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Musika Música toma 4

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Sábado 7 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Raquel Lojendio (soprano), Eugenia Boix (soprano), Maarten Engeltjens (contratenor), Andrew Tortise (tenor), Stephan Loges (bajo-barítono), Sociedad Coral de Bilbao, OSPA, Aarón Zapico (director): Haendel: Dixit Dominus HWV 232; Bach: Magnificat BWV 243. Entrada: 10€.

No parece ser buena hora una mañana de sábado para un concierto, pero en este «maratón» dedicado a los dos alemanes tan cercanos y distintos con dos de sus obras más alegres y además interpretadas por músicos conocidos y conocedores, son más que razón para continuar disfrutando de la capital vizcaína, capital musical este primer fin de semana de marzo. El éxito de público volvió a ser increíble, dando gusto contemplar la gran sala llena para escuchar un concierto «made in Asturias» y traído a la ría del Nervión.
Abría Händel y una selección de su Dixit Dominus HWV 232, que como toda obra con solistas, coro y orquesta necesita tener muy equilibrado el reparto y elección de intérpretes. Los solistas, con diferente peso en la partitura, mostraron lo mejor de ellos, destacando la soprano Raquel Lojendio que repetía junto al tenor Andrew Tortise y la dirección de Aarón Zapico tras el «estreno» del viernes, uniéndose a ellos el contratenor Maarten Engeltjes al que ya conocía de Oviedo, el bajo-barítono Stephan Loges, y muy especialmente Mª Eugenia Boix que gana enteros cada vez que la escucho en estos repertorios, con un color denso que empasta a la perfección con la soprano canaria y que en los solos resultó convincente, incluso cautivadora.
La OSPA en formación para barroco contó con Eva Meliskova de concertino liderando unos intérpretes que volvieron a gustarme en cada sección, dentro de un repertorio poco o nada programado durante la temporada de abono pero que es tan necesario a los músicos como al público.
Aarón Zapico la llevó con mano firme y pulsación matemática cuando así lo requería, especialmente en los números corales, que comentaré más adelante, manteniendo buenas dinámicas en las arias y los concertantes, pudiendo escuchar a todos los intérpretes en el plano correspondiente. Aunque no es su formación, el recorrido del director asturiano con otras orquestas está cuajando (venía de ponerse al frente de la OEX) y la del Principado suena realmente bien con Zapico, que tiene una visión del barroco tan clara que la transmite a los instrumentistas sin problemas, uniéndose la calidad de todos para alcanzar un resultado encomiable.
Capítulo aparte la Coral de Bilbao que nunca encontró su sitio vocal, inseguros, desafinados por momentos, agilidades poco claras, emisión defectuosa, gritona en exceso y problemas en mantener la pulsación que es el eje vertebrador de este repertorio barroco. Una pena que empañase el resultado notable del resto.
El Magnificat BWV 243 de Bach era el complemento perfecto para esta matinal, con arias para lucimiento de todos los solistas, un Et exultavit primoroso de Eugenia Boix en su timbre aterciopelado contrastando con el brillante de Raquel Lojendio en Quia respexit, Loges impresionando con Quia fecit resonando potente, el Deposuit de Tortise más que digno y sin tiranteces, un Esurientes de Engeltjes muy musical y presente con un delicado acompañamiento orquestal, y destacando el dueto Et misericordia con el tenor y el terceto Suscepit Israel con las sopranos en el número más logrado por parte de todos.
El coro local volvió a dar la de arena, un auténtico jarro de agua fría para esta maravillosa obra en latín de «El Kantor de Leipzig», pues repitió errores del Dixit aún más graves ante las dificultades de esta partitura. No hubo química ni impacto, faltó seguridad y sólo puedo destacar las ganas de gustar y el esfuerzo que a la vista de los resultados no fue suficiente.
La OSPA nuevamente enorme como grupo y por secciones, trompetas vigorosas desde la precisión y color, maderas pletóricas, especiales con los acompañamientos vocales (en el Quia respexit un placer) y una cuerda que siempre es segura (excelente el cello con el bajo en Quia fecit), plegados a las órdenes de Aarón Zapico siempre atento a las dinámicas contrastantes y los amplios matices que los atriles respondieron «al pie de la letra».
La orquesta asturiana sigue dejando el pabellón en alto, además con un director también de la tierra para interpretarnos a un Bach que no debería faltar todas las temporadas. Casi sin respiro volverían por la tarde con su titular, pero será otra toma. La mañana resultó agridulce aunque el sabor predominante siga siendo barroco.

Musika Música toma 3

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Viernes 6 marzo 2015, 21:15 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I:  Letizia Scherrer (soprano), Franziska Gottwald (mezzo), Lothar Odinius (tenor), Tobias Hunger (tenor), Arttu Kataja (bajo), Tobias Berndt (barítono), Chorus Musicus Köln, Das Neue Orchester, Christoph Spering (director). Bach: Pasión según San Juan, BWV 245. Entrada: 10€.

Para acabar un viernes completo nada mejor que «Mein Gott» Bach y su «pasión menor» con solistas, coro y orquesta de lujo. No podía imaginar el despliegue técnico que este «maratón Musika» supone, no ya la organización de las salas, comprendiendo el no numerar las localidades pese a que ello conlleve hacer largas colas, sino toda la infraestructura técnica. Con la orquesta y coro ya en el escenario todavía estaba uno de los afinadores de claves venidos para este macroevento trabajando sobre el instrumento, comprobando el meticuloso oficio de estos anónimos currantes sin los que el resultado final nunca sería igual.

El retraso merecería la pena porque la salida de Spering llenó de expectación una pasión capaz de llenar la gran sala, supongo que dos mil espectadores cual feligreses pasando hoja del programa con los textos al unísono, discípulos del kantor de Leipzig capaces de permanecer dos horas conteniendo la respiración y deleitarse con el único e inimitable Bach. Bien está Haendel pero sigo eligiendo al genio universal de Eisenach.

Todo un elenco capaz de sacar adelante una versión de la Pasión según San Juan BWV 245 de lo mejor que podemos escuchar hoy en día y que me marcará todo este festival. Seis solistas a cual mejor con Lothar Odinius de evangelista convincente, metido de lleno en el personaje con todo lo que ello supone, remarcar dramáticamente cada versículo, fuerza y emoción, pasión y recogimiento, con un Jesús Arttu Kataja imponente, pletórico, de voz redonda y aterciopelada, timbre ideal, creíble en cada aparición, con un dúo de mujeres a cual más hermoso de sonido y empastes milimetrados, Letizia Scherrer poniendo el oro y Francizka Gottwald el engarce. Los dos Tobías, Hunger y Berndt, tenor y bajo de auténtico dominio técnico y sentimiento bachiano completaron el primerísimo grupo vocal.

El Chorus Musicus Kölhn no defraudó nunca, con un número puede que corto para las exigencias que Spering plantea en su versión, colocado intercalando blancas y graves en la búsqueda de colorido y expresión meticulosas que el director alemán trabaja como nadie. Los coros alemanes mantienen ese sonido algo oscuro que logra un dramatismo intrínseco a la partitura, y así sonó en los corales, realmente sentidos y convirtiendo el «Auditorio Jorge I» en un enorme templo luterano.

Das Neue Orchester sería el último pilar capaz de armar esta joya de Bach, menos conocida que su hermana mayor pero igualmente rica en dramatismo, lirismo, ensoñamiento musical para el acercamiento a una palabra evangélica que el pentagrama eleva a divina. Siempre comento que incluso para ateos y agnósticos estas dos pasiones levantan el espíritu hacia un mundo superior en el que todos acabamos creyendo independientemente de la propia vida terrenal y personal.

El maestro Spering, con el que tuve el honor de charlar al día siguiente haciendo cola para el primer concierto matutino, ejerció de auténtico pastor, maestro de liturgia musical atento y dominador, capaz de mantener un gesto recio para transformarse según el número en ángel llevando las melodías de una voz a otra, contagiar ímpetu o calma, maestro de capilla y organista sinfónico con unas manos dibujando sílabas, frases, capítulos, obra magna de «Bach dios nuestro» y padre de todas las músicas. Escribiendo todavía resuena ese coral final Ach Herr, laß dein lieb’Engelein Am lezten End’ die Seele mein… (Deja Señor que, finalmente, tus ángeles lleven mi alma…), pues marca a fuego la propia condición humana hecha Arte Musical.

En el nombre de Bach

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Viernes 9 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Pierre-Laurent Aimard (piano), Das wohltemperierte Klavier I, BWV 846-869 (J. S. Bach).

Casi una gesta supone interpretar completo el primer libro de «El clave bien temperado«, todo un universo condensado en veinticuatro preludios con sus correspondientes fugas en cada tonalidad de toda la escala cromática, profundidades para pianista y público iniciado, más aún para el de estas jornadas dedicadas a las 88 teclas que dejó muchas butacas vacías pese a la inmensidad del artista francés.

Antes de comenzar Aimard realizó la dedicatoria, en inglés, a las víctimas de los atentados de París de este concierto precisamente con la mejor forma posible para él como «su Bach«, música para la paz.

Con la edición Urtext (la naranja de toda la vida) adquirida el mismo día al olvidar la suya, sin anotación alguna, ayudado de «pasa hoja» atento a las indicaciones del pianista, normalmente en las fugas que ocupan varias páginas, también una vez iniciada siguiendo sus instrucciones, sin patrón aunque supongo que buscando la mayor unidad entre parejas (preludio y fuga, también en las tonalidades mayor y menor), con un breve descanso tras interpretar la mitad del libro, el estilo del artista de Lyon se caracterizó por la profundidad en cada una de las obras, independientes dentro de esa unidad y globalidad universal que algunos han llamado la biblia de los pianistas. El tocar con la partitura delante indica en este caso no inseguridad, que seguro la tiene más que asumida e interiorizada, sino el respeto a lo escrito y deseo de no dejarse nada en el tintero, refrescar siempre el complejo mundo que Bach dejó para la posteridad de la historia musical.

Aimard optó por intentar ofrecer un acercamiento personal a toda la inabarcable magnitud del primer libro, desde la diversidad en cada obra: romanticismo en los preludios, claridad expositiva en las fugas, manejo del pedal en pos de sonoridades amplias y ricas, contrastes en tiempos pero también en emociones, sin importar «pellizcar» notas más allá de los propios adornos escritos, convencido de la vigencia y atemporalidad de la obra para tecla de Bach, «klavier» que es clave y piano en la lengua de Goethe, honradez y honestidad en cada fraseo, en cada duración, en cada calderón, en cada anotación del propio compositor. El propio Aimard ha dicho «Bach ha sido durante mucho tiempo un objetivo muy lejano para el día en que yo fuera más sabio o me conociera mejor».

Pierre-Laurent Aimard resultó un titán enfrentado a la inmensidad interiorizada para sacar a flote todo lo escrito, visiones claras de lo importante y lo accesorio sin perdernos en discursos introspectivos. Afrontó el primer preludio como si de una autopresentación de intenciones se tratase, nunca el virtuosismo sin más, juego expositivo y sonoro desde una técnica y gestualidad propias, mascando los pasajes en cierto modo «gouldiano» (aunque el canadiense jadease y tararease), recreándose en la boca volcán o sumergiéndose en el magma. Cada preludio y fuga tienen identidad propia, vida condensada para el estudio no ya de los propios hijos de Bach y demás discípulos sino para dedicarle toda una existencia, longeva a ser posible. El músico francés ha grabado el verano pasado este programa para el sello amarillo con quien tiene exclusividad, pero también ha colgado seis minicapítulos en vídeo explicando, en inglés de nuevo por la universalidad del habla, cual preámbulo a una gira que le llevará el martes 13 al Auditorio Nacional.

Si comentaba que el concierto resultó para iniciados, recordar al resto que resulta un acontecimiento casi irrepetible escuchar el libro primero completo en un recital, que las grabaciones llevan tiempo sin contar el invertido de preparación, y lo difícil que supone siempre aportar el toque personal a esta obra pianística. Hay fugas difíciles de paladear pero otras son auténticas delicias, joyas para todos los públicos, la precisión matemática de la escritura bachiana elevada siempre a la mayor espiritualidad que Aimard consiguió en las venticuatro. Los preludios siempre son más «llevaderos», espontáneos, luminosos en su mayoría y verdadera fuente de versiones en todos los estilos. Cuando los bachianos defendemos que toda la música posterior arranca de aquí es fácil argumentarlo, partiendo del acercamiento al jazz que el también pianista francés Jacques Loussier realizó durante años de la obra del kantor de Leipzig donde nunca faltaron preludios y fugas del primer libro. Por lo tanto es un lujo escuchar completo en la misma sesión «El clave bien temperado» (hasta W. Carlos se atrevió con «El sintetizador bien temperado») porque el directo siempre es irrepetible y todo lo que se haga en nombre de Bach no resulta excesivo.

Imposible elegir altos y bajos aunque hay que citar el BWV 849 por reflejar humor e introspección, el poderoso preludio BWV 851, el dificilísimo BWV 852, la única fuga a dos voces BWV 855 auténtico muestrario dinámico, y de la segunda parte la introspección del BWV 861, el complicado ligado de la fuga BWV 862, todo el BWV 864 por contrastes, elección correcta de un tempo ceñido a la máxima de Tovey de «“que no sea ni intocable ni desagradable de acuerdo con una práctica razonable” a fin de conservar la atmósfera de alegría imperante y, al tiempo, no perder la calma expositiva» que el gran Arturo Reverte cita en las notas al programa de Madrid, y finalmente el BWV 868 por lo que supone de respiro y luz tras las sombras anteriores, no interpretativas sino profundas en la escritura bachiana. Aimard se suma a la lista de los grandes intérpretes que han pasado por Oviedo, y su Bach será recordado mucho tiempo. Añadir que los «links» que figuran bajo mis elecciones son del ya citado Glenn Gould, auténtico genio que redescubrió al piano el Bach del clave, con todos los detractores y seguidores que queramos.

Foto Web

Clausura de curso con estrenos

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Domingo 7 de diciembre, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. XIII Curso «La voz en la música de cámara»: Concierto de clausura en homenaje al Excmo. Ayuntamiento de Oviedo. Intérpretes: Ana Peinado (soprano), Ana Cristina Tolívar (mezzo), Fernando Fernández (tenor), Oscar Castillo (barítono), Irina Palazhchenko (piano); Santiago Ruiz de la Peña (cello), Nora Suárez (piano); Laura Mota (piano); Marco Antonio Guardado (gaita), Yelyzaveta Tomchuk (piano); Patricia Rodríguez (soprano), María Heres (soprano), Pablo Romero (tenor), Marisa Arderíus (piano); Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo», Rubén Díez (director); Alfonso Peñarroya (piano). Obras de Guillermo Martínez, G. Goltermann, J. S. Bach, Glinka / Balakirev, José Manuel Fernández «Guti»/ Juan Manuel Morán, Sigfrido Cecchini, Pablo Moras / Javier Almuzara, Rubén Díez / Juan Carlos De la Madrid, Santiago Ruiz de la Peña / Carlos Fernández. Entrada libre.

Trece años de un curso que bajo la dirección artística de Begoña García-Tamargo organiza la Asociación Cultural «La Castalia» con patrocinios y colaboraciones diversas que en el largo discurso de la citada profesora (más de un cuarto de hora incluyendo el desmayo de la joven Laura Mota) no solo sirvió de agradecimiento sino que hizo toda una historia del pasado, presente y hasta futuro musical de la ciudad de Oviedo en el terreno musical, en este homenaje al Ayuntamiento que sonó propagandístico dando paso a otra intervención del «alcalde heredero» Agustín Iglesias Caunedo, con todos los intérpretes en el escenario a pie firme escuchando unos discursos que nos llevaron hasta las siete y media de la tarde, avanzando una sorpresa lírica para el próximo año desvelando tan solo que será un elemento estratégico para Oviedo, música y cultura como pasiones de la capital asturiana, integrando otras músicas y creadores como los de este concierto clausura y homenaje. El desmayo citado apenas interrumpió el discurso aunque trastocó el orden del programa, que pudimos escuchar completo con varios estrenos de autores jóvenes, presentes en la sala y profesores muchos de este curso, así como otras obras cercanas en el tiempo de su estreno, sin olvidar los «clásicos», con artistas en formación y otros ya consagrados, dando un nivel algo desigual donde el protagonismo estuvo más en las obras que en los intérpretes salvo casos puntuales.

Dejo aquí el programa y profesorado del curso, pasando a comentar por alto lo que pudimos escuchar en una sala ideal para estos repertorios, que se llenó más allá de lo esperado.

El primer estreno absoluto Cantos de primavera de Guillermo Martínez sobre texto de F. Hölderlin para cuarteto vocal y piano, de factura académica a la que nos tiene acostumbrados este compositor, con reminiscencias germanas de Mendelssohn o Brahms e incluso los corales luteranos con introducción liederística del piano antes de la intervención vocal en distintos movimientos contrastados no ya en tiempo sino en expresión (lástima la poca claridad textual en las voces) con momentos dramáticos casi «parlatos» que no fueron paralelos siempre en calidad interpretativa, descompensadas las voces donde brilló por volumen la soprano sobre el resto. La creatividad de Guillermo no tiene límites y aún nos esperan muchos estrenos más.

El Allegro del Concierto para violonchelo nº 5 en re menor, op. 76 (G. Goltermann) sirvió para disfrutar de dos jóvenes intérpretes donde las enseñanzas de la música de cámara se centran en ambos, no ya el solista lógico sino en el difícil papel que tiene siempre el llamado pianista acompañante o correpetidor en tanto que las reducciones orquestales no siempre son agradecidas ni fáciles. Los detalles puntuales los conocen ellos mejor que nadie.

Segundo estreno absoluto para una formación original como gaita, piano y narradora: Vals de Naveo de «Guti» y Juan Manuel Morán, dúo de compositores para un dúo musical donde la gaita adquiere categoría sinfónica más que académica por una escritura cromática, exigente para el instrumentista por venir de un compositor que la domina, modos menores siempre agradecidos incluso desde el acompañamiento y coprotagonismo del piano en lenguaje impresionista totalmente actual,  notándose el otro compositor, con percusiones en la caja armónica que ayudan a una expresividad aún mayor con la narración bien dramatizada, y pasajes de arpegios variados en solitario o con la gaita recreando una sonoridad que los amantes del folk calificamos como «celta» pero tratada desde la sala de concierto al incluir una cadenza o fermata de la gaita con un piano de percusión, solo virtuoso lleno de cromatismos, trinos, explotación de los registros agudos hasta el máximo antes del regreso al tema del vals sin perder nunca referencias. Bravo por los compositores y por el trío de intérpretes.

Tercer estreno de la «Suite» del musical de Sigfrido Cecchini La Regenta, que en reducción a piano nos privó de poder degustar todo el trasfondo de una música casi minimalista en el amplio sentido del término y con todas las características a él asociadas (básicamente ritmos ostinatos casi monotónos y líneas de más expresividad narrativa que cantables), con claras referencias a Nyman no sólo en el pobre papel del piano, y también recuerdos de canto gregoriano y música medieval entendida desde la recreación de Carl Orff, melodías nada líricas pensadas más para voces ligeras y amplificadas que las trabajadas en repertorios operísticos. Tomemos esta «suite» más como un avance o trailer de lo que puede suponer la puesta en escena de este musical tan clariniano y de Vetusta como el propio «Coro de vetustenses» de todas las voces solistas destacando el poderío vocal y de buen gusto de la ferrolana Patricia Rodríguez en el papel principal con una partitura que engrandeció desde su arte, superior siempre en presencia y volumen con pasajes extremos donde evitó el griterío hasta ese final «Me llaman la Regenta».

Hermosa la partitura para coro mixto Hoy de Pablo Moras (1983) con texto de Javier Almuzara (1969) a cargo de «la Polifónica» con Rubén Díez dirigiendo, obra escrita con mucho gusto y conocimiento de los recursos corales en interpretación que derrochó empaste y belleza, siendo uno de los momentos álgidos del concierto.

Volví a escuchar distintos fragmentos de la zarzuela La Carrera de América (Rubén Díaz / Juan Carlos de la Madrid) por los mismos intérpretes que en octubre aunque al piano Alfonso Peñarroya y el coro completo y más numeroso que en octubre. De nuevo la soprano Ana Peinado destacó sobre el resto aunque el Aria de Teresa sigo asociándola a la voz de Beatriz Díaz, y también la mejoría en el grave de Pablo Romero, igualmente pensando en un color distinto para los protagonistas, por otra parte difíciles de encontrar y más que apuesten por obras nuevas. Estoy convencido que de contar con un elenco vocal de primera y conociendo la orquestación original, subirla al escenario no debería tener más problemas que el pecuniario.

Mi admirada Laura Mota se repuso del susto y siempre le agradeceremos el esfuerzo porque pocas veces se me caen las lágrimas ante una pianista, pero es que el Preludio de la «Suite Inglesa» BWV 807 (J. S. Bach) me conmovió nada más atacar el inicio. Escucharla es olvidarte de su edad porque su musicalidad, fraseo, gama dinámica, rigor, pulsación y todo lo que queramos añadir en el siempre intrincado estilo del kantor en sus dedos resulta no ya fácil sino hondo cercano a la pura espiritualidad que engrandecen obra e intérprete en perfecta armonía y unión. Es difícil expresar con palabras lo que Laura transmite al teclado. Y La Alondra (Glinka / Balakirev) es otro micromundo opuesto al bachiano, fuegos artificiales limpios, claros, explosión emocional frente a la introspección anterior, pero hilando ambas y como esperando menos aplausos para coser desde su inmaterialidad ambas obras que se aúnan con Mota. Siempre sabe a poco y cada vez más intensa mi escucha.

El Canto a Oviedo con música de Santiago Ruiz de la Peña y letra de Carlos Fernández, para coro mixto y piano no resultó el final apoteósico ni siquiera heróico, incluso monótono por momentos al cantarse a unísono y con un piano meramente acompañante, aunque siempre se agradece escuchar obras cercanas en el tiempo, pero claro que Laura nos dejó el oído demasiado cerrado a nada que viniese a continuación.

Cuatro días para un curso donde profesores y alumnos trabajaron estas obras, bebiendo algunas directamente del compositor lo que da un plus interpretativo, y compartidas con el público como deseado colofón.

CompositoresCurso

Viena con sonido asturiano

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©Foto asturias24.es  ® Gabriel Ureña

El pasado lunes 27 de octubre de 2014 era noticia el violonchelista asturiano Gabriel Ureña por interpretar en Viena la Suite nº 1 de Bach ante la Reina de España, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Velázquez en el Museo de la Historia del Arte de la capital austríaca, siendo el primer viaje oficial en solitario de su majestad Doña Letizia, asturiana como Don Gabriel, lo que tuvo más repercusión en la prensa regional, no siempre acertada en algo que algunos han llamado, no exento de crítica «madreñismo» por el afán de buscar orígenes astures a todo aquel personaje conocido, independientemente de sus logros o desmanes. Al menos esta vez sí había algo directamente astur en la capital más musical de Europa.

 

® Gabriel Ureña: Concierto 4 de Mayo en el Palacio Strozzi (Florencia)

El chelista avilesino ha pedido una excedencia en la Oviedo Filarmonía (de la que es solista desde el año 2009, siendo el más joven de las orquestas españolas), para poder cursar un máster de alta especialización en la capital de la música con Natalia Gutman, y también con ella un postgrado en Fiésole (Florencia) para una carrera que nunca tiene fin.

Bebiendo directamente de la alumna de Rostropovich, Gabriel Ureña lleva años con su instrumento a cuestas de aquí para allá, trabajando duramente y viajando para completar una formación que vuelve a demostrar la calidad de nuestros intérpretes asturianos, semillas que han florecido desde la llegada hace más de veinte años de los Virtuosos de Moscú a esta tierra, estéril hasta entonces para los músicos de cuerda pero que supuso un punto de inflexión y solaz de melómanos, agrupaciones instrumentales y salas de concierto, siempre desde el esfuerzo personal de gente joven y de sus familias, sacrificadas en todos los sentidos ante una miopía de los gestores que siguen sin ver en la educación una inversión más que un gasto, y en la música un bien cultural del que cualquier país civilizado presume, incluso en tiempos de crisis.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

Gabriel Ureña comenzó sus estudios en el Conservatorio «Julián Orbón» de su Avilés natal con Alexander Osokin antes de pasar a Oviedo con Maite Andérez, aunque su calidad e inquietud le llevó a seguir perfeccionándose y aprendiendo. Siempre un placer escucharle en solitario, a dúo, como solista e incluso dentro de la orquesta carbayona cuyas intervenciones, tanto en conciertos como en la ópera, son destacables.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

En Viena Gabriel forma parte, entre otros del Quatuor du Solei (sustituyendo a Steffan Morris) y con el Ensemble Barroco Contemporáneo de Austria interpretó en otro acto, nada menos que en el famoso Palacio Imperial, un cuarteto de Boccherini.

Como él mismo contaba en la entrevista publicada por el diario LNE, «esta carrera conlleva sacrificio, mucho viaje, pero el esfuerzo se ve recompensado cuando compruebas que el público disfruta con lo que haces«, y quienes le seguimos desde sus inicios podemos corroborarlo. De sus andanzas tengo noticias suyas por las redes sociales, donde encuentra hueco para compartir vivencias con su legión de seguidores, unido a un carácter que le abre todas las puertas. Además de hablar inglés, italiano o el alemán que ya maneja con soltura, el único lenguaje universal sigue siendo la música, y Gabriel es políglota, además de responsable y consecuente, un ejemplo para una juventud que estamos exportando, esperando no se queden en otras tierras porque sería perder una inversión de todos.

La actividad vienesa es frenética, arte en cada esquina, música por todas partes acudiendo a conciertos en sedes históricas o actuando en esos mismos escenarios. La carrera de Gabriel Ureña está bien enfocada y tiene compromisos para todo el curso, recalando en la Sociedad Filarmónica de Oviedo allá para el 12 de mayo de 2015 sin perder ni un minuto. Al menos podemos presumir de un músico asturiano «coronado» en Viena con calidad reconocida y embajador de nuestra tierra, orgullo para todos y envidia (sana) de muchos colegas. Seguiré mandándole «MUCHO CUCHO©».

Distintos, no distantes

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Viernes 17 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Sabina Puértolas (soprano), Mª José Suárez (mezzo), Roger Padullés (tenor), Christopher Robertson (barítono), Coro «El León de Oro» (director: Marco A. García de Paz), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (Director). Obras de Bach y Schönberg.

Comienza la temporada de los Conciertos del Auditorio con dos mundos totalmente distintos en un mismo universo sonoro, dos obras opuestas, «amor sacro y amor profano» que titula Juan Manuel Viana sus notas al programa, dos visiones distintas pero no distantes pero capaces de mostrar la versatilidad de una orquesta que sigue ganando en calidades bajo la dirección de su titular, y disfrutar de nuevo con el mejor coro asturiano capaz de cantar «a capella» o con orquesta siendo su sonoridad la de un instrumento más sin renunciar a sus señas de identidad: la búsqueda de la perfección desde un arduo y meticuloso trabajo que les ha llevado a triunfar incluso en Londres y todavía nos seguirán dando muchas alegrías.

El Magnificat en re mayor, BWV 243 (J. S. Bach) representa un despliegue sonoro y catálogo de emociones en sus doce números bien contrapuestos como joya barroca que es y cántico de la iglesia católica donde el genio nacido en Eisenach logra exprimir los textos en latín como si de su lengua vernácula se tratase. Una orquesta reducida y colocada para la ocasión (con el continuo de Sergei Bezrodni), cuatro solistas aseados y un coro valiente, convencido desde la primera intervención, siempre con las intensidades adecuadas, presencia y musicalidad en una formación que sigue renovando voces sin perder un ápice una sonoridad y estilo propio. Conviene recordar la dificultad técnica de esta obra cuya virtud está en parecer sencilla, y los tres números corales finales así sonaron, desde el potente fugado del Fecit potentiam hasta el Gloria Patri en momentos celestiales.

Me sorprendió la actitud corporal de Sabina Puértolas por una gestualidad a la que no estamos acostumbrados en estas obras. siempre más recogida incluso en la posición para sujetar la partitura, pero su voz y gusto superaron presencia en el Et exsultavit y continuaron en Quia respexit, cumpliendo sobradamente (con su «Micaela» madrileña aún en el subconsciente). El barítono Robertson, estadounidense afincado en Bilbao, cantó con el continuo su Quia fecit algo corto en el grave -parece difícil encontrar bajos cantantes, recurriendo a barítonos cuyo color de voz nunca es igual- aunque suficientemente. Del tenor catalán especialista en estos repertorios, me gustó cómo empastó con la mezzo asturiana en Et misericordia pero su Deposuit quedó algo mermado en volúmenes buscando asegurar afinaciones desde unas dinámicas menos arriesgadas, con una voz agradable y bien colocada. De mi querida Mª José Suárez siempre hay que destacar su profesionalidad y saber estar, sin excesos vocales en el citado dúo y bien en su Esurientes, fluido para esa ternura del texto latino. Finalmente la orquesta sin ser especialista ni dotarse de instrumentos para la ocasión, desde una sonoridad cercana al barroco pero con cierto romanticismo en cuanto a la intención por parte de todos, estuvo siempre acertada, un trío de trompetas sin complejos, los timbales mandando y con los ritardandi perfectos, maderas de tímbricas recogidas, y una cuerda siempre con el «vibrato» adecuado dando una textura homogénea para una obra tan bien concebida. Conti mimó cada número y se le vio cómodo tanto con los solistas como con un coro que muchas batutas quisieran tener enfrente, redondeando una interpretación bachiana no memorable pero si honrada en sus planteamientos y ejecución.

El salto espacio-temporal resultaría impensable tras la primera parte, no por los estilos, que también, sino por la búsqueda de sonoridades, y es que el Pelleas und Melisande, op. 5 (Schönberg) puso sobre el escenario una gran formación sinfónica (con muchos refuerzos) para un poema sinfónico exigente, vibrante, en cuatro secciones sin pausa, cercanas, emocionantes, disfrutando con cada tema en intervenciones solistas personales y de calidad, empaste, dinámicas extremas perfectamente logradas por Marzio Conti, versátil como su orquesta, capaz de afrontar en un mismo concierto dos mundos distintos pero no distantes, al gusto de todo buen melómano, extremos que se tocan, el «padre de todas las músicas» y el compositor vienés que revolucionaría la escritura musical desde la investigación y el conocimiento de los orígenes, el contrapunto como «madre de la composición», esponsales musicales para este inicio de temporada de grandes conciertos en la capital del Principado.  Obra compleja la del vienés basada en el drama de Maeterlinck que la Oviedo Filarmonía llevó fiel a su espíritu, sigue creciendo fuera del foso, aunque resulte un espejismo la plantilla desplegada para esta apertura, pero el florentino es capaz de liderar proyectos arriesgados como el de este luminoso viernes otoñal.

El próximo domingo 26 a las 19:00 horas nos espera otra celebración con Sir John Eliot Gardiner y su Orquesta Revolucionaria y Romántica no Bach o Monteverdi sino un Beethoven que seguro pondrá el listón muy alto, y un Berlioz en medio corroborando esta leyenda de distintos, no distantes…

Bach antes, durante y después

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Sábado 11 de octubre, 12:30 horas. Auditorio Nacional, Sala Sinfónica. «Bach vermut», integral de la obra para órgano de J. S. Bach. Intérprete: Michel Bouvard. Entrada: 5 €.

Apostar por formatos distintos, incluso en la publicidad en distintos medios, captar nuevos públicos o por agradecimiento a los fieles melómanos (muchos conocidos), lo que está claro es que ofrecer música y gastronomía viene de lejos, pero el horario tan español del vermut para ofrecer la integral para órgano del padre de todas las músicas es todo un acierto del Centro Nacional de Difusión Musical y su director Antonio Moral, por otra parte barato porque la degustación con la entrada ya era reclamo para el lleno de la mañana sabatina en la capital de España.

Como aperitivo con música, regalado, y Bach aún más en el grandioso órgano Grenzing que lleva veinte años en la gran sala del auditorio aunque no funcionando a pleno rendimiento a pesar de distintos proyectos.

Para continuar nada mejor que seguir con Bach a ritmo de jazz en el vestíbulo del primer piso a cargo de un cuarteto donde hubo un cambio de saxo a trombón sobre el programa previsto (que dejo arriba), desconociendo el nombre aunque por lo escuchado debió reclutarse a última hora pero con el trío piano-contrabajo-batería en la línea del genial Jacques Louissier.

Coordinador y responsable del ciclo es el gran organista vitoriano Daniel Oyarzábal, que ha logrado convocar a veinte intérpretes de primera fila para participar, incluyéndole a él, en este gran fiesta bachiana que repetirán en el nuevo órgano de la Catedral de León inaugurado hace un año y con un futuro algo oscuro salvado precisamente con iniciativas como la que aquí comentamos. No olvidemos que un instrumento como el llamado rey de ellos, necesita respira, utilizarse a diario para ir asentando y «cogiendo acento propio», así que la iniciativa que arrancaba este sábado de octubre es digna de aplauso. Igualmente coordinar a esa pléyade de intérpretes para encajar la integral a lo largo de dos años resulta de por sí inabarcable y sólo al alcance de un compañero como el organista vitoriano, encaje de bolillos y buen entendimiento por cada uno de los intérpretes que desfilarán por León y Madrid.

El encargado de inaugurar esta magna aventura fue el francés Michel Bouvard, abriendo con la más conocida y universal obra del Kantor, cerrando con otra y desgranando en medio corales de Leipzig y del Orgelbüchlein más un extracto del Ricercar a 6 de «La Ofrenda Musical» ya puede dar una idea de lo variado y difícil del programa elegido por el «lyonés» titular del Cavaillé-Coll de Saint-Sernin de Toulouse y uno de los grandes organistas de la actualidad, ayudando al mantenimiento y divulgación del instrumento rey.

Virtuosismo y recogimiento, técnica y meditación a lo largo de un concierto casi litúrgico por el ambiente y podría decir que resumido en la última obra: Toccata, adagio y fuga en do mayor, BWV 564, compendio de todo lo escuchado gracias a Grenzing, presentes órgano y organero.

El Bach de Bouvard resultó hondo, rico de registros y acertado en un programa difícil donde dedos, pies y cabeza deben funcionar con precisión germana, esta vez desde un francés internacional que bebe y forma el futuro organístico del rey, Bach padre de todas las músicas.

Incluso el número antes citado de la «Ofrenda Musical» sonó como si para el teclado se pensara e incluirlo en este ciclo me pareció una excelente aportación. Abrir con la conocida Toccata y fuga en re menor, BWV 565 y cerrar con esa hermosura de la BWV 564 dejando en medio esas páginas siempre imperecederas fue como el primer volumen de una enciclopedia bachiana que se escribirá también en León hasta mayo de 2016.

El programa con el ciclo completo incluye excelentes comentarios de especialistas así como el catálogo de la obra a escuchar del siempre inabarcable Bach, que pude adquirir impreso por el módico precio de 2 €.

Nada mejor para la mañana del sábado que comprobar el heterogéneo público degustando productos de primera calidad, antes y después… cada uno que ponga la disculpa que quiera.

Ofrenda Bruggen de La Tempestad

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Jueves 14 de agosto, 22:00 horas. 63 Festival Internacional de Santander, Ciclo «Marcos históricos»: Santillana del Mar, Claustro de la Colegiata de Santa Juliana. La Tempestad: 1747: «Una ofrenda musical». Música de cámara para Federico II de Prusia. Obras de C. Ph. E. Bach y J. S. Bach. Entrada: 6 €.

Festivales de verano como forma de turismo cultural y en uno de los más asentados de España que sale de la propia capital cántabra para llegar a lugares con historia como es Santillana del Mar. La formación con sede en Murcia fundada en el año 2000, liderada por la clavecinista aragonesa Silvia Márquez y dedicada a la música antigua, acudía como cuarteto para un concierto dedicado a la memoria de Frans Bruggen, fallecido el día anterior y uno de los padres de estas músicas que nunca pasan de moda, siendo las que están captando más público joven, con colas dos horas antes para adquirir unas localidades en la propia colegiata (desconozco la imposibilidad de hacerlo en internet o cajeros) con un programa muy trabajado.

Con la Ofrenda musical en torno al rey músico de Prusia, como el recordado Bruggen, fue Guillermo Peñalver al traveso quien ejercería de monarca junto al violín de Pablo Prieto y el continuo del cello Guillermo Turina más el clave de la citada Silvia Márquez, abriendo velada nocturna con la Sonata a trío en si menor Wq. 143 (H. 567) para flauta de Carl Philipp Emanuel Bach en tres movimientos (Allegro – Adagio – Presto) bien contrastados e interpretados por el cuarteto, perfecto preámbulo y referente antes de afrontar la gran obra del concierto del padre Bach:

«Una ofrenda musical«, Eine musikalische Opfer BWV 1079, densa, dura, llena de historia partiendo del tema de Federico II que el rey Bach recrearía con dos fugas a tres y seis voces (casi nada), diversos cánones y la sonata final para flauta travesera, violín y bajo continuo, «despliegue de maestría, virtuosismo y laberinto de juegos y variaciones sobre un mismo tema» como la propia profesora Silvia Márquez Chulilla escribe en el programa del concierto, no solo declaración de intentaciones para una interpretación emocionada de principio a fin sólo «rota» por las campanadas de media y completas las once de la noche además del pertinaz teléfono móvil femenino que sigue mostrando su mala educación en cualquier lugar, primero al finalizar el Ricercar a 3 inicial a cargo del clave solo, con sonoridades rotundas en el grave y delicadas en el agudo (no pude fijarme en el modelo) antes de comenzar los cánones sobre el tema regio en las distintas combinaciones instrumentales para solaz y virtuosismo de los músicos: dúos de Cancrizans para violín y chelo, cambiado por el clave en Violin in unissono, el trío con la flauta del Per motum contrarium o el lento per Augmentatione, contrario Motu del cuarteto, segunda y eterna melodía telefónica. Chelo y violín per Tonos con las campanadas de las 22:30 horas y la impresionante Fuga canonica in Epidiapente, cuarteto en estado puro para ir armando la estructura académica compositiva e interpretativa, violín clave, chelo y finalmente la flauta, sin precipitaciones, paladeando la matemática musical.

Tras semejante torbellino los «pianissimi» del Canon perpetuus super Thema Regium despojados del clave prepararon el rápido octavo número Canon perpetuus en «tutti», arcos amplios, respiraciones ajustadas a las frases y nuevamente el clave presente siempre y protagonista en su sitio.

Aún quedaba la recta final: Quaerendo invenietis con el Canon a 2 del clave, esforzandos y amplia gama dinámica en el Canon a 4 y el Ricercar a 6 con el clave solo de Silvia plagado de musicalidad en cada voz, virtuosismo en tecla que engaña al oido cual laud con plectro por las tímbricas encontradas, antes de la Sonata Sopr’Il Sogetto Reale a Traversa, Violino e Continuo que cerraba esta ofrenda y homenajes varios, del propio Bach, de La Tempestad a Bruggen, como repartidos en cada movimiento:

Largo, Allegro, once campanadas sumándose al festín, Andante y Allegro, disfrute por y para todos, emociones que trajeron como propina el bis de uno de los cánones finalizados en do. Marcos históricos para músicas históricas desde la atemporalidad y el rigor incluso de las noches de verano.

Verano gijonés con ¿baro qué?

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Lunes 14 de julio, 20:00 horas. XVII Festival de Música Antigua, Gijón: Centro de Cultura Antiguo Instituto. Andreas Prittwitz y Lookingback Baroque Orchestra. Obras de Sammartini, J. S. Bach, Vivaldi, Purcell y Geminiani. Entrada libre.

Decimoséptima edición de un festival que se ha convertido en tradicional cita estival gijonesa, con relevo en la dirección (ahora con Manuel A. Paz) pero manteniendo el espíritu de ofertar calidad desde la llamada «música antigua» que nos explicó antes del concierto el director del festival, músico y pedagogo mierense, con la idea de presentar al público unas líneas generales de lo que vendrá a continuación, conciertos y concurso internacional (tercera edición dedicada al canto) que ponen a Gijón en ese mapa veraniego donde la música forma parte de muchos planes vacacionales, algunos cerca de casa.

Y esta segunda jornada resultó todo un éxito con lleno hasta arriba, literalmente, media hora antes del inicio musical que traía a Andreas Prittwitz de nuevo a esta su «otra casa» precisamente con un ensemble que «mira atrás» como un viaje al pasado desde el tiempo actual, esta vez el barroco de la flauta de pico que trajo a este alemán de Munich a nuestro país, ortodoxo como él mismo apuntó en esta primera parte, también vital, y el imaginario viaje al futuro de aquellos barrocos tan actuales desde los saxofones o clarinete de nuestro querido Andreas, los que le abrieron otras puertas para seguir haciendo Música con mayúsculas allí donde era requerido (también en la acepción de «querido doblemente») sin olvidar la faceta docente que en Gijón conocen muy bien desde hace 15 años por lo menos…

El calor motivó algo de retraso en la primera parte por la necesidad de afinación del clave y resto de este «ensemble» de cuerda con intérpretes capaces de afrontar este repertorio con total profesionalidad sin buscar más allá que disfrutar con esta música atemporal y transmitirlo al respetable. El Concierto en fa para flauta soprano, cuerda y bajo continuo (G. Sammartini) fue de los llamados «de libro» en forma y fondo:  tripartito en movimientos contrastantes, virtuosismo por parte del solista, diálogos con diferentes intensidades más el lirismo del lento Siciliano central.

Otro tanto de la conocida Suite orquestal nº 2 en si menor para flauta, cuerda y bajo continuo, BWV 1067 (J. S. Bach) que Prittwitz ejecutó con la flauta dulce contralto en vez del original «traverso», algo menor en volúmenes pero igualmente difícil para el solista, optando por «tempos» extremos hasta la virtuosa y archiconocida «Badinerie», dejándome personalmente indiferente en cuanto a la visión global, si bien la música del kantor es siempre grande. No puedo decir que lo escuchado tenga rigor historicista o aporte algo más que una hermosa escucha sin emoción mayor que la de una obra inmensa de por sí pero mínima en mi goce.

Curiosamente esperaba menos «ortodoxia» en la línea de la segunda parte, el acercamiento que muchos intérpretes llevan haciendo mucho tiempo atrás desde distintas visiones, comenzando con Jacques Louissier que marcó estilo Jazz Bach, el proyecto Lambarena, que «visitó» también a Mozart, el británico de las cajas de ritmo Louis Clark con aquello «clásicos a ritmo de…» que el ínclito Luis Cobos retomó para cabrear a muchos puristas, sin olvidarme de nuestros Canarios y su Ciclos vivaldiano tan sintetizado como hiciesen Wendy – Walter Carlos o Isao Tomita, Emerson, Like & Palmer, los excelentes arreglos de Gil Evans y hasta el Falla de Paco de Lucía, todos bebiendo de la llamada música clásica aunque el barroco siga siendo el padre de todas las músicas posteriores.

Precisamente sería la segunda parte donde Andreas Prittwitz con su ensemble afrontó tres páginas hermosas con instrumentos cercanos, «modernos» y eternos finalmente, capaces de recrear paisajes reconocibles como los pintores hacen desde sus distintas escuelas:

El Concierto para flauta en sol menor «La Notte» (Vivaldi) en versión de saxo alto nos trajo al «jazzman» formado en la historia, conocedor de la forma y técnica barroca para revitalizarla desde un saxo para el que seguramente hubiese compuesto «el cura pelirrojillo», con un continuo de lujo capaz de tocarlo todo sin olvidar que estamos en el siglo XXI.

Con el clarinete Andreas Prittwitz saca la vena más íntima, el cello de lengüeta como cercano a la voz, y del Dido y Eneas de Purcell arregla cinco números donde realmente «canta» como si de Ella Fitzgerald se tratase, seleccionando la Danza de las Furias, Aria 37, Ritornello 22, Aria 23 y Aria 24 para volver a demostrar que la música no tiene etiquetas, sólo el placer por el buen gusto que el intérprete hispanoalemán (más que germanoespañol) demuestra en todo lo que toca, y más con una orquesta detrás que suena ajustada de principio a fin. Aprovecho aquí para citarlos (varios en la OCNE): Joan Espina, Krzysztof Wisniewski y Javier Gallego en los violines, Cristina Pozas (viola), Miguel Jiménez (cello), Roberto Terrón (contrabajo), Sara Erro (clave) y Ramiro Morales (archilaúd), quien no trajo la guitarra barroca que hubiese dado más calor en los rasgueos que ese «grandón» acompañante del continuo.

Y si hay en la historia musical forma típica para llenar e improvisar, esa es «La Folía», con un Concerto grosso que Geminiani adapta a esa otra forma tan barroca de las variaciones originales de A. Corelli, esta vez con Andreas soplando el saxo soprano curvo (no el recto) y jugando todos con melodía más esplendorosa que el sol asturiano, contagiando alegría antes de retomar la flauta para regalarnos una marchosa Alla turca telemaniana cerrando círculo musical y vital: orígenes de Prittwitz desde una madurez que le permite afrontar proyectos desde cualquier óptica como el renacentista, el barroco, Chopin o lo que se le ponga por delante sin olvidar su faceta compositiva. Sabe que en Gijón u Oviedo tiene carta blanca y un hueco en las distintas programaciones, porque la conexión con el público es éxito seguro.

Koopman a mayor gloria de Bach

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Como bien dice mi admirado musicógrafo Luis Suñén en sus notas al programa (con todo el texto y traducción que seguimos cual misal durante casi tres horas) recordando al gran Padre Sopeña «una vez al año deberíamos someternos (…) a «una cura de Bach», es decir a una inmersión en su música para purificar nuestra condición de aficionados y, por qué no, también de seres humanos». En Oviedo, que es como la Viena española en lo que a oferta y calidad musical se refiere, esta Cuaresma nos ha purificado con las dos pasiones sin olvidarnos del Elías que Mendelssohn compusiese inspirado en un Bach que él redescubrió precisamente con La Obra por excelencia, la misma que nos faltan calificativos por su grandeza dentro de la engañosa sencillez, purificación de melómanos y hasta de agnósticos convencidos, gracias a «Meine Gott Bach».

Tener a Ton Koopman en el auditorio ovetense al frente de «su formación» nada menos que con «La San Mateo» era corroborar las versiones más que musicológicas, históricas por recrear en lo posible cómo fueron concebidas, precisamente unos días después de «La San Juan» con su alumno Aarón Zapico igualmente con una formación propia en la línea del holandés pero cambiando Amsterdam por Oviedo. Y contar para los corales de la primera parte con voces de casa, como es el coro que dirige Natalia Ruisánchez, una reválida pasada con sobresaliente. Mis primeras felicitaciones para unas voces blancas brillantes y seguras en el O Lamm Gottes unschuldig…, inocentes y sacrificados por un trabajo que tiene recompensa, más el nº 35 O Mensch…, afinación y empaste de auténticos profesionales.

De los solistas luces y sombras sin desmerecer ninguna, destacando el alto Engeltjes capaz de emocionar desde un color de voz bellísimo y bien proyectado en el nº 10 Buss’ und Reu‘ pero especialmente en Erbarme dich, mein Gott (nº 47), bien el evangelista Lichdi, piedra angular de la Pasión, y el bajo Mertens aunque casi todos tienen un registro grave algo discreto. Personalmente un ligero escalón abajo la soprano checa y dos el tenor suizo. Del Jesús Hönisch, «crucificado antes de tiempo» tras el descanso al estar desaparecido como si tomase al pie de la letra el aria de alto que abría la segunda parte: «Ah! mi buen Jesús ya no está aquí! ¿Es posible?» (Ach, nun ist mein Jesus hin! Ist es möglich, kann ich schauen?) pienso que necesitaba más presencia vocal, afinación exigente y mayor implicación emocional para un rol que así lo pide.

Decepcionante el bajo corista Tobias Hagge en sus intervenciones solistas como Pilatus, destemplado y fuera de sitio. En cambio el coro excelente, casi camerístico con 28 voces, a menudo dos de 14 por la propia obra, eficiente y efectivo pero no efectista (esperaba expectante el Barrabam que no me convenció), color uniforme, disciplina para con las exigencias de la partitura, diferenciando coros y corales que desde la dirección también se marcan.

La doble orquesta de Koopman resultó todo un catálogo de solistas que lograron unas sonoridades perfectas para la magna obra bachiana, flautas casi de jazz que me comentaba alguna de mis amistades a la salida, oboes impecables, el fagot en su sitio difícil incluso cuando es continuo, eje instrumental con el órgano del Maestro alternando con su señora Tini Mathot, y una cuerda aterciopelada con dos concertinos (Catherine Manson y Matthew Truscott) brillantes en las intervenciones a dúo con las voces solistas.

Finalmente comentar lo maravilloso que resulta ver dirigir a Ton Koopman, disfrutando y contagiando su alegría desde el dominio de esta Pasión con pasión y sin compasión, siempre apasionante. El grandioso coral final «Llorando nos postramos ante tu sepulcro» (Wir setzen uns mit Tränen nieder) fue llevado con un tempo donde más que tristeza rezumó convencimiento, leyendo globalmente esta auténtica representación luterana desde la perfecta conjunción texto-música que El Kantor alcanza en ambas pasiones. Purificación de Sopeña y Suñén desde las pasion musicales con Koopman de profeta a mayor gloria de Bach.

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