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Galante, clásico y heróico

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Viernes 5 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, Juan Ferriol (oboe), Perry So (director). Obras de Rameau, Haydn y Beethoven.
Las visitas del maestro So al frente de la OSPA suelen contagiar alegría desde un estilo académico de gesto claro y preciso que va madurando sobre todo cuando se enfrente a obras del llamado «repertorio», hoy bien elegido y organizado para saborear el sinfonismo, desde el estilo galante de Rameau, el puro clasicismo de Haydn, padre de la sinfonía quien diría de Beethoven que «este chico dará mucho que hablar», y será el de Bonn afincado en Viena quien dará el paso desde lo ya establecido para romper y crecer hasta el Romanticismo, tres compositores con tres formaciones que también fueron aumentando la plantilla para seguir celebrando unos 25 años con estilos básicos y necesarios para todo melómano pero también para los propios intérpretes, aumentando la formación desde una casi camerística con clave (Silvia Márquez) pasando por el concierto atribuido a Haydn, hasta la gran orquesta con 6 contrabajos, vientos a dos (salvo el trío de trompas para la «Heróica«), y con un solista de la propia orquesta como el oboísta Juan Ferriol que nos volvió a recordar la calidad de nuestros músicos.

Interesante programar la Suite (1764) de Les Boréades de Rameau, en edición del propio Perry So, seis números bien armados sin necesidad de criterios historicistas pero degustando esta especie de trailer de la «tragédie en musique» del compositor francés como bien escribe Juan Manuel Viana en las notas al programa (enlazadas al principio en cada compositor), ese Rameau que me redescubrió mi admirado Mario Guada y del que atesoro su excelente artículo para el Anuario Codalario de 2014, y por supuesto estas joyas que Gardiner, W. Christie, Brüggen o nuestro Savall han puesto en el lugar que se merecen. Un gusto cada número donde la cuerda camaleónica suena verdaderamente barroca, con el clave de Silvia Márquez aportando las perlas, la percusión de Casanova pone los detalles ideales (excelencia en la Contredanse très vive) o un dúo de flautines de «los Pearse» digno de los pífanos reales, así como un dúo de trompas sonando como si fuesen naturales, placeres que no debemos olvidar programar porque son éxito seguro cuando la calidad sobra y la química con el podio es evidente, máxime si además es responsable de la partitura a dirigir, sabedor del material humano capaz de adaptarse a todos los repertorios. Interesante incluso la colocación, con los contrabajos a la izquierda tras los primeros violines.

No importa la autoría del Concierto para oboe en do mayor, Hob VIIg:C1 (1800) porque realmente suena y está escrito en el más puro clasicismo, tres movimientos de libro para lucimiento del solista, un Ferriol seguro siempre en el atril y dando un paso al frente corroboró no ya su profesionalidad sino el buen gusto y musicalidad con un instrumento de sonido cautivador, timbres extremos y dinámicas capaces de recordar trompetas o cellos, con fraseos ilimitados siempre bien concertados por So con una orquesta ideal donde el clave recordó su protagonismo dentro de la formación clásica que Haydn, al igual que Mozart, quiso mantener en pos de unas sonoridades elegantes como las mostradas por una OSPA nuevamente ideal en número. El Allegro con brio bien llevado en la alternancia con el solista, que dejó una cadencia vertigionosa, el Andante clásico a más no poder por cantabile y expresivo, melódico oboe bien arropado por una tímbrica orquestal mimada, y el Rondo: Allegretto decidido en todos los intérpretes. Clasicismo bien entendido y mejor tocado con merecidos aplausos para todos, especialmente para Juan Ferriol que nos regaló junto a sus compañeros un tranquilo Oblivion de Piazzolla casi inédito por los ornamentos y una cuerda sedosa, porteña a más no poder poniendo traje de terciopelo a ese otro rompedor argentino.

Foto ©OSPA

De la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 55 «Heroica» (1803) nada más que el mejor Beethoven, punto de inflexión en la historia de la música, rompedora con el clasicismo desde sus propias recetas, cuatro movimientos que se estiran buscando sonoridades orquestales que desde entonces exigiremos a todos sus sucesores. Perry So apostó por la valentía sabedor de una OSPA en estado de gracia en todas y cada una de las secciones, empastada, afinada, compenetrada, entregada y convencida de un repertorio que siempre deseamos no nos falte. Con decisión atacó el Allegro con brio, sonoridades impecables donde se podía escuchar cada nota con el balance preciso para compartir protagonismos, la Marcha fúnebre: Adagio assai verdadero milagro compositivo, testamento vital donde la tristeza de la muerte física trasciende a la alegría de los recuerdos luminosos antes de la vuelta a la ausencia, emociones transmitidas por unos matices íntimos bien entendidos. Del Scherzo: allegro vivace destacar la valentía del tempo arriesgando todos incluyendo un trío de trompas que suenan como una, sonido trabajado aunque siempre en la cuerda floja de la imprevisible nota falsa pero primando el conjunto, y sobre todo el Finale: Allegro molto redondeando una tercera realmente heróica, de lo más sentida por todos como así entendió el público. Me quedo con momentos revividos como el dúo de fagot y flauta, la presencia de una cuerda que a lo largo del concierto se transformó al servicio del estilo sin perder homogeneidad, pero sobre todo el entendimiento con un Perry So cada vez más asentado en el difícil mundo de la dirección.

Vidrio, piedra y Bach

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Jueves 4 de febrero, 20:30 horas. Catedral de León: «Bach en la Catedral». Arvid Gast, órgano. CNDM en coproducción con el XXXII FIOCLE.

De octubre de 2014 a junio de 2016 la integral para órgano de Bach suena en el Auditorio Nacional de Madrid y dos días antes siempre en la Pulchra Leonina, peregrinaje para todos los amantes del instrumento rey, un total de 20 conciertos (supongo que el número 18 quedará suspendido tras la muerte de Jacques Van Oortmerssen el pasado 21 de noviembre de 2015) donde ir desgranando el maravilloso mundo de «Mein Gott», organizados por los mejores intérpretes actuales sin repetir obras. Y llegó a León un músico de Bremen, organista en Lübeck y Magdeburgo, dos puntos de referencia en la vida de Bach, dispuesto a seguir sorprendiéndonos con la riqueza tímbrica del instrumento de Klais al que bauticé en su inauguración como «El Bicho«.
Impresionante la limpieza de ejecución en cada obra, la sabia elección de registros, la claridad meridiana con la que pudimos paladear todas y cada una de las voces, notas independientes siempre relacionas, una verdadera liturgia oficiada por el maestro Arid Gast (1962) que pergeñó obras con verdadero primor, orden y concierto similar al de las vidrieras y las piedras góticas de la catedral más bella de España, con perdón para las demás (y lo dice un asturiano).

El «pastor» Gast convocó al pueblo, que volvió a llenar el templo catedralicio de Santa María de Regla, para escuchar el sonido alemán ya de acento castellano, con el Preludio y fuga en la menor, BWV 551, logrando mantener ese respeto mágico desde un silencio que permitía asombrarse con los sonidos saltando de una a otra fachada (los llamados «coro del norte» y «coro del sur»), estando yo situado en la nave central bien ubicado para escuchar los efectos, con la vista puesta en el retablo, las vidrieras, las bóvedas y los arcos ojivales. Toque de arrebato en trompeterías con pedaleros como truenos y relámpagos descansando con reposo en el acorde perfecto.

Tres corales (uno de Schübler BWV 649, más el preludio coral BWV 717 y el BWV 706 de Kirnberger) nos hicieron meditar, saborear unos flautados deliciosos en el del medio o unas homogéneas lengüetas claramente diferenciadas en color y dinámica, sin perder nunca las melodías populares que Bach eleva a divina, ceremonia casi religiosa con los comentarios musicales a los textos luteranos antes de otra explosión de la perfección matemática del orbe divino, la Fuga en do menor (sobre un tema de Giovanni Legrenzi) BWV 574, donde el organista demostró no ya un virtuosismo presupuesto sino la sabiduría en elegir los registros, poder escuchar las voces con timbres independientes desde el sujeto hasta la exposición, con un pedalero casi tercera mano de presencia luminosa y sustento pétreo en el Klais, recovecos, precisión, balance y reposo a la búsqueda del descanso en el acorde mayor.

De nuevo la meditación con tres de los llamados Corales Neumeister, los BWV 1097, BWV 1099 realmente poderoso, y BWV 1108, ligero desde una mezcla de lengüetería y principal, el contraste barroco de tiempos y dinámicas, ordenados cronológicamente además de sapiencia, fraseos brillantes, contracantos equilibrados, luces y sombras sin oscuridades, esperanzadoras sin cegarnos y siempre respetando cada nota, su duración, los ornamentos justos y el silencio sepulcral sobrecogedor para dejar sonando en el aire cada exhalación de los tubos.
La Fantasía en do mayor, BWV 570 supuso el momento álgido de la ceremonia, la liturgia de la palabra hecha música, cual golpe de pecho inicial y sobrecogedor ante unos pecados siempre veniales en un Bach que componía «Soli Deo gloria«, vanidad y soberbia casi necesariamente reflejadas en la escritura y aún más en una ejecución cual penitencia y absolución por el «pastor Gast«.

Aún quedaba el Contrapunctus XII a 4, rectus de «El arte de la fuga», BWV 1080/12,1 como si de un Apocalipsis se tratase, capaz de inspirar las mejores obras de arte y mantener todas las relecturas que se quieran incluidas las musicales. Rectitud y altura de miras como las columnas sosteniendo las bóvedas de esta catedral ansiosa de absorber lo que el material le impide, devolviendo generosa los versos en frases musicales donde seguían brillando registros por descubrir como la luz de las vidrieras a lo largo del día.

Finalmente la Toccata (Preludio y fuga) en do mayor, BWV 566a sonó cual bendición, recapitulación de una liturgia única, arrebatadoramente bella sin éxtasis barrocos, meditaciones con tormentas y recovecos para manos y pies que nos llevan hasta la luz cegadora del acorde perfecto de do mayor. Aplausos de alivio tras la tensión y agradecimiento ante unos sermones organísticos en el buen sentido de la palabra, la música pura desde la sabiduría y experiencia de un intérprete que parece imbuido del espíritu bachiano.

No son habituales las propinas, de hecho el maestro Arvid Gast estaba recogiendo las partituras pero el público le jaleaba, feliz ante tanta belleza, y qué mejor regalo que otras hermosas palabras al órgano, «Despertad, nos llama la voz» de Bach en el Klais, Wachet auf, ruft uns die Stimme de la Cantata BWV 140 en este caso la meditación que supone en el órgano el Coral Schübler BWV 645, un prodigio de sonidos todos en perfecto equilibrio, estabilidad emocional, capaz de escuchar una melodía arropada por las armonías del paraíso bachiano para dejarnos, si es que había duda, que Bach es mi Dios…

Equilibrio entre emociones

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Martes 2 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: LXVIII Temporada de Ópera: La Bohème (Puccini), segunda función. Entrada último minuto: 15 €. Fotos ©ÓperaOviedo.
Cierro temporada de ópera ovetense con el título más representado en la capital y al que más veces he asistido, ojeando el historial desde mi primera allá por 1972 habré faltado un par y mi recuerdo especial para la de 1975 con Mirella Freni y Jaime Aragall, guardando una foto dedicada de la italiana (que dejo abajo) y mi admiración total hacia la voz de tenor más bella de la lírica mundial tras haberla vivido entre bastidores donde me llevó un profesor de la entonces Orquesta «Muñiz Toca» reforzada con la de Bilbao, con quien compartíamos repartos de Arturo Barosi. La de 1978 con Jeannette Pilou tampoco estuvo mal pero triunfó como «otra» Lucía. Y de la 1990 ya abonado a la segunda función donde Luis Lima «cascó» siendo sustituido por un Antonio Ordoñez al que conocí en nuestros años de tunos. Mi última Bohème en Las Palmas me hizo pensar lo bien que hubiera estado nuestra Beatriz Díaz en este reparto ovetense en un papel que canta como nadie hoy en día.

Esta última -de momento- traía de nuevo la producción de Emilio Sagi y Julio Galán con una leve actualización de época y vestuario (de Pepa Ojanguren) pero igualmente bella, especialmente el segundo acto que puede resumir lo que fue esta función: emociones de menos a más con un elenco equilibrado donde sin brillar especialmente nadie, lograron un resultado más que aseado.

El «cuarteto» protagonista lo encabezaba Erika Grimaldi como Mimì, solvente aunque algo brusca en finales de frase puntuales, pero de color ideal en todo el registro, incluso con grave ancho y presente, y dando un perfil más alejado de la inocencia o ternura pero cercano a la mujer de los años 70 que comenzó a mandar y ejercer. Sus intervenciones tuvieron detalles relevantes, impresionándome el dúo del tercer acto con Marcello por dramatismo. Lástima que el color de Musetta fuese «similar» y perdiésemos la riqueza de un Puccini que escribe como nadie para la voz femenina, y las arias de Mimì son un catálogo de emociones que esta vez no llegaron a ponerme la piel de gallina.
El Rodolfo de Giorgio Berrugi me pareció adecuado, de agudos desiguales tirando por momentos a metálico en los fuertes y echando de menos mayor gama dinámica, con unos piani exigentes que no escuchamos, pero convenció y creció a lo largo de la obra, especialmente tras el descanso.
Carmen Romeu afrontó una Musetta algo exagerada de volúmenes como buscando redondear el perfil del personaje visto desde la «óptica Sagi», lo que le valió algún que otro desliz en el agudo de su aria Quando me’n vo’  del segundo acto, así como un color demasiado parecido a Mimì. Al menos su cuarto acto contenido por argumento y voz sirvió para equilibrar su aparición. Damiano Salerno completó como Marcello el cuarto protagonista de este drama, con presencia y elegancia en su línea de canto, más amplia en expresión que sus tres compañeros.

Para encontrar ese equilibrio ayudaron y bien el Schaunard de Manel Esteve, un convincente y poderoso Andrea Mastroni como Colline (lástima el aria del último acto algo desafinada) y Miguel Sola en un Benoit y Alcindoro sobrio. No desmerecieron Pedro José González (Parpignol), José Lauro Ranilla y Javier Ruiz (sargento y aduanero) así como Gonzalo Quirós (vendedor), papeles breves pero necesariamente seguros para mantener el nivel global.

Destacable el coro de niños de la Escuela de Música Divertimento (que dirige Ana María Peinado) por escena y canto, presentes, seguros, disciplinados y verdadero color en un segundo acto realmente complejo por el movimiento tanto figurante como musical. Otro tanto del Coro de la Ópera dirigido aún por Enrique Rueda, un título que muchos de sus componentes ya han cantado y les da seguridad total incluso fuera de escena, y mejor las voces blancas que las graves. No hubo que lamentar ningún desequilibrio, lo que en este título «bohemio» siempre se agradece, esperando la nueva etapa con Elena Mitresvska. El amplio cuadro de figurantes ayudaron a redondear un impresionante segundo acto que fue el punto álgido de esta ópera.

Por fin puedo aplaudir el trabajo global del maestro Marzio Conti, titular al frente de una Oviedo Filarmonía que sacó de la partitura de Puccini toda la amplísima gama tímbrica y dinámica, sin caer en los denostados contrastes mal entendidos de pianos-lentos frente a fuertes-rápidos. Verdadero creador de ambientes, la orquesta sonó donde debía en todas sus secciones (impecable el arpa), con unos pianísimos de cortar el aire y unos fuertes sin estridencias, con un Conti atento a las voces que mimó en todas las intervenciones y ayudó a esta Bohème equilibrada y emocionante como siempre es de esperar, notando un trabajo minucioso.

Ya tenemos el avance de la próxima temporada de la que habrá mucho que hablar y escribir. Me quedo con ganas de escuchar el segundo reparto que me coincide el viernes con la OSPA, pero aplaudo mantener estos «viernes de ópera» para dar la oportunidad de que los cover salgan a escena tras haber trabajado tanto como sus compañeros, y siempre ahí para subsanar bajas de última hora tan tristemente frecuentes en muchos escenarios, así como la proyección de la última función que resonará en Oviedo y otros puntos de Asturias, llevando la ópera a todos los públicos.

Me conformaré con escuchar los comentarios y leer las críticas, aunque Bohème nunca defrauda.

En Oviedo los jueves suenan a órgano

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Desde el pasado 10 de diciembre y hasta el 28 de abril del presente 2016, en Oviedo sigue sonando la música de órgano con un ciclo titulado «Las veladas de los jueves» que lleva como subtítulo Un recorrido didáctico por la Historia de la Música a través del órgano. Feliz iniciativa que recupera en parte un defenestrado Festival de Órgano de Asturias que patrocinaba la extinta (y saqueada) Caja de Ahorros de Asturias.

Así se mantienen en funcionamiento tres instrumentos de primera y la posibilidad de dar conciertos a alumnado y jóvenes intérpretes, completando la amplia oferta musical de la capital, coincidente con otras actividades pero con entrada gratuita a las 20:00 horas.
Volverán a sonar los órganos de San Tirso el Real fabricado por el Taller de Acitores, de Santa María la Real de la Corte de la factoría Grenzing, y de San Isidoro el Real de 1678 (Alonso Menéndez de Forcinas) y restaurado por Jorge Méndez (los únicos conciertos a las 20:30 h) siendo proyectados en pantalla gigante para no perdernos detalle de manos, pies o registros, y con la participación de los organistas Samuel Maíllo y Elisa García, así como la Escolanía San Salvador que dirige esta última, alumnado del CONSMUPA y del CPM de Oviedo, y solistas puntuales con programas realmente interesantes que dejo aquí:

De lo mucho y bueno merece la pena destacar el Ensemble de tubas del CONSMUPA que reforzará y hermanará el sonido de su «hermano mayor», los propios alumnos de órgano y cámara de los dos Conservatorios de la Corrada del Obispo, así como la Cantata BWV 56 (J. S. Bach) con el barítono Óscar Castillo y la Escolanía de San Salvador que repetirá cerrando ciclo con música del archivo de la S. I. Catedral de Oviedo junto al alumnado del CONSMUPA, pero repito que los programas además de didácticos, repasan un amplio espectro de autores y estilos.

Espero poder asistir a alguno aunque las coincidencias con otros ciclos donde estoy abonado siempre priman, pero la agenda también permite jueves organísticos y no solo en la vecina Catedral de León que continúa con su ciclo dedicado a la integral de Bach.

That’s entertainment

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Sábado 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano «Luis G. Iberni». Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, WDR, Wayne Marshall (piano y dirección). Obras de G. Gershwin y L. Bernstein.
Como dice el título en inglés «That’s entertainment», eso es entretenimiento, un concierto para disfrutar con una música siempre cercana a nuestra memoria cinematográfica con dos compositores norteamericanos que entendieron la música popular del jazz para elevarla a categoría sinfónica desde unos arreglos realmente agradables de escuchar, esta vez con una orquesta alemana que parecía no de Köln sino de Hollywood, con una plantilla algo corta en la cuerda pero que cumplió con las expectativas de un programa diríamos que ligero, capitaneados por el organista, pianista y director británico Wayne Marshall, especialista en los dos compositores que hoy traía al Auditorio de Oviedo dentro de una gira que llegaba de Barcelona, supongo que por «encajarlo» en las llamadas jornadas de piano, aunque lo único con el instrumento de las 88 teclas solista sería la Rhapsody in Blue tras la obertura Of thee I Sing que supo a poco pese al éxito de todo el musical, y antes de lo que los anglófonos denominan «Medley» y nosotros popurrí, que comentaré más adelante.

Con una cuerda sedosa, abundante percusión, maderas donde no podían faltar los saxofones y el propio Marshall dirigiendo y tocando la «rapsodia» este «concierto» de piano tuvo dos momentos álgidos precisamente en los solos «made in Wayne» cargados de buen gusto jazzístico, distintos de las múltiples versiones que atesoro (la de Michel Camilo es referente para mí junto a la de Gabriela Montero, con el género de la improvisación tan antiguo como la propia música), llevando las melodías de Broadway con unas armonías delicadas bien marcadas, así como unos tiempos rápidos sin perder nunca el «swing» y dejando que la orquesta alemana demostrase la calidad de sus integrantes desde el solo de clarinete inicial. Difícil tocar y dirigir que el músico británico, dominador de todo el concierto (memorizado en su integridad), llegó a contestar tocando de pie sin perder detalle en una obra donde el solista tiene dificultades técnica y de carácter. No es el pianista y organista de color uno de esos intérpretes de fuerza en las dinámicas (con orquesta deberían ser algo mayores) ni de sonido cristalino (en los arpegios quedó algo opaco) pero su versión de la rapsodia fue notable, sobre todo por la visión global, impetuosa y cercana de una obra siempre actual con una instrumentación rica en colores aunque con la balanza caída hacia el carácter.

Con el título de Gershwin in Hollywood Robert Russell Bennet (1894-1981), un gran músico siempre en la sombra, orquestó esta suite de concierto con ocho conocidos temas de los hermanos Gershwin que hemos escuchado en tantas películas y documentales, todo muy bien analizado en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, donde no faltó «El amor llegó para quedarse» de la conocida película y musical Un americano en París, instrumentaciones muy «americanas» y canciones bien enlazadas para dotar de unidad idiomática en el amplio sentido este repertorio que también se denomina de «standards«. Bien los alemanes que tanto les gusta el jazz (no faltó el banjo), con calidad y calidez para esta música hoy sin palabras de George Gerswhin.

Un músico completo fue Leonard Berstein, el gran Lenny que destacó en todas las facetas (también interpretó y dirigió la «Rhapsody») y donde la composición nos ha dejado páginas únicas que rompen etiquetas, caso de West Side Story o Candide, versiones en cualquier soporte y escena con fuentes cercanas tanto a Gerswhin y el jazz como a Copland o lo mejor del music hall, su forma de entender el espectáculo total, concepción de la ópera popular, opereta en cuanto a la cercanía contrapuesta a la «seria» que parece irreconciliable con ese letrero de «música culta» que los puristas no perdonaron (ni perdonan) todavía en este siglo XXI. Mejor interpretación de unas partituras llenas de matices, contrastes, ritmo y siempre la popularidad desde la calidad.
Las «Danzas sinfónicas» de West Side Story mostraron el dominio que Bernstein tenía del lenguaje orquestal, revisión de 1961 para unir nueve secciones de su musical tras la orquestación que Ramin y Kostal hicieron para la película que nos hizo enamorarnos de Natalie Wood, dejando la música pura capaz de mantener el dramatismo del argumento shakesperiano. Un placer escuchar los temas por unos alemanes a los que Marshall deja disfrutar, con un Mambo realmente latino y técnicamente sinfónico a más no poder.
Otro tanto podríamos decir de la suite de Candide, obertura incluida, que la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia eleva a la categoría de culta con una ejecución impecable en todos los números y una química con el maestro británico al que especializarse en estos repertorios le da la autoridad demostrada en unas interpretaciones de indiscutible calidad.
Entretenimiento ideal para una tarde de sábado y cual cambio de menú que los melómanos agradecemos, aunque ya saben que me declaro omnívoro. El regalo con la orquesta «sola» y Mr. Wayne al piano (lástima no tener órgano como en Barcelona) como un músico más, todo un refresco.

Vientos del norte

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Viernes 29 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 5 OSPA, EntreQuatre (cuarteto de guitarras), Óliver Díaz (director). Obras de Erik Satie, Flores Chaviano y Jean Sibelius.
Jueves «playo» y viernes carbayón con aniversarios de casa y compartidos, en plena celebración de los 25 años de nuestra orquesta más los 30 del cuarteto de guitarras formado por Jesus Prieto, Carlos Cuanda, Carmen Cuello y Manuel Paz, que además nos traía un estreno a ellos de dicado de un compositor muy unido desde a ellos desde sus orígenes como es el cubano Flores Chaviano, presente en la sala, y con una batuta también de casa como la de Óliver Díaz, actual director musical del Teatro de la Zarzuela.

Para abrir programa nada mejor que un poco del humor de Satie y su Jack in the Box (1899) en la orquestación de Darius Milhaud del año 1926 para la versión de ballet encargada por el siempre oportuno Diaghilev, que la OSPA (levemente reforzada) disfrutó con la energía de Díaz en sus tres movimientos, Preludio, Entreacto y Final para ir calentando motores rítmicos y dinámicos, con unos solistas en estado de gracia y una cuerda que nos devolvía ese sonido tenso y claro, una muestra de las calidades demostradas en cualquier repertorio y que en este quinto de abono corroborarían.

El Concierto nº 2 para cuarteto de guitarras y orquesta (2015) de Flores Chaviano (1946) está en la línea de sus obras sinfónicas, buen orquestador y conocedor de la rica tímbrica instrumental especialmente la de «su» instrumento, hoy en cuarteto con leve amplificación que por momentos quedó tapada ante una masa sonora poderosa así como un impulso rítmico más allá de la «consabida» etiqueta caribeña. Los tres movimientos en los que se estructura sirven para jugar con los colores de todos los instrumentos desde el inicio con un solo de clarinete bajo excelentemente «cantado» por Antonio Serrano (que ya me maravillase en el Pierrot de la semana pasada) así como el protagonismo del trío de percusión, Pablo García Reyes («pequeña percusión»), Francisco Revert (vibráfono) y Rafael Casanova (marimba) con unas pinceladas de color bien buscadas, no ya arropando a los solistas sino tejiendo una tímbrica especial que fue dando el ambiente sonoro. Solos realmente impecables y bien ejecutados por Christian Brandhofer al trombón, Vicente Mascarell al fagot, María Moros a la viola o Maarten van Weverwijk a la trompeta y un cuarteto que funciona cual guitarra imposible, empaste ideal, intervenciones encajadas al mínimo detalle, lirismo desde melodías apenas dibujadas o perfectamente reflejadas así como los juegos habituales de percusión, imaginando los tres ambientes de cada movimiento enlazados sin apenas respiro con un Óliver Díaz atento a cada entrada, color y volumen: la Entrada, los Diálogos y una impactante Kora-Finale, aromas norteafricanos inspirados en el laudista Driss el Maloumi (con quien Entrequatre también ha tocado), un lento central de conversación amigable antes del rítmico final de acento más reconocible para un concierto bien ensamblado con la única pena de un mayor volumen del cuarteto solista, aunque tener la guitarra con orquesta suele dar estos problemas, pero Flores Chaviano nunca defrauda ni deja indiferente a nadie.

Para quitar este cierto malestar sonoro, EntreQuatre nos regalaron la Cubanita del propio Flores Chaviano, feliz en la sala y siempre unido a nuestra tierra, con el sabor camerístico y la calidad instrumental de un cuarteto al que los años le dan una solidez y entendimiento que sólo el tiempo es capaz de conseguir.

Sibelius es la prueba de fuego para toda orquesta, siempre bien con nuestra OSPA, y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 ya la hemos disfrutado en el auditorio con algunas interpretaciones para el recuerdo, una formación la asturiana versátil ante los distintos directores que se ponen al frente. Con Óliver Díaz puedo asegurar que la versión de esta segunda alcanzó cotas casi de perfección, dominador de principio a fin apostando por el juego de matices cual ingeniero de sonido capaz de dinámicas extremas capaces de expresar la levedad del gélido viento finlandés o la magnificencia de una música grandiosa sin exageraciones pero sacando lo mejor de cada sección. En su entrevista para OSPATV citaba la versión de Bernstein y puedo afirmar que tiene mucho de ella aunque tamizada por su propia personalidad. En el Allegretto pudimos disfrutar de la cuerda apuntada en la primera parte, tensa, vibrante, presente, clara, de «pizzicatti» punzantes y amplia en expresión con unos graves poderosos (seis contrabajos), una madera de empaste idílico que la paleta de Sibelius resalta aún más, unos timbales en su sitio con un aire reposado, y sobre todo los metales que siguen sonando orgánicos, seguros, aterciopelados, pudiendo paladear esa paleta tan del finlandés, con un empuje desde el podio llevándonos por una montaña rusa de sensaciones. El Andante, ma rubato nos mostró la madurez de un Óliver Díaz cada vez más afianzado en los grandes repertorios, capaz de jugar con el tiempo sin perder pulsión y de nuevo sacando matices y planos a la orquesta asturiana que siempre están ahí pero no salen a flote, incluso los expresivos silencios sin apurar la continuidad, dejando fluir las hermosas melodías de Sibelius en todos los colores posibles con majestuosidad y también introversión a partes iguales. Se empapizó un poco el Vivacissimo más por las dificultades de encaje en un aire realmente vertiginoso por el que optó la batuta asturiana, exigiendo unidades que sólo se alcanzan con muchísimos días trabajo, algo que en nuestros tiempos es imposible. Cuerda limpia, vientos frescos (encantador solo de oboe de Ferriol), percusión segura y la tensión del movimiento bien lograda cuando el tiempo lento devolvía tranquilidades expresivas. Así quedó todo listo para el Finale: Allegro moderato que puso a intérpretes y partitura en todo lo alto, nueva demostración de calidad en cada solista y sobre todo en esa visión global de esta segunda sinfonía que parece darnos solamente alegrías, empuje de viento del norte, obligando al director ovetense a salir varias veces, siendo reconocido su trabajo al frente de una formación asturiana con la que nos gustaría disfrutarle más veces en los repertorios que engrandecen a los intérpretes.
Dejo como homenaje a EntreQuatre la nota de prensa con motivo de este aniversario:

El cuarteto EntreQuatre está celebrando sus 30 años de actividad concertística ininterrumpida con una serie de conciertos. Dos de los más señalados son los que se celebrarán esta misma semana con la OSPA con el estreno mundial del Segundo Concierto para 4 guitarras y orquesta de Flores Chaviano.

Tras varios años las dos formaciones asturianas vuelven a juntarse para un nuevo proyecto en esta ocasión con música de Flores Chaviano, el gran innovador de la guitarra en España y que ha creado docenas de obras para EntreQuatre en todos estos años.

La obra se mueve en ese mundo sonoro tan sugestivo y a la vez inquietante de la música afrocubana en el que Chaviano tan bien se desenvuelve; en esta ocasión un poco más cerca de África que de Cuba.

A la batuta estará el gran director asturiano Óliver Díaz recientemente nombrado director musical del Teatro de la Zarzuela siendo este su primer concierto en Asturias tras ese nombramiento.

Poco se puede añadir sobre la conocida y amplísima trayectoria de la OSPA. En cuanto a EntreQuatre, está ampliamente reconocida su impresionante trayectoria concertística internacional con más de 40 países visitados, y también su aportación al repertorio para cuarteto de guitarras propiciando la creación de, hasta el momento, 57 obras de grandes creadores españoles e iberoamericanos. Cabe destacar su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York en 2004 y la nominación a los Grammy’s Latinos en 2009. (se adjunta historial actualizado)

Rogamos la máxima difusión de este singular evento que se producirá el próximo jueves 28 a las 20:00 en el Teatro Jovellanos de Gijón, y a la misma hora el viernes 29 en la sala principal del Auditorio de Oviedo.

 

Sobre todo Beethoven

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Domingo 24 de enero, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Jeremy Irons (narrador), Kerstin Avemo (soprano), Orchester Wiener Akademie, Martin Haselböck (director). Obras de Beethoven.

Difícil llenar el auditorio para escuchar a Beethoven aunque el público mayoritariamente quería ver a un actor famoso. No les importaba que primero escuchásemos esa maravillosa Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92, para abrir concierto y aplaudiesen entre los movimientos, organizando el programa como en el Festival de Granada y repetido el día anterior en Barcelona, pensando en despistados que olvidan el horario dominical, o tal vez dejando el «reclamo» para la hora esperada y cerrando este éxito puede que previsto más por el peso de Irons (creo que ganamos con el cambio por el previsto Malkovich) que Beethoven. Todo sea por escucharlo en este formato.

La orquesta vienesa con instrumentos de época y dirigida por su fundador, el maestro Haselböck afrontaría una séptima algo descompensada en dinámicas precisamente por unos metales, sobre todo las trompas, algo ásperos y exigiendo una presencia puede que desmesurada teniendo la plantilla de cuerda algo «mermada» si se buscaba grandiosidad. El Poco sostenuto – Vivace sirvió más de calentamiento que de verdadera interpretación aunque la calidad de los músicos parecía más que asegurada. El conocido y tantas veces versioneado Allegretto sonó más empastado aunque la madera natural unida a esa afinación más baja de la actual nos deje un sabor algo opaco. El Presto trajo lo mejor de la cuerda, siempre de presencia aterciopelada y tal vez falta de una garra a la que nos han acostumbrado las grandes orquestas, incluso manteniendo estos criterios llamados historicistas pero con plantilla mayor. El concluyente Allegro con brio volvió a demandar desde el podio sonidos ásperos en los metales e incluso en el fagot, perdiendo un poco el colorido de los clarinetes aunque flautas y sobre todo oboe pudieron lucirse. Los timbales de cobre y piel emborronaron las líneas claras de una ejecución muy «académica», pulcra, con claroscuros expresivos y algún destello de calidades.

En cambio esa misma paleta algo más amortiguada resultó ideal para la poco escuchada Ah! perfido, escena y aria para soprano y orquesta op. 65 con la soprano sueca Kerstin Avemo de bello color y registros desiguales, poderoso agudo más seguro en los fuertes, una zona media suficiente y como tristemente sucede en el grave, algo escasa de volumen, forzando la emisión con unos giros de cabeza que descolocaban su voz más de la cuenta. Con todo mejoró de la escena al aria Per pietà, non dirmi addio, de estilo clásico muy en línea mozartiana que pareció venirle bien con una orquesta no muy numerosa aunque Haselböck se encargó de domarla tras la primera parte, como si Beethoven fuese poseído por el espíritu de Mozart residiendo en la misma casa de Praga y con conexiones que Iker Jiménez podría tratar en sus programas.

El esperado Jeremy Irons sería el encargado de narrar los versos de Goethe dedicados a Egmont, adaptados por Franz Grillparzer en versión de Christopher Hampton que además sobretitularon al castellano aunque la dicción del actor inglés resultó una lección teatral, alternando con las arias de la soprano y de nuevo la orquesta al completo con momentos brillantes mimada en los planos por el director austriaco que no necesitó batuta (ni partitura para la séptima) marcando con sus manos todas las intervenciones con detalle.

Interesante este Egmont, op 84 más allá de la conocida Obertura: Sostenuto, ma non troppo – Allegro – Allegro con brio, también las nueve piezas musicales que habrían de interpretarse durante la representación teatral además de los pasajes instrumentales que engarzarían los cinco actos del drama, por tanto una recreación al representarse con los textos jugosos en inglés de un actor que llena la escena, las arias en alemán de la sueca y el sonido vienés de una joven orquesta ceñida a la historia de un Beethoven siempre atemporal. Energía, dramatismo, esencias, brillos sin oropeles, lecturas para recapacitar y un verdadero espectáculo para disfrutar de este Egmont «Para la libertad» como titulaba las notas al programa Luis Gago, también traductor al español de los textos, que explica el paralelismo del Egmont teatral y musical sin olvidarse de las canciones para Clärchen que Avemo no sintió como era de esperar de una heroína, siendo Irons quien bordó textos con intención, dicción y escena pletórica, reforzada por el solo de trompeta y el timbalero fuera de escena que hubo de volver rápido para la Sinfonía de la victoria: Allegro con brio, nueva prueba de fuego para una orquesta muy decorosa con un director que la conoce bien.

En suma un Beethoven que hizo triunfar sobre las tablas del auditorio a Jeremy Irons, por otra parte esperado y como buena disculpa para hacer caja con un espectáculo bien traído a Oviedo.

Savall sin fronteras

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Sábado 23 de enero, 20:30 horas. Auditorio de León, XIII Ciclo de músicas históricas. Hespèrion XXI, Jordi Savall (viola de gamba y dirección): «La Europa musical: 1500-1700». Entrada: 10€. Coproducción del CNDM.

Magia universal con las violas de gamba en todas las tesituras la que trajo a León nuestro universal catalán, con siete músicos en escena capaces de romper las fronteras de una Europa ideal que recordaba el propio Savall antes de la segunda propina, compositores en otros países uniendo acentos para una música a atemporal que mueve público de todas las edades como el que llenó el auditorio de la capital hermana de la asturiana.

Un renacido Savall con la viola de gamba soprano preparó seis bloques bien hilvanados con la danza de nexo, repartidos en dos mitades:

Unas «Danzas italianas del Renacimiento veneciano» para presentar la capacidad de este Hespèrion del XXI: Lorenz Duftschmid a la viola baja más un Philippe Pierlot doblando alto y baja, casi alter ego «savalliano» a lo largo del programa, el violone de Xavier Puertas, la tenor de Sergi Casademunt al lado del maestro, completando toda la tesitura de una viola de gamba más actual que nunca, y los dos detallistas necesarios cual orfebres para preparar unos grabados musicales llenos de monocromías irisadas: Enrike Solinís con doblete tiorba y guitarra siempre complementando con punteos o rasgueos el fluir frotado, más la imprescindible percusión de un siempre maravilloso Pedro Estevan. Las cuatro danzas elegidas prepararon lo que vendría después dado que aún faltaban detalles como cuidar más los finales de Pavana, Gallarda, Tedescha y Saltarello.

El segundo bloque «Elizabeth Consort Music» nos preparó a tres ingleses (Dowland, Gibbons y Brade) con verdadero acento británico que el septeto interiorizó al detalle convirtiendo el auditorio leonés en corte danzante de las islas. Maravilloso empaste de cuerda frotada con las perlas de la tiorba y la percusión vistiendo a Savall y su viola soprano de rey supremo.
Para cerrar la primera parte unas «Danzas y variaciones de España y Portugal» para seguir paseando por aquella Europa de intercambios sin fronteras como Hespèrion XXI deleitando polifonías vocales o ritmos ibéricos de Luys de Milán, Cabezón con las Diferencias sobre la Dama le demanda, Diego Ortiz y el portugués Pedro de San Lorenzo, delicioso escuchar las voces agudas de Savall y Casademunt contrapuestas a los bajos de Pierlot y Duftschmid con el soporte del violone de Puertas mientras Solinís rasgueaba la guitarra completando las excelentes pinceladas de Estevan, para ir rematando con unos Canarios para lucimiento de un Savall inspirado recorriendo todo el registro de la soprano, de arco poderoso jugando con mayores y menores cual Jam session renacentista más actual que nunca, demostrando un entendimiento con sus músicos envidiable.

Los tres bloques de la segunda parte, ya con el septeto en plena forma, nos llevaron por Francia y Alemania antes de una recapitulación europea:
«Músicas para el Rey Luis XIII» capaces de alternar intimismo y danza, «Músicas de Alemania» centradas en un Samuel Scheidt de colorido etéreo en la línea de aguafuertes y grabados bien delineados, y «Música de la Europa Barroca» haciendo convivir a Purcell, Joan Cabanilles, J. H. Schein, Dumanoir y la excelencia de la Gallarda napolitana de Antonio Valente, juegos de «pizzicatti» actuales para una música de «solo» 500 años que con Hespèrion sigue más actual que nunca, recreando sonoridades de claves y laudes celestes.

Aplausos más que merecidos que nos dejaron de propina otro bloque de cuatro danzas francesas, la segunda lengua de Savall que hace suya esta música cercana a la que el país vecino tanto le debe. Reconforta volver a escucharle feliz tras malos tiempos recientes y comprobar que su legado todavía sigue creciendo. Verdadera y merecida ovación, palabras de agradecimiento y reivindicación de una Europa sin fronteras que tristemente este siglo vuelve a levantar, antes de regalarnos unas danzas de Brade donde todo Hespèrion con Savall a la cabeza recreó sonidos célticos que los asturianos sentimos tan cercanos como este León que me ha hecho un gran regalo de cumpleaños.

Lunáticos en el Museo

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Jueves 21 de enero, 19:00 horas. Museo de Bellas Artes de Asturias, Oviedo. Conferencia «Pierrot Lunaire, la actriz y el pintor de sonidos» a cargo de María Sanhuesa. 20:00 horas, Concierto (extraordinario) OSPA en el Museo: Pierrot Lunaire, Op. 21 (Schoenberg): Rossen Milanov (director), Fernando Zorita (violín), María Moros (viola), Maximilian von Pfeil (violonchelo), Peter Pearse (flauta y flautín), Andreas Weisgerber (clarinete), Antonio Serrano (clarinete bajo), Patxi Aizpiri (piano), Anna Davidson (soprano).

En plena celebración de las bodas de plata de nuestra orquesta y programando conciertos en distintas ubicaciones, el recién ampliado Museo de Bellas Artes de Asturias siempre abierto al arte global, acogió en la zona nueva una jornada lunática digna de recordar, comenzando con la conferencia de la doctora Sanhuesa que fue más allá de las notas al programa tituladas «El retrato oscuro», con un lleno preparando el posterior concierto (y colas desde media hora antes), que nos enseñó, como buena docente que es, no solo a entender la muerte del Romanticismo en 1912, año del estreno de este Pierrot Lunaire, recordando al Schoenberg pintor que dudó por esta disciplina en vez de la «orfeística», preguntándonos si alguna vez hemos tenido ganas de matar a alguien, toda la carga satírica y crítica de una María siempre completa e inspirada, inquiriéndonos si podríamos matar el claro de luna… la respuesta estaba en el viento, imágenes y sonidos, Caspar Friedrich y el Werther de Massenet, Debussy y la Salomé de Richard Strauss, ya cercana a un año histórico, también recordando cuadros de nuestro Evaristo Valle, de Picasso o Juan Gris y hasta Botero con pierrots y arlequines músicos y las referencias al «futurismo asesino» para hacer música en el museo, poner sonido a la imagen, cultura de la que siempre estaremos hambrientos, la evolución de la Commedia dell’Arte y su inspiración artística mostrando también el lado oscuro de esta fuerza atesorada por un lunático Pierrot capaz de matar a cosquillas su Colombina, tortura o violencia sin géneros, incluso recordarnos qué es la triscadecafobia desarrollada por un Schoenberg al que la numerología puede apagar la luna poniendo luz pantonal (mejor que atonal y con la carga que hoy tiene el término «pantone«) en una obra centenaria que sigue asombrando.

Milanov se puso al frente de sus músicos trayendo del «otro lado del charco» a una soprano norteamericana cual Pierrot contemporáneo interpretando los versos franceses de Albert Guiraud traducidos al alemán por Otto Erich Hartleben y encargados por  Albertine Zehme, una actriz del melodrama (desde la acepción de palabras con música) a un Schoenberg siempre rompedor capaz, de conseguir lo máximo desde lo mínimo en unos tiempos de crisis totalmente actuales. Un placer poder seguir los textos en la revista trimestral de la OSPA con su correspondiente traducción al español, tres veces siete, veintiún melodramas de 12a estrofas vestidos por siete -en vez de cinco- enormes instrumentistas (donde Zorita sustituía a la programada María Ovín, baja por lesión) para ir recreando paisajes llenos de expresionismo, simbolismo y decadentismo, críticos con un romanticismo trasnochado, despojándolo de las lunas convertidas en inquietantes círculos rojos, desmenuzando cada texto algo falto de la fuerza vocal del sprechgesang (“canto hablado”) en momentos puntuales -y yo estaba situado a menos de cinco metros- pero inmenso con unos solistas a los que Schoenberg trata con un lenguaje contrastante, arisco y melódico desde un concepto tímbrico, combinaciones sonoras bien resueltas por los siete magníficos. Momentos álgidos en cada grupo de siete como Der Dandy vertiginoso, Rote Messe contrastado con madera y piano trémulos a la vez que escalofritantes, y Heimfahrt verdadera «vuelta a casa» de cálida madera y saltarinas teclas bien asentadas para una voz más cantada que hablada, tres ejemplos con cargas emocionales llenas de pinceladas nocturnas sin luz de luna.

Descubrimiento especial el «fichaje» cellístico von Pfeil o las sonoridades de Serrano en el clarinete bajo, la confirmación de los conocidos con un Pearse pletórico en un flautín desgarrador, un Weigerber incisivo, la recuperación del Aizpiri pianista con tanto trabajo sustentando cada cuadro, y un dúo Zorita–Moros recordando texturas olvidadas y corroborando el impresionante momento que estos músicos de la OSPA atraviesan en esta temporada plateada cual luna llena. Al maestro Milanov se le nota feliz con estos repertorios y apuestas por escenarios que terminarán siendo habituales para la música, siente esta música más que otros periodos, puede que sus carencias queden compensadas con conciertos arriesgados, y este de Schoenberg lo era. Cierto que sus músicos responden aunque los invitados parecen quedar en segundo plano, caso de una Davidson que luchó por sentir este Pierrot desde el poderío de unos textos alemanes muy exigentes, demasiado «pegada al papel» y esperando más escena. Mezclar lo grotesto, lo ligero, lo sentimental, parodia e ironía, horror y absurdo, no es tarea fácil, pero los cinco que fueron siete nos hicieron pasar por todos los estados posibles superando con creces lo esperado y alcanzando un éxito impensable para muchos lunáticos que hoy poblábamos el museo.

Dudamel vuelve a unirnos

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Martes 19 de enero, 20:00 horas. Digital Concert Hall, Berlín: retransmisión en vivo (streaming). Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, Gustavo Dudamel (director). Obras de Stravinsky.

En la madrugada del 4 de octubre de 2009 pude asistir en directo al debut como titular de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles de Dudamel vía Internet compartiéndolo con mi querido Osvaldo Burgos desde Venezuela, y nuevamente nos encontramos en la red para disfrutar juntos, porque en el corazón no hay distancias, este martes de enero con nuestro admirado Gustavo al frente de «su orquesta» que ha dejado de ser joven pero mantiene el mismo impulso y amor por la música de siempre, caras conocidas que se han convertido en maestros salidos de «El Sistema», sin entrar a valorar la utilización política del mismo, que esto daría para mucho, aunque conviene recordar que la trayectoria de esta organización viene de antes del «chavismo» y tuvo muchos directores de orquesta apoyándolo, un modelo que se está implantando con mayor o menor éxito por el mundo y que fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en el año 2008.


Lo que no me cabe ninguna duda es que Gustavo Dudamel además de un director carismático, también es único a pesar de su edad, pues lleva toda la vida trabajando en este difícil mundo orquestal, con repertorios no solo sinfónicos sino también operísticos, y que allá donde va triunfa. No en vano se barajaba su nombre hace poco como posible titular de la Filarmónica de Berlín (donde hoy dirigía este programa Stravinsky con «La Bolívar»), aunque optasen por otra batuta menos mediática (el ruso Kirill Petrenko) con todo lo que se ha escrito sobre esta elección, al igual que la sorprendente elección para muchos este primer día del año cuando se anunció que dirigirá el Concierto de Año Nuevo 2017, pasando a ser la batuta más joven en ponerse al frente de la Filarmónica de Viena en el concierto más visto y escuchado de la historia. Los vieneses ya le conocen, los berlineses también, sé que no podemos olvidar el marketing ni que pertenezca a la «escudería amarilla» (DG) pero la trayectoria del músico de Barquisimeto es impecable e imparable.

En este concierto «on line» el tándem venezolano en la propia «casa amarilla» se enfrentaron con música de ballet que tiene peso propio despojada de la escena, más en el caso de Stravinsky, aunque en la entrevista al descanso grabada unos días antes en Londres, el propio Dudamel reconocía cómo su mentor y maestro Abreu le inculcó y casi inoculó la pasión por la danza de los rusos como Tchaikovski o Prokofiev. Como figuraba en la propia web del «Digital Concert Hall» de la filarmónica berlinesa:

«El hecho de que tantas grandes obras del modernismo clásico surgieran inicialmente como músicas de ballet antes de que se consolidaran como composiciones sinfónicas independientes en la sala de conciertos no constituye ninguna casualidad: fueron realmente la corporalidad sin trabas y la fuerza elemental rítmica de la danza las que ampliaron las fronteras de la música de una manera revolucionaria. En el centro de esta evolución en la segunda década del XX se situó una extraordinaria constelación integrada por una ubicación geográfica, una institución y una personalidad artística: París, como un «laboratorio de la modernidad» internacional; los Ballets Russes, que bajo la dirección de su artífice, Serguéi Diáguilev, encargaron un gran número de obras nuevas a famosos compositores; e Igor Stravinsky, en cuya música se entrelazaron de una manera única un espíritu cosmopolita y su enraizamiento en su tierra natal rusa. Las obras juveniles del compositor han conservado hasta hoy su radicalismo e inmediatez por medio de su magistral orquestación, sus ritmos arrebatadores y su empleo nada convencional de las melodías folclóricas rusas.
Mientras que Petrushka fue celebrada ya en su estreno en 1911 como un gran éxito, la primera interpretación de La consagración de la primavera dos años después se convirtió en uno de los más famosos escándalos de la historia de la música. La interpretación de ambas obras con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar bajo la dirección de Gustavo Dudamel puede esperarse con un alegre suspense; y es que la formación, nacida en el marco del proyecto educativo venezolano de «El Sistema», se ha consolidado ya desde hace tiempo como uno de los grandes nombres indiscutibles del panorama clásico internacional. Gustavo Dudamel, actual director titular de la Filarmónica de Los Ángeles, se ha mantenido fiel al conjunto, del que ha sido director musical desde que tenía diecinueve años. Dado que Dudamel siente una especial afinidad hacia el repertorio ruso en general y hacia Igor Stravinsky en particular, cabe esperar una interpretación competente y rebosante de energía de dos obras esenciales del siglo XX».

No se confundieron en las previsiones. Petrushka ocupó la primera parte dejándonos una muy grata impresión de una orquesta que tiene sonido propio y pasión contagiosa, con sonido potente y compacto así como unos solistas que lo tocan todo. Si además les lleva Dudamel con el que la química es perfecta, el resultado fue realmente óptimo.

La consagración de la primavera son palabras mayores, dirigida por el propio Dudamel al frente de la Symphonierorchester des Bayerischen Rundfunks lo pudimos comprobar en Oviedo hace casi dos años, obra que el venezolano domina hace tiempo, incluso ha dejado grabada en 2010 (Rite) y sigue siendo increíble el sentido rítmico que es capaz de transmitir al frente de cualquier orquesta, aunque «La Bolívar» parezca llevarlo en los genes, puede que por los aires caribeños, una formación completa y segura en componentes para afrontar esta maravilla sinfónica que es este ballet ruso, una prueba de fuego junto con «El pájaro» (cuyo final dieron de propina) para cualquier orquesta, y la OSSB con Dudamel son de sobresaliente. El público berlinés cayó rendido ante esta explosión sonora de Stravinsky bien entendida por los venezolanos, e incluso han echado por tierra nuevamente la etiqueta de fríos alemanes, porque es imposible no emocionarse con esta juventud ya crecida que mantiene la ilusión aumentando la calidad que da el paso de los años.

Y de su Venezuela ese otro «pajarillo» sólo de diminutivo, «cono el alma primorosa» para alcanzar la grandeza orquestal desde ese ritmo de joropo, sintiéndome hermano de la brisa, de la espuma,  de las garzas, de las rosas…   y del sol, «Alma Llanera«, otra propina con la que «La Bolívar» sigue haciendo historia.

Mi querido Osvaldo prepara su venida a Málaga para defender su tesis el próximo 5 de febrero, este profesor de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica «Andrés Bello» en Caracas sobre «Música y Comunicación» en la Facultad malagueña, donde «El Sistema» es también protagonista volviendo a recordar que nos unió para siempre. Su trabajo de investigación de 2009, tutelado por el Doctor Quíntín Calle Carabias del que tengo una copia dedicada que atesoro entre mis incunables, llevaba por título «El Eco de la Orquesta. Análisis de los valores humanos reflejados en las crónicas sobre las presentaciones de la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar«. Desde aquí todo mi ánimo y fuerza porque los valores que defiende nunca pueden ni deben perderse.

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