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Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

Con cuerda para rato

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Miércoles 16 de junio, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: New European Strings, Dmitry Sitkovetsky (concertino-director). Obras de Bach y Schubert. Entrada butaca: 28 €.

El curso y la temporada van llegando a su final y de nuevo la música de cámara como protagonista con esta orquesta de cámara fundada en Finlandia por el ruso Dmitry Sitkovetsky, quien agradeció al final del concierto (traducido por su chelista Miguel Jimenez) reencontrarse con el público al que echaba de menos, también de forma recíproca. Programa al menos curioso donde se partía de obras transcritas por el propio Sitkovetsky que buscan engrandecer formas «menores» para un entrenamiento de los instrumentistas y animar a la audiencia en este acercamiento que siempre viene bien a todos.

Mein Gott J. S. Bach (1685-1750) es siempre único en cualquier versión, interpretación, revisión o transcripción, inimitable, reconocible y padre de todas las músicas que en sus Variaciones Goldberg, BWV 988, un «Aria con 30 variaciones» escrita para teclado, resulta verdadera prueba de fuego si no el ejercicio para toda una vida por su complejidad, al encerrar en ella la biblia bachiana. Dmitry Sitkovetsky ya había realizado una transcripción para trío de cuerda (disponible en su propio Canal en YouTube©) que ahora amplió para su orquesta tras el obligado enclaustramiento del Covid. Con una plantilla de 5-5-3-2-1 con clave,  «Bach siempre es Bach», y el arreglo de Sitkovetsky muy logrado en cada variación por las combinaciones de solistas (dúos, tríos, cuarteto) contrapuestas al «grosso» y con el contraste barroco obligado, para lucimientos de los primeros atriles (impresionante Boris Garlitsky en los segundos replicando a Sitkovetsky) y unos concertantes de aire plenamente brandemburgués. Todos los músicos funcionaron camerísticamente con un sonido no del todo muy cuidado, pues acústicamente percibí una afinación imprecisa del viola Mikhail Zemtsov y no toda la claridad esperada en la cellista Kati Raitinen en los pasajes rápidos compensado por el citado Garlitsky como violín II impecable así como el clave de Elena Garlitsky que se agradece aunque no tuviese mucha presencia sonora pero resulta imprescindible en «mi señor Bach». La aclaración final (antes de la propia) de ser la primera vez que la ejecutaban en público supongo que explica estos «mínimos detalles» que no empequeñecen en absoluto el trabajo de esta formación que brilló en el Aria que abre y cierra las Goldberg, así como las variaciones más reducidas donde el protagonismo de Sitkovetsky se notó.

Tras un breve descanso, nueva «formación» o combinación de cuerda, prescindiendo del clave y alguna «permuta» de segundos a primeros donde Boris Garlitsky ocupó su lugar de concertino sumando una viola y un cello al Bach inicial (5-5-4-3-1) para que Sitkovetsky dirigiera su orquesta, que parecía no necesitarle.

Y es que  F. Schubert (1797-1828) ya deja todo claro en su Cuarteto en re menor D. 810, “La muerte y la doncella” partiendo de su «lied» homónimo (Der Tod un das Mädchen), por lo que la orquestación de Gustav Mahler (1860-1911) supone hacer un Schubert casi sinfónico sólo con la orquesta de cuerda, el dolor entendido y engrandecido desde las propias vivencias. Si el vienés redujo sus emociones a la mínima expresión posible para un cuarteto que late al unísono, el bohemio eleva el entendimiento a los dieciocho instrumentistas de cuerda que respondieron en los cuatro movimientos (Allegro; Andante con moto Scherzo; Allegro molto; Presto). Rodados con Bach como mejor remedio musical, este Schubert «aumentado por Mahler» sirvió para comprobar la sonoridad y calidad de estos músicos con engranaje camerístico y riqueza dinámica que fue «in crescendo» especialmente en los dos movimientos últimos, bien espoleados por el «jefe Sitkovetsky», cómodo en la batuta pero integrado en esta poesía musical tan románticamente dolorosa por el alma mahleriana.

Y de propina disfrutamos del directo tras el trabajo «virtual» durante la pandemia con dos de los 24 Preludios  titulados «Canciones de Bukovina» de Leonid Desyatnikov (1955), otra transcripción, aquí del piano a la orquesta de cuerda también del propio Sitkovetsky que al fin nos llegaba al público, el vivo irrepetible y único para todos, una obra contemporánea que adquiere como en todas las «reconversiones» colores distintos, visiones o versiones siempre válidas artísticamente cuando detrás de ellas hay un estudio concienzudo y el amor por el original.

Coloridos vientos franceses

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Domingo 13 de junio, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo: Les Vents Français. Obras de Saint-Saëns, Hindemith, Mozart, Klughardt y Poulenc. Entrada butaca: 20 €.

La primavera va finalizando y con ella el curso académico así como las temporadas de conciertos, y este domingo festividad de San Antonio traía aires franceses en un programa camerístico a cargo de Les Vents Français, seis profesores y solistas de larga carrera unidos para este proyecto, concierto variado, ameno y que vuelve a recordarme el importantísimo papel que las sociedades filarmónicas han jugado en la educación musical de muchas generaciones de melómanos, el primer acercamiento a unas músicas que no solo forman sino que preparan el oído y la interpretación para las grandes obras sinfónicas. Tengo pendiente una entrada para testimoniar la influencia que esas sociedades han tenido en Asturias y que han convertido a Oviedo en la Viena española, una tradición que necesita varias generaciones para poder recoger los frutos que degustamos en todos los géneros, del camerístico al sinfónico, lírico con ópera y zarzuela, orquestal y pianístico, siendo muy apreciada y nunca suficientemente programada la música de cámara sin la que es imposible apreciar el resto y demasiadas veces el único camino de poder asistir y vivir con y por la música.

Les Vents Français comandados por «el flautista de Berlín» Emmanuel Pahud lo completan François Leleux (oboe), Paul Meyer (clarinete), Gilbert Audin (fagot), Radovan Vlatkovic (trompa) y Eric Le Sage (piano) se han convertido en firmes defensores y promotores de unas páginas que a menudo son la carta de presentación para formas mayores, y así quedó demostrado con los cinco compositores elegidos para este nuevo Concierto del Auditorio, conocidos y no tanto, aplaudiendo a los programadores que entienden perfectamente la necesidad de este repertorio para continuar sembrando y educando a una afición que no falla ni siquiera en tiempos de Covid. Me congratula además comprobar cuántos jóvenes músicos (muchos de mi Ateneo Musical de Mieres) disfrutaron con estos maestros del viento, espejo en el que seguir mirándose para una carrera con futuro.

Primera parte combinando formaciones y colores, increíble manejo compositivo y conocimiento de cada instrumento, para con estilos distintos pintar unas músicas siempre cercanas, interpretadas con la técnica asombrosa al servicio de la escritura por estos virtuosos.

Primero el francés C. Saint-Saëns (1835-1921) y su Caprice sur des airs danois et russes, op. 79 (1887), trío de maderas (flauta, oboe y clarinete) con piano jugando con aires daneses y rusos reconocibles para lucimiento de las cañas más un acompañamiento siempre agradecido del piano en feliz entendimiento, especialmente sentidas las intervenciones melódicas de los solistas y la luz nórdica de mi recordado Skagen vista desde el pincel musical del galo.

Un pequeño paso cronológico y grande de estilo con el alemán P. Hindemith (1895-1963) cuya Kleine Kammermusik  op. 24, nº 2 (1922) para quinteto de viento, dibuja un lenguaje casi sinfónico, atrevido e inspirado en los «clásicos» para una formación con tímbricas bien entendidas, incluso el guiño al flautín, matices delicados, protagonismos compartidos y la sonoridad redonda que suponen el fagot y sobre todo la trompa. Cinco movimientos (I Lustig. Mäßig schnell Viertel – II Walzer. Durchweg sehr leise – III Ruhig und einfach – IV Schnelle Viertel – V Sehr lebhaft) como acuarelas de trazo fresco enriqueciendo la anterior paleta francesa, delineadas con tinta china, una música de cámara que solo tiene de pequeña el título pues la interpretación fue grandiosa con estos cinco vientos vecinos capaces de soplar desde la leve brisa al huracán sonoro.

No podía faltar el genio de Salzburgo que escribió para todos los instrumentos de viento. W. A. Mozart (1756-1791) en el Quinteto de viento con piano en mi bemol mayor, K. 452 (1784) prescinde de la flauta para mostrar otra combinación de colores con el oboe en la tesitura aguda donde las teclas dan el soporte armónico y contrapuntístico con su firma única y reconocible, mientras cada instrumentista tiene el momento de gloria y lucimiento en los tres movimientos ( I. Largo – Allegro moderato; II. Larghetto; III. Rondo. Allegretto), paleta tímbrica a elegir y seguir por los compañeros de programa desde este clasicismo vienés como escuela compositiva cuyo movimiento central condensa todo el vendaval mozartiano de melodías bien retratadas.

Con un breve descanso para tomar aire y sin movernos  de las butacas esperando la segunda parte llegaría mi personal «descubrimiento» camerístico (aunque grabado por los franceses para el sello Warner): el alemán A. Klughardt (1847-1902) cuyo Quinteto de viento en do mayor, op. 79 (1898) me asombró por la técnica y gusto de esta composición, digna de seguirse con la partitura delante por las combinaciones de estos cinco instrumentos en todos los registros y colores, romanticismo académico lleno de volúmenes, inspiraciones de una musicalidad que estos virtuosos hicieron grande dibujando al detalle sus cuatro movimientos (I Allegro non troppo; II Allegro vivace; III Andante grazioso; IV Adagio – Allegro molto vivace). Largos y merecidos aplausos para una obra desconocida para la mayoría, que encandiló por su calidad y aparente sencillez, algo solo al alcance de unos pocos intérpretes.

Y nada mejor viniendo de Francia que finalizar con F. Poulenc (1899-1963) y su Sexteto para viento y piano, FP. 100,(1932-1939), verdadera joya camerística en tres movimientos que Les Vents Français convirtieron en lección magistral de música de cámara del pasado siglo todavía vigente y actual, colorida, dinámica, brillante, evolución de una escritura que avanza sin perder la línea, rindiendo tributo a un género ideal para experimentar con unas tímbricas y rítmicas explosivas llenas de dinámicas maravillosas, exigencias para los seis intérpretes ensamblados a la perfección en esta obra curiosamente editada en Dinamarca por la Editora Hansen (1945) como queriendo volver al punto de partida de este viaje europeo con escuela francesa.

Y un regalo devolviendo el placer de volver a tocar con público como presentó el trompista croata en un perfecto español, la «Gavotte» del Sestetto op. 6 del ítalo-austríaco Ludwig Tuille (1861-1907), otro «descubrimiento» de estos profesores para despedir una apacible tarde de domingo donde la tormenta musical tuvo su acompañamiento climatológico.

Primavera con brocha rusa

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Viernes 11 de junio, 19:00 horas.  Auditorio de Oviedo: Primavera VI, OSPA, Simon Trpceski (piano), Paolo Bortolameolli (director). Obras de Shostakovich y Chaikovski. Entrada butaca: 15 €.

El sexto concierto de primavera del abono OSPA puso broche final a a otra temporada difícil por todo lo que ya sabemos y sufrimos del «bicho», sin director titular ni concertino (esta vez volvía al primer atril Benjamin Ziervogel) en un programa ruso que traía al director chileno Paolo Bortolameolli, que en la prensa recordaba a su paisano, nuestro siempre recordado Max Valdés, más al excelente pianista macedonio Simon Trpceski con su equipaje perdido por Bilbao aunque lo menos importante sería la anécdota compartida con los asistentes, público fiel que volvió a arropar a la formación asturiana pese a la actuación de Javier Camarena con la Oviedo Filarmonía y Lucas Macías en el Campoamor, aforo completo y vendido hace meses.

Sobre la organización de los programas pienso que va siendo hora de cambiar una costumbre decimonónica que en este caso nos hubiera dejado un orden cronológico ideal para comprender la evolución de la música rusa además de poder contar con una orquesta más «entonada», con mayor empaste y mejor entendimiento y un Bortolameolli que optó más por la brocha que por el broche deseado cerrando con dos obras inmensas esta temporada 20-21.

Un placer escuchar siempre a Dmitri Shostakovich (1906-1975) pues su dominio compositivo saca siempre a relucir un colorido propio que hace brillar sus interpretaciones. Su Concierto para piano nº 2 en fa mayor, op. 102 es una de sus joyas ( utilizada en la película Fantasía 2000), Trpceski entregado desde el inicio (I. Allegro) pero con poca exactitud en la orquesta, muy atropellada e imprecisa para encajar con el solista, además de unas dinámicas que por momentos taparon el papel de un piano que no sólo es rítmico sino percusivo, titánico a menudo. Evidentemente los volúmenes y el «tempo» del II. Andante nos permitieron disfrutar de una atmósfera más sutil, pinceladas románticas que no pasan de moda, la cuerda sedosa que viste al «piano ruso» sin clichés, evocaciones al compatriota Rachmaninov emigrado a EEUU pero universal además de cinematográfico. El ataque del  III. Allegro volvió a descompensar dinámicas y rítmicas a pesar de la lucha titánica del macedonio con unas secciones instrumentales siempre con una calidad que no apreciamos cuando la batuta apunta donde no debe. A la vista de los resultados la interpretación dejó en bisutería esta joya orquestal con un pianista de oro.

Para desquitarse del anterior Shostakóvich, Trpceski nos preparó como regalo el Allegro con brio del “Trío para piano nº 2 en mi menor, op. 67” junto al principal de chelos Maximilian von Pfeil y el citado concertino invitado Benjamin Ziervogel, tres grandes músicos que pudimos por fin disfrutar con la calidad y entrega esperadas así como por el feliz entendimiento que sólo el más universal de los lenguajes posee.

Hay sinfonías impactantes, históricas, emocionales, grandiosas, ideales para dejar por todo lo alto a las orquestas con todos sus primeros atriles luciéndose y examinando el trabajo del director. Las tres últimas sinfonías de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) creo que no han faltado en ninguno de los 30 años de la OSPA y la madurez exigida para la  Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 de nuevo examina a los intérpretes. La Cuarta es una de mis preferidas y exigentes en su preparación, con mucho que dibujar, perfilar, sacar a flote, equilibrar, buscar los balances perfectos, encajar los intrincados cambios de compás y tempi justos que marquen diferencias entre una versión aseada y una entregada.

Está claro que Bortolameolli conoce la sinfonía al detalle, pero la orquesta asturiana no tiene la plantilla «angelina» y hay que controlar cuidadosamente los planos sonoros. Los músicos tocaron lo escrito sin pegas pero los matices deben controlarse. Una pena que entre lo deseado y lo real haya un abismo. Los «bronces» que llamaba Valdés, estuvieron perfectos, empastados, atentos, las maderas siempre acertadas y empastadas, la percusión dominando pasiones y pulsiones, más una cuerda bien engrasada pero de nuevo la brocha impidinedo disfrutar la globalidad del dibujo, la dirección debería haber ejercido de técnico de sonido para jugar con cada «fader» y equilibrar volúmenes. La frecuencia del flautín pide bajar del forte al piano, la cuerda no da para más volumen si los metales tocan las dos efes escritas. A lo largo de los cuatro movimientos (I. Andante sostenuto II. Andantino in modo di canzona III. Scherzo: Pizzicato ostinato IV. Finale: Allegro con fuoco) estos desajustes fluctuaron pese a la calidad de toda la orquesta, el arranque poco marcial, y donde destacaría los impresionantes silencios que inundan el auditorio (de acústica «nueva») y el tercer movimiento donde sí se logró el balance y encaje perfecto, con ese fuego final que quemó deseos cual hoguera de San Juan adelantada.

Si La Cuarta hubiese abierto la tarde primaveral, los músicos se habrían entendido mejor con Bortolameolli y éste con la orquesta, ya todos en el punto ideal de dedos o labios para afrontar un Shostakovich que seguro hubiese pintado más limpio y delineado, encajado broche ruso que no brocha rusa de trazo grueso. El curso académico y musical está terminando, el cansancio emocional se nos nota a todos pero la esperanza no la perdemos aunque los dirigentes (de todo tipo) sigan sin cumplir las expectativas. Los peores tiempos necesitan de los mejores porque el futuro está en sus manos. Es su hora, pues lo demás ya hemos cumplido.

Balance irregular en estos 30 años de OSPA, temporada de aniversario con pocas luces y muchas sombras para «La música en tiempos del Covid» más parecida un título de García Márquez que a la triste realidad presente. Al menos apliquemos la musicoterapia y el convencimiento de que «La Cultura es Segura» además de necesaria.

Freude!, Freude!

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Domingo 30 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Vanessa Goikoetxea (soprano), Marta Infante (mezzosoprano), Mikeldi Atxalandabaso (tenor), David Menéndez (barítono); El León de Oro (director: Marco A. García de Paz), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Beethoven: Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125, «Coral». Entrada butaca: 15 €.

El ya inolvidable 2020 nos ha robado demasiadas cosas, muchas personas queridas, parte de nuestra vida, celebraciones y conciertos que nos hacen sobrevivir en tiempos difíciles, pero poco a poco vamos recuperando «el tiempo perdido» y con todo vendido en el auditorio ovetense pudimos celebrar los 250+1 años del genio de Bonn, Ludwig van Beethoven (1770-1827) con su novena sinfonía, Freude! de alegría, también Freiheit de libertad, un concierto muy esperado y aplaudido con intérpretes ya conocidos que nos dejaron sabores agridulces para un domingo primaveral.

Si hace poco escuchábamos un Requiem alemán de Brahms de ensueño, a pesar de tener la misma orquesta, director, coro y soprano, La Novena es otro mundo para todos, y pese al esfuerzo el resultado no sería el esperado por quien suscribe, aunque la grandeza sinfónica parece aplacar opiniones divergentes.

Personalmente Lucas Macías no acertó en su interpretación de esta página sinfónico coral y la orquesta titubeó más de lo esperado, con muchas entradas inseguras, desequilibrio en los balances y dudas que se transmitieron al conjunto. El LDO que dirige el recién nombrado titular del coro de RTVE, con mínimos refuerzos no tuvo el poderío vocal (solo 50 voces) necesario para esta magna obra aunque su participación siempre es segura. Las mascarillas no impidieron la afinación impecable ni los agudos siempre limpios y dulces en las voces blancas, pese a la tesitura arriesgada en todas, pero sin poder disfrutar de una vocalización en alemán, que quedó igualmente algo oscurecida. Esta vez faltó equilibrio entre las cuerdas, decantándose por unos graves más potentes y presentes de lo habitual en una lucha contra la masa sonora que siempre se impuso. Una lástima porque el esfuerzo esta vez no tuvo la recompensa merecida.

La Oviedo Filarmonía tampoco estuvo a la altura deseada tras su últimos conciertos, ni su sonido fue lo sutil que esperaríamos en esta novena. Cierto que comenzaron destemplados y fueron afianzándose, pero su titular optó por tiempos que no favorecieron la sonoridad típica de Beeethoven, incluso el tercer movimiento (en el que salieron a escena los solistas) decayó la tensión que solo se recuperó antes de la entrada del barítono ya avanzado el último movimiento, pero con dinámicas destempladas y no siempre atentas al apartado vocal, que debió de excederse en unos volúmenes de por sí ya elevados, volviendo a pedir una afinación si no «original» al menos más baja, porque las cuerdas vocales no pueden tensarse tanto en pos de un mayor brillo instrumental.

Lo mejor de la velada dominical vino del cuarteto solista con el asturiano David Menéndez pletórico, seguro, mandando en el tempo de su primera entrada, el vizcaíno Mikeldi Atxalandabaso sobrado de registro, poderosos agudos bien emitidos, el aplomo y color exquisito de la también vizcaína Vanessa Goikoetxea, más la ilerdense Marta Infante algo más oscurecida pero que completaría estos cuatro solistas bien equilibrados y empastados, donde los registros extremos mandaron sobre los medios, como en general toda esta «coral» a la que faltó una dirección más completa y mayor seguridad instrumental, con todo una aseada y siempre bienvenida «Novena«.

«Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo» (Beethoven).

Anodino romanticismo

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Viernes 28 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo,  Primavera V: OSPA, Sayaka Shoji (violín), Corinna Niemeyer (directora). Obras de Schumann y Farrenc. Entrada butaca: 15 €.

Programa romántico este quinto del abono primaveral de la OSPA con protagonismo femenino plural, violinista japonesa, directora alemana y compositora francesa (contemporánea del Schumann inicial) con obras que no son habituales en las salas de concierto y que tras su escucha creo tardarán en volver, pese a ser partituras muy bien construidas, ideales para testar cualquier orquesta y batuta, pero que sin duda carecen de esa emoción consustancial a un periodo de la historia musical que nos ha dado probablemente las mejores páginas sinfónicas.

Las notas al programa de Fátima Martín Ruiz (enlazadas arriba en los autores) desgranan las dos composiciones así como las personalidades de sus escritores, centrándonos en esos años de ebullición sinfónica aunque de distinto calado.

El Concierto para violín en re menor, WoO 23 de Robert Schumann
(1810 – 1856) mantiene claramente el melodismo del alemán, su sonoridad orquestal y la estructura clásica de tres movimientos (I. In kräftigem, nicht zu schnellem tempo – II. Langsam – III. Lebhaft, doch nicht zu schnell) pero por una vez creo entender las reticencias del propio compositor y de su destinatario en no estrenarlo. La sonoridad sinfónica buscada por Corinna Niemeyer tapó demasiadas veces el sonido delicado de Sayaka Shoji que afrontó todos los vericuetos técnicos del concierto con solvencia y musicalidad no siempre apreciables ni agradecidas. Al menos pudimos disfrutar momentos bellísimos en el movimiento central pero sobrevoló más lo orquestal (sobre todo en esa polonesa final) que lo concertante en la visión de la directora alemana.

Sí nos deleitamos con el violín aterciopelado y bien sentido de Shoji en su regalo bachiano del «Largo» de la Sonata Nº 3 en do mayor, BWV 1005, verdadera introspección de sonido refinado contrastado con el romántico inicial que no permitió un mayor lucimiento de la talentosa japonesa.

Está bien programar sinfonías románticas poco escuchadas en los auditorios, buscar obras coetáneas y apostar por una mujer como la francesa Louise Farrenc (1804 – 1875), que es de aplaudir, pero su Sinfonía nº 1 en do menor, op. 32 me pareció un ejercicio compositivo bien escrito, dando a cada sección de la orquesta sus protagonismos -que  en la OSPA están más que comprobados- aunque faltase la emoción intrínseca de un romanticismo de libro por estructura y técnica compositiva, incluso buscando el final en tutti que «levante al público», en cierto modo socorrido y siguiendo las modas del momento que también apreciamos en el primer Schumann.

Del análisis de su primera sinfonía vuelvo a recomendar las notas al programa de la musicóloga manchega, y dejando en sus cuatro movimientos los correspondientes enlaces para su escucha (I. Andante sostenuto – Allegro; II. Adagio cantabile; III. Minuetto: Moderato; IV. Finale: Allegro assai), destacando de Corinna Niemeyer su gesto preciso y claro más la lucha por ir dibujando los momentos precisos de presencias instrumentales, buscando igualmente los contrastes dinámicos para contagiar un ímpetu que personalmente esta sinfonía no tiene. Una directora joven con una obra casi de examen para todos, donde tampoco se pudo exprimir más de lo que hay. Hubo pasajes interesantes tímbricamente como en el Adagio donde se lucieron las maderas, como siempre, que no tuvieron igual expresividad en una cuerda hoy comandada por Eva Meliskova, ese aroma aún clásico del Minuetto que la OSPA transmitió con más profesión que pasión, y el final impetuoso tan previsible tanto en escritura como en ejecución.

 

 

Cruzando mares y océanos

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Viernes 21 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera IV: OSPA, Noelia Fernández Rodiles (piano), Pablo Rus Broseta (director). Obras de J. Orbón y J. Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Si Pedro Menéndez fue “El Adelantado de la Florida” y así se conoce Avilés como La Villa del Adelantado, no cabe duda que a Julián Orbón (Avilés, 1925 – Miami, 1991), de quien hoy se cumplían 30 años de su fallecimiento, le podemos considerar el sucesor del marino, surcando mares y océanos con su música, calificado como «el músico de las dos orillas«, siendo tristemente más conocido fuera de su propia tierra aunque el Conservatorio de su villa natal, gracias a Jose Mª Martínez, lleve su nombre y donde probablemente la entonces joven estudiante Noelia escuchó su nombre por primera vez, siendo ahora en plena madurez una de sus valedoras.

Hace dos años Noelia Rodiles escribía sobre Julián Orbón en Platea Magazine como “El gran desconocido de la música española”, por lo que debemos estar eternamente agradecidos que nos trajese de vuelta la Partita nº 4: Movimiento sinfónico para piano y orquesta, todo un hallazgo que nos muestra tanto la calidad musical del compositor asturiano como el de esta pianista que junto al valenciano Pablo Rus y nuestra OSPA (nacida el mismo año de la muerte del compositor avilesino) nos interpretaron este tesoro estrenado al fin en su casa.

Del compositor y su obra escribe Jonathan Mallada las notas al programa (enlazadas al principio en los compositores), por lo que sin ninguna escucha previa me limitaré a reflejar mis primeras impresiones. Orbón surcaría el Atlántico y los mares caribeños en una singladura que le permitió no ya observar nuestro patrimonio musical con la óptica siempre necesaria de la distancia, sino enriquecerse con las músicas “de ida y vuelta” para terminar de formarse en la tierra de las oportunidades sin olvidarse nunca de un país, que no era el soñado, con a tanta historia atesorada.
Saber que elige el nombre de partita como sinónimo de las maravillosas obras de nuestro siglo de oro musical, que además fuese un estudioso del Gregoriano, que se le considerase un compositor “neo-renacentista” y que esta cuarta partita resultase su única obra sinfónica con piano a partir del O Magnum Mysterium de Victoria, creo que marca todo el trasfondo de esta partitura de 1985 revisada hasta su estreno (por el inconformismo necesario de los grandes compositores) donde encontramos toda su herencia, sus fuentes de inspiración, su oficio y también sus modelos. Además del uso modal más rico que el tonal, con una orquestación impresionante donde «los bronces» (que decía Max Valdés) juegan un papel casi organístico, y la utilización del piano casi como un instrumento más, al escucharlo muy embebido con la orquesta, y con unos pedales graves perfectamente ensamblados con la tímbrica sinfónica, Noelia Rodiles brindó igualmente pasajes cercanos al Falla más hispano, a fin de cuentas las mismas fuentes, pasando por momentos del virtuosismo pianístico americano donde Rachmaninov y Gershwin triunfaban en la gran manzana y el maestro Copland buscaba un idioma instrumental propio. Orbón y Rodiles con el mismo rumbo en esta travesía que atracaba de vuelta a su tierra tras un viaje demasiado largo para esta música de alma avilesina, bien capitaneada por Rus en este transatlántico OSPA.

Los Hermanos Orbón son recordados en su villa y qué mejor propina que la Rapsodia asturiana (1933) del patriarca Benjamín Orbón para completar la dinastía, dos mundos musicales, el universal y sinfónico del hijo y el folklore pianístico del padre elevado a la música de cámara desde la soñada Cuba con ansia de grandes salas, además por su paisana Noelia Fernández Rodiles sintiendo e interpretando los temas de «la tierrina» desde esa forma virtuosística por excelencia, las enseñanzas en casa, los genes viajeros de la rapsodia que en sus manos sonó con más fuerza que nunca, brillante, cercana y emotiva para una pianista en un momento de plenitud.

Tras el crucero atlántico y caribeño volveríamos a embarcarnos musicalmente por el Báltico de Jean Sibelius (1865-1957), rememorando mi último viaje veraniego por el golfo de Finlandia, el compositor al que la OSPA le tiene tomado el pulso hace años. Su Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 de la que he perdido la cuenta de sus interpretaciones en el auditorio ovetense, sigue siendo una banda sonora en mi vida y curiosamente la iba escuchando tanto en el trayecto de Estocolmo a Helsinki como en posterior el paseo hasta el parque que lleva su nombre, donde se agolpaban los turistas que no me encontraría en la Academia.

Del Sibelius con la OSPA, a la que volvía de concertino invitado el austriaco Benjamin Ziervogel, tengo luces y sombras en las distintas interpretaciones que llevan en su treintena de años, pero está claro que «la segunda» siempre ha brillado como el mar al anochecer, con una plantilla ideal para esta sinfonía que Rus supo entender y conducir a buen puerto.

Buena velocidad de crucero para el I. Allegretto, los metales inspirados con viento de popa, cuerda a toda máquina y bien engrasada, con la brisa de la madera; un II. Andante, ma rubato que bajó los nudos para recrearse en las pequeñas islas antes de la primera escala, tal vez con un poco más de cuerda que redondease la sonoridad buscada pero bien entendido ese «rubato» bien escorado por unos violines claros como la espuma del mar, el viraje orgánico de los metales en sintonía y hasta los timbales redoblando como los motores; la siguiente escala del III. Vivacissimo nos acercaría con viento a favor al siempre luminoso Tallín aún soviético de sabor en la cuaderno de bitácora de un Pablo Rus almirante desde el puente de mando conocedor de lo traicionero del trayecto pero sabiendo alcanzar la velocidad exacta para no perder nunca el rumbo ni el equilibrio, balances instrumentales con el canto de un oboe único, plateado anochecer contestado por un chelo de amanecer estonio y sonoridades perfectas antes de desembarcar en San Petersburgo con el IV. Finale: Allegro moderato, Tchaikovsky inspirador al que Sibelius rinde culto y la OSPA tiene en su hoja de ruta.

Un crucero sinfónico con lo mejor de esta singladura musical y universal, de Avilés a Cuba y la Florida saltando hasta el Báltico, contrastes climáticos y lumínicos pero siempre con la belleza de un mar (masculino o femenino) siempre evocador cuando el barco tiene además de un capitán valenciano con mando en el puente, un buen contramaestre austríaco, mejores oficiales de máquinas internacionales, y una tripulación curtida que ha surcado casi todos los mares sinfónicos.

Contra viento y marea

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Domingo 9 de mayo, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Vanessa Goikoetxea (soprano), Enrique Sánchez Ramos (barítono), El León de Oro (Marco A. García de Paz, director), Kup Taldea (Gabriel Baltés, director), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Brahms: Ein deutsches requiem, op. 45 (Un réquiem alemán). Entrada butaca: 27 €.

Soy muy aficionado a los refranes y en tiempos de pandemia me gusta cambiarlos como «A mal tiempo, buena … música» o en el caso de este domingo dejar el «Contra viento y marea» puesto que recuperamos el gran repertorio sinfónico coral con una obra magna ideal para subir el ánimo, así como por la lucha titánica de los programadores que tuvieron que suplir la cancelación imprevista y sin motivos de la soprano austríaca Genia Kühmeier a última hora por la duranguesa (nacida en Palm Beach) Vanessa Goikoetxea a quien ya tenía ganas de volverla a disfrutar en casa, y más tras su reciente éxito en el Benamor madrileño, y especialmente al barítono de Aranjuez Enrique Sánchez Ramos quien en apenas doce horas tuvo que venirse a Oviedo sin tiempo para nada, ante la gastroenteritis del programado Lauri Vasar, evitando suspender un concierto muy esperado. A ellos debemos agradecerles su generosidad y profesionalidad en esta locura del Covid donde todo puede cambiar en un día.

Como confeso «leónigan» la presencia del LDO hacía ineludible igualmente esta cita, otro reto en su ya dilatada y exitosa carrera coral, también luchando contra los elementos con toda la garra que les caracteriza, y cerrar este ciclo de conciertos con el monumental Réquiem de Brahms era el mejor regalo para un agnóstico confeso, demostrando nuevamente que «La cultura es segura» y que Oviedo es la capital musical por excelencia, a la que he bautizado como «La Viena del Norte» español.

Sobre las motivaciones de Brahms para este réquiem me sirven todas, pues van desde la inspiración por la muerte de su madre, extensiva actualmente a todas las víctimas del Covid, Ich will euch trösten, wie einen seine Mutter tröstet («Os consolaré, como una madre consuela a su hijo». Isaías 66, 13), hasta  la del propio compositor mencionándola como obra creada «por y para toda la humanidad«.

Y no se circunscribe a la secuencia litúrgica de la misa de difuntos (donde hay tantos ejemplos que el propio Padre Sopeña tiene un libro imprescindible para los melómanos), sino más bien a una extensa cantata en siete movimientos donde el coro (feliz unión asturvasca con alma Musikene) es el principal protagonista junto a importantes intervenciones solistas del barítono madrileño Enrique Sánchez Ramos y la soprano vasca Vanessa Goikoetxea, melancolía y consolación del hamburgués agnóstico confeso que nos hace reflexionar sobre la muerte desde la meditación filosófica y poética puesta en los pentagramas sin buscar respuestas ni explicaciones, la belleza musical de la muerte como parte de la propia vida.

Y el «máximo hacedor» de esta página universal que siempre conmueve, no muchas veces programada por su complejidad y esfuerzo, el director onubense Lucas Macías, Maestro con mayúsculas que desde su seguridad en el podio la transmite a todos los intérpretes, concertador de primera por su experiencia instrumental, respetuoso de cada dinámica que nunca oculta las voces, interpretación sentida y conmovedora con una memoria prodigiosa que le permitió el control total de principio a fin, delicadeza y precisión en el gesto, elegancia en cada número con la respuesta esperada y perfecta de cada intérprete sobre el escenario.

La unión coral vascoasturiana es merecedora de capítulo aparte: unas 60 voces empastadas como si llevasen toda la vida juntas, afinación precisa, dicción exacta, dinámicas amplias a pesar de unas mascarillas que no les impidieron una proyección potente en los momentos álgidos, sintiendo iguales emociones y latiendo con el mismo corazón, ardor musical compartido con igual espíritu que bebe en las mismas fuentes donostiarras y un Cantábrico que imprime carácter. Me imagino cantar esta joya con lo que supone para todo coralista, el Brahms profundo y exigente al que se le debe entrega absoluta y un trabajo minucioso. Tanto Marco como Gabriel han insuflado a sus formaciones esa búsqueda de la perfección que pudimos apreciar en un réquiem alemán lleno de momentos mágicos para todos, nuevamente destacando Macías como verdadero conductor conocedor de este viaje interior, desde el inicial I.- Selig sind, die da Leid tragen mimando matices y tempi, «bienaventurados los que sufren» pienso que nunca mejor sentido en tiempos de pandemia, orquesta de sonido refinado y cuerda cada vez más unificada y empastada, presente en todo momento. II.- Denn alles Fleisch conjugó todo el sentimiento bíblico de la muerte que da vida, si se me permite la licencia poniendo toda la carne en el asador, pues «toda la carne es como la hierba» y no el polvo en que nos convertiremos sino la tierra fértil que devuelve vida.

Y vitalidad de Enrique Sánchez Ramos en el III.- Herr, lehre doch mich,  «Rebélame Señor que mis días deben tener un final» sin titubeos, atento a Macías que le llevó de la mano, con el coro en su sitio y la orquesta ensamblada cual órgano romántico, la belleza coral del IV.- Wie lieblich sind Deine Wohnungen celestial, «Qué dulces son tus moradas», entrega desde lo más profundo del ser, voces bienaventuradas y entregadas en cuerpo y alma, dejando flotar en el aire las últimas notas.

Sin apenas pausa llegaría la voz carnosa, amplia, cálida y brava de «La Goikoetxea» pletórica, color ideal para el V.- Ihr habt nun Traurigkeit, consuelo tras la aflicción, regocijo del corazón, «nada podrá privarnos de este gozo» saboreando cada palabra, cada consonante final en la lengua de Goethe, verdadero consuelo de madre cantado y sentido de forma irrepetible, nuevamente magia y emoción en el auditorio con el coro acogedor y la orquesta sobrecogedora, presente además de delicada, acunando y adornando el bellísimo color de la soprano que aún brilló más con este ropaje.

Continuaría la emoción, los contrastes, orquesta y coro entregados pero nunca vencidos, VI.- Denn wir haben hie keine bleibende Statt, no morimos pero fuimos transformados en un abrir y cerrar de ojos por las voces cantábricas, casi íntimas con el barítono madrileño asentado al igual que «los acordes de la última trompeta», contrastes bien marcados, palabras remarcadas, orquesta subrayando colores de muerte , subyugante y esperanzadora, de metales prístinos y timbales precisos, resurrección incorrupta que cumple con lo escrito: «la muerte quedará cautiva en la victoria», victoria tras la batalla sinfónico coral avanzando hacia el final siempre apocalíptico, vibrante y emocionante.

VII.- Selig sind die Toten, bienaventurados todos, el espíritu que reposa de sus fatigas porque sus obras van tras él, Brahms en estado de gracia y orquesta más coro abriéndonos las puertas del cielo musical con un Lucas Macías sobresaliente capaz de sacar lo mejor de todos. Sin quitar un ápice de grandiosidad, obra cocinada a fuego lento donde casi dan ganas de morirse en esta inmensidad.

La más audaz

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Viernes 16 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera II: OSPA, Akiko Suwanai (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ligeti y Bruckner. Entrada butaca: 15 €.

Tiempos de audacias, apostando por una cultura segura que sigue demostrando la responsabilidad y la necesidad de seguir con la música en vivo, pues las penas se vuelven alegrías con esta terapia, verdadero regocijo reencontrarse con conocidos, gozar del regreso seis años después de la japonesa Akiko Suwanai (a quien muchos descubrimos en 2009 ya con la OSPA) y del siempre gran director portugués Nuno Coelho al frente de la OSPA, sinónimo de entrega y energía, calidad y máxima audacia al programar nada menos que el concierto de Ligeti y «La sexta» de Bruckner, la más audaz como escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores), exigencia total para los intérpretes y un púbico que sigue fiel.

Titulaba mi anterior concierto de esta «Primavera OSPA» arriesgar para disfrutar, y la apuesta ha subido un peldaño al programar el siempre poco agradecido Ligeti y su Concierto para violín (Rev. 1992), obra exigente para una orquestación muy especial y una escritura que lleva demasiado tiempo armarla para alcanzar las cotas deseadas. Se arriesgó el director luso antes de comenzar, tomando el micrófono para explicarlo en un castellano perfecto, no solo sus cinco movimientos sino las claves para poder seguirlo al detalle y hasta poniendo los ejemplos sonoros de las ocarinas en manos de las maderas, o las flautas de émbolo de los percusionistas, que hoy tuvieron mucho trabajo además de buenos resultados, antes de escucharlo en su integridad.

Arriesgado es también seguir sin titular tanto tiempo, así como sin concertino, aunque hoy la invitada Messun Hong rindió especialmente en esta obra junto a la solista japonesa que bordó en entrega, sentimiento y sonoridades redondas, una Suwanai que no optó por el repertorio conocido sino por una página complicada, llena en cierto modo de una religiosidad especial en los orientales, y así la entendió junto a la concertino norteamericana. Trabajo detallista y meticuloso de Coelho con el que la orquesta parece feliz, entendimiento y concertación con Suwanai, técnica exquisita, virtuosismo de altos vuelos y como decía, poco agradecido para gran parte del público, pero mi aplauso por seguir prestando atención a la música de mi generación, llena de referencias visuales más allá del sonido, y nada cómoda de escuchar por el esfuerzo intelectual que conlleva.

Especialmente bello el segundo movimiento, Aria, Hoquetis, Choral: Andante con moto, donde Akiko Suwanai nos regaló la mejor visión y expresividad de esta maravillosa página, bien arropada por su colega y una orquesta donde hasta las cuatro ocarinas tejieron un coral de color con referencia medieval junto a los aires zíngaros que también se presienten. Y aún más conmovedora la japonesa en la Passacaglia: Lento intenso, un silencio casi sepulcral en la sala roto por su violín susurrante que va creciendo en un diálogo exquisito con la orquesta, diría que lleno de meditación conjunta, violencia sonora sin agresividad, controlando pasiones en una introspección única. El último movimiento, Appassionato: Agitato molto dejó en todo lo alto este concierto de Ligeti, pleno de texturas con aires de danza en una obra de la misma edad que la OSPA cuyo esfuerzo interpretativo podría decir que nos dejó a todos exhaustos.

Y con las fuerzas casi al límite, mostrando todo el músculo de la plantilla, llegaba el momento esperado y álgido de la Sinfonía nº6 en la mayor (1879-1881) de Bruckner, en cierto modo otra incomprendida, y como el maestro Coelho confesaba a La Nueva España, «Las sinfonías de Bruckner son como el Everest«. También Pablo Gallego hace referencia en sus notas al símil montañero y a «… un camino de redención en el que no puede obviarse el ferviente catolicismo que le acompañó toda su vida«.

Pienso que el esfuerzo de Ligeti pasó factura en esta ascensión de cuatro «etapas» a La Sexta con Nuno cual sherpa guiando esta expedición, y al que no todos pudieron seguir tan infatigables como el luso, aunque se intentó. Arrancó todo Majestoso y majestuoso, con una cuerda tersa y los metales protagonistas, orgánicos como suelo calificarlos por el paralelismo con el instrumento rey del que Bruckner fue maestro.

Pero el primer tramo de la escalada resulta extenuante y ni siquiera el «campamento base» del Adagio-Sehr feierlich sirvió para tomar aire. Bien las intervenciones de violines y oboe, pero la marcha fúnebre era mal presagio, perdiéndose el empuje inicial a pesar del paso seguro del joven portugués. Hay que pisar bien y caminar a la par, evitando así caídas y desprendimientos del terreno, pero en el Scherzo-Nicht schnell – Trio. Langsam, los traspiés no fueron a mayores aunque deslucieron unas vistas de la ascensión con cierta neblina. Faltó la limpieza y precisión de esa danza vienesa bien marcada por Coelho, pero supongo que guardaban fuerzas para alcanzar la cumbre del Finale – Bewegt, doch nicht zu schnell, difícil ajustar el ritmo para que sea «movido, pero no demasiado rápido», el transitar por tonalidades que pongan la bandera en todo lo alto y poder entonar el himno, pero faltó ese remate pese al esfuerzo que sí mereció la pena, pues las vistas desde esas alturas son un regalo del «organista supremo» al que Bruckner siempre tuvo presente. Gratitud, belleza, espiritualidad y emotividad en el gran sinfonista del XIX que sólo su discípulo Mahler pudo recoger el testigo.

Concierto arriesgado y sobre todo audaz, con esfuerzo poco recompensado del que recordaré el aire de religiosidad y gratitud vital de dos compositores emparejados en esta primavera aún fría, donde los reencuentros son cálidos. No se coronó la cumbre pero el recorrido mereció la pena y la semilla plantada ya está creciendo, falta poco para el esplendor florido y poder retomar otras vías para alcanzar más altas cotas musicales. La expedición cambiará de guía pero el equipo está ya bien entrenado.

Disfrutar la madurez

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Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

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