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Inquietud y sosiego

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 18a). Conciertos matinales.

Domingo 6 de julio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Trío Arbós. Juan-Alfonso García y la Nueva Música en Granada. Obras de Bach, Busoni, Sánchez-Verdú, Manuel Hidalgo, García Román y Francisco Guerrero. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Finalizando mi tercera semana de Festival volvía en sesión matinal al crucero del Hospital Real para seguir recordando a Juan-Alfonso en otra de la llamada «Nueva Música en Granada» que verdaderamente siempre suena nueva, y más en nuestro caso.

La web del Festival presentaba este aperitivo musical del domingo así:

La Nueva Música en Granada y Bach
El Trío Arbós presenta un fascinante diálogo entre Johann Sebastian Bach y la Nueva Música granadina, bajo el magisterio de Juan-Alfonso García. Juan Carlos Garvayo ha tomado algunos de los corales de Bach que Ferruccio Busoni transcribió para el piano y los ha convertido en piezas camerísticas vibrantes, que resuenan al contacto con la música de vanguardia de cuatro compositores que, desde distintos puntos de Andalucía, representan sensibilidades diferentes: el antequerano Manuel Hidalgo y el algecireño José María Sánchez-Verdú con su fuerte conexión con la creación germana; el linarense Francisco Guerrero, con su indomable y volcánica personalidad, en una obra para piano que preservó como la primera de su catálogo; y el granadino José García Román rindiendo homenaje a «la ciudad del corazón y de la amistad».

Nueva música en Granada de una escuela así bautizada desde Madrid con una conexión andaluza entre sus compositores y «Mein Gott, padre de todas las músicas», con transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (también autor de las notas al programa) que fueron estreno absoluto, y donde explica a la perfección cómo unir el Bach de Busoni para recrearlo y combinarlo desde el preludio inicial al cierre desde un círculo virtuoso perfecto en un programa de Inquietud y sosiego, pues pese a que esta generación de compositores (dos de ellos presentes entre el público) no es tan nueva, menos aún se puede seguir denominando «vanguardias» tras 20, 30 o 40 años, aunque siguen provocando muchas preguntas al oyente que sólo, y siempre, dios Bach -en cualquier versión- es capaz de responder.

Explica y escribe el compositor además de pianista Juan  Carlos Garvayo (Motril, 1969):

Escuela juanalfonsina de composición

«Sólo cuando existe un nexo vital, efectivo y afectivo entre maestro y discípulo (como en los viejos talleres de arte), sólo entonces se puede hablar con algún sentido de escuela. Y puede que algo de esto exista entre nosotros». Estas palabras de Juan-Alfonso García pronunciadas en su discurso de contestación al de ingreso de José García Román en la Real Academia de Nuestra Señora de las Angustias de Granada, describen a la perfección la esencia de esa supuesta «escuela granadina de composición» —así denominada desde Madrid—, que engloba a los compositores incluidos en este programa en torno a su maestro común, Juan-Alfonso García. Sin embargo, la ausencia de rasgos estilísticos y estéticos comunes entre ellos, frente a la vigencia de los mencionados nexos vitales, efectivos y afectivos, nos inclinan más bien a hablar de una «escuela juanalfonsina de composición». La música de Juan-Alfonso no suena en este programa, pero su presencia simbólica aflora abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos, a través de cinco de los corales de Bach que Busoni reinterpretó en sus geniales versiones pianísticas. El copioso material polifónico y tímbrico propuesto por Busoni, invita a una nueva reelaboración del material, en este caso para trío con piano, que entronca con una práctica común entre los compositores representados: desde las originales orquestaciones guerrerianas de la Iberia de Albéniz, los corales de Franck orquestados por García Román, las reelaboraciones de obras beethovenianas de Hidalgo, hasta las recientes adaptaciones de Lieder de Schubert para voz y cuarteto de cuerda de Sánchez-Verdú. Describe José Luis Téllez el Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten» (Como un soplo de luz y sombra) de Sánchez-Verdú como «una fascinadora exploración por los diferentes tipos de armónicos y de sonidos concomitantes […] para generar una música ingrávida y casi fantasmal que surge de la nada y a ella regresa». Sus nueve secciones van precedidas, como una suerte de guía emocional para los intérpretes, de versos extraídos de Poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Algunos de ellos («Ignorar es vivir: saber, morirlo» o «Pero ya no amanece») definen el pulso poético y trascendente en el que flota la obra. De civitate cordis de José García Román forma parte del ciclo de ciudades reales o metafóricas iniciado con la obra De civitate aquae en el año 2000. Esta «ciudad del corazón y de la amistad» rinde un homenaje criptográfico a José Luis Ocejo y a su Coral Salve de Laredo. Un fugaz motivo extraído del Te Deum gregoriano es sometido a sorprendentes combinaciones tímbricas y rítmicas entre violín, chelo y piano dibujando un personal y delicado trazo sonoro pleno de luminosidad y belleza. La música del antequerano residente en Alemania Manuel Hidalgo ha sido descrita como «sensual, arcaica, irrespetuosa, libre de dogmas» (F. Kämper). El particular universo de su Trío esperando reconstruye, mediante gestos precisos, elocuentes y un exquisito equilibrio de dinámicas y timbres, estilemas sonoros alojados en nuestra memoria musical más profunda. La obra sucede milagrosamente durante la espera de una resolución que nunca llega. Op. 1 Manual de Francisco Guerrero es fruto de un nuevo periodo en el decurso compositivo de Francisco Guerrero iniciado en 1976. Marcado por exigentes procesos de construcción formal que emanan de «acontecimientos» (que el propio compositor define como modos de ataque, diseños sobre los que estos actúan y duraciones), su título alude a los manuales o teclados del órgano —instrumento de su maestro Juan Alfonso— y a su capacidad de espacialización sonora. Articulada en cuatro secciones sin solución de continuidad, su ejecución supone un verdadero tour de force, un gesto casi heroico de naturaleza xenakiana.

«Efectivo» utilizar el Bach tamizado por Busoni, más actualizado que los corales originales y donde Garvayo desmenuza para el trío los registros organísticos y pianísticos de ambos. «Afectivo» alternarlo con esta «escuela granadina» donde Juan-Alfonso sigue presente en un festival que también dirigió y donde el órgano catedralicio fue su herramienta, pero sobre todo la ciudad que le inspiró tan vasta producción musical para saber aglutinar en su entorno una verdadera escuela «abrazando las músicas diversas y únicas de sus queridos discípulos«.

El Preludio-Coral BWV 667 es grandioso en «el rey de los instrumentos», Busoni lo reduce y Garvayo para su Trío Arbós lo reelabora tras la «deconstrucción» italiana y enlazarlo con el algecireño Sánchez-Verdú (1966), compositor residente de la pasada edición al que «los Arbós» ya han intrepretado, esta vez su trío III Wie ein Hauch aus Licht und Schatten para pasar del sosiego a la inquietud, una auténtica «Arquitectura de la ausencia» del gaditano muy exigente para un trío que debe trabajar unas tímbricas especiales, resonancias, golpes y una reflexión sonora que ya tiene 25 años pero sigue causando al menos perplejidad, con una interpretación rica por parte del Trío Arbós.

Tras los aplausos el despertar bachiano de su cantata BWV 140 con el posterior coral BWV 645 del que el Trío Arbós cantó sin palabras y devolvió sonoridades que Busoni en cierto modo «robó» para engrandecer el piano, ahora devuelta la raíz con los registros de las dos manos y pies traídos al violín, cello y piano «esperando» el trío del antequerano Manuel Hidalgo (1956) emigrado a Alemania pero de «escuela juanalfonsina» como la llama Garvayo. Nuevo desasosiego que explica el anterior y prepara los posteriores: recursos tímbricos, texturas y estructuras de hace 30 años que hoy en día siguen sonando novedosas para muchos (alguno se fue de la sala).

El coral BWV 615 nos «devolvió la alegría» (In dir ist die Freude) triplicada desde Busoni en otra interesante reconstrucción del compositor motrileño. Riqueza sonora más allá del piano con un buen «reparto» entre un violín casi viola y un chelo agradecido, enlazando sin respiro con De civitate cordis de otro alumno «juanalfonsino», el granadino José García Román (1945), una obra de 2004 que titula en latín «De la ciudad del corazón» con un lenguaje instrumental moderno, abriendo camino idiomático a sus continuadores pero sin olvidar los cánones compositivos clásicos, innovador en el tratamiento y desarrollo temático que el Trío Arbós interpretó con la profesionalidad y respeto a estas partituras, recibiendo el aplauso del autor al finalizarlo.

Como si corriese aire fresco el siguiente coral pedía «Ahora alégrense, queridos cristianos» (Nun freut euch, lieben Christen) BWV 734, más garbayiano que busoniano, ligerísimo en el trío que además coincidiría con un despliegue de abanicos sincronizados cual coreografía visual al «dios Bach», aplaudido sin dejar conectar con el siguiente como había sucedido en los anteriores.

Y sería el propio Juan Carlos Garbayo en solitario quien derrocharía todo el poderío, técnica, tímbrica, sonoridad, efectos y dominio del lenguaje contemporáneo en el piano del compositor linarense Francisco Guerrero (1951-1997), siempre recordado al que podría llamarle uno de los pioneros en aquella España de 1974 (junto a mi admirado Luis Vázquez del Fresno) con su colosal Op. 1 Manual -que revisaría en 1981- para abrir camino tras unos años oscuros pero esperanzadores, al igual que este programa de la mañana dominical que he titulado, y repito, como de «Inquietud y sosiego».

Mientras estaba finalizándola, volvían casi de puntillas al estrado Trematore y Gómez para enlazar con «dios Bach», desandar lo andado gracias a la maravillosa invocación del coral al Hijo, Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639: relajación, meditación y paz, tanto de Busoni como del Trío Arbós en el que Garbayo nos devolvería nuevamente unas sonoridades que ya han hecho nuestras con la «Nueva música en Granada» que lo es cada vez que la escuchamos en cada irrepetible y único directo (Radio Clásica lo grabaron para emitirlo en diferido gracias a unos técnicos que seguramente mejorarán lo vivido para revivirlo en las ondas).

INTÉRPRETES:

Trío Arbós:

Ferdinando Trematore (violín) – José Miguel Gómez (violonchelo) – Juan Carlos Garvayo (piano).

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750) / Ferruccio Busoni (1866-1924)
Komm, Gott Schöpfer!, BWV 667 (1747-49) *
José María Sánchez-Verdú (1968)
Trío III «Wie ein Hauch aus Licht und Schatten (2000)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645 (c. 1746) *
Manuel Hidalgo (1956)
Trío esperando (1995)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
In dir ist die Freude, BWV 615 (c. 1713-17) *
José García Román (1945)
De civitate cordis (2004)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Nun freut euch, lieben Christen, BWV 734 (1708-17) *
Francisco Guerrero (1951-1997)
Op. 1 Manual (1974, rev. 1981)
Johann Sebastian Bach / Ferruccio Busoni
Ich ruf´ zu dir, Herr Jesu Christ, BWV 639 (c. 1713-17) *

* Transcripciones para trío de Juan Carlos Garvayo (estreno absoluto)

El comandante Harding

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 17b). Conciertos sinfónicos.

Sábado 5 de julio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orchestra e Coro dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia, Daniel Harding (director), Andrea Secchi (director del coro). Obras de Debussy y Ravel. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Un programa francés con una orquesta italiana y un director inglés en mi decimoséptima noche granadina que la web del Festival presentaba así:

Un debut a la francesa
Ni esta gran orquesta romana ni este prestigioso director británico habían actuado hasta ahora en el Festival. Y en su debut se rinden a la música de Ravel, uno de los compositores homenajeados este año. En la primera de sus dos comparecencias, el conjunto ofrecerá por primera vez en el Festival la partitura completa, con coro, de la sinfonía coreográfica Daphnis et Chloé del maestro vasco-francés. La obra fue encargo de Serguéi Diáguilev para las temporadas parisinas de sus Ballets rusos, y en París se estrenó en la primavera de 1912 con coreografía de Michel Fokine. La obra, concebida en un acto con tres tableaux, sirve a Ravel para hacer un despliegue deslumbrante de suntuosidad tímbrica. En la primera parte del concierto, ese brillo orquestal se habrá matizado con El mar, una de las obras más célebres del Debussy más impresionista, pura luz y atmósfera pictóricas traspasadas a una orquesta.

Los melómanos sabemos que Daniel Harding además de director de orquesta es piloto de avión, por lo que utilizaré como «excusa» paralelismos aeronáuticos para mis comentarios, casi siempre noctámbulos.

Las notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén analizan las dos obras escuchadas titulándolas Una revolución y sus dos protagonistas que iré intercalando con mis comentarios, tomando a la Orchestra dell’Accademia Nazionale di Santa Cecilia como un Jumbo de compañía italiana pilotado por el comandante Daniel Harding y dos rutas con despegue francés con destino Granada (engalanado para el el 150 aniversario del nacimiento del vasco-francés Maurice Ravel).

Claude Debussy es, sin duda, uno de los mayores revolucionarios de la historia de la música. Maurice Ravel es visto con frecuencia como el resultado natural de esa revolución. El primero se mantiene incólume en su trono indiscutido. El segundo va, poco a poco, inexorablemente, escalando hasta esa misma cima.

El mar, compuesta en 1905, es una de las obras maestras de Claude Debussy, en cierta manera el epítome de ese concepto de «impresionismo» que demasiado a menudo nos hace olvidar que estamos hablando de música, desde la inspiración al estilo a través de la técnica sin la cual nada es posible. Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar nos sitúa en medio de un mar calmo y ondulante, que nos inquieta, pero no nos amenaza, sin llevarnos de la mano frente a un paisaje forzado. Juego de olas hace un papel de obstinado intermedio en el que se sostiene siempre una línea generadora que otorga a la partitura una especie de dinámica interior, aparentemente constante, que desembocará en ese Diálogo del viento y del mar donde tal continuidad se desborda en la voz de una naturaleza controlada por el arte, ante la que el creador no se apabulla sino se entrega, por decirlo así, activamente. Se ha hablado de Monet, pero también de Turner o del pintor japonés Hokusai a la hora de ponerle pretextos a esta música que vive por sí sola, que se iguala con aquellos en cuanto a grandeza pero que no los necesita para sobrevivir.

Primer vuelo donde este Jumbo sinfónico surcó el cielo del Cantábrico bordeando el Canal de La Mancha en una bella gama de azules, con el comandante llegando a la velocidad de crucero una vez alcanzada la altura requerida. La aeronave italiana respondió sin problemas al rumbo programado, en calma sobrevolando unas olas espumosas pero nada peligrosas, casi planeando cual vuelo sin motor con la sensación de flotar tan debussyana, pictóricamente con la sensación de mezclar los colores en el lienzo y no en la paleta por la riqueza tímbrica alcanzada. Una gran orquesta romana que está rejuveneciendo y mostró en este primer trayecto una excelente cuerda colocada a la vienesa, aunque los contrabajos detrás de las arpas y primeros violines, unos metales nunca estridentes, una percusión variada sin excesos dinámicos cuidando bien sus entradas, y especialmente una madera soberbia, respondiendo a un Harding que sin necesidad de acrobacias aterrizó tras 23 minutos de vuelo confortable.

Respostaje para el segundo trayecto con un vuelo preparado como transoceánico por la  distancia y dimensiones del Jumbo italiano al que se sumó el contingente coral situado en la parte trasera, ganando en potencia para un trayecto más largo (casi una hora) donde el comandante Harding navegó más seguro, sacándole todo el partido a la aeronave y disfrutando del variado paisaje de la noche a la mañana sin «Jet lag» en un viaje donde hubo de todo: turbulencias, distintas velocidades y alturas, cambios de temperatura, rumbos alternos, diversión a bordo, un excelente catering y un muy aplaudido aterrizaje.

Encargada por Diaghilev para sus Ballets Russes, Daphnis et Chloé fue estrenada en el Théâtre du Châtelet de París, el 8 de junio de 1912. La música completa del ballet –de la que Ravel extrajo dos suites en tres partes– resulta ser una obra muy rigurosa en cuanto a sus patrones formales, una «gran sinfonía coreográfica, un vasto fresco musical menos escrupuloso arqueológicamente que fiel a la Grecia imaginada por los artistas franceses de finales del siglo XVIII», tal y como el mismo Ravel se refiriera a ella al inicio de su composición.

Es importante tener en cuenta ese sentido sinfónico de la obra que le dio su autor por mucho que se tratara de un ballet, y más si, como sucede, vamos a vivirlo fuera de la escena, es decir, con solas referencias musicales por mucho que conozcamos la historia de Longo: un bosque sagrado, una gruta, las estatuas de las tres ninfas, la voz de la naturaleza en el tema de las trompas que el coro –siempre sin palabras– repite como un eco. Escucharemos esa melodía de la flauta que nos arrebata en Lever du jour (Amanecer) y que aquí es también célula temática. Seguirá la victoria de Daphnis sobre el grotesco pastor Dorco por el amor de Chloé, la aparición de los piratas, la descripción del campo de estos antes de la Danza guerrera, un fabuloso crescendo que anticipa el paroxismo de la conclusión. La vuelta de las ninfas a la vida, el mar, el conocidísimo Amanecer –uno de esos momentos inmarcesibles de la historia de la música– que la orquesta desarrollará hasta que el día vaya apareciendo y estalle en plenitud. Tras este llega la Pantomima, el episodio más largo de la obra: los dos amantes reproducen la historia de Pan y Syrinx en un momento, otra vez, de extraordinario lucimiento para la flauta. A destacar también esa suerte de coral que encaja perfectamente en la atmósfera de voluptuosidad del conjunto. La Danza general es un desenlace en el que lo dionisíaco toma posesión de la escena y del ánimo de quien escucha.

Musicalmente este «Ravel a la italiana» con acento británico resultó más convincente, con la fabulosa paleta orquestal del «homenajeado» al que la histórica formación romana entendió y respondió compacta, sutil, plegada a un Harding claro en el gesto, dominador de la agógica y los balances, con el protagonismo de cada solista de verdadera calidad, tanto el concertino o el viola pero especialmente una joven flautista que además del virtuosismo en los difíciles pasajes encomendados, lució una musicalidad digna de ser coreografiada, sumándole un empaste y compenetración con sus compañeros de toda la madera. Bien los metales y punto aparte el coro que dirige Andrea Secchi), una sección más donde las voces desempeñan, sin texto, la misma importancia que la propia orquesta. Afinación, matices extremos que el director explotó al máximo, y la riqueza tímbrica del gran orquestador que fue Don Mauricio. Tras lo escuchado esta decimoséptima noche granadina, la de mañana a la misma hora promete otro vuelo feliz y estar «como en misa» operística dependiendo de los «concelebrantes», pues las impresiones francesas fueron buenas pero las puramente italianas deberán subir el listón.

PROGRAMA

I

Claude Debussy (1862-1918):

La mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre (1903-05)

I. De l’aube à midi sur la mer

II. Jeux de vagues

III. Dialogue du vent et de la mer

II

Maurice Ravel (1875-1937):

Daphnis et Chloé (sinfonía coreográfica para orquesta y coro. 1909-12)

-Primera parte

Introduction et danse religieuse

Danse générale

Danse grotesque de Dorcon

Danse légère et gracieuse de Daphnis

Danse de Lycéion

Nocturne. Danse lente et Mysérieuse des Nymphes

-Segunda parte

Introduction

Danse guerrière

Danse suppliante de Chloé

-Tercera parte

Lever du jour

Pantomime (Les amours de Pan et Syrinx)

Danse générale (Bacchanale)

En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel

Camino al paraíso

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 17a). Conciertos matinales.

Sábado 5 de julio, 12:30 horas. Monasterio de San Jerónimo. Joven Coro de Andalucía (JCA), Marco Antonio G. de Paz (director). Paraíso abierto para muchos: obras de Falla, Poulenc, Messiaen y Pizzetti. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

El mundo coral español goza de muy buena salud y más con una generación joven muy preparada técnicamente que representa la necesaria cantera que vaya tomando el relevo de tantas formaciones. Desde su creación el JCA en 2007 (como ampliación de la Orquesta Joven que la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales -de la Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía- creaba en 1994 con el objetivo de impulsar y complementar la formación musical de los jóvenes valores que aspiran a incorporarse al ámbito profesional), ha contado con la colaboración de directores de la talla de los maestros Michael Thomas (fundador del JCA), Julio Domínguez, Román Barceló, Juanma Busto, Íñigo Sampil, Carlos Aransai, Lluís Vilamajó y su actual titular desde 2019 Marco Antonio García de Paz, quien tras mucho trabajo en Mollina nos traería una matinal sabatina de envergadura.

La página web del Festival presentaba este concierto coral del JCA bajo la dirección del maestro asturiano Marco Antonio G. de Paz.

Entre espiritualidad y modernidad
De la mano de Marco Antonio García de Paz, el Joven Coro de Andalucía está situándose entre los proyectos más ilusionantes de la música nacional. En este programa han reunido obras corales de cuatro compositores que exploraron la música sacra desde perspectivas contemporáneas. Manuel de Falla lee con reverencia a Tomás Luis de Victoria, creando de sus motetes versiones expresivas que fusionan tradición y modernidad. Poulenc y Messiaen aportan su sello francés, con los austeros Quatre motets pour un temps de pénitence y el luminoso O sacrum convivium. Finalmente, Pizzetti retoma el estilo de la polifonía renacentista con su Messa di Requiem, impregnándola de un dramatismo moderno. Un recorrido sonoro por la espiritualidad del siglo XX, cargado de introspección y de belleza.

Este camino al paraíso arrancaría con 32 voces (4 por cuerda dispuestas como casi siempre suelen colocarse) para comenzar con las tres «versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria» que Falla trabajaría entre 1932 y 1942. García de Paz lleva años marcando escuela en su coro El León de Oro, y el Renacimiento español es uno de sus fuertes, agrandado tras la colaboración con el británico Peter Phillips. Pero las visiones del gaditano muestran una relectura del abulense, desde el Ave María (ahora parece que de Jacobus Gallus) que el JCA interpretó con esa visión romántica «transformada» (por las indicaciones muy personales del gaditano sobre las dinámicas, tempo y carácter que son curiosidades bien alejadas de los llamados «criterios historicistas») por el conocimiento que de nuestro siglo de oro tiene el maestro asturiano; el O magnum misterium rico en dinámicas con el final en un inmenso decrescendo hasta el pianissimo verdaderamente bien ejecutado; y las Tenebrae factae sunt donde disfrutar de los solos de contralto, dos sopranos y tenor para un final sin bajos que dieron luz a unas tinieblas originales. De las excelentes notas impresas, tituladas como el elegido para todo el concierto, Paraíso abierto para muchos, aunque no tienen firma las iré intercalando en este color con mis comentarios. Así la presentación y las visiones fallescas:

«Del poeta granadino Pedro Soto de Rojas (1584-1658), discípulo y ferviente admirador de Luis de Góngora y al mismo tiempo dotado de una personalísima delicadeza de orfebre, proviene el título que por sí mismo ha llegado a convertirse en un lema tan críptico como sugeridor de tesoros semiocultos: Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Federico García Lorca, al hilo del título aludido, atinaba con estas palabras bien precisas para subrayar ese carácter recogido y primoroso del poemario: «Soto de Rojas se encierra en su jardín para descubrir surtidores, dalias, jilgueros y aires suaves. Aires moriscos, medio italianos, que mueven todavía sus ramas, frutos y boscajes de su poema». Una leve alteración de los términos nos permite abrir, de par en par, el elocuente título de Soto de Rojas para mostrar al público del Festival de Granada el «paraíso sonoro abierto para muchos» que propone el Joven Coro de Andalucía, en un programa conformado por una sucesión de joyas, no siempre suficientemente conocidas, pero todas ellas dotadas de un singular detallismo lírico en el que se entrelazan nombres esenciales de las primeras décadas de la Europa del siglo XX: Manuel de Falla, Francis Poulenc, Ildebrando Pizzetti y Olivier Messiaen.

Con una caligrafía de un preciosismo equiparable a la filigrana poética de Soto de Rojas, Manuel de Falla, desde su recoleto Carmen de la Antequeruela Alta de Granada, situado en el entorno de la Alhambra, comenzó a recrear con letra diminuta –en partituras manuscritas de tinta negra y lápiz rojo y azul– una colección de «versiones expresivas» de obras predilectas del Renacimiento español –de las que en este caso se escogen tres obras bien conocidas de Tomás Luis de Victoria–, pero añadiendo el propio Falla unas indicaciones muy personales de dinámica, de tempo y de carácter que las convierten en curiosidades bien alejadas de los criterios historicistas de nuestro tiempo, pero dotadas de un encanto singularmente atemporal».

Ya con la plantilla al completo, donde me pareció contar 24 voces blancas y 21 graves, tras recolocarse a izquierda y derecha para el resto del concierto, la sonoridad, afinación, equilibrio en los balances y empaste de esta juventud cantora fue la ideal para el resto de las obras, sumando una vocalización clara de los textos en latín donde los finales de palabras en consonante marcan un color especial.

«Francis Poulenc, 22 años más joven que Falla, fue alumno de piano del gran Ricardo Viñes en su París natal. Poulenc conoció a Falla en casa de éste hacia 1918. Era el periodo en el que Diaghilev, Picasso y Falla preparaban la fascinante obra El sombrero de tres picos. Su amistad se extendió hasta 1932, siendo esta la última vez que se vieron en el marco de un Festival de Música en Venecia. En este encuentro ambos compartieron ensayos y música, llegando Poulenc a narrar un recuerdo muy especial: «Una tarde, durante un paseo por las calles de Venecia, encontramos una pequeña iglesia que poseía unos preciosos órganos. Nada más entrar en la iglesia, Falla se puso a rezar, y así como cuentan que ciertos santos en éxtasis desaparecen súbitamente de la vista de los profanos, yo tuve esa misma impresión con Falla. Al cabo de un tiempo, decidí marcharme, así que me acerqué a él y le golpeé suavemente en el hombro. Me miró un instante, sin verme, y se sumergió de nuevo en sus oraciones. Salí de la iglesia, y desde entonces no le volví a ver […]». Concluía Poulenc: «Para mí, esa última visión de un músico al que tanto he querido y admirado es… ¡como una especie de Asunción!».

Poulenc guardaría en su memoria esta imagen final de Falla, «la de un hombre, o mejor, de un fraile de Zurbarán, rezando en una iglesia de Venecia». El ciclo de Motetes penitenciales de Poulenc (1939) puede servirnos como un extraordinario punto de encuentro musical entre ambos autores y sus distintos acercamientos a la fe. Estos cuatro motetes se compusieron en los albores de la Segunda Guerra Mundial, lo que los hace siempre atrayentes por ser un difícil desafío. Su uso de la armonía, la sorprendente conducción melódica de sus voces y la particular acentuación de su latín a la francesa lo hacen muy especial. Su escritura diatónica, sabor modal y adecuación al texto hacen de este ciclo una experiencia sublime».

Los cuatro motetes más que penitenciales fueron gozosos en cuanto al comportamiento del coro bien llevado por el maestro asturiano, marcando con claridad, con respuestas dinámicas amplias que fueron «in crescendo» en el tercero (Tenebrae factae sunt) de nuevo con un regulador hasta el pp con la «t» final bien pronunciada, más el epatante Tristis est anima mea con un hoquetus  central que se repite antes de la doble barra última resultó efectivo y espectacular en estos motetes del compositor feancés casi contemporáneos al Falla anterior.

«Como “cortante sonoro”, como algo que va a preparar nuestros oídos para el plato fuerte del programa, haremos una pequeña incursión en el universo del gran Olivier Messiaen, alumno aventajado de Paul Dukas, autor que también tuvo una gran relación con Falla. Será a través de su breve motete de ofertorio O sacrum convivium (1937). Es una gran oportunidad para poder escuchar a este extraordinario autor, cultivador del serialismo y constructor de sus propios modos de transposición limitada. Esta pieza es cautivadora por su color sonoro; construye una suntuosidad mágica a través de su armonía y su tonalidad. A pesar de su complejidad, podemos afirmar que es una obra principalmente tonal; está en fa sostenido mayor, la tonalidad favorita de Messiaen. Este color tonal intenta expresar la experiencia mística del amor sobrehumano. Todo un reto para el coro y que entronca con el mundo religioso de los autores anteriores.

Como obra principal del programa traemos el magnífico Requiem de Pizzetti, un compositor prolífico, que cultivó todos los géneros y destacó por ser un importante compositor de óperas. No es una obra dramática en el sentido ordinario del término. Es apacible, serena, obra de un creyente en la vida eterna y la resurrección. Al igual que Gabriel Fauré en su Requiem, se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso. Trata de no colocar la vida y la muerte en oposición, como un brote de curiosidad ante algo “extraterrenal”. Sigue una corriente de composición de principios del siglo XX que sintetiza técnicas neorrenacentistas y neomedievales, pero pasadas por el tamiz de un lenguaje armónico y de estructuras formales que beben del siglo XIX. Abunda la escritura modal y polifónica, así como el uso de melodías procedentes del canto gregoriano. Desde el punto de vista compositivo es de gran variedad. Indica cantar partes con la mitad del coro, números con doble cuerda de bajos, utiliza un triple coro para el Sanctus y emplea unos 10 minutos de duración para el Dies irae. Su exitosa relación música-texto nace de su experiencia como compositor teatral y su conexión con el texto del Requiem, que fue escrito tras la muerte de su primera esposa. Es probable que Pizzetti haya estado más oculto de lo debido por los propios italianos al considerarlo un músico próximo al régimen fascista en época de Mussolini. Quizá estemos ante un error histórico, que poco a poco se va subsanando. Realmente es una obra fascinante, emocionante y a la cual le daremos presencia en este paraíso».

Un Requiem fascinante, verdadero templo coral sustentado por unos buenos cimientos en la cuerda de bajos que van construyendo una escalera con tenores y contraltos hasta la aguja  celestial de las sopranos, voces limpias, frescas, matizadas, sin abrir en los fuertes y delicadas en los pianos, respondiendo a las peticiones de García de Paz. Si personalmente el de Fauré está en mi lista de preferidos, siempre vuelvo al Padre Sopeña y su libro que atesoro en mi biblioteca musical, pero suscribo las notas que dicen «se refiere a la muerte como «una feliz liberación», una aspiración al bienestar del más allá, más que como un tránsito doloroso”» y así el Dies irae resultó un caleidoscopio vocal con la delicadeza del Amen final, el Sanctus luminoso con un «excelso» Hossanna -que bisarían de regalo- para felizmente liberarnos y conducirnos camino del paraíso coral con este JCA guiado por el arcángel Marco.

Aún habrá en este Festival otro grandioso Requiem, pero lo contaré puntualmente…

PROGRAMA:

Paraíso abierto para muchos

Manuel de Falla (1876-1946)

Versiones expresivas de obras de Tomás Luis de Victoria:

Ave Maria (1932)

O magnum mysterium (1940-42)

Tenebrae factae sunt (1940-42)

Francis Poulenc (1899-1963)

Quatre motets pour un temps de pénitence (1938-39):

Timor et tremor

Vinea mea electa

Tenebrae factae sunt

Tristis est anima mea

Olivier Messiaen (1908-1992)

O sacrum convivium (1937)

Ildebrando Pizzetti (1880-1968)

Messa di Requiem (1922-23):

Requiem aeternam

Dies irae

Sanctus

Agnus Dei

Libera me

Britten forever

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 14). Recitales.

Miércoles 2 de julio, 22:00 horas. Patio de los Arrayanes. Ian Bostridge (tenor), Julius Drake (piano), Timothy Morgan (contratenor), Mauro Borgioni (barítono), Ketevan Kemoklidze (mezzo), solistas de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG). Obras de Falla y Britten. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Llegó mi noche 14 de festival y con un recital donde el tándem Bostridge – Drake encabezaba un monográfico Britten preludiado por la Psyché de Falla conmemorando los cien años de su estreno, y que nos supo a poco.

En la web se nos presentaba este recital que unía al compositor inglés y al gaditano:

Cinco cánticos de Britten
La extraordinaria versatilidad del gran tenor inglés Ian Bostridge se muestra en este programa en que encabeza un pequeño conjunto de solistas vocales e instrumentales. Los cinco Cánticos de Benjamin Britten no fueron concebidos como un ciclo o una serie integrada, sino que fueron escritos en distintos momentos de su carrera en respuesta a circunstancias particulares. La palabra “cántico” no se utiliza en su sentido estrictamente litúrgico, sino más bien para indicar una obra con implicaciones profundamente religiosas (tres fueron escritas como piezas conmemorativas). Compuestas para diferentes combinaciones de intérpretes, son más largas y sofisticadas en su construcción que las canciones simples, y podrían describirse mejor como cantatas en miniatura. Se presentan en el Festival por primera vez en su integridad, precedidos por arreglos del gran compositor inglés de himnos religiosos de Bach y Purcell. Abrirá el concierto Psyché, una obra de delicada textura musical y atmósfera intimista de Manuel de Falla sobre texto de Georges Jean-Aubry, en el centenario de su composición.

En Granada no puede faltar Falla, optando por una Psyché (sobre un poema de Jean-Aubry), que contó con la mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze y un quinteto de solistas de la OCG (los dejo indicados abajo) excelentes, arropando a la voz pero también protagonistas en la original instrumentación del gaditano universal, aunque con ganas de seguir escuchándoles. Apenas seis minutos donde disfrutar de una voz cálida pero rotunda, de larga proyección, y total expresividad, de vocalización exquisita con un francés (traducido en los sobretítulos por Luis Gago) natural, nada impostado, delicada en la parte sola, y las ganas de haber seguido escuchándola, pese al dicho de «menos es más«.

Tras una pausa para retirarse, se incorporaban al «escenario» los tres cantantes masculinos más el pianista para alternarse en los arreglos que Brittten hizo de cinco Geistliche Lieder de Bach, con desigual resultado, como con los de Purcell. En el caso de «mein Gott» el contratenor Tim Morgan se quedó corto en volumen y expresión aunque mejor el barítono Mauro Borgioni, que ciertamente irían «entrando en calor», más con el idioma de Shakespeare que con el de Goethe. Alternancia vocal -desconozco la pausa saliendo del escenario para volver a cerrar las canciones- con el conocido y bellísimo dúo Sound the Trumpet bien empastados ambos con un Drake siempre fiel compañero de viaje.

El plato fuerte vendría con los «Cánticos» de Britten donde el peso recaería en un Bostridge completo, entregado, expresivo, matizado, con Morgan y Borgioni entonados y empastados, más el magisterio de Drake que redondeó un emocionante tránsito por el dolor. De las amplias y enriquecedoras notas al programa tituladas The Pilgrim’s Progress, que firma Luis Gago, también traductor de los textos proyectados sobre el arco central bajo en que se ubicaron los intérpretes, aquí las dejo íntegras:

Basta asomarse con una simple ojeada al catálogo de Benjamin Britten para descubrir un buen número de obras religiosas o, si se prefiere, espirituales: desde la humilde Missa brevis hasta el formidable War Requiem, desde Noye’s Fludde hasta las tres parábolas eclesiásticas, desde The Holy Sonnets of John Donne hasta la cantata Rejoice in the Lamb, desde la Cantata misericordium hasta los cinco Canticles que escucharemos esta noche, sin olvidar, por supuesto, posibles lecturas religiosas –perfectamente plausibles– de óperas como Peter Grimes, Billy Budd o The Rape of Lucretia. Pero ¿era el compositor inglés un hombre religioso? Quien probablemente mejor lo conoció, su pareja durante décadas, el tenor Peter Pears, respondió así a la pregunta: «Era religioso en el sentido general de reconocer la existencia de un poder mayor que nosotros mismos, pero no frecuentaba regularmente la iglesia. En sus actitudes morales era Low Church [poco amigo del ritual, los sacramentos, los aspectos formales de la liturgia o la autoridad del clero, y más apegado al mensaje del Evangelio] y, por tanto, tendía a la austeridad en su comportamiento moral». Y en otra ocasión, Pears se refirió a él como «un agnóstico que sentía un gran amor por Jesucristo». Su colega, también homosexual, Michael Tippett, afirmó tajantemente: «Los dos somos compositores religiosos, es decir, religiati, con un fuerte vínculo con lo numinoso, pero Britten es más apropiadamente cristiano». Y el pianista Murray Perahia recordó haber preguntado al compositor en un día sagrado para los judíos si se tenía por una persona religiosa: «Britten contestó que era ciertamente cristiano en su música. Aunque no podía aceptar la doctrina de la Iglesia, creía en Dios y en un destino».

Lo religioso le sirvió también a Britten para plasmar por medio de la música sus preocupaciones más acuciantes e, incluso, para expresar sus emociones más íntimas. En este sentido, los cinco Canticles, compuestos en momentos muy diferentes de su vida, podrían considerarse casi una tentativa de autobiografía espiritual. El primero (1947) es una inequívoca declaración de amor, inspirada en última instancia en el Cantar de los cantares, cuando su relación con Peter Pears, finalizados los horrores de la Segunda Guerra Mundial y entronizado como el gran compositor inglés tras el éxito incontestable de Peter Grimes; el segundo (1952), a partir de un texto medieval en el que Britten se vale de los dos cantantes para encarnar la voz de Dios, vuelve sobre uno de sus temas recurrentes: la inocencia infantil y cuán fácilmente es corrompida o traicionada por los adultos, un tema que planea también ominosamente sobre The Turn of the Screw y el propio War Requiem, donde reaparece la figura de Abraham en uno de los poemas de Wilfred Owen que se intercalan o superponen con los textos latinos de la misa de difuntos católica; el tercero (1954) traza un puente, como el poema de Edith Sitwell que le sirvió de inspiración, entre el hecho histórico más trascendental para los cristianos (la crucifixión de Jesús) y el dolor colectivo representado por los terribles bombardeos alemanes sobre Londres, un hecho histórico (The Battle of Britain) durante el cual el compositor se encontraba muy lejos del frente de batalla en su pseudoexilio estadounidense, lo que le valió críticas feroces por parte de algunos de sus compatriotas; el cuarto (1971) y el quinto (1974), siendo ya un hombre enfermo y condenado quizás a una muerte cercana, parten de sendos poemas de T. S. Eliot sobre el viaje de los Reyes Magos para asistir en Belén al nacimiento de Cristo –un hecho crucial que cambiará sus vidas– y, claro, sobre la muerte de un santo, con la significativa ausencia del piano (tras sufrir un infarto, con su brazo derecho semiparalizado, Britten, un pianista consumado, ya no podía tocar su instrumento), sustituido no menos reveladoramente por un arpa. Del esplendor del amor a la disolución final, del siglo XV al siglo XX, los Canticles son un compendio de la vida de su autor, un puente entre tres gloriosas tradiciones poéticas, un homenaje al poder confesional de la voz cantada, un peregrinaje íntimo no muy alejado del Pilgrim’s Progress.

Aunque Britten jamás tuvo un plan previo para componer esta pentalogía, lo cierto es que, cuando se interpretan en su totalidad, y en orden cronológico, como esta noche, las cinco obras conforman un todo perfectamente coherente, incluso con una clara lógica interna derivada de la presencia del tenor a ambos extremos (Peter Pears como alfa y omega), el empleo de voces adicionales en los Cánticos segundo y cuarto, con un eje central en el que una trompa (tocada en el estreno en 1955 por el inolvidable Dennis Brain, destinatario a su vez doce años antes de la memorable parte obbligato para su instrumento en la Serenata op. 31) comparte por una vez protagonismo tanto con la voz como con el (casi) omnipresente piano. Fue el azar probablemente el que quiso que hasta en las fechas de creación a uno y otro lado del largo arco compositivo encontremos también plasmado una suerte de palíndromo: 1947 y 1974.

El propio Britten admitió que el primero de sus Canticles, que calificó más tarde de «una nueva invención», encontró su inspiración directa en los Divine Hymns de Henry Purcell, bautizado tras su temprana muerte como el Orpheus Britannicus. En una entrevista realizada en 1963 llegó incluso a afirmar que «Purcell es un gran maestro por el modo en que maneja la lengua inglesa en la canción y yo he aprendido mucho de él. Recuerdo que un crítico me preguntó una vez que de quién había aprendido a poner música a la poesía inglesa. Le contesté que de Purcell; se quedó asombrado. Supongo que esperaba que le dijera que de la música folclórica y de Vaughan Williams». Dos siglos y medio después, y tras una larga espera, la música inglesa encontró por fin a su heredero, a su nuevo Orfeo, en el autor de Peter Grimes, que siempre tuvo a su compatriota como un referente esencial. Fue director de muchas de sus obras (Dido and Aeneas, The Fairy Queen), le rindió múltiples homenajes en sus composiciones –más o menos explícitos– y realizó el continuo de muchas de sus canciones para interpretarlas él mismo en sus recitales con Peter Pears. Y cuando todavía no estaba de moda hacerlo, Britten editó y dirigió excepcionalmente bien la Pasión según san Juan de Bach, un compositor del que también realizó el continuo de cinco canciones incluidas en el Musicalisches Gesangbuch que Georg Christian Schemelli publicó en Leipzig en 1736. No hay mejor referente para quien tuvo siempre muy presente que nuestras vidas poseen una irrenunciable dimensión espiritual, poderosísima en Manuel de Falla, católico confeso, que abre el programa de hoy con su Psyché en el centenario de su estreno. Y que aquella puede ser traducida de un modo memorable por medio de la música.

De los cinco «Cánticos«, «My beloved is mine» fue la mejor carta de presentación del dúo Bostridge – Drake. La incorporación de Tim Morgan para el dúo de «Abraham and Isaac» resultó uno de los momentos álgidos, ese dúo de padre e hijo primero de espaldas cantando en la caja de resonancia, para representar este sacrificio donde el piano subraya cual espada a decapitar, con dos voces de color ideal, tenor carnoso y rotundo y contratenor infantil, sollozante, suplicante y aceptando la decisión del padre. Para el cántico III («Still falls the Rain – The Raids, 1940, Night and Dawn») la incorporación de la trompa (magnífico Óscar Sala) mantuvo esa tensión y juego tímbrico con el tenor, más un piano en la línea segura de todo el recital, con la exigencia que Britten reclama.

Y las tres voces nos interpretarían, con actuación regia el cuarto cántico, «The Journey of the Magi», un viaje de los tres reyes magos dramatizado por la dualidad de nacimiento y muerte, plenamente empastados donde el color vocal resultó muy adecuado para este trío.

Para finalizar este ciclo de dolor, pasión, muerte, y desesperanza Bostridge cantaría sentado junto al malagueño Miguel Ángel Sánchez Miranda en un arpa exigente, virtuosa, actual, en un diálogo delicadamente trágico desde una tímbrica por momentos vaporosa del último Canticle «The Death of Saint Narcissus», el tenor más britteniano que lo interpretó de memoria y con esa voz que emociona en todos los registros. Esta música de Britten no es «una nueva invención» sino la fuerza compositiva de este británico «religioso» que siempre toca la fibra y nos deja el alma encogida ante un dolor interior que no encuentra respuesta. Para mí, y sin dudar, Britten forever…

INTÉRPRETES

Ian Bostridge, tenor
Julius Drake, piano
Timothy Morgan, contratenor
Mauro Borgioni, barítono
Ketevan Kemoklidze, mezzosoprano

Solistas de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG):

Juan Carlos Chornet (flauta), Miguel Ángel Sánchez Miranda (arpa), Atsuko Neriishi (violín), Hanna Nisonen (viola), Arnaud Dupont (violonchelo), Óscar Sala (trompa).

PROGRAMA

Manuel de Falla (1876-1946)
Psyché (para voz y ensemble, poema de G. Jean-Aubry.1924) *

Benjamin Britten (1913-1976)
Arreglos de cinco Geistliche Lieder de Johann Sebastian Bach:

Gedenke doch, mein Geist, zurücke, BWV 509 (1725)

Kommt, Seelen, dieser Tag, BWV 479 (c. 1736. Texto: Valentin Ernst Löscher)

Liebster Herr Jesu, BWV 484 (c. 1736. Texto: Christian Weselovius)

Komm, süßer Tod, BWV 478 (c. 1736)

Bist du bei mir, BWV 508 (Texto: Gottfried Heinrich Stölzel)

Arreglos sobre Henry Purcell:

Music for a While (de Seven Songs from ‘Orpheus Britannicus’. Texto: John Dryden)

In the Black Dismail Dungeon of Despair (Texto: William Fuller)

An Evening Hymn (de Three Divine Hymns. Texto: William Fuller)

Sound the Trumpet (de Ode for the Birthday of Queen Mary. Texto: atrib. Nahum Tate)

Canticles (Cánticos):

Canticle I «My beloved is mine», op. 40

(Tenor y piano. 1947. Texto: Francis Quarles)

Canticle II «Abraham and Isaac», op. 51

(Contratenor, tenor y piano. 1952)

Canticle III «Still falls the Rain – The Raids, 1940, Night and Dawn», op. 55

(Tenor, trompa y piano. 1954. Texto: Edith Sitwell)

Canticle IV «The Journey of the Magi», op. 86

(Contratenor, tenor, barítono y piano. 1971. Texto: T. S. Eliot)

Canticle V «The Death of Saint Narcissus», op. 89

(Tenor, arpa y piano. 1974. Texto: T. S. Eliot)

* En el centenario del estreno de Psyché 

Cine de verano con Carmen

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 13). Ópera y cine.

Martes 1 de julio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Ópera & Cine (I): Georges Bizet. Orquesta Ciudad de Granada (OCG), Timothy Brock (director). Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

En Asturias por la climatología no había cines de verano pero en esta tierra andaluza recuerdo muchas sesiones con mis sobrinos aprovechando las noches de canícula donde ver los estrenos del momento.

Y en. mi decimotercera noche de Festival, el Teatro del Generalife se convertía en un inmenso cine con la música en vivo para disfrutar de dos películas sobre «Carmen», una trágica de 1915, otra cómica de 1916.

La presentación en la web del festival nos preparaba para esta primera función de cine con música en vivo, como siempre fue desde el nacimiento del Séptimo Arte:

Carmen trágica, Carmen burlesca
No hay personaje de la literatura romántica vinculado con España que haya inspirado mayor número de películas que Carmen. Pasan de las 50. De hecho, cuando en 1915 Cecil B. DeMille hace la suya, había ya algunos antecedentes de cortos españoles y un largo italiano sobre el personaje. Pese a ser obviamente un film mudo, y a que el guion partió de la novela de Merimée y no de la ópera de Bizet, el director estadounidense contó para su obra con una gran estrella de la ópera, Geraldine Farrar. El film se estrenó en octubre, y antes de que terminase aquel año, Charles Chaplin había filmado y estrenado (el 18 de diciembre) una parodia de esa misma película. Ambas se verán en esta sesión doble con música en directo a cargo de la OCG con Timothy Brock como director de la banda sonora escrita originalmente para la obra de De Mille y con su propia música para la de Charlot.

Con amplificación por el propio espectáculo y en el foso la OCG dirigida por un especialista en la música de cine, el compositor y director estadounidense Timothy Brock (1963) arrancaba la «Carmen» de Cecil B. DeMille, con la música de Hugo Riesenfels y Samuel L. Rothafael a partir de la escrita por George Bizet para su ópera.

Cinematográficamente es una maravilla de producción, con la soprano Geraldine Farrar como protagonista, Wallace Reid como Don José  más el Escamillo de Pedro de Cordoba, que tenía nombre de torero, sin dejarme al Pastia de Horace B. Carpentery. Gran producción de la Paramount con todos los clichés esperables para el drama de Merimée, y una música no siempre bien encajada con la imagen pues resulta difícil cuadrar los tiempo exactos, así que algún silencio entre las escenas llegó antes de lo debido. Con todo las melodías de Bizet bien utilizadas pusieron la banda sonora en vivo de esta «Carmen».

Las notas al programa firmadas por Juan de Dios Salas Chamorro, responsable del Cine club y del Aula de cine de la UGR, desmenuzan las dos películas que visionamos esta primera noche de julio:

Carmen apasionada, Carmen parodiada

Hollywood, segunda década del siglo XX. El cine, un naciente «arte» aunque aún sin ese título, busca el reconocimiento y la respetabilidad. Reconocimiento para dejar de ser considerado divertimento fácil de clases populares y ser considerado, precisamente, arte. Respetabilidad para cortar su exclusiva identificación con las clases bajas y poder atraer el interés de un público no solo con gustos culturales más elevados, sino también más pudiente. No hay que olvidar que las personas dedicadas al cine tienen claro que, junto a su loable interés por servir de vehículo para educar a la gente, éste quiere ser un negocio rentable. Y eso no ocurrirá si no atraen a espectadores con «posibles». Por tanto, ¿qué mejor forma de lograrlo que realizando películas que recurran a algo tan culto, prestigioso y reputado como la ópera?

Así en 1915 se dan cita en las pantallas estadounidenses tres versiones de Carmen de Bizet. La «guerra de las Cármenes» está servida, aunque bien es cierto que se librará solo entre dos de las tres contendientes. De la Carmen de la Fox, dirigida por el futuro maestro Raoul Walsh y protagonizada por la “excesiva” Theda Bara, solo se conservan fotos y críticas. Por unas y otras sabemos que su versión del personaje se acercaba más a lo fantástico que a lo realista: es una vamp, una «devoradora de hombres». Nada que ver con el tratamiento más naturalista –para la época– que da la admirada y respetada soprano Geraldine Farrar al personaje en la Carmen de la Paramount dirigida por el ya entonces celebrado Cecil B. DeMille. La manera tan directa de mostrar su sexualidad, unido a lo gráfico de la violencia de algunas escenas –de nuevo, para la época– molesta y escandaliza a crítica y público siendo a su vez, en gran medida, parte del éxito del film.

1915. El genial D. W. Griffith estrena la magistral El nacimiento de una nación. Es el principio del fin de un modo de hacer cine, mayoritario, que toma como modelo los espectáculos escénicos –años más tarde ese ‘modo’ se denominará Modo de Representación Primitivo– para dar paso a otro modo, ahora basado en la plástica de lo fotográfico y lo pictórico –Modo de Representación Institucional–. Con éste trabaja ya DeMille quien usa, con soltura y brillantez, la escala de los planos, los contrastes lumínicos, el montaje… todo el lenguaje del cine, para narrar la trágica historia de Carmen.

Ante su éxito y repercusión, otros quieren también sacar beneficios. Charles Chaplin, en ese momento en la Essanay, realiza entonces una singular parodia, pero no de la historia de Bizet sino del film de DeMille. Copia planos, estructura o diseño de personajes. ¿La intención? Hacer “caja” riéndose de su desaforado dramatismo. Pero incluye tres cambios, tres aportaciones, detalles magistrales, que son los que hacen que su Carmen trascienda la simple idea del “reírse de…”.

Primero: Carmen no es la protagonista, es Don José, (aquí Darn Hosiery, “calcetín zurcido”), el propio Chaplin, trasunto, con casco de flecos y espada, de su inmortal vagabundo con bombín y bastón.

Segundo: incluye anacrónicas referencias populares al boxeo, al billar… tiene claro que su público podrá ser de clase alta, pero que él siempre habla al pueblo.

Y tercero: buscando desactivar la “bomba” dramática de DeMille, opta por un ingenioso, sorprendente y genial cierre, autoconsciente, sobre el carácter de representación, de fascinante mentira, que es este joven espectáculo que ya aspiraba a ser arte.

Tras el descanso en el ambigú, como todo buen cine que se precie, y el de verano no podía se menos, llegaría A burlesque on Carmen de Charles Chaplin con la música compuesta en 2013 por Timothy Brock, que sigue recuperando películas y escribiendo la banda sonora para tantas cintas del llamado cine mudo. La música de este film, perfectamente digitalizado, está llena de guiños no ya cómicos sino de cabaret o «music hall» con una OCG donde la orquestación era más actual, donde se utiliza el piano, banjo, saxofones o trompetas (momentos con sordina recordándome a Nino Rota), música mejor sincronizada donde se nota la confluencia de compositor y director. Grande este Charlot como Don José que parodia sin reparos, y así titula de «burlesca» la Carmen de Cecil B. DeMille, aquí Edna Purviance con un final del que no destriparé (aunque ahora se diga spoiler) para quien la vea por primera vez, e incluyendo vestuario con los mismos «pompiers«, decorados y hasta  los textos -en inglés- para una divertida película que sacó carcajadas a los espectadores del Generalife y con el auténtico  genio que fue Charles Chaplin.

Y aún quedan más noches de cine con la ópera como «disculpa» más la música en vivo, como en los orígenes de un cine mudo que no pasa de moda para volver a disfrutar de estas joyas que lo convirtieron en «El Séptimo Arte».

Carmen (1915)
Película de Cecil B. DeMille
Música original de Hugo Riesenfeld y Samuel L. Rothafel (a partir de Carmen de G. Bizet)

A burlesque on Carmen (1916)
Película de Charles Chaplin
Música de Timothy Brock

En el 150 aniversario de la muerte de Georges Bizet (1838-1875)

Aterballetto en el Generalife

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 10 b). Danza.

Sábado 28 de junio, 22:30 horas. Teatro del Generalife. Centro Coreografico Nazionale / Aterballetto. Don Juan y más. Coreografías de Johan Inger y otros. Música de Marc Álvarez, George Gershwin, Bessie Jones, Beethoven y Keith Jarrett. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

En las redes sociales del festival se comunicaba que debido a una lesión sufrida por el protagonista del ballet Don Juan durante el ensayo general, el Festival de Granada se ha visto obligado a cambiar el programa, y el coreógrafo sueco Johan Inger ha accedido generosamente a modificar el contenido de la velada y, junto a la Dirección del Aterballeto, cambiaron el programa que dejo al final. Y antes de dar comienzo al espectáculo, tanto Paolo Pinamonti como Johan Inger se dirigieron al público para anunciar los cambios, aunque en el programa de mano se añadió el repertorio elegido.

Del esperado Don Juan al menos se representó la escena de la boda, con la música de Marc Álvarez, y casi toda la compañía en escena, con los cipreses de verdadero decorado, una iluminación suficiente y un vestuario sencillo en tonos apagados que contrastaba con la luz, y las parejas asociadas a los mismos. Una muestra de lo que pudo haber sido y no fue con unos excelentes bailarines y bailarinas que mostraron flexibilidad y una coreografía exigente pero muy plástica.

Las excelentes imágenes captadas por Fermín Rodríguez.nos pueden dar una idea de los números que hubieron de prepararse ante el imprevisto cambio. 

Tras una pausa para poder cambiar el vestuario llegaría la Rhapsody in blue de Gershwin aunque primero se escuchó la voz de Bessie Jones cantando Beggin’ The Blues. Con un vestuario en azules como no podía ser menos, un bailarín en solitario abría este segundo número antes de que con la rapsodia fuesen incorporándose toda la compañía, notándose que había que «refrescar» todo el movimiento escénico de la coreógrafa vasca Iratxe Ansa y el italiano Igor Bacovich, para mí lo mejor de la noche por la buena coordinación entre música y danza, mejor ellas y con logradísimas escenas «a cámara lenta» de lo más vistosas.

Otra parada para un número titulado Reconciliato con el primer movimiento de la sonata «Claro de Luna» de Beethoven con dos bailarinas casi en espejo, movimientos exigentes explorando escenario en un dúo con coreografía de Angelin Preljocaj (con quien disfrutaremos el próximo 4 de julio en este mismo teatro).

Me gusta mucho Keith Jarret pero es complicado bailarlo, 27 minutos de piano solo con improvisaciones tituladas Bliss, que ya avanzó Inger al inicio en en itañol. Mucho movimiento sobre el escenario, tránsitos, emparejamientos y agrupaciones variadas que visualmente se notaban trabajadas aunque algo descoordinadas. La idea de transmitir esa idea de improvisación que como en el jazz está reglada, es buena pero la duración algo excesiva.

Quedamos con ganas del Don Juan al completo y sigo recordando mis años universitarios cuando los ballets  de Marta Graham eran auténtica revolución en la entonces llamada «danza moderna» e incluso contemporánea con series como Fama que llenaron las escuelas de baile, técnicas exigentes a nivel técnico y físico, casi acrobáticos pero que cuarenta años después ya no son novedad, y el centro italiano hubo de afrontar como mejor pudieron un imprevisto donde no había un cover para evitar «cancelar» y preparar en tan poco tiempo un nuevo programa que pareció una muestra de lo que Aterballetto puede ofrecer.

PROGRAMA

Fragmento de DON JUAN (Escena de la boda), 15 bailarines.

Coreografía: Johan Inger –

Composición musical original: Marc Álvarez

RHAPSODY IN BLUE, 16 bailarines.

Coreografía: Iratxe Ansa e Igor Bacovich
Música: George Gershwin, Rhapsody in Blue; Bessie Jones, Beggin’ The Blues

RECONCILIATIO: 2 bailarinas

Coreografía: Angelin Preljocaj
Música: Ludwig van Beethoven, Sonata Claro de luna

BLISS, 16 Bailarines
Coreografía: Johan Inger
Música: Keith Jarrett
Escenografía: Johan Inger

Granada en el alma

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 10 a). Conciertos matinales.

Sábado 28 de junio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Pilar Alva-Martín (soprano), Stefano Arena (piano). Obras de Juan-Alfonso, Falla y Turina. Ciclo Juan-Alfonso y la Nueva Música en Granada. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Llego a mi décimo día de festival y como cada fin de semana con sesión doble, que además sigue descubriéndome mucho de Juan-Alfonso García más allá de su obra coral y lo poco sinfónico escuchado hasta estos días.

La web del Festival nos presentaba este recital matinal que unía en Granada mucha música con un programa muy bien hilvanado en letra, música y una evolución de estilos compositivos con el nexo andaluz de las tres figuras elegidas para este recital:

Poesía y música desde Andalucía
Dentro del ciclo dedicado a la Nueva Música en Granada, este recital comienza con una serie de canciones de su inspirador, Juan-Alfonso García, el maestro extremeño que llegó de niño a Granada, donde se hizo como músico. Sus canciones, incluido un estreno absoluto, no han podido caer en mejor garganta, la de Pilar Alva-Martín, que es su sobrina-nieta. La soprano granadina lleva años trabajando en este repertorio con el pianista Stefano Arena, y aquí coloca a García junto a dos grandes de la música española de principios del siglo XX: primero, el Falla folclorista de Tus ojillos negros y la Andaluza (para piano solo), pero también el afrancesado de las Tres melodías y el muy emotivo de las Oración de las madres y El pan de Ronda; después, el Turina del a la vez dramático y jondo Poema en forma de canciones, ciclo a partir de textos de Ramón de Campoamor.

Las notas al programa que firma el doctor Reynaldo Fernández Manzano (Granada, 19 de enero de 1959) con el título de Caleidoscopio de sonidos las iré alternando con el perfil del homenajeado y el análisis de las obras, aunque no siempre en ese orden.

Contar con la soprano granadina Pilar Alva-Martín, sobrina-nieta del compositor añadía ese plus de beber directamente de las fuentes (dejo su entrevista para PlateaMagazine©), y además con un pianista excepcional como el venezolano-italiano Stefano Arena, también compositor, que mostró su exquisitez tanto en solitario como en los lieder donde no es acompañar sino compartir con cada cantante una música tan unida a la palabra que resulta lírica en estado puro. Fernández Manzano nos la presenta al final de sus notas:

La soprano Pilar Alva-Martín, sobrina nieta de Juan-Alfonso y estudiosa de su obra, junto al pianista y compositor Stefano Arena, están comprometidos con la difusión internacional de este legado. Su profundo conocimiento de los lieder de Juan Alfonso –tema de su trabajo fin de grado en el Conservatorio Superior de Música de Granada– aporta una interpretación llena de sensibilidad.

Un programa sólidamente estructurado, un caleidoscopio de sonidos que traza un sendero de pinceladas por la música andaluza del siglo XX.

Del compositor pacense emigrado a Granada, el humanista Fernández Manzano le presenta, escribe y describe:

Este año el Festival dedica un apartado especial a la Nueva Música en Granada, centrado en la figura de Juan-Alfonso García, con actividades que incluyen una exposición monográfica en el Museo Casa de los Tiros, conferencias y conciertos.

Juan-Alfonso García (Los Santos de Maimona, 4 de agosto de 1935 – Granada, 17 de mayo de 2015) fue un destacado compositor y organista, considerado maestro y alma de la llamada Escuela granadina de compositores. Llegó a Granada a los once años y se ordenó sacerdote en 1958. Para él la música era espiritualidad, conciencia estética y destilación del pensamiento sonoro.

Impulsor incansable de la vida cultural granadina, su labor se extendió desde la Cátedra Manuel de Falla de la Universidad de Granada hasta el Festival Internacional de Música y Danza –del que fue comisario–, pasando por la Real Academia de Bellas Artes. Entre sus discípulos más notables figuran nombres como Francisco Guerrero Marín, José García Román, Manuel Hidalgo y José María Sánchez-Verdú.

Juan-Alfonso García valoró la profunda influencia de su maestro, Valentín RuizAznar, de quien heredó la pasión por el lied como «expresión íntima y refinada del arte musical». Ruiz-Aznar fue, a su vez –gracias a su amistad con Falla–, el vínculo y puente hacia Juan-Alfonso, quien siempre lo tuvo como referente estético.

En 1992, publicó Ocho “lieder” para canto y piano, donde dejó constancia de su conexión con la poesía: «El poema es quien elige y manda. Vas leyendo… Y, de pronto, un poema te llama, te sale al encuentro, te descubre sus más íntimas resonancias». Entre los poetas a los que musicalizó destacan Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Luis Rosales, Gerardo Rosales, Juan Gutiérrez Padial y Rafael Guillén.

Obtuvo numerosos galardones, como el Premio Manuel de Falla de la Junta de Andalucía, la Medalla de Oro de Granada, el Premio Aldaba de la Casa de los Tiros, la Medalla de Honor del Instituto de Academias de Andalucía y la Medalla de Honor del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, entre otros.

Tras las revoluciones musicales del siglo XX –Stravinsky, Schoenberg y el movimiento futurista–, algunos autores siguieron la senda de las vanguardias, mientras otros buscaron su propio camino. Así, el intimismo y la mirada al Siglo de Oro en la segunda etapa de Falla, la paleta colorista de Turina, el misticismo de Messiaen, el eclecticismo de Shostakóvich, el magisterio de Manuel Castillo en Sevilla o de Juan-Alfonso García en Granada. Juan-Alfonso, músico de gran cualidad melódica, buscó una mirada contemporánea y un espíritu de esencialidad, donde cada nota y cada acorde fueron meditados con rigor estético.

La exposición en el Museo-Casa de los Tiros, comisionada por el propio Fernández Manzano y las sobrinas del compositor, la visité el pasado miércoles y volveré para volver a disfrutar de tanto en ella recogido como de un documental de 90′ que no me dio tiempo a visualizar completo ante tanto que contemplar y escuchar. El recital comenzaba con los ocho lieder escritos entre 1966 y 1977 tan actuales pese a los casi 60 años transcurridos desde su composición. Juan-Alfonso decía que «El poema es quien elige y manda. Vas leyendo… Y, de pronto, un poema te llama, te sale al encuentro, te descubre sus más íntimas resonancias». De estilo por entonces calificado de «vanguardista», aborda la musicalización de cada poema con un conocimiento perfecto de la voz solista que debe vocalizar correctamente para no perder nada del texto, sumándole un piano exigente que comparte disonancias y efectos, guiños al expresionismo con la herencia romántica de la poesía hecha música. Fueron la verdadera dramatización de unos escritores hondos en los textos que inspiraron al maestro Díaz.

El tándem Pilar Alva-Martín y Stefano Arena se notó  muy compenetrado, un dúo especializado
en música vocal del siglo XX, con un enfoque particular en el repertorio español como así lo demostraron esta mañana de sábado, con un trabajo de años en Suiza -donde pudieron disfrutar antes que en Granada de este ciclo de Juan-Alfonso– que se notó en todo el programa. La soprano granadina es una verdadera artista que expresó y actuó en cada «microrrelato»: gestualidad completa, vocal y escénica, con un atrezzo sencillo de una silla, un colorido mantón y la mantilla negra (en el machadiano Cuando murió su amada) utilizados puntualmente, cantando dentro de la caja acústica del piano totalmente abierta para unas resonancias increíbles, e incluso deambulando por el pasillo central del crucero en el (re)estreno de Gritando su dolor verdaderamente emocionante (con la partitura en pequeño interactuando cual breviario), o el clavel rojo, como su vestido (que lanzaría tras la Séguidille de Falla) con el piano cómplice llenando de pinceladas sonoras las distintas melodías. Escuchar estas canciones, más el estreno granadino ha sido una experiencia única y el mejor homenaje que se puede hacer diez años después de su muerte a un músico que hizo vida, carrera y escuela en esta Granada tan inspiradora para tantos artistas.

El programa incluye obras poco conocidas, como las de Falla sobre textos de Cristóbal de Castro, María Lejárraga, el folclore andaluz y Théophile Gautier, así como las de Turina (op. 19), inspiradas en Ramón de Campoamor.

Interesante colocar el segundo movimiento de Tres movimientos de danza con el piano solo (Quasi allegro – Andantino – Poco più mosso) creando el puente sin pausa de Juan-Alfonso a Falla (Tus ojillos negros), la misma capital nazarí inspiradora del extremeño y el pacense con otra soberbia interpretación de Pilar Alva-Martín y el piano cristalino de Stefano Arena, quien nuevamente prepararía al piano con la Andaluza –de «Cuatro piezas españolas»– las dos bellísimas canciones de María Lejárraga, otra figura femenina que se está recuperando más allá de su «asociación» con Gregorio Martínez Sierra, defendidas y actuadas con magisterio, entrega, gusto y musicalidad a pares.

Continuaron con el Falla  poco escuchado de sus Trois mélodies en francés con letra de T. Gautier, pronunciación perfecta y sin nasalizar, palomas, chinescas y seguidillas hasta bailadas, clavel incluido, con nuestro folklore andaluz elevado a canción de concierto por el músico gaditano más universal que llevó Granada en su corazón.

Y nada mejor para rematar que el sevillano Joaquín Turina afincado en Madrid, con su Poema en forma de canciones, op. 19 (1923) con texto del asturiano Ramón de Campoamor. No se puede interpretar mejor cada número, desde el piano solo de la Dedicatoria que tiene aires de orgía, para invitar al escenario con la nota pedal de Nunca olvida, unos Cantares que firmaría mis admirados Kraus, Berganza y hasta la recordada Lorengar, sin prisas, recreándose en  el tempo y los ornamentos con un piano compañero, sombra de su pensamiento, guitarrístico, valiente y reposado. Sin miedos la penúltima y unas espectaculares Las locas por amor para finalizar un recital intenso, cercano, emocionante y muy emotivo.

Pilar Alva-Martín (interesante la entrevista de Belén Rico para el diario GranadaHoy) agradecería emocionada el apoyo de Paolo Pinamonti en este homenaje durante la septuagésimo cuarta edición del Festival, y qué mejor propina que la Nana de las «Siete canciones españolas» de Valentín Ruiz-Aznar (1902-1972), editadas en 1944 por la Universidad de Granada, otra obra poco conocida y menos escuchada de un aragonés que también fue maestro de capilla en Granada, admirador, amigo y colaborador de Falla además de maestro de Juan-Alfonso García, más la Jota con taconeo y palmas del público cerrando un círculo histórico como este recital matinal.

PROGRAMA

Juan-Alfonso García (1935-2015):

Ocho “lieder” para canto y piano:

1. Cuando murió su amada (1975. Texto: Antonio Machado)

2. Fuego y sentimiento (1969. Texto: Juan Ramón Jiménez)

3. Paisaje (1969. Texto: Federico García Lorca)

4. Aprendiendo a ser hombre (1977. Texto: Luis Rosales)

5. Río anónimo (1966. Texto: Juan Gutiérrez Padial)

6. Un hombre (1969. Texto: Gerardo Rosales)

7. Elegía a Europa (1969. Texto: Gerardo Rosales)

8. La voz de lo invisible (1976. Texto: Rafael Guillén)

Segundo movimiento de Tres movimientos de danza (1962. Piano solo):

Quasi allegro – Andantino – Poco più mosso

Manuel de Falla (1876-1946):

Tus ojillos negros, canción andaluza, de «Canciones de juventud» (1902-03. Texto: Cristóbal de Castro)

Juan-Alfonso García:

Gritando su dolor (1977. Texto: Juan Gutiérrez Padial y Gerardo Rosales) *

Manuel de Falla:

Andaluza, de Cuatro piezas españolas (1906-09. Piano solo)

Canciones de María Lejárraga (Texto: Gregorio Martínez Sierra):

Oración de las madres que tienen a sus hijos en brazos (1914)

El pan de Ronda que sabe a verdad (1915)

Trois mélodies (1909-10. Texto: Théophile Gautier):

Les Colombes

Chinoiserie

Séguidille

Joaquín Turina (1882-1949):

Poema en forma de canciones, op. 19 (1923. Texto: Ramón de Campoamor)

Dedicatoria (piano solo)

Nunca olvida

Cantares

Los dos miedos

Las locas por amor

* (Re)estreno, -solo se interpretó una vez, en Granada (1998)-

Cohen, Lorca… y Granada

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Encuentro-homenaje Federico García Lorca y Leonard Cohen (Cátedra Leonard Cohen)

Este jueves 26 de junio tuvo lugar en Granada “Cohen & Lorca. Ecos de la amistad cultural entre España y Canadá”, un encuentro homenaje a las figuras de Federico García Lorca y Leonard Cohen. El poeta granadino y el cantautor canadiense volvieron a unir sus nombres y su obra gracias a una iniciativa de la Embajada de Canadá en España, a la que se han unido el Centro Federico García Lorca y la Cátedra Leonard Cohen de la Universidad de Oviedo, que conviene recordar se creó tras el Premio de la Fundación P. de Asturias (FPA) de poesía en 2011 al canadiense, donando el premio en metálico con el que mi universidad  crearía una cátedra única, pudiendo saludar a mi querida Miriam Perandones, musicóloga y que también fue directora de esta cátedra desde 2016 hasta febrero de 2022, hoy presente en estos actos.

A las doce de la mañana en Granada, con la presencia de Jeffrey Marder (embajador de Canadá en España), Laura García Lorca (del Centro Federico García Lorca) y José Errasti (director de la Cátedra Leonard Cohen de Oviedo), se hizo el descubrimiento de una placa que recuerda este homenaje con el que se pretende rendir tributo a dos figuras que han reunido en sus creaciones un universo cultural y poético con innumerables puntos de conexión, un tributo con voluntad de perdurar en el futuro con el fomento de actividades que den a conocer la obra y los puntos comunes de ambas personalidades.

Y a las siete de la tarde, tras 40 minutos de cola, se abrían las pertas del auditorio del Centro Federico García Lorca, con unas palabras previas de Laura García Lorca, Errasti y el embajador de Canadá en España.

A continuación ocuparía la mesa sobre el escenario del auditorio la doctora en Literatura Española por la Universidad de Cádiz Elena Caballero, que expondría los aspectos más importantes de su tesis “La influencia de García Lorca en Leonard Cohen”, presentada por Fernando Navarro (periodista de El País), que moderaría el coloquio posterior donde participaron Jose Manuel Medina (de la Fundación Enrique Morente), y Chema Cano (autor del libro «Seis acordes»).

La ponencia de la doctora Caballero se limitaría a 20 minutos por cuestiones de tiempo y organización, que arrancaba un viernes 21 de octubre de 2011 viendo en TVE la entrega de los premios de la FPA con su madre asturiana, donde quedó enamorada de Leonard Cohen tras su discurso. En su exposición nos habló de «un viaje de referencias», la relación entre poesía y música, Montreal y Granada, con dos caminos: analizar las traducciones de Lorca al inglés, y la huella textual de Lorca en muchos temas propios de Leonard Cohen.

No podía faltar el recuerdo al asturiano Manolo Díaz (entonces en CBS) quien recogió al canadiense en el aeropuerto de Madrid, y durante el trayecto en taxi de Barajas al Hotel Palace (entonces casi una hora), le fue hablando del proyecto del disco «Poetas en Nueva York» donde quería contar con él junto a otros cantautores del momento. Solamente le miraba y finalmente le contestó: «mi hija se llama Lorca Cohen».

Después vendría el encargo a Cohen, la traducción o mejor adaptación del Pequeño vals vienés, 150 horas de trabajo para su Take This Waltz. Pero no solo este tema (que se haría tan popular), también The Gypsy’s Wife (1979), otra fascinación para Cohen y la que más influye por su escenario poético de la mujer que enlaza con Bodas de sangre según Elena Caballero.

No faltaron las referencias al último concierto en Sevilla de Lola Índigo o Silvia Pérez Cruz como transmisoras actuales de Lorca en sus RRSS para un público adolescente, pero especialmente Enrique Morente quien tras descubrir “el vals de Cohen” conocerá Poeta en NY y lo llevará a su disco “Omega”, una verdadera locura que un flamenco cante a Lorca con un grupo de rock como Lagartija Nick. Gracias a estos artistas aún mantenemos el legado de Federico.

Finalizada la ponencia vendría la mesa redonda donde todos mostraron la adoración por Cohen. Así Chema Cano contaría cómo ficciona en su libro “Seis acordes” y la admiración común por Cohen porque es un “contador de historias”, como en el discurso de la entrega del premio, o Dylan (otro galardonado cuatro años antes en los Premios), el Montreal de entonces para un canadiense de familia judía, su primera guitarra de 2ª mano, las influencias y emociones. Navarro también citaría a Dylan, los trovadores y unas letras por las que pregunta a Elena y cómo influye la faceta de músico en Lorca, quien contesta que toda su obra está cargada de musicalidad, un músico que se asienta como poeta, al revés que Cohen. Fernando preguntaría a Medina y a Chema del «Universo Cohen» qué influyó en Morente, con el que se cerraba la ponencia, y la unanimidad: la libertad.

Proseguiría el coloquio con un público no muy participativo, aunque surgió el tema  de las RRSS que transmiten esas letras y música, hasta los diseños, y aunque a mi generación le parezca triste, está claro que al menos la calidad de los textos de los artistas actuales es volver a mirar la música de nuestros abuelos o el recuerdo a Carlos Cano quien actualizó y «recuperó» la copla como están haciendo esta generación digital de cantantees.

El broche musical lo pondrían Rafael Liñán (voz y guitarra), Juan Trova (voz, guitarra y banjo), más Eva Manzano (baile), que comenzaría como era de esperar con Liñán cantando Take this waltz, estribillo coreado por el público. Trova además de agradecer este hermanamiento que en estos tiempos haya muchos más. Y este trío para la ocasión versionaría el romance de Las morillas de Jaén, con Eva bailando.

Siguiente tema con los tres, Rafael Cohen, Trova al banjo y los «jaleos» de Manzano para otro «hit» cantado por el público, Dancing to the end of love con ese aire flamenco sin perder el original.

Trova recordó a Paco Ibáñez que tanto ayudó a difundir el poema de Lorca El lagarto está llorando, en una versión llevada al blues por Juan y cantado también Eva, con alternancia de estrofas.

Regreso a Cohen con Rafa cantando y Trova al banjo en So long Marianne, y el estribillo coreado por un público entregado y conocedor tanto de Federico como de Leonard, que como comentaba Eva al finalizar el tema, unir danza, música, poesía es estar “en la misma gloria”.

Paco Ibáñez fue pionero en musicar a nuestros poetas, y en su disco de 1964 la portada tenía una pintura de Dalí como bien recordó Juan antes de hacernos su versión de la Canción del jinete, trío lorquiano con el sentido baile de Eva. Y una oración como Hallelujah, bailado y cantado por todos los presente siendo de lo más aplaudido antes de cerrar círculo con el Pequeño vals vienés, cantado por Juan Trova, en castellano con el punteo de Rafa y el baile de Eva, el mismo y distinto vals que Lorca inspiró.

Pasadas las nueve de la noche y con las campanas de la catedral repicando, saludos varios, un cerveza para refrescar y raudo me dirigiría al Hospital (Real)… que ya lo conté antes de esta reseña. Viva Cohen, Lorca y Granada…

Cantando a Padre y Madre

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 4). Conciertos matinales.

Domingo 22 de junio, 12:30 horas. Crucero del Hospital Real. Numen Ensemble, Héctor Eliel Márquez (director). Obras de Falla, Victoria, Rachmaninov, Juan Alfonso García, Duruflé y Stravinsky. Fotos propias y ©Fermín Rodríguez.

Cuarto día de mi festival con sesión matinal, coral «a capella» y un programa variado donde se volvía a homenajear a Juan-Alfonso García que sigue siendo  y sonando actual, con obras interesantes que Helena Martínez Díaz en las notas al programa titula «Diálogo entre música y palabra» (que iré intercalando a lo largo de esta entrada) donde no faltó un estreno del compositor y organista catedralicio. De este tributo musical, la web del festival dice:

«Homenaje a Juan-Alfonso García
Este homenaje del conjunto coral Numen Ensemble se articula en dos partes bien relacionadas entre sí: la primera reúne piezas sobre dos de las oraciones más populares del orbe cristiano, el Ave María y el Padre Nuestro, desde Victoria a Rajmáninov, Falla, Stravinsky y Duruflé. Sobre un motivo del Ave María de Victoria escribieron además Falla su Invocatio ad individuam trinitatem, que abre el recital, y Juan-Alfonso García su Letrilla al Niño Jesús. Con esta pieza arranca la segunda sección del concierto que incluye obras del homenajeado, el compositor nacido en Extremadura pero avecindado en Granada desde los once años de edad. Se podrá escuchar El corazón de la materia, sobre un texto de Teilhard de Chardin, que es estreno absoluto, y otras piezas sobre poemas de los poetas granadinos Elena Martín Vivaldi, Federico García Lorca y Antonio Carvajal».

Numen Ensemble (creado en febrero de 2011) es un coro de cámara con larga trayectoria y distintos repertorios, que se presentaba con 16 voces dirigidas por el también compositor Héctor Eliel Márquez, y aunque en el programa de mano aparecían cuatro por cuerda, se presentaron con 10 voces blancas y 6 graves, lo que en cierto modo descompensó el balance y color, aunque en general sonó empastado, afinado y moviéndose muy bien en el repertorio de García, de quien Helena Martínez relata que fue una «figura clave en la música española de la segunda mitad del siglo XX, en conmemoración de los diez años de su fallecimiento. Organista titular de la Catedral de Granada durante más de cincuenta años, perteneció a esa «inmensa minoría» –como él mismo se definía– que pudo dedicarse a la profesión que había sentido y escogido: la música y el sacerdocio. Su formación estuvo guiada por Valentín Ruiz-Aznar, maestro de Capilla de la Catedral de Granada, quien le transmitió un ideal musical arraigado en la tradición polifónica religiosa española de Tomás Luis de Victoria y el contrapunto de Johann Sebastian Bach. Nacido en Extremadura, pero avecindado en Granada, Juan-Alfonso García estuvo profundamente ligado a la ciudad y su ambiente intelectual y artístico, en estrecha relación con músicos y escritores, desde donde configuró su estilo compositivo más vanguardista».

En Granada y con un programa que unía música y poesía así como las dos oraciones universales del Ave María y el Padre Nuestro, nadie mejor que Falla para comenzar el concierto con la Invocatio ad Individuam Trinitatem (1935) e ir calentando las voces, y continuar con el conocido Ave Maria atribuido al Padre Victoria, renacimiento inspirador matizado e interpretado diferenciando dinámicamente y en «tactus» la segunda parte del Sancta Maria, Mater Dei donde las cuerdas agudas sobresalieron más de lo esperado pero siempre atentas al maestro granadino Márquez (13 abril de 1979).

Del Ave Maria renacentista pasamos a la tradición ortodoxa con Rachmaninov y su Bogoroditse Devo de 1915 (contenido en sus Vísperas, op. 37), esfuerzo de los bajos por sustentar esta catedral coral, con la que llegaríamos al de Juan-Alfonso García de quien Helena Martínez cita: «En 1939 Falla dejó constancia de la autoría «compartida» de esta pieza en el borrador de una carta dirigida a María de Cardona, dado a conocer por Juan-Alfonso García en 1976: «La invocación propiamente tal es mía, mientras el Amén es de Victoria». (…) Continuamos esta tradición musical con un Ave Maria (1975) del mismo Juan-Alfonso, escrito para cuarteto solista y coro a cuatro y seis voces mixtas». Interesante optar en colocar al cuarteto solista al fondo y el coro a seis voces mixtas sobre el estrado, muy efectista en esta obra que mantiene el sabor contemporáneo tan del gusto de los actuales coros jóvenes que apuestan por repertorios agradecidos como este del clérigo pacense que se haría granadino.

Si ayer en la mañana sonaba Duruflé en el órgano del Santuario del Perpetuo Socorro, en esta dominical sonaba el Notre Père, op. 14  (1977) bien ubicado en el progama y donde el Numen Ensemble volvió a mostrarse incómodo en las notas agudas de emisión abierta que hacían perder un empaste demostrado en la oración anterior, dos oraciones que vertebraban este concierto donde sonarían ambas con el Stravinsky ortodoxo pero en latín: Pater Noster (1926) y después Ave Maria (1934), dos de las primeras obras religiosas del ruso, con el coro reubicado y logrando homogeneidad de color más una afinación digna de destacar, así como la buena emisión en los melismas.

Y personalmente llegaría la mejor parte con las obras de Juan-Alfonso García que Helena Martínez Díaz desgrana y analiza en sus notas:

«La Letrilla al Niño Jesús (1979), basada en un poema de San Juan de la Cruz, retoma el motivo del Amen de Victoria y da paso a la segunda parte del programa, centrada íntegramente en la obra de Juan-Alfonso García, en la que se entrelaza espiritualidad, poesía y la ciudad de Granada, elementos esenciales en su producción musical. A continuación, se presenta El corazón de la materia (2002), sobre un texto del sacerdote y filósofo Pierre Teilhard de Chardin, que es estreno absoluto. La poesía intimista de Elena Martín Vivaldi se traduce en Amarillos (1978), una trilogía que explora atmósferas cambiantes y disonancias que ilustran a modo de madrigalismo los versos de la poeta. Le siguen los Seis caprichos (1986) sobre textos de Federico García Lorca, donde descubrimos a un Juan-Alfonso más vanguardista y rítmico, especialmente en piezas como Guitarra, Crótalo y Pita, hasta llegar a Cruz, que recuerda un coral bachiano. El concierto culmina con Cada vez que una mano se me ofrece (1979), sobre un poema de Antonio Carvajal, cierre de un homenaje que es también un diálogo profundo entre música y palabra».

Buenas solistas la soprano y contralto (mezzo), vocalización de unos textos que figuran en la web y que se debían haber añadido en el programa para comprobar qué bien entendió Juan-Alfonso la lírica coral, feliz unión de textos que su música engrandece. Digno destacar el estreno de El corazón de la materia ¡23 años después de su composición!, aplaudir a Héctor Eliel Márquez el haberla traído a la Granada amada por el extremeño, y donde Numen Ensemble al fin mostró  toda su calidad. Los Amarillos fueron interpretados con los mismos  calificativos de «plenitud», «encendida» (que bisarían al final bajados de la tarima) y «serena», pero sobremanera los Seis caprichos (1986) a 4-8 voces mixtas que son muy actuales, variados, encontrando técnicas que utilizan los «nuevos» compositores tan programados por las agrupaciones jóvenes (de las amateur no comento su estado vocal ni la media de edad), con un Crótalo y una Pita rítmicos,  jugosos, bien encajados, antes de ese coral final que es Cruz, homenaje a «dios Bach» por parte del Padre García.

Y Cada vez que una mano se me ofrece (1979) citar parte del texto del granadino Antonio Carvajal (Albolote, 1943) que Juan-Alfonso eleva a lírica con su música coral:

Cada vez que una mano se me ofrece / tiemblo de sombras, a su luz me entrego, / y su luz una espiga en mi alma acrece, / casi de ausencia perseguido y ciego, / abro mi mano y tiendo hacia esa mano / leve la espina. Luego, qué sosiego. / Alas la espiga tiene en cada grano.

PROGRAMA

Manuel de Falla (1876-1946):
Invocatio ad individuam trinitatem (1935)

Jacobus Gallus / Valentinus Judex (atrib. T. L. de Victoria):
Ave Maria

Serguéi Rajmáninov (1873-1943):
Bogoroditse Devo (de Vsenoshchnoe bdenie, op. 37. 1915)

Juan-Alfonso García (1935-2015):
Ave Maria (1975)

Maurice Duruflé (1902-1986):
Notre Père, op. 14 (1977)

Igor Stravinsky (1882-1971):
Pater Noster (1926)
Ave Maria (1934)

Juan-Alfonso García:
Letrilla al Niño Jesús (1979)
El corazón de la materia (2002) *
Serena de Amarillos (1978)
Seis caprichos (1986)
Cada vez que una mano se me ofrece (1979)

* Estreno absoluto

Aniversarios en Palacio

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74º Festival Internacional de Música y Danza de Granada (día 2): Conciertos Sinfónicos.

Viernes 20 de junio, 22:00 horas. Palacio de Carlos V. Orquesta Ciudad de Granada, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Cristina Faus (mezzo), Juanjo Mena (director). Obras de Falla, Ravel y Juan-Alfonso García. «En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel y Ricardo Viñes, y el centenario del estreno en París de El amor brujo de Manuel de Falla». Fotos  de las RRSS, propias y  de ©Fermín Rodríguez.

Así presentaba este concierto la página web del festival:

Ravel, Viñes y Falla de aniversarios
Falla y Ravel coincidieron en el París de 1900. El Festival los reúne en el 150 aniversario del nacimiento de Ravel y el centenario del estreno en París de la versión para ballet de El amor brujo. El nombre de Ricardo Viñes, pianista por excelencia de aquel entorno y amigo de los dos músicos, se une a la efeméride pues nació el mismo año que Ravel e introdujo a Manuel de Falla en el ambiente musical francés a su llegada en 1907, además de ser dedicatario de Noches en los jardines de España. El pianista francés Bavouzet y Juanjo Mena ofrecerán en este concierto dos de las obras para piano y orquesta fundamentales no sólo de sus autores, sino de todo el siglo: las Noches de Falla y el Concierto en sol de Ravel. Además, este programa los une también en torno a la danza: La Valse supuso la ruptura de Ravel con Diáguilev, quien se negó a estrenar la obra con sus Ballets rusos, mientras El amor brujo fue convertido en ballet y presentado en París. Entre ambos, se escuchará Epiclesis II, una orquestación de Juan-Alfonso García de su obra original para órgano «compuesta en el centenario del nacimiento de Manuel de Falla y a él dedicada», estrenada en la Catedral de Granada en 2009.

Interesante recordar a Ricardo Viñes que sería ya instalado en París un virtuoso del piano y gran defensor entre otros de Falla y Ravel, por lo que la celebración estaba bien armada aunque los 150 años no comenzarían bien. Un tarde de truenos y relámpagos con lluvia intermitente parecía aguar la fiesta, y cambiar la ubicación palaciega al auditorio no era nada fácil por estar ocupado por la ONE preparando el concierto de domingo. Las previsiones meteorológicas marcaban las 21:00 como despejado y a las 20:42 llegaba un aviso por las RRSS que se retrasaba el inicio a las 22:30 horas, abriéndose las puertas una hora antes, pero aún con dudas no sería hasta las 22:45 cuando tras las disculpas del director del festival Paolo Pinamonti comenzaría un concierto largo, denso y con una conexión entre Granada y París que pondría a prueba a intérpretes y público, pues el orden del programa y su duración nos llevaría hasta la una de la madrugada.

Si hay emociones únicas, escuchar a Falla en La Alhambra tan cerca de su Carmen de la Antequeruela es para recordar y comenzar con el El amor brujo en su versión de 1925 hacía que 100 años después parecía traernos el pasado al presente. La Orquesta Ciudad de Granada (OCG) no podía fallar en el compositor «de casa» y con el director alavés Juanjo Mena (Vitoria-Gasteiz, 21 de septiembre de 1965) al frente presagiaba un buen arranque de concierto, contando como solista con la mezzo de Benissanó, Cristina Faus cual «cantaora», de registros graves casi para contralto (aunque sigo teniendo de referencia a Carmen Linares pero especialmente a Rocío Jurado). Una interpretación con el toque gitano donde la voz de la valenciana casi natural se llenó de la hondura interpretativa que une folklore y lírica, iluminando sus solos con el fuego fatuo siempre arropada por una orquesta donde el alavés supo controlar las dinámicas, con tiempos exigentes y distintas respuestas.

Pausa para colocar el piano en el centro antes del muy esperado pianista francés Jean-Efflam Bavouzet (Lannion, 17 de octubre de 1962) que sería lo mejor de la noche, con la elegancia y técnica ideal tanto para el Falla de la segunda parte como para el extraordinario concierto de Ravel. El compositor vasco-francés vuelca en este concierto el lenguaje de jazz que inspirará a Gershwin, el inicio de un siglo XX  que marcará otro hito en la historia de la música. Maravillosos los tres movimientos con un Bavouzet impecable, atento al maestro Mena que concertó y mandó en una OCG algo desigual pero entregada, luminosa por momentos donde las emociones estuvieron en el Adagio assai con ese piano protagonista, el francés pintor de detalles para quien Ravel es uno de sus predilectos, y un Presto arriesgado y trepidante que pondría a prueba a todos los intérpretes.

Tras la pausa, al menos se dejó el piano sin mover para un homenaje a otro enamorado de Granada, el pacense Juan-Alfonso García (1935-2015) que además de organista de la catedral de Granada,  fue canónigo emérito, comisario de este Festival Internacional de Música de Granada, y maestro de compositores como Francisco Guerrero, Manuel Hidalgo o José María Sánchez-Verdú, tan ligados a la capital nazarí. En las notas al programa del doctor Ortega Basagoiti, nos explica la obra de García que abría la segunda parte: «compuso una trilogía para órgano bajo el título de Epiclesis, el término que designa la parte de la liturgia dedicada a la invocación del Espíritu Santo. Guerrero orquestaría después Epiclesis I, y el propio García haría lo propio en 1997, revisada posteriormente en 2009, con Epiclesis II, subtitulada Plegaria. En un programa en el que tan presente está Falla, es desde luego oportuno recordar la figura de García, no solo por su doble papel como compositor y pasado comisario del Festival, sino por su admiración hacia el compositor gaditano, a quien dedicó su Epiclesis. Así lo expresaba García, recordando el carácter de invocación que tiene el título, en una entrevista con Eva Santamaría: «Yo heredé de mi maestro [Ruiz-Aznar] el afecto hacia Manuel de Falla. Él ha dado lugar a que seamos y le dediqué una obra, Epiclesis, que es la invocación del espíritu sobre una persona»». De  García recuerdo lejanamente su oratorio Cántico espiritual con la OSPA en tiempos de Jesse Levine allá por 1993, pero esta Epiclesis II, en orquestación del propio autor sobre la original para órgano de 2009, me hubiera gustado más con los registros del catedralicio o los muchos instrumentos que Granada atesora, pero no soy quien para contrariar al propio compositor. Mejor «obertura» inicial y reconocido homenaje que tendrá en otras obras de este 74 Festival, y trabajo de Mena con la OCG que serviría como puesta a punto para lo que quedaba.

Falla con Bavouzet fue el complemento ideal de estos aires franceses, dos conciertos de piano en una misma velada, el Ravel desenfadado de los felices años 20 y el Falla de los inicios, el apoyo de Viñes a quien iría dedicado, y todo un modelo a seguir, novedoso titulándolo Noches en los jardines de España donde los tres movimientos son estampas y jardines que pudimos disfrutar en su entorno y con una buena versión de Bavouzet y Mena nuevamente mostrando el feliz y necesario entendimiento con los aires franceses que el talento del pianista le imprimió cual «segundo Viñes» un siglo después. Un Generalife luminoso, una danza lejana donde la OCG ayudó a ese clima de «impresiones sinfónicas» con el piano perfilando la exuberancia antes de la fiesta gitana del Corpus más granadino que cordobés, el recuerdo del cante inicial y el buen entender que los franceses han tenido del flamenco.

Nueva pausa para retirar el piano y quedándonos con ganas de una propina de Falla o de Ravel pero faltaba aún La Valse, una obra que le queda todavía «grande» a una OCG que ha mejorado y agradecerle la valentía de afrontar un programa tan denso y exigente. El esfuerzo de Juanjo Mena en sacar lo mejor de «la orquesta de casa» fue inmenso y a lo largo de una noche mágica por las obras pudimos apreciar una cuerda compacta con dos arpas impecables; la madera también tuvo pasajes inspirados. En cambio las dinámicas no siempre tuvieron el balance ideal de las secciones donde la acústica palaciega puede ser engañosa. Hubiese acortado el programa con esta «Balsa» más que Valse y un García que sonará a lo largo del festival, pero está claro que el movimiento se demuestra andando y trabajar grandes repertorios es la forma de seguir creciendo, más con maestros como el vitoriano.

PROGRAMA

I

Manuel de Falla (1876-1946)
El amor brujo (versión de 1925)
Maurice Ravel (1875-1937)
Concierto para piano en sol mayor (1928-31)

II

Juan-Alfonso García (1935-2015)
Epiclesis II (orquestación del propio autor sobre original para órgano. 2009)
Manuel de Falla
Noches en los jardines de España (para piano y orquesta. 1909-16)
Maurice Ravel
La Valse (1919-20)

En el 150 aniversario del nacimiento de Maurice Ravel y Ricardo Viñes, y el centenario del estreno en París de El amor brujo de Manuel de Falla.

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