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Un Bach honesto y sincero

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Jueves 5 de mayo, 20:30 horas. «Bach en la Catedral«, León: Bernard Winsemius, órgano. CNDM en coproducción con el XXXI FIOCLE. Entrada libre.

La integral de la obra para órgano de nuestro bien amado «Mein Gott» está llegando a su fin (quedan otros dos conciertos) entre el «bicho Klais» de León y el Grenzing del Auditorio Nacional de Madrid dentro del rompedor programa «Bach Vermut«, coordinado por joven organista vitoriano Daniel Oyarzábal (1972), uno de nuestros grandes intérpretes, durante dos años irrepetibles que con la inesperada muerte de Jacques Van Oortmerssen hubo de ser sustituido para este de mayo por el carrillonista y organista igualmente holandés Bernard Winsemius (1945).

Del programa comentar como siempre lo bien estructurado en cuanto a las obras, abriendo y cerrando con las grandes para órgano, sin olvidarse de los corales y el «obligado» número de El arte de la fuga, con otra obra intermedia buscando no ya la alternancia en tiempos sino en el espíritu de cada una de ellas que comienza desde la elección de los registros más adecuados, algo que en el caso de Winsemius se caracterizó por la sobriedad, optando por pedales contundentes siempre en el plano idóneo, algunos incluso con cierta ronquera disipada, solo atronando la tormenta exterior que restó público en la Pulchra Leonina.
Me gusta dejar las obras y su correspondientes enlaces al canal YouTube© para recrearlas si así gusta el lector, comentando someramente todas ellas.

Para abrir boca y «calentar dedos» la impresionante Fantasía y fuga en do menor, BWV 537 (d. 1723?) con un pedal sustentando una exposición tranquila, reposada y ornamentada con la maestría de un especialista como el músico holandés, fantasía de sobriedad sonora antes de la fuga precisa y clara, honesta con cada duración, entretejiendo con soltura las voces siempre bien dibujadas.
La partitura Wo Gott der Herr nicht bei uns hält, BWV 1128 (ca. 1705/10) fue descubierta el 15 de marzo de 2008 en una subasta de artículos de Wilhelm Rust, musicólogo del s. XIX y gran contribuidor a la edición integral de la Bach Gesellschaft, una fantasía coral rica en ornamentos con un pedal «cantabile» y jugando con la lengüetería melódica sin perder la meditación obligada. A continuación Meine Seele erhebt den Herren, BWV 648 (1748/49) de los Corales Schübler, intimismo desde el lento caminar del pedalero arrancando la construcción tan bachiana de la mano derecha en un registro ideal y la izquierda vistiendo además de compartiendo tejido. Un placer y reposo en la interpretación de Herr Winsemius.

Christ, der du bist der helle Tag (Partita), BWV 766 (ca. 1700) majestuosa y calmada, resonando los flautados en las piedras y vitrales góticos, visión desde la madurez y experiencia que parecía crecer en su desarrollo, manteniendo una pulsación juvenil de paso firme.
De los «Corales de Neumeister» (a. 1705?) un par de ellos bien contrastados en intenciones: Du Friedefürst, Herr Jesu Christ, BWV 1102 en si bemol mayor, nueva demostración de limpieza y buen gusto en los registros con un equilibrio en los planos, y Ach Gott, tu dich erbarmen, BWV 1109, juego sonoro emanando tranquilidad, sin prisas en desarrollar los temas ni las contestaciones, plenos sin pompas, libertad desde el conocimiento.

Majestuosa e imaginativa, como corresponde, la Fantasía en sol mayor, BWV 571 (a. 1720?) en sus tres movimientos Allegro – Adagio – Allegro, sin exagerar los aires de nuevo manteniendo la rítmica para que los dedos no corran en exceso, registros nada estridentes optando por la limpieza más que la velocidad que pudiese enturbiar el discurso musical, siempre «in crescendo» manteniendo teclado con los cambios precisos así como un pedal siempre en su sitio, nueva lección del maestro holandés.

De «El arte de la fuga» esta vez escuchamos el Contrapunctus XIII a 3, inversus, BWV 1080/13,2  (1742/49), la fuga a dos que exige la dinámica justa en cada mano sin perder presencia, algo difícil en el órgano frente a las versiones de clave, necesitando un equilibrio de registros que Winsemius encontró en el Klais, siempre con sonoridades por descubrir, saltarín como un gorrión pero cantarín cual jilguero de tubos, con la ciencia hecha arte al órgano.

Y cerrando un círculo virtuoso el Preludio y fuga en do mayor, BWV 547 (ca. 1725), ese ritmo ternario luminoso del preludio desde sonoridades poderosas y por momentos densas, verdaderos fuegos artificiales cual la vidrieras góticas leonesas, ímpetu en manos y pies, ligaduras ajustadas a la partitura para llegar a la impresionante fuga binaria, sembrada de semicorcheas como trampas que quieren y no pueden desviarnos del tema, el punto final ideal de este Bach para todos en la interpretación de Bernard Winsemius, honesto y sincero de principio a fin.

Bach a pares

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Martes 15 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ángel Montero Herrero (órgano). Obras de Bach.
Segundo concierto y de nuevo el órgano de la factoría de Federico Acitores de protagonista, continuando con la generación de jóvenes intérpretes, bien formados, ambiciosos en sus programas y con medios para seguir trabajando. Este martes el organista de la Catedral de Segovia, Ángel Montero Herrero (Madrid, 1989), alumno de Roberto Fresco con quien prepara el Grado Superior, y ya con una amplia agenda de conciertos que le ha traído hasta la SMR avilesina.

Programa ambicioso el del músico madrileño íntegramente dedicado a Bach, con el Preludio y fuga para órgano plenoBWV 552 de eje, intercalando en medio seis corales del Dritter Theil der Clavierübung (1739, Misa Alemana para Órgano), verdadero catecismo musical, esta vez y curiosamente los pares, en (s)elección buscada para contrastar efectos y afectos, casi todas en tonalidad menor, con las distintas partes de la misa luterana, el texto como inspiración musical de «Mein Gott», registración recia adaptada a la época y estilo del instrumento, capaz de sonar «alemán» a la orilla de la ría de Avilés en las manos y pies de un español.

El Präludium pro órgano pleno en mi bemol mayor, BWV 552/1 arrancó el poderío del órgano castellano, con flautados redondos en teclado y pedales, buen fraseo respetando la figuración clara y precisa.

Los seis corales que pudimos escuchar fueron desgranándose desde registraciones no siempre claras desde abajo (siempre distintas a como se escuchan en la consola), sobre todo el pedalero que quedó en un segundo plano algo oscurecido especialmente en el acoplamiento teclado I-Pedal, pero con una claridad expositiva y un respeto a la escritura en cada compás digno de reseñar, las notas tenidas precisas, los cantos en la mano izquierda buscando la lengüetería predominante, siempre bien arropada por el resto.
Así fueron surgiendo las distintas partes, «Los Diez Mandamientos»: Dies sind die heil’gen zehn Gebot’ (en sol mayor), BWV 678, delineadas las voces y teclados; «Credo»: Wir glauben all’ an einen Gott (en re menor), BWV 680, casi fuga potente arrancada en flautados poderosos que fueron engordando la expresión desde la contención, pedalero sustento terrenal de las manos al cielo; «La Oración del Señor»: Vater unser im Himmelreich (en si menor), BWV 682, delicia y remanso en la derecha con la izquierda adornando y el coral al pie para no perder nunca referencias; «El Bautismo»: Christ, unser Herr, zum Jordan kam (en sol menor), BWV 684, donde las semicorcheas son gotas de agua del Río Santo, ligaduras variadas cual venera en la mano del Bautista, en un fluir permanente como sonó la interpretación de Ángel Montero; «La Penitencia»: Aus tiefer Not schrei ich zu dir (en mi menor), BWV 686, el tiempo lento que desde la desnudez va tomando cuerpo como inflingiendo dolor y breves aperturas de color, con la disonancia vertebrando un discurso inestable para alcanzar finalmente «La Comunión»: Jesus Christus, unser Heiland, der von uns den Zorn Gottes wandt (en re menor), BWV 688, el ritmo ternario donde bailan incansables las semicorcheas en ambas manos mientras el pedalero marca cada compás, registros trabajados para esta «casi toccata» de virtuosismo de estos «libros de estudio» que en Bach son siempre asombrosos, intrincados, complicados y tremendamente pedagógicos. Una verdadera lección bien aprendida del organista madrileño.

La Fuga pro organo pleno, BWV 552/2 no solo cerró el ciclo sino que vino a ser como la meditación de toda la «misa musical» anterior, catedral sonora que crece paulatinamente desde la seguridad que van dando los continuos ligados, ventanas con vidreras abriendo momentos del leve descanso antes de alcanzar las deseadas agujas pinchando el cielo bachiano, del estrecho y pedal final con corcheas como gárgolas inmensas y escultura intrincada con la propia arquitectura. Trabajo ímprobo (por excesivo y continuado) de Ángel Montero Herrero que se comportó cual maestro de obra en Avilés para defender las trazas y planos musicales del cantor siempre completo y difícil.

Arranque con órgano para la XXXIX SMR de Avilés

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Domingo 13 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Raúl Prieto Ramírez (órgano). Obras de Bach, Buxtehude, Saint-Saëns y Widor.

La semana referente de la música religiosa en Asturias se celebra en Avilés desde hace treinta y nueve años, dos menos tiene el organista que abría esta edición, un cacereño universal de nombre Raúl Prieto (1979), al que su carrera de concertista le lleva a cruzar varias veces el «charco», residiendo en EE.UU. y realizando dos giras anuales por Rusia. Entre sus compromisos su presencia en el Ciclo «Todo Bach» del CNDM el pasado jueves en la Catedral de León, sábado en el Auditorio Nacional con entradas agotadas, y por suerte este domingo en Avilés, volviendo a nuestra tierra después de unos años gracias al trabajo de Chema Martínez quien nos los descubriese en el fenecido Festival de Órgano CajAstur y que jubilado de la docencia sigue plenamente activo en la organización de esta SMRA así como de distintos conciertos con el órgano como protagonista.

Algunos temas ya escuchados en León de Bach (con ligeros cambios que he realizado en el montaje del programa) aunque nunca iguales como tampoco los órganos, y menos en este Acitores de acento castellano pero plenamente asentado en el cantábrico tras cinco años largos cerca de la ría, el toque que yo llamo de salitre, más el inconmensurable y nunca suficientemente valorado Buxtehude para poder disfrutar del recio planteamiento barroco del órgano antes del último romanticismo brillante de Saint-Saëns o Widor, idiomas distintos, registros variados y música a raudales donde no faltó la proyección en pantalla gigante del concertista, para disfrutar visualmente de su impresionante técnica.

J. S. Bach (1685-1750) con el Preludio y fuga en re mayor, BWV 532 es el arranque ideal para dedos, tubos y público, la potencia ideal para la iglesia nueva de Sabugo de acústica muy agradecida, continuando con la impresionante Sonata V en do mayor, BWV 529 (de las Trio Sonatas) que en Avilés sonó igual de limpia y preciosista que en León pero con un pedalero más «modesto» aunque la lengüetería resultó ideal para la mano derecha.

Grandiosa la Toccata en Fa, BuxW 145 de Dietrich Buxtehude (1637-1707) digna forma virtuosística del barroco temprano que Bach eleva a las alturas y madurez del estilo, pero que su ídolo trabajó como muestrario o currículo técnico para todos aquellos que quisiesen dedicarse al duro oficio de organista, lo que da para una tertulia más allá de la sobremesa, todos los recursos instrumentales para sacar a flote una página atemporal. Escucharla en Helsingborg no tiene precio, pero desde casa también podemos viajar a Dinamarca en esta interpretación del más internacional de nuestros organistas.

Como el instrumento de Torquemada está diseñado para todo repertorio, estaba claro que las dos obras siguientes nos darían la grandeza de expresión y dinámicas que atesora, junto a timbres casi pensados para lo que vendría: la orquestal Danse macabre de Saint-Saëns (1835-1921) en el arreglo de Edwin Henry Lemare es más una reinterpretación que transcripción porque siempre se ha dicho que el órgano es el instrumento rey y así lo entiende Raúl Prieto que tiene esta obra entre las más demandas allá donde va precisamente por toda la riqueza que el órgano saca de una partitura ya de por sí llena de color en su versión orquestal. Cambios de tiempos, matices casi infinitos, planos sonoros, protagonismo del pedal en su momento, hacen de esta danza macabra una fiesta mexicana en cuanto a la concepción de la muerte, con el sonar de los huesos musicales en un guiño vital.

Y probablemente sea Ch. M. Widor (1844-1937) uno de los compositores que mejor ha entendido el órgano y su «Allegro» de la Symphonie VI, Op. 42/2 , sinfonía para órgano que puede sea una mínima muestra de la capacidad de este extremeño universal en su instrumento, siempre distinto allá donde va y sacando de todos ellos los registros ideales para afrontarla en su amplia gama dinámica y tímbrica. Obra magna y magnífica interpretación en el Acitores de Sabugo.

El regalo nuevamente «de León», con el llamado «ejercicio de pedal» atribuido a Bach para virtuosismo con los dos pies enfundados en zapatos americanos a medida cual guantes con talón para hacer música solamente con las extremidades inferiores, las que no faltan como sustento vital también en el órgano, disfrutándolo en la pantalla cual ballet barroco. Al menos Avilés estuvo en su «escapada a casa» y se lo agradecemos.

Highway to Bach

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Jueves 10 de marzo, 20:30 horas. «Bach en la Catedral», León: Raúl Prieto Ramírez, órgano. CNDM en coproducción con el XXXI FIOCLE. Entrada libre. Fotos del órgano ©Twitter archivos personales de @RPrietoRamirez.

Continúan los jueves con la segunda parte de la integral de órgano de Bach en la Catedral de León, que el sábado en el Auditorio Nacional se convierte en «Bach Vermut«, un hito en nuestra historia musical, que nos traía de nuevo a casa a nuestro intérprete español más internacional, actualmente afincado en EE.UU. pero con agenda mundial completa que esta semana española incluye además de León y Madrid, la Semana de Música Religiosa de Avilés donde además de Bach le tendremos con sus obras más habituales en los conciertos: Saint Säens, Widor o Reger, que también forman parte de sus cursos en la Universidad de Indiana, la Ball State University, la Universidad de Baylor (Tejas) e incluso en el Conservatorio de Moscú o la
Universidad de Graz (Austria).

Y es que Raúl Prieto (Navalmoral de la Mata -Cáceres-, 1979), al que descubrí hace seis años en el defenestrado Festival de Órgano de Asturias, ha tocado en los mayores templos mundiales de la música de órgano: la catedral de Milán, el Victoria Hall de Londres, el Teatro Mariinsky de San Petersburgo o la sala de conciertos central de Moscú, donde se halla el órgano más grande de Asia, así como el órgano del Disney Concert Hall de la Filarmónica de Los Ángeles, y mantiene un dúo único en España con la pianista Maria Teresa Sierra. Imposible reflejar su amplio currículo y palmarés aunque no quiero olvidar que con 27 años le nombraron asesor artístico e intérprete asociado de la OCNE y divulgador, haciéndose cargo de toda la actividad de los órganos del Auditorio Nacional de Música de Madrid con su «Proyecto Órgano» cuyos resultados propiciaron un titular como el del periódico ABC: «El órgano sale de las tinieblas».
Rutilante e imparable carrera que le ha llevado a Estados Unidos, donde la agencia más importante de representación de organistas según la revista especializada «Fanfare» (Phillip Truckenbrod Concert Artists) le ofreció un contrato sin condiciones para hacer giras por Norteamérica, y ahora mismo tiene tantos compromisos mundiales que debe rechazar ofertas inimaginables en estos tiempos.

El programa Bach de León presentaba verdaderas «salvajadas» que no están al alcance de cualquier organista, y debo destacar que las dificultades van más allá de la cuestión técnica, con una elección de registros adecuados que hubiera necesitado de muchas horas (las que Raúl Prieto no tiene) para investigar las infinitas posibilidades tímbricas que atesora «el bicho» de Klais. Apostó por los prefijados de fábrica aunque no desmerecieron en ninguna obra, con especial esmero en el pedalero (incluyendo la propina del conocido estudio atribuido a «Mein Gott» sólo garabateado en una portada de cantata como bien explicó a los asistentes) y con un frío que convirtió esta ruta del organista no como una escalera al cielo sino autopista al infierno gélido capaz de inmovilizar las manos del mejor conductor.

Arrancar con dos Corales de Leipzig son una buena forma de «entrar en calor», la Fantasía super Komm, Heiliger Geist, Herr Gott, BWV 651 en despliegue brutal como corresponde a la propia forma, poderío sonoro desde un tiempo casi vertigionoso, y sin apenas respiro para el cambio de registros Komm, Heilige Giest, Herr Gott, BWV 652 como tanteo no ya digital para una mano izquierda que marca el motivo, sino tímbrico, contrastes también en tiempos para continuar admirando la escritura siempre increíble del cantor. Con Christ lag in Todesbanden, BWV 718 el frío lo acusó sobremanera la mano siniestra, «amortajada» como reflejo de la letra del coral utilizado en la cantata BWV 4, aunque no nos perdimos la limpieza de voces en teclados y pedalero, juego rítmico y melódico diferenciado en ejecución y timbre.

Punto y aparte merece la Sonata V en do mayor, BWV 529 (de las Trio Sonatas) por ser de lo más difícil de escuchar en vivo ante las exigencias planteadas, tres voces cada una con su registro específico que deben sonar casi orquestales y ser interpretadas limpias además de sin trampas, ya que el «puñetero» de Bach es un delator de errores único. La registración fue ideal en planos y equilibrios, más asequible en el Largo pero sabrosísima en los Allegri extremos, pletórico y vibrante el inicial, majestuosamente brillante el final, todo un despliegue técnico e interpretativo por parte de este extremeño universal.

Un poco de aire tranquilo para disfrutar el motivo variado del conocido y versioneado «coral de la Pasión» para Herzlich tut mich verlangen BWV 727, de los Preludios Corales BWV 714 a 765, con exposición clara en presencia aunque me hubiese gustado mayor despliegue tímbrico, apostar por la lengüetería o incluso una trompetería corta que sobresaliese mínimamente en una apuesta muy uniforme en presencia donde el propio registro y su tesitura hace brillar solo el coral.
No faltan distintos números de El Arte de la fuga BWV 1080 en versión organística dentro de este ciclo con la integral de Bach, y los distintos intérpretes eligieron el suyo, Raúl Prieto optó por el Contrapunctus XII a 4, inversus, pulcro como la catedral leonesa, registros en agudos para mantener el espíritu inicial incluso en cada variación y tiempo calmado para no enturbiarse en los trinos con la reverberación gótica, antes de un final apoteósico como es el Preludio y Fuga en mi menor, BWV 548, magno en toda su concepción, un crescendo único desde las primeras notas hasta la matemática artística de la fuga, equilibrios en los planos, valentía en los tiempos y expresividad máxima. Se nos olvidó el frío porque Bach merece autopistas de peajes varios. En Avilés mucho más…

Casi para todos los públicos

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Miércoles 24 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, AVANTI: OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de L. Diéguez, R. Wagner, W. A. Mozart, P. I. Tchaikovsky, G. Mahler, L. van Beethoven, A. Dvorak, J S. Bach, E. Grieg, G. Bizet, B. Lauret y G. Giménez.

El público seguidor de la OSPA decidió dentro de una encuesta con 25 obras (como los 25 años que celebramos esta temporada) una docena dentro de lo que podríamos llamar, con perdón de RNE, «Clásicos populares» y así sonaron las obras que paso a citar, incidiendo en lo de sonar más que interpretar, pues como bien dijo el maestro titular, que hoy ejerció de «presentador» de cada una, es la orquesta de Asturias, capaz de afrontar cualquier repertorio, esta vez en un abanico de 300 años que no siempre lució como era de esperar.

Abríamos con nuestro Himno de Asturias en la orquestación oficial de Leoncio Diéguez, la misma que tantas veces ha sonado en este auditorio, aunque esta vez el coro fue público con los mismos problemas que los «profesionales» porque si no se dirige correctamente, todos cantan «a su aire». Pero sentirse protagonista por unos momentos siempre es de agradecer y hasta nos olvidamos de calidades prefiriendo cantidades.
El «Preludio» del Acto III de Lohengrin (R. Wagner) necesita, como diríamos coloquialmente, amarrar los caballos para que no se desboquen, siendo obra sutil que sonó brava porque los balances son necesarios ante una lucha siempre desigual entre las distintas familias orquestales, hoy además al completo.
La cuerda de la OSPA siempre ha sido como la seña de identidad y el primer movimiento, «Allegro» de la Pequeña serenata nocturna en sol mayor, K. 525 (Mozart) era para lucirse, aunque no hubo intención de sentir esta joya que resultó bisutería, de calidad pero lejos de lo esperado. Triste recordar que la música no es solo la partitura.

Los ballets de Tchaikovsky son filigranas para toda orquesta y la Suite nº 1, Op. 71a del Cascanueces una muestra de su maravilloso sentido melódico e instrumental, plagado de detalles muy sutiles, eligiendo tres (o cuatro) de sus danzas: la rusa, la árabe y la china. Al menos pudimos disfrutar de la calidad de nuestros solistas, principalmente la madera, aunque la necesaria conjunción quedó en pinceladas, que no brochazos, de una batuta nuevamente deslavazada que no imprime ni ritmo ni aire, dejando a los músicos que intenten además de sonar, sentir.
Puede que por esa necesidad de sentimiento, el famosísimo y cinematográfico«Adagietto» de la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor (G. Mahler) con la cuerda con Miriam del Río al arpa nos dejó el mejor momento de la velada, esta vez más emoción que precisión, para unos músicos que parecen querer dejar clara su valía, con unas dinámicas al fin angustiosamente interpretadas.

Lástima que, como dice el refrán, «la alegría en casa del pobre dura poco» y Beethoven con su Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» no corroboró el «hit» mahleriano. Pese a elegir los movimientos III y IV, la danza pastoril no resultó bucólica, a pesar de las trompas, faltó intención, aire y mando; la tormenta fue un chubasco, con poca claridad en los contrabajos que tronaron con los timbales.
No despejaron los nubarrones con el «Presto«de las Danzas eslavas, op. 46 nº 1 (Dvorak), borrosas, una Furiant nada ágil ni bailable y carente de un empuje rítmico que fue a borbotones y sin claridad en las melodías a pesar de los esfuerzos. Espero que en el próximo abono, de cámara, se resuelvan los problemas del «Avanti».

La grandiosidad de la famosa «Aria» de la Suite nº 3 en re mayor, BWV 1068 (Bach) permitió disfrutar de la cuerda pero sin criterio, ni historicista ni musical, fraseos sin sentido, volúmenes fuera de lugar, sin la pulsación barroca que requiere un movimiento tan cantable que se le denomina precisamente aria.

Otro refrán dice «de perdidos, al río» porque el cuarto número «En la cueva del rey de la montaña» de la conocidísima Suite nº 1, op. 46 de Peer Gynt (Grieg) nos dejó literalmente dentro de la oscuridad absoluta y nada platónica, cierto que los solistas intentaron poner un poco de luz pero el largo y progresivo acelerando sólo sirvió para llenar de barro, tras la tormenta pastoral o los traspiés eslavos, una obra donde los matices olvidados borraron la melodía principal en un final de fuego prehistórico.
Del ímpetu y colorido que tiene el «Preludio» de Carmen (Bizet) nos quedamos con lo primero porque más que de inspiración española me resultó griega (por las ruinas).

A Benito Lauret no me cansaré de recordarle y agradecer lo que hizo por Asturias en todos los campos. Sus Escenas asturianas tanto en la versión sinfónica como para banda recogen melodías que este cartagenero hizo grandes, y en el Finale da gusto el oficio de orquestador en un músico excelente, jugando con el «balamé» del Pericote y nuestro «Asturias patria querida» en una contraposición no ya de temas sino de colores en los que Diéguez también buscó su instrumentación. Es una obra que nuestra OSPA ha llevado por medio mundo y con grabación para la posteridad que se debería escuchar más a menudo, pues su riqueza dentro de cierto nacionalismo bien entendido y académico a más no poder, requiere un estudio previo y documentado. Algo parecido a nuestra fabada que con excelentes ingredientes y condimentos se puede estropear sin una buena cocción.

Y al final llegó el divorcio, vamos que el «Intermedio» de La boda de Luis Alonso (G. Giménez) resultó un «totum revolutum» a pesar de estar todo claro. Puede que con las cartas boca arriba y una partitura precisa se demuestra la falta de entendimiento entre lo escrito y lo escuchado, teniendo en nuestra memoria tantas y excelentes versiones con orquestas de menor calidad que nuestra OSPA.

Temblando estoy del panorama cercano donde podré escuchar otras formaciones españolas como la Orquesta Ciudad de Granada, las de Bilbao y Euskadi o la Real Filharmonia de Galicia, porque además las obras y compositores exigen no solo trabajo sino talento…

Vidrio, piedra y Bach

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Jueves 4 de febrero, 20:30 horas. Catedral de León: «Bach en la Catedral». Arvid Gast, órgano. CNDM en coproducción con el XXXII FIOCLE.

De octubre de 2014 a junio de 2016 la integral para órgano de Bach suena en el Auditorio Nacional de Madrid y dos días antes siempre en la Pulchra Leonina, peregrinaje para todos los amantes del instrumento rey, un total de 20 conciertos (supongo que el número 18 quedará suspendido tras la muerte de Jacques Van Oortmerssen el pasado 21 de noviembre de 2015) donde ir desgranando el maravilloso mundo de «Mein Gott», organizados por los mejores intérpretes actuales sin repetir obras. Y llegó a León un músico de Bremen, organista en Lübeck y Magdeburgo, dos puntos de referencia en la vida de Bach, dispuesto a seguir sorprendiéndonos con la riqueza tímbrica del instrumento de Klais al que bauticé en su inauguración como «El Bicho«.
Impresionante la limpieza de ejecución en cada obra, la sabia elección de registros, la claridad meridiana con la que pudimos paladear todas y cada una de las voces, notas independientes siempre relacionas, una verdadera liturgia oficiada por el maestro Arid Gast (1962) que pergeñó obras con verdadero primor, orden y concierto similar al de las vidrieras y las piedras góticas de la catedral más bella de España, con perdón para las demás (y lo dice un asturiano).

El «pastor» Gast convocó al pueblo, que volvió a llenar el templo catedralicio de Santa María de Regla, para escuchar el sonido alemán ya de acento castellano, con el Preludio y fuga en la menor, BWV 551, logrando mantener ese respeto mágico desde un silencio que permitía asombrarse con los sonidos saltando de una a otra fachada (los llamados «coro del norte» y «coro del sur»), estando yo situado en la nave central bien ubicado para escuchar los efectos, con la vista puesta en el retablo, las vidrieras, las bóvedas y los arcos ojivales. Toque de arrebato en trompeterías con pedaleros como truenos y relámpagos descansando con reposo en el acorde perfecto.

Tres corales (uno de Schübler BWV 649, más el preludio coral BWV 717 y el BWV 706 de Kirnberger) nos hicieron meditar, saborear unos flautados deliciosos en el del medio o unas homogéneas lengüetas claramente diferenciadas en color y dinámica, sin perder nunca las melodías populares que Bach eleva a divina, ceremonia casi religiosa con los comentarios musicales a los textos luteranos antes de otra explosión de la perfección matemática del orbe divino, la Fuga en do menor (sobre un tema de Giovanni Legrenzi) BWV 574, donde el organista demostró no ya un virtuosismo presupuesto sino la sabiduría en elegir los registros, poder escuchar las voces con timbres independientes desde el sujeto hasta la exposición, con un pedalero casi tercera mano de presencia luminosa y sustento pétreo en el Klais, recovecos, precisión, balance y reposo a la búsqueda del descanso en el acorde mayor.

De nuevo la meditación con tres de los llamados Corales Neumeister, los BWV 1097, BWV 1099 realmente poderoso, y BWV 1108, ligero desde una mezcla de lengüetería y principal, el contraste barroco de tiempos y dinámicas, ordenados cronológicamente además de sapiencia, fraseos brillantes, contracantos equilibrados, luces y sombras sin oscuridades, esperanzadoras sin cegarnos y siempre respetando cada nota, su duración, los ornamentos justos y el silencio sepulcral sobrecogedor para dejar sonando en el aire cada exhalación de los tubos.
La Fantasía en do mayor, BWV 570 supuso el momento álgido de la ceremonia, la liturgia de la palabra hecha música, cual golpe de pecho inicial y sobrecogedor ante unos pecados siempre veniales en un Bach que componía «Soli Deo gloria«, vanidad y soberbia casi necesariamente reflejadas en la escritura y aún más en una ejecución cual penitencia y absolución por el «pastor Gast«.

Aún quedaba el Contrapunctus XII a 4, rectus de «El arte de la fuga», BWV 1080/12,1 como si de un Apocalipsis se tratase, capaz de inspirar las mejores obras de arte y mantener todas las relecturas que se quieran incluidas las musicales. Rectitud y altura de miras como las columnas sosteniendo las bóvedas de esta catedral ansiosa de absorber lo que el material le impide, devolviendo generosa los versos en frases musicales donde seguían brillando registros por descubrir como la luz de las vidrieras a lo largo del día.

Finalmente la Toccata (Preludio y fuga) en do mayor, BWV 566a sonó cual bendición, recapitulación de una liturgia única, arrebatadoramente bella sin éxtasis barrocos, meditaciones con tormentas y recovecos para manos y pies que nos llevan hasta la luz cegadora del acorde perfecto de do mayor. Aplausos de alivio tras la tensión y agradecimiento ante unos sermones organísticos en el buen sentido de la palabra, la música pura desde la sabiduría y experiencia de un intérprete que parece imbuido del espíritu bachiano.

No son habituales las propinas, de hecho el maestro Arvid Gast estaba recogiendo las partituras pero el público le jaleaba, feliz ante tanta belleza, y qué mejor regalo que otras hermosas palabras al órgano, «Despertad, nos llama la voz» de Bach en el Klais, Wachet auf, ruft uns die Stimme de la Cantata BWV 140 en este caso la meditación que supone en el órgano el Coral Schübler BWV 645, un prodigio de sonidos todos en perfecto equilibrio, estabilidad emocional, capaz de escuchar una melodía arropada por las armonías del paraíso bachiano para dejarnos, si es que había duda, que Bach es mi Dios…

Equilibrada inestabilidad

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Jueves 19 de noviembre, 20:30 horas. Festival Internacional de Órgano Catedral de León, CNDM: «Bach en la Catedral«, Roberto Fresco (órgano).
Concluyó otra edición, la trigesimosgunda de un festival casi sin apoyos, que como indicaba en la presentación su director Samuel Rubio, resultó ser el de mayor éxito de público. El apoyo del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte a través del INAEM y el Centro Nacional de Difusión Musical ha sido un verdadero salvavidas y este ciclo de «Bach en la Catedral» continuará varios jueves en «el Klais» de la Pulchra Leonina y los sábados en «el Grenzing» del Auditorio Nacional con el exitoso «Bach Vermut«.
En León el frío es intrínseco y no impide las colas para asistir a este verdadero peregrinaje bachiano, incluyendo aficionados y músicos asturianos, todo un éxito impensable que demuestra la vigencia eterna del cantor de Leipzig así como la música de este órgano que engrandece la catedral leonesa.

Foto ©Fernando Álvarez con Roberto Fresco, Jaime Mdez. Corrales y José Mª Martínez

Esta vez la neblina sumada a la gélida noche pareció alcanzar al organista de la Almudena que personalmente no acertó en las combinaciones casi infinitas del «Bicho de Klais» (2013) con un programa que arrancaba con el Preludio en la menor, BWV 569, algo oscuro pese al rugido del pedalero que llenaba lo más profundo de la acústica catedralicia.

Prosiguieron seis «Corales de Adviento y Navidad», donde fueron alternando registros digamos habituales con unos «octaviantes» realmente deliciosos e íntimos, buscando el contraste de dinámicas además del tímbrico por parte del organista astorgano, ayudado por Guillermo A. Ares: el Num komm, der Heiden Heiland del trío BWV 660 más el BWV 699, verdaderas meditaciones corales de Leipzig en el pedalero aflautado revestido por los teclados, Lob sei dem almärchtigen Gott, BWV 704, voces bien diferenciadas desde la dificultad, el hermosísimo Vom Himmel hoch, da komm ich her, BWV 738 vertiginoso y difícil de seguir la melodía tan trabajada, y la «fughetta» de Christum wir sollen loben schon oder, BWV 696, muy denso en el desarrollo con flautados impercebtibles y algunas imprecisiones porque Bach resulta tan perfecto en su escritura que nada que se salga de ella es delator implacable.

Más ligeros y en la misma línea de contrastes, sin «arriesgar» con los registros escuchamos cinco duetos consecutivos del BWV 802 al BWV 805, agradecidos en cualquier teclado, que en el órgano adquieren su verdadera dimensión, antes de continuar con cuatro «Corales de Navidad» del Orgelbüchlein: In dulci jubilo, BWV 608, un canon doble de registros celestes, Lobt Gott, ihr Christen, allzugleich, BWV 609, sonoridades en estado puro y pedalero presente, Christum wir sollen loben schon, BWV 611, lento y bien dibujado por Fresco, para finalizar con el vigor del Wir Christenleut, BWV 612, esta vez más homogéneo en desarrollo y lirismo siempre con profundidad expresiva aunque flotando la neblina exterior hecha sonido.

La recta final comenzaba con las «Variaciones canónicas» BWV 769, complicadas donde las haya, Vom Himmel hoch, da komm ich her que «ahuyentaron» a algunos espectadores tal vez despistados ante tanta música como esconden estas joyas organísticas, lengüetas agudas en mano derecha contrapuestas a una izquierda aflautada con el canto grave de los pies, el Contrapunctus X de «El arte de la fuga» BWV 1080, siempre más agradecido en versiones camerísticas porque en teclado parece misión imposible disfrutar la matemática hecha música del kantor, que el organista leonés buscó incansable limpiar de lo nunca accesorio en Bach, y finalmente el vivaldiano a dos violines reconstruido como Concierto en la menor BWV 593 que convierte al órgano en rey de los instrumentos reviviendo la orquesta en una explosión de registros para teclados y pedalero con tres movimientos que volvieron a resucitar al «bicho«, un Allegro poderoso, el Adagio retomando flautados mínimos y el luminoso Allegro final para reencontrarnos con el mejor Bach. En definitiva, un concierto de inestable equilibrio pero de equilibrada inestabilidad para todos los posibles que el instrumentos construido por Klais atesora, tomando poco a poco el aire leonés que a Mein Gott siempre le sienta bien. Supongo que en el Auditorio Nacional la paleta sonora caliente dedos y disipe nieblas.

Respeto por los mayores

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Jueves 12 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Kovacevich (piano). Obras de Berg, Beethoven y Schubert.
Es siempre un placer escuchar a músicos de antes, los que están finalizando su carrera porque representan una generación a la que debemos no ya la admiración por toda una vida dedicada a este noble arte sino porque atesoran algo que sólo da el tiempo aunque resulte de perogrullo: años de experiencia. Como en otros campos, escuchar a nuestros mayores supone aprender no lo que dicen sino cómo lo dicen, porque podrán parecernos abuelos contando sus «batallitas», oídas montones de veces pero ahora escuchándolas, cada vez disfrutándolas más, agradecimiento de que todavía puedan y quieran seguir aportando algo nuevo.

El pianista americano de origen croata Stephen Kovacevich o Stephen Bishop (Los Ángeles, 17 de octubre de 1940) parece estar despidiéndose de una dilatada carrera eligiendo casi su testamento interpretativo en unos conciertos que supongo tendrán una especial carga emotiva (como me contaba al descanso alguien que conoce bien este mundo), con obras pegadas a su propia y larga vida, menuda desde los 11 años y enorme en su carrera, probablemente sin la fuerza juvenil de antaño o con una técnica que está ya en su ocaso, puede que incluso desfasada en nuestros días, como por ejemplo un uso del pedal algo «lento» aunque degustando unas sonoridades casi olvidadas, pero donde un fraseo, una nota repetida con distintas intensidades o simplemente contemplarle tocando el piano sentado tan bajo, como el gran Glenn Gould, es más que suficiente para agradecer este concierto. Siempre se aprende de nuestros mayores a los que les debemos todo el respeto.
Abrir con la Sonata para piano nº 1 (Alban Berg) supone el tributo a los compositores de la época difícil, los entonces contemporáneos que beben aún de las fuentes originales tornándolas al lenguaje del momento, algo que Kovacevich transmitió como devolviéndonos al esfuerzo que suponía interpretar estas sonatas desde el conocimiento de un especialista en los repertorios clásicos y románticos. Aún el blanco y negro pero con la riqueza de esas fotografías consideradas obras de arte.

Como si necesitase un respiro para continuar y retomando el estilo que más domina, su Beethoven, primero dos Bagatelas op. 126 nº 1 y nº 5 (que se cambió a última hora en vez de la nº 6 prevista) sonó plenamente juvenil e íntimo, el recuerdo de adolescencia presente sin buscar más allá que la propia frescura de la partitura, bagatela en el sentido opuesto de la palabra y delicia de escucha.
Lo mejor llegaría con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor op. 110 (1821) el dominio de la forma en tres movimientos que el genio de Bonn remueve y traspasa emociones, como contraste al primer Berg y cierre de «la sonata» que Beethoven escribe como puente entre pasado y futuro, el propio de Kovacevich, la penúltima de su corpus, las células que reaparecen como manteniendo la vida, interpretación ceñida a la partitura hasta en las indicaciones, la expresividad del moderato bien cantado, la «broma» del allegro molto y sobre todo un adagio en su justo tiempo antes de una fuga que resultó lección magistral bien explicada por Charles Rosen pero mejor tocada por Bishop, sin excesos y mirándose en toda una vida al piano, la misma historia contada con el poso de los años en la que simplemente escuchar cuatro veces la misma nota con distinta intención son el mejor resumen de su Beethoven, «un programa que expresa la inminencia de la muerte y el posterior regreso a la vida», resurrección musical más allá de la vida y la muerte en las manos de un Maestro, con mayúsculas.

La otra despedida nada menos que Schubert y la Sonata para piano nº 21, D. 960, mismos sentimientos, admiración de los dos alemanes en la mejor Viena de la historia, presagios de una muerte joven pero llena de madurez y profundidad, claroscuros que van del intimismo casi de lied en los dos «moderatos» al breve aliento de alegría del Scherzo siempre con «delicatezza», la misma del pianista norteamericano, sin la luz juvenil pero con la profunda senectud de una vida en blanco y negro, hoteles y salas de conciertos, las 88 teclas que destilan vivencias y sabiduría.

Y como cierre del círculo de la vida el regalo de un perpetuo renacimiento, Bach y su «Sarabande» de la Partita nº 4 en re mayor, BWV 828, contada con voz firme y poco aliento, un placer escuchar estas historias al Maestro Kovacevich en este viaje de invierno hacia la perpetuidad del recuerdo.

Exquisito Kavakos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Leonidas Kavakos (violín y dirección), Orquesta de Cámara de Europa (Chamber Orchestra of Europe). Obras de Beethoven.

No se puede tener mejor inicio de temporada que Beethoven con dos de sus obras dirigidas juntas en Viena también por un violinista director como Franz Clement (como recuerda Ramón G. Avello en las notas del programa), esta vez Oviedo con el griego Leonidas Kavakos marcando diferencias como intérprete y aún más a la batuta, al frente de una orquesta verdaderamente excelente (también con españoles en sus filas, la flautista salmantina Clara Andrada de la Calle y el cellista leonés Luis Zorita) que nos dejó a todos con un sabor de boca difícil de olvidar. El trabajo previo se notó en cada movimiento, en cada tiempo, en cada textura, como un orfebre que haya trabajado todos los detalles, lo que nos permitió escuchar notas que están en la partitura pero no siempre salen a la superficie, y una calidad en todas las secciones que permitió disfrutar dos interpretaciones de altura.

El Concierto para violín en re mayor, op. 61 (1806) sirvió para impactarnos del sonido orquestal y solístico, más allá del Stradivarius «Abergavenny« siempre pleno de presencia, con un entendimiento más allá de la propia concertación, y un amplísimo abanico de dinámicas para una formación realmente de cámara aunque rondando los 50 músicos.

Tenía que ser un griego quien nos recordase este Clasicismo con mayúsculas, el que avanza inexorable hacia la libertad, escultura iluminando sombras y oscureciendo luces para no cegarnos y dar vida al mármol o la piedra en un concierto original desde su planteamiento inicial, Allegro ma non troppo sinfónico, pleno, con la colocación y elección instrumental estudiada para conseguir colores únicos, dos trompetas y timbales naturales a la derecha, violines enfrentados y contrabajos tras los primeros. La entrada del solista emocionando por la textura y calidez, la música fluyendo de forma natural en todos, las secciones sonando diferenciadas y uniformes, conduciendo lirismo desde una espontaneidad muy cuidada, Kavakos embriagándonos de música con el «tempo» perfecto y dirigiendo con la naturalidad de saberse entendido en cada momento, con una cadencia para paladear en cada detalle. El Larghetto trajo una cuerda sedosa, aterciopelada, equilibrada con el solista, engarzando sin problemas melodías antes de una nueva «cadenza» que puso la piel de gallina antes de atacar con exactitud germana el Rondó final, precisa la orquesta y precioso el violín, alegría, brillo, comunicación y entendimiento lleno de «rubatos» situados en el momento oportuno, midiendo hasta los calderones y con la velocidad suficiente para dejarnos con la miel en los labios por no tener aún más longitud. Orquesta de colores instrumentales únicos, plegada al ánimo del solista y director griego regalando música por todas partes en este único concierto para violín de Beethoven.

Aplausos y varias salidas para que Kavakos nos regalase la «Gavotte en rondeau» de la Partita nº 3 en mi mayor, BWV1006, un Bach perfecto en todos los sentidos, lección de arco, suavidad en los fraseos, dobles cuerdas con volúmenes diferenciados y siempre música a borbotones. Sólo podía estar Bach en medio de Beethoven.

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Eroica» (1804) me faltarán palabras para poder explicar la inenarrable versión del músico griego con la COE, pues hubo tanto para resaltar que seguro me olvido algo. La riqueza de la tímbrica fue algo único, las dos trompetas naturales presentes junto al timbalero nunca arrebatando volúmenes, el trío de trompas -que ya en dúo durante el concierto de violín sonaron aterciopeladas- como una sola por el color y orgánica en acordes; los fagotes precisos y preciosos, sonando por momentos a trompa y en el dúo con ella una nueva sorpresa auditiva; la flauta solista llena de registros emocionantes; clarinete cercanos al cello por fraseo y timbre; el oboe de una musicalidad que conmovía, con un Kavakos dejando fluir todo sin prisas, paladeando cada melodía con su carácter especial redescubriendo el «segundo estilo» de Beethoven, creación personal donde la música expresa sentimientos e ideas al igual que director y orquesta. No importa si originalmente estaba dedicada a Bonaparte porque realmente sonó y fue concebida como «heróica».
El Allegro con brio nos dejó una cuerda brillante y limpia en el fraseo, contrabajos y cellos presentes, madera y metales alternando protagonismo, dinámicas exquisitas sin perderse nada.
La Marcia funebre. Adagio assai tuvo el acierto de jugar con unos tiempos tranquilos que daban más esperanza que tortura interior, recordándome el sufrimiento del mejor Delacroix pero esperanzador por un más allá, quién sabe si la orilla del tema central, pletórico y magnánimo antes de volver a la triste realidad, emoción a flor de piel pero siempre contenida.
Del Scherzo. Allegro Vivace otro soplo de aire fresco, concepciones dinámicas y rítmicas que serán la firma del genio de Bonn enterrado en Viena, el sonido clásico evolucionado, rápido pero nada vertiginoso, de nuevo escuchando todo en su sitio, oboe, flautas, cuerda, fagotes, trompas, timbales y trompetas… ¡todo! como sólo las grandes formaciones y batutas pueden alcanzar cuando existe la química del entendimiento y la complacencia y aceptación del trabajo bien hecho.
La apoteosis llegó con el Finale. Allegro molto – Poco Andante – Presto, variaciones para degustar de una orquesta pletórica, madura, equilibrada, tímbricas casi desconocidas, dinámicas extremas capaces de acallar el auditorio, solistas impecables, secciones en sana rivalidad sonora, ritmo contagioso y vital, silencios majestuosos, contención y vigor con un director de gesto adecuado, casi contenido, pero que saca a flote la riqueza de una partitura que sigue siendo necesario escucharla al menos una vez al año porque siempre descubrimos algo nuevo doscientos años después, máxime con músicos como los de este inicio de temporada que ha puesto el listón muy alto y las emociones a tope.

Leonidas Kavakos quedó firmando discos, aunque mañana estarán en Lisboa, joyas todos y público de todas las edades haciendo cola, siendo los jóvenes quienes disfrutaron como los que más porque también saben paladear lo exquisito, precisamente por escaso.

Exprimiendo «el bicho de León»

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Jueves 1 de octubre, 20:30 horas. Catedral de León, Festival Internacional de Órgano, «Bach en la Catedral». Kevin Bowyer (órgano), obras de J. S. Bach. Entrada gratuita.
Larga cola hora y media antes del segundo concierto de la XXXII edición del FIOCLE y continuación del ciclo programado por el CNDM con la integral para órgano de J. S. Bach, que los sábados siguientes también se puede escuchar en el Auditorio Nacional de Música de Madrid con el sugestivo título de «Bach Vermut«, esta vez con el británico Kevin Boyer que preparó un programa perfectamente estructurado y contrastado para sacar todo el partido al nuevo órgano de la Pulchra Leonina construido por Klais en Bonn y que estrenase el gran Jean Guillou hace dos años.

El organista de Glasgow no solo organizó las obras jugando con tiempos o dificultades sino que con una delicadeza en la técnica, unos ligados asombrosos y especialmente el buen gusto para registrar logró unas sonoridades del «bicho» impresionantes, jugando no ya con el efecto de los dos coros en los teclados IV y V, sino combinando los múltiples registros desde la adaptación ideal para cada motivo, coral o melodía, con pedales siempre en su sitio de presencia y color. Impresionantes los flautados, especialmente el piccolo 1′ y la lengüetería horizontal de dulzaina, solo una mínima parte de los recursos que el gran órgano catedralicio esconde y el tiempo va templando y tomando acento castellano que tan bien le va al cantor.

Nada mejor para «limpiar los tubos» que la Fuga en si menor (sobre un tema de Corelli), BWV 579 (a. 1710?) potente, redonda, sin buscar combinaciones extremas, para entrar con cuatro «Corales de Neumeister« (a. 1705?) donde alternó flautados y caracteres, siempre escuchando las melodías desde registros lo suficientemente agudos para brillar sobre otros teclados y pedalero, Wenn dich Unglück tut greifen an, BWV 1104, Christus, der ist mein Leben, BWV 1112,  Durch Adams Fall ist ganz verderbt, BWV 1101Was Gott tut, das ist wohlgetan, BWV 1116, alternancia celestial y terrenal de amplísima riqueza dinámica.

Al órgano se le llama el rey de los instrumentos y escuchar el Concierto en Re menor (de Antonio Vivaldi), BWV 596 (1713/14) en esta recreación bachiana resultó un prodigio de virtuosismo total en los cinco movimientos, barroco italiano con acento alemán y regusto castellano, el primero potente, el segundo Grave y sereno como El Gran Canal, la Fuga capaz de dibujar la cuerda en los tubos, el Largo e spiccato recreando una flauta hasta en el fraseo o respiraciones, y unas tiorbas desde el propio viento cual punteo para rematar con un allegro plenamente orquestal y telepatía entre el cura pelirrojo y el cantor de Leipzig.
Los aires venecianos se tornaron germanos y profundos, luteranos de inspiración propia y nuevamente contrastados, Ach Gott und Herr, BWV 714 (1715?) recio, bien delineados los temas siempre respaldados por los registros adecuados, y Ein feste Burg ist unser Gott, BWV 720 (¿?), verdadera fiesta ciudadana sin perdonar la referencia divina hecha trompetería.

El virtuosismo al servicio de la música lo puso la Fantasía con imitación en Si menor, BWV 563 (a. 1708), cascada de notas perfectamente delineadas, teclados con la sonoridad buscada al detalle y pureza hecha música de órgano.

Volvía la juventud, aunque toda la obra de Bach es madura, con otros cuatro «Corales de Neumeister» bien colocados en simetría de concierto, elegancia expositiva, equilibrio de planos y redescubrimiento de timbres del Klais, Christe, der du bist Tag und Licht, BWV 1096, Christ, der du bist der helle Tag, BWV 1120, Herr Jesu Christ, du höchstes Gut, BWV 1114 y finalmente Erhalt uns, Herr, bei deinem Wort, BWV 1103, otra verdadera lección combinatoria en todos los sentidos con el doctorado del organista inglés que desde una aparente sobriedad descargaba verdadero arte en cada coral.

Probablemente lo menos agradecido en registros resultase el Contrapunctus VIII (de «El arte de la fuga»), BWV 1080/8 (1742/49), auténtica biblia compositiva e interpretativa que en su dificultad intrínseca no dejó degustar lo suficiente una partitura puede que por un anhelo de querer comunicar el organista británico todo lo que esconde. Esta vez hubo un poco de smog inglés con «cornetos y bajones» que se disipó rápidamente con la Fantasía y fuga en La menor, BWV 561 (¿?), un remate del maestro organista de la Universidad de Glasgow que ha grabado la integral organística del alemán y volvió a demostrar su sabiduría desde una paleta sonora llena de amplísimos claroscuros, registros extremos nunca exagerados, en busca del color adecuado para exprimir «al bicho», vibrante colofón antes de una propina de Paul Halley sobre aires celtas pero muy actual, contemporánea, una música que también defiende Bowyer, con mucho de cinematográfica, aunque a Mein Gott es imposible igualarlo.

Vuelta a casa y estas líneas rápidas, dejando los links oportunos casi todos del propio intérprete británico. Las escapadas a León si son para la música de órgano siempre son un placer y encontrarse con amigos tan melómanos todavía más, aunque haya que madrugar al día siguiente.

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