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Contra la adversidad más música

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Jueves 6 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Ayuntamiento de Oviedo – CNDM: IV Primavera Barroca. Musica Boscareccia, Andoni Mercero (violín y dirección). «Paseos por la Real Capilla», cantadas sacras y música de cámara en torno a Francisco Corselli. Obras de Boccherini, Corselli, Schmidt Comaposada, Brunetti y D. Scarlatti.

Tener un programa preparado con la soprano Alicia Amo y que por la mañana no tenga voz, peregrinar por farmacias y doctores para finalmente convencerse de la imposibilidad del concierto plantea soluciones drásticas: cancelar, con todo lo que supone, o acordar con la organización un programa nuevo tirando de nuevas tecnologías para recuperar partituras ya vistas, otras que se están preparando así como aprovechar lo previsto, y por supuesto dar el concierto en un tiempo récord completando hora y media sin decepcionar al público. Incluso hubo tiempo de imprimir el nuevo programa (aunque sin una obra) tal y como Andoni Mercero (San Sebastián, 1974) nos lo contó, ejemplo de profesionalidad a cargo del director de esta formación donde la responsabilidad estuvo a cargo de Alexis Aguado (violín) y Mercedes Ruiz (violonchelo) para asombrarnos con unos tríos clásicos, virtuosos, frescos, interpretados desde el conocimiento y el entendimiento. Un aplauso de gratitud y reconocimiento para ellos por parte de un público, nuevamente con excelente asistencia, que reconoció el esfuerzo. Completaron dos cuartetos (sin el segundo violín) otros músicos de primera como Juan Carlos de Múlder (archilaúd) y Carlos García Bernalt (clave), cerrando concierto todos en el músico que mantuvo la línea argumental como Francisco Corselli o Courcelle (Parma, 1705- Madrid, 1778), un músico italiano que como tantos llegaron a Madrid tras haber sido maestro de capilla del Duque de Parma, futuro rey de España con el nombre de Carlos III, sucediendo a José de Torres como Maestro de la Real Capilla, y contemporáneo de José de Nebra, compositores que conformaban el programa original (que también dejo arriba con la breve historia) aunque podemos disfrutarlo en la última grabación de estos intérpretes y seguro que en YouTube© irán apareciendo conciertos con la hoy añorada soprano Alicia Amo.

Aunque dejo aquí autores y obras, quiero ahondar en cada una porque mereció la pena disfrutar un excelente concierto de Musica Boscareccia, seguro más que los intérpretes tras una tensión que no mermó sino incluso ahondó en una velada de emociones y buena música.
El concierto se abría con el Trío para dos violines y cello en si bemol mayor op. 4 nº 2, G. 84 (L. Bocherini) con tres movimientos (Allegro – Largo amoroso – Presto assai) contrastados en aires, ricos de matices y el feliz entendimiento de una partitura que exige del trío empaste, sonoridad y coordinación de protagonismos bien llevados por Mercero, Aguado y Ruiz.
Continuaban con una sonata de 1776 de Corselli también en tres movimientos pero en cuarteto (sin Aguado) donde el protagonismo lo llevó el violín de Mercero mientras el continuo mezclaba sonoridades de clave y archilaúd que completaron más la armonía pero donde la cuerda frotada llevaba todo el peso en una obra barroca por la moda y gustos de aquella corte española pero con aires pre-clásicos dado el conocimiento de lo que se hacía en el resto de Europa.

De nuevo como trío llegó una obra que están preparando tras su rescate del Archivo de la Catedral de Salamanca, asombrándonos de los tesoros ocultos que guardamos, Gaspar Schmidt Comaposada ?(1767-1819), también podemos encontrarlo como Gaspar Smit, y su Trío para dos violines y chelo nº 2 en si bemol mayor, tres movimientos (Allegro molto – Larghetto – Minuetto) totalmente clásicos en estilo, un descubrimiento que interpretado con la profesionalidad de Mercero, Aguado y Ruiz promete y pide figurar en los repertorios camerísticos por su frescura y calidad. Es interesante saber que estuvo de organista y Maestro de Capilla en Astorga y Tui, Orense o A Coruña, trayectoria documentada entre otros por Xoán Carreira.

Volvería el preparado Corselli en cuarteto con la Sonata para violín y bajo en re menor (1765) de cuatro movimientos (Largo – Allegro – Andantino – Presto) donde Andoni Mercero volvía a mostrarnos su magisterio con el violín y cómo el bajo se enriqueció en el último movimiento al incorporar el archilaúd de Múlder rasgueos y leve percusión en la caja, mientras clave y cello aportaban el continuo que revistió cada aire clásico más vienés que italianizante barroco salvo la inspiración del violín virtuoso como protagonista de esta sonata, aunque el estilo de Corselli sea difícil de clasificar.

Otro músico que se está recuperando tanto por los musicólogos como por formaciones especializadas en el barroco y el clasicismo y dentro de la Capilla Real es Gaetano Brunetti (Fano, 1744 – Colmenar de Oreja, 1798), el compositor preferido de Carlos IV ¡el Borbón más melómano! ya desde sus tiempos como Príncipe de Asturias de quien fue profesor de violín y continuaría en la Real Cámara organizándola como ninguno, pero que caería en el olvido tras su muerte pese a ser equiparable sin complejos a sus conocidos Haydn o Boccherini, si bien diferenciándose e incluso distanciándose de ellos. El Trío para dos violines y cellos en re mayor, L. 118 es buena prueba del oficio que este compositor tenía, dominando la escritura de todos los géneros (para trío de cuerda compuso nada menos que 47 que sepamos a día de hoy), distribuyendo protagonismos como así lo entendieron Mercero, Aguado y Ruiz en los tres movimientos (Allegro con moto – Larghetto – Rondeau: Allegretto) dejándonos ese sabor que la música de cámara del Clasicismo tiene, cantera de compositores, intérpretes y público, bien ejecutado antes del final dedicado a otro «español» nacido en Italia, Domenico Scarlatti (Nápoles, 1685 – Madrid, 1757).

El Andante de la Sonata K. 32 en re menor adaptada por Mercero para la formación de dos violines y bajo continuo, al igual que el Allegro de la Sonata K. 96 en do mayor nos permitieron disfrutar de este quinteto para la ocasión, timbres de cuerdas frotadas, punteadas y percutidas en el estilo barroco de la corte madrileña que mantuvo cohesionado un programa donde no solo Corselli sino «La Música» pudo con la adversidad gracias a unos músicos de larga y variada trayectoria con el donostiarra al mando, capaces de tomar decisiones desde la profesionalidad unida al trabajo de años.

Creo en Dios Bach Todopoderoso

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Sábado 1 de abril, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Nuria Rial (soprano), Rebecca Martin (mezzo), Markus Schäfer (tenor), Thomas Laske (barítono), Akademie für Alte Musik de Berlín, Coro de niños de Windsbach (Windsbacher Knabenchor), Martin Lehmann (director). J. S. Bach: Misa en si menor, BWV 232 (H-moll-Messe).

Si la Misa de Bach es Patrimonio de la Humanidad desde octubre de 2015 para preservarla del olvido, quienes la hayan escuchado en la multitud de versiones que hay en la actualidad estarán de acuerdo en que se trata de un bien cultural eterno que trascenderá nuestra propia vida. Incluso para agnósticos o ateos existe un Bach todopoderoso cual dios padre de todas las músicas, y que siendo un luterano convencido y de oficio, encabezando cada obra suya escribiendo en latín «Soli Deo Gloria» (Gloria al único Dios) no tuvo reparos en componer esta misa católica, obra magna que hace vibrar lo más profundo del ser humano sin más destino que la propia música, un mismo dios para todos.

Los comentarios de esta magna obra y sus avatares los encontramos tanto en las notas al programa de Carlos García de la Vega como en la crítica de Mario Guada para Codalario del concierto que dieron el día 30 en el Auditorio Nacional de Madrid estos mismos intérpretes del primer sábado abrileño en plena Cuaresma, con una gira que sigue poniendo a Oviedo en el mapa como «La Viena del Norte».
Auténtica liturgia musical con el «pastor» Martin Lehmann al frente de un coro de niños como probablemente lo ideó y ejecutó en Leipzig «mein Gott Bach» en Santo Tomás, más numeroso pero igual o más disciplinado (por lo que cuenta Gardiner), voces educadas en el trabajo desde los seis a los dieciséis años donde las voces blancas (tiples y contraltos) mantienen esa pureza tímbrica y tras la muda llegan a tenores y bajos aún sin redondear pero con la frescura que da la propia edad. Impresionante el trabajo de los más de 70 cantores del «Coro de niños de Windsbach» para afrontar esta obra al alcance de pocos. Por supuesto que la Akademie für Alte Musik de Berlin sigue siendo la mejor formación posible en estos repertorios, equilibrio dinámico perfecto para dar la importancia que Bach siempre dio a los textos, esta vez en latín, al que la música realza pedagógica y didácticamente haciendo más comprensible el ordinario de la misa que nos eleva hasta el Paraíso.

La cuerda con la concertino Lisa Immer (impecable su solo con la soprano) impacta por claridad junto al continuo de cello sumándoe el órgano del finlandés Petteri Pitko (impecable desde el Kyrie hasta el pacem) o un par de contrabajos virtuosos; la madera, a pares, no se queda atrás, flautas, oboes (desde el Sanctus trío) o fagotes ayudan a subrayar un latín cantado y comprensible para todos. Del trío de trompetas naturales podríamos hablar para escribir toda la entrada porque no ya la complicada afinación sino la limpieza de sonido y la presencia idónea bien sujeta por Lehmann dio más color a una obra que traspasa el dogma. Incluso el único solo de trompa (con el barítono) volvió a dar una lección de cómo interpretar el barroco con precisión y musicalidad. Por último los timbales de cobre donde el sevillano Francisco Manuel Anguas Rodríguez mantuvo el nivel estratosférico de los berlineses, entradas ajustadas, volúmenes en su sitio «y mandando» en los ritardandos marcados por el Maestro. Coro y orquesta alemanes para esta Misa atemporal del dios Bach. Y de la afinación pese al calor de la sala, una maravilla comprobar que la revisaban entre los propios huecos de la misa, con Lehmann bajado de la tarima e Immer de perfecta ayudante. Rapidez y el «pastor Martin» dando los tonos al coro con su voz cómo buen maestro, llevándoles casi de la mano en cada número, mimándolos y compartiendo el disfrute con todos nosotros, incluso eligiendo unos tiempos arriesgados que lograron más luminosidad para esta misa. Una lección cada final distinto según lo escrito, manteniendo la última nota en el aire o cortando con precisión, mano derecha firme en la pulsación tan difícil de mantener, e izquierda controlando las dinámicas atento siempre a las entradas de «sus chicos«. El gesto se le supone pero el trabajo anterior marca la diferencia y esta «Academia para la Música Antigua de Berlín«, renovada como tantas otras formaciones según el momento, brilló en parte por el propio Lehmann que ofreció una interpretación para recordar.

Del cuarteto solista, algunos coincidentes en grabaciones, destacar la búsqueda del complemento en tesitura más que tímbrico, como si del órgano o la propia orquesta se tratase, pero donde la «afinación barroca» parece disipar unos graves más presentes incluso con acompañamientos únicamente de continuo mientras están sobrados en los agudos. Los registros se entrenan como el propio cuerpo y mi opinión es que los intérpretes preparan sus intervenciones en este repertorio olvidando el producto final.

Pese a todo me quedo con una Nuria Rial que volvía a Oviedo en «gran formato» y demostrando la causa por la que se la demanda en músicas de los siglos XVII y XVIII. Timbre hermoso, técnica sobrada para las agilidades, musicalidad en una línea de canto siempre sentida y un color que ayuda al empaste con sus compañeros. Bien el Christe, mejor Laudamus y el dúo con la mezzo Et in unun Dominum, atentas ambas a las respiraciones y finales de frase.
Otro tanto podría decir de Markus Schäfer, bachiano reconocido de timbre algo metálico pero apropiado en estos registros donde el estilo cuenta más que la capacidad de cantarlo, y ahí está el fuerte que no pareció tener este sábado ovetense. Desiguales sus intervenciones, bien el dúo con Rial del Domine Deus pero algo mejorable su Benedictus de color poco homogéneo.
Desigual la mezzo norteamericana nacida en Saigón Rebecca Martin, pese a mi pasión por esta cuerda femenina, pero que no debería cantar lo escrito para la segunda soprano. Buen empaste en el Christe inicial, color apropiado pero de pocos graves ¡y es mezzo!. Más pasión que línea de canto e incluso un flojo Agnus que incluso desafinó levemente, dejándonos mal sabor de boca aunque cantase algo mejor el Qui sedes, más el citado dúo con la soprano.
Y del barítono Thomas Laske decir que sufrió para hacerse escuchar en unos graves necesarios no ya en el ambiente creado por esos registros en la orquesta sino en una tesitura irregular, más lírico que dramático para un barítono que pese al currículo no acabó de cuajar en el cuarteto solista pese a mostrar un fraseo más que correcto, especialmente en el Et in Spiritum.

Pero la Misa de Bach trasciende la interpretación y emociona cuando se la escucha en vivo, pocas veces a lo largo de la vida melómana por larga que sea, más cuando tenemos a «la Akademia» con Lehmann al mando capaz de sacar de cada uno de los veintisiete números la riqueza bachiana de cada nota en cada instrumento, siendo el coro (de voces blancas) el verdadero protagonista para un sábado de gloria anticipada… hacía tiempo que el público no aplaudía tanto, llevándose los chicos la mayor y merecida ración, más allá de la simpatía que los jóvenes cantores siempre despiertan entre todos, más que la propia calidad de los berlineses.
Si las pasiones no pueden faltar cada Cuaresma, esta Misa debería ser obligatoria una vez al año, porque rezo en voz alta «Creo en Dios Bach Todopoderoso…», al menos con oficiantes de altura.

En honor a Lidón

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Domingo 26 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Ayuntamiento de Oviedo – CNDM: IV Primavera Barroca. Eugenia Boix (soprano), Marta Infante (mezzo), Carlos Mena (contratenor), Víctor Cruz (barítono), Acadèmia 1750, Emilio Moreno (concertino), Aarón Zapico (director). «En honor a Santa Bárbara«: Oratorio al Iris de paz, la gloriosa Vírgen y Mártir Santa Bárbara (José Lidón, Béjar 1748 – Madrid 1827).

La vida te da sorpresas y la música muchas más. Oviedo, a la que llamo «La Viena del norte» (de España, se entiende), presentaba hoy tres eventos: el recital de José Bros en el Teatro Campoamor dentro de la temporada de zarzuela, y en el propio Auditorio la despedida del Maestro Francisco Vigil Sampedro al frente de la Banda de Música «Ciudad de Oviedo» más la segunda jornada de la primavera barroca. Ante la posibilidad de elegir me decanté por lo último, no ya al tener adquirido el abono (con descuento para los que lo estamos a los otros) sino por la posibilidad de disfrutar de un estreno en tiempos modernos de un oratorio dedicado a Santa Bárbara compuesto por el bejarano José Lidón, otro de tantos grandes compositores españoles que han dormido el mal llamado «sueño de los justos» pues el olvido también es pecado y máxime en obras religiosas que por lo menos tenemos la suerte de ir recuperando con musicólogos de talla internacional como Raúl Angulo y Antoni Pons desde Ars Hispana, que el tiempo deberá reconocerles, trabajando para las muchas formaciones dedicadas a unos repertorios que no pueden seguir archivados. Al menos los aficionados lo agradecimos y poder compartir en una sala de cámara (casi) llena nuevamente con un precio de 15 € esta joya de nuestro patrimonio musical demuestra la grandeza de una oferta cultural para todos los públicos.

Sevilla, Madrid, Burgos y Oviedo han sido las ciudades que Acadèmia 1750 con el gran Emilio Moreno de concertino, visitó estos días para presentar este «Oratorio a Santa Bárbara» (1775) del que no nos dejaron los textos (que yo sí enlazo), bajo la dirección del asturiano Aarón Zapico. A él supongo se debe la elección de las cuatro voces solistas bien buscadas por color, estilo, empaste y musicalidad para una partitura exigente técnicamente pero donde la formación internacional se vistió a la medida para poder disfrutar de todo el esplendor, gracias a un control de dinámicas y tiempos desde su gestualidad amplia y precisa, «respirando con ellos» como cualidad de todo buen director que el langreano posee.

Como bien escribe Mario Guada en su crítica para «Codalario» del concierto celebrado en Madrid el pasado viernes 24, «el manuscrito autógrafo se hallaba en la Real Biblioteca, de donde por fortuna ha sido rescatada, además del libreto del mismo, encontrado en la Biblioteca Pública de Castilla La Mancha, en Toledo. La portada reza de la siguiente manera: Oratorio / que se ha de cantar / en el Real Colegio / de su Majestad / al Iris de Paz, / la gloriosa Virgen y Mártir, / Santa Bárbara, / como patrona y titular, / en el día 4 de Diciembre / de este año de 1775 / Puesto en música / por Don José Lidón, / organista de la Real Capilla y maestro de dicho Colegio«. También aclara algunos errores como que «no tres de los papeles son femeninos y uno masculino, especialmente porque concebir en esos términos roles en aquella época carece de sentido, cuando las mujeres no podían cantar en ámbitos sacros y sí estaban destinados a castrati. Por otro lado, la totalidad de los recitados no es para acompañamiento de cuerda, sino que algunos de ellos se acompañan únicamente por el continuo».

Bien matizado todo lo anterior, el «Oratorio al Iris de Paz» consta de 22 números que se dividieron en dos partes, supongo que por la duración, alternando recitados, arias para cada voz y dúos donde poder apreciar la cantidad de matices en las combinaciones y acompañamientos. Las voces y  roles según rezaba el programa, estuvieron a cargo de: Eugenia Boix (Santa Bárbara, vírgen y mártir cristiana del siglo III), Marta Infante (Custodio, que alienta y reconforta a la santa), Carlos Mena (Valenciano, compañero cristiano de Bárbara) y Víctor Cruz (Dióscoro, cruel y malvado padre de Bárbara, que tras intentar en vano que su hija abandonara el cristianismo, la entrega a la tortura y la muerte).

Si Eugenia Boix como solista es un seguro en repertorios que la buscan, el empaste con Carlos Mena ya lo descubrimos en Crudo Amor grabado precisamente en este mismo recinto (y concierto grabado para «Los Conciertos de la 2» emitido por RTVE en Madrid). Los recitativos siempre sentidos y las arias variadas (Ya no temo la cadena) manteniendo buen gusto, compostura, dicción y buena emisión, independientemente del acompañamiento de cada una. El contratenor vitoriano sigue siendo indiscutible por musicalidad, registro y sobre todo color. Escucharle en escena resulta convincente, desde unos recitados claros (Nuevamente indignado) a unas arias cargadas de expresión (Como nave después de tormenta). Ambos se lucieron en cada intervención con algunas agilidades endiabladas, vocalización clara y verdadero dramatismo en sus papeles.

El barítono granadino Víctor Cruz me sorprendió gratamente no ya por las mismas cualidades antes apuntadas sino por una tesitura muy igualada en todos los registros sin necesidad de cambiar el color ni abusar de dramatismo para el grave, con el aria Muriendo aleve verdaderamente bien interpretada y el dúo ¡Oh, sumo Bien! «bárbaros» ambos. Capítulo aparte Marta Infante, una mezzo «de verdad», voz carnosa, profunda, llena de matices, perfecta línea de canto, interpretación sentida sin perdernos ni una sílaba y un color empastado con todos sus compañeros de «reparto». Las arias a cuatro (la inicial El cielo y la tierra y la final No tema borrascas) nos permitieron escuchar cada una de ellas con personalidad propia desde el conjunto bien empastado, pero los dúos entre Custodio y Valenciano en contraste a los de éste con Santa Bárbara brindaron momentos sublimes para una escritura de altura a cargo del recuperado Lidón.

La formación instrumental adoleció de más precisión en la afinación (aunque sabemos los problemas con estos instrumentos), aunque las combinaciones en dúos de flautas y oboes sobresalieron sobre las trompas, por otra parte comedidas en presencia y buscando más el color que la intensidad. Brilló con luz propia el continuo de clave (Eva del Campo) y chelo (Mercedes Ruiz) mientras la cuerda comandada por Emilio Moreno logró una paleta dinámica amplia acorde con el estilo de Lidón. Bien el maestro Zapico que se consolida como un director demandado más allá de los proyectos con Forma Antiqva, un investigador y laborioso trabajo de concertar una partitura (por cierto le robaron en el Hotel de Sevilla la suya junto al traverso de Joan Bosch) para esta orquesta que, a la vista de las posibilidades, bien podría ampliar efectivos (especialmente violines segundos) y porqué no, llevarla al disco o DVD porque estamos ante un oratorio de primera en una tierra donde sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, siendo también patrona de artillería y de la minería.

Consolidación sinfónica

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Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «El mundo de ayer III», abono 9 OSPA, Roberto Díaz (viola), Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Higdon, Bartok y Hindemith.

El compositor Carl Maria von Weber (1786-1826) y la viola como nexo de unión para este noveno de abono con música de ayer y hoy, variaciones sobre el primero por parte de un violista compositor como Paul Hindemith (1895-1963) y un concierto de nuestro tiempo de Jennifer Hidgon (1962) estrenado por el mismo solista que nos visitaba. Todo en el regreso del titular búlgaro que se encontró a nuestra orquesta en un momento ideal para afrontar un programa realmente exigente (dejando las excelentes notas al programa de Hertha Gallego de Torres enlazadas en los autores), además de potente donde Milanov parece mostrarse cómodo con la respuesta deseada.
Como casi siempre se arma un concierto, nada mejor para empezar que una obertura, esta vez la conocida de Oberón (Weber) que muchos de mi época han escuchado multitud de ocasiones en su versión para banda, aunque la ópera no la hayamos visto. Calentar motores con esta página sinfónica (que además serviría para cerrar el círculo virtuoso tras Hindemith) sirvió para comprobar la consistencia de esta orquesta en una temporada «in crescendo», inicio de trompa convincente y con calidez augurando sesión redonda en todos los sentidos, maderas únicas, trompetas dando el colorido necesario desde la contención dinámica, percusión en su línea, más la cuerda sinónimo de seguridad, todo bien armado por un Milanov que optó por cierta grandilocuencia sin mucho balance protagonista que en cierto modo pudo tapar unos pasajes violinísticos delineados con brocha.

En la habitual y siempre necesaria apuesta por renovar repertorio con obras actuales llegaba el Concierto para viola (Hidgon) compuesto hace apenas dos años, con tres movimientos solamente «nombrados» con las indicaciones metronómicas de velocidad y con el chileno afincado hace más de 40 años en EE.UU. Roberto Díaz como viola solista (entrevistado en OSPA TV), el mismo que la estrenó hace dos años (y grabó para el sello Naxos) convirtiéndose en el mejor embajador de este concierto de sabor muy americano en cuanto a referencias estilísticas (Barber, Copland, Bernstein o el concierto homónimo de Walton) reconocidas incluso por la propia compositora, obra más allá del lucimiento del solista, que también, con una escritura interesante a nivel orquestal: maderas a dos pero sin oboes, metales a pares salvo el cuarteto de trompas, y una percusión bien elegida a base de vibráfono, caja, cajas chinas, temple-blocks y bundle sticks (como unas escobillas de cañas atadas que utilizadas sobre las placas buscan nuevos timbres), especialmente en el movido movimiento central con evidente carga rítmica, pero siempre jugando con unas melodías de colores vivos. Milanov atento al solista mantuvo los planos dinámicos para disfrutar de una viola siempre presente y marcando claramente los múltiples cambios de compás a lo largo de los tres movimientos. Combinaciones instrumentales que permitieron lucirse a los primeros atriles, sobre todo los metales, pero destacando la orquesta como unidad desde las pinceladas que eché de menos en la obertura.
Propina virtuosística a cargo de Díaz sacando lo mejor de una viola Stradivarius (hay muy pocas) realmente impactante en sonoridades con un arco a la par en prestaciones. Un lujo de regalo.

La gran orquesta deseada aparecería en la segunda parte para afrontar primeramente El mandarín maravilloso, suite op. 19 (Bartok) poco programada precisamente por las exigencias de plantilla, seis números variados de esta pantomima que permite escuchar las amplias sonoridades de cada sección y el lenguaje avanzado para la época del húngaro hoy totalmente asimilado en nuestra memoria auditiva colectiva. El inicio vertiginoso de los violines en la introducción sonó preciso aunque no todo lo claro que quisiéramos, nuevamente quejándonos de la mala acústica para el público que escuchamos «otra cosa» que los propios músicos en el escenario, pero ganando terreno a lo largo de los seis momentos. Y todo ello no fue óbice para saborear la cascada instrumental que Bartok prepara a lo largo de esta suite, especialmente la última danza, con seducciones de todo tipo descritas en los títulos con ese aire oriental en un relato fantástico hecho música. Lucimiento de cada familia orquestal (con amplia presencia de percusión y tecla) desde los trombones a las maderas, incluyendo los solistas, en un derroche sinfónico de trazo grueso donde la partitura parece poner los volúmenes en su sitio, y Milanov marcando lo justo para una interpretación brillante de las que los músicos disfrutan y el público (muchos y preocupantes huecos) también.
Para finalizar la Metamorfosis sinfónica sobre temas de Carl Maria von Weber (Hindemith) como metáfora musical del violista y compositor alemán más «moderado», escritura académica desde su estilo rompedor aquí neoclásico para disfrutar de la instrumentación ideal que logró redondear protagonismos en solistas (de nuevo una percusión impecable) y sobre todo la contundencia global de la formación asturiana, con el aire todavía impregnado del orientalizante bartokiano. Concierto de consolidación sinfónica para esta OSPA hoy deseada en efectivos (por número y efectividad valga la redundancia), tributo al Weber inicial así como a la danza, enlazando de nuevo con Bartok, todo bien entendido desde su composición hasta la ejecución del noveno de abono con obras que mantienen el alto nivel hasta la fecha ya pasado el ecuador de la temporada.

Los caramelos viajeros de Cecilia

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Jueves 23 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. «Un viaje por 400 años de música italiana«: Cecilia Bartoli (mezzo), Antoni Parera Fons (piano).

Cada visita de la mezzo romana asegura lleno allá donde vaya, independientemente de lo que se programa. En esta gira española eligió un programa de música variada, la que ha cantado como solo ella sabe, con simpatía y buen gusto, técnica apabullante, pianísimos que enamoran y acallan toses o móviles, potencia la justa en vivo y esta vez con piano.

Pero está visto que en Oviedo parecemos gafados y el habitual acompañante Sergio Ciomei tras una indisposición obligó a retocar un programa (dejo los dos arriba) con el que el compositor, productor y pianista Antoni Parera Fons (Manacor, 1943) hubo de lidiar tomando algunas propinas para incorporarlas, sustituyendo la Fantasía en re menor de Mozart (que en Oviedo no aparecía) por T’estim i t’estimarem  y con toda la profesionalidad (los modernos dirían «el marrón») adaptarse a la diva que al principio hubo de tranquilizar a su acompañante accidental.

Se notó al mallorquín cauto, en cierto modo apagado abusando del pedal izquierdo como temiendo tapar a «La Bartoli» incluso con la tapa bajada, en un repertorio barroco donde el instrumento no es ideal aunque los estudiantes de canto tienen que estudiar estas obras desde este formato. Selve amiche de Caldara, las dos de Bellini, la encantadora y personal versión donizettiana del Me voglio fa na casa o el «hit» de Händel Lascia la spina que la propia mezzo se basta para cantarlas como sólo ella sabe desde sus inicios. Cierto que a una artista integral como Cecilia Bartoli cuesta acompañarla así de improviso y seguirla en sus acelerandos, pausas no escritas y ornamentos imprevisibles, pero ella siempre ayuda y esta vez se tornaron los papeles en cuanto al temple pero brillando «la diva«.

Nos perdimos por el camino esos esperados Vivaldi o Mozart de Parto, ma tu ben mio («La Clemenza di Tito») que el docto Arturo Reverter comentaba en las notas al programa, aunque con piano hubieran resultado «distintos», y apareció el Rossini de La danza que no nos hace olvidar a los grandes tenores aunque Cecilia no teme repertorios de voces «ajenas» pues siempre los hace suyos. El recuerdo de mi infancia radiofónica resultó el Munasterio ‘e Santa Chiara (Alberto Barberis) de Claudio Villa que aquí hizo famoso y traducido Jorge Sepúlveda aunque tras la versión a dúo romano-barcelonés me quedo con «la Bartoli de cámara», mejor incluso que Mina o Vittorio De Sica que también la (re)interpretaron entre muchos más italianos famosos.

Tras las «chuches» de la primera parte y el cambio de vestuario, seguiríamos con el Puccini melódico e inspirado, descanso vocal incluido con el Piccolo valzer a cargo de Parera con la conocida aria de Musetta enlazada ya con «La Bartoli» y su peculiar Lauretta para otro «hit» como O mio babbino caro. Mejoría con un Tosti que siempre destila belleza en cualquier registro (su Aprile de lo mejor) y que Cecilia siente, canta y transmite incluso en el gesto, grande hasta los mínimos detalles. Después Donaudy, Parera Fons más tranquilo con unas páginas menos exigentes y traidoras, la conmovedora Santa Lucia luntana o simpática Tammurriata nera, ambas de E. A. Mario (1884-1961) napolitanas tan populares y cercanas a toda una generación como las de De Curtis (del que también regaló Non ti scordar di me) o el «Volare» de Modugno que Parera Fons acompañó como si fuese suya y Cecilia la destinataria, antes de las siempre esperadas propinas (algunas «reutilizadas» cual reciclaje obligado): O sole mio que no puede faltar en este recorrido de cuatro centurias de música italiana, la seguidilla de «Carmen» verdaderamente carnosa en la voz de «La Bartoli» apurando al pianista con el taconeo, y Mamma además del citado De Curtis, redondeando una fiesta italiana con pianista manacorí, plagada de dulces que Cecilia Bartoli eleva a delicadezas.

En Asturias diríamos caxigalines con ingredientes y presentación de alta repostería. Como ha pedido en Madrid o Barcelona nos encantaría escucharla en una ópera, aunque con la orquesta en el foso no creo que luciese tanto y el banquete podría atragantarse. Pero siempre nos queda DiDonato que cerrará los Conciertos del Auditorio, parece que manteniendo ese «duelo» en el ciclo ovetense que las suele traer juntas ¡pero distanciadas!. Las grabaciones están bien pero siempre comento que el directo es irrepetible… y sino que se lo digan al bueno de Parera Fons, verdadero héroe para sobrevivir al volcán italiano.

Viva Durón, un «piacere» en primavera

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Lunes 20 de marzo, 20:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo: IV Primavera Barroca: Durón 300 – Muera Cupido. Accademia del Piacere, Fahmi Alqhai (quintón, viola da gamba y dirección), Nuria Rial (soprano). Obras de Sebastián Durón, José de Torres, Santiago de Murcia,  F. Alqhai y Bononcini. Abono: 67,50 € (58,50 € para abonados al Ciclo y JJPiano).
El inicio de la primavera en Asturias es siempre barroco desde hace cuatro años. La sala de cámara registra entradas impensables demostrando de nuevo que Oviedo es la Viena del Norte por oferta, una inversión que el CNDM capitaneado por Antonio Moral ha entendido desde 2014, y a la vista de los resultados es obvio que se debe continuar en esta línea.

He asistido a varios conciertos del ciclo «Durón 300» y este lunes ponía punto y seguido porque además de cerrar su aniversario servía para abrir esta cuarta edición de barroco primaveral en Oviedo con la formación que comandan el pequeño de los Alqhai, más una de las voces españolas ideales para sentar cátedra en este repertorio como es la catalana Nuria Rial, sumándose a Raquel Andueza, Marta Almajano o Eugenia Boix que también han celebrado a Sebastián Durón (1660-1716), protagonista de este recital de Accademia del Piacere reflejado en un pequeño folleto que recoge el ciclo del 300 aniversario desde Brihuega a Oviedo.

Sin entrar en detalles para cada una de las obras seleccionadas, que dejo aquí escaneadas, se sigue apostando por arreglos, adaptaciones, investigación y recuperación histórica de nuestro repertorio (siempre con el apoyo del CNDM), y la formación elegida para estos programas estuvo conformada por Rodney Prada (quintón), Rami Alqhai (violón), Johanna Rose (viola da gamba), Miguel Rincón (guitarra barroca), Javier Núñez (clave) y Fahmi Alqhai (dirección musical y quintón más viola da gamba puntual en un tema permutándose con Johanna), sirviendo este banquete musical donde hubo desde verdaderos atracones hasta delicateseen para todos los paladares.
Hay que reconocer que la acústica no siempre juega a favor de los músicos ni la elección de los instrumentos arropando la voz por ser muy personal (recordar que el barroco siempre está abierto a múltiples interpretaciones) y cada concierto es distinto del anterior. El apunte quería hacerlo porque hubo momentos que resultaron pesantes al intervenir todos los músicos, con frecuencias y timbres desiguales, duplicando voces en el grave o acordes repetidos en guitarra y clave que enturbiaban el discurso, más aún cuando la catalana se unía al conjunto perdiéndose dicción ante la avalancha sonora. Mejor resultaron las combinaciones con menos instrumentación que favorecen fraseo vocal y visten más adecuadamente unas melodías hermosas, especialmente en la voz de la tarraconense Nuria Rial.

La calidad de los músicos del «piacere» la conocemos desde hace tiempo y las intervenciones solistas resultaron una lección de virtuosismo y buen gusto, especialmente el clave de Núñez y la guitarra de Rincón, capaz de «vestir de flamenco» cada solo suyo aportando la rítmica tan nuestra que enriquecen las visiones barrocas desde nuestro tiempo. Poder paladear en este «ciclo Durón» las distintas recetas y acentos para la conocidísima Ay, que me abraso de amor en la llama vuelve a demostrar la riqueza de este repertorio, aires sevillanos, navarros o catalanes para un mismo cuerpo, vestimentas adaptadas a las voces e ingredientes de cada formación.
No faltaron xácaras, folías, marionas o canarios instrumentales que rellenan programa y descansan la voz, pero también Tarantella y fandango de Santiago de Murcia con sabor y aliño andaluz de Fahmi para unos platos conocidos y cocinados con sello propio. Como entremeses de este banquete pudieron resultar excesivos, aunque Durón en la voz de Rial se encargaba de cantarnos Sosieguen, descansen, palabras mágicas y momentos para las dosis en su punto justo, como también el recitado y aria de El imposible mayor en amor, le vence Amor de José de Torres pero mal atribuido a Durón (aunque ya sabemos que Raúl Angulo ayudó a poner las autorías en su sitio) o el aria que daba título al programa «Muera Cupido» de Salir el amor del mundo, bien cocinado y servido por la Accademia del Piacere con Nuria Rial enamorando también en Oviedo.

Del variado menú tampoco quiero olvidarme la Pastorella che tra le selve (G. Bononcini) rescatada de la BNE, manuscrito 2246, que bisarían para comprobar que la música escénica española en los tiempos de Durón reunía lo mejor del momento, gastronomía musical al más alto nivel, y con una formación capaz de templar gaitas con cuerdas varias, en parte por los sevillanos Alqhai quienes hicieron puntero y roncón con quintón más violón, estilos populares elevados al gran salón como una buena fabada cocinada a la andaluza porque los climas necesitan adaptar estos menús.

El convite primaveral solo acaba de servir el primer plato pero el éxito está asegurado, músicas sin complejos y bien servidas que se digieren a la perfección resultando la mejor terapia para todas las edades.

Buenos imprevistos

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Domingo 19 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Lucas Debargue (piano), Gidon Kremer (director artístico y violín), Kremerata Baltica. Obras de Mozart, Schubert y Weinberg.

La esperada Martha Argerich, de las pocas grandes del piano que quedaban por visitar las Jornadas de Oviedo que llevan el nombre de nuestro añorado Luis G. Iberni, cancelaba por problemas de salud en esta gira de la Kremerata Baltica, siendo sustituida por el pianista francés Lucas Debargue (23 octubre 1990) con algunas entradas devueltas porque para muchos resultaba pasar de lo mítico a lo futurible, si bien se perdieron una velada donde el piano resultó protagonista incluso cuando no estaba. Los bálticos de Gidon volvían por tercera vez al auditorio donde siempre han dejado buen sabor de boca.

Mozart por «la Argerich» es bocatto di cardenale para muchos paladares, pero también debemos saborear otros cocineros para un manjar de plato. Esta vez el Concierto para piano nº 8 «Lützow», en do mayor, K. 246 venía condimentado por una de las mejores orquestas de cámara del momento, la fundada por el violinista Gidon Kremer como inacabable cantera joven de instrumentistas bálticos pero esta vez dirigidos desde el propio piano por Debargue añadiendo ese plus o grado de dificultad aunque la Kremerata Baltica casi funciona sola desde el concertino (con Madara Petērsone en la primera parte y en la segunda Džeraldas Bidva), aunque el francés domina Mozart desde su arranque como figura emergente, tanto sus compañeros, dejándonos entre todos este «Lützow» impecable, con una cuerda camerística más trompas y oboes a pares para aportar la frescura que aún tiene este octavo que no obstante perfila el nuevo lenguaje que tomaría el concierto para solista. Sonoridades perfectas para todos, fraseos claros del francés con un pedal por momentos algo sucio pero sin empañar en ningún momento el resultado del conjunto. Si el Allegro aperto fue marcado desde el piano, el Andante dejó fluir la música para la «camerata» hablando el mismo idioma y mejor aún el Rondeau, Tempo di Menuetto que cerraba la estructura clásica así como la ejecución de un Mozart que Argerich seguramente hubiese elevado a los altares.

Y para continuar Schubert y su Fantasía para violín y piano en do mayor, D. 934 con Kremer de solista pero ¡en un arreglo para violín y orquesta! de Victor Kissine (1953), una lástima porque teníamos piano y pianista además del propio Gidon que ejerció de invitado manteniendo magisterio como solista y docente, con sus músicos sonando realmente camerísticos, un quinteto de veintitrés músicos arropando al Maestro y haciendo gala de todas las técnicas de la cuerda frotada, con unos pianissimi imperceptibles y donde los trémolos sonaron increiblemente precisos y empastados. El arreglo como tal no aportó nada a esta hermosa fantasía salvo poder escuchar ese Amati de 1641 aterciopelado y mágico en los dedos y arco del letón, lección magistral para tantos músicos esta tarde entre el público, con la cuerda capaz de rememorar y «variar» el sonido original del piano.
Aunque lo mejor volvería a ser su admirado Piazzolla, de nuevo la propina del Oblivion en una versión que por ella sola mereció el concierto, entendiendo al argentino como pocos en un arreglo donde la camerata es seda vistiendo el sueño musical contado por Kremer.

Al compositor Mieczyslaw Weinberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) del que Shostakovich, profesor, protector y amigo suyo, afirmó era uno de los mejores compositores de su época, Gidon Kremer y sus chicos le han dedicado un disco que nos permite disfrutar de un «desconocido» por estos lares, pues el violinista letón siempre ha creído en los nuevos repertorios apostando por programas poco transitados, y en directo es siempre irrepetibe.

Esta vez sí había piano para el Quinteto para piano op. 18 pero en versión con orquesta de cuerda y percusión del propio Kremer más el solista de la Kremerata Andrei Pushkarev, arreglo que sí enriqueció el original de por sí completo. Poder conseguir que veinte músicos suenen como cinco es algo admirable que conlleva trabajo a raudales y con esta juventud báltica todo es posible. Las pinceladas de los timbales, caja o temple-blocks engrandecen cada uno de los cinco movimientos, con reminiscencias de Prokofiev, Gershwin y hasta Brahms tamizadas por un lenguaje actual que tanto la cuerda como el piano se encargaron de elevar a lo casi sinfónico en una delicia interpretativa donde el francés casi ejerce de solista con sonoridades impactantes perfectamente ensambladas con ese quinteto multiplicado: dos contrabajos, cuatro cellos, cuatro violas, y trece violines (7+6) capaces de dinámicas impresionantes y esta vez Lucas Debargue mandando… o tal vez los bálticos disciplinados dejándose llevar.

Un acierto de versión la del polaco-ruso antes de dos propinas con Debargue solo al piano: verdadero sabor romántico ruso con Tchaikovsky y el Valse sentimentale, Op. 51 nº 6, y un ragtime de jazz que tanto le gusta al francés, pues esta generación ha crecido con la música sin etiquetas, haciendo «clásico» todo lo que sea anterior a su nacimiento. Esta vez no hubo notas al programa, supongo que los recortes llegan al papel y también a los colaboradores…

Páginas grandiosas

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Viernes 17 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «El mundo de ayer II», Abono 8 OSPA, Maximilian von Pfeil (chelo), Pablo González (director). Obras de Richard Strauss y Mahler.

Ser testigo de la evolución de un artista o una formación es un privilegio solo da la edad. La OSPA lleva 26 años aunque procede de la anterior Orquesta Sinfónica de Asturias, y puedo presumir de haber crecido casi con ambas. Al ovetense Pablo González Bernardo (1975) le sigo desde su infancia como estudiante de flauta y su salto al podio en este músico integral que se ha hecho un nombre propio en el siempre difícil mundo de la dirección orquestal, habiendo sido testigo incluso de la feliz titularidad en la ciudad condal. El reencuentro siempre es fructífero (jueves en Gijón y viernes Oviedo), más cuando director y orquesta están en un momento adulto, de madurez personal y profesional que propicia tanto ópera como conciertos grandiosos en cuanto a las obras elegidas y su interpretación, en el amplio sentido de la palabra.

No es políticamente correcto hablar del Arte de Cúchares en estos tiempos que corren, pero el octavo de abono (orquestal, claro) resultó como encerrarse con tres miuras en solitario dada su leyenda de dificultad, peligro, bravura pero también sabedores que un triunfo supone «salir por la puerta grande» y entrar en la historia. Pablo Gonzaléz y la OSPA (ver la entrevista en el canal OSPA TV) se enfrentaron con dos grandes sinfonistas como Richard Strauss y Gustav Mahler que están presentes en su propia vida y siempre reaparecen con el enfoque que el momento de su interpretación supone, distinto y enriquecedor a partes iguales.

Los llamados poemas sinfónicos de R. Strauss son páginas capaces de examinar a cualquier orquesta y director que la lleven a cabo por su magnitud, cimas de la orquestación por las plantillas exigidas y la densidad que encierran Don Quijote, op. 35 es mucho más que fuente de inspiración en la mejor obra de la literatura universal y escrita por el español Miguel de Cervantes. Tener de solistas dos atriles de la propia orquesta asturiana (también entrevistados en OSPA TV) como Maximilian von Pfeil en el rol de Alonso de Quijano y el viola Vicente Alamá como Sancho demuestran la calidad de los músicos que conforman esta OSPA del siglo XXI, el equilibrio de dos personajes protagonistas necesarios para comprender la obra (tanto literaria como musical). El desarrollo está perfectamente explicado en las notas al programa (que dejo enlazadas al principio en los compositores) de Gloria Araceli Rodríguez quien previamente dio una conferencia sobre «Los poemas sinfónicos de Richard Strauss: de la descripción sonora a la expresividad musical».
La interpretación dirigida por González fue un verdadero relato sonoro lleno de sutilezas en cada variación, ambientes descritos en la partitura que trascienden la genialidad cervantina desde nuestra propia imaginación, escenas donde los primeros atriles volvieron a brillar como sus dos compañeros hoy solistas, escuchándose, contestándose, disfrutando de esta obra de madura juventud totalmente interiorizada por todos. Un placer disfrutar de las dinámicas amplias, explosivas en el momento justo, íntimas saliendo de la locura y valorando una sonoridad plena que explica a la perfección un concepto algo etéreo como la textura orquestal, que en manos del ovetense con la orquesta asturiana resultaron claros y luminosos en este «Quijote de Strauss«.

La propina de von Pfeil (un número de la Música para niños, op. 65 de Prokofiev en arreglo de Piatigorsky) volvió a corroborar el virtuosismo de este chelista alemán sacando del instrumento sonidos más allá de la propia melodía en una bella página solista que cautivó a un público tristemente no muy numeroso en el auditorio.
Pero quedaba una segunda parte aún más potente si cabe, primero el Mahler de la Sinfonía nº10 en fa sostenido mayor, «Incompleta» (1910) en su único primer movimiento acabado, «Andante-Adagio» como «conclusión» de unos días donde el bohemio ha ocupado buena parte de mis conciertos. No entraré en las posteriores versiones que intentaron completar una sinfonía sobre la que de nuevo planeó la «maldición«.

Quienes me leen saben que llevo años pidiendo una octava asturiana «de Los Mil» precisamente con Pablo en la dirección porque no solo es un mahleriano convencido sino por su capacidad para afrontar obras de esta envergadura. La versión con la OSPA demuestra que Mahler es como un amuleto para el director carbayón y la orquesta lo entiende a la perfección. Comenzando más lento de lo esperado, como en mis referencias guardadas, con unas violas compactas, arrancaba esta estremecedora página que veríamos crecer desde el buen gusto y la empatía necesarias, el terciopelo de una cuerda que sigue enamorando, unos metales (esencialmente las trompas) asentados desde la seguridad con unas sordinas nunca empañadas sino buscando la tímbrica deseada, y un Pablo González dirigiendo desde la confianza, capaz de dejar fluir la música en las manos de estos músicos para quienes el reto es seguir manteniendo ese nivel de calidad más que demostrada, crescendi vibrantes y brillantes de emoción contenida, paladeando las secciones como pocas veces en Mahler, esa densidad sonora acunando una muerte no por esperada indeseada llegando a ese final cortando la respiración. Una versión (con)sentida por estos intérpretes haciendo de vehículos ideales para una partitura con mucha historia… ¡Bravo!.

Y del poema sinfónico Muerte y transfiguración, op. 24 (R. Strauss) que en Oviedo ya hemos escuchado, también a la OSPA afrontándola en varias ocasiones, la interpretación con Pablo González es para guardar (grabada para Radio Clásica y esperando su emisión), rubricando otro Strauss de referencia en casa. Dominio absoluto de la partitura para lograr esa riqueza sonora conseguida con un empaste por parte de los músicos que permitió escuchar cada detalle, la fusión de cada sección con la otra en los fraseos sin cesuras, el gran instrumento orquestal que Strauss llevó a la cumbre y no me canso de escuchar, los cambios de registro en la cuerda como una sola, la conjunción de registros graves en tuba, contrabajos y contrafagot, el feliz encuentro de madera y cuerda, así cada uno de los cuatro movimientos que pasan de la oscuridad a la luz con el poder creador de la muerte, al igual que en Mahler, cuatro etapas de la vida que es muerte desde el primer momento pero siempre arrebatadoras. Las dinámicas amplias sin opulencias, con unos pianissimi increíbles y los tutti nunca ensordecedores, destacando especialmente el balance perfecto desde un sonido redondo, con una cuerda ya «engrasada» en el adagio mahleriano capaz de sonar tensamente aterciopelada y presente (intervención sentida de Vasiliev) de contrabajos poderosos, con una percusión sinónimo de seguridad, más unos metales que nuevamente estuvieron como diría un andaluz «sembraos» fueron engrandenciendo esta página sublime. Parece increíble mantener tanto tiempo (el que está escrito) esa nota en la trompeta sin perder calidad ni calidez, sujetar los matices como hace Pablo González, jugar con los tempi ajustados siempre a la partitura, y plantear una «transfiguración» en una orquesta que funciona siempre desde el trabajo y claridad en la dirección. Bilbao ha dado confianza a nuestros músicos y tener esta temporada a Pablo como «director colaborador» pienso que seguirá haciendo grande a esta orquesta de todos los asturianos.

Un piano en la niebla

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Jueves 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» (25 años): Juan Pérez Floristán (piano), Oviedo Filarmonía, Kerem Hasan (director). Obras de Rachmaninov y Beethoven.

Llegaba a Oviedo el pianista Juan Pérez Floristán, ganador del XVIII concurso de piano de Santander el verano de 2015, para interpretar con la Oviedo Filarmonía y el director Kerem Hasan, finalista el pasado año en el prestigioso concurso de dirección Donatella Flick, dos jóvenes que dejaron buen sabor de boca, con un Concierto para piano y orquesta nº 2 en do menor, op. 18 (S. Rachmaninov) bien pactado por ambos en cuanto a tiempos, reposados exigiendo aún más concertación, apostando por la claridad más que el puro virtuosismo. La OFil estuvo reforzada y bien equilibrada en dinámicas y presencias, aunque esta vez la cuerda, especialmente la grave (cellos y contrabajos) no sonaban con claridad, como con cierta nebulosa en los pasajes con figuras rápidas, si bien las notas largas alcanzaron el «colchón» ideal para los paisajes más melódicos dialogando con el piano. El trabajo del director inglés se notó y las cadencias del pianista sevillano fueron lo mejor del conocido «segundo de Rachmaninov» que rara es la temporada que no lo escucho en vivo. Como comentaba anteriormente, todo el concierto mantuvo tiempos tranquilos, mandando el pianista desde el I. Moderato que marca el pulso a la orquesta, reposado todo él salvo los momentos puntuales de aceleración, equilibrios algo inestables o contención en el solista, puede que buscando la fusión de ambos en las partes concertadas. El II. Adagio sostenuto dejó los mejores momentos, cuerda aterciopelada, trompas empastadas y madera bien cantada (la clarinetista mantuvo un duelo lírico realmente precioso así como el oboe) para disfrutar de esas melodías tan reconocibles y criticadas entonces como de conservadoras. El III. Allegro scherzando volvió a dejarnos esa neblina en los graves pese a sonar redondos, con metales equilibrados y percusión en su sitio donde los timbales siempre marcan encajando a la perfección con un piano que mantuvo el tipo en perfecto entendimiento con el director.

Interesante la primera propina elegida sobre un tema irlandés, The Tides of Manaunaun (Henry Cowell) que posteriormente utilizaría como primer movimiento para piano y orquesta de sus Four Irish Tales, con un lenguaje rompedor para hace cien años, «clusters», inmensos en los graves sobre los que emerge de la niebla, hoy casi omnipresente, la melodía popular, sonoridades intrigantes bien llevadas por Pérez Floristán. Merecidos aplausos y segundo regalo de los conocidos Cuadros de una exposición de Moussorgsky, el juguetón Baile de los pollitos en sus cáscaras de limpieza rítmica y melódica, tiempo valiente, tímbrica bella y excelente colofón para esta parte con piano.

La Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 de Beethoven está «incómoda» y aislada entre dos colosos (como son la Heróica y la Quinta) como también recuerda Luis Gago en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) pero con la frescura que Hasan buscó en su versión bien estudiada y trabajada para una formación ideal en estos repertorios sinfónicos entre los periodos clásicos y románticos. Literalmente fue Robert Schumann quien calificó esta obra como «la grácil criatura griega en medio de dos gigantes germánicos», una cuarta que se ha visto injustamente relegada y no ha tenido tanto favor de orquestas y público pese a ser una joya bien estructurada apuntando palabras mayores en una progresión anímica desde la orquestación hasta los tiempos de sus cuatro movimientos.

El I. Adagio preparó el ambiente beethoveniano antes de la frescura vienesa al mejor estilo de «papá Haydn», sacando lo mejor de la OFil en el ataque del Allegro vivace con los timbales mandando, dinámicas amplias, violines muy presentes ante el empuje del viento pero la claridad duraba lo que tardaban los pasajes en semicorcheas que volvían a empañar la limpieza de este movimiento. Más equilibrado resultó el II. Adagio porque los tiempos lentos son más propicios a brillar todas las secciones y el maestro inglés se encargó de sacar a la luz los motivos con mimo y precisión, balances logrados antes del III. Allegro vivace – Trío. Un poco meno allegro, encaje de bolillos para todas las orquestas y directores, diálogo entre secciones, contestaciones jugando con los matices y la evolución de tiempos dentro del mismo movimiento, todo marcado perfectamente por un Hasan de gesto claro, minucioso, un orfebre para este juguete plenamente beethoveniano aunque desde mi modesta opinión no sonó con la precisión que se transmitiía visualmente. El IV. Allegro ma non troppo puso el broche final con las mayores exigencias de una partitura endiablada que apostó por un aire arriesgado poniendo de manifiesto las «carencias» apuntadas en la orquesta y el rigor por parte del joven director inglés al que habrá que seguir de cerca. Final de una velada con un piano entre la niebla, la que parece planear en el futuro local ovetense ante los aguafiestas de políticos que siguen miopes en cuanto a la oferta musical que la capital lleva años manteniendo con calidad y rigor a la que siguen axfisiando poco a poco…

Don Alfredo de la Roza, siempre

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Martes 21 de febrero, 19:30 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo: XII Ciclo de Música Sacra «Alfredo de la Roza». Mesa redonda en torno a Don Alfredo.
Doce años largos que mi querido Alfredo nos dejaba pero que su Escolanía San Salvador sigue manteniendo vivo en el recuerdo, no ya con este ciclo que lleva su nombre sino en el día a día y esperando que octubre sea el mes donde Oviedo tenga en su callejero a Alfredo de la Roza Campo (Santa Marina de Cuclillos, Siero, 5 de diciembre de 1925 – Oviedo, 31 de octubre de 2004).

José Luis, Sandúa, Ovín y Chema

Como novedad de la duodécima edición del ciclo se han incorporado las conferencias, una más académica sobre la Schola Cantorum del Seminario ovetense y esta mesa redonda que congregó a cuatro amigos, alumnos y compañeros en charla amigable, aunque muchísismos de los que asistimos también recordamos muchas de las anécdotas que fueron surgiendo desde la mesa. Ahí estaban José Luis Alonso Tuñón, párroco de San Isidoro que acogió a la Escolanía cuando la «desterraron» de la Catedral donde Alfredo era «Maestro de Capilla» pero sin ella, alumno y con los años amigo, pues el Maestro cercano acaba siendo amigo una vez pasada la dualidad docente-discente; José María Hevia, Chema para todos, sacerdote además de cantor y compañero quien supo aprender a entender los Salmos desde la música no ya escrita sino sentida mucho antes de rezarlos, también dando el paso casi lógico tratándose siempre de Alfredo. José Manuel Ovín De La Vega, otro componente de aquella increíble Schola, docente que «liberaba el dolor» de Alfredo al encargarse de los que por aquí decimos «de oreya dura» en el Seminario, incluso obligándoles a desfilar para comprobar que por lo menos ritmo tenían, anécdota recordada por José Luis, seguidor de esa escuela de dirección coral que Don Alfredo fue regando, impulsor también de los años dorados de una FECORA donde los cuadernos corales eran manuscritos dignos de imprenta, y tantas aventuras codo a codo. Y mi paisano Joaquín Sandúa, de escolano en Covadonga al Seminario de Oviedo bajo la tutela de Don Alfredo, compañero de andanzas en el Ochote Principado, también con amistades comunes, primero en la Escolanía San Salvador (a la que «recomendó» la nueva y actual sede tras el «destierro catedralicio») y sobre todo durante aquellos brillantes años de la Capilla Polifónica «Ciudad de Oviedo» con Benito Lauret desempolvando el archivo catedralicio, llevándolo al disco y realizando giras con una formación vocal realmente excelente en aquellos años.

Habría para muchas más mesas con Alfredo en el recuerdo, Don Alfredo como le llamaban en el ochote (que tranquilizaba al director y no a la inversa), su humildad, él lo llamaba antidivismo militante, como una de las cualidades más mencionadas, alumno muchos años de aquellos cursos de dirección coral en Cervera (Lérida) porque ser autodidacta también necesitaba reciclar e incluso tener una titulación que ni siquiera recogió: los viajes en su Lambretta y sotana que no eran lo mejor para recorrer monumentos que iba «descubriendo» por aquella geografía de los años cincuenta, con su otra pasión por el Arte y la Historia contada desde sus vivencias, porque los datos ya estaban en los libros. También el tertuliano en los conciertos del Campoamor o el Auditorio (como recordaba Ovín y aún pude disfrutarlo en muchos descansos), el amor y respeto por todo tipo de música, su afición por la tecnología atesorando grabaciones de su idolatrada «Radio 2» (hoy Radio Clásica), su participación siempre de buen educador ambientando el Seminario con música y fútbol los domingos… fotógrafo, cinéfilo, y todo lo novedoso para un hombre de mente abierta en unos tiempos difícil que con él no parecían tanto. Ciertamente Don Alfredo fue único, y apenas se habló del compositor y transcriptor de tanta música, aunque mi admirado Ángel Medina lo hace como nadie en su blog. Surgió una anécdota sobre una «Salve a 8 voces» que ni siquiera recordaba haber escrito y compuesta tras una estancia en Montserrat que le inspiró para poder ofrecerla en Covadonga con la Escolanía y la Schola del Seminario en una proeza coral por entonces (inicio de los años 50), como nos recordó «Sandu».

También tengo mis anécdotas con Alfredo, algunas salieron a la luz pero quiero recordar la gracia que le hacían mis (malas) imitaciones de Chico Marx al piano durante los cursos de dirección coral de Covadonga allá por los inicios de los 80, o sus carcajadas con Les Luthiers, porque Alfredo siempre respetó «La Música», sin etiquetas, pidiendo «los finales piano» aunque tuviese que finalizar con Axuntábense más para regocijo canoro que directorial. Sandúa decía que seguía esperando encontrárselo de nuevo, y es que si «La muerte no es el final«, el recuerdo y la escuela de vida que Alfredo de la Roza nos dejó a tantas generaciones, siempre seguirá vivo.
El viernes «su» Escolanía cerrará esta duodécima edición aunque no estaré para contarlo, pero me consta que tengo su permiso porque la integración social con la música que supone el proyecto Mosaico de Sonidos redime cualquier pecado.

¡Gracias amigo!

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