Inicio

Aprendiendo con los clásicos

1 comentario

Jueves 30 de enero, 19:30 horas. Auditorio «Teodoro Cuesta», Mieres: Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música del Principado de Asturias (CONSMUPA), Lucas Santos Santos (flauta), Elba Rodal Graña y Luis López Aragón (directores). Obras de Haydn, Mozart y Beethoven.

No me canso de repetir lo sacrificado que es estudiar música y más en estos tiempos donde la juventud no opta habitualmente por las llamadas Ciencias Humanas. Tanto para todo el alumnado como sus familias el esfuerzo a menudo es sobrehumano, dedicándole a su instrumento todo el tiempo posible y no digamos si quieren llegar a profesionales porque entonces será toda la vida. Caso aparte los que compaginan el estudio de la música con otra carrera universitaria, como si la de músico no fuera suficiente (algo que recuerdo los Virtuosos de Moscú a su llegada a Asturias en 1990 no entendían… ni muchos otros aún en 2025).

Para los músicos la formación orquestal es básica no ya por los valores de tocar juntos y escucharse unos a otros, verdadero trabajo en equipo, también por unas relaciones personales que durarán años aunque opten por otros caminos (bien por afición o profesión) y donde siempre tendrán a la música que les abrirá muchas puertas.

En el CONSMUPA siempre se trabaja duro, es El Superior y cada instrumento conlleva el estudio no ya de materias llamadas complementarias en una educación que no se acaba nunca, también la técnica en solitario, con piano, y evidentemente la «música de conjunto» (tríos, cuartetos… banda, orquesta) ocupa parte del horario lectivo, por lo que con alumnado de cuerda, viento y percusión la orquesta sinfónica es el primer paso hacia un horizonte lleno de ilusión y esfuerzo. El doctor Manuel Real Tresgallo ostenta la cátedra de dirección de orquesta y dos de sus alumnos volverían a dirigir a sus compañeros instrumentistas en un programa clásico que no puede faltar en su formación: Haydn, Mozart y Beethoven, casi como un examen a mitad de curso para ir comprobando la evolución, mejorar el estilo, asentar lo aprendido y sobre todo ponerlo en práctica con público en vivo.

La plantilla para el concierto, que dejo a continuación, pese a no estar «compensada» en la cuerda ni siquiera al completo (sin contrabajos o un clarinete bajo duplicando un fagot), sonó muy equilibrada y balanceada. Deberán seguir trabajando la afinación (igual que muchos profesionales) pero la entrega, respeto y «acatamiento» a las señales del podio la superaron con nota. Muy positivo trabajar con dos estilos de dirección y tres obras diferentes aunque del mismo periodo, el llamado «Clasicismo» con esa tríada donde el «sordo genial» será el puente al Romanticismo que comenzaría precisamente con él.La maestra gallega Elba Rodal Graña (Cangas do Morrazo), además de clarinetista (el Ateneo Musical de Mieres presume de ella), esta tarde ejercería de presentadora siempre en tono didáctico para un público no muy numeroso en este gélido final de enero, y sobre el podio dirigiría la Sinfonía nº 103 en mi bemol mayor (1795) de F. J. Haydn (1732-1809), llamado «el padre de la sinfonía» (tiene datadas 106) y en concreto esta perteneciente a las llamadas Sinfonías de Londres, la penúltima antes de volver a Viena y como muchas otras también con apodo, «Redoble de timbal» por ser quien la inicia, y de la que Wagner en su juventud realizaría una transcripción para piano.

La dirección contó con un gesto claro, sin necesidad de batuta, precisa, matizando los detalles con respuesta generosa de la orquesta, bien contrapuestos los tempi y enfrentándose a una partitura rica en todos los recursos a lo largo de sus cuatro movimientos: se abre con un solemne motivo del adagio al que sigue un allegro (clara la influencia que Haydn tuvo en Beethoven); el segundo movimiento es un andante expresivo al que sigue el minuetto cuyo trío en modo menor tiene ese aire de ternura o melancolía bien marcado desde el podio, que emplea materiales del folklore croata, para terminar con el alegre Finale: Allegro con spirito que «canta» una melodía de tipo popular con un efecto de música de gaita (siempre internacional). Destacar el «saber estar» en los timbales de Eduardo Llosa García y la buena intervención de la concertino María Cotarelo García en su solo del segundo movimiento.

El relevo en el podio lo tomaría Luis López Aragón, pianista que también ha elegido el difícil arte de la dirección. Comenzaría con el Allegro maestoso, primer movimiento del Concierto para flauta en sol mayor, K. 313 de W. A. Mozart (1756-1791), actuando de solista Lucas Santos Santos de sonido amplio, limpio, bien concertado y dejándonos una cadenza perfecta, fraseada y de sobresaliente.

Ya batuta en mano, e incorporándose los efectivos de Haydn, el maestro López Aragón afrontaría los dos primeros movimientos de la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55, «Heroica» de L. van Beethoven (1770-1827), el Allegro con brío sin forzar el aire, palabras mayores para esta orquesta que sonó muy equilibrada haciendo olvidarnos de la verdadera plantilla, y la siempre emocionante Marcha fúnebre. Adagio assai. Buen balance de las secciones, con seis cellos que compensaron el grave ante la ausencia de contrabajos y destacable toda la sección de viento, tanto el metal pero especialmente la madera, con el solista mozartiano, el clarinete y sobre todo el oboe (Manuel Álvarez Fernández), impecable en todo el concierto.

Luis López apunta maneras y estilo propio (su compañera Elba comentó que «en 10 años estará en todo lo alto»), sabiendo hasta dónde llegan sus compañeros y delineando una «tercera» que nos dejó ganas de escucharla completa, espero que como fin de curso, aunque el catedrático Real Tresgallo será quien siga formando esta nueva generación de directores y directoras (que en este siglo van llegando más a un podio no hace mucho totalmente masculinizado).

Unas bodas elegantes

3 comentarios

Sábado 25 de enero de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. W. A. Mozart (1756-1791): «Le nozze di Figaro», KV 492, ópera bufa en cuatro actos con libreto de Lorenzo Da Ponte (1749-1838).

(Crítica para OperaWorld del domingo 26, con fotos de la Ópera de Oviedo y propias, más el añadido de los siempre enriquecedores links y la tipografía que no siempre se puede utilizar)

La septuagésimo séptima temporada de ópera ovetense baja el telón con «Le nozze di Figaro», uno de los grandes monumentos del arte occidental como se ha calificado esta ópera de Mozart con libreto de Lorenzo Da Ponte, el mejor maridaje de texto y música para la escena y con la que hemos podido cerrar en la misma temporada la llamada “Trilogía de Beaumarchais”, tras “El barbero” rossiniano de octubre y «La mère coupable» de Milhaud en una adaptación para jóvenes coproducida por la Fundación Ópera de Oviedo y el Festival de Santander esta misma semana.

Cerrar ciclo con estas bodas tan queridas en la capital asturiana (se ha representado en siete ocasiones desde 1966) y con un cartel que podemos calificar “de casa”, siempre llama al aficionado que llenó el teatro, contando con nuestro internacional Emilio Sagi, sinónimo de calidad en la fiel escena sevillana, sumándole el elegante vestuario de Gabriela Salaverri, el foso con Oviedo Filarmonía y su titular Lucas Macías, el Coro Intermezzo, y finalmente un doble reparto vocal, casi todo él bien conocido en Oviedo, demostrando que hay materia prima para una representación equilibrada que apuesta sobre seguro con esta producción belga encajada muy bien en las tablas de un Campoamor siempre complicado por sus dimensiones pero resistiendo incluso montajes como el que pudimos disfrutar en «Aída», también comentado aquí, aunque siga reclamando maquinaria de nuestro tiempo. Estamos por tanto ante «La ópera perfecta” que respeta la época pero sigue siendo tan actual por su planteamiento y crítica social desde la sátira, deleitándonos con el equilibrio formal de un Mozart en plena madurez que conjuga el tempo dramático (cuatro actos para una folle journée) con el musical desde su inigualable genio compositivo.

En esta ópera de enredos, infidelidades, líos, amores y desamores, no falta el elemento lúdico que nos hizo disfrutar cada número de los 28 donde Mozart escribe para todos los personajes y para una orquesta que brilló en el foso comandada por Lucas Macías que arriesgaría en los tiempos: los rápidos para “tirar de las voces” (obligándolas a respiraciones muy ágiles) y los lentos para disfrutarlas (más matizadas también), con dinámicas exigentes que desnudan el volumen individual para poder proyectarse a todo el teatro, así como unos recitativos sin apurarse, con el clave de Borja Mariño siempre en su sitio. Hasta la propia Sevilla la entiende Sagi como un personaje más, y la figuración, a cargo del propio Coro Intermezzo, igual de apremiado en los tempi pero bien afinado y empastado, habla con las manos como si Asturias fuese prolongación natural de Triana, con intervenciones siempre presentes (“Giovani liete, fiori spargete” del acto primero más el tercero con las chicas en “Ricevete, o padroncina”). Incluso el fandango del tercer acto, con Nuria Castejón al frente de un excelente cuerpo de baile de cuatro parejas, mantuvo con las castañuelas bien tocadas, una escena que puedo calificar de elegante por todo, hasta por la cuidada iluminación de Eduardo Bravo capaz de transmitir visualmente la mañana, el mediodía con los soleados ventanales laterales, la boda en el interior del Castillo de Almaviva, y la medianoche con luna llena en un jardín donde escuchamos hasta los grillos.

Once voces con distinto peso argumental y vocal, números individuales (diez arias, dos cavatinas y una arieta) y de conjunto (cinco duettinos, un dúo, dos tríos, un sexteto, tres coros y tres conjuntos finales), todos con sus momentos de gloria, pues la música de Mozart no tiene nada secundario y cada página es maravillosa y por todos conocidas, haciendo difícil quedarse con una sola. Hasta la “dosificación” de los personajes está cuidada buscando una trama ligera que fluye toda ella desde la impresionante y famosa obertura para asentar la orquesta que nos lleva al primer dúo con los futuros contrayentes midiendo la habitación prestada por el Conde antes de alzar el sobretelón.

El Fígaro del onubense Pablo Ruiz fue creciendo a lo largo de la obra, aún centrándose en el primer acto hasta el convincente “Tutto è disposto – Aprite un po’ quegl’occhi» del cuarto, bien de volumen, timbre atractivo y encajando poco a poco el aire con la orquesta, además de mostrar buen empaste tanto con Susanna como en los conjuntos, y escénicamente siempre desenvuelto. La argentina Mercedes Gancedo fue la pareja ideal, una Susanna de presencia continua, plenamente asentada sobre las tablas desde sus dos duetos iniciales junto a Fígaro o el inicio del acto tercero con el Conde (“Crudel! perché finora”), y más dúos con las voces blancas de Marcellina, Cherubino o la Condesa (en la “Canzonetta sull’aria” de color vocal no siempre diferenciado, pero cantado por ambas con mucho gusto), bien solventadas las parejas sin olvidarme de la simpatía mostrada en su aria “Venite inginocchiatevi” del segundo acto.

El noble matrimonio protagonista fueron los Condes de Almaviva encarnados por José Antonio López y María José Moreno. El barítono valenciano de presencia tanto física como vocal impecable nos dejaría el recitativo y aria “Hai già vinta la causa – Vedrò mentr’io sospiro” del tercer acto bien matizada, siempre melódico de fraseo contundente y sin problemas de volumen con el foso. Mientras tanto la soprano granadina interpretó las distintas emociones que atraviesa su personaje: pícara y enamorada en sus arias -las más serias y exquisitas de la ópera- luciéndose en su aparición del segundo acto con la siempre agradecida y bellísima  “Porgi amor” y el “Dove sono” del tercero, amén de los finales concertantes donde su voz estuvo siempre presente.

Una de las alegrías de estas bodas ovetenses fue el Cherubino de la mezzo italiana Anna Pennisi, delicada y muy expresiva, cuyas inseguridades amorosas de su papel no lo fueron al cantar sus dos arias (Non so più cosa son del primer acto y la famosa Voi che sapete del tercero). Simpatía escénica, de bello color que siempre ayuda, como en el dúo con Susanna (“Aprite presto aprite”) o el conjunto final.

También triunfó el Doctor Bartolo del bajo colombiano Valeriano Lanchas por su presencia vocal (muy aplaudida “La vendetta”) y actoral. La Marcellina de la mezzo neoyorquina -de origen cubano- Alexandra Urquiola (debutante en Oviedo) aportó tanto color en el dúo con Susanna como en los siempre “complicados conjuntos” finales del segundo y cuarto acto, con mucha musicalidad en su aria final “Il capro e la capretta ” delante del sobretelón, tras el aria de quien nunca falla por pequeño que sea su personaje: la soprano tinerfeña Ruth González y una Barbarina que no dejó indiferente en su cavatina “L’ho perduta”.

El tenor cordobés Pablo García-López como Don Basilio volvió a demostrar lo bien que le van estos personajes cómicos y el color tan mozartiano a forjado a lo largo de años. Resuelto escénicamente y de suficiente presencia vocal tanto en su aria “In quegl’anni in cui val poco” del cuarto acto como en el trío con Susanna y el Conde (“Cosa sento! tosto andate”), aunque algo mermada en el sexteto del tercero o el exigente número final.

Credibilidad por simpatía, talento y volumen el del bajo malagueño Luis López Navarro con un Antonio jardinero que aporta a los conjuntos esos graves para equilibrar siempre la escena. El tartamudo Don Curzio del tenor tinerfeño David Barrera cerró el elenco donde todos tienen su protagonismo y calidades, mayores o menores pero buscando siempre lo mejor desde un arduo trabajo que nunca finaliza con cada función(aún quedan tres más y el segundo reparto de los llamados “Viernes de ópera”).

Estas bodas tan “de casa” han sido, además de elegantes, muy equilibradas, pues si algo marca las diferencias son sus grandes finales: el del Acto II a partir del “Esci ormai” que va sumando voces desde dos a siete (una de las grandezas de Mozart) sin decaer ninguna, más el gran final “Pian, pianin le andrò”, agitado, vivo, con el foso empujando y los personajes que se van tendiendo trampas unos a otros hasta ese esperado y deseado final donde no hace falta comer perdices para ser felices cayendo el telón de mi temporada operística.

FICHA:

Sábado 25 de enero de 2025, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXXVII Temporada de Ópera. W. A. Mozart (1756-1791): «Le nozze di Figaro», KV 492, ópera bufa en cuatro actos con libreto de Lorenzo Da Ponte (1749-1838) basado en la comedia “La folle journée, ou Le Mariage de Figaro” (1778) de Pierre Augustin Caron de Beaumarchais. Estrenada en el Hofburgtheater de Viena el 1 de mayo de 1786. Producción de la Opéra Royal de Wallonie. Alkor Edition Kassel GmbH.

FICHA TÉCNICA:

Dirección musical: Lucas Macías Navarro – Dirección de escena: Emilio Sagi – Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri – Diseño de escenografía: Daniel Bianco – Diseño de iluminación: Eduardo Bravo – Coreografía: Nuria Castejón  Director del coro: Pablo Moras.

REPARTO:

El conde de Almaviva: José Antonio LópezLa condesa de Almaviva: María José MorenoSusanna: Mercedes GancedoFigaro: Pablo RuizCherubino: Anna PennisiMarcellina: Alexandra UrquiolaDoctor Bartolo: Valeriano LanchasDon Basilio: Pablo García-LópezDon Curzio: David BarreraBarbarina: Ruth GonzálezAntonio: Luis López Navarro.

Oviedo Filarmonía

Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo).

Carmen Yepes en casa

Deja un comentario

Viernes 4 de octubre, 20:30 horas. Conservatorio / Escuela de Música de Mieres, Inauguración Curso 2024/25: Concierto de piano, Carmen Yepes y Noel Menéndez. Obras de Mozart y Schubert.

En un salón de actos lleno y con las entradas agotadas desde hacía días, se inauguraba el presente curso escolar  musical en Mieres con una de sus antiguas alumnas, Carmen Yepes (1979), una mierense aunque «la nacieran» en Oviedo por esos caprichos del destino (el hospital local se encontraba en obras), y que tras años sin venir por su casa, volvía preparando gira por tierras catalanas con la Orquesta Sinfónica de San Cugat nuevamente con Salvador Brotons, y homenajeando a su profe Paco Jaime Pantín junto a Teresa Pérez, recientemente jubilados y formando parte de una auténtica cantera que daba el salto a Oviedo desde nuestra «hermosa villa» y que el tiempo termina haciendo su segunda familia.

Merecido y cariñoso homenaje tanto por parte de esta alumna aventajada y actual docente en la capital de España (Conservatorio de Música «Teresa Berganza»), como de la directora del centro mierense Mercedes Villa Llano, que son el relevo generacional.

Para este día lleno de muchas emociones, Carmen Yepes nos brindaría el Concierto nº 25, K. 503 en do mayor de Mozart, pero esta vez «la orquesta» estaría a cargo del pianista Noel Menéndez desde un piano electrónico que merece destacarse por lo que supone tanto el instrumento como la partitura, perfecto compañero en este viaje mozartiano que nos hizo comprender cómo el genio de Salzburgo sigue siendo único, sonando casi cual gran sonata a dos pianos aunque Yepes fuese la solista, pero que Menéndez desempeñó el difícil papel de la reducción orquestal haciendo posible lo imposible de escuchar la versión sinfónica.

Escribir de Carmen Yepes no se me hace fácil tras tantos años de seguimiento desde que comenzaba una carrera que ya preveíamos fructífera los que vimos sus cualidades, así que comprobando su evolución a lo largo del tiempo es un orgullo comprobar lo bien que asimiló las enseñanzas de sus maestros y cómo las ha hecho suyas.

En el caso de Mozart los tres movimientos del Concierto nº 25 (Allegro Maestoso / Andante / Allegro) fueron una delicia de musicalidad, limpieza, fraseos, búsqueda del sonido correcto, buena elección de los tempi, las cadencias bien interiorizadas y una entrega siempre total en cada obra que afronta.

No faltaría una propina en la línea habitual de Carmen Yepes, el famoso Impromptu op. 90 nº 2, D 899, en mi bemol mayor, de Schubert, uno de sus compositores de cabecera que fue el mejor tributo a Paco Pantín y Mayte Pérez, también un regalo para un público que jaleó y agradeció este regreso a casa para un curso escolar que tanto en Mieres como en Madrid arranca como debe ser: mucha y buena música con un profesorado cuyo mayor orgullo es seguir  formando.

Cerrando ciclo

1 comentario

Sábado, 31 de agosto, 20:00 horasXXVI Atardeceres musicales 2024, Teatro Riera de Villaviciosa. Dúo Wanderer (piano a cuatro manos): Francisco Jaime Pantín y Teresa Pérez Hernández. Obras de Mozart, Schubert, Brahms y Dvořák.

(Reseña para LNE del lunes 2, «Despedida al atardecer en Villaviciosa«, con los añadidos de las fotos más los links siempre enriquecedores, y tipografía que que a menudo la prensa no admite, más un Anexo imprescindible en este concierto)

Terminamos agosto y también el vigésimo sexto ciclo de los Atardeceres Musicales malayos que organiza el Círculo Cultural de Valdediós en la capital del concejo imperial tras el desahucio arzobispal del monasterio, pero posibilitando celebrar estos conciertos en el más adecuado y céntrico Teatro Riera, con un lleno repleto de emociones este último sábado, más allá de la propia música de piano a cuatro manos.

Y es que no solo se cerraba este ciclo veraniego, también el docente de Pantín en un homenaje a las “manos graves” del dúo caminante (Der Wanderer en la lengua de Goethe) que han dedicado toda su vida a formar varias generaciones de pianistas, muchos presentes en el concierto más una gran lista de ausentes que quisieron participar igualmente en el regalo del retrato realizado por Toño Velasco, entregado por su hijo Daniel Jaime al finalizar el mismo para sorpresa de la pareja de maestros, con un discurso que salió del amor filial, la admiración de los discentes y el orgullo de la amistad de tantos años.

Hasta el título del programa era simbólico, «Juntos contemplamos nuestra herencia», la de Paco y Mayte para casi todos los que no quisimos perdernos este homenaje de la mejor forma posible: escuchándoles de nuevo juntos, emocionándonos de principio a fin. El Mozart de su Andante con variaciones en sol mayor, KV 501, limpio, reposado, el sustento de Francisco Jaime y el brillo de Teresa Pérez, la compenetración vital que desemboca en la musical en otra lección de interpretación con poso.

De la Fantasía en fa menor, D 940 de Schubert decir que levantó lágrimas ante la profundidad y expresión demostrada en sus cuatro movimientos, magisterio de dos grandes del piano, literalidad en el aire indicado, expresividad “liederística” con la voz de Teresa y el contrapeso de Paco, el protagonismo compartido donde no sobra ni falta nada, la gestualidad al unísono, el mismo latir y sentir la magia del vienés a cuatro manos, connivencia de pentagramas y convivencias de muchos lustros juntos.

Tras el descanso llegarían tiempos de danzas, primero cuatro húngaras del hamburgués Brahms enterrado en la capital imperial con “V” de Viena, esta vez de Villaviciosa y también de Victoria, organizadas como solo los maestros saben (números 9, 19, 1 y 17) para darles una unidad nunca rota por un público rendido, emocionado y conocedor de todo el programa; después tres eslavas del checo Dvořák (la opus 72 nº 2 y las opus 46 números 6 y 8), un sinfonismo a cuatro manos y un sola alma, sincronismo perfecto con unos rubati al alcance sólo de los grandes, sonoridades rotundas y cristalinas con el equilibrio dinámico del pulso común.

El Dúo Wanderer nació con la vocación de profundizar y difundir el repertorio para piano a cuatro manos, y la conocida «Danza de Anitra» del Peer Gynt de Grieg fue un regalo en la transcripción que de nuevo convirtió el piano en una orquesta reducida con todos los matices y fraseos que Mayte y Paco ejecutan de forma única.

Y aún quedaba el cierre definitivo, de nuevo Dvořák y su Allegro con moto, sexto número de las Legends op. 59 que como en sus danzas eslavas o en el arreglo del noruego, trajeron la orquesta al piano, la música camerística para una conclusión luminosa en este concierto donde debo acabar con Don Antonio Machado:

“Caminante no hay camino
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar”.

El profesor Pantín finaliza una larga etapa mirando al frente para proseguir otra haciendo camino al tocar, y con su música seguirá iluminándonos teniendo todo el tiempo para ello.
Enhorabuena y gracias Maestro.

ANEXO:

Notas al Programa

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791): Andante con variaciones en sol mayor, KV 501.
Entre la riqueza que el género variación conoció durante el período barroco y sus formas específicas- la Chacona, la Pasacaglia o el Ground inglés- que J. S. Bach llevó a máxima expresión con sus monumentales Variaciones Goldberg y el retorno a la magnificencia de la mano de Beethoven -que volvió a recuperar el esplendor de una forma de composición que a partir del romanticismo no cedió en su importancia- el primer clasicismo aparece como una isla en la evolución de una disciplina que tradicionalmente ha aportado a la música occidental muchos de sus momentos cumbres. Tan solo el Andante con variaciones en Fa menor de Haydn, de gran originalidad y poderoso desarrollo estructural, parece escaparse de esa cierta superficialidad en la que el estilo galante, amable y tendente a una brillantez virtuosística convencional, parecía haberse instalado. El genio mozartiano aportó al mundo de la variación numerosos ejemplos de su riqueza de escritura e intensidad expresiva sin llegar a alcanzar los niveles de transcendencia revelados en sus sonatas o en algunas de las obras aisladas para piano. Si hubiera que buscar una excepción, ésta sería, sin duda, las Variaciones KV 501, probablemente sus mejores variaciones compuestas para teclado que, partiendo de un tema original muy sencillo a modo de música popular alcanza cotas de intensa expresión en su cuarta variación en modo menor, cuya austeridad y desnudez parecen despojar la música de cualquier elemento accesorio para presentarla en toda su crudeza cromática y severo contrapunto. La escritura del resto de las variaciones presenta similar belleza y la sutileza articulatoria y ornamental, unida a un considerable vuelo instrumental en el que ambas partes actúan en igualdad de protagonismo, hacen de esta breve pieza una obra maestra.

Franz Schubert (1797-1828): Fantasía en fa menor, D. 940

La Fantasía en fa menor D. 940 es sin duda la obra de referencia en el repertorio de piano a cuatro manos y una de las obras cumbres de su autor, colocándose a la altura de las últimas sonatas para piano compuestas al igual que esta Fantasía en 1828, año de la muerte de Schubert y a su vez momento cumbre de su genialidad creativa. Al igual que ocurre con otras aportaciones schubertianas al género Fantasía– recordemos la Fantasía del Caminante o la Fantasía para violín y piano de 1826– presenta una concepción cíclica que incluye cuatro secciones a modo de movimientos encadenados en el orden de la sonata tradicional, pero sin sus condicionantes formales. El primer movimiento supone un retorno a la constante schubertiana del camino como metáfora de la vida a través de una melodía de belleza sublime con la que contrasta un tema dramático en la misma tonalidad inicial. Este motivo es tratado en forma de canon y se convertirá en el protagonista del fugato final de la obra. El segundo movimiento presenta un tema solemne en su dramatismo quasi barroco, subrayado por trinos y dobles puntillos, al que sirve de contraste una melodía cen- tral de carácter belcantista. El tercer movimiento está constituido por un Scherzo muy desarrollado, de dramatismo implacable y fuerte impulso vital que tan solo cede en el breve Trio central. La última sección presenta dos partes diferenciadas, comenzando por la reexposición del motivo inicial, seguida por una sección fugada a cuatro voces que utiliza como sujeto la segunda idea de la exposición, que se manifiesta en toda su crudeza dramática elevando la tensión al límite de lo paroxístico.

Johannes Brahms (1833-1897): Danzas Húngaras.

Brahms compuso sus 21 Danzas Húngaras en 1869 y 1880. No les asignó número de opus, quizás por no considerarlas piezas estrictamente originales y las estructuró en cuatro cuadernos. La composición se concibió estrictamente para piano a cuatro manos, si bien posteriormente Brahms arregló los dos primeros cuadernos para piano solo y orquestó las danzas no 1, 2 y 10, aunque el resto de las danzas fueron objeto de incontables versiones orquestales, algunas de la mano de A. Dvořák, que las tomó como modelo para sus propias Danzas Eslavas. Como ocurre con Liszt en sus conocidas Rapsodias Húngaras, no existen referencias al auténtico folklore húngaro- tan solo revelado bastante después en virtud de los estudios de Bartok y Kodaly- sino que las referencias temáticas se concretan en la música zíngara, muy popular en la Alemania de finales del siglo XIX. Todas estas danzas están escritas en compás de 2/4 y presentan la habitual alternancia entre movimientos lentos y rápidos, las imitaciones de instrumentos populares como el cimbalón y los violines gitanos, la permanente oposición entre la languidez y el desenfreno y una escritura instrumental plena de color, pasión y brillantez.

Antonín Dvořák (1841-1904): Danzas Eslavas.

Colección de 16 piezas compuestas entre 1878 y 1886 en dos bloques Al igual que las Danzas Húngaras de Brahms, en las que sin duda se inspiran, fueron escritas originalmente para piano a cuatro manos y orquestadas posteriormente a instancias de Fritz Simrok, su editor, popularizándose definitivamente en su versión orquestal. Al contrario que Brahms, Dvorák utiliza melodías propias, tomando del folklore solamente los ritmos de danza. Las danzas del Op. 46 utilizan tan solo ritmos del folklore checo mientras en las danzas de 1886, Dvorak emplea ya ritmos eslavos en general.

La danza Op.72 no 2 es una Dumka, danza moderadamente lenta, siempre en tonalidad menor, y carácter melancólico y soñador que se suele asociar tradicionalmente a las penas de amor. En este caso posee ritmo ternario y muestra un lirismo a flor de piel así como una pasión contenida que por momentos amenaza con desbordarse.

La danza Op.46 no 6 es una Sousedska, danza bohemia de carácter tranquilo y ondulante no exento de solemnidad que en este caso aporta más elegancia y refinamiento que ceremoniosidad, dentro de un entorno de contención que tal solo se desborda en su mismo final.

La danza Op.46 no 8 es un furiant checo, danza rápida y tempestuosa, escrita en compás de 3/4 con numerosas variaciones en su acentuación. Un ritmo de danza que alcanzó importante relevancia en la época biedermeyer y que el propio Schubert utilizó en el Impromptum D.935 no 4. En este caso estamos ante una de las danzas más sinfónicas y un verdadero fin de fiesta pleno de brillantez, colorismo y alegría.

Francisco Jaime Pantín

Clase magistral de Sir András Shiff

3 comentarios

Jueves 4 de julio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V / Grandes intérpretes: Sir András Schiff, piano. Obras de Bach, Haydn, Mozart, Schubert y Beethoven. Fotos propias y de ©Fermín Rodríguez.

Es mi costumbre escribir a la mayor brevedad tras finalizar los conciertos, pero lo vivido en mi decimonovena noche granadina necesitaba reposar, más cuando las emociones, los reencuentros o la tertulia en el ambigú se prolongó hasta casi el amanecer.

Con un palacio lleno volvía, esta vez en solitario, Sir András Schiff (Budapest, 1953) que sin programa escrito abría con Bach (su Aria de las «Variaciones Goldberg») una clase magistral de dos horas, tomando el micrófono tras cada «ejemplo» en inglés e italiano, explicando, relacionando y realmente hablando desde el piano. El Maestro Schiff dijo una vez «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el Espíritu Santo», por lo que parafraseándole y comparando con Casals, el húngaro «desayuna con Bach, merienda con Mozart y cena con Schubert», si bien de «dios Bach» se ha convertido en uno de sus evangelistas. La limpieza, ornamentos y profundidad interpretativa hacen que el piano engrandezca, más si cabe, la genialidad del kantor.

No abandonaría a Bach de quien prosiguió su magisterio con la el Capricho en si bemol mayor, BWV 992, subtitulado «sopra la lontananza de il fratro dilettissimo«, el recuerdo de su amado hermano que partió para Suecia, pero también la nostalgia, una pieza de inspiración emocional y también homenaje al Purcell «compañero de viaje musical». El pianista húngaro dibuja, perfila, respeta el sonido hasta los últimos armónicos, con ese pedal sutil que nunca ensucia sino que inunda los silencios como cesuras en cada frase de hondura máxima, el Lamento central y la alegre fuga casi escuchando la trompa de postillón.

El tercer «ejemplo» donde los 71 años de Schiff no se notan, su «vampirización» de la gente joven con la que trabaja y le hace beber un elixir musical donde no falta el humor británico para reivindicar la Europa unida y criticar el Brexit. La Suite Francesa nº 5 en sol mayor, BWV 816 fue un manifiesto de los países de donde provienen sus danzas y la universalidad de «dios Bach». Interpretada con unos ornamentos exquisitos, fraseos claros, una mano izquierda bien equilibrada y comprobar que la madurez alcanza no ya cómo se enfrenta a la partitura sino su visión personal respetando todo lo escrito, duraciones exactas, sonido pulido que en un clavecín no tendría el poderío dinámico que Sir András impone.

Tras el anterior viaje europeo, continuidad, evolución y frescura en el Concierto italiano, BWV 971, Bach en estado puro, vivaz, adornado sin recargar, meticuloso en la articulación, pleno de matices contrastados, una pulsación de clave con la riqueza pianística. Los dedos ágiles, punteando, ligando, trinando y haciendo casi orquestal este concerto que por momentos me llevó al Padre Soler o Scarlatti en El Escorial, hoy Palacio de Carlos V e igualmente imperial.

Si Bach fue el desayuno, quedaba la comida con Mozart y su Fantasía en do menor, K 475 que el profesor explicaría desde comparando los inicios de las Goldberg y esta fantasía mozartiana donde tampoco faltaría Don Giovanni,  el ejemplo sobre el piano y sin más dilación degustar ya este plato, masticado sin prisa pero con todos los condimentos del engañosamente fácil Mozart, fantasía como forma e interpretación, prebeethoveniana por rica, dinámicas amplias, rubati, melodías de un lirismo cautivador y con el ímpetu juvenil unido al reposo maduro.

El clasicismo vienés que está inundando esta edición del festival granadino, tendría como puente «entre platos» a Papá Haydn, del que el profesor presentaría las Variaciones en fa menor para prepararnos a una cena suculenta, un piano «de academia» necesario para comprender a Mozart y a Beethoven, la riqueza  musical desde una técnica apabullante y respetuosa, agilidad sin artificio y hondura expresiva.

Y sin apenas hacer la digestión, presentación previa con la relación vienesa, llegaría una impactante, pletórica, profunda, esplendorosa y emocionante Sonata «Waldstein» (la nº 21) de Beethoven, la última lección sin arrebatos, clara, contrastada, ágil pero reposada, puliendo un sonido único y una interpretación para haberla grabado y reproducirla con un análisis pormenorizado porque no se puede hacer mejor.

Llegaba la medianoche y el público como alumnado entusiasmado, en pie obligaba a salir a Sir András quien nos regalaría la equivocadamente llamada «Fácil» (Sonata nº 16 en do mayor, K 545) de Mozart, por la que todos los estudiante de piano hemos pasado y nunca ahondamos lo suficiente en todo lo que esconde, un juguete de adulto que en las manos de Schiff el Allegro nos supo a poco en otro de sus compositores preferidos.

De nuevo el público en pie, el húngaro feliz, cómodo y fresco pese a la clase magistral que ya llevaba en sus dedos, para el postre de Brahms y su Intermezzo op. 117, nº 1, el «reposo del guerrero» que tenía fuerzas para brindar con el mejor vino de su tierra, el Schubert de su Melodía Húngara en si menor, D817, el tiempo detenido y otra noche mágica en La Alhambra, un hito difícil de igualar con lo que llevo de Festival y lo que aún queda, pero Sir András Schiff impartió una clase de doctorado en palacio.

Finalmente comentar que todos los enlaces o links están buscados con interpretaciones del propio húngaro en YouTube© con la siempre necesaria salvedad que no hay nada como el irrepetible directo, y el de este 4 de julio lo fue. Al menos dejaré las notas al programa de mi querido Arturo Reverter, compañero de fatigas que se incorporó a tiempo para vivir este concierto único.

La elegancia sobre el teclado

«Siempre es bien acogida entre nosotros la afable figura del pianista y director húngaro András Schiff (Budapest, 1953), artista completo, ilustrado, sensible, curioso y en permanente actitud de investigar, ampliar repertorio y buscar nuevas formas expresivas. Maneja desde su juventud una técnica adquirida en la Academia Franz Liszt con Pál Kadosa, György Kurtág y Ferenc Rados y ampliada más tarde en Inglaterra con George Malcolm, y que se basa en un bien estudiado apoyo a la tecla y en una elástica actitud, de ágil gacela, ante el instrumento. Su sonido es claro y redondo, esbelto y terso y su fraseo, minucioso, elegante y bien ligado.

Sus dedos certeros corren por el piano con suavidad y gracilidad al tiempo que van administrando sutiles dinámicas, colores y claroscuros, lo que convierte a sus interpretaciones en algo ameno y digerible. Sus características se amoldan a cualquier repertorio, pero destacan sobremanera sus acercamientos a Bach –de quien ha tocado y grabado la mayoría de la obra–, a Mozart –es justamente famosa la integral de los
Conciertos en compañía de Sandor Vegh y la Camerata de Salzburgo–, a Beethoven y a Schubert. En el recuerdo guardamos todavía aquel recital de los años noventa en el que luego de casi dos horas de música y ante los aplausos, el pianista se sentó de nuevo y nos regaló, entera, la Sonata nº 30 de Beethoven.

La carrera de Schiff no ha parado de crecer y de contener todo tipo de eventos, cursos, enseñanzas y proyectos del más diverso tipo. Se hicieron famosos los llamados Conciertos de Pentecostés en la localidad suiza de Ittingen en los que trabajó con el oboísta, director y compositor Heinz Holliger. Cuentan las crónicas también que nuestro protagonista se ha situado en el foso para dirigir, cómo no, ópera de Mozart. Se recuerda, por ejemplo, un sonado Così fan tutte en Vicenza y en el Festival de Edimburgo (2001); o Le nozze di Figaro en aquella localidad italiana. Como ya han hecho historia sus repetidas y maratonianas sesiones con las 32 sonatas de Beethoven en ristre.

En esta nueva visita a nuestro país para actuar en el Festival de Granada, el pianista, como tiene por costumbre en los últimos años, aún no ha anunciado su programa. Gusta de las sorpresas y de informar él mismo al respetable de las obras que va a tocar –en eso nos recuerda a Friedrich Gulda–, y lo hará con explicación didáctica previa. Admiramos su sentido y su facilidad para expresarse también con la palabra y
admiramos sus suaves maneras. Como ejemplo, estas líneas en torno a la música de Mozart, que es muy posible que aparezca en su concierto. Ojalá:

«Nadie, antes o después de Mozart, ha alcanzado una perfección similar de equilibrio, de armonía y de forma. “Concertare” –trabajar juntos de acuerdo– es algo absolutamente cierto en el salzburgués. El solista no es todavía el héroe del siglo XIX, sino el primero entre sus pares; integrado en el contexto musical, participa en el juego maravilloso e incesante de las preguntas-respuestas. Dio una solución
al problema casi irresoluble de los géneros: ópera, sinfonía, música de cámara, serenata, divertimento… Todos están presentes en una música de la que no se sabría describir su real perfección con adjetivos tales como dramático o lírico, brillante o intimista».

Hablábamos más arriba de Bach. De él decía el artista: «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el Espíritu Santo». Y esta otra sentencia no deja de tener su gracia: «Puedo vivir sin Rajmáninov, pero no sin Bach». En sus lecturas del ‘Cantor’ siempre resplandece el toque soberano y líquido y su sentido arquitectural, en un universo totalmente opuesto al de un Glenn Gould, siempre más sintético y original. Schiff se sitúa en la línea de un Fischer –«un héroe por haber hecho la primera grabación de una obra de Bach en nuestro instrumento»–, que no renunciaba a un «apasionamiento febril a medio camino entre los estímulos del corazón y de la cabeza».

Arturo Reverter

París en V(i)ena

2 comentarios

Domingo 30 de junio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V | Conciertos de Palacio: Orchestre de Paris, Klaus Mäkelä (director). Obras de Stravinsky, DebussyMozart. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Segundo concierto de la orquesta parisina con Klaus Mäkelä, verdadero triunfador en Granada que volvió a llenar el Palacio en un programa donde la Viena protagonista de esta edición se trasladó esta vez al París de los ballets rusos, sin dejarse la referencia mozartiana para cerrar otra noche mágica con el director finlandés que pronto tendrá una formación a su altura para seguir demostrando unas cualidades innatas.

Si el día antes comentaba la gestualidad de Mäkelä, con el programa tan danzante que cerraba junio, casi podría decir que bailó y hasta coreografió en el podio TODO lo escrito en unas partituras que apenas roza sus páginas con su mano izquierda para pasarlas porque las conoce al detalle siendo como una «chuleta» que parece darle la seguridad de ojear y hojear aunque no las necesite.
Y la «danza finlandesa» comenzaría con la Petruchka sinfónica de Stravinsky, un reto para cualquier orquesta por su muestrario rítmico, dinámico, puro vigor y dolor que Mäkelä fue expresando con su estilo no siempre «académico» pero totalmente efectivo y más con «su» orquesta, de nuevo con Obiso de concertino invitado y el piano de Jean Baptiste Doulcet, que respondieron ante el mando absoluto desde el podio. Una interpretación de altura que no siempre sonaría como quisiéramos aunque la sensación global de la orquesta sea poderosa pero con carencias en cuanto a afinación, limpieza o balances, si bien la acústica del Palacio ya sabemos que no es siempre la ideal. Con todo Mäkelä «saca petróleo» de los parisinos, con unas maderas de calidad, para una «Polichinela» poliédrica, luminosa, alegre, matizada y sobre todo puro ritmo sinfónico. Dejo parte de las notas al programa de Justo Romero sobre esta obra:

«El estreno de Petrushka, el 13 de junio de 1911, en el Teatro Châtelet, supuso la consolidación de Stravinsky como puntal avanzado de la música de su tiempo (…) la renovadora fuerza musical, refinada y popular a un tiempo, del nuevo ballet quebró los esquemas establecidos (…) Tras Petrushka, la música comenzó a aprender otro lenguaje, racional e intuitivo, emotivo y lógico (…) El compositor expuso a Diáguilev la posibilidad de crear un ballet con esa temática, algo que aceptó encantado. Pero cuando poco después volvieron a verse, Diáguilev, que iba acompañado de su amiguísimo, primer bailarín y amante Vaslav Nijinski (quien encarnaría a Petrushka en el estreno; también al Fauno de Debussy), se encontró con que Stravinsky andaba trabajando en una especie de Konzertstücke (piezas de concierto) para piano y orquesta (…) Stravinsky cuenta en sus memorias el origen de esta obra para piano y orquesta: «Percibí claramente la imagen de un muñeco, que de repente adquiría vida, exasperando la paciencia de la orquesta con diabólicas cascadas y arpegios. En respuesta, la orquesta le respondía con estremecedoras llamadas de trompeta. Se producía después un tumulto, que alcanzaba un clímax y, finalmente, se cerraba con el triste y quejumbroso colapso del pobre muñeco». El clarividente Diáguilev entendió que esa música brindaba posibilidades coreográficas, por lo que persuadió al compositor para que la adecuara para un ballet (…) Stravinsky refiere: «Necesitaba un nombre para mi monigote, pero no podía hallarlo. Paseando cierto día junto al lago Constanza, di de repente un salto y comprendí inmediatamente que acababa de encontrar el tan buscado nombre. Mi protagonista solo podía ser la pobre, fea, sentimental y desequilibrada figura que en Francia denominan Pierrot, en Alemania Kasperle y en Rusia Petrushka». ¡Y “polichinela” en español! Más o menos…».

Descanso para tomar fuerzas y el mejor francés para una noche parisina en Granada, Debussy y su Preludio a la siesta de un fauno, con una flauta protagonista a la que Mäkelä «cedió» marcar dinámicas y fraseo antes de armar una interpretación tan personal como su forma de dirigir. Me sigue asombrando su mano izquierda que pasa del exigente puño cerrado a mecer los diseños o levantar los dedos indicando los compases en las distintas secciones. De la batuta habría que hacer otro estudio pues pasa de pincel a estilete, su forma de agarrarla cual Harry Potter la hace parecer metálica o blanda como una goma, tal es el poder hipnótico del finlandés, aunque lo que más llame la atención sea cómo se encoge y agacha para casi sentarse a la altura de la cuerda, imprimiendo ese carácter «multiusos» desde su extrema delgadez y estatura a sus músicos parisinos.

Y como reválida directorial nada mejor que el Clasicismo, pues hasta ese momento las obras escuchadas eran efectistas por plantilla y escritura más contemporánea, así que reducir la masa sinfónica para «cerrar París» era construir la lógica del programa, y la Sinfonía nº 31 en re mayor de Mozart con Mäkelä sin batuta arrancó poderosa, casi operística, desde una cuerda grave que asienta la arquitectura, la madera mejor que los metales y unos timbales bien templados con el sonido adecuado de las baquetas duras. El genio de Salzburgo siempre exigente para unos violines ensamblados pero no siempre claros en los pasajes rápidos, de vibrato acertado aunque nuevamente el finlandés primó las dinámicas a dos manos. Pero donde aparece el carácter «mäkeliäno» es en los tiempos lentos, y con el Andante (versión alternativa del propio Mozart) pareció un aria cantada por la madera salpicada por unas trompas algo más templadas, y el mecer de la cuerda, todo expresado a dos manos con el lirismo del mejor Mozart. Sin casi respirar atacarían el Allegro final vertiginoso con el ímpetu finlandés y las carencias orquestales que no se notaron tanto con la plantilla «camerística» (salvo en la articulación poco clara ya mencionada). Como si el maestro Mäkelä quisiera regañar a sus músicos «mandó repetir» (bis de regalo) este movimiento tras el éxito de un público enfervorizado y varias salidas del finlandés.

El mejor resumen lo (d)escribe Don Justo: «La Sinfonía París es la primera que escribe tras cuatro años de parón sinfónico. La influencia francesa no es baladí, tanto en los golpes de arco, “alla francesa”, como en el empleo, por primera vez, del clarinete. Debussy, quintaesencia del impresionismo y de la mejor música francesa, difumina en París la aérea vaporosidad del Preludio a la siesta de un fauno, mientras Stravinsky escribe en la capital gala, de la mano de su paisano Serguéi Diáguilev y sus famosos Ballets rusos, la magistral Petrushka. París, ciudad abierta. Entonces, hoy y siempre. Toujours!»

El «Santo Klaus» finlandés ha demostrado en Granada cómo crece de rápido, su excelente trabajo con todo lo que nos trajo como titular, esperando verle con orquestas de más enjundia porque seguramente encontrará la respuesta exacta a todo lo que lleva interiorizado y transmite a los músicos o el público a los que se ha ganado allá donde va. Si no nos lo pierden intereses comerciales o de marketing, dejar que Mäkelä siga por el buen camino y eligiendo su repertorio, como los buenos cantantes, porque está  ya encarrilado.

PROGRAMA

-I-

Igor Stravinsky (1882-1971):

Petruchka (Ballet, versión 1947):

 I Fête populaire de la Semaine Grasse (Fiesta popular de la semana de carnaval)

Les foules (El gentío)

La baraque du charlatan (La barraca del charlatán)

Danse russe (Danza rusa)

II Chez Petrouchka (La estancia de Petrushka)

III Chez le maure (Estancia del moro)

Danse de la ballerine (Danza de la bailarina)

Valse – La ballerine et le maure (Vals – La bailarina y el moro)

IV Fête populaire de la Semaine Grasse (Fiesta popular de la semana de carnaval)

Danse des nourrices (Danza de las nodrizas)

Le paysan et l’ours (El campesino y el oso)

Danse des Tziganes (Danza de las gitanas)

Danse des cochers et des palefreniers (Danza de los cocheros y los palafreneros)

Les Déguisés (Mascarada)

Conclusion – La Mort de Petrouchka (Conclusión – La muerte de Petrushka)

Piano solista: Jean Baptiste Doulcet

-II-

Claude Debussy (1826-1918):

Prélude à l’après-midi d’un faune, L. 86 (Preludio a la siesta de un fauno) (1891-94)

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 31 en re mayor «París», K 297 (300 a) (1778):

Allegro assai – Andantino – Allegro

Granada fue Linz

2 comentarios

Domingo 16 de junio, 22:00 horas. 73º Festival de Granada, Palacio de Carlos V | Conciertos de Palacio / #Bruckner200: Orquesta Sinfónica RTVE, Christoph Eschenbach (director). Obras de Mozart y Bruckner. Fotos de ©Fermín Rodríguez.

Arrancaba este domingo mi segundo festival granadino al completo «desde Palacio», con la ciudad austriaca de Linz como eje vertebrador que en el programa del Festival lo titula «De Mozart a Bruckner» por las dos obras tan coherentes para un programa que empieza con Mozart y su Sinfonía nº 36, considerada de madurez (siempre increíble), llevando el topónimo como sobrenombre por estar escrita a su paso por dicha ciudad en el otoño de 1783, sumando que además esté estrechamente ligada a Anton Bruckner, de quien conmemoramos su 200 aniversario con notable presencia en Granada además de la capital austriaca transitada por tantos grandes con el lema  de esta última temporada de Antonio Moral al frente: «Viena, punto de encuentro», capitalidad musical mundial que seguiremos escuchando a lo largo de esta edición.

A la Orquesta de RTVE se le notan los últimos años de titularidad de mi paisano y tocayo Pablo González, por lo que su estado de forma es el ideal y las batutas invitadas se encuentran con una sinfónica de lo más flexible y moldeable, capaz de afrontar en igualdad de calidad al siempre necesario Mozart y al incomprendido Bruckner como reto para músicos y director, tres conciertos en su sede del Monumental madrileño, en Úbeda dentro de su festival, para finalizar en el granadino con Christoph Eschenbach (1940), maestro de amplio espectro y trayectoria más que reconocida, buen maridaje y perfecto rodaje previo a este «Concierto Linz».

La Sinfonía nº 36 en do mayor, K 425 «Linz» (1783) de Mozart con plantilla «clásica» sonó más que aseada  con un Eschenbach siempre de gesto contenido pero con una batuta que es maravilloso contemplar cómo la agita, pues deja fluir la música y los matices están escritos en la partitura, así que todas las secciones de la orquesta pudieron disfrutar interpretándola dibujada por un pincel en la derecha marcando los fraseos y la económica mano izquierda. Cuatro movimientos «de libro», reducido en el atril, con el maestro alemán logrando que todo sonase claro: un Adagio – Allegro spiritoso bien contrastado, el Poco adagio de maderas excelentes, un Menuetto impecable y el último Presto donde comprobar una cuerda nítida y conjuntada preparándose para una segunda parte donde la ORTVE sacaría todo su músculo y Eschenbach la sabiduría en ese repertorio.

De Bruckner, que estudió y pasó más de una década como organista en Linz, todo el mundo está de acuerdo que es un sinfonista esencial para entender la evolución del género que conecta a los grandes clásicos con Mahler (el festival pasado también tuvo sus programas). La Séptima, obra formalmente dedicada a Luis II de Baviera, es una de las sinfonías más populares aunque nace como homenaje a Wagner que acababa de fallecer, siendo uno de los primeros éxitos en vida del músico cuando la partitura se escuchó públicamente por primera vez  el 30 de diciembre de 1884 en Leipzig. Totalmente memorizada  por el maestro alemán y asimilada por la sinfónica de la radiotelevisión española, los cuatro movimientos se ciñeron a las indicaciones del compositor, de nuevo con economía gestual en el podio aunque algo más amplia su mano izquierda, con unos balances difíciles de conseguir ante el despliegue instrumental pero con eficacia, entrega, riqueza dinámica en todas las secciones y una interpretación impecable.

El Allegro moderato arrancó con una cuerda en pianissimi perfecta, el dibujo permanente de Eschenbach  y una disciplinada formación siempre en su plano sonoro con leves indicaciones del maestro alemán. Si la madera ya mostró sus credenciales, estaba claro que para esta séptima los metales serían parte esencial y no defraudaron ni en color, tan organístico en el compositor e Linz, ni en presencia, contenida cuando debían y sólo espoleados en el momento justo con los brazos arriba de una siempre eficaz batuta. El Adagio: Sehr feierlich und sehr langsam resultó literalmente «Muy solemne y muy lento», la espiritualidad y emoción de Bruckner pasando por todas las secciones, la cuerda manejada con las manos del pianista, con la presencia de la melodía nunca oculta por el grueso sinfónico. Impactante el siempre agradecido Scherzo: Sehr schnell, lucimiento de los bronces con la tímbrica tan especial de las tubas wagnerianas y la acústica siempre increíble del palacio imperial, con la indicación de «Muy rápido» sin dejarse notas por el camino. Maravilloso Eschenbach que transmitió energía, pasión y magisterio como así volvería para el Finale: Bewegt, doch nicht schnell, «movido, pero no rápido», increíble porque el trabajo previo se notaba y este tercer concierto parecía dar sentido al refrán español «a la tercera va la vencida», pues no hay reproche a esta séptima bruckneriana para conmemorar el segundo centenario del nacimiento de Bruckner con la veteranía y sabiduría del director alemán sacando lo mejor de una orquesta que espero mantenga el fruto plantado para futuras cosechas, muchas de ellas aún disponibles en las redes sociales, pues los horarios de emisión no son los de este en la capital nazarí, aunque tras los más de diez minutos de aplausos  de un público agradecido, por poco alcanzamos «Los conciertos de la 2».

PROGRAMA

-I-

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Sinfonía nº 36 en do mayor, K 425 «Linz» (1783):

I. Adagio – Allegro spiritoso

II. Poco adagio

III. Menuetto

IV. Presto

-II-

Anton Bruckner (1824-1896):

Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (1881-83):

I. Allegro moderato

II. Adagio: Sehr feierlich und sehr langsam (Muy solemne y muy lento)

III. Scherzo: Sehr schnell (Muy rápido)

IV. Finale: Bewegt, doch nicht schnell (Movido, pero no rápido)

Siempre nos quedará Viena

1 comentario

Viernes 31 de mayo de 2024, 20:00 horas: Teatro Jovellanos, Concierto nº 1684 de la Sociedad Filarmónica de Gijón. Orquestra Vigo 430, Jonian Ilias Kadesha (violín y dirección). Obras de Mendelssohn, Mozart, Vivaldi y Haydn.

Aprovechando que para este programa la sociedad gijonesa me encargó las notas al programa, esta vez mi reseña del concierto la coloco entre las mismas (en color azul), actualizando lo previsto y lo vivido en este último concierto de la temporada actual, siendo además un honor dejarlas reflejadas en unos programas de mano  (que en otros lugares se está perdiendo como refleja mi tocayo sevillano en la Revista Scherzo de este mes) pues son para guardarlos porque mantienen la esencia de informar y formar, incluyendo enlace a la lista de reproducción de las obras en Spotify© que ayudan bien antes y/o después a degustar cada programa. Además de mi gratitud por la confianza de su Junta Directiva en este que suscribe, debo dar la enhorabuena a la centenaria sociedad filarmónica, de la que me enorgullezco ser socio, por seguir apoyando la música de cámara y traer a la capital de la Costa Verde intérpretes y formaciones tanto consagradas como las que siguen arribando al panorama regional, nacional e internacional, fidelizando a los melómanos e incorporando nuevas generaciones de aficionados.

En este último programa de la temporada 23-24 con la que también cerramos mayo, podremos disfrutar de cuatro compositores que son básicos tanto en la formación de músicos y orquestas camerísticas, como para todo aficionado, siempre necesitados de volver a “los clásicos” que no deben faltar nunca.

La Orquestra Vigo 430 fundada en 2005 bajo el nombre de Ensemble Vigo 430 y consolidado en 2014 con el apoyo del Ayuntamiento de Vigo, como tantas formaciones que se adaptan al repertorio elegido, presentó para este concierto «clásico» gijonés una plantilla reducida, joven y equilibrada (4-4-2-2-1) de mayoría femenina y con una sonoridad homogénea, ligeramente desafinados los primeros violines y optando por unos tempi ajustados de buen balance bajo la dirección clara de Jonian Ilias Kadesha con una gestualidad que ayudó a imprimir el carácter de esta primera sinfonía de la tarde:

Felix MENDELSSOHN (Hamburgo, 1809 – Leipzig, 1847) fue un niño precoz para la música, viajero incansable, influyente en la vida musical de su época, dirigiendo a sus contemporáneos y predecesores, recuperando la obra de Bach del que apreció su “artesanía”, y dejando escritas más de 750 obras, 72 con número de opus más otras 24 llamadas “menores” junto a otras 49 publicadas de manera póstuma, un legado de 60 volúmenes compilado por su hermano Paul Hermann y donado a la Biblioteca Estatal de Berlín en 1878. Como compositor tuvo fama de meloso o sensiblero, especialmente por su obra pianística, pero tanto en lo sinfónico como en la música de cámara o la sacra está clara su vena puramente romántica, junto a un sentido de la medida clásico. Además de sus conocidas cinco sinfonías para orquesta (especialmente la tercera “Escocesa” y cuarta “Italiana”), tiene doce de su época “juvenil” compuestas entre 1821 y 1823 cuando tenía entre 12 y 14 años, que dan prueba de su enorme talento, dejando incompleta la decimotercera para afrontar su primera gran sinfonía para orquesta. La Sinfonía para cuerda II en re mayor, que figura así con números romanos en las partituras autógrafas, no fue publicada hasta 1959 por la editorial Deutscher Verlag für Musik. Probablemente interpretada en Berlín en casa de sus padres con una orquesta para socios y amigos, consta de tres movimientos (Allegro – Andante – Allegro vivace) donde podemos alegría desbordante en el primero, la influencia de Händel en el central o un brillante y fino ejercicio de contrapunto en el último con frases imitativas de aire beethoveniano.

El inmenso catálogo realizado por Ludwig Köchel de la obra de Wolfgang Amadeus MOZART (Salzburgo, 1756 – Viena, 1791) podría haber sido mayor que el de Bach (padre de todas las músicas y felizmente recuperado por Mendelssohn) si hubiese vivido más años, y no le faltó forma musical ni instrumentos solistas para los que escribir. Como niño prodigio también dominaba el violín, llegando a ser konzertmeister del Príncipe-Arzobispo Colloredo en cuya orquesta había muchos músicos italianos. Mozart escribió cinco conciertos completos entre abril y diciembre de 1775, siendo este último fechado un 20 de diciembre y conocido como “Turco” por su toque oriental (que utilizaría en más obras), uno de los más difundidos por la sorprendente madurez de su escritura, la riqueza tímbrica y una escritura elegante impensable con sólo 19 años, y encuadrado en su mal llamado periodo de “aprendizaje” donde explorar y explotar al máximo las posibilidades del violín solista que ya empleasen los Corelli, Locatelli o el propio Vivaldi (que sonará a continuación) escuchados en tres viajes a Italia con su padre entre 1769 y 1773, pero con un salto estilístico: no faltará la influencia francesa del llamado “Estilo Galante” junto a la riqueza melódica alemana, todo al alcance de un genio como el de Salzburgo. La famosa violinista Anne-Sophie Mutter lo califica de «Atrevido y con muchas capas. A su atípica entrada solista al principio le sucede una serie de ideas encantadoras, que se tornan más caudalosas en el segundo movimiento. Esto da paso a un Finale que inserta un demoniaco Alla turca que en realidad es un motivo húngaro», t-res movimientos siguiendo el esquema de los conciertos para solista, Allegro aperto – Adagio – Rondo (Tempo di minuetto) que cuenta además de la cuerda frotada con dos oboes, dos trompas y bajo, auténtica evolución en la estética mozartiana cargada de dramatismo y cambios de ánimo, que parece surgir tras su estancia en Munich en sus muchos viajes asombrando a media Europa.

Incorporando los vientos requeridos de las trompas y oboes a la plantilla, «El turco de Mozart» nos trajo al violinista Jonian Ilias Kadesha en su debut español como solista de este conocidísimo concierto, de nuevo con las indicaciones del aire casi al pie de la letra y unas cadenzas muy interesantes por su parte, con la orquesta llevándola tanto desde el arco como con sus indicaciones gestuales, dirigir e interpretar todo con lo que supone de máximo control de balances y ajustes en las entradas, con la complicidad del concertino, en difícil afinación de las trompas que defendieron con buena tímbrica al lado de la pareja de oboes para redondear la sonoridad mozartiana y destacando el Rondeau por las marcadas alternancias entre solista y orquesta subrayando los cambios.

Teniendo a un violinista al mando de la orquesta no podía faltar “Il Prete Rosso”, Antonio VIVALDI (Venecia, 1678 – Viena, 1741), otro compositor prolífico que pese a su fama moriría en la indigencia en la capital austriaca. De su contribución a la literatura musical para la cuerda frotada, especialmente para el violín y más allá de “Las Cuatro Estaciones”, su concierto subtitulado «Grosso Mogul», el mismo título que el RV 43 para flauta en mi menor, no figura en los manuscritos autógrafos sino en la copia conservada en la ciudad alemana de Schwerin (también transitada por el Haydn final de hoy), y parece hacer referencia al mítico diamante de ¡no menos de 280 quilates! perteneciente a una dinastía musulmana de la India, sueño de la riqueza oriental escrito con la brillantez de Don Antonio, otro de los imprescindibles y no tan popular como los de sus otras colecciones. El RV208 es una variante de la opus 7 nº 11 transcrita para órgano por Bach (BWV 594) con la novedad del movimiento central para el solista (Allegro – Grave Recitativo – Allegro) de un “recitativo sin palabras” sin perder el carácter virtuosístico del veneciano. Compuesto en los albores de la década de 1710 es un ejemplo del “hombre de teatro” con efectos especiales de todo tipo: ritornellos brillantes, ascendentes bariolages (técnica del arco que consiste en una rápida alternancia entre una nota estática y una que cambia, creando una melodía por encima o por debajo de dicha nota), solos sonoros y rudos junto a una velocidad exuberante en los pasajes más caprichosos, o la generación de melodías sobre armonías exóticas, todo sobre los patrones de un estilo resueltamente teatral donde tampoco falta el elemento visual incluyendo grandes movimientos de arco, articulaciones irregulares y abruptos cambios de posición, algo esencial para causar efecto y admiración incluso en nuestros días.

Para El Gran Mogul de Vivaldi el solista Jonian Ilias Kadesha volvía con algunas curiosidades como la incorporación de una guitarra barroca para el continuo en vez del clave, lo que engrandeció unir la parte rítmica con los punteos acompañando algún solo del violinista. El virtuosismo del greco-albanés en este concierto quedó acreditado por su amplia gama de matices, algún «abuso» de los glissandi o la inclusión en sus cadencias de guiños al folklore europeo junto al «Oh! Susana» o el inicio del último capricho de Paganini, una práctica habitual que actualiza las intervenciones de los solistas y genera complicidad con los aficionados que reconocen esas melodías.

Para terminar este concierto nada mejor que hacerlo en la capital musical por excelencia con una soberbia sinfonía del considerado padre de esta forma, Franz Joseph HAYDN (Rohrau, 1732- Viena, 1809), la número 49, catalogada por el musicólogo Anthony van Hoboken (1887-1983) como Hob. I.49, fechada en 1768 y subtitulada alrededor de 1790 como «La Passione». Del título se dice le fue puesto en referencia al carácter profundo y casi meditativo, reforzado por el hecho poco común de que sus cuatro movimientos (Adagio, Allegro di molto, Minuetto-Trio, Finale. Presto) están en la oscura tonalidad de fa menor -heredera de la barroca Sonata da chiesa-, y aunque nada pruebe que fuera escrita para la Semana Santa, pese a otras líneas de pensamiento que indican esa posibilidad, nunca demostrada, de asociar esta sinfonía de Haydn a las actividades musicales de Pascua en la Corte de Esterházy (en la que fue director musical durante largos y productivos años) está claro que nos encontramos ante una de las sinfonías más sombrías del austriaco. El musicólogo Charles Rosen se refiere a ellas con las siguientes palabras: «Haydn compuso una serie de sinfonías impresionantes, dramáticas, muy personales y manieristas. En orden cronológico las más importantes son: la Sinfonía nº 39 en sol menor; la Sinfonía nº 49, La Pasión; la Sinfonía nº 44, Fúnebre; la Sinfonía nº 52 en do menor; y la Sinfonía nº 45, Los adioses. (…) En cierto sentido, parecen presagiar no el ingenio de carácter social y lírico de su obra posterior (y de la de Mozart), sino un estilo ásperamente dramático, intensamente emotivo, sin ningún vestigio de sentimentalismo». Parece claro que “La Pasión” fue compuesta en un momento de transición en el pensamiento musical del austriaco siendo final de una fase creativa e inicio de otra. En esta partitura invierte el orden “habitual” de los dos primeros movimientos, y será la última donde adopte esta forma, conservando la significación de la tonalidad citada de fa menor desde el comienzo al final, exceptuando el trío del minueto en modo mayor, simbolismos como lo fueron también las tonalidades de sol menor para Mozart o do menor para Beethoven, el “triunvirato” de la llamada ‘Sinfonía Clásica’. Escrita para dos oboes, dos trompas y cuerda con un fagot integrado en los bajos (plantilla similar a la utilizada en el concierto de Mozart), destaca el Adagio de comienzo misterioso y lejano animado por los bruscos sobresaltos que producen las indicaciones dinámicas tan del gusto de “Papá Haydn” en el espíritu del ‘Sturm und Drang’, destacando el ya citado tercer movimiento desesperado y oscuro donde la luz sólo la pondrán los oboes y trompas antes del Presto donde la tensión se mantiene con un breve motivo rítmico melódico.

Con la misma plantilla mozartiana y más homogénea en tímbrica o balances, la Orquestra Vigo 430 afrontaría esta partitura del «Padre de la sinfonía clásica» con la misma pasión de su sobrenombre y los necesarios riesgos para su interpretación, desde la madurez y hondura del Adagio inicial, el equilibrio en el Menuett hasta mostrar todo el ímpetu juvenil de los movimientos pares con un Jonian Ilias Kadesha que transmite seguridad y conocimiento a esta formación joven dejándonos el buen sabor clásico de un programa donde Gijón fue Viena para cerrar mes y temporada.

Buena clausura de temporada con protagonismo para la Viena capital musical por esta filosófica y afinada (a 430 Hz) “clásica» orquesta viguesa comandada por un ateniense de sangre albanesa y residente en Berlín, tocando un violín »ex-Moser» Guarneri de Gesu de 1743 que recalan en nuestra centenaria sociedad gijonesa, cosmopolitismo melómano sin fronteras para seguir viajando desde la butaca del Teatro Jovellanos.

La Pires siempre impresiona

1 comentario

Miércoles 22 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, clausura de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Maria João Pires e Ignasi Cambra (piano). Obras de Debussy, Mompou, Mozart y Debussy.

Cada visita de la pianista portuguesa Maria João Pires (Lisboa, 1944a Oviedo siempre es un espectáculo para recordar y con miedo a no repertir, pero volvía para la clausura de esta temporada en compañía del catalán Ignasi Cambra (Barcelona, 1989).

Cual madre e hijo salieron los pianistas a un escenario casi en penumbra, con una lámpara sobre el piano y una silla con mesita a la izquierda sobre la que se posaban dos vasos de agua. Y cristalino sería el primer Debussy de la Suite bergamasque con «la Pires» siempre pulcra, sin tics, de sonido claro, matices amplios para dibujar los cuatro cuadros «impresionantes» del compositor francés, una gama de color desde el nítido Prélude hasta el poderoso y saltarín Passapied lleno de ímpetu, aunque el siempre conocido Clair de lune sería de quitar la respiración y obligar a un silencio sepulcral ante la maestría en el diseño que la portuguesa hace de esa sonoridad evanecescente, vaporosa, de sombras coloreadas y unos pedales siempre ayudando a ambientar un aire primaveral desde su eterna juventud.

El «alumno» que escuchó atento a la maestra nos ofrecería seis de las Cançons i danses (las números 1, 2, 5, 6, 7 y 8) de su paisano Mompou, la luz catalana hecha poesía musical que Cambra fue dibujando pausado, saboreando y matizando melodías y ritmos, abundando los tiempos lentos como el de la segunda mediterráneamente clásica (con el inicio recordando Für Elise), una quinta Lento litúrgico introspectiva y casi dolorosa, pero más sentida aún la sexta Cantabile expresivo que resume el piano tan actual de Mompou sin perder de vista la inspiración en un folklore que sigue entre nosotros y no entiende de nacionalismos.

En la segunda parte no podía faltar Mozart del que Maria João Pires sigue siendo irrepetible y los años siguen manteniéndola juvenilmente madura frente a la madurez juvenil del pupilo Cambra que comenzaría con la Sonata nº 4, algo plana y por buscar la forma de expresarme, ambos pintarían acuarela pero mientras el catalán perfilaba con tinta y en las repeticiones rellenaba de color, la portuguesa de un trazo ya dejaba claro todo, dejando la segunda «pasada» para sin apenas cambiar de pincel completar una gama de color luminosa, limpia. Ignasi Cambra interpretó su Mozart con el ímpetu juvenil que pasó por las teclas matizando pero sin profundizar.

Tras la escucha de la anterior, la Sonata 13 en las manos de Pires supo a poco, como explicando «así se toca Mozart» que Cambra parecía empaparse con ella. El Allegro inicial más sosegado que en sus años jóvenes pero igualmente elegante, con las repeticiones recalcando y explicando la «forma sonata» llena de ataques para las frases, motivos claros, trinos que crecen en intensidad; el Andante cantabile de una profundidad que viene con los años para afrontar sin dudar el color exacto, el trazo con un pincel «de lengua de gato» y grafía japonesa, sin prisa pero segura, con poso, casi genuflexión en los pocos instantes donde su pequeña figura se encorva ante el teclado buscando el color de cada nota; y el Allegretto grazioso donde el humor mozartiano es fino, juguetón, los dedos de la maestra portuguesa ágiles arriba y abajo con una izquierda poderosa en los graves y el balance exacto de volúmenes para una acuarela 333 mágica y nuevo referente. Lección magistral como era de esperar.

Y si el primer Debussy de la maestra jugó superponiendo trazos de color que se fundían en la gran sala ovetense, en versión a cuatro manos de Henry Woollett nos regalarían primero la Rêverie donde Cambra llevaría el «sustento» y Pires «los detalles», un gran lienzo sonoro que la maestra pintó y llenó de luz, para finalizar con el Valse romantique donde confluir la tutela de la «juvenil mamá» sobre el «maduro pupilo», encajando los rubati sin desdibujar el tema.

Para hacernos olvidar el recital paralelo de toses y teléfonos que vuelven a ser una plaga y siempre en los peores momentos cual primera ‘Ley de Murphy’, el regalo tenía que ser evidentemente Mozart, esta vez cambiándose los papeles: la Pires al grave, mandando y «tomando la lección» a un Cambra con el que el Adagio de la Sonata a cuatro manos en si bemol, K. 358 volvió a saber a poco, el clasicismo eterno que seguirá por los siglos de los siglos, con la alegría de volver a disfrutarlo en vivo aunque siga saboreándolo en mis grabaciones. Larga vida a «La Pires» esperando siga ejerciendo su magisterio aunque sea en compañía. El piano por partida doble también nos llena y el público salió adorándola en la mejor clausura de estas jornadas que seguro han hecho sonreír al bueno de Iberni, parando la lluvia para compartir emociones a la puerta deseando no se apagasen las emociones.

PROGRAMA

PRIMERA PARTE

Maria João Pires:

Claude Debussy (1862-1918)

Suite bergamasque, L.75:

1. Prélude

2. Menuet

3. Clair de lune

4. Passapied

Ignasi Cambra:

Federico Mompou (1893-1987)

Cançons i danses, Nos. 1, 2, 5, 6, 7 y 8

SEGUNDA PARTE

Ignasi Cambra:

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Sonata nº 4 en mi bemol mayor, K. 282:

1. Adagio

2. Menuetto I – Menuetto II

3. Allegro

Maria João Pires:

Sonata nº 13 en si bemol mayor, K.333:

1. Allegro

2. Andante cantabile

3. Allegretto grazioso

Maria João Pires & Ignasi Cambra:

Claude Debussy

Rêverie

Valse romantique

Ópera para Madagascar

Deja un comentario

Jueves 16 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Gala Lírica Pro MadagascarJuan Jesús Rodríguez (barítono), Anna Cabrera (soprano), Marcos Suárez (piano). Arias, dúos y romanzas de zarzuela y ópera. Entrada: 10€.

La ONG “Ópera sin fronteras” y la Fundación «Agua de coco» llegaban a Oviedo para presentar un proyecto multidisciplinar, transversal, pedagógico y sobre todo solidario, porque la música lo puede todo, llegar a estrenar en Madagascar su primera ópera con un elenco de allí como después contarían los responsables, «El sueño de Nirina», con libreto de la asturiana Lucía Vilanova , con quien contactaron en el Campoamor tras el estreno de «María Moliner», y música de Juan Antonio Simarro, dos figuras conocidas en nuestra tierra, y además en malgache. Una bendita locura que cuenta entre otros apoyos, nunca suficientes, de la Fundación Ópera de Oviedo, siempre dispuesta a colaborar con estas iniciativas solidarias de cooperación social, siendo su director, el avilesino Celestino Varela, el primero en tomar la palabra presentando el evento.

Paco Azorín como presidente y fundador junto al coreógrafo Carlos Martos De la Vega de la ONG “Ópera sin fronteras” comentarían a dúo quiénes son y cuales son sus objetivos, desde el propósito de hacer llegar la ópera a todos aquellos colectivos que tradicionalmente han sido excluidos de ella, con el fin de visibilizar sus conflictos a través del hecho escénico.

Entienden la ópera como un instrumento de transformación social, no como un elemento de entretenimiento sólo al alcance de unos pocos.
La ópera, como arte integrador, en la que convergen la música, la danza, el teatro y las artes plásticas, es el vehículo idóneo para situar en el centro de la creación a los colectivos más desfavorecidos y ayudarles así, a solucionar sus conflictos, desde sus primeros contactos allá por 2019 en Mérida y después Sevilla con «Sansón y Dalila», el contacto en Badajoz con otra ONG («PIE, Plena Inclusión Extremadura») de enfermedades raras entre muchas más, y lo terapéutico que ha sido la ópera, al año siguiente el proyecto didáctico «El monstruo en el laberinto» (de Jonathan Dove) en el Liceu barcelonés para niños en peligro de exclusión, o el triste 2022 a raíz de la guerra de Ucrania (que aún continúa) dentro de cultura de emergencia en Madrid para integrar a los primeros refugiados en un montaje de «La Odisea» con la Escuela Municipal de Arte Dramático para edades comprendidas entre 7 y 21 años.

Con la proyección de un vídeo con la génesis del proyecto de esta ONG que contarían Paco y Carlos, se centrarían en este continuarían primer proyecto en Madagascar que lleva como título «Madagasikara» con la ONG “Agua de coco” sumándose que lleva años allá, y con distintas fases que movilizan a 300 personas entre 6 y 20 años enseñándoles  música y dándoles instrumentos, por lo que el objetivo o fase final será hacer una ópera participativa y la primera en el idioma malgache, que espera nestrenar en Toliara el próximo 6 de septiembre de 2025 en el centro multidisciplinar CASEL.

Tras la proyección del segundo vídeo, presentarían al compositor Juan Antonio Simarro, que ya hacía sus pinitos «en africano» de crío y también de adulto, explicándonos la génesis tras libreto de Lucía Vilanova primero en francés y la posterior traducción al malgache, proyectándonos las letras y avanzando al piano algunas melodías.

De las muchas ayudas para esta primera ópera de Madagascar, ya con la colaboración entre otros del Teatro Real, del Festival de Perelada o la Ópera de Oviedo, aunque siguen buscando apoyo económico, en otro vídeo nos enseñarían el «Container Solidario» lleno de escenografías, vestuario, atrezzo, decorados o incluso luces viejas, material donado por distintos teatros que las almacenaban «caducadas» pero que serán «tecnología punta» en esta isla que sigue sufriendo, y donde ya embarcó camino del estreno en septiembre, que se espera traerlo a Europa en 2026. De ella vino a vivir a Córdoba un músico tradicional como es Kilema que participaría codo con codo junto al compositor. Después entre el piano de Marcos Suárez y el propio Simarro al djembé nos invitaron a cantar una de las melodías, verdaderamente imposible en malgache pero dándonos idea de cómo sonará en las voces protagonistas del estreno.

Y finalmente comenzaría la gala lírica y solidaria ayudando a recaudar fondos, que nunca son suficientes para un proyecto de esta envergadura, con la actuación del barítono Juan Jesús Rodríguez (Cartaya, 1969), la soprano ruso-cubana Anna Cabrera Eliseeva (Moscú, 1997) que sustituyó a última hora a Graciela Moncloa, con todo lo que supuso cambiar más de medio programa del inicialmente previsto, y el pianista asturiano Marcos Suárez (La Felguera, 1992) que hubo de lidiar contra estos imprevistos con la profesionalidad y experiencia que va acumulando en sus años de docente y repertorista.

Del barítono cartayero solo caben elogios por su entrega humana y musical, con la romanza «Ya mis horas felices» del Germán en «La del Soto del Parral», o el aria «Nemico della patria» del Gerard en «Andrea Chenier» que levantaron los bravos de un público que le sigue fielmente en Oviedo, e incluso de fuera de nuestra tierra. Su poderío vocal, buen gusto, escena, dicción y musicalidad son parte de las muchas cualidades que tiene, por lo que en estas dos obras el acompañamiento «orquestal» al piano de Marcos Suárez no necesitó más que disfrutar con el andaluz.

Me encantó la soprano Anna Cabrera, con varios premios desde su llegada a Madrid en 2016, quien eligió para esta gala la conocida «Petenera» de «La marchenera» y la aún más famosa aria «Caro nome», una Gilda sobrada de matices, agilidades, musicalidad y fraseos, bien acompañada por un Marcos que «las tiene en dedos» aunque la premura de los cambios nunca es buena, pero las tablas de ambos permitieron disfrutar de esta voz en crecimiento y triunfando paulatinamente.

Con estos solistas los dúos no podían fallar, aunque no los programados, pero igualmente de calidad y empaste, el mozartiano «La ci darem la mano» primero, enamoramiento a primera vista del Don Juan onubense y la Zerlina ya madrileña, coqueteo a dúo plenamente creíble con el piano bien encajado.

Y si ambos solistas dominan Verdi, el andaluz más que conocido, la rusa demostrado en el «Caro nome», nada mejor para cerrar que el conmovedor dúo «Piangi, fanciulla, piangi» de padre e hija, Rigoletto y Gilda en este dramático dúo escenificado con los intérpretes entregados, poderosos y dolientes, empaste ideal aunque afinación algo al límite y un piano a primera vista que nos privó de mayor satisfacción global para dos voces muy aplaudidas en esta gala.

Aún quedaba un mensaje en vídeo de la madrina de honor de la ONG, «nuestra» María José Montiel que con su homónima Moliner abrió puertas y dio esperanza a este proyecto. Finalmente la lectura del texto que canta Nirina la protagonista, ópera terapéutica, solidaria y un hito en Madagascar que esperemos disfrutar en Oviedo.

PROGRAMA:

Reveriano SOUTULLO (1880-1932) y Juan VERT
(1890-1931):

LA DEL SOTO DEL PARRAL: «Ya mis horas felices»

Federico MORENO TORROBA (1891-1982):

LA MARCHENERA, La Petenera

Umberto GIORDANO (1867-1948)

ANDREA CHÉNIER: «Nemico della patria»

Giuseppe VERDI (1813-1901)

RIGOLETTO, aria de Gilda «Caro nome»

Wolfgang Amadeus MOZART (1756-1791)

DON GIOVANNI, dúo «La ci darem la mano»

Giuseppe VERDI:

RIGOLETTO, dúo «Piangi, fanciulla, piangi»

Prensa:

Older Entries Newer Entries