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Italia en España

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En estos días de enclaustramiento obligado y ante los múltiples aplazamientos de conciertos (que en mi Oviedo afectan a todos los ciclos programados), esperando no sean anulaciones por lo que supone para los músicos quedarse sin trabajo, toca volver a escuchar parte de mi fonoteca física, comentarla y compartirla desde este blog.
Hoy el título del disco de Concerto 1700 que lidera el violinista malagueño Daniel Pinteño parece de lo más actual aunque se refiera al legado musical que nuestros hermanos italianos nos han dejado y conservado en la Biblioteca Nacional de España, colecciones de sonatas para violín de autores que para algunos melómanos suenan desconocidos aunque en su momento fueron muy populares.

Grabado en la Iglesia de San Sebastián de en Cercedilla (España) durante el pasado mes de junio y con Jesús Trujillo de ingeniero de sonido (al igual que en su anterior grabación dedicada a José de Torres), este compacto nos deja cinco sonatas de Emanuele BARBELLA (1718-1777), Pietro NARDINI (1722-1793), Eligio CELESTINO (1739-1812), Luigi BORGHI (ca. 1745-ca. 1806) y Felice GIARDINI (1716-1796), frescas, cercanas, auténticas píldoras, expandiendo aquella colonización progresiva del mercado europeo con sus viajes y publicaciones también en el terreno de la música instrumental felizmente rescatadas del olvido.

Muy interesantes las notas en distintos idiomas de Stefano Russomanno y el propio Daniel Pinteño para centrar estilos, cronología e historia de estos compositores que gozaron de una fama efímera y ahora se les recupera para solaz de los melómanos compulsivos como el que suscribe.
Concerto 1700 está conformado para esta grabación por DANIEL PINTEÑO al violín, ESTER DOMINGO en el violoncello) y ALFONSO SEBASTIÁN desde el clave, trabajo muy conseguido por todos ellos en una plantilla ideal para estas sonatas, violín y bajo continuo habitual en la época, añadiendo la guitarra barroca de RAMIRO MORALES en Nardini al ser uno de los instrumentos que no solo aportan sonoridad mediterránea sino el instrumento favorito de aquella España del dieciocho aún con cinco órdenes además de habitual acompañante de voz y violín.

El rigor no ya en la recuperación de estas sonatas sino en su interpretación, prima en cada una de los cortes del disco. Se abre con el napolitano Emanuele Barbella y su Sonata VI –«Six solos for violin and bass (…) dedicated to Arch. Menzies of Culdares» (ca. 1756)-, forma tripartita (Larghetto e con gusto – Allegretto – Allegretto brillante. Alla francese), barroco bien armado y equilibrado, tímbricas conseguidas siempre desde el protagonismo violinístico.

El toque de la guitarra para la Sonata IV Op. 5 de «Six solos for the Violin with a bass» (ca. 1769) compuesta por el toscano Pietro Nardini casi nos transporta al Madrid cortesano donde su paisano Boccherini era el rey, una sonata en tres movimientos (sin indicación – Allegro – Allegro) rápidos de amplias dinámicas contrastadas con el violín cantarín y el continuo acertadísimo del bajo chelísitico, las perlas al clave y ese empuje de acordes y leves punteos en la guitarra para una sonata diría que plenamente de salón por su elegancia con aromas españoles.

Muy interesante también Eligio Celestino, nacido en Pisa aunque desarrollase su carrera en Roma antes de sus viajes por toda Europa. La Sonata IV de sus «Six Solos for the Violin and a Bass for the Harpsichord or Violoncello, op. 2 (1774) mantiene la típica estructura tripartita aunque más clara por los tiempos perfectamente diferenciados: Largo para un mayor protagonismo del violín antes del Allegro lleno de contestaciones desde el bajo continuo con un cello compartiendo presencias, y el imperdible Minuetto. Andantino, delicioso baile desde una sonoridad cercana, dulce, afable y casi íntima.
Del piamontés Luigi Borghi, otro viajero incansable afincado en Londres y cuya música fue muy interpretada en España además de venderse cual «best seller», la Sonata IV de los «Six Solos for a Violin and Bass op. 1 (1772) mantiene esquemas aunque los aires sean internacionales y sin olvidar el toque francés (Allegro – Largo – Rondeau. Andante Amoroso), melodías fáciles en su escucha aunque difíciles de ejecución, bien ornamentadas y arropadas por un bajo compacto además de efectivo en el rápido, lirismo en el lento central saboreando los graves del cello y un clave más allá del relleno armónico, antes de un final «rococó» o si se prefiere pre-clásico al que Borghi no era ajeno.

Cierra el disco el turinés Felice Giardini, formado en Milán e igualmente establecido en la capital británica donde además de reputado solista y compositor también ejerció de profesor. Sus obras se vendían muy bien en las tiendas madrileñas (hasta 1793) compitiendo con los Boccherini, Stamitz o Giordani, según se desprende del estudio de la prensa del momento como bien recuerdan las notas de Russomanno y Pinteño. La Sonata II de «Six Solos for the Violin and a Bass», op. 19 (1777): es otra joya ideal para rematar estas recuperaciones llevadas al disco. Adagio galante, italiano a más no poder, un Presto Assai virtuoso, vibrante y el Grazioso último, elegancia cortesana para degustar un trío que hablan el mismo idioma interpretativo para esta Italia en España.

Esplendor barroco

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Miércoles 11 de marzo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: Universo Barroco – VII Primavera Barroca: Ay! Bello esplendor, grandes villancicos barrocos. Vozes del Ayre, Al Ayre Español, Eduardo López Banzo (órgano director). Obras de José de Torres (ca. 1670-1738), A. Corelli (1653-1713), Juan Francés de Irribarren (1699-1767) y Carlos Seixas (1704-1742).

Auténtica fiesta palaciega en este inicio de la séptima edición de la Primavera Barroca en colaboración de la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo y el CNDM, que ofrecían nada menos que ocho estrenos mundiales, cinco de Torres y tres de su alumno Francés de Iribarren, con un programa alternando un conjunto vocal de ocho solistas perfectos para las obras elegidas, voces de larga trayectoria que se unen con el instrumental de siete dirigidos por el maestro López Banzo al órgano, equilibrio conseguido desde una sonoridad impecable en todos, puede que algo coja en uno de los contratenores aunque solamente en su intervención solista, con los textos a disposición del público en una presentación que otras veces debíamos conformarnos con la no impresa.
Como describe la presentación de este concierto, «El maestro José de Torres (ca. 1670­1738) y su discípulo Juan Francés de Iribarren (1699­1767) comparten protagonismo en este nuevo proyecto artístico de Eduardo López Banzo al frente de Al Ayre Español, articulado en torno a la estrecha relación profesional que existió entre los dos famosos compositores.
La prodigiosa imaginación musical, la acertada síntesis de los más variados estilos y la expresión vehemente y colorida de Torres encontrarán en Iribarren, quien sigue al comienzo de su carrera las pautas compositivas del maestro, un lenguaje más terso y galante y la constante búsqueda de un estilo sencillo y popular, sin abandonar su sofisticada escritura musical. Las variadas combinaciones vocales e instrumentales y las contrastantes temáticas de las obras elegidas para este programa muestran la sorprendente riqueza expresiva de este repertorio
«. Y no defraudaron en este programa de villancicos que nos acercaron un poco a lo que deberían ser las navidades palaciegas, aunque el incendio hiciese perderse todas las partituras que atesoraba.
La fiesta comenzaría con José de Torres y ¡Mirad y admirad portentos! (ø+), villancico general al Santísimo, a ocho voces con violines y oboe, todos los intérpretes jugando con los solos de María Espada y los dos coros enfrentados, música pegadiza y bien balanceada con una escritura respetando la propia rítmica del texto.  De la pobreza a las puertas (ø+), es un villancico de Calenda de Reyes, a ocho voces con violines y oboe (1714), de nuevo alternando coro y solos de María Espada y Víctor Sordo, dos voces bien empastadas por timbres y entendimiento, alternancias de estribillos y coplas muy vivas, para continuar con Pues el cielo y la tierra (ø+), villancico de Navidad a cuatro voces (1713), cuatro solistas masculinos jugando en las coplas y los aires festivos, instrumentos reducidos al archilaúd, contrabajo y órgano no solo dando réplica sino empujando una masa global, un tutti de estilo hispano pero con calidades internacionales más allá de un estilo italianizante tan de moda en estos albores del XVIII.

El «puente instrumental» tenía que ser en un idioma común y nada mejor que Arcangelo Corelli y su Sonata nº 10 en la menor, op. 3 (1689), Al Ayre Español en estado puro, ese dúo de violines en simbiosis arropados por los graves contundentes, el ropaje organístio y las perlas de Juan Carlos de Mulder, imprescindible en el continuo.

Vuelta a Torres para cerrar la primera parte con Lágrimas tristes, corred (ø+), villancico al Santísimo, a cuatro voces con violines, disfrutando nuevamente de las voces solistas (las sopranos, contrátenos y barítono, la mitad pero igual riqueza de escritura e interpretación, estribillo y coplas cantadas con el instrumental en los planos adecuados que permitieron paladear unos textos intrínsecamente musicales seguido del Luciente, vagante estrella (ø+), villancico de Reyes, a ocho voces con violines y oboe (1714), probablemente el más logrado por las combinaciones vocales y la aparición del estribillo-aria así como los solos cambiantes refrendados tanto por el coro como el ensemble donde el oboe de Pedro Lopes e Castro resultó casi una voz sin palabras.

La segunda parte sería la de Juan Francés de Iribarren, buen continuador del maestro en evolución natural del estilo comenzando con el bellísimo Tortolilla (ø+), villancico a dúo para reyes, con violines y oboe (1733), estribillo a dúo, al igual que el recitado, escena pura y un aria para soprano y tenor, María y Víctor, contrastes rítmicos y tímbricos más un ropaje instrumental de excelencia para siete números estructurados en espejo, nueva fiesta musical.
Si los aires italianos ponían el puente para Torres, en el caso de Francés de Iribarren sería el portugués Carlos Seixas con su Sonata para oboe en do menor, lucimiento solista de su compatriota con el ensamble sin violines y auténtico virtuosismo en tres movimientos donde la Giga central sonó plenamente francesa, elegante antes del Minueto final.

Y hasta la conclusión volvería Francés de Iribarren, primero con Cesen desde hoy los profetas (ø+), villancico de Calenda de Navidad, a ocho con violines (1739), algo más movida de lo que cabría esperar y poniendo en dificultades las largas frases de una María Espada que nunca defrauda, para terminar con una jácara vertiginosa a cargo de Víctor Cruz, Digo que no he de cantarla (ø+), jácara de Navidad a cinco con violines (1750), guitarra -por vihuela- de aire español internacional de unos compositores recuperados de los archivos de las catedrales salmantina, malagueña y guatemalteca que Eduardo López Banzo ha transcrito de los manuscritos originales inéditos, pues como bien nos recordó al finalizar el programa, se quemaron con el Palacio Real y gracias a esas copias podemos hacernos una idea de lo que sonaba en estas fiestas que casi recrearon en la sala de cámara del auditorio ovetense.

De regalo bisarían a Torres y el estribillo de Luciente, vagante estrella que da nombre al espectáculo, «Ay! bello esplendor», belleza y esplendor de un barroco que pujaba por mantenerse en unos tiempos casi tan complicados como lo actuales. Bravo por estos «ayres» del maestro maño.
(ø+) Recuperación histórica, estreno en tiempos modernos.

VOZES DEL AYRE: María Espada y Lucía Caihuela (sopranos), Sonia Gancedo (mezzo), Gabriel Díaz y Jorge Enrique García (contratenores), Víctor Sordo (tenor), Víctor Cruz (barítono), Javier Jiménez Cuevas (bajo).
AL AYRE ESPAÑOL: Pedro Lopes e Castro (oboe), Alexis Aguado y Kepa Artetxe (violines), Guillermo Turina (cello), Xisco Aguiló (contrabajo), Juan Carlos de Mulder (archilaúd y guitarra barroca). Eduardo López Banzo (órgano y dirección).

El Bach nuestro de cada día

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Los maestros Emilio Moreno y Aarón Zapico vuelven a los estudios de grabación para dejarnos un «Bach melancólico» e incluso soñado, recreando páginas del kantor de Leipzig con la viola «da braccio» y el clave a cargo de este dúo que se entiende a la perfección, dos generaciones en conjunción que ya en su Boccherini anterior me cautivaron.

Todo en este CD del sello Glossa (fundado por Emilio Moreno) está cuidado al detalle: la grabación en la bodega de Torremocha de Jarama, Madrid (Finca Casa de Oficios) a lo largo del mes de julio de 2019, al igual que en su anterior grabación, de acústica perfecta así como la toma de sonido de Federico Prieto; las siempre enriquecedoras notas en cuatro idiomas (pues los mercados discográficos todavía se mantienen allende los Pirineos); las fotografías de Carmen Hache en esa Castilla canicular y amarillenta, la siega acabada y aparentemente árida pero llena de riqueza que no me he resistido a incluirlas en esta reseña; el recuerdo póstumo a Margarita Aguado de Moreno, y por supuesto el tándem Moreno-Zapico paseando informalmente por ellos.
Esta misma sencillez les lleva a reinterpretar (algunos hablan de «reinventar» o de revivir) 18 páginas de nuestro «Dios Bach» purísimas en cuanto al concepto básico: las melodías cantadas por la viola de Moreno y el continuo impoluto y preciosista de Zapico al clave, con dos instrumentos evocadores, la original Viola Sympertus Niggel de 1751 (Füsse ) y el clavicordio (o harpsichord) de Rafael Marijuán (réplica del Joannes Ruchers, 1616) construido en Torrelaguna (2010), sonidos contemporáneos a la propia época de Johann Sebastian Bach (1685-1750) que resucitan en el siglo XXI.

The Melancholich Bach se está presentando desde el mes pasado, tanto en Radio Clásica (programa «La Dársena» con Jesús Trujillo en una entrevista cercana y amigable como todo lo que rodea este trabajo), y en distintos locales con palabra y música caso del celebrado en La Dársena, en Sevilla… aunque también se puede disfrutar en la red  incluyendo la popular plataforma Spotify, pero personalmente sigo fiel a mis manías manteniendo siempre la cadena musical en condiciones para reproducir el CD al volumen y calidad que se merecen.

Ya hay reseñas bien fundadas como la de MúsicaAntigua.COM o la catalana ElTempsDeLes Arts (que dejo enlazadas) así como en las redes sociales, pero quiero dejar aquí muy especialmente la de la Web del propio sello Glossa donde describe esta grabación:

Con The Melancholic Bach, Emilio Moreno se acerca de manera nostálgica y pensativa a las músicas que Bach podría haber compuesto para la viola. Este nuevo álbum es reflexivo pero nunca triste, sosegado a menudo, pero animado en otros fragmentos. Moreno es violinista a la vez que violista: con el primer instrumento dirige sus conjuntos La Real Cámara y El Concierto Español, mientras que con la viola está desde hace muchos años al frente de su sección en la Orquesta del Siglo XVIII.

Admirador del Johann Sebastian Bach de conciertos, sonatas, partitas y otros muchos géneros, Moreno siempre ha deseado que existiera un repertorio paralelo del gran maestro que pudiera ser tocado en la viola. De hecho, se sabe que Bach fue un gran intérprete del instrumento y era plenamente consciente de su potencial solístico, además de la melancolía intrínseca a su sonido, tan crucial para las armonías internas de sus composiciones.

Aparte de algunas piezas con viola obligada, lo cierto es que la amplia obra del Kantor contiene poca música para el instrumento, por lo que Moreno y Aarón Zapico (clavecinista también en los recientes discos dedicados a Castro y Boccherini) decidieron preparar una serie de transcripciones que se adaptaran a la viola da braccio construida en 1751 por Sympertus Niggel y utilizada en esta grabación. Para The Melancholic Bach, se han adaptado movimientos de sonatas en trío, cantatas y corales para órgano, con la viola tocando la línea melódica y el clave las otras dos partes.

Personalmente mantengo desde siempre que en música habría que hablar antes y después de Bach (con un AB/DB tal como se usa AC a. de JC / DC d. de JC) pues tras su muerte parece haberse inventado todo, versiones que llegan desde todos los estilos e instrumentos sin perder nunca la esencia, algo que solo en «el cantor de Santo Tomás» se da.
Por lo tanto en esta combinación que bien podría haber sido original, no solo soporta el espíritu sino que por momentos es el ideal, especialmente en los corales del Libro de Órgano (Das Orgel-Büchlein) todavía más íntimos que si los escuchásemos en una iglesia luterana desde la consola del kapellmeister correspondiente. Las sonatas son auténticas recreaciones con las visiones doctas de dos intérpretes dominadores de sus instrumentos, y no digamos los solos de ambos maestros: el clave de Don Aarón, reverencia digital de hondo espíritu siempre claro, y la viola de Don Emilio paladeando cada frase con especial deleite, y a quien los años solo sirven para madurar más si cabe su entrega a la música de dios Bach todopoderoso. Esta vez soy yo quien me descubro ante sus apóstoles para repetir El Bach nuestro de cada día…

CORTES
1. Trio super: Herr Jesu Christ, dich zu uns wend’ BWV 665a
2. Liebster Jesu, wir sind hier BWV 731
3. Trio BWV 583 (Adagio)
Arreglos de los corales del Orgel-Büchlein:
4. O Mensch, bewein’ dein Sünde groß BWV 622 (Adagio assai)
5. Komm, Gott Schöpfer, Heiliger Geist BWV 631a
Sonata en do menor (después BWV 76, 582/2&586):
6. Adagio-Vivace (de la Cantata BWV 76, parte segunda, Sinfonia nach der Predigt)
7. Andante (de la Sonata 4 a 2 Clav. et Pedal BWV 528/2)
8. Allegro (del Trío a 2 Clav. et Pedal… nach Telemann BWV 586)
9. Allemanda 2ª para clave solo (de la Sonata en la menor BWV 965, después de Johann Adam Reincken (1643-1722), Hortus Musicus (1688)
Sonata en fa mayor (tras BWV 664, 614&676):
10. Allegro (del Trio super: Allein Gott in der Höh’ sei Ehr’ BWV 664)
11. Adagio (del Das alte Jahr vergangen ist BWV 614, Orgel-Büchlein.
12. Allegro (de Allein Gott in der Höh’ sei Ehr’ a 2 Clav. e Pedale BWV 676)
13. Très vivement para viola sola (de la Fantasía BWV 572)
14. Exercitium for solo viola (del Pedalexercitium BWV 598; atribuido a C.P.E. Bach)
Arreglos de los chorales del Orgel-Büchlein:
15. Helft mir Gott’s Güte preisen BWV 613
16. Ich ruf ’ zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639
17. Wenn wir in höchsten Nöten sein BWV 641
18. Wer nur den lieben Gott lässt walten BWV 691

Lamentaciones y bálsamo espiritual

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Jueves 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: clausura VI Primavera Barroca – Circuitos CNDM: Capella de Ministrers, Carles Magraner (violón y dirección). Cristóbal de Morales (ca. 1500-1553): Super Lamentationes Hieremie Prophete (ca. 1543-1550).

Manuel del Sol ha recuperado por encargo del CNDM en 2016, transcrito y editadas estas seis «Lamentaciones de Jeremías» pasión y muerte compuestas por Cristóbal de Morales, dos de ellas complemento perfecto de las otras cuatro, que en las notas al programa explica el doctor Del Sol tanto el origen del género como las múltiples interpretaciones habidas en el Renacimiento «dependiendo, por norma general, del contexto institucional y los recursos musicales disponibles«. En el caso de la agrupación que dirige Carles Magraner «según la práctica musical de la Capilla Real del emperador Carlos V, donde las lamentaciones se cantaban polifónicamente con acompañamiento instrumental de violones o vihuelas de arco… práctica singular en la historia de este género«.

Con el paso de los siglos esta música sigue siendo una reflexión sobre la barbarie, las guerras, el llanto, la desolación, la muerte, pero también la esperanza. Impresionante el silencio y la emoción que el público presente mantuvo a lo largo de la hora abundante de estas «Super lamentationes» con la Capella de Ministrers en seis «lecciones para el Oficio de tinieblas«, manteniendo todo el espíritu original en combinaciones verdaderamente conmovedoras.

Esta formación se presentaba con las voces de Élia Casanova (superius), Hugo Bolívar (altus), Fran Braojos, Albert Riera y Víctor Sordo (tenores) más Pablo Acosta (bassus) en las voces, así citadas conservando la nomenclatura original de las cuatro voces mixtas (soprano, alto, tenor y bajo), más los violones (violas de gamba) de Lixsania Fernández, Leonardo Luckert
y Jordi Comellas, la tiorba de Robert Cases y el propio Carles Magraner con el violón (viola de arco, violón agudo, evolución de las fídulas y antecedentes del violín), además de la dirección del conjunto, planos sonoros bien claros, matices equilibrados y amplios, empaste vocal e instrumental con protagonismos compartidos junto a la riqueza tímbrica que esta magna obra atesora.

La primera de las recuperaciones históricas que abría las «Lamentaciones de Sión cautiva» (Aleph. Quomodo sedet sola) a cuatro voces iguales fueron presentando sentimientos musicales fiel reflejo de unos textos latinos tan bien encajados por un Morales dominador de la polifonía y avanzado para su tiempo dentro del llamado triunvirato de la Edad de Oro renacentista con Guerrero y Victoria.

Se ampliaba la plantilla vocal a cinco voces mixtas con la segunda de las Lamentaciones (Num. Vigilavit iugum iniquitatum), orfebrería en las violas de gamba con auténticas perlas de la tiorba o el violón de Magraner, más un quinteto vocal equilibrado (se nota el bloque del cuarteto Qvinta Esencia) como sucedería con la segunda recuperación del doctor Manuel del Sol, la tercera lamentación (Heth. Cogitavit Dominus) a cuatro voces mixtas comenzando con cinco cantantes (se sumaría el contratenor en la voz de alto) antes del final con la soprano para todo el «ensemble vocal», la destrucción musicada con dolor y pasión, los claroscuros etéreos y la concentración interior frente a la contrición, una espiritualidad que inundaría la sala de meditaciones individuales a partir de un colectivo de calidad.

Momentos impresionantes en la puesta en escena cuando las primeras cuatro voces se vuelven cantando frente a una de las puertas abovedadas de la sala de cámara, o las cuerdas comienzan con un pizzicato esta lamentación mientras prosiguen las voces a capella, verdadera riqueza tímbrica para mediados del siglo XVI, casi avanzando un Morales barroco que en España siempre tuvo la deuda renacentista, una apuesta segura esta recuperación histórica.

Tras unas palabras del maestro Magraner afrontarían las otras tres lamentaciones, nuevamente combinando voces, todas, cuatro y nuevamente el conjunto completo: Zain. Candidiores nazarei (a 5 voces), el canto «El Señor destruyó a Israel» del Sábado Santo, correspondiente a la Lección II Oficio de Tinieblas, más colorido y pasión, Coph. Vocavi amicos meos (a 4 voces), «Lamentaciones de Sión cautiva» siempre con las dinámicas perfectas bien balanceadas entre todos, y finalmente Phe. Expandit Syon (a 6 voces), el Viernes Santo con su Lección III del Oficio de Tinieblas que ponía el final con las palabras «Jerusalén , conviértete a tu Dios y Señor», la Hierusalem eterna casi metafórica que emerge de sus ruinas, la historia que se repite con un llanto musical lleno de belleza y dolor.

Un primor al oído, auténtico bálsamo musical del gran Cristóbal de Morales en una visión e interpretación que se llevará en breve al disco con esta Capella de Ministrers quienes desde el lunes hasta el jueves estuvieron trabajando al detalle en nuestro auditorio para regalarnos esa paz interior tan necesaria en tiempos convulsos, pues el dolor nos ha dejado en el arte auténticas obras maestras.

Zimmermann descafeinado

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Lunes 6 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara, Circuitos Oviedo – VI Primavera Barroca: Bailes y batallas, Café Zimmermann. Obras de Biber, Schmelzer y Froberger.

Comenzaba en Oviedo una gira de la formación coliderada por el violinista argentino Pablo Valetti con el título «Bailes y batallas» que el Pablo sevillano J. Vayón presentaba en las notas (que dejo escaneadas) como Phantasticus comentando el papel de la música en la Alemania del XVIII, formas instrumentales italianas pero con el tinte teutón que no siempre va unido a la brillantez.

El grueso del programa lo ocuparía Heinrich Ignaz Franz von BIBER (1644-1704) de quien Café Zimmermann interpretó varias sonatas que aúnan sacro y religioso como el propio poder germano donde el destinatario era importante como también nos contó Valetti. Desiguales en escritura e intensidades emocionales, la número tercera Fidicinium sacri-profanum (ca. 1683) pareció tomar el pulso con un octeto formado por dos violines, dos violas, chelo, contrabajo, órgano y tiorba que sonó empastado y compacto en todo el programa, variando un poco el número en varias para disfrutar de la calidad de unos músicos que interpretaron unas partituras no del todo agradecidas donde la variedad no es de color, algo claroscuro, sino de aires y dinámicas.

Costó afinar como es habitual en la seca sala de cámara del auditorio ovetense y al menos con Johann Heinrich SCHMELZER (1623-1680) tras el «segundo» Biber ya comenzaron a funcionar de forma orgánica. La Serenata con altre arie, a cinque en siete movimientos quedó algo «agria», mejorando con el Balletto a cuatro «Die Fechtscule» («La escuela de esgrima», 1668) de seis danzas, más rica tímbrica y rítmicamente, donde prescindieron de una de las violas como en alguna sonata de Biber.

De todo el concierto me quedo con Johann Jakob FROBERGER (1616-1667) cuya Toccata II en re menor nos permitió saborear el solo de órgano positivo de Céline Frisch y en el siguiente Ricercar I en do mayor la tiorba de Shizuko Noiri (que bisarían), obras de homenajes, bailes y batallas con poca pólvora, bien escritas y ejecutadas pero faltas del dinamismo italiano aunque los franceses de Café Zimmermann se mostraron como un conjunto honesto con las partituras, de buen sonido y trabajo previo bien llevado por Pablo Valetti.

Esta Primavera Barroca en su sexta edición sigue apostando por un repertorio que gusta al público y acude en buen número con entradas que rozan el lleno, aunque personalmente este lunes (y la «resaca» de HH aún perduraba en muchos oídos) el café, de calidad y sabor algo amargo, quedó descafeinado.

CAFÉ ZIMMERMANN: Pablo Valetti (violín I), Mauro Lopes Ferreira (violín II), Patricia Gagnon (viola I), Lucie Uzzeni (viola II), Petr Skalka (violonchelo), Daniel Szomor (contrabajo), Céline Frisch (órgano), Shizuko Noiri (tiorba).

Sestiere Forma Antiqva

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Miércoles 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. Forma Antiqva: Notte Italiana. Música del Seicento para Consort de Continuo. Obras de Kapsperger, Frescobaldi, Bartolotti, Selma y Salaverde, Picchi, Roncalli, Vitali, D. Gabrielli y Diego Ortiz.

Por esta noche Venecia resultó Oviedo, los seis barrios de La Serenissima unos músicos de casa con los hermanos Zapico (sin Aarón en escena) y cuatro invitados habituales, la sala de cámara un verdadero palacio donde disfrutar de un paseo musical con Forma Antiqva que volvió a prepararnos un festín del seiscientos con un continuo protagonista absoluto y un lleno demostrando que se puede ser profeta en tu tierra, 20 años largos de trayectoria, brillando al nivel de figuras internacionales que continúan desfilando por «La Viena del Norte».

Aarón Zapico hizo de presentador en un concierto donde acudió por vez primera como público al ser jurado del Premio Princesa de las Artes y no poder compaginar ambas obligaciones, pero Daniel Oyarzábal sin «jetlag» pese a su ajetreada agenda (en parte como el resto), es un Zapico más que sumar a la familia como ya lo es Ruth Verona aumentando con Elisa Joglar, dos chelistas que ayudaron al espectacular concierto de esta primavera barroca ovetense.

A destacar lo bien que Forma Antiqva organiza sus proyectos, conciertos exportables, temáticos y siempre con protagonismo para sus componentes en cualquier formato, siendo el de trío, cuarteto o este sexteto para la ocasión. Bloques de dos compositores con Frescobaldi sustento en la mayoría de ellos como pilar en cada uno de los 455 puentes, esta vez reducidos a ocho, jugando con aires, intervenciones solistas en cada uno de ellos, inspiración vocal en la edad dorada del virtuosismo instrumental como lo fueron los propios autores, bien defendidos por todos en un paseo nocturno por los intrincados vericuetos venecianos que nunca sabes dónde terminan, asomando a un canal que parece no tener salida, apareciendo una iglesia en otra esquina, carnavales en algún palacio, bailes señoriales o aires españoles flotando por los canales, músicas como las 118 islas unidas de esta Venecia única.

Todo un viaje musical bien ensamblado con seis instrumentos habitualmente continuo pero más solistas que nunca desde el directo único y sorpresivo que ya esperamos de Forma Antiqva, solos, dúos, tríos y combinaciones de este «sestiere»: con Frescobaldi se emparejaron Kapsperger, Bartolotti, Picchi y hasta nuestro Diego Ortiz, pero también Bartolomé de Selma y Salaverde en solitario con una fantasía y passeggiata bellísimas en ornamentos o el «dúo» Roncalli y Vitali cual puente de Rialto por el bullicio bergamasco. Una hora larga de música llena de color en las cuerdas frotadas y punteadas, apariciones puntuales del órgano dando la pincelada y el fondo para sus compañeros, chelos con efecto estéreo al situarse a los lados Ruth y Elsa, sobre todo con la Sonata de Domenico Gabrielli, compartiendo partes en silencio, buscando claroscuros contrapuestos a los brillos, dramatismos y tormentas impetuosas al lado de recreaciones de las canzonas reinterpretadas desde la particular visión de estos grandes intérpretes.

También se lucieron los gemelos Pablo y Daniel Zapico como «Villanos de España» (Villan di Spagna) de su último trabajo para el sello alemán, y la última Recercada de Ortiz colocada de cierre alternando con Frescobaldi como queriendo volver al puente inicial tras esta noche veneciana que el público disfrutó desde el respetuoso silencio envidiable en todos los eventos, admiración para los langreanos universales.

Aarón Zapico no podía quedarse sentado y la propina, ya distendido con el recorrido veneciano finalizado nos devolvió al Madrid dieciochesco de Luigi Boccherini con su conocida Música nocturna por las calles de Madrid deleitándonos con un «duelo de chelos» cantando la famosa melodía, el «Zapico Power» con Oyarzábal al órgano positivo dejando el clave a Aarón para sumarse a esta fiesta barroca con la que Forma Antiqva nos dejó con ganas de más.

FORMA ANTIQVA:
Ruth Verona y Elisa Joglar, violonchelos
Daniel Oyarzabal, clave y órgano
Daniel Zapico, tiorba
Pablo Zapico, guitarra barroca

Gozoso viernes de dolor romántico ​

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Viernes 12 de abril, 20:00 horas. XLII Semana de Música Religiosa de Avilés, Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery: Matthieu de Miguel (órgano). Obras de Dupré, Händel, Mendelssohn, Widor, Karg-Elert, Saint-Säens, Rheinberger, Gigout, Jongen, Bridge y Vierne.

Último de los conciertos de la cuadragésimo segunda semana de música religiosa avilesina con el órgano de Acitores resplandeciente, luminoso, orquestal, casi sinfónico, y un programa romántico de altura con el organista hispanofrancés Matthieu de Miguel (1979) que hizo disfrutar este «Viernes de Dolores» al numeroso público que se acercó hasta el templo nuevo de Sabugo.

Casi una hora repleta de obras de altura en el amplio sentido de la palabra, sacando lo mejor del Acitores avilesino, exprimiendo los registros más románticos del repertorio para órgano que De Miguel domina como pocos. Combinaciones de teclados, pedalero, expresión, trémolo… todo bajo la supervisión de José Mª Martínez, alma mater de esta SMRA, concierto de altura para clausurar esta edición donde el órgano de Santo Tomás brilló con luz propia haciendo del dolor gozo.

Abría el concierto lo mejor de la escuela francesa de órgano con la transcripción realizada por el francés Marcel Dupré (1886-1971) del Concierto op. 4 nº 2 en si bemol mayor (Händel) en dos movimientos (A tempo ordinario e staccato y Allegro) que sorprendieron por el color de los registros, orquestalmente pleno, completo y virtuosa recreación del rey de los instrumentos al unir teclado y orquesta todo en uno.

De Félix Mendelssohn (1809-1847) escucharíamos el Andante y Variaciones en re mayor, romanticismo alemán sacando sonoridades «nuevas» al Acitores plenamente asentado a nivel tímbrico, íntimo, creciente y limpio además de recogido.

Uno de los momentos mágicos llegó con el francés Charles Marie Widor (1844-1937) y su Intermezzo de la VI Sinfonía, virtuoso, brillante, mágico, registros plenos pero nunca chirriantes, limpieza en teclados y pedalero inundando Santo Tomás de Cantorbery de la luz que luchaba con la noche, contrastes y delicadas transiciones entre teclados en un juego dinámico portentoso a cargo del organista formado en Burdeos y afincado en Toulousse.
Un descubrimiento para quien suscribe resultó el alemán Sigfried Kargt-Elert (1877-193) y sus Harmonies du soir, op. 72 nº 1, juegos de trémolo y registros de harmonio celestial, sugestivo además de íntimo.

Poderío sonoro sería el último número Allegro giocoso, de las 7 improvisaciones op. 150 nº 7 de Camille Saint-Saëns (1835-1921), rememoranzas medievales de trompetería llena, pedalero subrayando el ritmo y perlas rápidas en los tres teclados. Sabor francés y puro romanticismo, antes de pasar al alemán Joseph Gabriel Rheinberger (1839-1901) y su Intermezzo de la IV Sonata, placidez sonora con registros medios de trémolo comedido, combinaciones de teclados y dinámicas, buen gusto tímbrico y expresivo.
Siempre es un gusto volver a escuchar al francés Eugène Gigout (1844-1925), calificado como «postromántico» pero casi me atrevería a llamarle «neobarroco» pues su Toccata, Si menor tiene lo mejor de esta forma virtuosística aunque con el tamiz armónico temporal del siglo XX, aires debussyanos sin perder un ápice la inspiración propia. Matthieu de Miguel no solo trajo magisterio técnico sino gusto en la elección de registros así como de los compositores para esta clausura de la SMRA.

Segunda novedad para mí e igual de agradecer dentro del vastísimo repertorio para órgano me resultó el Scherzetto, op. 108 del belga Joseph Jongen (1873-1953), en cierto modo «broma musical» (eso es literalmente un «scherzo») de sabor americano por la lengüetería, el trémolo y un pedalero vivo, rítmico diría que cinematográfico por los recuerdos y referencias que da esta obra juguetona, elegante y agradecida.

Si en el anterior concierto de esta XLII SMRA calificaba al Acitores de políglota, las escuelas europeas de órgano tienen su propia acento, si bien franceses y belgas musicalmente los podamos unir. En el caso del Adagio, Mi Mayor. Op. 63 del británico Frank Bridge (1879-1941) no me atrevería a etiquetarlo en ninguna escuela, si acaso en la liturgia global por el recogimiento que esta página tiene y el organista hispanofrancés nos transmitió, serenidad con registros delicados preparándonos para la explosión última.
Inmejorable Final de la I Sinfonía, Re M, op. 14 del francés Louis Vierne (1870-1937), la explosión sonora del órgano palentino asentado en Avilés que Matthieu de Miguel entendió a la perfección. Transiciones de teclados en su sitio, tímbricas variadas hasta en el pedal, juegos tubulares orquestales en un verdadero castillo de fuegos musicales.

El regalo cerraba el círculo virtuoso nuevamente con Händel y sus Himnos de Victoria, si lo prefieren Canticorum Iubilo en la versión organística plena, punto álgido y final apoteósico en el Acitores con sabor a salitre, políglota y poderosa clausura de una semana que siempre me sabe a poco pero colma mis escapadas al querido Avilés. Enhorabuena a todos los organizadores y en especial a mi admirado Chema.

Nebra internacional

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Jueves 11 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. María Espada (soprano), Nereydas, Javier Ulises Illán (director). Obras de J. de Nebra, G. Facco, D. Scarlatti y Charles Avison.

Aprovechando el 250 aniversario de la muerte del aragonés José Melchor Baltasar Gaspar de Nebra Blasco (1702-1768), el CNDM aprovechó para ofertar una serie de conciertos que ponen en el lugar que le corresponde al compositor bilbilitano, y a Oviedo volvía María Espada con el grupo debutante Nereydas del toledano Javier Ulises Illán con un programa equilibrado y tratando de igual a compositores contemporáneos al músico de Calatayud como Giacomo Facco, Domenico Scarlatti y el «curioso» Charles Avison inspirado en el ítaloespañol con una formación llena de músicos habituales en otros «ensembles», destacando el continuo de Daniel Oyarzábal (órgano y clave), Guillermo Turina (violonchelo), Manuel Minguillón (guitarra y tiorba) e Ismael Campanero (contrabajo), sumándose puntualmente la percusión de Daniel Garay más unas cuerdas comandadas por el concertino Luca Giardini que tuvieron problemas de afinación tras llegar del seco León al húmedo Oviedo, y de la propia sala, antiguo depósito de aguas, pidiendo disculpas por ello y el tiempo en volver a templar las cuerdas, lo que el respetable agradeció, un público fiel a esta cita ineludible con un género que no falla como el Barroco.

A pesar de la dificultosa afinación de «las tripas», Nereydas armó un concierto hasta pasadas las diez de la noche donde el homenajeado Nebra brilló con un lenguaje universal aunque abriesen con el Concierto nº 6 en la mayor, op 1 -IGF 2 (Pensieri Adriarmonici, 1719) de Facco, lucimiento de Giardini solista en tres movimientos de auténtico sabor italiano tan del gusto del XVIII español y una corte melómana donde el propio Nebra hubo de recuperar el archivo musical quemado en el Alcázar madrileño la «nochebuena» del 1734 con tantas partituras de las que se salvaron aquellas que se copiaron y pasaron a nuestras colonias, como comentaría el propio Javier Ulises Illán a propósito de la «cantada» Entre cándidos, bellos accidentes en Guatemala. Y como indicaba la publicidad del concierto, «permitirá disfrutar de una música que bebía tanto de la tradición operística italiana como del acervo nacional. En sus grandes obras, como las zarzuelas «Viento es la dicha de Amor» e «Iphigenia en Tracia», o la ópera «Amor aumenta el valor», no faltan músicas del más pleno casticismo«.

Para Nebra la voz de María Espada resulta perfecta, hace tiempo que la tiene en su repertorio aunque cante también a Mahler con la misma entrega, eligiendo lo que le gusta sin más etiquetas. En el formato de cámara su voz corre sin problemas además de ir adquiriendo un grosor en toda su tesitura pero manteniendo ese timbre único de la emeritense. Cierto que no siempre vocaliza correctamente y la ausencia de los textos en el programa no ayudaron, pero mantiene unas agilidades portentosas, la emisión llena de matices y la dramatización de los distintos personajes que Nebra compone dan el verdadero carácter internacional a unas páginas que alternan el sabor español junto al aire germano de la cantada antes citada. La formación del director toledano que arrancó dubitativa fue asentándose y ayudó a saborear esta música alternando arias con partes instrumentales donde la calidad de los músicos brilló a pesar de la afinación.

De Espada destacar las seguidillas y fandango Tempestad grande, amigo se armó en la selva de «Vendado es amor, no es ciego» (1744) y de «Iphigenia en Tracia» (1747) el aria de Orestes Llegar ninguno intente, cuya obertura iniciaba la segunda parte. El aire hispano cerró el concierto con la seguidilla Siento en el pecho un áspid de «Donde hay violencia, no hay culpa» (1744), gozando igualmente con la «cantada» ya citada.

Nereydas destacó en la breve obertura, casi un juguete de Scarlatti bien completado con el Concierto nº 5 en re menor «in Seven Parts donde from the Lesson of Domenico Scarlatti« (1742) de Charles Avison (1709-1770), tributo inglés al españolizado Doménico, aunque no quiero olvidarme del Fandango de España que se «marcó» Daniel Oyarzábal al clave, sumándose las castañuelas de Garay en un portento de buen gusto que se mantuvo como todo el continuo. Doce músicos con Javier Ulises Illán en el podio que brillaron solos y supieron arropar a María Espada contagiando la alegría de unas páginas internacionales que vuelven a demostrar la importancia de músicos como José de Nebra felizmente recuperados y capaces de codearse en el mismo programa con el mismo nivel de los compañeros de viaje. La propina operística de un grande como Haendel, Acis y Galatea, una joya de aria Verso già l’alma col sangue cantada por una María Espada doliente, hasta el último aliento de Polifemo en argumentos mitológicos de los que Nebra también bebió estando al tanto de los gustos del momento, las modas que marcaron época.

Larga vida a los compositores españoles de los que todavía queda mucho por descubrir y disfrutar gracias a una generación de musicólogos e intérpretes sin complejos.

Acitores políglota con Cea

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Lunes 8 de abril, 20:00 horas. XLII Semana de Música Religiosa de Avilés, Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery: Andrés Cea (órgano). Obras de Scheidemann, Sweelinck, Böhm, Bach, Kellner, Cabanilles y Buxtehude.

Segundo de los conciertos de la cuadragésimo segunda semana de música religiosa de Avilés (SMRA) con el órgano como protagonista absoluto en las manos y pies de Andrés Cea, todo un profesor que dio lección magistral desde la sencillez en la registración, los volúmenes contenidos y un programa barroco donde no faltó nuestro Bach español, Juan Cabanilles (1644-1712) del que el maestro jerezano afincado en la capital hispalense es toda una autoridad.
Desde su inauguración el órgano de Acitores nos asombró por su poderío y variedad sonora capaz de adaptarse a cualquier repertorio y época, brillando en todos ellos porque posibilidades y combinaciones tiene para estar explorando años sin parar. El magisterio de Cea estuvo precisamente en acertar con los timbres ideales para las obras que trajo hasta Santo Tomás, siempre proyectado en pantalla para no perdernos detalle, con una selección de compositores alemanes, holandeses y nuestro «propio Bach» desde una limpieza ejecutiva de registros ideales para cada una de ellas, demostrando que el Acitores es políglota, como el doctor andaluz.
Comenzando de forma intimista con el coral luterano O Gott, wir danken deiner Güt de Heinrich Scheidemann (1595-1663), dos teclados bien diferenciados para proseguir con la Echo fantasia de Jan Pieterzoon Sweelinck (1562-1621), reputado profesor del anterior en Amsterdam y emparentados en cuanto a sonoridad aunque jugando con la forma del eco lograda en flautados contrastados para el efecto buscado. El catedrático Cea Galán remarcó emparentó históricamente al alumno y al profesor intrepretando seguidos a ambos con mínimos cambios en los sonidos.
El desarrollo de la partita coral se debe a Georg Böhm (1661-1733), del que escuchamos Vater unser im Himmelreich, y lo retomaría un joven Johann Sebastian Bach (1685-1750), nueva lección histórica del órgano, especialmente por la madura Fuga sopra ill Magnificat BWV 733, nuevos tributos académicos aunque «Dios Bach» sea inalcanzable y el alumno sobrepasó al profesor dejando la huella indeleble para el resto de la humanidad musical. A nivel sonoro el kantor fue el rey del Acitores, el sonido alemán al que estamos acostumbrados, sin acentos marineros, recio sin salitre y espartano porque no sobraba ni faltaba nada, pureza interpretativa y adecuación tímbrica a esa forma endiablada de la fuga a partir de la joya cantora del «Magnificat«.

Tercera lección de la tarde nada menos que con el coral Herzlich thut mich verlangen de Johann Peter Kellner (1705-1772), padre del también músico Johann Cristoph, el oficio de maestro de capilla (kantor), organista, compositor, maestro que pasa de padres a hijos aunque en los Kellner solamente serían dos generaciones y no la casi incontable de «los Bach» que Johann Peter conoció por haberlo estudiado copiando las partituras, la forma de hacerlo en aquellos años y gracias a lo que podemos conservar muchas obras originales perdidas. Aunque no esté constatado parece que J. P. Kellner conoció tanto a Bach como a Händel, así que escuchar el coral registrado como si del kantor de Leipzig se tratase fue un auténtico placer, el espíritu luterano cantado por el pueblo, en el Acitores un regalo sonoro en el segundo teclado, redondez ambiental y respeto total por la partitura disfrutando de las figuraciones exactas, el fraseo vocal y la exquisitez dinámica.

Ya comentaba anteriormente que Andrés Cea es toda una autoridad en el órgano hispano y portugués, así que el Acitores «habló» español universal y magisterio de tecla con Juan Bautista Cabanilles (1644-1712) con una de las formas musicales más españolas desde el renacimiento que llegó al primer barroco. El Tiento de quarto tono posee lo mejor del virtuosismo en la ejecución y una página histórica que el maestro Cea ejecutó «quitando el polvo» a la lengüetería bien combinada con trompetería, lleno literalmente, explosión contenida llena de color en una partitura donde separar grano y paja, por intentar explicar la cantidad de notas, se hace verdaderamente difícil antes del Pasacalles, igual línea compositiva y nuevos registros dentro de una paleta no muy amplia pero suficiente. No es cuestión de «atronar» sino buscar la sencillez sonora para primar la música sin artificios, y en esto todo el programa mantuvo esa unidad de registros.
Y si el poderío al órgano barroco siempre es Bach, su «rival» de la época, Dietrich Buxtehude (1637-1707) no estaba a la zaga, recordando la leyenda del duelo entre ambos en Lübeck que parece le costó un buen disgusto al joven Johann Sebastian en Arnstadt, pues realizó un viaje de casi 400 kilómetros hasta el norte que le tuvo fuera cuatro meses (no cuatro semanas como había pedido fuera de su puesto de trabajo). Viajar para aprender, conocer, intercambiar, la última lección histórica en la fría tarde del lunes con el profesor Cea Galán impartiendo cátedra organística en Santo Tomás de Cantorbery.

Sonaría el Preludio en sol menor, Praeludium g moll BuxWV 148 en el Acitores viajero, español viajado de Torquemada hasta Avilés, como Cea de Sevilla a Asturias, de Arnstadt a Lübeck, políglotas con la música como único lenguaje universal en el llamado «rey de los instrumentos«, un preludio para el final de esta segunda etapa de la XLII SMRA.

Jaroussky de disco

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Domingo 7 de abril, 19:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Philippe Jaroussky (contratenor), Ensemble Artaserse.

La voz del contratenor es lo más parecido a los castrati, y volviendo del concierto dominical venía escuchando en el coche a Arturo Reverter hablando de ellos y sonando Philippe Jaroussky como el más popular o mediático y uno de los más aclamados por la crítica a pesar de los años, volviendo a llenar el auditorio con uno de los compositores barrocos a los que rinde culto, esta vez el veneciano Francesco Cavalli (1602-1676), discípulo aventajado del divino Claudio Monteverdi, al que ha dedicado su última grabación que se vendió como churros en el hall y tuvo el detalle de firmarlos uno a uno tras el espectáculo con el Ensemble Artaserse plagado de españoles, a igual altura en calidades que el contratenor y no una formación para la gira, más de una hora de cola que atendió cordial, amable y simpático como la figura cercana que es.


Programa organizado en la forma habitual de estos recitales alternando «sinfonías», arias de las óperas conocidas de Cavalli como L’Ercole amante, Xerse, Il Ciro, Erismena, Eliogabalo, La Calisto, Doriclea, L’Ormindo, Orione, Pompeo Magno, más dos propinas donde maestro y discípulo brillaron por igual gracias sobre todo a «los Artaserse» fundados en 2002 por el propio Jaroussky, que vistieron cada página de buen gusto con acompañamientos delicados, bien elegidos y combinados en un continuo maravilloso y con el dúo de instrumentistas de viento que alternaron corneti y flautas verdaderamente «barrocos», sin olvidarse de las percusiones que tanto iluminan de detalles arias y lamentos. Por ellos quiero comenzar citándolos a todos: Raúl Orellana y José Manuel Navarro (violines), Marco Massera (viola), Christine Plubeau (viola da gamba), Roberto Fdez. De Larrinoa (violonchelo), Marco Horvat (guitarra y lirone), Marc Wolff (tiorba), Berengère Sardin (arpa), Michèle Claude (percusión), Yoko Najamura (clave), Adrien Mabire y Benoit Tainturier (cornetos / flautas), especialmente delicados aterciopelando un sonido siempre delicado en todos y cada uno de ellos.

Primer bloque enlazando tres Sinfonías, dos de L’Ercole amante y Eliogabalo «escoltando» las arias de Xerxe Ombra mai fu que da título al CD, Ciro Corone ed honori y el Lamento plenamente monteverdiano, elegante como la Venecia del XVII, con sobretítulos que nos ayudaban a comprender cada rol de Jaroussky, el timbre algo más oscuro que hace años pero igual de pletórico en las agilidades y toda la amplia gama de dinámicas donde los piani siguen siendo únicos mimados por la instrumentación perfecta, un concierto que resultó «de disco» por la perfección mostrada.

Segundo bloque de «continuidad» comenzando con el recitativo y aria de Endimione de la ópera más representada de Cavalli, La Calisto, el Nerillo de L’Ormindo y el recitativo y lamento de Idraspe de Erismena, efectos de viento en la percusión, con la Sinfonía lenta de Doriclea o la más movida Prólogo de Orione, disfrute instrumental, finales perdendosi con mínimos silencios o directamente enganchados al aria siguiente evitando toses para un público entregado casi como ritual integrador porque Jaroussky manda sin gestos, solamente con esa voz que deja boquiabierto a los «no iniciados» y emociona la legión de seguidores.

Cambiando un aria de Giasone por la de Pompeo Magno «Cieche tenebre», la segunda parte repitió esquema y aumentó calidades, con bloques más separados en parte por el aplauso tras cortar la respiración el aria de Vafrino de Ipermestra sonando un continuo grave que prescindió de violines, viola, arpa y percusión para revestir la voz del atuendo básico y elegante. El Lamento de Apollo tornó el continuo con el arpa y la tiorba protagonistas subyugantes de ese amor entre Apollo y Dafne precediendo la sinfonía correspondiente, el recitativo y aria de Erino o la siguiente de Eumene La belleza è un don fugace, viva, rítmica, de aire hispano que volvería a marcar otra cesura en el discurrir del concierto. El ensemble abriría el último «sprint» calmando ánimos, preparando el recitativo y lamento de Alessandro, lamento como forma monteverdiana donde Jaroussky despliega lo mejor de su voz, para finalizar con Brimonte y un aria guerrera, All’armi, mio core de la ópera Statira, perfecto entendimiento con sus músicos y ardor interpretativo recompensado por salva de aplausos más las dos propinas comentadas: Monteverdi arrancado con el arpa divina a la que se van sumando con delicadeza el violín ornamentando entre versos, viola de gamba, corneto aterciopelado y esa reconocible aria Si dolce è’l tormento, dulce tormento a fuego lento apagándose para cortar el aire, y de nuevo Cavalli Alcun più di me felice non è (Clarindo de La virtù de’ strali d’Amore), probablemente el aria más breve escrita que Jaroussky usó para despedirse con alegría antes de la firma de discos.

El contratenor con nuevo disco no defraudó, Artaserse tampoco, barroco para todos los públicos que sigue estando de moda en Oviedo…

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