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El dolor que genera belleza

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Crítica para LNE del domingo 23 NO PUBLICADA con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Cuarto y último abono de la OSPA este año 2025, pues se incorporara al “Rigoletto” de la temporada de ópera ovetense. El habitual encuentro previo de las 19:15 h., tuvo de protagonista al maestro titular que volvía al podio, acompañado por Fernando Zorita, preámbulo que, lejos de ser un simple calentamiento, ayudó a contextualizar un cuarto concierto marcado por el frío invernal exterior y por un público escaso que comienza a ser preocupante. Quizá por ello resultó todavía más revelador comprobar cómo dos obras poco frecuentes en los programas sinfónicos, lograron elevar la temperatura emocional de la sala, ambas atravesadas por un ideario musical que encaja de lleno en estos tiempos convulsos: música que denuncia, pero que también reconcilia; música que incide en la herida, pero que a la vez ofrece un bálsamo. Dos páginas sinfónicas que, pese a pertenecer a universos distintos, dialogan entre sí desde la tensión entre destrucción y esperanza: la madurez amarga del francés Arthur Honegger y la fogosa juventud del alemán Richard Strauss.

Honegger y la liturgia del desgarro, su Sinfonía nº 3, “Liturgique”, H. 186, es una obra que nace como reflejo directo del trauma de la Segunda Guerra Mundial tras componer la nº 2 “para orquesta de cuerda y trompeta” (1940-41) -que esperamos poder escuchar también con el maestro Coelho en un futuro- y escrita entre enero de 1945 y abril de 1946 a petición de la Fundación Pro Helvetia estrenándose en Zürich el 17 de agosto y el 14 de noviembre de ese año en París. Miembro destacado del grupo de Les Six, vuelca aquí una visión profundamente existencial y espiritual, muy alejada del neoclasicismo jocoso que caracterizó a muchas obras del colectivo de cuyo estilo siempre discrepó. Se trata de una partitura de una lucidez casi brutal, construida en tres movimientos que adoptan como título versículos de la Missa pro defunctis, partitura que mantiene un lenguaje que une lo alemán y lo francés de este suizo nacido en Le Havre y afincado en París que nunca renunció a la nacionalidad de su padres: “La música francesa debe encontrar sus cualidades intrínsecas. el arte de Wagner y de Debussy nos lleva a la sobre valoración, los ritmos obsesivos del jazz y de la Sacre constituyen un mismo peligro de carácter hipnótico”.

El “Dies irae” inicial irrumpe con un estallido de violencia contenida. La OSPA desplegó aquí una sonoridad robusta, casi escultórica, sostenida por una plantilla generosa en el amplio sentido de la palabra, que permitió un retrato fiel del caos y de la ira que Honegger quiso dejar como testimonio. La precisión rítmica —clave para que este primer movimiento no se desborde en ruido— se mantuvo firme gracias al control del maestro Coelho, siempre atento a los planos y a la tensión interna, con un brillante coral de los trombones, el llamado por el compositor “canto del pájaro”, donde la música retorna a las profundidades de donde se había iniciado. En el “De profundis clamavi”, segundo movimiento, llegó el gran momento lírico de la velada. La orquesta encontró un equilibrio muy logrado entre densidad y transparencia, articulando un lamento que no cae en el patetismo sino que se abre a la esperanza. Fue especialmente admirable el empaste de las maderas, sostenido por una cuerda que, bajo el liderazgo de la concertino invitada Isabel Jiménez Montes, mostró cohesión además de un fraseo cálido y flexible. Coelho manejó con sensibilidad los crescendi, permitiendo que la emoción creciera orgánicamente. Contrastes entre dulzura y dureza, lo lírico alternando entre la cuerda y la madera, el tema que va aumentando su expresividad con los violines acompañados por las trompetas con sordina sin olvidarme de los acordes del piano en sus notas graves anunciando el principio del clímax, para culminar con la interpretación apasionada de las primeras frases del tema. El piccolo repite con una variación difícilmente reconocible el citado “tema del pájaro” como representación de la paloma de la paz volando sobre los escombros de las ciudades destruidas por la guerra, para terminar con una coda apacible aunque presentando un cierto carácter interrogativo. El cierre con un Andante, “Dona nobis pacem”, planteó la eterna pregunta por la posibilidad de la paz. Tras una marcha implacable, una humanidad miserable y agotada desfilando arrastrándose desesperadamente, y de atmósfera casi cinematográfica, la obra desemboca en un final que no ofrece respuestas fáciles, la visión de la paz eterna expresada por los arabescos de la flauta adornando el recurrente tema del pájaro. Es la visión de un mundo utópico dirigido por el amor y la fraternidad, un bello sueño cuyo título «danos la paz”, es la parte final del ordinario de la misa, escuchado con un silencio sepulcral. La OSPA resolvió este movimiento con una madurez tímbrica notable, destacando la claridad de los metales y la contundencia jamás excesiva de la percusión. El resultado fue un final que mantuvo la tensión sin renunciar a la luz final, esa que aparece tímidamente más como una promesa que como un triunfo. El programa detallado que Honegger escribe para esta obra se resume en la siguiente frase: “Quería simbolizar en esta obra la rebelión del hombre moderno contra el alud de barbarie, estupidez, sufrimiento, mecanización y burocracia que nos viene azotando últimamente”.

Si Honegger escribe desde la devastación contemporánea, el joven Richard Strauss recurre a Shakespeare para su primer poema sinfónico, “Macbeth”, op. 23, TrV 163 (1887–1889), el menos conocido e interpretado de Strauss, algo injusto pues se trata de una pieza profética en varios aspectos del compositor de ópera en el que Strauss se convertiría. Aquí el drama no describe la guerra moderna sino la ambición humana en su dimensión más corrosiva, un retrato musical de los protagonistas y su conflicto interior. La propia OSPA parece llevar en sus genes estos poemas, y este primero presenta ya muchas de sus señas de identidad: exuberancia orquestal, contrastes dramáticos súbitos y una escritura que exige una orquesta disciplinada pero también capaz de asumir riesgos expresivos, reflejo de la ambición, el poder y la tragedia.

Desde los primeros compases quedó claro que Strauss sienta bien a la OSPA. La orquesta asturiana afrontó las seis secciones de este poema sinfónico de atmósferas más que de personajes, aunque podamos reconocerlos por el clima tímbrico y melódico, con un sonido compacto y una evidente implicación. Coelho apostó por una lectura clara en su arquitectura, subrayando el carácter narrativo de la obra sin sacrificar la robustez sonora, que dirigirá la próxima semana a la Sinfónica de Tenerife. La tensión entre Macbeth y Lady Macbeth -dos ‘leitmotivs’ que Strauss entrelaza con habilidad creciente- estuvo bien marcada por el color instrumental, destacando el trabajo de las trompas y la cuerda grave: heroico y militar en re menor, y otro más frágil y vacilante frente a Lady Macbeth, que dibuja con líneas apasionadas en la cuerda y los vientos, de un lirismo tan seductor como ambiguo aunque parece predominar en esta narración. La ambición desbordada, el poder como fuerza destructiva y la sombra de la tragedia se plasmaron en un discurso musical fluido, de gran energía y sin excesos. El final, lejos de cualquier grandilocuencia superficial, dejó un regusto casi moralizante: el recordatorio de que todo ascenso basado en la violencia conduce inevitablemente al derrumbe.

El concierto confirmó el excelente momento de la orquesta. Compacta, disciplinada, generosa en matices, la OSPA exhibe una solidez que se está convirtiendo en signo distintivo de la etapa actual. El trabajo del maestro Coelho se percibe en cada sección: precisión rítmica, equilibrio tímbrico y una búsqueda constante de sentido musical más allá de la mera corrección técnica.

Si Jonathan Mallada escribía en el periódico LNE que se trata de “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”, la definición captura con exactitud el viaje emocional de una velada en la que el dolor generó belleza, y donde la música —una vez más— se alzó como herramienta de memoria, de resistencia y de consuelo.PROGRAMA:

ARTHUR HONEGGER (1892 – 1955)

Sinfonía nº 3, “Litúrgica”, H.186

I. Dies irae

II. De profundis clamavi

III. Dona nobis pacem

RICHARD STRAUSS (1864- 1949)

“Macbeth”, op. 23, TrV 163

Paz y tragedia

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 h., Auditorio Príncipe Felipe. Abono 4 “Paz y tragedia”, OSPA, Nuno Coelho (director). Obras de A. Honegger y R. Strauss.

(Reseña rápida desde el teléfono para LNE del sábado 22 con el el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y fotos propias)

Otro viernes de abono con el ya habitual encuentro previo a las 19:15 h., esta vez junto al maestro titular y el violinista Fernando Zorita, donde preparar este cuarto concierto de poco público con frío invernal que nos traía para “calentar” dos obras muy poco habituales, con un ideario que pone banda sonora a estos tiempos tan convulsos, y donde la música es denuncia pero también bálsamo, dos páginas sinfónicas que aúnan la madurez del compositor suizo-francés abriendo, y la juventud del alemán cerrando.

La Sinfonía nº 3, “Litúrgica” de Honegger se organiza en tres movimientos con los respectivos versículos de la ‘Misa de difuntos’ que el miembro de Los Seis compuso tras finalizar la SGM y el posterior colapso (1945-46). Caos y barbarie iracunda bien retratada por una orquesta generosa en plantilla y dinámicas, después el segundo movimiento de lamento y esperanza, empaste ideal con el balance orquestal perfecto bien marcado por el maestro portugués, seguido del tercer movimiento que traería la paz final tras una marcha implacable hacia un destino indeciso donde disfrutar de una OSPA rica en matices, equilibrada en todas las secciones y la cuerda omnipresente comandada por Isabel Jiménez Montes, concertino invitada.

Shakespeare y sus tragedias han inspirado siempre grandes obras. Así “Macbeth” le sirve al joven R. Strauss para escribir su primer poema sinfónico (compuesto entre 1887 y 1889), un compositor que a nuestra OSPA siempre le ha sentado -y sonado- bien. Aquí la ambición destructora se refleja con seis secciones en un solo movimiento, plasmando cómo poder y ambición destruyen todo a su paso. Musicalmente resultó todo lo contrario: una edificante interpretación para la grandiosa instrumentación del muniqués, que siguió mostrando una orquesta compacta, disciplinada, generosa e implicada con el enorme trabajo que el maestro Coelho mantiene con generosidad y calidad en una OSPA madura y ensamblada sección por sección.

Como escribía ayer Jonathan Mallada, “un océano sinfónico que transita entre la paz y la religiosidad y la venganza más trágica”.

Plácido Domingo 40 años después

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Plácido Domingo regresa a Oviedo después de 40 años para ofrecer una Gala extraordinaria junto a Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Oliver Díaz y la OFIL

Cuarenta años después de su última actuación en Oviedo, el legendario artista y Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Plácido Domingo, regresa a la ciudad el próximo 10 de enero para protagonizar una Gala extraordinaria en el Auditorio Príncipe Felipe.

El concierto, que cuenta con la colaboración de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y el patrocinio de Riesco Abogados y Grupo Resnova, reunirá además en el escenario a la soprano Sabina Puértolas y el tenor Ismael Jordi, bajo la dirección del maestro Oliver Díaz al frente de la Orquesta Oviedo Filarmonía

En palabras del propio artista, “regresar a Oviedo después de tantos años, me produce una gran emoción. Esta ciudad ocupa un lugar muy especial en mí y me trae recuerdos memorables de los inicios de mi trayectoria artística en España. Estoy feliz de volver en este momento de mi vida”, ha señalado Plácido Domingo.

El programa, especialmente seleccionado para la ocasión, recorrerá algunos de los momentos más emblemáticos del repertorio operístico y sinfónico, combinando la fuerza de las grandes arias con la complicidad de los dúos y la elegancia de las obras orquestales. La presencia de Sabina Puértolas e Ismael Jordi, dos de las voces más destacadas del panorama lírico español, completa el cartel de lujo de esta producción que contará con la dirección musical del maestro Oliver Díaz, uno de los más reconocidos de su generación.

Las entradas estarán disponibles a partir de este jueves 20 de noviembre en la taquilla del Teatro Campoamor y en la web entradas.oviedo.es.

Precio localidades: Butaca de Patio 89 € – Anfiteatro 79 €.

La Fundación Municipal de Cultura señala que, con este evento, Oviedo vuelve a situarse en el centro del mapa lírico internacional, reafirmando su compromiso con la excelencia artística y la celebración de la música como patrimonio vivo.

Mozart entre dos B

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Viernes 14 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Le Carnaval, abono 3: OSPA, François Leleux (oboe y director). Obras de Berlioz, Mozart y Brahms. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con François Leleux -moderado por Fernando Zorita.

Otro viernes donde elegir entre la ópera del Campoamor o el tercer de abono de la OSPA, así que Vivaldi me esperará en la tercera función pero este Mozart entre Berlioz y Brahms no se podía perder, y menos contando con  François Leleux (Croix, 1971) quien ya en el encuentro previo contagió su vitalidad y ganas de compartir tanta sabiduría, pues sin dejar nunca el oboe, al que casi nació pegado, la dirección le abría puertas a los grandes sinfonistas que no siempre escribieron para el instrumento que le acompaña toda la vida. Bromeaba antes del concierto con su ocupación del 80% en la dirección y «el otro 60% al oboe, matemática francesa», pues como esta vez, alternaba sus dos facetas.

El doctor Israel López Estelche en sus notas al programa presentaba el concierto como que «(…) traza un itinerario sonoro a través de tres formas de entender la orquesta: timbre, melodía y construcción; como una fuente de color inagotable, como conversación o discurso elegante y como creación arquitectónico-sonora, donde resuenan los ecos del pasado» y si le sumamos que a Leleux en sus muchos años desde el atril le han dirigido todas las grandes batutas, haciendo varias veces mención especial al gran Lorin Maazel, las obras elegidas dejarían claras tanto su concepción orquestal como su vitalidad contagiosa donde lo que busca es «compartir» tanto entre los músicos como con el público, con quien alcanzó la química que le llevó a saludar en múltiples ocasiones con ovaciones atronadores y algún que otro «bravo».

Con una OSPA cada vez más compacta sección a sección, hoy contando con Pablo Suárez como concertino invitado (esperando tener, algún día no muy lejano, cubierta esa plaza vacante desde «tiempo inmemorial», tras la jubilación de Sasha), elegir la obertura de El carnaval romano de Berlioz serviría para disfrutar de los tres elementos apuntados por el musicólogo y compositor cántabro que Leleux llevó «al pie de la letra»: el timbre sinfónico, que el compositor francés siempre trabajó como excelente orquestador (que la convierte «en un centelleante carnaval lleno de gran variedad de timbres, ritmos y melodías contrastantes, en un acto de deslumbrante imaginación sonora» como lo describe López Estelche), las melodías, que el director, como Maaazel, buscan fraseos más largos y completos, más una construcción, rica en colores tanto en el trazo como en el grosor, contando con la plantilla perfecta y bien equilibrada por la batuta de Monsieur Leleux.

Y para Mozart la plantilla se reduciría en efectivos pero no en la calidad y buen hacer por parte de todos. En el encuentro previo François Leleux nos comentó que entiende este concierto para oboe del genio de Salzburgo, compuesto con 21 años ya sin las obligaciones con Colloredo) como una ópera, y así interpretó los tres movimientos (I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto) con fiatos increíbles, fraseos «maazelianos», matices muy ricos, tímbricas alcanzando sonoridades de lo más variadas, y cada una de las cadencias virtuosísticas pero rebosantes de una musicalidad propia, con esos guiños humorísticos de Wolferl en feliz compenetración, entendimiento y concertación con una OSPA quasi camerística que le arropó y se plegó a todas sus indicaciones. Excelente interpretación de este concierto que el maestro francés habrá perdido la cuenta de las veces que lo ha tocado con las mejores orquestas, y la asturiana ya puede presumir de encontrarse entre ellas.

No podía faltar una propina donde seguir disfrutando de la magia del oboe, nada menos que Gluck y la «Danza de los espíritus benditos» del Orfeo y Euridice en esta versión que sustituye la flauta por la lengüeta doble de un instrumento rico no ya en sonido sino en emociones compartidas con una «cámara» de violines, cellos y contrabajo.

Hay sinfonías que deben escucharse al menos una vez cada temporada, pues son básicas en el repertorio orquestal sirven para poner a prueba la ductilidad y el magisterio desde el podio. La «Primera» de Brahms está entre mis preferidas (este verano en Granada quedé con sabor agridulce) y su último movimiento es la música que sirve de aviso al inicio de cada parte, para llamar al silencio previo, esta vez con toda la orquesta ya ubicada (el director francés es de los que arranca sin apenas respirar para avisar) sonriendo ante lo que ellos mismos interpretarían a continuación.

François Leleux también comentó, antes del concierto, de su largo aprendizaje que una de las claves para alcanzar una buena interpretación orquestal es «encontrar el tempo cómodo para todos», y doy fe que lo logró, pues la OSPA este segundo viernes de noviembre no solo mantuvo «el tipo» en todos los múltiples cambios que esta sinfonía del hamburgués tiene, sino que además disfrutó con los elegidos por el maestro francés. Así, el contraste del Un poco sostenuto – Allegro jugó con una primera parte profunda, lúgubre y mayestática antes del cambio brillante de la segunda, con balances muy logrados entre las secciones, sabiendo desde el podio qué hacer resaltar dentro de este legado beethoveniano de un Brahms que masticó esta primera casi 20 años antes de finalizarla. El Andante sostenuto mostró de nuevo los tres elementos (timbre sinfónico, melodías y construcción) con una cuerda homogénea junto a los vientos empastados y brillando en «sus» momentos. Un poco allegretto e grazioso resultó literal, el tempo ideal con ese toque optimista, rico en dinámicas, trompas sedosas, maderas «gustándose» (el maestro las felicitaría al final, especialmente a sus «colegas»), fraseos jugosos antes de esa «montaña rusa» que es el IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio. Los pizzicati de la cuerda sonaron poderosos en todos los matices y aires impuestos por el director francés, los timbales mandaron, los metales volvieron a ser broncíneos y las maderas brillaron como siempre. El juego de tiempos encajado a la perfección y las dinámicas amplias para engrandecer este gran final sinfónico.

Al contrario que en Granada, de donde retomo mis palabras, pero en sentido positivo, el juego de tempi funcionó precisamente por el buen encaje entre las secciones, las maderas no necesitaron «huir de la quema», los metales empastaron y prosiguieron con una sonoridad que suelo llamar «orgánica», los timbales mandando y la cuerda siempre con la homogeneidad tímbrica y una musicalidad, además de entrega, en parte por un director que supo contagiar su vitalidad para compartir tanta buena música. Mi querido Don Arturo Reverter hubiera dicho que esta vez sí hubo «sustancia».

PROGRAMA

HECTOR BERLIOZ (1803 – 1869)

Le carnaval romain: obertura

WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756 – 1791)
Concierto para oboe en do mayor, K. 314

I. Allegro aperto – II. Adagio non troppo – III. Rondo: Allegretto

JOHANNES BRAHMS (1833 – 1897)

Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68

I. Un poco sostenuto – Allegro
II. Andante sostenuto
III. Un poco allegretto e grazioso
IV. Adagio – Più andante – Allegro non troppo, ma con brio

P.D.: Crítica para LNE del domingo 16 de noviembre.

Tributo al Maestro Dieter

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Domingo 9 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: «For Dieter: The Past and The Future». Benjamin Appl (barítono), James Baillieu (piano). Homenaje a Dietrich Fischer-Dieskau (1925-2012). Recital de lieder.

No se llamó Ben Appl porque su maestro, mentor y amigo fue Dietrich Fischer-Dieskau -como bien nos contaría el propio barítono germano-británico Benjamin Appl (Ratisbona, 1982)- hacéndole la broma quien tuvo un nombre tan largo como su carrera. Este recital fue una clase magistral de este alumno aventajado con junto al piano inconmensurable del sudafricano James Baillieu (1982), reconocimiento de las propias jornadas que se inauguraban este domingo otoñal, por ser tan necesario, o más, en el terreno del lied, donde el protagonismo va en paralelo, al igual que las horas de estudio, para alcanzar la confianza mutua, la complicidad para aunar sentimientos y emociones, más allá de unos textos cuya calidad siempre se eleva al ponerles estas músicas.

Rendir tributo al gran Dieter supone todo un reto, más con el título de «El pasado y el futuro» porque el irrepetible barítono alemán podría haber dicho que «Nada que sea susceptible de ser cantado me es ajeno», aunque todos tengamos claro que en el terreno de la «canción de concierto» sigue siendo el mayor referente, no solo por sus escritos sino por las grabaciones que muchos atesoramos como joyas en nuestras discotecas.

Dos partes donde realizar una biografía humana unida a la musical que Appl nos contó (leída alguna en castellano y el resto en inglés, también su pianista), trufando cada etapa con una sabia elección del repertorio por parte de los dos intérpretes, y que el Maestro ha legado para la eternidad, desde el primer encuentro con el Schubert único, la infancia en Berlín donde poder escuchar obras de su padre Albert y su hermano Klaus (incluido el Nocturno al piano dedicado a su madre), con la poesía de Goethe, el idioma que brillaría a lo largo de esta «Dietertiada» (salvo en Britten). Seguiría el Brahms que primero cantó, alternando con la imprescindible «compañía» de Schubert antes de los tiempos de guerra, duros pero que en Italia le llevaron a cantar a otro de sus ídolos, Hugo Wolf, mientras cepillaba los caballos nerviosos, y a quien comenzó a estudiar en 1946 cuando era prisionero de guerra del ejército estadounidense en Livorno, al sur de Pisa. También el llanto (subrayado al piano) de Tenebrae compuesto por Aribert Reimann (1936-2024), vinculando la Pasión de Cristo y el sufrimiento judío en el Holocausto, que dice en el texto (recogido por José Manuel Viana en las notas): «Apretados, como si / el cuerpo de cada uno de nosotros fuera / tu cuerpo, Señor», tercero de los Fünf Gedichte von Paul Celan (1959-1960), un ciclo dedicado a Fischer-Dieskau por el propio compositor berlinés que bien podría seguir sonando cual oración o plegaria en estos años para Ucrania o Palestina, pues tal parece que no queramos borrar esas heridas que nunca cicatrizan.

No hubo aplausos pero sí entregas como capítulos donde la voz de Benjamin Appl subrayaba cada frase, cada palabra y cada sentimiento, medias voces, apenas un mínimo exceso que James Baillieu acunaba desde el piano, reflexionaba, completaba sin palabras en una sala donde el silencio transmitía ese dolor compartido. Tiempos como prisionero de guerra donde cantar era ahuyentar el mal como el refrán que ya citaba nuestro universal Cervantes («Quien canta su mal espanta»), incluso llevar la opereta «Der Vetter aus Dingsda» a escena: Ich bin nur ein armer Wandergesell (de Eduard Künneke, 1885-1953) antes del regreso a un Berlín devastado por la guerra con Brecht y su Die Heimkehr musicado por Hanns Eisler (1898-1962 ) que me transportaría a los años oscuros por la gravedad, en todas sus acepciones, de Appl, o «la muerte» inspiradora para el noruego Grieg.

Si la primera parte resultó mezcla de nostalgia, sufrimiento, dolor y esperanza, la segunda transitaría por el Brahms de los primeros pasos como cantante, ofrenda fúnebre a la recién fallecida Clara Schumann sobre textos bíblicos, canciones que el barítono alemán ya interpretaba en casa de adolescente y recuperó tras regresar de la cautividad, una inspiración que el hamburgués eleva a la categoría de «lucha por la vida», la misma de Dieter, su primer matrimonio con Irmel, o el feliz encuentro con Gerald Moore en 1952, su colaborador fiel tantos años.

En esta gira homenaje, el nuevo tándem para esta MasterClass fue Appl-Baillieu, el amor por el piano de Schubert (An mein klavier, D342) y el reflejo de más dolor tras perder a su esposa en el tercer parto (Britten profundo y Loewe más luminoso e íntimo) y después a su madre (Eisler), canciones situadas en otra etapa de Dieter donde la música sería terapia y confesión como así nos transmitieron sus «actuales herederos«.

Pero la vida continuó para el irrepetible Dieter y llegarían otras  esposas que también figuran en el programa de mano (las traducciones de los textos se proyectaron) siendo la soprano Julia Varady (1941) la última, a quien conoció en la Ópera de Munich en 1973 para casarse cuatro años más tarde y fiel compañera hasta el último día. Esa parte de la banda sonora la pondrían Weber con Meine Lieder, meine Sänger junto su «otro compañero» Schubert vital, precedidos de la Clara Schumann brillante, antes del Epílogo, recordando la retirada como cantante el último día de 1992, aunque seguiría escribiendo, dirigiendo, impartiendo clases y por supuesto la pintura que siempre practicó, como el autorretrato de 1985 que presidió la velada, propiedad como así nos contó Ben Appl, un guiño más dentro de esta biografía cantada por y para Fischer-Dieskau, brillante colofón con An die Musik.

Pero había que desatar ese nudo en el estómago tras tantas emociones transmitidas por ApplBaillieu, un canto que creció en la segunda parte con el piano siempre compartiendo protagonismo, y nada mejor que La trucha saltarina y dorada en el río, «recreación de los maestros«, o un brindis al maestro donde el canto «ebrio» de Schumann (de Dichterliebe, Op. 48, el nº 11 «Ein Jüngling liebt ein Mädchen») nos devolvió la alegría de saber que el Lied sigue vivo gracias a una pedagogía musical que caló en el alumno aventajado que se convertiría en amigo y terminó siendo mentor, encontrando otro caminante al piano con quien proseguir un viaje que no tiene más destino que hacernos disfrutar.

P.D.: No quiero olvidarme de las excelentes notas al programa de Juan Manuel Viana para guardar (dejo el enlace al mismo), que pese a comentar algunas obras que no se interpretaron en Oviedo, caso de Barber, Sinding o Grothe, completaron un recital magistral.

PROGRAMA:

Parte I
PRIMER ENCUENTRO
F. SCHUBERT: Liebesbotschaft, D957/1 – Am Bach im Frühling, D361 – Der Musensohn, D764

INFANCIA EN BERLIN
A. FISCHER-DIESKAU: “Heidenröslein”, del singspiel Sesenheim
K. FISCHER-DIESKAU: “Nocturne I”, de Der Mutter gewidmet op. 1/1; Wehmut, op. 3/2

JUVENTUD Y PRIMEROS PASOS COMO CANTANTE
J. BRAHMS: Wie bist du meine Königin, op. 32/9

F. SCHUBERT: Der Linderbaum, D911/5

SOLDADO EN TIEMPOS DE GUERRA 1944/45
H. WOLF: Andenken
A. REIMANN: Tenebrae

PRISIONERO DE GUERRA 1945-1947
P. I. CHAIKOVSKI: Nur wer die Sehnsucht kennt, op. 6/6
E. KÜNNEKE: Ich bin nur ein armer Wandergesell

REGRESO A BERLÍN 1947
H. EISLER: Die Heimkehr
E. GRIEG: Der Traum

Parte II
PRIMEROS PASOS DE UNA CARRERA MUNDIAL
J. BRAHMS: “Denn es gehet dem Menschen wie dem Vieh”, “Ich wandte mich, und sahe an”, “O Tod, wie bitter bist du” Y “Wenn ich mit Menschen”, de Vier ernste Gesänge op. 121

ACOMPAÑANTES Y AMIGOS
F. SCHUBERT: An mein Klavier, D342
B. BRITTEN: Proverb III, op. 74

NACIMIENTO DE SUS TRES HIJOS Y ÉRDIDA DE SU PRIMERA ESPOSA IRMEL 1963
C. LOEWE: Süßes Begräbnis, op. 62/4

MUERTE DE SU MADRE THEODORA 1966
H. EISLER: Mutterns Hände

VIDA CONYUGAL
F. SCHUBERT: Liebhaber in allen Gestalten, D558
C. SCHUMANN: Liebst du um Schönheit, op. 12/2

EPÍLOGO
C. M. VON WEBER: Meine Lieder, meine Sänger, op. 15/1
F. SCHUBERT: Litanei auf das Fest Allerseelen, D343 –  An die Musik, D547

Bach, Mozart… y Sato

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Bach y Mozart, abono 2: OSPA, Shunske Sato (violín y director). Obras de Mozart, J. S. Bach y J. Ch. Bach. A las 19:15 horas, Sala de conferencias nº 5 – 3ª planta: encuentro con Shunske Sato -moderado por Fernando Zorita.

No hace falta entrar a contar lo que supusieron nombres como Herreweghe, Leonhardt, Koopman, Suzuki o Gardiner con formaciones que afinaban por debajo de los 440 Hz (o más) como en la época en la que se hacía aquellas músicas, con instrumentos recuperados o reconstruidos, de sonoridades tan distintas, más la libertad expresiva que llegaron a llamar «interpretación historicista» o «historicismo musical» (actualmente se describe como «interpretación históricamente informada«), pues se dejaba atrás la grandiosidad romántica para volver a unos orígenes no muy estudiados aún en aquellos felices 60 y 70 -mejoraría en los 80- e incluso plantearse si había necesidad de contar con un director cuando solo era ponerse de acuerdo en el tempo y compartir sensaciones.

Está claro que con Shunske Sato (Tokio, 10 junio 1984) se nos disiparon las  dudas en el encuentro previo, pues como nos contaría, estudiando en la prestigiosa Julliard School no tenía la posibilidad de encontrar lo que allí faltaba y sí podía escuchar en unas grabaciones distintas, casi prohibidas en Nueva York, sintiendo la necesidad de venirse a París donde todo le cambiaría (más el posterior salto a los Países Bajos donde durante 10 años fue director artístico y concertino de la Sociedad Bach). Todos asentimos ante Zorita en lo «obligado» de interpretar más música del barroco por parte de las orquestas sinfónicas, pues programar este repertorio es cual puesta a punto de un motor, y elegir tres compositores tan unidos y necesarios esta vez supuso un feliz acontecimiento musical, con mejor entrada que en el primero, mayor aún con un violinista que no deja de serlo, porque lo suyo no es -como bien nos dijo- dirigir, sino ejercer el liderazgo para poder transmitir y compartir su enfoque, sin perder pasión e implicar, con mucho ensayo, a los profesores. Y doy fe que se alcanzó en una hora sin pausas donde Sato en pie no se movió del escenario, como uno más pese a los distintos cambios de plantilla que supusieron las seis obras de este segundo abono.

La orquesta se dispuso «a la manera clásica» con los violines enfrentados, más dos parejas de contrabajos, por detrás de los violines, arropando el sonido global, sumando el clave de Alberto Martínez en el medio, poco perceptible pero siempre necesario, más en las obras elegidas. Después irían menguando o aumentando efectivos aunque Sato siempre fue uno más entre todos, sin soltar su violín (alternando dos arcos situados en un taburete), tocando con los primeros cual concertino, sumándose a cellos o violas, apenas marcando los inicios o pidiendo las dinámicas exactas desde su atril giratorio. Hasta en las dos obras donde actuó como solista nunca perdería su liderazgo ejercido desde la sencillez y discrección, «conduciendo» una OSPA aseada, rigurosa, implicada y hasta disfrutona, si se me permite el calificativo.

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) sería inicio y final del concierto, con su primera sinfonía compuesta a los 8 años, y el último movimiento de la «Júpiter» escrita en la plenitud de los 32 (fechada el 10 de agosto de 1788, y última contribución al género sinfónico), para reconocerle su aprendizaje londinense con el último hijo de «Mein Gott», Johan Christian Bach (Leipzig, 1735 – Londres 1782) cuya música Nannerl comentaba era difícil distinguirla de la de su hermano con solo escuchar cuatro compases de cada uno, tal resultó la influencia y enseñanzas del último hijo de Bach, y por supuesto el descubrimiento del Gran Padre que era inevitable, marcando esa conexión del programa: «Bach pilar de todas las músicas».

La Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto) pondría las revoluciones orquestales en su punto, sonoridades precisas, claras, con los aires rigurosos de los entonces tres movimientos clásicos aún influenciado por el Estilo Galante de su «english teacher» pero con una clara personalidad ya apuntada en el genio de Salzburgo, orquesta quasi camerística con oboe y trompas a pares que enriquecieron una sonoridad y estilo ya reconocibles.

Si Bach es el padre de todas las músicas, el propio Mozart orquestaría la Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878 (de El clave bien temperado) para cuerda, con Sato ejerciendo en pie de concertino impulsando cada motivo, cada frase, sumándose a cada sección para una exposición donde estudiar el genio de El Cantor de Leipzig e interpretarlo con la misma limpieza que el original para clave. Perfecto que nadie aplaudiese y así enlazar con el Concierto para violín en la menor BWV 1041,  una de las muchas joyas y partituras para los solistas donde una OSPA camerística sonó madura, adaptada al estilo y tímbrica -la sensación del ligero desafine en cellos y contrabajos es parte de ella- en tres movimientos (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai) donde el violinista japonés mostraría todas las cualidades que le hemos disfrutado en los muchos vídeos grabados con la Nederlands Bach Society. Liderazgo y compenetración para una interpretación a la altura de la obra.

Y de «El Bach de Londres» llegaría su Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12, como la propia Nannerl Mozart diríamos que la firmaría su hermano, tres movimientos (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto) impetuosos sin necesidad de «instrumentos de época», vientos a pares bien empastados (me encantaron las trompas abriendo su sonido como si fuesen naturales) y balanceados para una versión rica del pequeño de los Bach.

Mozart punto y final sin interrupciones: primero el Rondó para violín y orquesta en do mayor K. 373 para seguir disfrutando de Sato y la complicidad de una OSPA que se notaba entregada al placer de compartir esta música con el músico japonés: delicadeza, fraseo, presencia y pasión contenida, que Alejandro G. Villalibre comenta en sus notas al programa sobre el cuarto episodio en modo menor «… al que parece que Carlos Gardel se refería cuando afirmó en una carta “acabo de encontrar una melodía macanuda” que cristalizaría en su tango Por una cabeza« siendo «uno de los rondós solísticos de la época clásica (…) consecuencia de los conciertos a solo barrocos» como el escuchado de Bach.

Con la incorporación al orgánico de la espléndida flauta de Myra Pears bien empastada con oboes y fagotes, junto a los timbales naturales de Prentice, llegaría el broche de oro con el último movimiento (Molto allegro) de la Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551, una explosión jubilosa, equilibrada, verdadera lección contrapuntística bien aprendida por ese prodigio irrepetible en la Historia de la Música, con Shunske Sato sujetando violín y arco con la mano izquierda para marcar con la derecha, retomándolo como concertino, entregado al genio de Salzburgo con el rigor y al fin la pasión «planetaria» en un concierto que supuso comprobar el excelente estado de la orquesta de todos los asturianos, hoy conducida por un japonés que supo llevarla en todas las velocidades y marchas sin necesidad de pasarse de revoluciones con la suavidad del mejor pilotaje.

PROGRAMA:

W. A. MOZART: Sinfonía nº 1 en mi bemol mayor K. 16 (I. Molto allegro – II. Andante – III. Presto).
J.S. BACH – MOZART: Fuga nº 9 en mi mayor, BWV 878, de El clave bien temperado (orq. W.A. Mozart, K. 405/3).
J. S. BACH: Concierto para violín en la menor, BWV 1041 (I. Allegro – II. Andante – III. Allegro assai).
J. Ch. BACH: Sinfonía en sol menor, op. 6, nº 6, W. C. 12 (I. AllegroII. Andante più tosto adagio – III. Allegro molto).
MOZART: Rondó en do mayor K. 373.
Sinfonía nº 41 “Júpiter” K. 551: IV. Molto allegro.

Felices 80 Maestro Christie

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Jueves 6 de noviembre, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Les Arts Florissants, Le Jardin des Voix (ganadores de la 12ª edición), William Christie (director). Marc-Antoine Charpentier: «Les arts florissants», H 487, ópera o “idylle en musique”; «La descente d’Orphée aux enfers», H 488, ópera inspirada en las Metamorfosis de Ovidio. Óperas en versión semiescénica.

(Crítica para Ópera World del viernes 8 de noviembre, con el añadido de los enlaces siempre enriquecedores, tipografía y colores que no siempre se pueden utilizar, y las fotos de Pablo Piquero más las mías propias)

El pasado 8 de febrero el maestro estadounidense nacionalizado francés William Lincoln Christie (Búfalo, 1944) tenía programado su concierto en Oviedo dentro del Ciclo ‘Los Conciertos del Auditorio’ en una gira para celebrar sus 80 años (cumplidos el 19 de diciembre de 2024), pero los achaques de su edad (sin recurrir al codirector Paul Agnew como en Madrid o Sevilla) nos cancelaron uno de los eventos más esperados en la capital asturiana, por lo que volver a programarlo para este jueves 6 de noviembre volvió a llenar el auditorio ovetense sabedores que nos quedan pocas leyendas vivas como Christie, y aún más con el programa que nos ofrecería: nada menos que dos óperas (en versión semiescenificada) de Marc-Antoine Charpentier (1643-1704) que el octogenario ha recuperado, editado, grabado, representado y mejor servido para esta nueva gira, con un despliegue de medios sencillo pero muy efectivo, dada la calidad global que fue sobresaliente además de reafirmar el aforismo de “menos es más”, un éxito enorme que quedará en el recuerdo de todos los melómanos llegados de distintos puntos, y en parte preparación para seguir degustando más ópera barroca con el próximo «Orlando Furioso» vivaldiano de la temporada lírica del Campoamor, que esperamos contar también desde aquí.

Las notas al programa de la doctora María Sanhuesa nos ponían en antecedentes de los dos títulos que se ofrecían. En la primera parte «Les arts florissants», H 487, ópera o “idylle en musique” como la calificó el propio autor, una partitura que precisa de siete voces solistas, dos coros a cinco voces (uno de Guerreros y otro de Furias) con la posibilidad de incluir, como así se hizo, al grupo de Furias danzantes, más un efectivo instrumental con dos flautas, dos violas sopranos (para esta representación dos violines) más la siempre colorista percusión, y continuo siempre bajo el control total y discreto desde el clave y órgano del homenajeado profesor, de sabia alternancia entre teclados, con una vitalidad envidiable (hasta en sus habituales calcetines rojos).

En la ficha técnica final dejo reflejados todos los intérpretes, arrancando este idilio musical todavía con el público ocupando las localidades, con los bailarines “sembrando la discordia” mientras los músicos se ubicaban en la escena junto al conjunto de diez voces (incluidos los seis solistas) y dos parejas de danzantes, jaleando al cumpleañero para un verdadero festín musical. Los laureados en la  duodécima edición de “Le Jardin des Voix” no decepcionaron nunca, ataviados con un vestuario elegante y actual de tonos pastel para ellas, con zapatos de tacón (también las bailarinas), mientras para ellos trajes, chaquetas con camiseta o camisas y tirantes más pajaritas. Mínimo atrezo de sillas, una mesa cubierta con dos sábanas, daría un juego exquisito bien diseñado, con luces fijas cálidas (se agradecen los leds) suficientes aprovechando todo por el tándem franco-italiano Lambert-Le Bihan y Facco. Añadamos las voces, que se unieron a los danzantes montando una coreografía contemporánea de Martin Chaix exigente para los catorce personajes, dotándolos de un movimiento escénico que resultó y realzó toda la partitura del compositor, para que William Christe con su grupo, que toma precisamente el nombre de este “idilio en música”, siga siendo todo un referente del repertorio francés del siglo XVII.

Prólogo y cinco escenas donde las cuatro artes (Música, Pintura, Poesía y Arquitectura) fueron interpretadas y dramatizadas, en toda la extensión de la palabra, por la soprano francesa Camille Chopin, el tenor galo Bastien Rimondi, la estadounidense Sarah Fleiss también soprano, y no una mezzo sino la contralto canadiense-estadounidense, Sydney Frodsham, cuatro colores vocales bien diferenciados para cada uno de los personajes, de volúmenes suficientes que por su juventud perderían algo en los registros graves pero con proyección suficiente.

Aparecerían después La Paz con la soprano croata Josipa Bilić, La Discordia del barítono quebequés Olivier Bergeron, muy completo, o el excelente bajo colombiano Kevin Arboleda-Oquendo como Un Guerrero, más todas Las Furias con Claire Graham y Noémie Larcheveque, las danzantes que fueron ya de por sí un espectáculo. Maravilloso empaste, matices, movimientos escénicos muy variados mezclándose con el “cuerpo de baile” en escenas de una plasticidad hermosa, mientras el orgánico, situado detrás, arroparía cada número para convertir el arte y la cultura como sinónimos de una existencia mejor con esa victoria final de las artes… aunque la amenaza siga presente como rezaba el programa de esta primera parte redonda.

La segunda no se quedaría a la zaga con «El descenso de Orfeo a los infiernos» H 488, inspirada en las Metamorfosis de Ovidio. Once personajes y nueve voces (dos doblan papeles), emergiendo un excelente Richard Pittsinger en el papel protagonista, un tenor estadounidense de presencia escénica y adecuado a las exigencias de su rol, de timbre cálido y expresivo en todos los registros y dinámicas, junto a “su” Eurídice breve, nuevamente con Camille Chopin, más la Daphné de Bilić, uniéndose al coro de ninfas y pastores, junto a la Enone de la soprano franco-italiana Tanaquil Ollivier y la Arethusa de la ya citada Sydney Frodsham.

El vestuario colocado sobre sillas en la parte trasera del escenario lo irían variando simplemente añadiendo chaquetas negras o camisas grises, todos descalzos, y un atrezo donde varias sogas rojas (como los guantes) fueron serpiente venenosa, el propio infierno al que desciende Orfeo saltando (golpes en el suelo a tempo con la música) o moviéndose entre ellas, la lira interpretada por las dos violas de gamba igualmente transitando y sumándose a la coreografía.

Las tres escenas del primer acto e inicio del segundo, con tormentos y penas desde la condena al hambre y la sed de Tántalo (con el tenor húngaro Attila Varga-Tóth), la rueda de Ixión (de nuevo Rimondi), Tizio con el hígado devorado (Bergeron que interpretaría también al Apolo que convence a Orfeo para bajar al inframundo para recuperar a su amada), hasta las Danaides y guardianes. Mejor en este infierno Sarah Fleiss como la Proserpina seductora, e imponente el Plutón de Arboleda-Oquendo cual Matrix barroco al que no le faltaron las gafas de sol negras.

En general todos los solistas defendieron correctamente sus personajes, y el conjunto de voces volvieron a sonar muy empastadas, con dramatización gestual -destacar las caras de suplicio- y corporal (bravo por las dos parejas de baile), más el orgánico comandado por el maestro Christie subrayando los caracteres tan bien reflejados en la partitura de Charpentier para unos condenados que manejaron con pericia las sogas hasta llegar a las dos últimas escenas: Orfeo cantando y subyugando, el dios del infierno cediendo desde su poderío, y el final inconcluso, como la propia ópera, al no mostrarse la mirada fatal, para concluir con el atronador silencio que deja el mito abierto.

Dos óperas de altura con intérpretes de lujo y felicitaciones, además de gratitud, al gran William Christie por el legado que deja a la historia de la música. Podemos presumir de seguir disfrutándolo, viéndolo y viviéndolo… ojalá cumpla muchos años más.

PROGRAMA:

«Les arts florissants», H 487. Ópera o “idylle en musique” de Marc-Antoine Charpentier.

«La descente d’Orphée aux enfers», H 488. Ópera de Marc-Antoine Charpentier (inspirada en las “Metamorfosis” de Ovidio).

Óperas en versión semiescénica

Edición de las partituras: Éditions des Abbesses – Colección “Les Art Florissants” dirigida por William Christie.

Guantes creación de la artista Thomasine.

FICHA:

Jueves 6 de noviembre, 19:30 horas. Conciertos del Auditorio: Les Arts Florissants, Le Jardin des Voix, William Christie (director).

FICHA TÉCNICA:

Le Jardin des Voix (Ganadores de la 12ª edición):
Sopranos: Josipa Bilić (La Paix / Daphne) – Camille Chopin (La Musique / Euridice) – Sarah Fleiss (La Poésie / Proserpine) – Tanaquil Ollivier (Enone)
Contralto: Sydney Frodsham (L’Architecture / Aréthuse)
Tenores: Richard Pittsinger (Orphée) – Bastien Rimondi (La Peinture / Ixion) – Attila Varga-Tóth (Tantale)
Barítono: Olivier Bergeron (La Discorde / Apollon – Titye)
Bajo: Kevin Arboleda-Oquendo (Un Guerrier / Pluton)

LES ARTS FLORISSANTS

Equipo creativo:

William Christie, dirección musical, clave y órgano

Directores de escena: Marie Lambert-Le Bihan y Stéphane Facco

Coreógrafo: Martin Chaix

Asistente de coreografía: Eleanor Freeman

Bailarines:

Tom Godefroid, Claire Graham, Noémie Larcheveque, Andrea Scarfi

Orquesta Les Arts Florissants:

Violines: Emmanuel Resche-Caserta (primer violín, asistente musical), Tami Troman

Violas da gamba: Myriam Rignol Mathilde Vialle, Mathilde Vialle

Violonchelo: Cyril Poulet*

Violone: Michael Chanu*

Flautas alemanas: Serge SaittaSébastien Marq (flauta de pico)

Archilaúd: Gabriel Rignol*

Percusión: Thomas Debray

*Bajo continuo

Espejos rotos

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Miércoles 29 de octubre, 19:30 horas. Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Inauguración del ciclo «Los Conciertos del Auditorio«: Berna Perles (soprano), Gaëlle Arquez (mezzo), José Simerilla (tenor), Rubén Amoretti (bajo), El León de Oro (maestro de coro: Marco Antonio García de Paz), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de R. Carnicer y G. Rossini.

Hay conciertos de los que me cuesta mucho escribir, y este que abría la temporada es uno de ellos, pese a mis ganas de escuchar una obra como el Stabat Mater de Gioachino Rossini (1792-1868) que me acompaña hace años, y tengo una grabación -arriba dejo la carátula- que suele sonar en mi cadena de música al menos una vez al año (en este ya van tres para refrescar el oído). Si además estaba precedida por una sinfonía (a modo de obertura) de nuestro poco reconocido Ramón Carnicer y Batlle (Tárrega, 1789 – Madrid, 1855) para testear a la Oviedo Filarmonía (OFil) con su titular Lucas Macías aún mejor, pues las notas al programa de «otro Ramón» nos preparaban para acudir en este nuevo horario del ciclo con toda la esperanza para abrir boca.

El doctor Sobrino titulaba «Bel canto en espejo» para comprender cómo se organizaba este concierto inaugural, y desmenuzaba o mejor diseccionaba, como buen conocedor del maestro ilerdense, la Gran Sinfonía en Re, dada por perdida y localizada recientemente por el ICCMU en el legado Llimona y Boceta.

Obra de aires rossinianos que Carnicer conocía de primera mano (tanto en Barcelona como después en Madrid, además de sus viajes a Italia donde contrataba compañías que vendrían a España), y como bien nos cuenta su tocayo llanisco, dirigiría en Madrid El Barbero rossiniano donde se interpretaría esta sinfonía, de donde saldría el encargo del Stabat Mater que rivalizase con el de Pergolessi. La OFil con Macías demostraron el buen maridaje y entendimiento tras estos siete años de maduración mutua, una orquesta con personalidad que gana calidad en todas las secciones. Desde los violines hoy con Marina Gurdzhiya de concertino, y una plantilla bien equilibrada (cuerda 12-10-8-6-4), violas y chelos permutados como suele ser habitual y al fin colocando los contrabajos sobre una tarima para dar corporeidad y sustento en los graves. La madera que nunca defrauda, los metales templados, más para esta sinfonía donde la trompeta tiene protagonismo junto a unos trombones potentes, sumando una percusión que por la acústica tan peculiar del auditorio, hace rebotar las frecuencias del triángulo en la parte contraria. El maestro onubense «defendió» esta partitura haciendo una interpretación bien contrastada en los tempi de sus tres movimientos (Allegro – Andantino – Allegro), con gesto claro, preciso, dejando fluir una sonoridad poderosa y rotunda pero bien balanceada, que no sería la misma en el «auténtico Rossini» posterior.

Tras la obertura de Carnicer llegaba ese maravilloso poema franciscano del siglo XIII al que tantos compositores han puesto música, esa Madre Dolorosa con la que esta vez hemos compartido dolor, comprensión, perdón, pero también esperanza, que nunca debemos perder. El Stabat Mater de Rossini se estrenó el Viernes Santo de 1833, en San Felipe el Real de Madrid, presentando el compositor como obra enteramente suya la encargada por Manuel Fernández Varela, arcediano (así se llama el primero o principal de los diáconos, que ejercía jurisdicción delegada del obispo en un territorio determinado), confesor, predicador y consejero real en Madrid tras la petición de Fernando VII, como bien comenta Ramón Sobrino, así como las incidencias que sobrevinieron a esta maravillosa partitura y su finalización definitiva con los diez números.

Arrancaba la introducción del «Stabat Mater dolorosa» con una OFIL matizada junto a nuestro coro El León de Oro más un cuarteto solista (Berna Perles, Gaëlle Arquez, José Simerilla Rubén Amoretti) algo desigual que me volvió a plantear dudas: no es igual cantar con la orquesta detrás que situarlo delante del coro, como también se suele colocar en estas obras sinfónico-corales. La escucha del director no es la misma teniendo al cuarteto a sus espaldas que enfrente, aunque ello exija de los solistas una proyección que tristemente no todas las voces poseen, de ahí la sensación que parte del público tiene de un exceso de volumen orquestal que «tapa las voces y el coro». Si hay buena técnica no debería haber problema alguno, aunque en los registros graves siempre resulte más difícil. También es labor del director buscar el balance y equilibrio entre las distintas secciones, por lo que a menudo deberá recordar, especialmente a los metales, «quitar una letra de los matices», vamos que ff (fortísimo) sea f (fuerte) e incluso aplacar el ímpetu intrínseco a cada músico, si bien otras veces no se pueda remediar pues así se les exige en la partitura.

El inicio resultó correcto, matizado, con un coro suficiente de volumen en todos los planos y un cuarteto solista empastado, presente pero no del todo equilibrado, primer toque de atención para este número inicial cuando el tenor hispano-argentino atacaba los agudos con unos portamentos nada correctos pero al menos bien contrastados por «48 leones» (12 por cuerda con las voces blancas flanqueando las graves, y éstas permutadas, buscando una sonoridad acorde con la sinfónica), siempre seguros y atentos sin necesidad de «apianar» la orquesta. Las solistas emergieron sobre la masa instrumental en unos agudos limpios.

El segundo aviso vendría con un destemplado «Cuius animam gementem» del tenor pese a un inicio orquestal mimando, fraseando y dejando todo servido para que el solista brillase, pero el oro resultó en bisutería, sin cuerpo y «buscando» unos agudos que deslucen los ataques. Por mucho que el maestro Macías intentase llevar los contrastes escritos, aquello no fluía como debería: descolocación vocal y poco carácter para cantar «Y cuando muera el cuerpo haz que mi alma alcance la gloría del paraíso», personalmente condenándolo al fuego eterno.

Al menos volvería algo de sosiego con un buen dúo de las dos solistas en el «Quis est homo, qui non fleret» tras unas trompas afinadas, empastadas y una cuerda sedosa contestada por las maderas dolientes en el sentimiento. La soprano malagueña ha ganado cuerpo en el grave y mantiene sus agudos portentosos, limpios, de musicalidad total, bien contrastada con la mezzo francesa de color redondo, corpóreo, segura, ambas con emisiones matizadas, agilidades bien encajadas, colores diferenciados y empaste conseguido, mientras la OFIL con Macías las revestía y realzaba.

El arranque del aria del barítono-bajo burgalés «Pro peccatis suae gentis» resultó accidentado tras una indisposición en el patio de butacas de un espectador que ante el susto levantó a los muchos médicos presentes de sus asientos, felizmente solventado pero que detuvo muchos minutos el concierto, probablemente rompiendo la concentración y «obligando» a reiniciar el cuarto número que, sin que sirva como excusa, enfrió el discurrir hasta ese momento, pese a los denodados intentos del titular y su orquesta. Amoretti es más barítono que bajo aunque su registro grave, sobre todo en sus intervenciones a solo, es suficiente y llena la sala. Le reconozco como un intérprete que se entrega siempre pero no lució como era de esperar, con agudos forzados y sin «ligazón», pues parecía como si el texto «¿Quién no apenarse podría, al ver de Cristo a la Madre, padeciendo con su Hijo?» nos pidiese precisamente entristecerse tras la escucha. Algo mejor en el recitativo junto al coro ‘a capella’ «Eia, Mater, fons amoris […] / Fac ut ardeat cor meum» tan bello y matizado que por lo menos me quitó el mal sabor previo. Maravilla de afinación de LDO, expresividad y buen diálogo además del fraseo conjunto marcado al detalle por Lucas Macías que al menos parecía volver a disfrutar, como todos, este quinto número.

El sexto nos traería de nuevo al cuarteto de solistas junto a la orquesta, «Sancta Mater, istud agas» con el aire y matices perfectos para degustarlo en su totalidad, pero Simerilla Romero volvía a «sacarme de mis casillas» aunque intentó forzar presencia con la consiguiente descolocación de sus agudos. La malagueña equilibró y brilló a continuación, corroborando que la técnica es muy necesaria, al igual que la francesa. El burgalés buscó el empaste con musicalidad, la orquesta matizó al detalle y los contrastes dinámicos «desnudaron» las carencias mientras realzaban las cualidades individuales con un final en pianissimi de una orquesta siempre segura.

De lo mejor en este agridulce Stabat Mater llegaría con Gaëlle Arquez, recordada del abril pasado en este mismo ciclo, con su cavatina «Fac ut portem Christi mortem», trompas y clarinete presentando la delicada introducción a la voz de la francesa, agudos poderosos, graves corpóreos, pianisimi mantenidos y presentes, color de verdadera mezzo rotunda y delicada, con la técnica al servicio del mejor Rossini, una delicatesen del músico gourmet acorde con el texto («…no seas conmigo desabrida y haz que yo contigo llore»).

Y Berna Perles no se quedaría a la zaga con su aria «Inflammatus et accensus», sentimiento cantado pidiendo «Haz que sus heridas me laceren, haz que me embriaguen la cruz, y la sangre de tu Hijo» subrayado por una contundente OFIL junto a un poderoso LDO, conjunción llena de colores e intensidades tanto musicales como emocionales, con el maestro onubense dibujando los detalles, balanceando las distintas secciones para dibujar este lienzo sonoro de claroscuros que Rossini pintó inspirado sobre el pentagrama.

El momento más amargo llegaría con el cuarteto «Quando corpus morietur» porque el esfuerzo en lograr afinar fue baldío, por un lado las solistas sin perderse mientras los solistas ni siquiera «ayudados» por el cello lograron aunar esfuerzos. De verdad que la desafinación es una sensación indescriptible que cuando no se logra supone un dolor para el oído, y rezando interiormente el texto («Cuando de aquí deba partir concédeme alcanzar – por medio de tu Madre – la palma de la victoria») no conseguí templanza aunque otorgase perdón. Al menos ese final coral del «Amen, in sempiterna saecula» que Rossini felizmente añadió me resultase el alivio por un espejo roto donde el bel canto no siempre lo fue, pero no hay placer sin dolor.

Un arranque de temporada agridulce que me ha desvelado describirlo pero con la esperanza de comprobar como «leónigan» confeso que la cantera coral se mantiene con los años, que la OFIL sigue consolidada dentro y fuera del foso, más un Lucas Macías Navarro que desde el trabajo y estudio riguroso de cada programa se ha hecho un nombre propio desde la batuta (sin perder su prestigio como oboísta), compaginando Oviedo, Granada y Sevilla, además de invitado en medio mundo, con un esfuerzo encomiable para continuar haciendo crecer todo lo que afronta.

PROGRAMA

Ramón Carnicer y Batlle (1789-1855):

Sinfonía en re mayor (Allegro – Andantino – Allegro).

Gioachino Rossini (1792-1868):

Stabat Mater

1. Introducción. Coro y solistas. «Stabat Mater dolorosa»

2. Aria. Tenor. «Cuius animam gementem»

3. Dúo. Soprano y mezzosoprano. «Quis est homo, qui non fleret»

4. Aria. Bajo. «Pro peccatis suae gentis»

5. Recitativo. Bajo y coro. «Eia, Mater, fons amoris […] / Fac ut ardeat cor meum»

6. Cuarteto. Solistas. «Sancta Mater, istud agas»

7. Cavatina. Mezzosoprano. «Fac ut portem Christi mortem»

8. Aria. Soprano y coro. «Inflammatus et accensus»

9. Cuarteto. Solistas. «Quando corpus morietur»

10. Final. Coro. «Amen, in sempiterna saecula»

El arte (no) ha muerto

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Martes 14 de octubre, 19:30 horas, Sala de cámara del Auditorio “Príncipe Felipe” de Oviedo: CIMCO: Josu de Solaun & patriaChica. «Intermezzo Intermediario”. Texto y música: Josu de Solaun; dramaturgia y dirección: Jorge Moreno Pieiga. Estreno absoluto. Entrada: 10 €.

El multigalardonado pianista, compositor y poeta Josu de Solaun y la compañía teatral del asturiano Jorge Moreno Pieiga, patriaChica, se unen en un espectáculo sin precedentes en la cuarta edición de CIMCO, una cita que traspasa el concepto de recital desde allende Allande hasta Oviedo.

De las redes social y distintas páginas Web voy entresacando frases que pueden ayudar a entender este espectáculo, del que dejé mi reseña rápida para el diario LNE de hoy miércoles 15 (que dejo al final y está también en este blog).

En el reportaje de presentación del pasado día 10 en el diario La Nueva España, Jonathan Mallada ya nos avanzaba que «Intermezzo Intermediario» es el título de la novedosa propuesta artística estrenada en la segunda entrega de la presente edición de CIMCO (Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo), organizado por la Fundación Municipal de Cultura del ayuntamiento de la capital asturiana. El espectáculo, protagonizado por la compañía asturiana «patriaCHICA» y el aclamado pianista hispano-estadounidense Josu de Solaun, quien ya visitó este ciclo del Auditorio ovetense y también en Villaviciosa, supone una parada atenta y desprejuiciada para comprender, en una sociedad de consumo marcada por las prisas. «El Arte –con osada mayúscula- se expone a la incomprensión de esta era plagada de prisas y tiránica efectividad. La música –en minúscula clandestina- logra, a duras penas, eludir los groseros condicionantes de un tiempo que, tal vez –sólo tal vez- ya no es el suyo… porque sigue pretendiendo abarcarlo todo, empleando para ello la sombra de una vocación, el piano silente o una caricia perdida. Sobre el escenario, eterno reflejo: el de quienes se resisten a vender su alma». En este contexto artístico, la música intentará difuminar los cauces del tiempo para tratar de abarcar cualquier elemento y acción vital: «la sombra de una vocación, el piano silente o una caricia perdida», según palabras de los propios artistas. Sobre el escenario, contaron con la compañía de la actriz Yolanda Gómez Escudero, quien dio vida a los textos del pianista y escritor Josu de Solaun (una dramatización de su texto satírico «Tribulaciones del Hidalgo Claudio Amargós»). Este singular y sugerente espectáculo cuenta, además, con la dirección escénica del afamado dramaturgo gijonés Jorge Luis Moreno Pieiga, con una extensa lista de galardones y nominaciones a sus espaldas entre las que destaca su «Premio Oh!» al mejor intérprete masculino en 2019.

Del hispano-estadounidense Josu de Solaun (Valencia, 1981) solo hay excelentes críticas y recuerdos de cada una de sus anteriores actuaciones, quien no es solo pianista, también es director de orquesta, compositor, improvisador, profesor, escritor, poeta y viajero. En su poemario “Las grietas” (2021) dice: “Siempre he creído que la poesía y la música brotan del mismo pozo. Ambas son formas de escuchar, de inspirarse en el silencio y de responder al pulso misterioso que subyace a la superficie de las cosas. Una pista para entender mejor «Intermezzo Intermediario”.

Sobre la compañía asturiana “patriaCHICA  que han alumbrado Jorge Moreno y Yolanda Gómez Escudero, como ellos mismos dicen “está destinada a iluminar nuevas rutas escénicas con un rumbo muy claro: el del respeto a la esencia teatral”.

De Solaun en su blog “Melosías” ya comenta que «es un espacio para lo intermedio: los entretiempos del día, las chispas que surgen inesperadamente al caer la tarde, cuando el silencio se extiende y el pensamiento se agita. Melosías de la Tarde no busca la coherencia, solo la presencia; una presencia hecha de núcleos y anotaciones, de inicios y consecuencias, de lo que queda tras el incendio». Segunda pista para este estreno que seguro tendrá mucho más recorrido desde Oviedo.

«Intermezzo Intermediario« es un recital de piano solo improvisado en vivo, la improvisación entendida como alma del teatro y la música, latido de la escena y apertura a lo imprevisible y lo actual, algo único porque improvisar no es algo sin preparar, muy al contrario, es una recreación de los personajes que aparecen en este espectáculo, con un texto escrito previo que se mantiene siempre fiel e implacable por parte de los artistas, el texto como partitura y la palabra como música, el piano como un personaje más y no un altar: drama, presencia, ironía sobre las deformaciones de la música en nuestros días. En el programa “Cultura con Ñ” de Radio Exterior de España emitido el mismo viernes 10 de octubre, se presentaba este espectáculo, y escuchándolo podemos entender mejor este Intermezzo-Intermediario, del que voy sonsacando algunas frases y conceptos.

«La música fecunda la palabra y ésta a aquélla» como dice Jorge Moreno. Los personajes como estados de ánimo van de lo robótico a lo humano, simbolismos con su propia voz: la representación de una sociedad que solo transmite un mensaje, una narradora que va contándonos la obra visualizada y escuchada: Don Claudio (Josu) es el profesor que se bloqueó por sentir el arte, Emiliano (Jorge) representa a los “profesionales grises” obligados a tapar el arte, y Sofía (Yolanda) la soñadora que se niega a creer que la sociedad se siga transformando en palabras sin sentido y la creadora unificadora de los tres para brotar la poesía, el alma llena de música y verdad, una reivindicación ante la “dictadura de los intermediarios”, incluido el octavillas repartidas y al aire con el Manifiesto de “Los Melósicos” por la autopresentada Sofía Linares,  y un diálogo directo con el público. Un tránsito musical que Josu de Solaun personifica desde el piano lo imprevisible del presente, adaptándose al pulso dramático del instante. La llamada ”Música clásica” se contextualiza y en cierto modo “museíza” la experiencia, pero la improvisación reivindica la inmediatez del arte sin frivolidades, una apertura al instante del presente, emblema del compromiso que esconde la eternidad. Acciones marcadas desde el piano que marcan la irrepetible dramaturgia, un mismo texto con música siempre distinta, la transformación del momento sin “la liturgia laica”, lo que acontece y engendra presencia más allá de un recital sin serlo. Un nuevo género y concepto de espectáculo teatral.

Recién llegado a casa revisaba mis pocas anotaciones y surgían palabras como provocación, asombro, perplejidad… un inicio antes de la hora donde Yolanda Gómez Escudero micrófono en mano repetía con distintas pausas “El arte ha muerto”, una rosa muda en medio del escenario que finalizará emparejada al micrófono y posarse en la solapa, pentagramas en blanco alfombrando el suelo, Jorge Moreno Pieiga silencioso con bata de bedel colocando un pequeño reloj despertador en hora sobre el piano, congelado, y el relato guionizado que contaba lo que veíamos, anunciando la aparición del pianista, tercer personaje y actor (De Solaun es un hombre del renacimiento en pleno siglo XXI) comenzando la narración de los tres protagonistas en su discurso, un tríptico humano rompedor en el texto, punzante, con música hiriente o desgarradoramente dulce, de aires rusos y franceses pero también nuestros bien camuflados. Conflicto entre creación y sistema, los relatos y obsesiones de Don Claudio (De Solaun), el profesor bloqueado por sentir demasiado el arte en tiempos donde importan más los dosieres y la burocracia; Emiliano el “hombre gris” cual voz de una conciencia que habla y conmueve, revelado como un antiguo profesor de canto reconvertido en conserje, cantando solo el inicio del tango Volver desconstruído por un piano mordaz y audaz. Omnipresente Sofía Linares (Gómez Escudero) protagonista y narradora, rebelde con causa, No estamos contra el sistema. Estamos fuera, soñadora, en cabeza de esta revolución que aún cree en el poder unificador de la poesía, descripción y actuación, el Manifiesto de “Los Melósicos” sin logo ni departamento de comunicación… que dejo para leer e invitar a unirnos a la causa, mientras la música desde el piano de Josu hieren, subyugan, silencian y abrazan cual cuarto protagonista que habla sin palabras.

Finalizaba mi reseña con esta frase que repito más reposado:

Un intermezzo que no es pausa, sino detonante: una reflexión sobre la “dictadura de los intermediarios” y el lugar del arte en una sociedad que consume sin escuchar.

RESEÑA en LNE:

“Intermezzo Intermediario”: el arte frente al sistema

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Martes 14 de octubre, 19:30 horas, Sala de cámara del Auditorio “Príncipe Felipe” de Oviedo: CIMCO: Josu de Solaun & patriaChica. «Intermezzo Intermediario”. Texto y música: Josu de Solaun; dramaturgia y dirección: Jorge Moreno Pieiga. Estreno absoluto. Entrada: 10 €.

(Reseña rápida desde el teléfono para LNE del miércoles 15, con el añadido de fotos propias, los enlaces –links– enriquecedores, y la tipografía más colores que la prensa no refleja)

Dentro del ciclo interdisciplinar CIMCO, el pianista y compositor Josu de Solaun presentó, junto a patriaChica, el estreno absoluto de Intermezzo Intermediario, una propuesta escénica que funde palabra y música, dramaturgia y pensamiento, con dirección de Jorge Moreno Pieiga.

El espectáculo comienza con una provocación: “El arte ha muerto”, repite constantemente Yolanda Gómez Escudero sobre loa avisos por megafonía antes de que se apague la luz y el público quede suspendido entre el asombro y la perplejidad, con hojas de pentagramas vacíos sobre el escenario. Desde lo alto desciende De Solaun narrado por Yolanda cual guión, mientras Pieiga, aparece con bata de bedel, colocando un reloj sobre el piano: gesto simbólico que detiene el tiempo y abre el espacio a la reflexión.

Intermezzo Intermediario se despliega como un tríptico humano donde cada personaje encarna una parte del conflicto entre creación y sistema. Don Claudio (De Solaun), un profesor bloqueado por sentir demasiado el arte; Emiliano (Pieiga), el “profesional gris” obligado a apagarlo y antiguo profesor de canto reconvertido en conserje que canta Volver y “vuela” con la emoción que se destruye desde un piano casi de Shostakovich; y Sofía Linares (Gómez Escudero), soñadora, rebelde, en cabeza de esta revolución que aún cree en el poder unificador de la poesía, descripción y actuación.

La música de De Solaun —intensa, herida, subyugante— atraviesa los silencios y actúa como cuarto personaje, en un diálogo constante con la palabra. Es un piano que sangra, que interpela, que incomoda. Un intermezzo que no es pausa, sino detonante: una reflexión sobre la “dictadura de los intermediarios” y el lugar del arte en una sociedad que consume sin escuchar.

No estamos contra el sistema, estamos fuera de él, proclaman desde el escenario, mientras una nota larga —sostenida hasta la extenuación— apaga las luces, como un telón que se cierra sobre la conciencia. Oviedo fue testigo de un estreno audaz y veraz, emocionante y necesario: una sacudida artística que, sin duda, dará que hablar, como las octavillas repartidas y al aire con el Manifiesto de “Los Melósicos”, un guiño al blog “Melosías” de este artista valenciano, verdadero renacentista de nuestro tiempo.

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