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Lienzo sonoro busca pintor

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Viernes 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Los colores de la orquesta«, abono 8 OSPA, Leila Josefowicz (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Bernstein, Zimmermann y Prokofiev.

La OSPA devolviendo la visita de enero a la Real Filharmonia de Galicia (y ausente esta edición 2018 de «Musika Música» en el Euskalduna de Bilbao), llegaba de Santiago donde interpretaría el día anterior este octavo de abono todavía con Milanov al frente (ya lleva cinco años), para rendir homenaje al gran Leonard Bernstein (1918-1990) en su centenario, pero también al menos conocido Bernrd Alois Zimmermann (1918-1970) y completando velada una página del gran sinfonismo, viernes ruso de Prokofiev con su quinta (mantengo mi teoría musical de «no hay quinta mala» parafraseando el refranero). Pero incluso podrían haber celebrado el 8M dado que la solista invitada, Leila Josefowicz(Toronto, 20 octubre 1977) de origen polaco y afincada en Nueva York, encabeza una lista de grandes violinistas engrosando otra aún mayor de mujeres triunfando en el mundo musical.

La música de Lenny sigue sonando actual, nuestra, ágil, luminosa, «made in USA» que siempre presumió de este músico integral. Su Divertimento para orquesta (1980) es puro espectáculo sinfónico, algo que Milanov conoce bien en su trabajo al otro lado del charco y le funciona, aunque en la vieja Europa los gustos sean otros, si se me apura más «conservadores». Las notas al programa de Miriam Perandones (enlazadas al inicio en cada compositor) explican perfectamente el programa elegido comenzando con la partitura escrita para el centenario de la Orquesta Sinfónica de Boston. Ocho danzas que combinan la historia musical yanqui, herencias y adopciones con el impulso rítmico tan característico de Bernstein plasmando virtuosismo a todas las secciones orquestales de las que la OSPA puede presumir, aunque las dificultades estén en poder ser fieles a la partitura sin claridad gestual en la tarima (la batuta por momentos tan baja parecía reflejar oscuras intenciones). Prefiero cerrar los ojos antes de mirar al podio porque casi nunca coincide con lo escuchado, máxime en compases de amalgama y polirritmias nunca marcadas que dan el sello típico de estas músicas capaces de unir tradición y modernidad.
Lujo nuestros instrumentistas aunque pienso innecesaria la puesta en escena imitando las bandas de jazz donde los solistas se ponen en pie, finalizando todos la octava Marcha «The BSO Forever» que incluso bisaron (algo raro en la OSPA) cual banda sinfónica. Colorido musical de Broadway, de esos cafés en blanquirojo con café recalentado, patatas fritas, batidos de fresa y hamburguesas. La importancia del detalle que hace cambiar el menú según cómo y dónde se sirva…

 

Impresionante el Concierto para violín (1950) de Zimmermann con Leila Josefowicz de solista. Me quedé con las ganas de disfrutarla en «Los Conciertos del Auditorio» allá por febrero de 2009 con la Orquesta Sinfónica de Islandia que la crisis truncó anulando la gira prevista. Ocho después y como si el destino quisiera pagarnos deudas pendientes, por fin venía a la capital asturiana. Escucharla en la entrevista para OSPATV hablar de este concierto para violín de Zimmermann nos hace entender la pasión por la música de nuestro tiempo, «actual» y agradeciendo se programe siempre que sea posible, siendo esta violinista auténtica activista en estrenos en ella pensados. Su sonido, entrega y pasión engrandecen este concierto de forma clásica pero rompedor en el momento de su escritura etiquetada de vanguardia aunque este no lo sea, estética neoclásica como su propia vida en cierto modo paralela a la de Bernstein, con tantas interrogantes y dudas místicas, filosóficas, vitales incluso en ambos, ritmo cual motor humano desde el origen pero con el poso europeo del alemán. Los títulos de cada movimiento parecen dejar sobre la mesa sus intenciones así como la opción elegida: Sonata el primero, más allá de la propia forma o el origen del «sonare», el segundo Fantasía  por emociones y distintas fuentes inspiradoras tanto en el violín como en la orquesta, exuberancia por doquier que tampoco necesita mayores gestos (la ampulosidad está en los pentagramas) con un virtuosismo impactante hasta el Rondó final, verdadero colorido musical, evocador del jazz con una marimba poniendo pinceladas en el sitio preciso, recuerdos de películas americanas cuyas mejores bandas prepararon los compositores europeos, nuevos paralelismos de dos compositores nacidos hace 100 años bien entendidos por estas generaciones donde la formación marca diferencias, y la OSPA con Leila resultó el mejor lienzo en busca de pintor.
La propina el final de Lachen verlernt (Essa Pekka Salonen) de reminiscencias primaverales en la Polonia natal, de la música judía, aires de Armenia, explosión tímbrica de virtuosismo ya desde sus años como niña prodigio pero asentado desde la madurez de la vida, pura belleza con dolor y color.

Aunque estemos en el 2018 se mantienen las recetas de los conciertos: apertura más o menos contemporánea, un concierto solista y segunda parte con el mundo sinfónico. Prokofiev como gran orquestador augura espectáculo cuando hay calidad, y su Sinfonía nº5 en si bemol mayor, op. 100 (1944) remató un concierto lleno de color y calor por parte de una formación capaz de expresar todo lo que la partitura esconde, ceñirse al estilo y seguir las dinámicas marcadas, más claras que pulsación, entradas o cambios de tempo. Desconozco si el hilo conductor buscado para este programa era el número 100 y Bernstein  aunque se titulase «Los colores de la orquesta», pues el acierto fue pleno y el americano comentaba de esta quinta, como bien recoge la profesora Perandones en sus notas: «… una de las mejores sátiras de Haydn, incluso afirmó que fue la única obra que, al oírla, le hizo estallar en carcajadas por la incongruencia entre la formalidad del siglo XVIII y la modernidad del lenguaje del siglo XX«. Prueba superada por los músicos aunque resultara en cierto modo monocromática y no sobre el rojo pasión sino más bien en toda la paleta de ocres pese a la riqueza de esta sinfonía rica en efectivos (abundante percusión y piano) que se lucieron sin necesitar ponerse en pie. Destacar el protagonismo del viento, siempre excelente, y especialmente los metales buscando esa épica que supone afrontar conciertos como el de este viernes.
Por lo menos Perry So, al que bauticé «pintor de sonidos», nos traerá el Stabat Mater de Dvorak que pude disfrutar el año pasado en Bilbao.

Y lo raro de una propina en los conciertos de abono por parte de la OSPA, bisando a Bernstein el In memoriam para mayor gloria de Milanov, The OSPA Forever y «That’s all folks«. El propio Lenny y su sentido del humor que no nos falte…

​ Gardiner reivindica a Schumann con la LSO

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Jueves 8 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio,London Symphony Orchestra (LSO), Sir John Eliot Gardiner (director). Obras de Schumann.

Reseña para La Nueva España del 9 de marzo ampliada con «links» y fotos propias, además de añadir negritas o cambiar entrecomillados por cursivas:
La London Symphony Orchestra (LSO) y Sir John Eliot Gardiner trajeron a Oviedo el romanticismo puro reivindicando al Schumann sinfónico con las dos sinfonías sin nombre más la obertura Genoveva, su única ópera, obras de madurez animado por su esposa Clara y el amigo Brahms en un regreso esperado por todos.
Obertura más sinfónica que operística para abrir con delicados contrastes, fantasía y lirismo que el director británico llevó con su particular claridad de gestos bien entendidos por una orquesta rendida a sus órdenes, tocando de pie salvo las excepciones lógicas con algún espectador preguntándose la causa, tradición viva de Sir John.
Gardiner tiene grabada la integral de las sinfonías de Schumann con su Orchestre Révolutionnaire et Romantique para la serie Archiv del sello amarillo a finales de los 90, revividas ahora con la LSO en gira europea con Oviedo nuevamente en el mapa, escuchando las pares en orden cronológico, la Sinfonía nº 4 en re menor (primera versión de 1841) y la Sinfonía nº 2 en do mayor (1846).
La cuarta sonó germánica y romántica en cuatro movimientos sin pausa, enlazados y evitando las temidas toses, bien contrastados por un Maestro con mayúsculas aclamado por el respetable y sacando color a los claroscuros de sus compatriotas: magia de la Romanza, poderoso el Scherzo y pura explosión en el Largo. Finale: Allegro vivace con esos cambios de tempo logrando la expresividad tan decimonónica aún perdurable y funcionando desde una interpretación impecable por parte de los londinenses que dejaron el pabellón por todo lo alto a la espera de la segunda, parte y sinfonía.
Y tras el descanso llegaría la bellísima e inquietante segunda de movimientos separados, apareciendo las toses en «tutti» como olvidándose de su anterior visita, también plagada de contratiempos, luces y sombras (la sinfonía), con el Scherzo ubicado antes del maravilloso y expresivo Adagio finalizando con el vibrante Allegro molto vivace, bisado el último minuto final tras las aclamaciones y vítores para el «Gran Gardiner», romanticismo británico en lenguaje instrumental limpio y poderoso, elegancia de principio a fin con Sir John graduando emociones, dinámicas, velocidades y hasta aplausos y catarros. Excelencia en el trato y el concierto con LSO reivindicando al Schumann sinfónico.

«El romanticismo no es cuestión de rareza ni búsquedas de formas sorprendentes. Su cualidad esencial es que permite al músico ser también poeta». Robert Schumann a Clara Wieck aún solteros.

Mi comentario previo al concierto en LNE del jueves 8:

Los eternos cantores de Viena

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Domingo 25 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto extraordinario: «Europa, Europa». Niños Cantores de Viena, Luiz de Godoy, dirección y piano.

Crítica para La Nueva España publicada el martes 27 añadiendo «links», fotos propias y cambiando la tipografía eliminando comillas para utilizar negrita y cursiva:

La música sigue poniendo a Oviedo en el mapa musical y este domingo sería última parada de los Niños Cantores de Viena, el coro más famoso del mundo tras una gira española de diez días recorriendo Granada, Bilbao, Zaragoza, Valladolid, Madrid y Burgos. Sus orígenes se remontan al siglo XIII y tal como los conocemos desde el siglo XV con Maximiliano de Habsburgo, reconstruyéndose en 1921 tras la caída del Imperio austrohúngaro. Integrado actualmente por 100 coristas entre 10 y 14 años divididos en cuatro grupos corales para poder dar los 300 conciertos de media anuales, arribando a la capital asturiana con 23 efectivos más el brasileño Luiz de Godoy (que trabaja además con el coro de la Konzerthaus de Viena y la Academia de Coros de la Wienner Staatsoper) al piano y dirigiendo, además de presentarnos en un castellano correcto las distintas obras, con alguna alteración y omisión sobre el programa previsto.

El auditorio estaba al completo con público de todas las edades donde no podían faltar nuestros “Niños cantores de Covadonga”, la Escolanía con su director Jorge de la Vega tomando buena nota de todo sabedores que ellos también son historia viva.

Los Niños Cantores de Viena, una de las «más consolidadas» tradiciones musicales europeas, a lo largo de los siglos han sido numerosos los músicos que han trabajado para esta institución, se han iniciado musicalmente en ella o han dedicado obras: Isaac, Mozart, Caldara, Salieri, Bruckner, Haydn o Schubert entre tantos otros, ampliando un repertorio que abarca todas las épocas y estilos. Para esta gira se centraron en un “viaje coral europeo” como comentó al inicio Luiz de Godoy.

Acallando murmullos arrancaron desde el patio de butacas, bajaron por ambas escaleras y se colocaron sobre el escenario interrumpidos cada etapa por aplausos con el canon a 3 voces O Virgo splendens de nuestro Llibre Vermell de Monserrat (s. XIII) antes de ir saltando autores y épocas para combinar en escena las 23 voces blancas a ambos lados del piano, alternando acompañamiento y canto “a capella”, puro, siempre en perfecto entendimiento con el maestro brasileño, también prodigio quien adaptó el handeliano Piangerò la sorte mía con dos solistas marca Casa Viena o el Gloria in excelsis de Vivaldi desde un piano-orquesta de toque propio y demasiado rápido. En algunas obras se les notó cansados, no por algunos solistas en ambas cuerdas (tienen un tiple increíble que brilló en tres de los cantos rusos) sino por un piano forte sin contemplaciones como en El café de Chinitas recogido por García Lorca, con atrezzo de taza y periódico al que se iba sumando un solista hasta los cuatro finales totalmente tapados por el brasileño, de espaldas a ellos.

Simpática lección coral infantil el “Contrapunto bestial”, verdadero festín animal de Banchieri (ca. 1568-1634), bien las Cuatro canciones rusas K28 de Stravinsky sin piano, sentidos los cantos religiosos del motete Cantate Domino (Buxtehude), Ave Verum Corpus (Poulenc), Salve Regina (Fux) y la casi póstuma Pequeña cantata alemana K619 (Mozart) en adaptación del austriaco Gerald Wirth (1965), autor igualmente de Carmina Austriaca –de similitud con los de Orff– en reducción pianística más percusión variada a cargo de cinco de los niños para la selección ofrecida, ya descansados para afrontar una segunda parte más variada y agradecida.

Momentos mágicos como el Gloria de Britten a ellos dedicado con un piano más discreto, el Die Kapelle del antiguo cantor Schumann y los cantos populares de Armenia (dispersos todos por el escenario aumentando sensación dinámica), Serbia (dos primeras de lujo) o Estiria, en Austria, sumándonos con las palmas, siempre mejor solos aunque con piano ayuda en afinación y presencia, dando un ropaje global, también menos trajín entre cuerdas (12+11), favoreciendo empaste y mayor claridad de emisión.

Para estos vieneses famosos no podía faltar algo de sus paisanos los Strauss, cuya popularidad máxima alcanzan el día de Año Nuevo (2012 y 2016 con Mariss Jansons para recordar los recientes), aquí piano en vez de orquesta con excelentes arreglos del citado Wirth: el conocido Vals del Emperador (Johann Strauss II), la polka En viaje de Vacaciones (Josef Strauss) y la ¿inesperada? propina de El Danubio Azul que levantó al público de las butacas, palmeando todos esa polka rápida con la que cerraron su gira en Oviedo, la Viena del norte español.

Viena y sus eternos cantores

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Domingo 25 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto extraordinario: «Europa, Europa». Niños Cantores de Viena, Luiz de Godoy, dirección y piano.

Reseña para La Nueva España publicada el lunes 26:

Los Cantores hacen historia

El coro infantil vienés, dirigido por Godoy, asombró en el Auditorio, repleto de público de todas las edades, con un concierto en el que recorrió distintos tiempos y lugares

Pablo Siana | 26.02.2018 | 17:52

Cuando una institución musical tiene tras de sí tanta historia y por la que han pasado muchos de los compositores que conforman su repertorio, es lógica la admiración y respeto hacia ella. Los Niños Cantores han cantado desde el siglo XIII siendo Maximiliano I quien los llevaría a la capital en 1498. Actualmente el coro lo forman 100 cantantes entre los 9 y 14 años, divididos en cuatro coros que dan casi 300 conciertos al año, llegando uno de 23 efectivos a Oviedo, con el brasileño Luiz de Godoy como maestro de coro y pianista, otro prodigio infantil al frente de esta excelencia vocal, finalizando una gira que denotó cierto cansancio en estos niños únicos, disciplinados y sacrificados.Y asombraron a un auditorio de todas las edades, con presencia de la Escolanía de Covadonga, y sin localidades libres cantando la historia coral universal de todos los tiempos y lugares.
Desde el inicial canon “O Virgo splendens” del Llibre Vermell de Montserrat (siglo XIII) que pasearon por las butacas al escenario, hasta obras de su compatriota G. Wirth (1965), arreglista y compositor de los «Carmina Austriaca», dos números recordando los de Orff, pasando por los folclores serbio, español de “El café de chinitas» recogido por Lorca , atrezzo incluido con suma de cuatro solistas imperceptibles con el piano, hasta el armenio donde los vieneses sí mostraron su excelencia, niños que solo crecen para la música. Godoy dirigió y acompañó con soltura además de presentar este viaje coral europeo.
Se ha dicho que cada cantor de Viena es un solista que convierte su cuerpo en un instrumento de sonido lírico, transparente, único e inspirador de los mismos compositores que agrandan su repertorio, Britten de lo mejor cantado con piano, Mozart, Schumann ideal “a capella” y tantos como este domingo pudimos disfrutar sin olvidar a la Saga Strauss de Emperador y las propinas del Danubio y polka palmeada con la que cerraron su gira en Oviedo, la Viena del norte.

Contra los imprevistos siempre Verdi

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Sábado 24 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Olga Peretyatko-Mariotti (soprano), Luca Salsi (barítono), Oviedo Filarmonía, Tung-Chieh Chuang (director). Extractos de óperas de Mozart, Mascagni y Verdi.

Con expectación esperábamos en Oviedo, capital operística con solera, a la soprano rusa Olga Peretyatko, añadiendo el apellido Mariotti por matrimonio con Michele Mariotti en otra pareja para la historia de la lírica entre diva y director. En el concierto del sábado compartiría programa con el barítono Thomas Hampson pero a mediados de semana nos encontrábamos el aviso de cancelación aquejado de una insuficiencia respiratoria con el obligado cambio de obras y la búsqueda de otro barítono que pudiese afrontar con solvencia este duelo con la nueva diva rusa que desde ahora habrá que llamar como las estrellas con artículo delante, «La Peretyatko» (pues La Netrebko sigue siendo única), encontrándose los organizadores con el italiano Luca Salsi recién finalizada su participación en el Trovatore del MET ( hace pocos años también le tocó sustituir a última hora a Plácido Domingo) antes de volver en abril con Lucía y tras el recital del pasado domingo 18 en la Opera Naples que tiene a nuestro Ramón Tebar de director artístico (también pianista) en esta ciudad en el suroeste de Florida.

El barítono se sumó rápidamente a los ensayos con la Oviedo Filarmonía bajo la batuta del joven director taiwanés Tung-Chieh Chuang, auténtico responsable musical del concierto, agradeciéndoseles a todos por megafonía esta buena predisposición para luchar contra los imponderables, volviendo a realizar cambios en el añadido para la velada sabatina.

Bautizada por la prensa musical como «La dama rusa del bel canto», a la soprano rusa no le escuchamos nada de Rossini y prefirió para Oviedo cantar un poco de Mozart que siempre es mucho, y mucho Verdi que no es poco, junto al barítono italiano que sería padre político, biológico e incluso amante a lo largo de esta selección de óperas en el formato habitual de un aria y un dúo, semiescenificados, y dos más uno tras el descanso, sin faltar oberturas e intermedios amén de las esperadas y ensayadas propinas. Pero quien se merece un aplauso enorme de admiración y trabajo es el talentoso director taiwanés Tung-Chieh Chuang, premiado en el concurso para jóvenes directores Malko de la capital danesa en su edición del 2015, lo que le abrió más puertas, demostrando ser un maestro de la concertación con cantantes, mimándoles en las dinámicas y tempi, con gesto claro y preciso para la orquesta, la Oviedo Filarmonía, a la que se le notó cómoda pese a las premuras e inconvenientes surgidos.

Con Mozart tocó abrir (y casi cerrar) velada con Le nozze di Fígaro, primero la obertura ágil, rotunda y precisa antes de la aparición de la Condesa con Dove sono i bei momenti, recién estrenada en el repertorio de la rusa que puede con el aria pero aún le falta rodarla, demasiado sobria y falta de sentimiento.
Debería haber seguido Mascagni y su bellísimo además de delicado Intermezzo de «Cavalleria rusticana» que la orquesta ovetense (con Marina Gurdzhiya nuevamente de concertino) ya ha interpretado en conciertos similares y el maestro Chuang volvió a sacar lo mejor de ella. La Julieta de Gounod se cayó del programa, supongo que por mantener «cuotas de intervención», así que…

… rompiendo también esa unidad argumental se adelantó la salida de Luca Salsi para comenzar con Verdi y La Traviata, la famosa aria de Giorgio Germont Di Provenza il mar, il suol que pienso le pilló un tanto frío, sobrado de potencia que puede llegar a variar por momentos la perfecta afinación. Y mucho mejor el dúo con su «nuera» Madamigella  Valery? donde empastaron perfectamente, moviéndose a la izquierda del podio casi peligrando la batuta del taiwanés, creíbles vocalmente y mimados en las dinámicas por Tung-Chieh Chuang y una orquesta ideal en estas partituras. Faltó la Violeta perdida (aunque sí el público aplaudiendo el dúo antes del «sacrificio»), nada abandonada sino felizmente encontrada por un Germont padre todo poderoso y generoso con la descarriada que tiene hace ya años en su repertorio.

Tras el descanso más Verdi, auténtico protagonista, impecable obertura de “La forza del destino”, digna página de conciertos sinfónicos (junto a las anteriores de Mozart y Mascagni) para una orquesta muy centrada y eficaz pese a los imprevistos. Cambiando de rol y de vestido (oro en la primera y rojo en la segunda ) inició la soprano rusa su segunda aria en solitario con Mercè, dilette amiche, el bolero de Hèléne («Les vèpres siciliennes») que aún necesita maduración y reposo pese a los años que lleva en su repertorio, tal vez el aire sea el de su Carmen pensada pero los graves deberán ganar redondez y volumen igualando colores demasiado contrastados todavía.

El italiano Salsi además de complemento masculino y paternal como Giorgio Germont nos regaló un entregado Macbeth Pietà, rispetto, onore que nos supo a poco, voz pletórica y rotunda, más contenido que de suegro y centrado en esta su segunda aria antes de pasar al padre jorobado con esos roles del genio de Busseto que exprimen todas las cuerdas para perfilar cada cantante su propio personaje.

La Peretyatko tiene igualmente bien estudiada y cantada la Gilda de «Rigoletto» aunque su Gualtier Maldé!… Caro nome con excesiva pirotecnia vocal en su última aria en solitario, tercera de la noche, resultó muy personal pero poco precisa aunque entregada en volúmenes para los agudos, antes del final con su «padre» Salsi, primero el Cortigiani vil razza dannata reválida de todo barítono que el italiano defendió con vehemencia, credibilidad (encorvándose además de cojear) y volumen, más el dúo paternofilial Tutte le feste al templo donde la soprano estuvo algo tapada por el barítono mientras Tung-Chieh Chuang no tuvo contemplaciones dinámicas con una orquesta madura.

Aplauso enorme para el barítono por lo que supuso esta sustitución de última hora que no decepcionó a nadie y se adaptó a las circunstancias, más los bravos para la prometedora diva rusa que aún sigue en ascenso para poder mejorar Verdi tras encandilar con Rossini, ausente en Oviedo. Personalmente su color vocal puede ser mozartiano y hasta creerme que los años la lleven por estos repertorios, es cuestión de esperar y elegir.
Ante el éxito nada menos que tres propinas: la Bess rusa del Summertime (Gershwin) que figuraba en el primer programa aunque ella prefiriese darnos sorpresso, sin poso en el grave, muy plana pese a sus agudos pero de lo más comercial. Como Zerlina llamaría al conquistador italiano para “darse la mano” y marcharse lentamente con Mozart (Là ci darem la mano), un Salsi poliédrico pasando este sábado de suegro a padre y finalmente Don Juan con la Peretyatko menos «Verdi» con Wolfgy en feliz dúo.

Mozart es mucha ópera y hubiese sido el final ideal, pero sin más papeles preparados y para regocijo del respetable quedaría organizarse un poco con unos desconcertados músicos y director para bisar los compases últimos del dúo Todos los días de fiesta… con Verdi, y Oviedo volvió a disfrutar de la ópera aunque sea en concierto.

P. D.: reseña en La Nueva España de este domingo 25 y crítica del lunes 26 edición digital solo para suscriptores, adjunto foto:

Poca espiritualidad y ninguna inspiración

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Viernes 16 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Espiritualidad II», abono 6 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marina Rodríguez Cusí (mezzo), Evan Johnson (tenor), Joan Martín-Royo (barítono), Coro de la FPA (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Obras de Haendel y Schubert.

Repertorio poco transitado con el título de «Inspiración II» en la revista, que realmente era «Espiritualidad II» según la propia web de la OSPA (ya renovada) con la vuelta del director titular al frente, volviendo a tener un día poco inspirado. Sobre la Música Acuática o Water Music de Haendel escribe ampliamente Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio de la página en Facebook© de la OSPA) optando según estaba previsto por la Suite nº 1 en fa mayor con la mejor formación para el Barroco que no debe  olvidarse, a base de la mejor plantilla para la ocasión, con la cuerda, clave, dúo de trompas y oboes más fagot. Desconozco la edición de bolsillo manejada por Milanov aunque los diez movimientos o aires de su elección no corresponden con lo anunciado en la programación de la revista ni se indican en la web, solo «selección de suites» (y cuyo orden siempre es orientativo) no coinciden con los habitualmente manejados y grabados, ni tampoco el espíritu del alemán nacionalizado británico. No se acertó tampoco con la combinación de tiempos, ritmos o compases contrastantes de este periodo y con poco rigor histórico los músicos se limitaron a las partituras sin brillar como era de esperar, sin la pulsión mecánica necesaria, aunque tuvieron momentos de lucimiento, destacando el trío de madera (que no necesita dirección) por la calidad que atesoran, dejándonos lo mejor de esta música real para disfrutar por el Támesis aunque el Gafo no sea navegable ni a nosotros se nos trate como reyes. Igualmente el excelente dúo entre Vasiliev y Corpus cuyos años de convivencia en esta orquesta les hacen entenderse mejor que muchos matrimonios. No puedo decir lo mismo de los dos bronces que decía Max Valdés porque no son los berlineses aunque lo intentaron pero sus errores «dan el cante» mucho más que algunas entradas irregulares de sus compañeros de escenario, por otra parte lógico ante las carencias en este repertorio que el titular sigue teniendo aún más acentuadas con el paso del tiempo. Así que este Handel al que Valdeón incluye en la «Categoría de honor» resultó pasado por agua e incluso soporífero para un público tan despistado que no aplaudió hasta bien finalizada la selección con el X (sin indicación de tempo) al igual que el III (¿?) según el programa (¡tampoco hubo diez movimientos!), algo por otra parte de agradecer en otros días donde las prisas impiden degustar los últimos sonidos de las obras aún vivas flotando en el aire.

Supongo que espiritualidad será religiosa porque no encuentro conexión entre el programa y su título, y de las nueve misas de Schubert se optó por la Misa nº 5 en la bemol mayor, D. 678, no precisamente la más agradecida para nadie y enormemente dura. De agradecer la colaboración abierta entre el CONSMUPA y la OSPA que permite la incorporación de 14 estudiantes (merece la pena escuchar la entrevista en OSPA TV) a estas grandes obras sinfónico corales y dejo la información colocada a la entrada del auditorio.

Por resumir la «versión» escuchada de la quinta misa de Schubert pienso que se optó por el trazo grueso, con un coro de 78 voces (46 blancas y 32 graves) nuevamente desequilibrado, más inseguro de lo habitual, abusando de los fuertes en intervenciones muy exigentes por la amplia tesitura y con pocos momentos para disfrutarlo «a capella» en una misa más como «puesta en escena» que realmente espiritual. El director búlgaro prescindió de batuta buscando la mejor comunicación aunque de nuevo el gesto no ayuda mucho al entendimiento con un coro al que han dirigido grandes y variadas manos, pero no les noto seguros con Milanov. La orquesta con el refuerzo estudiantil citado y cambiando clave por órgano, con timbales, trompetas y trombones a la derecha más trompas a la izquierda, tampoco tuvieron un buen día, faltó empaque entre las distintas secciones y el coro, navegando por este otro río a pasos y dinámicas distintas. Al menos los excesos fueron compartidos por ese afán en confundir lo monumental con lo fortísimo, olvidando que los recursos están para dosificarlos y no abusar de ellos pues hacen perder el efecto deseado.

Lo mejor de todo fue el cuarteto solista por calidad y empaste de voces tanto entre ellas como con el coro y la orquesta, dos ya conocidos en Oviedo como el barítono Joan Martín Royo o la mezzo Marina Rodríguez-Cusí (incluso coincidieron en Ariodante) junto a la soprano tarraconense Marta Mathéu espléndida de emisión, color y matices más el tenor norteamericano Evan Leroy Johnson que no desentonó en el cuarteto viniéndole muy bien la estancia europea donde el listón interpretativo es más alto que en su país (Milanov lo conoce de allá) como deberá ir comprobando, aunque no siempre triunfen los mejores.
El próximo viernes sí habrá «Inspiración II» porque tenemos estreno de Gabriel Ordás (1999) y su Onírico entre otras obras de las que María Sanhuesa hablará en la conferencia previa una hora antes «… entre la vigilia y el sueño».

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Miércoles 14 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Sociedad Filarmónica, concierto 1.598: «La vida breve«. Rafael Aguirre (guitarra) y Nadège Rochat (violonchelo). Obras de Albéniz, Falla, Granados, Cassadó, Ravel, Lara, Assad, Piazzolla y Tárrega.

Andrea García Alcantarilla titula las notas al programa «De lo popular a la sala de conciertos» haciendo ver la gran deuda de los compositores con la música popular y de lo que habló unos días antes en «Las charlas de la Filarmónica» organizadas por la JAM de Asturias. La mejor forma de saldar cuentas la pusieron un dúo atípico de amplio recorrido desde 2011 formado por el guitarrista malagueño Rafael Aguirre (1984) y la chelista suiza Nadège Rochat (1991) con un programa titulado «La vida breve» no solo por Falla sino también por el CD que grabaron, y que se presentaba por fin en España tras haberlo llevado entre otras salas famosas al Carnegie Hall neoyorquino o la Konzerthaus vienesa, un tributo a los grandes compositores inspirados en la música del pueblo más allá de lo que se ha llamado «nacionalismo», y tanto a un lado como otro del charco.

Ambos fueron presentando las obras trufadas de anécdotas que completaron un San Valentín de dobles parejas por instrumentos e instrumentistas, masculino en manos femeninas y viceversa, el chelo de Nadège y la guitarra de Rafael, enamorados de unas joyas, la Alhambra de Aguirre y el Stradivarius «Ex Vatican» de 1703 de Rochat, que pude disfrutarlo, además de contemplarlo de cerca,  hace ahora un año en Bilbao a dúo con la donostiarra Judith Jáuregui, que también actuó para la Filarmónica gijonesa el pasado mayo, volviendo a reunirse en apenas quince días para Musika Música, sumándoseles la violinista ibicenca Lina Tur Bonet.
Y esta pareja acabó enamorando a un público que conocía la mayor parte de las partituras elegidas aunque las versiones a duo fueron originales por sonoridades (levemente amplificada la guitarra) y empastes, con guiños a la canción de concierto porque el violonchelo es lo más cercano a la voz y la suiza hizo cantar «su Vaticano».

La primera parte con la guitarra sola y el «pianístico» Asturias – Leyenda (Albéniz) con «arte» además de virtuosismo pues el solista malagueño supo darle un sello propio antes de afrontar con el cello las Siete canciones populares españolas (Falla), aire gitano, toque flamenco, hondura asturiana, ritmo de jota, nana mecida, cante hondo del sur universal con Nadège cantando en todos los registros que la voz humana no puede, ornamentos imposibles hasta para los grandes que el cello posibilita asombrando lo bien que esta intérprete nacida en Ginebra ha captado la atmósfera de nuestra piel de toro, y la guitarra distinta al piano más cercana al pueblo del que el gaditano toma estas melodías.
Y lograda transcripción de la pianística danza Oriental (Granados) por el intercambio de registros entre punteado y frotado como si se multiplicasen las manos sobre unas teclas de cuerda.

No podía faltar el homenaje al gran virtuoso del chelo y compositor Gaspar Cassadó del que Nadège nos deleitó con la Danza finale antes de los Requiebros con guitarra en «atrevido» arreglo de Rafael que mantuvo esa línea argumental y sonora antes de rematar la faena con la conocida Danza de «La vida breve» (Falla).

Populares por inspiración, cercanía a su pueblo o directamente enamorados de esas músicas, la segunda parte comenzó con la Pièce en forme de Habanera (Ravel), una particular versión de Granada del mexicano Agustín Lara que por el mundo le hacen español aunque imposible cantarla con el cello, una joya del brasileño Sérgio Assad (1952) como es Menino, volviendo a disfrutar del Tárrega puro admirado desde niño por Rafael Aguirre que su guitarra elevó a virtuoso magisterio con la Gran Jota y Recuerdos de la Alhambra, más Piazzolla eterno que soporta cualquier combinación instrumental dada la belleza de sus temas, tangos nuevos incluso sin baile como Nightclub 1960 o Libertango acortado y algo alocado al que faltó el poso porteño difícil por la sangre joven de estos enamorados dos por dos.

Mas para tango puro la propina del gardeliano Volver más el deleite final con la milonga – tango del eterno Oblivion siempre agradecido de escuchar e interpretar para un miércoles de ceniza para enamorados de la música siendo el mejor regalo en esta original combinación de dos intérpretes que expulsan el arte a borbotones, juntos y separados.

Un ensamblado Enol

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Crítica para La Nueva España del jueves 15 de febrero, añadiendo mis links y fotos.

Martes 13 de febrero, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 3 del año, 1.967 de la sociedad: «Enol Ensemble: Elena Rey (violín), Cristina Gestido (viola), Teresa Valente (cello) y Mario Bernardo  (piano). Obras de Schumann y Brahms.

El cuarteto con piano es una formación inusual, tres instrumentos de cuerda (violín, viola y violoncello) con los cuales el piano nunca acaba de empastar porque el sonido se produce de distinto modo (cuerdas frotadas unos, cuerdas percutidas el otro), lo que puede explicar que no exista literatura muy abundante para esta clase de cuarteto (Mozart, Dvorak o Fauré entre los pocos), ni tampoco agrupaciones estables dedicadas a estas obras, siendo costumbre que conjuntos de cuerdas ya consolidados inviten a un buen pianista (y prescindan del segundo violín) o bien cuatro instrumentistas independientes que se reúnan para abordar este subgénero. Ni uno ni otro, lo bueno del “Enol Ensemble” es su apertura a cualquier estilo, formación o época para hacernos llegar estos repertorios tan poco programados y tocados, un martes sin supersticiones y carnavalesco con esta formación que se estrenaba en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, el mejor escenario para esta música.

Unir dos cuartetos de Schumann y Brahms, maestro y discípulo, no necesita justificación alguna. La amplia amistad que el joven de Hamburgo mantuvo a lo largo de toda su vida con Clara Wieck, esposa de Robert y muy pronto su viuda, junto a la fidelidad y defensa de la obra del amado maestro, siempre con la losa del “dios Beethoven” en todos sus seguidores, hechos que resaltan la compenetración de músicas tan íntimamente unidas y sin embargo tan diferentes en ambos, con esta peculiar e inusual reunión de trío de cuerda con piano, esta vez estrenando «Enol Ensemble» con veneración por los dos alemanes, pudiendo y haciendo entender que la cuna del romanticismo es germana desde una interpretación rigurosa y potente de mayoría femenina, como la vida misma.

Dos visiones de un solo mundo con este “ensemble” abierto al universo camerístico comenzando con el “Cuarteto en mi bemol” op. 47 de Schumann, el “Sostenuto assai” seguido del “Allegro ma non troppo” del arranque, el juego del “Scherzo: Molto vivace” combinando tímbricas y números, el tercer movimiento «Andante Cantabile» puede que el más nostálgico y triste del romanticismo, así transmitido sin ñoñerías, mientras el último «Finale: Vivace» supone el salto adelante preparado en los movimientos anteriores, de planos equilibrados con los protagonismos escritos desde una visión global, un buen desarrollo del discurso entre unos solistas que saben y disfrutan haciendo música juntos, con el corazón mandando sobre el nervio evitando exhibicionismos.

Seriedad y mucho ensayo necesarios para afrontar Schumann, no digamos ya del “Cuarteto en sol menor” op. 25 de Brahms que profundiza en sonoridades e individualidades alternadas, de sonido uniforme bien entendido por estos intérpretes veteranos y jóvenes, de tiempos más diferenciados que en la primera obra, pasando del enérgico «Allegro» inicial al nocturno y sombrío «Intermezzo», el “Andante con moto” cantado por los cuatro por esa inspiración o aire casi de «lied» a tres voces con el piano, y el último «Rondo alla zingarese» recordándonos el jolgorio del martes carnavalesco contrapuesto con leves momentos íntimos del caballero piano contestado con igual intención por las tres damas de los arcos, para saborear violines populares casi evocadores del címbalo húngaro, tamizados por las sutilezas del hamburgués -que estuvo al piano en su estreno- y elevaría a las grandes salas estos aires gitanos, de ritmo casi salvaje recordando sus danzas por métrica y melodías populares de este bien ensamblado Enol astur por capital (pues hay una catalana, una portuguesa y dos asturianos) con proyección internacional, triunfando en su puesta de largo.

Valientes por las obras elegidas, sobradamente preparados para afrontar cualquier repertorio con éxito y sobre todo enamorados de la música.

Tarde de estreno ovetense

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Reseña para La Nueva España del miércoles 14 de febrero con añadidos de links y fotos propias.

Martes 13 de febrero, 19:45 h. Sociedad Filarmónica de Oviedo: Enol Ensemble.

Puesta de largo del “Enol Ensemble» promocionando la música de cámara, esta vez en formato de trío de cuerda formado por Elena Rey (violín), Cristina Gestido (viola), Teresa Valente (cello) con el pianista Mario Bernardo, en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, dónde mejor que en esta escuela de melómanos, nada menos que con dos obras intensas, inmensas y emparentadas dentro de los llamados “cuartetos con piano”, no muchos en la historia: el Cuarteto en mi bemol op. 47 de Schumann -con el «Andante Cantabile» probablemente más triste y melancólico- junto al Cuarteto en sol menor op. 25 de Brahms, tributo del alumno con una admiración no exenta de veneración (también a la viuda Clara Wieck) que este Enol asturiano elevó a la altura esperada, con final “alla zingarese” de aire carnavalesco y jovial.
Dos colosos de la música de cámara romántica para una presentación de categoría especial en una ascensión con empuje y entendimiento juvenil de este cuarteto bien “ensamblado” de mayoría femenina y carácter heroico con resultado satisfactorio.

Carnaval maduro y juvenil

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Domingo 11 de febrero, 20:00 horas. León, Fundación Eutherpe: Jóvenes intérpretes 2018. Laura Mota (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.

La fundación que preside Margarita Morais lleva años apostando por los jóvenes talentos y por su sala de la calle Alfonso V en León siguen pasando generaciones de intérpretes, muchos de ellos asturianos, que vuelven para corroborar su evolución y agradecer el interés por ellos mostrado.

Laura Mota (Oviedo, 28 de febrero 2003) retornaba a la capital vecina con un programa hondo, potente, arriesgado y volviendo a demostrar su increíble madurez interpretativa tras su paso por Aarhus el pasado verano en su concurso internacional siendo una de las 20 finalistas de todo el mundo en la categoría A (nacidos entre 2003 y 2008), y la única no oriental en clasificarse para la final, lo que indica el nivel de nuestra joven intérprete demostrado en otros eventos donde siempre admira amén de premios o distinciones.

En la primera parte Beethoven y su Sonata para piano nº 8 en Do menor, Opus 13, «Patética», todo un hallazgo de aproximación romántica desde el I. Grave – Allegro di molto e con brio con silencios subyugantes antes de arrancar «con brío» y fuerza, un II. Adagio cantabile hondo y bien «cantado» para rematar con el III. Rondo: Allegro lleno de vitalidad y explosión sin importar las dificultades técnicas porque la música reinó sobre toda la sonata plagada de momentos hondos que cerrando los ojos hacían olvidar la edad de nuestra pianista.
Y los retos están para superarlos por lo que dentro de este programa de piano romántico en estado puro y cronología bien elegida, llegaría Schubert con la Fantasía Wanderer Opus 15 (D. 760), nueva prueba de fuego no ya por el esfuerzo físico sino por el poso necesario para afrontar esta inmensidad de partitura de la que Liszt sería gran admirador. Cuatro movimientos (I. Allegro con fuoco ma non troppo; II. Adagio; III. Presto; IV. Allegro) más exigentes que cualquier otra sonata por ese trasfondo de «caminante» en la breve vida breve del compositor con guiños a su admirado Beethoven, pero con un poso al alcance de pocos intérpretes consagrados (no suelo recordar muchos orientales) entre los que tendremos que añadir a Laura Mota, aún en un sendero del que no vislumbramos final por todo lo que le espera, pero dejando al educado y entendido público leonés boquiabierto por esa madurez en el piano que no cuadra a la vista aunque sí totalmente al oído, un escalón vienés en la evolución de la literatura para las 88 teclas.

Para concluir el concierto y en plenas «carnestolendas» la segunda parte nada mejor que el Carnaval, Opus 9 (R. Schumann) con veintidós estampas cual ilustraciones musicales variadas, breves e intensas, complicadas por la riqueza condensada y todo tipo de recursos técnicos al servicio de esas postales evocadoras de estas fiestas sin perder de vista la «Commedia dell’arte» por colorido y humor (Reconnaissance), unido a homenajes variados (Eusebius VS Florestan) con los correspondientes guiños en el pentagrama a otros grandes (Chopin tal cual o endiablado Paganini) plagados de trampas y letras danzantes, juegos rítmicos y sobre todo el piano protagonista total dibujado por Laura Mota desde esa madurez juvenil de una adolescente que sigue maravillando, Papillons casi etéreos como el tocado del pelo, Coquette, o históricos como la Marche des «Davidsbündler» contre les Philistins, evocación del emperador Beethoven y verdadera defensa de los ideales artísticos contra los formulismos y viejas teorías de los maestros rutinarios, a quienes esa sociedad secreta de Schumann designaba como “filisteos”, auténtica revolución llevada a cabo por la nueva escuela romántica de la que todo este concierto dominical fue un verdadero ejemplo de principio a fin.

Y es que si el esfuerzo no solo físico resultó maratoniano, aún tendría fuerza para regalarnos «un poco más» de Schubert, el Impromptu D. 899 op. 90 nº 2, limpio, cristalino, prodigioso y romanticismo en estado puro, digno de los muchos grandes pianistas cuyas fotos ilustran esta sala leonesa donde Laura está hace tiempo. Cada concierto suyo pone el listón más alto aunque los límites los pone ella, y Oviedo su Sociedad Filarmónica volverá a tenerla el próximo 28 de marzo.

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