Inicio

Planeta Sokolov

3 comentarios

Martes 14 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Mozart y Beethoven. Notas al programa de F. Jaime Pantín.

Cada concierto de Sokolov en Oviedo, y van muchos, como en Madrid (20 años de presencia frente a los 25 de estas Jornadas) o en el resto del mundo, es único, irrepetible, con liturgia propia como la luz tenue unido al movimiento de la caja escénica para acercarnos la presencia total, su salida apurada hacia el piano que se convierte en el verdadero protagonista, y arrancar sin más demora ni necesidad de concentración. No importa la tormenta de toses (ya es otra plaga similar a la de los móviles) entre movimientos porque este 14 de febrero era «San Sokolov» y teníamos claro que en el programa habría tres partes: Mozart, Beethoven y «la fiesta». Recordando a Pérez de Arteaga en sus comentarios durante los Conciertos de Año Nuevo antes del esperado Danubio, todos los seguidores del pianista ruso, desde Guinea Papúa hasta Vladivostok, de Ushuaia a Gilleleje o de Pernambuco hasta Pénjamo saben que el concierto no finaliza donde indica el programa. Tras casi tres horas, rondando las once de la noche y «obligándome a posponer» esta entrada (y dejarme muchas cosas en el tintero por la necesidad de dormir y madrugar), con seis propinas que resultaron como siempre otro recital extra donde pasar revista, una vez «despachado» lo previsto, a tantos otros compositores con los que Don Gregorio se deleita con igual placer y magisterio: Schumann, Chopin, Schubert, Rameau o Debussy.

Con Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 18 de abril de 1950) no hay rankings, es único, diría que de otro planeta e incluso galáctico aunque este término tenga hoy en día connotación futbolística. No es el mejor sino directamente Sokolov, y nunca defrauda. Las obras elegidas no pudieron estar mejor comentadas que por un intérprete y docente del piano, que dejo arriba enlazadas, porque en manos del ruso tienen todo el sentido del mundo. Del «sonido Sokolov» habría para una tesis doctoral porque tampoco es de este mundo y su presentación en el programa de mano lo describe mejor que nadie: «La naturaleza única de la música modelada en el instante presente es fundamental para comprender toda la belleza expresiva y la honestidad del arte de Grigory Sokolov. Las interpretaciones poéticas del pianista ruso, que cobran vida con intensidad mística, surgen de un profundo conocimiento de las obras en su vasto repertorio». Parece humanamente imposible que alcance distinto timbre en cada mano, en notas sueltas, el ambiente que flota con el pedal derecho pisado donde se perciben todas con la presencia precisa y preciosa. No es su técnica estratosférica sino magia capaz de transportarnos a la música primigenia. La primera parte comenzaba con la llamada «sonata semplice» que todos los pianistas hemos machacado pero solamente Sokolov hace sonar verdaderamente «fácil» por luminosa, genialmente infantil y además (re)interpretando «la doble barra con los dos puntos» porque nunca es repetición sino el doble de arte sonoro. Las ornamentaciones, apoyaturas, los trinos ornitológicos además de antológicos, el fraseo, las dinámicas, el rubato impecable, la elección de los tiempo… todo lo que uno se pueda imaginar de esta sonata para piano y mucho más, indescriptible. Pero no quería aplausos que rompieran el Mozart preparado, los dos mundos que Jaime Pantín describe y Sokolov hace esencia pianística, el de Salzburgo sonando como el de Bonn, como traduciendo pensamientos o historia, uniendo fantasía y sonata para una interpretación beethoveniana de Mozart. Me pregunto, como algún otro al descanso, si había algo de histrionismo en afrontarlo de esa manera pero no tenemos a los compositores para sacarnos de dudas. Tras escuchar las Köechel 475 y 457 seguidas con toda la congruencia (el profesor Pantín nos recuerda que «constituye una tradición que se ha perpetuado a partir de su publicación simultánea en 1785») y numerología casi masónica puede que así las escuchase el digno sucesor y genio alemán muertos ambos en aquella Viena capital musical para sus homónimas al piano, dando el paso estilístico del Clasicismo al Romanticismo, porque este Mozart sokoloviano resonaría con luces y sombras, tormentas y calma, dos esferas más que mundos o incluso firmamentos. Nunca nos dejará indiferentes porque sus aportaciones serán discutibles pero la música desde el piano parece otra y sigue conmocionándonos: fuerza pasional y delicadeza íntima, el tiempo flexible moldeado con precisión, espiritualidad conmovedora flotando en el ambiente, libertad total en la escritura y la interpretación desde un rigor asombroso…

Supongo que el descanso era necesario pero podría haberse unido con el «último Mozart» y encontrar la globalidad Sokolov de estas jornadas con el piano protagonista, aún más grandioso en solitario cuando es este ruso quien lo toca. No es ya la conocida escuela rusa en todos los instrumentos, irrepetible porque la historia es otra aunque todavía podamos seguir gozando de sus frutos, sino el «Planeta Sokolov» donde Beethoven siempre brillará cual Venus en otro sistema solar. Las sonatas 27 y 32 también enlazadas, obras de referencia cuya magnitud al unirlas se hace exorbitante, explicando incluso el ideal beethoveniano de las propias anotaciones de la opus 90 y la rareza de solo dos movimientos: «con vitalidad y completo sentimiento y expresividad» para el primero y «no demasiado rápido y cantable» el segundo, textualmente tocado como solo el ruso es capaz, los conflictos interiores con el mejor traductor posible en estos tiempos y corroborado en todo el «programa programático» que unía a los dos residentes vieneses bebiendo de la misma fuente, el mismo idioma y distinto acento perfectamente entendible, los trinos mozartianos elevados a la enésima potencia para firmar ese final de las contradicciones escritas y tocadas, la respuesta a los interrogantes de quien suscribe tras escuchar a Sokolov. Insondable, sin palabras para los simples melómanos y otro concierto histórico en Oviedo, capital del piano.

Claro que en San Valentín y por San Sokolov quedaban regalos para dar y tomar, ninguno de compromiso sino con fondo, comenzando por el Momento Musical nº 1 en Do mayor de Schubert, saboreando cada nota y cada silencio, salva de aplausos y tras pensárselo sentado en el austero taburete el Chopin del Nocturno en Si mayor op. 32 nº 1 cristalino, íntimo, belleza en estado puro, aplausos sinceros y el siguiente nocturno de la serie, op. 32 nº 2 aún más brillante, el piano de salón dentro del Auditorio, el virtuoso sencillo y profundo. Ya se me olvidó la siguiente, creo que Rameau al que el ruso le da aires del padre Soler o Scarlatti evocando un clavecín imposible por la ejecución y sonido magistral inigualable, sin perder la calma en penumbra con el público entregado. Pero todavía quedaba el Schumann amado de la Arabesque en Do mayor, op. 18 que me recordó a otro genial pianista ruso y la Canope, juguete casi acuático del libro segundo de preludios escritos por el francés Debussy, pintura impresionista para cerrar una «tercera parte» impresionante, finalizando en un silencio respetuoso que engrandeció aún más un concierto único para asombro de su repertorio inmenso y su inabarcable e incomparable genialidad, todos agradecidamente atónitos, desde quienes debutaban con Sokolov en escena a los impacientes de pie al lado de la puerta mirando incrédulos el reloj, también a las futuras generaciones de concertistas que abrían los ojos con devoción… a todo un auditorio embrujado por el irrepetible Sokolov.

Programa
Primera parte
W. A. Mozart (1756-1791):
–Sonata en do mayor, K. 545:  I. AllegroII. Andante

III. Rondo. Allegretto.

-Fantasía y sonata en do menor, K. 475/457:

Fantasía K. 475 (1785): 
Adagio – Allegro – Andantino – Più allegro – Tempo I.
Sonata K. 457 (1784):  I. Molto allegroII. Adagio

III. Allegro assai.

Segunda parte
L. van Beethoven (1770-1827):
-Sonata nº 27 en mi menor, op. 90
: I. Mit Lebhaftigkeit und durchaus mit Empfindung und Ausdruck
(Con vitalidad y completo sentimiento y expresividad); 
II. Nicht zu geschwind und sehr singbar vorgetragen (No 
demasiado rápido y cantable).
–Sonata nº 32 en do menor, op. 111: 
I. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato
; II. Arietta: Adagio molto semplice cantabile.

P. D.: Ramón Avello en El Comercio del día 15 de febrero; Andrea G. Torres en La Nueva España del día 15 de febrero, y mejor no comentar lo de «tocar de memoria»…

El nuevo desde el viejo

Deja un comentario

Sábado 11 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Gil Shaham (violín), St. Louis Symphony, David Robertson (director). Obras de Adams, Korngold y Dvorak. Notas al programa de Alejandro G. Villalibre.

La llegada del inculto tuitero Donald Trump está poniendo su slogan «América para los americanos» en el punto de mira, pero que a la vista del programa sabatino del auditorio, entre otras muchas más cosas debería cambiar por «América por los europeos» (lo de pensarlo mejor lo omito), los Estados Unidos país de mestizaje al que la aportación del viejo continente en todos los ámbitos, ha encumbrado a lo más alto (y recordar que más dura será la caída).
En el terreno musical hemos vivido un concierto que reflejó perfectamente este personal punto de vista, con su segunda orquesta más antigua interpretando un programa de europeos emigrados a los EEUU sumándole un contemporáneo autóctono y heredero de siglos de tradición europea en el nuevo mundo para abrir boca y reafirmar esa nacionalismo que les honra aunque parezcan desmemoriados con sus orígenes.

El director y compositor John Coolidge Adams (Massachusetts, 15 de febrero de 1947) que este miércoles cumple 70 años, confiesa haber crecido en una casa donde Benny Goodman y Mozart convivían, paz y armonía entre lo nuevo y lo viejo que ha llevado a su propia música. The Chairman Dances -foxtrot para orquesta- (1985) conjuga los dos mundos, la herencia europea mezclada con la llamada música «genuina americana» como el jazz, tristemente mestiza por unos orígenes en los esclavos africanos. Nada nuevo y todo en una larga tradición de herencias reinterpretadas, una escena eliminada por el propio Adams del tercer acto de su Nixon in China, ópera «made in USA» por argumento, estilo y orgullo, considerada como la gran ópera estadounidense tras el Porgy and Bess de Gershwin. Y nadie mejor para interpretar estas danzas como esta orquesta pionera en los EEUU con sede en la capital del estado sureño de Missouri (Misuri) desde 1880, raíces francesas hasta en su topónimo, la St. Louis Symphony con su titular David Robertson al frente hasta dentro de otros dos años. Despliegue de formación en gira que finalizaba en Oviedo, para «hablar» el lenguaje propio de Adams, ritmo lógico para unas danzas que juegan con el «ostinato» de la repetición motívica para jugar continuamente con las texturas instrumentales, las dinámicas a menudo por adición y sustracción de instrumentos, y el sonido que los europeos seguimos asociando a las bandas sonoras de tantas películas del otro lado del charco, más programadas y famosas que las propias, varias generaciones adorando una cultura que ha tenido de todo, odios a las campañas bélicas y amores fílmicos, comida basura implantada como la obesidad desde nuestra «dieta mediterránea», sucumbiendo a lo yanqui desde la lucha interior por una herencia que lleva nuestros mismos genes, orquesta envidiable en plantilla (e historia), entendimiento con un director californiano formado en Londres pero buen conocedor del show business que siempre parecen necesitar para sus espectáculos, y la música no escapa a él, gestualidad por momentos exagerada e innecesaria pero que gusta al respetable. Recuerdo programas de mano en el «Lincoln Center» recomendando no comer chicle ni pipas o no marcar el ritmo con el pie ni tararear las melodías conocidas, y la colonización cultural secular nos la han devuelto con todos sus tics, positivos y negativos. Los que somos omnívoros musicales confesos no encontramos nada nuevo a otros contemporáneos de Adams que hace 30 años les llamaban minimalistas o incluso «New Wave» ante la dificultad y casi imperiosa necesidad de poner etiquetas a todo, pero todo un placer cuando una sinfónica como la de St. Louis saca a flote el poder hipnótico de Adams, formación galardonada por alguna otra interpretación del septuagenario compositor y que en este «foxtrot» desplegó todo su potencial con solistas impecables, piano incluido, y esa cuerda sedosa como era de adivinar.

Al moravio nacido en Brno Erich Wolfgang Korngold (1897-1957), judío emigrado y fallecido en Hollywood del que este año celebramos los 60 años de su muerte, me lo descubrió nuestro siempre añorado Pérez de Arteaga, igualmente admirador de John Williams (8 de febrero, 1932), otro heredero del viejo mundo, y como bien cuenta el doctor González Villalibre (experto en música de cine) en sus notas al programa, fue el verdadero creador del sonido con «genuino sabor americano», como la marca de tabaco que entonces se anunciaba incluso en el cine -claro que los tiempos cambian muy rápido-. Curiosidad que el creador de algo tan identitario del cine sonoro americano fuese un emigrante europeo. Gracias a la radio, los discos, las nuevas tecnologías y la globalización imparable a la que ningún «trumposo» podrá poner freno ni muros, la grandiosidad de Korngold permanecerá, sobre todo con Die tote Stadt (La ciudad muerta) que recomiendo a todos los operófilos, y su Concierto para violín y orquesta en re mayor, op. 35 puede ser para algunos como una carta de presentación de su estilo inconfundible, melodías con cuerda aterciopelada, metales épicos, violín solista evocadoramente romántico, percusiones variadas subrayando la acción… Con un virtuoso como Gil Shaham en perfecto entendimiento y complicidad con Robertson, la forma clásica por excelencia de los tres movimientos llevan al nuevo mundo una escritura centenaria con la óptica abierta del compositor para brindarnos una interpretación plenamente cinematográfica más allá de los temas reutilizados por el propio moravio (algo que Bach o Vivaldi también hicieron), tradición y modernidad que el tiempo barniza con más tiempo para un músico admirado por sus contemporáneos, Mahler incluido, y que el horror de la segunda guerra mundial obligó a escapar a la entonces tierra de las libertades. Shaham jugó con su Stradivarius «Countess Polignac» (1699) en un concierto que conoce como pocos, sacándole armónicos y presencias irrepetibles bien arropado por una orquesta con la que se mezclaba o emergía a lo largo de los compases, deleitándonos especialmente en el II. Romanze: Andante con esas pinceladas de celesta, que como con los tiempos extremos rezumó virtuosismo en estado puro siempre al servicio de la música, sobre todo el Finale: Allegro assai vivace deslumbrante y americano hasta la raíz, con Robertson  enmarcando y hasta disfrutando de un mano a mano en «dúo sinfónico» con este concierto. Incluso la propina mantuvo el humor y entendimiento entre todos, un homenaje al virtuoso Kreisler y su Schön Rosmarin con otro virtuoso más una orquesta casi camerística conducida por el californiano como si de un piano sinfónico se tratase.

Para unir lo que otros quieren separar, Dvorak y su Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 «Del Nuevo Mundo» resume lo mejor de la cultura occidental en forma y fondo, instalado desde de 1892 a 1895 y estrenándola en el Carnegie Hall de Nueva York (1893), inspiración popular americana por la que sentía verdadera fascinación, pasado por el tamiz academicista europeo de este gran sinfonista bohemio, cuatro movimientos de orquestación sublime para una formación como la de St. Louis que entendió a la perfección de la mano de Robertson la unión musical del mestizaje, jugando con la agógica y la dinámica, dando los protagonismos necesarios sin perdernos nada, dejando disfrutar a sus músicos sabedor de todos los recursos con los que cuenta, tiempos casi al límite de lo indicado en todos los extremos pero con una brillantez y calidad diríamos que europea, todo un halago porque sin entrar en categorías que a menudo viven más de la historia que del presente, sin ser tan reconocida el resultado final fue sobresaliente. Adagio-Allegro molto con un inicio íntimo, toque de trompas y maderas cálidos antes del cambio de tiempo, amplísimo y casi «presto», timbales dominadores con cellos más contrabajos rotundos y carnosos, motivos bien cantados y los acelerando que enriquecen el discurrir junto a los crescendi impresionantes para una formación inmensa además de potente sin perdernos nada de ninguna sección; Largo soberbio en el amplio sentido de la palabra, con una maravillosa solista de corno inglés y en general toda la madera, nuevamente de sonoridades amplias pero contenidas, con una batuta «sujetando»matices y fraseos antes del trepidante Scherzo: Molto vivace-Poco sostenuto, riqueza rítmica, juegos en la madera y la cuerda, timbales rotundos, metales aterciopelados y sobre todo una cuerda rica además de compenetrada para alcanzar equilibrios difíciles ante la tentación que supone la ostentación desde la contención del tempo que seguía elástico sin perder unidad. El Allegro con fuoco acabó de encandilar (perdón por el juego de palabras) a un público que estuvo atento sin toses ni ruidos superfluos, aguantando la respiración ante el empuje de los yanquis en esa recopilación temática que Dvorak agranda como nadie y la sinfónica transmitió en su precisa magnitud, velocidades y matices contrastantes pintando el gran lienzo del nuevo mundo desde la sabiduría del viejo. Excelente versión con David Robertson desplegando todo su amplio repertorio gestual.

La propina con la obertura de Candide (Bernstein) quiso dejar claro que también dominan «su repertorio», el que nos han devuelto las generaciones que han bebido de la vieja Europa, el musical cual «zarzuela americana» aunando edades y sabores, pero sobre todo colores, derribando muros desde la Música con mayúscula, atemporal e histórica, siempre viva porque ella misma es vida más allá de modas y modos. Bernstein, judío universal, homosexual casi clandestino, comprometido, comunicador, pedagogo, músico integral, venerado por muchos, único e irrepetible, entendió como nadie que no hay bandos ni etiquetas, solo orillas de un mismo universo todavía sin explorar. David Robertson y la St. Louis Symphony han sido un buen ejemplo de cómo entender la historia, también la musical, y transmitirla a las generaciones venideras, esta vez en Oviedo.

Mahler ayer y hoy

1 comentario

Viernes 10 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 7 OSPA, Barry Douglas (piano), Rossen Milanov (director). «El mundo de ayer I», obras de Tchaikovsky y Mahler (enlazando las notas al programa de Samuel Maillo de Pablo).
En el breve espacio de tiempo de quince días se nos han ido dos estudiosos de Mahler: La Grange y Pérez de Arteaga, a quienes se dedicó por megafonía la segunda parte de este séptimo de abono y que por caprichos del destino están enmarcando desde este blog dos interpretaciones del bohemio: la Primera y la Quinta en el mismo auditorio aunque con formaciones y directores bien distintos.
Jugando con el idioma de Goethe y Schiller, «Der Maler» el pintor frente al Mahler genio universal era mi primera intención de título para este comentario, pero parafraseando el del programa elegido, de nuevo acude a mi recuerdo el tiempo que no había llegado para su música y el futuro ya hecho presente, el compositor más grabado y más programado, sonando su música en algún punto del planeta cada día, amén de una escucha puede que obsesiva por parte de los acérrimos, superando modas puntuales.

Probablemente la Sinfonía nº 5 en do sostenido menor sea una tentación irresistible para cualquier batuta, consagrada o emergente, y una prueba de fuego en sinfónicas de todas las categorías, habiendo sido ejecutada por nuestra OSPA en diferentes momentos de su dilatada historia, volviendo a interpretarla el próximo mes dentro del festival Musika-Música en el Euskalduna bilbaino aunque con Perry So al frente (también dirigirá los Kindertotenlieder). Sirvieron por lo tanto Gijón y Oviedo para rodarla y examinar el estado de los músicos que alcanzaron el sobresaliente en todas sus secciones y solistas, aunque globalmente se tendiese al trazo grueso típico en «Der Maler» que al trabajo de capas y colores de Mahler.

La gestualidad de Milanov solamente debe entenderse a base de los años con la OSPA que le conoce bien, porque observándolo desde mi posición de abonado no coincide la mayor parte de las veces con la respuesta orquestal. La Trauermarsch (Marcha fúnebre) perfectamente marcada por una trompeta de excelencia como la de van Weverwijk resultó demasiado pesante pese a cierta sobreactuación desde el podio, ampulosidad más expresiva que dinámica, puesto que los diferentes planos esperados no se apreciaron hasta bien avanzada la sinfonía. Me resulta chocante que a menor movimiento de brazos la respuesta resulte apropiada, adecuada y equilibrada por parte de los músicos, pues el Stürmisch bewegt, mit grösser Vehemenz sonó más «atormentado» que «vehemente» en la traducción del segundo movimiento, visualmente brochazos cuando el lienzo debería dibujar líneas bien definidas y donde más que pincel era la espátula cargando el color preciso en cantidad y calidad. Traduciendo o trasvasando la partitura al aire y casi sinestésico, la sonoridad se me quedaba algo corta en una cuerda falta de refuerzos y obligada a un mayor esfuerzo para el necesario equilibrio de volúmenes, pues el resto de la plantilla está marcada «en origen», algo que quedó olvidado en el famosísimo Adagietto. Sehr langsam que salió etéreo más que corpóreo ante la calidad habitual de toda la cuerda, arpa incluida. El Scherzo anterior sonó contenido en el aire, algo carente de rubato, pero resultó sobremanera «vigoroso» con unos metales manteniendo el «estado de gracia» de hace varios conciertos, especial mención a los solos de Morató bien secundados por Brandhofer en el trombón o Möen en la tuba, mientras el Rondó-Finale. Allegro volvió a sacar a la luz esa desconexión entre vista y oido desde mi posición, cerrando los ojos y echando de menos más claridad y algo de contención pese a la lógica que parece pedir el calor broncíneo que provoca la explosión sonora tan mahleriana. Abusando del paralelismo gastronómico creo que esta quinta pecó de sal gorda en vez de optar por delicadezas como la sal del vino con el que Mahler brindaba, pero la magnitud de esta sinfonía transciende sabores y colores.

La primera parte ofreció la «rareza«, por lo poco habitual que resulta escucharla en vivo, de la Fantasía para piano, op. 56 (Tchaikovski) que el pianista irlandés Barry Douglas (que volvía a Oviedo pero como solista) defendió con solvencia y vigor, virtuosismo y delicadeza en una obra que parece el catálogo de lo que el genio ruso era capaz de escribir, melodías sinfónicas y bailables pero igualmente solos de piano llenos de matices, cascada de notas donde la melodía emerge siempre, y ese dúo con el chelo de Von Pfeil (casi preparatorio del siguiente abono donde nuevamente Mahler con su inconclusa Décima llenará de gozo a tantos seguidores de ayer y hoy) para mantener vivo en el recuerdo por complicidad musical y el placer de escuchar a Douglas, ver cómo se amoldaba sin problemas a una orquesta amiga (merece la pena escuchar la entrevista en OSPATV), coprotagonista, compañera, dialogante en el mismo idioma del compositor ruso, sonido claro pese a que el Steinway© necesite algún ajuste en su mecanismo (las tres notas agudas suenan a tabla), encajes perfectos y una forma de cantar delicada, delineada siguiendo con el símil pictórico, casi acuarela de trazo rápido que no admite corrección y no la necesitó, conocedor igualmente de la dirección orquestal que pareció hacer suya, nada de confrontar sino de sumar aportando maestría. El regalo ofrecido solo podía ser Tchaikovsky y su delicadísimo «Octubre«, décimo número de Las estaciones, op. 37a que confirmó el poso que los años dan a un intérprete completo como el irlandés, melodía «dolorosa y muy cantable», estado puro aflorando del tejido pianístico.

Mahler: bendita profana religiosidad

3 comentarios

Domingo 5 de febrero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de la Suisse Romande, Jonathan Nott (director). Obras de Schubert y Mahler.

Una orquesta legendaria y con mucha historia junto a un director ya titular de la misma, al que llevo años siguiendo, con un programa imperdible dieron lugar a un concierto para recordar. Oviedo sigue en los circuitos internacionales y la llegaba a la capital asturiana totalmente rodada tras su paso por distintas capitales incluyendo Madrid en el ciclo de Ibermúsica (capitaneado por el inagotable Alfonso Aijón, hoy presente en el auditorio asturiano) con dos conciertos muy distintos. Jonathan Nott me encandiló hace ya siete años en este mismo ciclo, donde su «Primera de Mahler» ya marcó época, y me escapé a La Quincena (de nuevo con La Sinfónica de Bamberg) cual «cofrade mahleriano de la magnificencia» en un peregrinaje más allá de creencias religiosas plenamente profanas pero donde lo espiritual nunca es ajeno a las grandes páginas sinfónicas.

La Sinfonía nº 5, D. 485 en si bemol mayor (Schubert) presentaba una plantilla algo más amplia de lo habitual, amén de versiones más o menos historicistas, pero en manos de Nott se portó camerística pese al número, puesto que el juego dinámico que ofrece esta formación con sede en Ginebra es tan amplio que los matices extremos parecen alcanzar una densidad impensable en un directo. Añadir la elección de unos tiempos reposados en su punto para disfrutar de una partitura llena de poesía musical, el llamado lirismo que Schubert entendió como pocos desde el campo de lied. Calidad desde la cantidad y una dirección clara, pausada, atenta a cada sección orquestal en el momento preciso con una batuta agarrada entre pulgar e índice para dejar libres tres dedos de su derecha tan independientes como las apariciones motívicas. La «colocación vienesa» con los contrabajos atrás a la izquierda ayudó todavía más en la percepción de una sinfonía bien entendida por el ya aclamado director británico. El Allegro rítmicamente marcado sin excesos, contención global pero contrastes dinámicos amplios precisamente por una plantilla capaz de esa rotundidad llena de matices sacados a la luz por el maestro Nott. El Andante con moto resultó de una delicadeza camerística ajustada en el aire y con intervenciones cálidas de una madera revestida de la grandeza que da la cuerda en la escritura del gran Schubert excepcionalmente «bien leída» desde el podio. El Menuetto. Allegro molto de nuevo admiró en la elección del tiempo, elegantemente bailable desde una aterciopelada cuerda con intervenciones de los solistas del viento dulces, presintiendo el gusto del metal para la segunda parte, y el «Trío» nuevamente cercano, literal por presencia y equilibrio, tributo y admiración beethoveniana, rítmica precisa en gesto y respuesta antes del fantástico Allegro vivace, más mozartiano que el penúltimo movimiento, en discurrir y musicalidad, limpieza en las notas rápidas independiente de las intensidades, fraseos generosos saboreando cada tema, cada motivo sacado a la luz con magisterio británico sobre esta orquesta internacional que aún madurez y juventud en un repertorio que no debe faltar.

Y la esperada Sinfonía nº 1 en re mayor «Titán» (Mahler) de la que los malherianos coleccionamos decenas de versiones variadas, históricas, emocionantes, vibrantes, saboreadas, personales, prometedoras, aunque nada que ver nunca con el placer casi pecaminoso en la lujuria sonora del directo, una orquesta suiza de solera con la plantilla deseada, cuerda subyugante a partir de ocho contrabajos, una madera de lujo y sobre todo los metales más que nunca bronces por refulgentes, desde las trompetas fuera de escena lejanamente presentes y ese octeto de trompas con una magistral solista completados por el arpa (a la derecha tras los violines segundos) y una percusión (por supuesto con dos timbaleros) que redondearían los materiales disponibles para que el mahleriano Nott arrancase una «bendita Primera» capaz de transportarme a la Semana Santa malagueña por sentimientos, luz inigualable, noche mágica, religiosidad del pueblo profano capaz de lo humano y lo divino, conjugando fiesta y devoción como en pocos sitios he vivido, declararse ateos y vibrar con las imágenes de todas las cofradías, las «folclóricas» y las «íntimas«, fervor y devoción. Como si Mahler uniese ambos mundos a lo largo de los cuatro movimientos, Nott resultó cual mayordomo de una «Cofradía del amantísimo Mahler de la magnificencia aristotélica y señor del sentir agnóstico», responsable de sacar de la partitura todo el sentir del compositor, hacerse entender y transcender al más allá que somos el público, magnificencia de grandeza más que ostentación.

Fiel a lo esperado y estudiado, Nott volvió a apostar por el rigor, el Lento. Adormecido del amanecer matutino, íntimo desde el susurro de una cuerda que nadie pensaría en el número, unísonos madera y metal del instrumento ideal, desperezarse con el convencimiento de una larga jornada de lo terrenal a lo universal, ecos de trompetas y gorjeos de pájaros para arrancar la mañana que avanza lenta y segura hacia la plenitud, alegría y paso preciso, claro, despejado, equilibrado y siempre cantabile, melodías de siempre en nuestro subconsciente muy consciente «Mahler».

Poderosamente agitado, pero no demasiado rápido, instrucciones precisas del incomprendido bohemio seguidas literalmente por el máximo cofrade Nott, aire cosmopolita, vienés y malagueño, luz después del mediodía con brisa mediterránea cual aire del Danubio, terciopelo del ropaje en los tronos y cirios que comienzan a iluminarse encendidos por la trompa que avisa de una tormenta floral antes del atardecer abrileño, jolgorio mezclado con nerviosismo y devoción.

Marcha fúnebre: Solemne y medido, sin retardarse, la noche en procesión, dolor y canto popular, el paso seguro, la banda de música ayudando al viaje interior y el recogimiento en la calle roto por el espacio entre los tronos, un Mahler diría que malagueño universal (con perdón de los bohemios), el oboe cual saeta en la reja y Nott ayudando al respiro preciso indicado con «martilleo de campana» antes de retomar el largo camino de peregrinación por los barrios, con pausa catedralicia obligada antes de recogerse en las casas madres. El tiempo de Mahler ha llegado para quedarse, con toses cual castigo o tentación y hasta el silbido de teléfono no enmudecido al que el dios supremo castigará con el fuego eterno de la sordera. El rubato de Nott para conjugar los dos mundos y el balanceo que da vida a unas imágenes que rompen cualquier iconoclasta, el arpa profética de «la Quinta«, el coro celeste de maderas, manto floral de los violines y la visión global hecha sonido orquestal con todos los aromas posibles.

Atormentado. Agitado, la recta final de la noche, las dudas morales, el dilema por querer creer en algo supremo, las interrogantes vitales con auténtico tormento y agitación desde todas las intensidades imaginables dictadas por un Nott todopoderoso al que la Suisse Romande responde como un todo, poderosa, voluptuosa por momentos, limpia noche y estrellada de vientos racheados, desgarros en cuerda, corazonadas en timbales, tormentas metálicas de truenos y relámpagos interiores, la batalla de luces y sombras que se disipan con las luces de un alba inalcanzable por momentos antes del remanso tras el desasosiego, el triunfo de la vida hecha sinfonía… (y Mahler seguiría explorando).

Imágenes sonoras, viajes espaciotemporales e interiores, misticismo musical de un Mahler cada vez más adorado y entendido en un mundo incomprensible, buscando el universo desde lo singular y complejo del mundo sinfónico. Domingo de Gloria antes de las carnestolendas y la Cuaresma, porque el calendario musical se rige por el universo de Mahler.

Lo romántico sublime

1 comentario

Viernes 27 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 6 OSPA «Arquitectura sonora»: Jesús Reina (violín), Ari Rasilainen (director). Obras de Tchaikovski, Torres y Bruckner.
El profesor y compositor Edson Zampronha, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores), nos preparó antes del concierto con una conferencia cercana, emotiva como su propio título «La emoción rompe los límites: la música del alto romanticismo en el final del siglo XIX» donde contagió esa pasión común por tres obras tan distintas pero unidas precisamente por el programa bautizado como arquitectura sonora y resumidas por «el sublime», con referencias filosóficas en cuanto a la subjetividad del oyente desde la oscuridad buscada de la sala hasta el viaje interior que toda escucha supone.

Regresaba nuevamente el finlandés Ari Rasilainen al frente de la OSPA y las obras elegidas nos trajeron buenos recuerdos anteriores de su estilo directorial: una batuta vigorosa, clara y precisa con una mano izquierda completa de gestos variados, atento al equilibrio de dinámicas subrayando siempre la sonoridad puntual tan distinta en las tres partituras, con una orquesta nuevamente reforzada en la cuerda permitiendo recrearse en matices extremos sin perdernos ningún plano. Y es que la calidad también va unida por momentos a la cantidad cuando se controla todo al detalle, algo que los compositores de este sexto de abono iban a permitir.

En pleno cierre de temporada operística carbayona vino muy bien elegir la Polonesa de «Eugene Onegin» (Tchaikovski), tributo local desde lo universal para optar por un aire más rápido del «habitual«, nada bailable y obligando a la cuerda expresiva y técnicamente a darlo todo, mientras la madera y sobre todo los metales, que estarían pletóricos a lo largo de la velada, nos dejaban una versión brillante pero también muy contrastada en volúmenes, claroscuros arquitectónicos que parecían preparar el resto del concierto, también en lo anímico con este explorador de emociones como fue el ruso, jugando Rasilainen con todo el material sonoro llevado a unos extremos siempre controlados.

Jesús Torres (1965), compositor invitado esta temporada (y presente en la sala), es uno de los más destacados de esta generación. Compuso su Concierto para violín y orquesta entre el 26 de agosto y el 29 de diciembre de 2011 por encargo de la Fundación BBVA y está dedicado al violinista Miguel Borrego que lo estrenó el 22/03/12 en el Teatro Monumental de Madrid con la Orquesta Sinfónica de RTVE y Kees Bakels). Analizado en el programa de mano y contado a OSPATV por el propio zaragozano en compañía del solista elegido para este abono, Jesús Reina, este malagueño con recorrido y futuro más que asegurado, afrontó el reto de una obra actual llena de guiños «clásicos» pero sin confrontación con la orquesta, una fusión de lenguajes con especial importancia de la percusión y una plantilla impresionante (3-3-3-3/4-4-3-1/3 Perc. Tim/14-12-10-8-6), para tres movimientos casi unidos en su desarrollo, Dramático, Apasionado y Estremecido, donde Torres construye un universo sonoro agradable desde unas disonancias nunca molestas y buen conocedor de la escritura sinfónica. Obra grandiosa, edificio sonoro que va elevando una partitura muy bien construida donde Rasilainen se mostró un arquitecto solvente y Reina fue perfilando al milímetro esos calificativos de música pura, la delicadeza de un sonido siempre cantabile. Pasajes realmente virtuosos, diálogos potentes con la orquesta en este solista que apuesta por músicas contemporáneas, emergiendo al final de la masa sonora con un pasaje a dobles cuerdas realmente estremecedor, exigentemente lírico para una melodía a dos voces bellísima trazando el remanso tras el poderío de los veinte minutos aproximados de duración.
La propina en línea con lo anterior, música actual con ese aire zíngaro de «violero» recordando sus orígenes populares en los famosos verdiales de su tierra natal en compañía de su padre demostró el buen momento y la musicalidad que atesora este violinista y docente malagueño.

Manteniendo la estructura todavía habitual en muchos conciertos sinfónicos de obertura breve, concierto con solista y una sinfonía histórica, llegaría el esperado y muy programado Bruckner, en cierto modo lógico tras la «moda Mahler» (también presente esta temporada de la OSPA y en Musika-Música del próximo marzo bilbaíno). El universo Bruckner permite disfrutar como pocos del impacto sinfónico siempre del agrado del público, máxime contando con una plantilla para la ocasión y un director que contagió vigor y rigor desde el podio. La Sinfonía nº 3 en re menor (1889), «Sinfonía Wagner» de connotaciones operísticas para seguir con el lirismo arquitectónico del concierto, en la edición del su discípulo Franz Schalk (de las muchas que se han publicado), manteniendo estructura «clásica» engrandece esas lentas melodías dotando de una tensión romántica a esta tercera que la OSPA y Rasilainen fueron construyendo cual catedral sonora neoclásica. Trabajando todas las combinaciones que van dando protagonismo a cada sección, disfrutamos de unos metales que me gusta llamar orgánicos por la referencia bruckneriana en el instrumento rey, no ya el trío de trompetas o de trombones más la tuba, sino un quinteto de trompas en perfecta armonía «cantando un coral» a cuatro voces rebosante de la religiosidad del alemán, en estado de gracia todos ellos (incluyendo el refuerzo «de descanso» que los entendidos comprenderán) y por supuesto una cuerda siempre presente, empastada, de amplia gama expresiva, especialmente en el arranque del segundo movimiento. Buen entendimiento con la batuta que dibujó siempre certera las trazas arquitectónicas de esta tercera potente, vigorosa pero también íntima, casi una reconstrucción (puede que del propio Schalk) del templo sonoro que crece a lo largo de los cuatro movimientos en altura emocional de dibujo sencillo y efectivo por el uso de silencios subyugantes dejando flotar el sonido, y fortísimos contrastantes además de contundentes, especialmente en los graves, y unos pizzicati redondos por lo presentes. Tal vez faltase un poco más de emoción pero nunca claridad en el juego de volúmenes ni sensibilidad en esas melodías infinitas.
Esperamos que el maestro Rasilainen vuelva en un futuro no muy lejano porque su trabajo siempre resulta del agrado de todos, aunque el patio de butacas siga con muchas vacías, perdiéndose conciertos pensados para el respetable.

Cocinando de cine con la banda

Deja un comentario

Domingo 22 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Banda de Música «Ciudad de Oviedo», Christian Brandhofer (trombón), David Colado Coronas (director). Obras de Rossini, J. de Meij, M. Lauridsen y A. Boublil-C. M. Schönberg. Entrada libre.

Buena tarde dominical con música de banda, algunas transcripciones que son otra forma de hacer llegar el repertorio sinfónico y coral, pero sobre todo la escrita específicamente para estas formaciones, que en el caso de la banda ovetense sin llegar a sinfónica dio mucho juego con el programa elegido. A falta de notas en el programa, en cada partes, sin descanso, fueron leídas por una de las clarinetes, que sirvieron para conocer un poco más las obras.

La obertura de La Gazza Ladra (Rossini) es conocida por su utilización tanto en publicidad como en el cine, especialmente en «El honor de los Prizzi» por un grande como el italiano que también se dedicaría a la cocina, un poco el ambiente dominical. Aunque no se tratase de la interpretación sinfónica, este arreglo para banda de música nos acerca fidedignamente los solos de oboe y clarinete para lucimiento de los primeros atriles, disfrutando igualmente de la pareja de cajas y especialmente de los cambios de tiempo bien marcados por un David Colado curtido en todo tipo de formaciones instrumentales que tomaba la batuta en este primer concierto del año, con la intención y sonido tan rossiniano que logró sacar una versión más que correcta.

La obra estrella de la noche fue el T-Bone Concerto de Johan de Meij (Voorburg, 1953), que tiene tanto versión con piano, para brass-band y lógicamente para banda, un concierto para trombón con el solista de la OSPA Christian Brandhofer, organizado tanto en el título como en sus tres movimientos con un juego de palabras curioso, trombone y T-Bone cual formas de preparar este manjar para los carnívoros y melómanos: el primero Rare (Poco hecho), amplio de sonoridades con juegos entre las secciones más un rítmico piano, incluyendo además alguna intervención solista con sordina buscando texturas al oído cual paladar y con unos fraseos realmente hermosos. El Medium (En su punto) es el movimiento central de ritmo ternario muy majestuoso y con un grupo de cámara dentro del tutti para la parte B más rápida antes de volver a la A casi triunfal pero «apianando y ritardando» para un perfecto diálogo bien «cantado» entre solista y banda. El último Well done (Muy hecho) resultó juguetón, movido, equilibrado además de perfectamente ejecutada esta partitura llena de complicidades y complicaciones (el compositor es además de director, trombonista, como David Colado, y bombardino), con una percusión casi siempre subrayando toda la melodía con placas varias (xilófono, glockenspiel…) donde tampoco faltaron las campanas, también variando los tempi a lo largo del segundo tema retomando el vivo en una fiesta multicolor tras este T-bon bien cocinado por un Brandhofer en su salsa. Un placer paladear música compuesta para banda por un músico como el holandés afincado en los EE.UU. (esperemos que Trump no le eche) que domina la tímbrica como nadie y tiene partituras realmente excelentes.

La propina cual postre americano e internacional en un momento feliz del trombonista equiparable al del compositor, Elegy for Mippy II de L. Bernstein.

La segunda parte comenzaría con O magnum Mysterium (Morten Lauridsen, 1943) que mi admirado coro El León de Oro canta como nadie, esta vez arreglado cual coral sin letra ni batuta para realzar esa polifonía tan del maestro de ascendencia danesa subrayada puntualmente por timbales, bombo o platillos que «magnifican el misterio» aún más terminando, en un pianísimo muy logrado tras unos reguladores de lo más trabajados y como si de un coro a boca cerrada se tratase (especialmente los metales). Difícil transcripción la de H. Robert Reynolds pese a ser especialista y conocedor de la música de banda, que de no conocer el original da mucho juego aunque nada puede compararse con la voz humana.

Y otro tanto sucede con el musical Los Miserables (A. Boublil / Claude Michel Schönberg) en arreglo de Marcel Peeters, selección de cinco temas para cerrar concierto con todos los efectivos al mando de Colado que sacó siempre a primer plano las conocidas melodías de este musical veterano de los años 80 llevado también al cine en 2012, para lucimiento de cada sección, especialmente saxos y bombardinos no siempre reconocidos ni tan protagonistas como el resto. Buen sonido e interpretación idónea para los números elegidos bien contrastados que nos transportaron a la gran pantalla.

Bisaron el final de «La Gazza» un poco más movida que al inicio, para no perder el ambiente cinematográfico y gastronómico para una sala que presentó una entrada de comensales que ya quisiéramos para otros eventos.

Volverán más domingos de febrero (12 y 16) y marzo (12 y 16) para completar un trimestre que sigue apostando por la Banda de Música en Oviedo, tocando madera para que no sigan recortando a la ciudad una tradición que es parte de su propia historia.

Creciendo con Beethoven

1 comentario

Viernes 20 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 «Orígenes II», OSPA, Leon McCawley (piano), Manuel López-Gómez (director). Obras de Beethoven.
Más de cincuenta años creciendo con la música de Beethoven y nunca me ha fallado, desde las sonatas pianísticas, solas o con violín, los cuartetos, los conciertos para piano donde el «Emperador» sigue reinando pero sobre todo sus sinfonías que he ido ampliando en todos los formatos disponibles (a excepción del Blu Ray tras el fiasco del Laser Disc). Crecimiento vital y formación perpetua para intérpretes de todo tipo, sin olvidar a melómanos empedernidos e igualmente aficionados recién llegados. Con los años vamos descubriendo nuevos detalles, madurando, probando versiones de todo tipo, desde Karajan y su berlineses en vinilo (o cassete) antes de sus posteriores grabaciones, pasando por Bernstein hasta la integral de Harnoncourt en CD por citar tres de mis referentes en las nueve sinfonías al completo, pugnando por «tener que elegir»  una cuando todas las impares se imponen (aunque La Cuarta de Solti daría para una entrada propia), imprescindibles y dependiendo del momento emotivo.
Este frío viernes de enero retomaba mi «normalidad» con un monográfico del sordo genial donde un joven director venezolano de la misma cantera que otros más mediáticos (del que fue asistente), famosos o conocidos se ponía al frente de una OSPA reforzada en la cuerda por ocho jóvenes alumnos del CONSMUPA para interpretar «La séptima» como plato fuerte, un Coriolano para abrir boca y «el tercero de piano» con un inglés que regalaría a Rachmaninov tras una limpia ejecución a la que le faltó el ímpetu juvenil que brilló y dio calor. Beethoven para crecer y seguir manteniendo el espíritu juvenil, casi vampirismo musical de aficionado transmitido desde un escenario que rebosaba ganas e ilusión recompensado por un público agradecido que volvió a llenar unas butacas preocupantemente vacías en el ya fenecido 2016.

Entrando en detalle quiero comenzar por el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37 (1800-1803) con Leon McCawley de solista (las notas al programa de Ramón Avello están enlazadas en el título de cada obra). De entrada la orquesta quedó «menguada» para ajustar sonoridades en esta pugna dinámica entre unos y otro, con un Manuel López-Gómez atento al detalle, buen concertador y controlando de principio a fin estilo, dinámicas y tempo que pareció contar con una pulsación algo distinta del británico, siempre un instante adelantado en el Allegro con brio plenamente mozartiano, con algún sobresalto en un pedal que pareció buscar precisamente la bruma que se iría disipando a lo largo de los dos movimientos siguientes y tras unos solos donde pudo recrearse. El bellísimo Largo resultó pulcro desde ese solo inicial, con un trabajo sonoro en las notas sueltas cinceladas con una independencia inusitada y una orquesta etérea vistiendo el cristalino devenir pianístico, la transición del Clasicismo al Romanticismo que Beethoven parece conjugar en este tercero estallando en el Rondó: Allegro de firma propia, perfectamente encajado y dialogado, equilibrios sonoros y entendimiento de todos los intérpretes, en un concierto que fue de menos a más aunque no llegó a emocionarme. Se hizo algo de rogar McCawley antes de regalarnos «un Rachmaninov» donde pudo demostrar su sonido y técnica limpia en uno de los últimos románticos del siglo XX.

Pero el Beethoven sinfónico resultó lo mejor porque parece que el dicho «no hay quinto malo» también se aplicó en este abono que sigue rindiendo culto a los orígenes. Coriolano, obertura, op. 62 (1807) presentó una plantilla ideal de cuerda, con los jóvenes refuerzos y algunos que «descansaron» en este programa (aunque también hay maestros que se van  jubilando dejando paso a la savia nueva) dando un paso al frente los principales como solistas» para conseguir esa sonoridad completa y una «disposición vienesa» más apropiada que nunca con los contrabajos detrás de los violines primeros, trompas (hoy excelentes) y trompetas (de llave) a pares flanqueando a clarinetes y fagotes, traverso de madera con los oboes más los timbales atrás a la derecha. El trabajo de Manuel López-Gómez (entrevistado en OSPATV) se notó desde el arranque, gesto claro, preciso, pulsión sin decaer en un Allegro con brio literal, explorador del sonido en todos y cada uno de los detalles y secciones con la ventaja de una partitura memorizada que le permitió volcar todo esfuerzo en la interpretación sin perderse ni una nota, ni una entrada, ni un matiz, incluso los silencios resultaron musicales. Ímpetu juvenil y dramatismo (en esa tonalidad tan «intrigante» como do menor) transmitido por una OSPA entregada.

Si la obertura puso las cartas boca arriba de los recursos e ingredientes perfectos, era de esperar que la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (1811-1812) resultase modélica por estilo, color, tiempos ajustados a la propia partitura, de la que afloraron notas a menudo oscurecidas pero que el equilibrio dinámico permitió degustar y disfrutar nuevamente desde la total concentración del director venezolano. Luminoso Poco sostenuto – Vivace con pulsión y matices amplios, protagonismos compartidos, tímbricas deslumbrantes y esa rotundidad de los graves más presentes que nunca (por ubicación, cantidad y calidad) con la limpieza de cada nota en el tiempo más movido. Emocionante el Allegretto, romanticismo sinfónico sin edulcorar, una cuerda que sonó y protagonizó uno de los momentos cumbres de la noche, violas, segundos, cellos y contrabajos hasta los primeros en un crescendo que desemboca en un tutti desgarrador sin perder nunca presencia los dos temas. Y unir el Presto con el Allegro con brio ayudó a una coherencia interpretativa por parte del maestro López-Gómez que fue secundada en todo momento por una OSPA madura, confiada, entregada, dejándonos una expléndida séptima, coloridamente cristalina y sin concesiones a la galería, el empuje que no decae, empuje jovial y juvenil, plenitud orquestal que transmite esta joya sinfónica, musicoterapia que sube los ánimos de intérpretes y el público, y así lo entendió el respetable que disfrutó agradeciendo con largos aplausos obligando al venezolano a salir varias veces.

Esperamos repita visita y tomemos nota de esta batuta porque está llamada a una larga carrera de éxitos.

La OSPA Grande con Bayl

Deja un comentario

Viernes 16 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4 «Orígenes I»: OSPA, Andreas Weisgerber (clarinete), Benjamin Bayl (director). Obras de Schubert y Mozart.

Cada visita del maestro australiano, afincado en Berlín, Benjamin Bayl (1978), es un placer para mí. Una delicia verle trabajar y cómo hace sonar a nuestra OSPA, desde sus óperas en el foso del Campoamor (Agripina o Bodas) hasta conciertos memorables como el de noviembre de 2011 o marzo de 2013, pero especialmente el de abril de 2014 que como este cuarto de abono de nuevo unía muerte y vida. Obras de dos grandes que murieron jóvenes y compusieron al final de sus cortas vidas joyas musicales en una Viena que respiraba música por todas partes aunque no siempre fuese agradecida con los genios.

Franz Schubert (1797-1828) marcaría la calidad de este cuarto de abono, comenzando con la poco escuchada obertura del «singspiel» Die Verschworenen oder der häusliche Krieg, D. 787 para una formación ideal en número, especialmente si desde el podio se mantiene el equilibrio ideal de dinámicas y planos sonoros sin sacrificar un ápice el discurrir musical. Joaquín Valdeón, autor de las notas al programa que dejo enlazadas también en los autores, analiza a la perfección esta partitura de «Los conjurados o la guerra doméstica» compuesta entre 1822 y 1823 aunque como casi toda su producción, estrenada tras su muerte nada menos que 33 años después en Frankfurt, y de la que el pintor Von Swchwind dijo tras escucharla «¡Qué profusión de talento e instinto dramático». Digna de abrir programa Bayl la afrontó de memoria y preparando a la orquesta para un concierto emotivo que sacaría de ella todas las virtudes que no siempre apreciamos: entendimiento, sonoridad plena, riqueza de matices, balances, presencias y estilo propio para un Schubert al que todavía le seguimos redescubriendo.

Pero la excelencia vendría en la segunda parte con su Sinfonía nº 9 en do mayor, D. 944 «La Grande», tres años componiéndola y descubierta entre pilas de partituras inéditas por Schumann, estrenada parcialmente en Leipzig por Mendelssohn en 1839 y ya completa en 1850 en Viena. De nuevo Valdeón escribe la génesis e historia de esta novena que en sus clásicos cuatro movimientos supone una verdadera piedra angular del sinfonismo para todas las secciones orquestales. Bayl en busca del «sonido vienés» puro por la tímbrica, no solo por la elección de los instrumentos (trompetas de llaves, flautas de madera o timbales de cobre) sino por la propia disposición (contrabajos tras los violines, violas y chelos permutados, trombones detrás de las trompas), trabajando cada movimiento independiente a la vez que unificador en empuje, tensiones y contrastes. Una maravilla ver esa batuta dibujando las entradas, aplacando con la izquierda cualquier mínimo destello fuera de lugar, dividiendo la cuerda para equilibrar dinámicas y descansar dedos preparando la máxima tensión que permitió escuchar cada sección como una sola. Limpieza en los pasajes, fraseos conjuntados, matices extremos con una tensión única frente al terciopelo deseado. El Andante-Allegro ma non troppo dejó claras las ideas esbozadas en la obertura de la primera parte, con el solo de trompa limpio y «cantabile» antes del desarrollo del primer movimiento tejido cual encaje de bolillos, colorista y vigoroso; el Andante con moto brindó momentos de empaste ideal, pianos con ritmo de marcha y emotividad del oboe bien contestado por toda la madera, pinceladas de timbales broncíneos siempre en su sitio y la cuerda sedosa; el Scherzo: Allegro vivace toda una lección instrumental del mejor sinfonismo equiparable al Beethoven idolatrado e inalcanzable del «pobre Franz», el empuje ternario, las acentuaciones, los crescendos apreciando cada nota, los cambios de aire claramente marcados, y sobre todo el Allegro vivace que derrochó valentía, buen gusto y musicalidad por doquier, heroismo y tributo a los maestros en escritura y ejecución. Es un placer comprobar la calidad y la calidez de la OSPA cuando el maestro Bayl se pone al frente, detallista, enérgicamente sutil y enamorado de la música.

De la maestría de nuestros músicos es buena prueba el papel que se les da como solistas, esta vez el clarinete Andreas Weisgerber que nos deleitó con el Concierto para clarinete en la mayor, K. 622 de Mozart, estrenado el año de su muerte y un testamento equiparable a su trilogía sinfónica final o las últimas óperas. Bayl concerta como nadie, la plantilla resultó ideal para que Weisgerber luciese presencia en la amplia gama dinámica de esta joya, el mismo idioma motívico del Allegro inicial, la ternura casi lírica del conocidísimo Adagio que volvió a ponerme un nudo en la garganta (de la cascada de toses mejor no hablar) más la cascada virtuosamente limpia y plena de musicalidad del Rondó: Allegro, el paso al frente del solista siempre querido e inspirado arropado por sus compañeros, remando en la misma dirección para dejarnos ese clasicismo único del genio de Salzburgo, que como su compañero de programa tendría que morir joven para ser reconocido. Los largos y merecidisímos aplausos a nuestro clarinete alemán desde la creación de la OSPA en 1991 premiaron esta labor de años y la posibilidad de abordar este concierto que no pasará de moda nunca.

La propina resultó un verdadero placer, sumándose a Andreas la trompa de Morató, el fagot de Falcone, la flauta de Myra Pears y el oboe de Ferriol para Requinta Maluca, tercer movimiento de «Belle Epoque in Sud-America«, obra  del brasileño Julio Medaglia que recuerda los felices años 20 con ese aire festivo y por momentos cómico que el clarinete pinta en compañía de sus amigos en un quinteto colorido de lo más agradecido. Al menos la música supone la mejor terapia en momentos de dolor y la muerte triunfa como sonora obra eterna, siempre inspiradora y aún más cuando se unen calidad, excelencia… y amistad. Gracias por este concierto que pone fin a mi año sinfónico. El Mesías del viernes 23 me pillará en tierras malagueñas aunque estaré pensando en él con m querido José Esteban G. Miranda comandando todo el conjunto, también un paso al frente de quien más ha trabajado desde el Coro de la Fundación esta página navideña que no falta en Oviedo con una OSPA para la ocasión.

Como la noche y el día

Deja un comentario

Viernes 2 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 3 OSPA, Leticia Moreno (violín), Rossen Milanov (Director). Obras de Mason Bates, Mozart y Dvorak.

Con el título «Tradición y modernidad» y manteniendo la línea de programar estrenos junto a obras señeras del sinfonismo donde no falte un concierto para solista, el patio de butacas del auditorio presentaba un panorama desolador como presagiando cierto descontrol, puede que algo alentado por muchos titulares de la prensa que titulaban cosas como «Música compuesta para instrumentos y tecnología», «La OSPA presenta en Avilés su programa… incorporando a sus filas un ordenador portátil» y demás lindezas que siguen demostrando poca cultura musical unida a un desconocimiento de lo que nos rodea.
Qué dirían hace unos años cuando se usaban magnetófonos, pianos preparados u otros artilugios que acaban convirtiéndose en «cotidiáfonos«. Las notas al programa de Eduardo Garcia Salueña (enlazadas en los compositores) aportan la visión de un musicólogo e intérprete que vive y convive con esta forma de entender la música, actual, abierto a la tradición desde nuestros días sin necesidad de etiquetas. Ojalá el público no tuviese tantos prejuicios al escuchar obras de nuestro tiempo, que podrán gustar o no pero son de ahora. Claro que tampoco Schoenberg, Webern, Nono, Stockhaussen, Luis de Pablo, Tomás Marco y tantos otros menos programados siguen sin contar entre las preferencias de público y programadores que siguen apostando sobre seguro para no perder fidelidad. Lo malo es el futuro, a la vuelta de la esquina, que no parece augurar buenos tiempos para el sinfonismo de siempre, y solo las bandas sonoras encuentran un refugio para ello.

Y todo por el estreno en España (jueves en Avilés y este viernes en Oviedo) de la obra de Mason Bates (1977) The Rise of Exotic Computing (para Sinfonietta y ordenador portátil) compuesta en 2013 que el maestro Milanov presentase ya en Oporto el abril pasado con la Orquesta de la Casa da Música. En mi juventud los vinilos se «pinchaban» pero llegados los CDs y los anglicismos a los que no podemos enfrentarnos, quienes ponían música grabada pasaron a llamarse DJ (disc jockey) y los ordenadores han sustituido el soporte físico para convertirse en herramienta compositiva y fuente sonora, algo que no exime del siempre difícil papel de componer. No es solo usar la máquina, pegar patrones y utilizar melodías de otros, que también es habitual en muchos clubes y discotecas actuales. El conocido DJ Bates domina la escritura orquestal a la que suma secuencias pregrabadas, loops o bucles, con percusiones digitalizadas (impresionante escuchar el taiko), efectos y sonoridades electrónicas (amplificadas y marcando un tempo fijo de aproximadamente 120 pulsos por minuto) que se fusionan con una orquesta donde percusión de placas con piano, además de una plantilla muy bien planteada ajustada utilizando el recurso de la repetición, más que el «minimalismo» tejen unos ambientes de lo más nocturnos, como una fiesta discotequera actual de música «chill out» en el auditorio ovetense convertido por momentos en una lounge (literalmente salón pero desde la acepción de «género de música, una variación, principalmente del jazz, que se conoce desde la década de 1950.

Se caracterizaba por presentar ritmos sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada»). Así entiende esta obra el norteamericano y su defensor búlgaro al frente de la OSPA (de nuevo con María Ovín de ayudante de concertino) que defendió la composición sin problemas, ritmo e impulso marcado por la máquina mientras los instrumentos (Sinfonietta en cuanto a obra para gran orquesta) tejían esa ambientación sinfónica mientras el percusionista Francisco Revert iba «lanzando» las dosis recetadas para una partitura actual y fácil de escuchar.

Tras la noche debería llegar el amanecer pero pareció traerlo con resaca ya que la vuelta al clasicismo no solo fue un choque brutal sino una verdadera lástima. El Concierto para violín nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) traía de nuevo a Leticia Moreno (Madrid, 1985) de solista pero no hubo química ni entendimiento con Milanov en ningún momento. El sonido de su Nicolo Gagliano de 1762 tampoco emergió sobre la orquesta (destemplada por momentos incluso en las trompas), solo pudimos paladearlo un poco en las cadencias, por otra parte poco limpias y más sentidas que ejecutadas, y el Adagio central que era imposible «pasarlo de cocción», pero escucharlo era como hablar «idiomas» contrapuestos entre el intimismo de la madrileña y un romanticismo fuera de lugar en la orquesta, sin controlar dinámicas ni siquiera el propio sentido musical de un concierto «de libro», porque al menos el Rondó: Tempo de Minueto tan «turco» de sabor, podría haber sido un manjar y acabó quemado. El malestar de Leticia Moreno era palpable solo mirándola y aún mayor escuchándola, sufrimiento que nos privó de una propina para dejarnos un paladar menos ácido. Esta visto que ni concertar ni el clasicismo son platos fuertes del búlgaro, algo que vengo comentando hace tiempo.

La OSPA siempre ha interpretado a Dvorak de manera ejemplar, y la Sinfonía nº 7 en re menor, op. 70 no fue una excepción, el día pleno tras la noche y la resaca aunque con pocas horas de sol como corresponde a este diciembre frío de gripes varias. Me preocupa de nuevo el gesto poco preciso del titular, sobre todo cuando los brazos comienzan a dibujar círculos cual bailarín sobre el podio, que no aportan nada salvo cierta inseguridad en las distintas entradas o cambios de compás, pero la partitura del checo es tan clara y perfectamente escrita que todo fluye de manera natural, luces y sombras, noche y día, las dinámicas (que sí busca siempre Milanov) demuestran la calidad de una formación madura. Cuatro movimientos que van de menos a más, tensión en una cuerda presente como nunca pese al poderío de los metales, contenidos y de sonoridad aterciopelada optando por el color más que el calor, puesto directamente en el fuego de los pentagramas. Intervenciones como la flauta de Myra Pearse siguen siendo un placer al oído y sigo preguntándome cómo hubiese sido con maestros como el recordado Mr. Griffiths…

Heterodoxia suiza

Deja un comentario

Sábado, 19 de noviembre, 20:00 h. Conciertos del Auditorio, Oviedo: OCL (Orquesta de Cámara de Lausanne), Renaud Capuçon (violín), Joshua Weilerstein (director). Obras de F. J. Haydn, L. Bernstein, Ligeti y R. Schumann.

Entendiendo el adjetivo heterodoxo como «disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos«, el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne en esta gira europea que recalaba en la capital asturiana dentro de su ciclo, así resultó por autores y obras que compartieron programa, algo habitual en los suizos, por un lado mostrando una versatilidad a prueba de estilos y épocas pero sobremanera teniendo al frente a un joven director preparado y plenamente convencido de hacer sonar compositores vivos (o más cercanos que los llamados «clásicos») en una labor pedagógica necesaria a pesar del disgusto para cierta audiencia constreñida por cierta comodidad auditiva que parece negarse el esfuerzo por catar sabores distintos o al menos de leerse las notas al programa (esta vez a cargo de la asturiana Lorena Jiménez) y no preguntarse qué sucedía en el último movimiento de «la 60 de Haydn«, como subrayando el sobrenombre de la misma.

Porque fue F. J. Haydn y su Sinfonía nº 60 en do mayor, Hob. I/60, «El distraído» la encargada de abrir boca en una plantilla ideal para esta obra que gozó de más fama que la actual, bien llevada por un Weilerstein con las ideas claras en cuanto a planos y dinámicas que los músicos suizos interpretaron a la perfección, detalles como colocar el fagot al lado de los cellos buscando color y dinámicas plenamente clásicas así como el empleo de los timbales «antiguos» (sin pedales) detrás de ellos, si bien las trompetas fueron de pistones (un detalle más visual que acústico) flanqueando con las dos trompas (sabor hispano) a los oboes. El gesto del director en el Prestissimo buscó la complicidad de un público no instruido previamente con toda la carga de humor habitual en «Papá Haydn«.

Cercano en el tiempo y popular aunque no siempre (re)conocido genio de la dirección, composición e intérprete de piano al menos singular, L. Bernstein (1918-1990) compuso su Serenata para violín y orquesta sobre «El Banquete» de Platón (1954) por encargo de la Fundación Koussevitzky (también para el Ligeti de la segunda parte) al músico norteamericano,
dedicada a la memoria de Serge
y Natalie Koussevitzky que contó con el violinista Renaud Capuçon, de nuevo en Oviedo, como solista de esta inusual y original composición para orquesta de cuerda, percusión y solista llena de novedades para su momento que hoy resultan tan «normales» como el Haydn anterior, cinco movimientos verdaderos cantos al amor platónico, verdadero simposio, placer y dolor, intimismo y voluptuosidad hechos música, diálogos complementados donde el Guarneri del Gesù “Panette”(1737) que perteneciese a IsaacStern (el mismo que estrenase esta obra y comprado para Capuçon por la Banca Svizzera Italiana), transitó por todos los estados anímicos, sonoridades y buen gusto desde sus primeras notas solo, esfuerzo y ejercicio interior más que extroversión y sin efectismos aparentes en una lección del maestro bien asumida por su alumno francés desde un perfecto entendimiento con Weilerstein y la OCL, contando con amplia percusión, reforzada para esta obra, funcionando como un reloj suizo, más unos solistas de primera en toda la cuerda (más el arpa), especialmente el diálogo con la chelista inglesa Catherine Marie Tunnell. Siempre de agradecer volver a escuchar a Bernstein en estas obras poco transitadas y tan vigentes como entonces, con la «firma» de Lenny en muchos pasajes más allá del jazz o las músicas judías.

Programar a G. Ligeti (1923-2006) sigue siendo un reto y más sus Ramificaciones para orquesta de cuerda (1968 por la exigencia técnica a una cuerda específica que debe tocar «desafinada» por exigencias del autor. Weilerstein se encargó de avisarnos antes de escucharla leyendo en perfecto español y haciendo gala de su «química con el público» que no intentásemos escuchar la música sino pensarla como un cuadro de Pollock, casi una sinestesia porque Ligeti siempre supone imágenes, personales o ajenas aunque el paralelismo pictórico y cinematográfico resulte más cercano a muchos, si bien Pollock tampoco convenza a quienes no les gusta Ligeti (quien siempre declaró «enemigo de las ideologías en el arte»). Lo dicho de abrir la mente y el oído. La OCL y Weilerstein volvieron a demostrar su calidad y simbiosis para esta partitura complicada que resultó necesaria y complementaria de un concierto «clásicamente heterodoxo» como en principio pensé titularlo.

Y es que cerrando el círculo estaría R. Schumann y su Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor op. 97, «Renana» con la orquesta realmente al completo (todos los refuerzos traídos para la ocasión), que nos dejaron una interpretación profunda, limpia, de tiempos bien resueltos, equilibrios a pesar del despliegue de metales con líneas melódicas siempre claras destacando la rotundidad emocional por el empaste alcanzado entre todas las secciones del Nicht schnell y la ligereza brillante del Lebhaft, sonido impoluto, equilibrado (bravo por el cuarteto de trompas con tres españoles), vivo pero sin excesos, paladeando timbres y dinámicas en una versión de ideas precisas que se transmitieron sin dudas desde el podio a la formación suiza en esta última sinfonía (aunque lleve el número tres) del romántico alemán cerrando la forma con la que el padre de la misma abría velada plenamente heterodoxa.

La propina ese Boccherini cinematográfico de la música nocturna de Madrid «traducida» por Weilerstein (a quien se lo rifan muchas orquestas mundiales) como de Oviedo, dejándonos nuevamente a esa cuerda camerística y virtuosa con protagonismo para los «segundos» y un tiempo vivo que permitió a los cellos sonar como uno pese al aire elegido. Tendremos que seguir a este premiado del Concurso Malko en 2009 porque los daneses siempre han tenido buen ojo (quizá oído) para los directores prometedores. Sobre la visión cultural de los regidores mejor no hago leña del árbol caído (espero álguien vea las consecuencias) pero ni conocen la historia ni se preocupan en estudiarla, aunque tampoco calculan la inversión (que no gasto) en publicidad que supone este Oviedo musical, amén del beneficio económico en muchas áreas (la propia donde debemos sumar todo lo referido al ocio como restauración, alojamientos, pequeño comercio, transporte, etc.) porque no suelen ser habituales de los conciertos, las óperas o las galas con entrada gratuita…

Older Entries Newer Entries