Inicio

Profesores: maestros e intérpretes

Deja un comentario

Martes 9 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo (concierto 9 del año, 1957 año 111). José María Fernández Benítez (violín), Josep Colom (piano). Obras de: Brahms, Schubert y Mozart.

Los profesores Josep Colom (Barcelona, 1947), habitual en Oviedo, maestro de maestros en una trayectoria impecable, y José María Fernández Benítez (Córdoba, 1977), compaginan docencia y conciertos, acercando su magisterio a estudiantes (muchos alumnos del conservatorio ovetense) y melómanos como así debería ser en todas partes, y teniendo la música de cámara como parte importante en sus trayectorias.

Visitando las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Gijón, verdaderos oasis musicales en peligro de extinción y auténtica escuela para todos, este dúo de violín andaluz y piano catalán nos trajo un programa con el violín como protagonista, recordando al gran intérprete húngaro Joseph Joachim, cuyo Stradivarius se escuchó en el Auditorio el pasado viernes en manos de Ray Chen, pero donde el piano comparte protagonismo.

Brahms resultó el auténtico plato fuerte, comienzo y final. El “Scherzo”, de la Sonata FAE, que fue concebida, como indican las notas al programa, por Schumann como regalo para Joachim «en una suerte de unión del talento musical del propio Schumann (Intermezzo y Finale), Albert Dietrich (el inicial Allegro) y de Johannes Brahms (el scherzo que hoy nos ocupa), parte que sin duda es la que con el tiempo ha vivido mayor fortuna y suele interpretarse como pieza separada». Continúan las notas diciendo que «los tres compositores amigos tomaron el lema de Joachim «Frei aber einsam» (libre pero solo) para obtener el tema principal de la sonata (fa-la-mi). El 28 de octubre de 1853, en casa de los Schumann, con Clara al piano y el propio Joachim al violín, fue presentada la sonata por sus autores a su dedicatario, que adivinó sin problema alguno quién era el autor de cada uno de los movimientos». La tapa acústica del piano abierta totalmente nos permitió apreciar la inmensa gama dinámica del compositor alemán en ambos instrumentos, puede que algo oscuro el violín en los pianísimos pero presente y consistente, impulso vital y momentos cantabiles realmente logrados.

La Sonata Gran Dúo en la mayor, D. 574 de Schubert es habitual en los programas de los grandes intérpretes solistas que se unen para disfrutar juntos la música de la Viena romántica, presentes los recuerdos beethovenianos del malogrado Franz, diálogos desde el juego melódico y nueva demostración de Música con mayúsculas a cargo de Fernández Benítez y Colom, el Teatro Filarmónica cual salón de una de aquellas “schubertiadas” (las fiestas de música y poesía organizadas por el compositor vienés) a la que estuvimos invitados. Limpieza en los fraseos, exactitud en las duraciones, el rubato ensamblado y entendido con delicada precisión más la unión discursiva de los cuatro movimientos en esta joya que el propio compositor no pudo ver en vida, pese a considerarse una de las preferidas de su autor. De nuevo quiero citar las notas al programa: «Schubert es Viena. Nace, vive y muere en la que ya entonces es capital musical europea, Así, podemos decir que su música es Viena en puridad. Aspectos de su vida y personalidad nos hablan de un autor atormentado y brillante, de corta vida -muere a los 31 años- y prolífico como pocos, que la historia de la Música ha dejado como paradigma del infortunio y el trágico destino, prueba de ello es la famosa anécdota que se le atribuye de su proposición de brindis tras el entierro de Beethoven por el próximo en ser enterrado, sin saber que estaba brindando por sí mismo. Paradigma de ese infortunio puede ser la historia de este Gran Dúo, escrito en agosto de 1817 -con veinte años- pero que fue publicado, póstumamente en 1851 y estrenado en 1864. Sin duda recordaremos a Beethoven escuchándolo, pero estaremos ante Schubert o en Viena, que es lo mismo, desde el mismo principio de la obra, cuando los envolventes cuatro primeros compases del piano den entrada al tema del violín que nos situará en una schubertiada, plena de delicadeza musical».

Otra partitura de las que se agradecen en estos conciertos es la Sonata en mi mayor, K. 304 (Mozart), con dos movimientos, el “Allegro” conocido -e incluso tarareado por mis vecinas de localidad- más el “Tempo di Menuetto”, que bisarían como propina, abriendo la segunda parte. Verdadera joya del Clasicismo que guarda la siempre engañosa sencillez del genio de Salzburgo con la profundidad que marcaría su inmensa producción. Escrita en París en 1778 cuando Mozart buscaba un trabajo estable y marcado por la muerte de su madre, es una de las más destacadas obras de cámara del joven Wolfgang. Independientemente de ser anterior o posterior al hecho luctuoso sí podemos apreciar cierto sentimiento de ausencia. Si se habla de «sencillez formal y profundidad expresiva de una forma que merece resaltarse dentro de su catálogo», diría que la sencillez estuvo en una ejecución sustentada en el conocimiento y el entendimiento, mientras la profundidad expresiva en la unidad sonora engrandecida por dinámicas y fraseos claros, complementarios para los dos movimientos expuestos por dos maestros para quienes la edad no es distancia sino un plus de madurez que redunda en la calidad interpretativa, dejándonos por partida doble ese “Menuetto” exquisito bisado como propina. Mozart siempre nos transmitirá alegría y colocarlo entre Brahms predispone oído y sentimientos antes de un final realmente poderoso.

Porque la Sonata nº 3 en re menor, op. 108 (Brahms) fue la segunda joya musical del alemán afincado en Viena, como no podía ser menos, engarce técnico y expresivo de un diamante que brilló con luz propia y dispuesto a degustarse con pasión, disfrutando del entendimiento en estado puro entre el pianista catalán y el violinista andaluz para encajar tiempos y estilo en una ejecución desde la honestidad y el respeto por la partitura, unido a la musicalidad que ambos profesores atesoran. Si el lirismo y la fuerza marcaron el «Scherzo» que abría concierto, en la sonata de cierre fueron pasión y vehemencia, destacando especialmente el «Adagio» y el «Presto agitato» de auténtico encaje de bolillos, balances, diálogos, hondura y perfecta lección de cómo abordar una sonata a dúo, Josep y José María.

P. D.: Comentar que dejo este escrito nada más concluir mi crítica para LNE, limitada por el espacio, que no así en el blog, reorganizándola para no resultar idéntica además de sumar las posibilidades que da Internet de poder colocar enlaces a biografías, obras y fotos propias. La «subida» al blog queda programada para después de la prensa escrita.

Miércoles, 9 de mayo, 1:33.

Crítica aparecida en la edición de Oviedo el 11 de mayo de 2017:

.

Magia y magnetismo

2 comentarios

Viernes 5 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Orígenes IV», Abono 12 OSPA, Ray Chen (violín), Víctor Pablo Pérez (director). Obras de Garay, Mendelsohn y Schumann.

Ramón Fernando de Garay y Álvarez (1761-1823) es un compositor avilesino contemporáneo de Mozart o Haydn, que terminaría afincado en Jaén donde fue Maestro de Capilla y sobre el que mi admirada María Sanhuesa Fonseca, autora de las notas al programa que dejo enlazadas en los autores, nos completó una enorme y documentada semblanza en su conferencia previa, equiparándolo a los grandes clásicos sin perder nunca el lenguaje español propio.
Emocionante el tributo a Don Raúl Arias del Valle (1927-2003), Canónigo archivero de la Catedral de Oviedo, descubridor de nuestro compositor, con quien la doctora Sanhuesa trabajó codo con codo durante siete años, y poco agradecimiento a ambos en esta tierra aquejada de un mal entendido y persistente «aldeanismo» donde creemos poco en lo nuestro.
La capital andaluza tiene a Garay como suyo, dando su nombre al conservatorio, lo que no es de extrañar, y un año 2011 que sirvió, dentro del 250 aniversario de su nacimiento, para dar a conocer un poco la trayectoria de un músico forjado a la sombra de Covadonga, que personalmente descubrí en la Semana de Música Religiosa de Avilés allá por 2010 gracias a José María Chema Martínez y la Orquesta Julián Orbón, cuya idea era programar las diez sinfonías de Garay, de las que pude escuchar tres (la décima, la octava y la novena), comentando que la Orquesta de Extremadura con José Luis Temes las llevó al disco con el patrocinio de la Fundación BBVA para el extinto sello «Diverdi», convirtiéndose en una reliquia quien haya podido adquirirlas, como también nos recordó María Sanhuesa.
Añadir la labor de otra avilesina, Mª Luz González Peña, quien desde su puesto de directora del CEDOA en la SGAE así como el ICCMU madrileño han hecho posible la edición del corpus sinfónico de Ramón de Garay, menos conocido que su obra religiosa. Citar finalmente a Paulino Capdepón Verdú por la edición de las sinfonías, y a Pedro Jiménez Cavallé, dos autores de los estudios más pormenorizados y actualizados del asturiano Garay.

La Sinfonía nº 9 en mi bemol mayor (1817) para una plantilla casi camerística adaptada a lo que Garay tenía en Jaén, algo habitual en los compositores de entonces, mantiene los cuatro movimientos clásicos que Víctor Pablo Pérez en su regreso a la tierra que le vio crecer musicalmente (interesante su entrevista en OSPA TV), bordó con la formación asturiana, ideal en número, claridad, contrastes, dinámicas amplias y sonido perfecto para una obra madura que quedará registrada por Radio Clásica. Interesante el juego con los dos clarinetes y una cuerda aterciopelada que siempre mantuvo la limpieza expositiva y el impulso desde el podio atento al discurso clásico del avilesino. Recordar que el director burgalés afrontará en breve «Nueve novenas» en el Auditorio Nacional donde sonará esta de Garay.

El delirio, la magia y la música a raudales llegó de la mano del violinista Ray Chen (1989) con el Stradivarius «Joachim» para dejarnos un impactante Concierto para violín en mi menor, op. 64 (Mendelssohn), molto apasionado como el primer movimiento, lirismo puro en el segundo entroncado con la nota tenida del fagot para no romper la emoción, y «vivaz» el tercero lleno de momentos hipnóticos, cautivando al público enmudecido por el arte del taiwanés criado en Australia, pues sólo unos pocos alcanzan esa chispa, «pellizco» y comunicación total cuando hacen música como Ray, quien sintonizó desde su llegada a Asturias como podemos comprobar de nuevo en OSPA TV. Hacía mucho tiempo que no se alcanzaba el clímax en un auditorio que sigue preocupantemente desocupado, perdiendo espectadores aunque este viernes hubo mucha gente joven que sigue a Chen, un ídolo para estas nuevas generaciones de estudiantes. Escuchar su violín y la perfecta concertación de Víctor Pablo con la OSPA fue un privilegio que desató verdadera pasión. Todo un despliegue de buen gusto, sonido, música hecha desde el corazón y emociones a flor de piel.

Las dos propinas dignas de un virtuoso, el Capricho 21 de Paganini con un despliegue «diabólico» de técnica al servicio de la música, y la Gavotte de la «Partita nº 3» para violín solo de J. S. Bach plagada de sutilezas, delicadeza con fuerza para un sonido casi olvidado de violín que en las manos de Ray Chen lució como pocas. Aplausos llenos de fervor y asombro.

El programa de abono se titulaba «Orígenes IV» en el sentido de obras sinfónicas que no pueden faltar en los conciertos, y la Sinfonía nº 4 en re menor, op. 120 (Schumann) es una de ellas. Una orquesta equilibrada en efectivos pudo sacar de «la cuarta» todo lo que la partitura encierra más allá de la nostalgia, puede que compartida en este viernes por muchos. Víctor Pablo apostó por el juego de dinámicas y tiempos respaldado por la efectividad y buen hacer de una formación que ha madurado como el director. La cuerda volvió a enamorarnos como suele ser habitual, con una madera que nos ha acostumbrado a un empaste y lirismo difícil en otras formaciones, y nuevamente los metales que califico habitualmente de orgánicos por las sonoridades desplegadas, especialmente en el último movimiento; incluso los timbales siguen mandando sin atronar, todo balanceado al detalle por las manos de un Víctor Pablo Pérez realmente dominador de la obra sabedor de la respuesta orquestal.

Orígenes para un repertorio romántico en el que siempre es difícil aportar cosas nuevas que este duodécimo de abono logró, el sinfonismo clásico de un asturiano, la magia y el magnetismo de Mendelssohn por un virtuoso como Ray Chen y «la cuarta de Schumann» cerrando un programa atractivo que encandiló a un público que salió del concierto feliz tras reencontrarnos con un Víctor Pablo en su madurez artística.

Me quedo con los comentarios finales a la salida, e incluso el secreto (o truco) del increíble sonido que tuvo el «Joachim» de Chen, detalles íntimos que si salen a la luz podré regocijarme de haberlos conocido de primera mano. Y por supuesto reflejar el entusiasmo contagioso de un Ray Chen que firmó discos, sacó fotos y rompió con los estereotipos del famoso, «sin corte» de agentes o representantes, un tipo cercano gozando de la ciudad, su gastronomía y la acogida que nuestros músicos le han dado, algo que no tiene precio porque recordará como todos nosotros mucho tiempo.

No solo París

2 comentarios

Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Relatos II»: Abono 11 OSPA, Antonio Galera (piano), Rubén Gimeno (director). Obras de Debussy, Falla, Milhaud y Stravinsky.

Israel López Estelche, autor de las notas al programa que dejo como siempre enlazadas en los autores al principio, nos hablaba en su conferencia previa al concierto lo bien que saben vender los franceses hasta lo que no es suyo, si bien debemos reconocerles sus múltiples aportaciones desde un chauvinismo reconocido que incluso parece darles el sello de calidad. Francia ha sido modelo a seguir podríamos decir que desde la Revolución Francesa, con un laicismo envidiable, tomando lo mejor de otros para terminar haciéndolo suyo, algo que los españoles deberíamos imitar perdiendo un complejo de inferioridad que nos ha lastrado siglos.

El undécimo programa de abono tenía como denominador común el París del cambio de siglo, los albores de las vanguardias con todo lo que supuso para la historia de la música en los cuatro compositores elegidos, y cómo hacer confluir todas las artes en la ciudad de la luz a la que acudieron como capital cultural del momento.

Debussy (1862-1918) creará un lenguaje basado en la antítesis, el amor-odio hacia lo germano (siempre Wagner en el punto de mira), un impresionismo que marcará un punto y aparte del que el empresario ruso Sergei Diaghilev beberá precisamente de los músicos «parisinos» de este concierto para sus famosos ballets rusos, devolviendo a Francia el esplendor de la danza. El Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) será una de las páginas rompedoras del fin de siglo con un Nijinsky en estado puro para bailar una obra de la que Mallarmé, en quien se basa, llegó a decir que “la música prolonga la emoción de mi poema y evoca la escena de manera más vívida que cualquier color”. Música y color «debussiano» bien entendido por Rubén Gimeno y la OSPA (entrevistado en OSPATV), con Peter Pearse en la flauta solista mientras sus compañeros pintaban esas brumas calurosas que invitan al sopor pero con la sonoridad adecuada para calentar motores ante un programa con mucho ritmo más allá de la danza, delicadeza llena de sutiles sonoridades.

Manuel de Falla (1876-1944), nuestro compositor más internacional, llegará a París en 1907 casi obligado no ya por su inconformismo y búsqueda de nuevos lenguajes sino también por la incomprensión y el maltrato de los críticos españoles, madrileños sobre todo, compatriotas que desde Napoleón siempre hemos visto a los ilustrados despectivamente, los «afrancesados» que como todo en la vida, no todo resulta malo. Musicalmente el gaditano necesitaba poner tierra por medio y cruzar los Pirineos para llevar lo español al país vecino que siempre admiraron nuestro exotismo de Despeñaperros para abajo. En París también contactaría con Diaghilev, a quien Falla ayudaría a engrandecer sus espectáculos, también con Debussy y Ravel, tan cercanos y presentes incluso como modelo para las Noches en los jardines de España (1909-1916) que contaron con Antonio Galera (entrevistado en OSPATV) de solista. La visión de Granada desde Francia con la óptica universal del español utilizando nuevos recursos, no el concierto para piano y orquesta sino más bien con ella, uniendo y entendiendo la sonoridad completa, el juego tímbrico y la mezcla de texturas partiendo de una combinación conocida pero cocinada desde la mal llamada modernidad. El director valenciano Rubén Gimeno es un gran concertador lo que se notó en los balances y adecuación con el piano de Galera, En el Generalife con virtuosismo del solista que encontró el acomodo ideal, casi suspensivo de la orquesta, sin excesos de presencias, dejando que lo escrito sonase. La Danza lejana aportó el ritmo y el empuje, la música de danza tan española y sin folclorismos, lo que será «marca Falla» o si se quiere ibérica (como también Albéniz), puede que poco presente en cuanto a volúmenes pero profunda en sentimiento, cante jondo en el piano respondido por la orquesta desde un rubato cómplice por parte de todos en un enfoque intimista del solista al que podríamos pedirle lo que los flamencos llaman «pellizco», antes de enlazar con En los jardines de la sierra de Córdoba donde la pasión la puso el valenciano Gimeno y la orquesta asturiana, explosión sonora para una de las páginas señeras del gaditano.

La propina mantuvo el intimismo, el piano interior y delicado como así entendió el pianista valenciano a nuestro Falla, con su Canción, marca propia inspiradora de generaciones posteriores.

La eclosión de la danza vendría en la segunda parte con los viajes de ida y vuelta, un francés tras pasar por Brasil y el ruso triunfador en París que influye igualmente en el primero. Darius Milhaud (1892-1946) compone su ballet El buey sobre el tejado, op. 58 (1919) tras su estancia brasileña en la que se empapará de los ritmos y cantos populares, bien descrito en las notas de López Estelche: «orquestación, sencilla y directa, con una influencia directa del music-hall, que busca, en este caso, huir de la complejidad textural de sus predecesores impresionistas. En lugar de ello, hace primar, de manera soberbia la rítmica sincopada que caracteriza la obra, y que la hace tan dinámica, divertida, pero exigente a la vez; aludiendo a la precisión como obligación, no como opción. Aquí se cumple la norma de la frase de Ravel “mi música se toca, no se interpreta”». Dificultades interpretativas que radican precisamente en los complejos cambios de ritmo donde la percusión manda pero que la orquesta al completo debe plegarse a la batuta para encajar esta locura de cambios continuos antes del rondó con el tema recurrente. Gimeno se mostró claro en el gesto para sacar lo mejor de esta obra de Milhaud agradecida, bien ejecutada por todas las secciones aunque pecando de ciertos excesos sonoros que empañaron la limpieza de líneas que en la politonalidad no tienen porqué solaparse, aunque en el entorno del concierto pudo parecer normal ante esa búsqueda de texturas y colores que sí se alcanzaron.

Y nuevamente nos encontramos este concierto con Diaghilev puesto que Igor Stravinsky (1882-1971) sería el verdadero revulsivo. De sus ballets escuchamos la revisión de 1919 de su suite El pájaro de fuego (1909-1910) en una interpretación compacta, potente, luminosa, rebosante y por momentos explosiva. Los cinco números no dieron momento para el solaz, ni siquiera la Canción de cuna, puesto que se mantuvo la tensión necesaria para mantener esa unidad desde la calidad que los músicos de la OSPA atesoran, en buen entendimiento con un Rubén Gimeno dejando fluir las melodías del ruso «rompedor» en su momento. Exotismo y orientalismo junto a lo más avanzado de la música francesa (siempre nos quedará París) y un virtuosismo orquestal de combinaciones inesperadas, rebosantes, colorísticas junto a ritmos vibrantes con la percusión protagonista, la cuerda sedosa y los metales quemando literalmente para dibujar musicalmente un cuento hecho orquesta. Perfecto colofón a una velada de danza con aromas franceses como elemento aglutinante de estos «relatos», el Finale (que también sonará en el próximo «Link Up» dentro de quince días con Carlos Garcés a la batuta) llevándonos este concierto a una verdadera fiesta musical de las que uno sale optimista y con ganas de vivir. Buena batuta para una orquesta madura que tiene en la música de ballet un referente.

Iberni nos trajo a Pogorelich

1 comentario

Lunes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», 25 años. Ivo Pogorelich (piano), Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich, Michael Guttman (director). Obras de Schumann y Mendelssohn.

Mis recuerdos este lunes primaveral me llevaron al Leipzig de Schumann y Mendelssohn pero también al Teatro Campoamor hace más de dos décadas, por los protagonistas, dos compositores y el pianista que en aquellos 90 rompía moldes, más allá de vestir zapatos de gamuza azul con un impecable frac: Pogorelich.

Arrancaban las Jornadas de Piano que ahora llevan el nombre de su impulsor, nuestro siempre recordado Luis Gracia Iberni, pasando por Oviedo lo mejor del panorama mundial en esta ciudad que no me canso de llamarla «La Viena del Norte», y por supuesto que nadie mejor para conmemorar el cierre de estas bodas de plata que con el retorno de «el bello Ivo«, siempre único, con partitura y pasahojas, sin propinas, porque los artistas son así, con un concierto cumbre acompañado por una orquesta a su medida y un director que como violinista sabe escuchar y mantener los balances adecuados.

El Concierto para piano en la menor, op. 54 (R. Schumann) es probablemente de lo más logrado del compositor romántico en cuanto al trabajo que le supuso y la prueba de amor de la que también se ha escrito: «El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira» y hay mucho amor en la versión que Pogorelich nos ofreció en perfecto entendimiento con un Guttman atento a cada inflexión del croata nacido en 1958 y nacionalizado ruso. Sus versiones no dejan indiferente a nadie y el arranque del Allegro affetuoso ya apuntó sus aportaciones, un verdadero juego con la agógica, sintiendo los tiempos desde el interior sabiéndose entendido desde el podio y con la orquesta muniquesa siempre arropando, escuchando cómplice, contestándose en el Intermezzo, pues el llamado «punto débil» de la obra achacable a su orquestación es precisamente lo contrario, admirable su perfecta claridad donde el cometido orquestal es apoyar la actuación del solista, lo que cumple perfectamente, más con un Guttman increíblemente preciso con esta orquesta casi camerística. Si el «rubato» tiene todo su sentido es en el Romanticismo, y el piano de Schumann en las manos de Pogorelich gana en la grandeza de los contrastes, rítmicos y dinámicos, fraseos nada habituales desde un sonido lo suficientemente claro sin necesidad de excesos, verdaderamente intimista. Schumann entendió este concierto en dos movimientos (Affetuoso allegro, más Andantino y Rondó) aunque figuren los tres, y así los plantearon estos intérpretes. Afectuoso por emotivo, recuerdos del pasado en una vida nada fácil de un pianista genial, como permutando destinatarias entre el compositor y su intérprete. Quedaba el movimiento ágil, vivo, siempre ensamblado con la orquesta salvo sus momentos de lucimiento más allá del virtuosismo, porque el fondo engrandece la forma, ese final emocionante al que la orquesta ayuda con una pulsión encajada desde la escucha mutua y el magisterio de Guttman. Recordaremos este concierto como muestra de amores musicales que dejan huella.

Tras Schumann otro romántico como Mendelssohn y su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56 «Escocesa« para la misma plantilla, con maderas a dos, metales 2+4 (dos trompas más que en el concierto de piano) y timbales, sin olvidar que el total sobre el escenario eran 56 músicos pero con una cuerda perfectamente equilibrada (12-10-8-6-5) que le aporta los graves necesarios para conseguir esa redondez necesaria.

Tener un violinista en el podio creo que suma enteros para alcanzar los balances y el equilibrio de ambas partituras, y es que la Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich con Michael Guttman nos dejó una versión naturalista más allá de la ambientación o inspiración a la que se suele hacer referencia y que recogen las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) de la profesora Miriam Mancheño Delgado. Luces y sombras con dinámicas amplias, tiempos muy ajustados metronómicamente, calidad en cada sección desde la dirección poco ortodoxa a dos manos plenamente entendible, un Guttmann de apariencia ruda que sacó a los alemanes el sonido esperado y la respuesta a cada gesto. El juego de colores muy trabajado, sombras desde chelos y contrabajos empastados con unas trompas contenidas, luces de violines y violas junto a la madera ensamblada, cambios de paleta para los graves sólidos y limpios al menor gesto de manos y brazos desde el podio para exprimir la técnica necesaria del vivacissimo que desemboca en ese Allegro maestoso assai, fotografía sonora de un Mendelssohn inspirado que completó con Schumann este concierto romántico por excelencia desde la genialidad de Pogorelich, la precisión orquestal germana y el magisterio de un director violinista, concertador y conocedor de los entresijos que dotaron este recuerdo a Iberni con toda la calidad que él conocía y exigía.

Contra la adversidad más música

1 comentario

Jueves 6 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Ayuntamiento de Oviedo – CNDMIV Primavera BarrocaMusica Boscareccia, Andoni Mercero (violín y dirección). «Paseos por la Real Capilla», cantadas sacras y música de cámara en torno a Francisco Corselli. Obras de Boccherini, Corselli, Schmidt Comaposada, Brunetti y D. Scarlatti.

Tener un programa preparado con la soprano Alicia Amo y que por la mañana no tenga voz, peregrinar por farmacias y doctores para finalmente convencerse de la imposibilidad del concierto plantea soluciones drásticas: cancelar, con todo lo que supone, o acordar con la organización un programa nuevo tirando de nuevas tecnologías para recuperar partituras ya vistas, otras que se están preparando así como aprovechar lo previsto, y por supuesto dar el concierto en un tiempo récord completando hora y media sin decepcionar al público. Incluso hubo tiempo de imprimir el nuevo programa (aunque sin una obra) tal y como Andoni Mercero (San Sebastián, 1974) nos lo contó, ejemplo de profesionalidad a cargo del director de esta formación donde la responsabilidad estuvo a cargo de Alexis Aguado (violín) y Mercedes Ruiz (violonchelo) para asombrarnos con unos tríos clásicos, virtuosos, frescos, interpretados desde el conocimiento y el entendimiento. Un aplauso de gratitud y reconocimiento para ellos por parte de un público, nuevamente con excelente asistencia, que reconoció el esfuerzo. Completaron dos cuartetos (sin el segundo violín) otros músicos de primera como Juan Carlos de Múlder (archilaúd) y Carlos García Bernalt (clave), cerrando concierto todos en el músico que mantuvo la línea argumental como Francisco Corselli o Courcelle (Parma, 1705- Madrid, 1778), un músico italiano que como tantos llegaron a Madrid tras haber sido maestro de capilla del Duque de Parma, futuro rey de España con el nombre de Carlos III, sucediendo a José de Torres como Maestro de la Real Capilla, y contemporáneo de José de Nebra, compositores que conformaban el programa original (que también dejo arriba con la breve historia) aunque podemos disfrutarlo en la última grabación de estos intérpretes y seguro que en YouTube© irán apareciendo conciertos con la hoy añorada soprano Alicia Amo.

Aunque dejo aquí autores y obras, quiero ahondar en cada una porque mereció la pena disfrutar un excelente concierto de Musica Boscareccia, seguro más que los intérpretes tras una tensión que no mermó sino incluso ahondó en una velada de emociones y buena música.
El concierto se abría con el Trío para dos violines y cello en si bemol mayor op. 4 nº 2, G. 84 (L. Bocherini) con tres movimientos (Allegro – Largo amoroso – Presto assai) contrastados en aires, ricos de matices y el feliz entendimiento de una partitura que exige del trío empaste, sonoridad y coordinación de protagonismos bien llevados por Mercero, Aguado y Ruiz.
Continuaban con una sonata de 1776 de Corselli también en tres movimientos pero en cuarteto (sin Aguado) donde el protagonismo lo llevó el violín de Mercero mientras el continuo mezclaba sonoridades de clave y archilaúd que completaron más la armonía pero donde la cuerda frotada llevaba todo el peso en una obra barroca por la moda y gustos de aquella corte española pero con aires pre-clásicos dado el conocimiento de lo que se hacía en el resto de Europa.

De nuevo como trío llegó una obra que están preparando tras su rescate del Archivo de la Catedral de Salamanca, asombrándonos de los tesoros ocultos que guardamos, Gaspar Schmidt Comaposada ?(1767-1819), también podemos encontrarlo como Gaspar Smit, y su Trío para dos violines y chelo nº 2 en si bemol mayor, tres movimientos (Allegro molto – Larghetto – Minuetto) totalmente clásicos en estilo, un descubrimiento que interpretado con la profesionalidad de Mercero, Aguado y Ruiz promete y pide figurar en los repertorios camerísticos por su frescura y calidad. Es interesante saber que estuvo de organista y Maestro de Capilla en Astorga y Tui, Orense o A Coruña, trayectoria documentada entre otros por Xoán Carreira.

Volvería el preparado Corselli en cuarteto con la Sonata para violín y bajo en re menor (1765) de cuatro movimientos (Largo – Allegro – Andantino – Presto) donde Andoni Mercero volvía a mostrarnos su magisterio con el violín y cómo el bajo se enriqueció en el último movimiento al incorporar el archilaúd de Múlder rasgueos y leve percusión en la caja, mientras clave y cello aportaban el continuo que revistió cada aire clásico más vienés que italianizante barroco salvo la inspiración del violín virtuoso como protagonista de esta sonata, aunque el estilo de Corselli sea difícil de clasificar.

Otro músico que se está recuperando tanto por los musicólogos como por formaciones especializadas en el barroco y el clasicismo y dentro de la Capilla Real es Gaetano Brunetti (Fano, 1744 – Colmenar de Oreja, 1798), el compositor preferido de Carlos IV ¡el Borbón más melómano! ya desde sus tiempos como Príncipe de Asturias de quien fue profesor de violín y continuaría en la Real Cámara organizándola como ninguno, pero que caería en el olvido tras su muerte pese a ser equiparable sin complejos a sus conocidos Haydn o Boccherini, si bien diferenciándose e incluso distanciándose de ellos. El Trío para dos violines y cellos en re mayor, L. 118 es buena prueba del oficio que este compositor tenía, dominando la escritura de todos los géneros (para trío de cuerda compuso nada menos que 47 que sepamos a día de hoy), distribuyendo protagonismos como así lo entendieron Mercero, Aguado y Ruiz en los tres movimientos (Allegro con moto – Larghetto – Rondeau: Allegretto) dejándonos ese sabor que la música de cámara del Clasicismo tiene, cantera de compositores, intérpretes y público, bien ejecutado antes del final dedicado a otro «español» nacido en Italia, Domenico Scarlatti (Nápoles, 1685 – Madrid, 1757).

El Andante de la Sonata K. 32 en re menor adaptada por Mercero para la formación de dos violines y bajo continuo, al igual que el Allegro de la Sonata K. 96 en do mayor nos permitieron disfrutar de este quinteto para la ocasión, timbres de cuerdas frotadas, punteadas y percutidas en el estilo barroco de la corte madrileña que mantuvo cohesionado un programa donde no solo Corselli sino «La Música» pudo con la adversidad gracias a unos músicos de larga y variada trayectoria con el donostiarra al mando, capaces de tomar decisiones desde la profesionalidad unida al trabajo de años.

Los caramelos viajeros de Cecilia

Deja un comentario

Jueves 23 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. «Un viaje por 400 años de música italiana«: Cecilia Bartoli (mezzo), Antoni Parera Fons (piano).

Cada visita de la mezzo romana asegura lleno allá donde vaya, independientemente de lo que se programa. En esta gira española eligió un programa de música variada, la que ha cantado como solo ella sabe, con simpatía y buen gusto, técnica apabullante, pianísimos que enamoran y acallan toses o móviles, potencia la justa en vivo y esta vez con piano.

Pero está visto que en Oviedo parecemos gafados y el habitual acompañante Sergio Ciomei tras una indisposición obligó a retocar un programa (dejo los dos arriba) con el que el compositor, productor y pianista Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) hubo de lidiar tomando algunas propinas para incorporarlas, sustituyendo la Fantasía en re menor de Mozart (que en Oviedo no aparecía) por T’estim i t’estimarem  y con toda la profesionalidad (los modernos dirían «el marrón») adaptarse a la diva que al principio hubo de tranquilizar a su acompañante accidental.

Se notó al mallorquín cauto, en cierto modo apagado abusando del pedal izquierdo como temiendo tapar a «La Bartoli» incluso con la tapa bajada, en un repertorio barroco donde el instrumento no es ideal aunque los estudiantes de canto tienen que estudiar estas obras desde este formato. Selve amiche de Caldara, las dos de Bellini, la encantadora y personal versión donizettiana del Me voglio fa na casa o el «hit» de Händel Lascia la spina que la propia mezzo se basta para cantarlas como sólo ella sabe desde sus inicios. Cierto que a una artista integral como Cecilia Bartoli cuesta acompañarla así de improviso y seguirla en sus acelerandos, pausas no escritas y ornamentos imprevisibles, pero ella siempre ayuda y esta vez se tornaron los papeles en cuanto al temple pero brillando «la diva«.

Nos perdimos por el camino esos esperados VivaldiMozart de Parto, ma tu ben mio («La Clemenza di Tito») que el docto Arturo Reverter comentaba en las notas al programa, aunque con piano hubieran resultado «distintos», y apareció el Rossini de La danza que no nos hace olvidar a los grandes tenores aunque Cecilia no teme repertorios de voces «ajenas» pues siempre los hace suyos. El recuerdo de mi infancia radiofónica resultó el Munasterio ‘e Santa Chiara (Alberto Barberis) de Claudio Villa que aquí hizo famoso y traducido Jorge Sepúlveda aunque tras la versión a dúo romano-barcelonés me quedo con «la Bartoli de cámara», mejor incluso que Mina o Vittorio De Sica que también la (re)interpretaron entre muchos más italianos famosos.

Tras las «chuches» de la primera parte y el cambio de vestuario, seguiríamos con el Puccini melódico e inspirado, descanso vocal incluido con el Piccolo valzer a cargo de Parera con la conocida aria de Musetta enlazada ya con «La Bartoli» y su peculiar Lauretta para otro «hit» como O mio babbino caro. Mejoría con un Tosti que siempre destila belleza en cualquier registro (su Aprile de lo mejor) y que Cecilia siente, canta y transmite incluso en el gesto, grande hasta los mínimos detalles. Después Donaudy, Parera Fons más tranquilo con unas páginas menos exigentes y traidoras, la conmovedora Santa Lucia luntana o simpática Tammurriata nera, ambas de E. A. Mario (1884-1961) napolitanas tan populares y cercanas a toda una generación como las de De Curtis (del que también regaló Non ti scordar di me) o el «Volare» de Modugno que Parera Fons acompañó como si fuese suya y Cecilia la destinataria, antes de las siempre esperadas propinas (algunas «reutilizadas» cual reciclaje obligado): O sole mio que no puede faltar en este recorrido de cuatro centurias de música italiana, la seguidilla de «Carmen» verdaderamente carnosa en la voz de «La Bartoli» apurando al pianista con el taconeo, y Mamma además del citado De Curtis, redondeando una fiesta italiana con pianista manacorí, plagada de dulces que Cecilia Bartoli eleva a delicadezas.

En Asturias diríamos caxigalines con ingredientes y presentación de alta repostería. Como ha pedido en Madrid o Barcelona nos encantaría escucharla en una ópera, aunque con la orquesta en el foso no creo que luciese tanto y el banquete podría atragantarse. Pero siempre nos queda DiDonato que cerrará los Conciertos del Auditorio, parece que manteniendo ese «duelo» en el ciclo ovetense que las suele traer juntas ¡pero distanciadas!. Las grabaciones están bien pero siempre comento que el directo es irrepetible… y sino que se lo digan al bueno de Parera Fons, verdadero héroe para sobrevivir al volcán italiano.

Buenos imprevistos

3 comentarios

Domingo 19 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Lucas Debargue (piano), Gidon Kremer (director artístico y violín), Kremerata Baltica. Obras de Mozart, Schubert y Weinberg.

La esperada Martha Argerich, de las pocas grandes del piano que quedaban por visitar las Jornadas de Oviedo que llevan el nombre de nuestro añorado Luis G. Iberni, cancelaba por problemas de salud en esta gira de la Kremerata Baltica, siendo sustituida por el pianista francés Lucas Debargue (23 octubre 1990) con algunas entradas devueltas porque para muchos resultaba pasar de lo mítico a lo futurible, si bien se perdieron una velada donde el piano resultó protagonista incluso cuando no estaba. Los bálticos de Gidon volvían por tercera vez al auditorio donde siempre han dejado buen sabor de boca.

Mozart por «la Argerich» es bocatto di cardenale para muchos paladares, pero también debemos saborear otros cocineros para un manjar de plato. Esta vez el Concierto para piano nº 8 «Lützow», en do mayor, K. 246 venía condimentado por una de las mejores orquestas de cámara del momento, la fundada por el violinista Gidon Kremer como inacabable cantera joven de instrumentistas bálticos pero esta vez dirigidos desde el propio piano por Debargue añadiendo ese plus o grado de dificultad aunque la Kremerata Baltica casi funciona sola desde el concertino (con Madara Petērsone en la primera parte y en la segunda Džeraldas Bidva), aunque el francés domina Mozart desde su arranque como figura emergente, tanto sus compañeros, dejándonos entre todos este «Lützow» impecable, con una cuerda camerística más trompas y oboes a pares para aportar la frescura que aún tiene este octavo que no obstante perfila el nuevo lenguaje que tomaría el concierto para solista. Sonoridades perfectas para todos, fraseos claros del francés con un pedal por momentos algo sucio pero sin empañar en ningún momento el resultado del conjunto. Si el Allegro aperto fue marcado desde el piano, el Andante dejó fluir la música para la «camerata» hablando el mismo idioma y mejor aún el Rondeau, Tempo di Menuetto que cerraba la estructura clásica así como la ejecución de un Mozart que Argerich seguramente hubiese elevado a los altares.

Y para continuar Schubert y su Fantasía para violín y piano en do mayor, D. 934 con Kremer de solista pero ¡en un arreglo para violín y orquesta! de Victor Kissine (1953), una lástima porque teníamos piano y pianista además del propio Gidon que ejerció de invitado manteniendo magisterio como solista y docente, con sus músicos sonando realmente camerísticos, un quinteto de veintitrés músicos arropando al Maestro y haciendo gala de todas las técnicas de la cuerda frotada, con unos pianissimi imperceptibles y donde los trémolos sonaron increiblemente precisos y empastados. El arreglo como tal no aportó nada a esta hermosa fantasía salvo poder escuchar ese Amati de 1641 aterciopelado y mágico en los dedos y arco del letón, lección magistral para tantos músicos esta tarde entre el público, con la cuerda capaz de rememorar y «variar» el sonido original del piano.
Aunque lo mejor volvería a ser su admirado Piazzolla, de nuevo la propina del Oblivion en una versión que por ella sola mereció el concierto, entendiendo al argentino como pocos en un arreglo donde la camerata es seda vistiendo el sueño musical contado por Kremer.

Al compositor Mieczyslaw Weinberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) del que Shostakovich, profesor, protector y amigo suyo, afirmó era uno de los mejores compositores de su época, Gidon Kremer y sus chicos le han dedicado un disco que nos permite disfrutar de un «desconocido» por estos lares, pues el violinista letón siempre ha creído en los nuevos repertorios apostando por programas poco transitados, y en directo es siempre irrepetibe.

Esta vez sí había piano para el Quinteto para piano op. 18 pero en versión con orquesta de cuerda y percusión del propio Kremer más el solista de la Kremerata Andrei Pushkarev, arreglo que sí enriqueció el original de por sí completo. Poder conseguir que veinte músicos suenen como cinco es algo admirable que conlleva trabajo a raudales y con esta juventud báltica todo es posible. Las pinceladas de los timbales, caja o temple-blocks engrandecen cada uno de los cinco movimientos, con reminiscencias de Prokofiev, Gershwin y hasta Brahms tamizadas por un lenguaje actual que tanto la cuerda como el piano se encargaron de elevar a lo casi sinfónico en una delicia interpretativa donde el francés casi ejerce de solista con sonoridades impactantes perfectamente ensambladas con ese quinteto multiplicado: dos contrabajos, cuatro cellos, cuatro violas, y trece violines (7+6) capaces de dinámicas impresionantes y esta vez Lucas Debargue mandando… o tal vez los bálticos disciplinados dejándose llevar.

Un acierto de versión la del polaco-ruso antes de dos propinas con Debargue solo al piano: verdadero sabor romántico ruso con Tchaikovsky y el Valse sentimentale, Op. 51 nº 6, y un ragtime de jazz que tanto le gusta al francés, pues esta generación ha crecido con la música sin etiquetas, haciendo «clásico» todo lo que sea anterior a su nacimiento. Esta vez no hubo notas al programa, supongo que los recortes llegan al papel y también a los colaboradores…

Bohemia capital Bilbao (5)

1 comentario

Sábado 4 de marzo, 17:30 horasPalacio Euskalduna, Bilbao: «Musika-Música». Concierto Nº 18, Auditorio. OSPA, Perry So (director). Mahler: Sinfonía nº5 en do sostenido menor. Entrada: 12 €.

Las notas al programa de Mercedes Albaina, que pondré en cursiva y fusia, describen perfectamente lo vivido y sentido en este quinto concierto para «la quinta de Mahler«, añadida a mis anotaciones que ponen textualmente:

Redescubrimiento de «mi» OSPA con un So claro, conciso, incluso valiente en los tiempos, sabedor de la respuesta. Si la cuerda es segura y la madera la respalda, todos los trompas con un Morató inspirado, fueron la guinda de esta quinta. Cada movimiento iba creciendo en emociones, seguridad y ganas de gustar que el público notó y comentó. Formación de Champions para un Mahler eterno.

Y es que Mahler compuso esta sinfonía en plenitud de «técnica y poderes» como la orquesta asturiana que hacía poco la había interpretado en Oviedo con su titular. Pero el chino So realiza un trabajo minucioso, detallado, que siempre encuentra la respuesta deseada a sus gestos perfectos, la «expresión (…) de un poder sin paralelo de la actividad de un hombre a la luz del sol, que ha alcanzado su clímax vital«. Madurez y experiencia la de este director nacido en Hong Kong pero con una trayectoria internacional creciente a la que nuestra orquesta tiene mucho que agradecer en sus múltiples visitas a la capital asturiana, porque una misma obra en tan poco espacio de tiempo iba a pasar de la noche al día. Sinfonía que habla «de vida y por tanto se presenta al oyente repleta de sensaciones significados y emoción«, tres partes bien diferenciadas en el desarrollo así como en la interpretación comandada por el maestro chino nacido en 1982. El arranque de la Trauermarsch (Marcha fúnebre) supuso el discurrir inexorable de unos músicos entregados, para en el Stürmisch bewegt alternar «potentes climax orquestales, vehementes y tempestuosos con pasajes de sugerente refinamiento«, así fue sonando esta primera parte.

La segunda comenzó con el Scherzo: Kräftig nicht zu schnell, diríamos que «vigoroso pero no demasiado rápido» y textual en la música donde el vals se hace internacional y Perry So entendió a la perfección, jugando con el tiempo y los acentos como si Viena fuese su ciudad, ese ritmo ternario tan peculiar y difícil de hacerlo entender, pero que la formación asturiana tradujo al detalle.

La última parte comienza con el evocador por cinematográfico Adagietto que la cuerda con el arpa hicieron sentir único, delicado, aterciopelo y seda vistiendo la angustia viscontiniana, existencialista y «ofrenda de amor«, pienso que hacia la partitura por parte de So desde la excelencia y seguridad del trabajo bien hecho, antes del Rondó-Finale, «alegría de apariencia simple, que da paso a un tapiz sonoro complejo y bellísimo«,  casi describiendo al director porque la maestría está en hacer parecer fácil un mundo tan complejo para transmitir mucho más que sonidos bien tocados. Jugando con toda la tímbrica de una formación adulta, compacta, donde el tiempo que llevan juntos permite hacer sonar cada sección como si de un solo instrumento se tratase, sirvió para marcarse una quinta indescriptible con mis palabras, degustando el contrapunto marcado al detalle por Perry So, y citando también a Bruno Walter «unas veces apasionada, otras, salvaje, heróica, exuberante, ardiente, solmene o tierna, recorriendo la gama posible de emociones«. Siempre digo que la música refleja sensaciones, momentos y este concierto me hizo feliz por muchas razones más allá de las musicales. Corroborar el estado de la OSPA y la química con So merecieron haber invitado a unos amigos de Bilbao a este concierto y seguir presumiendo de esta «Marca Asturias». Suscribo como termina sus notas la doctora Albaina: «La Música como reflejo de la Vida. Disfruten de ambas«.

La Ortodoxia rusa

Deja un comentario

Viernes 17 de febrero, 20:30 horas. San Isidoro el Real, Oviedo: XII Ciclo de Música Sacra Alfredo de la Roza. Doros: «Música Ortodoxa de la Catedral de San Basilio, Moscú».
DorosVruyr Ananikyan, tenor – Aleksandr Gorbatov, tenor – Aleksandr Kamyshintcev, barítono – Konstantin Senchenko, bajo-barítono – Bekseit Ryspaev, bajo.

El ciclo que homenajea a Don Alfredo de la Roza ha cambiado noviembre por febrero pero sigue contando con el apoyo popular volviendo a registrarse un lleno histórico ocupando totalmente el templo desde media hora antes del concierto del quinteto vocal Doros.

Dos partes de música coral rusa de distintas épocas y estilos pero cercanos al oído por tratarse de obras bien armonizadas diría que académicas, para mostrarnos la calidad de los componentes tanto individualmente, con solos de los cuatro, especialmente presente el barítono Aleksandr Kamyshintcev (mientras el bajo Ryspaev lo haría en la segunda de las propinas) bien situados en el programa, como del quinteto capaz de cantar imprimiendo emoción y calidad llena de excelencias, amplios reguladores, matices variados, emisión clara y cuantos calificativos vocales queramos añadir.

La gama de dinámicas bien trabajada según la partitura dejaba pianísimos impactantes perfectamente audibles en una iglesia de acústica apropiada y los fortísimos modulados sin perder nunca un sonido compacto, afinado, con un bajo profundo verdadero sustento de las variadas obras ofrecidas por los moscovitas, profesionales de la música y embajadores de sus compositores, muchos desconocidos pero con tanto oficio como sus intérpretes.

Armonizaciones para un quinteto de voces graves que destacaron la religiosidad de melodías y textos (sin traducir pero avanzados por los títulos de salmos y plegarias ortodoxas) salpicados por otras populares desde la sacralidad como los Doce ladrones, una balada rusa que aquí en Asturias se ha conocido por agrupaciones similares desde el Peregrino de la noche (Jaroff). Repaso histórico de obras anónimas junto a compositores desde el barroco de Deletsky, el clasicismo del italiano Sárti, Bortnyantsky o Degtyaréff, a la plenitud coral del XIX con Arkhangelski y el más cercano siglo XX con Khristov también famoso cantante búlgaro, o Tchesnokoff, el más presente dentro del programa, todos buenos conocedores de los recursos vocales al servicio del culto, la herencia europea con toques tradicionales rusos desde la tonalidad occidental para melodías que siguen sonando cercanas pese a la distancia geográfica.

Como decía, unos solistas de hermoso timbre y grandes recursos bien arropados por el cuarteto para obras de herencia occidental en cuanto a su composición, y quintetos de empaque que gustaron al respetable, sonido increíble que cerrando los ojos presumía mayor número de componentes, verdaderos profesionales del canto coral.

Tras agradecer la acogida, tres propinas con dos populares y una armonización del conocido Ave María de Schubert en latín, nuevamente permitieron disfrutar de la voz solista de Gorbatov, uno de los dos tenores, el más matizado y con timbre ideal para lo sacro, finalizando a las diez de la noche este segundo concierto del ciclo antes de la clausura el próximo viernes con la Escolanía San Salvador organizadora de esta cita imperdible con mucho apoyo popular, que este año incorpora conferencias y mesas redondas sobre la figura del querido y siempre recordado Don Alfredo.

PROGRAMA:
PRIMERA PARTE
El canto de los Querubines (Serbia)
Canto sobre la Natividad de Cristo
Aleksandr Arkhangelski (1846-1924)
Salmo 20
Dmitri Bortnyantsky (1751-1825)
Mi alma pecadora (Poesía sacra del norte de Rusia)
Glorificación de Dios (Salmo)
Nikolay Deletsky (1630-1681)
En tu Reino de la bienaventuranza
Bóris Khristov (1914-1993)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Señor, escucha mi plegaria
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
El Señor está elevado
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Amor santo
Georgy Svirìdoff
SEGUNDA PARTE
Concierto de Navidad
Stepán Degtyaréff (1766-1813)
Nuestro Padre
Nikolay Kèdroff, padre
¿Por qué me has abandonado?
Georgy Rùtoff
Canto consagrado al icono de la Virgen de Kazan
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
Canto de Pascua
Pavel Tchesnokoff (1877-1944)
La cena
Aleksandr Lvoff
Canto de Pascua
Giuseppe Sárti (1729-1802)
Doce ladrones (Balada rusa sacra)
En memoria eterna del justo
Nikolay Kedróff, hijo
Veré los rápidos del río (Canción popular rusa)
arr, Victor Popov.

Planeta Sokolov

3 comentarios

Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, RameauDebussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febreroAndrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

Older Entries Newer Entries