orquesta» y elevarla a cotas supremas pero muy poco en hundirla. Sigue habiendo una égira de un público que parece abandonar el barco antes de hundirse con él, noto falta de ilusión entre abonados, desconocemos la programación para la próxima temporada, y Max Valdés pareció percatarse de todo ello desde un podio al que tantas veces se subió, esta vez con un «concierto germánico» de autores por lo que siempre ha transitado y disfrutado, pero montado en poco tiempo («norma habitual» hoy en día) que impide ahondar en los detalles que marcan las diferencias, aunque dejándonos su elegante buen hacer y gesto al frente de unos músicos que han crecido junto a él y con los que se reencontraba estos días.

La Canción de primavera, op. 16 (Sibelius) trajo una plantilla ampliada para la ocasión y poder disfrutar de esta obra de juventud agradecida de escuchar desde su breve introducción hasta el crecimiento en todos los sentidos. Brillante orquestación y rica gama de matices que parecen dibujar esos cielos nórdicos limpios hasta la explosión lumínica final con toque de campanas a la que Valdés condujo con acierto, secciones compensadas y seguras donde la cuerda pareció sonar más vibrante e hiriente sin perder su habitual toque aterciopelado.

Algo menos de plantilla para una excelente Sinfonía «Matías el pintor» (1934) de Paul Hindemith, de la que la profesora Mª Encina Cortizo, siempre admirada y querida, comenta en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio disponibles en el Facebook© de la OSPA así como en el nº 14 de su revista) que el autor «se acerca a la figura de Grünewald por el significado de su figura, al simbolizar “problemas, deseos y dudas que ocuparon la mente de todos los artistas serios desde los tiempos más remotos»», como un diagnóstico actualizado del sentir que parecía flotar en el auditorio ovetense. Los tres movimientos con los títulos tan pictóricos y expresivos (Concierto angélico, Entierro y La tentación de San Antonio) fluyeron bien interpretados por unos músicos en comunión con el oficiante invitado, parroquianos que reciben a un pastor conocedor de su feligresía así como del sermón, preparatorio del Brahms final con el que Hindemith comulga y se hace más accesible. Obra vigorosa como la versión de Max Valdés, trombones como tubos de órgano brillantes, la oscuridad y desgarro de las maderas siempre inspiradas, antes de soltar demonios y monstruos de sonoridades convincentes y agitadas pero siempre limpias antes del triunfo final, la ópera sin imágenes que puso el chileno para lo mejor de este concierto.

Como si el descanso aminorase ímpetu y luz, pasamos del trazo ágil y fino al brochazo, eso sí en varias capas para intentar corregir planos y presencias, porque la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms es mucha partitura, exigente para detalles que no siempre se apreciaron, con un sonido por momentos nebuloso a pesar de pasajes bien delineados por violonchelos o maderas, incluso la trompa plenamente pastoral (siempre surge el paralelismo de esta segunda con la sexta del admirado Beethoven) junto a la propia belleza de una obra que está en mi memoria vital, agradecido por volver a escucharla en directo (grabaciones tengo para parar un tren) pero que no me llenaron como el cuadro de Grünewald musicado por su compatriota. Pienso que faltó fluidez en los cuatro movimientos que sin el final tormentoso que afuera sí nos esperaba, careció del aire mozartiano al que Hanslick alude en la cita de la doctora Cortizo. Ahondar en esta sinfonía lleva el tiempo del que directores y orquestas no disponen a pesar de la predisposición y buen hacer de todos, incluyendo el discurso final de un Valdés (entrevista en OSPA TV) que lleva Asturias y nuestra orquesta en su corazón.

Doble trece en veinticinco más uno

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Viernes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 13 OSPA: «Cuaderno de viajes II», Johannes Moser (violonchelo), Andrew Grams (director). Obras de H. Dutilleux y R. Strauss.
Las matemáticas de este concierto no engañan: 25+1=13×2, veinticinco años y un día del debut de nuestra OSPA en el Teatro Campoamor, heredera de la Orquesta Sinfónica de Asturias y otras formaciones que nos retrotraen hasta la Segunda República (más de 80 años), y dos veces trece pues «no soy supersticioso que da mala suerte», día del mes y número abono de la temporada «de Plata» que trajo cosas muy buenas cual regalos de aniversario con oro puro: dos retornos al auditorio y a la orquesta de los asturianos como el director americano Andrew Grams, un violinista que se subió al podio entendiendo desde su experiencia a sus compañeros, sacando lo mejor de ellos dos años después, y el grandísimo e internacional cellista alemán-canadiense Johannes Moser que hace ya ¡siete años! nos dejase con el maestro Griffiths un Schumann increíble, un viaje que pasaba de nuevo por Oviedo con dos obras evocadoras y cercanas para un auditorio con demasiadas butacas vacías, supongo que cuestión de festividades (próximo «martes de campo» en Oviedo).

El origen del Concierto para violonchelo «Un mundo lejano…» (1970) del francés Henri Dutilleux (1916-2013) lo explica a la perfección Ramón Avello en las notas al programa, enlazadas arriba en los autores, la inspiración no ya en Baudelaire sino en los propios títulos de los cinco movimientos que resultaron un viaje personal para orquesta, director y cellista por el entendimiento, sonoridades, presencia, tensiones, ambientes, unas acuarelas más que óleos por la prontitud del trazo e imposibilidad de corregir encargadas por el gran Rostropovich entendiendo nuevos caminos para su instrumento, más que un concierto clásico un concertar entre todos desde la introspección y sin una línea clara que poder seguir, pero evocaciones y ambientes sonoros perfectamente ensamblados por todos los músicos. El sonido del cello siempre poderoso, con unos armónicos sobrecogedores, un arco suave capaz de engarzar frases de verdadero Enigma desde el inicio, correspondido por una orquesta en el mismo idioma, manteniendo la Mirada con podio y la escucha orquestal, virtuosismos cómplices en unidad, cercanías solitarias, percusión con pinceladas ideales, Oleajes remando con la sección hermana a la que se unió tras finalizar, sintiéndose uno sin faltar el despliegue técnico que la obra y su destinatario exige, los Espejos que devuelven miradas e intenciones entre los intérpretes sin necesidad de traducción, y un Himno a la buena música donde el conjunto bien llevado por Grams fue más que fondo, forma para un Moser impresionante de principio a fin, cómplice con una partitura que sigue siendo un mundo por explorar, con momentos de silencios inquietantes, ruidos mezclados con los ambientes «pintados» en el escenario por una percusión siempre convincente, y entrega total por parte de todos, con una plantilla ampliada lo suficiente para mantener el equilibrio y la presencia junto a un cello todopoderoso en intervención y humano por cercanía.
«El Bach de Rostropovich« siempre es un regalo y sirvió para seguir recordándole con una personal versión de la Sarabande de la Suite nº 1, más tocada que sentida con la vuelta al intimismo del cello llenando el auditorio de serenidad y dedicada (así me pareció entender) a la hija recién nacida de Adolfo Rascón.

Tras el descanso Moser se sentó a mi lado para disfrutar la segunda parte, algo no muy habitual en los solistas, pienso que dejando muestra del respeto y amor por la música (ver entrevista en OSPATV) y sus intérpretes. Un placer charlar con él tras el Strauss de Grams con la OSPA (también en OSPATV, siempre acercándonos los invitados para comentar las obras del programa).

Richard Strauss (1864-1949) ha estado presente en el auditorio y en los atriles de nuestra orquesta varias veces a lo largo de los años, todavía más esta temporada, por lo que la fantasía sinfónica Aus Italien, op. 16 (1886) parecía completar un nuevo viaje, hoy a la juventud del compositor alemán capaz de orquestar como nadie, examinando cada una de las secciones que continúan en lo alto. Misma unidad sonora mostrada por la OSPA en la primera parte para la variedad argumental de unas imágenes italianas con óptica germana, disfrute de cada familia, dinámicas amplias, camino sin descanso en cuatro etapas: En el campo, con el poso siempre maduro de la cuerda, Entre las ruinas de Roma, magisterio de metales y bellas intervenciones de clarinete y oboe, A orillas (En las playas) del Sorrento con esa orquestación potente y por momentos impresionista con la que todos disfrutamos, de nuevo con la madera luciéndose, y Vida popular napolitana (Calle popular de Nápoles), con el conocido «Funiculì, funiculà» donde el maestro Grams se giró cómplice al público para presentar ese tema popular de Luigi Denza que irá creciendo y variando en una orquestación exigente bien balanceada, batuta que sabe lo que es trabajar desde abajo y llevarlo al podio, resultando el entendimiento perfecto para afrontar estos repertorios y hacerlos sonar como deben. Un placer contar con él esperando repita más visitas, así como Moser…
El momento de la formación en esta recta final de temporada sigue siendo admirable, y tener directores al frente con quienes se entienden y conocen, se traduce en conciertos donde el público sale feliz, estos viajes siempre subjetivos por personales y compartidos desde la calidad. Y el próximo viernes 20 seguimos de cumpleaños puramente sinfónico con el regreso del querido Max Valdés, Sibelius, Hindemith y Brahms que contaremos como siempre desde aquí.

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