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En nombre de Bach y Schiff

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Domingo 12 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: András Schiff. Obras de J. S. Bach.

Las jornadas que llevan el nombre de Luis G. Iberni nos traen para empezar el año nuevo uno de los conciertos más esperados en Oviedo, nada menos que del pianista húngaro Sir András Schiff (Budapest, 21/12/1953), y con un monográfico dedicado al «Dios Bach» que además de toda una maratón interpretativa lo es todavía más su escucha para un público de aficionados, estudiantes, profesionales y acólitos del padre de todas las músicas: el Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971, la Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831, y las Variaciones Goldberg, BWV 988. Lástima que «no está hecha la miel para la boca del asno» y las peores previsiones de toses, estornudos y móviles se cumplieron enfadando al maestro al que no le dieron tregua pese a intentar el milagro de acallar y adoctrinar «en nombre de Dios Bach».

Quienes conocemos y seguimos la trayectoria del músico de origen húngaro sabemos su predilección por «el cantor de Leipzig» del que afirma «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el espíritu santo» y «puedo vivir sin escuchar a Rachmanínov, pero no sin Bach«. No cabe duda que Schiff es una referencia en la interpretación de las obras de Bach al piano y en Oviedo ha vuelto a demostrar su magisterio en este repertorio. En La Nueva España comentaba que «Bach es la cumbre de la música, siempre ha sido todo para mí. Es algo que no tiene explicación«, y clasifica la complejidad de su discurso musical en el que confluyen «elementos emocionales, intelectuales y espirituales en perfecta armonía«.
El Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971 fue la primera lección de este domingo invernal, disfrutar del paraíso con los pies en la tierra, con un mínimo uso de los pedales para poder disfrutar cada nota con su duración, fraseo, equilibrio entre las manos y despojar el halo de historicismo en pos de la belleza sonora del piano. Un Allegro desenfadado y claro, preciso además de brillante, con unos trinos limpios que son «marca de la casa», sin apenas tics en un intérprete que saca el sonido perfecto. El Andante reposado pero igualmente exteriorizado, buscando la pureza desde la aparente sencillez del «gran creador», recreándose en la unidad tímbrica capaz de evocar una orquesta de cámara, un intimísimo compartido que parecía obrar cual bálsamo terapéutico. Y el Presto una ráfaga de vida, auténticas perlas cultivadas con un balance dinámico desde el respeto a la partitura, las repeticiones contrastadas haciendo del barroco algo natural, espontáneo y sin artificios.

La Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831 otro collar engarzado con hilo de oro, desde la Ouverture casi orquestal, la grandeza musical desde el piano confirmando que esta escritura es germen de toda la música posterior. Cada una de las nueve danza posteriores mantuvieron su independencia global, unos ornamentos espectaculares que nunca ocultaban la melodía, los cambios de octava con la misma intensidad sonora e iguales contrastes, el tejido contrapuntístico elevado a la enésima potencia, matemáticas musicales dotadas de vida propia e interpretadas con una naturalidad digna de admiración. Danzas a pares complementándose para brillar por sí mismas, el piano cual guardián de orquesta escondida y sabiamente reflejada en la interpretación de András Schiff, sentida Sarabande y explosivas Bourrée más Gigue con una mano izquierda poderoso complemento de los agudos antes del último Echo nuevamente «orquestal» para cerrar una primera parte que cercana a la hora mantuvo de momento la salud de un público que casi llenaba el auditorio.

Pocas veces podremos escuchar las Variaciones Goldberg, BWV 988, una hora y cuarto de liturgia en las manos del pastor Schiff,  nunca iguales pero siempre emocionantes. El propio maestro las describe a la perfección: «Un aria inicial de una belleza exquisita en la que la voz más grave adquiere todo el protagonismo y de ella nacen las 30 variaciones«. Cada variación independiente y con carácter propio, algunas «contienen motivos de canciones populares alemanas, otras se emparentan con las danzas y otras son tremendamente virtuosísticas«. Si la descripción es clara, su interpretación aún más pues tras la exposición del tema inicial verdaderamente solemne, majestuosa, paladeada en cada nota, las variaciones fueron desgranándose únicas, vibrantes además de profundas, sonoridades prístinas, balances divinos. El silencio siempre importante pero roto por los maleducados que parecen multiplicarse, no llegó a enturbiar el arte de Schiff, el aria ideal antes de las variaciones con  «la sencillez es algo bueno, es profunda«, como dice Sir András, impresionante mantener la pulcritud temática con el ostinato de los graves en el volumen perfecto, los cruces de manos solo perceptibles al ojo pero nunca al oido, esas ornamentaciones cristalinas, el respeto por las figuras en su justa medida sin pedales, la técnica pura y sin trampas. Las variaciones rápidas son catarata luminosa, las lentas un soplo de vida además de remanso, luces desde todos los matices sin perder nunca un discurso ágil, claro, equilibrado y nunca ostentoso: «El virtuosismo aparece cuando el intérprete consigue dar un sentido a cada una de las notas de la partitura«.

Los intentos de separar las variaciones en bloques de diez solo sirvieron para el estruendo ofensivamente maleducado (y contagioso) que comenzó a traslucirse en un semblante de incomodidad, aunque la fuerza pienso que se mantuvo y hasta interiorizó para continuar la lección, pero el segundo silencio verdaderamente dramático y eterno acabó con la paciencia de muchos, especialmente la del propio Sir András Schiff al que ni siquiera dejaron finalizar con respeto el «reprise» o Aria da Capo que resuena cual amén tras una liturgia que como la católica los feligreses no soportan más allá de la hora ¡cuando el propio programa indicaba la duración aproximada de 76 minutos!. Los ritos deben respetarse bajo pena de pecado mortal.
Está visto que el gran Bach parece solamente para iniciados y educados, el apóstol Schiff se llevará una mala imagen de Oviedo a la que seguiré llamando «La Viena del Norte» español aunque su público diste años luz del austríaco y comience a ser preocupante en una sociedad donde los valores del propio «Kantor» siguen actuales, su escucha obligada desde el respeto por la palabra musical, una virtud que romperla condena al infierno del olvido.

Buenas sensaciones

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Viernes 10 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Lenguajes propios I», abono IV OSPA, Joaquín Riquelme (viola), Nuno Coelho (director). Obras de Britten, Walton y Brahms.

Primer concierto en vivo del año, dando por supuesto que todo melómano ya se estrenó desde su casa con el mediático vienés, y conferencia previa de la doctora María Sanhuesa, autora también de las notas al programa, sobre «Dos voces británicas» que ocuparían la primera parte del cuarto de abono de la OSPA, Britten y Walton bien traídos como en el estreno de las obras de este programa en Barcelona y nada menos que con Hindemith de solista en la viola, ese instrumento al que las nuevas generaciones están poniendo en su sitio con abanderados españoles como la pamplonesa Isabel Villanueva, el asturiano Jesús Rodolfo o el murciano Joaquín Riquelme que nos visitaría esta semana desde su atril en la Filarmónica de Berlín y concedió para el Canal en YouTube© de la OSPA una excelente entrevista.

Para arrancar la velada nada mejor que Benjamin Britten y sus Cuatro interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a, música que la OSPA siempre ha interpretado bien, desde un War Requiem en 2013 hasta la propia ópera hace ocho años en el Campoamor que también nos recordaba María Sanhuesa una hora antes. La excelente orquestación del británico pudimos saborearla gracias al maestro Nuno Coelho que repetía visita tras la invitación en abril del pasado año, volviendo a mostrar la química con los músicos y contagiar su energía (entrevista en OSPATV). El poso que los portugueses tienen de Inglaterra parece estar en sus genes y el director luso llevó con mano izquierda y rigor los cuatro lienzos sonoros capaces de evocar unos paisajes diría que oceánicos, más allá del interior que la ópera presenta y coloca entre sus actos. Dawn, Sunday Morning, Moonlight y Storm fueron ganando en intensidad controlando la amplia gama dinámica de unas escenas bien delineadas por una orquesta ideal en número aunque sigamos necesitando un concertino titular (esta vez la invitada fue Isabel Jiménez), con sonoridades rotundas y claras. Sucesión de escenas bien delineadas por Coelho con la formación asturiana, la calma del amanecer desde una cuerda sedosa, trombones y tuba coloreando, una madera limpia, la tranquilidad en la playa un domingo por la mañana con el sonido de pájaros (bravo por la flauta de P. Pearse) y campanas con una percusión impecable y la luz otoñal nunca cegadora, así entendida en las texturas, la luna llena que ilumina ese puerto inglés de Aldeburgh antes de la furiosa tormenta que la música describe a la perfección, pasión más externa que interna en la visión del director portugués que encontró la respuesta precisa de una OSPA cómoda con la obra y la batuta lusa.

El mismo aire de las islas nos lo trajo W. Walton con su Concierto para viola y orquesta (revisión de 1962) y Joaquín Riquelme de solista, todo un lujo de sonido, virtuosismo, elegancia y musicalidad en los tres movimientos que el contemporáneo de Britten coloca en un orden «rompedor» sin perder ni coherencia ni teatralidad, pues no quiero olvidar al Walton cinematográfico y todo un referente para las generaciones posteriores en las bandas sonoras. Comenzar con un Andante cómodo supone la puesta en escena de todo un «corpus orquestal» narrativo, con toda la acción en el Vivo, con molto preciso, el nudo argumental donde solista y formación se emplearon a fondo en calidades, balances, intensidades, todo bien concertado por el maestro Coelho que volvió a dominar la escena, hasta ese Allegro moderato donde la luz del norte ilumina de forma nítida un concierto poético incluso en su dedicatoria y verdaderamente teatral además de inimitablemente británico.

Con «permiso» de los cellos, Riquelme nos regalaría la Allemande de la Suite nº1 de Bach demostrando que la viola ha sido injustamente tratada y posee el sonido más cercano a la voz de mezzo como su hermano mayor lo sea de barítono (el violista murciano en la entrevista para OSPATV lo comparaba a la voz de un tenor italiano). Personalmente tímbrica «femenina» ideal para un repertorio que el músico de la mejor orquesta del mundo conoce como pocos, sumándose a la OSPA en su atril para la segunda parte, pasión por la música y auténtica forma de entender la vida.

La Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms volvía a los atriles de la OSPA tras el regreso de Max Valdés hace casi cuatro años, esta vez con acento portugués y poso británico. Nuno Coelho tiene talento, se nota el trabajo y las ideas, como su gesto, son claras además de precisas. Conocedores de un repertorio básico en toda orquesta, el germano pone a prueba no ya todas las secciones sino el calado interpretativo al afrontar sus sinfonías, especialmente esta segunda, disfrutando de todos los solistas al encontrar las dinámicas, equilibrios y tempi adecuados a cada movimiento. El Allegro non troppo dibuja esa melodía en la cuerda que recuerda la «Canción de cuna», revestida por una madera siempre en estado de gracia junto a unos metales acertados, amplia gama de matices muy logrados con la garra justa y el sonido «de orquesta británica» que pareció impregnar todo el concierto. El Adagio non troppo perdió algo de la energía demostrada en el primer movimiento pero mantuvo la calidad sinfónica para remontar en el Allegretto grazioso (quasi Andantino) y rematar en alto con el Allegro con Spirito que devolvió ímpetu, fuerza y la sonoridad de la orquesta asturiana mostrando lo mejor en todas las secciones y la entrega a un director que sigue creciendo musicalmente postulándose entre los candidatos a la necesaria (y urgente) titularidad de una formación que sigue sin sus dos pilares básicos.

Disfrutando a pares

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Sábado 30 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Lucas y Arthur Jussen (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Brahms y Poulenc.

No hay mejor manera de terminar noviembre y una semana musicalmente plena que a pares, con dos obras de Brahms, un concierto para dos pianos y dos hermanos, más dos compositores que en el tándem Oviedo Filarmonía y Lucas Macías resultaron redondos en todos los sentidos.

La orquesta ovetense está pletórica y su titular contagia una alegría a la formación, un «buen rollo» desde su elegancia en la dirección, entrega y dominio de las obras trabajadas que la comunicación entre músicos y público, de nuevo con una entrada satisfactoria, fluye. Memorizar a Brahms supone conocer las obras al detalle, transmitir conocimiento y seguridad a todas las secciones, confiar en un resultado óptimo que aún no ha tocado techo, y el maestro Macías Navarro seguirá dándonos muchas alegrías. Contar además con unos solistas simpáticos, en completa empatía que suma calidades como en el caso de los hermanos Jussen, siguen elevando el listón de estas jornadas de piano con la orquesta de casa, concertación exquisita y entrega total para dejarnos un concierto donde tampoco faltaron propinas a pares en un suma y sigue de excelencias.

Brahms de inicio y cierre marca diferencias, primero la Obertura trágica, op. 81 donde la sonoridad no tuvo pegas, las dinámicas suficientes para poder escuchar todo lo escrito con total limpieza, unos metales en estado de gracia, una madera delicadamente precisa, los timbales siempre mandando para transmitir decisión y especialmente la cuerda, creciendo en calidad por empaste, claridad, cuerpo en los graves, tersura y presencia que permite un balance de volúmenes muy cuidado, seguridad además de convencimiento con el podio, claro y elegante, auténtico mago de los contrastes separando con delicadeza cada plano de la masa orquestal que en el maestro de Hamburgo está cuidado al detalle. Como dicen las notas al programa de Juan Manuel Viana (enlazadas al inicio con los autores), «fogoso movimiento sinfónico en forma sonata de gran aliento dramático cuyo ímpetu rítmico, de acentos beethovenianos, cede solo en la sección intermedia, más lírica y reservada«, perfecta traducción de una escritura cuidadosa que es necesario desentrañar, y el titular de la OFil lo hizo hasta el más pequeño detalle.

Y no se puede pedir más de la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, cada movimiento creciendo en sentimiento, monumental, apasionada desde la introducción, toda la orquesta ganando en calidades, escuchando todo lo escrito con el balance ideal para disfrutar y paladear esta heredera del genio de Bonn en la creación de su primer admirador y calificada por Von Bülow como «la décima de Beethoven«. Tiempos bien contrastados, una agógica llevada con mimo por el maestro onubense contestada con rigor por sus músicos, intervenciones solistas llenas de talento, gama rica de matices con autoridad y respuesta inmediata, compenetración global para dejarnos una «primera de Brahms» que recordaré mucho tiempo, digna de formaciones de renombre que cerrando los ojos nadie diría que sonaba con nuestra orquesta y su titular. Gratitud total que también nos dejó de regalo, ojalá no se pierda esta buena costumbre, una orquesta reforzada para poner en todo lo alto este último sábado de noviembre.

Las figuras de la velada fueron los hermanos Jussen, Lucas y Arthur, en el Concierto para dos pianos y orquesta en re menor de F. Poulenc, con una orquesta ideal detrás y un concertador de primera como Lucas Macías Navarro. Entendimiento fraternal casi mágico, sonido potentemente delicado, entregado, virtuoso y compartiendo protagonismos, desde el Allegretto inicial misterioso a la par que melancólico, hasta el desenfadado Allegro molto siempre actual, pasando por esa maravilla de Larghetto de tintes mozartianos en una obra atemporal y casi centenaria donde los dos pianos redondean una tímbrica ideal. Química entre solistas, orquesta y podio que nos permitieron disfrutar de esta página difícil de escuchar en vivo con esta calidad.

Los hermanos Jussen, muy aplaudidos tras conectar desde su juventud y naturalidad, nos regalaron unas variaciones de Igor Roma de lo más personales, juguetonas y brillantes sobre la Sinfonía 40 de Mozart con final de «soldado americano» de Carosone, más cuatro manos delicadas y vigorosas verdaderos «juego de niños», Jeux d’enfants, op. 22 (Bizet) que redondearon un final de mes para el recuerdo.

De nuevo Liszt y más Beethoven

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Viernes 29 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA Abono 3, Beethoven 250: Denis Kozhukhin (piano), Garret Keast (director). Obras de Beethoven y Liszt.

A veces los programas de los conciertos presentan conexiones «inexplicables» y en menos de cinco días volvíamos a escuchar el Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi bemol mayor, S. 124 de Liszt aunque hayan sido dos mundos casi irreconciliables y apostando por colocar el concierto único en la segunda parte en vez de mantener el orden casi secular de obertura, concierto solista y sinfonía.

La OSPA, este tercero de abono con Elena Rey de concertino, continúa sin director titular y esta vez el invitado fue el norteamericano  Garret Keast, entrevistado en OSPATV, que se mostró buen concertador, de gesto claro pero que no aportó nada nuevo a un programa donde Beethoven volvió a ser el «homenajeado» antes de conmemorar sus 250 años en 2.020.
Es de agradecer escuchar la poco habitual obertura de Las criaturas de Prometeo, op. 43, que pone a prueba a cualquier orquesta y así parecieron tomárselo, «calentando dedos» toda la cuerda en un inicio impetuoso e inseguro donde se vio claramente que el objetivo primordial estaba en cuidar las sonoridades. Buen balance en todas las secciones de la formación asturiana pero sin la garra esperada para un Beethoven al que se le supone esa carga emocional llena de contrastes en esta obra de 1801 aún clásica en factura pero ya con el sello del genio de Bonn y cercana a la sinfonía que cerraría el concierto.

Para la segunda parte nada menos que la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, op. 55, “Eroica”, supongo que casi en la genética de toda formación sinfónica y abecedario casi biblia directorial de toda batuta, por lo que se hace complicado conseguir algún detalle diferenciador por parte de todos. De nuevo faltó «punch» a pesar de la claridad de todas las secciones de la OSPA que vuelven a brillar como en los mejores tiempos aunque pecasen de mayor entrega. Alejandro G. Villalibre en las notas al programa (enlazadas al principio en los autores) escribe del «primer movimiento desafiante, altivo y pretendidamente iconoclasta. Desde la decisión de orquestar utilizando tres trompas (lo canónico hubiese sido utilizar dos), hasta sus poderosos y extensos clímax, el autor establece las bases del denominado ‘segundo estilo’ en su producción». Cierto que Keast no acertó en su visión de esta Heróica, con un I. Allegro con brio que pareció caerse en intensidades y tempo, todo muy pulcro pero sin convencimiento ni nada de lo apuntado sobre esta maravilla sinfónica. Probablemente tocó el resorte adecuado para la II. Marcia funebre (Adagio assai) más centrada por parte de todos, jugando con un sonido redondeado y equilibrado, destacando los motivos, ayudado en parte por la disposición de violines enfrentados que logra unas dinámicas ricas por parte de toda la cuerda, presencias claras en las distintas intervenciones de los primeros atriles y ese ambiente donde lo fúnebre tiene motivos de esperanza divina. Irregular también el III. Scherzo (Allegro), falto de mayores claroscuros aunque todo en la línea de aseo y corrección del concierto, con el IV. Finale (Allegro molto–Poco andante–Presto) más entregado y marcado, puede que por el empuje de la propia partitura con esa orquestación o incluso parafraseando al doctor Villalibre con «un ciclón en las cuerdas» que se quedó en ventolera. La magnitud de «La Tercera» sobrepasa cualquier interpretación y es un placer escucharla siempre, pero debemos exigir siempre más pasión y entrega en un Beethoven al que esta temporada escucharemos sobremanera.

El Concierto para piano y orquesta nº 1 en mi bemol mayor, S. 124 de Liszt nos trajo de nuevo a Oviedo al ruso enamorado de España Denis Kozhukhin (también en OSPATV en un castellano muy correcto) para volver a disfrutar de esta inconmensurable página concertística en su versión sinfónica al completo –la de Argerich y la Kremerata fue con el arreglo para orquesta de cuerda de Gilles Colliard– que no resistió la comparación con el domingo pasado a pesar de contar con todo el arsenal orquestal. Demasiado cercana en el tiempo aunque el maestro Keast concertó a la perfección con Kozhukhin quien apostó desde un virtuosismo esperado y nunca vacío (como él mismo comentaba en la entrevista para La Nueva España que dejo al final de esta entrada), por el vigor, la potencia y la sonoridad plena, desde ese arranque en octavas fuerte y expansivo, el Quasi adagio que nos dejó los mejores momentos de la velada, para ir ganando hasta el final en buen equilibrio con una orquesta centrada, atenta a los detalles desde el podio y disfrutando en primera fila cada intervención del ruso.
Los dos regalos de una Romanza sin palabras«La canción del gondolero» op. 30 nº 6 (Mendelssohn) y una Primavera, Op. 43 nº 6 (Grieg) dejaron constancia del gran pianista que es Denis Kozhukhin con una riqueza de matices, un sonido limpio y una musicalidad aún mayor en estas propinas solo. Me hubiera gustado que el concierto hubiese acabado con él, pero organizar los programas también tiene opiniones para todos los gustos.

Eternamente joven Argerich

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Domingo 24 de noviembre, 19:00 h. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”:
Martha Argerich (piano), Mate Bekavac (clarinete), Kremerata Baltica. Obras de Bach, Busoni, Kremer, Weinberg y Liszt.
Reseña rápida para La Nueva España del lunes 25 desde el teléfono móvil, con los añadidos ya en casa de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Primera visita esta temporada de la eterna Argerich nombrada artista en residencia de estas jornadas, junto a los bálticos de Gidon Kremer, otro “habitual” en Oviedo, de gira española con parada obligada en “La Viena del Norte” español y una excelente entrada para un público algo acatarrado en los movimientos lentos y pianissimos en parte por un aire no acondicionado al gusto de todos.

El fundador de la formación nórdica aunque solo presente como instrumentador de la Chacona en re menor de Bach (a partir de Busoni) es capaz de seguir redescubriéndonos al kantor de Leipzig y más con una orquesta de cuerda poderosamente delicada, compacta y de amplísimas dinámicas comandada por el concertino Dzeraldas Bidva que “hace de Gidon” con igual maestría. Inicio grabado de clave y final de violín encajado por la Kremerata al milímetro.
Otro redescubrimiento del maestro letón es Miezyslaw Weinberg (1919 – 1996), cuya Sinfonía de cámara nº4, op. 153 en cuatro movimientos resulta una autobiografía oscura y dolorosa de este compositor que con el clarinete de Bekavac parece narrar cada etapa con esas reminiscencias de folklore “klezmer” como notas luminosas de esperanza incluyendo las pinceladas del triángulo en el Andantino – Adagissimo final con un excelente Mate Bekavac ejerciendo tanto de virtuoso como ensamblado tímbricamente en el sonido báltico.

La esperada Martha llenaría de más música una segunda parte con Bach siempre presente que en la interpretación de la porteña alcanza cotas sublimes. La Partita núm. 2 en do menor, BWV 826 para piano solo es un testamento vital tanto en lo escrito como en lo escuchado, magisterio de juvenil madurez con balances increíbles, limpieza expositiva y tiempos contrastados de hondura inexpresable en sus seis movimientos con ese Capriccio final pura medicina también para la propia tos de la argentina.
Y madurez juvenil, impetuosa, brillante, vibrante para Liszt y su Concierto para Piano nº1 en mi bemol mayor, S. 124 con la Kremerata casi sinfónica por sonoridades incluido el triángulo. Majestuosa Argerich mandando, valiente de principio a fin con un ímpetu sin perder calidad en nada, emocionando y empatizando con todos desde su eterna juventud pianística.

Propina bachiana para el padre de todas las músicas y esperando ya la próxima visita esta temporada.

Femenino plural

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Viernes 8 de noviembre, 20:00 horas. Oviedo, Auditorio “Príncipe Felipe”: Conciertos del Auditorio. Carolin Widmann (violín), Joana Carneiro (directora), Oviedo Filarmonía. Obras de R. Rodríguez, Beethoven y Prokofiev.

Programa netamente femenino, singular y plural, desde la directora portuguesa hasta la violinista alemana pasando por una compositora ovetense que sigue dándonos muchas alegrías, y en un formato que me gusta al dejar el concierto solista para la segunda parte en vez de cerrando la primera.

A Raquel Rodríguez (Oviedo, 1980) la descubrí en Avilés dentro de la Semana de Música Religiosa de Avilés de 2.009 con su Oración para coro y orquesta que me dejó gratamente impresionado y de quien hacía constar era «digna de comenzar a figurar en los programas de cualquier sala de conciertos«. Por fin vuelvo a reencontrármela en este auditorio de su ciudad natal con su Connection to Mars (estrenada el 4 de noviembre de 2015 en la Fundación Juan March para sus 60 años) a cargo de la sección de cuerda de una Oviedo Filarmonía cada vez mejor, versátil, madura en todos los estilos que abarca su larga trayectoria y con una dirección a cargo de la portuguesa Joana Carneiro, a quien ya recordaba con la OSPA en febrero de 2014 también con Beethoven presente (entonces la Séptima).
La obra de la compositora carbayona la describe perfectamente Ramón Sobrino en las notas al programa (enlazadas en los compositores al inicio de esta entrada) reflejando igualmente las propias del maestro José Luis Temes que la estrenase en Madrid: «En el anuncio previo se comenta que “sobre un ritmo repetitivo y enérgico, la compositora pretende reflejar el continuo «hacer y transformar» que ha caracterizado a la Fundación durante estos sesenta años… la obra “puede tener como arranque compositivo un mundo que interesa especialmente a su autora: el de las energías que fluyen constantes y motrices, sobre ritmos repetitivos, como un discurso energético continuo que nos entrelaza a unos y otros, transformándose sin tregua«. Tratamiento actual de una cuerda clara, presente, afinada, con la directora lusa de amplia gestualidad marcando todo en los 9 minutos que dura aproximadamente la obra, con una energía que parecía saltar del atril a todo su cuerpo, casi danzante y por momentos frenético. El título que juega con la fonética del planeta Marte –Mars en inglés– y la del apellido March, tiene recuerdos o si se prefiere «conexiones» con su homónima de Holst desde una tímbrica muy cuidada, jugando con momentos de percusión en la cuerda grave y unas texturas de lo más cinematográficas como alumna aventajada de sus maestros, entre los que debemos recordar a Alfonso Ordieres, Leoncio Diéguez, Antón García Abril o Zulema de la Cruz entre otros. Poseedora de un lenguaje musical cercano que gustó a todo el público que premiaría con una larga ovación tanto a la obra como a la compositora que subió al escenario a recoger el merecido reconocimiento de todos los presentes.

Con la Sinfonía nº 6 en fa mayor, op. 68 «Pastoral» (Beethoven) estrenada en 1808, es difícil aportar algo nuevo por conocida e interpretada en toda formación orquestal que se precie, desde las académicas hasta las consagradas. Se agradece el adelanto del aniversario del genio de Bonn pero la versión de Carneiro resultó algo precipitada en los cinco movimientos que no siempre encontraron la respuesta deseada de la orquesta, sobre todo a partir del Andante molto mosso (“Escena junto al arroyo” con una madera no todo lo empastada ni encajada que hubiese querido). Cierto que también se dieron momentos de clara intensidad dramática como en el cuarto movimiento, “Relámpagos, tormenta”, Allegro enlazado con el anterior pero que solo trajo esos destellos de calidad en todos los atriles, sobre todo flautín y timbales, mientras que el último movimiento, “Himno de los pastores. Alegría y sentimientos
de agradecimiento después de la tormenta”, Allegretto, llevado con un aire para mi gusto excesivo, trajo los primeros tropiezos y «desenfoques» en el 6/8, ese compás “pastoral” con unos cellos y contrabajos presentes pero poco precisos en las semicorcheas no siempre lo limpias que quisiéramos, dejando una visión global de excesos que no vienen nunca bien, olvidando precisamente ese aire femenino singular de esta pastoral contrapuesta a su «gemela quinta» plenamente masculina con quien compartió estreno en Heiligenstadt en el verano de 1808, si bien este viernes de noviembre resultaría gélido en lo metereológico y de entretiempo en cuanto a esta sexta.

El Concierto para violín y orquesta nº 2 en sol menor, op. 63 (Madrid, 1935) de Prokofiev ocuparía la segunda parte con Carolin Widmann de solista y un Guadagnini de 1782 que sonó a gloria en la interpretación de la violinista alemana.

Desde el inicio en solitario del Allegro moderato se notaba el dominio de esta obra virtuosística y el juego de contrastes con una orquesta de plantilla perfecta (madera a dos, 2 trompas, 2 trompetas, percusión de bombo, caja, platillos y castañuelas en el finale, más la cuerda) para una obra exigente de encajes y cambios dinámicos continuos predominando ese carácter cantabile permanente que Carneiro no obstaculizó en ningún momento, brillando no solo la cuerda, algo a lo que ya estamos acostumbrados, sino todo el viento, una madera más empastada y unos metales aterciopelados además de seguros. El Andante assai fue balsámico y el único momento donde la directora lusa pareció contenerse para disfrutar de este movimiento de engañosa simplicidad con una melodía que se parece al inicio del estribillo de «La vie en rose«. En el último Allegro ben marcato retornó el gesto ampuloso, exagerado incluso aunque siempre claro de la portuguesa y ese aire dramático de rítmica poderosa en una formación ovetense ya asentada, mientras el violín se «separa» de la orquesta a medida que avanza el movimiento hacia un final impactante visual y sonoramente. La propina nos demostró la variedad estilística de la muniquesa Widmann que con el barroco a solo sentó cátedra dejándonos con ganas de más.

Concierto de claroscuros pero de presencia femenina en un mundo que es de ellas, compositora, directora, solista, orquesta con casi paridad en los atriles y unas obras que conjugan pasado, presente y futuro manteniendo el listón alto para un mes de noviembre que no ha hecho más que comenzar.

Un fichaje esperanzador

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Sábado 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Auditorio «Príncipe Felipe»: Conciertos del Auditorio. Lucas Macías (director, oboe), Oviedo Filarmonía. Obras de Beethoven, Mendelssohn y R. Strauss.

No podía comenzar mejor la temporada de conciertos en el auditorio ovetense, con la orquesta de la casa y el estreno de Lucas Macías como titular, portada del último número de Scherzo, quien hace año y medio ya me dejase con la esperanza de tenerlo entre nosotros y al fin se hizo realidad. Entonces escribía sobre el maestro onubense «… Macías sacó lo mejor de la OFil, unos violines tersos y claros, las violas con su momentos álgidos… los cellos con Ureña marcándose un solo también de lo más lírico, cuatro contrabajos dándolo todo en presencia y claridad, las maderas bien empastadas con intervenciones dignas de admiración y hasta los metales redondos, afinados, sin olvidarme de los timbales mandando con su precisión habitual. Los tiempos elegidos casi metronómicos en las indicaciones, sin demasía… coronando una segunda de Brahms digna de las orquestas y directores grandes, y la de Oviedo lo fue este último sábado de abril«. Casi podría repetirlo para el programa de presentación aunque añadiendo que la OFil sonó como nunca, un trabajo en la dirección espectacular, de memoria en todas las obras y además deleitándonos como solista y director en un cierre que cambió la fórmula para dejar a un auditorio casi lleno el mejor sabor de boca en este programa que abría un año Beethoven con Egmont, la agradecida Italiana de Mendelssohn y esa lección de oboe controlando todo en R. Strauss para terminar regalándonos al Bach camerístico y el dúo casi asturiano de Bartok con Mijlin… No se puede pedir más.

«Egmont», obertura en fa menor, op. 84 (Beethoven) puso el músculo, la energía, la paleta del genio de Bonn, el brillo sinfónico con todos los cambios esperados de dinámica, aire, ritmo, tensión, cuerda presente, madera bucólica, timbales poderosos, metales refulgentes, todos ellos felizmente llevados por un Lucas Macías (Valverde del Camino, Huelva, 1978) que apretó a los músicos como buen conocedor de sus capacidades y abriendo temporada con el compositor al que dedicaremos todo 2.020.

La Sinfonía nº 4 en la mayor, op. 90 «Italiana» (Mendelssohn) todavía aumentaría el nivel de exigencia, apostando por los tempi literales que la OFil respondió con cohesión, limpieza, valentía incluso. El Allegro vivace literalmente vivo, apostando por el brío romántico, verdadero «carnaval» con una cuerda homogénea, una madera en estado de gracia y unos metales brillantemente contenidos; el Andante con moto supuso el momento de paladear sonoridades, majestuosidad en ese movimiento procesional inspirado en Italia pero totalmente transportable a la Andalucía que el maestro conoce; el Con moto moderato redondeó sonoridades palaciegas en un equilibrio cuerda y viento perfecto, balanceando protagonismos con elegancia y gesto preciso; verdadera apoteosis el Saltarello Presto pisando el acelerador donde nadie quedó descolgado, frenético baile popular, intervenciones claras, limpias, amplia paleta de matices y reguladores con los timbales empujando, la cuerda atacando toda a una, el viento empastado y saboreando esta «Italiana» desde Oviedo con un onubense al mando que augura muchas tardes de éxito.

Aún quedaba la segunda parte con el Concierto para oboe y pequeña orquesta en re mayor, op. 144 (R. Strauss), donde Lucas Macías, cambiando camisa blanca y pajarita por negra y corbata a juego, demostró no ya el dominio del oboe, que le tuvo en las mejores orquestas europeas, sino el control en la dirección de una «pequeña orquesta» por plantilla y enorme por el resultado. Tres movimientos sin apenas respiro que obligaron a escucharse todos, a disfrutar de cada pasaje en complicidad total y cerrando un concierto romántico a más no poder. Perfectamente descrito por Jonathan Mallada en las notas al programa, enlazadas al inicio, «en un claro retorno al estilo romántico que había marcado su juventud, pero con la austeridad y economía de medios en la orquestación que caracterizaría gran parte de la música del último periodo compositivo del germano«, asombroso el sonido del oboe sonando a oboe, siempre presente en interacción total con la orquesta, fraseos impecables, cadencias de impresión virtuosa y un ropaje a medida de una OFil con personalidad propia, versátil en un programa agradecido donde el maestro Macías se erigió en el auténtico triunfador de esta velada estrenándose como titular, que el público premió.

Si el esfuerzo fue titánico, dejarnos de propina ese «aria» con la cuerda del Oratorio de Pascua de Bach nos devolvió el barroco atemporal y al padre de todas las músicas, para retornar finalmente con esa Cornamusa de Bartok a dúo con Andrei el concertino, auténticos aires asturianos de gaita para una página que elevó el estudio microcósmico a regalo de la tierra. Bienvenido maestro Macías.

Conexiones ibéricas

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Jueves 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: OSPA Abono 2, Reflejos I: António Rosado (piano), Nuno Côrte-Real (director). Obras de Falla, Côrte-Real, E. Halfter y Stravinsky.

Nuestras conexiones con los portugueses son seculares y van desde la propia historia a la geografía, con unos ríos que siempre nos han unido a los vecinos más que el ferrocarril o las carreteras. Son para muchos los grandes desconocidos pese a la cercanía, y este jueves volvían a unirse nuestras tierras preparando la gira donde nuestra OSPA llevará bien alto este fin de semana el estandarte sinfónico asturiano al Festival Darcos dirigido musicalmente por el lisboeta Nuno Côrte-Real con el programa que pudimos disfrutar en este segundo de abono y que estuvo precedido por un encuentro con el director y compositor en la sala de cámara.

Conexiones de baile que nuestra OSPA tiene muy interiorizadas y de la que recuerdo su paso por el Auditorio de Santander hace siete años, los ballets rusos de Falla y Stravinsky, la escuela del gaditano seguida por Ernesto Halfter llamado el «Halfter portugués» de esta saga de grandes compositores, y del que escuchamos su Rapsodia portuguesa con el pianista de Évora quien también estrenaría la versión sinfónica de la Elegía del compositor y director Côrte-Real (interesante escucharlo en OSPATV), entroncada con la anterior por el solista además de esos aires hispanolusos mezclando saudade y morrinha galaicoportuguesa, meigas y bruxas, esplendores y angustias con la música como nexo único.
La Suite nº 1 de El sombrero de tres picos (Falla) es la obertura ideal para que toda la OSPA disfrute en cada sección, al igual que en el ballet del ruso: una cuerda compacta donde se agradece el peso en los contrabajos, la percusión magnífica que mantiene el empuje rítmico tan necesario, las maderas donde degustar el corno inglés y hasta los metales con una trompeta solista algo fría en el inicio (se desquitaría en la segunda parte), pero ajustada a las órdenes de un maestro luso que no aportó nada nuevo salvo el gusto por el equilibrio en los planos. Interpretación algo plana donde la música del gaditano universal no falla.

Llegaría el momento del piano con orquesta en dos composiciones muy diferentes pese a la conexión ibérica de ambas, primero la Elegía para piano y orquesta, Op. 33b (Nuno Côrte-Real, 1971) en su versión sinfónica tras la original escrita para el Ensemble Darcos, lleno de una tristeza que el propio compositor asoció, tanto en el encuentro previo como en la presentación de ambas obras al público, que hoy no llenó el Auditorio, con el martirio en su concepción general, obra fácil de escuchar, sin excesos tímbricos, con momentos de lucimiento de António Rosado, sonoridades de reminiscencias variadas y orquestación amplia aunque poco luminosa, tal vez por ese transfondo místico, nebuloso, aunque no siempre podemos disfrutar en nuestros días de un estreno dirigido por el propio compositor, lo que en siglos pasados era lo habitual. Me encantó el pasaje con las violas y el solista verdaderamente bien resuelto y tal vez sacado de la versión camerística que me gustaría escuchar en algún momento.

La luz vendría con la Rapsodia portuguesa de Ernesto Halfter (1905-1989), la instrumentación brillante, el piano de Rosado presente, limpio, ensoñador, las melodías populares como motivo de recreación e inspiración al igual que su maestro Falla, siempre tamizadas por el sabor español de castañuelas o pandereta como si un Ribera del Duero tomase cuerpo en las tierras vecinas, el recuerdo del Tajo lisboeta que arrastra tanto hispano, y así lo entendieron todos. Interesante contraponer dos conceptos compositivos con el piano de protagonista, donde el español dominó al luso de principio a fin antes de escuchar una propina deliciosa en sus manos con el mismo bouquet.

La banda sonora de la segunda parte la preparó el propio Côrte-Real presentando la Petrouchka (versión 1947) de Stravinsky como tal, marioneta de la protagonista incluida, simpatía portuguesa del maestro que la mantuvo en el podio y mantuvo ese toque infantil para esta joya de ballet nuevamente disfrutando de las calidades de los músicos de la OSPA, movimientos bien contrastados, paralelismos cronológicos y casi estilísticos con Falla que además mejoraron dinámicas, la agógica siempre difícil, pulsión global, buen balance en todas las secciones y un final fantasmagórico con esa Petrouchka emparentada con el Samaín celta, astur y gallego como las ánimas, tradiciones que conectan y hacen una esta Iberia siempre motivo de inspiración.

Todo este programa lo disfrutarán nuestros vecinos con una OSPA plenamente ibérica unidos por la música.

Despedida por todo lo alto

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Domingo 16 de junio, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni», concierto extraordinario cierre de Temporada. Juan Diego Flórez (tenor), Cécile Restier (piano). Obras de Bellini, Glinka, Donizetti, Lehár, Bizet, Gounod, Bizet y Verdi. Entrada: 58,50€ (descuento para abonados del ciclo).

Despedida por todo lo alto con Juan Diego Flórez (Lima, 1973) para un ciclo donde el tenor peruano llenó el auditorio poniéndolo en pie sin defraudar nunca, esperado concierto programado inicialmente para el 26 de mayo pasado cancelado por motivos de salud, pero que mantuvo el aforo y programa pese al apretado calendario de esta figura mundial, acompañado de una excelente pianista como  Cécile Restier (Paris, 1981) que tampoco defraudó, haciendo «olvidarnos» del habitual acompañante Vicenzo Scalera.

Obras bien elegidas con los «intermedios» de la pianista francesa en la línea habitual de estos recitales, comenzando con Bellini y tres de sus canciones de concierto aptas igual para cualquier tesitura, casi como arias, perfectas para ir calentando voz y dedos, siempre optando por tiempos adecuados a la buena dicción, Vaga luna, che inargenti, bien lenta, Vanne, o rosa fortunata, algo más ligera, y Ma rendi pur contento gustándose los dos intérpretes, especialmente el limeño.

Sin romper este inicio belcantista la pianista eligió a Mikhail Glinka y su Rondino brillante sobre un tema de Bellini de lucimiento personal claramente ejecutado para dar el descanso vocal antes del aria O di Capellio, generosi amici… È serbato a questo acciaro…L’amo tanto e m’è sì cara de «I Capuleti e i Montecchi» donde Flórez comenzó a dar lo mejor de la velada en el repertorio que domina como pocos.

No podía faltar Gaetano Donizetti, primero el poco escuchado Vals en La mayor (para piano solo) y después dos arias bien distintas: Una furtiva lagrima del Nemorino de «L’elisir d’amore», recogido casi íntimo con un piano discreto (aunque siempre tengo que destacar lo complicadas que son las reducciones orquestales), y tras él volviendo a escena arrancando con el poderoso Edgardo de Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero de «Lucia di Lamermoor» que cerró la primera parte en calidades «in crescendo» mostrando las cualidades que Arturo Reverter destaca en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras): «exquisito, de voz clara y argéntea, de
probada técnica de emisión
» o las que destaca otro crítico como Javier Pérez Senz: «En el arte del buen cantar, Flórez es un maestro; difícil parece encontrar en la actualidad un tenor capaz de un canto más dulce y efusivo, más elegante y sabiamente fraseado«.

Con algo de escepticismo esperaba las arias de Franz Lehár porque idioma y estilo no me cuadran mucho con el color vocal de Flórez (mis referencias son 2K: KrausKaufmann) aunque no sea igual con piano que orquesta de cámara o sinfónica pero cantándolo desde hace años. Comenzaría con Dein ist mein ganzes Herz de «Das Land des Lächelns» algo plano, mejor el Gern hab’ ich die Frau’n geküsst de «Paganini» y culminando con más calidad y poderío el Freunde, das Leben ist Lebenswert de «Giuditta«, antes del Scherzo «vivace» de la Sonata en Re menor (para piano solo) y la parisina Restier luciéndose con el príncipe de la opereta.

No podía faltar ópera francesa, comenzando con una mejorable en estilo pero bien sentida y cantada La fleur que tu m’avais jetée, de «Carmen» (Georges Bizet) para proseguir con Charles Gounod pero no el Salut, demeure chaste et pure de «Faust» sino Ah lève toi, soleil de «Romeo et Juliette» que álguien del público contestó «mejor», bien el enamorado Romeo tras el celoso Don José.
Siguiente número de piano solo retomando a Bizet con su Nocturno en Re mayor en las manos de Cécile Restier verdaderamente impecable antes del esperado Verdi con dos arias para rematar la faena demostrando que su repertorio se engrandece como el cuerpo de su voz: Oh dolore de «Attila» y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de «I lombardi» apasionado e incluso brillante, que volvieron a dejarme buen sabor de boca con el esperado, aclamado y mediático Juan Diego Flórez que regresaría al escenario cantando algunas de sus habituales propinas.

Guitarra en mano, público pidiendo a gritos canciones cual comanda de «trattoria», su Perú del alma, comenzando con Chabuca Granda y el canto al gallo Camarón, seguido de un mix que dicen ahora De domingo a domingo en el día del padre en Hispanoamérica enlazado con el Cielito lindo, bromeando con todos, cercano, afable y simpático (su nombre en México es un santo al que se le apareció la Virgen de Guadalupe).
Todavía quedarían dos propinas más con Cécile Restier quien hubo de lidiar con una Granada (Agustín Lara) algo complicada de acompañar pero que Flórez paró con humor y guiños, incluyendo el giros «aflamencado» antes del agudo final, y un inesperado Calaf del «Turandot» pucciniano, el archiconocido Nessun dorma que me hizo saltar las lágrimas recordando a mi tío Paco al que enterrábamos por la mañana y hubiese disfrutado más que yo este concierto como buen melómano que me inició en este mundo único de la música.

Mejor despedida imposible.

Felices veinte años

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Sábado 18 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Oviedo Filarmonía, Nicolas Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Sánchez Verdú, Shostakóvich y Sibelius.

Crítica para La Nueva España del lunes 20 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Veinte años para una orquesta son toda una vida, más para una ciudad como Oviedo que clausuraba esta temporada con el reconocimiento de la Fundación Municipal y la Concejalía de Cultura a la Oviedo Filarmonía (OFil) de manos de “Rivi” Sánchez Ramos así como de todo el público presente, muchos fieles seguidores que han sabido esperar por una madurez lejana en aquellos primeros años de la inicial OSCO, pero que con trabajo duro, tenaz, versátil, en todos los repertorios, aprendiendo siempre, han redondeado una campaña completa, pendiente aún de que “Luisa Fernanda” eche el telón al festival lírico.

Otras plumas más preparadas que la mía escribirán esta reciente historia musical de la capital asturiana, pero el último programa de los Conciertos del Auditorio seguro que merecerá capítulo aparte, por un violonchelista y director como el franco-alemán Nicolas Altstaedt (1982) que sacó lo mejor de la OFil, felizmente reforzada en la segunda parte con alumnos del Conservatorio Superior en un programa arriesgado.

Comenzaría con el estreno asturiano (segundo en España tras el Festival de Granada de 2018) de Memoria del rojo compuesta por José Mª Sanchez Verdú (Algeciras, 1968), obra difícil de encajar en el amplio sentido de la palabra, que Altstaedt llevó como si la hubiese dirigido toda su vida, estudiada a fondo, muy trabajadas las texturas y dinámicas orquestales con una tímbrica sinfónica digna de grandes formaciones, y la OFil ya lo es, inspirada en una Alhambra universal de color, dibujo y ornamentos sinestésicos.

Si el concierto para violonchelo nº 1 de Shostakóvich, estrenado por su destinatario y amigo Rostropovich, es endiablado para el solista, simultanearlo con la dirección suponía un reto aún mayor que la OFil y Altstaedt superaron de forma sobresaliente. Escuchar al maestro se hizo más que necesario obligado, con la complicidad del concertino Mijlin o el solista de chelo Ureña cual “alter egodel alemán, total entendimiento en todas las secciones y sonoridades rotundas, dinámicas extremas sin exageraciones, con la trompa de Alberto Ayala. compartiendo protagonismo y virtuosismo con el chelo en esa melodía obsesiva del ruso, llevando los cuatro movimientos del infierno al cielo por agitación, potencia, lirismo (la celesta de Bezrodny una delicia) y entrega, un Moderato de cuerda y trompa atercioleadas previo a la “Cadenza” que acallaría el odiado e inoportuno teléfono, sonidos profundos llenos de emociones de principio a fin sin dejarse nada ninguno de los intérpretes. La propina en pizzicatos a dúo con Mijlin resultó un aperitivo de la tarta final.

Gran orquesta para la Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius, madurez y trabajo de veinte años que el maestro Altstaedt entendió e hizo entender desde el podio, tiempos y matices extremos rondando el paroxismo, las manos, el gesto amplio, su implicación total para con la obra y sus músicos que nos dejaron el verdadero regalo de aniversario, inspiración finlandesa con sabor ruso. Allegro “enérgico” inicial con los timbales siempre mandando en una gama de matices magistrales, Andante ma non troppo – Lento para paladear las calidades de toda la OFil, el Scherzo brillante y la rotundidad del Finale (Quasi una fantasia), contagiosa explosión sonora para una piñata repleta de música.

Los aplausos merecidos por parte de músicos y auditorio celebrando esta gran temporada de conciertos (el avance de la venidera no se queda atrás) que dará el do de pecho con Juan Diego Flórez en un domingo de elecciones donde ganará la cultura de esta envidiada Viena del Norte que es Oviedo.

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