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Grandiosa sobriedad

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Barroca de Friburgo, RIAS Kammerchor, René Jacobs (director), Polina Pastirchak (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Steve Davislim (tenor), Johannes Weisser (bajo). Beethoven: Missa Solemnis en re mayor, op. 123.

Crítica para La Nueva España del sábado 4 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Escuchar una de las últimas obras de Beethoven con la Orquesta Barroca de Friburgo, el coro de cámara berlinés y René Jacobs dirigiendo es un lujo al alcance de pocas ciudades en una gira donde Oviedo sigue estando en el mapa junto a Colonia, Amsterdam, París o Berlín, por eso la llamo “La Viena del Norte” español.
Todo muy cuidado, en su sitio: coro de sopranos y bajos enfrentados a contraltos y bajos, el órgano positivo frente al director, un cuarteto solista homogéneo, empastado, cantando “a media voz” bien proyectada, manteniendo la tensión desde un bloque sonoro junto a esta orquesta “historicista” ubicada en diferentes niveles, con tímbricas únicas, sobrias, sin estridencias desde la contención, con cierta aureola grisácea que nunca explota al blanco impoluto.

Esta última misa de Beethoven sonó a gran sinfonía vocal con trama litúrgica en latín, música casi siempre al servicio del texto de maravillosa escritura inimitable, única a la par que confesión de fe y revelación espiritual del sordo genial. Sin sobresaltos, desde la contención en todos y un equilibrio de dinámicas asombroso (“puesta en escena” de auténtica ceremonia musical inexplicablemente rota por el descanso tras el Credo), Jacobs ofició un continuo crescendo emocional en los cinco números, paladeando la excelencia del coro, de los jóvenes solistas, de unos metales aterciopelados y madera cantante, más una cuerda siempre en su sitio, afinada y presente incluso con el solo de la concertino flotando sobre unas texturas impecables llenas de claroscuros textuales, cambios de aire resolutivos y primeros planos nítidos.

Kyrie interiorizado, Gloria luminoso, Credo primer hito del ideario de Jacobs, Sanctus abriendo el cielo y Agnus Dei sublimando una sobriedad grandiosa sin fisuras, luz puesta por el coro y sobremanera el cuarteto solista, perfectos en contención antes de la explosión total y global. Los aplausos generosos rubricaron el éxito de esta misa redentora.

Talento y elegancia

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Perspectivas», abono 11 OSPA, Juan Pedro Romero (corno inglés), Nuno Coelho (director). Obras de Bartók, Ferlendis y Schubert.

Crítica para La Nueva España del domingo 28 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), algún dato más que en el papel no cabía, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Talento y elegancia no siempre van de la mano, pero el undécimo de abono unió ambos a lo largo de la velada en un auditorio con muchos huecos, móviles interrumpiendo y toses siempre maleducadas. Talento del debutante Nuno Coelho, portugués ganador del último concurso bianual de dirección de Cadaqués, que siempre acierta con sus premiados (Lorenzo Viotti en 2013, Michal Nestorowicz en 2008 o nuestro Pablo González en 2006 entre otros), en un programa variado organizado a la vieja usanza, con el que se desenvolvió desde la elegancia, el rigor estilístico y su buen hacer, comenzando con una obra “moderna” de Bartók (1881-1945) siempre actual en pleno siglo XXI, un concierto solista (Ferlendis, 1755-1810) y una sinfonía clásica (Schubert, 1797-1828), músicas livianas que exigen una visión personal para aportar algo distinto, y así lo entendió Coelho con la OSPA que debe ir tomando nota en la búsqueda del nuevo director a partir del verano, no se “escapen” posibles candidatos en plena época de fichajes y tomando el título del concierto: perspectivas.Talento por doquier lo derrocha esta OSPA y especialmente la sección de cuerda, sello inconfundible desde hace años que se renueva paulatinamente sin perder un ápice de calidad. El Divertimento para orquesta de cuerdas de Bartók volvió a demostrar la homogeneidad en el sonido, colocación vienesa con violines enfrentados, cellos frente a la tarima y contrabajos a la izquierda, presencia y limpieza en todo el bloque con especial mención al cuarteto solista: Héctor Corpus (concertino), Ordieres (violín segundo), Alamá (viola) y Von Pfeil (chelo), compenetrados y entregados en solitario, volcados y unidos con toda la sección desde las manos de un Coelho que mantuvo la tensión en los tres movimientos, con los finales “respirando” la última nota, y un inspiradísimo Allegro assai final que rubricó un auténtico “divertimento” de la cuerda asturiana.Talento el corno inglés de Juan Pedro Romero, principal de la orquesta asturiana que volvía como solista para interpretar el Concierto en fa mayor de Ferlendis, un virtuoso del oboe y el corno además de compositor al que sus contemporáneos Salieri o el propio Mozart trabajando para el arzobispo Colloredo no le permitieron brillar como debiera. Y es que este concierto respira aires elegantes, estructura “clásica” en sus tres movimientos, cada uno con su cadencia para que Romero cantase como solista sacando unos timbres cálidos y hermosos, volase desde el virtuosismo cortesano de un instrumento peculiar, siempre arropado por la cuerda inicial a la que se sumaron cinco compañeros de viento (trompas y oboes a dos más el fagot), con una concertación de Coelho atento al solista y cuidando las dinámicas para brillar todavía más. El arreglo de Bach para dos violas y chelo que nos regaló Juan Pedro corroboró calidad, talento y elegancia en todos ellos, y no son flores (que no le faltaron de la mano de sus hijas) sino la constatación del buen hacer de cada uno, pose, peso y poso por doquier.Siempre comento en broma que “no hay quinta mala”, y Schubert no es la excepción. Su Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 bebe de su admirado Beethoven pero especialmente de Mozart, como el Ferlendis anterior al que añadir flauta y fagot completando una orquestación que fue creciendo en número y calidad a lo largo del concierto, sobre todo en “elegancia sonora”, atención e implicación de todos los músicos en tres obras delicadas donde un mal gesto podía convertirlas en chabacanas, algo que Nuno Coelho evitó con juvenil maestría. La sonoridad de la OSPA cuidada al detalle desde una dirección elegante, precisa, de tiempos ajustados nos hizo disfrutar hasta de los silencios (lástima del poco civismo tristemente contagioso), dejando flotar los finales de cada movimiento, apostando por un Allegro inicial vibrante, el Andante con moto sin acelerarlo y contrastado con el primero, además de unas dinámicas muy trabajadas, seguido por el Menuetto bien llevado con un “rubato” puntual nada afectado, vienés a más no poder, y el Allegro vivace final que fue balanceando para disfrutar del talento de cuerda y viento en una plantilla ideal para las obras del undécimo de abono.Si a Oviedo la he rebautizado como “La Viena del Norte”, las hechuras del viernes destilaron aire austríaco en la orquesta asturiana en manos del portugués que sacó lo mejor de cada atril. Lo dicho, no se puede perder talento y elegancia, valores difíciles de aunar que cuando se encuentran nos dejan conciertos ideales como estas “Perspectivas”.

Sestiere Forma Antiqva

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Miércoles 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. Forma Antiqva: Notte Italiana. Música del Seicento para Consort de Continuo. Obras de Kapsperger, Frescobaldi, Bartolotti, Selma y Salaverde, Picchi, Roncalli, Vitali, D. Gabrielli y Diego Ortiz.

Por esta noche Venecia resultó Oviedo, los seis barrios de La Serenissima unos músicos de casa con los hermanos Zapico (sin Aarón en escena) y cuatro invitados habituales, la sala de cámara un verdadero palacio donde disfrutar de un paseo musical con Forma Antiqva que volvió a prepararnos un festín del seiscientos con un continuo protagonista absoluto y un lleno demostrando que se puede ser profeta en tu tierra, 20 años largos de trayectoria, brillando al nivel de figuras internacionales que continúan desfilando por «La Viena del Norte».

Aarón Zapico hizo de presentador en un concierto donde acudió por vez primera como público al ser jurado del Premio Princesa de las Artes y no poder compaginar ambas obligaciones, pero Daniel Oyarzábal sin «jetlag» pese a su ajetreada agenda (en parte como el resto), es un Zapico más que sumar a la familia como ya lo es Ruth Verona aumentando con Elisa Joglar, dos chelistas que ayudaron al espectacular concierto de esta primavera barroca ovetense.

A destacar lo bien que Forma Antiqva organiza sus proyectos, conciertos exportables, temáticos y siempre con protagonismo para sus componentes en cualquier formato, siendo el de trío, cuarteto o este sexteto para la ocasión. Bloques de dos compositores con Frescobaldi sustento en la mayoría de ellos como pilar en cada uno de los 455 puentes, esta vez reducidos a ocho, jugando con aires, intervenciones solistas en cada uno de ellos, inspiración vocal en la edad dorada del virtuosismo instrumental como lo fueron los propios autores, bien defendidos por todos en un paseo nocturno por los intrincados vericuetos venecianos que nunca sabes dónde terminan, asomando a un canal que parece no tener salida, apareciendo una iglesia en otra esquina, carnavales en algún palacio, bailes señoriales o aires españoles flotando por los canales, músicas como las 118 islas unidas de esta Venecia única.

Todo un viaje musical bien ensamblado con seis instrumentos habitualmente continuo pero más solistas que nunca desde el directo único y sorpresivo que ya esperamos de Forma Antiqva, solos, dúos, tríos y combinaciones de este «sestiere»: con Frescobaldi se emparejaron Kapsperger, Bartolotti, Picchi y hasta nuestro Diego Ortiz, pero también Bartolomé de Selma y Salaverde en solitario con una fantasía y passeggiata bellísimas en ornamentos o el «dúo» Roncalli y Vitali cual puente de Rialto por el bullicio bergamasco. Una hora larga de música llena de color en las cuerdas frotadas y punteadas, apariciones puntuales del órgano dando la pincelada y el fondo para sus compañeros, chelos con efecto estéreo al situarse a los lados Ruth y Elsa, sobre todo con la Sonata de Domenico Gabrielli, compartiendo partes en silencio, buscando claroscuros contrapuestos a los brillos, dramatismos y tormentas impetuosas al lado de recreaciones de las canzonas reinterpretadas desde la particular visión de estos grandes intérpretes.

También se lucieron los gemelos Pablo y Daniel Zapico como «Villanos de España» (Villan di Spagna) de su último trabajo para el sello alemán, y la última Recercada de Ortiz colocada de cierre alternando con Frescobaldi como queriendo volver al puente inicial tras esta noche veneciana que el público disfrutó desde el respetuoso silencio envidiable en todos los eventos, admiración para los langreanos universales.

Aarón Zapico no podía quedarse sentado y la propina, ya distendido con el recorrido veneciano finalizado nos devolvió al Madrid dieciochesco de Luigi Boccherini con su conocida Música nocturna por las calles de Madrid deleitándonos con un «duelo de chelos» cantando la famosa melodía, el «Zapico Power» con Oyarzábal al órgano positivo dejando el clave a Aarón para sumarse a esta fiesta barroca con la que Forma Antiqva nos dejó con ganas de más.

FORMA ANTIQVA:
Ruth Verona y Elisa Joglar, violonchelos
Daniel Oyarzabal, clave y órgano
Daniel Zapico, tiorba
Pablo Zapico, guitarra barroca

Nebra internacional

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Jueves 11 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: VI Primavera Barroca. María Espada (soprano), Nereydas, Javier Ulises Illán (director). Obras de J. de Nebra, G. Facco, D. Scarlatti y Charles Avison.

Aprovechando el 250 aniversario de la muerte del aragonés José Melchor Baltasar Gaspar de Nebra Blasco (1702-1768), el CNDM aprovechó para ofertar una serie de conciertos que ponen en el lugar que le corresponde al compositor bilbilitano, y a Oviedo volvía María Espada con el grupo debutante Nereydas del toledano Javier Ulises Illán con un programa equilibrado y tratando de igual a compositores contemporáneos al músico de Calatayud como Giacomo Facco, Domenico Scarlatti y el «curioso» Charles Avison inspirado en el ítaloespañol con una formación llena de músicos habituales en otros «ensembles», destacando el continuo de Daniel Oyarzábal (órgano y clave), Guillermo Turina (violonchelo), Manuel Minguillón (guitarra y tiorba) e Ismael Campanero (contrabajo), sumándose puntualmente la percusión de Daniel Garay más unas cuerdas comandadas por el concertino Luca Giardini que tuvieron problemas de afinación tras llegar del seco León al húmedo Oviedo, y de la propia sala, antiguo depósito de aguas, pidiendo disculpas por ello y el tiempo en volver a templar las cuerdas, lo que el respetable agradeció, un público fiel a esta cita ineludible con un género que no falla como el Barroco.

A pesar de la dificultosa afinación de «las tripas», Nereydas armó un concierto hasta pasadas las diez de la noche donde el homenajeado Nebra brilló con un lenguaje universal aunque abriesen con el Concierto nº 6 en la mayor, op 1 -IGF 2 (Pensieri Adriarmonici, 1719) de Facco, lucimiento de Giardini solista en tres movimientos de auténtico sabor italiano tan del gusto del XVIII español y una corte melómana donde el propio Nebra hubo de recuperar el archivo musical quemado en el Alcázar madrileño la «nochebuena» del 1734 con tantas partituras de las que se salvaron aquellas que se copiaron y pasaron a nuestras colonias, como comentaría el propio Javier Ulises Illán a propósito de la «cantada» Entre cándidos, bellos accidentes en Guatemala. Y como indicaba la publicidad del concierto, «permitirá disfrutar de una música que bebía tanto de la tradición operística italiana como del acervo nacional. En sus grandes obras, como las zarzuelas «Viento es la dicha de Amor» e «Iphigenia en Tracia», o la ópera «Amor aumenta el valor», no faltan músicas del más pleno casticismo«.

Para Nebra la voz de María Espada resulta perfecta, hace tiempo que la tiene en su repertorio aunque cante también a Mahler con la misma entrega, eligiendo lo que le gusta sin más etiquetas. En el formato de cámara su voz corre sin problemas además de ir adquiriendo un grosor en toda su tesitura pero manteniendo ese timbre único de la emeritense. Cierto que no siempre vocaliza correctamente y la ausencia de los textos en el programa no ayudaron, pero mantiene unas agilidades portentosas, la emisión llena de matices y la dramatización de los distintos personajes que Nebra compone dan el verdadero carácter internacional a unas páginas que alternan el sabor español junto al aire germano de la cantada antes citada. La formación del director toledano que arrancó dubitativa fue asentándose y ayudó a saborear esta música alternando arias con partes instrumentales donde la calidad de los músicos brilló a pesar de la afinación.

De Espada destacar las seguidillas y fandango Tempestad grande, amigo se armó en la selva de «Vendado es amor, no es ciego» (1744) y de «Iphigenia en Tracia» (1747) el aria de Orestes Llegar ninguno intente, cuya obertura iniciaba la segunda parte. El aire hispano cerró el concierto con la seguidilla Siento en el pecho un áspid de «Donde hay violencia, no hay culpa» (1744), gozando igualmente con la «cantada» ya citada.

Nereydas destacó en la breve obertura, casi un juguete de Scarlatti bien completado con el Concierto nº 5 en re menor «in Seven Parts donde from the Lesson of Domenico Scarlatti« (1742) de Charles Avison (1709-1770), tributo inglés al españolizado Doménico, aunque no quiero olvidarme del Fandango de España que se «marcó» Daniel Oyarzábal al clave, sumándose las castañuelas de Garay en un portento de buen gusto que se mantuvo como todo el continuo. Doce músicos con Javier Ulises Illán en el podio que brillaron solos y supieron arropar a María Espada contagiando la alegría de unas páginas internacionales que vuelven a demostrar la importancia de músicos como José de Nebra felizmente recuperados y capaces de codearse en el mismo programa con el mismo nivel de los compañeros de viaje. La propina operística de un grande como Haendel, Acis y Galatea, una joya de aria Verso già l’alma col sangue cantada por una María Espada doliente, hasta el último aliento de Polifemo en argumentos mitológicos de los que Nebra también bebió estando al tanto de los gustos del momento, las modas que marcaron época.

Larga vida a los compositores españoles de los que todavía queda mucho por descubrir y disfrutar gracias a una generación de musicólogos e intérpretes sin complejos.

Jaroussky de disco

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Domingo 7 de abril, 19:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Philippe Jaroussky (contratenor), Ensemble Artaserse.

La voz del contratenor es lo más parecido a los castrati, y volviendo del concierto dominical venía escuchando en el coche a Arturo Reverter hablando de ellos y sonando Philippe Jaroussky como el más popular o mediático y uno de los más aclamados por la crítica a pesar de los años, volviendo a llenar el auditorio con uno de los compositores barrocos a los que rinde culto, esta vez el veneciano Francesco Cavalli (1602-1676), discípulo aventajado del divino Claudio Monteverdi, al que ha dedicado su última grabación que se vendió como churros en el hall y tuvo el detalle de firmarlos uno a uno tras el espectáculo con el Ensemble Artaserse plagado de españoles, a igual altura en calidades que el contratenor y no una formación para la gira, más de una hora de cola que atendió cordial, amable y simpático como la figura cercana que es.


Programa organizado en la forma habitual de estos recitales alternando «sinfonías», arias de las óperas conocidas de Cavalli como L’Ercole amante, Xerse, Il Ciro, Erismena, Eliogabalo, La Calisto, Doriclea, L’Ormindo, Orione, Pompeo Magno, más dos propinas donde maestro y discípulo brillaron por igual gracias sobre todo a «los Artaserse» fundados en 2002 por el propio Jaroussky, que vistieron cada página de buen gusto con acompañamientos delicados, bien elegidos y combinados en un continuo maravilloso y con el dúo de instrumentistas de viento que alternaron corneti y flautas verdaderamente «barrocos», sin olvidarse de las percusiones que tanto iluminan de detalles arias y lamentos. Por ellos quiero comenzar citándolos a todos: Raúl Orellana y José Manuel Navarro (violines), Marco Massera (viola), Christine Plubeau (viola da gamba), Roberto Fdez. De Larrinoa (violonchelo), Marco Horvat (guitarra y lirone), Marc Wolff (tiorba), Berengère Sardin (arpa), Michèle Claude (percusión), Yoko Najamura (clave), Adrien Mabire y Benoit Tainturier (cornetos / flautas), especialmente delicados aterciopelando un sonido siempre delicado en todos y cada uno de ellos.

Primer bloque enlazando tres Sinfonías, dos de L’Ercole amante y Eliogabalo «escoltando» las arias de Xerxe Ombra mai fu que da título al CD, Ciro Corone ed honori y el Lamento plenamente monteverdiano, elegante como la Venecia del XVII, con sobretítulos que nos ayudaban a comprender cada rol de Jaroussky, el timbre algo más oscuro que hace años pero igual de pletórico en las agilidades y toda la amplia gama de dinámicas donde los piani siguen siendo únicos mimados por la instrumentación perfecta, un concierto que resultó «de disco» por la perfección mostrada.

Segundo bloque de «continuidad» comenzando con el recitativo y aria de Endimione de la ópera más representada de Cavalli, La Calisto, el Nerillo de L’Ormindo y el recitativo y lamento de Idraspe de Erismena, efectos de viento en la percusión, con la Sinfonía lenta de Doriclea o la más movida Prólogo de Orione, disfrute instrumental, finales perdendosi con mínimos silencios o directamente enganchados al aria siguiente evitando toses para un público entregado casi como ritual integrador porque Jaroussky manda sin gestos, solamente con esa voz que deja boquiabierto a los «no iniciados» y emociona la legión de seguidores.

Cambiando un aria de Giasone por la de Pompeo Magno «Cieche tenebre», la segunda parte repitió esquema y aumentó calidades, con bloques más separados en parte por el aplauso tras cortar la respiración el aria de Vafrino de Ipermestra sonando un continuo grave que prescindió de violines, viola, arpa y percusión para revestir la voz del atuendo básico y elegante. El Lamento de Apollo tornó el continuo con el arpa y la tiorba protagonistas subyugantes de ese amor entre Apollo y Dafne precediendo la sinfonía correspondiente, el recitativo y aria de Erino o la siguiente de Eumene La belleza è un don fugace, viva, rítmica, de aire hispano que volvería a marcar otra cesura en el discurrir del concierto. El ensemble abriría el último «sprint» calmando ánimos, preparando el recitativo y lamento de Alessandro, lamento como forma monteverdiana donde Jaroussky despliega lo mejor de su voz, para finalizar con Brimonte y un aria guerrera, All’armi, mio core de la ópera Statira, perfecto entendimiento con sus músicos y ardor interpretativo recompensado por salva de aplausos más las dos propinas comentadas: Monteverdi arrancado con el arpa divina a la que se van sumando con delicadeza el violín ornamentando entre versos, viola de gamba, corneto aterciopelado y esa reconocible aria Si dolce è’l tormento, dulce tormento a fuego lento apagándose para cortar el aire, y de nuevo Cavalli Alcun più di me felice non è (Clarindo de La virtù de’ strali d’Amore), probablemente el aria más breve escrita que Jaroussky usó para despedirse con alegría antes de la firma de discos.

El contratenor con nuevo disco no defraudó, Artaserse tampoco, barroco para todos los públicos que sigue estando de moda en Oviedo…

El París de Perianes

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Debussy y Falla.

Crítica para La Nueva España del sábado 30, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Un Auditorio con demasiadas butacas vacías esperaba la nueva visita del pianista de Nerva (Huelva) a Oviedo que se presentaba en solitario con tres de sus autores de cabecera, recién grabados en el primer centenario de Debussy para el sello Harmonia Mundi y presentado en Madrid el pasado diciembre, todos unidos por un París internacional y aglutinador de tendencias como el propio Javier Perianes (1978) en plena madurez artística y vital.Chopin es el romanticismo de salón, rompedor pero íntimo, como los dos Nocturnos opus 48 elegidos para abrir el concierto, los números 1 y 2 discontinuados por los estertores maleducados que me recordaron la tisis del polaco. Claroscuros parecidos a un Turner (el pintor preferido de Debussy) que prepararía todavía más una paleta de recursos pianísticos para la Sonata nº 3 en si menor op. 58, cuatro movimientos donde el “Scherzo. Molto vivace” precede al “Largo” que nos hace intuir las sombras coloreadas posteriores de sonido cristalino, y el “Finale. Presto, non tanto” verdadera explosión de color, pinceladas carnosas, casi pre-impresionistas en las manos del onubense levantando el vuelo con toda la delicadeza y fuerza posibles. Al descanso el afinador retocaría lo justo el Steinway© cual caballete sonoro para los siguientes cuadros musicales.

Debussy admiraba a Chopin y con sus tres Estampas viajará con su imaginación desde un piano que se negaba a llamar impresionista, pues lo evanescente ya lo intuimos en la sonata del polaco bien leída por Perianes. Pero el color armónico y el dibujo de pedal en el francés superará paralelismos pictóricos, “mezcla de ingrávido y preciso” en palabras del propio pianista, perfecta definición para esta música que casi transmite olor y color. Las Pagodas nos transportan a los nenúfares de Monet con música de gamelán, mientras La tarde en Granada y los Jardines bajo la lluvia tienen la luz de Regoyos y el olor a azar, rasgueos de guitarra de la España inspiradora de tanto arte, la Expo parisina de 1889 con postales de una Alhambra que Debussy nunca conoció pero el onubense ofició de guía musical perfecto desde una confesa fascinación por el autor (nos quedan grabados los Preludios).
El verdadero sabor hispano desde la capital francesa, que no abandonamos, lo pondría Falla, del que Perianes hereda la luz atlántica en la corta distancia de Cádiz a Huelva, su cosmopolitismo y la continua búsqueda del color, aquí aliñado con olor a jerez y manzanilla pintados por este Sorolla del piano. Las Cuatro piezas españolas son cual recuerdo de la patria lejana retratando paisajes y paisanajes: “Aragonesa” recia de jota para escuchar, “Cubana” habanera gaditana mecida en una hamaca del malecón, “Montañesa” que se menea resalada entre Cantabria y Asturias antes de la última “Andaluza” que solamente Don Javier puede transmitirnos como Don Manuel, músicas universales que beben aires parisinos pero evocan la patria chica.

Y la explosión del baile llegaría con El sombrero de tres picos y las tres danzas españolas por andaluzas, el todo por la parte, sinfonismo grandiosamente reducido al piano que las manos de Perianes convierten en un arco iris tímbrico, empuje rítmico con barniz de guitarra y flamenco, bailaoras gitanas de Romero de Torres en la “Danza de los vecinos”, seguidillas con prisa en el aplauso que no hizo perder el paso para la farruca del molinero y el fandango de la molinera, fuerza hidráulica atlántica de empuje ruso en el París con decorados y figurines de Picasso, otro andaluz universal que cayó rendido a los aires del Sena y el Barrio Latino.

El público premió con numerosos aplausos el triunvirato elegido y Javier Perianes nos devolvió nuevamente a los tres, primero La catedral sumergida de Debussy (del primer libro de los Preludios), un Monet musical con campanadas embrujadas, AGUA antes de La danza del FUEGO de Falla, segundo elemento natural de pasión gitana y sangre agarena, respirando el AIRE del Nocturno nº 20 en do sostenido menor chopiniano, retornando al punto de partida de un viaje musical muy pictórico desde la capital francesa, donde Perianes fue el mago del piano capaz de unificarlo todo desde las páginas de estos tres grandes, lienzo siempre nuevo aunque lo pinte cada día y aparezcan siempre detalles con luces nuevas cual Antonio López, españoles, artistas únicos e irrepetibles.

Perianes inspiración parisina

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Jueves 28 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Javier Perianes (piano). Obras de Chopin, Debussy y Falla.

Reseña para La Nueva España del viernes 29, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Nueva visita del onubense Javier Perianes a Oviedo, esta vez en solitario y con menos público del merecido, dentro de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” trayendo parte del programa que ha grabado recientemente para el sello Harmonia Mundi cerrando el centenario de Debussy junto a Chopin y Falla, tres mundos evocadores en homenajes musicales encadenados.
Chopin con dos Nocturnos op 48 (1 y 2 con breve intermedio tísico) más la poderosa Sonata nº 3 en Si m op. 58 fueron pinceladas finas, de dibujo impecable y atmósferas románticas para la primera parte donde las sombras ya se coloreaban preparando lo que vendría después tras ajustar el piano por el tormentoso finale.

Las tres Estampas debussyanas y viajeras nos trajeron aromas chinos y granadinos únicos, “sonidos y perfumes” que Perianes destila con luz propia sin perder la nebulosa ni la admiración chopiniana del compositor francés.
Y admiración por Debussy la de Falla en el Paris donde añora España, las Cuatro Piezas casi geográficas de carácter y ritmo, Cubana casi gaditana o Montañesa resalada medio asturiana, Sorolla musical que Perianes pinta como nadie para terminar tocado con El Sombrero de Tres Picos bailando las tres danzas, vecinos interrumpiendo insolentes la Molinera y Molinero batidos por el Atlántico onubense en el piano sinfónico de nuestro intérprete más internacional.
Espléndido con propinas catedralicia (Debussy), fuego (Falla) y nocturno (Chopin), siempre parisinos en manos de Perianes.

Sandrine Piau, la elegancia barroca

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Martes 26 de marzo, 20:00 horas. Sala de Cámara, Auditorio de Oviedo, VI Primavera Barroca: «Heroínas barrocas«, obras de Händel. Sandrine Piau (soprano), Les Paladins, Jérôme Correas (clave y dirección).

Prosigue con éxito la sexta edición de esta primavera barroca familiar coproducida por el CNDM en la sala de cámara carbayona, ideal por cercanía y acústica aunque en los conciertos del auditorio cada vez tenga más presencia esta música que sigue atrayendo a un público variado y entendido, máxime cuando tenemos la suerte de disfrutar en «La Viena del Norte» a figuras como la soprano francesa con un ropaje de alta costura a cargo de Les Paladins y el maestro Correas al clave y dirección que conoce como pocos por su faceta de cantante lo que supone acompañar la voz mimándola con esmero compartiendo un programa dedicado a las heroínas de Händel, alemán internacional que terminaría sus días como Haendel en la corte británica donde dejó escritas tantas joyas.

De las muchas óperas del gran maestro, las elegidas para el concierto fueron Ariodante, Partenope, Giulio Cesare in Egitto, Alcina y Rodrigo cuyas arias y oberturas fueron bien colocadas en el programa, con notas de mi tocayo sevillano Pablo J. Vayón, junto al Concerto grosso en la menor, op. 6 nº 4 HWV 32 (1739) perfectamente encajado y siempre buscando la unidad temática de las heroínas a las que Sandrine Piau encarnó en el amplio sentido de la palabra, un primor escucharla con dicción perfecta aunque esta vez sí contásemos con los textos y su traducción, emisión clara, calidad interpretativa en cada aria y especialmente la elegancia en su línea de canto donde los agudos nunca molestan, sus graves sonoros realzan la belleza global de cada partitura, sumándole la puesta en escena donde funciona todo: gesto, pose, manos, pasando por cada uno de los estados de ánimo de Parténope, Cleopatra (incluso la imagen con su peinado), Alcina, Morgana y hasta la Armida de las dos propinas.
Les Paladins se presentan para esta gira española con un septeto idóneo para vestir a medida a la soprano francesa, pese a momentos desafinados por esas cuerdas que se aflojan como la tripa, poco tirantes aunque sin empañar un encaje digno del ropaje haendeliano. Juliette Roumailhac en el violín solista con intervenciones líricas, Jonathan Nubel segundo violín de encaje y entendimiento con el primero impresionante, Clara Muhlethaler a la siempre necesaria y complementaria viola, Nicolas Crnjanski al violonchelo redondo en el conjunto, bien doblado a menudo por Franck Ratajczyk al contrabajo, y finalmente Benjamin Narvey alternando la tiorba y la guitarra barroca dependiendo del «contexto» dramático, tanto en los punteos complementarios del clave como los rasgueos reforzando ritmos. De ​Jérôme Correas lo apuntado, dirigiendo desde el clave a sus músicos que tienen interiorizadas todas y cada una de esas páginas, los ornamentos en su sitio que verdaderamente embellecían la voz de Sandrine Piau y aparecían en el momento preciso para convertirse en perlas, collares dorados o sutiles veladuras sonoras.

La Obertura de Ariodante HWV 33 (1735) mostró las cartas de lo que vendría a continuación, pues el contraste típico resultó de libro con la guitarra en el continuo y sonoridades que la sala de cámara ovetense mantiene limpias. Partenope HWV 27 (1730) arrancó musicalmente mientras la soprano aparecía refulgente y plateada para el aria Voglio amare infin ch’io moro, sin necesitar una orquesta completa, con Les Paladins la voz corría ágil y colorida, arropada más que acompañada para disfrutar la primera aparición de esta figura del canto barroco antes de transmutarse en la Cleopatra de Giulio Cesare in Egitto HWV 17 (1724), primero con el famoso recitativo y aria Piangerò lal sorte mia que pone la carne de gallina por expresividad, entrega y equilibrios instrumentales antes de rematar la primera parte con Da tempeste il legno infranto, capaz de enamorar a toda la tropa que llenaba y disfrutaba con Sandrine Piau, retomando la guitarra en un continuo íntimo lleno de dinámicas asombrosas, agilidades carnosas sin artificio, pulsación ideal y colorido total. Entre ambas el Concerto grosso en la menor, op. 6 nº 4 donde los instrumentistas rindieron tributo a esta forma barroca en los cuatro movimientos de aires y matices amplios acordes a la calidad general de este recital.

Alcina HWV 34 (1735) abriría directamente con el aria Ah! mio cor, más que un aperitivo en la voz de la francesa y el septeto sonando como una orquesta de cámara por esa calidad que atesora cada músico, declaración amorosa de amplio registro y «tempo giusto» degustando palabras, agilidades paladeadas sumándole el saber estar sobre las tablas de la soprano dominadora de cada rol.
Curiosa la ópera Rodrigo HWV 5 (1707) basada en nuestro último monarca godo que parece fue la primera representada en el Londres regio de Haendel, aquí la obertura en forma de suite digna de tener al menos tanta fama como otras más escuchadas. Siete danzas donde la guitarra subraya el carácter hispano y cuya Bourrée en pizzicatos sonó triunfantemente redonda dentro de unas heroínas que aquí tornáronse en regio. Volvería Alcina, ahora Morgana Piau para finalizar con Tornami a vagheggiar, nuevo cortejo y coqueteo vocal con solo la cuerda de Les Paladins, dramatismo en estado puro donde la voz campa a sus anchas por toda la tesitura y recursos que Haendel pide a sus personajes, belleza sonora para todo un espectáculo camerístico.

Con el público volcado, las dos propinas de otra heroína con dos personalidades del Rinaldo (que escucharemos el próximo octubre en Oviedo), la Almirena Armida bruja que diría Correas, Furie terribili sin efectos especiales pero fogosa a más no poder, y el superéxito Lascia ch’io pianga que no cansa nunca, esta vez increíblemente íntimo, bien interpretado por el juego de aires, más ágil de lo habitual, y especialmente los ornamentos tanto vocales como instrumentales que pusieron en lo más alto esta página única siempre distinta con Sandrine Piau, Correas y sus paladines rematando un concierto heróico y elegante. Da gusto salir del auditorio con el ánimo recompuesto ante tanta belleza y calidad demostrada, porque el barroco cuando se hace así es atemporal y por encima de modas.

Monteverdi divino

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ian Bostridge (tenor), Europa Galante, Fabio Biondi (director). Obras de Castello, Monteverdi, Farina, Purcell y Frescobaldi.

Crítica para La Nueva España del miércoles 20, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Si el barroco tiene su propia primavera en la sala de cámara, se está haciendo hueco en la sala principal dentro de este ciclo de grandes conciertos, y volvían dos años después Fabio Biondi con su Europa Galante en un programa del Seicento italiano en el que brilló el tenor inglés Ian Bostridge con un “Divino Claudio” además de la licencia de su compatriota Purcell.

La formación de Biondi llegaba a Oviedo con un octeto suficiente para las obras elegidas, tanto instrumentales como vocales: dos violines, viola, cello, contrabajo, laúd, arpa y clave-órgano, de presencia y acústica suficiente al mover la caja escénica, y eficiencia en todos los instrumentistas que por momentos casi taparon la voz del británico. Sus intervenciones camerísticas tuvieron distintas calidades, más por lo escrito que lo tocado, pues siguen demostrando el dominio del repertorio italiano bien equilibrado y contrastado en dinámicas y tiempos.
Compositores poco conocidos como Dario Castello, de quien nos dejaron dos sonatas del Libro II (1629) alternando clave y órgano en forma típica en su época, junto al curioso Capriccio Stravaganzza a quatro (1627) de Carlo Farina, donde los instrumentos imitan sonidos de animales con técnicas muy expresivas a base de glisandos, pizicatos, trémolos o dobles cuerdas y los novedosos para entonces sul ponticello o col legno, juegos tímbricos donde los Galantes se mostraron solventes además de preciosistas.

Monteverdi sería el verdadero protagonista vocal con Ian Bostridge, primero Il combattimento di Tancredi e Clorinda (1624) originalmente para tres voces y seis instrumentos, aquí en versión de voz sola (con teléfono móvil al final) para la que el compositor exhorta al tenor “voz clara, firme, de buena dicción y bastante alejada de los instrumentos para que se entienda mejor su narración”. Continúa pidiendo “no hacer gorjeos ni trinos” salvo en las partes indicadas, todo al pie de la letra por parte del cantante inglés en el llamado stilo concitato donde la armonía imita lo enunciado, exigiendo una gama expresiva muy amplia en pos del texto, silábico y por momentos rapidísimo, casi un trabalenguas. Verdadera exhibición de gusto y dominio que mejoró en el último madrigal Tempro la Cetra, monodia acompañada por unos músicos curtidos en este repertorio, con el continuo sin necesidad de doblar cello y contrabajo, sólo éste con el clave, arpa y laúd en un cuarteto remarcando el texto, sobretitulado ayudando a comprender el esfuerzo y la dramatización exquisita del tenor.

El Purcell que abriría la segunda parte supuso salto de época y estilo pero más comodidad vocal pese a la posición casi encogida del cantante que recreó The Queen’s Epicedium (1695) con gran intimismo ayudado por la presencia únicamente del continuo.
Europa Galante puso a continuación su parte instrumental de Frescobaldi y sus Fiori Musicali, op. 12 (1635) con tres formas contrastadas utilizando el órgano para crear atmósferas barrocas por excelencia: Toccata, Bergamasca y Capriccio sopra la Girolmeta, antes de la cítara última de Il divino Claudio.
Buen «seicento» italiano, mejor cantado que instrumental, óptimos los dos ingleses (compositor y tenor) aunque Bach sea dios, verdadero regalo con el que nos elevaron al paraíso musical estos primorosos galantes europeos que también lo tienen grabado. Bendito barroco en Oviedo, “La Viena del Norte”.

Barroco al alza

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ian Bostridge (tenor), Europa Galante, Fabio Biondi (director). Obras de Castello, Monteverdi, Farina, Purcell y Frescobaldi.

Reseña para La Nueva España del martes 19, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Si el barroco tiene Primavera propia también se agradece la creciente presencia en este ciclo trayendo figuras de la talla de Fabio Biondi y su Europa Galante que volvían dos años después a la Sala Principal, pantalla acústica ayudando, con un programa del Seicento para lucimiento instrumental en formato octeto compartido por el tenor inglés Ian Bostridge de color y dicción ideales cantando al “divino Claudio” Monteverdi como único narrador, verdadera dramatización de los textos. Tanto en “El combate” donde un móvil noqueó el final celeste de Tancredo y Clorinda, como en La Cetra el público, que casi llena el patio de butacas, disfrutó del Maestro y sus intérpretes. La licencia geográfica y temporal al compatriota Purcell sirvió para degustar la lengua materna del solista, siempre ayudados por sobretítulos, tan solo con el continuo (cello, arpa, laúd y clave) y canto doliente para “La Reina”.

Instrumentalmente, salvo el reconocido Frescobaldi de sus “Flores” que mantuvo el interés alto, unos menos escuchados Castello y Farina con su stravaganza animalesca dejaron contentos a todos con el buenhacer de esta Europa con calidades contrastadas por todos ellos más Biondi llevando de la mano y arco a sus galantes.
De propina Bach dio el salto al Paraíso musical.

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