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Piazzolla 2 – Vivaldi 1

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Domingo 4 de febrero, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Les Dissonances, David Grimal (violín). Obras de Vivaldi y Piazzolla.
Día de derbi futbolístico en Oviedo que no restó buena entrada al auditorio dejando poco aparcamiento, como tampoco fue impedimento la climatología anunciándose cuatro estaciones en dos hemisferios, las de Vivaldi y las porteñas de Piazzolla que me pedían titular «Dos hemisferios, ocho estaciones, una música» aunque la victoria del Real Oviedo sobre el eterno rival vecino, el Sporting de Gijón, da más juego y jugo a esta entrada del blog y no quitarle a Ramón Avello de sus excelentes notas al programa, enlazadas en los autores, la misma cabecera, aunque coincidimos muchas veces.

Difícil es encontrar algo nuevo en las estaciones del Prete Rosso, puede que lo más conocido y popular de la mal llamada «música clásica» en una imaginaria lista que de vez en cuando publican los buscadores de rankings, tipo «lo más grabado…», «lo que no puedes perderte…» y así hasta el dislate. Incluso estoy harto de ver las ofertas al turismo en la propia Venecia e incluso en Praga, la mayoría de las veces con dudosa calidad aunque asegurando taquilla que es lo que finalmente buscan todos.

Precisamente por conocidas siempre me pide el cuerpo volver con ellas y no por masoquismo, para comprobar el nivel de los intérpretes, su vigencia e incluso las distintas visiones de un mismo tema tal y como hicieron nuestros Forma Antiqva que las afrontaron dándoles una luz totalmente distinta jugando con «cambiar el foco» desde una libertad sin prejuicios para reinterpretar y ser los primeros españoles en llevar al disco este «hit» nada menos que con los alemanes Winter&Winter que además los «emparentaron» con Uri Caine, emparejamiento tal y como Leonid Desyatnikov hizo con Vivaldi y Piazzola cuyas estaciones porteñas en el otro hemisferio ni siquiera siguen el orden climatológico veneciano pero que continúan siendo inspiración a tantos como Haydn en su oratorio o el piano de Tchaikovsky. Me alegra seguir recordando Buenos Aires y Venecia en el orden que se quiera, versioneado por saxos o sintetizadores, incluso en este mismo auditorio ya las hemos disfrutado tanto separadas con los citados Forma Antiqva o Bella Hristova, como Guidon Kremer y «los bálticos» o incluso Spivakov con sus Virtuosos, teniendo el honor de haber escrito las notas al programa hace ahora tres años para este mismo ciclo.

Y sin descansos, ofertando a Don Antonio y Don Astor juntos llegaba el francés David Grimal, otro virtuoso del violín, estudiando desde los cinco años, nada menos que con orquesta propia, Les Dissonances «presumiendo» de tocar sin director cualquier repertorio, esta vez en versión reducida a la cuerda con su fundador haciendo de solista, concertino y verdadero protagonista del recital como responsable final, pues el trabajo previo permite alcanzar estos niveles además de poder tocarlo y controlarlo todo (una gozada comprobar haciendo el violín primero antes de sus solos, dando un color a la formación, especialmente a la sección único).
El orden de estas ocho estaciones pienso que no es casual, comenzar por La Primavera de Vivaldi y seguir con el Verano Porteño de Piazzolla que tras los aplausos de forma espontánea hizo al argentino prólogo del veneciano y no al revés, más en el arreglo de Desyatnikov (1955). Sin entrar en cada una y el programa está arriba, simplemente esbozar calificativos y notas como hice para la reseña en prensa de este lunes, destacando la excelencia de una orquesta de 18 músicos jóvenes (4 primeros, 4 segundos, 4 violas, 4 cellos, 1 contrabajo y 1 clave) bien ensamblados, de sonoridad homogénea y ricas dinámicas capaz de sentir el barroco igual que el siglo veinte, sin más búsquedas que un sonido impecable con intención lúdica. Así podría escribir que estas estaciones resultaron juveniles, corpóreas, frescas, plenamente camerísticas, sin buscar historicismos en el barroco, simplemente disfrutando con Vivaldi y Piazzola, aplicando dinámicas y rubati sin complejos para ambos por igual, argentinizando al italiano y no a la inversa.

De los grandes músicos «disonnantes» destacar a Yan Levionnois, con su solo de cello en el otoño bonaerense y mejor respuesta del propio David Grimal porque realmente Vivaldi fue la disculpa para disfrutar de «Las estaciones porteñas» aunque el verdadero entendimiento sonoro de Grimal fuese con el concertino Guillaume Chilemme, otro solista de lujo donde ambos violines «diabólicos»  (no solo por la tendencia a desafinarse) nos hizo olvidar el bandoneón soñado. Hubo licencias «otoñales» del francés con el italiano preparando el invierno del argentino, por el orden elegido, el porteño inmejorable en una visión global sin hemisferios por la firma del ruso que junta en su visión más que versión dos mundos inseparablemente unidos (hay mucho de Italia en Argentina) y que cerraría la primavera porteña de nuestro otoño europeo con el «clave casi de jazz» versioneando ad libitum el inicio del veneciano para cerrar el círculo virtuoso con un deseado da capo que nunca llegó. Juego de nacionalidades sin más bandera que la música.

Realmente disfrutamos Ocho estaciones de Grimal y su orquesta, aunque Piazzola fuese azul como el Real Oviedo y el Auditorio un Carlos Tartiere sin llenar. Vivaldi fue el tiempo añadido, rojo veneciano con el breve Largo del «Invierno» pellizcado con rotunda delicadeza para recordarnos dónde estamos y lo que nos queda.

 P. D.: este jueves 8 será el turno de la pianista Khatia Buniatshvili tras su inesperada cancelación del 3 de diciembre. Toquemos madera.

Cimientos musicales solidarios

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Viernes 2 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Solidario “Día mundial del Cáncer”. Lola Casariego (soprano), Francisco J. Sánchez (tenor), Gianpaolo Vadurro (piano), Coro y Orquesta de la Universidad de Oviedo, Coro “Bloque al canto” del Colegio de Aparejadores de Asturias, Pedro Ordieres y Joaquín Valdeón (directores). Donativo: 15 €.

No solo en tiempos de crisis, aunque parezcan peores, es habitual encontrarnos con actos solidarios para recaudar fondos destinados a todo tipo de necesidades. La música siempre mueve públicos de todo tipo y la lucha contra el cáncer también, pues rara es la familia que no ha tenido cerca esta enfermedad contra la que seguir luchando, más ahora que ha dejado de ser sinónimo de muerte aunque siga sumiéndonos en tristeza o pesimismo, algo contra lo que la AECC lleva décadas trabajando. Su Junta Provincial en Asturias trajo este primer viernes de febrero la música para celebrar el “Día mundial del Cáncer” en el Auditorio de Oviedo como recordó en la presentación mi querido amigo el televisivo Laude Martínez, esa lucha sin bajar la guardia que podemos hacer extensivo a la música no ya como terapia contra todo dolor sino también como perfecta herramienta solidaria en este edificio nacido para ella donde también se han celebrado congresos, exposiciones y todo tipo de eventos no siempre solidarios, cuestionándose ahora la seguridad después de veinte años.

Agradecer las colaboraciones de la Universidad de Oviedo, del Ayuntamiento o de El Corte Inglés para adquirir las invitaciones incluso de fila cero para ayudar a mantener la batalla contra el cáncer, porque investigar cuesta dinero al igual que estudiar música, algo imposible en nuestro país hace años pero que tristemente vuelve a descuidarse en los presupuestos, por lo que el donativo de 15 euros sabe a poco para esta causa donde se nos ofreció un concierto con artistas de casa y solidarios, como la profesión o afición que han elegido, cuyo arduo trabajo, casi siempre invisible, no tiene más recompensa que el aplauso. Y celebraciones siempre con la música, también asturiana solidaria y desde el corazón de todos.

De los intérpretes quiero comenzar citando a la soprano ovetense Lola Casariego, cuya trayectoria sigo desde finales de los 80 (conservo tres casetes grabadas desde la tele con el Acis y Galatea de Literes) cuando dio el salto desde la cuerda de segundas del Coro Universitario, hoy también presente, para comenzar una carrera de fondo dura e imparable, donde ha tenido que redescubrirse hasta llegar a este 2018 plenamente asentada con un trabajo para el que no hay vacaciones ni todos los contratos deseados. Con ella nuestro “hijo adoptado” más que adoptivo Francisco J. Sánchez, un habitual del Festival Lírico del Campoamor donde hemos podido disfrutarle como tenor (no me gusta la etiqueta de actor cantante porque todos los cantantes deben actuar y los actores cantar…) en títulos como La Marchenera, El Terrible Pérez (2016) y especialmente el Maharajá (2017) cuyo escanciado y asturianía (amén del «puto yoga») le valió mi bautizo como ATA (Adoptado Tenor Asturiano) al querido Paco que sigue ganando repertorio y color vocal.

A esta pareja de solistas le tocó abrir concierto, cimentar una velada para todos los públicos y gustos
con acompañamiento de piano, alternando soprano y tenor obras variadas desde la canción de concierto a la ópera pasando por la zarzuela hasta la opereta, que paso a desgranar.
La bella página A Chloris de Reynaldo Hahn no puede faltar en un recital de Lola porque la hace suya, aperitivo ideal antes de Le violette (Alessandro Scarlatti), «canzonetta» o aria antigua de la ópera «Pirro e Demetrio», habitualmente interpretada por soprano pero válida para cualquier voz con Paco defendiéndola con solvencia, ampliando repertorio y registros, de agilidades bien resueltas y proyección suficiente.
El aria Ecco l’orrido campo de «Un ballo in maschera» (Verdi) pienso que no fue buena elección entre el amplio repertorio operístico que la ovetense tiene, más por color que tesitura esta Amelia, incómoda igualmente, y con un piano inseguro que no la ayudó finalizando el «Miserere» calada. De la conocida Jota de Falla por parte del tenor madrileño podría comentar lo mismo, el pianista venezolano perdido en el acompañamiento (el único original de la velada), supongo que por no tratarse de la versión aguda (soprano o tenor) sino de mezzo / barítono, registro más grave que no proyecta como un tenor aunque «la despedida» fuese auténtica haciendo mutis por la puerta lateral.

Mucho mejor las siguientes apariciones por parte de los tres, la Santuzza de «Cavalleria rusticana» (Mascagni) parece compuesta para Lola Casariego que mantiene el color y dominio grave de mezzo con las agilidades de este rol, por lo que el aria Voi lo sapete, o mamma brilló con el dramatismo requerido al que Vadurro también colaboró. Y Francisco J. Sánchez sí pudo ser el Leandro de mi tocayo Sorozábal cuya zarzuela «La tabernera del puerto» volveremos a disfrutar en junio para cerrar las bodas de plata del Festival Lírico ovetense. La romanza No puede ser es tan exigente o más que muchas arias operísticas, Paco la lleva en la sangre y el trabajo en la dirección correcta le ha permitido cantarla cómodo, fiel a la partitura sin respiración alguna en el final, afinado y convincente sin buscar excesos que pueden ser tan perjudiciales como el tabaco. Zarzuela de nuestra historia y tradición con páginas imperecederas, bien sentida por Lola que brilló en Sierras de Granada de «La tempranica» (Giménez), demostrando rigor, honestidad y entrega máxima, luciendo ambos una virtud que parece perderse muy a menudo como es la exquisita vocalización de cada romanza.

Y qué mejor que el dúo de «La Dolorosa» (Serrano) para reivindicar nuestro género, papeles de Dolores y Rafael perfectamente dramatizados en escena con el piano en reducción orquestal, intimismo y emoción para lograr transmitirla a un público ya entregado a esta pareja.

Todos deberíamos presumir de nuestra música, genuinamente española y llamar a la opereta «la zarzuela vienesa», pues eso es entre otras “La viuda alegre” (Lehar) cuyo conocidísimo dúo Lippen Schweigen por parte de Paco y Lola (con piano) ni siquiera necesitó cava o sidra champanada para imaginar y compartir desde nuestras butacas el ambiente de salón en escena, elegancia, saber estar y final ideal para esta primera parte.

La segunda parte sería universitaria con refuerzo de aparejadores para finalizar un edificio solidario y sentido, primero la Orquesta Universitaria que continúa formación y ensamblaje en este su primer curso académico con Pedro Ordieres al frente, y tras su presentación navideña con Händel más los asturianos Ordás y Martínez, tocaba retomar pulso con el siempre festivo Haydn en este primer viernes preparando Carnaval y Cuaresma, lo profano y lo religioso conviviendo como la propia vida y la música, para seguir engrasando, empastando, completando sonoridades y entendimiento. “Junior”, como llamo cariñosamente a Pedro, hijo menor de Alfonso Ordieres Rivero que fundase esta orquesta en 1979, pionera entonces (y de momento el último de la saga), conoce este repertorio desde crío, así que elegir la última sinfonía de Papá Haydn, la número 104 en re mayor, no es casual. Sus cuatro movimientos bien diferenciados permiten trabajar cada sección para ir armando esta construcción musical, verdadero edificio sinfónico al que generaciones posteriores siempre han mirado, compositores y formaciones, así que la dirección de los universitarios es correcta, de menos a más con detalles que incluso las orquestas profesionales tampoco solventan satisfactoriamente, quedándome con el “Finale Spiritoso” como meta y objetivo por otra parte lógico y literal como la indicación del aire. No se puede pedir más en menos tiempo.

Y tenía especial interés en volver a escuchar el Stabat Mater Speciosa de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) estrenado en la Catedral el pasado 18 de diciembre contado por mí desde las mismas páginas de La Nueva España que también publican la crónica de este, y que en el blog dejé entonces idéntica para publicarla después que la prensa, aunque esta vez quise alargarme mucho más con la libertad de no limitarme espacio y poder añadir vínculos (links) que siempre enriquecen.

Sumando esfuerzos y sonoridades a la Orquesta Universitaria llegaría el relevo en el podio con Joaquín Valdeón y “sus” dos coros, el Universitario más el de Aparejadores, Bloque al canto cual metáfora musical para un concierto construido con los mejores materiales para crecer en altura, disfrutando nuevamente del Stabat Mater de Ordás. Volver a recordar su edad ¡18 años! pero de una hondura diría fuera de esta época, atemporal y nada casual, fruto de una formación humanística sumada a un talento innato acrecentado por un inspirador trabajo incansable con todos los apoyos familiares y profesionales. Cada obra es admirable y su capacidad compositiva envidiable, esperando volver a escuchar otro estreno este mes con la OSPA (el 22 en Avilés y el 23 en Oviedo con Milanov dirigiendo Onírico). Stabat Mater Speciosa, imagen de la Virgen no dolorosa con su hijo muerto sino con el Niño triunfante y dulce, como sonó de nuevo con un coro reforzado y una orquesta un poco corta en plantilla pero dando su dimensión real, auditorio mejor que catedral con trampa y cartón acústicos por engañosos al oido, esta vez en el espacio pensado para la música, ya trabajado e interiorizándose aún más por parte de todos, con mayores dinámicas plenamente asentadas donde se agradeció el aumento vocal aunque se pierda color, y necesitando más efectivos de cuerda para una plantilla con amplia percusión más órgano, que pese a ello consiguió los balances ideales para unas melodías bien construidas capaces de emocionar cantando en latín.

La vida sigue dándonos regalos, cada día uno, con belleza, calidez, esperanza, solidaridad, esta vez contra el cáncer pero que nunca nos falte, seguir luchando sin desfallecer, sin bajar la guardia, sea en cualquier faceta, con la música como la mejor terapia y motor vital, el mismo ímpetu juvenil que el de este primer viernes de febrero.

Vigor y rigor

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Sábado 20 de enero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Philharmonia de Zúrich, Fabio Luisi (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Sábado de auditorio lleno con un programa tanto para melómanos exigentes como para público en general más acostumbrado a lo que se podría llamar «El Top 10» e incluso «Las 40 principales» ya que los autores y obras más escuchados suelen ser los mismos y no solo en las orquestas españolas, siendo todavía extraño escuchar obras que hace cien años eran vanguardia y hoy ya no lo son; no hablemos ya de estrenar obras de autores vivos, y por supuesto acostumbrar el oído a nuevos sonidos. Lo curioso es encontrarnos aficionados que degustan nueva cocina, acuden a estrenos cinematográficos, compran las últimas novedades en lectura pero siguen prefiriendo los autores del clasicismo y romanticismo, supongo que siempre más «llevaderos» y puede que socialmente muy bien visto como ahora visitar museos (se entiende de los pintores «de siempre» aceptando como «vanguardias» a Botero o Antonio López por poner dos ejemplos de colas para visitar sus exposiciones). Así que Beethoven y Tchaikovsky siguen siendo rentables de alquilar sus obras para orquesta sinfónica y aseguran menos toses que un centenario Debussy al piano (Barenboim llena independientemente de lo que toque porque a él nadie le tose), siendo dos sinfonías un buen reclamo aunque no igual de escuchadas ni grabadas.

Oviedo no tiene un lago ni gobernantes con visión cultural como Zúrich, pero al igual que la capital asturiana, la ciudad suiza tiene dos orquestas, surgidas de la escisión de la histórica sala de conciertos y el teatro, la Tonhalle que mantiene el nombre del teatro y la Orquesta de la Ópera de Zúrich (1985) hoy conocida como  Philharmonia de Zúrich, con el director genovés Fabio Luisi de titular desde 2012, que venía desde Madrid pero sin la pianista Hélène Grimaud, en esta gira española que apostó por el repertorio «popular» y emergiendo del foso mientras aumentaba la plantilla para poder mostrar músculo. Hubiera estado bien «prolongar» el concierto del viernes con el cuarto de piano en vez de «la octava del sordo» y manteniendo «la quinta del ruso» porque hubiese sido el argumento perfecto y no previsto para dos días consecutivos en el misterioso auditorio carbayón, aunque supongo que agendas y/ o cachets lo impidieron.
Tras lo comentado, en principio dudé titular la entrada «Para todos los públicos» pero me decanté por la de «Vigor y rigor» un poco por tirar de este hilo argumental que paso a desarrollar al tratarse de dos sinfonías tan distintas, dos mundos y personalidades tan bien descritas por Luis Suñén en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores).

La Sinfonía nº 8 en fa mayor, op. 93 (Beethoven) mostró una plantilla generosa en la cuerda (permutando violas y chelos) pero bien equilibrada con el viento, con más vigor que rigor del esperado, con un inicio –Allegro vivace e con brio– que pareció pillarles por sorpresa, raro en un Luisi que también dirige en Dinamarca y es una de las batutas más consolidadas del panorama directorial, pero el mejor escribano echa un borrón. Algo más encajado resultó el segundo movimiento Allegretto scherzando, homenaje a su amigo Johann Mälzel, no el inventor del metrónomo como siempre se nos contó sino que se aprovechó de la idea contemporánea de Dietrich Nikolaus Winkel como bien recuerda Suñén y hasta Wikipedia), movimiento encajado cual mecanismo de reloj suizo pero sin fuego ni pasión, retomando calidades y algo de temperatura en los dos últimos, el Tempo di Minuetto con unas trompas bien templadas y el Allegro vivace final que presenta el genio de Beethoven en estado puro aunque suizos y genovés volvieron a delinear de forma pulcra, limpia pero sin poner toda la carne en el asador, calidad sonora y rigor pero solamente vigor pasando hoja. Parece que Beethoven con los suizos no cuaja ni siquiera con «La Grimaud».

Rigor y vigor lo pondría la Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64 (Tchaikovsky) mucho más rodada en esta gira, a diferencia de la octava y confirmando ese dicho anónimo de «no hay quinta mala», más efectivos en un despliegue instrumental puramente sinfónico, aquí agradeciendo esa amplia cuerda que permitió al viento poder lucirse en todas las dinámicas, como le apuntaba a la prensa, con «músculo en cuerpo y alma». Y es que esta quinta tiene todo para seguir siendo seguro de éxito cuando se cuenta con efectivos e inteligencia para dirigirla dadas las exigencias tanto anímicas como técnicas indicadas incluso en los propios «aires» de cuatro movimientos que parecen multiplicarse por los constantes cambios de ritmo, compás, dinámicas, texturas, en un claroscuro continuo, romántico y angustioso, vigorosa montaña rusa (y perdón por el juego de palabras) de emociones contrastadas y nada contenidas por parte de Luisi y los operísticos de Zúrich que emergieron como las grandes formaciones de foso y más contando tanta historia.

Así fueron desgranándose: El I. Andante – Scherzo: Allegro con anima, enamorando el arranque de una madera deliciosamente ensamblada y con dinámicas muy logradas antes del «alma» exigida a esa broma rápida, unos pizzicati redondos y presentes como los arcos enormes bien contestados por el viento. El conocidísimo y hasta versioneado por Sinatra II. Andante cantabile, con alcuna licenza – Non allegro – Andante maestoso de tantas indicaciones como se puedan interpretar y así lo entendió el director genovés con sus músicos atentos, bien el solo de trompa por sentido y dificultad pero sublime y emocionante Rita Karin Meier con el clarinete por sonido e intención.
San Petersburgo no era Viena pero el III. Valse: Allegro moderato con patrioso fue ruso e imperial, la firma inequívoca de los ballets del ruso con o sin foso en una nueva demostración de calidades, timbres, texturas, juego de agógicas y dinámicas para finalizar con ese inmenso hasta en el título cuarto movimiento: IV. Andante maestoso – Non Allegro – Presto Furioso – Allegro maestoso – Allegro vivace – Scherzo: Allegro con anima, de nuevo las emociones desde la música, preguntas y respuestas concisas, el equilibrio de las dinámicas donde la delicadeza también alcanza la fuerza (bien los timbales de Renata Walzyna), un director convencido de principio a hasta alcanzar el clímax emocional y sonoro, éxtasis sin descontrol con su casi instantánea respuesta de aplausos atronadores rematando una noche de claroscuros románticos, calores gélidos y hielos subyugantes.

P. D.: Fotonoticia del diario La Nueva España.

Beethoven escoltando a los rusos

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Viernes 19 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto Extraordinario OSPA: Real Filharmonía de Galicia, Lars Vogt (director y piano). Obras de Beethoven, Prokofiev y Stravinsky.

Excelente concierto para poco público el ofrecido por la orquesta afincada en Santiago en concierto de «intercambio» con nuestra OSPA (que devolverá visita el 8 de marzo) pese a tener los abonados entrada gratuita, la hoja de aviso previo y hasta anunciado en el nº 19 de la revista. Y una lástima porque hubo calidad no recompensada como debería al igual que hace 9 años cuando Lars Vogt debutaba en este mismo auditorio dentro de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con similar aforo al de este viernes. Nunca entenderé al público de Oviedo que se ha perdido un programa lleno de momentos únicos y sin muchas toses, que alguna ventaja tiene no llenar las butacas.

Hace años que sigo a la Real Filharmonía de Galicia, que también había pasado por Oviedo, y la semana pasada la dirigía mi admirado Manuel Hernández Silva, invitado de la orquesta compostelana desde hace varias temporadas y con un concierto muy distinto al que trajeron este viernes a la capital astur, demostrando la versatilidad de una formación casi de cámara que siempre se ha caracterizado por la calidad de todas sus secciones, despuntando en el llamado «repertorio clásico» sobre todo gracias a una sonoridad que podríamos definir como aterciopelada por reunir consistencia y suavidad desde todos los colores posibles, redondez en la cuerda siempre clara y precisa, amplia gama de matices con sutiles pianísimos y fortísimos sin estridencias con un viento madera equilibrado junto con los metales a pares. Sumemos la musicalidad exigida y demostrada en Oviedo para sentir con el piano y nos encontramos con una de las mejores orquestas españolas, casi todas con más de 20 años de existencia luchando contracorriente pese a las circunstancias adversas y los mayoritariamente «miopes culturales» de los regidores públicos.

Lars Vogt volvía a Oviedo desde Santiago en su doble faceta de solista y director, con la ventaja de tener el control (casi) total de la interpretación, dejándonos dos conciertos de Beethoven poco transitados (el segundo y tercero) que el propio pianista alemán ya ha tocado y dirigido, esta vez con la complicidad de un concertino de lujo, escoltando a dos rusos sin más obligaciones que pilotar esta nave gallega para compartir deleite, primero un ruso «clásico» y después el más actual por transgresor e inspirado contando solamente con una cuerda envidiable.

La Sinfonía nº 1 en re mayor, op. 25 «Clásica» de Prokofiev mostró lo vigente de un estilo que dominó toda la velada y alcanzó altas cotas de calidad precisamente por una formación disciplinada y esmerada en el sonido, para una forma orquestal de libro por los cuatro movimientos no muy extensos pero muestrario ideal del academicismo ruso recién finalizada la Primera Guerra Mundial y estrenada en Petrogrado por el propio compositor. Vogt fue desgranando con corporalidad más que batuta un Allegro valiente, posado y preciso desde un humor intrínseco y casi danzarín, un Intermezzo. Larghetto reposado para deleitarnos con el empaste y sonoridad de «los gallegos» con amplias dinámicas, la Gavotte. Non troppo allegro literal y de nuevo bailable, amarrando y templando el maestro alemán la elegancia sonora antes del Finale. Molto vivace que sirvió de sintonía radiofónica y de virtuosismo por parte de esta orquesta del Consorcio de Santiago antes del merecido descanso con una partitura que ya echaba de menos.

No se perdió intensidad ni calidad en el Concierto en Re «Concierto Basel» de Stravinsky donde la cuerda emergió bien llevada por las manos de un Vogt que disfrutaba tanto como sus músicos y los elegidos, primeros atriles en perfecta sincronía de texturas con el resto, carnosa e hiriente, actual y en el «tempo giusto» para poder paladear toda la riqueza de esta maravilla casi camerística a cargo de la sección de cuerda de la RFG, de lo mejor que podemos encontrarnos hoy en día por estos lares.

Beethoven abriría y cerraría velada con dos conciertos no muy programados y el propio Lars Vogt de solista (como solo los grandes se atreven) dirigiendo con miradas, gestos, disfrutando las cadencias y en perfecto entendimiento con sus acompañantes, primero y de aperitivo el Concierto para piano nº 2 en si bemol mayor op. 19 al que tardó en tomarle el pulso pero una vez encajado sacarle el mayor partido posible. Algo turbio el pedal y ligeros desajustes iniciales entre violines primeros y segundos (enfrentados) puede que por exceso del «brío» que lleva el Allegro, no fue impedimento para un segundo casi mozartiano, clásico y juvenil aunque asomando el sello personal del de Bonn que su compatriota entendió visto cual diálogo y escucha mutua desde el piano, asentado plenamente en el Adagio donde el solista se deleitó en un sonido intimista más que brillante brotando en el Rondó. Molto allegro bien arropado por ese terciopelo gallego casi cual blanco satén.
Mucho mejor en concepción, complejidad e interpretación el Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37, todavía clásico y «deudor» del mejor Mozart pero exigente y plenamente beethoveniano con ese inicio casi sinfónico y un piano más protagonista que Vogt así demostró, marca de la casa nuevamente bien vestido por una orquesta ideal para este repertorio que se rindió al solista siempre mandando en tiempo e intenciones.

La propina de un pianista y deseándonos buenas noches nada mejor que Chopin y uno de sus nocturnos póstumos preferidos, el Nocturno en do sostenido menor (Lento con gran espressione) que nos devolvió al Vogt que recordaba un febrero de 2009 en mis inicios «blogueros»… La música parece acortar el mismo tiempo que nos alarga la vida con momentos como estos.

P. D.: Mi reseña en La Nueva España.

Humor con percusión

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Domingo 14 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertos de invierno: «¡Vaya Banda!», Odaiko, Banda de Música «Ciudad de Oviedo», David Colado Coronas (director). Entrada libre.
Lleno familiar con muchos niños protagonistas para disfrutar del espectáculo de los percusionistas gallegos de Odaiko que contaron con la Banda de Música de Oviedo como acompañante de lujo, coprotagonizando un espectáculo de humor musical con la percusión tanto corporal como de membranófonos, idiófonos y cotidiáfonos sin renunciar a momentos de virtuosismo compartido en la marimba.

Toda una experiencia bautizada como ¡Vaya Banda! que va más allá de lo circense o las acrobacias retomando el espíritu de los payasos que siempre fueron excelentes músicos y hoy en trío gallego domina toda la percusión, «embajadores del ritmo» como se autodefinen.

Un hilo narrador por megafonía (no se entendía cuando coincidía con la banda) fue sumando apariciones de los percusionistas y el «programa» con golpes en todos los sentidos, haciendo partícipe al público de todas las edades con la complicidad del Maestro Colado, a un percusionista de la propia formación carbayona al que sumaron en distintos números, y hasta las distintas secciones que también gozaron con «gags» como el Bolero de Ravel persiguiendo el caja a la flautista que interpretaba la conocida melodía mientras el respetable intentaba el ostinato rítmico con dos dedos sobre la palma de la otra mano… tras haber calentado muslos y dado unos saltos.

Una Carmen (Bizet) de torero y drag-flamencas nada ofensivas donde la guitarra también fue utilizada genialmente como percusión junto al cajón tras una marimba «en espejo» por dos maestros…

El gritado más que coreado Hakuna Matata de ambiente selvátivo sirvió para que estos maestros gallegos nos hicieran sentir niños a todos y disfrutar con el taiko y dos tumbadoras en cómica comunión percusiva que aúna los lenguajes universales sin palabras (mimo y música).

La Marcha Turca (Mozart) con esos «cotidiáfonos» de siempre, caso de las botellas tanto golpeadas (idiófonos) como sopladas (aerófonos) sumándose un «garráfono» por bautizar el invento que viene a ser un contrabajo fabricado con un palo, cuerda y garrafa de caja de resonancia (arriba está la foto), más la banda intentando encajar el tempo, para levantarnos de las butacas y armar un carnaval de río de W. Schneider entre todos.
La versatilidad de los gallegos en instrumentos y combinaciones de complementos de ropa para pasar de un ambiente a otro en este viaje con la percusión es digno de admiración, verdaderos titiriteros con cambios fulgurantes.

Especiales también unas compartidas Czardas (Monti) en la marimba -no trajeron vibráfonos- con la banda que dieron tanto juego como la propina a trío de un Vuelo del moscardón (Rimsky Korshakov) presentado como «mosca cojonera» realmente virtuoso tras un Circus Can-Can (Offenbach) que convirtió el escenario en una de mis clases con los «Boomwhackers«.

Una excelente tarde de domingo en familia con dos «bandas», la gallega y la ovetense que sigue apostando por lo novedoso aunque el circo sea de siempre y la música comparta título del mayor espectáculo del mundo, uniendo círculos más que mundos plenamente terapéuticos. Y cada mes un concierto, incluso en abril dos… Intentaremos seguir contándolo. Hoy la enhorabuena para Odaiko.

Espiritualidad metafísica para recordar a Rober

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Viernes 12 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: «Inspiración I», abono 4, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Vaughan-Williams y Bruckner.

Mi querido Eduardo G. Salueña escribe las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) del cuarto de abono de la OSPA con el que abríamos año antes de sumergirse con Debussy en el foso, pero también nos ofreció una conferencia previa al concierto titulada «Metafísica y espiritualidad en el lenguaje orquestal» llena de sabiduría, guiños cinematográficos y verdadera lección para disfrutar de las obras programadas para una OSPA diríamos que Gran Reserva como los vinos por el tiempo de maduración necesario para afrontar un programa que bien podría haber tomado las primeras palabras del conferenciante y tentado de hacerlas mías.

Tras el paréntesis navideño donde el destino volvía a jugarnos una broma macabra llevándose al trompa Roberto Álvarez, no podía faltar en este regreso y fuera de programa el homenaje de la sección de trompas, hoy nueve con las cuatro tubas wagnerianas (interesante como siempre OSPATV) preparadas para la novena bruckneriana eligiendo un arreglo sincero, sentido y cálido del famoso «Coro de Peregrinos» del Tannhäuser, con rosa roja en las solapas, elegancia y recuerdo del amigo Roberto, compañero siempre vivo en la memoria y más cuando la música era su pasión, eterna como sus acompañantes este viernes: Ricardo, Ralph y el propio Anton, Momentos memorables porque al igual que nuestro recordado trompa «el perdón le llega al poeta al morir junto al féretro de Elisabeth, por el triunfo del amor…» y «cómo Richard Wagner supo darle una intensidad, como se diría divina» (de Fernando Cansado Martínez en Operamanía), bien traído como inicio y final unidos por la metafísica espiritual, espiritualidad metafísica o ambas, que todo y más puede resultar un concierto.

La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis (1910) de Vaughan Williams puso la calidad sin necesidades metafísicas al contar exclusivamente con la sección de cuerda, la que da solera a este vino musical servido casi con arreglo a los cánones: tres bloques intentando emular sonoridades organísticas en iglesias, orquesta de cámara al fondo, más la orquesta de cuerda y el cuarteto solista (integrado con el resto) pero capaces igualmente de hacernos fantasear con la música del inglés, devolvernos las calidades y ambientaciones que esta joya británica guarda, siendo tan utilizada en el cine como bien nos recordó el doctor Eduardo, desde Master and Commander hasta Remando al viento (del asturiano Gonzalo Suárez) por mostrar dos momentos memorables donde los directores ponen sus imágenes a esta música más que la inversa, aunque también podríamos hacer metafísica con el tema. Un placer degustar la cuerda bien servida y a la temperatura adecuada, con mención especial a Vasiliev, Corpus, Moros y von Pfeil, cuarteto aterciopelado cual cristalería ideal.

La espiritualidad no exenta de carga religiosa la suele poner casi siempre Bruckner, más en esta inacabada Sinfonía nº 9 en re menor (WAB 109) que nos deja ese extraño sabor de boca esperando rematar el Adagio final tras un «misterioso» primer movimiento que no alcanzó a contagiar ambiente aunque el enólogo acertase plenamente, y un Scherzo algo más lento de lo esperado como buscando paladear las pulsiones con que el «sommelier» intenta convencer al cliente, olvidando que no todos tienen igual olfato ni memoria gustativa, que la cata también tiene su arte, así como que todo cocinero no tiene necesariamente que entender de vinos, aunque ello suponga un plus. Al menos no se estropeó ese último trago, poderosamente mágico, variado, íntimo y hasta metafísicamente lírico, con regustos del Tristán wagneriano y la novena beethoveniana con aromas de pastoral, dejando que todo brillase olvidando que la contención es una virtud (la instrumentación parece exigirla), y si no que se lo dijesen al bueno de Anton, célibe toda su vida pese a estar prometido pero encontrando disculpa de diferente religión para así anular un compromiso con el que no parecía estar convencido ni preparado a su edad. Todos los elementos de este gran reserva sinfónico se (com)portaron correctamente, especialmente implicada la sección de trompas alcanzando momentos esplendorosos donde ellos encontraron la dinámica perfecta mientras el equilibrio se logró por la profesionalidad y trabajo de unos músicos de cepa inimitable y largo recorrido. Qué gran vino si el sumiller lo hubiera dejado airearse, servirlo en su punto y no apurar la botella porque olvidó que todas son únicas.

Lógico recordar y brindar con Mahler: «Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra». Así sea.

Barenboim saca los colores

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Domingo 7 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Daniel Barenboim (piano). Obras de Debussy.
El verdadero regalo de reyes y la mejor forma de comenzar el año musical fue acudir al concierto de una de las últimas leyendas vivas del piano en pasar por Oviedo (aunque ya estuvo como director) Daniel Barenboim que solo tocará en Madrid y Barcelona dentro de esta gira europea presentando su última grabación y únicas paradas españolas en su agenda, llenando este primer domingo de 2018 un auditorio totalmente rendido pese a vergüenzas ajenas y sonrojos ante el aluvión atronador de toses en todas las direcciones, tímbricas y edades que no solo rompieron la necesaria continuidad e intimismo de los preludios obligando al maestro a levantarse del piano y acercar su pañuelo a la boca para que todos los maleducados entendiesen cómo atenuar esos ataques contagiosos, peores que la propia mala educación.

Y como niños pequeños mal educados, puesto que la cincuentena larga que rodeó al maestro en el escenario sí fueron más cívicos que los mayores, la alegría duró poco en casa del pobre y la megafonía volvió a recordar antes de comenzar la segunda parte el malestar del argentino por las toses que le impedían concentrarse y que el personal griposo de malos modales hiciese ese gesto tan sencillo que además figura en los AVISOS de todos los programas de mano (está visto que leerlos no es habitual): «Mitigar con un pañuelo o la misma mano las toses repentinas, sobre todo en los momentos lentos«, sacando los colores al resto capaz de ahogarse con tal de no romper el necesario silencio ante cualquier concierto.

Pese a estos inconvenientes, desconsideraciones totales hacia intérprete y público en general, amén de impaciencias como no esperar las posibles propinas y levantarse como alma que lleva el diablo, Daniel Barenboim trajo su piano y afinador particular para ofrecernos un monográfico del francés Debussy recientemente llevado al disco con el sello amarillo, lleno de colorido, magia, pinceladas y sonoridades que supongo la maestría del universal argentino habría sacado de otro modelo, aunque me pareció que el equilibrio entre los extremos agudos y graves parece más logrado, junto a unos ajustes precisos de toda la maquinaria que permiten apreciar toda la gama dinámica que las obras de Debussy atesoran, además de un manejo de los pedales redondeando esa paleta sonora impresionista sin un ápice de borrones o manchas.

El primer libro de los Preludios para piano (1909-10) resultó, pese al accidentado inicio, un auténtico catálogo de cuadros musicales en todos los tamaños y tiempos además de las temáticas indicadas en sus doce títulos, casi la Biblia de cualquier pianista que en el caso de Barenboim con su instrumento demuestra porqué es tan bueno dirigiendo, esculpiendo sonidos que se mezclan con total limpieza primando lo principal en un primer plano que salta al oído sin perder la globalidad. Sumemos el juego con los aires totalmente personales más allá de las indicaciones o de un mero rubato, dotando a cada página de personalidad propia, destacando ya pasada la mitad de los preludios como si olvidase la tortura ruidosa, dejando La muchacha de los cabellos de lino literalmente «tranquila y dulcemente expresiva» o como Francisco Jaime Pantín escribe en las notas «el retorno a la contemplación, a través de la ilustración musical de un poema de Leconte de Lisle, cuyo pentatonismo aporta desnudez y simplicidad a un entorno de discreto arcaísmo«, el aire plenamente andaluz de La serenata interrumpida como si el Auditorio de Oviedo fuese una Alhambra soñada donde Barenboim ya sentó cátedra, La catedral sumergida incapaz de ahogar toses pero ingrávida y monumental como sus campanas claras en un mar cual aire enrarecido, y el toque humorístico, burlesco e irónico del bufón, Minstrels de saltos y tambores, «arracimando» figuraciones, ornamentos y tempo para cerrar una primera parte de menos a más, concentrado y gustándo(se), recreando el universo debussiano como pocos pueden interpretar tras una carrera de más de cincuenta años donde parecía faltar el compositor francés.

Menos intensa la segunda parte pero igual de emocionante, paleta de coloridos variados en intensidades y paisajes comenzando con las tres Estampas (1903) casi tríptico de acuarela y tinta china por el trazo rápido y fresco, destacando de nuevo lo hispano de Una tarde en Granada que Debussy no conoció pero Barenboim sí, ritmo andaluz puro con evocación de guitarra, y hasta los Jardines bajo la lluvia que en vez de parisinos resultaron del Generalife por el ambiente previo y la luz final que el Mediterráneo tiene y el argentino conoce.

Las «Dos arabescas» (1888) siguientes siguieron surcando el Mare Nostrum, la conocida nº 1 (Andantino con moto) infantil como la sintonía para algunos de aquel «Planeta imaginario» versioneada por Tomita y sus sintetizadores que Barenboim trazó jugando con el tiempo cual fuelle de bandoneón y delicado acento, más la nº 2 (Allegretto scherzando) caprichosa, ágil y precisa, menos juguetona que la primera y contrastada como el propio maestro, quien mostraba todos sus tics habituales en el piano y los que le conocen reconocerán: esa mano izquierda levantada reforzando carácter, la cara reflejo anímico mirando a la derecha sin ver, el echarse hacia atrás puntualmente como levantando tensiones, la fuerza en el ataque que llega al zapatazo derecho sobre la tarima, dualidad del gesto adusto y generoso, serio y elegante como el volver a abrocharse todos los botones de su casaca antes de saludar a todos por zonas.

La isla alegre cerraría este monográfico francés de un intérprete universal que parece haber encontrado en el piano una segunda etapa de investigación sonora sin olvidar una técnica envidiable, afrontando esta isla final con la exuberancia y portento juvenil de apoteosis tímbrica en un instrumento diseñado por el propio Barenboim que sigue impartiendo magisterio y magentismo especial.
Siempre de agradecer las propinas a pares, ambas de Schumann, dos de sus Fantasiestücke Op. 12, la primera Des Abends (La tarde) y la séptima Traumes Wirren (Sueños turbulentos), plena de virtuosismo y vitalidad a sus 75 años, con guiños siempre actuales porque los genios no tienen edad.

A Don Daniel no le gustan las fotos pero accedió a firmar discos tras finalizar un concierto al que no faltó casi nadie para así presumir de haber asistido a un pedazo de la historia del piano nuevamente con Oviedo de referente y siempre recordando a Iberni.

Gafados con el piano

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No es habitual llegar a la capital y que a punto de entrar al auditorio avisen de una cancelación, pero este primer domingo de diciembre el esperado concierto de la pianista Kathia Buniatishvili (Batumi, 21 junio 1987) se suspendía tras sentirse indispuesta en el propio auditorio ovetense, con una apretada agenda este mes.

Una lástima porque la expectación por escuchar a la giorgiana de apellido impronunciable era grande incluso entre un público no habitual de estos eventos con quien el marketing parece funcionar, e incluso fomentado por uno de los patrocinadores de estas Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» (al que hoy se le recordaba por su irreparable pérdida hace diez años) que disponía una página completa de cotilleo sumándose a quienes han llegado a llamar a la menor de las Buniatishvilli (en la onda de otras pianistas hermanas como las Pekinel o las Labèque) con titulares como «la Beyoncé del piano» o «rockstar del piano» visitando platós de todas las televisiones europeas, verdadera estrella mediática que se defiende y desenvuelve con soltura y sin problemas en casi todos los idiomas: francés, alemán (los años en Viena se notan), inglés o el ruso natal, desconociendo si también hablará nuestro idioma.

Al menos nos quedan sus grabaciones y apariciones en YouTube© tanto de solista como de excelente pianista camerística y no digamos con orquestas y batutas de primera, igualmente mediáticas como la bella georgiana. A mal tiempo buena música buscando el vaso medio lleno que no compensará la devolución del dinero ni el cambio de fechas caso de lograrse.

Para los amantes del piano el programa que traía Kathia era para impactar, «los Cuadros» de Moussorgsky junto al Liszt endiablado de las rapsodias española o húngara y las reminiscencias más que evocaciones rozando lo sobrehumano del «Don Juan» de Mozart tan de moda en tiempos del abate que muchos otros virtuosos ofrecen como carta de presentación.

Esperando que los excesos no pasen factura, como con Lang-Lang, que la belleza y «glamour» de colegas de Kathia como Yuja Wang vayan parejas no por listas al uso sino por sus interpretaciones y sin ser supersticiosos habrá que «pasar el agua» al Steinway del auditorio, aunque virus, farturas, gripes o desmayos llenan también portadas y cancelaciones, más en el mundo lírico pero que con los pianistas en Oviedo mejor tocar madera, esperando por Barenboim en enero (pues de Zimerman, Martha Argerich o Maria Joao Pires mejor pasar página o cruzar los dedos pero propios, no ajenos), aunque Oviedo sigue siendo capital de las 88 teclas desde hace lustros y en España «la Viena del Norte» por su oferta musical única a la que parece comienzan a salirle novios.
Por el Campoamor y el Auditorio han pasado verdaderas leyendas y promesas que han llegado a estrellas, incluso siendo despedidas de intérpretes irrepetibles. Empezar diciembre compuesto y sin novia no es entrar con el pie derecho…

Destellos del alba

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Viernes 1 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3 «Espiritualidad I«, OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Vázquez del Fresno, Elgar y Mendelssohn.
Desde niño llevo admirando al gijonés Luis Vázquez del Fresno (1948) primero como pianista y después como compositor, habiendo escuchado por él mismo algunos estrenos como sus Audiogramas en la Filarmónica de Mieres que presidía Luis Fernández Cabeza, enseñándome nuevos recursos del piano, preparado se decía entonces, que me ayudarían al acercamiento de lo que se llamaba música contemporánea o vanguardia, así como sus acercamientos a nuestro folklore con el tenor Joaquín Pixán, guardando como un tesoro el LP dedicado y en la memoria la presentación.

El tiempo nos da otra visión del pasado, derriba muros o quita calificativos pero mi devoción por el maestro Luis no ha cambiado salvo que sigue en aumento, por lo que poder escuchar el estreno (en Avilés el día antes) de una obra suya siempre es un placer, y esta vez Florilegio del alba, op. 53, una suite sinfónica (2001-2017) mientras esperamos el estreno de la ópera La dama del alba prometida por las «autoridades» muchas veces e incumplido como en ellas es tristemente de esperar. Me gustaría escucharla en vida del compositor porque mientras, nos debemos conformar con materiales de ella, caso de esta suite tan asturiana e internacional como Alejandro Casona, nuestra OSPA o el propio Vázquez del Fresno, un aperitivo a modo de «trailer» con seis números dignos de interpretarse por cualquier orquesta de fama mundial o de llevarse al disco porque calidad desborda toda ella. De la ópera supongo que no es solo cuestión económica porque material humano en nuestra Asturias para ponerla en pie hay más que interés por parte de los gestores.

No quiero tanto analizar una partitura que no conozco, dejando el recorte de La Nueva España de Andrea G. Torres sobre el estreno de ayer, y el enlace a las notas al programa (arriba) de Daniel Moro Vallina, sino las sensaciones sentidas desde mi butaca, música para paladear que abarca distintos lenguajes fácilmente entendibles y dominados por el maestro gijonés desde una instrumentación donde además del piano preparado (que me devolvió al Mieres de mi infancia), el arpa o una percusión rica y variada, aparecía en la madera el saxofón junto a metales y cuerda perfectamente equilibradas en número, volumen y dinámicas variadas. Números con «estética» de los años cincuenta conviviendo con rítmicas o melodías de aroma astur o tributo orquestal al amado Debussy del que Luis Vázquez del Fresno ha sido embajador y casi traductor en sus dos facetas de profesor y concertista, junto a Messiaen, pero siempre con la firma original del asturiano, pues todos tienen un bagaje que influye a la hora de componer y de interpretar. Este alba luminosa fue leída con cariño por unos intérpretes que la sienten por cercanía geográfica y musical, con un Milanov atento especialmente a los matices que la orquesta asturiana puso en esta suite, agradeciendo el autor los merecidos aplausos que le obligaron a subir por dos veces al escenario.

El toque británico en cuanto a elegancia, saber estar, educación, musicalidad, porte, sobriedad, emociones interiorizadas huyendo del puro espectáculo, lo pondría el Concierto para violonchelo en mi menor, op 85 (1919) de Sir Edward Elgar en manos de un Pablo Ferrández (Madrid, 1991) cuyas interpretaciones en Oviedo (2013 y 2014 las tengo contabilizadas y reflejadas, antes de su eclosión en 2015 tras ganar el Concurso Tchaikovsky) con la OSPA y Milanov siempre me han resultado impactantes por unir una técnica prodigiosa y unas visiones atrevidas muy trabajadas junto al sonido de «sus» cellos, primero el impresionante Stradivarius «Andrea Castagneri» de 1733 y después el «Lord Aylesford» (de 1696) propiedad de la Nippon Music Foundation que presta sus tesoros a jóvenes intérpretes de primera con impacto internacional, como el español, quien volvió a revolver nuestro interior por su impactante pegada, sus armónicos y la cascada de musicalidad del solista madrileño. Siendo uno de los conciertos más famosos para cello y orquesta, con grabaciones e intérpretes de referencia, personalmente firmo este ovetense como inolvidable hasta el día de hoy, más tras escucharle en OSPATV que no le gustaba en sus años de estudiante. Está claro que los años todo lo curan, sobre todo la juventud pero especialmente el trabajo constante.

Un placer contemplar la escucha atenta de toda la OSPA para ser la mejor cómplice del solista en los cuatro movimientos encajando intenciones, empastes, cambios de tempo (especialmente en el último movimiento), con Milanov disfrutando como uno más, sin molestar, asombrándonos Ferrández con la aparente y engañosa facilidad del arco, los ataques, los armónicos o sus escalas limpias y precisas dejándonos «un Elgar» para el recuerdo (grabado como todos los de la OSPA por Radio Clásica).

Generoso en su interpretación británica, también lo fue en sus regalos, la «Sarabande» de la Suite 3 de Bach con una cuarta cuerda que hace vibrar hasta las entrañas, fraseos maestros e intimismo acallando a todo el auditorio (no con el lleno deseado para estas joyas) y El cant dels ocells pidiendo la necesaria paz en este mundo convulso que el propio tocayo catalán hubiera aplaudido por el sentimiento hecho música de su violonchelo solo, plegaria y llanto. El éxito internacional de Pablo Ferrández es lógico y corroborado por los que estuvimos en esta cita.

El habitual formato de programa (obertura o estreno más concierto solista) tendría en la segunda parte a Mendelssohn pero con una obra poco escuchada, bella y grandiosa aunque exigente ante el enorme esfuerzo para sacar adelante todo lo reflejado en la partitura, la Sinfonía nº 5 en re menor, op. 107 «Reforma» (1830-1832), interpretación con destellos de plenitud, plagada de sutilezas en volúmenes con una cocina que no quemó los ingredientes aunque algo sosa y deslavazada, en parte porque la belleza del compositor alemán apenas necesita más condimento que dejarla fluir en sus movimientos siguiendo las propias indicaciones de agógica. Los músicos sirvieron este plato en su punto, de instrumentación ideal para la orquesta asturiana, maderas a dos (con contrafagot) en dúo de oboe precioso y preciso, metales compactos y orgánicos como me gusta llamarlos en páginas como el coral final de tímbrica cercana a la trompetería del órgano de tubos, timbales más la cuerda deseada, al fin rotunda en contrabajos y la personalidad de siempre en esta OSPA, clara, vibrante, llena de matices y color, capaz de herir desde el terciopelo y mantener el hilo sonoro cual emoción contenida en unos pianísimos con la misma calidad que en los tutti. Buen concierto y mejores sensaciones por las excelentes obras junto a buenas interpretaciones de un esperado amanecer sinfónico asturiano, a la que no volveré a escuchar hasta el próximo año.

Rusia y Armenia son música

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Miércoles 15 de noviembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio: Filarmónica Nacional de Armenia, Sophia Jaffé (violín), Eduard Topchjan (director). Obras de Mussorgsky, Khachaturian y Borodin.

Aires del Cáucaso meridional pero herencia soviética aún cercana en Armenia, país actual de raíces milenarias en una de las civilizaciones más antiguas del mundo con idioma propio, por lo que esta república tiene mucha historia además de una ubicación geográfica entre Europa y Asia que le otorga unas influencias multiculturales. De la capital Ereván llegaba su orquesta filarmónica con el titular también armenio de amplia trayectoria como violinista y director, quien lleva 17 años al frente de la misma, lo que se notó en todo el programa dirigido de memoria y con perfecto entendimiento para una plantilla ideal y bien equilibrada en la cuerda, calculando los violines por el número de violas, 12 más 10 cellos y 6 contrabajos, que ayuda a redondear y balancear una amplia gama tímbrica y diinámica.

La calidad de sus músicos quedó contrastada en las obras elegidas, bien comentadas en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, todas «rusas» con el guiño armenio al más conocido de sus compositores (aunque nacido en Georgia) y con detalles interpretativos que probablemente llevan en su genética desde su fundación hace 93 años por los llamados patriarcas de la música armenia (Arshak Adamian y Alexander
Spendiaryan) y embajadores culturales de su patrimonio del que pueden presumir aunque no sean necesariamente «los mejores» intérpretes de su música, pero al menos beben directamente de sus fuentes.
Curiosa la orquestación de Una noche en el Monte Pelado de M. Mussorgsky (1839-1881) para comenzar el concierto, que no fue la habitual de Rimsky-Korsakov, con pasajes desconocidos, figuración también distinta (puntillos en las conocidas melodías que le dan otra rítmica) pero ofreciendo una sonoridad compacta de buenos balances en todas las secciones, una batuta como la de Topchjan atenta a los múltiples cambios de aire y ritmo para «redescubrirnos» esta original idea musical de brujas en la noche de San Juan cuya ambientación instrumental a cargo de los armenios resultó por lo menos distinta a otras versiones, virtuosismo en una cuerda «marca de la casa» y un juego con los tempi interesante.

De A. Khachaturian (1903-1978) y con la brillante violinista Sophia Jaffé pudimos disfrutar el Concierto para violín en re menor, dedicado a David Oistrakh que lo estrenó en 1940, el mismo año de su escritura y una de las obras más reconocidas del compositor de origen armenio, virtuosística como era de esperar y con elementos del folklore de la región bien integrados en sus tres movimientos (I. Allegro con fermeza, II. Andante sostenuto y III. Allegro vivace) construidos de forma académica en cuanto a los recursos técnicos o la colocación de las «fermatas». Sonido pulcro el de Jaffé bien arropada por la filarmónica (con algunos efectivos menos para contrapesar planos) y un Topchjan atento a las dinámicas que permitió disfrutar de momentos realmente bellos como el dúo de la solista con el clarinete en el primer movimiento realmente «con firmeza», el lirismo contenido bien cantado en las cuerdas graves del andante central y llenos de fuerza y ritmo del último movimiento llevado con aire brillante para lucimiento de todos los intérpretes. El regalo de la violinista alemana nada menos que otra pieza de virtuoso como «L’aurore» de Eugène Ysaÿe (interrumpida por un femenino teléfono en la fila doce al que su dueña no alcanzaba a detener), el primer movimiento de la Sonata nº 5 interpretada desde lo más hondo y llegando su sonido a hacernos vibrar con ella.

Y no podía faltar una sinfonía en un programa ruso (más que armenio), la no muy escuchada en estos lares Sinfonía nº 2 en si menor de A. Borodin (1833-1887), media hora de contrastes de todo tipo en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro, II. Scherzo: Prestissimo – Allegretto, III. Andante, y IV. Finale. Allegro) en otra explosión de calidad y cantidad con pasajes recordando tímbricas y melodías de las danzas polovtsianas con esa orquestación rica del químico, doctor y músico ruso. Calidad en el sonido de los armenios, cantidad por la plantilla de nuevo al completo y rica en color, destacando una colocación que ayudó a ello: la clásica con la permuta de cellos y violas más las trompas (excepcionales) detrás de las violas y delante de trombones y tuba, buenos solistas completando una textura orquestal perfecta en este programa de exhibición técnica aunque sin llegar a emocionarme.

Sorpresa fue la aparición de la ingeniero y soprano armeniocanadiense Isabel Bayrakdarian (Zahle, Líbano 1974) para regalarnos la conocida aria de Violeta de «La Traviata» (Verdi), promoción patria de una aspirante a sucesora de La Netrebko, de buena técnica y color pero con agilidades aún por mejorar, premiada y conocida en EE.UU. trayéndola su compatriota Topchjan a esta  breve gira por España y Alemania pero fuera de lugar en este concierto sinfónico ruso, si bien es siempre agradable escuchar (aunque sin Alfredo que lo canté mentalmente) esa descarriada perfectamente arropada por sus paisanos.

Más adecuado resultó recuperar a Aram Khachaturian de los ballets en la siguiente propina para una orquesta total del Gayaneh tan cinematográfico como el dúo de Spartaco y Frigia, casi tan famoso como su Danza del sable, fusión de dos continentes en Armenia y su filarmónica con aires de Hollywood en un concierto más largo de lo previsto aunque con menos «estampida» de las habituales.

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