Inicio

Instantáneas sonoras

1 comentario

Jueves 5 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni«: Rafał Blechacz (piano) y Bomsori Kim (violín). Obras de Beethoven, Fauré, Debussy y Szymanowski.

Las grabaciones musicales son como las fotos, la captura de un momento que podemos repetir cuantas veces queramos porque nos recordará ese instante irrepetible dejando a la memoria y a menudo también la fantasía, que ponga el resto, aunque haya sido algo fugaz pero imperecedero. Las fotos viejas, como los discos, se pueden retocar para una mejor conservación e incluso apariencia, pero nada es comparable al directo, especialmente en la música.

La introducción viene a cuento porque en estas Jornadas de Piano volvía el pianista polaco Rafał Blechacz, que me dejó una excelente impresión allá por noviembre de 2012 en estas mismas Jornadas, así como su primer disco con el sello amarillo, pero no en solitario, aunque apareciese el primero en el orden, sino junto a la violinista coreana Bomsori Kim, con quien parece congenió hace dos años y se plantaron en el estudio para dejarnos una grabación que escuchamos al completo en el auditorio, aunque los estudios y el directo no sean lo mismo. Con la tapa acústica abierta al máximo, el Steinway tapó demasiadas veces el hermoso sonido del Guadagnini de 1774, algo que en la mesa de mezclas se puede arreglar pero sin la tecnología quedó en un segundo plano inmerecido porque realmente hubo momentos del concierto deliciosos.

No podía faltar este año Beethoven una de sus sonatas para violín y piano (ausente en su último CD), optando por la Sonata en re mayor, op. 12 nº 1 (1798) que pude seguir recordándola casi nota a nota de mi último curso de piano en «Música de cámara II» con el profesor Carlos Luzuriaga. Buena complicidad entre los dos intérpretes pero desequilibrado balance sonoro que no nos permitió degustar los intrépidos y dialogados pasajes del Allegro con brio. El Tema con variazioni. Andante con moto sí dejó una mayor presencia del violín aunque la rotundidad del piano de nuevo ocultaría ese juego sonoro entre los dos intérpretes. El Rondo. Allegro adoleció de lo mismo, casi como si el violín acompañase a un piano protagónico de principio a fin, hasta en el orden del programa, por su sonoridad incluso en los pasajes más pianissimi, con la firma inequívoca del genio de Bonn pero obviando la aportación y complemento del violín.

La Sonata en la mayor, op. 13 nº 1 (1875-76) de Fauré pareció enmendar un poco la falta de equlibrio entre los intérpretes, cuatro movimientos donde el violín tiene mucho que tocar en una pugna con el piano muy alejada del ciclo de canciones del francés, si bien su lirismo y estilo ya se perciben, especialmente en el segundo movimiento (Andante). Lucimiento en el Scherzo, Allegro vivace de ambos demostrando lo estudiado que tienen este repertorio antes de grabarlo, miradas y gestos claros para un buen entendimiento y una versión algo fría pero técnicamente impecable.

Para la segunda parte el resto del disco, en claro mejoría tanto de sonido como de implicación, primero la Sonata en sol menor (1917) de Debussy, virtuosismo polaco y pasión coreana dibujando esa paleta única del segundo compositor francés del concierto, mismo idioma pero lenguaje nuevo, más logrado en el dúo, como si todo estuviese planificado en cuanto a la entrega. Especialmente delicado el Intermède: fantasque et léger que nos permitió disfrutar de un violín sedoso más presente y protagonista que en los primeros «cortes» y haciéndonos olvidarnos del homenajeado alemán. Lo mejor vendría con Szymanowski y su Sonata en re menor, op. 9 (1904), verdadera pasión compartida, protagonismos equilibrados, sonoridades controladas con mayor lucimiento del violín de Kim más un piano de Blechacz auténtico contrapeso y guía emocional en los tres movimientos. Por fin el espíritu camerístico como escuela tanto interpretativa como auditiva, el momento para recordar y no solo un disco en bucle que siempre sonará igual.

No podía faltar lo que se llama «encore» (propina) que además completaría esta presentación discográfica, el mejor Chopin de Blechachz pero con el violín de Kim para que llevase la parte cantabile y el piano polaco completase el arreglo del ruso Nathan Milstein sobre el conocido Nocturno nº 30 en do sostenido menor.
Buen concierto aunque la coreana no aportase mucho calor desde esta técnica implacable y fría, quedándonos con más ganas del Rafał Blechacz poderoso y entregado en solitario que es donde la memoria me lleva, la instantánea sonora de esta tarde de jueves.

Horizonte francés hasta Bilbao

3 comentarios

Viernes 28 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Horizontes II”, abono VIII OSPA, Javier Molina (trompa), Andrew Grams (director). Obras de Debussy, R. Strauss y Saint-Säens.

Mientras esperamos con urgencia el nombramiento de un concertino (esta vez invitado el colombiano William Chiquito) y un director titular para la orquesta asturianas, volvía el director Andrew Grams tras sus anteriores visitas de 2014 y 2016, donde también pudimos disfrutar como en este octavo de abono (interesante su paso por OSPATV) de una obra de Richard Strauss, este viernes con el concierto para trompa de caza dedicado a su padre, a cargo del solista de la OSPA el alicantino Javier Molina (entrevistado en OSPATV).

Preparando el programado que la próxima semana llevarán al Musika-Música «Destino París», el octavo de abono tenía claro sabor francés con Debussy y C. Saint-Säens más el gran R. Strauss de orquestación similar entre nuestros vecinos, y en Bilbao se sumarán Poulenc con su concierto para órgano (razón por la en este programa estuvo Juan de la Rubia, que será el solista), Berlioz con Los troyanos, Gounod y su Fausto más el esperado Bolero de Ravel, conciertos dirigidos también por el maestro Grams, páginas que la OSPA tiene en su «fondo de armario» sacándolos en estas ocasiones y que volverá a dejar el pabellón bien alto en la capital vizcaína un año más.

La suite sinfónica para orquesta y piano a cuatro manos «La Primavera» (Printemps, 1887-1912) de Debussy (1862-1918) no es de las obras más escuchadas del parisino en las salas de concierto porque pese a necesitar una plantilla grande presenta ciertas dificultades para conseguir ese color instrumental que llevaría a clasificar o etiquetar esta música como «impresionista» y no parece tener la fuerza de otras partituras sinfónicas. Grams trabajó a la perfección esa textura en todas las secciones para los dos movimientos «moderados», pinceladas tímbricas aportadas tanto por el piano como el arpa y una cuerda sutil que parece buscar la limpieza de líneas del Botticelli homónimo donde se inspiró Debussy, no hay melodías reconocibles pero sí ese ambiente bucólico con una excelente intervención de la flauta de Myra Pears y una segunda sección de toda la orquesta donde las trompas parecían preparar la obra siguiente.

El Concierto para trompa y orquesta nº 1 en mi bemol mayor de R. Strauss (1864-1949) tuvo como solista a Javier Molina que defendió con aplomo, seguridad, buena gama de sonido y arropado por sus compañeros junto a una concertación correcta del maestro Grams, tiempos adecuados para el solista en sus tres movimientos. Es una alegría comprobar el nivel de los solistas que atesora la OSPA, que lo demuestran cuando les ofrecen dar el paso al frente, y el alicantino ha sido otra demostración de calidad y musicalidad con su trompa de caza. Amplia paleta sonora y dinámica, desde los aterciopelados a los potentes, lejanías evocadoras de lo cinegético, guerreras en los toques a rebato, sin perder nunca afinación. El público, con sus familiares encantados y felices disfrutando como el resto, supo premiar con generosidad el despliegue virtuoso de un concierto exigente para los trompistas.

En unión de sus cuatro compañeros en «los bronces» más la percusión de Rafa Casanova nos regalaron un hermoso y resultón arreglo del multiversioneado Oblivion (Piazzolla) verdaderamente lírico, cantado por este sexteto para la ocasión con Molina de «voz cantante».

Y para la segunda parte C. Saint-Säens (1835-1921) con la Sinfonía nº 3 en do menor, op. 78 «con órgano» (pero sin él, pues el auditorio de Oviedo carece de uno permanente como sí tiene por ejemplo el Euskalduna que dará la auténtica dimensión a esta tercera, pues no tenerlo condiciona mucho la sonoridad original). Nuevo lienzo sonoro de la OSPA con ese órgano (Juan de la Rubia como un músico más de atril) más el piano completando una tímbrica global recogida por momentos y apoteósica en el final. Grams supo delinear esos dos capítulos con varios movimientos internos que la orquestación arroja intervenciones solistas de mucho calado (bien la viola de Alamá), los metales cual tubos de órgano ampliando los registros y colores, emparejados con una madera siempre impecable, el gran órgano sinfónico que Saint-Säens construye en esta sinfonía orgánica igualmente por la vital transformación temática donde no falta el Dies Irae, melodías paralelas a su propio Carnaval (Oviedo lo celebra este sábado de Cuaresma) y perfectamente explicado en las notas al programa de Lidia Izquierdo Torrontera (enlazadas en los autores al inicio). Evoluciones de aires, modulaciones que finalizan en un corale más la coda final fugada hacia el do mayor luminoso bien llevado por un Grams nada ampuloso en el gesto pero efectivo, buscando ese acento francés que le sienta muy bien a nuestra orquesta asturiana de aires cantábricos con parada en Bilbao.

Un grande de muerte

Deja un comentario

Martes 25 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Stephen Hough (piano). Obras de Bach, Busoni, Chopin, Hough y Liszt.

Venía a Oviedo el gran pianista, compositor y escritor británico Stephen Hough (1961) sustituyendo al previsto Nelson Freire que no pudo hacer el concierto debido a la rotura de un brazo producida por una caída, y con el cambio pienso que salimos ganando tanto por la altura del intérprete como por el programa ofrecido, con el virtuosismo esperado de unos compositores que son el abecé de todo pianista, aunando en ellos la faceta interpretativa.
Muy interesante la entrevista ofrecida a La Nueva España donde explica esta dedicatoria musical a la muerte, «y tal vez se trata más de la fragilidad y la brevedad de la vida. Y eso debería estar lleno de felicidad y alegría. La muerte solo es mala porque tenemos que dejar ir algo hermoso… pero la vida se trata de dejar ir de muchas maneras. Y sobre aceptar la realidad«.

Podría haber titulado la entrada como las notas al programa de Iván J. Román Busto, «La muerte como inspiración» que parece sacada de la citada entrevista casi como preparación antes del concierto, porque había mucho del tránsito entre lo terrenal y lo eternal. «Saber que algo tiene un fin debería hacernos sostenerlo con gran ternura y amor mientras está con nosotros. La música es quizá la más temporal de las artes, es como un perfume en el aire. Se tocan las notas y luego mueren y solo nos quedan recuerdos. Pero eso es parte de lo que hace que un concierto sea tan especial. Recuerdos que compartimos con amigos y vecinos mientras duran«. Nos quedarán los recuerdos de un Stephen Hough rotundo, con un uso algo saturado del pedal pero desde una entrega total a cada obra, interioridad y curiosamente solo usando la partitura para su composición.

El padre de todas las músicas Bach revisado por Busoni, la Chacona, BWV 1004, esa recreación del mundo violinístico en el piano escrita por el Cantor de Leipzig tras la muerte de su primera esposa Mª Bárbara, la chacona convertida en lamento mientras suenan materiales del coral luterano que Hough delineó dentro e una visión plenamente romántica de esta obra.
Del propio Busoni escucharíamos la Berceuse elegiaque op. 42, la original al piano antes de orquestarla, emparentada con el Liszt de la segunda parte,  nuevamente con la muerte flotando en la música, esa «Canción de cuna de un hombre en el féretro de su madre», lenguaje elegíaco lleno de dramatismo que el piano traduce con la fuerza y el dolor, un «canto desquebrajado que da la espalda a sus presupuestos románticos de juventud» (Iván J. Román) aunque desde una interpretación poderosa e íntima, sin afectación y desde una búsqueda del sonido puro. No hubo aplausos tras finalizarla puede que por la impresionante lección del pianista británico que afrontaría la inmensidad romántica de Chopin y su Sonata No. 2 en Si bemol menor, Op. 35, cuatro movimientos donde destaca la famosa Marcha fúnebre del tercero aunque también podamos disfrutar de momentos que nos recuerdan a sus polonesas, valses o nocturnos, enlazados en esta sonata que aúna la solemnidad de la muerte con lo efímero de la vida, casi «De la brevedad de la vida» (Séneca) y «Del sentimiento trágico» (Unamuno), guiño literario al Hugh que escribió un Chopin rotundo y entregado, que exigió un retoque de afinación en el intermedio.

El Hough compositor además de interprete abriría la segunda parte con su Piano Sonata IV (Vida breve), nueva reflexión sobre lo transitorio y efímero de la vida, con una cita a la canción de Charles Trenet En Avril à Paris, ya utilizada por Weissenberg pero que en la visión de Hough está más cercana al Debussy pictórico que a la capital de la luz, cinco pequeñas células con la alegoría a la juventud que se marchitará pidiendo vivir cada momento sin pensar que puede ser el último, una filosofía vital que comparto.

Tras la sonata propia, el tributo a Liszt con tres obras inconmensurables y sin espacios para disfrutar de la total mortandad sin perecer en el intento: Funerailles. ese mundo religioso del Abate de las Harmonías poéticas y religiosas III, S 173, las iniciales campanas en la mano izquierda (aquí el pedal sí ayudó a la expresividad), cierto aire chopiniano de polonesa por el sacrificio heróico y feroz de los ejecutados en la Revolución Húngara de 1848, el horror y el honor, dos marchas contrapuestas, fúnebre, lacrimosa y la heróica, todo ese caudal sonoro de trasfondo religioso en la visión de un Hough virtuoso capaz de matices extremos (rotos por la tos y el papel de caramelo siempre inoportunos) que dejaban boquiabierto al respetable.
De los cuatro Mephisto-Walzer, comenzar por el «inconcluso y añadido» Vals Mefisto nº 4 (bagatela sin tonalidad) S 696, es como enlazar muerte y vida, el avance hacia la luz, la vuelta al piano tras la orquesta, el mundo sinfónico recreado por el virtuoso único que fue Franz Liszt fielmente reflejado por el pianista británico en una explosiva y contenida, tempestuosamente delicada, la redención de los excesos del pasado antes del nunca mejor dicho «diabólico» Vals Mefisto nº 1, S 514, «Der Tanz in der Dorfschenke» (El baile de la taberna del pueblo), alquimia pianística, redención de condena por el amor, el hombre enfrentado a su destino tras los excesos de su vida. Sensualidad y erotismo de esa bodega, el recuerdo del pasado propio hecho música con Hough perfecto narrador en una demostración de fuerza y virtuosismo para este Liszt inconmensurable.

Y como tras la tempestad llega la calma, nada mejor que esa oración, Ave María de Gounod sobre el Preludio 1 de Bach, el descanso del guerrero, la penitencia cumplida con la gratitud íntima de esta maravillosa partitura donde dada uno rezábamos en latín como abates melómanos.
Todavía nos regalaría un Jeux sur la plage de Mompou, de las cinco Escenas de niños como vuelta al inicio y la inocencia, la playa como destino o final, todo delicadeza y relajación llena de luz, noche lóbrega de carnaval, muere Don Carnal y llega Doña Cuaresma, pero siempre con la esperanza a pesar del «memento mori«.

Regresos esperados

1 comentario

Viernes 21 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Reflejos II», abono VII OSPA, Ning Feng (violín), Carlos Miguel Prieto (director). Obras de Revueltas, Goldmark y Elgar.

Varios regresos esperados para el séptimo de abono de nuestra OSPA: Israel López Estelche (compositor y autor de las notas al programa, enlazadas en los compositores) con una conferencia previa siempre interesante y casi de obligada asistencia para comprender mejor lo que vendrá a continuación, sin olvidarse «fuera de programa» de la asturiana emigrada a México Maria Teresa Prieto (1896-1982), muy ligada a este concierto; el violinista Ning Feng (un virtuoso que nos ha dejado un CD con la OSPA para recordar y volver a disfrutar) con el concierto de Goldmark (que como todos los de la orquesta grabó RNE), verdadero triunfador del programa; el director mexicano de ascendencia asturiana Carlos Miguel Prieto (siempre bien recibido) hoy con parte de su familia entre el público, rememorando sus orígenes y donde se encontraba su padre el chelista Carlos Prieto, (sobrino y depositario de la obra de Mª Teresa Prieto) que departió amigablemente con el presidente de la Sociedad Filarmónica Ovetense Jaime A. Buylla y señora al final del concierto, más una obra de Elgar que siempre funciona con la formación asturiana (y para quien la orquesta trajo refuerzos del CONSMUPA, en la buena dirección de ayudar a completar la formación de estos músicos jóvenes, algunos de ellos entrevistados en OSPATV) para su Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55.

Para comenzar nada mejor que el compositor mexicano Silvestre Revueltas (1899-1940) y su poema sinfónico Janitzio (1933), «una pieza tradicional que lleva el nombre una isla en un lago en México» como bien recordaba en El Comercio el maestro Prieto (Ciudad de México, 1965) así como en la entrevista para el canal de YouTube© que cada programa presenta Fernando Zorita. Música de su tierra estrenada por la orquesta de la que es titular en una página que evoca precisamente la vuelta a la tierra, reflejos como el título del séptimo de abono. Colorido instrumental, ritmos autóctonos y la sublimación de lo popular en lo sinfónico bien entendido por un director que transmite seguridad a los músicos, con la pareja de oboes evocando las trompetas del mariachi, la percusión dando las pinceladas necesarias para este fresco orquestal donde lo ternario invita al baile, y una cuerda comandada esta vez por el concertino Michael Brooks, todos plenamente integrados con unas melodías que sentimos cercanas.

López Estelche nos hablaba en la conferencia previa de compositores «independientes y solitarios», incluso autodevorados por su propio estilo siendo reconocidos por pocas obras, caso del húngaro Karl Goldmark (1830-1915) con su ópera La Reina de Saba (1875) o el Concierto para violín en la menor, op. 28 que contó con el increíble Ning Feng, siempre bien arropado desde el podio en un derroche de música, técnica al servicio de la partitura desde una modestia que no impide apreciar su grandeza como violinista. Pese a lo denso del concierto por ese estilo propio de Goldmark donde las melodías son eternas y la orquestación su punto fuerte, el virtuoso chino mantuvo la tensión y el diálogo en los tres movimientos que fueron creciendo en intensidad y entrega desde el Allegro moderato contenido y saltarín, lirismo contrapuesto a una orquesta perfectamente balanceada que permitió una amplísima gama de matices enriqueciendo un timbre aterciopelado, unos ornamentos claros y diálogos precisos donde toda la cuerda se mostró incisiva. El Air: Andante resultó conmovedor por unos pianissimi impecables, una cadenza de cortar la respiración y el sonido del violín emocionante, presente, cálido, «in crescendo» de sentimientos antes de afrontar un Moderato-Allegro que pondría la guinda del buen entendimiento, ideal el unísono con el clarinete, ensamblaje perfecto en los cambios de aire, paleta de dinámicas en solista y orquesta, vibrante entrega para un concierto que recuerda los de Mendelssohn o Brahms pero con la paleta de un solitario como Goldmark sin etiquetas ni «hogar estético«.

El público premió con una fuerte ovación que Ning Feng nos agradeció primero con el Andante BWV 1003 de Bach íntimo, nuevamente modesto e interiorizado, casi religioso, y después un entregado Paganini explosivo, el Capricho 24 mágico, endemoniado y de otra galaxia por un despliegue técnico epatante capaz de escuchar dos violines en uno.

Todavía saldría a saludar más veces antes del Der Erlkonig (Schubert) que pareció dejar en otra galaxia a un violinista cercano, valiente, virtuoso volviendo sin el instrumento al que el ayudante de concertino ofrecía el suyo (foto superior) ante la enésima salida para saludar a un respetable entusiasmado por el derroche del chino, nuevamente triunfador en Oviedo.

Y sumándose como uno más a los últimos atriles de los violines primeros, más el refuerzo joven de los trece alumnos en prácticas extracurriculares, llegaría la impresionante Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55 de Sir Edward Elgar (1857-1934) donde Carlos Miguel Prieto extrajo lo mejor de una orquesta majestuosa con casi cien efectivos, capaces de unos piani imperceptibles y unos forti nunca exagerados pero sumando calidades en todas las secciones para una plantilla siempre deseada.

Música con la firma solemne y elegante del británico, la melodía infinita que aparece delineada por una orquestación plena y variada, exigente en cada familia, trombones y tuba compitiendo con trompetas y trompas por dotar de grandeza unos pasajes sustentados por cuerda y madera en equilibrio inestable cercano al éxtasis sonoro del primer movimiento (Andante. Nobilmente e semplice – Allegro) con esa «simplicidad» tan del Elgar de Nimrod (Variaciones «Enigma»).

El maestro mexicano fue destacando las texturas sin perder de vista el lirismo, en el Allegro molto auténtica filigrana, empuje vital donde bordó un tapiz lleno de contrastes, hilo de oro en el viento metal, plata en la madera y terciopelo en la cuerda que al fin tuvo los graves deseados, y en el siguiente Adagio remanso melódico sin necesidad de batuta, cantando evocadores paisajes ingleses de un romanticismo que se negaba a abandonar la escritura sinfónica. El último Lento – Allegro “simple en intención, noble y elevado”, sublime transición de sonoridades oscuras antes de la luz nunca cegadora de una brillante sinfonía que redondearía este séptimo de abono la mejor y deseada OSPA en busca de director. Carlos Miguel Prieto se sintió en casa.

Buenas manos en la masa

1 comentario

Sábado 8 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio: Oviedo Filarmonía, Manuel Blanco (trompeta), Christian Lindberg (director). Obras de Chaikovski, Arutunian, Lindberg y Borodin.

Crítica para La Nueva España del lunes 10 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos de la Web y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

©FernandoRodríguezLNE
Hay “masa madre” en la Oviedo Filarmonía que con las manos del polifacético Christian Lindberg (Danderyd, 15 de febrero de 1958) elaboraron unos manjares musicales con sabores rusos y propios que fueron del gusto de un público entregado y entusiasmado con la evolución natural de la orquesta ovetense, plena en cualquier repertorio y aún más con el gran repertorio sinfónico, aunque siga echando de menos más graves, si bien la “levadura” fermentó a la perfección con el maestro sueco cuya camisa plateada (azul para Arutunian) parecía recordar a sus compatriotas de ABBA.
La Obertura-Fantasía «Romeo y Julieta» de Chaikovski sonó poderosa guiada por esas manos tan expresivas del director y una gestualidad un tanto histriónica pero efectiva para lograr sacar líneas melódicas limpias, emocionantes y potentes en unos metales que sonaron aterciopelados además de presentes cuando así lo exigía el momento, notándose la faceta de trombonista del sueco por cómo mimó la “sección de bronces” a lo largo del concierto, sin desmerecer a una madera excelente más la cuerda siempre limpia, precisa y tersa (comandada por la concertino Marina Gurdzhiya) en los pasajes más líricos, con unos chelos y violas de lo más inspirados.
El trompetista manchego Manuel Blanco (Daimiel, 1985) es una figura mundial de agenda completísima que se presentaba en Oviedo, la Viena española, con el Concierto para trompeta y orquesta en la bemol mayor (1950) del armenio Alexander Arutunian (1920-2012), digno compañero de programa de los rusos y el sueco, fusionando estilos sin obviar el neoclasicismo entonces en boga, bebiendo de una herencia musical riquísima, explotando los registros de un instrumento capaz de evocar lo épico al mismo nivel que las melodías populares asiáticas de esta antigua república soviética pero de historia ancestral, hiriente e íntimo. El sonido de Blanco con su trompeta es impresionante, de proyección impecable desde todas las dinámicas que presenta este concierto que lleva tiempo en su repertorio, y en la sección lenta con sordina sacando unos timbres más cercanos al corno inglés que nos hacen olvidar el arduo trabajo de los labios, además de una cadencia virtuosa y sentida siempre perfectamente concertada por Lindberg y una OFil inspirada y dúctil, engrandeciendo una página no suficientemente escuchada que el público recibió con respeto premiando el esfuerzo de todos.
Con el fliscorno y la sección de cuerda Manuel Blanco nos regaló una versión de Oblivion (Piazzolla) muy libre pero sin perder esencias, introducido con el famoso tema del Aranjuez de Rodrigo, fusionando también ese aire de pop y jazz (Chuck Mangione popularizaría esta trompeta grave, “flugelhorn” para los anglófonos), magníficamente llevados por Lindberg y compartiendo melodía con el violín de Gurdzhiya compitiendo en delicadezas. La Nana de Falla con un fliscorno solo arrullando redondearía la intervención del manchego, digno sucesor de Maurice André en un instrumento polivalente en manos y boca de estos virtuosos.
El Lindberg compositor estrenaba en Europa su Fake News (2017), título revelador donde la manipulación del sonido, para una plantilla que apenas varió en todo el concierto, parece explicar la inspiración de una partitura valiente, bien orquestada con importante percusión, motivos agradecidos al oído, especialmente en el tema ternario, y aires de banda sonora de documental aunque el compositor confiese no escribir en ningún estilo, solamente lo que su cerebro y alma le dicen. La vitalidad y buena mano demostrada se reflejan en esta composición que volvió a mostrarnos una OFil equilibrada y brillante.
De nuevo el sinfonismo ruso, Borodin y su Sinfonía “Épica”, la segunda en si menor escrita en cuatro movimientos para una masa sonora perfectamente controlada por el maestro sueco, memorizada como Chaikovski y manteniendo el balance con la calidad de la orquesta carbayona, lucimiento de solistas, sonido claro, virtuosismo global en el Prestissimo, auténtica repostería el Andante y brillante Allegro final. Manos de artesano sonoro capaces de poner a la Oviedo Filarmonía en un primer plano sinfónico conjugando estilos emparentados que nunca nos resultan ajenos. Christian Lindberg en estado puro y con las manos en la masa.

El Rey Camarena

4 comentarios

Martes 28 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Los Conciertos del Auditorio: Javier Camarena (tenor), Ángel Rodríguez (piano). Obras de Gounod, Lalo, Donizetti, Rossini, Flotow y Cilea.

Crítica para La Nueva España del jueves 30 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Javier Camarena sigue siendo “El Rey” como bien cantaba en la cuarta y última propina jaleado por un auditorio hasta la bandera que le sigue coronando como el mejor tenor actual. Con su habitual pianista cubano Ángel Rodríguez compartió un triunfo sonado ante el derroche artístico mostrado por ambos, la voz que gana cuerpo y asombra con sus “filados” (parece tener tres pulmones bromeaba un aficionado) y las diabólicas reducciones orquestales para el piano donde no faltaba ninguna nota ni matiz. Si en el recordado concierto de noviembre 2017 asombró, en este enero 2020 maravilló y cautivó antes de cantar, haciendo su presentación con ese semblante siempre risueño, afable y cercano que solo los grandes poseen, totalmente alejados del divismo.

El recital se organizó con una primera parte en la lengua de Víctor Hugo y la segunda en italiano, arias conocidas y otras menos transitadas de óperas puede que menores pero bien elegidas sus arias para lucimiento del xalapeño que en esta gira española de parada obligada en “La Viena del Norte”, tiene todas las entradas vendidas con antelación.

El «Fausto» de Gounod fue el primer “brindis” con Salut! Demeure chaste et pure antes de la poco escuchada Vainament, ma bien áimée de la ópera de Lalo “Le roi d’Ys” de alegre estribillo y estrofas delicadas, un aperitivo que de por sí resulta agradecido además de difícil.

El Donizetti de Camarena sigue siendo único, tanto en el aria de “Don Sebastián Rey de Portugal”, que como ópera puede no ser destacable pero en esta página recuerda todos los protagonistas que el tenor mexicano atesora en su repertorio, y donde el francés natural lo emite sin nasalizar en absoluto, con un total dominio técnico, proyección exquisita y limpieza total, matizado con tal riqueza que da gusto escucharle. Evidentemente no podía faltar su aria fetiche y casi “record Guinness” por las veces que lo ha bisado, “La hija del Regimiento” con la famosa aria A mis amigos, reales entre el público con el elenco de la Lucía del Campoamor entre ellos y “los nueve do” que resultaron once ante el derroche vocal del final a cargo del Rey Javier I de México y el príncipe “consorte” del piano dando el ropaje y entendimiento total en cada nota.

En italiano otra rareza de Donizetti y su ópera “Betly” (1836), el aria E fia ver, tu mia sarai…, sello inconfundible en su escritura, dominio absoluto en el canto y acompañamiento increíble, Camarena en estado puro cuyo Rossini inicial de “Ricciardo e Zoraide” resultó una lección de “canto bello” en una de las primeras óperas del Cisne de Pésaro, llena de los giros siguientes en sus arias de tenor como esta S’ella mè ognor fidele…, agilidades vertiginosas bien resueltas con la aparente facilidad del canto y piano venidos desde México.

El sentimiento en estado puro, la emoción de los “pianissimi” capaces de alcanzar el silencio respetuoso de un público entregado llegaría con dos arias donde el espíritu de Alfredo Kraus “El Tenor” pareció imbuir al xalapeño de timbre único, poderosamente delicado y entregado en las últimas del recital, M’appari…  (Von Flotow) de la poco representada “Martha” y El Lamento de Federico de «La arlesiana de Cilea«, joyas para tenor que Camarena bordó además de emocionar, rindiendo a un público que ha creado hasta un Club de Fans en “Facebook”.

Las propinas fueron casi una tercera parte para delirio de todos. Nuestra zarzuela a nivel estratosférico con Camarena y Rodríguez: «Los Gavilanes» de Guerrero con la romanza Flor roja, de poner la piel de gallina y cortar el aire, más No puede ser de «La Tabernera del Puerto» (Sorozábal), poderosamente íntima antes del fin de fiesta mexicano con aires de mariachi: el famoso huapango de la «Malagueña salerosa” nacionalizada asturiana (qué pena los arranques de aplausos) con un piano primoroso, derroche de agudos para pone en pie a todo el auditorio antes de acabar con la ranchera más conocida de José Alfredo Jiménez y coreada por el auditorio, porque Camarena sigue siendo “El Rey”.

Imágenes italianas

2 comentarios

Viernes 17 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Horizontes II», abono V OSPA, Benedetto Lupo (piano), Corrado Rovaris (director). Obras de Elgar y Nino Rota.

Con Italia tenemos esa cercanía del Mare Nostrum y su música la sentimos casi como nuestra. De ahí llegaban director, pianista y unas obras que Eduardo Chávarri, autor de las notas al programa (enlazadas en los autores) desgranó en la conferencia previa poniendo imagen a unas partituras de por sí evocadoras y más aún cuando te las muestran e incluso analizan con detalle, máxime en la música de cine.

Evidentemente Sir Edward Elgar (1857-1934) no era italiano pero su obertura In The South «Alassio» op. 50 se inspira claramente en ese municipio italiano en el golfo de Génova donde pasó el invierno de 1903 que no fue lo que se dice benigno, pero suficientemente evocador de un imperio romano del que aún quedan vestigios, de las películas romanas que bien pudieran utilizarse como imágenes para esta música, así como de un mar capaz de pasar de ser una balsa a enfurecerse y bañar de grises un lienzo ideal. El maestro Corrado Rovaris volvía al frente de la OSPA (entrevistado en OSPA TV por Fernando Zorita) haciendo música de su tierra natal aunque en Oviedo le recuerdo básicamente en dirigiendo dos óperas: la excelente Peter Grimes de enero de 2012 y Ainadamar en diciembre de 2013 sin olvidarme tampoco de su anterior visita de marzo de 2015 con el cellista Asier Polo en un concierto donde mimó el sonido de nuestra formación. Conocedor por tanto de la orquesta, con la que se nota un feliz entendimiento, la página de Elgar sacó lo mejor de cada sección y lucimiento de los solistas a lo largo del concierto, incluso permitiéndose cambiar algunos primeros atriles. Energía inicial, con las trompas seguras, la cuerda aterciopelada y equilibrada, el viento madera en su línea habitual así como todos «los bronces» en estado de gracia, poderoso metal de evocaciones dignas de los Péplum. La viola de Alamá no solo rindió homenaje, como el propio autor, al Harold italiano de Berlioz sino que pareció imbuirse de Riquelme en el anterior concierto, dejándonos un solo bellísimo, de musicalidad máxima para poner imágenes a ese mar ambiguo y traicionero, bien contestado por la trompa solista de Rosado, dos valencianos de pura cepa con la cercanía mediterránea. Como bien describen las notas al programa esta partitura «profundizando en esa sensación de elegancia y nobleza que subyace a lo largo de toda la pieza«, elegancia de Rovaris y nobleza de una orquesta con solistas de primera.

Nino Rota (1911-1979) pasará a la historia como gran compositor de bandas sonoras pero su biografía nos muestra a un niño prodigio del piano y autor de páginas sinfónicas u operísticas de vanguardia, con una calidad que el cine parece haber confirmado, pues no me canso de repetir que son los compositores más populares del siglo XX precisamente por el séptimo arte. El Concierto Soirée para piano y orquesta (1961-1962) lo estrenó el propio Rota en el Teatro Olímpico de Vicenza (1963) y en él aparecen guiños llenos de citas musicales, de toques humorísticos y sobre todo su empeño de «hacer feliz a la gente«. Uno de sus alumnos fue Benedetto Lupo, quien ha grabado la integral para piano de su maestro, el solista ideal para este concierto (merece la pena la entrevista en OSPA TV), cinco movimientos no exentos de virtuosismo, de diálogos con la orquesta (algo más reducida) y exigente por los cambios de tempo, ritmo y dinámicas que Rovaris entendió desde su dirección clara, precisa y nunca ampulosa pero siempre efectiva. Imágenes que los propios títulos evocan, desde el Chopin del Valzer Fantasía inicial, el Ballo figurato con reminiscencias rusas incluso en la instrumentación, el romanticismo exiguo de la Romanza (que utilizará Rota en La Strada) donde el chelo de von Pfeil rivalizó en sonoridad con la viola o el corno inglés de esta primera parte, poniéndole personalmente al piano imágenes del mejor Rachmaninov tamizado también por Hollywood, final en la menor casi de fundido a negro con el paso último al mayor que Lupo devolvió al do natural en otra humorada «muy de Rota» antes de la afrancesada Quadriglia, piano emergiendo arriba y abajo con flautas más clarinetes coloreando este baile de salón que finaliza con el alegre y luminoso Can-Can para solaz de orquesta y batuta concertando a la perfección con Benedetto Lupo inspirado como todos.

El regalo del Preludio 13 de Rota recordaría el dominio melódico del maestro y beber de la fuente directamente para un Lupo poderoso y tierno, preludio cinematográfico de la segunda parte.

Las imágenes de La Strada (1954) seleccionadas por el doctor Chávarri para la conferencia nos recordaron al mejor Fellini y el genial tándem con Nino Rota cuya música conocemos a la perfección, casi siempre asociada al cine. El reparto con Giulietta Masina (Gelsomina), expresividad y delicadeza irrepetible, Anthony Quinn (Zampanò), todavía joven en el papel de forzudo tragafuegos y maltratador, y Richard Basehart (il Mato, payaso trapecista), mi almirante Nelson del submarino nuclear Seaview en la serie «Viaje al fondo del mar» de los años 60 con televisión en blanco y negro como la propia película de Fellini.
La belleza de esta banda sonora para la oscarizada como mejor película de habla no inglesa en 1956, donde hay amor, ensoñación y desengaño subrayados perfectamente por el compositor le llevaron en 1966 a escribir la Suite del ballet para orquesta a petición de La Scala de su Milán natal, partitura que Rovaris con la OSPA elevó al paraíso cinematográfico con imágenes propias. Lucimiento en cada intervención de los solistas desde el impetuoso inicio. Si la trompeta de Van Weverwijk pasaba del sonido circense al de jazz con total naturalidad, el trío de músicos que se encuentran con Gersomina, flauta, clarinete y tuba -en la película vemos un bombardino- caminan sobre el alambre sin red pero seguros en las alturas con toda la madera al encuentro de «il Mato». El swing lo marcaría Casanova a la batería secundada por unas trompetas espectaculares y el trombón de Brandhofer en su salsa, junto a los timbales de Prentice asegurando con precisión los tutti. Y la delicadeza de Massina recayó en el violín de Isabel Jiménez (que repetía de concertino invitada), contrastando con la tensión orquestal del maltratador Zampanò, el único momento donde el balance cayó hacia los «bronces» ocultando una cuerda (con piano, celesta y dos arpas) casi siempre presente y contundente. El «intermezzo» cede la melodía a la trompeta, nuevamente inspirada, antes del triste final nuevamente con el solo de violín doloroso y bello.
Rovaris diseñó una película sinfónica llena de claroscuros bien coloreados, sacando brillos y sedas, luciéndose y haciendo lucir a cada músico con los múltiples cambios de una partitura que hizo las delicias de todos. Parece perentorio ir cerrando el tema de contrataciones de un concertino titular así como de un director, al menos que sea un Maestro con mayúsculas como el de este abono («no hay quinto malo» dice el refrán), capaz de contagiar entusiasmo y confianza, conocedor de un amplio repertorio más allá del necesario «fondo de armario habitual» alternado con estrenos no siempre de calidad, para que todo funcione y podamos decir que la OSPA suena de cine.

En nombre de Bach y Schiff

3 comentarios

Domingo 12 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: András Schiff. Obras de J. S. Bach.

Las jornadas que llevan el nombre de Luis G. Iberni nos traen para empezar el año nuevo uno de los conciertos más esperados en Oviedo, nada menos que del pianista húngaro Sir András Schiff (Budapest, 21/12/1953), y con un monográfico dedicado al «Dios Bach» que además de toda una maratón interpretativa lo es todavía más su escucha para un público de aficionados, estudiantes, profesionales y acólitos del padre de todas las músicas: el Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971, la Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831, y las Variaciones Goldberg, BWV 988. Lástima que «no está hecha la miel para la boca del asno» y las peores previsiones de toses, estornudos y móviles se cumplieron enfadando al maestro al que no le dieron tregua pese a intentar el milagro de acallar y adoctrinar «en nombre de Dios Bach».

Quienes conocemos y seguimos la trayectoria del músico de origen húngaro sabemos su predilección por «el cantor de Leipzig» del que afirma «Bach es el padre, Mozart el hijo y Schubert el espíritu santo» y «puedo vivir sin escuchar a Rachmanínov, pero no sin Bach«. No cabe duda que Schiff es una referencia en la interpretación de las obras de Bach al piano y en Oviedo ha vuelto a demostrar su magisterio en este repertorio. En La Nueva España comentaba que «Bach es la cumbre de la música, siempre ha sido todo para mí. Es algo que no tiene explicación«, y clasifica la complejidad de su discurso musical en el que confluyen «elementos emocionales, intelectuales y espirituales en perfecta armonía«.
El Concierto «Italiano» en fa mayor, BWV 971 fue la primera lección de este domingo invernal, disfrutar del paraíso con los pies en la tierra, con un mínimo uso de los pedales para poder disfrutar cada nota con su duración, fraseo, equilibrio entre las manos y despojar el halo de historicismo en pos de la belleza sonora del piano. Un Allegro desenfadado y claro, preciso además de brillante, con unos trinos limpios que son «marca de la casa», sin apenas tics en un intérprete que saca el sonido perfecto. El Andante reposado pero igualmente exteriorizado, buscando la pureza desde la aparente sencillez del «gran creador», recreándose en la unidad tímbrica capaz de evocar una orquesta de cámara, un intimísimo compartido que parecía obrar cual bálsamo terapéutico. Y el Presto una ráfaga de vida, auténticas perlas cultivadas con un balance dinámico desde el respeto a la partitura, las repeticiones contrastadas haciendo del barroco algo natural, espontáneo y sin artificios.

La Obertura en estilo francés en si menor, BWV 831 otro collar engarzado con hilo de oro, desde la Ouverture casi orquestal, la grandeza musical desde el piano confirmando que esta escritura es germen de toda la música posterior. Cada una de las nueve danza posteriores mantuvieron su independencia global, unos ornamentos espectaculares que nunca ocultaban la melodía, los cambios de octava con la misma intensidad sonora e iguales contrastes, el tejido contrapuntístico elevado a la enésima potencia, matemáticas musicales dotadas de vida propia e interpretadas con una naturalidad digna de admiración. Danzas a pares complementándose para brillar por sí mismas, el piano cual guardián de orquesta escondida y sabiamente reflejada en la interpretación de András Schiff, sentida Sarabande y explosivas Bourrée más Gigue con una mano izquierda poderoso complemento de los agudos antes del último Echo nuevamente «orquestal» para cerrar una primera parte que cercana a la hora mantuvo de momento la salud de un público que casi llenaba el auditorio.

Pocas veces podremos escuchar las Variaciones Goldberg, BWV 988, una hora y cuarto de liturgia en las manos del pastor Schiff,  nunca iguales pero siempre emocionantes. El propio maestro las describe a la perfección: «Un aria inicial de una belleza exquisita en la que la voz más grave adquiere todo el protagonismo y de ella nacen las 30 variaciones«. Cada variación independiente y con carácter propio, algunas «contienen motivos de canciones populares alemanas, otras se emparentan con las danzas y otras son tremendamente virtuosísticas«. Si la descripción es clara, su interpretación aún más pues tras la exposición del tema inicial verdaderamente solemne, majestuosa, paladeada en cada nota, las variaciones fueron desgranándose únicas, vibrantes además de profundas, sonoridades prístinas, balances divinos. El silencio siempre importante pero roto por los maleducados que parecen multiplicarse, no llegó a enturbiar el arte de Schiff, el aria ideal antes de las variaciones con  «la sencillez es algo bueno, es profunda«, como dice Sir András, impresionante mantener la pulcritud temática con el ostinato de los graves en el volumen perfecto, los cruces de manos solo perceptibles al ojo pero nunca al oido, esas ornamentaciones cristalinas, el respeto por las figuras en su justa medida sin pedales, la técnica pura y sin trampas. Las variaciones rápidas son catarata luminosa, las lentas un soplo de vida además de remanso, luces desde todos los matices sin perder nunca un discurso ágil, claro, equilibrado y nunca ostentoso: «El virtuosismo aparece cuando el intérprete consigue dar un sentido a cada una de las notas de la partitura«.

Los intentos de separar las variaciones en bloques de diez solo sirvieron para el estruendo ofensivamente maleducado (y contagioso) que comenzó a traslucirse en un semblante de incomodidad, aunque la fuerza pienso que se mantuvo y hasta interiorizó para continuar la lección, pero el segundo silencio verdaderamente dramático y eterno acabó con la paciencia de muchos, especialmente la del propio Sir András Schiff al que ni siquiera dejaron finalizar con respeto el «reprise» o Aria da Capo que resuena cual amén tras una liturgia que como la católica los feligreses no soportan más allá de la hora ¡cuando el propio programa indicaba la duración aproximada de 76 minutos!. Los ritos deben respetarse bajo pena de pecado mortal.
Está visto que el gran Bach parece solamente para iniciados y educados, el apóstol Schiff se llevará una mala imagen de Oviedo a la que seguiré llamando «La Viena del Norte» español aunque su público diste años luz del austríaco y comience a ser preocupante en una sociedad donde los valores del propio «Kantor» siguen actuales, su escucha obligada desde el respeto por la palabra musical, una virtud que romperla condena al infierno del olvido.

Buenas sensaciones

4 comentarios

Viernes 10 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Lenguajes propios I», abono IV OSPA, Joaquín Riquelme (viola), Nuno Coelho (director). Obras de Britten, Walton y Brahms.

Primer concierto en vivo del año, dando por supuesto que todo melómano ya se estrenó desde su casa con el mediático vienés, y conferencia previa de la doctora María Sanhuesa, autora también de las notas al programa, sobre «Dos voces británicas» que ocuparían la primera parte del cuarto de abono de la OSPA, Britten y Walton bien traídos como en el estreno de las obras de este programa en Barcelona y nada menos que con Hindemith de solista en la viola, ese instrumento al que las nuevas generaciones están poniendo en su sitio con abanderados españoles como la pamplonesa Isabel Villanueva, el asturiano Jesús Rodolfo o el murciano Joaquín Riquelme que nos visitaría esta semana desde su atril en la Filarmónica de Berlín y concedió para el Canal en YouTube© de la OSPA una excelente entrevista.

Para arrancar la velada nada mejor que Benjamin Britten y sus Cuatro interludios marinos de «Peter Grimes», op. 33a, música que la OSPA siempre ha interpretado bien, desde un War Requiem en 2013 hasta la propia ópera hace ocho años en el Campoamor que también nos recordaba María Sanhuesa una hora antes. La excelente orquestación del británico pudimos saborearla gracias al maestro Nuno Coelho que repetía visita tras la invitación en abril del pasado año, volviendo a mostrar la química con los músicos y contagiar su energía (entrevista en OSPATV). El poso que los portugueses tienen de Inglaterra parece estar en sus genes y el director luso llevó con mano izquierda y rigor los cuatro lienzos sonoros capaces de evocar unos paisajes diría que oceánicos, más allá del interior que la ópera presenta y coloca entre sus actos. Dawn, Sunday Morning, Moonlight y Storm fueron ganando en intensidad controlando la amplia gama dinámica de unas escenas bien delineadas por una orquesta ideal en número aunque sigamos necesitando un concertino titular (esta vez la invitada fue Isabel Jiménez), con sonoridades rotundas y claras. Sucesión de escenas bien delineadas por Coelho con la formación asturiana, la calma del amanecer desde una cuerda sedosa, trombones y tuba coloreando, una madera limpia, la tranquilidad en la playa un domingo por la mañana con el sonido de pájaros (bravo por la flauta de P. Pearse) y campanas con una percusión impecable y la luz otoñal nunca cegadora, así entendida en las texturas, la luna llena que ilumina ese puerto inglés de Aldeburgh antes de la furiosa tormenta que la música describe a la perfección, pasión más externa que interna en la visión del director portugués que encontró la respuesta precisa de una OSPA cómoda con la obra y la batuta lusa.

El mismo aire de las islas nos lo trajo W. Walton con su Concierto para viola y orquesta (revisión de 1962) y Joaquín Riquelme de solista, todo un lujo de sonido, virtuosismo, elegancia y musicalidad en los tres movimientos que el contemporáneo de Britten coloca en un orden «rompedor» sin perder ni coherencia ni teatralidad, pues no quiero olvidar al Walton cinematográfico y todo un referente para las generaciones posteriores en las bandas sonoras. Comenzar con un Andante cómodo supone la puesta en escena de todo un «corpus orquestal» narrativo, con toda la acción en el Vivo, con molto preciso, el nudo argumental donde solista y formación se emplearon a fondo en calidades, balances, intensidades, todo bien concertado por el maestro Coelho que volvió a dominar la escena, hasta ese Allegro moderato donde la luz del norte ilumina de forma nítida un concierto poético incluso en su dedicatoria y verdaderamente teatral además de inimitablemente británico.

Con «permiso» de los cellos, Riquelme nos regalaría la Allemande de la Suite nº1 de Bach demostrando que la viola ha sido injustamente tratada y posee el sonido más cercano a la voz de mezzo como su hermano mayor lo sea de barítono (el violista murciano en la entrevista para OSPATV lo comparaba a la voz de un tenor italiano). Personalmente tímbrica «femenina» ideal para un repertorio que el músico de la mejor orquesta del mundo conoce como pocos, sumándose a la OSPA en su atril para la segunda parte, pasión por la música y auténtica forma de entender la vida.

La Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms volvía a los atriles de la OSPA tras el regreso de Max Valdés hace casi cuatro años, esta vez con acento portugués y poso británico. Nuno Coelho tiene talento, se nota el trabajo y las ideas, como su gesto, son claras además de precisas. Conocedores de un repertorio básico en toda orquesta, el germano pone a prueba no ya todas las secciones sino el calado interpretativo al afrontar sus sinfonías, especialmente esta segunda, disfrutando de todos los solistas al encontrar las dinámicas, equilibrios y tempi adecuados a cada movimiento. El Allegro non troppo dibuja esa melodía en la cuerda que recuerda la «Canción de cuna», revestida por una madera siempre en estado de gracia junto a unos metales acertados, amplia gama de matices muy logrados con la garra justa y el sonido «de orquesta británica» que pareció impregnar todo el concierto. El Adagio non troppo perdió algo de la energía demostrada en el primer movimiento pero mantuvo la calidad sinfónica para remontar en el Allegretto grazioso (quasi Andantino) y rematar en alto con el Allegro con Spirito que devolvió ímpetu, fuerza y la sonoridad de la orquesta asturiana mostrando lo mejor en todas las secciones y la entrega a un director que sigue creciendo musicalmente postulándose entre los candidatos a la necesaria (y urgente) titularidad de una formación que sigue sin sus dos pilares básicos.

Disfrutando a pares

2 comentarios

Sábado 30 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Lucas y Arthur Jussen (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Brahms y Poulenc.

No hay mejor manera de terminar noviembre y una semana musicalmente plena que a pares, con dos obras de Brahms, un concierto para dos pianos y dos hermanos, más dos compositores que en el tándem Oviedo Filarmonía y Lucas Macías resultaron redondos en todos los sentidos.

La orquesta ovetense está pletórica y su titular contagia una alegría a la formación, un «buen rollo» desde su elegancia en la dirección, entrega y dominio de las obras trabajadas que la comunicación entre músicos y público, de nuevo con una entrada satisfactoria, fluye. Memorizar a Brahms supone conocer las obras al detalle, transmitir conocimiento y seguridad a todas las secciones, confiar en un resultado óptimo que aún no ha tocado techo, y el maestro Macías Navarro seguirá dándonos muchas alegrías. Contar además con unos solistas simpáticos, en completa empatía que suma calidades como en el caso de los hermanos Jussen, siguen elevando el listón de estas jornadas de piano con la orquesta de casa, concertación exquisita y entrega total para dejarnos un concierto donde tampoco faltaron propinas a pares en un suma y sigue de excelencias.

Brahms de inicio y cierre marca diferencias, primero la Obertura trágica, op. 81 donde la sonoridad no tuvo pegas, las dinámicas suficientes para poder escuchar todo lo escrito con total limpieza, unos metales en estado de gracia, una madera delicadamente precisa, los timbales siempre mandando para transmitir decisión y especialmente la cuerda, creciendo en calidad por empaste, claridad, cuerpo en los graves, tersura y presencia que permite un balance de volúmenes muy cuidado, seguridad además de convencimiento con el podio, claro y elegante, auténtico mago de los contrastes separando con delicadeza cada plano de la masa orquestal que en el maestro de Hamburgo está cuidado al detalle. Como dicen las notas al programa de Juan Manuel Viana (enlazadas al inicio con los autores), «fogoso movimiento sinfónico en forma sonata de gran aliento dramático cuyo ímpetu rítmico, de acentos beethovenianos, cede solo en la sección intermedia, más lírica y reservada«, perfecta traducción de una escritura cuidadosa que es necesario desentrañar, y el titular de la OFil lo hizo hasta el más pequeño detalle.

Y no se puede pedir más de la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, cada movimiento creciendo en sentimiento, monumental, apasionada desde la introducción, toda la orquesta ganando en calidades, escuchando todo lo escrito con el balance ideal para disfrutar y paladear esta heredera del genio de Bonn en la creación de su primer admirador y calificada por Von Bülow como «la décima de Beethoven«. Tiempos bien contrastados, una agógica llevada con mimo por el maestro onubense contestada con rigor por sus músicos, intervenciones solistas llenas de talento, gama rica de matices con autoridad y respuesta inmediata, compenetración global para dejarnos una «primera de Brahms» que recordaré mucho tiempo, digna de formaciones de renombre que cerrando los ojos nadie diría que sonaba con nuestra orquesta y su titular. Gratitud total que también nos dejó de regalo, ojalá no se pierda esta buena costumbre, una orquesta reforzada para poner en todo lo alto este último sábado de noviembre.

Las figuras de la velada fueron los hermanos Jussen, Lucas y Arthur, en el Concierto para dos pianos y orquesta en re menor de F. Poulenc, con una orquesta ideal detrás y un concertador de primera como Lucas Macías Navarro. Entendimiento fraternal casi mágico, sonido potentemente delicado, entregado, virtuoso y compartiendo protagonismos, desde el Allegretto inicial misterioso a la par que melancólico, hasta el desenfadado Allegro molto siempre actual, pasando por esa maravilla de Larghetto de tintes mozartianos en una obra atemporal y casi centenaria donde los dos pianos redondean una tímbrica ideal. Química entre solistas, orquesta y podio que nos permitieron disfrutar de esta página difícil de escuchar en vivo con esta calidad.

Los hermanos Jussen, muy aplaudidos tras conectar desde su juventud y naturalidad, nos regalaron unas variaciones de Igor Roma de lo más personales, juguetonas y brillantes sobre la Sinfonía 40 de Mozart con final de «soldado americano» de Carosone, más cuatro manos delicadas y vigorosas verdaderos «juego de niños», Jeux d’enfants, op. 22 (Bizet) que redondearon un final de mes para el recuerdo.

Older Entries Newer Entries