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Piano para locos e inocentes

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Viernes 23 de junio, 21:30 horas. 72 Festival de Granada, Patio de los Mármoles (Hospital Real), Grandes Intérpretes: Víkingur Ólafsson (piano): “Mozart y sus contemporáneos”. Obras de Galuppi, C. Ph. E. Bach, Haydn, Cimarosa y Mozart. Fotos: Fermín Rodríguez.

Dícese del Hospital Real que “Fue para locos e «inocentes», devino Universidad y en sus salas se conjugan tradiciones musicales” trasladadas al bellísimo Patio de los Mármoles de este hospital encargado por los Reyes Católicos para enfermos pobres y peregrinos que con el emperador Carlos empezará a albergar también a los locos e «inocentes». La Universidad de Granada instaló aquí su sede principal en 1980 con el Rectorado y la Biblioteca Central “donde aquellos empeños quizá se continúen en forma de conocimiento y mapa del mundo, cartografía del espíritu humano y sus meandros que toda biblioteca puede contener” y el Festival también trae un mapa del piano clásico con todos los meandros en este recital del mediático pianista islandés, una de las figuras del “sello amarillo”.

Al pianista Víkingur Ólafsson (Reikiavik, 1984) se le ha calificado de atípico por los programas elegidos y cómo los cohesiona, nos trajo para este recital en el Festival las mismas obras que grabó en 2021 para DG “Mozart & Contemporaries” aunque en distinto orden, desde el más puro Clasicismo pianístico del genio de Salzburgo, pasando por “papá” Haydn, C. Ph. E. Bach (el quinto hijo de “Mein Gott”) junto a los menos escuchados en las 88 teclas por ser más operísticos caso de Cimarosa o “Il Buranello” que abría sesión cual preparación estilística al esperado “tour de force” de hora y media.

La forma de intercalar las obras del islandés es digna de analizar, no se rige por tonalidades afines o aires contrapuestos sino que parece responder a un momento vital y personal como el vivido esta calurosa tarde-noche granadina. Los pájaros parecían querer sumarse a los trinos al inicio con el Andante spiritoso de la Sonata nº 9 en fa menor de Baldassare Galuppi (1706-1785), y las palomas querían escuchar el primer Rondó en fa mayor, K 533/494 (1786) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Poco a poco llegaba la luz crepuscular y sonaba el más clásico de los Bach, Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788) con el Rondó en re menor, Wq 61/4 (1785), misma forma y tonalidad relativa pero recreo o recreación musical total. Más que suficiente para comprobar que Ólafsson es único por y en todo. Como el volcán impronunciable de su tierra pasa de la erupción rompedora, explosiva, a la más delicada estrella boreal. Su sonido es limpio, claro, preciso, inmaculado, donde el uso de los pedales parece de otro mundo y engrandece cualquier obra por «pequeña que sea». Podemos escuchar todas las notas escritas mimadas en su duración exacta y con toda la gama de matices posible.

Sin pausas, enlazando cada obra sonaría Domenico Cimarosa (1749-1801) y su Sonata nº 42 en re menor arreglada por el propio V. Ólafsson, sonidos casi orgánicos en un piano estratosférico de volúmenes extremos y fraseos degustando hasta los silencios.

Globalidad y preparaciones tímbricas antes del puro Mozart a pares, la Fantasía nº 3 en re menor, K 397 (¿1782?) y el Rondó en re mayor, K 485 (1786), melodías del genio que recuerdan al Beethoven coetáneo de entonces, frescura expositiva, silencios grandiosos, noche luminosa y mágica donde Ólafsson se plegaba, mandaba, respiraba, emocionaba.

Un puente mínimo ya plenamente enamorados del piano otro arreglo del islandés para la Sonata nº 55 en la menor de Cimarosa, sin necesidad de razonar estilo o época, capaz de sonar como barroco trastornado en este hospital real, la música sin etiquetas para disfrutarla en toda su extensión desde el universo en blanco y negro del piano.

De Joseph Haydn (1732-1809) la Sonata para piano en si menor, Hob XVI:32 (c. 1774-1746) fue el mejor ejemplo de la escritura más que el período clásico, inspirador en todos los compositores elegidos pero con un aire común que el piano unifica. No es cuestión de analizar o ver cambios modales o tonos relativos de Mozart a Haydn con la fuerza del sordo de Bonn conviviendo en la Viena imperial y con el islandés paladeando una sonata exigente y contrastada, extremismos emocionales desde la pasión y fuerza en los tiempos rápidos al deleite y recreación del intérprete en los lentos, buscando sonidos siempre claros aunque cambiase la atmósfera.

De nuevo como preparando al genio Mozart que Ólafsson disecciona compás a compás con tres joyas que parecieron una: Kleine Gigue, en sol mayor, K 574 (1789), sólo pequeña de título y enorme interpretación, la conocida por todo estudiante Sonata para piano nº 16 en do mayor «Sonata facile», K 545 (1788), nuevo calificativo satírico del juguetón Mozart, delicia en los tres movimientos con el Allegro al límite sin errores, el riesgo controlado con la limpieza exquisita, los fraseos y la pausa subyugante antes del Andante, inocencia o locura antes del Rondó. Allegretto culminando esta sonata que enlazaba con el Adagio en mi bemol mayor, del Quinteto de cuerda nº 4 en sol menor, K 516 (1787) arreglado por el pianista. La capacidad de exprimir cada detalle, cada frase, la melodía precisa y presente con una musicalidad personal que hace un Mozart islandés lleno de contrastes como la propia tierra nórdica.

Y otra vez los tiempos lentos para comprobar el trabajo sonoro desde el piano, Galuppi y el Larghetto de la Sonata nº 34 en do menor, dolor, oscuridad interior llena de luz, la isla de Burano en otoño y otra inocente locura en el piano de Ólafsson antes de repetir con Mozart en otra terna que iría de la pasión a la interiorización total: la Sonata para piano nº 14 en do menor, K 457 (1784) tripartita y casi “revolucionaria” más que “patética”, Sturm und drang (tormenta e ímpetu) en sus tres movimientos  (Molto alegro – Adagio – Allegro assai), contrastes brutalmente delicados dando paso al Adagio para piano en si menor, K 540 (1788) y cual siguiente plegaria que acalló hasta el respirar, la transcripción que hiciese Liszt del Ave verum corpus, K 618 (1791), escuchar este himno sin coro ni orquesta con la misma emoción e interiorización que el original, el respeto del Abate por el “inocente loco de Salzburgo” ingresado en estos extramuros históricos.

Público entregado, discreción en los saludos y si los 90 minutos “de disco” el directo los mejora, el regalo del CD dedicado a “Mein Gott”, de la Organ Sonata nº 4, BWV 528, el II. Andante (Adagio) en transcripción de August Stradal redondeando un gran recital de un gran intérprete con personalidad propia transmitiendo un sonido único que las grabaciones nunca reflejarán como pudimos escuchar todos los melómanos que llenamos el Patio de los Mármoles más cálido que nunca por ese juego de palabras que no nos dejó fríos a ninguno de los presentes, salvo alguna “loca” quejándose de lo largo que merecía quedarse ingresada como “pobre de espíritu”…

Colosal Viena musical

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Martes 30 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orchestre des Champs-Élysées, Philippe Herreweghe (director). Obras de Mozart y Beethoven.

Entrando en la recta final de otra temporada musical con un altísimo nivel en «La Viena Española», este festivo Martes de Campo ovetense, comenzaba su gira la Orchestre des Champs-Élysées con uno de los últimos directores históricos y de referencia como el belga Philippe Herreweghe (Gante, 2 de mayo de 1947), fiel continuador de otros grandes tristemente desaparecidos como Harnoncourt y Leonhardt (siempre en mi recuerdo), colaborando y fundando orquestas con instrumentos de época -antes llamadas «historicistas»- para abarcar un amplísimo repertorio que tenemos la suerte de disfrutarlo en sus múltiples grabaciones o en las retransmisiones que el canal de pago Mezzo© nos continúa ofreciendo y  algunas compartidas en YouTube©.

No voy a descubrir nada nuevo en esta formación parisina con su fundador desde 1991 (también del Collegium Vocale de Gante o La Chapelle Royale) pues sería pretencioso por mi parte, pero sí tenerlos, como suelo repetir, desde el irrepetible directo nada menos que con dos monumentos sinfónicos de los genios de Salzburgo y Bonn: la Júpiter y la Heroica, dos de las sinfonías reconocidas como de las más extraordinarias compuestas en aquella Viena capital cultural del momento, programa que espero escuchar de nuevo el próximo 2 de julio en el Festival de Granada, el paso del Clasicismo al Romanticismo hacia un tiempo donde se presentían grandes cambios que en la música también se vislumbraban y reflejarían, a lo que el propio Herreweghe no es ajeno en sus interpretaciones con la Orchestre des Champs-Élysées abordando estos repertorios. Colocación lógicamente «vienesa» con violines enfrentados y contrabajos al fondo consiguiendo una sonoridad única, envolvente, además del timbre que los instrumentos naturales y su afinación logran, plegados a un director de «manos corales», gesto austero pero eficaz para unos músicos plenamente integrados en su orquesta.

La última sinfonía de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escrita en aquel prodigioso verano de 1788 (junto a la 39 y la 40), supuso su punto final como sinfonista (aunque él no lo sabía) en la estela de «papá Haydn», mientras que la Tercera significó para Ludwig van Beethoven (1770- 1827) la palanca hacia el éxito en su carrera, lanzándole a una forma de expresión que habría de revolucionar el mundo orquestal de su época. Dos obras en cierto modo complementarias que ocuparían cada parte de este concierto «en gira» con una orquesta a medida del músico belga.

La Sinfonía nº 41 en do mayor, K.551, «Júpiter» es única por la plantilla abundante (con maderas sin clarinetes, y metales a dos con tres trompas), que la Orchestre des Champs-Élysées recreó a la perfección en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro vivace; II. Andante Cantabile; III. Menuetto. Allegretto; IV. Molto Allegro): cuerda aterciopelada y limpia, maderas empastadas a la perfección, metales y timbales contenidos para un balance ideal bien controlado por el maestro belga, adusto y eficaz, permitiendo escucharlo todo con una claridad «de disco». Tiempos ajustados a las indicaciones, valientes y brillantes, del arranque inicial al último movimiento, luminosa hasta por la tonalidad que es como contemplar un lienzo restaurado, quitándole la pátina de los años para recrear la vista, en este caso el oido. Maravilloso disfrutar la complejidad de esta última sinfonía mozartiana con la claridad expositiva en los contrapuntos, armónicos y tímbricos, referentes operísticos donde las manos de Herreweghe parecen dar las indicaciones mínimas para sacar a la luz lo preciso sin perder la genial globalidad. El «fugato» final rubricó una «Júpiter» celestial, imposible describir con palabras lo que tantos especialistas han intentado para esta joya sinfónica, y que recogen las notas al programa de Pablo Meléndez-Haddad: “Un canto triunfal, espléndido y consciente de su propia fuerza; la ‘K. 551’ se eleva por encima de los dolores terrenales en un supremo haz de luz”, “Con una elocuencia, una fuerza y una gracia soberanas, el maestro echa mano de todos los elementos de los que se habían servido sus gloriosos predecesores y nos muestra lo que ha hecho la música hasta él y lo que hará hasta cien años después”, ó “Hay un misterio en esta música que no se puede resolver por medio del análisis y la crítica.

Y cual complemento a la última de Mozart, la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op.55, «Heroica» (1802-1804) sumando a la plantilla la tercera trompa y dos clarinetes, aún resultó más grandiosa si cabe. Escucharla me lleva siempre a la película de la BBC Eroica con Harnoncourt «recreando con su orquesta cómo trabajó el estreno de esta Tercera el propio Beethoven (aunque los actores no sean muy buenos). Arranque valiente de los parisinos en el I. Allegro con brio de tímbrica sedosa y sin complejos, dinámicas amplias y fortes bien equilibrados en toda la orquesta, incluyendo los metales, con un trompa solista perfecto y la disposición vienesa ideal para el balance correcto. Herreweghe ampliando un poco más su gesto contenido presentó la II. Marcia funebre (Allegro assai) desde esa dualidad entre marcha triunfal y mortuoria, el primer Napoleón admirado hasta la decepción tras erigirse Emperador, el maestro belga atento a cada detalle sonoro y el contraste anímico hecho música, sombras luminosas, reguladores amplios, dinámicas nunca estruendosas sino contenidas pero siempre claro el discurso con los silencios sobrecogedores; impactante el III. Scherzo (Allegro vivace) con la madera en diálogo y la cuerda empujando, los timbales ayudando sin sobresalir y un Herreweghe «desatado» dentro de su gestualidad siempre contenida para ir trazando las amplias dinámicas y un tempo que la orquesta mantuvo nítido en todas las secciones, con el trío de trompas naturales y humanas porque sus notas resuenan al darles el papel predominante. Y como contagiado este otro «héroe» de director, con el cuerpo fue llevando el IV. Finale (Allegro molto) a una orquesta plegada a sus órdenes, pizzicatti redondos en las tripas, un fugato de primeros atriles marcado sin excesos gestuales pero entregados todos en la interpretación de este monumento sinfónico que es La Tercera, maderas y metales en su sitio, timbales impecables con juegos dinámicos y rítmicos impactantes, pasando por ese «momento turco» antes de la recapitulación total con un final pletórico.

Emoción de un programa grande en «La Viena Española», dos genios con dos sinfonías de cabecera para todo melómano por unos intérpretes a la altura de estas maravillas que forman parte de la historia, de la genuina Viena de Mozart y Beethoven a la española, que disfrutó con otro de estos conciertos para el recuerdo. El vigor de Herreweghe a sus estrenados 76 años lo transmite desde la contención y sabiduría por su visión historicista que limpia y da esplendor con esta su Orquesta de los Campos Eliseos a un repertorio que siempre conviene volver en su «estado puro», más en tiempos casi tan convulsos como los de sus compositores.

Ya han pasado 32 años

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Viernes 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 11 «El pasado recobrado»: OSPA, Lorenza Borrani (violín y directora). Obras de Mozart, Schnittke, Petrucci y Schubert.

Un 12 de mayo de 1991 asistía al primer concierto de la OSPA, heredera de la OSA (Orquesta Sinfónica de Asturias) y de la anteriormente denominada Orquesta de Cámara de Asturias, «Muñiz Toca», todas por mí disfrutadas, una formación inicialmente camerística y académica (ligada al entonces Conservatorio Provincial de Música y a la Diputación y Fundación Pública «Centro Provincial de Bellas Artes»), que iría creciendo hasta convertirse en la actual orquesta de todos los asturianos en plena madurez. Con un programa titulado El pasado recobrado bien podría servir igualmente para esta onomástica, aunque faltó pedir de regalo que se cubra la plaza de concertino, pues este viernes con escaso público (que sigue preocupando dado que la orquesta y las obras bien merecían más aforo), quedó aún más patente la necesidad de ese puesto tan importante si bien la maestra florentina Lorenza Borrani (1983) hizo un buen doblete.

Y es que la violinista Lorenza Borrani haría las veces de solista en el primer concierto de Mozart y ya desde el puesto de concertino, con María Ovín de ayudante, dirigiría el resto del concierto, labor difícil que se logra primero por la elección de unas obras con una orquesta camerística de poco viento (aumentando según el programa que también llevará a Bilbao) y sin percusión, sumando el conocimiento tanto mozartiano como de «la quinta» de Schubert (siempre escribo que no hay quinta mala) por parte de todos, pero pienso que especialmente el trabajo previo -como buena intérprete de música de cámara- en las «nuevas» de Schnittke o Petrucci (con arreglo de Maderna) donde la maestra italiana Borrani hizo sonar casi como quinteto a una orquesta que creció en plantilla mínimamente a lo largo del programa, siempre con la colocación vienesa que favorece esa sonoridad camerística de empaste y escucha común. Un concierto para disfrutar de la cohesión y empaste instrumental, la alegría de los clásicos y la apuesta por recobrar músicas del pasado con la visión actual que ayudan y enriquecen tanto la interpretación como la escucha, siempre con las martirizadoras toses en el momento más inoportuno.

El Concierto nº 1 para violín en si bemol mayor, K. 207 (1773) de W. A. Mozart (1756-1791) lo escribe el genio de Salzburgo cuando era concertino en su ciudad natal. Tes movimientos (Allegro moderato – Adagio – Presto) en los que Borrani no sólo se lució como solista de sonido preciosista, claro y bien balanceado con la orquesta, sino que dejó a las secciones disfrutarlo con ella, optando por tempi bien llevados y sin precipitación. Las trompas y oboes a dos (hoy un inmenso Juan P. Romero de principal) subrayaron la calidad de una cuerda limpia y precisa en el Presto final. Interesantes las cadencias de la italiana (de las obras de Mozart Artur Schnabel decía que «son demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los artistas»), especialmente en el bello Adagio central, con el siempre complicado control al ejercer el doble papel de solista y directora para un concierto refrescante, ideal para abrir oído y cohesionar la sonoridad de las melodías siempre «pegadizas» del irrepetible niño prodigio.

Otro «pasado recobrado» llegaría con el ruso Alfred Schnittke (1934-1998) y su Suite en estilo antiguo (1972) en arreglo camerístico de V. Spivakov & V. Milman (1987), incorporándose algo más de cuerda -excepto los dos contrabajos- junto al clave de Sergey Bezrodny. Cinco danzas originales para violín y piano (I. Pastoral; II. Ballet; III. Minueto; IV. Fuga; V. Pantomima), en principio música de cine y homenaje al barroco como bien explica la doctora Gloria Araceli Rodríguez-Lorenzo en sus notas al programa «Más de cien cantos», y que el fundador de Los Virtuosos de Moscú grabó con ellos también en 1991 con el preciosismo de la cuerda y una OSPA capitaneada por la italiana que sonó cercana y compacta, sin olvidar los guiños del compositor para recobrar esos «aires antiguos» y hacerlos nuevos con la misma esencia. Merecido protagonismo del oboe, tanto marcando las entradas como con su sonido plenamente «pastoril», las contestaciones afinadas y muy controladas de las dos trompas bien empastadas con la disposición de «conjunto vienés», dotando de una tímbrica muy equilibrada para esta suite, especialmente en la Fuga o la impactante y punzante Pantomima final, paladeando cada sección de la cuerda y el clave para una interpretación de «Los Virtuosos Asturianos».

En las notas al programa se describe: «Odhecaton (del griego ‘odè’: canto y ‘ècaton’: cien), el nombre del primer libro de música impreso con fines comerciales en Venecia en 1501 por Ottaviano Petrucci, una revolución en la difusión de la música que internacionalizó el estilo franco-flamenco con casi cien canciones polifónicas profanas a tres o cuatro partes de Ockeghem, des Prez, Busnois, Agricola y Obrecht. Este repertorio se convirtió en modelo ‘clásico’ de inspiración para compositores posteriores, que vuelven su mirada a más de cien cantos del pasado». Con ese mismo título de Odehacaton: «suite», el italiano Bruno Maderna (1920-1973) arregla para cuerda y solistas de viento (hoy fagot) trece de ellos rescatados de archivos y bibliotecas, en dos suites que para este concierto sonaron cuatro de esos cantos en distinto orden, para hacerlos cercanos a la par que contemporáneos: I. Obrecht «Rom Peltier», II. Okenghen «Malor me bat», III. Compère «Allins ferons la barbe» y IV. Josquin «Adieu mes amours» donde el lirismo del fagot de Mascarell cantó además de brillar con luz propia y única mientras la cuerda con Borrani al mando revistió de moderna esta música flamenca revisitada. Originalmente escritas con finalidad didáctica para los estudiantes del Conservatorio Benedetto Marcello de Venecia, probablemente en 1950 como parte de los conciertos de fin de curso, este enfoque pedagógico de Maderna vino cual reciclaje para los profesores asturianos con la «coach» italiana de concertino, pues el diálogo entre todos permitió «hacer grupo», equipo, escucharse, sentirse todos protagonistas y volver a disfrutar tanto de esta música siempre bella como de una interpretación global que resultó el mejor entrenamiento («training» suena más actual) para la sinfonía que cerraría este undécimo de abono.

Franz Schubert (1797-1828) es el romántico por excelencia y de su obra no hay suficientes calificativos para una vida tristemente corta. De su corpus sinfónico las primeras sinfonías aún siguen las pautas clásicas de Haydn y Mozart, para ir admirando a Beethoven y abrir paso al llamado «Romanticismo temprano». Al igual que su adorado amigo alemán en la Viena de principios del XIX, la Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 (1816) suma mi dicho de que «no hay quinta mala» pese a no editarse en vida del malogrado compositor vienés, pero el tiempo la ha convertido en una de las más populares . Los músicos de la OSPA la tiene en el cajón para seguir «recobrando el pasado» a lo largo de estos sus primeros 32 años. Con Borrani de concertino nos dejaron una versión brillante, elegante y vital, con tempi bien ajustados en sus cuatro movimientos (Allegro – Andante con moto – Menuetto: Allegro molto – Allegro vivace), ágiles y muy matizados, perfecto ensamblaje de cuerda y viento nuevamente agradecidos por la disposición clásica que favorece y equilibra la escucha sinfónica. Conocedores todos de lo escrito y cómo hacerlo sonar, el arco y gestualidad de la directora florentina fue más que suficiente para esta quinta luminosa que nos dejó tan buen sabor de boca y donde el pasado siempre está presente dando esperanzas para el futuro.

Qué corra la voz porque se necesita más público en el auditorio, y la ilusión por lo bien hecho habrá que contagiarla o darle más publicidad. «La Viena española» se lo merece, este viernes sólo faltó el Cumpleaños feliz.

Lars Vogt siempre joven en nuestro recuerdo

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Lunes 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: David Fray (piano), Orchestre de Chambre de Paris, Nil Venditti (directora). Obras de Mendelssohn, Mozart y Bizet.

Nuevo concierto de las jornadas ovetenses que se dedicaba a la memoria del pianista y director de esta Orquesta de Cámara de París Lars Vogt, fallecido el 5 de septiembre de 2022 tras una larga enfermedad, y a quien aún recuerdo de su anterior concierto con la Real Philarmonia de Galicia. Programa con «obras de cabecera» contando para esta gira española, que ponía el punto final en «La Viena Española», con el francés David Fray (Tarbes, 1981) al piano y la dirección de la turco ítalo-turca Nil Venditti (Perugia, 1994) que tan buen sabor de boca dejase al frente de la OSPA el pasado mes de noviembre. ¡Qué rápido pasa todo! al menos la música siempre permanece…

Tres páginas de repertorio organizadas como siempre: obertura (Mendelssohn), concierto de piano (Mozart) y sinfonía (esta vez del francés Bizet, verdadera «rareza juvenil» que también disfrutamos en este Auditorio de Oviedo por la OSPA en el aparentemente lejano octubre de 2020 de recuerdos pandémicos), este lunes con la Orquesta de Cámara de París que hace cuatro años nos trajo a Emmanuel Pahud en esos conciertos históricos, partituras que comparten mucho «romanticismo» por la juventud (incluida la directora), vitalidad y precocidad en la composición de las tres obras (Mendelssohn escribió con 21 años la obertura, el concierto de Mozart con la misma edad, y la primera sinfonía de Bizet con sólo 17).

La Obertura «Las Hébridas», op. 26 (1830-32) de Felix Mendelssohn (1809-1847), también conocida como «La gruta del Fingal» está llena del halo romántico entendiédolo como viaje, literario, musical y real como es el caso del compositor alemán tras la visita a la Escocia que tanto recuerda mi Asturias de «ñublu y orpín» cada vez que la escucho, y que la Orquesta de Cámara de París con Venditti traía bien rodada en esta gira española, y la percibí con más luz de la esperada pues la pasión de la directora la llevó a dotar esta música programática con más espuma en las olas rompiendo que los claroscuros propios, brillo orquestal para una formación camerística bien equilibrada en todas sus secciones como bien trabajó con ella el hoy recordado Lars Vogt.

David Fray sería el solista del Concierto para piano n° 9, K271, «Jeunehomme» (I. Allegro – II. Andantino – III. Rondo: Presto) de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), que el propio compositor llevó por Manheim y París, y que no siempre encontró el mismo latido desde el podio, cual cierto duelo de egos donde ninguno se impondría, adoleciendo de una concertación más precisa en los finales de las frases, adelantándose unas décimas el piano, pero que nos dejó una versión subyugante por parte del pianista francés, sin el reposo necesario y con mucha introspección.

No hubo la limpieza deseada en los cromatismos ni un pedal más preciso, tampoco excesiva fuerza -sobremanera en la mano izquierda- en este concierto que reúne lo mejor del lenguaje operístico (que el propio Fray reconoce en la entrevista para LNE que dejo a continuación), pero al menos sus pianissimi fueron excelentes y las cadencias lograron acallar toses por lo delicadas e intimistas, especialmente la del segundo movimiento, «cantando» como se espera del genio de Salzburgo. La sincronía resultó mejor en el último Rondo: Presto exigente de «tempi» para todos, con el paréntesis del cambio de aire retomando el deseado latir único que faltó en los anteriores.

Y para demostrar la calidad y calidez pianística, Fray nos regaló el Impromptu nº 3 en sol bemol mayor, D.899 de Schubert (1797-1828) que tiene grabado, otra obra juvenil, de interpretación esta vez bien reposada, buscando la exquisitez del sonido sin más ego que el propio del piano, ya liberado de compartir la misma dirección.

No debemos olvidarnos al Georges Bizet (1838-1875) orquestal, y pese a tratarse de una obra académica compuesta en Roma en 1855, esta Sinfonía nº 1 en do mayor (I. Allegro vivo – II. Adagio – III. Allegro Vivace – IV. Finale. Allegro vivace) sonó perfecta con Venditti y «la parisina«, totalmente entregados al impulso y pasión de la perusina con la plantilla perfecta para disfrutar de esta partitura que demuestra la inspiración clásica en Beethoven o Schubert escrita desde el estudio concienzudo y con pinceladas del lenguaje operístico con el que triunfaría en su vuelta a París, mucho más que con sus obras orquestales. Formación bien balanceada, disciplinada, de sonoridad clara y buenos primeros atriles (con maderas y metales a un excelente nivel) dejándonos una vital y juvenil primera sinfonía que la directora presentó en inglés e italiano antes de comenzar.

Y de nuevo el gracejo, simpatía, energía desbordante y pasión que ya exhibiese en su primera visita ovetense, Nil Venditti pidió al público votar Mozart o Rossini, división de opiniones y difícil «decidirse», pero tras el aire operístico de la sinfonía bizetiana, qué mejor propina que la obertura de La scala di seta del cisne de Pésaro, vertiginosamente llevada y contrastada en el tempo para jugar cada silencio con un auditorio totalmente ganado a base de humor, entrega y una orquesta (donde brillaron oboe y flauta) doblegada a la directora turco-italiana que volvió a contagiarnos su alegría desde la personal forma de entender estas músicas.

P.D.: Como curiosidad, llegando al auditorio con tiempo suficiente, me encontré una joven con deportivas y plumífero charlando con su teléfono por videoconferencia en inglés cual alumna de Erasmus esperando entrar al concierto… Mi sorpresa al ver que se trataba de la directora, a quien en broma le pregunté tras esperar a que finalizase su conexión si estaba todo preparado (Are you ready?). Risas y buen recuerdo de su paso anterior dirigiendo la OSPA, con cariño y gratitud.

Don Gregorio siempre sorprendente

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Martes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Purcell y W. A. Mozart.

El hispano-ruso Grigory Lipmanovich Sokolov (Leningrado -actual San Petersburgo- 1950) no necesita más presentación que su propio nombre, para mí hace años le llamo «San Sokolov» y desde su reciente nacionalidad española tendremos que decirle Don Gregorio. Sus conciertos son habitualmente sorpresivos, anunciando los programas con poco tiempo pero donde nunca defrauda, y en sus giras lo repite como si el tiempo invertido en prepararlo hubiese de recuperarlo con creces, amén de las seis propinas que conforman la «tercera parte». En este caso las obras elegidas las interpretará desde este martes de carnaval hasta agosto, y la capital asturiana, «La Viena Española» es el punto de partida geográfico en la «piel de toro» antes de proseguir viaje por Bilbao, Valencia, Madrid y Barcelona, en un auténtico tour de force  europeo con una agenda, a día de hoy, que pocos intérpretes podrían afrontar. Pero Don Gregorio es único hasta para sus conciertos.

Oviedo suele visitarlo cada dos años y es una de sus paradas obligadas, donde además confiesa sentirse muy a gusto, por lo que conocemos sus gustos y preferencias, el trato al piano Steinway© (que siempre se reajusta al descanso), temperatura adecuada, iluminación tenue, casi íntima, sus tics casi obsesivos como la «prisa» en sentarse y comenzar sin premura, un perfeccionismo que le ha llevado a ser un auténtico «coloso del piano» (y al que tengo desde 2011 fichado como «San Sokolov» en el blog antiguo), todo un ritual que en 2019 titulé «Liturgia Sokolov», autodisciplina interiorizada, programación mental para un autocontrol total por el que no pasan los años ¡y va camino de los 73 años!,  una longevidad y trabajo de toda una vida (aunque sólo empezó a reconocérsele en los años 80) que le permite interpretar aquello que le gusta, pues técnica y sonido siguen siendo insuperables hoy en día.

Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa tituladas «Misterios del teclado», «Insólita y atractiva sesión la que nos ofrece (…) Sokolov  pianista original donde los haya (…) de vez en cuando, incorpora a su magín composiciones nuevas o pertenecientes a estratos musicales a los que no solemos asociarlo. Pero la música es un territorio sin fronteras«. Y para la Fundación Scherzo sobre este programa que se escuchará en Madrid ya avisa que es «un repertorio poco usual, lo que convierte esta velada en algo único, ya que pocas veces se ha visto a un pianista de su calado dedicarle la mitad de un concierto a obras para tecla de Henry Purcell«.

Sokolov y su Mozart son obras casi de culto desde siempre, y así lo volvió a demostrar en la segunda parte con la Sonata n.º 13 en si bemol mayor, KV 333 (315c), op. 7 nº 2 (Allegro – Andante cantabile – Allegretto grazioso), sustantiva y sin adjetivos porque es música, piano, elegancia, técnica, sonido, fraseo, pedalización, magia… El último movimiento resaltó la socarronería del genio de Salzburgo desde la introspección del otro genio hispano-ruso. Y del Adagio en si menor, KV 540 una perfecta «delicatessen» en las manos del virtuoso, no sé si llamarlo «canela en rama» porque no tengo más palabras, aunque de nuevo la mala educación de toses, incluso estornudos -comprobando cómo crece la falta de respeto hacia el intérprete y también a quienes no queremos perder ni una nota-  que no fueron capaces de impedirme disfrutar este adagio inconmensurable, «ruso a más no poder» antes de la llamada «tercera parte» tras el trabajo del afinador al descanso (que viaja con el piano).

Pero como ya sucediese con Bach, incluso Rameau, elegir al inglés Henry Purcell (1659-1695) era el «reclamo» para escuchar a Don Gregorio, si es que en verdad necesitase sorprender de nuevo, llenando el auditorio de un público heterogéneo donde no faltaron estudiantes para asistir a una clase magistral. Y Sokolov no falló porque su búsqueda del sonido, de la musicalidad más allá del virginal o clavecín originales, su interiorización, siempre nos descubre que no tiene fronteras ni límites y hasta cierta introspección que algunos han llamado «espiritualidad», porque no hay virtuosismo exagerado sino la profundidad que a los melómanos nos lleva a comprobar aspectos nuevos que estaban ahí escritos y no percibíamos. Mientras al público en general le permite seguir disfrutando del arte pianístico de nuestro ya compatriota.

Obras:

Ground in Gamut en sol mayor, Z 645.

Suite nº 2 en sol menor, Z 661: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

A New Irish Tune [Lilliburlero] en sol mayor, Z 646.

A New Scoth Tune en sol mayor, Z 655.

(Trumpet Tune, called the Cibell) en do mayor, ZT 678.

Suite nº 4 en la menor, Z 663: Prelude – (Almand) – Corant – Saraband.

Round O en re menor, ZT 684.

Suite nº 7 en re menor, Z 668: Almand, muy lento “Bell-bar” – Corant – Hornpipe.

Chacona en sol menor, ZT 680.

Tres suites como reflejo arriba en obras, pero intercaladas con otras más cortas perfectamente ubicadas en el desarrollo de la primera parte, jugando con las tonalidades y sus relativos, el barroquismo de la ornamentación que nunca cansa, con trinos en todas las dinámicas, las apoyaturas, las melodías siempre a flote, el pedal en su sitio buscando sonoridades nuevas, los aires serenos, tallando cada sonido pétreo cual trampantojo perlado. Imposible reflejar y comentar una a una, pues Sokolov las enlaza sin pausa pero sin prisa, encantadoras las dos zarabandas de las suites pares, el contraste de las «New Tunes» irlandesa y escocesa en la misma tonalidad, intensidades extremas sin llegar al paroximos, el toque de trompeta llamado «The Cibell» tan sonoro como la última Hornpipe o la Chacona brillante, luminosa tras el juego de exploración en cada nota del piano, como pinturas inglesas de herencia flamenca limpiadas para descubrir veladuras, espejos y todo el efectismo que el tiempo parecía ocultar. Henry Purcell como músico, Christopher Wren (1632-1723) arquitecto, completos en todo lo que hacían, iniciadores de un barroco en Gran Bretaña excelente con obras menores que ayudan siempre a comprender mejor las grandes, construcciones eternas y legado universal.

Hasta la Round O sonó orquestal al venirme a la memoria el uso que Britten hace de esta música en su «Guía de Orquesta para Jóvenes«, parte del público asombrado con este Grigory cada vez menos joven y  más bonachón con su imperturbable presencia. Lo sabemos: dos salidas tras las atronadores ovaciones y «carrerina» acortando el paso hasta el piano para comenzar el esperado «fin de fiesta».

Por cierto, los neófitos deberían conocer que suelen ser seis propinas, por lo que sigo sorprendiéndome pese a lo repetitivo, que aún haya groseros, groseras, groseres… levantándose como autómatas al dar las 22:00 horas, perdiéndose los regalos de Don Gregorio. Pero no hay forma… goteo tras cada nuevo «encore» y tan solo al encenderse por completo las luces de la sala, ya pasadas las 22:15, algunos comprendieron que sí había finalizado este «concierto de carnaval» con un bochornoso público maleducado que sigue siendo preocupante ¡y los móviles jodiéndolo todo!.

La tan esperada tercera parte tampoco defraudó tras Purcell y Mozart, después de casi hora y media: las propinas, ahora llamadas encores, con extras habituales: su Rusia en la estación del corazón, la delicadeza en una, la impaciente rotundidad polaca escondida y casi necesaria en otra… pero no pienso hacer spoiler, seguro que las repetirá en esta gira (hay que en buscarlas en mis links), finalizando siempre con nuestro «Mein Gott» atemporal.

Mi memoria y los blogs siguen reflejando la admiración y sorpresa que Don Gregorio Sokolov me causa en cada concierto (discos y vídeos nunca son igual): una verdadera fiesta del piano incluso para los «primerizos», maleducados e irrespetuosos que se lo perdieron. Larga vida a San Sokolov…

Clásicos y románticos

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Lunes 13 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Viviane Hagner (violín), Mozarteumorchester Salzburg, Trevor Pinnock (director). Obras de Beethoven, Mendelssohn y Mozart.

No me canso de repetir que la oferta musical de Oviedo la convierte en «La Viena Española», y desde Salzburgo llegaba en su gira por Gerona, Barcelona, Zaragoza, San Sebastián, Madrid, Sevilla, Oviedo y Valladolid la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo con el mítico Trevor Pinnock (1946) al frente sin «La Pires» pero con «La Hagner«, no vino la (re)conocida pianista portuguesa a la que tampoco importaría que repitiese, pero sí la violinista muniquesa de fama internacional, volviendo a poner en el mapa la capital asturiana cinco años después.

Vengo escribiendo hace tiempo lo decimonónicos que siguen resultando muchos programas de los conciertos, no ya por el repertorio (donde sigue ausente la música actual) sino por la forma de organizarlos. Claro que viniendo de Salzburgo y manteniendo esa tradición secular, el de este lunes parecía normal mantener el formato de obertura (Beethoven), concierto solista (Mendelssohn) y sinfonía (Mozart). Al menos las excelentes notas al programa de mi admirado musicógrafo Luis Suñén aportan siempre detalles que los melómanos agradecemos.

La orquesta de Salzburgo en formación camerística ideal comenzaría con la Obertura «Coriolano», op. 62 de Ludwig van Beethoven (1770-1827), el misterio y el drama donde los silencios son tan protagonistas  como la propia instrumentación, cuerda transparente como el cristal de Bohemia, madera exquisita como tallada, metales naturales así como los timbales, sonoridad impecable e interpretación perfecta con un Pinnock aún enérgico y vital al que no le pesan los años, y que mantiene su rigor historicista junto al sonido actual: articulaciones enérgicas en el tempo vivo con respuesta perfecta «llevando de la mano» a esta orquesta capaz de rozar la perfección en el directo.

Y la violinista muniquesa, aunque afincada en Berlín, Viviane Hagner (1977) nos maravillaría con el Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Felix Mendelssohn (1809-1847), pues si el sonido es limpio y brillante, contar con una orquesta que mima a los solistas, el resultado solo podía ser óptimo. Trevor Pinnock consigue que escuchemos todo lo escrito con las presencias en su punto, dominando las dinámicas para que el violín nunca pierda protagonismo ni volumen, amén de las cadencias donde «La Hagner» sonó perfecta por técnica, con una elegancia y musicalidad extraordinarias. Y de nuevo el respaldo de la orquesta, en número «exacto» para este concierto, «tempi» ideales y el enlace entre I. Allegro molto appassionato y II. Andante – Allegretto non troppo con un fagot aterciopelado, que siempre sonó a gran altura a lo largo del concierto. El último III. Allegro molto vivace remató una interpretación brillante, esplendorosa, clara, con un empaste entre violín y orquesta envidiable de este conocido concierto, bajo el mando del maestro Pinnock siempre preciso y con la respuesta exacta de los músicos, mostrando un envidiable estado de salud.

Como guiño al público español Viviane Hagner nos regalaría el arreglo que Ruggiero Ricci hiciese de la conocida Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, diría que mejorando el original para guitarra porque el sentido que la profesora alemana dio a cada frase demostró que el virtuosismo es necesario pero al servicio de la musicalidad todavía más, por lo que no es de extrañar que esta violinista sea llamada por las mejores orquestas y directores mundiales pues su madurez además de larga trayectoria (debutó con 12 años) es su mejor tarjeta de presentación.

No podía faltar en esta orquesta que fundase allá por 1841 Constanze Weber la música de su primer esposo, el genio, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). De su amplia producción eligieron para Oviedo la antepenúltima de sus sinfonías, que son casi el puente puerta al romanticismo de la primera parte, aunque sin los oboes. La Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor, K 543 la llevó Pinnock con todo el magisterio de su larguísima experiencia, de nuevo apostando por metales y timbales naturales, toda la sección de viento en estado de gracia pero especialmente la cuerda sedosa y homogénea, capaz de volverse pétrea sin resultar demasiado incisiva. El I. Adagio; Allegro sonó cual obertura operística escuchándose todo lo escrito por Mozart con el balance perfecto en todas las secciones y la gama dinámica amplísima que atesora esta primera sinfonía del «trío final». Maravilloso comprobar el respeto por el aire indicado para el II. Andante con moto, difícil encontrar ese punto exacto sin «pasarse de frenada», pero la Mozarteumorchester Salzburg lleva esta música en sus genes y el director inglés sabe dónde incidir sin grandes gestos. Delicado y maravilloso el III. Menuetto e Trio con un dúo clarinete-fagot totalmente mozartiano y las trompas delicadas además de afinadas con la cuerda incisiva fraseando unitariamente desde unos matices perfectos. Del final, IV. Allegro, alegría contagiosa, sonoridad rotunda, magisterio del gran Pinnock marcando cada inflexión y dinámicas lo suficiente para lograr «una 39 de disco» e inigualable directo, el repertorio que dominan y disfrutan, contagiándolo a todos. No podríamos imaginar un ápice de hartazgo en interpretar y escuchar Mozart, pues es imposible.

Público entusiasmado con este concierto «esencial» para todos, casi rozando el lleno, sin faltar las toses rítmicas unas, a contratiempo (y destiempo todas), estertores entre los movimientos -que al menos en Mendelssohn no cabían- y mis vecinos traseros comentando todo en voz baja como si estuviesen en su salón, discutiendo por la propina antes del descanso que presumía tener en casa («¡Adagio de Albinoni, si lo sabré yo que la escuché cientos de veces!) y aunque «enseñar al que no sabe» sea una obra de misericordia, mejor callarme). El divertimento de la última propina mostraría ese sonido perfecto en todo, clásicos románticos sonando a Mozart o Martín i Soler, pues el genio de Salzburgo conocía bien al valenciano y nunca sabremos cómo hubiese sido la historia de haber vivido ambos muchos años más.

Una delicia volver a escuchar los dos oboes que retornaron para esta última joya antes de retirarse al merecido descanso, porque aún queda Valladolid para cerrar este «Tour español» con parada obligada en la capital asturiana. Como salimos del concierto con humor, continúo y termino comentando que si Mieres es como Salzburgo (o Caudalburg) al menos por el río separando ciudad y fortaleza, Oviedo es nuestra Viena española.

Lírica para jóvenes con talento

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Viernes 13 de enero de 2023, 19:30 horas. Auditorio Principe Felipe, Oviedo. Gala Lírica Jóvenes Cantantes Españoles. María Zapata (soprano), Carmen Artaza (mezzo), Antoni Lliteres (tenor), Carles Pachón (barítono). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Coro de la Fundación “Princesa de Asturias” (dirección: José Esteban García Miranda); Lara Diloy (dirección musical). Obras de Mozart, Rossini, Donizetti y Bellini.
Critica para Ópera World  del sábado 14, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y de las RRSS, indicando la autoría, y tipografía que a menudo la prensa no admite.
Acercándose el “Ernani” verdiano que cerrará desde el día 29 del presente la 75 temporada de la ópera ovetense, la más antigua de España tras la del Liceu barcelonés, este viernes era el momento de celebrar con los jóvenes talentos de casa este aniversario, continuando una seña de identidad desde aquel 1948, dando oportunidades y creyendo en las voces españolas que triunfarían por escenarios mundiales.
Gala con cuatro voces que ya no son promesas sino realidades como también la batuta de Lara Diloy, directora asistente a lo largo de esta temporada de celebraciones que se ponía al frente de la OSPA en un programa consensuado con los intérpretes, siguiendo una lógica que marca la siempre difícil carrera operística comenzando con el “necesario” Mozart para las voces, la complejidad de la aparente sencillez en la primera parte que ayuda en el estudio de todo intérprete, también y especialmente para la voz, más una segunda parte de “bel canto” con Rossini y Donizetti que no faltan en las temporadas líricas cerrando con un Bellini de lujo donde disfrutar también del Coro de la FPA que primero nos dejó con la OSPA el célebre coro de Don Pasquale, todo un regalo para una formación más sinfónica que lírica demostrando la calidad musical asturiana en esta velada, oportunidad única para cuatro talentos que dejaron lo mejor de ellos sobre las tablas de un auditorio con una excelente entrada.
De la OSPA nada que descubrir, casi camerística con un Mozart algo descafeinado donde Diloy se limitó a marcar cuando la plantilla era ideal para esta primera parte, matizando lo mínimo para unas voces algo desiguales, especialmente en La clemenza di Tito donde el tenor mallorquín Antoni Lliteres no acertó con la línea de canto a diferencia del barítono catalán Carles Pachón dominador desde su primer aria “Hai già vinta la causa?” así como en el dúo con Artaza “Il core vi dono” y su aria “Parto tu ben mio” junto al excelente clarinete de Andreas Weisgerber, de lo más aplaudido de la velada.
Otra oportunidad perdida en el trío “Soave sia il vento” del Così del que hubiésemos esperado más calidez global. Las arias, dúos y cuarteto final mostraron buen empaste en los cantantes, con la poderosa soprano ovetense María Zapata y la mezzo donostiarra Carmen Artaza de bello color en todo su registro.
La obertura rossiniana de Semiramide con que se abría la segunda parte, careció de la chispa necesaria y un poco más de contrastes y dinámicas hubiesen venido bien pues la OSPA tiene todos los recursos para ello, quedando mermada en comparación con el aluvión posterior, nuevamente Pachón triunfando con el “Largo al factotum” del Barbero sin piedad orquestal en los matices, Artaza deleitándonos con “Una voce poco fa” sentida y medida antes del ya citado coro “Che interminabile” del Don Pasquale para disfrutar de la gran masa vocal, especialmente las mujeres, en una página donde esta vez lo humorístico sí predominó..
Aún quedarían tres momentos más: el dúo Lliteres-Zapata del Poliuto donizettiano bien ensamblado y equlibrado, la conocida furtiva lágrima donde el catalán mostró su mejor vocalidad, y el lujo de la “Casta diva” final con la que la soprano ovetense disfrutó en la plenitud sinfónico-coral haciéndonos partícipes de ello.
El regalo del cuarteto y coro del Alceste de Gluck puso el broche final de esa gala donde los llamados “viernes de ópera” están llamados a ser no ya una oportunidad para las nuevas voces sino una necesidad para los aficionados asturianos de poder presumir con los años de haberlas escuchado en el Campoamor. Hay talento, trabajo y muchas ganas de ópera en la capital asturiana, pese a los agravios económicos con otras temporadas españolas, pero la apuesta de futuro de la Fundación Ópera de Oviedo es firme e inasequible al desaliento.
Ficha: Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo, viernes 13 de enero de 2023, 19:30 horas. Gala Lírica Jóvenes Cantantes Españoles.
Programa:
I PARTE: MOZART
• Le nozze di Figaro: Obertura.
• Aria de barítono “Hai già vinta la causa?”.
• Così fan tutte: aria de soprano “Come scoglio…”.
• Dúo barítono-mezzosoprano “Il core vi dono…”.
• La clemenza di Tito: aria de tenor “Del più sublime…”.
• Aria de mezzosoprano “Parto, ma tu ben mio…”.
• Così fan tutte: Terceto barítono-soprano-mezzo “Soave sia il vento…”.
• La finta semplice: cuarteto mezzo-tenor-soprano-barítono “Bella cosa è far l’amore…”.
II PARTE: ROSSINI-DONIZETTI-BELLINI
Rossini:
• Semiramide (Obertura).
• Il barbiere di Siviglia: Aria de barítono “Largo al factotum…”.
• Aria de mezzo “Una voce poco fa…”.
Donizetti:
• Coro “Che interminabile…”. Don Pasquale.
• Duo tenor-soprano “Ah fuggi da morte…”. Poliuto.
• Aria tenor “Una furtiva lagrima…”. L’elisir d’amore.
Bellini:
• Aria soprano y coro “Casta diva…”. Norma.
Reparto:
María Zapata (soprano) – Carmen Artaza (mezzo) – Antoni Lliteres (tenor) – Carles Pachón (barítono).
DIRECCIÓN MUSICAL: Lara Diloy. Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA). Coro de la Fundación “Princesa de Asturias” (dirección: José Esteban García Miranda).

Buena música para Alarcos

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Martes 11 de octubre, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo (Teatro Filarmónica), concierto 13 del año, 2.038 de la sociedad: Orquesta Filarmonía Ibérica, Melani Mestre (piano y director). Concierto homenaje a Emilio Alarcos Llorach en el centenario de su nacimiento. Obras de: Herschel, García Gago, Jenkins, Mozart y Cases.

Reseña para La Nueva España del miércoles 12 con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía incluyendo negrita o cambiando algunos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
En Oviedo todos conocían a Alarcos, y más los más los melómanos, de los que formaba parte, por lo que este concierto a él dedicado recogía parte de la música que le acompañaría en su vida (tal y como comentaba ayer su viuda y directora de la Cátedra que lleva su nombre, Josefina Martínez, desde estas mismas páginas, quien también tendría palabras de agradecimiento y recuerdos al principio de la velada donde no faltó reivindicación ni pedagogía, tras las de Santiago González del Valle, presidente de la Sociedad y el del RIDEA, además de socio de esta Filarmónica, Ramón Rodriguez).

 

La Filarmonía Ibérica, orquesta camerística compuesta por una excelente selección de músicos de cuerda de las últimas hornadas españolas y europeas, formados en las principales instituciones docentes, tiene como objetivo no solo redescubrir el legado y patrimonio musical ibérico desde el barroco más desconocido sino también nuestros compositores, históricos y actuales. Con el maestro y pianista barcelonés Melani Mestre (1976), tras su ingente tarea de recuperación e investigación previa, pudimos disfrutar este martes de su magisterio y buen hacer al frente de su orquesta.
La Sinfonía 8 en do menor del alemán F. W. Herschel (1738-1822) es una de las obras “oscurecidas” por sus compatriotas y contemporáneos Haydn o Mozart o Beethoven, pese a emigrar con 20 años a Inglaterra donde le nombrarían “Sir” más por astrónomo que músico. Tres movimientos (Allegro assai-Andante-Presto assai) en la línea de otras con más enjundia, de las 24 que compuso, pero interesantes, breves y de ágil interpretación.
La Tocata y fuga del berciano afincado en Barcelona Josep García Gago (1921-1999), un avanzado que recupera esta forma barroca desde su cátedra compositiva, que sonó contundente y clara por los once instrumentistas cual órgano de arcos.
El Concerto Grosso “Palladio” (1995) del galés Karl Jenkins (1944), arquitectura sonora de líneas inconfundibles e inspiración barroca del gran compositor británico bien dibujadas y contrastadas, con una excelente concertino.
Para la segunda parte ya con Mestre desde el teclado llegaría su propio arreglo para esta orquesta del conocido Concierto para piano nº 21 en do mayor, K. 467 “Elvira Madigan” de Mozart (1756-1791) que Alarcos tenía entre sus preferidos. El equilibrio entre solista y cuerda con la hondura melódica del genio de Salzburgo desde una interpretación muy cuidada aunque no todo lo limpia desde el piano, especialmente la cadencia del Allegro maestoso, que no desmerece esta personal visión y amor por tan bella página.
Y cerrando concierto la interesante Suite Barroca para piano y orquesta del ecléctico compositor catalán Carles Cases (1958), la modernidad de lo antiguo con perspectiva amplia desde el llamado neoclasicismo con aires cinematográficos.
Intérpretes y obra ideales para cerrar un concierto del que Don Emilio hubiera disfrutado hasta de la propina del marplatense Piazzolla Jeanne y Paul.
LN

Un Requiem casi profético

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Miércoles 5 de octubre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón. Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto nº 1653, inaugural Temporada 2022-2023: Orquesta Sinfónica y Coro Mercadante, Ana Kabrera (soprano), Alexandra Rivas (mezzo), Quintín Bueno (tenor), Ihor Voievodin (bajo-barítono), Mariano Rivas (director). Mozart: Requiem en re menor, KV 626.

Otra temporada más que arranco como socio de la Filarmónica Gijonesa abriendo un curso muy ilusionante, tras la conferencia del martes a cargo de María Sanhuesa (autora igualmente de las notas al programa) para ilustrar de la mejor forma a Mozart y su Requiem póstumo e incompleto, este primer miércoles de octubre a cargo de la formación que lidera el asturiano Mariano Rivas.
Tras la presentación por parte del gran comunicador Pachi Poncela que siempre acierta con sus «pinceladas», y la distinción a Luis Vázquez del Fresno como Socio de Honor de esta su filarmónica natal donde tantos conciertos nos ha regalado en su dilatada trayectoria, siendo también destinataria de Audiogramas III (1974), se ubicaría todo el elenco para esta ocasión, con unos intérpretes de los que personalmente esperaba más, esperando no resulte premonitorio comenzar la 115 temporada gijonesa con un réquiem y todo lo que significa, con una excelente entrada en el coliseo gijonés y la presencia entre otros del presidente Adrián Barbón junto a varios directivos de la ópera de Oviedo con Juan Carlos R. Ovejero al frente.
Comenzaré comentando la plantilla casi camerística tanto de la orquesta como del coro (24 voces, seis por cuerda), que no fueron suficientes para dar el empaque que este Mozart necesita, y más al tener unos tenores que apenas se escucharon al mismo nivel que el resto, lo que dejó descompensado el balance coral. Tampoco transmitieron seguridad en las entradas, incluso alguna a destiempo, aunque dejaron bien matizados algunos momentos, con la orquesta en piano frente a unos forti descompensados donde las sopranos «mantuvieron el tipo».
Del cuarteto solista, aunque empastado, parece que no logró comprender el sentir de este Mozart que esperaba la muerte, pues necesitaría más lirismo y sentimiento de dolor, sin excesos de volumen pese a  contar con una orquesta camerística, pues se desvirtúa el carácter de esta partitura. La soprano Ana Kabrera brilló sobre las demás voces desde el Introito, con emisión perfecta y volumen suficiente para sus intervenciones, mientras que la mezzo Alexandra Rivas de bello color, sonó mejor en solitario para oscurecerse su presencia en los conjuntos, pero evidentemente no es contralto; el tenor Quintín Bueno, de timbre metálico, estuvo gritón y algo destemplado, pareciendo olvidar que la religiosidad conlleva recogimiento y gusto, no son arias operísticas. Más contenido el barítono Ihor Voievodin pero sin los graves de un bajo (Tuba mirum), perdiéndose el sustento del cuarteto. La elección de los solistas más allá del color o la capacidad, debería ser más atinada aunque sea difícil en estos tiempos encontrar contraltos o bajos que defiendan una partitura tan exigente.
La orquesta de cámara la mantuvo a buen nivel el maestro Rivas, optando por tempi contenidos, con alguna pausa excesiva entre números -supongo que buscando concentración y silencio en la sala- más allá del simbólico Lacrimosa. Destacó la madera (clarinetes y fagotes) y el trío de trombones que por momentos se «impusieron» dinámicamente al conjunto a pesar de los esfuerzos y gestos claros del director asturiano. El balance vocal e instrumental (imperceptible el órgano) quedó deslucido precisamente por los efectivos que no fueron los deseados para ofrecernos un Requiem más equilibrado y sentido, aunque Mozart siempre gusta y su obra póstuma fue muy aplaudida por el respetable. Al final bisarían el Dies Irae.
Espero que este primer concierto «de difuntos» no sea premonitorio de una temporada donde hay programado mucho y bueno. Se agradece el esfuerzo de apostar por formatos como el de este miércoles, pero no me sonó al nivel esperado para una obra tan conocida y exigente.
El siguiente concierto, miércoles 19, nos devolverá al Cuarteto Quiroga con Brahms, que el día antes tendrán un encuentro en la Antigua Escuela de Comercio. Espero contarlo desde aquí.

Sigue el verano musical con «orbayu»

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Viernes 2 de septiembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: OFIL Contigo, Conciertos de Verano. Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (oboe), Júlia Gállego (flauta), José Vicente Castelló (trompa), Guilhaume Santana (fagot), Lucas Macías (director). Obras de Schubert y Mozart. Entrada libre.

Podemos hacer un refrán que diga «A mal tiempo buena música» y como la canícula asturiana es fresca y suele tener de compañero al orbayu, estos conciertos de verano, que más parecen mateínos ante la cercanía de las fiestas de la capital, cambió este viernes su ubicación en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo por el siempre mejor por todo auditorio: aforo, comodidad, acústica… Y nada mejor que comenzar con un programa ameno de la orquesta carbayona con su titular Lucas Macías al frente, quien antes de comenzar dio las “gracias por el amor y el apoyo que nos dais” en un patio de butacas lleno para este primer programa del ciclo de la OFIL Contigo en verano que se repetirá el lunes 5, en la temporada de la programación de Cultura Oviedo.

En este primer concierto con público variopinto se interpretó la tercera sinfonía de Franz Schubert, acompañada de Mozart y su sinfonía concertante con un cuarteto solista unido por la amistad de muchos años y el amor musical con el onubense titular de la formación liderando desde el oboe.

La Sinfonía nº 3 en re mayor, D. 200 (1815) de Franz Schubert es luminosa de principio a fin con cuatro movimientos (I Adagio maestoso – Allegro con brio; II Allegretto; III Menuetto: Vivace – Trio; IV Presto vivace) que nos recuerdan en este Schubert de solo 18 años tanto a Mozart como a Beeethoven, incluso, y especialmente en el primer movimiento, con aires de obertura cómica rossiniana. La orquesta ovetense permutando violas y cellos más los tres contrabajos con tarima para reforzar un poco la sonoridad, sacó músculo desde una tímbrica clara, rotunda, aires muy del gusto de Macías, pudiendo disfrutar de unos solistas de viento sólidos y con muchas tablas en repertorios como el del vienés, destacando la clarinete y el oboe, siempre bien arropados por una cuerda (comandada por Marina Gurdzhiya) cada vez mejor en empaste y precisión. Interesante la visión del titular en el gran repertorio sinfónico (habitualmente memorizado), permitiendo escuchar cada motivo melódico muy presente, las contestaciones, jugando con las dinámicas a las que su orquesta responde sin fisuras. El Menuetto mantuvo la línea de claridad y concisión, para triunfar en el último y «arriesgado» final. Si la tarde era gris, la luz se hizo con esta «tercera».

Sin pausa llegaría la Sinfonía concertante para flauta, oboe, trompa, fagot y orquesta en mi bemol mayor,  K. 297b de W. A. Mozart,  con todo lo que supone su controvertida autoría e intrahistoria. Sea o no del genio de Salzburgo es una maravillosa partitura para un cuarteto de solitas amigos y así la entendieron Lucas Macías (oboe), Júlia Gállego (flauta), José Vicente Castelló (trompa) y Guilhaume Santana (fagot) en sus tres movimientos (Allegro – Adagio – Andante con variazioni) con la OFIL «sonando a foso» pues tiene mucho de operístico este cuarteto de viento, sobre todo el movimiento central donde poder disfrutar de cada uno de los solistas: la expresividad y sonido penetrante del oboe; la fluidez de la flauta (en otras versiones sería un clarinete) con una amplia gama de agilidades aunque un volumen algo menor que el resto, las elegantes agilidades de la trompa en el registro agudo al alcance de pocos solistas, y las muchas funciones del fagot como línea de bajo o de tenor así como un virtuosismo impresionante. Calidad suprema y entendimiento entre todos, alegría desbordante en cada intervención solista y un buen logrado balance de cada uno de ellos aunque la trompa la escuchásemos «hacia atrás», pero equilibrando los volúmenes incluso con las dos de la propia orquesta. Aromas escénicos de Mozart para preparar los 75 años de la Ópera de Oviedo que arrancará el domingo 11 con un estreno mundial.

La química entre orquesta y titular (en esta obra más solista) se notó en todo momento y es una alegría enorme comprobar el acierto en su elección, así como el crecimiento en calidad de esta filarmónica carbayona que además de su ya contrastada versatilidad se la nota feliz sobre las tablas del auditorio. El lunes segunda entrega probablemente en el recinto previsto para este «verano con orbayu» y mucha música de la buena.

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