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Dos por uno casi de saldo

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Viernes 12 de marzo, 19:00 horas. Concierto Extraordinario I, «Hecho en Asturias«: OSPA, Martín García (piano), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 5€.

No es habitual escuchar dos conciertos para piano y orquesta en una misma velada, lo que siempre es de agradecer, y más con intérpretes asturianos, pero no hubo suerte en este primer extraordinario de la OSPA donde Daniel Sánchez Velasco comandaba a sus compañeros y el solista Martín García (todavía en mi recuerdo en octubre de 2008 y agosto de 2009) afrontaría con desiguales resultados este verdadero reto, comenzando con Mozart y su Concierto para piano nº 23 en la mayor, K. 488, bien arropado por una orquesta empastada y equilibrada en todas sus secciones, que volvía a contar con Xabier de Felipe de concertino invitado.

Desconozco si el pianista no estuvo cómodo con el Steinway pero adoleció de una sonoridad limpia, un ímpetu que no casa bien con las exigencias «puñeteras» del genio de Salzburgo, aunque sí apuntase momentos cálidos siempre difíciles de concertar desde el podio, pero el balance no fue correcto (las dinámicas extremas sufrieron) ni tampoco hubo el entendimiento esperado. Destacar el bellísimo Adagio central aunque globalmente faltó poso y peso pese al ropaje tímbrico de una plantilla orquestal ideal para este concierto que por momentos difuminó al gijonés.

Beethoven siempre son palabras mayores tanto al piano como en lo sinfónico. Su aniversario quedó incompleto y casi inadvertido mundialmente por las cancelaciones del Covid, y este viernes su Concierto para piano no 5 en mi bemol mayor, op. 73, “Emperador” no llegó a príncipe ni siquiera infante. De nuevo la orquesta vistió al solista con sus mejores galas, pero se agrandó la brecha mozartiana inicial, faltó más entrega y precisión tanto en la concertación con el piano como en el papel del pianista pese a los esfuerzos desde el podio y el concertino. Sensaciones agridulces donde se esfumaron demasiadas notas que dejaron huecos irrellenables (ni siquiera con los timbales), faltando mano izquierda a pares: el pianista no encontró el equilibrio necesario en unos graves que sí completó la cuerda, pero cada entrada solista parecía precipitarse sobre el teclado y los finales de frases no siempre a tiempo ni encajando el tutti pese a unos tempi ideales para poder disfrutar cada movimiento. Por buscar una explicación a esta decepción de un prodigio al que los años no parecen haberle sentado bien, puede que el jet lag haya influído en el resultado, tal vez cierta incomodidad o el estado ánimo que tanto incide en los músicos, pero mis sensaciones no fueron buenas.

Se necesita urgentemente cubrir las plazas vacantes (que la pandemia parece alargar) porque sería desaprovechar una plantilla que volvió a demostrar generosidad, calidez y entrega, pero sin mando en plaza los resultados no son los que hubiese deseado para estas dos páginas tan especiales donde ni siquiera brilló un adagio un poco moto que quedó huérfano cayéndose literalmente de lento y soso.

Y en esta tarde de dos por uno, todo a pares, incluyendo las propinas con el piano solo que tampoco disiparon mis dudas, una primera de aires románticos en la línea del Martín compositor en «La Juilliard» y una Navarra de Albéniz atropellada, sin madurar, en cierto modo sucia además de carecer de la sonoridad apropiada para esta biblia del piano que requiere toda una vida para atreverse a interpretarla.

Una ocasión perdida donde la belleza de las obras no tuvo su recompensa para este musicógrafo que también sufre cuando sus expectativas no se ven colmadas, siempre desde el mayor respeto a los intérpretes, aún más siendo «de casa» aunque mi memoria musical y el impagable directo me sigan llenando una mochila con recuerdos incomparables e irrepetibles.

Oviedo sonó anglosajón

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Sábado 6 de marzo, 19:00 horas. Los «Conciertos del Auditorio«: Oviedo Filarmonía, Nicolás Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Elgar y Schumann. Entrada butaca: 12 €.

El público asturiano sigue necesitando de la música en vivo y sabe que la cultura es segura, por lo que este sábado y con todas las medidas de prevención impuestas, acudió al auditorio ovetense para disfrutar de un concierto en torno al franco alemán Nicolás Altstaedt en su doble faceta de violonchelista y director al frente de una Oviedo Filarmonía (con Marina Gurdzhiya de concertino) que sigue sacando músculo en estas obras agradecidas y conocidas de todo melómano.

El famoso Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Edward Elgar (1857- 1934) es una obra compuesta en 1919 tras la Primera Guerra Mundial, cuando su música había pasado de moda,  en contraste con su concierto para violín, pero que en los años 60 Jacqueline du Pré rescató convirtiéndose en una de las grabaciones de música clásica más vendidas, y desde entonces los violonchelistas han caído rendidos al poderío de esta obra. Concierto contemplativo y elegíaco que contando con el propio solista como director hizo de él una recreación personalísima en sus cuatro intrincados movimientos (Adagio – Moderato // Lento – Allegro molto // Adagio // Allegro – Moderato – Allegro, ma non troppo – Poco più lento – Adagio), difícil conducir de espaldas pero con la colaboración de Gabriel Ureña que ejerció de alter ego al frente de la sección de chelos, empatía y conocimiento de la obra, para poder encajar a la perfección una composición donde la orquesta funde tímbricas con el solista. Comienzo con un corto pasaje para el violonchelo marcado como «Nobilmente» en un gesto entre asertivo y malhumorado que decía el propio compositor, inicio declaración de intenciones que vuelve brevemente en el segundo movimiento y también al final, así entendidos por Altstaedt, contrastando con la austeridad del tema principal a cargo de unas violas muy sólidas. Resignación y amargura que parecen mezclarse en Elgar aunque siempre brillando la esperanza. Bien empleado el material rapsódico en el violonchelo con su pizzicato y posterior movimiento virtuoso. En los movimientos lentos surge el aire meditativo y de búsqueda interior que el chelo recrea como pocos instrumentos y el maestro exprime en su doble y difícil faceta de solista y director, final notable de ricos contrastes con ese tema principal enérgico, la cadencia acompañada y el retorno de parte de los materiales del movimiento lento, así como esa primera idea con la que comienza el Concierto, para después permanecer con la profunda melancolía que impregna la obra, ese final tan del temperamento «british»  del propio Sir Edward con esta obra incomprendida en su momento e imprescindible en los actuales. Sonido delicado siempre presente el de Altstaedt, interiorizado y carnoso pero igualmente presente ante la complicidad de una orquesta que escuchó al director y un público en silencio sepulcral (bienvenidas las mascarillas) para captar la amplísima paleta dinámica desplegada desde el escenario. Solos en la madera de enorme calidad, metales bien empastados aunque no siempre contenidos, y una cuerda homogénea compartiendo una sonoridad muy británica para esta versátil orquesta ovetense que diez años después de Haider camina hacia la excelencia.

Y una propina inesperada, no con Altstaedt al cello pero manteniendo el ambiente «londinense» previo, sino con el Minueto de la Sinfonía 95 en do menor, Hob.I:95 de Haydn para agradecimiento y lucimiento de Gabriel Ureña que en su solo volvió a mostrarse dominador, colaborador y fiel continuador de un Altstaedt sentado en la tarima asintiendo y dejando a la orquesta disfrutar de este inusual regalo que sirvió de puente a la siguiente sinfonía.

La Sinfonía n.º 2 en do mayor, op. 61 de Robert Schumann (1810 – 1856), fue estrenada por la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig el 5 de noviembre de 1846, bajo la dirección de Félix Mendelssohn, incansable promotor de la música de su amigo y que en momentos tiene pasajes muy suyos pero también bajo la sombra de su admirado Beethoven, cerrando la primera generación de los sinfonistas románticos alemanes. Tras la revisión once días después añadió cambios en la orquestación añadiendo tres trombones, dejando una plantilla que permanece ideal para los cuatro movimientos (Sostenuto assai – Allegro ma non troppo // Scherzo: Allegro vivace // Adagio espressivo // Allegro molto vivace).

Altstaedt sin necesidad de batuta pero con esas manos grandes y poderosas fue trabajando minuciosamente el sonido, desde la aparición de las trompetas en «pianissimo» arropadas por una cuerda sedosa hasta el impetuoso final. Balances bien logrados y tempi ajustados para poder escuchar cada sección con claridad en esta segunda sinfonía Zwickauer tras la «primaveral» primera. Temas sombríos hábilmente orquestados (maderas y metales a dos con los citados tres trombones), adoleció de más músculo en la cuerda para la grandiosidad de la partitura pero mejoró en el segundo movimiento, ritmo acusado, bien marcado y entendido desde el podio, energía contagiada por Altstaedt, violines limpios, contrastes claros, «scherzo de latigazo» como se ha definido, antes del anhelado y estático adagio mucho más equilibrado, con un oboe inspirado, un clarinete en la misma línea, y las trompas bien ensambladas, siempre arropados por una cuerda aterciopelada que el director se encargó de subrayar, y ese final triunfante «en el que vuelvo a ser yo mismo» como escribió Schumann, refiriéndose al hecho de que había sufrido otro ataque de nervios y un período de inercia creativa después de completar el Adagio cerca de Dresde. Fue un ser seguro y magistral por un breve tiempo, menos de un año, después del cual la oscuridad se cerraría de nuevo a su alrededor pero dejándonos esta segunda que globalmente me dejó buen sabor de boca y la constancia del feliz entendimiento y excelente trabajo de Nicolas Altstaedt con la Oviedo Filarmonía en este repertorio que no puede faltarnos.

Sokolov siempre único

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Sábado 27 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Chopin y Rajmaninov. Entrada butaca: 24 €.

Cada concierto de «San Sokolov» es una liturgia que no se puede perder. Fiel a su cita con Oviedo, parada obligada en cada gira española, volvía el ruso que siempre impresiona y dota su presencia de esperanzas, más en tiempos de pandemia, con un público entregado que «llenó» el auditorio capitalino de poesía pianística, un caleidoscopio desde el blanco y negro señorial, sin defraudar nunca, y con una «tercera parte» de seis propinas que no fueron más por las circunstancias del puñetero Covid, pues Grigory Sokolov (Leningrado / hoy San Petersburgo / 18 de abril de 1950) sigue en forma afrontando cada obra con la profundidad de los años, la técnica apabullante al servicio del piano, su mundo, su vida, compartida desde una concentración que corta la respiración en cada nota, en cada pedal, en cada fraseo, con toda una gama dinámica tan amplia que el instrumento de las 88 teclas esconde solo para los grandes virtuosos: desde los pianissimi que se escuchan casi sin aire hasta los fortissimi resonando orquestales en todo la sala. El arte del piano tiene nombre ruso.

Dos compositores que vivieron por y para el piano, como el propio Sokolov: Chopin y Rachmaninov, dos visiones del mismo universo, la patria chica inspiradora e interiorizada desde un lenguaje propio en ambos, polonesas y preludios con el piano como único protagonista, no se puede pedir más.

Cuatro polonesas de F. Chopin (1810- 1849) para la primera parte, esas danzas de concierto rítmicamente potentes que Sokolov milimetra cada una de ellas con la limpieza estratosférica, la potencia extrema y su lirismo expresivo, comenzando con la  Polonesa en do sostenido menor, op. 26 nº 1, después la nº 2 en mi bemol menor, sin apenas pausa entre ellas, la independencia de manos con el volumen en su sitio y un pedales que nunca sobra cuando podemos escuchar cada nota presente y la importancia justa, las síncopas de la primera con ese ímpetu y trinos paradisíacos, arpegios divinos, súbitos románticos como pocos, la segunda de oscuro inicio contrastado y matizado al estilo Sokolov, el juego de las tonalidades menores que el Steinway redondea en las manos y pies del ruso, los cromatismos que culminan álgidos y precisos, el rubato exacto, las modulaciones precisas, el ritmo de polonesa inimitable y siempre distinto, magia también menor de la Polonesa en fa sostenido menor, op. 44 con el inicial «moderato» que crece en arrebatos extremos en ambas manos jugando desde los claroscuros que contagia a la siempre luz tenue del escenario, las melodías en terceras con idéntico volumen cantabile e izquierda «bailablemente ligera».

Y para cerrar la siempre impresionante Polonesa en la bemol mayor, op. 53 «Heroica», llevándome en el tiempo al Campoamor de 1975 con Rubinstein que cerraba el concierto con ella, otro ruso que me descubrió mi padre cuando el Conservatorio era mi única preocupación y mi mejor formación los grandes en directo. Sin trampa ni cartón, tocándolo todo (el nonagenario Arthur «eludió» las vertiginosas octavas de la izquierda), jugando con el tiempo en todas sus acepciones, sabor guerrero y melancólico, pasión sin contención llena de la poesía musical y dotando de esa unidad en las cuatro polonesas elegidas, gran conclusión chopiniana y eclosión heróica de un Sokolov siempre único.

En mis viejos vinilos los comentarios de las contraportadas eran mi bibliografía directa y en alguno leí que a Rachmaninoff le llamaban en Broadway el Chopin ruso (también a Scriabin). Cirílico difícil de transcribir,  S. Rajmáninov (1873- 1943) llenaría la segunda parte tras el necesario ajuste del piano al que Sokolov siempre somete al máximo esfuerzo, y soportaría inquebrantable los Diez preludios, op. 23.

Todo un microcosmos de locura tonal y lenguaje propio del piano, melodías y giros que aparecerán en sus conciertos con orquesta que aquí asumen toda la grandiosidad del instrumento en manos de su compatriota, siempre fiel intérprete. Imposible describir cada uno, diferentes en todo e iguales en intensidad y virtuosismo: 1. Largo (fa sostenido menor) como obertura majestuosa, también el 2. Maestoso (si bemol mayor) de evocación chopiniana y virtuosismo lisztiano, 3. Tempo di minuetto (re menor) cual histórico homenaje sonoro pintado con primor y color, 4. Andante cantabile (re mayor) en el melodismo inimitable de Sergei y magisterio de Grigory, dos voces cantando en perfecta simbiosis relajada evocadora del segundo concierto preparando la impresionante 5. Alla marcia (sol menor), casi sinfónica, brillante, poderosa, rítmica de principio a fin, dinámicas increíbles, rubati inconmensurables y grandiosa interpretación para semejante preludio universal casi orquestal en el teclado, un «paseo de elefantes» como el tercer concierto del ruso; 6. Andante (mi bemol mayor), un remanso cristalino, romántico, paladeado en ambas manos con pedales atmosféricos bien empleados sin difuminar el sonido, 7. Allegro (do menor) de locura, vertiginoso, campanadas marcando impetuosas el tiempo pianístico, el virtuosismo pleno que «revolucionara» Chopin y Rachmaninov eleva al olimpo técnico, 8. Allegro vivace (la bemol mayor), contraste tonal e igualdad nítida, limpieza en un transcurrir sin respiro hacia el 9. Presto (mi bemol menor), terceras y sextas impolutas, igualadas de volumen y ligaduras casi imposibles, el recuerdo de los estudios polacos engrandecidos por el ruso, preludio libre por denominar una forma rebosante de música con el silencio sonoro y el 10. Largo (sol bemol mayor) paralizador tras tanta emoción, el retorno del guerrero tras una dura batalla con el teclado dejándolo todo en él.

No importan el tiempo en las manos de Sokolov, no hay toques de queda para tanto arte, y la «tercera parte» esperada mantuvo la grandiosidad y las ganas de seguir escuchándole. Para retomar el pulso de nuevo Chopin y dos Mazurkas, la opus 68 nº 2 en la menor, y la 19 en si menor, opus 30 nº 2, magisterio interpretativo, sonido único en las manos del ruso y para despedir al polaco con el Preludio op. 28 nº en do menor, con ese tempo majestuoso, la madre tierra elevada al paraíso musical por el ángel ruso, los matices extremos marca de la casa.

Aún vendrían más, primero Brahms y su Intermezzo en la mayor op. 118 nº 3, imagen auténtica pero afeitada del alemán encarnado en este ruso impagable, emociones románticas de esta música a borbotones antes de la vuelta a casa y a la forma, continuando con esa calma vital, la misma en cada «paseo hasta el piano» y desde el piano, la liturgia Sokolov con el Preludio op. 11 nº 4 en mi menor de Scriabin.

Y como si mein Gott Bach quisiera redimirnos del día anterior, la visión al piano de Busoni con el coral «A tí clamo Señor Jesucristo», Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639, Sokolov apóstol único y vivo, genio del piano, en plena forma y para seguir si hubiéramos insistido. Apoteósis, emoción y vivir para disfrutarlo eternamente.

Miopía musical

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Viernes 26 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu IV: OSPA, Eva Meliskova (violín), Óliver Díaz (director). Obras de Stravinsky, Bach y Mendelssohn. Entrada butaca: 15 €.

Echando fuera este febrero sinfónico con un programa explicado por Óliver Díaz, cubriendo la cancelación de Lina González-Granados, que pareció no encajar en los planes salvo por el dicho de que «cuando más es menos«. Y es que este cuarto de invierno comenzó con una orquesta de cámara (15 músicos con el granadino de la BOS Samuel García como concertino invitado) y bien enfocada, para ir perdiendo «visión» en la siguiente, donde una cuerda sin clave ni atino pareció que se me empañasen las gafas (y no por la mascarilla) finalizando con ellas totalmente caídas ya desde el pleno de la formación asturiana.

Todo apuntaba bien con Igor Stravinsky (1882-1971) y su Concierto en mi bemol “Dumbarton Oaks” 8.v.38 , obra regalo para los 30 años de matrimonio de los mecenas y melómanos Robert Woods Bliss y Mildred Barnes (como bien recuerda David Rodríguez Cerdán en las notas al programa), los mismos que cumpliré yo en nada aunque sin el poder adquisitivo de los norteamericanos pese a obsequiarnos siempre con música, y tres décadas igualmente de la formación asturiana. Con esta plantilla camerística la obra neoclásica del ruso sirvió para que el maestro carbayón se desenvolviese cómodo y cómplice con los músicos, acertando en los tempi ciñéndose a las propias indicaciones (I. Tempo giusto – II. Allegretto – III. Con moto) y alcanzando buenas dinámicas de los primeros atriles así como una versión ágil y colorista de este concierto por el que no pasan los años e inspirado en los brandemburgueses de Bach.

Johann Sebastian Bach (1685-1750), Mein Gott, y su música siempre serán palabras mayores, tributo obligado tras Stravinsky, pero nuestros oídos se han acostumbrado a una sonoridad específica de la que la OSPA carece en estos tiempos, a pesar de la calidad de la cuerda astur, pero hay que trabajar en otra dirección para darlo todo. El Concierto para violín nº1 en la menor, BWV 1041 sin clave se queda cojo, miope, el estilo está alejado igualmente del habitual en los conciertos del director asturiano y para peor suerte, la ayudante de concertino no estuvo a la altura esperada como solista en esta joya para su instrumento. Insegura, partitura en el atril, perdida y sin pulsación, los tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) fueron una lucha por mantener el tipo, contagiando el desánimo, la indecisión y olvidando que la matemática musical bachiana no admite decimales, ni siquiera en el central aún más desnudo sin el sustento del «martinete». Una pugna desigual donde faltó pulsación, sonido, interiorización, orden y concierto, sumando una lectura desde el podio donde la gestualidad de las manos no correspondía ni alcanzaba la respuesta orquestal deseada: ligados que no deberían, fraseos turbios, sonoridades mezcladas, turbias, borrosas, y una versión horrenda que ni siquiera en tiempos de Stravinsky se hubiera aprobado. Comentaba con mis vecinos de butaca además de amigos, que incluso cuando apenas se encontraban claves, el mismísimo Casals utilizaba el piano en el continuo para un Bach con el que desayunó toda su vida. Ese vacío se nota porque el propio teclado con sus acordes característicos ayuda a mecanizar ese ritmo barroco puro del que careció todo el concierto, pensando que una semana de estudio con el metrónomo sería buena penitencia impuesta por El kantor de Santo Tomás.

Como acto de contrición para el desenfoque auditivo, Meliskova volvió al mismo Bach, esta vez con la «Chacona» de la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004, al menos el castigo no fue compartido pero el pecado quedó sin la absolución (ni la graduación deseada ante semejante miopía musical).

Tal vez el primer apóstol de nuestro dios BachFelix Mendelssohn (1809-1847), esperábamos que bajaría a centrarnos en la tierra con todo el equipo orquestal para encaminarnos con su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56, «Escocesa», pero la visión siguió pequeña, casi tan diminuta como la partitura de bolsillo en el atril del director, una versión miniaturizada donde los paisajes pintados por Turner o Constable parecieron volverse apuntes impresionistas por el desenfoque, bocetos más que grandes lienzos de museo para esta sinfonía «galesa» tras un Brexit musical.

Los cuatro movimientos (I. Andante con moto – Allegro un poco agitato; II. Vivace non troppo; III. Adagio IV. Allegro vivacissimo – Allegro maestoso assai) fueron discurriendo con algunas pinceladas claramente dibujadas, pero la sonoridad continuó difusa pese a la ligereza del trazo, solo destacable el tiempo lento ubicado en tercer lugar, más contemplativo y reposado perfilado, con cierto colorido solista que embelleció unas estampas irreconocibles. Agradecer el esfuerzo del maestro Díaz por responder raudo a sus paisanos y amigos, pero espero recuperar mi visión bien graduada para que el refrán de «No hay quinto malo» se cumpla el día del padre con Lugansky y el gran Perry So.

Lucha de egos

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Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPADenis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

Pires, historia del piano desde la elegante sencillez

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Sábado 23 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires. Obras de Schubert, Debussy y Beethoven. Entrada butaca: 28 €.

Un regalo de cumpleaños volver a disfrutar de «La Pires«, una pianista increíble que volvía a «La Viena del Norte» español, escribiendo una historia que es la de su vida y la del piano mismo: juventud y futuro desde una madurez donde cada nota es un mundo, cada frase un descubrimiento, cada sonido belleza sublime, todo desde esa sencilla elegancia de la portuguesa que hace parecer fácil lo difícil transportándonos a un mundo único donde el público vive unas emociones imposibles de describir con palabras porque es la música su única definición.

El programa elegido resultó toda una declaración de intenciones y un legado en tres fases si se me permite calificarlas así:

Juventud

F. Schubert: Sonata para piano nº 13 en la mayor, D 664, el ímpetu jovial que bebe del Mozart puro clasicismo y la admiración por el amigo Beethoven. Solamente Maria João Pires puede ser la intérprete ideal del vienés así entendido. El Allegro moderato cristalino, perfecto equilibrio sonoro, impecable revisión, Andante sin prisas, la contemplación de la belleza hecha sonido, y ese Allegro final, vital, fogoso nota a nota, saltarín, de escalas interminables con un piano brillante de articulación increíble.

Futuro

C. Debussy: Suite bergamasque, completa, el paso adelante del universo pianístico con el tributo a la forma barroca transitando siglos desde el lenguaje abrumador del impresionismo, lo etéreo que se funde en la distancia sonora para dibujar un mundo nuevo. «La Pires» debutándola cual exploradora de todos los caminos en un mundo de 88 teclas. El Prélude moderado, rubato pausado, dibujando colores de todas las intensidades, la limpieza de un pedal mágico, los graves mantenidos para envolver un vuelo que planeaba por una sala casi sin respiración; Menuet (Andantino) parisino e hispano que bebe un «aire de Albéniz», rítmico y unificador, elegante, equilibrado, con matices sabios y sobrios; Claire de Lune (Andante très expressif) literalmente expresivo, sentido, descubriendo notas ocultas casi perdidas, respirando nocturnos irrepetibles que aportan una luz distinta desde la penumbra del escenario y esa aparente pequeñez que engrandece aún más a la dama del piano portuguesa; Passepied (Allegretto ma non troppo) jazzístico y oriental, meditativo, Debussy en estado puro, en estado de gracia como esta Pires rompedora de clichés, convincente, entregada, diáfana en su discurrir por un teclado de terciopelo pintando de colorido unos pentagramas al fin hechos música en sus manos.

Madurez

L. van Beethoven: Sonata para piano n.º 32 en do menor, op. 111, el «adiós al piano» del sordo genial, un testamento para la eternidad, inflexión de una forma y sonoridad rompedora desde el sufrimiento interior, exploración y testamento. Maria João Pires siempre única, sus tres mundos que tenían que cerrarse en esta despedida conmovedora, dos movimientos como dos joyas: Maestoso: Allegro con brio ed appassionato, el do menor apasionado en el recuerdo inicial, los elementos fugados entremezclando temas desde una forma que se rompe en sí misma, la sorpresiva reexposición sin perder nunca la identidad, así entendida de principio a fin por la lisboeta, la paleta completa de matices que sólo ella es capaz de sacar a un piano único, la evolución al mayor en un placer interpretativo siempre apasionante de vivirlo en vivo, tocando el paraíso, y después la despedida Arietta: Adagio molto, semplice e cantabile, seis variaciones en la engañosa sencillez tonal y complicado compás que van creciendo y variando, síncopas sorprendentes y marcadísimas, suma de individualidades sonoras de armonía básica que me hace calificar de sencilla elegancia, trinos indescriptibles que desvanecen la melodía, un legado imperecedero para generaciones posteriores, tanto de la partitura como de esta intérprete irrepetible.

Desde la madurez vendría también el regalo del Adagio Cantabile (segundo movimiento de la Sonata para piano nº 8 Op. 13), poso y peso de «La Pires» maestra, señora del piano, terapeuta en tiempos de dolor con el bálsamo de su presencia y esencia, con ganas de que hubiese finalizado esta «Patética» placentera.

Gracias Señora.

Entrevista de Andrea G. Torres para La Nueva España:

 

Honestidad musical para el arranque invernal

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Viernes 15 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Iviernu I, OSPA, Juan Barahona (piano), Christoph Gedschold (director). Obras de Rachmaninov y Dvořák. Entrada butaca: 15 €.

Con homenaje a la recién fallecida Inmaculada Quintanal (La Felguera 1940), respetuoso minuto de silencio y dedicatoria a la que fuese Profesora de Música en mis años de estudiante en la E.U. de Magisterio, musicóloga, docente, investigadora y gerente de la OSPA durante la primera década de consolidación (1993-2003), mujer generosa, luchadora, honesta y valiente, comenzaba la Temporada de Invierno con estos calificativos válidos para un concierto que agotó las entradas pese a todas las incomodidades que supone esta pandemia que no cesa, incertidumbres continuas y un (sin)vivir al día pero demostrando que La Música, así con mayúsculas, y mejor en directo, es más necesaria que nunca, como siempre defendía mi admirada Inmaculada, pues la cultura es segura, y los sacrificios obligados no impedirán saciar este hambre de conciertos que son seña de identidad cultural de Oviedo y Asturias, como siempre digo «La Viena del Norte» español.

Programa con dos obras que todo melómano conoce, la orquesta también y Jonathan Mallada en las notas al programa, concluye sobre los dos compositores, Rachmaninov y Dvořák: «sus obras muestran siempre una frescura muy difícil de superar y, en definitiva, han trascendido los siglos como dignos embajadores de la sinceridad más pura que pueda existir: la sinceridad musical«.

Siempre es un placer escuchar el popular Concierto para piano nº 2 en do menor opus 18 del ruso, este viernes con el asturiano Juan Barahona de solista y la batuta del alemán Christoph Gedschold (tras su última visita wagneriana), siendo el austriaco Benjamin Ziervogel el concertino invitado y compañero del pianista en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Concierto difícil de concertar y momentos de ímpetu que pudieron desencajar algunos pasajes con el piano, por delante de la orquesta, pero mostrando una visión personal de Barahona quien tiene la obra bien rodada y trabajada de principio a fin, con un rubato especialmente sentido que Gedschold siempre intentó seguir aunque sin una marcada pulsación interior. La interpretación fue de bien a mejor, un Moderato apasionado con una orquesta de dinámicas ajustadas a la sonoridad pianística, un intenso e inmenso Adagio sostenuto muy sentido por parte del piano, y un entregado Allegro scherzando donde todos brillaron y encontraron el entendimiento perfecto para una obra de madurez tanto compositiva como interpretativa que Juan Barahona va moldeando en cada concierto.

Aplausos merecidos y propina como no podía ser otra del ruso, su Preludio en re mayor op. 23 nº4 donde sin el «encorsetamiento» orquestal sí pudo lucir esa musicalidad genética Juan Barahona, un intérprete de raza que crece con los años, siempre entregado y honesto ante las obras que amplían su ya extenso y exigente repertorio.

De la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 de Dvořák no llevo la cuenta de las veces que ha sonado en este auditorio y a los atriles de la OSPA, siempre con buen sabor de boca en cada concierto, habiendo pasado por directores que dejaron huella con esta maravillosa página que siempre pone a prueba las formaciones sinfónicas y nuevamente la asturiana junto al alemán Gedschold han vuelto a deleitarnos con ella, perfecto complemento el checo tras el ruso (aunque hubiera estado bien alternar el orden para ir rompiendo los clichés de los programas) creciendo en los cuatro movimientos con un conductor de manos amplias, gestos claros y visión muy trabajada de dinámicas y tempi ideales para lucimiento de todas las secciones orquestales. Como en Rachmaninov la cuerda sonó dulce, equilibrada, presente incluso en los graves (aunque siempre hecho en falta algunos más), los metales en buen momento tímbrico y en coordinación perfecta, mas nuevamente la madera erigiéndose en «la niña bonita» de la orquesta en esta sinfonía donde tanto protagonismo tiene. Un Allegro con brio algo contenido, un Adagio para paladear y disfrutar de los planos sonoros con ese terciopelo de arcos jugando con escalas descendentes y Ziervogel marcando galones, un  Allegretto grazioso en crecimiento emotivo de aires vieneses, y el vibrante Allegro, ma non troppo chispeante, trompetas victoriosas, la melodía que siempre me recuerda «La Canción del Olvido«, vibrante, estallidos del metal cual fuegos artificiales, los aires turcos bien marcados, flauta virtuosa y un allegro entregado y bien entendido para otra «octava honesta» que disfrutamos todos, músicos y público. El esfuerzo merece la pena y estos conciertos son la mejor terapia en tiempos revueltos.

Toquemos madera para mantener la programación porque la necesitamos como el respirar (aunque sea con mascarilla).

Caprichos y lamentos de clarinete

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El clarinetista Maximiliano Martín, solista de la Scottish Chamber Orchestra, está a punto de sacar al mercado su grabación para el sello Delphian con la Orquesta Sinfónica de Tenerife bajo la dirección de Lucas Macías Navarro con el sugerente título de Caprices and Laments, plasmación en tres obras de la versatilidad de un instrumento capaz de sorprender por sus sonidos evocadores y con unos compositores que no me son extraños.
Todavía recuerdo el concierto que ofreciese el pasado y a la vez lejano 7 de febrero de este año con la OSPA dirigida por Pablo González, donde pudimos disfrutar del danés Nielsen y su concierto para clarinete, que está en este disco, así como la propina de un MacMillan a descubrir, presente igualmente en la grabación que paso a comentar.
Los compañeros de viaje esta vez son la orquesta tinerfeña dirigida por nuestro conocido Lucas Macías, titular de la OFil (y de la OCG), que mantienen una calidad homogénea en cada pista y obra, disco grabado los días 21-24 de enero poco antes de su visita al auditorio ovetense donde compartió música con muchos compañeros de estudios londinenses.
La obra que abre el compacto es el sugestivo Concierto para clarinete y orquesta de arpa con arpa y piano (1947-48) de Aaron Copland (1900-1990). De él en la web tanto del sello Delphian como del clarinetista canario y en la contaportada, describen en inglés libremente traducido por mí: «Dos décadas después, el concierto de Aaron Copland para el mismo instrumento de manera similar, une los contrastes estilísticos y expresivos: compuesta con la experiencia de Benny Goodman en el cruce de géneros en mente, trae una veta de tristeza lírica junto con el brío de los modismos populares de mediados de siglo en Estados Unidos y Brasil«. Sonoridades de lamento, ensoñaciones de la América profunda con el clarinete protagonista absoluto, respondiendo al pie de la letra a las indicaciones del propio compositor que ya presenta un estilo propio e inimitable: un primer movimiento «lento y expresivo», una «cadencia libre» para explorar toda la tesitura del instrumento con la amplia gama dinámica de una cuerda aterciopelada más los contrastes del arpa y piano subrayando un ritmo de película documental, quién sabe si por los Apalaches del propio Copland, y el último «bastante rápido» que completa un concierto colorido, juguetón y, como todo el disco, caprichoso con música que podríamos calificar de incidental y vitalista, con un acople, empaste y homogeneidad ideal en todos los intérpretes: solista, orquesta y director en aras de la belleza máxima. Por supuesto excelente la toma de sonido que en el equipo de casa, sin restricciones de volumen, coloca a los músicos frente a mí. Han mejorado las plataformas digitales en cuanto a la calidad del sonido, aunque me quedo siempre con mi cadena Technics y los CDs que cada vez ocupan más paredes, pero son mi tesoro y particular «bodega musical».
El compositor de Odense está en alza más allá de unas sinfonías que merecen escucharse más a menudo, y de las que Pablo González se ha declarado ferviente admirador. En la web del propio Maximiliano Martín dice de esta obra que «La benevolente sombra de Mozart se encuentra con una tensión de turbulencia emocional en el inolvidable, a veces inescrutable Concierto para clarinete de Carl Nielsen, su última obra orquestal importante, completada tres años antes de su muerte en 1931″. Personalmente este Concierto para clarinete y orquesta (1928) es tan primoroso como el del genio de Salzburgo (que el propio Martín ha grabado con los escoceses). Si en Oviedo yo escribía que el tinerfeño Maxi «hizo cantar desde un virtuosismo endiablado su instrumento«, la peculiar plantilla orquestal con cuerda “menguada” (más dos fagots, dos trompas y la caja tan solista como el clarinete), donde concertar sin perder nada de lo escrito es una tarea al alcance de pocos directores, el «equipo tinerfeño» con el onubense Lucas Macías al mando, lo consiguen nuevamente. Partitura con destinatario propio que Martín explicaba en OSPATV, así como las notas al programa de Marina Carnicero García para el sexto de abono, posee un lenguaje musical muy danés por la inspiración en su folklore, pero innovando en todo desde una complejidad técnica que exprime al máximo todos los recursos del clarinete junto a una orquestación rica y sugerente que reviste al solista de solemnidad e intimismo sin perder esa «línea argumental» tan nórdica junto a cierto carácter vocal como no podía ser menos en un instrumento de viento.
Además de mi confesado amor por los escandinavos llamados los latinos del norte, el concierto de Carl Nielsen (1865-1931) es un dechado de perfección instrumental con un clima sonoro especial. Jugando con el ambiguo significado de «es la caña”, realmente así lo puedo entender en jerga juvenil, pues pergeñar todo él en un solo movimiento es ya un acierto unificador, con juegos de tiempos contrastados y rítmicamente complicados de concertar, con diálogos entre orquesta y solista equilibrados, y la caja que también quiere cantar y contestar el carácter del destinatario, Aage Oxenvad, quien lo estrenó en Copenhague el 11 de octubre de 1928. Gruñón y endiosado al que su compatriota parece que quiso poner a prueba con este concierto. Nuevamente el maestro Martín eleva al culmen esta primorosa partitura con la sabia combinación de técnica y musicalidad, el canto del clarinete explorando los registros extremos, las dinámicas imposibles capaces de cortarnos la respiración, solos levantando el vuelo cual «lamentos caprichosos» y la orquesta revistiendo de belleza esta imagen de mi aññorada Dinamarca que suena totalmente actual casi cien años después. Una satisfacción tenerla en disco para disfrutarla cuantas veces quiera y viajar sin movernos del sillón plácido y confortable con diseño nórdico.
El compositor y director de orquesta escocés  Sir James MacMillan (1959) con su Tuireadh (1991) redondea estos tres conciertos donde el clarinete cubre una amplia gama de emociones humanas y hasta divinas. Obra originalmente para Cuarteto de Cuerda y clarinete, arreglada en 1995 para la versión orquestal, en las fuentes citadas lo describen así: «El Tuireadh de James MacMillan (…) es una efusión resuelta de dolor, que eleva los instrumentos a una calidad de expresión casi vocal en un lamento por las víctimas del incendio de la plataforma petrolera Piper Alpha«. Esta partitura es el verdadero «lamento»  cantado tras los «caprichos» americanos y daneses, la denuncia musical con un lenguaje actual concebido para un clarinete suplicante, enfadado, dolido, compartido y contestado por una orquesta que subraya, reprocha, gime, grita y llora. Imágenes dramáticas que la música completa con una instrumentación de tímbricas y texturas evocadoras de tragedias diarias a las que no somos ajenos en estos tiempos convulsos. Interesante composición esta página de MacMillan que crece del cuarteto de cuerdas a la orquesta, explorando cada sección desde amplias dinámicas que no ocultan nunca el protagonismo del clarinete solista en un idioma de nuestro tiempo comprensible por todos. Recomiendo conocer la amplia trayectoria de este interesante compositor británico con un lenguaje musical inundado de influencias no ya de «su herencia escocesa, fe católica, conciencia social y una estrecha conexión con la música folclórica celta, mezclada con influencias de la música del Lejano Oriente, Escandinavia y Europa del Este«, perfecto compañero de viaje de los otros dos conciertos a los que complementa como anillo al dedo desde esta visión evolutiva y cercana de una forma clásica por la que transita la grabación, historia viva como los sentimientos comunes.
Bravo por estos músicos de mi generación a los que debemos escuchar más, y mis felicitaciones al maestro Martín por este disco de aires isleños junto a la gratitud de poder escucharlo con detenimiento y verdadero deleite, viajes emocionales de Siana a Edimburgo, minería mierense hermanada con Glasgow siempre con «la música por montera» que reza mi blog, además de la musicoterapia necesaria, siempre jugando con caprichos y lamentos que nos hacen más llevaderos nuestros quehaceres diarios.

Celebrando Mozart y Beethoven en Pamplona

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Viernes 13 de diciembre, 20:00 horas. Pamplona: Baluarte, Concierto 5, Temporada OSN «Colores». Beatriz Díaz (soprano), Orquesta Sinfónica de Navarra, Manuel Hernández-Silva (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 30€.

Sigue el tándem Díaz y Hernández-Silva para disfrutar a Mozart y Beethoven al que ya estamos celebrando antes de sus 250 años el próximo 2.020, y el maridaje de la soprano asturiana con el director hispanovenezolano sigue dando sus frutos tras el Fidelio malagueño en este segundo concierto del abono de la orquesta navarra de la que Manuel Hernández-Silva es su titular, tres sesiones en el inmenso auditorio de Iruña más hoy sábado en Tudela, descubriendo la faceta sinfónica con la soprano asturiana no ya en un Mozart que domina hace tiempo sino con un Beethoven que abre aún más la paleta vocal en el siempre agradecido idioma italiano.
Programa organizado con ese acento vienés de los dos grandes, obertura más aria de ambos en la primera parte más la poco escuchada «Segunda» del Sordo de Bonn.

Desde los primeros acordes de la Obertura de «La Flauta Mágica«K 620 (Mozart) se notó la complicidad entre la orquesta navarra y Hernández Silva, claridad en todas las secciones, agilidades precisas, amplia gama de matices y la sensación de fluir permanente antes de atacar el Aria de concierto Misera, dove son, K 369 con la soprano Beatriz Díaz, nueva incursión en un repertorio difícil pero en el que se mueve con seguridad, graves que han tomado cuerpo, potencia sin contención junto a pianísimos sobrecogedores que fluyen por la sala con facilidad (y estaba sentado en la fila 26), amplitud de recursos junto a su conocida musicalidad para esta página mozartiana felizmente arropada por una formación que con Manuel Hernández-Silva siempre mima la voz.

El homenaje a Ludwig van Beethoven lo comenzó la Obertura de Las criaturas de Prometeo op. 43, todavía con ese clasicismo vienés de aires haydinianos más que mozartianos, aunque parezca flotar la venganza de Don Juan, la escritura que apunta los contrastes románticos pero sin las rotundidades que vendrían al final del concierto. Y a continuación nueva Aria de concierto Ah, pérfido op. 65 con una Beatriz Díaz pletórica, recitativo orquestal de vértigo, emisión y dicción clara, gama amplísima de matices que en su voz siempre son un regalo, dramatismo en el texto siempre «legible» y el subrayado musical lleno de sutilezas, con la orquesta escuchando y la batuta dejando que cada nota sean pinceladas, fondo de lienzo y redondeo total de perfección entre solista e instrumentos, una perla musical que está al alcance de pocas formaciones y sopranos, para otra nueva lección de buen hacer. El público se entregó a la cantante asturiana obligada a saludar repetidas veces junto al maestro hispanovenezolano. Una delicia que espero sea simplemente un aperitivo para la soprano en este repertorio con orquesta más allá de la ópera que en su caso puede compaginar sin etiquetarse en ninguno y haciéndonos disfrutar con todo lo que canta.

De regalo nuevamente Mozart y el aria Dove sono de «Las bodas de Fígaro», piel de gallina cantada por la allerana, microrrelato lleno de entrega, gusto, elegancia, con una orquesta que escucha y siente llevada por el director hispanovenezolano desde el recitativo hasta esa maravillosa página, transmitiendo seguridad y magisterio en el siempre difícil de la dirección. Como dice nuestro querido amigo común eMe «BraBoo!».

Impresionante la segunda parte con la Sinfonía nº 2 en Re Mayor op. 36 de Ludwig van Beethoven, la más clásica abriendo camino con la firma irrepetible del genio. El primer movimiento I. Adagio molto-Allegro con brio marcaría el sentido que imperaría en toda ella, claroscuros nítidos, luminosos, contrastes ricos y una orquesta de primera a la que Hernández-Silva lleva de la mano, marcando lo necesario para dejar disfrutar la calidad de todas sus secciones y solistas. El II. Larguetto pudimos recrearnos con un equilibrio desde la belleza instrumental casi coral, casi sin batuta antes del III. Scherzo: Allegro verdaderamente juguetón y «bromista», una cuerda aterciopelada, una madera (a dos) inspirada y unos metales (dos trompas y dos trompetas) contenidos, afinados, junto a los timbales precisos mientras en el podio el baile innato llevaba este movimiento hacia el Beethoven en estado puro del IV. Allegro molto, poderoso, sentido y consentido, con sentido clásico diáfano heredero del Mozart inicial redondeando una celebración vienesa en el Baluarte pamplonés que continuará esta tarde de sábado en Tudela. La Orquesta Sinfónica de Navarra camina con paso firme de la mano de Manuel HernándezSilva al que se le nota feliz con ella en esta su segunda temporada, madurez que deja poso.

Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con «jet lag» pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, «virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico» como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de «Mein Gott Bach», y hay mucho del «kantor» en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las «Romanzas sin palabras» o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos «orgánicos» contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un «tempo» vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más

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