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Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Exprimiendo «el bicho de León»

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Jueves 1 de octubre, 20:30 horas. Catedral de León, Festival Internacional de Órgano, «Bach en la Catedral». Kevin Bowyer (órgano), obras de J. S. Bach. Entrada gratuita.
Larga cola hora y media antes del segundo concierto de la XXXII edición del FIOCLE y continuación del ciclo programado por el CNDM con la integral para órgano de J. S. Bach, que los sábados siguientes también se puede escuchar en el Auditorio Nacional de Música de Madrid con el sugestivo título de «Bach Vermut«, esta vez con el británico Kevin Boyer que preparó un programa perfectamente estructurado y contrastado para sacar todo el partido al nuevo órgano de la Pulchra Leonina construido por Klais en Bonn y que estrenase el gran Jean Guillou hace dos años.

El organista de Glasgow no solo organizó las obras jugando con tiempos o dificultades sino que con una delicadeza en la técnica, unos ligados asombrosos y especialmente el buen gusto para registrar logró unas sonoridades del «bicho» impresionantes, jugando no ya con el efecto de los dos coros en los teclados IV y V, sino combinando los múltiples registros desde la adaptación ideal para cada motivo, coral o melodía, con pedales siempre en su sitio de presencia y color. Impresionantes los flautados, especialmente el piccolo 1′ y la lengüetería horizontal de dulzaina, solo una mínima parte de los recursos que el gran órgano catedralicio esconde y el tiempo va templando y tomando acento castellano que tan bien le va al cantor.

Nada mejor para «limpiar los tubos» que la Fuga en si menor (sobre un tema de Corelli), BWV 579 (a. 1710?) potente, redonda, sin buscar combinaciones extremas, para entrar con cuatro «Corales de Neumeister« (a. 1705?) donde alternó flautados y caracteres, siempre escuchando las melodías desde registros lo suficientemente agudos para brillar sobre otros teclados y pedalero, Wenn dich Unglück tut greifen an, BWV 1104, Christus, der ist mein Leben, BWV 1112,  Durch Adams Fall ist ganz verderbt, BWV 1101 y Was Gott tut, das ist wohlgetan, BWV 1116, alternancia celestial y terrenal de amplísima riqueza dinámica.

Al órgano se le llama el rey de los instrumentos y escuchar el Concierto en Re menor (de Antonio Vivaldi), BWV 596 (1713/14) en esta recreación bachiana resultó un prodigio de virtuosismo total en los cinco movimientos, barroco italiano con acento alemán y regusto castellano, el primero potente, el segundo Grave y sereno como El Gran Canal, la Fuga capaz de dibujar la cuerda en los tubos, el Largo e spiccato recreando una flauta hasta en el fraseo o respiraciones, y unas tiorbas desde el propio viento cual punteo para rematar con un allegro plenamente orquestal y telepatía entre el cura pelirrojo y el cantor de Leipzig.
Los aires venecianos se tornaron germanos y profundos, luteranos de inspiración propia y nuevamente contrastados, Ach Gott und Herr, BWV 714 (1715?) recio, bien delineados los temas siempre respaldados por los registros adecuados, y Ein feste Burg ist unser Gott, BWV 720 (¿?), verdadera fiesta ciudadana sin perdonar la referencia divina hecha trompetería.

El virtuosismo al servicio de la música lo puso la Fantasía con imitación en Si menor, BWV 563 (a. 1708), cascada de notas perfectamente delineadas, teclados con la sonoridad buscada al detalle y pureza hecha música de órgano.

Volvía la juventud, aunque toda la obra de Bach es madura, con otros cuatro «Corales de Neumeister» bien colocados en simetría de concierto, elegancia expositiva, equilibrio de planos y redescubrimiento de timbres del Klais, Christe, der du bist Tag und Licht, BWV 1096, Christ, der du bist der helle Tag, BWV 1120, Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 1114 y finalmente Erhalt uns, Herr, bei deinem Wort, BWV 1103, otra verdadera lección combinatoria en todos los sentidos con el doctorado del organista inglés que desde una aparente sobriedad descargaba verdadero arte en cada coral.

Probablemente lo menos agradecido en registros resultase el Contrapunctus VIII (de «El arte de la fuga»), BWV 1080/8 (1742/49), auténtica biblia compositiva e interpretativa que en su dificultad intrínseca no dejó degustar lo suficiente una partitura puede que por un anhelo de querer comunicar el organista británico todo lo que esconde. Esta vez hubo un poco de smog inglés con «cornetos y bajones» que se disipó rápidamente con la Fantasía y fuga en La menor, BWV 561 (¿?), un remate del maestro organista de la Universidad de Glasgow que ha grabado la integral organística del alemán y volvió a demostrar su sabiduría desde una paleta sonora llena de amplísimos claroscuros, registros extremos nunca exagerados, en busca del color adecuado para exprimir «al bicho», vibrante colofón antes de una propina de Paul Halley sobre aires celtas pero muy actual, contemporánea, una música que también defiende Bowyer, con mucho de cinematográfica, aunque a Mein Gott es imposible igualarlo.

Vuelta a casa y estas líneas rápidas, dejando los links oportunos casi todos del propio intérprete británico. Las escapadas a León si son para la música de órgano siempre son un placer y encontrarse con amigos tan melómanos todavía más, aunque haya que madrugar al día siguiente.

Sin descanso veraniego

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Jueves 13 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Auditorio Príncipe Felipe: Damián Martínez Marco (cello), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Joaquín Martínez de la Roca (1676-1747), Schumann y Beethoven. Entrada: 6 €.

Los equipos de fútbol tras las breves vacaciones una vez finalizadas las competiciones y debiendo mantener el estado físico incluso fuera de la temporada, comienzan la preparación de la siguiente jugando partidos amistosos, triangulares e incluso torneos, lo que se llama la pre-temporada que sirve para dar minutos a los llamados reservas o jugadores de los filiales, engrasar el juego conjunto, probar fichajes, mejorar el entendimiento con el entrenador y todo lo que confluya en una competición de alto nivel a partir del inicio de lo que prefiero llamar Curso 2015-16.

Los músicos, como los deportistas, no tienen vacaciones nunca porque la exigencia es diaria y lo decía incluso el propio Casals: «Si un día no ensayo me lo noto yo , si son dos me lo nota el público«. Y las orquestas, al igual que los equipos, también necesitan su pretemporada, por lo que podemos tomarnos estos conciertos de la orquesta local con su titular cual dura preparación ante un intenso y nuevo curso escolar.

Pese a la coincidencia de actividades dentro de este festival carbayón para un desapacible jueves como los Bailes del Bombé o el espectáculo de danza «E Coreográficas Asturias ’15» en el Teatro Campoamor, que además eran gratis, el auditorio hoy de pago simbólico tuvo una excelente entrada y un comportamiento del público acorde a lo esperado. El programa elegido fue como enfrentarse a rivales de distinta entidad, con invitado de lujo y una OFil aún algo destemplada y falta del ritmo de partido, que fue calentando a lo largo de los noventa minutos «de partido» sin descanso, sentando en el banquillo a varios titulares, hoy Marina Gurdzhiya de concertino, cambiando posiciones pero dando minutos a los no habituales que reforzarán la plantilla más de una vez la larga temporada.

Dedicado a la memoria de la madre de Marzio Conti, fallecida el pasado martes 11, el concierto se abrió con el maestro sentado (sigue con problemas físicos, unidos a un estado anímico que no restó profesionalidad alguna) con una formación casi camerística para estrenar parte de Los desagravios de Troya del compositor zaragozano del barroco Martínez de la Roca aunque sin la presencia vocal pero a fin de cuentas música escénica en una comedia casi simbólica dentro de una producción mayormente religiosa, zarzuela de estilo italiano con protagonismo del trompeta principal Juan Antonio Soriano y donde no faltó el continuo a cargo de Bezrodny, página que recordó el auge de castrati como Carlo Broschi «Farinelli», un verdadero fichaje galáctico de Felipe V para la corte española de entonces. Buen calentamiento la música barroca española que no pasa de moda y debería ser más habitual en los conciertos porque hace afición y es agradecida siempre.

El plato fuerte vendría con el cellista Damián Martínez Marco en el muy escuchado Concierto para violonchelo y orquesta en la menor, opus 129 (1850) de Schumann, que puso sobre el césped los desencuentros a la hora de concertar de la plantilla, algunas entradas a destiempo sin llegar a la tarjeta, falta de tensión e implicación que se fue corrigiendo a lo largo de los tres movimientos sin pausa de una de las joyas escritas para cello y orquesta donde el solista apostó por sonoridades cercanas aunque fraseos menos claros, el Nicht zu schnell destemplado en todos, costando arrancar y coger ritmo, mejorando en el Langsam que siempre permite el lucimiento de la figura, arropado por un ya erguido Conti aunque los hermosos «pizzicati» estuvieron algo faltos de presencia, y el Sehr lebhaft con cadencia incluida que trajo mayor entendimiento, un buen «tiki taka» agradecido pero falto de contundencia sonora, dejando un resultado aceptable pero corto en expectativas.

Una figura como Damián Martínez no podía abandonar sin una propina a su altura, por lo que la «Courante» de la Suite nº 3 en do mayor, BWV 1009 de Bach era lo menos, tampoco muy sentida para una afición no habitual que disfruta siempre con estos regalos de talla.

El tramo final nadie mejor que Beethoven y la no muy escuchada Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 36 (1803) manteniendo teorías sobre las pares e impares, pero ésta junto a la cuarta son casi rarezas poder encontrarlas en nuestros partidos caseros pese a la grandeza sinfónica ya pergeñada del genio de Bonn, que parece semejar en vigor y temperamento el Mozart de Don Giovanni, transición del Clasicismo al Romanticismo, apareciendo ya el «scherzo» que suplirá al «menuetto«, sinfonía par esta segunda bien entendida por Conti en plena forma y sin necesidad de papeles, exigiendo a todas las secciones que fueron de menos a más para rematar una intervención notable.

El inicial Adagio molto – Allegro con brio logró más seguridad en el viento (bien la flauta de Juan de Nicolás) que la cuerda, algo coja y afianzándose según va creciendo hasta arrancar el aplauso inesperado pero agradecido, síntoma de la emoción incontenida. El Larghetto es la elegancia de los movimientos lentos beethovenianos, dramatismo que orquesta y maestro transmitieron con buen gusto y sonoridades más equilibradas, pero aún sin garra. El Scherzo: Allegro sube la velocidad y exigencias a todos los músicos, centrados y con los músculos entonados, puede que todavía sin la intensidad del final de la temporada pasada pero convencidos, buscando luminosidad más que lucimiento con un tempo casi «allegretto» en pos de la seguridad. Y había que echarlo todo en el Allegro molto final, ritmo apoteósico y fuerza orquestal nunca vista hasta entonces, el Beethoven rompedor e innovador usando una forma no muy estricta de rondó, al fin los violines presentes dada la obsesión mostrada por el compositor en este movimiento, el trío de contrabajos al límite de intensidades desde el pianísimo, la frescura de las maderas con las trompas ya confiadas, verdadera entrega total y disciplinada a un Marzio Conti que se movió cómodo y confiado en esta perla cultivada llena de brillo.

Aún queda «pretemporada» pero el de hoy no fue entrenamiento ni pachanga, menos un amistoso con rivales inferiores, sino un partido exigente y primera toma de contacto con la realidad que se avecina. Plantilla y calidad hay para afrontar una larga y dura temporada.

Ruta Bach

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La revista «Coral» que edita el Orfeón de Mieres me encargó un artículo para el número de este año, y aprovechando el periodo vacacional recordé mi «Ruta Bach» en agosto de 2007 que transcribo aquí por si alguien se anima a realizarla. De aquella aún no tenía el blog aunque conservo un diario de viaje realmente curioso y a la vuelta preparé un vídeo con fotos desde el teléfono, pero mejor este recuerdo que permanecerá siempre en mi memoria limitándome a plasmar estas impresiones después de ocho años, con los añadidos siempre habituales de los enlaces o links que enriquecen un poco más cada entrada.

Mi pasión por Bach, el llamado “Kantor de Leipzig”, llegó en mis tiempos de coralista del Orfeón de Mieres al cantar Tus pasos encomienda, una adaptación del famoso coral de La Pasión según San Mateo, la obra cumbre de la historia musical que sacara a la luz y reestrenase el gran Mendelssohn, rompiendo la tendencia de los años como estudiante de piano que hacían de Johann Sebastian uno de los “odiados” por la dificultad que muchas de sus obras, especialmente de El clave bien temperado suponían en una ardua carrera, a la que tanto debo.

Poder interpretar al órgano los corales luteranos, acompañar algunas cantatas y hasta hacer mis pinitos de jazz con la música de Bach emulando a Jacques Loussier me hicieron “ver la luz” y reconocerle como el padre de todas las músicas posteriores al barroco, aunando tradición y genialidad, siempre actual y vigente, obras redondas, maduras, completas, sin fisuras, capaces de soportar versiones de todo tipo sin perder el sello original e inimitable.
Hace unos veranos planifiqué las vacaciones con una personal «Ruta Bach» haciendo de la universitaria Leipzig nuestro cuartel general y moviéndonos en tranvías y trenes desde la ciudad que respira música por todas partes, con una excelente combinación de itinerarios y horarios así como unos precios asequibles incluso optando por trenes ICE de alta velocidad que resultan el equivalente a nuestro AVE, ese que aún seguimos esperando en Asturias, si llega algún siglo de estos.

Lógicamente no estuve en todas las ciudades que marcaron la vida de J. S. Bach (nos quedaron Lüneburg, Ohrdruf, Mühlhausen o Lübeck) pero la disculpa para conocer los lugares más emblemáticos fue más que satistactoria, sigo recordándola y ahora la comparto desde este otro “Coral”. Hasta la ciudad alemana había vuelos “low cost” desde Asturias vía Palma de Mallorca con Air Berlin, aunque actualmente han desaparecido de nuestra tierra, pero siempre nos queda Santander…

Podríamos aunar con la melomanía muchas otras pasiones como la propia de viajar, siempre ligero de equipaje, la gastronómica, cervecística y por supuesto la museística, arte siempre para disfrute de todos los públicos. Dejo aquí unas pocas ciudades y periodos vitales de mein Gott (mi Dios) por si alguien gusta de una escapada parecida, aunque hoy en día sea posible viajar por “la red” sin moverse de casa.

Orígenes y juventud (1685-1703)

Eisenach (21 marzo 1685). Desde Leipzig 200 kms (aproximadamente una hora y tres cuartos).

El centro urbano es rico en edificios históricos y museos. La casa de Lutero, la casa de Bach en Frauenplan y la Plaza del Mercado con el Ayuntamiento, así como el palacio de la ciudad en el casco antiguo son algunos de los atractivos turísticos. Entre los museos más interesantes de Eisenach está el Museo Reuter-Wagner con su amplia colección sobre compositores alemanes.

En la avenida Frauenplan se encuentra la supuesta casa natal del famoso compositor con unas habitaciones y muebles que transmiten una viva idea de cómo eran la vida y vivienda de una familia burguesa de los años alrededor de 1700. La familia Bach destacó por generaciones como músicos de ciudad y organistas en Turingia. Se exponen testimonios históricos y una amplia colección de instrumentos musicales, cuyos sonidos se pueden experimentar durante una visita guiada. Del casco antiguo destacar el Mercado donde está también la iglesia parroquial de San Jorge en la que Martín Lutero predicó el 2 de mayo de 1521 a pesar de haber sido declarado proscrito por el emperador; tiene unas notables casas burguesas, el originalmente gótico tardío Ayuntamiento (1508) y el palacio barroco de la ciudad (alrededor de 1750).

También merece la pena una caminata hasta el famoso Castillo de Wartburg, en el borde noroeste de la Selva de Turingia, por encima de Eisenach, unido a la historia alemana como ningún otro castillo de Alemania puesto que Santa Isabel encontró dentro de sus muros su lugar de trabajo y Martín Lutero tradujo aquí el Nuevo Testamento. Asimismo el castillo se relaciona con las disputas de trovadores y la fiesta de las asociaciones de estudiantes. Como extraordinario monumento de la época feudal en Europa central, este castillo ha sido declarado patrimonio de la humanidad.

Organista (1703-1717)

Arnstadt -Turingia- (9 de agosto de 1703-1707): en la Iglesia de San Bonifacio (Neu Kirche ó Iglesia Nueva). Desde Leipzig 161 kms (con transbordo en Erfurt Hbf. aproximadamente hora y media).

Uno de los lugares más antiguos del país, tiene un histórico casco antiguo, el lugar conmemorativo de Bach, que acoge una amplia exposición de instrumentos y útiles del propio compositor, así como visitas guiadas de lo más didácticas. También merece visitarse el consejo de literatos y el museo palaciego con su incomparable ciudad de los títeres «Mon Plaisir», así como las ruinas del castillo.

Weimar (1708; 6 de noviembre 1717 detenido). Desde Leipzig 131 kms (aprox. 53 min).

Aunque Bach vivió dos momentos muy distintos de su vida en esta ciudad, apenas una estatua escondida le recuerda porque Goethe y Schiller acaparan casi toda la importancia, si bien tenga su propio espacio el músico Franz Liszt, con casa museo muy actualizada y en un enclave hermosísimo que nos lleva por un bosque lleno de sorpresas, el pintor Lucas Cranach y la escuela de pintura de Weimar, pues todos ellos han marcado la historia de esta ciudad que desde fines del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XIX tuvo un rol importante como centro intelectual, logrando realizar su visión de ser una moderna ciudad cultural gracias a la comunicación que existe entre su tradición y su presente. Como dijo Goethe: «¿dónde encuentra usted en un espacio tan reducido tanta cosa buena?».
La importancia histórica de esta ciudad la han convertido en patrimonio cultural de la humanidad con el nombre de «Weimar clásica«. También es patrimonio cultural de la humanidad la escuela de arte «Bauhaus» de Dessau y Weimar, fundada por Walter Gropius, quien marcó decisivamente la arquitectura del siglo XX, un conjunto de edificios con la casa «am Horn» perteneciente a una de las más hermosas obras de arquitectura en estilo Jugendstil de Alemania. Desde 1919 el lugar de fundación y acción de la escuela de arte estatal fue Weimar bajo el rectorado de Gropius, que en 1925 se mudó a Dessau desde donde sigue funcionando.

Merecen visita la casa de Goethe, que visualiza la vida y obra del consejo secreto con su biblioteca, la de Schiller, donde murió en 1805 a los 45 años y el palacio de Wittum, donde la duquesa Anna Amalia reunía a miembros de la corte interesados en la literatura, el arte y la ciencia con poetas, artistas y letrados de la región, encuentros donde llegaban numerosas visitas de cerca y lejos para socializar, intercambiar pensamientos y realizar actividades artísticas.

La Iglesia de la Ciudad (San Pedro y San Pablo) en el centro del casco antiguo se la conoce como la “Iglesia Herder” por J. G. Herder quien fuese durante 27 años el predicador de esta iglesia. Su más famoso tesoro es el tríptico, un altar en estilo Cranach, que fue construido por Lucas Cranach el viejo, en su último año de vida y fue su hijo quien lo terminó.

Destacan el Teatro Nacional Alemán y la Orquesta Estatal de Weimar. La casa en la plaza del teatro convence hasta hoy con espectáculos, óperas y bailes teatrales, y delante tiene al famoso monumento a Goethe-Schiller. Igualmente de visita obligada es la colección de arte de Weimar con sus cuatro edificios que forman el más importante grupo de museos de arte de Turingia.

Musicalmente no podemos olvidarnos de la Escuela Superior de música “Franz Liszt” con su orquesta, orquesta de cámara, coros y orquestas de jazz, proyectos de óperas y oratorios, pues esta escuela superior está presente con mucha fuerza en la vida pública de la ciudad. Para los concursos llegan jóvenes artistas de todas partes del mundo y cada tres años se realiza el Festival Liszt en Weimar, un evento importante en la vida musical de Turingia.

Köthen (1717-1723)

Köthen – Anhalt (5 de agosto 1717-1723). Desde Leipzig 70’7 km (unos tres cuartos de hora aunque casi hora y media con transbordo en Halle (la ciudad natal de su contemporáneo Händel), de la que dista 30 km.

Por ser una ciudad pequeña tiene todo el encanto de ello, el lugar donde Bach disfrutó seis años con el Príncipe Leopoldo, gran aficionado musical y admirador suyo que le liberará de la cárcel en Weimar (tras forzar demasiado obstinadamente su renuncia al duque Wilhelm Ernst) y no sólo le pagará bien sino que dispondrá de todo el tiempo para componer y hasta le pondrá una orquesta a su servicio como “kapellmeister” en una época donde escribir música instrumental le alivió de las obligaciones puntuales y siempre apremiantes que le ocuparon el resto de su vida al servicio de la iglesia luterana, si bien cada obra suya tenga el espíritu del trabajo que ennoblece, comenzando cada partitura con las iniciales SDG (“Soli Deo Gloria”, a la gloria de Dios). Las biografías siempre citan esta etapa como la más feliz de Bach. La muerte de su esposa María Bárbara le sorprende en pleno viaje musical con el príncipe y marcará el rumbo de los años venideros, volviéndose a casar en 1721 con Anna Magdalena Wilcke, 17 años más joven que él, una talentosa soprano que cantaba en la corte de Köthen con la que tuvo trece hijos.

Los jubilados en Alemania siguen trabajando en museos colaborando como conserjes y asombrándose de un asturiano en el palacio donde vivía y tocaba Bach, que gentilmente nos enseñó hasta el último rincón, disfrutando como nunca de una visita única al salón del príncipe donde se interpretaron los famosos «Conciertos de Brandemburgo» o los de clavecín, las partitas de violín solo, las suites de cello y tantas otras auténticas maravillas donde el propio compositor ejercía de solista. Conservo el pequeño busto de Mein Gott como presente del amable anciano además de la reproducción del famoso retrato del cantor a un precio irrisorio comparado con las ciudades grandes.

A su lado está el museo dedicado a Samuel Hahnemann (1755-1843), fundador de la homeopatía que la practicó en esta coqueta ciudad. En San Angus Bach también demostró su virtuosismo al órgano, sin dejar de componer fantasías, preludios, fugas y sobre todo cantatas, el grueso de su obra religiosa y oficio obligado, junto a la iglesia de St. James que es otra referencia.

De la gastronomía, a la que apenas hago referencia, todavía quedan fondas antiguas con cocina tradicional, lejos de los menús turísticos, con un trato familiar que nos recuerda la antigua Alemania oriental aunque el esfuerzo por modernizarse es encomiable en esta coqueta población, también reconstruida tras los bombardeos de 1944.

Cantor de Santo Tomás (1723-1750) Der Kantor

Leipzig (firma el 5 de mayo 1723). ¡Todo es Bach! pero también Mendelssohn, su “apóstol” con casa natal casi palaciega por fortuna familiar en un entorno idílico, y muchos más: Schumann, Clara Wieck, Wagner, hasta el noruego Grieg vivió en este Leipzig ciudad de Bach y sobre todo ciudad de música.

La plaza del antiguo ayuntamiento (Alter Rathaus) acoge actuaciones y proyecciones de la obra de “mein Gott” durante el verano: las iglesias de San Nicolás y Santo Tomás (con un coro celestial) son como el peregrinaje de todo bachiano que se precie, contrastes de luz y sombra para dos monumentos que quedan en el recuerdo, incluyendo la tumba en la que reposa desde 1950 (la de San Juan fue destruida en la SGM) con los pies hacia el altar y flores sobre una sencilla placa de bronce para 65 años de una vida muy fructífera que Leipzig sigue salvaguardando.

También el inicio del cambio democrático, la “revolución pacífica” con el director de orquesta Kurt Masur al frente, de Santo Tomás y la historia de las velas hasta las dos Gewandhauss, templos musicales con más solera que la cerveza, teatro y orquestas.

Un antiguo taller de violeros acoge el Museo de los Instrumentos Musicales que atesora una colección con más de cinco mil, el más grande de Alemania, así como el Museo Grassi que alberga uno específico de instrumentos que da para una mañana con la posibilidad de practicar en muchos de ellos y hasta de comprender como nunca el funcionamiento de un órgano, el instrumento rey del que Bach era un auténtico virtuoso. No faltan los antiguos conservatorios y bibliotecas musicales y hasta el Museo de las Artes Plásticas que alberga la famosa escultura de Beethoven realizada por Max Klinger. Por supuesto la Academia Bach, el Museo Bach o el famoso Café Zimmermann donde trabajó entre 1732 y 1741 componiendo la conocida Cantata del café.

Fuera de ruta

Por aprovechar el nudo de comunicaciones hubo dos escapadas que necesariamente debíamos realizar por la cercanía y amplia oferta cultural, aunque ocuparían espacio propio y viajes específicos, sin olvidarnos de Praga, otro destino para programar:

Dresde (”La Florencia alemana”) Desde Leipzig 112 kms (en tren apenas una hora), y Berlín (capital alemana), 194 kms (entre 50 minutos y una hora en tren).

De ambas daría para un artículo exclusivo por todo lo que no debe perderse de ellas, desde una ciudad reconstruida tras quedar totalmente devastada en la Segunda Guerra Mundial, pero que con el esfuerzo de sus vecinos y compatriotas nadie diría que fuese un solar a la vista de cómo está actualmente, y Berlín la “capital europea” de moda y metrópoli cultural) que respira historia por todas partes.

Imposible destacar ni entrar en detalles pues como melómano ambas dan para mucho, especialmente la Semperoper Dresden o las varias de Berlín (Deutsche Oper Berlin, Komische Oper, Staatsoper, Unter der Linden) sin olvidarnos de la Filarmónica, edificio emblemático y sede de la orquesta que Karajan elevase al Olimpo del que todavía no ha bajado, buscando titular en estos momentos (1). Berlín, ciudad donde te puedes cruzar por la calle con figuras internacionales de la dirección, de la interpretación instrumental y cantantes famosos.
Ambas ciudades sin estar directamente relacionadas con Bach, merecen al menos una escapada en cualquier momento. Para quienes tengan la oportunidad de viajar son un auténtico caramelo, y como decía al inicio, siempre nos queda Internet, por supuesto con música de Bach sonando de fondo.

Nota: (1) Este artículo se escribió en el mes de mayo pero a día de hoy la Filarmónica de Berlín ya eligió como titular a Kirill Petrenko como sucesor de Rattle.

 

 

 

 

 

Bach deconstruyendo a Soler

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Miércoles 20 de mayo, 20:00 horas. Sala de cámara, Auditorio de Oviedo. «Primavera barroca«: Galdós Ensemble, Iván Martín (piano y dirección). Diálogos Norte-Sur, obras de Antonio Soler y J. S. Bach.

Media entrada en el penúltimo concierto del ciclo primaveral con difícil elección ante la coincidencia para los «leónigans» en el Conservatorio, aunque prima mi abono ya pagado y la siempre única experiencia de escuchar en vivo a Bach, esta vez compartiendo cartel con el Padre Soler, difícil combate y más ante la presencia en el programa de un pianista con ensemble propio desde 2011. Debate hay y para mucho pero me centraré en lo escuchado. Prometo escribir en breve sobre versiones y gustos variados de los llamados clásicos, algo así como la deconstrucción de los cocineros actuales que a partir de los platos de siempre los presentan distintos. Probablemente Bach sea quien mejor soporte todo tipo de (re)construcciones y (re)interpretaciones, algo que llevo probando más de cuarenta años, en parte porque sigue siendo el padre de todas las músicas, le llamo «Mein Gott» y la historia en vez de antes y después de J.C. debería hacerse con J.S. Bach.

Esto viene a colación de la interpretación que el excelente pianista Iván Martín hace con su peculiar formación, esta vez un sexteto (*) que mezcla un violín barroco y un laúd (el programa pone tiorba) con el resto de instrumentos tradicionales en afinación actual de 442 Hz (incluso en el descanso estuvimos «tres locos» disertando sobre la evolución del diapasón desde los 430 a los 438) y para dos grandes compositores que curiosamente descubrí al piano aunque no fuese nunca el destinatario inicial. La belleza de estas partituras excede criterios historicistas e incluso personales, y su escucha desde la libertad de prejuicios me permite saborearla y apreciarla con todos los peros que se quieran.

Pudimos paladear al Iván Martín pianista en la Sonata nº 48 en do menor (ca. 1772) de Soler, con un sonido muy cuidado, claro, potente y cristalino a partir de una pulsación precisa y un empleo del pedal siempre prudente y en su sitio, las sonatas de Soler en estado de gracia que al piano se engrandecen sin perder un ápice de calidad ni sello propio, reminiscencias o influencias italianas de Domenico Scarlatti o Boccherini sin olvidar a José de Nebra en un Madrid que respiraba música por doquier. Las notas al programa tituladas «Bach y el fraile» hacen referencia a esto. Está claro que el estudio de la obra del «pater» por parte del músico canario le permite ahondar y sacar a flote muchos de los entresijos que esconden las partituras del compositor catalán educado en la Escolanía de Montserrat y afincado en el Monasterio de El Escorial, como podríamos apreciar en los dos quintetos con teclado posteriores.

El Concierto para teclado en re menor, BWV 1059 (Bach) se nos presentaba como recuperación histórica y estreno en España, con la historia también explicada en las notas al programa que adjunto a esta entrada, nueve compases tomados de una de las dos sinfonías de la Cantata BWV 35, ya trabajadas por ejemplo por Ton Koopman utilizando una formación más «al uso» con órgano, o el recordado Gustav Leonhardt con su consort, aunque el galdosiano con el piano de Martín ofrezca una paleta totalmente distinta y sin oboe, en la línea de mi admirado Glenn Gould pero camerístico con cuerda frotada salvo el citado laúd, en vez de orquestal. Problemas puntuales de afinación y balance en los violines y «excesiva» presencia del piano (sin tapa acústica) en momentos, si bien la opción sea tan válida como otra, destacando siempre la claridad expositiva de Iván Martín en el Allegro, la pureza melódica del Largo con el contrapunto de un laúd que contrapesaba color y timbres globales, y un vertiginoso Presto (se dice que el único de Bach) para indicar ese punto de rapidez y duración nunca enturbiada en el sexteto y presente siempre el solista que dirige sin problemas desde el piano.

Después de Bach se hacía difícil escuchar el Quinteto con teclado nº 3 en sol mayor (1766) del fraile Soler, cinco movimientos desiguales y como un catálogo de estilos anteriores que nada tienen con Bach y sí con un preclasicismo debido a la elección del piano como teclado. El Largo es hermoso y nuevamente el toque de laúd compensa el colorido global. Bien contrapuestos los tiempos, contrastes entre solista y quinteto más uno, con peso en los graves y algo opacos los agudos.

Tras el descanso el Quinteto con teclado nº 4 en la menor (1766) recobró un poco la presencia de cada instrumento, cuatro movimientos donde las variaciones del Minuetto final dejaron los mejores momentos de Soler, especialmente un dúo viola-chello bien ensamblado entretiendo registros en ambos como si de uno sólo se tratase, o una Sheila Gómez que por fin brilló en su solo, ahora equilibrado en dinámicas. Los rasgueos del laúd también ayudaron a colorear una partitura más bien monócroma aunque llena de contrastes, pues no sólo de lienzos están los museos llenos.

Claro que siempre vence y convence Bach, sobre todo con el conocido Concierto para teclado en re menor, BWV 1052 (1734) que Martín recreo de memoria perfectamente arropado por un quinteto con laúd que presentó una versión nuevamente bien trabajada en el piano, buscando sonoridades opuestas desde unos fuertes casi sinfónicos a unos pianísimos íntimos con un ataque y pedal siempre escrupulosos en la dinámica, así como los finales de cada uno de los tres movimientos según la receta vivaldiana. El «ripieno» laudístico en el Adagio puso el fiel de la balanza tímbrica con el piano desde un fraseo hermosísimo lleno de ornamentos cristalinos con un cello y contrabajos redondeando presencias sonoras.

El regalo ese maravilloso Largo del Concierto nº 5 en fa mayor BWV 1056 o si se prefiere, el del 1059 de la primera parte, que al piano con los pizzicati y rasgueo del laúd resultó «gouldiano» a más no poder, no en vano Iván Martín puede presumir de este acercamiento a Bach desde el amor y respeto a su música, como haría Bussoni aunque en otro estrato.

Lo dicho, escribiremos sobre las deconstrucciones y versiones de Bach no aptas para todos los paladares. Las de esta «Primavera Barroca» saltaron la tradición para servir el mejor producto posible en otro formato.

(*) Galdós Ensemble: Sheila Gómez, violín barroco – José Manuel Fuentes, violín – Jokin Urtasun, viola – Juan Pablo Alemán, violonchelo – Joaquín Clemente, contrabajo – Carlos Oramas, laúd.

Flautas de pico en el Museo de Bellas Artes

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Jueves 9 de abril, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. II Ciclo de Música Antigua “Sonidos de la historia”. Alejandro Villar (flautas de pico): Recorder 8.3. Obras de Diego Ortiz, Jacob Van Eyck, Telemann, N. Bousquet, Maki Ishii y anónimos. Entrada libre.

Nadie se espera que un concierto con solo flautas de pico en solitario puedan convocar tanto público, pero evidentemente el programa era más que un reclamo, Oviedo tiene una oferta donde la llamada música antigua sigue llamando y llenando, nuevo éxito de la JAM (Joven Asociación de Musicología de Asturias) en este segundo año que resulta no ya de asentamiento de un «ciclo para los jueves» sino todo un reto para preparar los próximos que seguro vendrán.

Alejandro Villar tiene un largo historial de colaboraciones con otras formaciones del que podemos leer algo en los enlaces del concierto y en su propia página web, para muchos «medio Eloqventia» y todo un virtuoso además de profesor y estudioso de la flauta de pico, «tristemente» asociada al terreno escolar merced a Orff, pero que está asentada en la historia llegando a ser tan importante como sus hermanos hasta la llegada de los instrumentos llamemos actuales.

Alejandro se encargó de desmontar falsedades abordando ocho obras de ocho siglos con un tipo de flauta para cada una de ellas, toda una lección y elección magistrales para poner en su sitio la flauta de pico, la de bisel fijo (como los silbatos), «recorder» que llaman los anglófonos, siempre aderezando de forma breve y amena los orígenes así como procedencia de las músicas interpretadas, diría que recreadas por el flautista astur-leonés.

Sin entrar en cada una de ellas, desde los anónimos del siglo XIII (con doble flauta o aulos) y XIV con la «estampida» como forma medieval francesa e italiana, músicas bailables, hasta la última, cada obra fue un ejemplo del papel que tanto el instrumento como la propia música ha tenido a lo largo de la historia, «sonidos de la historia» como se titula este segundo ciclo e «historia del sonido» por el trayecto que Alejandro Villar nos brindó, virtuosismo cada vez mayor desde Diego Ortiz, intercambiables tratados para cuerda o viento, al «Paganini de la flauta» Jacob Van Eyck,

el barroco inglés de Telemann con una verdadera fantasía en tres movimientos, siempre contrastados, que encumbra la música instrumental en su momento álgido, para «caer» y recordarnos el siglo XIX donde la flauta travesera parece relegada al olvido pero donde Bousquet escribe para este instrumento olvidado unos estudios de los que el tercero Allegro moderato puso el estilo clásico al servicio de la «recuperada flauta de pico», con intentos de modernizar mecanismos (flagolet) aunque nada mejor que volver al origen y auparla por fin a la actualidad en los años sesenta y setenta del pasado siglo gracias al llamado movimiento historicista donde el recién fallecido Frans Brüggen eleva a la máxima categoría las interpretaciones con flauta de pico desde los Países Bajos, centro de «peregrinación» de estudiantes y músicos que predijeron el renacer de las mal llamadas músicas antiguas haciéndolas cada vez más actuales.

El virtuosismo siempre al servicio del estilo permitió disfrutar de esta auténtica clase magistral del músico leonés afincado en nuestra tierra, para acabar en el siglo XX con Black intention I (1976) de Maki Ishii (Tokyo, 1936), la inspiración japonesa tamizada por sonidos casi milenarios de la protagonista en manos y boca de Alejandro Villar, introspección casi mística con tres flautas distintas y un gong recuperando sonoridades que cierran círculos, la presencia de lo antiguo desde nuestro tiempo en una época capaz de conjugar en primera persona la atemporalidad de la música.

La propina tenía que ser de Bach, padre de todas las músicas, del que Villar nos regaló la Allemande de la Partita BWV 1013 para flauta solo como colofón a una tarde de museo vivo lleno de sonidos mágicos de flautas.

Moscovitas: más que dulces

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Martes 7 de abril, 19:45 horas. Teatro Filarmónica: Concierto 1.922 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Dúo Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Bach, Beethoven, Prokofiev y Brahms.

Sigo disfrutando de la música allá donde voy pero comprobar cómo crecen en el amplio sentido de la palabra mis jóvenes amistades es algo que no tiene palabras. Alegría, orgullo, admiración por las familias que siempre están apoyando, sacrificándose, dando a sus hijos la mejor formación posible y compartir momentos como el de este primer martes de abril. Las sociedades filarmónicas siempre son la plataforma ideal para formar públicos e intérpretes, congratulándome que la centenaria ovetense, a la que tantos años estuve abonado, siga apostando por los jóvenes valores ofreciendo la posibilidad de foguearse, enfrentarse a conciertos de auténtica envergadura y sentir el calor del respetable, esta vez no ya el habitual, que va cumpliendo años, sino el contemporáneo del solista, compañeros y amigos de su generación, valores que tenemos que mantener desde una educación musical que complete la formación integral del individuo, algo que el actual gobierno no quiere o no sabe entender, relegando la «Música» a la categoría de materia optativa, perdiendo horas y considerándola como una materia que distrae. Sin comentarios.

Al violinista Ignacio Rodríguez (Oviedo, 1996) le sigo casi desde sus inicios, los mismos que podemos disfrutar en los vídeos de YouTube© apreciando la impresionante evolución en estos pocos años, formándose continuamente, actualmente cursando los estudios superiores en el CONSMUPA, afrontando repertorios cada vez más difíciles con una madurez interpretativa digna de destacar. Sus maestros han ido tallando un músico internacional con acento ruso: Vasiliev, Dourgarian, Lev, también a Teslya, Zhislin, Lomeiko y Krysa, pero especialmente Boris Belkin, un ruso enamorado de Asturias al que nuestro artista cautivó, viajando a Maastricht o Siena muchos años para ampliar estudios y entrar en la nómina del importante alumnado del genial violinista ruso.

No quiero olvidar un detalle que parece recurrente y que me sirvió de inspiración para mis primeras notas al programa nada menos que con «Los Virtuosos de Moscú» y Spivakov, su llegada a esta tierra cuando «Don Ignacio no estaba ni proyectado», esa apuesta por Asturias y todo lo que supuso, no ya colocarnos en el mapa musical internacional sino también sentar unas bases que de nuevo la miopía política de turno casi destrozan o dejan inacabadas como algunas carreteras, ferrocarriles del siglo XXI con velocidad del XIX y tantos proyectos incompletos o totalmente parados cual monumentos al despilfarro, a la ignorancia y a la incultura. Al menos muchos de aquellos virtuosos vinieron con amistades y familias, optando por quedarse pese a todo, cambiando la mentalidad de muchas familias sobre la educación musical profesional, no junto a otra carrera universitaria sino toda una vida dedicada a la música como profesión, algo que los rusos siguen reclamando, convenciendo y apostando por ello. De aquellos rusos virtuosos Sergey Bezrodny (Moscú, 1957) se quedó entre nosotros para 25 años después demostrar a muchos cómo la constancia, la paciencia, el trabajo y por supuesto el tiempo, acaban dando resultado, optando por acompañar a un joven violinista asturiano que podrá presumir de tener en su historial al pianista de otros grandes instrumentistas, todo un Maestro con el que Don Ignacio sigue aprendiendo y creciendo.

Las obras elegidas para este concierto fueron un pequeño muestrario de dificultades con las tres «b» de Bach, Beethoven y Brahms sumándose la del propio Bezrodny, para un complemento ruso en interpretación y acento perfecto para Prokofiev o la propina de Rachmaninov, dando ese toque moscovita como el dulce ovetense que tiene fama nacional.

Soledad abrumadora del violín con los tres primeros movimientos de la Partita nº 2, BWV 1004 en re menor de Bach que sirvió para apreciar cuánto trabajo (interpretado de memoria) y esfuerzo esconden sus movimientos, el instrumento junto al órgano donde «el kantor» volcaba su inspiración: Allemande más que un calentamiento de dedos, arco amplio y pulsación fuerte, la Courante con auténtico desparpajo juvenil de Ignacio, técnica cuidada y sonoridades suficientes y la Sarabanda íntima, dolorosa, profunda para un músico de pocos años que siempre volverá a «Mein Got» como revisión y recreación.

La Sonata nº 1 op. 12 nº 1 para violín y piano en re mayor de Beethoven la tengo grabada en mi memoria al haberla estudiado en mis últimos años de conservatorio, y la pude volver a degustar por estos mismos intérpretes en Gijón, comentando entonces la importancia del diálogo para una partitura donde el protagonismo está repartido, intención y fraseos, planos sonoros en continua vorágine pese a ser aún «clásica» aunque despuntando el romanticismo que instaurará el sordo genial. Respeto del alumno ante el maestro para un diálogo en tono de voz sosegado, casi susurrado y contenido en los tres movimientos, el Allegro con brio contenido, evitando sobresaltos, el Tema con variaciones: Andante con moto momento álgido tras el tranquilo tema inicial, palabra del Maestro al piano que el Alumno intenta contestar, intervenir tímidamente hasta que desarrollarán tensiones resueltas «románticamente» cual discusión que se enzarzase y elevase un poco de volumen antes de alcanzar el Rondó: Allegro final encauzando la conversación con distintos puntos de vista desde el respeto mutuo, protagonismos alternados, entendimiento musical desde ese idioma universal que tanto Ignacio como Sergey transmitieron al respetable.

Para la segunda parte y una vez superada la primera contenida, el ímpetu joven salió a la luz con el apoyo veterano y dominador del idioma, la Sonata nº 2 Op. 94 bis en re mayor (Prokofiev) que sonó más moscovita que nunca en el violín de un Ignacio Rodríguez volcado en expresión desde el Moderato inicial, arropado con esa base magistral de Sergei Bezrodny, total entendimiento y mismo acento ruso sin fisuras, cercanía del lenguaje, lectura de envergadura en una traducción musical equilibrada y fresca para un diálogo profundo sin edad, al mismo plano con la seguridad del trabajo bien hecho para un examen lleno de trampas en el Presto – Poco piu mosso del Tempo I que el aventajado violinista superó sin dudar. Remanso en el Andante que volvió al equilibrio piano-violín lleno de musicalidad y fraseos limpios desembocando en otro catálogo de turbulencias y juegos agógicos compartidos: Allegro con brio – Poco meno mosso Tempo I – Poco meno mosso – Allegro con brio, idioma entendible para una obra compuesta en los años 30 que mantiene la misma frescura que demostró el dúo. Largos y merecidos aplausos para el esfuerzo y arte demostrado por el dúo.

Y para rematar nada más profundo que el póstumo Scherzo en do menor (Brahms), auténticas palabras mayores para los dos intérpretes, hondura filosófica, escritura honda y exigente, casi cuartetística reducida a dúo, puro romanticismo para ambos intérpretes desgranando sonoridades impresionantes, sin complejos, de nuevo la memoria de Ignacio Martínez y el oficio en Sergey Bezrodny, brevedad de la vida en el último suspiro con dos ópticas: la juvenil que contempla lejano ese momento y la madurez intermedia para una deseada larga existencia, visiones unívocas musicalmente apasionadas dando lo mejor de ellos, obteniendo otra salva de bravos valorando una intepretación rigurosamente hermosa.

El regalo a la vista del halo tenía que ser también ruso, la tantas veces adaptada a distintos instrumentos Vocalise, Op. 34 de Rachmaninov que Rodríguez Martínez de Aguirre sintió y “cantó” con el violín cual homenaje filial a su entorno, tradición coral en su casa aunque no figure en su aún breve biografía, y Bezrodny con música en los genes llenando páginas y ejerciendo de «orquesta en miniatura» desde el virtuosismo al que nos tiene acostumbrados.

Espero seguir disfrutando muchos años de mi querido Don Ignacio y verle en los mejores escenarios del mundo. Tiene madera, afición, ilusión, ganas y toda una vida por delante.
P.D.: Crítica en el diario La Nueva España de Oviedo del jueves 9 de abril:
LNE09ABR2015Critica

Musika Música toma 7

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Domingo 8 marzo 2015, 12:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Sala Rúspoli: Luis Fernando Pérez (piano): Bach: Partita nº1 BWV 825; Bach / Busoni: “Wachet auf, ruft uns die Stimme” BWV 645; “Nun komm´der Heiden Heiland” BWV 659; Bach / Hess: “Jesus bleibet meine Freude” BWV 147; Bach / Kempff: Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031; Bach / Busoni: Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004. Entrada: 6€.

Mañana de domingo en la Sala Rúspoli, la misma con la que «cerré» el sábado, con difícil elección (en general todo «Musika – Música 2015» supone armar nuestro puzzle sonoro y priorizar, así como encontrar entradas disponibles) y donde «Mein Gott Bach» estaba representado tanto al clave del músico de Getxo Miguel Ituarte como en el piano del madrileño Luis Fernando Pérez, decantándome por el madrileño al tener «fresco» el bien temperado ovetense de Aimard, y contando con las versiones que Ferruccio Busoni, Myra Hess o el gran Kempff hicieron del Kantor de Leipzig para las 88 teclas, con todo lo que supone de recrear un mundo siempre inmenso de posibilidades musicales.
Sin apenas respiro tras el concierto anterior otro lleno en la sala pequeña, trasiego de los operarios para vaciar escenario y colocar ya perfectamente afinado el imponente Steinway presidiendo además de reinar en las manos de Luis Fernando Pérez que recreó un Bach realmente impresionante.
La Partita nº 1 en si bemol mayor BWV 825 consta de siete movimientos aparentemente sencillos pero donde el piano debe modelar el sonido en cada tecla, algo que el pianista madrileño hace con cada obra y estilo. Poder estar cerca de él permite disfrutar con el trabajo de manos y pedales, cincelando sonidos como si del clave se tratase pero con la grandeza del piano. Maravillosa versión llena de toda la gama barroca, matices extremos, ritmos contrastados, melodías claras, variaciones sobre temas que Bach utiliza con la genialidad matemática inspiradora de fuerza interior, la misma de Luis Fernando Pérez, recordándome sus interpretaciones de nuestro Padre Soler.
El Siciliano de la Sonata para flauta nº 2 BWV 1031 que recrease mi pianista de juventud Wilhelm Kempff, fue un leve descanso entre las visiones de Busoni previas y finales, delicia melódica llena de detalles expresivos más allá del original, con una mano izquierda poderosamente aterciopelada que asentó la maravillosa melodía de esta versioneada sonata esta vez con el magisterio de un gran pianista que amaba a Bach como tantos otros.
Las recreaciones que Ferruccio Busoni hace de Bach son un mundo paralelo al original, más allá de un arreglo y sin perder notas ni espíritu del más grande compositor de la historia, porque el órgano rey así está coronado por su versatilidad tímbrica, sonora y expresiva, así que plantear al piano corales como los elegidos por Luis Fernando Pérez son todo un reto para cualquier pianista. El madrileño volvió a demostrar el mimo del ataque, la amplia dinámica que es capaz de sacar con todo un catálogo de recursos técnicos puestos al servicio de Bach, los corales como el BWV 645 que crecen en cada ornamento de la derecha, el peso de los pedales en la izquierda todo ello entretejido en un teclado que parecía sonar a tres, así como la profundidad y meditación de la BWV 659, entendida por un público en respetuoso silencio que ayudó a mantener una calidad y calidez irrepetibles.
No escuchamos la famosa BWV 147 programada pero quedaba un final de auténtico genio, ya sin la atadura del papel, despliegue virtuosístico captado en primera línea de fuego, y nunca mejor dicho, la monumental Chacona de la Partita para violín nº 2 BWV 1004 que Busoni eleva a la enésima potencia, engrandeciendo la inmensidad bachiana para violín al infinito del piano. Honestidad hacia la partitura tanto del compositor como del intérprete, riguroso con cada duración, plano, volumen, fraseo, matices extremos impregnados en todo el cuerpo, poderosa mano izquierda, vertiginosa mano derecha, derroche musical y respirando el mismo aire. El silencio de la sala contenía emociones indescifrables e inenarrables, empujando con el pianista, esfuerzo sin apenas descanso, para romper en estruendo y aclamaciones, bravos y vivas que salen del alma tras haber escuchado MÚSICA en estado puro.
Colas para saludar, felicitar y agradecer una mañana irrepetible, para preocupación de los trabajadores de Musika-Música que recogían el piano, protagonista nuevamente en las manos de Luis Fernando Pérez, y desmontaban la tarima preparando el siguiente, porque la maratón no tiene descanso hasta la meta, cerca pero necesitando de carga extra. Y la tarde ya se echaba encima.

Musika Música toma 5

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Sábado 7 marzo 2015, 17:30 horas: Músika-Música 2015, Bilbao. Palacio Euskalduna, Auditorio Jorge I: Daniel Oyarzábal (órgano), OSPA, Rossen Milanov (director): Bach / Stokowski: BWV 582, BWV 645, BWV 565; Haendel: Concierto para órgano y orquesta op 7 nº 4 HWV 292. Entrada: 10€.

Tras un vermut doble, la digestión también tendría a los «dos alemanes sin buscar más que el disfrute instrumental desde la orquestación popularizada en aquella Fantasía de Disney y uno de los conciertos para órgano del alemán de Halle interpretado por el organista vitoriano que está liderando el inmenso proyecto de la integral de Bach entre la Catedral de León y la Sala sinfónica del Auditorio Nacional, esta vez con el compatriota emigrado a la corte inglesa, además de ejecutar el continuo en el concierto del viernes con la EOS y Carlos Mena.
La OSPA con Milanov al frente abría concierto con dos obras para órgano de Bach en revisión orquestal, más que arreglos, de Stokowski, el Pasacalle y fuga en do menor, BWV 582 y el Wachet auf, ruft uns die Stimme, BWV 645, el famosísimo coral de la Cantata 140, dos versiones reposadas y pletóricas en sonoridad, con la colocación del búlgaro recordando el instrumento rey original para recrearlo en nuestra orquesta, dos interpretaciones que la orquesta asturiana hizo grandes en el auditorio bilbaíno. Si en la mañana fueron tomándole el pulso barroco, la tarde fue plenamente romántica en intención y ejecución, plena y rica, válida sobre todo con este Bach-Stokowski.
El Concierto para órgano y orquesta nº 4 en fa mayor, op. 4 nº 4 HWV 292 de Haendel traía como solista a Daniel Oyarzábal que no paró en esta maratón musical, desde la consola móvil del gran órgano con los tubos ubicados a ambos lados para alcanzar unos efectos ricos desde una elección de registros perfecta, bien encajada con la textura orquestal y unos tiempos «pactados» con Milanov que concertó bien con el vitoriano a una orquesta más reducida.
El Allegro lo marcó Oyarzábal, con buenos diálogos en los «tutti», manteniendo pulsación y sonidos cristalinos en el órgano, solos y modulaciones realmente variados, más volúmenes sin problemas en nadie; el Andante más equilibrado y de registros aflautados bailando de un lado a otro del espectro sonoro, buenas ornamentaciones del solista contestadas con la misma intención; el Adagio con protagonismo organístico lleno de trinos, apoyaturas, notas largas con leves apoyos orquestales de difícil encaje antes del Allegro fugado final que marca la orquesta, buen entendimiento entre músicos y solista, brillantes en fraseos por parte de todos desde un dominio técnico a cargo del organista que tuvo siempre el deseado equilibrio mantenido por Milanov en la dirección.
Cuánto echo de menos un órgano en el auditorio ovetense, de la misma época que el Euskalduna pero que miopías o ignorancias de políticos privaron para siempre a la capital asturiana de un edificio pensado para la música. No puedo hablar de envida y menos sana, solamente de otra oportunidad perdida.
Acabar es volver al Bach universal, el profundo y el conocido, el íntimo y el popular, el eclesiástico frente al cinematográfico. Primero Komm, süsser Tod, «ven dulce muerte» como deseo íntimo hecho música, reflexión desde el convencimiento de estar de paso que Bach como buen protestante sabe continuación de la propia vida, y en esta partitura exige un esfuerzo interior al que la OSPA con Milanov respondió con contención desde una cuerda hiriente sin estridencias, tempo lento para degustar cada intervención, el arpa o el oboe, en unidad y clímax emocional que parecía olvidado en la formación asturiana.
Y después la Toccata y fuga en re menor BWV 565, inmortalizada por las imágenes Disney para esta visión sinfónica, nuevamente romántica y así llevada e interpretada por Milanov al frente de la OSPA.
Regocijo y recogimiento por parte de todas las secciones, jugando más con sonoridades sinfónicas que organísticas al elegir el mismo discurso de Stokowski, muy americano como el búlgaro que dedica mucho tiempo a dirigir al otro lado del charco. Dos mundos en uno, la tocata virtuosa, exigente para todos en mantener tensiones, notas pedales, matices amplios, sonoridades que van de la nebulosa al sol arrebatador, intervenciones solistas fulgurantes (arpa, flautas) arropadas por el tutti, frente a la fuga más trabajada, planos superpuestos sin perder la línea maestra o hilo conductor, siempre con claridad de ideas en el desarrollo, poniendo una nota de cine a la despedida sinfónica asturiana en la tarde sabatina, soleada y en plena cuaresma. Aún queda otro concierto asturiana este sábado y la despedida dominical, que también la contaremos en las siguientes tomas…

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