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Un banquete polaco

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Domingo 1 de marzo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Sinfonia Varsovia, Fumiaki Miura (violín), Pinchas Zukerman (violín, viola y director). Obras de Bach, Kilar, Mozart y Dvořák. Fotos propias y de Pablo Piquero.

Si el pasado viernes hacía paralelismos entre música y gastronomía, este primer día de marzo mi querido Arturo Reverter (Santiago de Compostela, 1941) titulaba sus notas al programa como «Menú musical muy digestivo», y es que la Sinfonia Varsovia con uno de las pocas leyendas vivas que nos quedan, el israelí Pinchas Zukerman (Tel Aviv, 16 de julio de 1948) nos ofrecían cuatro obras cual excelente banquete orquestal, músicas del Barroco, Clasicismo, Romanticismo y Contemporánea, con el violinista japonés Fumiaki Kiura (Tokio, 1993), nuevamente junto al maestro que nos dieron una lección de «alta cocina».

Los años pasan para todos y el maestro Zukerman, que ya nos había visitado en este ciclo pero como solista de violín con Iván Fischer y la Orquesta del Festival de Budapest en 2012, mantiene su magisterio tanto en la viola como en el violín (un caso extraordinario) y la dirección, siendo otra oportunidad de disfrutar en «La Viena Española» de figuras que recuerdan su paso por Oviedo y tienen marcada parada «obligada» en giras donde a menudo solo Madrid y Barcelona las disfrutan, aunque también estén Valencia o incluso Santander, que está buscando sitio en este mapa musical español.

Es difícil encontrar en un programa tan variado música de Bach interpretada desde visiones bien (in)formadas  sin recurrir a las historicistas, pero la Sinfonia Varsovia puede afrontarlas solo con su calidad y sonoridad de su cuerda (más el siempre necesario clave) que transitó por este «menú cronológico» asombrando de principio a fin. El Concierto para dos violines en re menor es una de las muchas joyas de «dios Bach», y si contamos con dos solistas de altura el goce es aún mayor. Miura y Zukerman que dobla en edad al japonés, demostraron el entendimiento entre los dos Guarnieri (el primero un Kaston, de 1732, y un Dushkin, de 1742 el segundo) que sonaron como uno solo, muy cuidados los arcos, los fraseos que pasaban de uno a uno con total naturalidad y uniformidad tímbrica, la limpieza en la ejecución de los movimientos extremos y la hondura del central, contando con la complicidad de una orquesta camerística comandada por Jakub Haufa, siempre atento a las dinámicas que sin necesitar los contrastes extremos nos dejaron un «entrante» para paladear el siguiente plato.

De una época lejana a la actual y dejando la cuerda básica (5-4-3-2-1) bajo la dirección desde el atril de Haufa, nos dejarían Orawa (1986) del polaco Wojciech Kilar, nacido en Leopolis (hoy es de Ucrania) y fallecido en Katowice, a quien he recordado como autor de la banda sonora del Drácula de Bram Stoker (1992) de Francis Ford Coppola, que ocupa su lugar preferente en mi fonoteca, y otro de los muchos alumnos destacados de Nadia Boulanger en París. Con un grupo de cámara virtuoso, compenetrado, compacto y homogéneo, Orawa es una obra que podemos calificar como minimalista (aunque las etiquetas no siempre ayuden), con aires de danza popular y muy basada en la repetición, que me recuerda a Steve Reich, o como destaca en las notas al programa mi admirado Don Arturo:

«El polaco Wojciech Kilar fue un músico muy dotado, que se apuntó a las descubiertas que otros colegas (Gorecki, Lutoslawski, Penderecki, por ejemplo) practicaban en busca de nuevas formas de expresión musical. Recorrió distintas etapas y exploró tendencias, siempre con la vista puesta en la música popular de su región, en los Trata, apuntada ya en una de sus obras más populares, Krzesani, de 1974, escuchada hace unas semanas en Madrid. Orawa es bastante posterior, de 1986 y en ella el músico muestra su pericia con un lenguaje aparentemente simple cuajado de frases repetidas y constantes, de una rítmica contagiosa, emparentada con la de un Philip Glass, por ejemplo.

El material temático es enormemente sencillo y económico. El curso va creciendo paulatinamente a través de sencillas y lentas transformaciones, raras espirales y pasajeras zonas de aparente tranquilidad. El curso repetitivo e intenso nos prende y no podemos quitar ojo (oído) a las constantes formulaciones de las sencillas frases. Por momentos la música parece atenazarnos, envolvernos, apresarnos y casi respiramos al concluir. La veintena de instrumentistas de cuerda (número que puede variar) lanzan un grito exultante. Aunque no siempre es expelido. La categoría musical, la preparación y sapiencia de Kilar fue muchas veces apreciada por cineastas como Polanski (El pianista), Coppola (Drácula) o Kieslowski».

Todo un derroche musical en esta página actual pero agradable y con la estética siempre cercana del polaco, que sus compatriotas bordaron de principio a fin con el empuje desde su silla de Haufa, repeticiones que ya utilizó J. Strauss hijo hasta aires folklóricos de danzas transilvanas que desde Bartok o Enescu han inspirado tantas páginas, siendo esta de Kilar una más que añadir a la larga lista que enlaza con nuestro tiempo.

Y antes del descanso otro plato clásico donde disfrutar del genial salzburgués, su Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta, rareza porque Pinchas tomaba la viola en feliz emparejamiento con el violín de Fumiaki más una orquesta que cogía cuerpo en la cuerda (10-8-6-5-3) sumando trompas y oboes a dos (¡maravilla de empaste y sonido!). Si en Bach el entendimiento y sonoridad fue única, este Mozart redondeó un imaginado instrumento suma de ambos, con un mano a mano en las cadencias a cual más brillantes y profundas, o unos unísonos como el inicial para concluir con el alegre y detallista final de imitaciones y contrastes entre ambos solistas.

La Sinfonia Varsovia otro instrumento compacto, vibrante, con un Presto final que mostró cuánta calidad mantiene esta formación capaz de «transmutar» periodos tan distintos, con un Zukerman llevándola con mínimos movimientos de su arco o un simple movimiento de cabeza.

Si el banquete ya era exquisito y variado, aún quedaba música para rellenar oídos cual estómagos insaciables, o como escribe Reverter -ilustre gallego afincado en Madrid- citando al biógrafo del checo Gervase Hugues (de su libro Dvorak: His Life and Music) «tras escuchar la sinfonía uno tenga el mismo sentimiento que tendría un hombre robusto y buen comedor después de dar cuenta de un menú consistente en una sopa clara, una pequeña loncha de salmón ahumado, un soufflé de huevo, todo regado con agua fría. No está mal el símil; pero ese menú es en todo caso de una ligereza, de un refinamiento y de una exquisitez nada empachosos». La Octava de Dvořák me ha gustado siempre más que su famosa novena, perdiendo la cuenta de las veces que ha sonado en vivo desde mis años jóvenes hasta la actualidad, y la Sinfonia Varsovia ya trajo todos los condimentos de una orquesta romántica (2 flautas /2ª= flautín/, 2 oboes /2º=corno inglés/, 2 clarinetes, 2 fagots, 4 trompas, 2 trompetas, 3 trombones, tuba, timbales y cuerda / 4-6-8-10-12) para que el Chef Zukerman nos cocinase este plato checo y universal, impecable cada sección, cada solista, con balances perfectos donde poder escuchar todo lo escrito y saliendo a flote los motivos.

Cada movimiento de los cuatro (Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo) era una delicia de escucha, los tempi exactos y sin excesos, la sonoridad envidiable, con un Zukerman del que mi querido Justo Romero ha escrito que «empeñado más en disfrutar y escuchar la música que dirige -como si él mismo fuese público- que a cuidar la interpretación y sus mil y un requerimientos. Es un músico excepcional (¡quién lo duda!), pero en absoluto un director de orquesta dominador del oficio y los resortes que se precisan para sacar adelante un buque sinfónico», algo que no comparto en absoluto pues esta Octava el Maestro la llevó por donde quiso en fraseos, aire, intensidades, rubatos… dejando fluir esta sinfonía con estos músicos polacos que transmiten energía y compromiso con toda la música que interpretaron, el Allegro con brio literal sin quemarse, un Adagio pletórico en cada sección lleno de dinámicas contrastantes hasta los extremos, un luminoso y vibrante Allegretto grazioso de ‘pizzicatti’ delicadamente contrapuestos a los arcos subyugantes con aires vieneses, vientos en el sitio preciso de protagonismo, o el Allegro ma non troppo desbordante de musicalidad.

Cuerda sedosa y rotunda, madera maleable e incluso etérea por momentos, metales brillantes sin estridencias -con un excelente arranque de la trompeta en el último movimiento- y timbales mandando sin excesos dinámicos. Un Dvořák que sigue enamorando por su frescura e inspiración melódica, tarareando al salir el Allegro ma non troppo que me lleva a no olvidar otros tantos conciertos ¡y zarzuelas!.

PROGRAMA

Johann Sebastian Bach (1685-1750):

Concierto para dos violines en re menor, BWV 1043:

Vivace / Largo ma non tanto / Allegro

Wojciech Kilar (1932-2013):

Orawa*

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, K. 364, (320d):

Allegro maestoso / Andante / Presto

Antonín Dvořák (1841-1904):

Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88:

Allegro con brio / Adagio / Allegretto grazioso / Allegro ma non troppo

* El concertino de la orquesta, Jakub Haufa, dirigirá Orawa de W. Kilar desde el atril.

Dualidades

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Viernes 27 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 9 Transcendencia: OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de Martínez Burgos, Wagner y R. Strauss.

El noveno de abono que cierra el mes de febrero, se titulaba «Transcendencia», aunque rápidamente me vino a la memoria el famoso y desternillante «cuento» de Les Luthiers «La gallina dijo Eureka» donde Daniel Ravinovich le  pregunta a Marcos Mundstock sobre el significado con la contestación siguiente:

«Realizarse es trascender, yendo mas allá de los hechos, hasta lograr cierto tipo de equilibrio, cierto tipo de equilibrio, como por ejemplo, un árbol…».

Pero no me encajaba pensar en la música de este último viernes de febrero desde ese enfoque humorístico aunque trascender sea ir más allá de los hechos, y tras asistir al habitual encuentro de las 19:15 h., esta vez con el director titular y el compositor madrileño (del que escucharíamos dos obras), preferí elegir mi título de «Dualidades» porque estaba claro que se jugaba con aunar visiones dobles, sin llegar a «el Yin y el Yang» pero sí ante las distintas emociones contrapuestas que son como la propia vida, blanco y negro aunque con muchas gamas de grises.

Cada día se aprende algo nuevo y poder escuchar de primera mano qué busca un compositor de nuestro tiempo en cada página es prepararse para una audición más completa, que Nuno Coelho también cuenta micrófono en mano antes de iniciar los conciertos. Por mi parte aplaudir estas iniciativas así como seguir apostando por obras de nuestro tiempo, recordando que la historia cuenta cómo se estrenaban siempre y sería en tiempos cercanos cuando se optó por la repetición de unas pocas, formando lo que suelo llamar «Las 40 principales» aunque en otros géneros musicales, especialmente las denominadas músicas urbanas, todas parecen de poco uso para tirarse rápidamente, pasando a la memoria las que nos «machacaron» haciéndolas como decimos en Asturias pegañosas, hasta aquellas (pocas) que están tan bien escritas que permanecen en el inconsciente colectivo de distintas generaciones.

Me decía una querida amiga al descanso que no estaba acostumbrada a escuchar composiciones sinfónicas actuales, así que le hice el paralelismo con la pintura o mejor aún con la gastronomía que siempre está de moda. La cocina tradicional nos gusta a todos pero debemos probar nuevos platos. Los ingredientes pueden ser los mismos pero influyen igualmente las proporciones,  la elaboración, la guisandera o el cocinero, incluso la presentación del plato, y es cierto que se puede arruinar un menú o bien descubrir sabores que parecían ocultos y salen al paladar con nuevas sensaciones. La dualidad entre comida y OSPA la hemos sufrido con un cocinero  búlgaro que casi me obliga a clausurar este «restaurante», pero la llegada del chef portuense (definiendo ese término tomado del francés como «máximo responsable de una cocina profesional, encargado de dirigir, organizar y supervisar la elaboración de alimentos») nos ha devuelto a todos el gusto por esta cocina musical: repertorio habitual bien elaborado junto a nuevas recetas que tienen todo lo que necesitan para gustar (o al menos probarlas).

Del menú sinfónico había dos platos potentes que no pueden faltar en la mesa (Wagner y Richard Strauss) más otros dos entrantes o primeros de la «nueva cocina musical» dignos de cinco estrellas, pues Martínez Burgos ha trabajado y conoce lo tradicional para combinarlo y presentar unas exquisiteces (delicatessen) llenas de sensaciones cual sabores y olores sobre pentagramas que además maridaron perfectamente con los segundos, todo con una despensa bien surtida de la OSPA y el Master Coelho que sigue cocinando con esmero y presentándonos cada nuevo menú para integrarlo en nuestra memoria sensitiva.

El primer plato sería Daivāt (estrenada el 23 de febrero de 2019 en Basel) del catedrático del CONSMUPA al que Coelho conoció tras estrenar esta obra con la OSG y añadió a su amplio recetario sinfónico, cocinándolo para todos (me consta que las dos obras de Martínez Burgos se han grabado esta mañana para el sello Aria Classics, esperando las tengamos disponibles el próximo año, y alentando a volver con la costumbre de registrar el trabajo de una OSPA que sigue estando por descubrir incluso en nuestra tierra). Esta obra de hace siete años se estrenaba en Asturias y obtuvo el ‘Primer premio de composición Andrés Gaos’ de la Diputación de A Coruña en 2017, que pese a la objetividad de los jurados a la hora de elegir obras anónimas, está claro que los premios ayudan a difundir estas páginas sinfónicas como el propio compositor nos contó, y Hertha Gallego de Torres también en las notas al programa nos explican el título que surge de la lectura de Bhagavata-purana, uno de los textos religiosos que narra leyendas del hinduismo:

«Curiosamente encontré una palabra —daivāt— que no tenía traducción directa. En ciertos contextos lingüísticos este vocablo significa “el tiempo más allá de la memoria” (…) A partir de ahí surgió en mí una reflexión acerca de la memoria y el olvido que desencadenó finalmente un pensamiento musical».

Conflictos existenciales o cómo una sola palabra puede describir toda una frase cargada de simbolismo y filosofía, siempre a tener en cuenta por el premiado compositor y profesor afincado en la capital asturiana, que bajo esta premisa nos deja una composición plagada de sensaciones y texturas, una gran orquesta sinfónica donde explorar la tímbrica en cada sección, con la percusión utilizando arcos en platos o láminas, la cuerda con sordinas y armónicos, más color (o sabor) con el arpa y el piano, más un viento que equilibra fuerzas entre maderas y metales. Coelho fue dejando hacerse a fuego lento este aperitivo potente de mano pero delicado al «paladar auditivo».

Segundo plato que no puede faltar en un buen menú sinfónico: el «Preludio y Muerte de amor» del Tristan und Isolda wagneriano, inicio y final despojado (o deshojado) de las cuatro horas intermedias , otra dualidad que Hertha Gallego comenta: «El dúo de Eros y Thánatos es un tema universal que ha preocupado a los más grandes filósofos, poetas, novelistas, músicos… desde el comienzo de la historia. Recordemos simplemente las infinitas versiones del mito de la desgraciada Dido o de Romeo y Julieta», amor y muerte, leyendas medievales como las que utiliza Wagner que tanto arte nos han dejado. Liebestod en alemán une las palabras amor (Liebe) y muerte (Tod), el famosísimo preludio de la ópera -estrenada en 1865- enlazado con la Muerte de amor de Isolda, ambigüedades y dualidades desde el conocido como «el acorde de Tristán» perfectamente cocinado por Coelho y mejor servido por la OSPA, unos cellos magníficos y acoplados como uno solo, ricos en fraseo y dinámicas, el canto del oboe siempre melancólico, lengüetas alternando presencias y el «fondo» de una cuerda comandada hoy por el concertino invitado Luis María Suárez Felipe. Toda una modulación de sensaciones y emociones típicamente wagnerianas llevadas con mano maestra por el director portugués y la respuesta precisa de una orquesta contundentemente delicada, como sacando a flote sabores escondidos, «ingrávidos y sutiles como pompas de jabón» (con la venia de Machado), mezclados con especias poderosas en una escritura sinfónica que sobrevive a toda la ópera. Una primera parte para paladear y degustar.

La segunda parte se abría con otro plato del madrileño preparado durante su estancia en la Universidad de Oxford donde en 2019 (se doctoraría al año siguiente) le encargaron componer una obra sobre Leonardo da Vinci, todo un reto para Martínez Burgos que tras rebuscar se inspiró en un estudio sobre las aves (el Codex on The Flight of Birds), inspirándose básicamente en los dos tipos de planeo: propulsión, en cuanto a la fuerza para comenzar a volar, y el planeo, que apenas necesita esfuerzo dejándose llevar por las distintas corrientes de aire, este Codex (estrenado el 11 de mayo de 2019 por la Oxford Philharmonic) presenta otra dualidad: «transformar la energía cinética en expresión musical». No hay mejor forma de captar el germen sinfónico de esta nueva receta con los mismos ingredientes de la primera pero combinados y presentados más del gusto europeo actual, casi banda sonora de un documental bello desde su inicio: tutti de metales y percusión, súbitos contrastes de volumen con unas dinámicas bien controladas por Coelho que nunca deja quemarse ningún ingrediente, y menos con la calidad de una OSPA versátil en todo repertorio pero respondiendo a cada «cocinero» con toda la calidad que atesora y mantiene.

Y la última dualidad, Muerte y Transfiguración de Richard Strauss, un compositor que nuestra OSPA entiende como pocas formaciones, y son muchas las obras del muniqués que ha servido la orquesta asturiana en sus 34 años largos, aunque no siempre bien horneadas, retomando los paralelismos gastronómicos. Todo un plato potente con los ingredientes en cantidad y calidad donde no faltaron dos arpas, cinco trompas… equilibradas con una cuerda suficiente (12-10-8-7-6) para mantener los balances precisos elegidos por un Strauss admirador de Wagner, bien combinado tras el primer plato de Martínez Burgos. Gallego de Torres nos la describe perfectamente:

«(… basada en las Sagradas Escrituras y estrenada en 1890. Para Strauss cada momento de la obra poseía un significado extramusical: Un artista yace moribundo, y los pensamientos sobre su vida revolotean sobre su cabeza: la infancia inocente, los años de lucha, la consecución en este mundo de sus objetivos; al final, recibirá la ansiada transfiguración «del alcance infinito de los cielos». Podemos pensar (no seremos los únicos) que la música siempre remite a sí misma y no necesita de estas imágenes. Dejo a cada uno con sus reflexiones, no sin antes decir que este programa, al margen de un análisis más cerebral, nos remite a un mundo de espiritualidad contenida. Emoción, pero con conciencia».

Coelho nos recordaría cómo en su lecho de muerte a los 85 años Richard Strauss confesaba que la sentía igual que la había escrito a sus 24. De nuevo la dualidad, «Muerte y transfiguración» (Tod und Verklärung), una muerte que comienza con la misma vida, un artista que yace moribundo mientras pasan los pensamientos como una película (infancia, luchas de madurez, consecución de objetivos mundanos y la transfiguración «del alcance de los cielos». Como en Wagner, la OSPA nos llevó por estos recovecos con una mayor riqueza de matices y colores, con solos impecables como el de violín a cargo de Luis Mª Suárez, el duelo fraternal entre oboe y corno inglés, la suma de los fagotes (el contrabajo cimentando sonoridades), unos bronces -como se refería a nuestro recordado Max Valdés a los metales- empastados, ricos en presencia incluso en los pianissimi que cortaban la respiración, flautas de ensueño, arpas celestiales, una cuerda compacta de amplias dinámicas, empaste perfecto y balances gracias a un Coelho «master chef» cocinando este pote sinfónico asturiano capaz de competir con la mejor gastronomía germana, verdadera trascendencia para un programa que necesita de buena digestión tras una ansiada ingesta que nos hará soñar cual breve muerte diaria con la vida compañera de La Parca desde la primera cuna.

PROGRAMA:

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS (Madrid, 1970 – ):

Daivāt
(Estreno en Asturias, Avilés 27 de febrero – Primer premio de composición «Andrés Gaos» de la Diputación de A Coruña, 2017)

RICHARD WAGNER (1813 – 1883):

Tristán und Isolda, WWV 90: Preludio y Muerte de amor

MANUEL MARTÍNEZ BURGOS:

Codex

RICHARD STRAUSS (1864 – 1949):

Tod und Verklärung, op. 24, TrV 158

Ímpetu juvenil en el octavo

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Viernes 20 de febrero, 20:00 horas. Auditorio «Príncipe Felipe» de Oviedo, Abono 8 OSPA, Pasión y melancolía: Martín García (piano), Nil Venditti (directora). Obras de Gabriela Ortiz, Schumann y Chaikovski.

Una semana intensa en el auditorio ovetense y llegábamos a la mitad de los conciertos de abono de la OSPA con los ya habituales encuentros previos 45 minutos antes, moderados por Fernando Zorita en la Sala de conferencias nº 1 (del tercer piso), que paulatinamente van atrayendo -al igual que a los conciertos- más público del habitual, esperando se mantenga el incremento de aficionados. Personalmente no me los suelo perder porque son una forma de conocer de primera mano las obras que escucharemos a continuación con las aportaciones de los invitados, esta vez con la expresiva y mejor comunicadora directora ítalo-turca Nil Venditti (1994) invitada de nuevo por la orquesta asturiana, siendo su tercera visita a este mismo auditorio, a la que recordaremos precisamente por su ímpetu y forma de transmitir energía desde en un italiano comprensible siempre ayudado de las manos, y que volvería a lucir para todos los asistentes antes de dirigir cada una de las obras de la primera parte, más un dominio de cada obra que además contagia seguridad a una OSPA cada vez más madura, compacta, brillante por momentos, creciendo en cada abono en una temporada de asentamiento (a la espera de un concertino titular).

Comentaba el maestro Zorita lo habitual que es en la orquesta asturiana programar obras contemporáneas que no suelen repetirse pese a que muchas resultan verdaderos éxitos, y Venditti nos contó lo que la compositora Gabriela Ortiz (Ciudad de México, 20 de diciembre de 1964) refleja en su obra, la conexión entre Clara y Robert Schuman, los momentos de esta relación y los papeles dados al oboe (Robert) y violín (Clara) más su forma de comunicarse precisamente con la música. También las notas al programa de mi admirado Ramón Sobrino nos prepararon para entender aún más esta obra compuesta en 2021 por encargo de la New York Philharmonic y estrenada el 10 de marzo de 2022 bajo la dirección de Gustavo Dudamel. Ubicar a continuación la «Sinfonietta» del alemán es rememorar al Schumann juvenil, despojado del tempo lento en esta «piccola sinfonia» por ser demasiado íntimo en un momento de euforia juvenil. Y por supuesto hablarnos del archiconocido concierto de piano de Tchaikovski donde aparecen motivos del folklore ruso con las características melodías también en los cellos y violas («no como Puccini que las escribe todas para los violines»), aunque retomaría para finalizar el encuentro desmenuzándonos la obra de la mexicana.

Aplaudir también el cambiar el habitual y decimonónico orden de los programas al colocar el concierto de piano en la segunda parte, algo que vengo reclamando hace tiempo evitando igualmente los trasiegos de un instrumento por el que ya pasan los años, especialmente en los agudos.

Muy interesante la obra de Gabriela Ortiz con una excelente e impresionante orquestación  que exige una buena cuerda (12-10-8- 6-5-5) hoy comandada por Jordi Rodríguez Cayuelas, para equilibrar a un viento poderoso, timbales más dos percusionistas desplegando un amplio arsenal de membranófonos e idiófonos que son parte imprescindible en toda la partitura, y especialmente en la «respuesta» que la mexicana plantea en la relación del matrimonio Schumann llena del trepidante ritmo de su tierra (güiro, temple blocks…) con la óptica femenina pero plenamente universal. El doctor Sobrino analiza la partitura al detalle en las notas al programa:

Clara consta de cinco secciones continuadas – 1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara –, que desarrollan dos elementos musicales: una breve secuencia rítmica como leitmotiv o idea fija, y un tema melódico en el oboe que representa el mundo privado de Clara. Salvo la número 3, todas las secciones son bocetos íntimos o esbozos de la relación entre Clara y Robert. Al final de la obra, el leitmotiv se percibe, en palabras de la autora, «como una respiración, dejando implícita la permanencia y el legado de ambas figuras».

Según Ortiz, «Clara parte de la idea de que la música nos permitirá acceder a una concepción no lineal del tiempo, más circular, donde el pasado (ellos) y el presente (yo) puedan encontrarse, conversar y conocerse». En «Mi respuesta», la compositora persigue acercar a Clara y Robert a su propio mundo, reivindicando a las mujeres que «desafiaron a la sociedad en la que crecieron al manifestar su obra artística». «Me gusta pensar que, a través de Clara, Clara Wieck Schumann está aquí, en esta sala de conciertos con nosotros».

Venditti conectó desde el primer compás con la esencia y sonoridad de la mexicana, sororidad musical impetuosa y delicada, defendiendo la partitura con seguridad, aplomo, gestualidad amplia donde su mano izquierda lo es en el amplio sentido de la palabra (en el encuentro comentaba ser menuda y mujer que no siempre ha tenido en las muchas orquestas la química esperada hasta que explica que lo importante es la obra), más una batuta flexible, precisa, pincel o tiralíneas pero nunca brochazos, lo que redundó en una OSPA entregada, con lucimiento de «los protagonistas», amplísimas dinámicas y dejándonos una interpretación de altura.

Con el espíritu de Schumann en el aire llegaría esa «sinfonía coja» si se me permite el calificativo (el compositor la llamó «Symphonette» o «Sinfonietta«) y juvenil, de nuevo impetuosa en sus tres movimientos (I. Obertura – II. Scherzo – III. Finale) de orquestación más liviana (vientos a dos salvo los tres trombones), obra más complicada que su aparentemente sencilla estructura, nuevo protagonismo del oboe de un Ferriol que este viernes «se ganó con creces una buena cena», una cuerda aterciopelada y siempre presente toda ella, manteniendo una sonoridad romántica plena de dinámicas siempre marcadas por ese vendaval que es Venditti. Obra compuesta durante tres semanas en 1841  con la «presencia alegre» de su amigo y admirador Mendelssohn (que dirigiría el estreno en Leipzig de su Sinfonía Primavera), que no encontró la respuesta editorial ni del público por lo que introdujo cambios en los dos primeros movimientos, estrenando esta nueva versión el 4 de diciembre de 1845, y publicada en 1846 por la editorial Friedrich Kistner. El Schumann sinfónico siempre para degustar que el tándem Venditti-OSPA nos brindaron para cerrar esta primera parte tras el impetuoso Finale.

Al pianista asturiano Martín García (Gijón, 1996) le sigo hace años recordando el doblete mozartiano y «Emperador» en un extraordinario de la OSPA en marzo de 2021, hasta el regreso a su Gijón natal dentro del Ciclo de Jóvenes Intérpretes de la Sociedad Filarmónica en enero de 2022, más su presentación en las jornadas de piano en noviembre de ese mismo año (El ciclón gijonés), titulando su concierto como «espectacular y potente», especialmente en Rachmaninov, la evolución está siendo increíble pero con mucho trabajo y esfuerzo que le ha dado ya el poso necesario, manteniendo un ímpetu ideal para obras como el «Primero de Chaikovski» habiendo ganado lirismo y profundización en su interpretación, con una amplísima gama de matices, poderosamente delicado (o delicadamente poderoso). Si ya entonces le describía como jovial en Mozart, explosivo en Liszt y especialmente «su» Chopin sublime, diáfano, sentido y de consentido canturreo que «afea» su sonido sumándose a los tics de tantos pianistas -el primero lo mantiene, sumando alguno más como salir con un pañuelo para secarse el sudor de la cara o levantarse casi al momento de finalizar-, el Tchaikovsky de este abono octavo de la OSPA resultó profundo, valiente y musicalmente entregado.

Don Ramón Sobrino nos explica que «El Concierto para piano nº 1 de Tchaikovsky (1874, con revisiones en 1879 y 1888), rechazado inicialmente por Rubinstein, fue estrenado por Hans von Bülow en Boston en 1875. En tres movimientos, Allegro – que tras la conocida introducción emplea melodías de Ucrania, Francia y Rusia –; Andantino-Prestissimo-Tempo I; y Allegro con fuoco – con forma rondó –, es obra de referencia para los grandes pianistas, reconocida por público y crítica», así que contando con una orquesta en estado de gracia, una directora excelente concertante y un solista reconocido, el éxito estaba asegurado. Nunca hay dos interpretaciones iguales y he perdido la cuenta de las veces que lo he escuchado en directo, pero la de Martín García con Venditti y la OSPA no ha decepcionado. Siempre bien balanceado con la orquesta desde el potente inicio, sus solos fueron limpios, contrastando los súbitos que pasan del momento eufórico a la calma necesaria, sonoridades rotundas y cristalinas, encajes perfectos en los tempi que fueron valientes en los movimientos extremos, junto a la delicadeza «con poso» del andantino central que solo tiene de semplice el calificativo, porque más allá del virtuosismo necesario en los rápidos, el transmitir sentimientos siempre se hace con pocas notas pero bien tocadas. Y caer en la tentación del «primero» del ruso es fácil pero contener el exhibicionismo es una virtud. ¡Bravo Martín!.

La propina, con Venditti sentada en el suelo escuchando y la luz atenuada, nos demostró que Martín García García afronta la treintena con la serenidad y sonoridad de su Debussy (el Preludio nº 5, Bruyères, del segundo libro) rico, brillante, pedalizado con acierto, además contenido tras el ímpetu y pasión rusa.

PROGRAMA:

GABRIELA ORTIZ (1964):

Clara (1. Clara; 2. Robert; 3. Mi respuesta; 4. El subconsciente de Robert; 5. Siempre Clara)

ROBERT SCHUMANN (1810 – 1856):

Obertura, Scherzo y Finale, op. 52

I. Obertura
II. Scherzo
III. Finale

PIOTR ILICH CHAIKOVSKI (1840 – 1893):

Concierto para piano nº1 ensi bemol menor, op. 23:

I. Allegro non troppo e molto maestoso
II. Andantino semplice
III. Allegro con fuoco

Silencios sonOROs

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Domingo 15 febrero, 12:00 h. Cúpula del Centro Niemeyer. Coro EL LEÓN DE ORO, Marco Antonio García de Paz (director): Deafening Silence. Obras de Venturini, Donati, Pärt, Cage, Arnesen y Whitacre. Entrada: 12€ (+ 1€ de gestión). Fotos de Beatriz Montes y propias.

Silencio sonoro, silencio de oro, silencio respetuoso, silencio vergonzoso, silencio cómplice, silencio doloroso, silencio bochornoso, silencio majestuoso y musicalmente llenando vacíos como pausas en un camino de aires actuales, con un silencio imponente y trágico, impetuoso y nostálgico, el oximoron de «silencio  atronador» o «silencio ensordecedor» (Deafening Silence), porque lo vivido esta mañana dominical en la Cúpula del Niemeyer -con todo vendido muchos días antes– gracias al El León de Oro (LDO), más allá de mi reconocido calificativo de «leónigan», traspasa todo lo que pueda contar o intentar describir. Pensé incluso en poner solo la ficha técnica y dejar toda esta entrada en blanco cual silencio, pero hay experiencias que no podemos dejar pasar aunque a veces la prensa las omita o no les dé la importancia que tienen.

Barajé también disertar sobre la cantidad de música que se ha compuesto con el silencio como tema a lo largo del tiempo («The Sound of Silence» lo primero que me vino a la cabeza), más allá de que sea tan importante como el propio sonido desde aquella definición decimonónica que «la música es el arte de combinar sonidos y silencios».

No hace falta decir que LDO es sin duda uno de los coros más reconocidos del panorama coral internacional, más allá del español, y he vivido en primera persona su triunfo en el reciente Festival AtriumMusicae en Cáceres, donde ofreció dos conciertos que siempre son únicos bajo la dirección de Marco Antonio García de Paz, maravillando a un público llegado de los cuatro puntos cardinales.

El programa del Niemeyer se titulaba Deafening Silence (Silencio ensordecedor), una invitación al público a adentrarse en un viaje sonoro que interpelaba, conmovía y cuestionaba nuestro tiempo, como ya indicaba la web del ágora avilesina y el propio programa de mano:

«En una época en la que las ideologías se disuelven y las palabras pierden peso, el silencio –aparentemente pasivo– se vuelve protagonista. Pero no cualquier silencio: un silencio ensordecedor, que grita con fuerza todo aquello que ya no se dice, lo que se oculta, lo que no se quiere mirar».

Luces cuidadas, proyecciones con varios textos, cantados o evocados, imágenes en movimiento y un público en un respetuoso y por momentos inquietante silencio, donde se podía escuchar respirar con solo algún leve y breve comentario infantil que se apagaba rápidamente. Una selección de obras que solamente «los leones» puede interpretar porque se mueven -en todos los sentidos- cómodos tanto en las épocas históricas pero especialmente en el repertorio coral de nuestro tiempo que dominan como ningún otro en España. Sigo citando los propios textos que invitaban a leerse y pensarse antes, durante y/o después de una experiencia sonora más allá del silencio:

Este concierto nace de una necesidad urgente: la de reflexionar, desde el arte, sobre la indiferencia y la distancia creciente entre los avances tecnológicos y la dignidad humana. Mientras algunos alcanzan las estrellas, millones siguen luchando por derechos básicos. Las voces que aquí resuenan –poéticas, espirituales, fragmentarias– nos hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre.

Las obras de los seis compositores elegidos suman textos de autores que nos invitan a escuchar  esa música desde otro lugar, puede que el interior. Y el silencio se hizo con Venturini (Udine, 1959) y la obra que daba título al concierto. Aparición del coro bajo la cúpula susurrando, hablando, cantando recorriendo el espacio con el sonido, ubicándose en una tarima con un fondo que daría luz al tríptico y las letras de Donati (Arezzo, 1972), tinieblas de disonancias que suenan próximas, bellas y hasta luminosas. El lenguaje de Dante sublimado con la música del madrigalista contemporáneo en las voces impecables, afinadas, expresivas, celestiales asentadas desde el Averno del arquitecto brasileño.

Si hay un compositor que conmueve como pocos es el estonio Arvo Pärt más allá de su música sacra, y LDO sigue ejerciendo su apostolado. Las dificultades no existen, afinan, empastan, emocionan, juegan con el espacio, disfrutan con el sonido, la magnificencia de los fortissimi y los interiorizados pianissimi tan trabajados que se hace imposible consigan esa fusión vocal tan plena. Carne de gallina en el cántico bíblico de Simeón, Nunc dimittis, enlazado con The Deers Cry (2007), maravilloso diálogo de la voces masculinas y femeninas en un continuo “in crescendo” lleno de fuerza donde sentir esas maravillosas polifonías del final con todas las voces combinadas en un momento de gran inspiración y emoción con el grito del ciervo (impresionantemente proyectado), jugando con «Cristo» conmigo, delante, detrás, en mí…

Y llegó la «conocida» obra de John Cage, el único compositor no vivo del concierto, con 4’33’’ que no apareció como provocación (lo fue en su momento y hasta se vendía por 0,99€ en las plataformas), un reloj de arena proyectado ese tiempo de silencio absoluto mientras Marco  A. García de Paz dirigía al imaginario coro silencioso que formaba el público, marcando a tres o a cuatro, quién sabe si VictoriaRheinberger como en Cáceres, las pausas y «fraseos», que buscaban lo escrito previamente: «un punto de inflexión que nos invita a escuchar el espacio, el tiempo y la comunidad reunida. Especialmente en un lugar como la cúpula del Centro Niemeyer, el silencio se convierte en una experiencia compartida que da sentido a la música que la rodea».

Del compositor noruego Arnesen (Trondheim, 1980) que hoy en día está siendo referente coral a nivel mundial, LDO nos interpretarían un emocionante Even When He Is Silent (2011), una obra coral conmovedora e introspectiva cuya música está inspirada en un texto breve pero profundamente conmovedor, escrito por un judío que se escondió durante la Segunda Guerra Mundial y encontrado rayado en la pared de un sótano en Colonia, que estuvo proyectada mientras  la escuchábamos.

De nuevo el silencio como protagonista pues así comienza reflejando la profunda profundidad de las palabras usadas para ir gradualmente desarrollándose hasta un clímax dramático con la frase «Creo en el amor», que encarna las intensas y conflictivas emociones de aferrarse a él en tiempos difíciles. La pieza se desvanece luego en un final más contemplativo, que culmina en una serena aceptación de la fe en Dios, incluso en medio del silencio. Música conmovedora, de acordes exuberantes y desafiantes líneas vocales, todo un viaje emocional del texto interpretado con profundidad por LDO donde también está la esperanza en los momentos más oscuros, iluminados tenuemente como las luces sobre las partituras. Podrán quitarnos el sol o el amor pero la música nos recuerda que incluso en las circunstancias más sombrías, podemos aferrarnos a nuestra esperanza y fe.

Y para finalizar esta experiencia coral otro de los compositores «fetiche» de los asturianos, Eric Whitacre (1970) con las voces graves rodeándonos desde arriba, las blancas en la tarima y Marco manejando ese Water Night, luz y oro, noche con ojos de caballo y de agua, «Silencio y soledad» antes de un recitado preparando la última posición del coro, «voces que aquí resuenan, poéticas, espirituales, fragmentarias, hablan del dolor ignorado, de la violencia silenciada, de los muertos sin nombre«, de guerras en Gaza y Ucrania pero también en África, Asia… When David heard, un tránsito musical a la muerte, al silencio y la oscuridad, emoción contenida, explosión coral de una página que LDO tienen en su genética y va pasando de generación en generación con la misma entrega de sus inicios. El proyecto es una realidad y mantiene la eterna búsqueda de la belleza vocal que prosigue con una versatilidad única, capaz de transitar entre estilos muy diversos manteniendo coherencia expresiva y claridad sonora, que incluso desde el silencio atronador.

Finalizo con las notas escritas por Marco A. García de Paz:

En su ensayo “El resto es silencio”, Aldous Huxley reflexiona sobre cómo el ser humano experimenta la belleza, el placer, el dolor, el éxtasis o la muerte sin necesidad de expresarlos con palabras. Cuando lo inexpresable exige manifestarse, decía, recurrimos a la música. Y cuando la música ya no basta, siempre queda el silencio.

Shakespeare coloca esas mismas palabras —The rest is silence— en boca de Hamlet en el instante final. Pero en su tragedia la muerte no es solo un desenlace: es un proceso. Un camino que va desde la oscuridad del duelo hasta un intento de reconciliación con lo inevitable. La vida, parece decirnos Shakespeare, no se pierde del todo mientras haya alguien que recuerde, alguien que cruce el umbral del tiempo para contar la historia. Mientras exista la memoria, el silencio no será vacío.

Deafening Silence propone precisamente eso: escuchar el silencio no como ausencia, sino como presencia cargada de significado. Como un espacio donde la música, al retirarse, nos obliga a mirar, y a mirarnos, con mayor profundidad.

PROGRAMA

Andrea Venturini (1959)

Deafening silence

Lorenzo Donati (1972)

Davanti alle tenebre Dentro alle tenebre Oltre le tenebre

Arvo Pärt (1935)

Nunc dimittis

The Deers Cry

Jonn Cage (1912 – 1992)

433

Kim André Arnesen (1980)

Even When He Is Silent

Eric Whitacre (1970)

Water Night

When David heard

Colores sinfónicos

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Viernes 6 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Pájaro de fuego», abono 7 OSPA, Javier Comesaña (violín), Otto Tausk (director). Obras de Shostakovich, Ravel y Stravinsky.

Séptimo abono de la OSPA (Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias) que volvió a mostrar músculo y personalidad en un programa que, bajo la apariencia de eclecticismo, trazaba un arco coherente de colores, tensiones y arquitecturas sonoras del siglo XX. Desde la densidad emocional de Shostakovich (al que seguimos «conmemorando» esta temporada 2025-26) hasta el refinamiento francés de Ravel y el fuego controlado de Stravinsky, la velada tuvo algo de lección sinfónica bien entendida y con más público del habitual, que se va incorporando paulatinamente a medida que avanzan los conciertos de abono.

Como siempre hubo encuentro previo a las 19:15 horas con Otto Tausk (Utrecht, 1970), director invitado que nos hizo llegar su visión de este programa ruso con acento francés y mucho color sinfónico en tres obras de tres grandes sinfonistas que, a diferencia de otros compositores, plasman en la partitura todo lo que debe tocarse, que ya es mucho, y que como refería con humor el holandés, tiene «poco trabajo» con estas obras donde lo importante es dejar que la la música fluya, pero sin excesos.

Tausk, un director holandés con amplia trayectoria que como violinista tuvo de profesor en su Holanda al que fue discípulo de David Oistrakh (que estrenó precisamente el concierto de este primer viernes de febrero), es de gesto claro y economía expresiva, y supo dejar fluir la música sin forzarla, tal como nos previno, cuidando un equilibrio muy trabajado entre secciones. El resultado fue un sonido compacto, especialmente en una cuerda densa y bien empastada, liderada con autoridad por la concertino invitada Joanna Wronko, y unas maderas y metales integrados con naturalidad en el discurso junto a la percusión  y arpa más celesta (alternaría en Stravinski con el piano) perfectamente ensamblados .

El eje emocional del concierto fue, sin duda, el Concierto para violín nº 1 de Dmitri Shostakovich, obra escrita “escondida en un cajón” a la espera de tiempos menos oscuros tras la sombra de Stalin. Javier Comesaña afrontó el exigente papel solista con una mezcla de valentía, madurez y control técnico admirable. Desde el Nocturne, supo cantar con un sonido flexible y lleno de matices, desplegando una paleta cromática que recordaba a un Pollock sonoro: aparentemente libre, pero profundamente estructurado. El Scherzo y la Burlesca, con su ironía corrosiva y ese sarcasmo “tan Dmitri”, fueron una auténtica montaña rusa de sensaciones, mientras que la Passacaglia se erigió como un núcleo de gravedad trágica, sostenida con pulso firme y gran concentración expresiva con una cadenza de cortar la respiración.

Como propina, Comesaña ofreció el último movimiento (Les furies) de la Sonata nº 2 de Ysaÿe, un momento de introspección con ese «Dies Irae» que cerró su intervención con recogimiento y elegancia desde su violín parisino Claude Pierray (datado en 1720).

La segunda parte “hablaba francés”, aunque con acentos bien distintos. La Pavane pour une infante défunte de Ravel sonó perfectamente coloreada, arpa con trompa y flauta rivalizando en ejecución bien sentida, de refinado impresionismo y fraseo amplio, con un lirismo que, sin caer en la languidez, me evocó incluso ciertos aires cantábricos por su atmósfera húmeda y envolvente que amplía la paleta de la original de piano, en las manos de Tausk.

Ya con una plantilla completa y una cuerda que se puede calcular con los 6 contrabajos, que siempre son necesarios para un buen cimiento sinfónico, Stravinsky, por su parte, apareció en su versión más gala que rusa con la Suite de El pájaro de fuego (1945), ya desligada del ballet pero aún cargada de energía narrativa. Tausk recordó en el encuentro previo cómo, en esta música donde todo está escrito al milímetro, el reto consiste en comprobar que cada elemento esté exactamente en su sitio. Así ocurrió: danza infernal precisa, berceuse de pulso contenido y un final luminoso, construido con lógica interna y sin efectismos gratuitos, bien llevados por un director que contactó sin problemas con una OSPA cada vez más madura que siempre se ha movido bien en estos repertorios que también conviene “sacar del cajón”.

Un concierto que confirmó el buen momento de la orquesta y dejó claro que los colores sinfónicos, cuando se trabajan con rigor y sensibilidad, siguen diciendo mucho más de lo que parece.

La velada tuvo además un momento de emoción contenida con la despedida de Irina Bessedova, violín segundo, que se jubila tras 35 años en la OSPA. Un agradecimiento sincero y merecido a una trayectoria silenciosa pero esencial.

Gracias, Irina

PROGRAMA:

I

DMITRI SHOSTAKOVICH (1906 – 1975):

Concierto para violín n.º 1 en la menor, op. 77:

I. Nocturne

II. Scherzo

III. Passacaglia

IV. Burlesca

II

MAURICE RAVEL (1875 – 1937):

Pavane pour une infante difunte

IGOR STRAVINSKY (1882 – 1971):

El pájaro de fuego: Suite (rev. 1945):

I. Introduction and Dance of the Firebird

II. Dance of the Princesses

III. Infernal Dance of King Kastchei

IV. Berceuse

V. Finale

Modernidad desde la tradición

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 12:30 horas: Museo Vostell Malpartida, Bach Fluxus IV. Mario Brunello (cello). Obras de Bach y Weinberg.

Desde que comenzó el Festival Atrium Musicae, Antonio Moral consiguió incluir como cita imperdible este Museo Vostell y el espíritu de Bach Fluxus, continuando este idilio desde sus tiempo en el CNDM así como la colaboración con José Antonio Agúndez (director gerente del museo y cronista oficial de Malpartida) y la apuesta fue sobre seguro viendo la respuesta de un público que peregrina hasta este municipio de Cáceres más allá de “Juego de Tronos” en Los Barruecos, que también merecen visita pero en otro contexto y momento.

Fluxus en latín significa flujo pero también es un movimiento de las artes visuales, de la música y de la literatura que tuvo su momento más activo entre la década de los sesenta y los setenta del siglo XX. Se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía y se proclamó a sí mismo como el antiarte. Así se funda en 1976 este museo en Los Berruecos dedicado este Fluxus donde llegaron el artista alemán Wolf Vostell (1932-1998) y su mujer Mercedes, que se enamoraron de este paraje natural en un antiguo lavadero de lanas, conjugando arte y naturaleza.

Y si los espacios son importantes, las agendas de los gestores musicales son mejores que las de los políticos que dan el salto a las multinacionales, bufetes o grandes empresas privadas. Si con ella se puede encontrar en un día un barítono para sustituir al previsto, ahí está el contacto (de otras “adversidades” aún me quedan por contar las de la tarde de este primer domingo), y cuando se establecen vínculos casi fraternos con muchos intérpretes, se les convence para que den no uno sino dos conciertos. Así sucedió con Mario Brunello (1960) tras el dúo Yulianna Avdeeeva del pasado jueves que esta mañana dominical lo hacía en solitario con dos de las suites de Bach (las nº 3 y nº1) escoltando a Weinberg.

El maestro italiano ofrecía en este espacio tan singular bajo el título Bach Fluxus IV (identificando el término latino ya explicado) un recorrido entre “la música” y “la vida”, entre Meinn Gott y el siglo XX del perseguido y enorme compositor judeopolaco, en sintonía con el espíritu del museo fundado Vostell. Junto a dos de las suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach, auténticos pilares del repertorio instrumental que Pau Casals rescató del olvido, el italiano Brunello como el catalán italiano está recuperando a Mieczysław Weinberg que merece un sitio propio más allá de su amistad con Shostakovich como ya comentamos en el concierto del jueves. De este “olvidado” e incluso borrado por el estalinismo soviético, Brunello nos interpretó la Sonata nº2 op. 121 (1977) que conjuga lirismo y dramatismo, felizmente hermanado en este mediodía dominical.

Tras unas palabras en italiano perfectamente entendibles donde presentarnos las obras, de las suites de Bach que probablemente son de la época de Cöthen aunque se siga investigando su cronología exacta, comenzaría con la tercera en do mayor (BWV 1009) que arranca con el famosísimo Prelude válido en cualquier entorno. Brunello la llevó a su estilo con fraseos propios, intensidades variadas, prosiguiendo con la profunda Allemande que parecía presagiar a Weinberg en cada “danza”, incluso en la Sarabande aunque la Gigue de aires gaiteros abría cierto tono festivo.

Pero los movimientos de la Sonata 2 de Weinberg ponía un nudo en la garganta, compuesta casi el mismo año en que se inauguraba este Museo y rodeada de muchas obras tan expresivas como esta sonata para violonchelo que la acústica también favoreció. Brunello siente cada nota, cada frase, estados de ánimo que como decía Bach es “la música” pero Weinberg es “la vida”. Las notas al programa se titulan “Tradición y modernidad” aunque yo invierta el orden, y en ellas se disecciona el programa. Del compositor remarca una vida marcada por el Holocausto, el exilio, su cercana amistad con Shostakovich (que le salvaría la vida en plena persecución estalinista), y destacando que es un compositor clave no sólo de música de cámara, también de sinfonías y óperas con un catálogo inmenso que se está “sacando del olvido”, y esta Sonata op. 121 pertenece a un ciclo de cuatro para violonchelo solo. La analizan de la siguiente manera:

“Tras un inicio introspectivo del Andante inicial con un tono de soledad casi meditativa, el Allegro siguiente irrumpe con fuerza, con un ritmo trepidante, lleno de energía y contrastes que desemboca en un Adagio donde el tiempo queda suspendido con un canto sencillo y directo del violonchelo creando una atmósfera entre melancólica y resignada que tanto caracteriza a Weinberg. La obra se cierra con un movimiento más ligero, con algunos guiños al folclore judío y a Bach, para concluir de forma solemne en un final que se desvanece poco a poco buscando de nuevo el sosiego del Andante inicial”.

La interpretación de Brunello fue poderosa e introspectiva, desgarradora pero llena de esperanza, amplísima en unas dinámicas con todas las técnicas del instrumento que en momentos dados hicieron soltarse el arco o arrojar la sordina violentamente al suelo para no perder un discurso que el italiano siente tan ruso como el compositor, y que obtuvo el premio Tchaikosky en 1986. El público, que agotó las plazas del museo, premió en pie con una atronadora ovación la entrega y emociones de esta sonata.

Tras el dolor viene el perdón de “dios Bach” y la primera de las seis suites, como el vermut al desayuno diario de Casals a lo largo de toda su vida a partir de los 48 años en que realizó la primera interpretación en público y llevarla al disco para convertirse en una referencia absoluta y todo un reto para los violonchelistas desde entonces. Mismas “danzas” que en la tercera que abría la velada (salvo el cambio de la Bourrée por ell Menuet) y otra lección del italiano que si desde el piccolo nos asombró en Granada, con el del siglo XVII del luthier Giovanni Paolo Maggini con una hermosa voluta tallada en forma de cabeza redondeó este Bach Fluxus antes de otra cálida, merecida y larga ovación, dejándonos un regalo de Gaspar Cassadó (Barcelona, 1897 – Madrid, 1966), alumno por muchos años de Casals en París, también amigo de Falla, Casella o Ricardo Viñés, residiendo desde 1923 en Florencia por sus amores con Guilietta Gordigiani y un dúo que triunfó incluso en los EEUU. Brunello nos lo “devolvió” con el mismo y reciproco amor en un sentido Intermezzo y Danza Finale de la Suite para Cello solo. Hora y media de profundidad interpretativa, magisterio en el instrumento y emociones a flor de piel, en esta coproducción con el Museo Vostell –como en las anteriores ediciones–, en una forma de que el concierto subraye la vocación del Festival Atrium Musicae de llevar la música a escenarios singulares y de establecer vínculos entre tradición y modernidad.

Aún quedaba el concierto de la tarde en el Gran Teatro, que es otro capítulo para el blog… Lo dicho, ¡CONTINUARÁ!

PROGRAMA:

Bach Fluxus IV
Johann Sebastian Bach (1685-1750)
Suite para violonchelo n° 3 en do mayor, BWV 1009 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Bourèe 1&2 – Gigue

Mieczysław Weinberg (1919-1996)
Sonata para violonchelo n° 2, op. 121 (1977):

Andante – attaca / Allegro / Adagio – attacca / Allegretto – Lento – Adagio

Johann Sebastian Bach
Suite para violonchelo n° 1 en sol mayor, BWV 1007 (1717-1723):

Prelude – Allemande – Courante – Sarabande – Menuet 1&2 – Gigue

Contrafacta dorada

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Domingo 1 de febrero, día 5 del Festival Atrium Musicae. 10:15 horas: Iglesia de Santiago. El León de Oro (director: Marco Antonio García de Paz): Contrafacta. Obras de Victoria, Donati, Palestrina, Pärt, Rheinberger y Whitacre. Fotos propias y de Sandra Polo.

Quienes me conocen saben que soy un ferviente “leónigan” y si en la mañana del sábado sacaba pecho presumiendo de este coro de mi tierra, con casi 30 años de trayectoria, muchos premios internacionales (y no solo nacionales), pero sobremanera con una cantera que hace de este proyecto algo único y vivo, escucharles de nuevo y en solitario, dominando repertorios tan variados y a la vez tan bien ensamblados, me hicieron “engordar de orgullo” ante mucha parte de un público con el que estamos coincidiendo en este festival tan intenso y casi maratoniano (ya conocemos a Don Antonio), pero con un éxito arrollador que respondió a esta oferta de la que aún me queda mucho por contar.

Marco A. García de Paz presenta este Contrafacta explicando que es “un viaje sonoro que atraviesa los límites del tiempo, el estilo y la tradición, deteniéndose en un fenómeno fascinante de la historia musical: la capacidad de una obra para transformarse en otra sin perder su esencia”, y por ello contrafactum que es la práctica de reutilizar una música ya existente aplicándole un nuevo texto, algo tan histórico pero igual de vigente. El León de Oro (LDO) tiene muy trabajadas gran parte de las obras que cada temporada aunque vayan incorporando repertorio no almacenan ni archivan mucho, con la oportunidad de poder armar conciertos como este matutino que abría el 5º día del Atrium Musicae.

Diálogos entre el Victoria genético de “los leones” (no me canso de recordar a P.P.) con el italiano Lorenzo Donati (Arezzo, 1972), música actual de enorme dificultad en afinación con disonancias exigentes para cualquier coro y que LDO lleva años siendo referente en estos aspectos, tres parejas que conviven en calidad y emotividad. Otro tanto con Palestrina y Arvo Pärt en el Nunc dimittis, e incluso con Josef Gabriel Rheinberger en el Kyrie, todos ellos en el archivo mental (también digital y coral) de estos leones ya desde cachorros y que Marco refresca emparejando mundos como sólo él acostumbra.

Y el cierre nadie mejor que la pareja Victoria-Whitacre, el Sanctus de la Missa Salve Regina con el Sainte-Chapelle jugando como siempre con distintas ubicaciones de las voces, dobles coros, siempre equilibradas, matizadas, unas sopranos celestiales y unos bajos verdaderos (nada de barítonos con años), para completar este edificio sonoro sumando unas contraltos y tenores para armar otro templo coral que mueve pasiones fuera de las fronteras astures.

No importa el horario ni la climatología, si el sábado LDO con la Schola Antiqua asombraron, por separado y arrancando febrero volvieron a llamar a un público abierto de mente (y de oído) “comulgando” solo con la música bien interpretada por dos coros que mantienen la esperanza en el mundo coral.

Casi sin tiempo había que irse hasta Malpartida de Cáceres con el segundo concierto a las 12:30… pero como en los seriales y desde este blog

CONTINUARÁ…

PROGRAMA:

Contrafacta
Tomás Luis de Victoria (1548-1611)
O vos omnes
(SSAT)
Lorenzo Donati (1972)
Davanti alle tenebre

Tomás Luis de Victoria
Tenebrae factae sunt (SSAT)
Lorenzo Donati
Dentro alle tenebre

Tomás Luis de Victoria
Caligaverunt oculi mei (SATB)
Lorenzo Donati
Oltre le tenebre

Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594)
Nunc dimittis (SATB + SATB)
Arvo Pärt (1935)
Nunc dimittis

Giovanni Perluigi da Palestrina
KyrieMissa Papae Marcelli (SATTBB)
Josef Gabriel Rheinberger (1839 – 1901)
Kyrie – Cantus Missae

Tomás Luis de Victoria
SanctusMissa Salve Regina (SSAB + SATB)

Eric Whitacre (1970)
Sainte–Chapelle

P.D.: Las fotos de Sandra Polo al subir esta entrada (ya en la noche del 6º día de festival, aún no estaban disponibles) pero las añadí cuando las tuve ya de madrugada.

Tres de tres (toma 3)

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Viernes 30 de enero, día 3 del Festival Atrium Musicae. Cáceres, Gran Teatro, 19:30 horas: Javier Perianes (piano). #Falla2026, Diálogos imaginarios. Fotos de Sandra Polo.

Un viernes completo que comenzaba a mediodía (toma 1), proseguía a la tarde en el Museo Helga de Alvear  (toma 2) y finalizaba en el ya centenario Gran Teatro de Cáceres, el Festival Atrium Musicae en “tres de tres”, en su tercera jornada, con un recital que fue mucho más que una sucesión de obras, toda una propuesta intelectual y sonora cuidadosamente construida. Bajo el epígrafe Diálogos imaginarios, y comenzando el año #Falla150, Javier Perianes (Nerva, 1978) volvió a demostrar por qué es una de las voces pianísticas más autorizadas de nuestro tiempo, capaz de unir rigor estilístico, profundidad poética y una naturalidad expresiva que nunca cae en lo impostado, puliendo cada sonido, esmaltándolo o oscureciéndolo, un pedal siempre en su sitio, una limpieza en la ejecución y sobre todo la madurez que le lleva a enfrentarse con obras de siempre con la misma entrega juvenil.

El programa bien organizado que siempre es para destacar, planteaba un sugestivo juego de espejos: primero Falla frente a Chopin, después Falla frente a Albéniz. No se trataba de contraposiciones forzadas, sino de una conversación transversal entre estéticas, lenguajes y raíces, leída desde el piano con inteligencia y una extraordinaria capacidad narrativa que Perianes está llevando por distintos escenarios.

La velada se abrió con el Nocturno (1896) de un joven Manuel de Falla, todavía impregnado del romanticismo tardío y de la herencia chopiniana, casi entendiendo esta primera parte como “afinidades inesperadas”. Perianes abordó este nocturno con un fraseo flexible y una sonoridad contenida, subrayando su carácter introspectivo sin exagerar la nostalgia para a continuación, el Nocturno en do sostenido menor, op. 27 nº 1 de Chopin que apareció como una prolongación natural del discurso: atmósferas densas, tensiones armónicas sutiles y un uso del rubato tan elegante como controlado.

Las mazurcas reforzaron ese diálogo implícito. La Mazurca en do menor de Falla, seguida de las mazurkas chopinianas (op. 7 nº 2 y op. póst. 67 nº 1), evidenció cómo ambos compositores, desde contextos culturales distintos, supieron transformar la danza popular en materia poética. Perianes evitó cualquier acento “folklorizante” superficial, apostando por una lectura depurada, de ritmos insinuados y clara articulación, pues en estos momentos el mejor Falla sigue sonando en las manos del onubense.

En la Serenata andaluza y la Canción de Falla, “El Sorolla del piano” como le he llamado más de una vez, sacó a relucir una paleta tímbrica luminosa, casi guitarrística, mientras que obras como el Vals en la menor, op. 34 nº 2 y la Berceuse, op. 57 de Chopin se desplegaron con una ‘cantabilidad’ (si se me permite el palabro) exquisita, de líneas largas y respiración natural, sin perder nunca la tensión interna, la búsqueda de cada sonoridad, de cada silencio, de los fraseos bien entendidos y naturales, emparentando de forma increíble y razonada este “Falla vs Chopin”.

Y para la segunda parte “Falla vs Albéniz”, España como idea sonora que ahondó en nuestra identidad musical desde dos perspectivas complementarias además de enriquecedoras. Las Cuatro Piezas Españolas de FallaAragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluza— fueron interpretadas con una claridad estructural admirable, resaltando su modernidad armónica y su refinamiento rítmico, lejos de cualquier pintoresquismo pero de trazo ágil, luminoso y con la luz del mago evocando paisajes nuestros.

Frente a ellas, la selección de Iberia de Isaac Albéniz (Evocación, El Puerto, Almería y Triana) permitió a Perianes desplegar aún más toda su autoridad en este repertorio del que no solo es embajador sino todo un referente. Comentaba con mi compañero de butaca, crítico y amigo al final de estas cuatro perlas del “collar ibérico” las muchas versiones que atesoro y que la del extremeño Esteban Sánchez seguían siendo únicas. Perianes nos regaló un sonido expansivo, control absoluto de las texturas y una comprensión profunda del pulso interno de cada pieza que hicieron de esta parte uno de los momentos culminantes de la noche, desde una Evocación interiorizada, El Puerto casi gaditano de pulso que sólo un andaluz es capaz de transmitir, después una Almería descomunal por su disección sonora y una técnica siempre al servicio de lo escrito por el de Campodrón, especialmente la Triana vibrante, llena de energía contenida y brillo rítmico.

Y como si nos hubiesen escuchado, la propina fue casi una parte extra y con memoria: el propio homenaje a Falla con su Fantasía Bética (1919) dedicada al ilustre pianista pacense Esteban Sánchez (Orellana la Vieja, Badajoz: 1934 -1997), del que Perianes comentó (y no es de hablar) que no hubo mejor intérprete para esta impresionante fantasía, cerrando este recital con una fuerza simbólica y musical incontestable. El de Nerva mostró y demostró su vertiente más poderosa y rítmica, sin perder nunca el control ni la claridad, en una obra exigente que resume como pocas el espíritu moderno y telúrico del compositor gaditano.

En definitiva, un recital memorable que confirmó no solo la excelencia pianística de Javier Perianes, sino también su capacidad para pensar la música, convirtiendo un programa como el que está llevando con esta parada cacereña, en un relato coherente y sugerente. Un auténtico diálogo imaginario que, por momentos, sonó profundamente real.

PROGRAMA:

Falla vs Chopin

Manuel de Falla (1876–1946)

Nocturno (1896)

Frédéric Chopin (1810–1849)

Nocturno en do sostenido menor, op. 27, n° 1 (1836)

Manuel de Falla

Mazurca en do menor (c.1900)

Frédéric Chopin

Mazurka en la menor, op. 7 n°2 (1830-32)

Mazurka en sol mayor, op. post. 67 n°1 (1835)

Manuel de Falla

Serenata andaluza (1900)

Frédéric Chopin

Vals en la menor op. 34 n°2 (1838)

Manuel de Falla

Canción (1900)

Frédéric Chopin

Berceuse en re bemol mayor, op. 57 (1843-44)

Falla vs Albéniz

Manuel de Falla

Cuatro Piezas Españolas (1906-1908):

Aragonesa, Cubana, Montañesa y Andaluza

Isaac Albéniz (1860–1909)

Suite Iberia (Selección) (1905-1909):

Evocación, El Puerto, Almería y Triana

Tres de tres (toma 2)

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Viernes, 30 de enero, día 3 del Festival Atrium Musicae. Fotos propias y de Sandra Polo.

La tarde arrancaba en el Museo Helga de Alvear para disfrutar de una experiencia inmersiva donde contemplar obras de arte contemporáneo que Jorge Pardo (Madrid, 1956) iba “comentando” primero con el saxo y después con la flauta, con dos pases a las 17:00 y a las 18:15. Del músico madrileño su biografía y discografía daría para más de un capítulo de historia, y llegaba a este museo  cacereño con un “formato basado en la improvisación, en el que sin duda la tradición popular, los ritmos afrocubanos, el flamenco y los lenguajes jazzísticos confluirán con su característica libertad creativa. Un diálogo entre el intérprete y el espacio del museo para redefinir el acto de la escucha” como lo presentaba tanto la web como los programas de mano.

Con un lleno impensable en un museo de arte contemporáneo, que recomiendo visitar al menos su web para ver lo que alberga, en la primera exposición un saxo lastimero y doloroso se inspiraba en el actual mundo digital que se derrumba, pastillas de todo tipo, bebidas energéticas, muchas pantallas de teléfonos, ordenadores y videojuegos, todo con cartón reciclado en un guiño y sátira al mal llamado universo paralelo, junto a emoticones y figuras colgando del techo casi amenazadoras. El jazz de Mingus o Parker iba parándose, volando, haciéndonos pensar y manteniendo a un público asombrado tanto por lo que esta planta baja albergaba como por lo que iban escuchando, contemplando e incluso ambas a la vez.

Y tras un breve trayecto que finalizaría en las primeras “escaleras al infierno”, Jorge Pardo tomaría su flauta travesera negro mate, la flamenca de siempre que la plata y el oro no son para él, y cual personaje de cuento cambiando Hamelin por Cáceres iría llevando tras de sí a una masa ruidosa no sé si como niños o ratas, que poco a poco iría acallando y doblegando, “la música amansa las fieras” que comentó al finalizar esta experiencia única y original.

Ahí sonaron músicas de todos los tiempos y estilos con la magia y los años de tanto rodaje, capaz de pasar de Camarón y “Soy gitano” a Los Chichos «Si me das a elegir», al siempre recordado Paco de Lucía con un Falla fogoso que parecía prepararnos el “tres de tres” en el Gran Teatro a las 19:30, pero también un poco del Ravel obsesivo junto a unas tarantas, flamenco y jazz que tienen la misma raíz, y hasta “dios Bach” padre de todas las músicas.

Jorge Pardo con melena canosa y gorro, cubrepolvos negro, anillos en los dedos, retorciéndose, marcando el paso, deteniéndose en cada planta frente a tanto arte que invitaba a pararnos junto él y escucharle, todo un personaje que de no conocerle y encontrárselo por la calle muchos pensarían algo muy distinto (las apariencias siempre engañan). Por su sangre corre la adolescencia y juventud de nuestra generación, una leyenda como la de sus compañeros Camarón, Paco de Lucía y tantos otros de ambos lados del Atlántico (brasileños, argentinos o cubanos) donde el saxo y sobre todo la flauta de Jorge enriquecían cualquier estilo de música, música sin etiquetas como siempre la entendió el «Mejor Músico de Jazz Europeo» así premiado en 2013, convirtiéndose en el primer y único español reconocido con el premio de la Academia Francesa de Jazz.

De la tierra al tercer infierno por escaleras que abrían salas de luz, cascadas gigantescas que no mojan, bofetadas visuales, paraísos naturales de fotografías trucadas o infantiles globos de colores que ponían el punto y final a una hora de sensaciones visuales pero con la música compartida en las emociones de un gigante como Jorge Pardo al que aún no se le ha reconocido en su país pese a una trayectoria digna de figurar en todos los libros de música. Francia siempre ha sabido elegir a nuestras figuras para sentirlas suyas… y estamos en 2.026.

Tomamos el ascensor para volver a la calle y pisar tierra firme, camino del Gran Teatro de Cáceres que cumple 100 años para conmemorar los 150 de Don Manuel, de Falla por supuesto, emparentándolo primero con Chopin y después con Albéniz. Otra magia musical desde el piano del onubense Javier Perianes, pero será la toma 3 en un día intenso con “Tres de tres” que me ha llevado a altas horas de la madrugada tras una cena de altura con los “AtriumMusicae” entre organizadores, trabajadores, muchos amigos y más conocidos, sumando nuevos “fichajes”, pero no hay tiempo para más y mi cuerpo ya entrado en los 67 necesita dormir porque este sábado corresponde al día 4 de festival y queda mucho por escribir y escuchar hasta el lunes (o el martes)… Don Antonio Moral es así programando, y seguirle el paso se nos hace duro aunque al final se lo agradecemos.

Mañana más… y las fotos, tanto mías como las de la excelelente profesional Sandra Polo solo son una mínima muestra.

Tres de tres (toma 1)

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Viernes, 30 de enero, día 3 del 4º Festival Atrium Musicae, Cáceres. Fotos propias y de Sandra Polo.

Un día completo donde la música fluía desde la mañana a la noche. A las 12:00 horas arrancábamos en la Concatedral de Santa María donde actuaba el dúo formado por el trompetista Manuel Blanco (Daimiel, Ciudad Real, 1985) y el actual organista de la Catedral de Valencia Pablo Márquez Caraballo (1984), además de catedrático de clave en el Conservatorio de Castellón. Dos amigos desde su época de estudiantes y todo un acierto este reencuentro en Cáceres donde organizar cronológicamente un programa de tres siglos, desde Buxtehude y “dios Bach” pasando por Leopold Mozart, Gigout y el propio Márquez, que en el programa de mano le pusieron las fechas de Leopold y alguno se percató de la errata.

Comentar la sonoridad propia del órgano que unida a la trompeta da un plus tímbrico y el empaste perfecto. La Concatedral cacereña conserva el instrumento construido en 1703 por Manuel de la Viña y restaurado en 1973, ya que en su origen, éste se encontraba en el espacio contiguo, pegado al muro. Márquez Caraballo supo elegir el registro perfecto de principio a fin, con el par inicial de obras de J. S. Bach: el Preludio y fuga en sol menor, BWV 550 y el Coral BWV 659 (con errata en el programa se mano) con la primera intervención de Manuel Blanco “procesionando” entre los bancos, jugando con la acústica y pese a la distancia con el coro, perfectamente sincronizado con el órgano, cantando al Salvador de los paganos (Nun Komm, Der Heiden Heiland). La Chacona BuxWV 160 de Buxtehude daría un respiro y nuevamente el dúo para la suite haendeliana “Water piece” (HVW 341), verdadera joya ideal para esta formación: desde la Ouverture a la Marche final, órgano y trompeta unidos por los registros y balances perfectos entre ambos, contrastes de tempo y todo un portento de ornamentaciones brillantes del trompetista con un fiato increíble, más la conjunción necesaria para esta página del ya londinense Jorge Federico.

Vuelta al órgano solo con “dios Bach” y su BWV 539 seguido de la “invocación a Jesucristo” del archiversioneado coral Ich ruf zu dir, herr Jesu Christ, BWV 639 que en estado original Pablo Márquez interpretó magistralmente, destacando el respeto a los silencios, cesuras y fraseos donde el aire también es música. Después haría de “orquesta” en el Concierto para trompeta en re mayor de Leopold Mozart, casi haendeliano en el Allegro Moderato y con el impresionante Manuel Blanco virtuoso y luminoso, expresivo desde esta página entre barroca y clásica con la impactante cadenza del Andante digna de ser archivada como aprendizaje del instrumento.

Del postromanticismo francés, y una exigencia para todo buen organista, es la Tocata de Eugène Gigout (de sus “10 pièces pour orgue”) donde volvimos a disfrutar no ya de una técnica y registración magistral de mi tocayo, también uno de los referentes de la última obra por él compuesta en 2007 como trabajo de su primer año estudiando Composición y dedicado precisamente a Manuel Blanco, como explicarían al finalizar el concierto.

Al pie de la Cruz va más allá de la transmisión emocional de esta imagen del sacrificio, el dolor de la Madre, la muerte y toda inspiración que este momento ha llevado a todas las artes, musicalmente tiene todos los referentes a los grandes organistas franceses, desde el ya citado Gigout hasta Vierne, de Franck a Dupré o de Widor a Latry, que Pablo Márquez habrá estudiado y mucho a lo largo de estos años, y que van dejando el poso que resurge de forma natural en el paso de intérprete a compositor. Nuevamente la sonoridad y musicalidad de la trompeta de Blanco hace esta obra actual pese a la juventud inicial, pero que cuando algo se hace bien pasa a convertirse en atemporal.

Aplausos de un templo en pie y la primera propina del dúo con “dios Bach” y el famoso coral Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, de la Cantata 140, con la trompeta elevando la melodía del pedaleo, más un arreglo del Adagio del Concierto para oboe op. 9 nº 2  de Albinoni, que sonó ideal por parte de ambos intérpretes con la química musical necesaria para alcanzar el nivel de este concierto matinal que colmó todas las expectativas puestas en él.

PROGRAMA:

Johann Sebastian Bach (1685-1750)

Preludio y fuga en Sol Mayor, BWV 550 (c. 1710)

Nun komm, der Heiden Heiland à 2 claviers et pédale, BWV 659

Dietrich Buxtehude (1637-1707)

Ciaccona en mi menor, BuxWV 160

Georg Friedrich Haendel (1685-1759)

Water piece (de la Suite para trompeta y orquesta, en re mayor, HVW 341) (1733):

Ouverture – Gigue (Allegro) – Air (Menuetto) – Marche (Bourrée) – Marche

Johann Sebastian Bach

Preludio y fuga en Re menor BWV 539 (c. 1720)

Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ à 2 claviers et pédale BWV 639 (1720)

Leopold Mozart (1719-1787)

Concierto para trompeta en re Mayor (1756)

Andante – Allegro Moderato

Eugène Gigout (1844-1925)

Toccata (de las “10 pièces pour orgue”) (1890)

Pablo Márquez Caraballo (1984)

Al pie de la Cruz (2007)

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