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Aleluya barroco

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Miércoles 31 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Conciertos Día Universal del Ahorro 2012. OSPA, Raquel Lojendio (soprano), Aarón Zapico (director). Obras de Geminiani, C. Avison y Vivaldi. Patrocinado por CajAstur; entrada por invitación.

Comienza para algunos el Puente de los Santos y puede ser causa de las muchas butacas vacías aunque tampoco hubo facilidades para encontrar entradas que no estaban a la venta. Personalmente tengo que agradecer a Forma Antiqva que me hiciesen llegar una para un concierto que suponía el debut de Aarón Zapico al frente de una «OSPA de cámara» para un repertorio que el hermano mayor domina y supo transmitir a esa cuerda que siempre es referente de la orquesta asturiana, con el refuerzo en el contínuo del fagot y los otros dos hermanos Zapico, Daniel y Pablo, perfecto acompañamiento de la soprano tinerfeña (estuvo anunciada Sabina Puértolas aunque ni ella misma lo supo y alguien responderá del entuerto) que dio lo mejor de ella, entregada en alma y cuerpo. El programa de mano no era tal a pesar del «ahorro», pues no ayudó nunca a parte del público que estuvo más perdido que un pulpo en un garaje. Lástima que el Barroco no tenga más presencia en las salas de concierto, felicitándonos de los tres conciertos del nuevo ciclo «Oviedo Barroco» para los que ya me hice con el abono (44€) en la Sala de Cámara que espero se llene más que la Principal de este último día de octubre.

El mayor de los Zapico y cabeza visible de Forma Antiqva tiene las ideas muy claras en un repertorio donde se mueve como pez en el agua, lo que supo transmitir a la perfección a una orquesta que pareció disfrutar tanto o más que muchos de los presentes. La elección de cuatro motetes para soprano de Vivaldi (que figuraban sin más en el cartoncillo biográfico) y su organización fueron perfectos pese a la «reiteración» estilística que suponen, una dificultad añadida a la interpretación que nunca fue idéntica ni siquiera en los Da Capo, sin perder rigor y gracias a esa claridad buscada por Aarón Zapico bien entendida por todos los músicos.

Geminiani y su Concerto grosso nº 12 «La Folia», Op. 5/12 abría velada con las cartas boca arriba, sin esconder nada y aprovechando el magisterio de los solistas, impecables todos, Vasiliev, Corpus, Alamá y Atapin, más «el grueso»donde el continuo de guitarra barroca y tiorba equilibraban una plantilla de lujo para la ocasión: 7 primeros, 7 segundos, 3 violas, 2 cellos, 2 contrabajos más fagot y el «dúo Zapico». Y Aarón no permitió ruptura encadenando el primer motete de Vivaldi, «In turbato mare irato» RV 627 que trajo a escena a una Raquel Lojendio segura, poderosa en los agudos, equilibrada en el medio y suficiente en el grave, con una técnica al servicio de esta música que en vez de instrumentalizar la voz resultó más bien «vocalizar los instrumentos» a lo largo de todo el concierto, con unos fraseos y contrastes en todo que dieron la unidad estilística que la dirección buscó, con tiempos bien elegidos para poder degustar todo el caudal sonoro.

Otro tanto podríamos decir del siguiente y complementario motete «In furore iustissimae irae» RV 627,  potente interpretativamente y frescura total en cada uno de los músicos, con los Aleluya finales tan unificados estilísticamente y tan distintos en su vocalización, un triunfo añadido.

También se organizó la segunda parte sin ruptura entre el Concerti grosso nº 5 en Re m. del inglés Charles Avison plenamente italianizante y «Sum in medio tempestatum» RV 632, microcosmos del «Cura Pelirrojillo» donde más allá de las agilidades vertiginosas del primer movimiento trajeron el recitativo con la guitarra de Pablo profunda en la sencillez y cálida al sumarse la tiorba de Daniel, más aún con Mascarell en el fagot del Aleluya final que redondeó este motete como el mejor del concierto para mi gusto.

Todavía faltaba el más cinematográfico de los motetes, «Nulla in mundo pax sincera» RV 630 brillante culminación del concierto donde fluyó la estructura conocida con nuevos contrastes y la voz de Lojendio pletórica en una durísima interpretación que nos devolvió un barroquismo asturiano pero universal, frescura y personalismo para un repertorio nada manido y poco escuchado del que Aarón Zapico logró nuevas perspectivas siempre fiel al estilo.

La propina hispana con Raquel y los gemelos Zapico a trío corroboraron ese aire asturiano para el veneciano Vivaldi al que los hijos de Eloy Zapico (presente siempre en el recuerdo) y Marga Braña han reinventado hace tiempo.

Ainhoa Arteta vuelve a enamorar

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Sábado 27 de octubre, 20:00 h. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ainhoa Arteta (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Leoncavallo, Puccini y Verdi.
Vuelven los Conciertos del Auditorio y nada mejor en plena temporada operística que un programa lírico donde Ainhoa Arteta regresaba a la capital del Principado en compañía de Juan Jesús Rodríguez (hicieron juntos La Bohème del Maestranza con mi querida Beatriz Díaz) acompañada de la OvFi y su titular Marzio Conti que, como la orquesta, están en momentos dulces desde el foso pese a saltar a escena en esta fría tarde sabatina, totalmente rodados, ensamblados, gustándose y cumpliendo el no siempre agradecido papel acompañante, pues cuando la voz es protagonista se hace difícil estar a la misma altura.
Sin entrar en la organización del programa -algunos vecinos de localidad hasta discutían-, la verdad que el público asturiano, sobremanera el lírico tan abundante en la capital, disfrutó de una velada donde la tolosarra se reencontró y volvió a enamorarnos dándolo todo de principio a fin, lo que siempre le agradeceremos.
Mozart es apuesta segura cuando hay calidad, y no faltó en la primera parte. Está bien comenzar con Le nozze di Figaro y su obertura porque anima el espíritu, esta vez sin prisas, preparando las dos arias siguientes con la orquesta calentando motores, que suelo decir, porque la tarde daría para mucho.

El recitativo y aria del Conde «Hai già vinta la causa… Vedro mentrió suspiro» fue la entrada en escena del barítono onubense, más realidad que promesa, sin importarle compartir planos sonoros con la formación carbayona pese a lo que ello supone vocalmente, no se amilanó y tuteó a la masa instrumental.

Otro tanto vendría a continuación, aunque la Condesa guipuzcoana, elegante de blanco y negro, estaba portentosa y pletórica para cantarnos «Porgi amor», presentimiento de gozo vespertino con una voz casi nueva, con cuerpo en todos los registros y decidida a cautivarnos, algo más mimada desde el atril pero igualmente exigente.
El cambio dramático llegó con Don Giovanni y su obertura que sigue siendo una joya, estuvo bien interpretada y entendida por el maestro Conti, hoy en su salsa. La mandolina de mi querido y admirado Héctor Braga acompañó perfectamente el aria «Deh, viene alla finestra» bien cantada por Juan Jesús, gustándose, creíble de inicio a fin, relevado en la escena por Donna Elvira Arteta con el recitativo y aria «In quali eccesi, o Numi… Mi tradi quell’alma ingrata«, magisterio del agradecido y siempre engañoso Wolfgi lleno de guiños bien entendidos por La Diva ya sin estola, que hoy ejerció rematando faena y transformación camaleónica a Zerlinna con el duetto «La ci darem la mano« que nos dejó el empaste y musicalidad en ambos intérpretes contagiando la química escénica siempre necesaria al respetable, con una concertación del director florentino capaz de sacar lo mejor de una orquesta pensada para el foso pero que se crece en el escenario.

La segunda parte volvería al esquema de arias alternadas con preludios e intermedios orquestales para cerrar en dúo. Primero Pagliacci (Leoncavallo) y el Aria de Tonio «Si può?« con Juan Jesús Rodríguez impresionante, dramático sin aspavientos, convincente y bien acompañado que levantó una gran y merecida ovación, compartiendo protagonismo.

Puccini es inimitable y uno de los grandes conocedores no ya de la voz sino de la dramaturgia orquestal, y Manon Lescaut es obra de referencia. Su Intermezzo sonó desgarrador gracias al cello de Gabriel Ureña -pidiendo a gritos más conciertos solistas por su calidad, calidez y musicalidad- bien secundado por el viola Igor Sulyga y el concertino Andrei Mijlin, en una de las páginas instrumentales más logradas de la historia lírica, que la Oviedo Filarmonía desgranó al detalle. El plato fuerte llegó con el aria de Manon Arteta «Sola, perduta, abbandonata» acompañada, encontrada y bien arropada, plenitud vocal y dramática en esta auténtica recreación de nuestra soprano con Conti haciendo de su orquesta una, «el instrumento» para lograr la excelencia.

Y Verdi cerraría este recital lírico como no podía ser menos, en un orden cambiado al primar cuestiones vocales más que argumentales. Germont Rodríguez nos regaló «Di Provenza…» merecedor del completo escénico aunque cerrando los ojos nos situase perfectamente, registro homogéneo de color, dinámicas amplias y musicalidad cantabile que le dará muchos triunfos en un barítono calificado de verdiano. Violeta Arteta le relevó con la emocionantísima «Addio del passato« que resultó única, sin medias tintas, volcada con el personaje en todos los aspectos, provocándome la carne de gallina que sólo las grandes son capaces, delicia y dolor hechos voz.

Merecida pausa que rebobinó musicalmente al Preludio, otra vuelta de tuerca orquestal para la formación ovetense que está en buena forma lírica, cuerdas claras e incisivas, vientos nunca estridentes y percusión en su sitio, conjunto idóneo para la música escénica, «sorbete de limón» idóneo para el esperado final, Germont y Violeta en «el dúo» intenso para ambos personajes que puso en lo más alto un concierto de categoría especial, Juan Jesús Rodríguez convincente hasta en el bastón, suegro intimidador convertido en padre complaciente con una Ainhoa Arteta enamorada hasta los tuétanos y comprensiva desde el mayor de los sufrimientos que es sacrificarse por el Alfredo ausente. Qué final más intenso en todos los sentidos y éxito merecido para los protagonistas con un nivel del que orquesta y titular fueron copartícipes, consiguiendo cuadrar el círculo siempre difícil en estos conciertos.

El dúo del primer acto de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) devolvió al Vidal onubense un protagonismo que nunca perdió gracias a una Luisa Arteta que se reconcilió con todos, Diva cercana y enamorada retornando al Olimpo abandonado, e igualando nuestra zarzuela a la ópera cuando las voces ponen su arte al servicio de la partitura. Oviedo sabe del tema, su orquesta también, y el público lo agradece.

No funcionó

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Viernes 12 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto nº 2 de abono: OSPA, Michelle Johnson (soprano), Margaret Mezzacappa (mezzo), Adam Frandsen (tenor), Luis Ledesma (barítono), Coro Lírico de Cantabria, Coro El León de Oro, Rossen Milanov (director). Novena sinfonía de Beethoven.

Qué difícil afrontar una obra tan conocida como la Sinfonía nº 9 en Re m., Op. 125 «Coral» de Beethoven con algo nuevo que aportar, tanto para los intérpretes como para el público. Esta vez, pese a la ilusión previa, nada funcionó. No puedo caer en populismos ni decir que la música de Beethoven triunfa siempre porque precisamente faltó «hacer música», escucharse unos a otros, disfrutarla y contagiarnos. Desde el arranque del Allegro ma no troppo, un poco maestoso ya flotaba cierto temor en el ambiente, indecisión en las entradas, inseguridad, sin pegada en los graves, como una bruma que impedía captar los muchos detalles de un cuadro sinfónico único, más brochazos (y timbalazos) que pinceladas para un fresco brillante que parecía empañado. Era un «querer y no poder» al que le faltaba emoción y limpieza.

El Molto vivace parecía arrancar con otro espíritu pero de nuevo se contagió de cierta melancólica indiferencia, tiempo contenido, partes inconexas, falta de un discurso único, sumas de partes que no lograban el todo. Detalles sin continuidad con altibajos en un «querer y no poder», trompas que no cuajaban, madera por libre, cuerda sin tensión, timbales demasiado fuertes… sin vigor ni rigor.

Parecía que el Adagio molto e cantabile nos redimiría, pero fue otro espejismo. Aquello no funcionaba, esbozos sin cuajar para un movimiento lento que favorecía saborear cada compás pero que el maestro Milanov parecía no tener claro su discurso musical. Las líneas melódicas, las intervenciones solistas, todo seguía con una neblina que impedía arribar a buen puerto. Todos esperando el ansiado Presto final, roto por la aparición de los cuatro solistas que con los aplausos parecían comenzar otra obra en vez de continuar una ascensión ya de por sí tortuosa.

Ni siquiera el tempo elegido logró contagiar algo de este último movimiento que debería suponer esa «Oda a la alegría», hoy tornada en tristeza a la vista de los resultados a pesar de las excelentes notas al programa de mi admirada Hertha Gallego de Torres. La entrada del barítono mexicano prometía por su color vocal, excelente, vigoroso, pero nuevamente quedó en soplo sin continuidad. El coro nunca transmitió confianza ni pegada, juntar dos no hace uno y las concepciones vocales son totalmente distintas, dando como resultado un «simple» entonar olvidando calidad y calidez en la emisión aunque hubiese momentos válidos, pero tampoco funcionó. Si el empaste y color vocal es cuestión de años, es imposible lograrlo en una semana, más el idioma de Schiller y Goethe que requiere mucho tiempo tampoco resultó inteligible, aunque me consta que el LDO lo domina.

La soprano norteamericana, siendo la destacada, cumplió sin emocionar, como su compatriota la mezzo de Ohio, y el tenor danés de color vocal perfecto para el rol, llegó a ser «engullido» por un coro algo desbocado y demasiado apretado en los agudos, parte forzado por dinámicas nunca ajustadas. El cuarteto solista empastó sin más, faltando otra vez la musicalidad, el escucharse todos un poco. Y es que como escribía «en caliente», las partes no lograron hacer un todo, faltó la visión unitaria, el conjunto, el discurrir fluido que esta sinfonía requiere, entenderla globalmente y no sumas individualizadas.

Desconozco el trabajo previo de todos así como lo que buscaba el maestro Milanov en esta versión, pero personalmente me dejó no ya indiferente sino algo cabreado. Beethoven nunca es fácil y requiere algo más, puede que lo que faltó este viernes en Oviedo. Seré raro, especial o vaya Vd. a saber, pero esta vez NO FUNCIONÓ casi nada.

VÍDEO: © OSPA en YouTube®:

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VolvemOS PAra bien

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Viernes 28 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 1, inauguración de la temporada 2012-13, OSPA, Jean-Efflam Bavouzet (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Rimsky-Korsakov, Prokofiev y Debussy. Todos teníamos «mono» de OSPA y las ganas de comenzar la primera temporada con el maestro Milanov de titular. Los titulares de prensa previos ya apuntaban bien y la entrada con «orbayu» no impidió saludar a tantos conocidos, amigos, músicos, encantados del reencuentro esperado. El programa elegido tenía muchos guiños y el pianista invitado un lujo para una ciudad que disfruta con los mejores y hasta tiene unas jornadas propias. La aplaudida salida del maestro búlgaro fue mayor tras la lectura de sus primeras palabras en un castellano más que correcto, cumpliendo su promesa de hablar español para su llegada. Incluso dio las gracias a la gerente Ana Mateo por su trabajo constante, y al Gobierno del Principado por seguir apostando por nuestra mejor embajadora, así como a la Consejera de Educación, Cultura y Deporte mi colega de profesión Ana González Rodríguez. Hasta nos invitó a brindar al descanso con una copa de vino de las Bodegas OSCA, patrocinadora del concierto, que animó un descanso algo más prolongado de lo habitual.

Y sin más arrancó la música con ese Capricho español, Op. 34 de Rimsky-Korsakov, la primera obra sinfónica asturiana y compuesta por un ruso, como bien recuerda Ramón G. Avello en las notas al programa que enlazo en los títulos y figuran en el número 1 de la Revista Trimestral enviada a los abonados (se vende a 2€ en el propio Auditorio aunque se repartía una hoja más que suficiente para seguir el concierto, una forma de ahorro que ya aplaudí y comenté). Los cinco movimientos suponen un examen para toda la plantilla (hoy reforzada) tras el merecido descanso veraniego (esta vez sin las visitas que patrocinaba la antigua Caja de -Ahorros inexistentes- de Asturias, ahora un banco en espera de rescate), y el compromiso en el foso con el Werther del Campoamor. La primera prueba para comprobar cómo se entendían Maestro y músicos: prueba superada, con Vasiliev marcando profesionalidad y el resto sin quedarse a la zaga (muy bien Andreas y demás solistas). Tiempos bien contrastados, con tranquilidad para degustar las melodías asturianas (también la «gitana» del cuarto número), sonoridades nunca estrepitosas, el empaste total siempre deseado (incluyendo unos metales que cada vez están más acoplados), los rubati justos y bien entendidos, con pocas concesiones a la galería en una obra que esta orquesta siente casi como propia desde la Alborada (muchos años de sintonía en Asturias del programa homónimo en Radio Nacional del fallecido Modesto G. Cobas) al Fandango Asturiano.

El francés Jean-Efflam Bavouzet nos brindó un Concierto para piano nº 1 en RE b M, Op. 10 de Prokofiev para recordar (de hecho lo grabó Radio Clásica para su posterior emisión en diferido). Obra dura para todas las partes, Milanov concertó a la perfección con el solista, lo que ya es un triunfo, mimando una paleta orquestal no muy clara pero que así está escrita para goce de admiradores y toses de detractores. Y la propina tenía que ser Debussy, preparando la segunda parte en este homenaje en su centenario, y más teniendo un intérprete que ha grabado la integral de su compatriota: el noveno preludio de su primer libro Serenade interrompueauténtica delicia sonora, rítmica, de aire hispano que voló por todo el auditorio flotando sus aromas rememorando mis primeros conciertos en el Filarmónica. Tras el vino del descanso, que me tomé afuera mientras fumaba mi cigarrillo, la segunda parte mantuvo el perfume francés con aromas españoles, primero rusos y ahora galos.

La Fantasía para piano y orquesta consiguió nuevas sonoridades no ya pianísticas desde su protagonismo, sino orquestales, auténtico impresionismo que mantiene la pincelada pero mezcla la paleta en el aire. Nueva lección de concertación y cohesión sonora en sus tres movimientos que sin perder lirismo consiguieron llenar de color una obra no muy escuchada que contó con uno de los mejores intérpretes actuales perfectamente arropado por nuestra OSPA con Milanov al frente. Para cerrar este concierto de aire español, la Iberia (Imágenes) equiparable a la pianística de Albéniz con el buen hacer orquestador de Debussy, deudor de algunos compatriotas pero magistral en su recreación. Inspirado hasta en los títulos, Por las calles y los caminos como ideario para toda la temporada, Los perfumes de la noche delicados y aromatizados con buen vino, y La mañana de un día de fiesta, pues así entendimos muchos este concierto inaugural. Fiesta de la música desde una pasión que el Maestro Milanov va a compartir con todos… esperando sean muchos años. Pese a la premura por llegar a casa (pasaban quince minutos de las diez de la noche), mi comentario rápido fue «Ésto promete», y el próximo concierto el Día del Pilar nada menos que con La NovenaBeethovende …

P. D.: Críticas de Ramón Avello en El Comercio y Javier Neira en LNE, así como de Aurelio M. Seco en su Web «Codalario«.

Dos italianos redescubren Gershwin en Oviedo

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Miércoles 4 de julio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Festival de Verano «Oviedo es música». Proyecto de Jazz, Oviedo Filarmonía, Alessandro Lanzoni (piano), Marzio Conti (director). Obras de G. Gershwin. Entrada gratuita.

También el verano es tiempo de música, incluso desenfadada, en chanclas, sin frac pero donde el ocio no está reñido con la calidad. Inicialmente previsto para la Plaza del Ayuntamiento pero con el orbayu amenazando se cambió el aire libre con carpa por el habitual Auditorio donde otro proyecto Conti volvía a tomar forma con la orquesta de la que es titular hace ahora un año, y con un joven pianista italiano al que conoce desde que tenía los dos años como él mismo confesó en uno de los bises.

Aparecía en escena Alessandro marcándose un solo del I’ve got rhythm mientras iban apareciendo por todas partes los músicos de la orquesta, algunos no habituales, otros de la plantilla, charlando, abrazándose, hablando por «el celular», saludando al pianista que enlazaba con Summertime para la penúltima entrada de «el hombre del banjo» con botella de bourbon incluida, todo como en un Club de Jazz de los que apenas quedan, y finalmente el maestro Conti desgranando Lanzoni melodías de la Rapsodia en blue, justo para comenzar con ese sólo de clarinete interrumpido por aplausos en una versión realmente jazzística desde una orquesta poderosa en tanto que las intervenciones solistas siempre resultaron distintas a la escrita, como muchas partes de la orquesta. Versión fresca, intimista, de tempos tranquilos y mucho «swing» en todos, rematando con una propina vital como es el Blue Monk (aquí enlazada en versión del verano pasado).

Sin apenas respiro comenzó la versión de la casi centenaria Un americano en París llena de auténtico jugo sinfónico sin perder un ápice el espíritu del gran George. La orquesta se mueve como pez en el agua dejándonos Un italiano en Oviedo por lo sutil del arreglo, toques de Bernstein tamizados por el mejor musical de Broadway con pinceladas sinfónicas de Copland. Intentaré buscar el autor de estas versiones porque fueron todo un descubrimiento.

Y otro tanto con Porgy and Bess: Symphonic Picture en arreglo de Robert Russell Bennet que fue todo un muestrario de la calidad en todas las secciones de una OvFi más alegre con Conti que con el recordado Haider, con un trío de saxos dando un sello Count o Duke, la percusión en su salsa, una cuerda de película con redondez en los contrabajos, madera elegante y delicada más unos metales, en especial las trompetas, que pusieron la guinda por sonido y fraseos jazzístico a más no poder para una selección de la ópera negra más allá del archiconocido Summertime que los violines y posteriomente oboe cantaron con auténtico «acento negro».

El cóctel final lo trajo nuevamente Lanzoni en trío con Fernando Arias y Andrea Baruffaldi luego arropado por una orquesta que lució cual formación digna de Miller, protagonismos en pie incluidos y auténtica delicia de arreglos. Reconozco que los dos florentinos nos redescubrieron al Gershwin del nuestros días. Alessandro Lanzoni demostró que la formación clásica para el jazz es de ida y vuelta, interpretación propia a partir del original, con una gama de matices tan rica que quedé con ganas de seguir escuchándole con un gin-tonic y nada de humo (dichosa ley antitabaco).

P. D.: Reseña de Javier Neira en LNE.

Décimo aniversario de la ALAAK

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Martes 5 de junio, 20:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. ALAAK, Concierto X Aniversario: Mercedes Gancedo (soprano), Mario Álvarez Blanco (piano). Obras de Fauré, Schubert, Debussy, Ginastera, Haendel, Donizetti, Mozart, Massenet y Gounod. Entrada: 10€.

La Asociación Lírica Asturiana «Alfredo Kraus» que preside mi amigo Carlos Abeledo celebraba su décimo aniversario con buena asistencia de público y en su línea de ofrecer oportunidades a cantantes en formación con proyección futura, y así llegó a Oviedo la joven argentina afincada en Barcelona Mercedes Gancedo acompañada del asturiano Mario Álvarez Blanco, un repertorista de la casa que cumplió con su cometido, discreto en cuanto a volúmenes pero dando la seguridad que todo cantante quiere tener tras de sí, y poco agradecido sobre todo en las obras orquestales con transcripciones no siempre pianísticas donde el «repetidor» debe sacar del teclado colores que no tiene.

De la soprano comenzar diciendo que me sorprendió su color vocal, más cercano a mezzo pese al repertorio elegido (como curiosidad comentar que muchas de ellas las canta Cecilia Bartoli, pero también mi idolatrada Netrebko, sin olvidarme de mi soprano preferida Beatriz Díaz que también actuó para la ALAAK), donde tuvo sus más y sus menos aunque siempre metida en cada papel, muy expresiva gestualmente y con detalles que supongo apuntan a una prometedora carrera que todavía está comenzando, pues quedan cosas por trabajar (realmente toda la vida) que su maestra espero sepa encauzar a partir de una mejor elección de las obras para poder dar de sí todo un potencial que no brilló en esta velada como cabría esperar.

La primera parte digamos que fue muy «académica» (y lo digo con conocimiento de causa por los años pasados como pianista acompañante del alumnado que Mª Dolores Suárez Tamargo tenía a finales de los 80 y principios de los 90) en su entorno de voz con piano donde lo francés dominó al notársela cómoda expresivamente: Ici-bas! (G. Fauré), bien para su registro y color, Nur wer die Sehnsucht kennt «Lied der Mignon» (F. Schubert), Beau soir y
C’est l’extase langoureuse (C. Debussy) como «ariettes oubliées» bien interpretadas por soprano y pianista, más la siempre hermosa Canción del árbol del olvido (A. Ginastera) cantada con el acento porteño original aunque el piano hubiese resultado más «guitarrístico» para esta vidalita… El cierra con otra preciosidad como el Après un rêve (Fauré) donde la voz «corrió» más que en las obras iniciales, llena de sentimiento y como se dice en el argot taurino, gustándose.

Para la segunda parte llegaba la lírica, dura y no siempre adaptada al color de voz de la descendiente de asturianos (ese apellido Gancedo es muy vaqueiro), nuevamente con la tendencia francesa que resultó mejor que unos «italianos» no apropiados para ella: el aria más famosa de «Rinaldo» Lascia ch’io pianga (G. F . Händel) apta a su color dramático aunque de agilidades poco limpias, Prendi, per me sei libero de «L’elisir d’amore» (G. Donizetti) que no es para ella en nada, no está cómoda ni segura, Vedrai carino de «Don Giovanni» (W. A. Mozart), nunca fácil de cantar y bien solventado, para acabar con dos arias francesas bien dichas pero poco agradecidas: Adieu, notre petite table de «Manon» (J. Massenet) mejor que O Dieu, que de bijoux! o «Aria de las Joyas» de la Magdalena de «Faust» (C. Gounod), a las que podríamos aplicarle lo dicho anteriormente. Lástima que una voz bien afinada, de emisión buena aunque algo corta todavía, y registros muy homogéneos con un grave redondo que crecerá en volumen de trabajarlo correctamente, nos cantase un repertorio que no le luce. Para remate las dos propinas elegidas volvieron a pecar de lo mismo, bien cantadas, interpretadas gestualmente pero sin convencerme del todo, la Canción de Paloma de «El barberillo de Lavapiés» (Asenjo Barbieri) y O mio babbino caro de «Gianni Schicchi» (Puccini).

Con todo, hay que seguir la trayectoria de esta voz aún joven (tiene 22 años) y becada en Barcelona (forma parte del Opera Estudi), desde donde espero el acierto y confianza del maestr@ de canto para enfocarla a repertorios más apropiados a una voz que promete mucho.

Dos David mejor que uno

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Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 14, OSPA, David Moen (tuba), David Lockington (director). Obras de Samuel Jones y Johannes Brahms.
Siempre es un orgullo que los solistas de la OSPA den un paso al frente y se conviertan en protagonistas, y en el penúltimo de abono nuestro tuba titular estrenaba en Europa el concierto compuesto entre 2004 y 2005 por Samuel Jones (Mississippi, 1935) y estrenado por la Seattle Symphony en 2006.

El Concierto para tuba resultó todo un descubrimiento como obra sinfónica, no ya por el lucimiento del solista, capaz de momentos líricos donde el sonido del «bajo en Fa» tomaba colores de trompa hasta el virtuosismo del último movimiento (Largo-Allegro molto) en perfecto dúo con el flautín (César González, compañero en Candás del propio David) con unos contrastes tímbricos tan bien logrados, sino por la escritura para la orquesta desde un dominio del lenguaje romántico con el tamiz de un compositor de nuestro tiempo. Las notas al programa (enlazadas en los compositores, al inicio de la entrada) escritas por Diana Díaz ayudan a comprender no ya la obra en sí sino todo el trasfondo del tercer movimiento como homenaje sonoro al ingeniero aeronáutico James P. Crowder, con una tuba perfectamente ensamblada con la orquesta más allá de la familia de metales, compañeros habituales de atriles que empastaron a la perfección, siempre bien llevados por el otro David, Lockington que volvió a mostrar un estilo claro, conciso, atento al detalle y conocedor de la orquesta hasta hacerla sonar como si la plantilla fuese la deseada. Destacable toda la interpretación de David Martin Moen que volvió para regalarnos ese Elogio a la música de Schubert tras el esfuerzo físico y musical que el concierto de Jones supuso, agradeciéndole todos el trabajo y estreno para un instrumento que no suele tener el protagonismo de este caluroso inicio de junio.

Aunque quede el último concierto de la temporada, para mí era este viernes el cierre de curso, y nada menos que con la Sinfonía nº en RE M., Op. 73 (Brahms), aún reciente en el oído y una de las obras que han marcado mi memoria de melómano. Precisamente por todo lo que tiene de personal, las exigencias y expectativas reconozco que son altísimas, aunque sabedor del estilo directorial del británico afincado en EE.UU. y la química que ha logrado con la OSPA, la interpretación resultó aseada y adaptada a una orquesta que sigue pidiendo a gritos aumentar la plantilla de cuerda.
Lockington optó por trabajar la textura en los cuatro movimientos y jugar con las dinámicas necesarias que equilibrasen el desajuste para una sinfonía tan densa como la del alemán. Su versión resultó no ya elegante sino serena, sin sobresaltos, equilibrada en tiempos, poco arrebatadora y muy «cantabile», con poso, totalmente distinta de la última del auditorio y complementaria, dos visiones del mismo paisaje sonoro con distintas herramientas pero igual de sinceras, atento a los fraseos más que a la globalidad romántica, contenido pero nunca distante. Como escribe mi querida Diana de esta sinfonía, «es una obra compacta y de una rica inventiva melódica y rítmica… transmite un clima más apacible y luminoso» que la Primera, y así la hizo sonar el ya principal director invitado de la formación asturiana.

El Allegro non troppo se ciñó a la agógica indicada, familias bien ensambladas de las trompas a las maderas y la cuerda siempre incisiva para compensar volúmenes, densidad pero con transparencia. La formación como chelista del maestro británico creo que se notó al sacar de la cuerda grave sonoridades perfectamente empastadas y redondas sin apoderarse nunca del registro en el que se mueven. El Adagio non troppo fue una prueba más de lo indicado, al igual que los pizzicati presentes pero nunca hirientes. El Allegro grazioso, quasi andantino jugó con ese baile tan difícil de encajar por los cambios de ritmo bien solventados por esta orquesta que a lo largo del curso ha ganado en confianza en todas sus secciones (la madera sigue estando impecable), sobre todo cuando se le exige con sabiduría, y el maestro Lockington la ha demostrado. Tras una necesaria afinación total por un calor sofocante unido al duro trabajo de los tres movimientos anteriores, las variaciones del Allegro con spirito nos devolvió la mejor cuerda bien complementada por viento y timbales en la explosión de este movimiento con tintes militares donde Moen hubiera disfrutado, aunque su alumno y amigo, mi tocayo González Merino cumplió igualmente en esa fanfarria que sigue recordándome sonidos de órgano (el de la Iglesia de San Francisco estaba a la misma hora trabajando a dúo con el cornetto).

Buen concierto para una temporada que sin apenas altibajos, nos deja en el horizonte la llegada a esta su casa de Rossen Milanov, y la continuidad de Lockington como principal invitado, con una orquesta ansiosa por seguir alternando el repertorio de siempre junto a estrenos que, cuando tienen calidad, nos hacen disfrutar a todos.

Gene y Fred

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Viernes 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono nº 13 OSPA; Dylana Jenson (violín), David Lockington (director). Obras de Ginastera, Lalo, Bernstein y Borodin.

El programa de abono que nos reencontró con uno de mis aspirantes preferidos a la titularidad, y nombrado principal director invitado, giró en torno a las danzas, obras conocidas y popularizadas algunas por Dudamel con «La Bolívar» aunque la madurez de la OSPA consiguió el siempre necesario poso y Lockington es la elegancia británica desde el podio atento a cada detalle. Como se respiraba cierto ambiente cinematográfico en estas músicas de danza, sería como comparar a Gene Kelly con Fred Astaire, los dos grandes pero de estilos y repertorios muy distintos, sin olvidarnos de las parejas de baile que ambos tuvieron, y esta vez la «asturiana» resultó Ginger Rogers en vez de Cyd Charisse.

«Estancia» en Argentina es una finca, algunas mayores que todo Extremadura, por lo que cuando llegas a esta tierra te desean «feliz estadía». Alberto Ginastera escribe su ballet Estancia cuya «Suite» de cuatro Danzas Op. 8a (1941) tienen todos los elementos que las orquestas y público desean: ritmos contagiosos, orquestación poderosa, melodías pegadizas, mezcla de popular y sinfónico, contrastes dinámicos y la rememoranza del escenario donde se desenvuelve la acción:

I. Los trabajadores agrícolas prepara el ritmo trepidante que la orquesta logró desde el ataque bien llevada por el maestro inglés, con un empaste total; II. Danza del trigo trajo dinámicas muy cuidadas y la cuerda «pellizcando» con redondez las intervenciones solistas de la calidad a la que nos tienen acostumbrados Myra y Vasiliev; III. Los peones de hacienda breve y bueno, abanico de timbres en una orquestación de nuestro tiempo, y tras la pausa obligada por la sintonía en anfiteatro del Gran Vals de Tárrega típica de «celulares» y maleducadas de edad (1), la IV. Danza final: Malambo, competencia masculina cual cerviches pamperos en taconeo que hasta los músicos incorporaron como si en la partitura se marcase, enriqueciendo aún más esta visión elegante de estas danzas que todas las secciones disfrutaron, especialmente la percusión que este viernes trabajó a destajo. Destacar la precisión siempre necesaria y aún más en esta obra compleja rítmicamente que la sabia batuta logró.

La biografía de Dylana Jenson, esposa de Lockington, es de película cuya banda sonora está escrita para violín. La Sinfonía española, Op. 21 del francés Edouard Lalo es realmente «un concierto para violín y orquesta evitando cadenzas y ejercicios de gran virtuosismo» como comenta Eduardo G. Salueña en las excelentes notas al programa (que están enlazadas al inicio de esta entrada en los nombres de los compositores). La dedicatoria de la obra a Sarasate se nota en los números elegidos (faltó el Intermezzo) por la violinista de origen costarricense, más por la herencia musical del navarro que por fuentes directas del francés de ascendencia española, aunque la habanera sea ya en su época internacional. El sonido de Dylana es cálido, elegante como la dirección y perfecto maridaje musical que la OSPA entendió desde la primera nota del Allegro non troppo, continuando en el Scherzando: Allegro molto con reminiscencias también danzarinas (vals y seguidilla) desde unos rubatos bien conseguidos. El Andante rebosó musicalidad y romanticismo por todas partes, terciopelo sin sensiblerías, para desembocar en el conocido Rondo: Allegro más francés que español pero universal sin perder ese ritmo latente de una obra que Lockington y la OSPA concertaron perfectamente con Jenson.

Nuevo contraste entre siglos para la segunda parte con las danzas como hilo conductor, primero Bernstein y las Danzas sinfónicas de «West Side Story», antídoto para toses (como comentaba un amigo cantante) al resultar muy conocidas, lo que juega siempre a favor, y sobre todo no dar lugar al respiro. Rafa brillando en la batería con todos y cada uno de los números, bien secundado por sus compañeros de percusión, la versión de Lockington volvió a ser elegante, estilizada, de etiqueta frente al chándal, huyendo de sensacionalismos, cuidando el sonido de cada número y con las dinámicas adecuadas en todos ellos, destacando un Mambo muy sinfónico y poderoso, así como el Rumble (Estruendo) de musicalidad nunca ruidosa, y si los metales brillaron con sol, la madera fue sombra perfecta pero la cuerda resultó cual luna llena.

Y si hay danzas sinfónicas poderosas, exigentes para todos pero también agradecidas por lo populares, esas son las Danzas polovtsianas de «El Príncipe Igor» (Borodin). Siempre está bien programar obras del siglo XX sin olvidar la referencia del XIX por todo lo que supone de historia orquestal y bagaje útil para toda formación de nivel que se precie, y la OSPA lleva tiempo ahí. Tras todo lo escuchado anteriormente no había mejor forma de concluir este concierto de danzas que el maestro inglés afincado en EE.UU. supo sacar con brillantez y energía siempre desde una gestualidad clara y concisa. De nuevo todos los solistas pudieron demostrar su excelencia (que es mucha en todos y cada uno de ellos) en las cinco danzas que son más escuchadas que la ópera a la que pertenecen. Arriesgando en tiempos y dinámicas creo que el resultado global fue notable alto sin llegar a sobresaliente, más por lo perentorio de ampliar la sección de cuerda que nos dé el equilibrio perfecto para dinámicas como las que Borodin y tantos otros plantean, aunque la sabiduría desde el podio está precisamente en aminorar el resto. Así pudimos escuchar todo con el volumen correcto sin perder la globalidad ni la importancia de cada nota en su contexto. Examen superado y disfrute total del concierto.

Para concluir nada mejor que lo también comentado con mi admirado tenor amigo al salir del Auditorio: cómo se nota cuándo los compositores también son directores, conocedores del instrumento para el que escriben desde la realidad sonora y no desde la soledad interior. Lockington se queda otra semana en Asturias, y el programa promete…

(1) La teoría que mantengo tiene explicación: la sintonía es de teléfonos móviles ya «antiguos», habituales en personas de edad que realmente pueden necesitarlo pero con los servicios básicos, y el tiempo empleado para apagarlo suele ser femenino al estar «perdido» dentro de su funda a punto o tela, en el fondo de un bolso lleno al que cuesta acceder. También es «de película»…

DidácticOS PAra todos

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Martes 15 y miércoles 16 de mayo, 10:30 y 12:00 h. Auditorio de Oviedo: OSPA didácticos, Óliver Díaz (director). «5 Héroes 5», obras de Beethoven.

Cuatro conciertos para escolares de todo Asturias a doble sesión y con el protagonismo absoluto del genio de Bonn: las oberturas Egmont, Coriolano, Leonora y Fidelio así como el primer movimiento de la Pastoral, todo ilustrado con textos del propio alumnado interpretados por la actriz y pedagoga Ana Hernández que hizo más que de hilo conductor, por momentos alternando palabras y pentagramas, otros presentando las obras, que también sonaron puras, notándose sus estudios musicales así como la excelente capacidad de comunicación, todo ello bajo la batuta del ovetense Óliver Díaz, experto conductor de estas veladas para escolares aunque abriéndose paso en este difícil y competitivo mundo de la dirección orquestal.

La OSPA con Beethoven está en su salsa, no importa el horario matutino, la profesionalidad está por encima de todo (genial la broma de la «trompeta casera» que sonó impecable) y la musicalidad innata, respondiendo siempre a las indicaciones del maestro Díaz, interpretación ceñida al pentagrama con toques de calidad esperados en las intervenciones solistas (todas aplaudidas merecidamente) y sonido compacto, afinado, lleno de dinámicas y silencios tan expresivos como les exigían las obras.

La escapada a la capital asturiana este martes de San Isidro, en el primero de los conciertos, la realicé con el alumnado de 2º y 4º de ESO del IES «El Batán», bien preparado durante varias clases previas por mi compañera Conchi Olea y el que suscribe, utilizando el tren como transporte barato y ecológico en busca de la libertad que emanaban las obras elegidas más que la heroicidad, aunque llevamos camino de ello todos los que nos dedicamos en este país a trabajar en y por la escuela pública. Si añadimos que «La Música» tiene especificidades que los políticos nunca entenderán, habiendo sido eliminada de 3º de ESO y esperando aumente el número de alumnos por aula a partir del próximo curso, héroes todos. De las enseñanzas musicales en Escuelas de Música y Conservatorios locales, con recortes municipales cada vez más gordos, de lograr sobrevivir a este oscuro panorama que se avecina, Beethoven tendrá que resucitar e inspirarse en sus amigos músicos y profesores.

El resultado de esta experiencia musical en vivo para jóvenes (los míos entre 13 y 16 años) supongo que fue único, algunos repetían tras el Cuadros del curso pasado, los comentarios siguen llegando y espero se conviertan algunos en los melómanos del siglo XXI. El comportamiento de todos los escolares que llenaron el auditorio fue ejemplar, ¡ya me gustaría que en los abonos hubiese un silencio tan sepulcral y emocionante!. Sólo un voluntario (?) de Protección Civil al que supongo poco aficionado, utilizó para hablar sin miramientos su móvil desde el propio anfiteatro para asombro del alumnado que sabía de la falta de civismo de este adulto ¡aunque estuviese trabajando!. La lección quedó reforzada.

En tiempos difíciles sólo pedir que no falte apoyo a estas actividades de nuestra OSPA, así como las que desde hace años realizan en el Jovellanos gijonés, con más implicación y elaboración de materiales didácticos propios. La propuesta navarra (con parte del gran pedagogo Fernando Palacios) que lleva un tiempo rodando, creo que estuvo bien aunque la «teoría» algo escasa y más enfocados a Secundaria, agradeciendo el envío de información previa a los centros con la que trabajamos duramente antes del acontecimiento que supuso asistir a un concierto de nuestra OSPA, ¡la de todos!.

Gracias.

Imperial romanticismo

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Domingo 13 de mayo, 20:00 horas. Ciclo Conciertos del Auditorio, Pinchas Zukerman (violín), Orquesta del Festival de Budapest, Iván Fischer (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Programa de los que gustan siempre, orquesta de calidad asegurada, dirección impecable y solista de lujo dan por resultado el éxito. Viena volvía a reunir obras y autores germanos que en ella alcanzaron su explendor y conviertieron de nuevo a Oviedo en capital de una Austria trastocada en Asturia, al menos en lo musical.

Beethoven siempre emociona, y la Obertura «Coriolano» en Do m., Op. 62 resultó la perfecta presentación. Con una orquesta perfecta de sonoridades, colocación original variando la llamada vienesa pero permutando parte de los cellos por los fagotes (después también clarinetes) y conseguir un empaste único, potentes graves al fondo, violines flanqueando escenario y una dirección que hace con «su» orquesta lo que quiere. Las dinámicas resultaron increíbles, claridades expositivas con esos silencios tan expresivos, claroscuros subrayados por unos vientos afinados al detalle y la limpieza de fraseo en todos ellos.

Pinchas Zukerman nos regaló el Concierto para violín y orquesta en RE M., Op. 61 de los históricos. No voy a descubrir a este genio que jugó con la plenitud de esta obra culmen del repertorio. Se le pueden perdonar todos los tics porque la música fluye en cada nota, en cada arco, en cada cadenza irrepetible, en cada pasaje virtuosístico donde percibimos todos y cada uno de sus sonidos de terciopelo ¡hasta en los glissandos!, unas dobles cuerdas que parecían multiplicarse. La complicidad con los músicos participando en sus silencios para mantener su instrumento perfectamente templado, guiños con la batuta que le entendió todas sus múltiples aportaciones. Una lección de Zukerman perfectamente acompañada por una orquesta colocada y adaptada a la dirección de Fischer. Imposible destacar algo dentro del conjunto, el Allegro ma non troppo realmente deslumbrante en su totalidad con una cadencia increíble, un Larghetto donde cada variación y modulaciones brillaban a cada cual más, y la transición al Rondo: Allegro plenamente romántica y bella en cada paso, vertiginoso musicalmente con virtuosismo al servicio de la obra, «perpetuo baile goethiano» que escribe Begoña Velasco Arnaldo en las notas al programa. No podía darse más a pesar de la insistencia del público, tan sólo en una esquina nos pidió cantar con él mientras tocaba el Wiegenlied Op. 49 nº 4 (la canción de cuna) de Brahms con la que hizo mutis por el foro… abierto para la segunda parte. Humor y genialidad.

Recolocada la orquesta plenamente a la vienesa y con todos sus efectivos (pueden calcular con 8 contrabajos) la Sinfonía nº 2 en RE M., Op. 73 de Brahms devolvió ese imperio austrohúngaro donde los alemanes triunfaban con su música, obra alpina en su composición y romántica en toda su extensión de luces y sombras a lo largo de los cuatro movimientos que solistas y orquesta en pleno fueron plasmando en un lienzo sonoro perfectamente dibujado por Fischer de memoria, elegancia en el gesto y efectividad total. Majestuosidad imperial cercana a «mi segunda brahmsiana de Salzburgo» cuyo final del Allegro con spirito me emocionó entonces como nunca, aunque esta vez estuvo muy cerca.

Y a pesar de las dos horas de música, aún hubo tiempo para un regalo también puramente vienés, la Trisch Trasch Polka, Op. 214 de Johann Strauss II sin niños cantores ni triángulo pero con una maquinaria orquestal que volvió a impresionar y la dirección genuina del maestro Fischer. Acabo citando de nuevo a la profesora Velasco porque me viene como anillo (tecla) al dedo: «un cierre resplandeciente y sublime».

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