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Butterfly de Oviedo a Mieres

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Miércoles 19 de noviembre, 20:00 horas. Casa de Cultura de Mieres, retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Oviedo de la tercera función de «Madama Butterfly« (Puccini).

Volvía la ópera televisada a Mieres con una buena entrada, una toma de sonido ligeramente alta, engañosa por la cercanía de los micrófonos que recogían todo (ruidos de pisadas incluidos), realización buena aunque no estuviese pensada para aguantar primeros planos pero con una iluminación que ayudó y una satisfacción media por parte de los asistentes.

Un elenco muy equilibrado, aunque destacasen más los secundarios, una orquesta sonando como debe hacerlo con Puccini, y la dirección musical del ovetense Pablo González que volvió a mandar desde el conocimiento de una obra difícil para sacar lo mejor de la Oviedo Filarmonía en foso.

No entraré en detalles porque siempre comento que el directo no tiene nada que ver con la proyección por lo apuntado al inicio, si bien las sensaciones las reflejaré tras dejar el reparto a continuación, incluyendo fragmentos de la prensa regional preparando este tercer título de la temporada asturiana, algunas críticas así como fotos tomadas durante la proyección en mi pueblo, que esta vez parecía transcurrir por momentos directamente en el escenario mierense. Por supuesto volver a agradecer a Telecable, CajAsturLiberbank y a la propia Ópera de Oviedo la iniciativa de transmitir de forma gratuita en pantalla gigante sus títulos, acercando un género que como siempre, sigue de moda aunque eche en falta más juventud.

Música de Giacomo Puccini (Lucca, 1858-Bruselas, 1924). Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, inspirado en la obra teatral «Madame Butterfly» de David Belasco y en el relato homónimo de John Luther Long.
Tragedia giapponese en tres actos.
Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 17 de febrero de 1904.
Producción del Theater Magdeburg.
PERSONAJES E INTÉRPRETES
Madama Butterfly: Amarilli Nizza
Suzuki: Marina Rodríguez-Cusí
Kate Pinkerton: Marina Pinchuk
F.B. Pinkerton: Viktor Antipenko
Sharpless: Manuel Lanza
Goro: Mikeldi Atxalandabaso
El Príncipe Yamadori/El Comisario Imperial: José Manuel Díaz
El Tío Bonzo: Víctor García-Sierra
Yakusidé: Manuel Valiente
El Oficial del Registro: Manuel Quintana
La Madre de Butterfly: Marina Acuña
La Tía: Ana Peinado
La Prima: María Fernández
Dirección musical: Pablo González
Dirección de escena: Olivia Fuchs
Diseño de escenografía y vestuario: Niki Turner
Diseño de iluminación: Alfonso Malanda
Coreografía: Tim Claydon
Director del coro: Patxi Aizpiri
Orquesta Oviedo Filarmonía.
Coro de la Ópera de Oviedo.

Vocalmente comenzaremos por  «La Nizza«, protagonista que fue creciendo musicalmente como el personaje, aunque algo sobreactuada y faltando más calidez en su línea de canto, por otra parte apropiada aunque poco creíble en el perfil de Cio Cio San. Lleva todo el peso de la ópera y estuvo bien arropada desde el foso, atento González a los devenires de «la diva«. En su haber experiencia más que demostrada y poderío, por momentos excesivo, en el registro agudo, segura en afinación pero con volúmenes no siempre acordes al momento dramático.

El Pinkerton del tenor ruso no me convenció del todo por un registro agudo algo tenso, transmitiendo más angustia que gusto, si bien el color vocal es bello. Faltó más lirismo y en el dúo con Butterfly quedó un escalón por debajo. En el teatro desconozco cómo corre su voz, actoralmente cumplió y tendré que escucharle en otros roles, pero Antipenko no me parece que tenga mucho más recorrido del apreciado este miércoles a pesar de la amplificación cercana.

Lanza fue el más completo y personalmente quien más me gustó, siendo un barítonoconvincente en todas sus intervenciones, entregado a su papel de Sharpless llegándonos a todos. A la par la excelente mezzo Marina Rodríguez-Cusí que dibujó una Suzuki plena, cantando con buen gusto y dominando todos los registros.

No quiero olvidarme del estupendo Goro de Atxalandabaso, seguro siempre, de trayectoria bien asentada, excelente actor y tenor ideal para dar equilibrio a repartos que sin cantantes como los antes citados, dejarían coja la función. En repartos amplios tenores como el vasco son necesarios e imprescindibles.

Bien el resto de voces que cumplieron en sus intervenciones más o menos breves, incluyendo al niño actor que bordó sus apariciones con una madurez increíble.

El coro que dirige Aizpiri volvió a estar a pleno rendimiento, un poco destemplado en el arranque del primer acto pero yendo a más, siendo conmovedora la intervención fuera de escena a boca cerrada, en un empaste con la orquesta de muchos quilates, siendo Pablo González artífice de ese equilibrio y sonoridad celestial.

Leía en algunas críticas que la puesta en escena resultó minimalista, cierto pero creíble, sin barbaridades y donde la luz ayudó a hacer creíbles los tres actos, con plataformas recordando nenúfares, escaleras con planos paralelos a la emotividad del momento y que sonaban percusivamente al caminar los cantantes sobre ellas por la cercanía de los micrófonos. Incluso la urna transparente y hasta la bandera estadounidense dieron mucho juego, así como un vestuario algo desigual (algunos de los kimonos, especialmente el primero de Cio Cio San era bellísimo, los trajes muy «clásicos» y el uniforme más del ejército del aire que la marina, aunque bien en percha) y el esperado para esta ópera. Los primeros planos descubrieron poco maquillaje en la Butterfly que con más «carga» hubiese dado mejor en la pantalla, pero como suelo decir para los montajes, «no crujió» ni desvió el espíritu japonés.

Volver a destacar el peso del director asturiano capaz de armar toda la función con sutiles intervenciones orquestales, tiempos marcados a menudo por los solistas, especialmente la soprano, y logrando una sonoridad pucciniana algo menguada para una formación que esta vez cumplió sobradamente, acompañando, subrayando y coprotagonizando una acción de todos conocida.

El viernes estaré en el teatro para repetir con el segundo reparto, pero ya lo contaremos al día siguiente. El directo siempre es irrepetible…

Sin miedos

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Jueves 16 de octubre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada de Ópera de Oviedo. Tercera funciónCuatro últimas canciones (R. Strauss) y El castillo de Barbazul, Op. 11 (Béla Bartók). Intérpretes: Ricarda Merbeth (soprano); Barbazul: Albert Dohmen (bajo-barítono), Judith: Ana Ibarra (mezzo), OSPA, Rossen Milanov (dirección musical), Tim Carroll (dirección de escena). Entrada de última hora: 15 €.

Simbolismo, miedos, numerología amplia para unir dos conceptos, dos obras muy distintas, los cuatro últimos Lieder de R. Strauss más de concierto pero con una soprano en escena y orquesta en foso, dos personajes para la ópera en un acto de Bartók, con siete puertas, todo en uno desde la escenografía que consiguió unir mundos teóricamente opuestos pero que se acabaron tocando.

Las «Cuatro últimas canciones» (Vier letzte Lieder) de Richard Strauss resultaron logradas escénicamente, cuatro cuadros donde la alemana Ricarda Merbeth que volvía a Oviedo, se fue situando completando los colores de unas estaciones vitales, casi recordándome las pintadas por el gran Eusebio Sempere, verde para «Primavera» (Frükling), dorado para «Septiembre» (September), rojo para «Al ir a dormir» (Beim Schlafengehen), las tres con  con textos de H. Hesse, y azul para «En el ocaso» (Im Abendrot), con texto de Joseph von Eichendorff, y así fue recreando vocalmente desde su estatismo y con el sobretelón o tela transparente delante, esas cuatro etapas, mejorando en cada una para crecer paradójicamente en el ocaso, todo con una orquesta cómoda en estos repertorios y donde Milanov concertó buscando esa misma paleta, mimando a la soprano aunque por momentos el grave quedase algo oscuro, como contagiado de esa angustia que flotó en toda la hora y media de representación.

Sin pausas, continuando la acción nos encontraríamos un mohoso, cochambroso despacho cual «castillo interior» donde un Barbazul poeta con máquina de escribir, comienza a contarnos la historia: sobretítulos con la tipografía al uso muy lograda, proyectados como si de un plano detalle nos fuese mostrando el texto y el sonido propio al teclear, fondo casi de papel amarillento porque el blanco rompería ese ambiente no gótico sino claustrofóbico y húmedo. Impresionante Dohmen con un timbre adecuado a su personaje, capaz de redondear en el grave tan presente en la ópera de Bartók, y alcanzar agudos sin romper un color vocal difícil de mantener para una partitura dificilísima para los dos personajes. La mezzo Ana Ibarra resultó el equilibrio perfecto, la inocencia y valentía para ir abriendo cada una de las puertas también de distintos colores, ganando presencia y sobreponiéndose sin problemas a un poderío orquestal que subraya y completa toda la acción argumental, siempre sin miedo a las preguntas de su pareja. La OSPA sonó inconmensurable en cada sección, planos que en foso no resultan estridentes, con un Milanov volcado en este estreno carbayón, atento al dúo vocal y elevando a coprotagonista su formación que en esta juvenil composición del húngaro ya plantea innovaciones en orquestación, armonías y discurso musical.

Coronando estas ecuaciones la escenografía de Carroll nuevamente bien planteada, despacho como colgando centrado en el primer piso del escenario y por debajo puertas con iluminación y acción paralela al relato, que se van abriendo con tres figurantes recreando en doble plano muy cinematográfico, con mismo vestido (también del inicial straussiano) y mismo peinado de la mezzo, que al final ocuparán los cuatro cubos donde se inició esta original función.

Música dura para los líricos habituales, sin arias conocidas o melodías pegadizas pero convencidos por la escenografía en otra «vuelta de tuerca» como apuesta de los gestores de la Ópera de Oviedo, uniendo concierto y ópera breve en una representación sin igual, utilizando de hilo conductor ese ambiente angustioso del propio discurrir humano, las etapas del veterano Strauss y el freudiano devenir de Barbazul y Judit por un joven Bartók, amores redentores sabiendo el trágico final desde el mismo momento del inicio, narrado con máquina de escribir e interpretado con la entrega de todos, dramatismo vocal de los tres excelentes cantantes con el subrayado resaltado e impoluto de unos actores de reparto como los músicos de la OSPA (un aplauso para todos los solistas pero especialmente para la flautista Myra Pearse) con su titular al frente, sin los que la historia no hubiera sido igual.

La noche con lluvia intermitente que esperaba al finalizar resultó más luminosa tras los noventa minutos, tétrica pero profunda, conmovedora en todos sus puntos.

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Prensa impresa:

Beatriz Díaz, esperando a Mimì

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Miércoles 8 de octubre, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica, primer concierto de la temporada: Beatriz Díaz (soprano), Julio Alexis Muñoz (piano). Gala lírica de canción española, zarzuela, opereta y ópera. Precio no socios: 18€ (+1€ de gastos en Tiquexpress).

Siempre es un placer escuchar a nuestra soprano más internacional, y más en casa, donde aún sigue sin ser profeta para desgracia de la legión de seguidores que mueve, como así quedó demostrado con la excelente entrada que mostró el coliseo gijonés en colaboración con la Sociedad Filarmónica local para esta inauguración de temporada y acuerdo, posibilitando la asistencia de no abonados. Personalmente mi agradecimiento por esta feliz idea.

Dejo el programa y las notas aquí porque será imposible detallar cada una de las partituras que Beatriz Díaz desgranó con el excelente pianista canario Julio Alexis Muñoz, seguridad y colaboración necesarias para redondear una noche plagada de emociones por parte de intérpretes y respetable.

La soprano allerana se mostró espléndida en el amplio sentido de la palabra: dándolo todo como en ella es habitual, lo que la hace grandísima artista, con dos vestidos, uno para cada parte como se espera de las figuras, y en un momento vocal más que esplendoroso, de total madurez. No se presentó en Gijón para un recital cualquiera sino de muchos quilates, similar al de hace un año que colgó el cartel de «Sold Out» en Tokio, dejándose jirones del alma en cada obra, interpretación vocal y gestual haciendo un derroche físico y anímico para poder pasar de un personaje a otro y volver a enamorarnos en cada uno de ellos.

Abrir con las Siete canciones populares de Falla es muestra de su poderío actual, cantar con gusto El paño moruno, intimar con la Asturiana tan cercana, desparpajo de la Seguidilla murciana o la Jota, adormecer con una Nana susurrada y rematar con la Canción y El Polo donde el piano, siempre con la tapa abierta, compartió emociones. Qué decir de esas otras maravilla de canciones: Del cabello más sutil (Obradors), sutileza en la línea de canto, matices increíbles con una dinámica amplia y un registro siempre homogéneo, o los Cantares (Poema en forma de canciones) de J. Turina, catálogo de sabiduría interpretativa incluso en las vocalizaciones sin olvidar nunca la raíz popular desde unas obras dignas del género liederístico más reconocidas fuera de la piel de toro. El pianista canario dominador de este repertorio, fue la pareja interpretativa perfecta.

Breve pausa para volver con un mantón de Manila y enfrascarnos con las romanzas de zarzuela exigentes a cual más, actriz en cada gesto y cantante con mayúsculas de principio a fin: la «Canción de Paloma» de El barberillo de Lavapiés (Barbieri) exigente para piano por la reducción orquestal realmente endiablada y vocalmente otro tanto, la «Romanza de Roseta» de La labradora (L. Magenti), probablemente lo mejor escrito del valenciano y que nos puso el alma en vilo, y finalizar por «Petenera» de La marchenera de Moreno Torroba, que escuchándolas en voces como la de Beatriz Díaz, revalorizan siempre este género tan nuestro que parece comenzar una nueva etapa.

Si la primera parte resultó dura, la segunda sería demoledora y apta solo para una soprano dúctil, trabajadora, autoexigente y profesional, metiéndose en cada personaje de las siete arias, a cual más difícil, vocalmente como si se tragase dos óperas seguidas y en distintos idiomas: alemán, francés e italiano. «Glück, das mir verlieb» de Die tote stadt (Korngold) me descubrió colores que no conocía en esta «Canción de Marietta», técnicamente perfecta y volcada sentimentalmente con esa nostalgia del amor que se apaga. Contraste anímico en el breve espacio de una a otra con el lied de Vilja de La viuda alegreDie lustige witwe«- de Lehar, lo más conocido de esta opereta tan cercana a nuestros cuplés donde pianista y soprano se entendieron a la perfección para dibujar mentalmente el ambiente de salón.

Vendrían después tres arias francesas que Beatriz Díaz ya ha hecho suyas: «Adieu notre petite table» de Manon (Massenet), emocionándonos todos por su belleza en el canto, su entrega, subrayando todo lo que la partitura indica para recrearlo; un respiro de sentimientos para la conocida «aria de las joyas» de Faust (Gounod), imaginándonos la escena con escucharla y quedarnos hipnotizados en cada gesto, para volver a acongojarnos con otra recreación de Adriana Lecouvreur (Cilea) y su «Io son l’umile ancella«, ampliando repertorios con buen criterio vocal, ensanchando no solo voz o registro sino personajes que la de Bóo se cree de principio a fin.

Y si hay un compositor con el que Beatriz Díaz parece de otra galaxia es Puccini, dos óperas que han disfrutado muchos públicos no precisamente cercanos: «O mio babbino caro» de Gianni Schicchi que con piano resulta aún más indescriptible, y sobre todo «Mi chiamano Mimì» de La Bohème, un rol que sigue esperando pero no puede tardar mucho porque Musetta es el complemento y la tiene igualmente asumida, de hecho la propina primera fue el Vals, siempre un encanto (o unen canto). El público rendido a los pies de nuestra sopranísima tras el sobresfuerzo compensado con el cariño y la satisfacción del trabajo bien hecho. Todavía nos regaló El vito de Obradors para demostrar su apego a la tierra además del desparpajo escénico así como el fondo físico para cantar lo que nos cantó ¡y cómo!, siempre muy bien arropada por el maestro Muñoz al piano. Un portento de mujer a la que seguimos puntualmente. Gratitud infinita.

Pocos celos sin pasión

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Otello (Verdi). LXVII Temporada de Ópera de Oviedo. Miércoles 17 de septiembre, 20:00 horas, Casa de la Cultura de Mieres, proyección en directo desde el Teatro Campoamor. Entrada libre. Sábado 20 de septiembre, 20:00 horas, Teatro Campoamor. Entrada última hora: 15 €. Producción de la Ópera de Oviedo. Reparto: Robert Dean Smith (Otello), Juan Jesús Rodríguez (Jago), Maria Luigia Borsi (Desdémona), Mireia Pintó (Emilia), Vicenç Esteve (Cassio), Manuel de Diego (Roderigo), Stefano Palatchi (Ludovico), Damián del Castillo (Montano / Un heraldo). Dirección de escena: Bruno Berger-Gorski. Escenografía y vestuario: Barbara Bloch. Iluminación: Alfonso Malanda. Asistente a la dirección musical: Julio César Picos. Asistente a la dirección de escena: Raúl Vázquez. Coro de la Ópera de Oviedo (director: Patxi Aizpiri). Orquesta Oviedo Filarmonía. Director musial: Yves Abel.

El comunicador Patxi Poncela nos contaba media hora antes de la última representación del primer título que debíamos seguir al nutricionista verdiano y haber comenzado por Rigoletto, pues este Otello, que parece debería haberse titulado Jago, realmente era duro de roer. Sumemos unas voces protagonistas desiguales, una escenografía cutre de cartón piedra y desconchados premonitorios de lo que vendría después, un vestuario pobre y una puesta en escena de las llamadas modernas que nada aportan al entendimiento de la obra por los no iniciados (a mí me servía con cerrar los ojos, aunque mi visión en anfiteatro me hacía perder la piscina – cuadrilátero – cama de arena) hacen imposible degustar un plato que requiere el equilibrio justo aderezado con el gusto durante la cocción y «emplatamiento».

Acudía el miércoles a la proyección en pantalla gigante (sigue suspendiendo la realización y el sonido que llegó por un sólo canal) dentro de la apuesta mierense por acercar la ópera al pueblo, con la ventaja de primeros planos imposibles en el teatro y comprobar la gestualidad de los protagonistas así como una idea global del reparto. Tristemente el directo de la cuarta y última representación fue como la Ley de Murphy donde «todo lo que puede empeorar, empeorará». Parecía el tonto que acudía todos los días a la película del oeste esperando que el vaquero no entrase en la cantina sabedor que todos los días le daban una paliza.

La propia ópera de Verdi como nos recordaba el radiofonista gijonés nada es lo que parece. La divina Callas insistía en que lo importante es el último acto porque es finamente el que recordamos y levanta todo lo anterior. En Oviedo abucheos y pitos para un Otello nada creíble en ningún aspecto: no es moro, las rastas en el cogote parecieron ubicarle su voz en dicha zona y la angustia cada vez que cantaba era contagiada al público temeroso que no llegase al agudo, siempre apretado, descolocado y gritado.

Dean Smith no tiene color ni sabor para este rol que tiene mucha enjundia (qué distinto de su Tristán o el concertístico Sigmund también en Oviedo), lástima que por momentos en la media voz parecía tomar el camino correcto, pero finalmente recogió la tempestad que no descampó hasta el final. Y del personaje irreconocible, arrodillado más de la cuenta, pintado a lo Braveheart, celos supuestos e incapaz de enamorar y mucho menos convertir a una piadosa mujer cristiana. Una pena no se hubiese suicidado antes y evitásemos la injusta muerte de Desdémona.

«La Borsi» al menos puso el gusto en el canto, la credibilidad de un personaje dificilísimo de crear y cantar, perdonándole incluso el quiebro en el final de la bellísima aria del sauce (el miércoles no lo tuvo) tras crear un ambiente en el teatro de los que permiten cortar el aire. Mi enhorabuena por la pasión y entrega que mantuvo la italiana.

Triunfó Jago, «el malo de la película» interpretado por un Juan Jesús Rodríguez poderoso pero que deberá cuidarse de papeles como éste que pueden mermar su futuro. Casi impecable en su línea de canto faltando gusto en el fraseo al apostar por una dramatización sólo de volúmenes en vez de crear un personaje que actoralmente dominó y venció al resto del elenco.

La Emilia de Mirela Pintó fue de menos a más, tapada literalmente en el cuarteto ubicándola atrás, mejor en el concertante del tercer acto y final en su punto. Ya tenía ganas de volver a escucharla en escena tras el concierto con la OSPA de hace cinco años.

Seguro y en su línea la breve intervención de Lodovico Palatchi, siendo capaz de escuchársele dentro de los truenos y relámpagos vocales. Más discreto el Cassio de Vicenç Esteve que a la vista del conjunto alcanzó el aprobado rapado.

Capítulo aparte merece el «coro de Aizpiri» comprometido de principio a fin, luchando contra los elementos, algo retrasado al inicio o fuera de escena (lógico) pero asentándose todos volviendo a demostrar una profesionalidad y entrega plausible. Era difícil no gritar ante la masa sonora verdiana siempre desbocada, pero consiguieron equilibrar parte del desastre.

La Oviedo Filarmonía afrontaba una partitura con mucho que tocar pero sin mando desde el podio, pues el Maestro Abel no logró amarrar los caballos, desbocados continuamente, olvidando que también había canto en escena (qué distinto del que dirigió a la OSPA hace dos años). Los músicos en foso se limitaron a cumplir órdenes y faltó la química así como degustar lo que es una concertación que en Verdi es siempre exigente, sobre todo en este Otello casi wagneriano con permiso del respetable.

Al menos no tuve que gastar mucho dinero y las entradas baratas funcionan porque daba gusto ver casi todo ocupado, lástima que muchos comiesen este Otello convencidos que estaba al punto. Este restaurante merece platos mejor cocinados y servidos como se debe.

Final de verano e inicio de curso

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El verano es tiempo de descanso para muchos aunque los músicos no las tengan, pero tenemos la posibilidad de seguir comprobando su trabajo en los llamados festivales de verano que no pueden faltar en tiempos de crisis, formando parte de la necesaria oferta cultural que toda villa o ciudad debe tener, luchando contra recortes pero apostando por mantener viva esta parte tan nuestra en un turismo que también es fuente de riqueza para la región, debiendo plantearse esta industria en condiciones viendo que las astures decimonónicas están periclitadas y echando el cierre una tras otra.

Este verano 2014 mío también de crisis para el bolsillo, pues solo con los abonos de la OSPA más el conjunto para los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano se me van nada más y nada menos que 606 € (más que un sueldo para muchos hoy en día), mis escapadas no fueron lejos, como se puede seguir desde este blog, pero quiero defenderlas por lo que suponen.

Oviedo además de una ciudad ideal para vivir lo es para los melómanos todo el año, y el llamado Festival de Verano ofertó conciertos gratuitos en entornos nada habituales, o bien con entradas asequibles, programas que buscan otros públicos, no especializados (sólo en asistir donde no se rasque el bolsillo) en un buen deseo de acercar la llamada música culta a todos. Aunque no estuve en casi ninguno me hubiese encantado estar en alguno para hacer un seguimiento a los jóvenes que dejan ya de ser promesas así como a los veteranos deleitando como en ellos se espera. Tampoco debo olvidarme de los cursos organizados en la capital por la Fundación Príncipe de Asturias y donde el alumnado tiene los conciertos como parte de su formación.

Gijón, enlazando con lo anterior, además de ser capital para la Música Antigua en julio, con cursos para alumnado que siempre aprende y conciertos con profesorado e invitados de lujo, también desde hace quince años también lo es del piano en su mes más festivo, llegando jóvenes de todo el mundo para recibir clases de un claustro internacional que también ofrece conciertos, todo capitaneado por el gijonés afincado en Estados Unidos José Ramón Méndez y su esposa Amy Gustafson, quienes rinden tributo a Jesús González Alonso, el gran concertista local fallecido en el mejor momento de su carrera pero que los que tuvimos la suerte de escucharlo permanece vivo en nuestra memoria. La maratón en la calle de los alumnos y alumnas es un espectáculo puede que único en todo el mundo. Este año también salió puntualmente de su sede en la Laboral, con lo que supone de abrir el abanico dentro del centro geográfico (el llamado ocho asturiano) que reúne la mayor oferta musical.

Y de lo cercano, siempre que puedo acudo al Festival Internacional de Música de Santander, con solera e historia y del que todos los demás ciclos estivales suelen tomar apuntes. La Plaza Porticada en los tiempos de Ataúlfo Argenta y siguientes se pasó recientemente al nuevo y gran Palacio de Festivales sin olvidar otras localidades de Cantabria que atraen con la música a melómanos, turistas y públicos jóvenes en entornos históricos, palacios rehabilitados o iglesias programando con rigor y versatilidad.

El punto final al verano lo puso el viernes 5 de septiembre mi querida OSPA con David Lockington al frente, también en mini gira asturiana que recalaba en el Nuevo Teatro de La Felguera con un programa de éxito seguro donde director y distintos maestros explicaban en lenguaje llano compositores y obras, interpretando movimientos conocidos (primero de la «Pastoral» de Beethoven, cuartos de la «Italiana» de Mendelssohn y «Nuevo Mundo» de Dvorak ), el barroco que no debemos olvidar (Vivaldi y el Concerto grosso nº 11 en re menor, op. 3 RV. 565 de «L’Estro Armonico»), otros menos (la novedosa orquestación que Jesús Rueda hace del Lavapiés de Albéniz aprovechando los recursos de la formación con auténtico derroche en la percusión), e incluso alguna novedad para mí (Aaron Jay Kernis y Musica Celestis) con la cuerda que siempre enamora y confirmar que la orquesta, aunque no al completo, con su principal director invitado suena maravillosa y entregada. La temporada promete y habrá solistas que vuelven junto a otros de fama internacional debutando en nuestra tierra.

FOTO © Marta Barbón

El curso escolar arranca tras la Festividad de la Virgen de Covadonga, Patrona de Asturias, y el pistoletazo de salida lo da desde hace 67 años la temporada de ópera de Oviedo, este año comenzando con un Otello que espero doblar (primero en gran pantalla desde Mieres y en vivo en la cuarta función, entradas de último minuto, que a los precios normales no llego, y al espectáculo infantil con Evaristo y Gustavo Moral se me hace imposible asistir) por eso de estar ya todo bien rodado, independientemente de los comentarios ya aparecidos en prensa y redes, pero esto lo contaremos en su momento.

Las vacaciones tocaron a su punto final, retomo la normalidad aunque  la música no deja de sonar nunca… a WERT qué nos deparan los «viernes de dolor» de Moncloa que sólo con musicoterapia puedo sobrellevar lo que me queda.

Cendrillon palaciego

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Viernes 15 de agosto, 20:30 horas. 63 Festival Internacional Santander. Noches Líricas del Palacio de Hualle, Treceño. Cendrillon, opereta de salón de Pauline Viardot, basada en «Cenicienta» de Perrault. Entrada y coctel – cena: 50 €.

Dirección de escena, vídeo e iluminación: Tomás Muñoz
Dirección musical y piano: Aurelio Viribay
Reparto
Cenicienta: Soledad Cardoso (soprano)
Príncipe Encantador: José Manuel Montero (tenor)
Barón de Picorvo: Isidro Anaya (barítono)
Conde Barrigula: Pablo García-López (tenor)
Magalona: Mercedes Lario (soprano)
Armelinda: Marta Knörr (mezzo)

 

Hada madrina: Sonia de Munck (soprano)

Volvía a disfrutar de este proyecto veterano como el Cendrillon madrileño de la Fundación Juan March con un equipo similar, salvo la cenicienta y el barón, pero en un entorno privilegiado, otro marco histórico recuperado de la ruina en 1988 por el tristemente fallecido Henri Jova, y dentro del FIS junto a la Asociación Cultural Amigos de Lírica Palacio de Hualle (constituída en 2011) que preside Raymundo Viana, entre otros patrocinadores.

Si el montaje en Madrid resultó impecable por el maridaje nuevas tecnologías y economía de medios, Tomás Muñoz sacó todo el provecho y partido al propio palacio, puertas, jardines, personajes apareciendo por todas partes, lo que hizo aún más creíble este cuento musical, ópera de salón totalmente exportable cuando se cuenta con un reparto vocal de primera, todos en un momento óptimo para una temporada que en verano no se toma vacaciones, destacando las novedades respecto a Madrid:

La excelente María Cendrillon de Soledad Cardoso, cuya maternidad le ha dado redondez vocal en el grave manteniendo su hermosísimo color, afrontando nuevos papeles que darán muchas alegrías, junto a una presencia escénica ideal para este «juguete musical», y el Picorvo de Isidro Anaya, rol difícil vocal y actoralmente que sacó a flote sin problemas, crecidos todos ante la calidad y equilibrio mostrado por el elenco montañés.

De las hermanas sin madrastra, tanto la soprano Mercedes Lario como la mezzo Marta Knörr cumplieron sin dificultad en sus intervenciones, tanto solistas como dúos y concertantes de empastes perfectos incluso en los diálogos hablados. Sigue enamorando el hada Sonia de Munck por su magisterio total recreando cada personaje que canta, sean carnosos o ligeros, contemporáneos o barrocos, convincente siempre, de nuevo con su perro Fito ideal para completar el elenco femenino.

De las voces masculinas impresionante el príncipe José Manuel Montero que «rehizo» su personaje antes de la entrada del público al recinto mientras degustábamos un Tío Pepe, un pobre de solemnidad que algunos se creyeron al igual que la cenicienta barriendo los soportales mientras nos acomodábamos en las sillas. Vocalmente continúa ganando quilates en el grave -de hecho el papel original es de barítono-, potencia en el medio y calidez en el agudo, recreando su doble papel con el humor innato. Otro tanto del tenor cordobés Pablo García-López, recién finalizada la grabación del Turandot valenciano con Mehta, voz mozartiana ideal que sigue creciendo y enriqueciendo repertorio, siendo este Barrigula un auténtico juguete al que saca todo su jugo, nunca forzado empastando felizmente con todos y gustándose en sus intervenciones solistas.

De Aurelio Viribay solo me cabe admiración desde su dominio técnico no ya del piano sino de esta obra que dibuja desde la primera intervención solística, acompañando con su habitual y reconocida maestría, pendiente de las voces incluso cuando cantan desde el primer piso, auténtico responsable musical cuya discreción siempre es digna de elogio.

Como guiños al entorno y montaje, hacer partícipe a parte del público llamado al baile bajo los arcos palaciegos antes de compartir coctel finalizando el segundo acto, en principio rompiendo la continuidad musical pero logrado hilo conductor al integrarse en la propia obra y retomar el último acto nuevamente acomodados para salir del palacio siendo despedidos por los propios artistas. También destacar la excelente acústica no ya de la piedra sino de la carpa que cubría al público, volúmenes y planos más que suficientes para el piano con tapa abierta totalmente, hermanas y padre proyectando perfectamente tanto desde los balcones del primer piso como en los soportales, y concertantes presentes todas las voces, redondeando una noche de cuento en palacio.

Cenicienta en San Valentín

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Viernes 14 de febrero, 19:00 horas. Fundación March, Teatro Musical de Cámara: Cendrillon (Pauline Viardot), opereta de salón en tres actos. Entrada gratuita.

Dirección de escena, vídeo e iluminación: Tomás Muñoz
Dirección musical y piano: Aurelio Viribay
Reparto
Cenicienta: María Rey-Joly (soprano)
Príncipe Encantador: José Manuel Montero (tenor)
Barón de Picorvo: José Antonio Carril (barítono)
Conde Barrigula: Pablo García-López (tenor)
Magalona: Mercedes Lario (soprano)
Armelinda: Marta Knörr (mezzo)
Hada madrina: Sonia de Munck (soprano)
Más que un entretenimiento bien llevado y plenamente exportable este género llamado de salón (en cierto modo recogido por las sobrevivientes sociedades filarmónicas), donde también la opereta tiene vigencia cuando se hace con la calidad que la Fundación March ha puesto en esta producción, incluyendo un excepcional libreto con textos, traducción y notas al programa, ampliando un día más ante la demanda que llenó aforo, destacando la crítica de Juan Ángel Vela del Campo en «El País» y la emisión radiofónica de Radio Clásica en la primera representación que supongo animó a presentarse en el salón de la calle Castelló para disfrutar en vivo de un espectáculo para todas las edades.
La puesta en escena bien trabajada desde la economía de medios muy bien aprovechados, con vídeo y sobretítulos muy elegantes, mobiliario y vestuario apropiado con movimientos estudiadamente adecuados para esta cenicienta compuesta y concebida como música de cámara por una Pauline Viardot que no sólo tiene el conocimiento vocal propio de la compositora, con escrituras individualizadas bien entendidas y avanzadas para su época (estrenada en 1904), sino toda una vida musical que es capaz de reflejar en una partitura fácil de escuchar y difícil de cantar (hay entradas sin referencia tonal), con el piano como único acompañamiento, también de partitura exigente, siendo Aurelio Viribay quien lleva todo el peso en un entendimiento perfecto con las voces y un magisterio que siempre resalto como más allá del llamado «pianista acompañante», pues se necesita un plus al mero acompañar, de por sí ya complicado, unido al de responsable de la dirección musical.
De la escena y por las exigencias de su rol resueltas como la auténtica figura que es, el hada Munck tuvo que compartir protagonismo con su perro Fito, un precioso caniche blanco que tiene experiencia operística y capacidad de buena escucha canina. Sonia de Munck siempre segura, convincente y con ese timbre mágico para este personaje de cuento y festividad para enamorados. De Cendrillon Rey-Joly más que cenicienta Margot bella en todos los aspectos. Los tenores bien diferenciados hasta en sus líneas de canto, el engaño seductor bien llevado por Pablo García-López, aún cercano su Ottavio ovetense (que bien conociese el padre de Pauline) y el encanto cómico real de José Manuel Montero más voluptuoso y potente como exigen los papeles. Equilibrado el resto del conjunto vocal, también de las partes habladas con diálogos en español y breves toques de actualidad que mantienen fresca y vigente esta cenicienta y sus hermanas, esta vez sin madrastra, destacando la comicidad natural del barón Carril. Un perfecto regalo para enamorados de la música.

Furlanetto sigue regalando ópera

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Lunes 10 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Boris Godunov (Mussorgski) versión concierto. Ferruccio Furlanetto (bajo), Anastasia Kalagina (soprano), Garry Magee (barítono), Ain Anger (bajo) y más solistas del Teatro MariinskiOrchestre National du Capitole de Toulouse, Orfeón Donostiarra (director: Sainz Alfaro)Tugan Sokhiev (director).

En mis años jóvenes acudí a un «Boris Godunov» que pese a su grandiosidad tan solo recuerdo haberme dormido. Corría el año 1986 dentro de la duodécima edición de aquellos festivales internacionales de música y danza de Asturias organizados por la Universidad, sucediendo las primeras Semanas con mi profe Casares en cabeza, y distintas colaboraciones más patrocinios que eran todo un lujo entonces, relevo tomado por el malogrado Luis G. Iberni, y sirven para seguir presumiendo de tradición en la capital del Principado. Los programas de cada festival siguen siendo como reliquias por sus cortas tiradas, de los que conservo algunos con artículos que aún son referentes amén de información que tendré que ordenar algún día (de momento siguen en cajas y archivadores).

Esta vez aguanté despierto las dos horas y cuarto sin descanso gracias a un elenco completo, poderoso, equilibrado, comandado por el maestro Sokhiev, donde el protagonista total resultó el veterano Ferruccio Furlanetto, otro habitual en Oviedo en los años 70 pero que conserva no ya magisterio o cátedra sino un registro de bajo que ya quisieran muchos cantantes actuales. Resultó el más convincente para una ópera en concierto que, con la ayuda de los sobretítulos en español y la profesionalidad de todos, salió más redonda y creíble que algunas del Campoamor, lo que corrobora mi conocida apuesta por la música y las voces antes de nada (serán los años que no perdonan).

Catorce solistas del nivel escuchado no se encuentran fácilmente y menos para esta obra en la versión original (1869) de Don Modesto. Distintas presencias y protagonismos para un reparto impresionante, especialmente en voces graves aunque el tenor John Graham Hall como príncipe Chuiski (o Shuiski, que ya sabemos los problemas con el cirílico) se quedó un escalón por debajo frente a un Anger (Pimen) al que tendré que seguir de cerca. De las féminas la Xenia (ó Yenia) de la soprano Kalagina aunque secundaria me gustó su color vocal, más el de la mezzo Svetlana Lifar como el zarevich Fiodor.

Por supuesto «El Donostiarra» sigue siendo el coro ideal para estas producciones sinfónico-corales y que el director Sokhiev buscó «ex profeso» para ensamblar junto a la orquesta de la que es titular (las campanas fuera de escena repicaron incluso de más), todo un espectáculo dentro de estos conciertos y como propina a la recién finalizada temporada de ópera.

En el Baluarte pamplonés también disfrutaron del evento el sábado, compartiendo y corroborando todo lo escrito en «Beckmesser» por Jose M. Irurzun.

Felicitar a los organizadores por un excelente y grueso programa de mano que además de biografías y notas al programa del doctor González Villalilbre, incluye el libreto en castellano con las siete escenas.

La juventud triunfa

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Viernes 31 de enero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVI Temporada de Ópera de Oviedo: Don Giovanni (Mozart), función «Ópera joven«. Fotos datadas: ©foto-Alonso para ÓperaOviedo.

Don Giovanni: Carlos Daza;
El Comendador: Ievgen Orlov;
Donna Anna: Susana Cordón;
Don Ottavio: Pablo García López;
Donna Elvira: Agnieszka Adamczak;
Leporello: Marco Filippo Romano;
Masetto: Davide Bartolucci;
Zerlina: Maren Favela.
Dirección de escena, escenografía e iluminación: Alfred Kirchner.
Diseño de vestuario: María Elena Amos
Coro de la Ópera de Oviedo (director: Patxi Aizpiri). Orquesta Oviedo Filarmonía. Dirección musical: Álvaro Albiach.

Inmensa alegría sentirme mayor en la ópera ante el público asistente al segundo reparto, tan distinto en todo al «percibido» en Mieres, en una iniciativa digna de reseñar (1) como la de invitar a 500 estudiantes asturianos (acompañados de profesores y padres), que además de completar aforo, siempre de agradecer, prepara la afición de mañana, más cercana de lo que intuimos al menos los de mi generación. Felicitaciones por los tres «títulos jóvenes» con abono propio y precios asequibles que además resultaron delicias de elencos (además del aquí reseñado, el Don Pasquale de noviembre y La Traviata de octubre).

Nada como acudir en vivo al coliseo carbayón, disfrutar del espectáculo ya comentado que siempre mejora las malas sensaciones en pantalla, donde escenografía y vestuario cobran más color, pero sobre todo de un elenco vocal muy equilibrado y sobre todo entregado, contagiado de la jovialidad del teatro desde nada más levantarse el telón, cantantes con largo recorrido y experiencia totalmente metidos en sus personajes creíbles, vivarachos, convincentes, con la única rémora de la dirección de Albiach apuntada en la segunda función televisada, diría que negativa en todos los concertantes especialmente los finales de los dos actos que resultaron inquietantes para todos al contagiar la sensación de desconcierto en escena y foso, así como una elección de aires demasiado rápidos para unos números que deben ser cantados sin atropellar nunca respiraciones ni textos. Los lentos tampoco resultaron ajustados ni logró concertar una orquesta ya madura como la OvFi, con imprecisiones y sonoridades desiguales, donde los recitativos fueron salvados por un continuo siempre seguro (el clave de Aarón Zapico y cello de Alegría Solana) poco ayudado desde el podio. Del coro nada que añadir lo comentado en la entrada anterior y sólo señalar lo poco lucido del vestuario masculino.

De las voces voy a comentarlas comenzando por las graves: el donjuanesco Daza que resultó realmente seductor, línea de canto sólida y destacar una sentida serenata («Deh, vieni alla finestra») con el acompañamiento de la mandolina de María de Mingo. Por físico y voz Romano parece encasillado en papeles cómicos y su Leporello está en ello, pero no debemos olvidar la parte dramática de un personaje vejado permanentemente por su amo, reflejado en cada aria con «el catálogo» más positivo en lo expresivo que cantado aunque solventado sin problemas. Bartolucci canta Masetto en todas las funciones y se le notó algo cansado vocalmente, más barítono que bajo, sobre todo en los conjuntos donde quedó siempre en segundo plano, algo parecido al Comendador Orlov aunque su breve papel desgaste menos, pero en el final con Don Giovanni su color de voz resultó muy similar al barítono protagonista, puede que por la dificultad de encontrar auténticos bajos profundos en estos tiempos.

Dejo para el final al tenor cordobés Pablo García López que cumplía su sueño de debutar en Oviedo como Don Ottavio, triunfando de cabo a rabo porque resultó perfecto para este personaje por color, estilo, técnica y escenificación. Todavía joven podemos congratularnos del acierto en la elección por parte de los responsables ovetenses de esta voz ideal para este mozartiano rol siempre difícil, más allá de las arias conocidas (mejor «Dalla sua pace» que «Il mio tesoro» por lo apuntado en la dirección) y exigente en todas y cada una de las intervenciones donde el genio de Salzburgo riza el rizo con dúos, tríos… sextetos y hasta septeto. Mi tocayo resultó creíble en su papel con aristas variadas de enamorado resignado a incapaz vengador, desenvuelto y fresco, quedándome con una seguridad interpretativa, su magnífica emisión y su color idóneo.

Foto ©Pablo García López

De las voces blancas la Zerlina de Favela -como su Masetto en las cinco funciones- volvió a cumplir sobradamente, igualmente debutantes en la ópera carbayona como Agnieszka Adamczak en una Elvira digna de primer reparto, perfecto contraste dibujado con la otra triunfadora, la Donna Anna de Susana Cordón, papel difícil escénica y vocalmente, interpretado con más poso que «la Moreno«, en un momento álgido, emocionando en arias y dúos además de empastar los conjuntos escuchándosela bien matizada sin estridencia alguna para redondear la pareja protagonista también en el éxito.

Triunfo juvenil para un cierre de temporada capeando crisis este primer domingo de febrero, tomando nota de un plantel de buenas voces dignas de más trabajo, aunque escribir de agentes, representantes y repartos daría para una auténtica novela.

NOTA(1): La Consejería de Educación, Cultura y Deportes, a través de «Club Cultura» subvencionó esas entradas, pagando el alumnado solo 5€  demostrando su interés. Gracias a Ópera Oviedo.

Don Giovanni no enamora

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Martes 28 de enero, 20:00 horas. Auditorio Teodoro Cuesta (Casa de Cultura) de Mieres: retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Don Giovanni (Mozart).

De nuevo Mieres pudo ver y escuchar ópera televisada, buena entrada de los aficionados habituales pero con las mismas carencias de siempre o peores, pues solo llegaba sonido por un canal y la iluminación desde el coliseo carbayón no está preparada ni diseñada para ser televisada (si además está reciente la retransmisión del Così de Haneke en La2, sobra el resto de comentario). Así que este «Don Juan» además de no enamorar tampoco le vimos mucho y escucharlo ¡sólo a medias!. Seguir agradeciendo el esfuerzo por acercar gratis la ópera, lo que no disculpa la poca calidad de emisión y realización.

De lo vivido, casi intuido, en Mieres en esta segunda función del último título de la temporada, me quedo con un Simón Orfila que nos dejó un Leporello de lujo, por lo que de haber cantado el Don Giovanni el resultado global hubiera sido más alto, y la Donna Elvira de Virginia Tola.

Todas las obras de Mozart resultan engañosas por su aparente facilidad pero siempre muy exigentes, probablemente las «óperas italianas» aún más, y encontrar repartos equilibrados no es fácil, no digamos en estos tiempos de crisis y cancelaciones varias, por lo que el resto de voces de este Giovanni resultó equilibrado y mejorable (aunque ya sabemos lo que cambia de estar cerca del micrófono o no), muy distinto del directo pero reconocible y similar a lo que se vivió el día de la primera función por lo leído en prensa y webs.

Del resto y sin entrar a fondo por lo apuntado de microfonía, muy creíbles Masetto (Davide Bartolucci) y Zerlina (Maren Favela), contenida Mª José Moreno como Donna Anna, esperanzador Antonio Lozano como Don Ottavio, desigual el protagonista donjuanesco Rodion Pogossov y convincente el Comendador Orlov, el único que repetirá para el reparto joven junto a la pareja Zerlina-Masetto de este viernes 31 al que espero asistir (tengo sacada entrada en Principal de 42€ hace tiempo, aunque seguro que las regalarán). La Oviedo Filarmonía se escuchó desigual, con el continuo perfecto de mi admirado Aarón Zapico cuya colocación de microfonía dio volúmenes impensables en vivo superiores a la propia orquesta. Bien en el escenario los músicos de la cena-baile finales.

Sobre la dirección musical de Albiach quejarme de un primer acto donde los tempi vivos fueron algo excesivos llevando las voces casi siempre a remolque, «relajándose» algo más en el segundo acto, aunque no demasiado concertador: sin respirar con los personajes ni ayudarles nunca. El coro que dirige Patxi Aizpiri siempre seguro independiente del protagonismo encomendado, por lo que debemos felicitarles otra temporada más.

De esta producción propia (en colaboración con el Teatro de Magdeburg) no puede hablarse de puesta en escena: pobre, limitada a los recurrentes prismas (que acabarán siendo el equivalente actual al «banco y la verja del siglo pasado») con distintas posiciones, una escalera y la socorrida iluminación que intenta compensar otras carencias, así como la estatua ecuestre («cuestre lo que cuestre» de Les Luthiers, con más cartón que piedra) del Comendador como único «exceso», y vestuario de época conviviendo con alguno más actual en una nueva muestra de la crisis (también creativa) que nos afecta en el terreno lírico, aunque Oviedo presume de capearla.

Este fin de mes mozartiano terminará en vivo y con gente joven, esperanzas o realidades en algún caso, que siempre aprovechan estas oportunidades.

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