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Más que un regalo musical de Reyes

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Sábado 5 de enero, 22:00 horas. Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela. Concierto de Reyes: Beatriz Díaz (soprano), Real Filharmonía de Galicia, Manuel Hernández Silva (director). Obras de Mozart, Haydn y Schubert. Entrada: 15€.

«Noche mágica» titulaba a la salida de un concierto en horario nada habitual pero que tuvo una excelente entrada en la Sala Ángel Brage de acústica perfecta. La orquesta gallega es la excelencia musical en todas sus secciones y perfecta para el programa elegido. El maestro venezolano pergeñó una selección del clasicismo vienés que domina como nadie, transmitiendo todo su conocimiento a los profesores que funcionaron como el gran instrumento que es la orquesta cuando al frente se pone un director de la talla y carisma de Manuel Hernández Silva, quien además comentó cada obra con el humor y gracejo suyos haciendo gala de su vertiente pedagógica. El premio del roscón de Reyes fue la soprano asturiana Beatriz Díaz con unas arias operísticas nuevas pero ya plenamente integradas en una voz que ha ganado cuerpo en el registro grave y le abren un abanico de roles que eran impensables no hace mucho, unido a su teatralidad inconmensurable viviendo cada papel sobre el escenario, contagiando su saber estar y cantar a todos, algo que el director supo ver y sacar a flote.

El concierto comenzaba con la obertura de La Clemenza di Tito, KV 621 (Mozart) que sonó impecable en una orquesta dúctil y de sonoridad cristalina, conducida con gusto y dominio.

Papá Haydn nos trajo dos arias de la ópera jocosa La vera costanza, Hob. 28/8 para disfrutar de Beatriz Díaz en estado puro, verdadera constancia la suya: «Non s’innalza, non stride sdegnosa», la mandamás y metomentodo Baronesa Irene, papel de amplia gama dinámica y de tesitura perfectamente solventado por la allerana, y «Con un tenero sospiro» de la pescadora Rosina, dulzura y buen hacer global, metamorfósis total para dos interpretaciones casi antagónicas como bien explico el maestro Hernández Silva antes de escucharlas. Grandes ovaciones en esta primera aparición vocal lógicas por el resultado global, orquesta en su sitio y protagonismo vocal.

El «Menuetto» de la Sinfonía nº 3 en RE M, D. 200 (Schubert) sonó puramente vienés, «prevals» bien explicado por la acentuación de la tercera parte que los profesores de la Filharmonía bordaron al responder en total comunión con la batuta, entendimiento como si el maestro venezolano llevase con ellos toda la vida.

Y volvía el gran Mozart de Le Nozze di Figaro, KV 492, primero la Obertura «de disco», todas las notas dibujadas y escuchadas en una cuerda de lujo y un viento siempre claro, el preludio de esa ópera única en la historia lírica que más allá del libreto de Da Ponte la música del de Salzburgo ilumina. En el aria «Giunse alfin il momento» la orquesta fue un acompañamiento soñado para el gusto en grado sumo que derrochó Beatriz Díaz (alumna aventajada de La Freni) desde el recitativo, deleitando con unos pianissimi siempre presentes y arropados por la musicalidad de una orquesta de lujo funcionando como un único instrumento tocado por la batuta de Hernández Silva. Todo un descubrimiento esta Rosina «Condesa de Boo» que el público valoró con atronadores aplausos y varias salidas de la soprano para saludar.

Quedaba todavía la Sinfonía nº 35 en REM, KV 385 «Haffner» interpretada como nunca antes había escuchado en vivo, posible por la simbiosis de director y orquesta en una obra tan interiorizada por el venezolano quasi vienés (sus 20 años de residencia en la capital austriaca se notan siempre) que los cuatro movimientos fueron auténticas delicias, fuego, amor y rapidez máxima posible que el propio Mozart dejó anotado en la partitura estrenada en Salzburgo como bien nos contó el maestro: desde el Allegro con spirito, fogoso sin perder nunca ímpetu y abanico de dinámicas; el Andante auténtica declaración amorosa hecha música sinfónica, delicadeza en cada plano sonoro, en cada acento, en cada matiz, en cada intervención instrumental y sobre todo en cada gesto del director; un Menuetto sublime de paladeo en todo su desarrollo, incluyendo el trío; y ese Finale. Presto tan rápido y preclaro que sólo una orquesta con el virtuosismo unido a la calidad de la orquesta gallega es capaz, y Hernández Silva logró que lo diesen todo. Realmente apoteósica.

La noche mágica todavía nos depararía el «premio» de los roscones de reyes al volver Beatriz Díaz para regalarnos «Una voce poco fa» de El Barbero de Sevilla (Rossini), sorpresa y nueva lección interpretativa donde las cadenzas y rubati jugosos de esta nueva Rosina fueron engarzados con el oro directorial de Manuel al mando del instrumento sinfónico atento y respetuoso, escuchándose todos en ese juego musical que resultó esta joya cantada por la asturiana. El público rendido, nueva salva de aplausos y  BraBoos de izquierda a derecha del patio de butacas, un aria conocida y recreada que surgió por sorpresa añadiendo un nuevo papel en el amplio repertorio de nuestra adorada Beatriz Díaz.

La cuerda de la RFG soltó arcos y con el humor que solo la maestría de los grandes logran sacar de los profesores, cerraron la Noche Mágica con una Pizzicato Polka de los hermanos Johann y Josef Strauss que igualó las mejores de Año Nuevo por lo jugosa en matices, calderones, cambios de tempi… ¡Tan sólo faltó el triángulo para hacerla insuperable!

Imposible comenzar 2013 mejor. Gracias a la orquesta, a Beatriz y a mi admirado y querido Manolín… Esta vez llevé «MUCHO CUCHO®» personalmente y el regalo imperecedero.

Como mosqueteros

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Lunes 3 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Nicholas Angelich (piano), Renaud Capuçon (violín), Daniel Müller-Schott (cello). Obras de Haydn, Brahms y Tchaikovsky.

En las jornadas de piano no podía faltar otro de los intérpretes grandes como el estadounidense Angelich que nos trajo a trío un lujo de concierto, demostrando cómo las figuras individuales cuando se unen para la esencia musical que es el género camerístico, pueden alcanzar cimas de excelencia, y este trío de mosqueteros al uso dejaron tres joyas muy dispares para esta formación.

Papá Haydn y su poco habitual Trío para piano, violín y violonchelo nº 39 «Zíngaro» en SOL M, Hob. XV/25 tiene tres movimientos bien perfilados sin seguir la «receta sonata» con más peso de la cuerda frotada pero perfectamente desarrollados en los protagonismos. La calidez de los tres intérpretes, en especial el cello de Müller-Schott que sigue impactándome por la sonoridad de su instrumento, nos dejaron un cuarto de hora de pura música de cámara bien entendida por el trío, con un Finale: Rondo al estilo zíngaro más escocés que gitano, recordándome la música folk británica que seguramente escuchó el compositor durante su estancia londinense, y probablemente donde compuso este trío como bien explica en las notas al programa la cellista y musicóloga santanderina Andrea Cabello Soldevilla.

Las notas de Brahms volvían a la sala como si hubiesen quedado flotando desde el sábado, y nada menos que con el Trío nº 1 en SIM, Op. 8, obra de juventud revisada casi cuarenta años después con toda la maestría del genio hamburgués, protagonismo compartido por unos músicos excelentes que fueron desgranando las bellas melodías del Allegro con brio. Tampoco tuvieron problema en afrontar el conocido y difícil Scherzo (Allegro molto) «meno molto» de lo esperado pero igual de exigente técnicamente (puede que la señorita que pasaba las hojas a Mr. Angelich no ayudase a una mayor concentración). Movimiento fresco llevado con ligereza y calidez en Capuçon, bien «contrapesado» por sus dos compañeros, desde el arranque solístico de Daniel y el poso de Nicholas. La emoción llegaba, como siempre en Brahms, con el Adagio resultando y resaltando hondura en los tres intérpretes, los arcos sonando como uno solo y el piano subyugante, para rematar «la faena» con el Allegro final, nueva muestra de entendimiento en la esencia camerística que tanto nos gusta a los que mamamos estas músicas en las sociedades filarmónicas.

Y la segunda parte el Trío para piano, violín y violonchelo ‘A la memoria de un gran artista’ en La m., Op. 50 (Tchaikovsky), también titulado «Patético» y dedicado al mentor y amigo pianista Nikolai Rubinstein muerto en 1881, dos amplios movimientos donde el piano lleva todo el peso de la obra, algo que Angelich asumió con alguna que otra dificultad, nuevamente poco ayudado al pasar hoja, algo excesivo en el uso del pedal, pero sin perder de vista el homenaje del trío a un pianista. Pezzo elegiaco: Moderato assai – Allegro giusto, la tragedia que acompaña al ruso hecha música para una formación nueva para él pero que consigue empastes casi sinfónicos desde el protagonismo del teclado y los arcos como toda la cuerda en sólo dos instrumentos. Y luego las Variaciones, piezas individualizadas agrupadas en dos bloques A) Tema con variazione: Andante con moto, todas de enorme virtuosismo para cada uno de los integrantes del trío, y B) Variazione finale e coda: Allegro risoluto e con fuoco – Andante con moto de comienzo pletórico, apasionado, romántico en estado puro o como escribe la cántabra «un juego de luces y sombras basado en la metamorfosis de un tema», luces del frío ruso y sombras de la marcha fúnebre final. Sombras y luces en estos tres mosqueteros que tocaron como el lema «Uno para todos y todos para uno», delicia camerística en un diciembre que acaba de comenzar.

Dudamel desde Viena al mundo

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Martes 1 de mayo, 11:00 horas. Escuela Española de Equitación, Viena. Concierto de Europa 2012 de la Orquesta Filarmónica de Berlín, Gautier Capuçon (cello), Gustavo Dudamel (director). Obras de Brahms, Haydn y Beethoven. Retransmisión en directo desde RTVE (La2) y diferido en Medici.TV el día 2 de mayo, 20:00 horas. Director de la emisión: Henning Kasten.

No hay mejor forma de comenzar el mes que con este concierto emitido para Europa (hace años pasó por Madrid) y después al resto del mundo con intérpretes y obras conocidos, Dudamel al frente demostrando, por si todavía hay dudas, que puede con todo y de memoria (¡qué cabeza tiene!), haciendo historia al frente de una orquesta que cumple 130 años y que ha invitado para su gira incluyendo este «Concierto de Europa» al venezolano ¡por algo será!.

Sigue contagiando alegría a toda formación bajo su mando (incluso a los germanos), dejándonos versiones para recordar y manteniendo su humildad al huir de los aplausos para él. Los valores humanos que transmite son aún mayores que los musicales, y en estos tiempos con apenas 31 años cumplidos y todo lo que ya lleva tras de sí este Acuario, es de admirar.

El concierto lo abría J. Brahms y su Variaciones sobre un tema de Haydn en SIb M, Op. 56a, plenitud sinfónica en una formación que sigue sonando única, perfecta en todos sus músicos, con una dirección clara que se amolda al «estilo» tanto de la obra como de los artistas a los que conduce.

Abría boca para el clásico F. J. Haydn y su Concierto para cello en DO M, Hob. VIIb: 1 con Gautier Capuçon de solista (al que también disfrutamos en Oviedo). Obra de referencia en su repertorio, Dudamel volvió a demostrar lo gran concertador que es dejando al francés marcar «tempi» y fraseos que los berlineses arroparon y compartieron a la perfección desde el Moderato inicial, con toda la musicalidad del hermosísimo Adagio, donde la cuerda alemana suena única, y la fuerza del Allegro molto, como digo en estos casos, haciendo importante la partitura sobre los intérpretes, porque ahí queda para su disfrute, empaste perfecto orquesta y solista con ese cello de sonido irrepetible (independientemente de la toma de sonido especialmente clara), con un movimiento realmente «muy rápido» y otra delicia interpretativa viendo cómo Dudamel llevaba de la mano a todos ellos.

Para finalizar este concierto de aniversario ¡qué decir de Beethoven y su Sinfonía nº 5 en Do m, Op. 67! con tantísimas versiones grabadas y escuchadas en vivo. La interpretación vienesa nos devuelve al Dudamel concentrado en una orquesta que tiene al de Bonn en sus venas, con una versión ceñida al papel, dinámicas increíbles y detalles de maestro como el final del Allegro con brio frenando un poco el tempo inicial, un Andante con moto ajustadísimo y totalmente lírico, y un tercer movimiento casi erguido como protagonista, pletórico, rotundo, por momentos contenido para ir en transición al último Allegro, atacando más ligero el primer compás para retomar en el segundo el tiempo justo, apenas un rubato en el sitio exacto para marcar diferencias en una obra que parecía no tener más aristas por descubrir hasta que llegó el tallador de diamantes venezolano, y un final acelerando hasta el éxtasis sonoro de la Filarmónica de Berlín. Únicos.

Disfruté tanto el martes que este miércoles lo volví a escuchar dos veces más. No digo que lo grabé por si hay denuncias… las fotos las fui sacando durante el tercer visionado.

Bien por la televisión pública (de momento) española con los siempre sabios comentarios de José Luis Pérez de Arteaga, una realización de primera por parte de profesionales que no sólo dominan la imagen sino las obras a escuchar (así deberían ser todas) y por supuesto a Medici.tv por permitir disfrutarla gratis en su línea de promoción de su canal, de la música clásica, más intentando captar suscripciones para otros conciertos «de pago». La calidad de transmisión por internet es impresionante (en un iMac© con pantalla de 21,5″ una auténtica gozada) y la oferta ideal para cualquier melómano (sinfónico, camerístico, operófilo…).

Por seguir con Beethoven, muy recomendable también la Misa Solemne con Harnoncourt y la Concertgebouw de Amsterdam (con Haitink hay una Novena de Mahler también para saborear).

El día 2 de junio emitirá por segunda vez desde L’Auditori de Barcelona, a partir de las 19:00 horas, a la OBC con su (nuestro) titular Pablo González al frente dirigiendo el cierre de temporada a Mahler (La Canción de la Tierra) y Toldrá (La rosa als llavis). Habrá que conectar el ordenador: la radio en estos casos sabe a poco.

Emociones al piano

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© Foto: Ricardo Solis para LNE

Viernes 27 de abril, 20:30 horas. Ciclo «Música Clásica», Sala Club del «Centro Cultural Internacional Avilés» (obra de Oscar Niemeyer): Carmen Yepes, piano. Obras de Haydn, Mozart y Schubert. Entrada: 5€ (6€ en Cajeros).

Siempre es motivo de alegría el reencuentro en su tierra con mi querida Carmen Yepes (Oviedo, 1979), quien sigue alternando docencia y conciertos, esta vez en la «caverna» del Niemeyer (del espacio elegido mejor no hablo) cerrando el ciclo de música clásica -que abriese Forma Antiqva el día de San José y por donde también pasó la mierense Penélope Aboli, otra alumna de Francisco Jaime Pantín– con un programa realmente exigente y bien armado como es la tónica de todas sus apariciones en solitario, demostrando nuevamente su capacidad de embelesarnos desde un rigor y honestidad hacia las obras interpretadas conjugado con su visión siempre clara y personal para un repertorio clásico y romántico en el que se desenvuelve como nadie.

Para «calentar» nada menos que el Andante con Variaciones en Fa m., Hob. XVII/6 (Haydn), un catálogo técnico donde Yepes no se limitó al despliegue virtuoso sino que desgranó todas las variaciones con la limpieza a la que nos tiene acostumbrados, un uso del pedal siempre en su sitio, y todos los contrastes y juegos melódicos de una obra muy exigente.

Mozart es siempre agradecido para el oyente y piedra angular en los programas de la pianista asturiana, habiendo participado el pasado mes de octubre dentro de la integral de las sonatas que la Fundación Juan March organizó (sin olvidar su grabación del Concierto de la «Coronación» para piano y orquesta K. 537 con la Filharmonie Hradec Králové con Frantisek Vajnar), eligiendo esta vez la Sonata nº 15 en FA M., KV. 533, mucho más que el paso del «menor» Haydn al «mayor» Mozart en el más puro estilo clásico. La presunta facilidad de la obra contrasta con la dificultad en lograr hacernos percibir lo importante sin renunciar al resto ¡que es mucho!, resaltar la plenitud emocional que esta sonata esconde con la que Carmen Yepes volvió a enamorar en cada uno de sus tres movimientos desde una lectura ajustada como siempre y volcada en sacar a flote todas y cada una de las notas: el Allegro brillante con el tiempo justo para saborear unos fraseos y articulaciones como perlas; un Andante sentido, escuchando la medida exacta de cada figura y de nuevo los pedales en el sitio exacto para subrayar esas emociones sentidas como propias; finalmente con el Rondo. Allegretto transmitirnos esa fuerza interior descomunal que brota cual volcán sonoro en este último movimiento, ligero, claro y arrebatador, «premonitorio» del Schubert posterior.

Preparados anímicamente llegaba el último Schubert de la Sonata Póstuma D. 959 en LA M., la evolución anterior, la admiración presente por Beethoven y la proyección quasi lisztiana, derroche técnico al servicio de una partitura exigente de principio a fin, capaz de pasar del lirismo enamoradizo al dolor romántico ante una vida que se esfumaba sin ver reconocido el esfuerzo. Ejecución completa y perfecta llena de sensaciones indescriptibles, honestidad hacia la obra sonando todo en un piano capaz de dinámicas increíbles y silencios majestuosamente sobrecogedores para un público respetuoso y rendido al pianismo de Carmen Yepes.

Comentaba tras el concierto lo bien que le ha venido trabajar el repertorio de danza para alcanzar una musicalidad exacta en ese «vals» del tercer tiempo, donde cerrando los ojos casi percibía una coreografía para la sonata póstuma del bueno de Franz. En el Allegro fue capaz de resaltar la expresividad y fuerza plenamente románticas, claridad expositiva con derroche dinámico; el Andantino delicadeza y homenaje subyacente a Beethoven, musicalidad desde el tempo elegido hasta los matices; para el Scherzo. Allegro vivace. Trio. Un poco piu lento desplegar la sabiduría y trabajo de años, un recorrido por lo más recóndito del espíritu schubertiano plasmado en el teclado, poso interpretativo con juguetones planos sonoros límpidos llenos de fuerza sin perder ligereza; aún quedaba el Rondo. Allegretto, hasta el último aliento de fuerza y contención, música a raudales y sonido muy trabajado para seguir compartiendo aún más emociones. Maravilla pianística de una «póstuma» para recordar.

Y si el esfuerzo resultó casi sobrehumano, todavía tuvo fuerzas para regalarnos el Impromptu Op. 90 nº 2 para reafirmar todo lo anterior y añadir a Schubert como otra referencia en su amplio repertorio: Música y emociones en el piano de una pletórica Carmen Yepes.

Dudamel siempre es mucho

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Jueves 29 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio. Göteborgs Symfoniker, Gustavo Dudamel (director). Obras de R. Strauss y Haydn.

Sin reponerme todavía del impacto humano además del musical que supuso la tercera visita a Oviedo de esta figura mundial que es Dudamel, se me hace difícil contar todas las sensaciones que fueron muchas e intensas.

Con la Huelga General amenazando el concierto más esperado de la temporada, abriendo la Sala Polivalente como en las grandes ocasiones, el ambiente desde las siete de la tarde en los alrededores presagiaba el acontecimiento musical del año capaz de despejar miedos y dudas. La orquesta sueca pondría el listón tan alto que no creo se supere, y eso que los franceses me dejaron boquiabierto.

El programa volvería a demostrar a los incrédulos -aún los hay- que el director de Barquisimeto contagia su vitalidad desde Los Ángeles hasta los países nórdicos de nuestra Europa, y su visión musical es la de su tiempo, el siglo XXI, con un repertorio en la cabeza (¡qué memoria tiene!) capaz de afrontar todo el Mahler sinfónico en dos meses y dar el salto a Europa para dejarnos no ya al coetáneo del bohemio sino un clasicismo tan vital y claro como romántica la Séptima de Beethoven en su primera visita asturiana en 2008 con «La Bolívar», sin olvidar la esperada Resurrección de los Premios Príncipe de Asturias que colmó todas mis expectativas de convertirme casi en su apóstol. El refrán dice que «no hay dos sin tres» y pidió una espicha con sidra en el mismo «llagar» de entonces que recordaba con todo detalle (me consta que Magda Nieves también), pues tiene para todo la misma facilidad y capacidad. Emocionante estrechar su mano al final del concierto y lástima no tener tiempo para contarle la historia de la foto que me firmó, realizada por mi querido Osvaldo Burgos en 2009 a quien precisamente Gustavo Dudamel cruzó y unió nuestras vidas, llegando a compartir su debut en Los Ángeles por internet a ambos lados del Atlántico con el Mahler del máximo exponente y embajador mundial de «El Sistema» desde la Costa Pacífica. Todos queríamos saludarle, felicitarle por un concierto inolvidable, atendiéndonos con la amabilidad y grandeza de los genios que en la distancia corta son sencillos, humanos y asequibles sin perder nunca el habitual gesto humilde, escondido para los aplausos siempre dedicados a sus músicos, imantados por esa grandeza de espíritu, capaz de girarlos para devolver gratitud al público que les escuchó de espaldas. Son los detalles que alegran la vida de esa legión de seguidores de Dudamel, fieles como él lo es a sus orígenes.

De la música escribirán mucho plumas expertas a lo largo de esta gira que arrancó en Lisboa, siguió por La Coruña, «parada y fonda» en Oviedo, para continuar en Murcia y Madrid cerrando este intenso mes de marzo. Vitalidad con la maestría de quien respira arte por todas partes.

Don Ricardo Strauss escoltaría a Papá Haydn, y cada obra nos elevaría más y más. El Don Juan, Op. 20 era el perfecto arranque del concierto, una orquesta potente, equilibrada, con una cuerda sobrecojedora e impactante, unos solistas de primera, sin olvidar al concertino Per Enoksson capaz de conquistar al oboe delicado de Mårten Larsson cual «Donna Anna» y la trompa femenina de Lisa Ford «Zerlina«, rememorando al Mozart que Strauss tanto amaba y dirigió en la Viena dorada de finales del XIX donde Mahler también tendría su lugar aunque sin haber llegado su tiempo. Magisterio instrumental de la partitura, contraste y «equilibrio entre gravedad y ligereza» que apunta Manuel González Cuervo en las notas al programa, escultura del Comendador tallada en mármol para ir rodeándola y descubrir con Dudamel aristas y brillos, rugosidades y claroscuros hechos música.

La Sinfonía nº 103 «Redoble de timbal» en MIb M., Hob. 1/103 de Haydn mantuvo el espíritu vienés con un enfoque detallado, minucioso, búsqueda de colores y timbres desde el primer redoble en timbales de cobre usados para acallar toses (¡y lo logró!) y nuevamente una cuerda indescriptiblemente bella del Adagio – Allegro con spirito que el director venezolano talló más que con cinzel puliendo cada centímetro, paso al vivo sin gestos grandilocuentes que parecen diluirse poco a poco pero consiguiendo igualmente contagiar su ideal interpretativo a una orquesta sueca de alabastro en el Andante più tosto allegretto, con dinámicas increíbles en todas las secciones, como seda para el Menuet pero broncínea en el Finale: Allegro con spirito. Claridad en todas y cada una de las familias orquestas, notas como perlas para una obra que no debe faltar en el repertorio de toda orquesta y director volviendo con esta frescura que limpia pulmones y oídos entre la opulencia romántica, magisterio, sobriedad y poso en una batuta que con 31 años es capaz de afrontar sin complejos al padre de la sinfonía. Como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa para esta obra, «Haydn se inspiraba en unas tierras para triunfar en otras», pudiendo hacerlo extensivo al barquisimetano.

Y para la segunda parte un nuevo bloque para tallar por el escultor Dudamel, piedra angular el Also sprach Zarathustra, Op. 30 con cambio de concertino (Sara Trobäck Hesselink) pero nuevo derroche de calidad en toda la orquesta, incluyendo un órgano «sintetizado» que no quitó un ápice de consistencia tímbrica al conjunto desde el cinematográfico prólogo con unos metales empastados y potentes de afinación perfecta y buen gusto interpretativo, sabedores de la exigencia por el detalle del director venezolano. Contrastes totales llenos de detalles, escultura sonora que iba tomando forma, asistiendo al trabajo en directo de moldear sonidos uno a uno. Si el tema de Nietzsche es el combate entre afirmación y negación, triunfó la primera a lo largo de los seis capítulos siguientes tan sólo rotos antes del último suspiro por el sabidillo de turno que rompió la magia al precipitarse con un bravo no por merecido totalmente fuera de lugar sin esperar la bajada de brazos ni saborear el aire perfumado del acorde final, como un puñetazo tras el éxtasis de todo este enorme poema sinfónico que la orquesta sueca desgranó a la perfección magistralmente conducida por un Dudamel General con mando en plaza. Volví a entusiasmarme con la cuerda y la calidad global de esta formación en todas y cada una de sus secciones (reconozco la fama que la precede y que las grabaciones que tengo apuntaban), enamorado de la concertino (¡qué Das Tanzlied nos brindó!) y de unos solistas seguros, atentos al discurrir musical que Don Gustavo contagia, irradiando confianza en cada nota y alcanzando unas cotas interpretativas en todo lo que dirige creo que inalcanzables. Tardaremos en olvidarlo y le pedí que vuelva pronto a Asturias, convencido apóstol de su palabra hecha música.

No conté las veces que tuvo que saludar el maestro venezolano, siempre entre sus músicos, y la propina no se hizo esperar: el «Intermezzo» de Cavalleria Rusticana (Mascagni) sonó a gloria, nuevo derroche de musicalidad y maestría que incluso algún vecino de localidad no reconoció pese a la cercanía en la memoria musical -también de regalo- el día de Midori con la OvFi y Conti. Creo que la cuerda sueca quedará grabada en el subconsciente de los melómanos asturianos y el gesto contenido de Dudamel sacando tanta música de ellos un nuevo escalón para una carrera que todos esperamos sea larga para poder asombrarnos en cada concierto suyo.

Gracias Dudamel.

P. D. La prensa asturiana recoge el evento: Aurelio M. Seco en LVA, Ramón G. Avello en El Comercio, y Javier Neira en LNE, comentando el «tortuoso viaje» hasta el Auditorio.

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