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Devia siempre diva

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Sábado 14 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Mariella Devia (soprano), Albert Casals (tenor), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Donizetti, Bizet, Gounod, Massenet, Rossini y Bellini.

Se dice que las mujeres no tienen edad y las divas son eternas. La soprano de la Liguria Mariella Devia, a quien algunas fuentes indican nacida un 12 de abril de 1948, es atemporal. Pocas voces pueden seguir cantando tantos años sin perder nada de sus características (en esto la comparo al irrepetible Alfredo Kraus con quien compartió muchos títulos), una de las reinas del bel canto que volvía tras décadas a Oviedo concitando la misma expectación y llenando un auditorio con público llegado de todas partes. Recital con sus mejores páginas, una orquesta que ha mamado mucho foso lírico y los años van dotando de entendimiento bien asentado, con un Conti siempre atento a su compatriota, más un tenor ya conocido, Albert Casals, que en la capital asturiana hiciese entre otros su Edgardo junto a un concierto extraordinario con la OSPA y los coros de la FPA, de voz valiente, poderosa, habitual de estos repertorios, de timbre propio y característico aunque me siga transmitiendo cierta tensión en los agudos, por otra parte sobrados aunque mejorables en dinámicas, pero buen «partenaire» para La Señora Devia, que este sábado fue la verdadera protagonista.

Las oberturas elegidas para completar el recital, siempre muy subjetivas con algunas de autores que luego escucharíamos arias y dúos, fueron bien llevadas por un Conti con oficio al frente de su OFil, plantilla apta para la ocasión con algunos jóvenes aprendiendo el duro oficio de músico en orquesta, aunque solo tres contrabajos que, como suele pasar demasiadas veces al no reforzarse, deben compensar volúmenes y conseguir el siempre necesario sustento en los graves.
Aseadas las oberturas de Donizetti (La hija del regimiento y sobre todo Roberto Devereux con el himno británico bien delineado, finalizando la segunda parte), decidido Rossini (Tancredi) siempre con marca propia que permite disfrutar a los músicos y público, jugoso además de en su punto, como las recetas del cisne de Pésaro.

Las arias francesas mayormente en la primera parte fueron sacando a escena a «La Devia«, sacerdotisa Leila de «Los pescadores de perlas» (Bizet) con una orquesta siempre en segundo plano incluyendo unas trompas aterciopeladas en su Comme autrefois, Manon de Massenet con Adieu, notre petite table, y sobre todo una magistral Julieta sin Romeo (Albert sin Julieta cantó anteriormente su aria Ah! lève-toi soleil) donde el Je veux vivre de Gounod mostró el magisterio de la italiana en técnica, emisión, dulzura, control del fiato, matices y todo lo que queramos añadir, antes del esperado dúo Lucia, perdona -de la escena quinta del primer acto- con un buen Edgardo Casals, potente, nada contenido y convencido para una ¿despistada? Lucía di Devia calando medio tono una frase completa avanzado el dúo, con cierto asombro incluso de Conti y la orquesta intentando reconducirla a la corrección desde unos pianissimi mayores de lo esperado, aunque remontase en el siguiente Da Capo. Buen empaste de ambas voces, el dúo claro y dibujado hasta en las respiraciones, más un excelente acompañamiento orquestal rico en matices y cambios de tempo, con especiales y destacadas intervenciones de arpa, flauta y fagot que recogieron los múltiples aplausos del respetable.

El descanso vino bien para volver con los platos fuertes, Donizetti y BelliniAl dolce guidami («Anna Bolena») pletórico en cada pasaje, agilidades, coloratura, limpieza, emisión, fluyendo una voz inigualable por encima de una orquesta y director plegados a la diva, pero sobre todo la irrepetible, magistral, emocionante «Norma» con Casta diva cantada casi al completo (pese a los «esperados» aplausos rompiendo todo el aria) que Devia cantó con el poso de los años cual Gran Reserva, totalmente metida en el rol, sintiéndolo y transmitiéndolo, respigándome como pocas veces en señal inequívoca de estar escuchando historia viva de la ópera y saboreando un caldo al alcance de pocos paladares.

La parte bufa de Donizetti vino de «L’elisir d’amore«, la conocida aria Una furtiva lagrima que Albert Casals interpretó un Nemorino más valiente que tímido, precisamente por lo antes apuntado del agudo, y el dúo Una parola, o Adina donde La Devia demostró la capacidad emocional para pasar de la tragedia al drama en tan poco tiempo, generosa y simpática, atemporal jovencita enamorando a todos.

Dos propinas bien distintas: «La tabernera del puerto» de Sorozábal para Leandro Casals No puede ser bravío más que sentido, y Mussetta Devia con el bellísimo vals Quando men vo que Puccini escribió en contraposición a Mimì de «La Bohème«, donde el maestro Conti llevó a la OFil totalmente de la mano al servicio de «La Diva Devia» que no pudo acabar mejor esta lección de belleza al canto.

Equilibrio entre emociones

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Martes 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera: La Bohème (Puccini), segunda función. Entrada último minuto: 15 €. Fotos ©ÓperaOviedo.
Cierro temporada de ópera ovetense con el título más representado en la capital y al que más veces he asistido, ojeando el historial desde mi primera allá por 1972 habré faltado un par y mi recuerdo especial para la de 1975 con Mirella Freni y Jaime Aragall, guardando una foto dedicada de la italiana (que dejo abajo) y mi admiración total hacia la voz de tenor más bella de la lírica mundial tras haberla vivido entre bastidores donde me llevó un profesor de la entonces Orquesta «Muñiz Toca» reforzada con la de Bilbao, con quien compartíamos repartos de Arturo Barosi. La de 1978 con Jeannette Pilou tampoco estuvo mal pero triunfó como «otra» Lucía. Y de la 1990 ya abonado a la segunda función donde Luis Lima «cascó» siendo sustituido por un Antonio Ordoñez al que conocí en nuestros años de tunos. Mi última Bohème en Las Palmas me hizo pensar lo bien que hubiera estado nuestra Beatriz Díaz en este reparto ovetense en un papel que canta como nadie hoy en día.

Esta última -de momento- traía de nuevo la producción de Emilio Sagi y Julio Galán con una leve actualización de época y vestuario (de Pepa Ojanguren) pero igualmente bella, especialmente el segundo acto que puede resumir lo que fue esta función: emociones de menos a más con un elenco equilibrado donde sin brillar especialmente nadie, lograron un resultado más que aseado.

El «cuarteto» protagonista lo encabezaba Erika Grimaldi como Mimì, solvente aunque algo brusca en finales de frase puntuales, pero de color ideal en todo el registro, incluso con grave ancho y presente, y dando un perfil más alejado de la inocencia o ternura pero cercano a la mujer de los años 70 que comenzó a mandar y ejercer. Sus intervenciones tuvieron detalles relevantes, impresionándome el dúo del tercer acto con Marcello por dramatismo. Lástima que el color de Musetta fuese «similar» y perdiésemos la riqueza de un Puccini que escribe como nadie para la voz femenina, y las arias de Mimì son un catálogo de emociones que esta vez no llegaron a ponerme la piel de gallina.
El Rodolfo de Giorgio Berrugi me pareció adecuado, de agudos desiguales tirando por momentos a metálico en los fuertes y echando de menos mayor gama dinámica, con unos piani exigentes que no escuchamos, pero convenció y creció a lo largo de la obra, especialmente tras el descanso.
Carmen Romeu afrontó una Musetta algo exagerada de volúmenes como buscando redondear el perfil del personaje visto desde la «óptica Sagi», lo que le valió algún que otro desliz en el agudo de su aria Quando me’n vo’  del segundo acto, así como un color demasiado parecido a Mimì. Al menos su cuarto acto contenido por argumento y voz sirvió para equilibrar su aparición. Damiano Salerno completó como Marcello el cuarto protagonista de este drama, con presencia y elegancia en su línea de canto, más amplia en expresión que sus tres compañeros.

Para encontrar ese equilibrio ayudaron y bien el Schaunard de Manel Esteve, un convincente y poderoso Andrea Mastroni como Colline (lástima el aria del último acto algo desafinada) y Miguel Sola en un Benoit y Alcindoro sobrio. No desmerecieron Pedro José González (Parpignol), José Lauro Ranilla y Javier Ruiz (sargento y aduanero) así como Gonzalo Quirós (vendedor), papeles breves pero necesariamente seguros para mantener el nivel global.

Destacable el coro de niños de la Escuela de Música Divertimento (que dirige Ana María Peinado) por escena y canto, presentes, seguros, disciplinados y verdadero color en un segundo acto realmente complejo por el movimiento tanto figurante como musical. Otro tanto del Coro de la Ópera dirigido aún por Enrique Rueda, un título que muchos de sus componentes ya han cantado y les da seguridad total incluso fuera de escena, y mejor las voces blancas que las graves. No hubo que lamentar ningún desequilibrio, lo que en este título «bohemio» siempre se agradece, esperando la nueva etapa con Elena Mitresvska. El amplio cuadro de figurantes ayudaron a redondear un impresionante segundo acto que fue el punto álgido de esta ópera.

Por fin puedo aplaudir el trabajo global del maestro Marzio Conti, titular al frente de una Oviedo Filarmonía que sacó de la partitura de Puccini toda la amplísima gama tímbrica y dinámica, sin caer en los denostados contrastes mal entendidos de pianos-lentos frente a fuertes-rápidos. Verdadero creador de ambientes, la orquesta sonó donde debía en todas sus secciones (impecable el arpa), con unos pianísimos de cortar el aire y unos fuertes sin estridencias, con un Conti atento a las voces que mimó en todas las intervenciones y ayudó a esta Bohème equilibrada y emocionante como siempre es de esperar, notando un trabajo minucioso.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada de la que habrá mucho que hablar y escribir. Me quedo con ganas de escuchar el segundo reparto que me coincide el viernes con la OSPA, pero aplaudo mantener estos «viernes de ópera» para dar la oportunidad de que los cover salgan a escena tras haber trabajado tanto como sus compañeros, y siempre ahí para subsanar bajas de última hora tan tristemente frecuentes en muchos escenarios, así como la proyección de la última función que resonará en Oviedo y otros puntos de Asturias, llevando la ópera a todos los públicos.

Me conformaré con escuchar los comentarios y leer las críticas, aunque Bohème nunca defrauda.

Amores desgarrados

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Martes 15 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. DonizettiM. Salvi). Segunda función. Entrada última hora: 15 €. Fotos: ©Ópera de Oviedo salvo las indicadas como ©pablosiana.

Tras esperar 128 años este martes tocaba volver a la segunda representación de esta ópera de Donizetti que mantiene mi opinión del «reestreno» con las matizaciones y el tiempo de poder reposar todo lo escuchado, con la magia de un espectáculo irrepetible siempre, exigente cada día, redescubriendo detalles como toda segunda lectura, esta vez desde principal, cortada la visión superior del escenario pero con monitores por si se querían seguir igualmente los sobretítulos, aunque la dicción en italiano por parte del reparto hacía fácil seguirla.

Esta vez pude paladear más a Donizetti que a su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro aunque se aprecian los «añadidos», especialmente en la línea de canto y en la orquestación, algo más «académica» y menos rica que la autógrafa, pero volvió a sonar belcanto con un reparto ya rodado tras la función del domingo.
La obra tiene momentos hermosos con otros donde decae un poco, sobre todo los recitativos antes de las arias escritas para todos y cada uno aunque ninguna «especial» para la soprano en el sentido donizzetiano, por otra parte con un protagonismo exigente y duro, más dúos o tríos combinando las voces del «quinteto» con Daniele el maestro cervecero, sumando unos concertantes donde los cantantes solistas mantuvieron casi todos la presencia dentro de la sonoridad por momentos majestuosa.

El Coro de la Ópera estuvo algo retrasado por momentos y puede que mermado en efectivos, especialmente masculinos, para una obra donde su coprotagonismo es claro. En el primer acto puede que la colocación no favoreciese un mayor volumen, al igual que en la salida desde atrás en «pianísimo» no necesario porque al acercarse ya se produce el efecto deseado de «crescendo». Hay mucho que cantar pero volvió a mantener el tipo, especialmente los cantos fuera de escena e incluso las intervervenciones  «a capella» que con algún despiste puntual de afinación, también arroparon a los solistas, completando una segunda función más que digna pese al poco tiempo con el que Enrique Rueda ha estado trabajando. Supongo que la inestabilidad e incertidumbre no es compatible con la confianza al cantar.
La OFil volvió a sonar bien en el foso, normalmente contenida en volúmenes desde la dirección de Roberto Tolomelli, siempre pendiente del escenario, con mínimos «desajustes» en el cuarteto de trompas tan característico de Donizetti o el dúo de viola «destemplada» con Amelia d’Egmont, puntuales desvíos para un trazo de línea fina, cuidando tiempos aunque los acelerando arrastrasen por momentos al coro o al propio Duque en su solo del tercer acto.

De todo el elenco prima el trío protagonista formado por Amelia, Marcel y el Duque de Alba, sin olvidar al citado Daniele, y con menos intervenciones pero exigentes como al resto, Sandoval y Carlo, incluso el tabernero de Ricardo Domínguez, uno de componentes del coro, en una trama donde podemos comprender la evolución de los personajes, siempre con el amor en sus multiples variantes y enfoques, con los malos no del todo y los buenos tampoco… La música empuja el destino de cada uno de ellos y el de Bérgamo supo escribir para las voces como pocos, de ahí la vigencia de esta obra aparcada tanto tiempo puede que sumando complejidades para cantantes y desigual escritura no solo del alumno.

José Bros volvió a triunfar con este Marcel de Brujas, pletórico, entregado, cantando como en él es habitual a pesar de ciertos «tics nasalizantes» que acaban siendo seña de identidad, de nuevo con un papel muy adecuado a su voz, gustándome mucho el dúo del segundo acto con Amelia añadiendo la dificultad de cantarlo tumbados y revolcándose como dos enamorados, más incluso que en la conocida aria Angelo casto e bel del último acto, aplaudida igual que el domingo aunque personalmente me gustase más el primer día. Igualmente acertado el dúo con El Duque del primer acto, jugando ambos con los dos planos en escena, y nuevo triunfo del tenor catalán, muy querido en Oviedo desde hace muchos años por su entrega total, arriesgando también con papeles como este nuevo donizzetiano.

La jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984) demostró de nuevo la proyección que le espera aunque me encandiló un poco menos que el domingo. Amelia d’Egmont tiene muchas dificultades no ya por su evolución de enamorada a desengañada, que no logró del todo en cuanto a color, sino por unos graves que requieren volumen y uniformidad tímbrica, algo que una soprano lírica no alcanza en sus inicios como los de esta debutante soprano, papel exigente en los concertantes donde sí brilló por encima de sus compañeros, pese a un ligerísimo «calado» en el potente final, empastes difíciles como el dúo con Danielle del segundo acto y el comentado dúo de amor con Marcel, lo mejor de esta segunda función. El aria del tercer acto no tiene el poderío hipnótico de otras heroínas del propio Donizetti, puede que temiendo un «belcanto» demasiado preciosista, pero «la Katzarava» lo defendió con seguridad, arrancando el merecido aplauso tras finalizarla. Tomemos nota por lo apuntado de la primera, color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo excelente presencia escénica.

El Duque de Alba del barítono Ángel Ódena sigue sin convencerme, pletórico de potencia y mejorando en cada acto abusa de un vibrato que afea la emisión, sigue siendo expresivo pero incluso en los momentos más «íntimos» como el dúo con Marcel mantiene este recurso, por otra parte personal, volviendo a reconocerle un papel grande en escena y defendido con profesionalidad en cada aparición, especialmente en el tercer acto y el desenlace del cuarto, despidiéndose de los belgas casi a grito pelado más allá del desgarro.

Mejor el bajo asturiano Miguel Ángel Zapater que dibuja un Daniele templado, capaz de transmitir heroicidad en su primera aparición del acto inicial, complicidad con Amelia en el segundo y decisión en el conjunto final donde su color brilló en el agudo, más cercano a un barítono, sin desmerecer unos graves que Donizetti no exagera nunca.

El Sandoval del barítono Felipe Bou mantuvo el nivel global aunque en el trío con Marcel y el Duque perdiésemos su presencia, solo recuperada en el silencio orquestal. Bien el Carlo del tenor Josep Fadó, breves intervenciones pero seguras en un «secundario» que no puede perder el equilibrio necesario dentro de un reparto de calidad diríamos que completamente hispano.

Dejo para el final la producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una dirección de escena muy lograda de Carlos Wagner, la escenografía de Alfons Flores, el vestuario de A. F. Vandevorst o la iluminación, tétrica por argumento pero con los toques apropiados para realzar de Fabrice Kebour, todo con lo que en esta segunda función pude recrearme.
Desde la obertura con telón bajado y vídeo premonitorio de una Virgen que se hará pedazos, la misma sobre la que se postrará el Duque en el tercer acto, al lado de una mesa de billar, los soldados gigantes que se irán cambiando de posición en el resto (solo «ausentes» en el segundo acto de la cervecería) para con las luces adquirir transparencia o poderío, opresión frente a revolución, sombra omnipresente y especialmente los dos planos en escena que sirven para diferenciar vencedores y vencidos, también calle sobre el sótano de la fábrica donde se ocultan los insurgentes, y hasta pasarela al barco que llevará al Duque a Portugal.

Detalles como los cadáveres que llenan la primera escena, cubriéndolos con sábanas blancas, entre ellos Egmont, sábanas que en el tercer acto se vuelven vendas, las sombras con los ahorcados en la plaza de Bruselas proyectadas sobre el trío gigantesco dando sombra al trío masculino, los aviones sobrevolando, las cruces del último acto con las velas bien ubicadas, la aparición cual trono de semana santa del Duque antes de dar el relevo de mando generacional, y ese final de belgas decapitados puede que por Magritte antes de la oscuridad total, todo para una ambientación fuera de época que no molesta en ninguno de los cuatro actos, sumando un vestuario que me gustó por ese aire de «novecento» para el pueblo, los soldados algo más peliculeros, aunque sin entender el luto blanco de la heroína, con pantalón y calzas del siglo de oro, descalza con vestido túnica para el dúo amoroso. Me encantó el segundo acto por el juego que da la cebada, malta o lúpulo de la cervecería, brindis de ambrosía belga donde los españoles beben sin pagar, casi playa donde el castillo de arena es tumba y posterior cama de regocijo, y montaña para esconder unas armas que son necesarias para toda invasión.

Las críticas de la primera función las dejo al final, dando la razón a Aurelio M. Seco (en su Web) en cuanto a estrenar obras de autores españoles en vez de recuperar este Donizetti inacabado que dormía en el limbo de los justos de nuestra historia lírica, pero reconozcamos que poder disfrutarla en vivo precisamente en Oviedo, con ser una apuesta arriesgada, nos permitirá poder contar la experiencia. Cinco títulos para todos los gustos es como elegir el once ideal de la selección porque todos llevamos un entrenador dentro, pero al final lo que queremos es ver ganar y sobre todo que den buen espectáculo, y hasta ahora estamos en los puestos punteros, a pesar de todo lo que llevamos pasado. El futuro está por escribirse…

Un buen Duque de Alba

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Domingo 13 de diciembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXVIII Temporada de Ópera de Oviedo: Il Duca d’Alba (G. DonizettiM. Salvi). 19:00 horas. Primera función. Entrada: 15 €.

Tras 128 años volvía esta ópera de Donizetti con todo el esplendor de su lenguaje bien entendido por su discípulo Mateo Salvi que supo continuar y completar la obra del maestro para seguir sonando a puro belcanto con un reparto más que digno donde brilló la jovencísima Maria Katzarava (Ciudad de México, 1984), el Coro de la Ópera manteniendo su excelente nivel con Enrique Rueda sustituyendo de manera provisional al defenestrado Patxi Aizpiri, y una producción de la Opera ballet Vlaanderen, con una puesta en escena de Carlos Wagner que no molesta nunca en los cuatro actos, con momentos logrados, un vestuario excelente aunque sin aportar más que un intento de actualizar algo que es historia de España, y una buena dirección de Roberto Tolomelli al frente de una OFil siempre competente en el foso.

De la obra comentar que es Donizetti en estado puro con todo el drama hecho música lleno de arias hermosas para el trío protagonista, dúos, concertantes y un peso del coro tanto en escena como fuera de ella que en algún momento quedó corto exigiéndoles más volumen del necesario para compensar, pero siempre con acierto. Instrumentaciones que recuerdan su Lucía -hoy su onomástica- o Roberto, y un cuidado en la escritura vocal donde cada papel tiene su protagonismo escénico, por algo se le considera al de Bérgamo como el padre de la ópera romántica.
Amelia d’Egmont es una típica heroína operística con muchas dificultades para una soprano lírica porque requiere un buen registro grave además de todo el agudo belcantístico, y la debutante soprano mejicana Katzarava resultó perfecta para el rol, de color hermoso, emisión clara, amplia gama de matices y sobre todo un presencia escénica que eclipsó al resto del reparto. Habrá que seguir a «la Katzarava» desde ahora porque tiene mucha carrera por delante.

De sus compañeros, José Bros nos dejó un buen Marcel de Brujas, papel muy válido para su voz, más allá de la conocida aria Angelo casto e bel, aunque el color tienda a nasalizar por momentos para mejorar la emisión, lo que no quita un resultado global más que aceptable, bien en los dúos y concertantes, entregado al personaje con todo el dramatismo que tan bien sabe transmitir el tenor catalán, muy querido en Oviedo. El barítono Ángel Ódena está en un momento pletórico y mejorando con el tiempo aunque no me gusta su vibrato más allá de lo expresivo, pero reconozco que El duque de Alba es un papel grande en escena y lo defendió con solvencia, caracterizado para la ocasión como un actor de película.
Cumplieron mejor que en anteriores títulos el barítono Felipe Bou como Sandoval y el bajo Miguel Ángel Zapater como Daniele, aunque siga echando en falta la redondez de antaño. Bien las breves intervenciones del Carlo de Josep Fadó y el tabernero de Ricardo Domínguez.
La OFil sonó bien desde la obertura, bien controlada por un Tolomelli con quien los cantantes no tuvieron problemas ni por velocidad ni por dinámica.

Intentaré repetir el martes este cuarto título de la temporada, porque la obra bien lo merece y la música siempre triunfa, más con un reparto equilibrado para lo exigente de este Duque de Alba, independientemente de las licencias del argumento, a los españoles nunca nos dio miedo…

Bodas sin resaca

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Martes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo, LXVIII Temporada Ópera: Le Nozze di Figaro, KV. 492 (Mozart), Segunda función. Entrada Principal: 106 € + 1€ gestión.
En el meridiano de la temporada de ópera asturiana llegaba el no siempre habitual Mozart al coliseo carbayón con un reparto mayoritariamente español, hoy en día en línea con el mundial, para unas «Bodas» siempre llenas de vitalidad y humor e incluso sátira donde no falta la crítica aplicable a cualquier tiempo, burlas y engaños, lucha de clases e incluso ruptura de moldes a lo largo de arias y dúos conocidos y reconocibles, concertantes llenos de magia, maravillas de la escritura vocal que son siempre un placer escuchar en vivo.

La producción de la Opera Vlaanderen por la que no pasan los años, es agradable y resultona en los cuatro actos discurriendo en una especie de invernadero con trabajada y cuidada perspectiva que va destruyéndose según avanza esta jornada de locura, con la nobleza que se acerca al fondo engrandeciéndose cual Alicia en el país de las maravillas en un inteligente guiño escénico por parte de Guy Joosten, con iluminación cuidada (Jan Vereecken) y un vestuario en tonos pasteles para los ricos contrapuesto al negro e incluso el azul mahón para la clase trabajadora diseñado por Karin Seydtle. El primer acto de una sensación de pobreza unida a suciedad con los colchones manchados y la ropa tendida, para ir convirtiéndose en estancia palaciega, biombo y muebles bien elegidos, estancias venidas a menos como la propia nobleza, hasta el bosque final con aire catastrófico como de día después…

En el foso la OSPA de nuevo con Benjamin Bayl, al clave y dirección, imprimiéndole a toda la ópera un aire ligero, por momentos vertiginoso (personalmente me gusta más reposado), difícil de seguir para algunos cantantes, desde la deliciosa obertura que marcó la tendencia general: una orquesta cercana a la escena, delicada por momentos cual «guitarrino» y enérgica sin apoderar cuando así lo requiere la partitura, cuerda algo «seca» buscando más un preclasicismo seguidor del barroco a la moda que presencia tímbrica revolucionaria, puesta por una madera verdaderamente delicada y camerística, metales discretos y acertados en volumen, más una percusión siempre ajustada. Los recitativos, casi hablados, tuvieron el continuo del maestro australiano a veces reforzado por un cello preciosista amoldado al clave.

Sin descanso visual ni auditivo, la acción es trepidante toda la obra, apenas hay respiro o arias estáticas, abundante figuración además del Coro de la ópera, siempre afinado y seguro, más exigencias que por momentos parecieron pedir a todos, cantantes incluidos, un extra de estado físico además del propio y necesario de cantar bien.

Del elenco iré destacando en orden de calidad y gusto siempre personal: el Conde asturiano David Menéndez, al que he visto crecer desde sus inicios, hoy en día en un momento ideal (lleva con nosotros desde finales de octubre) con pleno dominio escénico y vocal, convincente, lleno de gusto y un acierto tenerlo como Almaviva mozartiano. La guipuzcoana Ainhoa Garmendia fue una Susana protagonista en todo momento, por papel y presencia, segura y brillante, asentada en los mejores elencos que no defraudó en ningún acto. Cherubino es el caramelo de toda mezzo y la rumana Roxana Constantinescu unió su juventud vocal con la exigencia del papel adolescente juguetón no exento de momentos deliciosos (Voi che sapete) además de cómicos, cautivando al respetable. La Condesa Amanda Majeski (sustituyendo a la inicialmente prevista Ainhoa Arteta) no desentonó aunque el papel pareció contagiarle cierta frialdad, pero solvente y segura en todas sus intervenciones (el aria Porgi amor emocionante y empastada el dúo de la canzonetta). Las mal llamadas voces secundarias, más por lo breve que por las dificultades siempre olvidadas tras la aparente sencillez del genio de Salzburgo, son necesariamente delicadas por lo exigentes, buscando una uniformidad de calidad para todo el reparto, destacando especialmente tres cantantes de grandísima comicidad, muy inspirados en esta función: la Marcellina de la soprano catalana Begoña Alberdi, con amplio registro lírico y escénico, el Don Curzio del cordobés Pablo García-López, un tenor mozartiano en pleno crecimiento, y el Antonio del bajo-barítono Ricardo Seguel, de jardinero casi histriónico y contagioso intentando entrar por la puerta con macetas y regadera, así como la breve Barbarina cantada por la soprano canaria Elisandra Melián realmente deliciosa (L’ho perduta), completando un elenco español más que digno.

Un escalón por detrás, aunque dentro de una media más que decente de voces españolas, el Fígaro protagonista del barcelonés Joan Martín-Royo, poco volumen para un barítono trabajador pero poco convincente en cuerpo, color delgado con mucho que cantar y por ello algo desigual, compensado con una escena muy estudiada y aprendida. Algo parecido me sucedió con el Basilio del tenor donostiarra Jon Plazaola, pareja con el cordobés en un claro recuerdo de «Hernández y Fernández«, algo corto de emisión que en los concertantes tampoco lució, y el Bartolo del bajo catalán Felipe Bou, quien no parece atravesar buena racha, al menos en las veces que le he escuchado, perdiendo aquella prestancia de color y profundidad que me maravillaba en sus inicios.

Como balance me hubiese gustado mayor diferenciación de colores en las voces iguales, pues así las entendía Mozart, pues «confrontar» sopranos o tenores puede llevar a la conclusión de igualarlas tanto en timbre buscando homogeneidad, más que empaste, que perdamos el carácter dramático en el amplio sentido de la palabra, poder diferenciar vocalmente dos clases sociales o dos formas de entender la vida y a fin de cuentas el propio canto. Es la parte complicada de un elenco que en líneas generales resultó bastante equilibrado, junto con el coro. Hubo muchos más detalles a destacar como montar a la vista el tercer acto, los dos telones dibujados uno con la perspectiva y el otro con las puertas, colocando las voces en el borde, y una acústica con la caja del decorado tan buena que incluso colocando los cantantes de espaldas al público (una idea genial de meternos en la escena) proyectaba su voz sin perder calidad ni volumen, por otra parte no siempre adecuado a pesar del mimo orquestal con el que el Maestro Bayl llevó en volandas a todos los músicos con buen entendimiento mutuo como en él es habitual.

Ficha:
El Conde de Almaviva: David Menéndez; La Condesa de Almaviva: Amanda Majeski; Susanna: Ainhoa Garmendia; Figaro: Joan Martín-Royo; Cherubino: Roxana Constantinescu; Marcellina: Begoña Alberdi;  Doctor Bartolo: Felipe Bou; Don Basilio: Jon Plazaola; Don Curzio: Pablo García- López; Barbarina: Elisandra Melián; Antonio: Ricardo Seguel.
Dirección musical: Benjamin Bayl;  Dirección de escena y diseño de vestuario: Guy Joosten; Diseño de escenografía: Johannes Leiacker; Diseño de iluminación: Jan Vereecken; Dirección del coro: Patxi Aizpiri;  Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias;
Coro de la Ópera de Oviedo.

Mozart es imposible que defraude, y estas bodas no dejaron resaca a pesar del ajetreo, así que no está mal seguir contando con él en la ópera ovetense, porque repertorio tiene para seguir disfrutando de su magia. Las localidades de última hora a 15 € están llenando los pocos huecos que quedan para algunas representaciones, todo un acierto en línea con las grandes temporadas.
De las charlas previas a cargo de Patxi Poncela otro positivo en el haber de la Asociación y Fundación Ópera de Oviedo, veinte minutos agradables de compartir humor y conocimiento como debe ser en un comunicador nato caso del gijonés. Y a seguir sumando con los libretos a un precio de 5 € con altísima calidad en todos los aspectos para ir completando una bibliografía que el tiempo convertirá en radiografía de esta señera temporada lírica española.
Por delante esperan El Duque de Alba (Donizetti) y La Bohème (Puccini), un estreno junto a un imprescindible en una programación donde se aúnan riesgo y continuidad ganando público (continuarán también las proyecciones en distintas localidades asturianas este jueves 19) que encuentra en la ópera el espectáculo total más allá de figuras puntuales, con un directo siempre irrepetible, esperando sigan contando con tantas voces españolas que no defraudan y triunfan fuera.

P. D.: Críticas de la primera función en el blog «Tribulaciones» de Aurelio Seco y «OperaWorld» de Alejandro G. Villalibre.

Distintos reportajes en la prensa regional:

Solidaridad con voces de lujo

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Sábado 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Gala lírica de ópera y zarzuela a beneficio de «Kiva Mirando a India«. Beatriz Díaz (soprano), Jessica Pratt (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Alejandro Roy (tenor), Oviedo Filarmonía, Julio César Picos (director). Obras de Verdi, Donizetti, Giordano, Cilea, Giménez, Moreno Torroba, Penella. Entrada: 23 €.

Cuarteto vocal de lujo para una gala solidaria donde también estuvo muy presente París, encabezada por el barítono onubense afincado en Madrid, que lidera la asociación «Kiva Mirando a India» dedicada a escolarizar niños en Belagola (estado de Karnataka) y con pase previo de un vídeo donde aparece parte de este proyecto.

Verdi es el gran renovador de la ópera y ocupó gran parte de esta velada solidaria, primero La traviata desde la obertura que sonó ideal con la Oviedo Filarmonía hoy dirigida por un conocedor del género como el maestro gijonés Picos, pasando por el «Sempre libera» de la soprano inglesa afincada en Australia Jessica Pratt pletórica en volumen y agilidades aunque una Violeta algo fría en este inicio, contestada fuera de escena por un Alfredo que sabíamos era el asturiano Alejandro Roy, antes del Giorgio Germont hoy en día sinónimo de Juan Jesús Rodríguez, impresionante en todos los aspectos ese «Di Provenza», y en un momento álgido que esperemos mantenga, antes de la llegada de nuestra Beatriz Díaz encarnando la Violeta enferma (avisaron de su catarro pero nadie lo diría) en el dúo «Madamigella Valery» con el «suegro», ideal de contrastes, musicalidad y juego de roles, bastón, carta y silla incluidos que nos metieron de lleno en la escena con un rol que la asturiana debutaba con sobresaliente. La otra ópera elegida nada menos que Otello donde Alejandro Roy cantó el «Dio mi potevi» asombrando en toda la gama vocal y dramática bien arropado por la orquesta, un tenor capaz de afrontar todo el amplio registro sin perder proyección, totalmente imbuido del personaje, continuando con el dúo «Talor vedeste in mano» que el Yago del andaluz mejoró al del Campoamor, par de voces empastadas y pletóricas en estos momentos de sus carreras, lamentando no tener más en Asturias a un elenco de casa que debe triunfar fuera. Como premonitorio de ésto la obertura de La forza del destino que abría la segunda parte y nos despedía de Verdi con la orquesta de la capital experta en foso y dominadora de este repertorio al igual que su director, algo mermada en efectivos pero compensado por la entrega de sus integrantes.
Si «Traviata» forma parte de mi mochila operística, puede que el grueso de ella sea Lucia di Lammermoor de Donizetti, tanto en vivo como en grabaciones, y Jessica Pratt no defraudó ni en «Regnaba nel silenzio» con todas las endiabladas agilidades, matices, registros extremos y toda la pirotecnia desplegada en la partitura, como tampoco en el dúo «Apressati Lucia… Sofriva nel pianto» que Enrico Juan Jesús Rodríguez completó y equilibró en emociones musicales, nuevamente rotundo y convincente.

Llegarían las arias de los asturianos, Alejandro Roy con «Colpito qui m’avete» de Andrea Chenier (Giordano) defendido con pasión y dominio escénico para un rol que le va como anillo al dedo, y Beatriz Díaz en «Ecco: respiro appena… Io son l’umile ancella…» de Adriana Lecouvreur (Cilea) verdaderamente increíble, sentido, con esa línea de canto tan bien dibujada, matices increíbles sin perder proyección pese a una orquesta detrás y no en el foso, pero especialmente un color inimitable y personal que delinea cada personaje de forma magistral.

La lírica aúna ópera y zarzuela porque exigentes son ambas e incluso más la española despojada de complejos cuando tiene calidad e intérpretes. El conocido intermedio de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) hizo de puente para disfrutar nuevamente de la OFil, cómoda en el repertorio y aire elegido por Picos, cuadro bailable que preparaba dos joyas, la romanza de Vidal «Luché la fe por el triunfo» de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) que Juan Jesús Rodríguez canta como nadie, y hay grandes intérpretes a lo largo de la historia,

más el dúo asturiano de El Gato Montés (Penella), Roy y Díaz como Rafaelillo y Soleá arrancando el «ooole» del respetable del pasodoble más universal «Torero quiero ser», y enamorando como la primera vez, pareja perfecta e idónea de tenor-soprano, ambos de casa, calidad más que contrastada, química y física musicales levantando al público que premió con merecidísimos aplausos este cierre de velada con dos asturianos universales a los que apenas podemos disfrutar en su tierra (de hecho Beatriz Díaz parte este domingo a Taiwán para el Carmina Burana de La Fura dels Baus).

Aún quedaban dos propinas de lujo, el dúo del barítono de Cartaya y la soprano de Bóo en La del manojo de rosas (Pablo Sorozábal) «hace tiempo que vengo al taller» renombrando la zarzuela en ópera española por todo lo que disfrutamos, y un aria en solitario de la británica, nada menos que «O luce di quest’anima» de Linda di Chamounix (Donizetti) en la línea de las grandes voces belcantistas, bien acompañada por una OFil siempre presente (por momentos demasiado) con Julio César Picos al frente cerrando un concierto de vértigo por la dificultad en concertar tantas y difíciles partituras en un esfuerzo digno de grandes batutas.

P. D.: Reseña en LNE del domingo 15.

Mozart nun tris

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Martes 3 de noviembre, 11:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Casa de la Cultura, Mieres. Producciones Nun Tris: Los amorinos de Bastián y Bastiana (Mozart). Vanessa del Riego (soprano), Cristóbal Blanco (tenor), Antón Caamaño (bajo), Mario Álvarez Blanco (piano). Supervisión musical: Elena Pérez Herrero; escenografía: Pablo Maojo; ayudante de dirección: Inma Rodríguez. Dirección escénica y versión en asturianu: Antón Caamaño.

Esta mañana de noviembre nos fuimos con el alumnado del IES «El Batán» a escuchar una ópera de Mozart traducida al asturiano, dentro de la «Axenda Didáctica escolar» que patrocina la Consejería de Educación y Cultura desde hace seis años, a través de la Dirección Xeneral de Política Llingüística, aunando en nuestro caso los Departamentos Didácticos de «Llingua asturiana» y «Música«, una actividad muy útil desde todas las áreas que acoge proyectos de lo más variado, decantándonos nosotros por esta dualidad que toca el folk como en otros años,

pero también la «ópera de cámara», pues eso es Bastien und Bastianne, K. 50/46b, un singspiele que no llega a la hora de duración pero no en alemán sino en nuestra lengua autóctona, ya rodada y con artistas de la tierra, en un montaje sencillo, ocurrente, en época trasladada al siglo XIX de la emigración asturiana como «una crítica a los valores de las ciudades, a las que se la identifica con la vanidad, y una apuesta por la sencillez, simbolizada en el mundo rural» (el mismo de gran parte de nuestro alumnado) y con tres personajes siempre actuales desde cualquier óptica, partiendo de elementos tradicionales que evolucionan al paisaje urbano.

Difícil es cantar por la mañana, aún más tener al alumnado atento, pero resultó todo un éxito esta adaptación muy trabajada no ya por la traducción del alemán al asturiano, primera ópera representada en nuestro idioma, a cargo del director escénico y bajo para la ocasión Antón Caamaño, con la supervisión de la mierense Elena Pérez Herrero, que conoce a la perfección obra e intérpretes desde su condición de cantante y profesora de canto.

Con el piano (eléctrico) de Mario Álvarez Blanco, curtido en repertorios operísticos (es maestro repetidor de la Ópera de Oviedo desde hace años), el propio actor profesional Antón Caamaño como Colás más la soprano Vanessa del Riego en Bastiana y el tenor Cristóbal Blanco como Bastián, ambos también componentes del Coro de la Ópera de Oviedo, ayudados por sobretítulos y una iluminación suficiente, siempre ayudados por el personal técnico de la Casa de la Cultura de Mieres, nos hicieron disfrutar de esta joya compuesta por el prodigio de Mozart con 12 años, música a borbotones con el sello inconfundible del genio de Salzburgo y la engañosa facilidad de una partitura exigente para todos, trío cantante y pianista que debe «reducir la orquesta», donde el alumnado pudo escuchar arias, dúos y el trío final junto a los simpáticos diálogos y enredos que algunos creyeron reales como la vida misma en el coloquio entablado al finalizar la representación.

Mi más cordiales felicitaciones al pianista que hubo de tocar a oscuras en muchos momentos, a una Vanessa acatarrada que luchó como los grandes para no cancelar representación, a Cristóbal que se preparó el papel en tiempo récord (al encontrarse el avilesino Pablo Romero en Londres) y por supuesto al mago Antón, verdadero triunfador entre el público por su trabajo antes, durante y después de esos amoríos que enamoraron a todos. Esta agenda nos viene muy bien a todos en nuestro arduo trabajo, esperando sigan apostando los dirigentes por ella. No olviden que es invertir en futuro.

Se libraron de la horca

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Miércoles 14 de octubre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera. Verdi: Nabucco. 3ª función. Entrada última hora: 15 €. Fotos ©facebook Opera Oviedo.
Casi lleno para la tercera, que fue la vencida pero por lo mala que resultó con pocas excepciones, y es que este Nabucco verdiano tiene mucho que cantar, el trío protagonista tiene momentos solos donde la desnudez orquestal deja las voces tan expuestas que podemos comprobar virtudes (pocas) y defectos (muchos), el coro se erige en coprotagonista exigiendo a todas las cuerdas un esfuerzo casi sobrehumano.

Lo mejor de la velada, además del éxito de público, algo a anotar a lo largo de todas las funciones, la Oviedo Filarmonía con el maestro Gianluca Marcianó al frente, una señora orquesta de foso con una dirección que la hizo sonar plenamente italiana, limpia, con intervenciones solistas excepcionales (cello, flauta, oboe…), plena donde debía y acompañante de seda en los momentos vocales, tanto en arias como dúos, concertantes y coros, el segundo pilar donde se asentó y salvó de la horca este título.

Las voces que dirige Patxi Aizpiri son el seguro escénico siempre, con algo de cansancio en las voces masculinas que tuvieron algo de «aire» en los agudos y algo detrás de la orquesta en el segundo acto aunque seguros siempre, incluso fuera de escena (a pesar de la dificultad añadida), con algún pasaje calante rápidamente corregido. El esperado Va pensiero se quedó sólo en aseado pese al mimo con el que el director italiano llevó a la orquesta y el tempo, de hecho fue muy aplaudido pero no lo bisaron como en la segunda, dejando el momento «a capella» como lo mejor de la noche tras la travesía anterior. Un notable para este Coro de la Ópera de Oviedo.

Del elenco protagonista el Nabucco del barítono búlgaro Vladimir Stoyanov irrumpió algo pobre de presencia vocal y casi nos adormece, pero en la segunda parte logró transmitir algo de emoción, musicalidad y elegancia pese a la desigualdad de color en un grave algo forzado. La Abigaille de la soprano rusa Ekaterina Metlova resultó lo mejor, por no decir lo menos malo, del reparto, ya recuperada de su amigdalitis, con una técnica capaz de escucharla siempre en primer plano pero cuya maldad no debe ir pareja a la frialdad, lástima porque es una de las figuras que parece están llamadas a triunfar, pero faltó entrega, puede que contagiada de sus compañeros. No cuidó los finales de frase teniendo «fiato» suficiente, lo que hubiera mejorado la percepción global de su actuación.

La mezzo Alessandra Volpe cumplió como Fenena y mantuvo el tipo en los concertantes, color bien equilibrado con su «hermana», sobrada en el agudo y un grave claro sin perder color, una grata sorpresa.
Los problemas vinieron con el Zaccaria de Mikhail Ryssov, carente de registro grave verdadero, forzándolo y empañando una línea melódica bella pero con sensación de tensión en los agudos en una tesitura algo forzada. Solo al final y dominando el medio (que es lo que le quedaba) se salvó de la horca al darle una impronta de emoción y buen hacer. La Anna de Sara Rossini siempre en números conjuntos, quedó a menudo tapada en sus intervenciones por sus compañeros, y el Abdallo del tenor avilesino Jorge Rodríguez Norton breve y justo de presencia.

Trabajo me costó reconocer al ovetense y querido Miguel Ángel Zapater como el Gran Sacerdote de Baal, voz opaca y sin potencia, puede que por algún problema de salud pues conozco su trayectoria y no es lo habitual en él, carente de la rotundez a la que nos tiene acostumbrados su voz de bajo, esta vez debajo del resto y por momentos imperceptible.
El desastre lo trajo un Ismaele que no enamoró a Abigaille, pues el toledano Sergio Escobar, posee un color poco agradecido y técnica escasa que intenta suplir los agudos forzando en extremo lo que le llevó al gallo no deseado, así como problemas de afinación. Sus intervenciones siempre dieron sensación de inseguridad y desasosiego para quien suscribe. La soga pendía pero esta vez hubo milagro, aunque le paso a la nómina de los bautizados como «tenorinos», algo imperdonable cuando tenemos en esta cuerda y con menos renombre voces capaces de afrontar este rol con más solvencia.

La producción de cinco teatros donde además del Campoamor y el Jovellanos gijonés está el Baluarte pamplonés, el Principal de Palma y el St. Gallen suizo, resultó más que aceptable. Positiva la escenografía de Emilio Sagi porque nunca chirría ni molesta la acción, espejos rojos, «telón» cual arpa o barrotes, grandes estructuras y guiños históricos en las estelas o escultura inicial, y colocando las voces donde mejor pueden cantar, apoyado por el vestuario de Pepa Ojanguren, sin excesos y con detalles elegantes como el rojo de Abigaille o las túnicas más el diseño de Luis Antonio Suárez. Impecable y parte importantísima la iluminación de Eduardo Bravo al que el pongo su apellido de calificativo.

Los figurantes bien aunque no tenían grandes exigencias y cumplieron.
El viernes habrá otro reparto antes llamado joven, que seguro mejorará esta tercera, aunque arranca mi temporada oficial con la OSPA, pues este miércoles no fue el mejor día y pensé que cambiaría el argumento final pasando por la soga casi todos y sin intervención divina por ninguna parte.

La cuesta de septiembre

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La ópera supone el inicio del curso musical, paralelo al escolar, y el arranque de una temporada donde seguimos con el sueldo mermado en un 5% de la etapa anterior, tres cuartas partes de una paga de navidad en el aire y el coste de la vida subiendo. El pistoletazo de salida lo di el pasado 11S desde Turón en plenas fiestas de El Cristo, mezclando sidra y jazz, del que escribiré en un par de días.

Personalmente nunca me quejo pero septiembre es realmente la cuesta para el bolsillo porque toca pasar por taquilla para renovar los abonos, por otra parte más baratos que en el resto de la Península Ibérica y no digamos de la Europa que se resquebraja.

Paso a detallar precios y espectáculos, dejando en la cartera dinero, poco, para entradas sueltas a óperas (¡qué invento las de última hora!), zarzuelas y el ciclo barroco de la próxima primavera ¡y estamos que no ha empezado el otoño!, sin olvidarnos de alguna que otra escapada aunque cada vez menos o conciertos gratuitos, que los hay, como los del Ciclo de Música Sacra «Maestro de la Roza», la «Semana de Música Religiosa de Avilés» y recitales de órgano puntuales (León está cerca, casi como Covadonga), conservatorios, sociedades filarmónicas y otras formaciones regionales a las que sigo y apoyo en todo lo que puedo. Desaparecidos los ahorros y perdidas las cajas, el apoyo a ciclos musicales de las llamadas obras sociales se esfumó, dejando en la cuneta años de trabajo y oportunidades de acercar nuevos públicos y presentar artistas tanto consagrados como noveles. Seguiremos quejándonos, así somos, sin actuar, el dichoso IVA cultural, a la espera de la Ley de Mecenazgo reclamada hace años por todos los sectores, pensando en fórmulas innovadoras que nunca cristalizan… En el imperio del capitalismo la cultura no parece rentable, olvidando además de un derecho es inversión y no un gasto, cultura generadora de empleo y la mejor seña de identidad en estos tiempos de marcas que no entiendo quién las diseña. De no cambiar, y lo veo difícil, una excelente generación de profesionales de todos los campos formados en nuestra casa y en los que hemos invertido, los disfrutarán otros países con una emigración callada pero que pasará factura en menos de lo que pensamos, auténtica fuga de capital humano.

Lo dicho, que me enrollo y cabreo, voy como decimos en Asturias con «les perres»: el abono conjunto para los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» cuesta 379 € aunque como en el fútbol tenemos una especie de «Día del Socio» donde pagamos un extra a precio especial, esta vez Lang Lang, 58,50 € que estará en Oviedo el día 5 de marzo de 2016. En total 20 espectáculos que mientras se mantenga el apoyo institucional (algo dudoso a la vista de la miopía de los nuevos regidores y comparaciones o prioridades insostenibles) dan de media 22 €, algo irrisorio (aunque se paga como mucho en dos veces) con un cartel que sigue poniendo en el mapa musical la capital asturiana. Por citar algunos, la genial Mitsuko Ukida con la Mahler Chamber Orchestra, el regreso al auditorio del violinista griego Leonidas Kavakos y la Orquesta de Cámara de Europa, o del excelente chelista francés Müller-Schott con el tandem Eschenbach – National Symphony, los incombustibles y «omínivoros» The King’s Singers, sin olvidar otro regreso como el de Midori o las esperadas voces de Magdalena Kožená (acompañada por la Cetra Barockorchester Basel y Marcon) o la eterna Mariella Devia. Nuestra OFil tiene su protagonismo tanto con el titular Conti como el invitado Diego Matheuz de la cantera bolivariana que dirigiese el segundo concierto regalo de «mi segunda de Mahler» hace unos años el día antes de la llegada del hoy mediático Dudamel. Ya iremos contándolo al detalle pero los programas son muy interesantes.

Quienes me conocen personalmente o desde este rincón cibernético, sin olvidarme de mi «cenáculo musical» de Twitter©, saben que a menudo digo que estoy casado con la OSPA, pues su fundación como tal, sucediendo a la Orquesta Sinfónica de Asturias, fue en 1991, el año de mi boda, por lo que en 2016 celebraremos «nuestras» Bodas de Plata, planificadas en 16 conciertos de abono al precio de 220 €, con directores invitados muy relacionados con ella, vueltas esperadas como la de Max Valdés o los asturianos Pablo González y Óliver Díaz, batutas conocidas como SoLockington o Rasilainen, y cuarto curso del titular Milanov que a la vista de la programación espero colme las espectativas, estrenando obras y repertorios que le gustan, lo que debe traducirse en calidad. Agradecer que siga el programa didáctico LinkUp que vuelve a finales de abril desde el principio con «La orquesta se mueve«, una experiencia muy gratificante como docente y melómano. De los solistas vuelven a tomar protagonismo los propios de la orquesta asturiana y entre los invitados espero el cierre de mi admirado Luis Fernando Pérez y el reencuentro con el chelista Adolfo Gutiérrez Arenas.

Octubre es el mes de los Premios Princesa de Asturias, también mermados musicalmente (hace años había una semana musical que llegaba a media región) cuyo concierto más esperado es el presidido por los Reyes. De difícil acceso para el pueblo llano, al menos el ensayo general es gratuito y al institucional acude un público al que el programa suele serle ajeno, aunque siempre hay honrosas excepciones. El Coro de la FPA es el encargado siempre de la voz y por vez primera la orquesta será la OFil bajo la batuta de Conti, que interpretarán la Misa de Gloria de Puccini, sin ceremonia litúrgica aunque el clero sea habitual en el Auditorio, normalmente buenos melómanos. Ramón Vargas y el asturiano David Menéndez serán los solistas. Creo que la última vez sonó en los Carmelitas con la antes citada OSA y Victor Pablo más el Coro Universitario, con Luis Gutiérrez Arias al frente, precisamente en mis años estudiantiles.

Este curso 2015-2016, promete…

 

Ciclogénesis wagneriana

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Miércoles 16 de septiembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo. LXVIII Temporada de Ópera: Wagner: Die Walküre (La Walkiria), tercera función. Entrada última hora: 15 €. © foto-alfonso en la web «Ópera de Oviedo«, y escaneadas.

En plena vorágine climática y de inicio de curso, al que dedicaré otra entrada, arrancaba esta nueva temporada de ópera en la capital asturiana con un equilibrio total capaz de asombrar incluso con casi cinco horas, conociendo el timing que las óperas de «La Tetralogía» tienen.

No hay un momento de respiro para nadie en una obra llena de brutales contrastes en todos y cada uno de los elementos de esta «obra de arte total» que concibió el músico de Leipzig, y la tensión mantenida supuso un esfuerzo titánico para todos, alcanzando momentos sublimes.

Quiero comenzar por la dirección musical de Guillermo García Calvo que de nuevo demostró con creces su dominio wagneriano tras su debut con Tristán asombrando como entonces y volviendo a conseguir una química con la OSPA que se notó desde el inicio de la obra, sacando lo mejor de todos los músicos para una plantilla reducida en número pero completa en calidades, intervenciones solistas acertadas cargadas de la emoción bien planteada desde la batuta del madrileño, sonoridad plenamente germana con un equilibrio impensable a la vista pero contundente al escucharlo, esa ciclogénesis de dinámicas que son las verdaderas protagonistas, la música pura con pianísimos capaces de cortar la respiración y fortísimos pletóricos, precisos, redondos, cada leitmotiv bien dibujado para alcanzar un color acorde con la escena. Bravísima la formación asturiana que este curso cumple sus bodas de plata en su mejor momento, madurez y entrega cuando la dirigen autoridades que con el dominio transmiten seguridad y confianza a todos sus componentes.

El reparto vocal estaba encabezado por Stuart Skelton que esta vez no falló y fue el tenor esperado para Siegmund, timbre apropiado, dinámicas también ciclogenéticas, poderío escénico y una verdadera lección de canto wagneriano. El Hundig de Liang Li fue el esperado de un bajo, registro rotundo con volúmenes que no se oscurecieron en parte por el mimo con el que el maestro García Calvo trata a todas las voces, exigiendo la presencia idónea en cada momento. Un poco decepcionado por Tómas Tómasson con un Wotan algo desigual, supongo que arrastrando el catarro (lógico ante un tiempo climatológico realmente de locos) desde la primera función, lo que llevó a cambios de color en una voz (más barítono que bajo) demasiado incómodos para dotar a su personaje de identidad propia, aunque lo suplió con el dominio de la partitura y con momentos íntimos, casi hablados, proyectando su voz hasta «mi anfiteatro». Trío masculino equilibrado que ya es un triunfo.

Pero las féminas son aquí el punto diferenciador, desde la Sieglinde de Nicola Beller Carbone dándolo todo sin dejarse ni un matiz (todavía recordada su Pepita Jiménez), hasta la Brünnhilde de Elisabete Matos que sigue siendo una voz en ascenso, brutal para este rol creciendo a lo largo de los tres actos convenciendo en dramatismo y línea de canto. La Fricka de la mezzo Michelle Breedt no desentonó con sus compañeras aunque tampoco su personaje resulta «agradecido» en la partitura, pero los colores quedaron bien diferenciados. Mención especial a las walkirias con acento español, voces de primera para el acto final que dibujaron un verdadero coro guerrero de empaste perfecto, agudos delirantes y necesarios, ocho guerreras con nombres y apellidos conocidos: Isabella Gaudí, Raquel Lojendio, Sandra Ferrández, María Luisa Corbacho, Maribel Ortega, Marina Pardo, Anna Alàs i Jovè y Marina Pinchuk, todo un lujo que ayudó a un reparto escénico redondo, unido a una dirección de escena que ayuda colocando los cantantes para la mejor proyección posible de su voz, en alto como la pasarela dentro del escenario, delante de la propia caja escénica, sentados sobre el foso e incluso en la esquina derecha frente a una de las bolsas, hasta las voces «fuera de cuadro» sonaron equilibradas, importantísimo a la vista de muchas barbaridades actuales.

Enlazo la dirección escénica con toda la escenografía, lograda con el ya casi habitual «Video Mapping» que dejó cuadros elegantes como la bajada de la espada Nothung, sombras muy logradas con luces resaltando la explosión y el dolor en perfecta sincronía con la música, sumando el elemento de las fichas de dominó que pudo resultar algo reiterativo aunque efectivo, incluso en el ruido, y un vestuario más que suficiente y de colores buscados e identificables para cada personaje cual «leit motiv» de ropaje.

Mención aparte los figurantes infantiles, personalmente un toque genial, la mitología de jugar con el tiempo, duplicar los protagonistas, verdaderos actores desde los protagonistas hasta las «miniwalkirias», siendo muy emotivo el beso de Wotan a la niña Brünnhilde para despojarla de su divinidad mientras la adulta con la corte de hermanas guerreras niñas compone una escultura yacente, caso, lanza y escudo bien colocados, y esa despedida infantil colocando el atrezzo con mimo, rigor y verdadera profesionalidad con dotes actorales dignos de mención.

Aún queda la cuarta función del sábado 19, coincidiendo con otra cabalgata, la del «Día de América en Asturias», que supongo rematará este título tan esperado para intentar completar la tetralogía con repartos equilibrados pese a la dificultad de acertar, una orquesta capaz de ella, ninguna mejor que la OSPA, y maestros como Guillermo García Calvo que saben trabajar meticulosamente todos los detalles para lograr representaciones de calidad y emoción como esta Valquiria que abre el festival escénico «El anillo del Nibelungo».


Ficha técnica
(más detallada en el programa de mano incluido en esta entrada)
Siegmund: Stuart Skelton HundingLiang Li Wotan: Tómas Tómasson
Sieglinde: Nicola Beller Carbone Brünnhilde: Elisabete Matos Fricka: Michelle Breedt
 Gerhilde: Isabella Gaudí
Ortlinde: Raquel Lojendio
Waltraute: Sandra Ferrández
Schwertleite: María Luisa Corbacho
Helmwige: Maribel Ortega
Siegrune: Marina Pardo
Grimgerde: Anna Alàs i Jové
Rossweisse: Marina Pinchuk
Dirección musical: Guillermo García Calvo
Dirección de escena, escenografía y vestuario: Michal Znaniecki
Video Mapping: MOOV
Diseño de iluminación: Bogumil Palewicz
Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias

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