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En trío gusta lo español

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Miércoles 18 de diciembre, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo concierto 17 del año (Año 107, 1.899 de la sociedad). Trío Vipiace: Jorge Álvarez Lorduy (cello), Mariano Miguel Sánchez (piano), Sara Cuéllar Sarmiento (violín). Obras de Shostakovich, Turina y Fernández Arbós.

Bien entrado el siglo XXI todavía hay autores que al público ovetense, y no sólo el de cierta edad, les cuesta digerir pese a su cercanía cronológica, algo que se nota hasta por el tiempo que permanece sonando un móvil, decantándose por la llamada vena nacionalista, a veces demasiado folklórica, ciertamente agradecida pero nada que ver con el peso (también esfuerzo e interés en la escucha) de la obra que abría concierto o de la impresionante propina final que puso la música en su sitio tras una buena velada de un trío joven pero bien preparado.

Los tres solistas tienen ya una buena trayectoria por separado y unirse en trío, fórmula que siempre suele dar auténticas joyas, ya desde «su casa» del CONSMUPA, está dándoles buenos resultados y logrando además de premios una complicidad y buen hacer siempre necesario para hacer música juntos.

El Trío Vipiace interpretó en la primera parte el Trío nº 2 en mi menor, Op. 67 de Shostakovich, obra de 1944, con pasión, fervor, sentimiento, seriedad, entendimiento para cada uno de los cuatro movimientos que lo conforman, auténtica montaña rusa en estilos, referencias, dinámicas, cambios de ritmo, «Dimitri el maldito» rompedor desde la maestría compositiva que los músicos llevaron siempre a buen término. Llamado trío «elegíaco» en la más pura tradición pero con sonoridades inhabituales en el inicio del Andante con armónicos en el cello o el violín en octava grave para un tema difícil de seguir que evoluciona en el Moderato. El caleidoscopio siguió en el Allegro con brio de referencias a Beethoven desde la propia visión de Shostakovich que también tamiza el ritual litúrgico ortodoxo durante el Largo para alcanzar el Allegretto final en mi mayor más elaborado y «entendible» instrumentalmente cual danza macabra en una pugna de los tres instrumentistas para «defender» cada intervención virtuosa a solo, duo o concertando hasta la coda en Adagio que supone la reconciliación instrumental en un coral majestuoso. Partitura difícil bien interpretada y poco agradecida para la mayoría.

Lo español siempre tira en Oviedo, y si hay un lema «Sevilla tiene un color especial» hecho sintonía, la música seria la pone necesariamente Joaquín Turina. Solo compuso tres tríos, uno en 1904 fuera de catálogo, el primero que fue Premio Nacional de Música en 1926 con muchas referencias andalucistas, y este Trío nº 2 en si menor, op. 76, estrenado en 1933, auténtica banda sonora que casi transmite el olor del azahar o el calor del Parque María Luisa. Los tres músicos disfrutaron y contagiaron con esta obra de mucho oficio, clásica en estructura y con el «lenguaje turinesco» o andalucista de otras obras con este aroma personal, casi cinematográfico. Primer tiempo en forma sonata que abre Lento a modo de introducción antes de que las cuerdas y pronto el piano ataquen el Allegro molto moderato, aún sin andalucismos y más bien brahmsiano. Desarrollo ortodoxo como en el Molto vivace central, en compás de 5/8 sin acentuarse como zortzico, ya usado en otras obras por Turina, melodías cantadas en terceras por violín y chelo perfectamente empastados, más un piano siempre seguro. Cierra la obra un último tiempo sucesión de secciones: Lento-Andante mosso-Allegretto que recicla los materiales anteriores para un final realmente esperado. No es una obra maestra sino netamente académica pero el Trío Vipiace lo interpretaron con pulcritud, bien trabajada cada intervención para conseguir sonoridades ensambladas que sólo con muchos ensayos puede alcanzarse. Enhorabuena.

Y las «Tres piezas originales en estilo español» op. 1, escritas hacia 1884 por el excelente director de orquesta además de compositor Enrique Fernández Arbós no escondían nada, bien emparentadas con la obra anterior, frescas como el sonido del trío afincado en Asturias de procedencias geográficas nada «sospechosas» (Jorge pamplonica, Mariano palentino y Sara gigonesa) pero que entendieron perfectamente el sentido español de esta segunda parte, el andaluz de Turina y este tríptico del madrileño muerto en Donostia: Bolero, Habanera y Seguidillas gitanas. Otra obra que esconde oficio juvenil, primeriza pero con conocimiento del trío (hay pasajes exigentes técnicamente en la cuerda, abundando dobles y triples cuerdas), nivel más allá del llamado costumbrismo y dominio de los ritmos más reconocibles en melodías agradables de escuchar e interpretar, sobre todo el Bolero que se toca a menudo separado, casi un dulce para los jóvenes del Vipiace y éxito asegurado a mi alrededor («Qué guapo» y expresiones similares).

Pero supongo que los gustos del respetable y los artistas no siempre son coincidentes, y la más cercana en el tiempo no pareció agradar, supongo que por lenguajes exigentes. Para mí las obras de cámara digamos serias, tienen más enjundia y el trío lo supo, regalándonos un Schubert serio, hondo, genialmente escrito y trabajado por el vienés, el Andante del Trío opus 100 acallando dudas para paladares auditivos más exquisitos, incluso cinematográficos y sin segundas intenciones. No puedo negar emoción tras el ambiente festivo central y auténtica profesionalidad en el Trío Vipiace que «mi piace» enormemente. Sabia elección de obras sin olvidarse la propina.

Laura Mota Pello: un regalo al piano

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Martes 17 de diciembre, 19:30 horas. Salón de Actos «Casa de la Música«, Mieres. Laura Mota Pello, piano. Obras de Soler, Mozart, Chopin, Albéniz y Moszkowski.

El directo es inigualable, único, irrepetible. La pianista ovetense Laura Mota es toda un figura con premios nacionales, conciertos y apariciones televisivas.

Volvía a Mieres con un programa de quitar el hipo, memorizado y trabajado a conciencia, con las sabias orientaciones del maestro Jaime Pantín, capaz de transmitir todo su saber y plantar musicalidad en una pianista increíble, de técnica impresionante y seguridad pasmosa, absorviendo cada detalle, cada fraseo, cada ataque, con la facilidad e inocencia que a todos nos maravilló.

Arrancaba nada menos que con tres sonatas del Padre Soler, las R 87 en do menor, R 84 en sol mayor y R 90 en fa sostenido mayor, mismo lenguaje pero distintos caracteres que Laura Mota desgranó como perlas pianísticas, unidad buscada por la intérprete y rotas por un público que no daba crédito (como los bancos) ante este portento, perfecto preámbulo para la Sonata KV 333 en si bemol mayor de Mozart. Llevo un buen rato en casa y todavía no me he recuperado del «shock»: como si el espíritu de Wolfie se hubiese infiltrado en la pianista carbayona, el Allegro abrió la luz de una interpretación única, fresca como si el aire musical entrase por la ventana del arte, caldeando sensaciones y calmando ánimos en un Andante cantabile capaz de emocionar y conmocionar, sintiendo la envidia sana cual Salieri de Milos Forman en «Amadeus», lo más cercano del genio saliendo de aquellas pequeñas manos, grandes en profundidad, para finalizar con el torbellino Allegretto gracioso de nuevo celestial, vital, jovial, descaradamente eterno.

Me quedé petrificado en la silla, sin palabras, deteniendo la mente buscando parecidos emocionales no encontrados.

Sin resuello comenzaba a sonar Chopin, el romántico y profundo, pianismo en estado puro con dos Valses póstumos, en la menor y la bemol mayor, música de salón acallando al público que abarrotó asientos, manantial de arpegios claros y pedales siempre perfectos, para seguir con Tres estudios, nuevos el nº1 en fa menor y nº 3 en la bemol mayor más el Op. 25 número 1 en la bemol mayor, la humildad del trabajo hecho arte, piezas de concierto arrebatadoras desde el intimismo, el juego del rubato natural, sin afectación, concepto claro en la escucha.

Del polaco en Francia al Albéniz catalán de Aragón (de la «Suite Española«) como nueva sorpresa de una pianista políglota en la música, todo el sabor de la tierra maña en el piano más internacional del nacionalismo español, fraseos increíbles, sonido único, fuerza impensable, casi sobrenatural para una interpretación natural, directa y sin complejos.

Para seguir boquiabierto, otro virtuoso del piano como Moszkowski y «Tres estudios op. 72» en la línea chopiniana pero todavía más complejos, virtuosísticos, sencillez en la escucha y ejecución con aplomo, nº 5 en do mayor, nº 6 en fa mayor y nº 11 en la bemol mayor, la evolución tímbrica desde la tonalidad, cascadas sonoras que trajeron otro destello de madurez desde la aparente y engañosa facilidad interpretativa de Laura Mota. Transformación delante del piano, espontánea naturalidad en los saludos, apabullante desparpajo de principio a fin, atronadores aplausos para despertar del sueño hecho realidad y vuelta con regalos navideños adelantados:

Bach, el padre de la música con hilo directo desde la eternidad sonando en el piano, más aplausos y bravos, ¡otra vez la España más internacional! con Granados (qué Danza Oriental) y cual estrella final coronando este retablo maravilloso, la Danza de la gitana de Ernesto Halffter, honda, sentida, limpia como la inocencia y profunda como lo ignoto del ser humano.

No lo había dicho aunque las fotos daban una pista: Laura Mota Pello sólo tiene 10 años… un regalo al piano. Enhorabuena a sus padres y familia. Gracias por permitirnos disfrutar emociones olvidadas.

Opera(ndo) Zapico desde dentro

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Domingo 15 de diciembre, 12:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo, Palacio de Velarde. Forma Antiqva: presentación de su nuevo disco «Ópera Zapico«. Entrada libre.

Preciosa y original «matiné» de los Hermanos Zapico, en casa y como en ella, Forma Antiqva en su formación primigenia y sin extras, presentando su último trabajo en el mejor entorno posible, el patio del Palacio de Velarde con amigos y familia arropando, tocando para nosotros…

Del disco, otra exquisitez del sello Winter&Winter, disco excepcional para la revista Scherzo y de nuevo nominado a los Premios ICMA 2014 (en la categoría «Barroco instrumental» como en 2012), críticas más que merecidas, música que de antigua solo tiene el nombre porque con los Zapico suena más que nunca como actual, asombrado desde el primer día que lo escuché, esta vez sin los invitados de lujo para poder sentir todo el proceso hasta la elección del repertorio. Búsqueda de sonoridades cordófonas en combinaciones de clave, trioba y guitarra barroca alternada con el archilaúd para equilibrar melodías y armonías de las arias que les (nos) gustan y vuelven a recrear haciéndolas suyas.

Imposible desgranar cada una de ellas, escuchadas casi en medio del trío, sintiéndome uno más entre ellos, vibraciones a flor de piel en el estricto sentido, desde «il mandolino» hecho clave por Aarón para la «canzonetta» del Don Giovanni mozartiano, el dúo de los gemelos Pablo y Daniel de José de Nebra resonando eterno en un entorno propicio, sin olvidarme la Obertura de Artaserse de J. C. Bach auténtica delicia tímbrica donde el trío sonó a orquesta de cámara, si se me permite, orquesta palaciega en «El Velarde«. Siempre un gusto escuchar tan cerca las virtuosísticas ornamentaciones del clave, los potentes bajos de la tiorba luego transmutados a punteos o los ritmos de la guitarra que vuela en las melodías o contrapuntean al archilaúd. Técnica al servicio de la música que siempre subrayo, y auténtico concierto de «concertar«: acordar, pactar, decidir conjuntamente.

Intervenciones también en palabras de cada uno de ellos, en los momentos justos, colocadas inteligentemente para tantos agradecimientos e historias de la «cocina» antes de deleitarnos con el producto en el plato, que tiene por delante mucho recorrido. Händel poniendo emociones íntimas en el «Lascia ch’io pianga» de Rinaldo protagonizado por los tres, y palabras musicales con «el tesoro» de Rodelinda, las gracias con Purcell repartidas entre Dido y Eneas y la chacona mágica de las hadas, hasta rematar la fiesta como si del «Concerto Zapico 2″ (que aún esperamos) se tratase, la esencia fresca de Las Indias galantes (Rameau) y el jolgorio de las Folías que los hermanos trabajan desde las «Diferencias» que unen.

Si este disco es una joya de coleccionista para enamorar a públicos de todos los gustos, los directos de Forma Antiqva son regalos que hacen festivo cada concierto suyo.

Inspiradora Italia

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Viernes 13 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Jesús Rodolfo Rodríguez (viola), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Hector Berlioz y Richard Strauss.

Italia siempre fuente de inspiración, esta vez con dos grandes orquestadores desde obras de juventud coincidentes hasta en número de opus, con muchas coincidencias que Ramón Avello hace saber en las notas al programa.

Se abría la velada con una obra poco escuchada del gran Berlioz: su Harold en Italia, op. 16 (1834), curiosa por no ser propiamente sinfonía ni poema sinfónico o concierto para viola, aunque sea la protagonista. El solista un asturiano, Jesús Rodríguez, al que descubrí en 2008 y escuché hace tres años cuando ganó recién finalizados los estudios en el CONSMUPA su Premio «Ángel Muñiz Toca», compartiendo escena y también formación en la GMJO con mi admirada María Ovín (hoy de violín segundo en la OSPA), impactándome entonces su frescura interpretativa en solitario con obras muy exigentes. Ahora con orquesta y más «hecho» como solista y la siempre excelente concertación del italiano Conti nos deleitaron con «el Harold» muy desigual en emociones y sonoridades, difícil técnicamente para Jesús Rodolfo que solventó con madurez aunque volumen siempre discreto en un instrumento de por sí opaco, aunque el maestro de la orquestación francés escribiese esta obra por encargo de Paganini para su recién adquirida viola Stradivarius, cuidando y mimando siempre esos planos variados en tutti, solos y concertantes. El asturiano, hoy afincado en Nueva York, toca una viola moderna italiana «Ferruccio Varagnolo» (1910) de bello color en los registros agudos y medios pero tapada por momentos que no impidieron reconocer su evolución en una partitura donde la viola es la comentarista musical de «Las peregrinaciones de Childe Harold» de Lord Byron en las que se inspira el compositor francés y maestro de la instrumentación.

Los títulos de los cuatro movimientos sirven para buscar los paralelismos músico-literarios: «Harold en las montañas» que comienza en un sombrío Adagio antes de la entrada de la viola acompañada por arpa y madera antes del Allegro rico en sonoridades por parte de solista y orquesta, magisterio de orquestación bien trabajada con las intervenciones puntuales de la viola en un movimiento largo y denso; «Marcha de peregrinos cantando la plegaria del atardecer», Allegretto muy lírico que resultó íntimo en sensaciones con unas trompas bien empastadas y la cuerda rítmica en pizzicati siempre ayudando a realzar el protagonismo del solista; «Serenata de un montañés de los Abruzos a su amante» hizo recordar el folklore italiano que tan bien entiende Conti, en complicidad con Jesús, Allegro assai, auténtico scherzo y serenata que permitieron lucirse a la madera, en especial el corno inglés; «Orgía de bandidos» es el Berlioz desenfrenado como el propio tempo Allegro frenético, aunque contenido pese a que el compositor lo describiese como «furibundo, ebrio, … una estampa en la que se golpea, rompe, mata y viola«. Interpretación sobria pero sin emociones profundas como la propina de una personal versión breve del conocido Over the Rainbow de «El Mago de Oz».

Más explosivo y dramático resultó el R. Strauss de Aus Italien, «Fantasía sinfónica», Op. 16 (1886) que el titular florentino llevó con la pasión mediterránea que los germanos envidian. La Oviedo Filarmonía está afrontando con el director italiano repertorios sin complejos y convenciendo de las posibilidades de esta formación ya madura y con personalidad sonora. Cuatro movimientos también titulados indicando la fuente de inspiración del alemán que pasó de la partitura a la interpretación: «En el campo«, Andante molto tranquilo para paladear una cuerda con poso, «En las ruinas de Roma» para las trompetas realmente straussianas de este Allegro molto con las pinceladas de oboe y clarinete en virtuosa pugna, «En la playa de Sorrento» de orquestación potente desde el Andantino con ritmo de siciliana y precuelas (palabra de moda) impresionistas con protagonismo de madera, antes de la «Calle popular de Nápoles» y el director florentino como en casa, ese Allegro molto que Strauss convierte en auténtica lección compositiva variando el conocido «Funiculì, funiculà» que pensase popular (realmente mejora el original de Luigi Denza) para ir elaborando la paleta orquestal cual muestrario a utilizar posteriormente en sus poemas sinfónicos. Placer sonoro y Vesuvio de color con la Italia siempre evocadora e inspiradora, esta vez de primera mano en la interpretación de la OFil con Marzio Conti: «Grazie mille» maestro.

Un planetario musical con aires vieneses… ¡y la Pires!

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Viernes 6 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Wiener Symphoniker (Orquesta Sinfónica de Viena), Maria João Pires (piano), Ádám Fischer (director). Obras de Haydn, Beethoven y Mozart.

Oviedo volvía a ser como la capital austríaca en cuanto a su actividad musical de primera, y dentro de una gira por Zaragoza, Madrid y Barcelona (sin pasar por San Sebastián) última parada española en el Auditorio, con unos intérpretes de primera y programa de los que aseguran éxito, público hasta la bandera, muchas toses y el móvil ó celular de turno reincidente siempre en los momentos de más intensidad emotiva, nunca coincidente con la dinámica desde el escenario, cual otra de las Leyes de Murphy.

Con todo, nuevo hito musical que al título mozartiano de su última sinfonía me sumo haciendo paralelismos de planetas y dioses para los comentarios de esta noche, pues hubo una alineación cósmica dentro de nuestro sistema solar por la calidad de los artífices en este viernes festivo en toda España (Día de la Constitución).

El verdadero «hacedor» de una auténtica armonía de las esferas cual mago Merlín fue el director húngaro Ádám Fischer, Maestro con mayúscula que demostró cómo llevar un repertorio que domina a la perfección, gestos precisos, sin grandilocuencia (sólo la música lo es), siempre exacto, pulcro, atento, animado, contagiando ilusiones, adelantándose lo necesario para avanzar el inmediato presente y sacar a una orquesta como la «pequeña vienesa» el auténtico sabor del clasicismo vienés, de tamaño idóneo para ello, lo mucho que estas partituras elegidas esconden.

A Haydn podría equipararle con el planeta Mercurio y el mensajero de los dioses, precisamente los compañeros de viaje musical del concierto hoy comentado, y viajero a Londres donde compuso su Sinfonía nº 101 en re mayor, Hob. 1:101 «El reloj» que desde el ataque del Adagio-Presto la Wiener Symphoniker hizo sonar cósmica, limpia, equilibrada, llena de matices bien sacados por el maestro Fischer. El Andante resultó Chronos por el ritmo vital del tiempo que todo lo puede, maquinaria de precisión y buen gusto. Un Menuetto para disfrute no ya de la cuerda con efectos de vihuela sino de la madera con la disonancia de la flauta que tanto dió que hablar y las trompas «adelantadas», secciones todas en perfecto ensamblaje. El Vivace final es puro virtuosismo revestido de contrapunto, forma rondó-sonata perfecta en ejecución, sin olvidarme del silencio con calderón que realza el «fugato» final de la cuerda sola en un «pianissimo» posible en formaciones de otra galaxia, y la vienesa es una de ellas, hasta el retrono progresivo del viento (colocación vienesa ligeramente variada, con los timbales a la izquierda, también trompetas, y contrabajos a la derecha, con las trompas).

Beethoven joven, aún cercano, dios Marte muy clásico y alumno de «papá Haydn» escribe su Concierto para piano y orquesta nº 2 en si bemol mayor, Op. 19, su debut en esta forma (primera y publicada después), siendo el solista el propio alemán ya afincado en Viena. Sólo una diosa Venus, otrora planeta, puede afrontar una interpretación con el cielo estrellado capaz de permitirnos apreciar la inmensidad eterna desde nuestro perecedero disfrute. Maria João Pires nunca nos deja indiferentes, elige el instrumento (Yamaha CFX), su afinador (Sr. Kazuto Osato) y estamos preparados para despegar con ella a bordo de esta nave que pilota como diosa accesible y terrenal hacia un viaje breve pero eterno, sin sobresaltos, sólo emociones desbordantes en cada momento: Allegro con brio en el primer trayecto, cristalino, equilibrado, delineado con brillos dorados, antes de la «cadenza» maestra avisando fin de etapa y antes del Adagio segunda etapa placentera que nos permitió el vuelo sin motor, degustando emociones, reverberaciones increíbles desde los pedales, y la vuelta a tierra con el Rondo. Molto allegro de piloto de guerra sin combate, acrobacias sin mareos con el dominio de la nave musical y el plan de vuelo bien diseñado por el joven y viajero Ludwig, esta vez de Lisboa a Brasil pasando por Viena antes de la llegada a la Tierra en Oviedo a bordo de este «Voyager» musical donde el espacio aéreo lo puso la sinfónica vienesa y el controlador Fischer que nos recordó cómo se concerta no ya en un simulador (grabación) sino en la realidad (directo).

En solitario la Venus pianista siguió brillando a plena luz con un Schubert (Impromptu Op. 142 nº 2) como sólo «La Pires» es capaz de deleitarnos.

Poco tiempo de espera, cigarrillo sin café y último vuelo vienés de auténtico peso, Sinfonía nº 41 en do mayor, KV 551 «Júpiter», Mozart revivido y la mejor experiencia en vivo que haya podido disfrutar, «carácter majestuoso y triunfal» que apuntaba Lorena Jiménez Alonso en las notas al programa. Magisterio total de Ádám Fischer, placer directorial en cada movimiento y cada gesto que la formación habitual del foso operístico vienés acató con la confianza que da la veteranía, como si en ella viviese el auténtico Clasicismo atemporal del que son sus máximos guardianes. Allegro vivace decidido, Andante cantabile lírica pura, Menuetto: Allegretto que supo cual «Sachertorte«, y Molto allegro todos a uno, escuchando cada nota, cada matiz, cada ataque, todo lo que el genio de Salzburgo disfrutaba en Viena libre de ataduras, descubridor del contrapunto bachiano y marcando la aparición de otra galaxia, la Romántica. Maravilloso comprobar cómo se escuchan unos a otros para hacer Música.

No importaba la hora en la inmensidad del universo, Ovetus planeta operístico para recibir la obertura de Las bodas de Fígaro, otra lección maestra de clasicismo vienés ya con clarinetes para completar tripulación, Mozart puro y maduro, antes de volver a Viena preparando el fin de año con la Pizzicato Polka (J. Strauss II), disfrute de la cuerda vienesa colofón de un auténtico planetario musical donde «la Pires» fue una invitada de lujo.

Krem de la Kremer ata

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Domingo 1 de diciembre, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Kremerata Baltica, Gidon Kremer (director y violín). Obras de Vivaldi, Verdi, Weinberg y Beethoven.

Cuatro años ya desde la anterior visita de Kremer pero siempre un espectáculo de música, sonido en estado puro para una formación de cuerda (esta vez con percusionista) que es única en cuanto a calidad con potencia equivalente a una gran orquesta pero capaz de sonar como un cuarteto, con dinámicas amplísimas, convencimiento y dominio de las obras impactante.

El percusionista de la camerata Andrei Pushkarev con el vibráfono nos dejaba un arreglo suyo del Concierto nº 2 en sol menor, op. 8, RV 315 «El verano» de Las Cuatro estaciones (Vivaldi) que demuestra cómo la genialidad puede aportar novedades a obras inmortales. Si la cuerda es estratosférica, galáctica, con ataques impactantes o rubati impensables bajo la atenta dirección del concertino Dzeraldas Bidva, un solista capaz de lo que le pongan delante, las intervenciones del vibráfono con guiños al jazz como no podía ser menos en un instrumento que bebe de esta fuente, crearon ese ambiente cálido, de bochorno estival pero con la brisa del norte. Allegro ma non molto realmente indescriptible, Adagio pesante para disfrute del timbre envolvente de las placas, y Presto de auténtico virtuoso con cuatro baquetas que alcanzaban las notas imposibles del violín desde un empaste con la cuerda para soñar.

El Cuarteto de cuerda en mi menor (Verdi), obra de 1873, sonó camerístico total pese a tratarse de una versión orquestal, única obra instrumental del de Busseto y perfecto homenaje al bicentenario donde el genio lírico aparece en los cuatro «hermanos de cuerda frotada» tratados cual cuarteto operístico con recuerdos a las fugas del Requiem o Falstaff, anunciando Otello, sin olvidarme del Trovatore cual fuerza del destino musical capaz de hacer cantar la cuerda o el delicado cuarteto «bella hija del amor» de Rigoletto.

El Allegro en mi menor impecable, elegante y sensible con el primer tema «sotto voce» y unos graves potentes, avanzando el tema y desarrollo casi faraónicos con reminiscencias de Aida, con unos staccatti que llegaban a lo más hondo. El Andantino en do mayor y compás ternario de profundidad y elegancia, dulce como indica la partitura («dolcissimo, con eleganza). El Prestissimo también ternario y en mi menor lleno de luz y contrastes dinámicos admirables, trinos limpios en todas las cuerdas, arpegios celestiales en chelo y viola, el trío en la mayor belcantístico a no poder ser con el tenor en la concertino Giedre Dirvanauskaite que confirma ser el instrumento más parecido a nuestra voz, y una serenata capaz de recrear la guitarra. El Scherzo fuga es un «Allegro assai mosso» en el tono original auténtico «placer de escribir» que diría Tranchefort sobre este cuarteto verdiano, hoy orquestal, «alegría de vivir completamente latina» venida del norte de Europa con una formación donde cada músico es un solista y los concertinos dan el salto al frente en cualquier momento. Catálogo de colores en todas las intensidades y pureza de líneas en diálogos y conjuntos emocionantes hasta ese final creciendo al unísono en fortísimo orquestalmente puro, cadenas de trinos y la coda que cierra con luminosidad esta joya de Verdi. Como escribe Juan Manuel Viana en las notas al concierto, el compositor afirmaría que «no sé si mi cuarteto es bueno o malo, pero sé lo que es un cuarteto» y la Kremerata Baltica también.

M. Weinberg puso lo novedoso en el programa, excelente músico judío al que nazismo y estalinismo castigaron para una amplia producción que comienza a despertar en nuestros días, con influencias recíprocas de su amigo y confidente Shostakovich. De él escucharíamos dos obras, la Sinfonietta nº 2, op. 74 para orquesta de cuerda y timbales, éstos con el solista sumado a la formación, hermosísima obra en cuatro movimientos con ritmos bien claros subrayados por los parches en los extremos (Allegro y Andantino), más austeridad hecha música enorme en el Adagio antes de los ensueños nostálgicos en el Andantino final.

Aparecía Gidon Kremer (recién llegado de tocar con Marta Argerich) para contagiarnos su alegría musical en el pianístico Rondo a capriccio, op. 129 (Beethoven) en arreglo de Victor Kissine, auténtica broma desde una partitura desenfrenada que en la versión «Krem de la Krem» jugó con diálogos y concertantes llenos de sabor vienés.

El Concertino para violín y cuerdas, op. 42 de 1948, devolvía el protagonismo a la obra del ruso en una versión de «Kremer + ata» que estuvo plagada de melancolías, magisterio de madurez y nuevamente una sonoridad única a cargo de los músicos capaces de llenar la sala y hacerla callar en los momentos más delicos. Viana recuerda el «efusivo lirismo melódico» del húngaro Miklós Rózsa ya afincado en Hollywood, en parte por nuestra educación musical desde el cine que ha dado grandes partituras. El Allegretto cantabile pletórico, la Candeza. Lento-Adagio un auténtico disfrute y lección solística a cargo del virtuoso letón para enlazar sin pausa con el Allegro moderato poco rubato, efusividad, concentración, entendimiento y fortaleza desde la complicidad y buen hacer de todos ellos.

Aún quedó tiempo para regalarnos ese Oblivion de Piazzolla con el que Gidon Kremer logra siempre emocionarnos arropado por la delicadeza de sus cuerdas, las suyas y las de la Kremerata, para poner el brindis final con «una copita de ojén» de una marcha popular creo que arreglada por Peter Heidrich.

Para los despistados que llegaron al descanso por el horario dominical, una lástima que se perdieran la mitad, aunque en estos casos un poco siempre es mucho, y los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano están poniendo el listón altísimo.

Estrenando con grandes

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Viernes 29 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Horacio Lavandera (piano), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Respighi, Guillermo Martínez y Sibelius.

Este último viernes de noviembre, frío y cálido al mismo tiempo, nos traía un nuevo estreno del compositor curtido en Covadonga y su Escolanía, que viajaron hasta el Auditorio para admirar y disfrutar de un modelo a seguir: Guillermo Martínez al que rebauticé como «Cosecha del 83», madurado en esa escuela cuna de España que nos estrenaría su Concierto nº 1 para piano y orquesta en si bemol mayor, Op. 83 interpretado por otro joven igualmente de raíces asturianas como es Horacio Lavandera, con la Oviedo Filarmonía bajo la dirección de su titular el florentino Conti, orquesta que convocó en 2012 su Primer Concurso Nacional de Jóvenes Compositores «Ciudad de Oviedo» ganado también por Guillermo con una obra titulada Rapsodia para violín y orquesta «Der Wanderer über dem Nebelmeer» que esperamos escuchar el próximo verano, otra prueba de la amplia y exitosa producción que lleva en su imparable e impagable carrera.

Primero disfrutamos de la Serenata per piccola orchestra -1904- (Respighi) bien llevada por el titular para una formación que cada vez suena mejor, dentro y fuera del foso, plantilla homogénea para una obra breve y perfecto preludio lleno de vitalidad que transmitieron antes de afrontar el estreno absoluto.

Ubicar dentro de las jornadas dedicadas al piano este primer concierto de Guillermo Martínez resulta todo un lujo no ya para el compositor o el solista sino también para los presentes, invitados, abonados y público puntual, que pudieron disfrutar de una partitura compuesta desde el academicismo más puro sin perderse el tiempo actual, algo de agradecer en momentos donde las raíces no deben olvidarse. La obra está perfectamente comentada en las notas al programa de Joaquín Valdeón, quien ha tenido la suerte de dirigir otros estrenos del compositor asturiano (al que «nacieron en Venezuela») y analiza la partitura con todo lujo de detalles, así como las del intérprete Horacio Lavandera, primero en degustar una obra que pronto sonará en otras salas.

Mis primeras impresiones recién escuchado: tres movimientos bien armados que resultan cual ideario o muestrario de todo lo que el (in)genio y oficio compositivo atesora, montón de referencias en una mochilla repleta de sensaciones, escuchas, emociones a flor de piel que salen a borbotones y resulta complicado organizar en una línea continua y cohesionada. Guiños a los grandes conciertos románticos, cercanía al más lírico Rachmaninov, el Ravel maduro o el Adinsell del cinematográfico Concierto de Varsovia, orquestación de libro trabajada en ordenadores que son capaces de trinos imposibles para los metales o combinar difíciles percusiones en vivo, así como un lenguaje pianístico donde las «cadenzas», solos, concertantes, son previsibles precisamente por seguir la receta del concierto para piano más «académico», bien llevado por un Conti que siempre ha confiado en Martínez.

El Tempo como, ma eroico-Allegro appasionato resultó ciertamente bien trabajado desde la forma, dramatismo en la primera aparición del solista y juego de colores al fundirse primero y dialogar después con una amplia orquesta siempre arropando ese fluir de temas que no llegan nunca al clímax, con todo un despliegue técnico en el piano: trinos (personalmente demasiados a lo largo de la obra y en todas las familias orquestales), escalas y arpegios arriba y abajo, contrapuntos, pedales… El pianista argentino siempre impecable engrandeciendo cada intervención. El Adagietto espressivo sacó colores hermosos de la paleta orquestal (corno, arpa y el cello de Elva Trullén) que Guillermo Martínez mostrase en «El sueño eterno», intimismo mayor en un delicado solo de piano con atmósferas francesas antes de desembocar en el Allegretto giocoso, auténtico «collage» y torbellino de motivos desde los asturianos a los orientales hasta desembocar en el jazz con piano y batería, modos mayores y menores, estampidas rítmicas, marchas casi patrióticas, paletas orquestales siempre equilibradas por Conti perfecto concertador con el piano de Lavandera, auténtico destinatario de este primer concierto de Guillermo Martínez desde «su compromiso compositivo, en su decidida y no disimulada intención de avanzar estéticamente, construyendo desde los cánones clásicos y no destruyéndolos» como bien escribe Valdeón. No podemos negar el trabajo y valía de este bautizo en la forma para un compositor joven al que el tiempo hará madurar como los buenos vinos, pero que también debemos valorar desde el momento actual.

Y de auténtica madurez resultó la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82 de Sibelius, reafirmando el dicho de «no hay quinta mala» que el director italiano desgranó con una visión trabajada desde todos los planos orquestales en una formación cada vez más adulta, partitura compleja y exigente en sus tres movimientos bien delineados por esta batuta que está «maridando» con su orquesta a la perfección. Tempo molto moderato con protagonismo de las trompas, mejor que en la primera parte, y una cuerda homogénea e hiriente cuando se le pide, todo con ritmo más dinámicas muy conseguidas. El Andante mosso, quasi allegretto con esos «medios tiempos» tranquilos de los que Conti extrae calidades altísimas a su formación, y el Allegro molto de reafirmación en los metales para el Sibelius puro, maduro, heróico, efectista incluso en el final poderoso con el que la OFil remató un concierto de grandes obras nunca menores, música pura desde la total subjetividad emocional y compartida.

Cantera musical asegurada (pese a la crisis)

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Lunes 25 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio del Conservatorio Profesional de Música, Oviedo. Concierto de Santa Cecilia, Entrega de Premios Fin de Grado y Concurso de Música de Cámara. Pianistas acompañantes: Andrés de la Puente, Consuelo Heres y Marta Losa.

En tiempos de recortes donde la Cultura está atravesando momentos difíciles y la Música todavía más, invitaría a los «gestores» a un concierto como el de este último lunes de noviembre para que comprobasen que esta generación joven son un futuro asegurado, una auténtica inversión que esperemos no disfruten otros. El esfuerzo de un alumnado que compatibiliza estos estudios con los de Secundaria o Bachillerato, unido al apoyo y sacrificio de sus familias, es ímprobo y sin dinero para las enseñanzas artísticas públicas será imposible mantener un nivel que tantos años ha costado alcanzar pero poco en destruirse, volviendo a tiempos que mejor no recordar.

Tras la palabras del catedrático de cello Santiago Ruiz de la Peña, nuevo director del Conservatorio Profesional ovetense anunciando los múltiples proyectos para este curso, las próximas elecciones al Consejo Escolar y con palabras de gratitud para esta generación de artistas y sus profesores, se procedió a la entrega de los premios del VII Concurso de Música de Cámara así como los Premios Fin de Grado del pasado, alguno de los cuales pude escuchar en su momento.

Paso a ir comentando premiados, instrumentos y obras interpretadas con las correspondientes fotografías.

El recién licenciado en Historia y Ciencias de la Música por nuestra Universidad de Oviedo, Llorián García Flórez, completa en este curso recién acabado su curriculum de musicólogo con el Grado Medio de Gaita, del que ha obtenido el Premio Fin de Grado, e interpretando en el concierto el tema popular Lo Suelto, sin tambor ni baile, por lo que pudo jugar con los tiempos dando una lección de virtuosismo del tema en modo mayor y variándolo a menor, cromatismos de difícil ejecución para recordar que nuestro instrumento tradicional ha alcanzado su mayoría de edad y tiene su hueco en las enseñanzas regladas y oficiales, contando con auténticos maestro gaiteros a los que se suma Llorián.

El trombonista Gabriel Alfredo O’Shea Llana tocó el Andante-Vivo de la Sonata de Telemann, acompañado por el piano de Andrés de la Puente, con algunos nervios pero musicalidad a raudales, afrontando el grado superior con una sólida formación en un instrumento de viento metal donde la región valenciana ha llevado la fama pero que en momentos de bonanza ha expandido «escuela» incluso a nuestro Principado.

Conrado del Campo no es un compositor que podamos escuchar a menudo pero su Romanza en la viola de Lucía Mullor Martínez sonó a gloria, dignificando como solista un instrumento a menudo «segundón» en la orquesta pero con un timbre siempre cálido sin perder brillantes. El piano estuvo a cargo de Marta Losa.

Un nombre a recordar en poco tiempo es el de la joven pianista Fátima García Cabanelas que se atrevió con el Estudio op. 33 n 8 en sol menor de Rachmaninov, apuntando más que maneras, con un gusto natural en el fraseo, amplias dinámicas, pedales en su sitio y unos dedos que darán muchas alegrías tanto de solista como en trío (se llevó el 3er. Premio del VII Concurso de música de cámara con Alfonso Peñarrolla y Martín Álvarez).

Del violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre llevo escrito bastante en el blog y sigo su trayectoria casi desde sus inicios. La Introducción y Tarantella, Op. 43 de Sarasate es una obra que tiene muy trabajada e interpreta con una madurez y pose (añadiría también poso) realmente impresionantes, avanzando técnicamente a pasos agigantados con una hondura donde el virtuosismo subraya la inspiración italiana en tiempos románticos que nunca pasan de moda y menos con el talento del compositor navarro. Marta Losa no estuvo a la altura para una partitura que también exige mucho al piano.

Iker Sánchez Trueba elevó el contrabajo al rango más alto con la transcripción de Cassadó del Intermezzo de «Goyescas» (Granados), melodía hispana con un arco amplio, pizzicati potentes pero líricos desde la rotundidad del bajo (en buen entendimiento y complicidad con la pianista Consuelo Heres), instrumentista con mucha carrera por delante y amplia trayectoria pese a su juventud, que vive lo que toca y eso se nota.

Nada mejor para terminar que con el cuarteto ganador del Premio del VII Concurso de Música de Cámara, cuatro excelentes estudiantes e instrumentistas: Marina González Álvarez (vioín I), Lucas Fernández Calvo (violín II), Sara Ballesteros Álvarez (viola) y Rubén Martínez (cello) que deleitaron a los presentes con el Allegro con brio del Cuarteto op. 18 nº 1 (Beethoven), todo un ejemplo del trabajo conjunto tan necesario en la vida cotidiana e imprescindible en una obra que requiere muchos ensayos para sonar como uno sólo, juventud de protagonismos alternados y compartidos, sonoridad y empaste que les hicieron acreedores del galardón dejándonos una interpretación muy buena.

Sigo apostando por la música en la formación integral del individuo, primero como disfrute y después como opción de futuro profesional, y Asturias está dando sus frutos tras muchos años de cosecha. Es un placer asistir a conciertos de unos jóvenes que demuestran profesionalidad a raudales sin decaer nunca, trabajando a diario para un futuro no muy prometedor, quién sabe si abocados también a emigrar. Y luego dicen que es un «mito urbano»… No hay peor crisis que la intelectual de algunos gobernantes.

Más Britten y aún mejor

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Sábado 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA, abono 4: «Música y Guerra-Música para la paz». Benjamin Britten: War Requiem, op. 66 (1961). Evelina Dobraceva, soprano; Robin Trischler (tenor), Stephan Genz (barítono), Coros de la Fundación Príncipe de Asturias, Rossen Milanov (director).

Volvía al Auditorio a repetir concierto del día anterior con el convencimiento de estar ante un espectáculo irrepetible que no escucharé muchas más veces y evidentemente único por celebrar el Centenario de Britten, nada menos que el colosal «Réquiem de guerra«, y sabiendo que no hay nunca dos conciertos iguales.

El sabatino previsto para Gijón y que por culpa del temporal dejó imposible celebrarlo en La Laboral, trajo a los abonados «playos» (saludé a algunos amigos) hasta la capital pero con una entrada inferior a la del viernes y eso que se regalaron entradas, pero sabíamos que podría pasar, lástima porque se perdieron un concierto aún mejor.

De todo lo comentado en el del sábado añadir detalles que subieron la nota final hasta la Matrícula de Honor.

Los tres Coros de la FPA estuvieron sublimes, limando los mínimos ajustes del día anterior, bien afinados, empastados, y sobre todo más seguros en las entradas (qué importante es tener ensayos suficientes), volúmenes apropiados, recreando una obra que solo coros profesionales pueden afrontar. Emocionantes todas sus intervenciones, esta vez de los mayores me quedo con el Recordare y nuevamente el Lacrimosa con los que alcanzaron las más altas cotas, incluso los «Amén» con la duración exacta para no exagerar nasalidades. Los pequeños todavía dieron más, y pese a que este sábado estaba en anfiteatro se les pudo escuchar valientes, con proyección más que suficiente, presentes sólos, con órgano (nueva felicitación al «titular» del coro) y con orquesta, seguridad que se alcanza con trabajo y más trabajo. Felicidades especiales a Natalia Ruisánchez, a José Ángel Émbil y a José Esteban García Miranda, auténtico receptor en el coro «grande» de todas las bases corales.

El trío solista se comportó y entregó al máximo: la soprano rusa emerge de la masa cual flautín, no importa el poderío sonoro en los momentos de tensión trágica o las intervenciones íntimas, su paleta vocal y emisión siempre ajustada a la partitura; impresionante el tenor británico cuyo color y técnica son ideales en estas obras, con la orquesta de cámara aún más lírico, en los dúos y concertantes plenos manteniendo su calidad en todo el Requiem; y el barítono alemán, digno alumno de Sto. Tomás de Leipzig, que se recuperó para mantener el nivel del trío subiendo el escalón del viernes, tanto con dinámicas plenas como en los dúos con el tenor. Feliz con ellos aunque siga quedándome con la soprano cuyas intervenciones fueron de ponerme la carne de gallina en una obra que es auténticamente profunda haciendo bello el horror narrado.

Y la OSPA ampliada volvió a sonar como en las grandes ocasiones, no sólo mantuvo la calidad sino que mejoró hasta alcanzar el grado óptimo en todas sus secciones, con los «fichajes» bien implicados con el resto, aunque la orquesta de cámara de «los doce magníficos» sonó impresionante. Con texturas de órgano en los recitativos, súbitos ataques subrayando los textos en inglés (del poeta Wilfried Owen ), merece la pena destacar las perfectas transiciones de la gran orquesta a ellos consiguiendo unas sonoridades como seguramente las quiso el propio Britten para esta partitura compleja y bellísima, virtuosismo al servicio de la música como auténticos maestros que son.

El titular Rossen Milanov se mostró no ya como responsable final, sino como el maestro que conoce sus discípulos y les exprime para que lo den todo. Realmente lo consiguió con gestos siempre claros, matices explosivos o íntimos, tempi ajustados y mayor implicación con cada protagonista puntual en otra lección de dirección por parte del director búlgaro desde el dominio de esta magistral la partitura del War Requiem que engrandece el Centenario Britten, contando con todos los elementos para otro colosal Britten al que asistí cual peregrino melómano y cuento cual musicógrafo que diría mi admirado Luis Suñén. De nuevo el «final Milanov» conteniendo el gesto nos hizo paladear «una eternidad silenciosa», otra reflexión de paz interior antes de bajar los brazos y liberarnos todos.

Grandeza de la música, mismos intérpretes, misma obra, mismo recinto… y siempre distinta, incluso mejor.

Colosal Britten

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Viernes 22 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA, abono 4: «Música y Guerra-Música para la paz». Benjamin Britten: War Requiem, op. 66 (1961). Evelina Dobraceva, soprano; Robin Trischler (tenor), Stephan Genz (barítono), Coros de la Fundación Príncipe de Asturias, Rossen Milanov (director).

Todo un espectáculo irrepetible celebrar el Centenario de Britten justo en el día de su nacimiento, festividad de Santa Cecilia, nada menos que con el colosal «Réquiem de guerra«, un esfuerzo enorme para todos y muy especialmente los tres Coros de la FPA: el Infantil (que dirige Natalia Ruisánchez), Joven (José Ángel Émbil) y el «grande» (José Esteban García Miranda), auténticos protagonistas, en un concierto memorable, lleno de emoción que compensa el duro trabajo de meses, al que sumar el impecable órgano positivo situado con el coro infantil.

Felicitar a mayores y pequeños por su interpretación, dándolo todo y bien: afinación, empaste, proyección, convencimiento, entrega a una obra de magnitudes impensables para muchos coros, presentes en los momentos de mayor ardor (Dies irae rotundo y delicado «Amén»), cercanamente contenidos en los íntimos y espirituales (Libera me emotivo o Lacrimosa perfectamente compartido con la soprano solista), angelicales desde el patio de butacas los más jóvenes -ya maduros- en sus intervenciones siempre (In Paradisum celestial), y sobre todo pletóricos, alcanzando un sobresaliente en la obra más difícil (o al menos la más complicada) que hayan afrontado en su ya dilatada trayectoria. Enhorabuena.

Como en el estreno que bien nos ilustró la autora de las notas al programa la doctora Mª Encina Cortizo el martes anterior en una conferencia para grabar y guardar, la nacionalidad del trío solista resultó la misma: soprano rusa, tenor inglés y barítono alemán, aunque el resultado evidentemente no fuese el mismo, en especial el alumno de Sto. Tomás de Leipzig que quedó un escalón por debajo aunque mantuvo el tipo en momentos de dinámicas menos comprometidas, empastando muy bien los dúos con el británico. Mención especial para la soprano ubicada atrás delante de la cuerda homónima del coro y entre metales, porque su tesitura, gusto y musicalidad sobrevoló siempre una obra que tiene mucho peso en su repertorio.

De la OSPA, esta vez amplia(da), sólo parabienes y merecida felicitación, destacando toda la percusión, con la «presencia» del gamelán («imitado» sin problemas por la combinación elegida de glockenspiel y otras placas), aunque todas las secciones brillaron con luz propia. Excelente la orquesta de cámara con doce componentes reconocidos (y reconocibles todos) que no sólo completaron una intervención redonda sino que rindieron como auténticos solistas de lujo en esta partitura compleja y bellísima para todos, virtuosismos endiablados como el propio elemento generador de la obra -el tritono «diabolus in musica»-, complicidades y guiños de auténticos maestros, texturas sabiamente logradas desde el entendimiento, siempre al servicio de la música.

El responsable final, nuestro titular, Rossen Milanov que creyó desde el principio en este War Requiem haciéndolo coincidir con el Centenario Britten, auténtico homenaje a la paz desde la música que Britten escribe de manera magistral, genial, recreando desde los orígenes de la polifonía a la estructura verdiana del propio «requiem», uniendo la poesía inglesa de Wilfried Owen con el latín de la misa de difuntos, lenguaje complejo y cercano, una concepción compositiva tanto vocal como orquestal avanzadísima, y sobre todo emociones sobre el pentagrama que (todos) los músicos supieron contagiarnos. Una auténtica lección de dirección por parte del director búlgaro asumiendo el mando global con decisión y seguridad que transmitió a los intérpretes, concertando y convenciendo, contagiando vitalidad y emoción, dominando la partitura de principio a fin con la sensación de dejar fluir la música, la misma que nos cautivó en su primera visita al frente de la OSPA. El final de Milanov fue de Maestro, supo contener el gesto y hacernos disfrutar de «una eternidad silenciosa» cual reflexión de paz interior antes de bajar los brazos y liberarnos todos en una estruendosa y merecida ovación (Neira seguro que cronometró todo).

Vuelvo el sábado y otra vez en el Auditorio (Gijón no soportó el temporal). Con esto está todo dicho.

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